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lunes, 8 de febrero de 2021

“CATO-FEMEN”

Noticias tomadas de LA NUOVA BUSSOLA QUOTIDIANA, vía ACTA APOSTÁTICÆ SEDIS. Traducción propia.
   
En medio de una encendida guerra abierta contra Woelki, poco amado en Alemania por sus posiciones conservadoras, el mismo cardenal apenas fue exonerado por Roma frente a las acusaciones de encubrimiento de abusos. En cambio, los ayes son para el movimiento feminista católico Maria 2.0, que está bajo investigación por la Congregación para la Doctrina de la Fe: se trata del grupo de feministas que hacen acciones de protesta para la ordenación de mujeres, la abolición del celibato y la subversión de las enseñanzas de la Iglesia en temas de moral sexual.
     
   
Colonia amenaza en convertirse en el epicentro del terremoto que podría fracturar la unidad de la Iglesia alemana. Hasta ahora, las confrontaciones de décadas se volvieron casi ordinarias en la vida de la comunidad católica de ultra-Rin. Pero la ofensiva interna se desató con el estallido del WoelkiGate que está exasperando un clima ya en llamas por el Camino Sinodal en marcha y está poniendo a dura prueba la paciencia de Roma con el fuerte componente rebelde en el seno de la Iglesia de Alemania.
   
Ya la Bussola había hablado de las polémicas que han envuelto al arzobispo metropolitano de Colonia luego de la decisión de no publicar, contrario a lo anunciado, un informe sobre los abusos clericales realizado por un comité de estudio contratado para tal fin. En estas semanas las presiones sobre el cardenal Rainer Maria Woelki, poco amado por la cima episcopal y las asociaciones de laicos de Alemania por sus posturas consideradas conservadoras, no se han atenuado al punto que pocos días ha llegó incluso la desmentida pública del presidente de la Conferencia Episcopal.
   
Monseñor Georg Bätzing ha declarado en el curso de una rueda de prensa virtual que «la crisis nació porque el reporte no es público» debitándole la responsabilidad a su cofrade que «no la ha manejado bien». Señalando indirectamente contra Woelki estuvo también el Presidio del Camino Sinodal, la más de las veces criticada por él, que ha querido precisar que «los resultados de las investigaciones fueron publicados" y que las «dimisiones no pueden ser un tabú».
   
El paso atrás del cardenal es invocado desde meses por sus críticos, y en el caso en que se compruebe su responsabilidad en un presunto caso de encubrimiento podría ser el detonante de una eventual investigación canónica.
   
El Frankfurter Allgemeine Zeitung ha revelado que la situación de Colonia acabaría bajo la lupa de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Sin embargo, en el banquillo de los acusados acabarían las más acérrimas contestatrices del arzobispo, las activistas del movimiento feminista Maria 2.0 nacido en Münster para pedir con acciones de protesta la ordenación de mujeres, la abolición del celibato y la subversión de las enseñanzas de la Iglesia en temas de moral sexual.
   
Se trata del mismo movimiento que poco más de dos años atrás había impedido al cardenal Gerhard Ludwig Müller hablar en público en una iglesia de Bochum. Woelki era uno de los prelados tedescos que ha erradicado a Maria 2.0 denunciando el uso impropio del nombre de la Madre de Dios para afirmar «consideraciones políticas» contrariamente a Bätzing, según el cual estas activistas «hacen parte de la Iglesia». Al estallido del WoelkiGate, pues, el movimiento ha querido cabalgar las acusaciones de poca transparencia contra el cardenal y ha organizado una protesta frente al palacio arzobispal y en la catedral de Colonia para pedir la publicación del informe publicado por el estudio Westpfahl Spilker Wastl. De aquella manifestación, a la cual adhirió una decena de manifestantes, actualmente el ex Santo Oficio estaría ocupándose, sin que la acusación partiera de la archidiócesis de Colonia.
    
Las directivas locales de Maria 2.0, en guerra perenne con Woelki, llegaron a escribir una carta al Papa Francisco para pedir que dispusiera una visita apostólica a la archidiócesis. Las activistas reprochan al cardenal la truncada publicación del informe sobre los abusos comisionado en  2018, acusándolo de reticencia. Woelki bloqueó la difusión del informe realizado por el estudio legal luego de encontrar «carencias metodológicas» y «violaciones del derecho a la privacidad», pero ha comisionado otro al experto Björn Gercke que será divulgado el 18 de marzo de 2021.
    
Entre tanto, algunos de los contenidos del primer informe podrían estar en el origen de las indiscreciones publicadas en estos meses por algunos diarios alemanes que han acabado por poner en dificultades al arzobispo de Colonia, acusado de haber omitido a Roma un caso de agresión sexual cometido en los años ’70 por un sacerdote de Düsseldorf [Johannes Oltmann, fallecido en 2017, N. del T.] del cual llegó a tener conocimiento en el 2015.
   
Pero precisamente en estas horas el diario “Die Welt” ha hecho saber que la Congregación para la Doctrina de la Fe, mientras se ocupa del expediente Maria 2.0, cerró el caso relativo a la conducta de Woelki abierto probablemente luego de la solicitud de información realizada por el obispo de Münster Felix Anton Genn Künster en cuanto obispo sufragáneo más anciano de la provincia eclesiástica. Citando fuentes romanas, el diario tedesco ha escrito que el ex Santo Oficio habría establecido que el arzobispo de Colonia se habría comportado correctamente en el 2015 en el caso devenido de dominio público luego de un artículo del “Kölner Stadt-Anzeiger”.
  
Contrariamente a las reacciones molestas y “feministoides” de algunas teólogas nacionales en comentar la Spíritus Dómini, en Francia más de 400 mujeres firman un manifiesto que tiene una lógica totalmente diversa: inspirándose en Santa Catalina de Siena y Santa Juana de Arco reivindican no reivindicar ni el sacerdocio ni roles apicales en la gestión jerárquica de la Iglesia. Porque «nuestro privilegio mariano nos llama a poner nuestras energías y nuestros talentos al servicio de la complementariedad efectiva del hombre y de la mujer».
    
    
Si en la Santa Sede pensaban, con el Motu Proprio Spíritus Dómini, hacer una contribución importante a la valoración de la mujer en el seno de la Iglesia, deben constatar que se han equivocado en grande.
   
A la vertiente feminista no le ha agradado cebarse en las migajas y pretende todo el pan. Así, por ejemplo, Lucetta Scaraffia expresó toda su decepción (ver aquí), porque a su parecer, con este modo de actuar el Papa daría la última palabra sobre el diaconado femenino: «De hecho, con esto se cierra la cuestión del diaconado: la única verdadera solicitud que las mujeres han hecho, porque el diaconado fue puesto en otro sector junto con el sacramento del orden». Si conociese Scaraffia la lógica que une las órdenes minores al diaconado (ver aquí), probablemente cambiaría de parecer; pero es humanamente comprensible que el mero reconocimiento de cuanto ha sucedido (sin embargo) de hecho, había generado profunda insatisfacción: «Le fue concedido a las mujeres el lectorado y el acolitado, que son dos ministerios que las mujeres hacen desde el Concilio Vaticano II. Incluso los hay en las misas del Papa. El hecho que llegue el reconocimiento oficial de este rol no es una cosa tan necesaria. [...] El Papa ha hecho nacer tantas esperanzas en nosotras, a mí la primera, y después no hace nada sustancial por las mujeres. Ninguna mujer puede alegrarse por este motu proprio, es una verdadera desilusión».
   
Aun más radical la reacción de la teóloga Paola Cavallari: «Me parece una jugada de gatopardo: cambiar algo para que no cambie nada. ¿Para qué contentarse con tales contentillos? Deseo que las mujeres se muevan no ya sofocadas por las lógicas clericales, misóginas y jerárquicas, reducidas a meras ejecutoras, sino que expresen obras y palabras dilatadas por el Espíritu». ¡Mah!
   
En resumen, el ala feminista demuestra ningún agrado. Dentro de tal lógica, no se le puede culpar. Si las órdenes en la Iglesia fuesen un reconocimiento de la obra que las mujeres realizan en la custodia y en la transmisión de la fe, entonces no se puede pedir menos que el episcopado. Igualmente, si se tratase de quitar las discriminaciones entre hombres y mujeres en el acceso de cargos y funciones, evidentemente el Motu Proprio en cuestión acabaría por asemejarse a la conocida respuesta de la soberana francesa frente a los disturbios del pueblo: una especie de brioche, para aplacar el hambre de pan.
    
Spíritus Dómini ha suscitado la reacción también de la parte femenina, que no tiene ninguna intención de adherir al diaconado. Ninguna intención polémica, sino sencillamente el deseo de mandar un verdadero mensaje para un verdadero redescubrimiento de la vocación femenil, lejana de cualquier reivindicación, a través de un manifiesto suscrito, hasta hoy, por más de cuatrocientas firmantes del área francesa.
     
«La cuestión de la presencia de la mujer en el interior del santuario, y entre algunos la obstinación por el matrimonio de los sacerdotes o el sacerdocio femenino son, según nosotras, los síntomas de una grave crisis litúrgica arraigada en una aun más profunda crisis antropológica sobre la complementariedad del hombre y de la mujer». Nunca en la historia de la Iglesia la mujer ha tenido acceso a la jerarquía eclesiástica ni al servicio del altar. Contestar esta constante tradición como mero retazo de una concepción machista y patriarcal de épocas pasadas significa en el fondo declarar el fracaso total de la misión de la Iglesia por dos mil años, dado que la Iglesia nunca estaría en capacidad de traducir en obra lo de «no hay más judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (1Cor. 11,11-12). En suma, las fuerzas de los infiernos habrían prevalecido casi desde el vamos, sobre la Iglesia universal, sin excepciones, por dos milenios. Decididamente, demasiado.
    
Al contrario, la razón más profunda de la tradición que une a Oriente y Occidente de «excluir a las mujeres del altar», tradición «muy antigua y, se podría decir, original», reside en la profunda verdad que la Iglesia «cuya jerarquía es masculina, se presenta como una Esposa» y una madre. La mujer es llamada a reflejar, también litúrgicamente, esta verdad, que se radica a su vez en la maternidad y esponsalidad de la Virgen María, de la cual depende la salvación de todos. Arraigada en el fiat mariano, la mujer «posee en el interior del cristianismo una libertad de palabra y acción que le son propias», como testifican las grandes mujeres del pasado y del presente, como Santa Catalina de Siena o Santa Juana de Arco.
     
Ahora, es esta libertad en la fe y en la caridad lo que la jerarquía debería custodiar como don extraordinario de Dios, para el bien de la Iglesia. En cambio, esta continua insistencia de las últimas décadas primero con la laicización de las órdenes menores con el Motu Proprio Ministéria quǽdam (1972), y después, con su (obvia) accesibilidad también a las mujeres, no es más que una forma, no demasiado velada, de mentalidad clericalista nada menos que moribunda. Considerar que el acceso a los ministerios de lector y acólito sea un reconocimiento y una valorización de la presencia femenina en la Iglesia, significa de hecho pensar que el servicio en el altar sea una suerte de mérito o de grado académico y que quien no es al menos partícipe un poco no cuenta para nada en la Iglesia. Deja ciertamente pensativos que este último golpe del clericalismo venga precisamente durante un pontificado, que es, al menos en palabras, el flagelo continuo.
     
El Manifiesto intenta precisamente distanciarse de esta lógica: «Mujeres católicas, conscientes de que nuestro privilegio mariano nos llama a poner nuestras energías y nuestros talentos al servicio de la complementariedad efectiva del hombre y de la mujer. Creemos que nuestra vocación específica no es la de especular la del hombre, y no tenía necesidad de ser ennoblecida con el servicio del altar».
    
En el Vaticano, ¿alguno escuchará?

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