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miércoles, 21 de septiembre de 2022

EL VERDADERO NEOPELAGIANISMO (No, no es la sandez antitradicionalista de Bergoglio)

  
El fantasma del “neo-pelagianismo” ronda por la Iglesia. Bergoglio cada vez que puede y tiene ganas hace mención de él, imputándolo a muchos “grupos” eclesiales, incluidos los denominados tradicionalistas. Por ejemplo, en Desidério Desiderávi, dijo:
«He advertido en varias ocasiones sobre una tentación peligrosa para la vida de la Iglesia que es la “mundanidad espiritual”: he hablado de ella ampliamente en la Exhortación Evangélii gáudium (nn. 93-97), identificando el gnosticismo y el neopelagianismo como los dos modos vinculados entre sí, que la alimentan.
   
El primero reduce la fe cristiana a un subjetivismo que encierra al individuo “en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos” (Evangélii gáudium, n. 94).
    
El segundo anula el valor de la gracia para confiar sólo en las propias fuerzas, dando lugar a “un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar” (Evangélii gáudium, n. 94).
  
[…]
  
Si el neopelagianismo nos intoxica con la presunción de una salvación ganada con nuestras fuerzas, la celebración litúrgica nos purifica proclamando la gratuidad del don de la salvación recibida en la fe. Participar en el sacrificio eucarístico no es una conquista nuestra, como si pudiéramos presumir de ello ante Dios y ante nuestros hermanos. El inicio de cada celebración me recuerda quién soy, pidiéndome que confiese mi pecado e invitándome a rogar a la bienaventurada siempre Virgen María, a los ángeles, a los santos y a todos los hermanos y hermanas, que intercedan por mí ante el Señor: ciertamente no somos dignos de entrar en su casa, necesitamos una palabra suya para salvarnos (cfr. Mt 8,8). No tenemos otra gloria que la cruz de nuestro Señor Jesucristo (cfr. Gál 6,14). La Liturgia no tiene nada que ver con un moralismo ascético: es el don de la Pascua del Señor que, aceptado con docilidad, hace nueva nuestra vida. No se entra en el cenáculo sino por la fuerza de atracción de su deseo de comer la Pascua con nosotros: Desidério desiderávi hoc Pascha manducáre vobíscum, ántequam pátiar (Lc 22,15)» [Antipapa FRANCISCO I BERGOGLIO. Carta Apostólica “Desidério Desiderávi”, nº. 17 y 20, 29 de Junio de 2022].
A todo esto, ¿qué es el “neopelagianismo”? Veamos lo que dice este viejo artículo enviado por el corresponsal estadounidense de La Civiltà Cattolica, volumen 5.º de la serie XVI, 4 de Enero de 1896, págs. 119-121:
«Hemos tenido el curioso fenómeno de un antiguo error resucitado, y este error es nada menos que el pelagianismo, cuya reaparición en medio de cierta clase de personas esto llamado en Estados Unidos el “neopelagianismo”. Consiste este en propagar, predicar, imprimir y declamar en conferencias la bondad, la probidad, la pureza y la santidad de personas que vive lejos del seno de la Iglesia Católica, sola Arca de salvación y única depositaria de los medios que poroducen la virtud sobrenatural. Este neopelagianismo ha emergido un poco en todas partes; pero nunca fue tan elocuente como al dirigirse a los acatólicos, al escribir en sus revistas, y al aceptar la oferta amplia de fraternidad. Sus cultores cantaban en sus lirismos, haciendo vibrar los corazones más sensibles, siendo sobre todo de lo bueno y de lo malo para todo, aludiendo claramente a la Iglesia Católica. Era  como una planta, la cual alzándose, se ha bifurcado en dos ramas, entrambas podadas este año por las decisiones de la Santa Sede comunicadas por medio del Eminentísmo Delegado Apostólico. La primera rama se alineaba en el terreno eminentemente práctico, y había logrado un grado considerable de desarrollo en estos últimos años. Consistía en adaptarse a toda suerte de sectas, entrando también en sus sociedades, en cuanto secretas, a fin de gozar de ventajas pecuniarias y sociales de cuantos pertenecen a ellas. Ahora, tres de tales asociaciones secretas fueron prohibidas este año a los católicos, y son las de los Compañeros Singulares, los Caballeros de Fintias y los Hijos de la Templanza [por el Decreto “Amplitúdinem Tuam profécto” del Santo Oficio del 20 de Agosto de 1894]. Otras muchas también son sospechosas; entre tanto, su condena ha surtido el efecto de una poderosísima sacudida. Habiendo yo ya, por otra parte, entretenido otro hecho los lectores de la Civiltà del vivo de tal cuestión, debo hoy ocuparme de las cosas conexas con el novísimo Documento pontificio. Vengo pues a la segunda rama del neopelagianismo. Esta se viste de manto teológico, y movido por el celo “por el reino de la verdad y de la caridad entre los hombres”, perora en favor de una “amigable y fraterna comparación de las creencias religiosas”, puesto que “las personas razonables no pueden de otra forma llegar a un acuerdo acerca de las verdades soberanas, que son el fundamento de toda religión”. Es por esto que este nuevo sistema de doctrina teológica aclama el proyecto de un Parlamento de las Religiones “casi como una inspiración suprema”. Dicho Parlamento se tuvo lugar en Chicago, y sus efectos superaron los de cualquier otra inspiración ordinaria que yo conozca, efectos de un rayo y un relámpago, que deja detras un reguero de ayes, esto es, de escándalos, de indiferentismo, de blasfemias cohonestadas por un consenso de ministros de las religiones. Y tan seductores aparecieron los resultados que se ha reputado precio de la obra de tentar este año una reedición en Toronto, en Canadá, bajo el nombre de “Congreso  panamericano  de religiones y de enseñanzas”, con el designio, entre otros, por cuanto parece, de llevar un poco de luz tan necesaria a la jerarquía canadiense, sin embargo escribe uno de los patrocinadores del plan, “estoy en lo cierto que esto encuentra la universal aprobación de nuestros Prelados canadienses y la cooperación cordial de los católicos de Toronto”. Los hechos subsiguientes, sin embargo, no confirmaron tal juicio; peor aún, dos meses después de los hechos de Toronto, a la distancia de un solo bienio de los esplendores de Chicago, y mientras saludaban ya los primeros albores de un Congreso universal de las Religiones en París para el año 1900, he aquí llega un Breve firmado por el Pontífice León XIII el 18 de Septiembre, y transmitido a Su Eminencia el Delegado Apostólico para ser comunicado a toda la Jerarquía estadounidense, el cual entierra definitivamente estos denominados Parlamentos de las Religiones, con la declaración que, si hasta ahora fueron tolerados, es ahora tiempo de ponerles fin».  
A este aparte le acompañaba un Breve contra el Congreso de las Religiones en Chicago de 1895, que dice así:
«Al Eminentísimo Francisco Satólli Graciáni, Delegado Apostólico en los Estados Unidos de América.
  
Venerable Hermano, salud y Bendición Apostólica.
  
Hemos llegado a conocimiento que en los Estados Unidos de América se tienen a veces encuentros, en las cuales se reúnen promiscuamente católicos y personas de otros cultos, para tratar de cosas de la religión y de la sana moral.
  
En esto examinamos tal vez el deseo del bien religioso, donde estos son cada día más animados; pero, si bien tales encuentros promiscuos fueron hasta ahora con prudente silencio tolerados, parecería no menos de aconsejarse que los Católicos tengan separadamente sus asambleas, o que, pudiendo estas redundar en beneficio también, las convoquen con advertencia de estar abiertas a cualquiera, aunque no pertenezca a la Iglesia Católica.
   
Mientras estimamos oficio de Nuestro apostólico Ministerio estar atento a tal cosa, Venerable Hermano, Nos complacemos también de promover con Nuestras recomendaciones el uso de los Padres Paulistas, los cuales prudentemente consideran adecuado y útil hablar públicamente a nuestros hermanos disidentes, pero lo hacen con el intento de explicar las doctrinas católicas y de responder a cualquier objeción movida por ellos.
    
Si algún Obispo en su propia diócesis promoviese tal práctica y la frecuente asistencia a estos sermones, esto sería para Nos de mucho agrado y aliviio, puesto que confiamos que proveería no poca ganancia para la salvación de las almas.
    
Entre tanto, implorando, Venerable Hermano, los dones de la Divina Gracia, te impartimos, con la mayor efusión, como prenda de Nuestro particular afecto, la Bendición Apostólica.
   
Dado en Roma, el 18 de Septiembre de 1895, año decimoctavo de Nuestro Pontificado. LEÓN XIII».

En resumen, el verdadero “neopelagianismo”, lejos de ser el retorno a la Fe tradicional, ES LA DOCTRINA Y PRÁCTICA DE LOS ENCUENTROS ECUMÉNICOS E INTERRELIGIOSOS QUE, BASADOS EN LOS DOCUMENTOS DEL VATICANO II, HAN REALIZADO JUAN PABLO II, BENEDICTO XVI Y FRANCISCO I. Doctrina y prácticas que avant la lettre han sido condenadas principalmente por León XIII, Pío XI y Pío XII.
    
Conclusión: la acusación de “neopelagianismo” RECAE SOBRE EL MISMO BERGOGLIO QUE LA LANZA.

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