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domingo, 17 de septiembre de 2023

SAN ALBERTO DE JERUSALÉN, OBISPO Y LEGISLADOR CARMELITA

Nació el santo en Castro Gualterio, Parma. Sus padres eran nobles, de la familia de los Avogadro condes de Sabbioneta, y emparentados con Pedro el Ermitaño, gran Predicador de las Cruzadas y la conquista de Tierra Santa. Fue niño aventajado en los estudios y la piedad. Desde muy joven se inclinó a la virtud y al estado clerical y entró con los Canónigos Regulares de la Santa Cruz, en el monasterio de Mortara. Fue destacado religioso, prudente, sabio, elocuente predicador y orante. Elegido prior, aunque se negó, tuvo que obedecer por caridad. Varios años tuvo este cargo hasta que el papa le nombró obispo de Bobbio, ante lo cual de nuevo tuvo que obedecer y aceptar. Pero resultó que la iglesia vercelense, que estaba sin pastor (su obispo Huberto Crivelli –futuro papa Urhano III– había sido nombrado Nuncio en Inglaterra), le pidió también como obispo, y el Papa Lucio III le mandó fuese allí. Tomó posesión en 1185.

En esta sede realizó grandes obras y reformas: Saneó las cuentas, promovió la disciplina de los clérigos, reformó monasterios (entre ellos la Abadía de San Columbano de Bobbio), restauró iglesias, construyó hospitales e inaguró obras de caridad. Se ganó el amor y respeto de los fieles y los clérigos honestos. Fue un gran predicador y algún milagro dicen que obró, como el sacar cinco demonios de una mujer, el 9 de agosto de 1189, octava de San Eusebio de Vercelli. Intervino en varias peleas entre nobles y el emperador; o entre el papa y nobles y eclesiásticos. Enrique VI le nombró príncipe del Sacro Imperio Germánico, título que luego conservaron los obispos de la diócesis de Vercelli. Celestino III e Inocencio III le amaron y fueron generosos con la diócesis en bienes materiales y espirituales. El último le encomendó poner la paz entre Parma y Piacenza, cosa que hizo Alberto con su palabra, obra, sacrificios y oraciones. En 1192 inauguró un Sínodo para la reforma total de la diócesis.

En 1203 quedó vacante el Patriarcado de Jerusalén y habiendo declinado la sede el cardenal y legado papal, Sofredo Gaetani, sugirió que eligiesen a un obispo experimentado y de probada virtud (incluso es probable que les haya sugerido a Alberto). Así fue que Emerico de Lusignan, rey de Jerusalén, junto al clero eligió al obispo de Vercelli, nuestro Alberto, el 18 de febrero de 1204. Escribieron a Inocencio III que le obligase a aceptar, si se negaba. Y este lo hizo, le escribió una carta que, entre otras razones dice:
«en ninguna manera se diga que temes los trabajos, evitas los dolores, huyes las pobrezas, angustias y necesidades, no queriendo admitir aquella carga a que por Divina disposición eres llamado. No se diga, no, en manera alguna, que evitas los trabajos en servicio de Aquel que por el Profeta, afirma de sí: que trabajó, según aquello que leemos del salmo “Trabajé sufriendo” (Salmo VI, 7)».
Y tuvo que aceptar. Asi que fue a Roma, recibió el palio arzobispal y fue nombrado legado pontificio y Patriarca de Jerusalén. En 1204 llegó a Acre, donde estaba la sede jerosolimitana, por estar la ciudad de Jerusalén en manos de los moros. Entre los años 1205 y 1209 fue a verle San Brocardo (2 de septiembre), prior del Monte Carmelo, para solicitarle una regla de vida. Los escritos apócrifos de San Cirilo, que dice estar presente en el momento, narran que Alberto estudió la anterior regla que había dado Juan, Patriarca de Jerusalén en el año 412, así como las “constituciones” escritas por el mismo Brocardo, tomadas de los escritos de San Basilio y las normas de San Bertoldo del Monte Carmelo (29 de marzo). Luego de estudiarlas, entendió que más que Regla, eran un compendio de consejos y máximas espirituales, así que procedió a escribir una Regla en armonía con las reglas de las demás órdenes religiosas. Regla que fue entregada el 8 de abril.
   
Continuó Alberto siendo un pastor solícito, como lo había sido en Europa. Continuó las obras de caridad y beneficencia, el rescate de prisioneros, la fundación de hospederías, iglesias; la reforma de monasterios y del clero secular. En 1206, para mejor desempeñar su misión, al estar Jerusalén ocupada, Alberto cambió la sede jerosolimitana a Acre. Mandó acuñar una moneda propia en la que figuraban su nombre y armas episcopales, como remedio a la situación económica, para poder comerciar con los latinos. Puso paz entre los príncipes cristianos, haciéndoles fuerte contra los moros. En 1211 puso paz entre los templarios y los caballeros teutónicos por una cosa que afectó a los carmelitas: Pugnaban los Templarios por la exclusividad de usar manto blanco, que era propio de la Orden Templaria, mientras los otros lo hacían solo por dispensa por comodidad del clima. Mandó Inocencio III a Alberto lo solucionase con paz, como así hizo, resolviendo a favor del Temple. Y, decía, afectó al Carmelo, según Cirilo, en que Brocardo no pudo a Alberto que les restituyese la capa blanca, perdida en el 639 por orden de los moros, y continuar usando la barrada, hasta 1288, en que se recuperó definitivamente ya en Europa.
   
Más pugnas y “dimequetediré” arregló Alberto, con el rey de Armenia, el Patriarca de Antioquia, y otros príncipes y nobles. En 1213 fue convocado por el papa al IV Concilio de Letrán, que habría de celebrarse en 1215, y para ello fue encargado por el papa para tratar asuntos de diplomacia y concordatos con Saladino, para lo cual Alberto nombró legado suyo a San Brocardo. Pero y, fue más peligroso, le encargó la reforma y cuidado de la honestidad de los fieles y los clérigos, conociendo acerca de caballeros y religiosos corruptos que solo buscaban su beneficio económico, dejando de lado la caridad, la piedad y la rectitud. Y le dice: 
«y porque la conversación detestable de algunos que habitan en esa tierra, no impida o retarde la ejecución de este saludable propósito, pues con sus obras nefandas provocan a Dios, no al perdón, sino a la ira y castigo: […] rogamos en el Señor a la prudencia de tu Hermandad, de nos muy amada, que a fuer de prudente médico, uses de diversos remedios para la cura de llaga tan mortal y procures reducirlos a la verdadera penitencia».
Y Alberto comenzó una purga entre responsables, que terminó con la destitución del Maestre de los Hospitalarios de San Juan (Orden de Malta) de su hospital del Espíritu Santo. Y fue su cruz. El 14 de septiembre de 1214, mientras Alberto participaba en la procesión por la festividad de la Exaltación, al salir de la iglesia de la Santa Cruz de Acre, este Maestre le apuñaló. Algunos corrieron a decir que había sido un moro disfrazado, en aras de hacerlo mártir de la fe, pero se sabe que era cristiano, y religioso. Como el Bautista, murió por denunciar el vicio y la corrupción, lo que le hace mártir sin duda alguna. Enseguida la diócesis de Vercelli, consternada, pidió al papa fuera considerado mártir y canonizado. No lo ha sido oficialmente, pero sin embargo, el papa Clemente X concedió a la orden del Carmen celebrar su memoria, con oficio propio, primeramente a 8 de abril, por ser el 14 de septiembre día de solemnidad. Luego se trasladó al 17 de septiembre, primer día libre después del 14 (en Jerusalén y la orden carmelita, se celebra el 25). El martirologio romano, fiel a situar los santos en su “dies natalis” lo trae a 14 de septiembre.
  
ORACIÓN (Del Misal propio de Jerusalén, y del Misal Carmelita Descalzo)
Suplicámoste, Señor, descienda copiosa sobre nosotros la plenitud de tu bendición, y logren aplacarte los sufragios de tu Confesor y Pontífice San Alberto. Por J. C. N. S.

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