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sábado, 3 de febrero de 2024

BEATO ESTEBAN BELLESINI


El Beato Esteban Bellesini nació de José Bellesini, notario de Trento y descendiente de una antigua familia española, y de María Úrsula Meichlpeck, de ilustre casa belga, en Trento el 25 de Noviembre de 1774, recibiendo en el bautismo el nombre de Luis José Joaquín. Un hermano suyo, José, era sacerdote diocesano; su tío materno Fulgencio Meichlpeck, era prior del convento agustino de San Marcos.

Conseguido el permiso paterno, en 1790, a la edad de dieciséis años, entró a la Orden de Ermitaños de San Agustín, donde asumió el nombre de Esteban y profesó el 31 de Mayo de 1794. Después de haber sido enviado a hacer sus estudios en Roma y Bolonia, fue obligado a regresar a su ciudad natal, porque la Revolución instigada por los franceses invasores, cerró todas las casas religiosas en los Estados Papales, convertidos entonces en la I República Romana. Aun postrado en cama el día anterior por una enfermedad, fue ordenado sacerdote el 5 de Noviembre de 1797, sirviendo luego como predicador y rector de la capilla del monasterio agustino de San Marcos en Trento.
   
Al llegar las tropas napoleónicas a Austria, el gobierno dispersó a la comunidad agustina de Trento en 1810. Las autoridades exigieron a los sacerdotes que prestasen un juramento impío, como la Constitución Civil del Clero en la Francia revolucionaria. Esteban se negó a ello, por lo que pasó a vivir en casa de su hermano Ángel, y se dedicó entonces con peculiar energía a la labor de instruir a los niños, para evitar que fuesen corrompidos por los profesores de la Revolución (algunos de ellos, miembros de la masonería). Erigió una escuela gratuita donde, además de las letras, les enseñó el Catecismo. Llegó a reunir hasta 500 niños en su escuela, mientras que las otras, que tenían profesores revolucionarios, cerraron por vacías.
  
Esteban estableció en su escuela que cada aula tuviese dos libros: un Libro de Oro y un Libro Negro. En el primero debían ser inscritos los nombres de los alumnos más capaces y más hábiles, pero —detalle singular— también el de aquellos que, a pesar de flaquear en el estudio, «por su diligencia y fatiga, hicieron todo lo que podían», pues tanto unos cuanto otros demostraban una conducta ejemplar. En el otro, en cambio, eran registrados los que tuvieran mala conducta, sobre todo los que proferían palabras indecentes o que robaban algo del vecino. Aquellos que reincidieran en la falta serían expulsados de la escuela.
  
A pesar de las difamaciones de sus rivales, el gobierno austríaco lo nombró en 1812 Inspector de todas las escuelas elementales del Trentino, desempeñando sus deberes con tanta satisfacción de los oficiales, que en Septiembre de 1817, cuando la orden agustina reanudó su vida de comunidad en los Estados Papales (Pío VII había regresado de la cautividad y retomado el poder temporal, restableciendo las órdenes religiosas) y Esteban insistió en unirse de nuevo a sus hermanos religiosos en Bolonia, encontró fuerte oposición a su partida. A pesar de las promesas de honores, y las amenazas de violencia, llevó a cabo su propósito de llegar a Roma y fue nombrado maestro de novicios, primero en Roma y después en Città della Pieve, donde llegó en la Nochebuena de 1822. 
   
Después de cuatro años entre humillaciones del prior, penitencias y consejos a los notables de Città delle Pieve, entre ellos el obispo, pasó en 1826 a la famosa iglesia agustina en Genazzano, cerca de Palestrina: el santuario de Nuestra Señora del Buen Consejo (a la que tenía mucha devoción, junto con el Santísimo Sacramento), donde llegó a ser cura párroco. El Papa León XII había autorizado que todo monje agustino que solicitase el permiso, podía ir al convento en Genazzano.
    
Como párroco, Esteban «predica, enseña el catecismo, asiste a los enfermos, visita a las familias, pide ayuda a los amigos de Roma y de Trento para la población pobre, hambrienta, sobrecargada por las tasas y tributos». Frecuentemente en el invierno lo veían, a pesar de la hernia, con un haz de leña en las espaldas, dirigiéndose a los barrios pobres. También dispuso un compendio del Catecismo, y pasaba horas confesando. Todo ello aunado a su labor de maestro de novicios.
  
Atendiendo a los enfermos durante una epidemia de cólera que se desató en Enero de 1840, Esteban se resbaló y cayó, lo que le provocó una cortada en una pierna. La herida se infectó y finalmente contrajo la enfermedad. Antes de morir, pidió una vela y se arrodilló a hacer sus últimas oraciones: la Novena a Nuestra Señora de la Purificación, el Santo Rosario y la Coronilla de Nuestra Señora de la Consolación y Correa. Rezado el Magníficat, murió el 2 de Febrero de 1840. Tenía 65 años de edad, y 43 de sacerdote.
  
Siete meses después, su cadáver fue exhumado del coro y hallado incorrupto, a excepción de la nariz. Cuando iban a colocarlo en un ataúd de madera pequeño, este se flexionó para caber en él. El cardenal Carlo Maria Pedicini, que estaba presente, exclamó: «El padre Esteban, como fue siempre obediente en vida, se ha mostrado obediente incluso después de muerto».

Su causa de beatificación se introdujo en 1852 a instancia de Pío IX, y León XIII proclamó la heroicidad de sus virtudes el 14 de Mayo de 1896. Esteban fue beatificado por San Pío X el 27 de Diciembre de 1904, siendo el primer párroco elevado a los altares (San Juan María Vianney le seguiría ocho días después). A la ceremonia acudieron algunos de sus antiguos alumnos y feligreses, ya entrados en años.
   
Dos vidas se publicaron en 1904, poco después de la beatificación, ambas basadas en los documentos del proceso: Vita del Beato Stefano Bellesini en Roma por Paolo Billeri, y una versión breve en Trento por Simone Weber. La primera contiene más extractos de las cartas del Beato Esteban.  

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