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miércoles, 20 de enero de 2021

LAS MARAVILLAS DEL SANTO NOMBRE DE JESÚS

Opúsculo escrito por el padre Paul O’Sullivan OP. Tomado de SANTA IGLESIA MILITANTE – SEGUNDA ÉPOCA. La corrección de estilo es propia.
   
LAS MARAVILLAS DEL SANTO NOMBRE
Por el R. P. Paul O’Sullivan, O.P. (E. D. M.)*
(Irlanda, 1871- Portugal, 1958)
  
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CARTAS DE APROBACIÓN 

Las Maravillas del Santo Nombre ha recibido las más calurosas aprobaciones de muchos arzobispos y obispos. Entre ellas constan las siguientes: 
PALACIO CARDENALICIO, LISBOA 
4 de Marzo 1947 
   
Apruebo y recomiendo de todo corazón el librito titulado "Las Maravillas del Santo Nombre". 
  
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NUNCIATURA APOSTOLICA EN PORTUGAL
   
7 de Marzo 1947 
  
Mi Querido Padre Paul O’Sullivan, 
   
Mis más cordiales gracias por el amable regalo de su precioso libro, Las Maravillas del Santo Nombre, que he leído con mucho interés. Noto que está explicado con gran claridad y precisión la doctrina del Santo Nombre. La cual es muy querida para la Iglesia. 
    
Ciertamente el uso de este libro encenderá en los corazones de sus lectores una ilimitada confianza en la omnipotencia del Santo Nombre. 
   
Me complazco en dar a ésta última obra suya una calurosa aprobación que es un valioso eslabón en la larga cadena de sus celosas y útiles publicaciones.
   
Bendiciéndole con todo el corazón y recordándole en la más alta estima, 
  
Muy sinceramente suyo, 
    
PEDRO CIRIACI, Arzobispo de Tarso. 
Nuncio Apostólico
   
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CARTA DEL PADRE GENERAL DE LA ORDEN DE SANTO DOMINGO 
  
SANTA SABINA 
29 de Agosto 1945
    
Al Reverendo Padre Paul H. O’Sullivan
   
Querido y Reverendo Padre,
   
Apreciamos su dedicación durante los últimos cuarenta años a todo tipo de Propaganda Católica, sobre todo, a la propaganda de la prensa.
     
Su actividad ha sido verdaderamente maravillosa. 
    
Ahora se ha lanzado una verdadera cruzada en favor del Santo Nombre de Jesús, que ha sido coronada con muchos éxitos. 
   
Todo esto nos llena el corazón de alegría y mandamos nuestro paternal bendición con la bendición de nuestro Santo Padre Santo Domingo. 
   
Le rogamos acepte nuestro sincero afecto,
   
Padre M. S. Gillet, O.P.
Padre General
   
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“Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doblen la rodilla todas las criaturas del cielo, tierra e infierno…” -Filipenses 2:9-10
   
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Se dedica este librito afectuosamente a la Dulce Madre de Jesús. Nadie quiere el Nombre de Jesús tanto como Ella.
   
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AL LECTOR
   
Querido Amigo,
   
Lee este librito despacio y con atención, no una sino muchas veces y podrás dar gracias a Dios por el resto de tu vida.
   
Este libro te dará mucha felicidad y te obtendrá de Dios maravillosas gracias y bendiciones.
   
Te enseñará las Maravillas del Santo Nombre de Jesús, que entienden pocos Cristianos.
   
La frecuente repetición de este Nombre te salvará de muchos sufrimientos y grandes peligros.
   
El mundo ahora está amenazado con las más graves calamidades. Cada uno de nosotros puede hacer mucho para salvarse de los males que van a venir, y ayudar mucho al mundo, a la Iglesia, y a nuestro Santo Padre, el Papa, simplemente repitiendo con frecuencia “Jesús, Jesús, Jesús.” -El Autor

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ÍNDICE
Capítulo 1 : LAS MARAVILLAS DEL SANTO NOMBRE
Capítulo 2 : QUÉ SIGNIFICA EL SANTO NOMBRE
Capítulo 3 : EL MUNDO EN PELIGRO SALVADO POR EL SANTO NOMBRE
Capítulo 4 : LA PLAGA DE LISBOA: LA CIUDAD SALVADA POR EL SANTO NOMBRE
Capítulo 5 : GENSERICO EL GODO
Capítulo 6 : DON MELCHOR SONRÍE A SUS VERDUGOS
Capítulo 7 : LOS SANTOS Y EL SANTO NOMBRE
Capítulo 8 : LA DOCTRINA DEL SANTO NOMBRE
Capítulo 9 : PODEMOS PEDIRLO TODO EN EL NOMBRE DE JESÚS
  
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Capítulo 1: LAS MARAVILLAS DEL SANTO NOMBRE
  
He oído y repetido desde la infancia el Santo Nombre de Jesús, pero muchos, demasiados, no tienen una idea adecuada de las grandes maravillas de este Santo Nombre.
  
¿Qué sabes, querido lector, del nombre de Jesús? Sabrás que es un nombre santo y que habría que inclinar la cabeza cada vez que se dice. Es muy poca cosa. Es como si uno viera un libro cerrado y se fijara solamente en el titulo de la portada. No sabes nada de los preciosos pensamientos que el libro contiene.
    
Así es, cuando pronuncias el nombre de Jesús, sabes muy poco de los tesoros que en Él se oculta.
   
Este divino nombre, en verdad, es una mina de riquezas, es un manantial de la más alta santidad y el secreto de la felicidad más grande que un hombre puede esperar y gozar en esta tierra. Lee, y lo verás.
   
Es tan poderoso, tan seguro, que nunca deja de producir en nuestras almas los más maravillosos resultados. Consuela al más triste corazón y hace fuerte al más débil pecador.
   
Nos obtiene todo tipo de favores y gracias, tanto espirituales como temporales.
  
Debemos hacer dos cosas. Primero, entender claramente el significado y el valor del Nombre de Jesús.
    
Segundo, debemos habituarnos a decirlo devota y frecuentemente cientos y cientos de veces todos los días. Lejos de ser algo aburrido, será algo de inmenso gozo y consolación.
  
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Capítulo 2: ¿QUÉ SIGNIFICA EL NOMBRE DE JESÚS?
El santo Nombre de Jesús es, primero que todo, una oración todopoderosa. Nuestro Señor promete solemnemente que todo aquello que pidiéramos al Padre en Su Nombre lo recibiríamos. Dios nunca falla en Su palabra.
   
Cuando decimos “Jesús”, pedimos a Dios todo lo que necesitamos con la absoluta confianza de ser oídos.

Por esta razón, la Iglesia termina sus oraciones con estas palabras: “Por Jesucristo”, que da a la oración una nueva eficacia divina.
   
Pero, el Santo Nombre es algo aun más grande.
   
Cada vez que decimos “Jesús”, glorificamos a Dios con un gozo y gloria infinito porque le ofrecemos todos los infinitos méritos de la Pasión y Muerte de Jesucristo.
   
San Pablo nos dice que Jesús mereció el nombre de “Jesús” por su Pasión y Muerte.
   
Cada vez que decimos: “Jesús”, claramente deseamos ofrecer a Dios todas las Misas dichas en todo el mundo por nuestras intenciones. Nosotros verdaderamente participamos en aquellas cientos de misas.

Cada vez que decimos: “Jesús” ganamos trecientos días de indulgencia que podríamos aplicar por las ánimas del Purgatorio, con lo que se verán muchas de estas ánimas aliviadas y liberadas de sus horribles penas. Ellas serán verdaderamente nuestras mejores amigas y rezarán por nosotros con increíble fervor.
   
Cada vez que decimos: “Jesús”, es un acto de perfecto amor, por el cual ofrecemos a Dios el infinito amor de Jesús.
   
El Santo Nombre de Jesús nos salva de innumerables males, y nos rescata especialmente del poder del demonio que está constantemente buscando la ocasión de hacernos daño.
   
El Nombre de Jesús gradualmente irá llenando nuestras almas con una paz y un gozo que nunca tuvimos antes.
   
El Nombre de Jesús nos refuerza de una manera tal, que nuestro sufrimientos parecen ligeros y fáciles de soportar.
   
¿QUÉ DEBEMOS DE HACER?
San Pablo nos dice que debemos de hacer todo lo que hacemos, tanto sea en palabras o en obras, en Nombre de Jesús. “Todo cuanto hacéis, sea de palabra o de obra, todo en nombre de nuestro Señor Jesucristo…” (Col. 3:17).
   
De esta manera todos los actos se hacen en un acto de amor y merito. Y más aun, recibimos la gracia y la ayuda para hacer todas nuestras acciones perfectamente bien.
    
Debemos, sin embargo, hacer lo que mejor podamos en acostumbrarnos en decir “Jesús, Jesús, Jesús” muy a menudo, todos los días. Podemos hacerlo cuando nos vestimos, en el trabajo –no importa lo que estamos haciendo- paseando, en momentos de tristeza, en casa y en la calle, en todas partes.
   
No hay nada más fácil si nos esforzamos en hacerlo con regularidad. Lo podemos hacer muchísimas veces al día.
   
Piensa en cada vez que decimos “Jesús” devotamente, 1) damos gran gloria a Dios, 2) recibimos grandes gracias, 3) y ayudamos a las almas del Purgatorio.
   
Pongamos ahora algunos ejemplos que demuestran el poder del Santo Nombre.

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Capítulo 3: EL MUNDO EN PELIGRO SALVADO POR EL SANTO NOMBRE
En el año 1274 grandes males amenazaron al mundo. La iglesia fue asaltada por furiosos enemigos desde adentro y fuera. Fue tan grande el peligro que el Papa Gregorio X, que reinaba por entonces, convocó un concilio de obispos en Lyon para determinar la mejor manera de salvar a la sociedad de la ruina en la que estaba cayendo. Entre las muchas formas propuestas, el Papa y los obispos eligieron la que ellos consideraron más fácil y eficaz de todas, es decir, la frecuente repetición del Santo Nombre de Jesús.
    
El Santo Padre entonces pidió a los obispos del mundo y a sus sacerdotes que invocaran el Nombre de Jesús y urgieran a sus fieles el poner su confianza en este poderoso Nombre, repitiéndolo constantemente con ilimitada confianza. El Papa encargó especialmente a la Orden de Santo Domingo la gloriosa tarea de predicar las Maravillas del Santo Nombre, trabajo que ellos cumplieron con ilimitado celo.
    
Sus hermanos Franciscanos les secundaron. San Bernardino de Siena y San Leonardo de Puerto-Mauricio fueron ardientes apóstoles del Santo Nombre de Jesús.
   
Sus esfuerzos fueron coronados con el éxito. Fueron barridos los enemigos de la Iglesia y desaparecieron los peligros que amenazaban a la sociedad y la paz reinó una vez más.
   
Esta es la lección más importante para nosotros porque, en nuestros días, terribles sufrimientos están aplastando muchas naciones. Y aun mayores tribulaciones están amenazando a todas las demás.
   
Ningún gobierno o gobiernos parecen lo bastante fuertes y hábiles como para detener este tremendo torrente de males. No hay más que un remedio y es la oración.
   
Todo cristiano debe volver a Dios y pedirle misericordia. La oración más fácil de todas las oraciones, como hemos visto, es el Nombre de Jesús.
   
Todos, sin excepción, pueden invocar este Santo Nombre cientos de veces al día, no solamente por sus propias intenciones, sino también para pedir a Dios que libere al mundo de una inminente ruina.
   
Es asombroso lo que una persona que reza puede hacer para salvar a su país y a la sociedad.
    
Leemos en la Sagrada Escritura cómo Moisés salvó por sus oraciones al pueblo de Israel de la destrucción y cómo una piadosa mujer, Judit de Betulia, salvó su ciudad y su gente cuando los gobernadores estaban desesperados y a punto de rendirse a sus enemigos.
    
De nuevo notamos, que las dos ciudades Sodoma y Gomorra, que Dios destruyó con fuego, por causa de sus pecados y crímenes, ¡les hubiera perdonado si hubieran habido solamente diez personas que rezaran por ellos!
    
Una y otra vez leemos de reyes, emperadores, hombres de estado y famosos comandantes militares que pusieron toda su confianza en la oración, y así obraron maravillas. Si las oraciones de un hombre pueden hacer tanto, ¿cuánto más harán las oraciones de muchos?
   
El Nombre de Jesús es la más corta, más fácil, y más poderosa de las oraciones. Todos pueden decirlo incluso en medio de su trabajo diario. Dios no puede rehusar de oírlo.
   
Invoquemos el nombre de Jesús pidiéndole que nos salve de las calamidades que nos amenazan.
   
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Capítulo 4: LA PLAGA DE LISBOA: LA CIUDAD SALVADA POR EL SANTO NOMBRE
Una devastadora plaga aparece en Lisboa en 1432. Todos los que pudieron hacerlo, huyeron aterrorizados de la ciudad y de este modo se extendió por todos los rincones del país de Portugal.
    
Miles de hombres, mujeres y niños de todas clases fueron barridos por la cruel enfermedad.
   
Fue tan virulenta la epidemia que los hombres caían muertos en todas partes, en la mesa, en las calles, en sus casa, en las tiendas, en los mercados, en las iglesias. Usando las palabras de los historiadores, estalló como rayo de hombre a hombre, por un abrigo, un sombrero, o cualquier prenda que hubiera sido tocada por la sacudida plaga. Sacerdotes, médicos y enfermeras fueron arrastrados en tal numero que muchos cuerpos yacían en las calles, sin enterrar. Los perros lamían la sangre de los muertos, como resultado fueron estos contagiados con la terrible enfermedad que se extendió aun más entre la infortunada gente.
   
Entre aquellos que asistieron a los moribundos con inquebrantable tenacidad, fue un venerable obispo, Monseñor André Días, que vivió en el Convento o Monasterio de Santo Domingo. Este santo varón, viendo que la epidemia, lejos de disminuir, crecía a diario en intensidad y perdiendo la esperanza en la ayuda humana, urgió a la infeliz gente a que invocaran el Santo Nombre de Jesús. Donde quiera que la enfermedad fuera más furiosa, se le había visto, urgiendo, implorando a los enfermos y moribundos y a aquellos a los cuales no les había tocado la enfermedad, el repetir: “Jesús, Jesús”. “Escribidlo en estampas” decía “y guardadlas dentro de vosotros. Ponedlas por la noche debajo de las almohadas. Ponedlas en las puertas, pero por encima de todo, invocad constantemente con vuestros labios y en vuestros corazones este Nombre que es de lo más poderoso”.
   
Él fue como ángel de paz, llenando a los enfermos y moribundos con coraje y confianza. Los pobres dolientes sentían dentro de ellos una nueva vida, y nombrando a Jesús, ponían las estampas en sus pechos o en sus bolsillos.
   
Entonces citándoles en la gran iglesia de Santo Domingo, les habló una vez más del poder del Nombre de Jesús y bendijo agua en el mismo Santo Nombre. Ordenando que toda la gente se salpicara con ella y que salpicaran las cara de los enfermos y moribundos. ¡Maravilla de maravilla! Los enfermos sanaron, los moribundos resucitaron de sus agonías, la plaga cesó y la ciudad fue librada en pocos días del más espantoso azote que jamás la había visitado.
   
Las noticias se extendieron por todo el país y todos empezaron al unísono a invocar el Nombre de Jesús. En un increíble y corto período de tiempo, todo Portugal se vio libre de la horrorosa enfermedad.
   
La gente agradecida, teniendo presente las maravillas que había presenciado, continuaron su amor y confianza en el Nombre de nuestro Salvador. Así que en sus problemas, en todos los peligros, cuando males de cualquier clase les amenazaban, ellos invocaban el Nombre de Jesús. Fueron fundadas confraternidades en las iglesias, fueron hechas procesiones del Santo Nombre mensualmente, fueron levantados altares en honor de este bendito nombre. Así que la mayor maldición que jamás había caído en el país fue transformada en una de las más grandes bendiciones.
   
Por siglos, esta confianza en el Nombre de Jesús continuó en Portugal y así mismo se extendió a España, Francia y al resto del mundo.

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Capítulo 5: GENSERICO EL GODO
En el reino de Genserico, Rey arriano de los Godos, uno de los favoritos cortesanos del Rey, el Conde Armogasto, fue convertido del arrianismo a la Iglesia Católica.
    
El Rey, oyendo el hecho, se enfureció de tal manera que llamó al joven noble a su presencia y trató por todos los medios en su poder, inducirle a rechazar su Fe y volver a la secta arriana.
   
Ni las amenazas, ni las promesas le importaron. El Conde rehusó toda insinuación y conservó su nueva Fe. Genserico dio rienda suelta a su furia y ordenó que ataran al joven con fuertes cuerdas y que los fornidos verdugos las apretaran con todas sus fuerzas. El tormento era inmenso pero la victima no mostraba señales de dolor. Repitió por dos o tres veces “Jesús, Jesús, Jesús”, y las cuerdas se ablandaron como telas de araña y cayeron a sus pies.
    
Enfurecido sin medida el tirano, ordenó ahora que fueran traídos tendones de bueyes, tan fuertes como el alambre. El Conde fue atado de nuevo y el rey pidió a los verdugos que usaran todas sus fuerzas. Una vez más, su victima invocó el nombre de Jesús. Y las nuevas ligaduras como las viejas se aflojaron como hilos. Echando espuma por la boca de odio, ordenó que el mártir fuera atado por los pies y colgado de la rama de un árbol, cabeza abajo.
   
Sonriendo a esta nueva moda de tortura, el Conde Armogasto cruzó los brazos en su regazo y repitiendo el Santo Nombre, se durmió tranquilamente como si estuviera echado en el más suave y cómodo sofá.
  
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Capítulo 6: D. MELCHOR SONRÍE A SUS VERDUGOS
Tenemos otro incidente parecido de la misma clase narrado por el mártir chino, el Venerable Dominico y obispo, Don Melchor García Sampedro.
    
En una de las muchas persecuciones que atacaron a China, y que dio tantos santos a la Iglesia, este santo obispo fue perseguido y después de haber resistido los más brutales tormentos, era condenado a una muerte cruel. Fue arrastrado al mercado en medio del populacho, los cuales vinieron a satisfacerse con sus sufrimientos.
   
Le desnudaron y cinco verdugos armados con afiladas espadas empezaron a cortar sus dedos, uno por uno, coyuntura por coyuntura, después sus brazos, luego sus piernas, causándole una agonía extremadamente dolorosa. Finalmente rajaron su encarnadura y le rompieron los huesos.
   
Durante ese prolongado martirio, sin visibles signos de dolor por parte del obispo, sonreía y decía despacio y en alta voz, “Jesús, Jesús, Jesús”. Esto le daba una maravillosa fuerza ante el asombro de sus verdugos.
  
No hubo una lagrima o queja que se escapara de sus labios, hasta que finalmente, después de horas de tortura, calladamente, expiró con la misma dulce y pacifica sonrisa en su cara.
   
Qué maravillosa consolación no sentiríamos cuando, confinados en cama por una enfermedad o desgarrados por el dolor, repitiéramos el Nombre de Jesús.
    
Muchas gentes que no pueden dormir encontrarán ayuda y consolación si invocan en estos momentos de insomnio el Santo Nombre y muy probablemente caerían en un tranquilo sueño.
    
SAN ALEJANDRO Y LOS FILOSOFOS PAGANOS
Durante el reinado del Emperador Constantino, la religión cristiana estaba progresando constante y rápidamente.
   
En Constantinopla, los filósofos paganos se sintieron agraviados al ver que mucho de sus adeptos desertaban de su vieja religión y se unían a la nueva. Ellos rogaron al mismo Emperador pidiendo, en justicia, deberían de ser escuchados y permitirles convocar una conferencia publica con el obispo de los cristianos, San Alejandro, que por aquel entonces gobernaba la sede de Constantinopla. Era un hombre santo, pero no un agudo lógico.
   
No tuvo miedo, por esta razón, de conocer al representante de los filosofo pagano que era un astuto dialéctico y un elocuente orador. En el día señalado, delante de una vasta asamblea de hombres doctos, el filosofo empezó muy cuidadosamente preparado a atacar las enseñanzas cristianas. El santo obispo escuchó por algún tiempo y entonces pronunció el Santo Nombre de Jesús, el cual confundió al filosofo de tal manera, que no solamente perdió el hilo de su discurso, sino que le fue inútil, aun con la ayuda de sus colegas, volver al ataque.
   
Santa Cristiana era una joven esclava en el Kurdistán, una región casi enteramente pagana. Era costumbre en ese país que, cuando un niño estaba gravemente enfermo, su madre le llevaba en brazos a la casa de sus amigos y preguntaba si ellos sabían de algún remedio que pudiera beneficiar al pequeño. En una de esas ocasiones, una madre trajo a su hijo enfermo a la casa donde Cristiana vivía. Preguntándole si sabía de algún remedio de esa enfermedad, miró al niño y dijo: “Jesús, Jesús”.
   
En un instante, el niño moribundo sonrió y se levantó con gozo. Estaba completamente curado.
   
Este extraordinario hecho pronto fue conocido y llegó a los oídos de la reina que estaba invalida. Dio ordenes para que trajeran a Cristiana a su presencia
   
Llegando a palacio, la reina paciente preguntó a Cristiana si podía, con el mismo remedio, curar su enfermedad en la que habían fallado los médicos. Una vez más Cristiana pronunció con gran confianza: “Jesús, Jesús”. Y de nuevo, ese divino Nombre fue glorificado. La reina recobró instantáneamente la salud.
   
Una tercera maravilla más estaba por suceder. Algunos días después de la cura de la reina, el rey se encontró cara a cara con una muerte certera. La escapatoria parecía imposible. Sabiendo el poder del Divino Nombre, el cual él había sido testigo con la cura de su esposa, su Majestad invocó: “Jesús, Jesús”, y sucedió que fue arrebatado de tan horrible riesgo.
   
Llamando de la misma manera a la pequeña esclava, aprendió de ella las verdades del cristianismo. Él, así como una gran multitud de su gente, abrazó la Fe.
  
Cristiana es santa y su fiesta se celebra el 15 de Diciembre.
    
San Gregorio de Tours relata que cuando él era un muchacho su padre cayó gravemente enfermo y se estaba muriendo. Gregorio, rezó fervientemente por su recuperación. Cuando Gregorio estaba durmiendo por la noche, su Ángel de la Guarda se le apareció y le dijo: Escribe el Nombre de Jesús en una tarjeta y colócalo debajo de la almohada del enfermo.
   
A la mañana siguiente, Gregorio contó a su madre el mensaje del Ángel, la cual le aconsejó que obedeciera. Así lo hizo, poniendo la tarjeta debajo de la cabeza de su padre. Para regocijo de la familia, el paciente se mejoró rápidamente.
    
Podríamos llenar páginas y páginas con los milagros y maravillas que ha obrado el Santo Nombre en todos tiempos y lugares, no solamente por los Santos, sino por todo el que invoque este Divino Nombre con reverencia y Fe.
   
Marchese decía: “Intervengo aquí para relatar las maravillas obradas y las gracias concedidas por Nuestro Señor a aquellos que son devotos a su Santo Nombre porque San Juan Crisóstomo me recuerda que Jesús es siempre nombrado cuando los milagros están hechos por los hombres santos; enumerarlos desde aquí sería tratar de dar una lista de los incontables milagros que Dios ha hecho a través de todos los siglos, para incrementar la gloria de Sus Santos o para crear y reforzar la Fe en los corazones de los hombres”.
   
ESTAMPAS DEL SANTO NOMBRE
Estampas con el Santo Nombre en ellas inscritas han sido usadas y recomendadas por los grandes amantes del Santo Nombre como Monseñor André Días, San Leonardo de Puerto Mauricio y San Gregorio de Tours arriba mencionados.
   
Nuestros lectores harían bien en usar estas estampas, llevándolas consigo durante el día y poniéndolas debajo de la almohada por la noche, colocándolas en las puertas de las habitaciones.
   
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Capítulo 7: LOS SANTOS Y EL SANTO NOMBRE
Todos los Santos tienen un inmenso amor y confianza en el Nombre de Jesús. Ellos vieron en este Nombre con una clara visión, todo el amor de Nuestro Señor, todo su poder, todas las cosas bellas que dijo e hizo en la tierra.
  
Hicieron todas sus obras maravillosas en el Nombre de Jesús. Obraron milagros, echaron demonios, curaron enfermos y confortaron a todos usando y recomendándoles se que acostumbraran a invocar al Santo Nombre. San Pedro y los Apóstoles convirtieron al mundo con este Nombre Todopoderoso.
  
El Príncipe de los Apóstoles empezó su gloriosa carrera predicando el Amor de Jesús a los judíos en las calles, en el Templo, en sus sinagogas. Su primer gran milagro ocurrió el primer domingo de Pentecostés cuando iba a entrar en el Templo con San Juan. Un hombre cojo, bien conocido por los judíos que frecuentaba el Templo, estrechaba su mano esperando recibir limosna. San Pedro le dijo: “No tengo plata ni oro; pero te doy lo que tengo: En el Nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”. (Hechos 3:6). Instantáneamente, el cojo se levantó y brincó de júbilo. 
   
Los judíos estaban atónitos, pero el gran apóstol les dijo: “¿Por qué os maravilláis de esto… como si por nuestro propio poder o piedad le hubiésemos hecho andar? El Nombre de Jesús por la Fe en él, ha devuelto la fuerza a este hombre”.
   
Innumerables veces desde esos días de los Apóstoles el Nombre de Jesús ha sido glorificado.
   
Citaremos algunos de los incontables ejemplos que nos muestran cómo los Santos derivan toda su fuerza y consolación en el Nombre de Jesús.

SAN PABLO
San Pablo era de una manera muy especial, el predicador y el doctor del Santo Nombre. Al principio, fue un furioso perseguidor de la Iglesia, movido por un falso celo y odio hacia Cristo.
   
Nuestro Señor se le apareció en el camino de Damasco y le convirtió, haciendo de él el apóstol de los gentiles y dándole su gloriosa misión, que era predicar y dar a conocer su Santo Nombre a príncipes y reyes, a judíos y gentiles, a todas las gentes y naciones.
   
San Pablo, lleno con ardiente amor por Nuestro Señor, empezó su gran misión –desarraigando el paganismo, derribando falsos ídolos, confundiendo a filósofos de Grecia y Roma, temiendo a enemigos y conquistando todas las dificultades- todo en el Nombre de Jesús.
  
Santo Tomas de Aquino dice de él: “San Pablo llevó el Nombre de Jesús en su frente porque se gloriaba en proclamarlo a todos los hombres. Él lo llevaba en sus labios porque adoraba invocarlo, en sus manos ya que le encantaba escribirlo en sus Epístolas; en su corazón, porque su corazón ardía por su amor. Él mismo nos dice: “Yo no vivo, es Cristo quien vive en mí”.
   
San Pablo nos dice en su propia y bella manera las dos grandes verdades acerca del Nombre de Jesús.
  
Primero que todo, nos dice el infinito poder de Su Nombre. “Al Nombre de Jesús doblan las rodillas todas las criaturas del cielo, la tierra y el infierno”.
    
Todas las veces que decimos “Jesús”, damos una infinita alegría a Dios, a todo el Cielo, a la Bienaventurada Madre de Dios y los Ángeles y a los Santos.
  
En segundo lugar, nos dice cómo usarlo. “Lo que sea que hagas, cuando hablas o trabajas, hazlo todo en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo”, y añade: si comes o bebes o cualquier cosa que hagas, hazlo todo en el Nombre de Jesús.
  
Este consejo lo siguieron todos los Santos, así que todos sus actos fueron hechos por amor a Jesús y por esto todos sus actos y pensamientos ganaban o les hacían ganar gracia y méritos.
   
Era por este Nombre que ellos se hacían santos. Si seguimos este mismo consejo del Apóstol, nosotros también podemos alcanzar un grado muy alto de santidad.
   
¿Cómo lo haremos todo en Nombre de Jesús? Acostumbrándonos, como ya hemos dicho, a repetir el Nombre de Jesús frecuentemente durante el día. Esto no presenta dificultad –solamente se necesita buena voluntad.
   
San Agustín, el gran Doctor de la Iglesia, encontró sus delicias en repetir el Santo Nombre. Él mismo nos dice que encontraba mucho placer en los libros que hacían mención frecuente de este Nombre todo-consolador.
   
San Bernardo sentía un maravilloso gozo y consolación en repetir el Nombre de Jesús. Lo sentía, dice, como miel en su boca y una deliciosa paz en su corazón. Nosotros también sentiremos paz aun, en nuestra alma si imitamos a San Bernardo y repetimos frecuentemente el Santo Nombre.
   
Santo Domingo pasó sus días predicando y discutiendo con herejes. Él siempre fue a pie de sitio en sitio, tanto en los opresivos calores del verano como en el frío y la lluvia del invierno. Los herejes Albigenses, a quienes él trataba de convertir, eran más como demonios salidos del infierno que hombres mortales. Sus doctrinas eran infames y sus crímenes innumerables. Aun así, como otro San Pablo, convirtió cien mil de estos hombres malvados, así que muchos de ellos, se hicieron destacados por su santidad. Cansado por las noches por sus trabajos, él pidió solamente un premio que era pasar la noche delante del Santísimo Sacramento derramando su alma en amor de Jesús. Cuando su pobre cuerpo no pudo resistir más, apoyó la cabeza en el altar y descansó un poco, después, empezó una vez más su íntima conversación con Jesús.
   
A la mañana siguiente, celebró Misa con el ardor de un serafín, tanto que a veces su cuerpo se levantaba del suelo en un éxtasis de amor. El Nombre de Jesús llenaba su alma de gozo y deleite.
  
El Beato Jordán de Sajonia, que sucedió a Santo Domingo como Padre General de la Orden, era un predicador de gran renombre. Sus palabras iban directas al corazón de sus oyentes pero sobre todo cuando les hablaba de Jesús.
   
Sabios profesores de ciudades universitarias venían con deleite a oírle y muchos de ellos se hacían Dominicos.

Otros frailes temían venir porque serían inducidos también a unirse a su Orden. Tantos fueron arrastrados por la irresistible elocuencia del Beato Jordán que cuando su visita era anunciada en una ciudad el prior del Convento traía enseguida gran cantidad de tela blanca para hábitos para aquellos que solicitarían, por seguro, entrar en la Orden. El mismo Beato Jordán recibió mil postulantes al hábito, además de los más destacados profesores de las universidades europeas.

San Francisco de Asís. Este ferviente serafín de amor encontró su deleite repitiendo el amado Nombre de Jesús. San Buenaventura dice que la alegría que iluminaba su cara y el tierno acento de su voz mostraba cuanto le gustaba invocar al Santísimo Nombre. No es extraño, entonces, que él recibiera en sus manos, pies y costado las señales de las cinco heridas de Nuestro Señor, como premio a su ardiente amor [1].
   
A San Ignacio de Loyola no le ganaba nadie en su amor al Santo Nombre. No dio a su gran orden su propio nombre. Lo llamó la “Sociedad de Jesús”. Este divino Nombre ha sido una protección y defensa de la Orden en contra de sus enemigos y una garantía de la santidad de sus miembros.
   
Gloriosa, por cierto, es la gran Sociedad de Jesús.
   
San Francisco de Sales no tiene temor en decir que quien tuviera la costumbre de repetir el Santo Nombre frecuentemente puede estar cierto de una muerte santa y feliz.
   
Y desde luego no puede haber duda en esto porque siempre que decimos “Jesús”, aplicamos la Sangre Salvadora de Jesús a nuestras almas mientras que al mismo tiempo imploramos a Dios cumplir lo prometido, dándonos todo aquello que pidiéramos en Su Nombre. Todo aquel que deseara una muerte santa, puede asegurarla repitiendo el Nombre de Jesús.
   
Esta practica no solamente obtendrá para nosotros una muerte santa, sino que disminuirá notablemente el tiempo en Purgatorio y muy posiblemente nos librará de ese horrible fuego.
   
Muchos santos pasaron sus últimos días repitiendo constantemente “Jesús, Jesús”. Todos los doctores de la Iglesia están de acuerdo al decirnos que el demonio reserva sus más furiosas tentaciones para nuestros últimos momentos, y llena entonces la mente del moribundo con dudas, miedos y tentaciones espantosas –con la ultima esperanza de llevar la infortunada alma al infierno-. Felices aquellos que en vida estuvieron seguros de acostumbrarse a nombrar al Nombre de Jesús.
   
Hechos como estos, que acabamos de mencionar, están fundados en la vida de los más grandes siervos de Dios que hicieron Santos y alcanzaron los más altos grado de santidad por este simple y fácil hecho.
   
San Vicente Ferrer, uno de los más famosos predicadores que el mundo jamás ha oído, convirtió a los más pervertidos criminales y los transformó en los más fervientes cristianos. Convirtió a 80.000 judíos y a 70.000 moros, un prodigio que no hemos leído en la vida de otro santo. Tres milagros requiere la Iglesia para la canonización de un santo; pero en la bula de la canonización de San Vicente se cuentan 873.
   
Este gran santo quemado por el Amor del Nombre de Jesús, obró extraordinarios hechos con este Divino Nombre.
   
Nosotros, sin embargo, pecadores como somos, podemos con este Omnipotente Nombre obtener todos los favores y gracias. El más débil de los mortales se puede convertir en fuerte, el más afligido encuentra en Él consolación y alegría.
   
¿Quién puede ser tan tonto o negligente como para no tener por costumbre de repetir “Jesús, Jesús, Jesús” constantemente?. No nos cuesta nada. No presenta dificultad alguna y es un infalible remedio para todos los males.
  
San Gonzalo de Amarante alcanzó un altísimo grado de santidad repitiendo con frecuencia el Santo Nombre.

El Beato Gil de Santárem sintió tal amor y deleite al decir el Santo Nombre que se levitó en éxtasis. Aquellos que repiten frecuentemente el nombre de Jesús sienten una gran paz en su alma. “Esa paz que el mundo no puede dar”, la cual sólo Dios da, “una paz que sobrepasa todo entendimiento”.
   
San Leonardo de Puerto Mauricio apreciaba una tierna devoción al Nombre de Jesús y en sus continuas misiones enseñaba a le gente que le rodeaba para escuchar las maravillas del Santo Nombre. Esto lo hacía con tal amor que las lagrimas caían de sus ojos y de los ojos de todos aquellos que lo escuchaban.
   
Les rogó que pusieran una estampa con este Divino Nombre en sus puertas. Esto fue asistido con los resultados más felices, para muchos, fueron salvados de enfermedades y desastres de varias clases.
    
Uno, desafortunadamente, no lo pudo hacer porque el dueño de la casa en que vivía, siendo judío, se negó rotundamente a que apareciera el Nombre de Jesús en la puerta. Él y otro huésped, decidieron, entonces, ponerlo en las ventanas, y así lo hicieron. Algunos días mas tarde, un furioso fuego irrumpió en el edificio que destruyó todos los apartamentos que pertenecían al judío; pero las habitaciones de los vecinos cristianos no sufrieron ningún daño.
   
Este hecho fue hecho público e incrementó la fe y confianza en el Santo Nombre de nuestro Salvador. De hecho, toda la ciudad de Ferrajo fue testigo de esta extraordinaria protección.
   
San Edmundo tenía una devoción especial al Nombre de Jesús, que el mismo Nuestro Señor le enseñó. Un día, cuando él estaba en el campo separado de sus compañeros, un hermosos niño se puso a su lado y le preguntó: “¿Edmundo, me conoces?”. Edmundo contestó que no.
    
Entonces el niño replicó: “Mírame y verás quien soy yo”. Edmundo lo miró como le mandó y vio escrito en la frente del Niño: “Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos”. “Sabes quien soy” le dijo el Niño. “Todas las noche haz la señal de la cruz y di estas palabras: “Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos”. Si así lo haces, esta oración te liberará y a todo el que la diga, de una repentina y súbita muerte”.
   
Edmundo hizo fielmente lo que Nuestro Señor le dijo. El demonio, una vez trató de impedirle, agarrándole las manos para que no pudiera hacer la señal de la cruz. Edmundo invocó el Nombre de Jesús y el demonio huyó de terror, sin molestarle más en el futuro.
   
Mucha gente practica esta fácil devoción y así se salva de muertes infelices. Otras, con su dedo índice, imprimen con agua bendita en sus frentes las cuatro letras “I.N.R.I.”, que significa Jesus Nazarénus Rex Judæórum, las palabras escritas por Pilato en la Cruz de Nuestro Señor.

San Alfonso recomienda con fervor ambas devociones.

Santa Francisca de Roma disfrutaba del extraordinario privilegio de ver y hablar constantemente con su Ángel de la Guarda. Cuando ella pronunciaba el Nombre de Jesús, el Ángel estaba radiante de felicidad y se agachaba en ferviente adoración.
   
Algunas veces el demonio se atrevió a aparecérsele buscando el amedrentarla y hacerle daño. Pero cuando ella pronunciaba el Santo Nombre, se llenaba de rabia y odio y huía con terror de su presencia.
    
Santa Juana Francisca de Chantal, la más querida amiga de San Francisco de Sales, tenía muchas devociones hermosas enseñadas por este Santo Doctor, que por muchos años actuó como su director espiritual. Ella amó tanto el santo Nombre que lo escribió con una plancha caliente en su pecho. Beato Enrique Suso hizo lo mismo con un palo de acero puntiagudo.
   
No podemos aspirar a estos santos atrevimientos; con razón nos faltaría la fortaleza de grabar el Santo Nombre en nuestro pecho. Esto necesita una inspiración especial de Dios, pero podemos seguir el ejemplo de otra querida Santa como la Beata Catalina de Racconigi, una hija de Santo Domingo, que repetía frecuente y fervorosamente el Nombre de Jesús, así que después de su muerte el Nombre de Jesús fue grabado con letras de oro en su corazón. Todos podemos hacer como ella hizo y entonces el nombre de Jesús será blasonado en nuestras almas por toda la eternidad al lado de los Ángeles y los Santos en el Cielo.
   
Santa Gema Galgani. Casi en nuestros días, esta querida muchacha Santa también tenía el privilegio de conversar frecuente e íntimamente con su Ángel de la Guarda. Algunas veces el Ángel y Gema se retaban en santa batalla a ver cual de ellos decía con más fervor el Nombre de Jesús.
   
Sus entrevistas con el Ángel eran de naturaleza simple y familiar, hablaba con él, observaba su cara, le hacía muchas preguntas a las cuales él respondía con inefable amor y afecto.
  
Él llevó mensajes de ella a Nuestro Señor, a la Santísima Virgen y a los Santos y le trajo sus respuestas.
   
Además, este glorioso Ángel llevó a cabo el más tierno de los cuidados a su protegida. Él la enseñó a rezar y meditar especialmente en la Pasión y sufrimiento de Nuestro Señor. Le dio admirables consuelos y amables reprimendas cuando cometía alguna pequeña falta. Bajo su tutela, Gema alcanzó rápidamente un alto grado de perfección.
   
*
  
Capítulo 8: LA DOCTRINA DEL SANTO NOMBRE
Explicaremos ahora la doctrina del Santo Nombre –el capitulo más importante de este libro para mostrar a nuestros lectores de donde viene el poder y el divino valor de este Nombre y cómo los santos obraron maravillas por Él y cómo nosotros podemos obtener por su eficacia todas las bendiciones y gracias.
   
Puedes preguntar, querido lector, ¿cómo puede ser que una sola palabra pueda obrar tales prodigios? Contesto que con una palabra Dios hizo el mundo. Con su palabra, Él hizo de la nada el sol, la luna, las estrellas, las altas montañas, y los vastos océanos. Por su palabra sostiene la existencia del universo.
   
¿No hace el sacerdote también, en la Santa Misa, el prodigio de prodigios? ¿No transforma la pequeña hostia blanca en el Dios del Cielo y de la tierra con las palabras de la Consagración? Y aunque Dios solamente puede perdonar los pecados, ¿no lo hace el sacerdote también en el confesionario perdonando los más negros pecados y los más espantosos crímenes? ¿Cómo? Porque Dios da a sus palabras infinito poder.
   
Así, también Dios, en su inmensa bondad da a cada uno de nosotros una palabra todopoderosa con la cual podemos hacer maravillas por Él, para nosotros mismos y para el mundo. Esa palabra es “Jesús”.
   
Recuerda lo que San Pablo nos dice: “Este es el nombre por encima de todo nombre”, y que “…al Nombre de Jesús doblan las rodillas todas las criaturas del cielo, tierra e infierno”.
   
Pero, ¿por qué? Porque “Jesús” significa Dios hecho hombre. Por ejemplo, en la Encarnación cuando el Hijo de Dios se hace hombre, es llamado Jesús así que cuando decimos “Jesús” ofrecemos al Eterno Padre el infinito amor y los méritos de Jesucristo. En una palabra, Le ofrecemos Su Santísimo Hijo Divino, Le ofrecemos el gran Misterio de la Encarnación. Jesús es la Encarnación.
  
¡Que pocos son los cristianos que tienen una idea adecuada de este misterio sublime y sin embargo es la mayor prueba que Dios nos ha dado, o pudiera darnos, de Su amor personal para nosotros! Esto lo es todo para nosotros.
   
LA ENCARNACIÓN
Dios se hizo hombre por amor a nosotros, pero ¿de qué nos sirve si no entendemos este amor?
   
Dios, el Infinito, el Inmenso, Eterno, el Dios Todopoderoso, el Creador Omnipotente, el Dios que llena el Cielo con su Majestad, su Grandeza y se hace niñito para ser como nosotros y así ganar nuestro amor.
   
Él entró en el vientre puro de la Virgen María y allí se echó escondido por nueve meses enteros. Entonces nació en un establo entre dos animales. Era pobre y humilde. Pasó 33 años trabajando, sufriendo, rezando, enseñando su hermosa Religión, obrando milagros, haciendo bien a todos. Él hizo todo esto para probar su amor por cada uno de nosotros y así nos obliga a amarle.
   
Este estupendo acto de amor ha sido tan grande que incluso ni los más altos ángeles de cielo pudieron concebir que esto fuera posible si Dios no se los hubiera revelado.

Fue tan grande que los judíos, el pueblo escogido por Dios, que estaban esperando a un Salvador se escandalizaron al pensar que Dios pudiera hacerse tan humilde.
   
Los filósofos gentiles, a pesar de su supuesta sabiduría, dijeron que era una locura el pensar que Dios Omnipotente pudiera hacer tanto por amor a los hombres.
   
San Pablo dice que Dios gastó todo su poder, sabiduría y bondad haciéndose hombre por nosotros: “Él se desgastó”.
  
Nuestro Señor confirma las palabras del Apóstol cuando dice: ¿Qué más puedo hacer? Todo esto lo hizo Dios no por todos los hombres en general, sino por cada uno de nosotros en particular. Piensa, piensa en esto.
   
Lo crees, lo entiendes, querido lector, que Dios te quiere tanto, tan íntimamente, tan personalmente. ¡Que alegría, que consolación! Si realmente supieras y sintieras que este Gran Dios te quiere –a ti- tan sinceramente!
   
Nuestro Señor ha hecho aún más, nos ha dado todos sus méritos infinitos para que así podamos ofrecerlos al Eterno Padre tan a menudo como queramos, cientos o miles de veces al día.
  
Y eso es lo que podemos hacer cada vez que decimos “Jesús” si solamente recordamos lo que estamos diciendo.
   
Estarás, quizás, sorprendido de esta maravillosa doctrina. ¿Nunca lo has oído antes? Pero ahora por lo menos ya sabes las infinitas maravillas del Nombre de “Jesús”. Di este Santo Nombre constantemente. Dilo devotamente. Y en el futuro, cuando digas “Jesús”, recuerda que estás ofreciendo a Dios todo el infinito amor y los méritos de Su Hijo. Tú estás ofreciéndole Su Divino Hijo. No puedes ofrecer nada más santo, nada mejor, nada que más le agrade, nada más meritorio para ti.
  
Qué desagradecidos son aquellos que nunca dan gracias a Dios por todo lo que Él ha hecho por ellos. Hombres y mujeres que viven 30, 50, 70 años y nunca piensan en agradecer a Dios por Su maravilloso amor.
   
Cuando dices el Nombre de Jesús, recuerda también agradecer a nuestro Dulce Salvador por Su Encarnación.
   
Cuando estaba en la tierra, curó diez leprosos de su odiosa enfermedad. Estaban tan contentos que se marcharon llenos de alegría y felicidad, pero ¡solamente uno volvió para darle las gracias! Jesús estaba dolido y dijo: “¿Dónde están los otros nueve?” No tendría que sentir tristeza y dolor con mucha más razón, que le agradecemos tan poco por lo que Él ha hecho por nosotros en la Encarnación y en Su Pasión.
   
Santa Gertrudis solía agradecer a Dios a menudo con una pequeña jaculatoria, por su bondad, en haberse hecho hombre por ella. Nuestro Señor se le apareció un día y le dijo: “Mi querida hija, cada vez que tú honras mi encarnación con esa pequeña plegaria, vuelvo a mi Eterno Padre y le ofrezco todos los méritos de la Encarnación por ti y por todos los que hacen como tú”.
   
¿No tendríamos que tratar de decir: “Jesús, Jesús, Jesús” a menudo? Seguramente recibiríamos esta maravillosa gracia.

LA PASIÓN
El segundo significado de la palabra “Jesús” es “Jesús muriendo en la Cruz”. San Pablo nos dice que Nuestro Señor mereció este Santísimo Nombre por sus sufrimientos y muerte.
    
Entonces, cuando decimos “Jesús” deberíamos de ofrecer también la Pasión y Muerte de Nuestro Señor al Eterno Padre por su excelsa gloria y por nuestras propias intenciones.
    
Nuestro Señor se hace hombre por cada uno de nosotros, como si fuéramos el único hombre sobre la tierra. Así que Él murió no por todos los hombres en general, sino por cada uno en particular. Cuando Él estaba colgado de la cruz me vio a mí y te vio a ti, querido lector, y ofreció todas las angustias de su horrible agonía, cada gota de su Preciosa Sangre, todas sus humillaciones, todos los insultos y atrocidades. Él las ofreció por ti, por mí, ¡por cada uno de nosotros! Él nos dio todos estos méritos infinitos como si fueran nuestros. Podemos ofrecer cientos y cientos de veces al día al Eterno Padre –por nosotros mismos y por el mundo.
   
Hacemos esto, cada vez que decimos “Jesús”. Al mismo tiempo damos gracias a Dios por todo lo que ha sufrido por nosotros.
   
Llama la atención que muchos cristianos sepan tan poco del Santo Nombre y de todos sus significados. Como resultado, están perdiendo sus preciosas gracias todos los días y están perdiendo los más grandes premios en el Cielo. ¡Triste, deplorable ignorancia!
     
CÓMO PARTICIPAR EN 500.000 MISAS
La tercera intención que debemos tener al decir “Jesús” es ofrecer todas las Misas que se han dicho en todo el mundo por la Gloria de Dios, por nuestras propias necesidades y por el mundo en sí. Alrededor de 500.000 Misas son celebradas diariamente, y nosotros podemos y deberíamos participar en todas.
    
La Misa nos trae a Jesús. Él, de nuevo, se hace hombre. Se renueva la Encarnación en cada Misa tan realmente como cuando se hizo hombre en el vientre de su Madre. También se sacrifica en el altar tan real y verdaderamente como lo hizo en el Calvario aunque de una manera mística, sin sangrar. La Misa se dice no solamente para los que asisten a ella en la iglesia, sino para todos que desean oírlo y ofrecerlo con el sacerdote.
   
Todo lo que tenemos que hacer es decir con reverencia “Jesús, Jesús” con la intención de ofrecer estas Misas y participar en ellas.
   
Es una gracia maravillosa asistir y ofrecer una Misa, pero ¿no sería mejor ofrecer y compartir en 500.000 Misas todos los días?
   
Entonces, cada vez que digamos “Jesús”, sea esta nuestra intención:
  1. Ofrecer a Dios todo el infinito amor y méritos de la Encarnación.
  2. Ofrecer a Dios la Pasión y Muerte de Jesucristo.
  3. Ofrecer a Dios todas las 500.000 Misas celebradas en el mundo – por su gloria y nuestras propias intenciones.
   
Todo lo que tenemos que hacer es decir la palabra “Jesús”, pero sabiendo lo que hacemos.
   
Santa Matilde estaba acostumbrada a ofrecer la Pasión de Jesús en unión con todas las Misas del mundo por las ánimas del Purgatorio.
   
Nuestro Señor le mostró una vez el Purgatorio abierto y miles de almas subían al cielo como resultado de su pequeña oración.
   
Cuando decimos “Jesús” podemos ofrecer la Pasión y las Misas del mundo no solamente por nosotros sino por las ánimas del Purgatorio y por la intención que queramos.
   
Siempre habrá que ofrecerlas por el mundo entero y por nuestro propio país en particular.

*
    
Capítulo 9: PODEMOS PEDIRLO TODO EN EL NOMBRE DE JESÚS
Los ángeles son nuestros más queridos y mejores amigos, y son los que están más preparados y pueden ayudarnos en toda dificultad y peligro.
   
Es una pena que muchos Católicos no conocen, ni aman, ni piden la ayuda de los ángeles. La manera más fácil de hacerlo es decir el Nombre de Jesús en su honor. Esto les da gran alegría y ellos, como respuesta, nos ayudará en todos nuestros problemas y nos salvarán de muchos peligros.
   
Digamos el Nombre de Jesús en honor de todos los ángeles, pero especialmente en honor de nuestro querido ángel de la guarda, que tanto nos quiere.
   
Nuestro Dulce Salvador está presente en millones de Hostias consagradas en innumerables iglesias católicas del mundo. Durante muchas horas al día y durante las largas horas de la noche, Él es olvidado y dejado solo.
   
Podemos hacer mucho para consolarle y confortarle diciendo: “Jesús te quiero, te adoro en todas las Hostias consagradas del mundo, y te doy gracias con todo mi corazón por haberte quedado en todos los altares del mundo por amor nuestro”. Entonces di veinte, cincuenta veces o aun más el Nombre de Jesús con esta intención.
   
Podemos hacer la más perfecta penitencia por nuestros pecados ofreciendo la Pasión y Sangre de Jesús muchas veces al día con esta intención. La Preciosa Sangre purifica nuestras almas y nos eleva a un alto grado de santidad. ¡Es todo tan fácil! Tenemos solamente que repetir amorosamente, alegremente y con reverencia “Jesús, Jesús, Jesús”.
   
Si estamos tristes o deprimidos, si estamos preocupados con miedo y dudas, este Divino Nombre nos dará una deliciosa paz. Si somos débiles e indecisos nos dará nueva fuerza y energía.
   
Cuando Jesús estaba en la tierra, ¿no vino a consolar y confortar a todos aquellos que eran infelices? Aun lo hace todos los días por aquellos que lo piden. Si estamos sufriendo por problemas de salud y tenemos dolores, si alguna enfermedad está afectando nuestro pobre cuerpo, Él puede curarnos. ¿Acaso Él no curó a los enfermos, los cojos, los ciegos, los leprosos? ¿No nos dijo: “Venid a mí vosotros los que estáis cansados, y abrumados que yo os aliviaré”? Muchos podrían tener buena salud si solamente pidieran a Jesús por ella. No obstante, consulta a los médicos, usa los remedios que te den pero por encima de todo ¡pídele a Jesús!
   
El Nombre de Jesús es la más corta, la más fácil, la más poderosa de todas las plegarias. Nuestro Señor nos dice que podemos pedir al Padre en Su Nombre, por ejemplo, en el Nombre de Jesús, y recibiremos. Todas las veces que decimos “Jesús”, estamos diciendo una fervorosa oración por todo, todo lo que necesitamos.
  
Las ánimas del Purgatorio. Es muy lamentable que muchos Cristianos olviden y abandonen a las ánimas del Purgatorio. Es posible que algunos de nuestros más queridos amigos estén sufriendo en este terrible fuego, esperando nuestras oraciones y ayuda –que pudiéramos dársela tan fácil y no se la damos.
   
Tenemos pena de los pobres que vemos en las calles, por los hambrientos y por aquellos que sufren. Nadie sufre más terriblemente como las ánimas de Purgatorio por el fuego, como Santo Tomas nos dice, ¡es lo mismo que el fuego del infierno!
   
¿Con qué frecuencia, querido lector, rezas tú por las ánimas? ¡Días, semanas, quizás meses pasan y haces poco por ellas o quizás nada!
   
Puedes ayudarlas fácilmente si dices con frecuencia el Nombre de Jesús, porque a) tú así ofreces por ellas la Preciosa Sangre y sufrimientos de Jesucristo, como hemos explicado, b) ganas 300 días de indulgencia cada vez que dices “Jesús”.
    
Ten la costumbre de repetir el Santo Nombre a menudo y podrás como Santa Matilde aliviar miles de almas que desde entonces no cesarán de rezar por ti con increíble fervor.
   
EL ESPANTOSO CRIMEN DE LA INGRATITUD
Damos las gracias a nuestros amigos efusivamente por cualquier pequeño favor que nos hacen. Pero olvidamos o abandonamos el dar gracias a Dios por Su inmenso amor hacia nosotros, por haberse hecho hombre por nosotros, por morir por nosotros, por todas las Misas que podemos oír, y las Sagradas Comuniones que podemos recibir –y no recibimos. ¡Que negra ingratitud!
   
Repitiendo a menudo el Nombre de Jesús, corregimos esta grave falta y agradecemos a Dios y le damos gran gozo y gloria.
   
¿No desearías dar alegría a Dios? ¿Quieres? Entonces, querido amigo, agradece, agradece a Dios. Él está esperando tus agradecimientos.
   
DIOS AMA A CADA UNO
Hemos dicho que Nuestro Señor en los espantosos sufrimientos de Su Pasión, en la agonía en el huerto, cuando estaba colgando de la cruz, nos vio a todos y ofreció –por cada uno de nosotros- todos los dolores y cada gota de Su Preciosa Sangre.
   
¿Puede ser posible que Dios es tan bueno que piensa en cada uno de nosotros, que nos ame tanto? Nuestros pobres corazones y mentes son pequeñas y corrompidas y encuentran difícil el creer que Dios pueda ser tan bueno, que se preocupa por nosotros. Pero Dios, como es omnipotente, infinitamente sabio, es también infinitamente bueno, generoso y amable. Para entender cómo Dios pensó en cada uno de nosotros durante su Pasión cuando estaba colgado en la cruz, solamente tenemos que recordar lo que pasa en las millones de Sagradas Comuniones recibidas todos los días.
   
Dios viene a cada uno de nosotros con toda la plenitud de la Divinidad. Él entra dentro de cada uno de nosotros tan entero y completamente como está en el Cielo. Él viene a cada uno de nosotros como si esa persona fuera la única que le recibiera ese día. Él viene con un infinito amor por nosotros mismos. Así lo creemos todos.
  
¿Cómo entra dentro de nosotros? Él no solamente entra en nuestra boca y nuestros corazones –Él viene dentro de nuestras almas. Se une a nuestras almas tan íntimamente que se hace en una manera admirable uno con nosotros.
  
Pensemos por un momento en cómo el Gran, Omnipotente y Eterno Dios está en nuestras almas en la forma más intima posible y que está allí con todo Su infinito amor, que se queda allí, no por un momento sino por cinco, diez o más minutos -y esto no solamente una vez sino todos los días si así lo deseamos.
   
Si pensamos y entendemos esto será fácil ver cómo Él ofreció todos sus méritos y todos sus sufrimientos por cada uno de nosotros.
   
EL DEMONIO Y EL NOMBRE DE JESÚS
El peor mal, el más grave peligro que nos amenaza a cada uno de nosotros todos los días y todas las noches de nuestras vidas, es el diablo.
   
San Pedro y San Pablo nos avisan en el más fuerte lenguaje tener cuidado con el diablo, está usando todo su tremendo poder, su gran inteligencia, para arruinarnos y hacernos daño en todas las formas. No hay peligro o enemigo en el mundo que temer como deberíamos temer al diablo.
   
Él no puede atacar a Dios, así que vuelve todo su implacable odio y malicia contra nosotros. Nosotros estamos destinados a ocupar los tronos que él y los otros malos ángeles perdieron y eso le anima su furor. Muchos tontos e ignorantes católicos nunca piensan en esto. Nunca se cuidan en defenderse y dejan que el diablo les provoque infinito daño y les cause indecibles sufrimientos.
   
Nuestro mejor y más fácil remedio es el Nombre de Jesús. Echa al demonio volando de nuestro lado y nos salva de innumerables males.

Oh, queridos lectores, decid constantemente este poderoso Nombre y el demonio no podrá haceros daño. Decidlo en todos los peligros, en todas las tentaciones. Despertad, si habéis estado durmiendo. Abrid los ojos al terrible enemigo que está siempre asechando vuestra ruina.

Los sacerdotes debieran predicar en este importante asunto. Tendrían que aconsejar a sus penitentes en el confesionario en contra del diablo. Aconsejen a la gente cómo evitar malas compañías, que puedan encaminarles a llevar malas vidas. La influencia del demonio es incomparablemente más peligrosa aún.
   
Los maestros, catequistas y madres debieran constantemente avisar a sus niños en contra del diablo. ¡Aun así, todos sus esfuerzos serán pocos!
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NOTA DEL EDITOR
* E. D. M. significa “Enfant de Marie” (Hijo de María), título que el padre Paul O’Sullivan se dio a sí mismo.

1. Aquí debemos mencionar a San Bernardino de Siena (1380-1444), un sacerdote Franciscano, que fue posiblemente el mejor propagador de la devoción del Santo Nombre de Jesús.
   
Los fervorosos sermones de San Bernardino atraían a un gran gentío de toda Italia cuando predicaba la devoción del Santo Nombre.

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