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jueves, 26 de marzo de 2020

MES DE MARZO EN HONOR A SAN JOSÉ - DÍA VIGÉSIMO SEXTO

  
PREPARACIÓN PARA CONSAGRARSE COMO ESCLAVO DE CONFIANZA AL CASTO CORAZÓN DE SAN JOSÉ
   
La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.
  
Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través de la Vida y Mes del glorioso patriarca San José que escribiera el Padre Antonio Casimiro Magnat, incluido a continuación.
   
La esclavitud del santo exige recitar una fórmula que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.
   
Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.
   
DÍA VIGÉSIMOSEXTO — 26 DE MARZO
  
CATECISMO DE SAN JOSÉ
35-Hablemos de la muerte de San José y de las principales circunstancias que la acompañaron.
Si la muerte de los Santos es preciosa delante de Dios, ¿cómo debió ser la del santo Patriarca José? El venerable anciano murió como habia vivido, es decir, en el más eminente grado de virtudes y de méritos. Cuando llegó el momento de exhalar el último suspiro, nos dice San Bernardino de Siena, la divina Virgen se dirigió a Jesús: «Hijo mío, le dice, ved que José va a morir», y lloró la Santísima Vírgen. Jesús se puso al pie de la cama de José, que tenía continuamente los ojos fijos en él. Le faltaban las fuerzas para hablar, más exhalaba aún entrecortados suspiros. Jesús le cogió la mano y le dijo: «Padre muy amado, dejad este valle de miseria; id y llevad a vuestros padres esta feliz nueva, decidles que dentro de poco yo bajaré donde están ellos, para conducirles al celeste reino». Habiendo llegado la hora, José entregó su alma en las manos de los Ángeles invisibles, que asistieron a su último combate, Jesús le cerró los ojos y los labios, y volviéndose a María le anunció que su casto esposo habia muerto. Entonces el Hijo de Dios, recordando los cuidados de José, sus fatigas en la huida a Egipto, sus privaciones en el desierto, se entristeció, e inclinándose sobre su cuerpo inanimado, le abrazó largo tiempo, y mezcló sus lágrimas con las de la divina María. Sus funerales se hicieron segun la costumbre de la nación, pero sin esplendor ninguno exterior. Segun San Jerónimo y el venerable Beda, el cortejo fúnebre tomó el camino de Jerusalén y se paró en el valle de Josafat, lugar escogido para enterrar el santo cuerpo. Allí se abrió y construyó, segun la costumbre, un sepulcro, donde se colocaron los castos despejos del santo Patriarca.
     
SAN JOSÉ, PROTECTOR DE LA IGLESIA.
En la humilde casa de Nazaret, empezó el bienaventurado José a ser el jefe visible que dio principio a esta sociedad espiritual que debía honrar y glorificar a Dios en espíritu y en verdad en todas las partes del mundo. Allí Jesús representaba a todos los fieles que, por ser cristianos, son sus miembros e hijos de Dios por su gracia. La Santa Virgen figuraba la Iglesia que, siendo también virgen y madre, da a luz y lleva en su seno sus numerosos hijos. San José era la imagen de los pastores, los cuales gobiernan la Iglesia y alimentan a los fieles con los Sacramentos y con el pan de la divina palabra. Estando ya en el Cielo, ningún auxilio tiene que dar a esta familia de la cual era jefe; pero debe creerse que todo su celo, su tierna solicitud y su ardiente caridad están siempre aplicadas a las necesidades de la Iglesia. Por estas necesidades de la Iglesia militante es necesario suplicarle que interponga su valimiento para con Jesucristo a fin de que la Iglesia crezca en gracia y sabiduría, y pueda evitar las asechanzas de sus enemigos. Ninguna cosa se conserva mejor que por los cuidados del que ha contribuido a formarla; y si es verdad que nuestra santa Religión, que todavía estaba en su cuna en la persona de nuestro Divino Salvador, fue confiada a la solicitud y al ardiente celo de San José, ¿no podemos creer que conforme a los diferentes estados que se encuentra, Dios quiere que nazca, se desarrolle y se mantenga y florezca además, siempre en virtud de los méritos del augusto Esposo de María, que en opinión de San Bernardino de Siena, tuvo en sus manos la llave para abrir las puertas de la nueva ley y cerrar las de Moisés? Más ha cooperado San José por la pureza de su vida al inefable misterio de la Encarnación del Verbo, dice San Bernardo, que todos los antiguos Patriarcas con sus suspiros, lágrimas y merecimientos. Su virginidad ha sido en cierto modo más fecunda que la fecundidad de todos los antepasados el Salvador; más feliz aún que el primer ministro de Faraón, pues no amontonó abundantes provisiones de un trigo material para alimentar a los súbditos de un monarca idólatra, sino que ha preparado y conservado para el pueblo fiel, el trigo de los escogidos, el verdadero pan de los hijos de Dios, el pan vivo y vivificante, el alimento de la inmortalidad, el germen de toda salud.

En consideración a tantos inapreciables servicios, la Iglesia ha escogido a José por su patrono y poderoso protector. Faraón para atestiguar su reconocimiento al antiguo José, no se contentó con elevarle sobre todos los señores de su corte, sino que le confió además la autoridad suprema en todo su reino. No ha sido menor la confianza de la Iglesia en el padre adoptivo del Salvador. ¡Oh José!, le dice, todos mis hijos los pongo en vuestras manos. Nada tendrán que temer bajo la salvaguardia de aquel a quien el Señor ha confiado el tesoro de su divino Hijo: vos le serviréis de protector y de padre. Al adoptar al Salvador del mundo, habéis adoptado a todos los fieles que han llegado a ser sus queridos hermanos: a todos los amareis y serviréis como habéis amado y servido al divino Verbo. San José ha correspondido admirablemente a la confianza de la esposa de Jesucristo, así es que bajo su augusto patrocinio, se han restablecido las nuevas iglesias, en tanto que las antiguas han tenido la felicidad de conservar la fe. Parece, dice un piadoso autor, que así como el Hijo de Dios en su infancia quiso entrar en Egipto llevado por San José, del mismo modo la fe del Salvador no puede ser introducida en los países infieles, sino con ayuda de la poderosa intercesión de San José. Acompañado por él fue como el divino Niño echó por tierra los ídolos de Egipto; por el poderoso brazo de su querido padre adoptivo es cómo los destruye en el día, para plantar en sus ruinas el árbol de la salud. Para recompensar a San José de los trabajos y penas que ha tenido que sufrir en aquellas bárbaras comarcas, ha hecho Dios glorioso su nombre entre las naciones infieles. El gran San Hilario al contemplar José en el viaje de Judea a Egipto llevando en sus brazos al Salvador, cree ver figurados en él el celo y fervor de los santos Apóstoles cuando llevaron a todo el Universo la palabra de su divino Maestro para instruir a los hombres y ganarlos para Jesucristo. En la persona de San José, que ardía en deseos de ver al mundo entero sometido al dulce yugo de Jesucristo, se representa San Anselmo a los predicadores del Evangelio que multiplican los hijos de la Iglesia y extienden diariamente los límites de su reino. Desde que él, dice San Bernardo, contempló las bellas y amables cualidades del Patriarca José, la nación entera se agrupó a su alrededor. Mil veces más amable que el hijo de Jacob, el casto esposo de María ha visto consagrarse felizmente a su servicio los corazones más dóciles, así como los más salvajes. Y en efecto, la devoción a San José no solamente se ha extendido por la Europa, sino que también se le ha visto florecer en Asia, en África, y en la América. Si recorremos la Turquía, veremos a los latinos y a los griegos católicos distinguirse por su celo en honrar a nuestro santo Patriarca; si consultamos los anales de la iglesia de la América septentrional, encontraremos que el primer iroqués admitido a las aguas del bautismo ha querido tomar el nombre bendito de José. Si seguimos hasta el Tonkín a los misioneros apostólicos, arribaremos con toda confianza a puertos colocados bajo la protección de San José. Si penetramos, por último, hasta las más remotas comarcas de las Indias, tanto en Oriente como en Occidente, en todas partes experimentaremos el consuelo de oír invocar el nombre de José. Bajo sus auspicios se ven nacer las iglesias, llegar después a un estado floreciente y conservar la fe en toda su pureza e integridad.

La devoción a San José se acrecentó extraordinariamente con motivo de la extrema necesidad en que se encontró la Iglesia cuando vio levantarse en Occidente aquel horrible cisma que, semejante a un viento impetuoso, lo conmovía y desgarraba por todas partes. En el célebre concilio tenido en Constanza con el objeto de poner fin a tan deplorable cisma, el piadoso canciller Juan Gersón entre varios medios a propósito para calmar aquella tempestad, propuso el de invocar especialmente a San José y propagar su culto con la esperanza de que esta devoción sería como un astro precursor de paz y de santidad, y añadió que habiendo sido este gran santo como el guardián y tutor de Jesucristo, indudablemente lo seria también del cristianismo. El concilio aprobó por unanimidad esta resolución, y el éxito acreditó después su confianza en el casto esposo de María.

Pedid todos los días, ¡oh almas fieles!, en vuestras oraciones a este gran santo, que continúe protegiendo a la Iglesia contra sus enemigos visibles e invisibles; que desbarate los proyectos de los nuevos Herodes que querrían apagar el amor de Jesucristo en todos los corazones: que vele sobre los apóstoles del Evangelio que recorren hasta los confines del mundo, llevando por todas partes la luz de la verdadera fe a fin de que derribados los vanos ídolos y vencidas las malas pasiones haya solamente un solo rebaño y un solo pastor, unun ovíle et unus pastor. Amén.

COLOQUIO
EL ALMA: He oído decir siempre, ¡oh glorioso San José!, que la pureza de intención daba un valor inmenso a nuestras acciones cuando la intención era buena. Os suplico, padre mío, que me expliquéis alguna cosa de esta virtud.

SAN JOSÉ: Todo lo que no se hace por Dios, se pierde. Hija mía, la intención, buena o mala, hace que las acciones sean agradables o desagradables a Dios. Jesucristo ha dicho: «si vuestro ojo es sencillo, todo vuestro cuerpo será luminoso; pero si vuestro ojo es malo, vuestro cuerpo permanecerá en las tinieblas» (Mat. VI, 22 y 23).

EL ALMA: ¿Qué entendéis por ojo en este caso, querido padre?

SAN JOSÉ: Los santos Padres entienden por ojo la intención, y por cuerpo, la acción; Jesucristo enseña que si una acción es sencilla y no tiene otro objeto que agradarle, la acción brillará en toda su pureza; pero que si la acción no tiene un objeto noble, será mala, aunque tenga apariencia de santa. La buena intención es el alma de todas las acciones y les da la santidad. A los ojos de los hombres, cuanto mayor es el trabajo necesario para hacer una obra, mayor es su precio; pero a los ojos de Dios, la obra no tiene precio si no está hecha exclusivamente por Él. ¿Hay nada más heroico que dar su vida por la fe? Pues San Pablo dice: «Si no tengo caridad, de nada me serviría morir en una hoguera». Los tormentos no constituyen el mártir, sino la intención con que se sufren. Se lee en el Evangelio que un día, el Salvador iba rodeado de una gran muchedumbre del pueblo, y una mujer enferma pudo llegar hasta Él y tocar la orilla de su manto: «¿Quién me ha tocado?», preguntó Jesús. «Maestro, contestaron sus discípulos, una multitud de gente os rodea y os oprime, ¿y preguntáis quién os ha tocado?». Pues bien, Jesucristo no quería hablar del acto material, sino de la fe y de la devoción con que aquella mujer se había aproximado a Él. Sobre este asunto, dice San Agustín: «Muchos rodean a Jesucristo, pero pocos le tocan; muchos trabajan y sudan, pero como su intención no es buena, no tocan a Jesucristo». Santa Magdalena de Pazzi decía: «Dios pesa muestras acciones en la balanza de la pureza, y ve si nuestra intención de agradarle es más o menos pura. El que obra por vanidad, es como el que pone su dinero en su saco agujereado». Es decir, que todo lo pierde. El Señor ha dicho: «Tened cuidado al hacer una buena obra de no ser visto por los hombres, porque sino no recibiréis la recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. (Mat. VI., 11)

EL ALMA: ¿Y cómo podremos conocer si una obra está hecha únicamente por Dios?
  
SAN JOSÉ: La primera señal de que tus obras son por Dios, es que cualquiera que sea el resultado que obtenga, conservarás una gran tranquilidad de espíritu. La segunda es que te alegres tanto del bien que se hace a los demás como si te se hubiese hecho a ti mismo. La tercera es, que no tengas preferencia por ninguna ocupación, pues todas son buenas cuando la voluntad de Dios es que te hagas cargo de una. La cuarta es, no desear ningún elogio ni agradecimiento por lo que hagas y estar pronta a soportar cualquier disgusto mejor que faltar a lo que Dios te pide. La pureza de intención es una alquimia celeste que trueca el plomo en oro, porque las acciones más ordinarias de la vida llegan a ser oro de caridad cuando han sido hechas por Dios. San Pablo dice: «Si coméis o bebéis, o hacéis otra cualquiera cosa, hacedlo todo por honra y gloria de Dios». Santa Magdalena de Pazzi creía que los que obran con intención siempre pura, van derechos al Paraíso sin pasar por el Purgatorio. ¡Oh, hija mía! En el momento que despiertes, ofrece a Dios todas las acciones del día, uniéndolas a las del Salvador para que sean más agradables a Dios; y antes de comenzar cualquier cosa, por sencilla que sea, exclama: «¡Dios, yo no quiero hacer más que vuestra santa voluntad!». Un piadoso ermitaño tenía la costumbre de levantar los ojos al Cielo y permanecer un momento inmóvil antes de obrar. Se le preguntó por qué hacía aquello, y respondió: «Aseguro el golpe». Como el cazador que apunta bien antes de hacer fuego, así él fijaba su atención en Dios para asegurar su acción. Imitó a María, hija mía, trabajaba siempre con la vista fija en el Cielo, pero sin que su trabajo le hiciese perder su unión con Dios, ni su recogimiento le hiciese olvidar los deberes de su estado ni la caridad para con el prójimo. Para imitar este santo modelo, hija mía, recurre a ella con frecuencia y pídela su santa protección, que la Virgen jamás ha abandonado a los que ponen en ella su confianza.
   
RESOLUCIÓN: Hacer todas nuestras resoluciones con el objeto de agradar a Dios. Dirigirle a menudo esta pequeña oración: «¡Dios mio, os ofrezco todas mis acciones!».
  
LETANÍAS DE SAN JOSÉ.
  
Señor, tened piedad de nosotros.
Jesucristo, tened piedad de nosotros.
Señor, tened piedad de nosotros.
  
Jesús, óyenos.
Jesús, acoge nuestras súplicas.
  
Padre celestial, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Hijo redentor del mundo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Espíritu Santo, que sois Dios, tened piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, un solo Dios, tened piedad de nosotros.
   
Santa María, Madre de Dios, Esposa de San José, ruega por nosotros.
San José, nutricio del Verbo encarnado, ruega por nosotros.
San José, coadjutor del gran consejo, ruega por nosotros.
San José, hombre según el corazón de Dios, ruega por nosotros.
San José, fiel y prudente servidor, ruega por nosotros.
San José, custodio de la virginidad de María, ruega por nosotros.
San José, dotado de gracias superiores, ruega por nosotros.
San José, purísimo en virginidad, ruega por nosotros.
San José, profundísimo en humildad, ruega por nosotros.
San José, altísimo en contemplación, ruega por nosotros.
San José, ardientísimo en caridad, ruega por nosotros.
San José, que habéis sido declarado justo por el Espíritu Santo, ruega por nosotros.
San José, que fuisteis instruido divinamente en el misterio de la Encarnación, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis bajo vuestra protección y vuestra obediencia al Señor de los señores, ruega por nosotros.
San José, que tuvísteis durante tantos años la vida del mismo Dios por regla de la vuestra, ruega por nosotros.
San José, que vísteis con María, en las acciones de Jesús, tantos secretos ignorados de los duros hombres, ruega por nosotros.
San José, fidelísimo imitador del gran silencio de Jesús y María, ruega por nosotros.
San José, que fuísteis ignorado de los hombres y conocido sólo de Dios, ruega por nosotros.
San José, que ocupáis el primer puesto entre los Patriarcas, ruega por nosotros.
San José, que habeis muerto santamente en los brazos de Jesús y de María, ruega por nosotros.
San José, que anunciásteis la venida de Cristo a los limbos, ruega por nosotros.
San José, a quien se cree resucitado con Jesucristo, ruega por nosotros.
San José, que habeis sido recompensado en el Cielo con una gloria especialísima, ruega por nosotros.
San José, padre y consolador de los afligidos, ruega por nosotros.
San José, protector de los pecadores arrepentidos, ruega por nosotros.
San José, poderosísimo para socorrernos en los peligros de la vida y en la hora de la muerte, ruega por nosotros.
  
Por vuestra infancia, escúchanos Jesús.
  
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, acoge nuestros ruegos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.

℣. Ruega por nosotros, bienaventurado San José.
℞. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

ORACION
¡Oh Dios! cuya bondad y sabiduría son infinitas, y que al elevar al justo José a la dignidad de esposo de María, le dísteis los derechos y autoridad de padre sobre vuestro único Hijo, haced que, imitando el respeto, la sumision y el cariño que el mismo Jesucristo y su santísima Madre tuvieron a este gran Santo, le veneremos tambíen con piedad filial, a fin de obtener por su intercesion, la gracia de amaros y serviros en este mundo, en espíritu y verdad, para tener la dicha de poseeros.

¡Jesús, María y José, os doy mi corazón, mi espíritu y mi vida!
¡Jesús, María y José, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, María y José, haced que expire en vuestra compañía! (Cien días de indulgencias cada vez que se recite cada una de estas invocaciones. Pío VII, 28 de abril de 1803).
   
MEMORÁRE
Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector!, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado  sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor. ¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que ha­béis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favo­rablemente. Así sea. (Trescientos días de indulgencias, una vez por día, apli­cables a los difuntos. Breve de Nuestro Santo Padre el Papa León XIII).

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