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sábado, 28 de marzo de 2020

NOVENA EN HONOR A NUESTRA SEÑORA, SALUD DE LOS ENFERMOS

Novena dispuesta por el padre J. P. en 1883, y publicada en la imprenta de José María Monzón en León (Guanajuato), con licencia de la Autoridad eclesiástica.
 
INTRODUCCIÓN
¡Dolores, enfermedades, trabajos! He aquí el patrimonio de la humanidad. Cerca de un hijo de Adán quo alegre y gozoso camina en el sendero de la vida, se ven otros mil abandonados a enfermedades más o menos crueles, arrastrar sus vacilantes pasos con esfuerzos y con lágrimas exhalando lastimeros gemidos y gritos penetrantes que despedazan el corazón.
   
En medio de tan tristes clamores que levanta la dolorida humanidad, un nombre augusto y dulcísimo, al par que lleno de encanto y embeleso, resuena en la boca del cristiano enfermo; nombre que invocado con piedad calma los dolores, reanima las fuerzas, alivia y cura los males más inveterados, como las enfermedades más incurables, este nombre es el de la SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA. ¿A. qué otro corazón despues del de Jesús podrá dirigirse el fiel que padece, que sea más propio para comprenderlo que el corazon amante de María? Ciertamente, la Santísima Señora aprendió muy bien a compadecerse de nosotros, contemplando los prolongados e indecibles tormentos que su adorable Hijo padeció en el leño de la Cruz donde en la persona del discípulo amado nos recibió a todos por hijos suyos. Desde aquel momento, la dulce Madre nos ha mostrado su maternal cariño con inefable ternura y nos ha estrechado con los vínculos de su incomparable caridad. ¿Quién es el que afligido por una enfermedad corporal invoca a esta Madre celestial sin que experimente que su poder iguala a su amor? Penetrad, sino a esos célebres Santuarios dedicados a esta Santísima Madre, y se conmoverá vuestro corazón al ver los irrecusables testimonios de innumerables favores corporales alcanzados por su intercesión. ¿Qué dicen a la fe y a la pidead esas inscripciones grabadas por el reconocimiento; esos diversos presentes ofrecidos en su altar, esas pequeñas figuras de oro y plata representando miembros humanos depositados a sus pies como trofeos de su poder contra las enfermedades rebeldes a toda ciencia humana; esos pobres instrumentos de madera que han ayudado a arrastrarse hasta el umbral del lugar santo al que venía a reclamar su auxilio, y que innecesarios ya por haber obtenido la salud, quedaron allí colgados a las paredes sagradas, como sencillos y afectuosos homenajes rendidos a su honor y gloria. ¡Oh, con cuánta elocuencia hablan estos testimonios expresivos de gratitud a todo el que los contemple! Con razón llama la Iglesia a María Salud de los enfermos (Salus infirmórum). Invocadla, pues, bajo este título tan consolador, seguros de que conseguireis lo que le pedís si es útil para vuestra verdadera felicidad.
  
NOVENA A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA EN SU ADVOCACIÓN DE SALUD DE LOS ENFERMOS
   
   
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
 
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, santuario admirable de amor para con los pecadores, ¿cómo podremos jamás llorar la gravedad de los pecados con que os hemos ofendido? ¡Oh Dios mío! Vos nos habéis amado desde la eternidad, nos habéis criado a vuestra imagen, y no nos habéis comunicado el ser sino para derramar sobre nosotros los bienes espirituales y temporales de que Vos mismo sois la fuente perenne, dejando así plenamente satisfecho vuestro amor, por lo que esperamos ser eternamente felices. Pero nosotros haciéndonos criminales desconocimos vuestro amor, entonces más misericordioso que nunca y más liberal que antes, os habéis dignado por nuestra salud anonadaros tomando la forma de siervo, os habéis dignado aparecer sobre la tierra como el más despreciable de los hombres, y habéis tomado un corazón como el nuestro para obligar nuestros corazones a amaros. Dulcísimo Jesús, abrasado de las más vivas llamas de caridad, Vos habéis querido revestiros de nuestras miserias y de nuestros dolores. Jesús infinitamente santo, manantial purísimo de justicia e inocencia, Vos os dignasteis llevar sobre vuestros hombros las iniquidades del mundo, Vos fuisteis clavado en una cruz para remedio de nuestros crímenes y para que, con vuestra Sangre adorable derramada sobre la tierra, tuviésemos las bendiciones que nos consuelan y las gracias que nos purifican. La grandeza de vuestra caridad se nos ha manifestado desde el pesebre y en los sufrimientos y trabajos de toda vuestra vida hasta el Calvario, en medio de los dolores más intensos e ignominias indecibles, donde para colmo de tantas maravillas, estando para exhalar el último aliento por nuestra salud eterna, nos dejasteis para nuestro consuelo a vuestra Madre por Madre nuestra; y nosotros, Señor, solo hemos opuesto crímenes sobre crímenes a tanto amor. Nosotros, ingratos, os hemos olvidado y no cesamos con nuestros repetidos ultrajes de ponernos en peligro de llenar la medida de nuestras iniquidades, pero no sucederá así: de aquí en adelante os amaremos, dulcísimo Jesús. Nos pesa de haberos ofendido; dignaos Dios de amor, dirigir una mirada benigna sobre esta pequeña porción de vuestros hijos, a quienes el dolor, el reconocimiento y el amor han conducido a vuestros pies y a los de vuestra Santa Madre. ¡Ah, cómo quisiéramos nosotros recuperar todo el mal que hicimos con nuestros crímenes traspasando vuestro corazón y el de vuestra Madre!, mas recibid el sincero deseo que tenemos de lavar con nuestra sangre, si fuere posible, nuestras ingratitudes. Lanzad, oh dulcísimo Jesús, sobre nosotros las saetas de vuestro amor, para que amándoos en este mundo, vayamos a continuar este amor en la eternidad. Amén.
    
ORACION PARA TODOS LOS DÍAS
Oh Santísima Madre de la Salud, cuyo tierno corazón puede decirnos mucho mejor que el grande Apóstol «¿quién sufre sin que yo lo compadezca?», glorificada seáis porque tan a menudo y tan admirablemente hacéis brillar vuestra poderosa intercesión, para alivio y curación de nuestros dolores corporales. Vos sois para nosotros todos y para todas nuestras enfermedades un remedio vivo y continuado, al paso que la piscina probática de Jerusalén no ofrecía la salud sino de tarde en tarde y solo a aquel que tenía la fortuna de bajar el primero cuando el ángel del Señor había agitado el agua. Bendecimos mil y más veces a vuestro divino Hijo que hace manar de Vos, como en otro tiempo de su divina peña, durante su vida mortal, una virtud secreta que remedia todos los males, y le pedimos que esa virtud nos la haga especialmente conocer en los males que afligirán a nuestra alma en la hora decisiva en que tocaremos la eternidad. ¡Oh dulce Virgen de la Salud!, con maternal bondad dignaos recoger el último suspiro del que se encomienda a Vos con confianza, haciendo que, en el momento supremo, gustemos en toda su extensión la eficacia de tu patrocinio, Salud de los enfermos, rogad por nosotros.
   
Luego se dicen tres Ave Marías en esta forma:
  • Dios te salve María, poderosísima Hija de Dios Padre, Virgen purísima antes del parto, en tus manos encomiendo mi fe para que la alumbres. Dios te salve María…
  • Dios te salve María, santísima Madre de Dios Hijo, Virgen purísima en el parto, en tus manos encomiendo mi esperanza para que la alientes. Dios te salve María…
  • Dios te salve María, amorosísima Esposa de Dios Espíritu Santo, Virgen purísima después del parto, en tus manos encomiendo mi caridad para que la inflames. Dios te salve María…
Dios te salve María Santísima, templo y sagrario de la Santísima Trinidad, Virgen concebida sin la culpa original.
  
DÍA PRIMERO
¡Oh María, Madre de la Salud eterna! ¿Quién podrá medir la «longitud, latitud, altura y profundidad de vuestra misericordiosa bondad»? Vuestra compasión para nosotros parece aumentar de siglo en siglo, habiéndose manifestado en el principio de la Iglesia, como la estrella de la mañana, en medio de las nubes; después como la luna en todo su esplendor, y al presente, brillante con toda la claridad del astro del día. Oh Vos a quien llamamos con inefable agrado, consuelo de nuestra vida, y nuestra esperanza en las penas; Vos de quien el Señor se vale para cambiar en alegría nuestras tristezas y pesares, como en otro tiempo se valió de la piadosa Ester para consolar y socorrer a su pueblo, socorrednos siempre en nuestras aflicciones y penas ¡acoged favorablemente a vuestros verdaderos servidores, que con sincera piedad y viva fe, imploran vuestro auxilio! y haced que las lágrimas, penas, tribulaciones y dolores se conviertan en provecho de los que con toda la efusión de un corazón filial te invocan bajo el glorioso título de Madre de la Salud.
  
Se hace la petición, y se concluye con la siguiente oración:
Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que no se ha oído jamás que alguno que recurriese a vuestro patrocinio, implorase vuestro auxilio y pidiese vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos: nosotros, animados de esta confianza a Vos venimos, en Vos nos refugiamos, delante de Vos gemimos pecadores; no queráis, oh Madre de la Palabra eterna, despreciar nuestras súplicas, sino oídlas propicia y escuchadlas benignamente. Amén

En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
DÍA SEGUNDO
Por la señal…
Acto de contrición, Oración para todos los días y las tres Ave Marías.
  
Oh María, Madre de nuestra Salud ¡qué presente tan agradable sois para nosotros que ya agotamos las lágrimas y los gemidos! Madre amantísima, vuestro solo recuerdo alivia el peso que oprime nuestro corazón, dulcifica la amargura, cura los males, y cicatriza las crueles llagas que le devoran. ¡Tan excesivamente afligida os habéis visto Vos misma… Vos tan santa, Vos Madre augusta de nuestro Dios!, ¿no habéis tenido que beber un cáliz de amargura capaz de atormentar toda fuerza humana? ¿no os visteis sumergida en un océano profundo de dolor, el más agudo? Y en esta situación sin ejemplo, ¿quién no se admira de vuestra resignación, de vuestra bondad, y de vuestro asombroso abandono a la voluntad divina? ¿Cuál es el pecador que no se siente consolado en sus aflicciones al ver que, no obstante vuestra inocencia, habéis apurado el cáliz ofrecido en tantas amarguras, para asemejaros mejor a vuestro Santísimo Hijo inocente? Oh Madre de nuestra Salud, aquí nos tenéis postrados atraídos de tu bondad, experimentando un piadoso consuelo al pensar en el tierno interés, viva simpatía y compasiva como benéfica caridad de vuestro maternal corazón. A vos pues recurrimos, oh María, para pediros el consuelo en nuestras penas, seguros de que no quedará defraudada nuestra confianza alcanzando el remedio de nuestras necesidades.
  
Se hace la petición, y se concluye con la oración.
  
DÍA TERCERO
Por la señal…
Acto de contrición, Oración para todos los días y las tres Ave Marías.
  
¡Oh Madre de nuestra Salud, llena de clemencia y de ternura! Con cuánta razón se puedo decir de Vos, como del Salvador, que vuestra misericordia iguala al poder de vuestro patrocinio, vuestra bondad es tan eficaz, que sobremanera excede a las exquisitas atenciones de Rebeca para con Eliezer, pues ella os indujo a pedir espontáneamente a vuestro Santísimo Hijo el milagro de las bodas de Caná, donde el agua fue convertida en vino, y si tal fue vuestra solicitud cuando os hallabais en este valle de lágrimas, ¿cuál será ahora que ya reináis con Dios en el Cielo, ahora cuando nosotros tus hijos atribulados, del fondo de nuestro corazón os rogamos humildemente que vengáis en nuestro auxilio para remedio de nuestros males espirituales y temporales? Oh Vos, cuyos sagrados labios guardan la ley de la clemencia, Vos en quien esta noble virtud es semejante para nosotros al rocío del fin del otoño que desciende a refrescar la tierra; Vos que os mostráis propicia a cuantos os invocan, olvidad nuestra indignidad y dignaos sernos favorable hasta el último suspiro.
  
Se hace la petición, y se concluye con la oración.
  
DÍA CUARTO
Por la señal…
Acto de contrición, Oración para todos los días y las tres Ave Marías.
  
¡Oh María Madre de nuestra Salud! ¿quién puede dudar que sois para los más grandes pecadores un asilo de salud, mucho más seguro que en tiempos antiguos la ciudad de Betsurá para los que habían abandonado la ley del Señor, y que el altar que Adonías tenía abrazado para librarse del enojo del rey Salomón! Oh, ¡y cuántas veces, desarmado el Juez divino por vuestra favorable mediación, ha podido decirnos como David a Abigaíl «a no ser por vos hoy es el día que hubiera castigado de muerte a esos culpables»! ¡cuántas veces os habéis dignado acordaros del débil tributo de los homenajes que os habían ofrecido unos corazones que con sobrada razón podían compararse a la pecadora Rahab, a los hijos de Babilonia, y los habéis salvado no solo de sus enfermedades corporales sino también de caer en el abismo eterno! Multiplicad, oh Madre de la Salud, los rasgos de vuestra bondad admirable para con tantos ciegos insensatos como corren a su desgracia eterna, que siendo por los estrechos vínculos de la fe cristiana, miembros como nosotros del cuerpo místico de la Iglesia te pedimos por su salud eterna como Madre que sois del Redentor del género humano.
  
Se hace la petición, y se concluye con la oración.
  
DÍA QUINTO
Por la señal…
Acto de contrición, Oración para todos los días y las tres Ave Marías.
  
¡Oh María, Madre de nuestra Salud!, Vos cuya sola palabra bastó en otro tiempo para hacer saltar de alegría al Santo Precursor en el vientre de vuestra Santa prima de quien saludabais, Vos que sabéis convertir en gozo las tristezas dando salud a nuestras almas enfermas: Vos que después de Jesús sois nuestra esperanza, permitid que sin cesar nos acordemos de vuestras virtudes y publiquemos el encanto de vuestros privilegios, hasta que con los Ángeles y Santos podamos poseer en el Cielo la dicha de contemplaros. ¡Oh amorosa Madre, no sin grande complacencia exclamamos aquí del fondo de nuestras almas conmovidas de gratitud y ternura, que nuestra mano derecha caiga en olvido si alguna vez olvidamos, dulce Virgen, los sagrados derechos que tenéis a nuestros corazones, que nuestra lengua se seque si después de vuestro adorable Hijo no sois Vos la primera a quien alabemos. Ojalá que, acordándonos continuamente de vuestros beneficios, repitamos con confianza: Vos que sois la Salud de los enfermos, rogad por nosotros.
  
Se hace la petición, y se concluye con la oración.
  
DÍA SEXTO
Por la señal…
Acto de contrición, Oración para todos los días y las tres Ave Marías.
  
Oh María, Madre de nuestra Salud, a Vos recurrimos en todas nuestras penas, peligros y necesidades, reconociendo un piadoso deber de ensalzar en todo tiempo vuestro poder. Sí, augusta soberana del universo, nuestra complacencia será siempre la de proclamar que el brazo del Señor ha hecho que resplandezca en Vos su poder, que su fuerza y su imperio residen en vuestra mano, quo todo lo podéis en Él, y que la gloria de las Jael y de las Judit, triunfando de los enemigos del pueblo de Dios, es apenas la figura de la que en Vos resplandece. ¡Oh poderosa Madre!, dignaos recibir constantemente bajo vuestra protección a los que desean invocaros sin descanso. Y sobre todo, cuando llegue el momento decisivo, cuando aterrorizada nuestra alma se halle a punto de presentarse ante su Juez, ¡oh! entonces, Madre nuestra, no dejéis de defenderla contra sus enemigos, alentarla, fortalecerla y recibirla, en vuestras manos maternales, al entrar en la eternidad, para que la presentéis a vuestro Hijo con quien seremos enteramente felices.
  
Se hace la petición, y se concluye con la oración.
  
DÍA SÉPTIMO
Por la señal…
Acto de contrición, Oración para todos los días y las tres Ave Marías.
  
Oh María, Madre de nuestra Salud, ensalzada como el rosal de Jericó habéis florecido como la rosa en una fresca margen vuestro lustre es puro como el del lirio y vivo como el de la reina de la primavera. Mas ¿quién no dará una idea de la fragancia de Jesús que en todas partes exhalas? ¿Quién nos haría conocer cuánto excede el perfume de vuestras virtudes al aroma de la mirra más exquisita, y a la del incienso más agradable? Sí, Vos sola sois la flor escogida que, en el árido valle de este mundo habéis atraído a Vos el divino rocío, al Justo por excelencia, al que es la Salud del mundo. Flor bendita, Flor maravillosa, Flor medicinal, cuyo solo perfume hacen que se calmen las dolencias de nuestra alma; haced que lo aspiremos para conseguir la salud que tanto ambicionamos: Haced que corramos por el camino puro e inmaculado de los verdaderos hijos de Dios, para tener algún día la dicha de veros en el Cielo y glorificar a vuestro Hijo por todos los favores con que habéis sido colmada.
  
Se hace la petición, y se concluye con la oración.
  
DÍA OCTAVO
Por la señal…
Acto de contrición, Oración para todos los días y las tres Ave Marías.
  
Oh María, Madre de nuestra Salud, ¡qué encantadora es vuestra hermosura a los ojos de la fe! ¡Verdaderamente sois digna de ser llamada por excelencia la Madre del Señor, pues estáis adornada de todas las virtudes y perfecciones que pueden hacer amable a una criatura! ¡Qué placentero es para nosotros el poder decir con uno de vuestros servidores, que arrebatáis los corazones que os contemplan, y curáis las dolencias que nos afligen! ¡Qué grato nos es también expresaros el deseo sincero que tenemos de amaros constantemente, según lo merecéis, de preferir como Vos la belleza del alma a todo lo demás y de trabajar sin descanso para aumentarla con el fervor de vuestra caridad! Recibid este deseo, divina María, para alcanzarnos el cumplimiento de él. Así sea.
  
Se hace la petición, y se concluye con la oración.
  
DÍA NOVENO
Por la señal…
Acto de contrición, Oración para todos los días y las tres Ave Marías.
  
Oh Madre del Verbo eterno hecho carne para nuestra salud, os saludamos como el arcángel: «llena de gracia». Vuestro Hijo es la fuente inagotable de toda gracia, quien fijando en Vos su primera morada, cuando vino a habitar entre los hombres, os dio derecho para decir con toda verdad «en mí reside toda gracia», por lo cual vuestras benditas manos son como un canal amplísimo por donde se comunica a toda la tierra este divino tesoro, vivificando todo lo que es árido y haciendo que el desierto mismo florezca como un nuevo Edén. A Vos pues recurrimos en nuestras necesidades; en Vos ponemos siempre nuestra confianza después de Jesús; puesto que por Vos esperamos de Él aunque lo desmerezcamos por nuestra pasada ingratitud el perdón de nuestras innumerables culpas, el remedio y auxilio de que tanto necesita nuestra flaqueza y la perseverancia final.
  
Se hace la petición, y se concluye con la oración.

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