Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
Las siguientes páginas de Von Pastor pretenden exponer la acción política de San Pío V ante la cuestión hugonote y las guerras de religión (la segunda y la tercera) que ensangrentaron Francia. Los remedios del Papa —verdaderamente antimodernos, antiecuménicos y rigoristas— consistían en la represión de la herejía y la exaltación de la verdadera fe, para el bienestar del Reino bajo la protección de Dios y para la paz de la sociedad cristiana en su conjunto, custodiada por los voraces lobos calvinistas. No hay que pensar, en realidad, que se trataba de corderos pacíficos; al contrario… Las intrigas y traiciones de una corte indigna como la de los Valois rechazarían las directrices romanas, dañando la fe y provocando un mayor derramamiento de sangre. Las intrigas políticas habrían conducido, por ejemplo, a la masacre del día de San Bartolomé en 1572, sin la cual, como señaló Moroni, «quizás el calvinismo y la república, o más bien las repúblicas federales en las que los líderes hugonotes anhelaban dividir Francia, habrían triunfado sobre la Iglesia católica y la unidad de la monarquía. Y fue por razones tan graves que se cantó el Te Deum en la Basílica de San Luis de los Franceses en Roma, y se realizaron otras manifestaciones públicas, no porque alguien hubiera participado en la masacre ni se hubiera regocijado con ella».
Para fundamentar su severidad contra los novadores en materias religiosas, alega Pío V su larga experiencia de inquisidor. Ahora bien, a vista de sus ordenaciones nadie querrá afirmar que esta experiencia le hubiese infundido aprecio del movimiento protestante de Italia. Conforme al tenor de sus decretos, los protestantes italianos son considerados por él como una secta que se introduce y propaga en la oscuridad; tienen bastante valor para difundir sus opiniones en secreto sin ser conocidos, pero si son descubiertos y llevados a los tribunales, en la mayor parte de los casos se quebranta su audacia de una manera deplorable, precisamente en el momento en que se debería mostrar si dicho movimiento tiene hombres verdaderamente fieles a sus convicciones y con valor de mártires; niegan ser protestantes y abjuran sus errores. Por eso, según su opinión frecuentemente expresada, la severidad es el apropiado remedio contra la herejía [1]. Si no se teme imponer las más graves penas en algunos pocos casos, se librará a Italia de un a guerra civil, la cual si cobra fuerzas la escisión religiosa, ha de inundar allí el país en sangre, como ya ha sucedido esto en Francia [2], y se prevendrán los castigos que Dios descargará sobre el mundo en caso contrario [3].El Papa con su sentimiento de justicia concede ciertamente aun a los herejes alguna disculpa, aunque no una justificación; muy frecuentemente ha reconocido que el estado de abyección del clero, que él había combatido por todos los medios posibles, formaba el punto de partida y el suelo abonado para el movimiento protestante [4]. Pero a la verdad, no por eso otorga ni con mucho a los novadores el derecho de emprender la fundación de una Iglesia enteramente nueva. Escribe una vez que nunca ha habido en la tierra más que una religión verdadera, ni puede haber más que una; y que es aquella que han predicado los apóstoles, y atestiguado los mártires de los primitivos tiempos del cristianismo, y que se ha transmitido a la posteridad por los sucesores del apóstol San Pedro [5]. Es por tanto claro según la persuasión del Papa, dónde se halla la Iglesia de Cristo, y sólo puede considerarse como obstinación y contumacia el que, después de suficiente instrucción, los novadores le hagan todavía resistencia.[…]La gran condescendencia del gobierno francés con los hugonotes no logró contentarlos. Se quejaban de la infracción del edicto de Amboise, que ellos mismos no observaban, y perfeccionaban su robusta organización político-militar (2). Su último fin iba mucho más allá de la tolerancia o igualdad de derechos. El poder real debía estarles sujeto y así establecerse su dominio universal. La ocasión parecía favorable a esto cuando el gobierno francés en sus disposiciones de precaución, motivadas por la expedición militar del duque de Alba a los Países Bajos, se apoyó en los hugonotes. Estos esperaban ahora tomar en sus manos el mando supremo del ejercito para hacer estallar después la guerra contra el rey de España, aun cuando Felipe II no se permitía ningún acto hostil o ingerencia en los negocios interiores de Francia (3). Pero Catalina de Médicis, que no quería ser dominada, desbarató sus intentos. Los hugonotes, que se vieron defraudados en sus esperanzas y temían una alianza del gobierno con España, procuraron entonces alcanzar su fin por otro camino, de acuerdo con el príncipe de Orange e Inglaterra. Con una acometida repentina, cual ya se había intentado años atrás contra Francisco II, pensaron apoderarse de la corte en su residencia de Monceaux cerca de Meaux a fines de septiembre de 1567, prender a la reina y a su hijo, y reducir a la impotencia a los adversarios, sobre todo al cardenal Guisa. Todo el plan estaba mu y bien preparado y guardado cuidadosamente en secreto (1). En la corte real nadie barruntaba que era inminente un levantamiento de los hugonotes en todo el país, y menos que ninguno Catalina, que había despreciado todos los avisos de semejantes maquinaciones; quedó completamente sorprendida. Tampoco el canciller L’Hôpital quería creer en una sublevación de los hugonotes. Fué por tanto casi un milagro que la familia real lograse todavía en el último momento escapar a Meaux y, defendida por los seis mil suizos que corrieron en su auxilio, llegar a París el 29 de septiembre de 1567 (2).Por segunda vez se encendió ahora la guerra civil y religiosa en Francia. El rey fué sitiado en su capital, y en todas las provincias se levantaron los hugonotes. Cuál fuese la suerte que amenazaba a los católicos, mostrólo la atrocidad conocida con el nombre de la Michelade, que se cometió en Nimes, donde los hugonotes, el 29 de septiembre (día de San Miguel), mataron sin enjuiciarlos a ochenta de los más principales católicos y arrojaron sus cadáveres a un pozo (3).Ambos partidos buscaron subsidios y aliados fuera de Francia. La corte, en su apuro, envió a Roma a Aníbal Rucellai con la petición de presto socorro. Las noticias que llevó Rucellai, fueron oídas con espanto en la curia (4). Pío V, como se deja entender, estuvo presto a dar apoyo a vista de la duramente amenazada situación de los católicos franceses, pero en sus encargos al nuncio no pudo dejar de hacer serias reconvenciones. Recordaba en ellas que ya había predicho los hechos de los rebeldes; decía que ahora era menester hacerles frente con ánimo varonil. Que si se fiaban de nuevo de los que habían sido infieles a su Dios, se vería en breve plazo la ruina de la dinastía y la destrucción del reino. A la reina le representaba en una carta, que había llegado ahora el tiempo oportuno para alejar de la corte a todos los hugonotes, que no eran sino espías de los rebeldes. Que no debía entregarse en manos ni del canciller L’Hôpital, ni de ambos Montmorency; que los que la habían movido a despedir al cardenal Guisa, le habían aconsejado mal (1).Tan sin miramientos reprendía con esto la política que hasta entonces había seguido el gobierno francés, tan amplios auxilios quería prestar él mismo y obtener de otros, ahora que se había declarado guerra abierta a los hugonotes. En su carta a la reina había prometido aprestar inmediatamente tres mil soldados de infantería. El 16 de octubre de 1567 escribió al nuncio, que se esforzaría por elevar este número al duplo (2).El gobierno francés deseaba ante todo auxilios pecuniarios. Rucellai no pedía menos de 300.000 escudos. El Papa estaba dispuesto a todo auxilio posible, pero sólo para el caso de que no se volviese a ajustar pronto un convenio con los herejes rebeldes.[…] En los meses de octubre y noviembre procuró reunir dinero por medio de un especial impuesto en los Estados pontificios y con las contribuciones de los monasterios de Italia (2). Al mismo tiempo se esforzaba ardorosamente por alcanzar también en otras partes auxilios. Escribió apremiantes cartas al rey Felipe II, al duque de Nevers, Ludovico Gonzaga, que se hallaba en el Piamonte, y al duque Manuel Filiberto de Saboya (3). A Lorena fué enviado como legado especial Piersanti con el encargo de instar el cierre de la frontera contra las tropas del conde palatino calvinista Juan Casimiro, que iban a ayudar a los hugonotes (4). Pedro Donato Cesi, obispo de Narni, se dirigió por encargo del Papa a los gobiernos de los Estados italianos, para exhortarles ahincadamente a que prestasen una pronta y poderosa ayuda. La instrucción que se le dió, pinta la rebelión de los hugonotes, sus sacrilegios y las atrocidades cometidas contra los católicos, el apuro de Carlos IX y el peligro que resultaría de una victoria del calvinismo en el reino de Francia. Dícese en ella que la situación de Francia, rodeada de España, Inglaterra, los Países Bajos, Alemania e Italia, mostraba que allí se habían de decidir los destinos de Europa, no sólo en el concepto religioso, sino también en el político. Que si los calvinistas con sus conatos revolucionarios llegaban a dominar en Francia, la consecuencia sería también una revuelta política en las naciones vecinas. Que de ella estaba amenazada así mismo Italia, y por eso los Estados italianos tenían la obligación de prestar ayuda en tan importante negocio (1).Es significativo de la santidad de Pío V el que recurriese también a la oración, publicando un jubileo general el 16 de octubre de 1567 (2). Abriólo en Roma en la última semana de octubre con la celebración de tres grandes procesiones, en las cuales fue él mismo a pie. Estas procesiones salieron de San Pedro, y se dirigieron el primer día a Santa María de la Minerva, el segundo a San Jerónimo de los españoles, y el tercero a San Luis de los franceses (3). Pero además del auxilio espiritual, tampoco descuidó el Papa el temporal, como se ve por las providencias que tomó simultáneamente. Así una congregación de cardenales decretó un impuesto general par a todos los Estados pontificios (4). A principios de diciembre se suspendió el pago de los 2000 escudos que se solían dar anualmente a los cardenales necesitados, de lo cual quedaron exceptuados solamente cinco cardenales enteramente pobres (5). De los fondos reunidos con todo apresuramiento asignáronse 25000 escudos a Ludovico Gonzaga, y 10000 al duque de Saboya (6). El nuncio de la Torre había de antemano recibido el encargo de entregar los subsidios pecuniarios al gobierno francés sólo cuando estuviese cierto de que no se trabajaba bajo mano en ajustar un convenio con los hugonotes (7). Esta inquietud, que dominaba al Papa ya en octubre, se acrecentó de tal modo, que escribió al nuncio el 25 de diciembre, que temía una reconciliación del gobierno francés con los rebeldes, porque Catalina de Médicis nunca procedía sinceramente con Dios y la religión católica, y confiaba más en su propia astucia que en el auxilio divino (1). De una manera semejante se juzgaba también en Madrid la situación, como lo notificó Castagna el 21 de diciembre (2).Cuán justificadas eran las dilaciones de Pío V (3) en entregar los socorros de dinero al gobierno francés, y su desconfianza de la política del mismo (4), se iba a mostrar muy presto. El 23 de marzo de 1568, después de una guerra hecha flojamente, se concluyó en Longjumeau por segunda vez una paz que desaprovechaba una situación militar relativamente favorable (5). Catalina no quería ahora más que antes, una victoria decisiva de los Guisas y del partido católico en general. Siguiendo solamente su propio interés con vista muy limitada, se esforzaba por conseguir cierto equilibrio de los partidos. Por la paz de Longjumeau, ajustada por ella a pesar de la contradicción del nuncio y del embajador español, alcanzaron los hugonotes la renovación del edicto de Amboise tan favorable para ellos, en cambio de lo cual prometieron restituir al rey las ciudades que tenían en su poder. Con todo, esta condición no se cumplió. Tampoco pensaban los hugonotes en renunciar a sus relaciones con Inglaterra y los rebeldes de los Países Bajos.Por otra parte también el gobierno real quebrantó muchas veces la nueva paz. Pudo hacerlo, porque era apoyado por la opinión pública. Pues los hugonotes con su rebelión y sus constantes violencias habían irritado de tal manera contra sí la masa de la población, que al fin los partidarios del protestantismo en Francia disminuyeron en número visiblemente, al paso que los católicos se levantaron para oponer una vigorosa resistencia. Como ya desde 1562 a 1563 y en 1567, se formaron ahora también otras ligas de la nobleza y del clero para la conservación de la religión católica (1).Pero fue decisivo el que Catalina de Médicis y Carlos IX, que no habían olvidado la sorpresa de septiembre de 1567, se declarasen ahora contra los hugonotes con inequívoca hostilidad. El cardenal Guisa volvió a obtener influencia, y el canciller L’Hópital al contrario, el perpetuo abogado de un acomodamiento, fue despedido (2). Su caída tenía conexión con las condiciones que puso Pío V para permitir la enajenación de bienes eclesiásticos, la cual había alcanzado el gobierno francés por medio de Aníbal Rucellai y Carlos d’Angennes, obispo de Mans, sucesor de Tournón en la embajada de Roma. Pues cuando el Papa por bula de 1 de agosto de 1568 accedió a semejante enajenación hasta el importe anual de 150.000 francos, determinó que este dinero no se emplease sino para la defensa del rey y de la religión católica y hasta su uso efectivo quedase depositado en una persona de confianza (3).El nuevo rompimiento de las hostilidades efectuóse ya en agosto con la tentativa de prender violentamente a Condé y Coligny en Noyers, donde procuraban formar un centro de poder protestante para alargar la mano al príncipe de Orange. Ambos escaparon a la fortaleza de La Rochela y juntaron allí un numeroso ejército. En favor de ellos se levantaron al punto en muchas provincias los hugonotes. La corte contestó a esto con el edicto de septiembre que ordenaba lo siguiente: Después que todos los favores otorgados a los hugonotes nada han aprovechado, se prohibe en adelante todo culto no católico, so pena de muerte y confiscación de bienes; a los predicantes del protestantismo se les da un plazo de quince días para salir de Francia (1).El gozo de Pío V por esta actitud resuelta fue tanto mayor, cuanto la debilidad del gobierno francés en la paz de Longjumeau apenas dejaba esperar ya semejante mudanza (2). El obispo de Cajazzo, Fabio Mirto Frangipani, que debía sustituir a de la Torre en la nunciatura, fue encargado de llevar la bula de 1 de agosto de 1568 (3).La tercera guerra civil y religiosa (4), que fue hecha por ambas partes con grandísima crueldad y coraje (5), transcurrió en su primera parte sin ninguna notable acción de guerra, pues los ejércitos enemigos eran casi iguales en número y cada uno sólo quería empeñar la batalla decisiva en una posición que le fuese favorable. La situación de los hugonotes mejoró presto por los socorros que les llevaron. Isabel de Inglaterra envió copioso dinero y buques de guerra, y cerca del Rin juntó el conde palatino Wolfgango de Zweibrücken un poderoso ejército auxiliar. […]A fines de enero de 1569 se renovó ¡a guerra por Enrique de Anjou y el mariscal de Tavannes, después de una breve interrupción que impuso el extraordinario frío del invierno. Cuánta importancia tenía su éxito, por ventura nadie lo conocía tan claramente como Pío V; con todo anduvo precavido en prestar sus auxilios, después de la experiencia que había adquirido, del gobierno francés. Los dineros, cuya recaudación le costó gran trabajo (1), se debían también emplear efectivamente en la guerra (2), no, como antes, en otros fines. Demás de esto se formó un cuerpo auxiliar para Francia (3). Y el Papa no desistió de armarlo convenientemente aun cuando un correo le anunció la victoria ganada por los católicos en Jarnac el 13 de marzo (4). Las tropas auxiliares, según su juicio, debían dirigirse ahora contra el duque de Zweibrücken (5). Fue nombrado general de ellas el joven conde Sforza de Santa Flora. Eran cuatro mil soldados de infantería y quinientos jinetes (6). A mediados de abril, después que el duque de Saboya hubo permitido el paso por sus tierras, mandó Pío V su marcha acelerada (1). En Toscana se les debían juntar todavía mil soldados de infantería y cien jinetes que aprontó Cosme I a petición del Papa (2).Entre tanto el 23 de abril llegaron doce estandartes de caballería hugonotes, tomados al enemigo en Jarnac, entre ellos dos blancos de Condé y Navarra. Pío V rodeado de todo el colegio cardenalicio recibió estos trofeos en la Sala de Constantino. Entre lágrimas de alegría declaró que este regalo del rey cristianísimo era el más valioso que había podido hacer a la religión, a la Santa Sede y a él personalmente; que rogaba a Dios que pronto pudiesen ser enviadas también las demás banderas y todos los enemigos de su majestad fuesen reducidos a la obediencia y a la fe católica. Las banderas fueron luego llevadas a San Pedro, donde el patriarca de Jerusalén después de un tedéum las hizo colocar en la nueva capilla de los reyes de Francia (3).Ya a la primera noticia de la victoria de Jarnac había Pío V dado el parabién al monarca francés, y excitádole a que tomase ahora también los lugares fuertes del reino de Navarra, y continuase la lucha hasta el aniquilamiento de los hugonotes. Decíase en la carta, que debía extirpar las raíces y aun las raicillas más pequeñas del mal. Parecidas exhortaciones a combatir paladina y abiertamente al enemigo hasta aniquilarlo, recibieron Catalina de Médicis, los dos Guisas, el duque de Montpensier y el duque de Nevers (1). Después que habieron llegado por medio del nuncio noticias más exactas sobre la batalla (2), se enviaron nuevas cartas el 13 de abril a Carlos IX, Catalina de Médicis, Enrique de Anjou, a los dos Guisas y al duque de Montpensier (3). En ellas se exhortaba a ejecutar un severo castigo aun en los rebeldes y herejes prisioneros y proseguir hasta su completo aniquilamiento. Repetidamente se reitera en estas cartas la amonestación de no seguir el ejemplo de Saúl, que a pesar del mandato divino perdonó al rey de los amalecitas y por eso fué privado por Samuel de su reino y últimamente de su vida (4).Se ve con qué acerbidad se peleaba; por ambas partes se hacía una guerra sin cuartel (5). En Roma se temió repetidas veces seriamente que los hugonotes se volviesen contra Italia (6). A esto se añadió la indignación por los sacrilegios y crueldades que cometían en todas partes los secuaces de Calvino, destruyendo, donde conseguían el poder, imágenes, crucifijos, altares, iglesias y monasterios, hasta sacando con violencia los cadáveres de las sepulturas y matando con exquisita crueldad a sacerdotes, religiosos y aun a indefensas monjas (1).El cuerpo auxiliar pontificio se había unido con el ejército florentino en la comarca de Massa el 14 de mayo de 1569, y luego había emprendido por Turín la marcha hasta Lyón. Llegó a esta ciudad el 2 de junio. Ya el 4 siguió adelante; pero las tropas avanzaban despacio, pues en el país esquilmado por la guerra había falta de vituallas; presto las enfermedades aflojaron la disciplina, y los enemigos no parecían al principio por ninguna parte (2).Después que el cuerpo auxiliar hubo alcanzado en agosto al ejército real cerca de Tours, tuvo parte con buen éxito en la defensa de Poitiers, y el 3 de octubre en la batalla decisiva de Moncontour. La gran pelea, en que se señalaron especialmente las tropas pontificias y florentinas, terminó con una completa derrota de los hugonotes, los cuales dejaron en el campo de batalla cerca de 10000 muertos (3).Pío V que tenia fija la atención en la guerra de Francia con tanto mayor solicitud (1), cuanto que también Aviñón estaba amenazada por los hugonotes (2) y temía de nuevo que la corte francesa mudase la dirección de su conducta (3), respiró cuando llegaron a Roma las primeras nuevas de la brillante victoria. Al principio no se quería creer la noticia, pero ulteriores relaciones la confirmaron. El 17 de octubre de 1569 arribó un secretario del nuncio con exactos informes. El Papa se dirigió por ello con los cardenales a San Pedro para dar gracias a Dios. Durante tres días hizo repicar todas las campanas de Roma, desde el castillo de San Ángel tronaban los cañones y en todas partes llameaban fogatas en señal de alegría. El 22 de octubre se dirigió una solemne procesión desde Santa María de la Minerva hacia Santa María la Mayor, el 23 desde Araceli hacia San Juan de Letrán, y el 24 desde San Pedro hacia San Luis de los franceses (4). Como testigos fehacientes de la eficacia de la oración de Pío V (5) y de la valentía de sus soldados, llegaron todavía treinta y siete estandartes tomados a los hugonotes; fueron colocados en Letrán y debajo de ellos se fijó en el muro una lápida de mármol con una inscripción conmemorativa (1).En la carta gratulatoria que Pío V envió a Carlos IX el 20 de octubre de 1569, le advertía que no volviese a dar ahora lugar a una falsa compasión ni se ladease a una y otra parte; pues nada había más cruel que usar de compasión con los impíos y los que habían merecido la pena de muerte. El 5 de noviembre el Papa volvió a dar el parabién al rey y le concedió dispensa para su matrimonio con la hija de Maximiliano II (2). También tuvo ahora por llegada la ocasión de inducir a Carlos IX a que no se interesase en adelante por los obispos herejes de Chartres, Valence y Lesear, sino designase para sus sedes a varones de indudable ortodoxia. Con todo, esta exhortación no surtió efecto (3).Cuán poco pensaba el gobierno francés en una eficaz prosecución de las victorias conseguidas, se había ya mostrado después de la batalla de Jarnac. Dejó pasar asimismo la gran jornada de Moncontour sin sacar de ella utilidad ninguna. Cuando los representantes de Pío V instaron ala reina madre a que se aprovechasen las favorables circunstancias, recibieron por respuesta, que su hijo tenía la edad suficiente para no necesitar consejos de príncipes extranjeros.[…] Cuando corrió el rumor cada vez más determinado de una inminente paz, dirigióse el Papa al mismo rey en una carta de 29 de enero de 1570. «La obligación de nuestro cargo, se dice en ella, y nuestra paternal solicitud no nos permiten dejar de llamar la atención de vuestra majestad; considere bien y reflexione lo que va a hacer. Si Nos viésemos que entre vuestra majestad y sus enemigos pudiera alguna vez subsistir una paz que o favoreciese a la causa de la religión católica, o de alguna manera ofreciese quietud al país, agotado por largas guerras, no olvidaríamos ciertamente el cargo de que hemos sido investidos, ni desconoceríamos nuestro deber hasta el punto de que no hiciésemos valer todo nuestro celo y toda nuestra autoridad, para lograr que la paz se ajustase lo más presto posible. Pero como sabemos personalmente, y como también lo ha experimentado ya mil veces vuestra majestad, que no puede haber concordia ninguna entre la luz y las tinieblas, que aquí no es posible ningún convenio sino tal que no sea más que aparente y lleno de lazos, hemos de temblar necesariamente por vuestra persona, así como por el bien común de la sociedad cristiana y la conservación de la fe católica.» Cartas semejantes se escribieron a Catalina de Médicis y a Enrique de Anjou (1).Para no dejar nada sin intentar, Pío V, en abril de 1570, envió al hijo predilecto de la reina de Francia, Enrique de Anjou, por el conde Jerónimo de Rozdrazow el sombrero y espada bendecidos en la dominica Lætáre […]Cuando a fines de abril se dijo que estaba ya ajustada la paz con los hugonotes, Pío V dirigió de nuevo una severa carta al rey y le previno contra los malos consejeros (4). Breves de igual contenido recibieron Catalina de Médicis y los cardenales Guisa y Borbón (5).Todos estos pasos fueron tan inútiles como los que dió en la misma dirección Felipe II. La corte francesa perseveraba en el camino una vez tornado, pues no sólo la falta de dinero y la situación militar que se había hecho desfavorable, aconsejaban la paz, aun con indignas condiciones, sino también semejante convenio era el único terreno apropiado para la política de transacciones que Catalina de Médicis continuaba como antes prefiriendo. A esto se añadía su antiguo temor al rey de España, que tanto se interesaba por los católicos franceses, a quien sería provechosa la continuación de la guerra. Si la conclusión de la paz se retardó aún mucho tiempo, esto dependió de que los hugonotes se retraían con tanto mayor tenacidad, cuanto más impaciente estaba la corte (1).El 8 de agosto de 1570 Carlos IX depuso las armas ante sus enemigos en Saint-Germain. Las condiciones de esta paz fueron para los hugonotes más favorables que nunca. Consiguieron completa amnistía y libertad de conciencia, ejercicio de su culto sin obstáculo ninguno en los territorios de los nobles y en cierto número de ciudades, excepto París y el lugar donde residiese la corte; además la entrada en todos los cargos públicos, así como el derecho de recusar seis jueces en todo Parlamento; finalmente por dos años cuatro plazas de seguridad: La Rochela, La Charité, Montauban y Cognac. Por tanto se creaba un Estado formal en el Estado (2). En un artículo secreto prometió Carlos IX además ¡una compensación por los dos millones de libras que los hugonotes habían gastado para sus mercenarios de Inglaterra y Alemania! (3)Pío V estaba persuadido de que esta «vergonzosa paz dictada al monarca francés por los enemigos de Dios vencidos», había de provocar en Francia una perturbación todavía mayor que antes (4).[…]Las esperanzas de Francisco Bramante Las esperanzas de Bramante se aumentaron cuando el cardenal Pellevé le participó en secreto, que Carlos IX intentaba hacer asesinar a Coligny y a algunos otros cabecillas de los hugonotes, después de lo cual ¡sus partidarios serían aniquilados en tres días! Escribe a 28 de noviembre, que estas palabras le agradaban; que sin embargo no descansaría hasta que se hubiese revocado la vergonzosa paz de Saint-Germain y los herejes fuesen quemados en todas partes, como en tiempo de los anteriores reyes de Francia (1).También Pío V quería que se procediese con el mayor rigor contra los herejes, pero no que se quitase de en medio a sus caudillos de un modo ilegal. El embajador español Zúñiga refiere en mayo de 1568, que había oído del Papa, que los gobernantes franceses tenían el plan de dar muerte a traición a Condé y Coligny; pero que el Papa no había ocultado que esto no lo podía ni aprobar ni aconsejar, ni podía conciliario con su conciencia.
LUDWIG VON PASTOR, Historia de los Papas, tomo VIII “Historia de los Papas en la época de la Reforma y Restauración Católica: Pío V (1566 - 1572)”, vol. XVII, págs. 272-273; y vol. XVIII, págs. 94-107, 109-111, 130-131. Traducción española de la cuarta edición alemana por el padre José Monserrat SJ. Barcelona, establecimiento de Gustavo Gili, 1931. Nihil obstat por el Canónigo Dr. Joaquín Sendra Pastor, censor diocesano, e Imprimátur por el Canónigo Dr. Ramón Baucells Serra, Canciller diocesano, por mandato del Ilmo. Sr. Don Manuel Irurita Almándoz, Obispo de Barcelona y Mártir de la Fe, el 27 de Mayo de 1931).
NOTAS
[1] «Ornai l’esperienza, che in caso di eretici si è fatta anche in altre città d’talia, mostra giusta l’opinione del Pontefice, “che il rigore sia la vera medicina di questa peste”» (el cardenal Cicada al dux de Génova en 4 de junio de 1568, en Rosi, Riforma in Liguria, pág. 90). «Quo lenius cum Ulis [Hugonottis] agitur, eo magis eorum corroboratur audacia» (Pio V a Catalina de Médicis en 27 de jùnio de 1566, en Laderchi, 1566, n. 423).
[2] Catena, 68.
[3] Asi escribía Pío V a Carlos IX en 13 de abril de 1569, después de haber enumerado las atrocidades de los hugonotes: «Nam si qualibet inductus causa (quod non putamus) ea de quibus Deus offenditur insectari atque ulcisci distuleris, certe ad irascendum eius patientiam provocabis, qui quo tecum egit benignius, eo debes acrius illius iniurias vindicare».
[4] «che il principio e origine delle eresi e nella maggior parte era stato il mal esempio che avevano dato gli ecclesiastici; però li confortava [a los cardenales] e pregava al ben vivere» (Pío V en el consistorio de 12 de enero de 1566, en Serristori, Legazione, 420; cf. Goubau, 2, 12, 24, 28, 109, 127 s., 132, 143 y en otras muchas partes). La dificultad principal que siendo inquisidor halló que ponían los protestantes italianos, era el scandalo delle meretrici di Roma, y en conexión con esto, la vida corrompida de los clérigos y seglares, cuando precisamente Roma hubiera debido dar ejemplo al mundo (Catena, 49). Sobre el estado religioso-moral de Italia, cf. el cuadro de conjunto que presenta H. Böhmer en su obra Estudios para la historia de la Compañía de Jesús, Roma, 1914, pág. 177 ss.
[5] A Segismundo Augusto de Polonia en 17 de diciembre de 1568, en Goubau, 114 s.
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