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domingo, 9 de abril de 2023

ORACIÓN A JESÚS RESUCITADO, POR TOMÁS DE KEMPIS


Señor mío Jesucristo, después de haber llorado vuestra Pasión, hacedme gustar ahora la consolación de una alegría toda celestial. ¡Oh, cuán grande y cuán santo es este día! ¡Oh, si pudiese yo obtener de este misterio los frutos que en él se contienen! Concededme por tanto, os suplico, una gracia más abundante y una pureza más perfecta. Señor mío Jesucristo, Rey de la gloria, Príncipe de los reyes de la tierra, hoy que resurgís de vuestro sepulcro, victorioso de la muerte, Vos habéis convalidado en todos aquellos que creen en Vos la esperanza de la vida eterna; porque resurgiendo con aquel glorioso cuerpo que inmolasteis sobre la Cruz y que recibisteis de la más santa entre las vírgenes, Vos habéis cancelado el decreto de nuestra condena y nos habéis abierto las puertas de la eterna salud. Himnos perpetuos de gracia os sean rendidos, oh Redentor mío, por los inmensos beneficios que concedisteis generosamente a todos los fieles y a mí en particular. Agregadme también el de tener constantemente fijos los ojos y mi corazón en el Cielo, de considerar la vida que Vos llevasteis y seguir vuestras amorosas huellas con fe y reconocimiento, hasta que llegue a entrar con Vos en el reino de vuestra gloria. Dadme fuerza para combatir con valor de ahora en adelante contra los sentidos, contra el mundo y contra el espíritu maligno sin temer sus artes inicuas y su poder; porque Vos sois el León de la Tribu de Judá que habéis vencido todos los enemigos de mi salvación, y ninguno hay que pueda sustraerse de vuestro brazo al cual está sujeto todo, al cual nada resiste. Concededme la gracia de imitaros en vuestra Resurrección, a fin que mortificando mis vicios, olvidando el pasado y aspirando con ardor a los bienes celestiales, viva para el futuro en una nueva vida. No ignoro, oh Señor, que para gustar las divinas consolaciones y para ser glorificado eternamente entre las delectaciones de los Ángeles, me es de fuerza esquivar los deleites sensuales, que generan la muerte del alma: sé bien que debo necesariamente despojarme del hombre viejo y de todas sus acciones, someter el cuerpo al al espíritu, y desterrar para siempre de mi corazón toda inquietud y todo afecto por las cosas terrenas. Dignaos pues, oh Salvador mío, fortificarme en la fe e inflamarme de amor, para que corra con Vos y con vuestra corte en el camino del hombre nuevo, para ser hecho digno de resucitar un día en la gloria que, comprada con vuestra divina Sangre prometisteis en merced  a vuestros siervos, como miembros de vuestro Cuerpo glorioso.
   
En Manual de Santa Isabel de Hungría, o Colección de oraciones, de meditaciones, de máximas para la vida espirituale y de elevaciones del alma a Dios (Emily Rowles, marquesa consorte de Cavelli, compiladora). París, Morizot, 1864, págs. 503-504. Traducción propia.

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