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domingo, 27 de febrero de 2022

EL “APOSTOLADO” DEL MODERNISTA LUIGI GIUSSANI, AMIGO DE VON BALTHASAR

Tomado de Revista SÍ SÍ NO NO. Rescatado de CATÓLICOS ALERTA - PRIMERA ÉPOCA.
   
EL MUNDO Y EL APOSTOLADO SEGÚN MONS. LUIGI GIUSSANI (La religión del mundo de Mons. Giussani y Urs von Balthasar)

En el Corriere della Sera se reseñaba el libro Vivendo nella carne [Viviendo en la carne] (Ed. Rizzoli), de Mons. Luigi Giussani Gelosa, fundador de Comunión y Liberación. Dos frases intentan justificar ese título, como mínimo equívoco. En la parte de arriba: «seguir a Cristo consiste en intensificar cien veces las experiencias humanas»; en la parte de abajo, entrecomillado (se trata por tanto de citas literales de Don Giussani), «no queremos sólo a Cristo, queremos también a los árboles, a la mujer, a todas las criaturas».
   
    
En la primera frase está presente el naturalismo de la nueva teología, que esconde lo sobrenatural en lo natural y convierte el seguimiento de Cristo en una vida humana potenciada al máximo, cuando en realidad consiste en una vida sobrenaturalizada por la gracia que, con su desarrollo, tiende a que nosotros vivamos en Dios y Dios en nosotros, intensificando «cien veces» no las experiencias humanas, sino las divinas, como se desprende de la vida de los santos.
    
En la segunda frase, así como en el título, existe un error fundamental, un sofisma de la nueva teología que penetró en el Concilio Vaticano II bajo la etiqueta de “apertura al mundo”, “cristianismo encarnado”, etc., sofisma sobre el cual se ha construido la actual “religión del mundo” naturalista, horizontal o algo peor todavía.
    
Sobre uno de los padres de la nouvelle théologie, Hans Urs von Balthasar, escribía Elio Guerriero en Il Sole-24 ore (28.6.98) que «oponiéndose a una tradición secular de origen monástico, se distanció de la ‘fuga mundi’, ya que el mundo de los hombres, aquél por el cual el Hijo del hombre se encarnó y se enfrentó al sufrimiento y a la muerte, es éste y no otro».
    
Comencemos dejando claro que la fuga mundi no es «una tradición secular de origen monástico», sino una tradición constante y de origen evangélico. «Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo», dice Jesús de sí mismo a los judíos (Jn. 8, 23); y de sus discípulos dice al Padre: «yo les he comunicado tu palabra, y el mundo les aborreció, porque no son del mundo, como ni yo soy del mundo» (Jn. 17, 14). Y también: «por ellos ruego: no por el mundo ruego, sino por aquellos que me has encomendado, pues tuyos son» (Jn. 17, 9). Y a sus discípulos: «si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido primero que a vosotros. Si del mundo fuerais, el mundo amaría lo que era suyo; mas pues no sois del mundo, sino que yo os entresaqué del mundo, por eso os aborrece el mundo» (Jn. 15, 18-19). ¿De dónde, pues, se ha sacado Urs von Balthasar (o, en su nombre, Elio Guerriero), que la fuga mundi es una tradición «de origen monástico»?
   
Pero, ¿qué es ese «mundo» al cual Jesús no pertenece, por el cual Jesús no ruega y al cual el cristiano no debe pertenecer? Según el célebre exégeta dominico M. J. Lagrange, «el mundo es la humanidad en sentido amplio, a menudo esclava de los deseos sensuales y que no admite someter su razón a la fe ni su corazón a la ley de la caridad sobrenatural. Tras haber confortado a sus discípulos en la llama de su propio corazón (…) Jesús les pone de pronto ante la brutal realidad: serán expuestos al odio del mundo, cuyos perversos instintos ellos están llamados a contrariar» (L’Evangelo di Gesù Cristo, Morcelliana, Brescia 1935, pág. 512). La misma explicación se encuentra en todos los tratados de ascética y mística: por ejemplo, «el mundo no es el conjunto de las personas que viven en el mundo, entre las que se encuentran tanto almas selectas como incrédulas. Es el conjunto de quienes se oponen a Jesucristo y son esclavos de la triple concupiscencia» (A. Tanquerey, Compendio di Teologia ascetica e mistica, n. 210); o también: «es, en último análisis, el ambiente anticristiano que se respira entre las gentes que viven completamente olvidadas de Dios y entregadas por completo a las cosas de la tierra» (Antonio Royo Marín, O.P. Teología de la perfección cristiana, BAC 114, Madrid 1954, n. 165).
     
De dónde nace, entonces, el grito de protesta de Don Giussani: «no queremos sólo a Cristo, queremos también (…) a todas las criaturas»? Jamás propuso la Iglesia un «sólo a Cristo» en antagonismo con «todas las criaturas» (que además Le pertenecen), ni entendieron (ni entienden) los monjes con la fuga mundi una huida del mundo creado por Dios. Afirmarlo es simplemente ridículo. Todavía menos pretendieron huir del «mundo de los hombres, aquél por el cual el Hijo del hombre se encarnó y se enfrentó al sufrimiento y la muerte» que «es éste y no otro», como pretende Von Balthasar.
    
El mundo del cual huyen los monjes, incluso materialmente, es ese «ambiente anticristiano que se respira entre las gentes que viven completamente olvidadas de Dios y entregadas por completo a las cosas de la tierra. Este ambiente malsano se constituye y manifiesta en cuatro formas principales: a) falsas máximas, en directa oposición a las del Evangelio. El mundo exalta las riquezas, los placeres, la violencia, el fraude y el engaño puestos al servicio del propio egoísmo, la libertad omnímoda (…) b) burlas y persecuciones contra la vida de piedad, contra los vestidos decentes y honestos (…) c) placeres y diversiones cada vez más abundantes, refinados e inmorales (…) d) escándalos y malos ejemplos casi continuos, hasta el punto de apenas poder salir a la calle, abrir un periódico, contemplar un escaparate, oír una conersación sin que aparezca en toda su crudeza una incitación al pecado» (Royo Marín, loc. cit.). Pecado que no está en las criaturas de Dios, en sí buenas e inocentes, sino que viene «del corazón» del hombre (Mt. 15, 20), que abusa de ellas: «todo es limpio para los limpios; mas para los contaminados e infieles, nada hay limpio, antes están contaminadas tanto su mente como su conciencia» (Tit. 1, 15).
    
Éste es el mundo del cual huyen, incluso materialmente, los monjes, y de cuyo espíritu todos los cristianos, hoy como ayer, deben huir, viviendo en el mundo como si no fuesen del mundo (Jn. 17, 15 y I Cor. 7, 31). No son «los árboles» o «la mujer» (entendida, esperamos, como criatura de Dios a cuya «ayuda» [Gén. 2, 18], sin embargo, Don Giussani debería haber renunciado «por el reino de los cielos») o «todas las criaturas», y todavía menos es el «mundo de los hombres, aquél por el cual el Hijo del hombre se encarnó y se enfrentó al sufrimiento y la muerte, éste y no otro», como querría Von Balthasar, aunque, por ser enviados al mundo para convertirlo, los discípulos de Cristo «serán por ello, al menos muy a menudo, odiados por el mundo como Él lo fue por los judíos» (Lagrange, op. cit.).
     
El equívoco entre el mundo creado por Dios y el “mundo” enemigo de Dios es evidente. Cualquier buen cristiano estaría en disposición de disiparlo, pero Von Balthasar, «el hombre más culto de nuestro tiempo», como era elogiado por De Lubac, parece haberse enredado en él, junto con Don Giussani. Pero la confusión es tan banal que resulta espontáneo preguntarse si Von Balthasar y los cultivadores de la nueva teología no pretenden más bien enredar a los demás.
    
Giussani, modernista hace cuarenta años
   
Luigi Giussani Gelosa (1922-2002), fundador de “Comunión y Liberación”, con Karol Wojtyła
    
Bajo el título Ecumenici, quaranta anni fa, la revista Tracce (noviembre 1997), de Comunión y Liberación, republicaba un escrito de Mons. Luigi Giussani, fundador de dicho movimiento, ya aparecido –según leemos– en Appunti di metodo cristiano (1964) y luego en Il cammino al vero è un’esperienzia [El camino hacia la verdad es una experiencia] [sic] (1995).
   
«La llamada del hombre cristiano a los demás debe ser auténtica», advierte Don Giussani, y pasa a ilustrar los «aspectos más importantes de esa autenticidad».
   
El primer aspecto importante es que la «llamada» no debe confundirse con la «propaganda»: «la propaganda consiste en difundir algo porque yo lo pienso y me interesa a mí. La llamada, por el contrario, tal como la entiende la Iglesia [sic], es volver a despertar algo que ya está en el otro». Y según Don Giussani –replicamos nosotros–, ¿cómo se denomina el difundir algo no «porque yo lo pienso y me interesa a mí», sino porque Dios lo ha revelado y por tanto yo lo creo y me interesa, y sé que le interesa también a la salvación eterna de mi prójimo? ¿No se llama, tal vez, apostolado? ¿Y no es eso lo que la Iglesia siempre ha hecho, por mandato divino, comenzando por los Apóstoles? Fides ex audítu: «la fe viene por la predicación; y la predicación, por la palabra de Cristo» (Rom. 10, 17), dice el Espíritu Santo por boca de San Pablo, el cual sin embargo concluye: «¡ay de mí si no predicare el Evangelio!» (I Cor. 9, 16). Pero Mons. Giussani nos asegura que la Iglesia “llama”, y que esta “llamada” la entiende la Iglesia como un «volver a despertar algo que está en el otro», extrayendo, como veremos, la conclusión exactamente opuesta a la del escrito sagrado: «¡ay de mí si predicase el Evangelio!».
   
En consecuencia, la Iglesia, según Don Giussani, no trae nada nuevo al hombre, sino que se limita a volver a despertar algo que ya está en el hombre, aunque adormecido. ¿Debemos creer tal vez que en el hombre ya está adormecida la Divina Revelación, con la noción de la Santísima Trinidad, de la Encarnación del Verbo, de la vida sobrenatural, etc.? ¿O debemos más bien pensar que para Don Giussani estas verdades sobrenaturales, que el hombre no puede conocer sólo con la luz de la razón ni por medio de ninguna “experiencia”, jamás han sido reveladas por Dios?
     
Lo sentimos por Mons. Giussani, pero la Iglesia jamás ha “llamado” a verdades ya presentes en el hombre. Ha enseñado siempre verdades reveladas de lo Alto con una Revelación divina, histórica, externa. Es Blondel, el filósofo del neomodernismo, y no la Iglesia, quien entiende el apostolado (si todavía puede denominarse así) como una “llamada”, como un «volver a despertar algo que está en el otro». Y así, escribe en La acción: «nada puede entrar en el hombre que no salga de él». Y por tanto, puesto que del hombre no puede salir lo sobrenatural, tampoco puede entrar, y en consecuencia se excluye toda Revelación sobrenatural: la “Revelación” es solamente una toma de conciencia natural de “lo divino”.
     
Lo cual queda confirmado por los párrafos siguientes del escrito de Mons. Giussani: «por eso la nuestra no es ante todo una llamada a determinadas formas, a una organización particular [Iglesia], sino a aquella promesa que constituye el corazón mismo del hombre. Nosotros les recordamos lo que Dios ha puesto en su corazón al crearlos, situándoles en un ambiente dado, formándoles. Precisamente por eso no sabemos adónde les conducirá Dios, inspirados por nuestra palabra: el designio es Suyo. No podemos saber cuál será su vocación»… Vocación que, evidentemente, no es ante todo para Don Giussani la vocación común, obligatoria para todos: la vocación a la redención en Cristo, la vocación al cristianismo y por tanto a la Iglesia Católica. Nótese que él habla de la «llamada del hombre cristiano a los demás», es decir, a los no cristianos, y Tracce nos muestra el «intercambio» ecuménico entre los “monjes” budistas del monte Koya (Japón) y el movimiento ecuménico de Don Giussani.
    
Además, si «el camino hacia la verdad es una experiencia» (ver anterioremente), si la “revelación” es fruto de la experiencia humana y no de una intervención divina en la historia, ¿por qué habría de negarse valor a la “experiencia” de “lo divino” en cualquier creencia religiosa? Estamos en pleno modernismo: «la esencia del modernismo es en realidad ésta: que el alma religiosa no extrae de ningún otro lugar distinto de ella misma el motivo de su propia fe» (Prof. Romano Amerio, Iota Unum, Salamanca 1995, pág. 42, n. 17).
    
Por consiguiente, el titular correcto no sería Ecumenistas hace cuarenta años, sino Modernistas hace cuarenta años, y ecumenistas en cuanto modernistas… a pesar de las encíclicas Pascéndi, de San Pío X, y Humáni Genéris, de Pío XII.
   
Prosperus

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