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domingo, 11 de julio de 2021

EL PRETEXTO SOCIALISTA PARA LA PERSECUCIÓN CONTRA LA IGLESIA EN LA “SEMANA TRÁGICA” DE BARCELONA

Por Israel Viana para ABC (España).
   
EL OSCURO PRETEXTO PARA DESATAR EL CAOS CONTRA LA IGLESIA EN LA SEMANA TRÁGICA DE BARCELONA
Lo que en principio iba a ser una huelga pacífica de 24 horas para protestar contra el envío de soldados españoles a Marruecos, en julio de 1909, se convirtió en una auténtica revuelta anticlerical en la que se incendiaron decenas de conventos y se exhumaron cadáveres de monjas y sacerdotes.
   
Imagen de una serie de tumbas profanadas en el convento de las Magdalenas de Barcelona, durante la Semana Trágica de en julio de 1909 - José María de Segarra y Plana
   
ABC fue el primer periódico español que bautizó las revueltas de buena parte de Cataluña, a finales de julio de 1909, como «Semana Trágica». Esa fue la denominación con la que pasaron después a la historia los violentos acontecimientos que causaron 78 muertos (75 civiles y 3 militares), más de 500 heridos y 112 edificios incendiados en tan solo siete días. Y a los que siguió una durísima represión, por parte del Gobierno de Antonio Maura, con varios miles de personas detenidas, de las cuales 2000 fueron juzgadas, con un resultado de 175 penas de destierro, 59 cadenas perpetuas y cinco condenas a muerte, además de la clausura de numerosos sindicatos y escuelas laicas. «Después de la lucha, en una de las calles donde se han hecho fuertes los sediciosos aparecieron en todos los balcones banderitas blancas», podía leerse en la mencionada página de este periódico bajo una enorme fotografía.
    
Asegura el historiador Josep Pich, de la Universidad Pompeu Fabra, en su artículo «La revolución de julio de 1909», que los disturbios fueron tan traumáticos que «los coetáneos dividieron su vida entre el antes y el después de la Semana Trágica». A la postre, se convirtieron también en un referente de la historia española del siglo XX, donde se entrecruzaron la política colonial y el movimiento antiimperialista, la pugna entre clericales y anticlericales y el fracaso de Maura en su intento de regenerar el sistema político de la Restauración.
     
El detonante lo encontramos en el conflicto de España con las tribus del Rif, una región montañosa del norte de Marruecos, que se inició cuando varias cabilas atacaron a los obreros que construían el ferrocarril entre Melilla y las minas de Beni Bu Ifrul que iban a explotar dos empresas españolas (la Compañía del Norte Africano y la Compañía Española de Minas del Rif). El Gobierno decidió enviar tropas y movilizar a los reservistas para enviarlos al combate contra estas, pero la decisión fue considerada, en palabras del entonces gobernador civil de Barcelona, Ángel Ossorio y Gallardo, una «aventura odiosa y antipática». Y la reacción en Cataluña fue mucho más virulenta y «necesariamente revolucionaria» —en palabras de este político en sus memorias— de lo que se esperaba.
   
«EXHUMACIÓN DE MONJAS Y SACERDOTES»
La dirección del PSOE preparaba una huelga general en contra de la guerra y la decisión del presidente Maura. El objetivo de los socialistas era iniciar el paro en los alrededores de Melilla el 2 de agosto. Sin embargo, los dirigentes barceloneses de Solidaridad Obrera acordaron que empezase el lunes 26 de julio, para anticiparse a las posibles detenciones de los organizadores. Entre el día 22 y el 24, se produjeron reuniones entre sindicalistas, socialistas, anarquistas, republicanos nacionalistas y radicales en Barcelona, la ciudad que se había convertido en uno de los focos insurgentes más activos de la península desde finales del siglo XIX.
     
En un principio, los organizadores pretendían que fuera pacífico y de solo 24 horas, pero el lunes 26 la revuelta ya se había extendido desde la capital catalana hasta localidades como Tarrasa, Mataró, Vilanova, Sitges, Granollers y Sabadell, donde pronto se desató desde primera hora de la mañana la violencia entre las fuerzas de orden público y los huelguistas. ABC publicaba durante los siguientes días infinidad de imágenes de barricadas, incendios e iglesias, conventos y colegios religiosos reducidos a escombros.
    
«Enseguida se convirtió en una auténtica sublevación urbana en Barcelona. Las noticias sobre nuevas y numerosas bajas en Marruecos excitaron aún más los ánimos. Los insurgentes, armados con fusiles y pistolas gracias al pillaje de las armerías, no se dedicaron a asaltar cuarteles, ni a ocupar o destruir fábricas, sino casi exclusivamente a incendiar conventos, iglesias y escuelas religiosas. Ardieron en Barcelona 21 de las 58 iglesias y 30 de los 75 conventos. También hicieron hogueras y piras de objetos de culto, profanaron tumbas, realizaron danzas macabras y hasta exhumaron monjas y sacerdotes», explicaba hace dos años la historiadora de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, Sueiro Seoane, en «Crónica Económica».
   
Edificios de Barcelona en llamas, durante la Semana Trágica de Barcelona, en 1909
   
MUERTOS Y HERIDOS
A raíz de estos incidentes, el gobernador de Barcelona dimitió de su cargo, bajo el pretexto de que no quería decretar el estado de guerra, como le sugerían, porque eso «implicaba la suspensión de la inviolabilidad de los domicilios y de las libertades de expresión, reunión y asociación. Y también posibilitaba el destierro de las personas que las autoridades considerasen que estaban involucradas en la sedición», apunta Pich. Y eso que aún la violencia no había llegado a su punto más álgido. Las fuerzas de orden público aún controlaban a los huelguistas y, aunque una de las novedades de esta revolución fue la destrucción de la red de comunicaciones para neutralizar la acción represiva del Estado, lo cierto es que todavía la ciudad no estaba incomunicada. Solo se habían producido unos pocos heridos y detenciones.
     
Pero eso duró poco. El 29 de julio de 1909, ABC informaba de que «en Reus se ha declarado la huelga y se han producido tumultos. En Alcoy, también, y se han cortado los hilos del telégrafo, viéndose obligada la fuerza pública a hacer fuego, provocando varios muertos y heridos. En Calahorra, las turbas han intentado impedir la circulación de los trenes, rompiendo las agujas de la estación y causando otros destrozos. De hecho, un tren militar fue detenido y la fuerza hizo uso de las armas inmediatamente, causando también muertos y heridos [...]. El Gobierno ha comprobado que los agitadores están procurando, a toda velocidad, lograr un movimiento sedicioso en toda España, con carácter revolucionario, para impedir el traslado de tropas y la acción del Ejecutivo, especialmente en lo que respecta a la campaña de Melilla».
    
Las noticias del «Diario Mercantil» de Barcelona eran todavía más aterradoras: «Desde el miércoles empezó a constituir una pesadilla para los barceloneses el hombre que disparaba desde la terraza de una casa cercana. Cada manzana del Ensanche y cada calle del interior tenían un hombre que disparaba desde una terraza y, alguna vez, desde un piso alto. El fenómeno se repetía de tal modo que hemos llegado a creer que se trataba de una pesadilla».
   
INSTITUCIONES DE BENEFICENCIA
En su libro «La Semana Trágica: estudio sobre las causas socioeconómicas del anticlericalismo en España» (Ediciones B, 2009), Joan Connelly Ullman centra aún más el foco en el anticlericalismo de la revuelta de lo que lo hace Seoane. La historiadora neoyorquina defiende que las actividades económicas de la Iglesia hacían competencia a los talleres privados de Cataluña y provocaban la bajada de salarios de los trabajadores, lo que pudo incidir en que los edificios y centros de enseñanza religiosos fueran objeto principal de los ataques. «Molestaba al obrero el hecho de que el clero obtuviese un beneficio económico con sus escuelas. Y, aún más, consideraba la existencia de colegios religiosos un obstáculo para el desarrollo de un sistema escolar neutral y gratuito. Portavoces obreros, como el socialista catalán José Comaposada, afirmaron que los valores inculcados en las escuelas católicas eran contrarios a la causa de los derechos obreros. Según escribió Comaposada: “Los obreros saben que cada convento es un centro de la perpetua conspiración contra todo principio de democracia, toda idea de libertad y toda aspiración de progreso”».
     
Otra consecuencia grave, más allá de los muertos y heridos, son los ataques a las instituciones de beneficencia gestionados por la Iglesia, por el impacto que tuvo sobre los vecinos más necesitados. «Los obreros quemaron un gran número de ellas, dispensadoras de los únicos servicios sociales que habían recibido. Además de rencores particulares, de resentimientos por un trato duro o humillante, existía el deseo de los radicales de transformar asilos y hospitales en instituciones civiles […]. Entre subvencionar a las órdenes religiosas o ampliar el personal a cargo del estado en instituciones públicas, los radicales siempre preferían con mucho la segunda alternativa, para así afilar su arma más poderosa: el patronazgo», escribía Conelly Ullman.
     
Sueiro eleva el número de muertos por encima del centenar, además de los cerca de dos mil detenidos. Según el historiador Alberto Talero en su artículo «Las “petroleras” de 1909: el papel de la mujer en la Semana Trágica», publicado por «Historia 16» en 1985, los fallecidos ascendieron a 104 muertos, de los cuales seis fueron mujeres. Xavier Cuadrat suma 990 encarcelados, 59 condenados a cadena perpetua, 175 a destierro y cinco a muerte. Entre estos últimos estaba Francisco Ferrer i Guardia, el famoso pedagogo catalán fundador de la Escuela Moderna, cuyas consecuencias internacionales fueron tal, con manifestaciones de repulsa en muchos países, que hizo caer al presidente Maura pocos días después de la ejecución. Pero de todo ello, lo que destaca este último historiador catalán es que «de la protesta antibélica inicial se pasó al incendio generalizado de iglesias, conventos y escuelas religiosas, ante la impasibilidad del ejército. El anticlericalismo se convirtió en el sustituto del antimilitarismo».

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