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lunes, 21 de febrero de 2022

PERFILES DE LA MODERNIDAD (A Propósito de la ablación de órganos)

   
PERFILES DE LA MODERNIDAD
Algunos apuntes sobre el perfil racionalista y naturalista de las ciencias modernas, a propósito de la ablación de órganos
         
Uno de los temas puestos hoy en el tapete en nuestra sociedad es el de los trasplantes de órganos. Al respecto, sucede que mientras desde el gobierno y varias organizaciones no gubernativas, se hacen grandes esfuerzos por convencer a la gente de la necesidad de ser donantes potenciales, esto es, estar decididos a donar sus órganos en caso de fallecimiento, dichos esfuerzos, a pesar de contar con la poderosa maquinaria formadora de opinión e inductora de conductas que son los medios masivos de comunicación, no han tenido, en la mayoría, el eco pretendido. Por otra parte, nadie podría oponerse, en principio, a tan loable y altruista propósito, el de “salvar” vidas. Entonces, uno se pregunta cuál es o puede ser la razón de tal reticencia. Para algunos, se trata simplemente de poca solidaridad por parte de la mayoría; para otros, más benignos en su juicio, no hay suficiente toma de conciencia respecto del tema que se juzga tan vital. Pero ¿no será, apuntando a una tercera posibilidad, que detrás de esa aparente indiferencia se esconde un no confesado temor o desconfianza con respecto a las “certezas” aducidas por la ciencia médica a la hora de llevar a cabo las ablaciones en cuestión? Trataré de explicarme.
         
Para que se pueda practicar una ablación, se precisa obviamente un donante fallecido (naturalmente, hablamos aquí de los órganos fundamentales para el mantenimiento de la vida corporal: corazón, hígado, páncreas, médula, etc.; excluimos, por lo tanto, aquellas ablaciones “menores” –por así decir– que se pueden practicar aun en estado de cese de la vida orgánica de una persona). Pero es el caso que no sirve de nada practicar una ablación en un cuerpo sin vida, puesto que el mantenimiento de ciertas funciones vitales básicas es indispensable para la utilidad de los órganos a trasplantar, con lo que estamos ante la paradoja de una persona fallecida, mas no muerta –hablando en términos absolutos– si no es “clínicamente” o “cerebralmente”. Y aquí justamente empieza el problema, como veremos.
                
Pero antes de proseguir con nuestro razonamiento, pongo sobre aviso al ocasional lector de estas líneas, que resulta indispensable, para procurar alguna claridad de juicio en torno a este tema, como en cualquier otro, cerrar un tanto los oídos a la propaganda mediática, a los “ruidos de la prensa”, que induce a pensar y a opinar de cierta y determinada manera, sin dejar que “opere” en él su capacidad de discernimiento, o por lo menos su sentido común.
         
Y bien, nos situamos ya ante la cuestión, a saber, un donante cualquiera, una persona, que sin estar completa y definitivamente muerta, como dijimos, es sometida a la extirpación de uno o más órganos, y que como consecuencia de esta extirpación o ablación cesa, ahí sí, por completo de vivir, de pertenecer a los seres vivos de este planeta. La pregunta que se puede plantear espontáneamente cualquier ser dotado de razón, se podría formular así: ¿Quién decide, en cada caso concreto, si esa persona, ese ser humano singular, ha muerto, de tal suerte que la ablación de sus órganos no constituya justamente la causa eficiente de su muerte? ¿Quién juzga o “sentencia” –por así decir– inapelablemente, sobre ese sutil límite entre la vida y la muerte, tratándose de un humano, tanto más cuanto sobre ese trance único de la existencia del hombre en la tierra casi nada se sabe ni se puede decir, al menos desde la ciencia? La respuesta es demasiado obvia, al punto que parece inútil por completo la pregunta. Los que deciden son los médicos, sean dos, diez o más actuando en equipo –y vamos a suponer o a dar por sentado que éstos actúan con absoluto profesionalismo–. Pero he aquí que lo que está en cuestión no es su capacidad o su idoneidad, sino los criterios de la ciencia médica para juzgar una situación como la que consideramos. Ciertamente, cada profesional tendrá su propia opinión sobre este tema como sobre muchos otros, a partir de sus convicciones morales o éticas, pero el criterio unificador y de fondo que sostiene el obrar de todos ellos lo aporta la ciencia. Y aquí se plantea otra duda pregnante: ¿Qué garantía hay de que los criterios sustentados por la ciencia acerca de lo que es “muerte clínica”, “muerte cerebral”, “coma irreversible”, “estado vegetativo”, etc. sean válidos como descripción de estados finales de la vida de un humano?
         
Me adelanto a una posible y fácil objeción, la que consiste en el hecho incontestable de que la certificación de la muerte de cualquier persona siempre corrió por cuenta de un médico. Bien, sólo que hay una pequeña diferencia entre una y otra situación: tenemos muerte en un caso y muerte “clínica” o “cerebral” en el otro. La diferencia es clara, tanto como pueda ponerlo en evidencia el que a nadie se le podrá extender un certificado de defunción –ni menos sepultar- mientras esté en estado de muerte “clínica” o muerte “cerebral”. Por lo demás, la ciencia médica misma pone en tela de juicio sus propias certezas, desde el momento que hoy reconoce como insuficientes –esto es no válidos– los signos referenciales de vida-muerte hasta no hace mucho tiempo juzgados dogmáticamente como incuestionables. Y por si no fuera suficiente esto, nos encontramos a menudo con incontables casos de personas que desde un estado “final” o irreversible para la medicina, inopinada y “milagrosamente” revivieron; por no mencionar los de personas que experimentaron efectivamente su deceso y se constituyeron en espectadores –por así decir– de su propia muerte, hasta que “el alma les volvió al cuerpo” (dicho aquí con absoluta propiedad). Negar todas estas evidencias vale tanto –o más– que negar la facultad de cualquier médico para determinar fehacientemente el estado de muerte definitiva de una persona. Bastaría considerar el mentís dado a las pretendidas “certezas” de la ciencia médica por esos hechos de todos conocidos, para poner seriamente en cuestión el intento de extender, sin límites casi, la práctica de las ablaciones tal como se efectúan  hoy por hoy. Resulta superfluo aclarar que no se ponen en cuestión aquí aquellas ablaciones practicadas en cadáveres –como lo adelantamos unos párrafos más arriba–, como tampoco las que constituyen un acto de amor por parte de una persona viva que decide libremente donar una porción de uno de sus órganos –del hígado, por ejemplo– o un órgano entero, como puede ser un riñón.
         
Me adelanto asimismo a la objeción de que ciertos problemas filosóficos relativos a las ultimidades del hombre no son de incumbencia de la ciencia médica. Efectivamente es cierto, sólo que parcialmente, y una verdad a medias, no es verdad. Por el contrario, en rigor, sólo una ciencia con fundamentos filosóficos puede aspirar a una comprensión y “cuidado” más integral del hombre, a una aprehensión de su profundidad y de su peculiar carácter “excéntrico” y “extranatural” (como decía Ortega y Gasset) –en relación con los parámetros del orden natural, obviamente–, y vocado a la sobrenaturalidad (agregamos nosotros), lo que ha de verse reflejado necesariamentre en los criterios y en la conducta terapéuticos y quirúrgicos.
       
Sin desconocer que este tema que tratamos, dada su natural complejidad y profundidad, puede ser abordado desde distintos ángulos y perspectivas, y con la intención de que quede más claro, en lo posible, el papel o la ubicación de las ciencias, en particular las referidas de una u otra forma al hombre, en el contexto del saber, y mostrar la necesidad de que tengan sus raíces doctrinales o teóricas hundidas en el “humus” de los principios filosóficos universales, nos parece oportuno traer aquí, aunque sea en breve mención, el paradigma de la ciencia médica en la antigüedad griega, en el contexto de un humanismo, el forjado precisamente por el mismo espíritu heleno.
      
En efecto, en claro contraste con el panorama de las ciencias en el mundo moderno, la Antigüedad clásica, griega en particular, concibe a aquéllas en su unidad original, a partir de una arkhé fundamental expresada en aquellos principios universales mencionados, objeto de la filosofía. Un ejemplo de este último aserto nos lo ofrece justamente la medicina. Esta, una vez superada su etapa empírico-mágica, irrumpe en el mundo griego como tékhne (ciencia y arte a la vez), a partir de los principios cosmológicos de los “physiólogos” milesios –Tales y Anaximandro, en particular–, y con el trasfondo de la teología “natural” de un Jenófanes de Colofón, por citar al más destacado en esta línea de pensamiento.
         
Y bien, la antropología que constituye como el fondo doctrinal de todas las teorías médicas conocidas hoy como escuela hipocrática o hipocratismo, reconoce su deuda con aquel pensar filosófico y aun teológico (se entiende en la acepción de teología “natural”, como fue dicho antes). Y es a partir de ahí que la medicina de aquel tiempo se nos presenta como un auténtico humanismo, como un intento de comprensión del hombre en sus contrastantes dimensiones. En este sentido, aquellos asclepíadas de hace 2.500 años, empezando por Alcmeón de Crotona y el propio Hipócrates de Cos, sin contar con ninguno de los recursos con que hoy nos deslumbra la tecnología aplicada a la ciencia médica, podían no obstante con su mirada penetrar hasta el fondo de las cosas, gracias a la virtud noética del lógos. Para ellos, como para la mayoría de los griegos en adelante, el hombre es un “retoño de la phýsis universal dotado de lógos” (ver al respecto La medicina hipocrática, de P. Laín Entralgo). Más tarde Aristóteles resume esta tradición fiilosófica en la clásica definición suya del “viviente dotado de logos” (zõon lógon ékhon). Así pues, supo aquel heleno concebir y dar forma a una idea del hombre que resultó fundamental para los siglos posteriores, al punto que toda indagación sobre el mismo intentada por la filosofía hasta nuestros días, necesariamente ha debido partir de aquellas bases insustituibles.
         
Prosiguiendo pues, para aquel antiguo griego, había de resultar extraño y “fuera de límite” este empeño del hombre de hoy por interferir continuamente en los “procesos” de la phýsis, e incluso ”transformar”, desde las posibilidades insospechadas de la tecnociencia, la realidad misma, la de las “cosas” y la del propio hombre, sea en su ser o en su acontecer. Para el pensamiento griego, hay un “destino” para cada cosa, una moira por la que cada cosa, incluido el hombre, por “necesidad” entitativa del orden universal, ha de alcanzar su “cumplimiento”. Mas no se trata aquí de un determinismo ciego que ignora lo que es “justo” (to díkaion), al modo de algunas doctrinas naturalistas y evolucionistas en boga hoy en día. Muy por el contrario, para aquel espíritu alertado y súmamente abierto que es el heleno, no podía tener lugar sino la idea de un universo en “movimiento”, pero regido por un nómos de justicia. En realidad aquellas dos nociones fundamentales de díke y anánke (justicia y necesidad), en el sentido de que las cosas han de ser según un orden sabiamente preestablecido, y que están en la base de la idea de kósmos (orden bello), pertenecen a lo más genuino y propio del pensamiento griego, y así están presentes en la reflexión noética de los filósofos como en las doctrinas científico-médicas de la escuela hipocrática, no menos que en los pensadores políticos al estilo de Solón.
            
No menos importante –para “cerrar” este breve cuadro del humanismo griego–, es lo que concierne a la pólis en relación con lo que venimos diciendo. Pues bien, para que esta construcción del orden político que es la pólis tenga lugar, ésta ha de estar regida también por un nómos, que si bien, como construcción u obra del hombre, significa tanto como “ley”, “acuerdo”, ha de respetar si quiere ser justo, aquel otro “nómos” y “orden de justicia” que impera en el kósmos; más aún, en cierto sentido debe ser expresión del mismo. Ahora bien, pertenece al hombre la posibilidad del error y el extravío, y así menospreciar, llevado por su hýbris (desmesura, falta de límite, impiedad) aquel orden primero y fundamental. De aquí se genera el desorden y la desarmonía y finalmente la destrucción de la polis.
         
Retomando la cuestión que dio lugar a estas líneas, tras esta mirada somerísima sobre algunos aspectos del espíritu griego afines a nuestro objeto, y confrontando estas ideas con la realidad que tenemos ante nuestros ojos hoy, resalta con nitidez, creo, el perfil racionalista y reduccionista del pensamiento tecnocientífico que inspira por completo el mundo de la ciencia actual. Sin embargo, para lograr una mayor claridad aún, nos parece conveniente enmarcarlo en el cuadro de los rasgos generales de lo que se ha dado en llamar “ciencias de la modernidad”. Así pues, entre los aspectos decisivos que caracterizan al conjunto de tales ciencias, resalta con nitidez el de fundarse todas ellas en un saber o conocimiento basado en los datos o constancias empíricas de la realidad –por decirlo de alguna manera–, captables por la ratio analítico-mecánica (función o razón instrumental de la mente, no del intelecto noético o nous), y demostrables experimentalmente. Es fácil adivinar el inmenso campo de realidades metaempíricas y metafísicas, y a fortiori lo sobrenatural o divino, que queda al margen, soslayado, cuando no negado (vale la pena mencionar aquí la novela Demonios, de Dostoiewski, donde el genial ruso describe, en la figura de personajes por él imaginados, la vinculación causal que descubre entre las distintas formas de ateísmo y nihilismo en nuestro tiempo, con aquel “modo de pensar” racionalista y positivista).
        
Sin querer de ninguna manera esquematizar fenómeno tan complejo, ni trazar una línea recta desde aquellos lejanos orígenes en los albores de la Edad Moderna (e incluso antes, pues podríamos remontarnos como inicio de la llamada “via moderna” –en claro contraste con la “via antiqua”– al pensamiento nominalista y empirista de Guillermo de Ockam), hasta nuestro hoy, no hay duda, empero, de la continuidad fundamental de un mismo “modo de pensar” que inspira tanto a la tecnociencia actual como a aquella nuova scienza simbolizada, más que ningún otro, por Galileo (a propósito de éste y de su “giro” fundamental desde el geocentrismo hacia el heliocentrismo, el eminente físico C. F. von Weizsäcker ve en él el inicio de un camino directísimo que conduce a la bomba atómica).
         
Tal como lo anticipamos, este nuevo “modo de pensar” significa, básicamente, una visión reduccionista de la Naturaleza, del Mundo y del hombre. La dimensión metafísica-trascendente de la realidad, para esta mentalidad no pasa de ser un “constructo” de la mente del sujeto humano. Podríamos resumir tal vez, en términos muy generales ya que la diversidad de matices es amplísima entre las diversas corrientes y posturas científicas, diciendo que según esta mentalidad, ejemplarizada en la ciencia moderna, todo cuanto el hombre puede admitir racionalmente como “realidad” es aquello susceptible de intelección lógico-causal y comprobación experimental.
         
Por este camino de racionalismo filosófico y científico, que desemboca según la aguda percepción de Dostoiewski, en diversas formas de materialismo, ateísmo y nihilismo, tenemos ante nosotros a este singular “hombre postmoderno” –culminación en estos aspectos decisivos, del “moderno”– que llevado por su afán titánico de imponerle su yugo, por así decir, a todas las cosas, traspasa continuamente los “límites”, sume a la pólis en la anomia y despliega sus energías potenciadas por la tecnociencia hacia la construcción de un “nuevo orden”, planetario y cósmico, regido por el hombre, naturalmente.
        
Paradójicamente, este “homo technicus”, orgulloso de su saber y de sus logros, que yergue su cabeza por sobre todas las generaciones y los siglos anteriores, se considera a sí mismo como un peldaño más, siquiera el más alto, de la escala zoológica, olvidando su auténtica grandeza. Ya no es más, conforme a su modo de pensar, aquel proyectado fuera, dotado de la “virtud lumínica del logos” (según la bella expresión acuñada por el filósofo Xavier Zubiri), capaz de “nombrar lo divino” y “traer la esencia de las cosas a la palabra” (como decía Hölderlin); ni menos aún cree en su libre participación en la vida divina misma por medio de la gracia santificante. Por el contrario, olvidado de su verdadero ser, imagen y semejanza de Quien lo creó, opta por su condición de ánthropos de la biología, de “animal rapax” por excelencia, tanto más peligroso cuanto más tecnologizado, podríamos concluir.
         
“Quien ha pensado lo más profundo, ama lo más viviente”. En este verso del poeta lírico Hölderlin se podría resumir quizás aquel modo de “mirar” el mundo y el ser, propio del mundo antiguo, y que encuentra su continuidad y plenificación en la “mirada” de la fe en lo trascendente divino –y no solamente lo metafísico-trascendente–, propia de los siglos cristianos.
         
Recapitulando, entonces: en este contexto de fundamental racionalismo y positivismo que caracteriza al conjunto de la ciencia moderna, es donde ubicamos la ciencia médica de nuestros días, en su teoría y en su praxis. Conviene aclarar aquí, que no hay animosidad ni subestimación alguna hacia los genuinos avances del saber y de la técnica médica. Singular torpeza sería negarlos u oponerse ciegamente a ellos; más aún, toda vez que la medicina y cualquier otra ciencia opta por un perfil humanístico (un ejemplo de ello lo constituye Gregorio Marañón y su escuela), conforme a su más antigua y genuina tradición, tiene la virtualidad de transformar los entes de la técnica en insospechados instrumentos de humanización. Sine ira et cum studio pues, como decía el viejo Tácito, es decir con ecuanimidad, lo que intentamos es destacar el paradigma científico de fondo que subyace en los supuestos teóricos de la ciencia médica, y que se traduce en un “operar” concreto ante situaciones donde “juega” particularmente el ethos del hombre: la clonación, la manipulación genética, la fecundación artificial, el encarnizamiento terapéutico, la eutanasia, etc., amén del tema específico que estamos tratando en esta nota. Más aún, fundamentalmente queremos mostrar lo que ese paradigma, como parte de una imagen del mundo y del hombre característica de la modernidad y de la posmodernidad, parece decirnos, a saber, que todo lo que sirve al “progreso” y a la “construcción del futuro”, es moral. Con esto, los contornos de la moral fundada en el ser, prefigurada en la conciencia natural del hombre y corroborada y plenificada luego por la Verdad revelada, se desdibujan o desaparecen, para dar paso a una nueva moralidad fundada en lo que subviene a la “necesidad” de la especie y al “perfeccionamiento” de la misma.
         
En este marco se puede entender fácilmente la relevancia que adquiere el fenómeno de la tecnociencia como partícipe clave en la “configuración” de ese nuevo hombre del futuro, culmen del proceso evolutivo. En el fondo, éste es el proyecto de la Modernidad, y todo logro de la ciencia y de la técnica, decíamos, se entiende como “moral” en cuanto que sirve a los fines del mismo.
        
Resulta claro y coherente con todo lo dicho hasta aquí, que el hecho, o por mejor decir el acontecimiento de la muerte –tratándose del hombre–, sea visto y manipulado por la ciencia de igual forma que en el caso de cualquier otro ser viviente, esto es, como parte de un fenómeno o proceso natural que sería el hombre mismo, y que da lugar a tomarlo a éste como campo de experimentación y aplicación sin límites de los avances técnicos, entre los cuales se cuentan las ablaciones, no menos que muchos otros “abordajes” practicados actualmente por la medicina. Y aunque seguramente muchos médicos, quizás la mayoría, se acerquen en actitud humana y reverente a tal evento del hombre en este mundo, esto es, el fin de su existencia terrenal; y por otra parte sean enhorabuena la capacidad y los medios de la medicina actual cuando sirven para mejorar la vida de muchos seres humanos o eventualmente para prolongarla, respetando su irreductible condición de ser personal portador de un ethos de trascendencia, con todo, esto no bastará para modificar o revertir los criterios cientificistas que hoy prevalecen en el vasto universo de la medicina –como en las demás disciplinas científicas– y que amenazan con extender la idea, ya instalada en la conciencia de la inmensa mayoría, de que la “ciencia” lo puede todo, incluso crear vida.
         
Por singular paradoja, a esta idea deslumbrante y prometeica de crear vida, que alienta en la entraña misma de la civilización moderna y posmoderna, se contrapone un empeño verdaderamente titánico de destrucción, de abolición del hombre, lo que se configura hodiernamente como “cultura o civilización de la muerte”. Y esto lo vemos patentizado hoy en la “lucha” denodada por el aborto. En efecto, mientras se levanta un creciente clamor a favor de la “vida” que se asigna al hecho de los trasplantes, por otro lado se levanta un clamor mayor aún a favor de la muerte, significada claramente en los abortos. Medios de prensa, organizaciones diversas –incluso algunas autodenominadas católicas–, y por cierto el gobierno, suman sus voces y realizan campañas para defender y promover –claro que con argumentos falaces– el crimen contra los inocentes.
         
Patéticas y dramáticas contradicciones como ésta, en las que se desenvuelve la vida de nuestra sociedad, al par que nos permiten poner seriamente en duda las verdaderas intenciones de muchos a la hora de defender supuestos “valores”, nos revelan con sombríos contornos la realidad de un humano que parece haber elegido definitivamente caminos de escepticismo y de nihilismo en la construcción de “su” mundo y de su futuro. Pero he aquí que tales rumbos asumidos –exaltación de la hybris humana que se propone al parecer rebasar todo límite, dando rienda a sus potencias más oscuras; anomia profunda de una polis olvidada del orden justo– sólo pueden desembocar en creciente desorden, confusión y destrucción en el seno de la comunidad.
         
Parafraseando la frase del Evangelio “quien tenga oídos para oír que oiga”, decimos “quien tenga ojos para ver, que vea”. 
    
FERNANDO ROQUE GARZÓN
Mayo de 2005

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