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viernes, 22 de septiembre de 2023

MES DE LA DIVINA PASTORA – DÍA VIGÉSIMOSEGUNDO

Tomado de La Divina Pastora, o sea El rebaño del Buen Pastor Jesucristo guiado, custodiado y apacentado por su divina Madre María Santísima, escrito por fray Fermín de Alcaraz (en el siglo Fermín Sánchez Artesero) OFM Cap., Misionero Apostólico, e impreso en Madrid por don Leonardo Núñez en 1831, con aprobación eclesiástica. Por cada Consideración, Afecto y Oración hay concedidos 280 días de Indulgencia por el Nuncio Apostólico, el Arzobispo de Santiago de Compostela y otros Prelados.
 
DÍA VIGÉSIMOSEGUNDO
«Dispérsæ sunt oves meæ, et factæ sunt in devoratiónem ómnium bestiárum agri» Ezeq., cap. 34, v. 5. Mis ovejas se han dispersado, y así vinieron a ser presa de todas las fieras del campo

Se nos hace conocer, en este día, que las ovejas extraviadas del redil de la Divina Pastora, están expuestas a infinitos males, sobre lo cual, 

1º Considera lo primero, la desgracia de un alma, que después de haber sido rescatada del poder infernal por el Pastor Divino a costa de su Sangre, y confiada a la solicitud y protección de María Santísima, aquélla en clase de oveja, y ésta de Pastora diligente, huye del redil místico y anda descarriada por las sendas tortuosas de sus vicios. Abusando desgraciadamente de su libertad, salta y se escapa del recinto en que es custodiado el rebaño de María: y defendido de todos los males, corre a una parte y otra, como un ciego, sin saber a dónde va ni a dónde viene, pues que todos sus pensamientos, todas sus palabras y acciones, solo se dirigen a buscar; o los placeres, que cual hierbas venenosas le dan muerte lastimosa; o el interés, que llena su corazón de zozobras e inquietudes; o el honor, que excita en él una sed ardiente, que tanto más se enciende cuanto más intenta saciarla. Su razón oscurecida no es ya capaz de dirigirla; y así, arrebatada por el ímpetu de las pasiones, se precipita en un abismo lamentable de desgracias, y es devorada por ellas mismas, que a manera de bestias feroces, se ensangrientan en el alma. Porque huir del rebaño de María es renunciar á los preceptos y máximas del Evangelio: es cerrar los oídos a los llamamientos y estímulos de la gracia: es vivir sin orden entre el ruido tumultuoso de las pasiones: y es finalmente gobernarse solo por los movimientos de la naturaleza corrompida, opuesta siempre a la gracia, la cual huye siempre de una alma que vive en un tan criminal desarreglo: queda por consiguiente abandonada a su propio consejo: y en seguida, el demonio, cual Lobo carnicero y hambriento, carga sobre ella, la dispersa, la arrebata, y la devora (Joan., cap. 10, v. 12). Pondera que esta muerte sangrienta que el Lobo infernal da a las ovejas, que están fuera del redil de esta Divina Pastora, no es nada menos que la privación de la divina gracia, por la que el alma queda en situación más fea y horrible que un cuerpo muerto: privada de esta gracia con que vive y respira, queda sin acción para las obras meritorias: fétida y corrompida, más que Lázaro en el sepulcro: rodeada de un enjambre de hábitos y costumbres malas, más asquerosas que los gusanos: sus mismas pasiones, la hacen presa del Demonio: y aquella miserable criatura principia ya, desde este mundo, a ser atormentada por el gusano roedor de su propia conciencia, que ha de ser su más cruel verdugo en el infierno por toda la eternidad. Así como el que se halla en el rebaño de María nada tiene que temer ni recelar, así la oveja que de él se extravía, no hay desgracia que no la siga, y por consiguiente nada puede suceder a nuestra alma más formidable y espantoso.
  
AFECTOS
¡Extraña ceguedad la de los hombres! ¿Es posible que dotados de razón, caigan en el desvarío de huir de una Pastora que Dios les preparó para su custodia y su defensa, por seguir a Lucifer, que cual Lobo cruel las devora, y despedaza? Pero no te admires, alma mía, porque éste era el estado a que estabas tú también reducida, cuando no seguías sino el impulso de tus pasiones. Así lo conozco y confieso, ¡oh mi dulce Pastora!, y por esto se cubre mi rostro de rubor, y me confundo, cuando pienso en los extravíos de mi pasada vida. ¡Ah! cuántas veces loco, y temerario, hui del gremio de tu rebaño místico, y fui tras del placer, la adulación, la lisonja, mi propio interés y la vanidad del mundo, pasando así la mayor y mejor parte de mi vida! Así lo confieso en tu presencia, ¡Madre mía!, y mi corazón se aflige y se angustia por el dolor que me causa el recordar la situación triste en que me vi por dejarme arrastrar de unos vicios que tanto te desagradan, y haber vivido con el desorden en que viven los que no se cuentan en tu escogido y fiel rebaño.
   
Es por lo tanto necesario, alma mía, comenzar a velar seriamente sobre todas tus acciones, para evitar el que seas algún día víctima desgraciada del Lobo infernal, que es el fin funesto de los que se hallan fuera del rebaño de esta Divina Pastora, renunciando para esto de tus pasiones, y despreciando al mundo y sus falsas máximas. Así resuelvo el practicarlo; mas como nada podré realizar, sin el socorro de la gracia de mi Dios, acudiré para conseguirla, y llamaré a las puertas del Corazón compasivo de mi Madre Pastora. Sí, Madre piadosa, yo clamaré hasta interesar en favor mío tu ternura maternal: inclinaré mis oídos, para escuchar tu voz y conocer tu voluntad: te sacrificaré la mía, para que esté obediente a tus preceptos: te presentaré mi entendimiento, para que lo ilumines con tu sabiduría; y mis deseos, para que los purifiques de todo lo terreno. Solo pretendo ya el que dirijas todos mis proyectos, santifiques todos mis trabajos, y hagas meritorias todas mis obras. Yo quiero estar siempre en el lugar en que apacientas tu grey, y como oveja fiel, ser toda tuya, y en ti tener toda mi esperanza y felicidad. ¡Ah! No es posible que deseches mis ruegos, nacidos del pleno convencimiento en que me hallo, de que una oveja sin Pastor, es como un ciego sin guía (San Atanasio, Columna 1).
   
2º Considera lo segundo, que no son solo los males ya indicados los que afligen a una oveja, que se halla fuera del rebaño de esta Divina Pastora, sino que hay otros muchos, que son como consecuencia precisa del crimen que cometió con tan criminal fuga. En el momento en que la ejecuta, cae sobre ella el rayo fulminante de la maldición de Dios, para que no halle en parte alguna un lugar seguro en que guarecerse de los infinitos males, infortunios y desgracias que la rodean. La tierra que pisa fuera del redil de María, los pastos de que se alimenta, el agua que bebe, y aun el aire que respira, todo esto está para ella lleno de la maldición de Dios: así es que en lugar de nutrirse, y recrearse, se halla siempre enferma; y como sus humores están inficionados, anda siempre triste, angustiada, y macilenta: y aun todas las cosas que a ella pertenecen, participan de esta maldición de Dios, para que nada pueda lucirle ni aprovecharle. Considera además que sus males y desgracias se aumentan hasta el extremo de verse privada de la herencia riquísima, que como a hija de tal Madre, le correspondía: es despojada de la nobleza de hija de Dios, declarada infame y rebelde; y como todas las criaturas la ven cubierta de una piel roñosa y miserable, sin divisar en ella el sello que distingue a las ovejas de María, todas de común acuerdo se arman contra ella, para vengar la injuria hecha a una cariñosa Pastora que tantos testimonios de amor le tenía prodigados. Los Santos Ángeles, que antes estaban prontos para su defensa, son ya entonces ministros de la justicia divina, que vibrando la espada del celo por el honor de esta Pastora, castigan su rebelde apostasía. Pondera que en situación tan triste, queda esta oveja a discreción del Lobo infernal, el cual señoreándose sobre ella, la transporta desde el rebaño de María a los desiertos oscuros y tenebrosos del pecado, en donde no logrará el consuelo de ver el cielo sereno y despejado para ser iluminada con su luz; antes bien, palpando siempre las densísimas tinieblas de la ignorancia y del vicio, se profundizará cada vez más en el limo de su miseria, bebiendo como agua la iniquidad; y poniendo el sello a todas sus desgracias, vendrá tal vez a incurrir en la desesperación, desconfiando de su remedio, pues por más que haga, por más que llore y se aflija, fuera del rebaño de María, no hallará una senda por donde pueda escapar y librarse de ser pasto de las fieras infernales, hasta tanto que desengañada, preste sus oídos a la voz de esta diligente Pastora, que la llama misericordiosamente, para que vuelva al rebaño de que ciegamente huyó, facilitándole al mismo tiempo la gracia de Dios que para esto necesita.
  
AFECTOS
¡Ah! ¡Tan desdichado como todo esto, y tan lastimoso es el estado a que yo quedé reducido, desde el momento en que por el pecado me aparté del rebaño de María! Tan digna de llorarse era la vergonzosa esclavitud en que me veía! ¡Y tan miserablemente dejé al Demonio tomar posesión de mi alma, obrando el mal en presencia de mi Dios! Por esta mi ceguedad, he andado desfallecido y sin fuerzas, por rodeos escabrosos en el camino de la iniquidad, precipitándome de pecado en pecado, hasta que me hubiera abismado en mi eterna perdición, si con tiempo no hubiera corrido a guarecerme en el rebaño de María. ¡Desgraciado, de mí, si esta Señora no me hubiera abierto la puerta de su redil místico, de donde yo mismo me fugué! En lugar de la quietud, del contento y de la seguridad de que disfruto en este paraíso de delicias, no me restaría sino el trabajo y el dolor, el hambre y la sed, la enfermedad y la muerte: se completarían los intentos del Lobo infernal, que eran dispersarme del rebaño de María, para saciar en mí sus fauces sangrientas.

Pero libre ya de tantas calamidades, permaneceré a tu lado, ¡oh Santísima Pastora!, sabiendo que entre la oveja, el cordero y el pastor, debe de haber una fiel y amistosa alianza (San Agustín, Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 49), y de este modo estaré ya seguro de volver a incurrir en ellas. Yo sé que por el amor que me tienes te ocupas en mi felicidad, te afliges por mis desgracias, y que escuchas mis lamentos. Yo sé que no solo eres mi Pastora, sino también mi amantísima Madre; y así invocaré este dulce nombre, para enternecer tu piadoso Corazón. Él hablará al justo Juez en mi favor, y ambos tendréis compasión de las desgracias que me rodean, durante la vida mortal. Ellas arrancan a vuestros ojos lágrimas de dolor, cuando yo llego a rendirme a mis pasiones, cediendo a la fatiga que me causa la pelea, que con ellas, y el demonio, tengo que soportar. ¡Ah!, tu Corazón es demasiado compasivo, para que pueda endurecerse a mi voz, que publica el deseo ardiente que mi alma tiene de servirte y agradarte.
         
ORACIÓN
¡Oh, compasiva Madre, y Pastora de mi alma! Yo sé que tu afecto maternal no puede menos de enternecer tu Corazón, al verme rodeado de las mayores miserias fuera de tu rebaño, porque es propiedad del buen Pastor compadecerse de las desgracias de su grey (San Gregorio Magno, sobre el libro 2.º Reyes, cap. 3). Yo te suplico, por lo tanto, que me traigas á tu redil con tal fuerza, que no pueda yo resistirme. Yo renuncio para esto de buena gana mi libre albedrío, y lo resigno en tus manos, para que no pueda ir, ni venir, sino adonde tú me conduzcas. Robustece mi corazón, para que yo te siga sin retroceder, y si ves que débil, y sin fuerzas, me fatigo en el camino de la virtud, dame tu mano maternal con que sea fortalecido, pues quiero seguirte fiel, aunque tenga que subir al Calvario á ser crucificado con mi Dios, para de este modo resucitar después en la patria de la felicidad eterna. Amén.
   
Se reza un Padre nuestro, cinco Ave Marías, y un Gloria Patri.

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