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martes, 19 de enero de 2021

“EL SACRAMENTO DE LA POBREZA” (Cantalamessa dixit)

Noticia tomada de GLORIA NEWS.
   
 
El cardenal Raniero Cantalamessa Giovannini OFM Cap. proporcionó en un retiro de Adviento el 18 de Diciembre un “fundamento bíblico y teológico” para una opción preferencial por “los pobres”.
   
Él publicó sus teorías, reunidas bajo el título “Vino a morar entre nosotros”, en su sitio web cantalamessa.org. Para él, está “fundamentado” hablar de un “Sacramento” de la pobreza, que él no duda en comparar con la Eucaristía.
   
«El que pronunció sobre el pan las palabras: “Esto es mi cuerpo”, pronunció también las mismas palabras respecto de los pobres», afirmó Cantalamessa ofreciendo como prueba Mateo 25, 31, donde Cristo dice que lo que se hace por los hambrientos, sedientos, prisioneros, desnudos y forasteros, se le hace a él.
   
Sin embargo, decir «Esto es mi cuerpo» y decir «A mí me lo hicisteis» son dos cosas muy diferentes.
   

3 comentarios:

  1. Y como si fuera poco, Cantalamessa equipara su “sacramento de la pobreza” (seguramente la material) con el “Bautismo de sangre” (entendido por conciliares y falsos tradicionalistas como sustitutivo del Bautismo de agua, en vez del martirio de los cristianos o el precio de la Sangre de Cristo):
    «San Juan XXIII (sic), con ocasión del Concilio, acuñó la expresión “Iglesia de los pobres”. Reviste un significado que va más allá de lo que se entiende habitualmente. ¡La Iglesia de los pobres no sólo está formada por los pobres de la Iglesia! En cierto modo, todos los pobres del mundo —bautizados o no— les pertenecen. “Pero —se objeta— ¡no tienen fe, ni han recibido el bautismo!”. Es cierto, pero ni siquiera los Santos Inocentes que festejamos tras la Navidad los tuvieron. Su pobreza y sufrimiento, si es inculpable, es a los ojos de Dios su bautismo de sangre. Dios tiene muchas más formas de salvar de las que imaginamos nosotros, aunque todas estas formas —ninguna excluida—, “de una manera conocida sólo por Dios”, pasen por Cristo».

    A propósito, el citar a los Santos Inocentes como ejemplo de la teoría de hombres que es “Bautismo de sangre” (sostenida apenas por ocho de cientos de Padres) es desafortunado y erróneo (incluso el gran moralista San Alfonso María de Ligorio en su Teología Moral, Libro VI, nn. 95-97, donde dice:
    «El bautismo de sangre es el derramamiento de la propia sangre, es decir, la muerte por causa de la fe o por alguna otra virtud cristiana. Ahora este bautismo es comparable con el verdadero bautismo porque, al igual que el verdadero bautismo, él remite tanto la culpa y el castigo como si ello fuera ex ópere operáto (…) Por lo tanto, el martirio también vale para los niños viendo que la Iglesia venera a los Santos Inocentes como verdaderos mártires. Por eso es que Suárez con razón enseña que la opinión contraria es al menos temeraria»
    incurrió inconscientemente en ese error — sostenido por el cura archihereje Juan Wiclef, condenado y anatematizado en el Concilio de Constanza—, y tachó de “temerario” a quienes sostienen la obligatoriedad de bautizar a los niños para salvarlos), toda vez que ellos murieron ANTES de que Nuestro Señor Jesucristo estableciera el mandato obligatorio del Bautismo (que fue después de su Resurrección).

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    1. Cierto, muy cierto lo que dices, hermano. Ítem, Wiclef (cuyo cadáver fue quemado en 1428 tras ser declarado “de maldita memoria” en el Concilio de Constanza) en la fiesta de los Santos Inocentes de 1384, mientras decía Misa en la iglesia de Santa María en Lutterworth, le dio un insulto (apoplejía), muriendo el 31 de Diciembre, paralizado y sin habla, sin el auxilio de los Sacramentos. Justo castigo para quien en vida había de palabra y obra propalado herejía y odio contra la Iglesia verdadera, y negado la Transubstanciación.

      ¡SEA ANATEMA!

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    2. Sobre San Alfonso María de Ligorio, es de afirmar que pudo errar inconscientemente (cosa que no se puede predicar de los que lo citan como autoridad para justificar lo injustificable), y que si viera más diligente la verdadera doctrina, adhiriera a ella. Por eso es que la Iglesia no sigue doctores, sino la Sagrada Escritura, la Tradición Apostólica y el Magisterio Infalible; y cuando canoniza, es a la persona, no sus escritos.

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