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lunes, 15 de junio de 2026

EL LENGUAJE HERÉTICO DEL CUERPO: LA WOJTILIANA “TEOLOGÍA DEL CUERPO”

Traducción del artículo publicado en INTROIBO AD ALTARE DEI.
  
EL LENGUAJE HERÉTICO DEL CUERPO: LA WOJTILIANA “TEOLOGÍA DEL CUERPO”
  

La Teología del Cuerpo (TDC) es una creación de Karol Wojtyła (conocido como el “Papa” Juan Pablo II), líder de la secta del Concilio Vaticano II entre 1978 y 2005. Ha sido objeto de numerosos debates, y los miembros y apologistas “conservadores” de la secta se deshacen en elogios sobre su carácter “católico”, alegando que representa un gran avance doctrinal. De hecho, su TDC es tan compleja y difícil de comprender para el lector medio que existen libros y cursos enteros dedicados a su explicación. La idea principal es aparentar profundidad, incluso cuando no se es. Al fin y al cabo, «si requiere mucho esfuerzo para entenderla, debe ser muy intelectual y “nuestro Papa es un genio”». Cuando Wojtyła es original, es modernista, y cuando dice algo católico, nunca es original. 
   
Esta publicación expondrá la Teología del Cuerpo de Wojtyła como la basura modernista que es, y explicará por qué no tiene nada de “original” ni de “desarrollo de la doctrina católica” (Nota: He recopilado este material de muchas fuentes, tanto en línea como impresas, y  no me atribuyo ningún mérito, salvo el de condensar la información en una publicación breve y añadir algunos comentarios. — Introibo).

¿QUÉ ES LA TDC?

La enseñanza de Wojtyła surgió de las conferencias que impartió en 1958 y 1959. Estas se publicaron en forma de libro en 1960 bajo el título Amor y Responsabilidad (en el original polaco Miłość i Odpowiedzialność). En sus conferencias, Wojtyła inicia su crítica a la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre los fines primarios y secundarios del matrimonio. La procreación y la educación de los hijos (fin primario) y el amor y apoyo mutuo entre los cónyuges (fin secundario) se descartan en favor de las “relaciones interpersonales”, el “amor” y la “responsabilidad”.

Wojtyła despreciaba el neoescolasticismo y era partidario de las filosofías heréticas del personalismo y la fenomenología. Cuando escribía su tesis doctoral en Teología, el gran teólogo P. Reginald Garrigou-Lagrange era su tutor. Su primera versión de la tesis, titulada “La doctrina de la fe en San Juan de la Cruz”,  estaba plagada de errores, por lo que el P. Garrigou-Lagrange escribió «no eres católico» en el documento y lo suspendió. El protector eclesiástico de Wojtyła, el cardenal Adam Stefan Sapieha, intercedió por el hereje polaco y logró que se revocara la decisión tras la revisión (los apologistas intentan blanquear los antecedentes de Wojtyła afirmando que en realidad no fue suspendido, sino que el P. Garrigou-Lagrange “discrepó”. Sin embargo, quienes tenían contactos en el Vaticano –entre ellos el P. DePauw– conocían la verdad). 

Su tesis doctoral de 1953 versó sobre el filósofo Max Scheler (1859-1938), un destacado defensor de la fenomenología. En resumen, la fenomenología intenta fundamentar el conocimiento humano en los “fenómenos”, es decir, en lo que se presenta a la mente humana, en lugar de en la exploración de cosas externas existentes. Para un fenomenólogo, la existencia real de algo es irrelevante; solo existe aquello que él medita. Es fácil ver cómo esta filosofía pertenece al subjetivismo modernista, ya que no se basa en una realidad o estándar externo, sino en las propias concepciones personales. Por lo tanto, conduce fácilmente al relativismo moral y a la dependencia de la opinión personal o subjetiva (“lo que se siente bien”) en contraposición a la realidad externa u objetiva (por ejemplo, los Diez Mandamientos).

Como enseñó el Papa San Pío X acerca del tomismo:
«Santo Tomás perfeccionó y aumentó aún más, gracias a la cualidad casi angélica de su intelecto, todo este magnífico patrimonio de sabiduría que heredó de sus predecesores y lo aplicó para preparar, ilustrar y proteger la doctrina sagrada en las mentes de los hombres (In Librum Boéthii de Trinitáte, cuestión 2.ª, 3). La sana razón sugiere que sería insensato descuidarlo y la religión no permitirá que se atenúe de ninguna manera. Y con razón, porque, si la doctrina católica se ve privada una vez de este sólido baluarte, es inútil buscar la más mínima ayuda para su defensa en una filosofía cuyos principios son comunes a los errores del materialismo, el monismo, el panteísmo, el socialismo y el modernismo, o ciertamente no se oponen a tales sistemas. La razón es que las tesis capitales de la filosofía de Santo Tomás no deben colocarse en la categoría de opiniones susceptibles de ser debatidas de una forma u otra, sino que deben considerarse como los fundamentos sobre los que se basa toda la ciencia de las cosas naturales y divinas. Si tales principios se eliminan o se ven menoscabados de alguna manera, necesariamente se seguirá que los estudiantes de las ciencias sagradas terminarán por no comprender siquiera el significado de las palabras con las que la magistratura de la Iglesia propone los dogmas de la revelación divina» (Cf. Doctóris Angélici, 29 de junio de 1914; el énfasis es mío). Wojtyla odiaba el neoescolasticismo, especialmente su expresión tomista. Tenga esto presente al reflexionar sobre la Teología del Cuerpo. 
Según una fuente de una secta del Concilio Vaticano II que apoya la Teología del Cuerpo:
«La “Teología del Cuerpo” es la visión integral de la persona humana que propone San Juan Pablo II. El cuerpo humano posee un significado específico, que visibiliza una realidad invisible, y es capaz de revelar respuestas a preguntas fundamentales sobre nosotros y nuestras vidas:
  • ¿Tiene la vida un propósito real y, de ser así, cuál es?
  • ¿Qué significa que hayamos sido creados a imagen de Dios?
  • ¿Por qué fuimos creados hombre y mujer? ¿Realmente importa si somos de un sexo u otro?
  • ¿Qué nos dice la unión matrimonial de un hombre y una mujer acerca de Dios y su plan para nuestras vidas?
  • ¿Cuál es el propósito de las vocaciones matrimoniales y célibes?
  • ¿Qué es exactamente el “amor”?
  • ¿Es realmente posible tener un corazón puro?
Todas estas preguntas, y muchas más, encuentran respuesta en las 129 audiencias de los miércoles, popularmente conocidas como la “Teología del Cuerpo”, impartidas por San Juan Pablo II entre 1979 y 1984» (Cf. theologyofthebody.net).
Por lo tanto, la Teología del Cuerpo culminó con los discursos de Wojtyla y se convirtió en un libro (que se amplió y se consideró “definitivo” en 2006) titulado  “Hombre y mujer los creó: Una teología del cuerpo”.

Wojtyła afirmó que su propósito al presentar la Teología del Cuerpo (TDC) surgió «principalmente de la necesidad de fundamentar las normas de la moral sexual católica de la manera más definitiva posible, basándose en las verdades morales más elementales e incontrovertibles y en los valores o bienes más fundamentales», especialmente el bien de la persona en el contexto del «amor y la responsabilidad» (Véase Amor y Responsabilidad, [1981], pág. 16). La implicación es clarísima: la Iglesia tuvo que esperar más de 1900 años a que Wojtyła fundamentara la moral católica porque la Ley Natural, la Sagrada Escritura, la Sagrada Tradición y la enseñanza del Magisterio eran insuficientes. Esto es, en el mejor de los casos, una blasfemia y, en el peor, una negación de la capacidad de la Iglesia para instruir a los fieles. 

LAS PRINCIPALES ENSEÑANZAS HERÉTICAS DE LA TEOLOGÍA DEL CUERPO

Existen tres (3) enseñanzas heréticas fundamentales de la TDC:
  • Una idea falsa del hombre como Imágo Dei (imagen de Dios) opuesta a la idea verdadera
  • Los fines del matrimonio han cambiado
  • La falsa noción de “entrega total” en el matrimonio.
Existen más errores, pero en mi opinión, estos son los tres más graves. Cada uno será analizado.
   
El hombre ya no es imagen de Dios, sino solo el contorno de Dios.
Para Santo Tomás, el alma es superior al cuerpo —más noble, pues posee su acto de ser y lo comparte con el cuerpo—, de modo que el hombre se constituye persona por su naturaleza espiritual. Wojtyła, sin embargo, especifica en las notas a su Audiencia del 14 de noviembre de 1979 que: «En la concepción de los libros más antiguos de la Biblia, no aparece la oposición dualista “cuerpo-alma”. Como ya hemos señalado, podemos hablar más bien de una combinación complementaria “cuerpo-vida”. El cuerpo es la expresión de la personalidad del hombre».

Esta omisión de distinguir explícitamente el alma y sus operaciones como superiores al cuerpo implica que la Teología del Cuerpo redefine la noción del hombre como “imagen de Dios”. Así, la afirmación de Santo Tomás, citando a San Agustín, de que el hombre es imagen de Dios solo por su mente, no tiene cabida en un sistema fenomenológico herético, filosofía que Wojtyła abraza. Por consiguiente, debe redefinir la “imagen de Dios” como objeto de estudio fenomenológico: es una imagen, una representación externa de Dios. Mejor aún, es una experiencia (en lenguaje del Concilio Vaticano II). La plena comprensión del significado del cuerpo se produce en el “conocimiento” mutuo del hombre y la mujer; su unión física (sexo) se convierte en un “lenguaje” que expresa la naturaleza de Dios al mundo y a ellos mismos: «Este lenguaje del cuerpo se convierte, por así decirlo, en una profecía del cuerpo» (véase la audiencia de Wojtyła del 22 de agosto de 1984). 

El hombre es capax Dei (tiene capacidad para Dios) por su alma, por naturaleza, por la “creación”, como dice San Agustín. Esta apertura de la naturaleza permite la entrada de la gracia en su alma y una nueva manera de ser “a imagen de Dios” mediante la unión de la virtud teologal: imperfectamente, como imagen de la gracia, y perfectamente, como imagen de la gloria (Véase Suma Teológica I, cuestión 93, art. 4). Esta unión propiamente teológica es imposible en una “teología del cuerpo” precisamente porque el alma no se distingue claramente como lugar de encuentro con Dios por naturaleza. Tampoco existe la posibilidad de distinguir entre imagen natural e imagen por gracia o gloria. 

En la Teología del Cuerpo fenomenológica de Wojtyła, los seres humanos se acercan a Dios mediante una unión más pura con otro ser humano; al convertirse en un “don más pleno para el otro”, la humanidad se asemeja más plenamente a Dios. La recuperación de la imagen de Dios y de la “inocencia de corazón” original depende de vivir el matrimonio como un “don mutuo” (Véase Wojtyła, 2 de abril de 1980, “El matrimonio en la visión integral del hombre”: «Quienes buscan la realización de su vocación humana y cristiana en el matrimonio están llamados, ante todo, a hacer de esta teología del cuerpo… el contenido de su vida y de su comportamiento»).
  
Cambiando los fines del matrimonio
Wojtyła estuvo muy influenciado por el padre Herbert Doms Klapper OSB, también admirador de Max Scheler. Doms fue un teólogo censurado. En 1935, escribió un libro titulado Sobre el significado y el propósito del matrimonio. En él, Doms afirmaba que, dado que no todo acto sexual resulta en la concepción de un hijo, el propósito principal del matrimonio no es la procreación, sino la realización personal de hombres y mujeres como personas. Doms escribió:
«En el acto perfecto, digno de seres humanos, los dos participantes se abrazan recíprocamente en un amor íntimo; es decir, espiritualmente se entregan recíprocamente en un acto que contiene el abandono y el disfrute de la persona en su totalidad y no es simplemente una actividad aislada de los órganos» (Citado en John T. Noonan, Contraception: A History of Its Treatment by the Catholic Theologians and Canonists, [1965], pág. 497). 
En 1939, la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio condenó el libro de Doms y prohibió su uso en cualquier institución católica. Fue incluido en el Índice. 

Según el teólogo Francisco Marín Sola OP, en el siglo XX surgieron ciertos autores (como los teólogos Doms y André Krempel) que propusieron una teoría según la cual la esencia del matrimonio reside en la perfección mutua de los cónyuges. Para estos teólogos (censurados), el propósito primordial del matrimonio es la unión espiritual de los esposos. Por lo tanto, de la unión se derivan diversos “bienes o frutos”: la realización personal y, en el plano biológico, la procreación y la educación de los hijos, lo que resulta en la perfección total del matrimonio. 

Por lo tanto, el Santo Oficio publicó este decreto:
«[En ciertos escritos se afirma] que el propósito principal del matrimonio no es la generación de descendencia, o que los propósitos secundarios no están subordinados al propósito principal, sino que son independientes de él.
   
En estas obras, otros autores designan diferentes propósitos primordiales del matrimonio, como por ejemplo: la complementariedad y la perfección personal de los cónyuges mediante una participación mutua y completa en la vida y la acción; el amor mutuo y la unión de los cónyuges, que deben nutrirse y perfeccionarse mediante la entrega psíquica y corporal de la propia persona; y muchas otras cosas similares.
   
En esos mismos escritos, a veces se atribuye a ciertas palabras de los documentos actuales de la Iglesia un sentido (como por ejemplo, propósito primario, propósito secundario), que no concuerda con el uso común de los teólogos.
    
Esta revolucionaria forma de pensar y hablar pretende fomentar errores e incertidumbres, para evitar lo cual los Eminentísimos y Reverendísimos Padres de esta suprema Sagrada Congregación, encargados de la custodia de los asuntos de fe y moral, en una sesión plenaria, el miércoles 28 de marzo de 1944, cuando se les planteó la pregunta “Si se puede admitir la opinión de ciertas personas recientes, que o bien niegan que el propósito primario del matrimonio sea la generación y crianza de los hijos, o bien enseñan que los propósitos secundarios no son esencialmente subordinados al propósito primario, sino que son igualmente primeros e independientes”, han decretado que la respuesta debe ser: Negativo» (Ver Sacræ Theologíæ Summa, Tomo IV-B, [1956], pág. 154). 

Dado que la ética matrimonial y sexual de la Teología del Cuerpo (TDC) es una “ética del amor”, el amor conyugal se convierte en el único objetivo del matrimonio y la sexualidad. Sin embargo, esto excluye el objetivo al que el Creador ha orientado el matrimonio y la sexualidad: la procreación. En términos escolásticos, el finis operántis (el fin del trabajador) desplaza, o al menos eclipsa, el finis óperis (el fin de la obra). La TDC entra en conflicto con la enseñanza de la Iglesia respecto al orden de los fines del matrimonio. Esta enseñanza sostiene que el primer fin del matrimonio es la procreación (y educación) de los hijos, y que el segundo es el amor entre los cónyuges. 

Fue el Concilio Vaticano II el que rehabilitó a los teólogos censurados e incorporó este precepto herético a las enseñanzas de la secta. La enseñanza perenne de la Iglesia está consagrada en el Código de Derecho Canónico de 1917: «El fin primario del matrimonio es la procreación y la educación de los hijos; el fin secundario es el apoyo mutuo y el remedio de la concupiscencia» (Canon 1013, § 1). A partir del documento Gáudium et Spes (“Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo moderno”), la enseñanza de la Iglesia sobre el Santo Matrimonio se vio socavada. Por primera vez, en lugar de enseñar sobre los “fines del matrimonio”, se discuten los “beneficios y propósitos” del mismo. Estos “beneficios y propósitos” se describen sin distinción alguna entre primarios y secundarios, y sin mencionar que alguno en particular esté subordinado a los demás. 

Esto llevó a la plasmación del principio herético en el Código de Derecho Canónico wojtiliano de 1983, con los fines del matrimonio invertidos:
«El pacto matrimonial, por el cual un hombre y una mujer establecen entre sí una sociedad para toda la vida, ordenado por su naturaleza al bien de los cónyuges y a la procreación y educación de los hijos, fue elevado por Cristo el Señor a la dignidad de sacramento entre los bautizados» (Canon 1055, § 1). 
El matrimonio como “entrega total”.
Esto se deriva del personalismo de Wojtyła. El personalismo se define así: «El personalismo postula la realidad y el valor últimos de la persona, tanto humana como (al menos para la mayoría de los personalistas) divina. Enfatiza la importancia, la singularidad y la inviolabilidad de la persona, así como su dimensión esencialmente relacional o social» (Véase plato.stanford.edu/entries/personalism/#WhaPer). Los personalistas como Wojtyła, en su Teología del Cuerpo, conciben el matrimonio como una “entrega total de uno mismo”. 
   
La tradición católica no concibe el amor conyugal y el amor sexual de esta manera. El amor conyugal es un amor a la voluntad, más concretamente un amor de amistad y compañerismo que implica ayuda mutua hasta el sacrificio, lo cual abarca el amor sexual. La tradición considera este último como un amor a los sentidos desordenado por el pecado original, que, por consiguiente, debe ser moderado e integrado, en la medida de lo posible, en el amor a la voluntad. Para los cristianos, ambas formas de amor deben ser elevadas por la gracia al amor sobrenatural de la caridad. Además, debes amar a Dios con todas tus fuerzas, mente y alma, y a tu prójimo (los demás seres humanos) en menor medida que a ti mismo.
   
TDC: POSIBLEMENTE SOCAVANDO LA SACRALIDAD DE LA VIDA HUMANA
   
Wojtyła siempre pregonaba su postura provida para ganarse el apoyo de los ingenuos seguidores del Concilio Vaticano II, a quienes consideraba un “papa conservador”. Cabe reconocer que Wojtyła siempre expresó su opinión sobre la maldad del aborto. Irónicamente, su personalismo puede socavar los principios provida. Wojtyła distingue entre seres humanos y personalidad jurídica. 
   
Un ser humano es un individuo con una naturaleza humana. La naturaleza humana forma parte de la realidad externa y objetiva. Además, la naturaleza humana es compartida. Todo ser humano posee la misma naturaleza que los demás. Finalmente, la naturaleza humana confiere a cada ser humano cierta dignidad. Para Wojtyła, una persona es un sujeto de experiencia vivida. La personalidad, a diferencia de la naturaleza humana, forma parte del mundo subjetivo interno. Asimismo, a diferencia de la naturaleza humana, la personalidad no es compartida. Cada persona posee una personalidad única, determinada por su interioridad y experiencia autorreflexiva completamente únicas. Esta personalidad única eleva la dignidad de la persona a un nivel aún mayor que el de un simple ser humano. 
  
El personismo es un marco moral que vincula los derechos éticos al concepto de “persona” (definido por capacidades como la autoconciencia, la racionalidad y el deseo de seguir existiendo) en lugar de la pertenencia a una especie. Se originó con el detestable filósofo australiano Peter Albert David Singer Oppenheim (n. 1946; nieto materno del psicólogo judío nacionalizado austriaco David Ernst Oppenheim Kaufman, que colaboró con Sigmund Freud y Alfred Adler). Según los personistas, muchos seres humanos no son personas. Los fetos, por ejemplo, son seres humanos, pero no personas, porque carecen de autoconciencia. Los personistas, como Peter Singer, utilizan el personismo para justificar el aborto e incluso el infanticidio. Singer afirma que las personas tienen un gran valor y deben ser protegidas, pero los meros seres humanos tienen menos valor. Por lo tanto, matar a bebés sin autoconciencia (que no son personas) no es tan grave.     

Cabe reconocer que Wojtyła discrepa en esto, pero ¿en qué se basa si coincide con la mayoría de los principios fundamentales de Singer? ¿En la infusión del alma? ¿Es el alma consciente de sí misma al animar el cuerpo? Que yo sepa, Wojtyła nunca abordó este punto. La “Teología del Cuerpo”, con su personalismo y fenomenología, parece socavar la enseñanza de la Iglesia en este ámbito.

CONCLUSIÓN
  
La “Teología del Cuerpo” es una teología modernista propia de Juan Pablo II, el Gran Apóstata. ¿Cómo se puede siquiera tener una “teología” así cuando el principio vital del cuerpo es el alma, sin la cual el cuerpo no es más que un cadáver? Muchos creen que defiende la enseñanza tradicional cuando, en realidad, niega o socava la doctrina de la Iglesia. Al exaltar el cuerpo, Wojtyła corrompe mentes y almas. «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno» (Mateo 10:28). 

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