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viernes, 11 de agosto de 2023

EXAMEN GENERAL Y PARTICULAR DE CONCIENCIA

Dispuesto por un sacerdote del Oratorio de San Felipe Neri de Barcelona, y publicado por el mismo Oratorio en 1907. Imprimátur por Mons. Dr. Don Ricardo Cortés y Cullell, Obispo titular de Eudoxias y Vicario General de la diócesis de Barcelona, el 30 de Noviembre de 1907.
   
«Examinemos y escudriñemos nuestros pasos, y convirtámonos al Señor» (Lamentaciones de Jeremías III, 40).
  
PRÓLOGO
Si el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido, conforme dice la Sagrada Escritura, «símile est regnum coelórum thesáuro abscóndito» (Mat. XIII, 44), también lo es el examen general y particular de conciencia, practicado en la debida forma: porque, por una parte, es un medio eficacísimo para que el hombre llegue a despojarse de todos los vicios o malas costumbres y adornarse con toda suerte de virtudes, alcanzando así vivir y morir santamente, y, con ello, el reino de los cielos; y, por otra parte, este tesoro inapreciable, que vale tanto como el cielo, es por desgracia ignorado de la mayor parte de los hombres, aun entre los cristianos, siendo muy pocos relativamente los que hacen de él el aprecio debido.
  
El móvil que nos ha impulsado a tomar la pluma para escribir este tratadito, no ha sido otro que el estar plenamente convencidos de que el examen, bien practicado, es un medio poderosísimo para la salvación de las almas, y no haber hallado entre los muchos libros que se han escrito sobre el particular, uno que reuna dos condiciones, muy convenientes a nuestro modo de ver: 1.ª, que abarque todo lo relativo a esta materia, y 2.ª, que lo trate con tanta claridad y precisión, que lo haga sumamente práctico, aun para las personas de menos alcances.
   
Llenar, pues, este vacío hemos intentado, con la gracia de Dios, de tal manera, que en este librito hallen todos los hombres, desde el más sabio hasta el más ignorante y desde el más santo hasta el más vicioso, sea cual fuere su estado o el cargo que desempeñe en la sociedad, un medio sumamente fácil para hacer el examen, que a cada uno convenga, sin necesidad de leer ningún otro libro, para poder así ofrecer a Dios un alma pura y santa, obteniendo con ello su amistad en la tierra y su gozo en el Cielo. Así sea para ti y para EL AUTOR.
    
PRELIMINARES 
  
Para tener una idea clara, cabal y exacta de lo que es este tesoro, empecemos por fijarnos en su 
 
DEFINICIÓN: Examen de conciencia es una minuciosa indagación que hace el hombre de sus propias acciones, palabras, pensamientos y deseos a fin de quitar todo lo que haya en él de malo y defectuoso.
   
DIVISIÓN: Hay dos clases de examen: general y particular.
   
General.--Es aquel que se hace de todos los pecados o defectos que en tal a cual tiempo se han cometido por pensamiento, palabra, obra y omisión. Por esto se llama general, porque abraza todos los pecados que se han cometido durante aquel tiempo determinado.
   
Particular.- Es aquel que se hace de una sola cosa, es decir, de solo un pecado o defecto determinado; y por esto se llama particular.
    
IMPORTANCIA DEL EXAMEN
A la manera que importa mucho al señor o ama de una casa tomar cuenta, cada día, a sus criados o sirvientes, y al mercader o industrial examinar con frecuencia sus negocios, así importa al cristiano tomarse cuenta del empleo que ha hecho cada día del tiempo que el Señor le ha concedido para negociar el cielo, a fin de estar siempre dispuesto a rendir cuentas a su Señor; de manera que, cuando llegue este día, pueda tener la feliz suerte de ser premiado como bueno y fiel servidor.
   
En verdad que la importancia de todos los negocios terrenos nada representa, si la comparamos con la de nuestra eterna salvación: porque aquel a quien le salga bien este negocio, será feliz eternamente; y aquel a quien le salga mal, no le quedará otro remedio que padecer horriblemente por toda la eternidad... Si, pues, los hombres diligentes y que obran con prudencia se valen de todos los medios posibles para que les salgan bien sus negocios temporales, ¿qué se debiera hacer para el negocio eterno? ¿Quién será tan temerario que se exponga a perderlo? ¿Quién será tan loco que no procure con todo ahinco valerse de todos los medios que tenga a su mano para lograr lo que le importa más que ganar todo el mundo, y aun mil mundos?
   
Ahora bien: uno de los medios más eficaces para que nos salga bien este negocio es sin duda la práctica constante del examen cotidiano de conciencia.
   
En efecto: dice San Doroteo que «examinándonos y arrepintiéndonos cada día de nuestras culpas, no se arraigará en nosotros el vicio y la pasión; ni vendrá áacrecer el hắbito y la mala costumbre». No así en el que nunca o rara vez se exámina: porque el alma de aquel que no es cuidadoso en examinarse, es semejante a la viña del perezoso, de la cual dice el Sabio, que pasó por ella y vió su cerca caída y toda llena de abrojos y espinas.
   
Sirve el examen de escardillo para arrancar las malas yerbas de vicios o defectos, que nunca dejan de brotar en la mala tierra de nuestra carne, inclinada siempre al mal.
   
San Bernardo considera tan importante este examen, que dice: «Tu consideración comience por ti. Si fueres sabio, te falta que lo seas para ti, y si me preguntas cuánto te falta, te diré: todo si no lo eres para ti. Que sepas todos los misterios de la Sagrada Escritura, la anchura de la tierra, la profundidad del mar y el número de estrellas que brillan en el firmamento... Si no te conoces a ti, serás semejante al que edifica sin fundamento». Esto es precisamente lo que se obtiene por medio del examen cotidiano: porque por este ejercicio el hombre entra en su interior, estudia lo que es y lo que debiera ser. Dios le comunica la luz necesaria para conocerse a sí mismo, de manera que pueda llegar al término de su santificación. Se avergüenza y se reprende a sí mismo al ver sus defectos, lo que le mueve a trabajar con tesón para quitarlos y destruirlos, sustituyéndolos con toda clase de virtudes.
   
«¿Por qué, pregunta el célebre P. Faber, del Oratorio de San Felipe Neri de Londres, en una de sus admirables y portentosas obras, por qué trabaja tanto el demonio para impedir esta sencilla costumbre? Por haber en ella, respoude el mismo, como cierta omnipotencia contra él».
   
Y efectivamente es así: porque por este ejercicio practicado constantemente, queda trocado el corazón del hombre, de erial infructuoso de abrojos y espinas, en jardín amenísimo donde florecen todas las virtudes.
   
En verdad que para conseguir todo lo dicho son necesarios los auxilios eficaces de la divina gracia; pero éstos también se obtienen por medio del mismo examen, pues forman parte integrante de él la oración y acción de gracias, que vienen a ser como dos llaves con que se abre la fuente de las divinas misericordias.
   
Todos los santos en general lo han encomendado y puesto en práctica, comprendiendo ser un medio eficacísimo para purificar el alma, caminar hacia la perfección y asegurar la bienaventuranza eterna: porque por este medio descubre el hombre las raíces interiores de sus vicios para cortarlas; observa las ocasiones exteriores de sus caídas para precaverse de ellas, y conoce de tal suerte las terribles consecuencias que se siguen del pecado, que lo detesta sobre todo otro mal, doliéndose de haberlo cometido, haciendo firmes propósitos de jamás consentir en él, y de hacer todas las diligencias posibles para enmendarse totalmente.
   
Nada hay que pueda resistir al examen de conciencia, bien practicado Todos los vicios, todos los malos hábitos, por inveterados que sean, todos absolutamente se corrigen; y se va subiendo, como por grados, de virtud en virtud hasta llegar a la perfección y santidad. 
  
PARTE PRIMERA
Examen particular.-Prenotandos
Empezamos precisamente por éste y no por el general, porque para corregir los vicios o defectos es más eficaz el particular, puesto que, como dice el adagio, «quien mucho abarca, poco aprieta». Y el Sabio nos amoresta, diciendo: «Hijo, no te ocupes ni derrames en muchas obras, porque el que en menos obras se ocupare, aprovechará más en el estudio de la sabiduría».
   
Para que este examen sea eficaz, conviene fijarse en dos cosas: en la elección de la materia, de que uno debe traer el examen, y en el modo de hacerlo. 
   
ARTICULO PRIMERO: Elección de la materia
En cuanto lo primero se debe notar una regla o advertencia de San Buenaventura. Dice que «el demonio se porta con nosotros como un capitán que quiere combatir y conquistar una ciudad o fortaleza, el cual procura con toda diligencia reconocer primero la parte más flaca del muro, y allí asesta toda la artillería y emplea todos sus soldados, aunque sea con peligro de la vida de muchos: porque, derrocada aquella parte, fácilmente entrará y tomará la ciudad. Así el demonio procura reconocer en nosotros la parte más flaca de nuestra alma, que es aquella a donde la inclinación natural, o la pasión o el hábito malo, nos arrastra con mayor impetu, a a la que nos sentimos más inclinados.
   
La experiencia nos dicta que comunmente cada uno tiene un vicio o defecto a manera de rey, que lo lleva tras sí por la grande inclinación que hacia el mismo siente. He aquí lo que se llama pasión dominante, que parece que se enseñorea de nosotros y nos obliga a ir a donde no querríamos, por lo que suelen decir algunos: «si yo no tuviera tal defecto, paréceme que estaría muy tranquilo». Pues de esto convendrá hacer principalmente el examen particular. Vence ante todo a ese rey, que pretende ser dueño de tu corazón, derríbalo de manera que ya no pueda jamás levantar cabeza, y verás con cuánta facilidad quedarán vencidos todos los demás enemigos de tu alma.
   
Importa tanto el acertar uno en el examen particular de lo que más le conviene, como al médico al dar con la raíz de la enfermedad para aplicar los remedios más eficaces.
   
Aunque sucede con harta frecuencia que el vicio dominante, en algunas personas, no es uno, sino muchos, conviene no obstante hacer la guerra en particular a uno solo: porque, vencido éste, fácilmente se irán quitando los demás.
   
Se puede afirmar en general que, en igualdad de circunstancias, cuando hay algunas faltas exteriores que ofenden y desedifican al prójimo, conviene escoger una de estas para hacer el examen particular. Así, por ejemplo, cuando tenga uno la fragilidad de faltar muy a menudo en el modo de hablar, profiriendo malas palabras, o hablando en demasía, o con impaciencia y cólera, o diciendo palabras que puedan mortificar a su hermano, o acaso de murmuración o crítica, convendrá ordinariamente que escoja este defecto por materia de examen, a menos que tuviese otro también externo de peores o más fatales consecuencias.
    
Muchas veces, aun para quitar las faltas o imperfecciones, sirve admirablemente traer examen particular de alguna virtud o perfección. ¿Falta uno, por ejemplo, en la modestia de la vista, siendo fácil en volver los ojos y la cabeza a una parte y a otra para verlo y saberlo todo? Traiga examen particular de la presencia de Dios, haciendo tantos actos por la mañana y otros tantos por la tarde, aumentando paulatinamente en número hasta familiarizarse con esta importantísima virtud; y entonces se hallará modesto, recogido y espiritual.
   
Conviene muchas veces, no solo escoger por materia de examen particular un solo vicio o una sola virtud, sino aun dividir ésta o aquél en partes o grados, empezando por traer el examen de una parte o grado, y después de otra, para conseguir mejor lo que se pretende. Por esto se han separado por medio de números las diferentes partes o grados de cada virtud, conforme se verá en la pág. 28 y siguientes.
  
«No se ha de pasar a traer examen de otra cosa, dice San Bernardo, hasta que vaya, tan de caída el vicio o defecto que se quiera corregir, que, en asomándose, luego se pueda fácilmente reprimir y sujetar con la razón». De manera que no es necesario aguardar a no sentir la pasión ni la repugnancia: pues esto, como dice muy bien Hugo de San Víctor, es más propio de ángeles que de hombres; pero sí que conviene continuar hasta que uno se domine de tal suerte que con facilidad sepa reprimirse, saliendo en seguida victorioso de aquel vicio o defecto.
  
Cuando se trae examen de una virtud, una vez se haya logrado cierto hábito o santa costumbre de ella, se puede pasar a otra; y si con el tiempo se entibiara el primitivo fervor de aquella virtud, de que se trajo primero el examen particular, se puede volver a traer examen de la misma por el tiempo conveniente.
   
Para el mejor acierto de todo lo dicho, convendrá que cada cual comunique con su confesor y padre espiritual, dándole entera cuenta de su conciencia, de todas sus inclinaciones, pasiones, malos hábitos y aficiones, sin quedar cosa alguna que no le descubra.
  
ARTÍCULO II: Modo de hacer el examen particular
§ I Tiene en si tres tiempos: mañana, medio día y noche, examinándose dos veces al día.
   
En el primer tiempo, luego de haberse levantado, debe el hombre proponer de guardarse con diligencia, al menos durante aquella mañana, del pecado o defecto de que se quiere corregir y que ha escogido como materia de este examen.
   
En el segundo, o sea al medio día (antes o después de comer), hará el primer examen, contando exactamente, en cuanto fuere posible, el número de faltas que haya cometido, infringiendo el propósito hecho por la mañana, discurriendo de hora en hora desde que se levantó hasta la hora presente, indicando dicho número por medio de puntos o de cifras, conforme se nota en la pág. 51, o fijándose bien en ello.
    
Después propondrá de nuevo enmendarse hasta el segundo examen, que hará por la noche.
   
En el tercer tiempo (antes o después de cenar) hará el segundo examen, como el primero, empezando a contar desde el medio día hasta la hora presente, y notando o fijándose bien en el número de faltas, como se ha dicho.
     

§ I Este examen tiene además cinco puntos:

1.- En él se dan gracias a Dios por los beneficios recibidos. El fijarnos bien en este primer punto influye no poco para excitarnos al dolor de nuestros pecados, viendo la ingratitud monstruosa con que hemos correspondido a la bondad infinita de nuestro eterno Bienhechor.2.°-Este consiste en pedir al Señor luz y gracia para conocer los pecados y faltas que hemos cometido, y un vivo dolor, acompañado de un firme propósito de jamás pecar.

3.°-En este se pide cuenta a nuestra alma, discurriendo de hora en hora desde que se hizo el propósito, indagando las veces que se incurrió en el pecado o defecto, ya sea por pensamiento, palabra, obra u omisión. Si uno después de discurrir del modo debido no se acuerda de las faltas, no se apure por esto; pase adelante, humillándose delante de Dios y empleando el tiempo que restare en los puntos siguientes. 4.'—En este se pide perdón a Dios de las faltas que se hallare haber cometido, doliéndose y arrepintiéndose de ellas. Adviertase que este es el punto principal, porque de nada serviria el haberse esmerado en indagar las faltas cometidas si no se acudía después, por medio de un verdadero dolor, en destruirlas y aniquilarlas, procurando al mismo tiempo que no aparezcan de nuevo, lo cual se consigue con un firme propósito de enmendarse, cueste lo que costare, que es consiguiente al dolor. 5.°_Consiste este en proponer con toda sinceridad la enmienda, confiando no obstante más bien en la gracia de Dios, que en las propias fuerzas. Al que ha concebido verdadero dolor, le es muy fácil el proponer la enmienda, puesto que ésta no es más que una consecuencia de aquél. No se olvide que toda la fuerza y eficacia del examen está en los dos puntos postreros, esto es, en arrepentirnos de las culpas en que hemos incurrido y en proponer firmemente la enmienda. 
§ III Nadie piense que las ADVERTENCIAS O REGLAS que van a darse sean cosas de poca monta. Por despreciarlas algunos como inútiles o por no poner el cuidado debido en ponerlas en práctica, ha sido la causa de que no se haya realizado en ellos el efecto apetecido. 
     ARTÍCULO III: Advertencias
1. Cada vez que se advierta haber incurrido en el defecto de que se lleva examen particular, sea donde fuere, ponga la mano sobre el corazón (disimuladamente si está delante de otras personas), doliéndose de él; y en tiempo oportuno haga una penitencia, aunque sea leve, conforme aconseje el director espiritual.
2. Mire por la noche si hay enmienda, es decir, si ha sido menor el número de faltas, que ha cometi. do en aquella tarde, que las cometidas durante la mañana.

3. Conferir el segundo día con el primero, es decir, los dos exámenes del día presente con los otros dos del día anterior, averiguando de esta suerte si, de un día para otro, se ha enmendado algún tanto.

4. Comparar una semana con otra, y así sucesivamente, viendo si se ha corregido ó ha disminuido el número de las faltas de la semana anterior, etc.

5. Si ocurriera algún día en que no se pudiera hacer á la hora de costumbre ó se hubiera dejado por olvido, no deje por esto de suplirlo, haciéndolo cuanto antes, en tiempo oportuno, como no se deja de comer, cuando no se puede en el tiempo señalado.

6.8 Si en el examen repara que no hay la enmienda que esperaba, no por esto se desanime, ni se arredre. Emprenda de nuevo la misma labor, haciendo propósito firme de enmendarse, valiéndose de los medios convenientes, confiando más en la gracia de Dios que en las propias fuerzas. Indague la causa de no haber dado un paso adelante en la corrección, sin desmayar jamás. Si fueremos constantes en hacer este examen, la victoria es segura,

7. & - Es realmente para muchos una grave tentación del demonio el desaliento ó desconfianza, pareciéndoles cosa imposible un cambio total de vida; pero no hemos de hacer caso de estas ú otras mil astucias diabólicas. Recordemos que el mismo Redentor del mundo fué tentado en el desierto. Animémonos con su ejemplo, pidamos con toda confianza el auxilio divino y luchemos con valor y sin tregua hasta ver derrotados por completo todos los enemigos de nuestra alma, diciendo con el Profeta Rey: «perseguiré a mis enemigos y no deseansaré, ni volveré atrás hasta alcanzar la victoria de ellos» (Salmo XVII, 38).

8.8 Es necesario que nos esforcemos de tal manera para vencer nuestros defectos, que no se nos pase toda la vida luchando contra estos enemigos del alma sin poder derribarlos por completo y echarlos de casa, ó sea, de nuestro corazón, para que nos quede tiempo todavía para poder después traer examen particular de alguna virtud que nos conviniere. Así como el buen labrador no se contenta con haber quitado del campo las malas hierbas, las piedras y malezas, sino que procura después disponerlo de manera que produzca flores y frutos, así también nosotros en el examen particular no hemos de cejar en nuestra labor hasta que nuestro corazón quede trocado en hermoso vergel de flores y frutos de virtudes.

1 comentario:

  1. >convendrá que cada cual comunique con su confesor y padre espiritual
    Claro, lo haría, SI HUBIERA UNO EN TODO CHILE!

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