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viernes, 26 de febrero de 2021

MES DE LA SANTA FAZ - DÍA VIGESIMOSEXTO

Tomado del devocionario El mes de la Santa Faz de Nuestro Señor Jesucristo, escrito por el padre Jean-Baptiste Fourault, sacerdote del Oratorio de la Santa Faz y publicado en Tours en 1891; y traducido al Español por la Archicofradía de la Santa Faz y Defensores del santo Nombre de Dios de León (Nicaragua) en 2019.
   
MEDITACIÓN VIGESIMOSEXTO DÍA: LA SANTA FAZ, LAVADA Y PERFUMADA POR MARÍA.
Oh, Faz adorable, lavada y perfumada por María y las santas mujeres, y cubierta por un sudario, ten piedad de nosotros.
     
José de Arimatea y Nicodemo consiguieron de Pilatos el cuerpo de Jesús. Es la reliquia más preciosa que la tierra jamás ha poseído. La divinidad no lo ha abandonado, y si nuestros ojos sólo ven la Faz del Salvador cubierta por las sombras de la muerte, nuestra fe contempla los rayos de la luz increada, dignas únicamente de la adoración de los santos y ángeles.
           
1º PUNTO – LA SANTA FAZ INANIMADA.
Imaginémonos la emoción con la que María recibió el precioso depósito del cuerpo del Salvador en sus manos. Durante mucho tiempo ella mantuvo sus ojos fijos sobre las heridas de sus pies y de sus manos traspasadas. Besó su costado abierto, junto a Juan, el discípulo amado, cuya cabeza, el día anterior, había descansado sobre el y con Magdalena quien se arrodilló a los pies de Jesús, como lo hizo el día en que fue perdonada, enjugándole con sus lágrimas y secándole con sus cabellos. Pero había una porción de la humanidad entera del Salvador, que, por encima de todo, atraía los ojos de la divina Madre; era su Santa Faz. ¡Qué cambio en sus rasgos! La boca que le sonreía en el establo, que con frecuencia le susurraban, en Nazaret, palabras de consolación y de vida, está de ahora en adelante silenciada; pero María aún las escucha. Ella ha «guardado todas sus palabras, meditándolas en su corazón» (María conservábat ómnia verbat hæc conférens in corde suo. Luc. II, 19).
  
Sus ojos están apagados; María los besa con reverencia, pensando entretanto, que pronto iluminarán a los bienaventurados en el Cielo con la luz que será su eterna felicidad. Sus oídos están cerrados, pero ellos todavía escuchan los suspiros de amor que provienen del corazón de la Reina de los Dolores.
   
Oh María, permitidme, en compañía de San Juan y María Magdalena, rendir homenaje a vuestro Hijo que reposa en vuestros brazos, y sí me atrevo a besar con reverencia sus pies, sus manos, su costado, detenerme y piadosamente meditar sobre su semblante desfigurado, bajo los cuales aún reconozco a mi Salvador y mi Dios.
  
Contemplad, alma mía, la Faz del Salvador, cubierta por las tristes sombras de la muerte; adorad y comprended este misterio de perdón y salvación.
       
2º PUNTO – DEBO MORIR AL MUNDO.
A fin de probarle a Jesús que de verdad le amo, moriré a sus pies y en los brazos de María. Morir, ¿qué significa? Quiere decir, hacer que todo lo que pertenece al hombre viejo en mí, desaparezca: mi debilidad, mis imperfecciones, mis culpas, que han ocasionado su muerte.
   
Morir al amor propio, a mi orgullo, a los deseos culpables por el placer y el entretenimiento, a ese espíritu de juicio y de culpar: a ese espíritu de frivolidad, a esa disipación que es el mayor obstáculo a mis fervientes oraciones y a mi unión con Dios. La faz de mi alma, así liberada de esas cadenas que me ataban al hombre viejo, serán como Jesucristo.
   
Para el mundo, parecerá ser lívida e irreconocible; por el contrario, para Jesús y María, ¡estará resplandeciente de paz y de belleza! Mis ojos se cerrarán a las vanidades mundanas, pero verán el esplendor de las riquezas increadas; mi boca ya no se abrirá para hablar palabras calumniosas, sino que disfrutará de la felicidad del silencio y de la vida oculta en Dios, mis oídos ya no escucharán los vanos ruidos de aguas caudalosas, que pasan; escucharán celestiales sinfonías. Seré insensible a las atracciones que me seducen por un instante, con el fin de dejarme para después nada que no sea amargura, disgusto y remordimiento.
   
Humildad, gentileza, caridad y abnegación, mirad, oh, mi Jesús, las virtudes que deseo poseer, para que me asemeje a Ti, y merezca, reposar contigo en los brazos de vuestra augusta Madre.
       
Ramillete Espiritual: Mórtui estis, et vita vestra abscóndita cum Christo in Deo. (Porque vosotros estáis muertos, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Colosenses III, 3).
       
SANACIÓN DE UNA MONJA DOMINICA EN CHINON.
La Señorita Susana de la Martiniére, en religión Hermana María del Sagrado Corazón de Jesús, del convento de monjas Dominicas en Chinon, fue sujeto de una cura obtenida en el aniversario de la muerte del Sr. Dupont, el 18 de marzo de 1880.
  
Esta cura, de la que se dio noticia en Le Univers, fue relatada por la Monja delante de un tribunal eclesiástico en los siguientes términos:
«Entré a la religión en la Orden de Santo Domingo el 8 de abril de 1869. Soy profesa y asistente de la priora del convento del Sagrado Corazón de María en Chinon. Después de algún tiempo de ingresada al convento, sentí los primeros síntomas de una enfermedad interna con alternancias de mejoras y reposo. Al final de 1872, la enfermedad empeoró, y fui obligada a descansar durante algún tiempo. Entonces desde el mes de octubre de 1873, ya no podía caminar, y fui obligada a permanecer en una posición reclinada por más de un año.
   
Entonces obtuve alguna mejora, que se atribuyó al tratamiento homeopático; pero no se curó la enfermedad. En 1877 con la ayuda de un invento (dispositivo) mecánico, el doctor me capacitó para dar unos pasos. Es perfectamente cierto, sin embargo, que esta jugarreta (faena) continuó.
   
No deseaba ser curada, pero mi superiora me impuso una obligación de pedir mi cura mediante una sucesión de novenas. El 13 de marzo de 1880, comencé, todavía bajo la orden formal de la reverenda madre Superiora, una novena a la Santa Faz y al Sr. Dupont; pero la invocación del siervo de Dios fue muy precisa y estuvo seriamente presente en mi mente. Desde el día en que empezó la novena, la mejoría fue más acentuada, y en el séptimo día, que fue el aniversario de la muerte del Sr. Dupont, quedé completamente curada.
  
A la misma hora que él murió, lo invoqué a él y me quité uno de los instrumentos mecánicos. Si continué usando el otro por dos días más, fue simplemente porque estaba bajo obediencia. Verdaderamente, mi cura está fechada desde el aniversario del siervo de Dios. Mi convicción es que le debo este favor a su milagrosa intervención con la Santa Faz».
   
INVOCACIÓN
Oh Jesús Salvador, que enviasteis aflicciones a vuestros fieles amigos para que vuestra gran misericordia resplandeciera sobre ellos, concedednos la gracia de siempre buscar, en presencia de vuestra Faz adorable, el remedio para nuestras enfermedades y la fuerza para sobrellevar, por vuestro amor, las cruces que vuestra providencia permita para nuestra santificación y vuestra gloria. Amén.

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