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lunes, 25 de octubre de 2021

EL “PABLO VI SECRETO” QUE ATERRABA A JEAN GUITTON

   
Ameritaría informarse por entero la parte del coloquio del 9 de Septiembre de 1976 en el cual Guitton y Pablo VI hablan de Mons. Lefebvre y de la cuestión de Écône (argumento que fue tratado casi totalmente en el capítulo decimotercero*) [1]. De las palabras de Pablo VI emerge sobre todo un conocimiento muy parcial de qué realmente estaba haciendo el obispo francés y cuáles fuesen sus posturas en la crisis en la Iglesia. Guitton resalta que el mismo Pontífice, afable y comprensivo con los progresistas, se volvía improvisamente severo e intransigente cuando se trataba de quien no había aceptado las novedades conciliares: «Conversación patética. Rostro del papa severo. Está sentado sobre una poltrona sobreelevada. Por primera vez lo oigo hablar como papa. Me dice que él representa en la Iglesia la autoridad suprema. No sé por qué, me espanta estar solo con él, como si fuese no más un amigo sino un juez» (pág. 139).
  
Desarrollándose la conversación de la cuestión de Écône (cfr. págs. 139-146), Guitton le expone su parecer: «No se entiende por qué nunca había querido recibir a mons. Lefebvre, mientras que ha recibido a todos los cismáticos, herejes y no creyentes; muchos se maravillan que Vd. sea tan duro con mons. Lefebvre, mientras que es tan condescendiente con aquellos que son mucho más desobedientes para con Vd., después que bajo la cubierta del concilio socavan la Iglesia. Me pongo por este punto de vista puramente exterior, por el cual pienso que sería un signo conceder un encuentro con mons. Lefebvre» (pág. 140). El razonamiento es inteligente y realza la contradicción de la apertura y del diálogo… hacia todos, excepto hacia los “tradicionalistas”. Mas el Papa no cede y Guitton lo reprueba: «Si él le dijese: “Me arrepiento, y hago la debida enmienda”, ¿rehusaría recibirlo?». Replica el Pontífice: «Es una hipótesis puramente ideal, abstracta, que no corresponde a la realidad concreta de los hechos. Ciertamente, se puede siempre esperar en un milagro de la gracia, un suceso absolutamente improbable. En este caso, le abro los brazos. Mas en este momento no veo algún signo de un arrepentimiento: veo al contrario los signos opuestos». Guitton intenta entonces resaltar que «la cuestión de Écône no es local […], es en causa simbólicamente todo el problema de la tradición» y que, también, «otros obispos desobedecen con astucia, por ejemplo cubriendo con la propia autoridad hechos escandalosos, criticando las palabras de la Santa Sede sobre la moral sexual…» [2]. El Papa, entonces, para justificar su rechazo de recibir a Mons. Lefebvre recurre a los extraños argumentos: «Si lo recibo, aprovechará para injuriarme; después, para deformar mis palabras». Observa Guitton: «[…] Es difícil suscribir el texto del concilio sobre el ecumenismo y condenar a mons. Lefebvre a no ser nunca recibido por Vd.: él se encuentra en la misma situación que los obispos cismáticos con los cuales Vd. mantiene correspondencia; como el mes pasado Vd. se carteó con el arzobispo de Canterbury a propósito de la ordenación de las mujeres […]» [3].
  
Claramente, en realidad mons. Lefebvre no tiene nada en común con los anglicanos o los otros cismáticos. Fue simplemente un Obispo ligado a su papel de transmitir la doctrina Católica y profundamente fiel al Papado. Aun así, las palabras de Guitton son útiles para realzar la contradicción típica de aquellos ecuménicos que en el mismo instante en que profesan apertura, diálogo y unión, cierran todas las puertas a quien, por contrario al ecumenismo, está en desacuerdo con ellos.
   
El filósofo prosigue: «[…] Se habla de la iglesia conciliar como si esta iglesia eclipsase cuanto existía antes. Ahora, si la iglesia conciliar cancela y modifica en puntos esenciales a la iglesia precedente, reconoce que en el pasado ha podido errar. Y, si ella ha errado en el pasado, ¿por qué no podrá errar actualmente y en el futuro?». Análisis lúcido y perspicaz. Pablo VI responde: «Considere la reforma litúrgica. Voy aún más lejos que Vd. No solo hemos mantenido todo el pasado, sino que hemos encontrado la fuente que es la tradición más antigua, la más primitiva, la más cercana a los orígenes. Ahora, esta tradición fue oscurecida en el curso de los siglos, y particlarmente en el concilio de Trento» [4].
  
Se avanza a creer que un Papa pueda haber pensado esto de un Concilio dogmático de la Iglesia… Según él, ¡el Concilio de Trento precisamente eclipsó la “tradición más antigua” y más pura de la Iglesia! Además, es una imprecisión histórico-litúrgica, a pesar del nombre un poco restrictivo, que el rito “tridentino” de la Misa naciera con el Concilio de Trento: esencialmente se remonta a los primeros siglos del Cristianismo, se ha enriquecido a la par con la historia de la Iglesia y San Pío V después del Concilio de Trento se limitó a “canonizarlo”.
     
Guitton, entonces, le somete la propuesta de conceder al menos la autorización de la Misa tridentina por un período experimental y provisional, basándose en el hecho que el Concilio nunca había pretendido abolirla. «El papa me dice severamente: “¡Esto jamás! Puesto que se trata de una mala disputa, porque el canon de San Pío V lo he conservado en la nueva liturgia, donde está en el primer lugar”. – “Pero no se trata del canon. Se trata del ofertorio, donde, en la nueva liturgia, la idea de sacrificio parece restringida” [5]. – “Reconozco que la diferencia entre la liturgia de San Pío V y la liturgia del concilio (frecuentemente llamada, no sé porqué, liturgia de Pablo VI) es muy pequeña [!]. En apariencia, la diferencia se apoya en una sutileza. Mas esta misa llamada de San Pío V, como se ve en Écône, deviene el simbolo de la condena del concilio. Ahora, no aceptaré nunca en ninguna circunstancia que se condene el concilio por medio de un símbolo. Si fuese acogida esta excepción, el concilio entero arriesgaría vacilar”».
  
Como también mons. Lefebvre comentara, es muy indicativo que Pablo VI viese en el retorno a la Misa tradicional la impugnación del Concilio. Conviene recordar siempre este vínculo estrechísimo e inescindible entre el rito de la Misa y la eclesiología sobre la cual se funda y que debe transportar (lex orándi, lex credéndi), especialmente en estos tiempos en que por más partes se ha llegado a disociar la Misa tridentina de la doctrina correspondiente, reduciendo en tal modo el rito antiguo a una suerte de “museo de estética” [6].
  
Leamos alguna última confidencia a Guitton: «Vd. adivina, Vd. que es un amigo, que yo estoy pronto a perdonar: en todo momento y totalmente. Pero con una condición, y es esto lo que importa. La condición es que mons. Lefebvre sea sincero en su arrepentimiento. Ahora, creo en cambio que no es sincero, que sería víctima di un engaño. […] Es necesario un cambio real, una larga maduración, una convergencia de pruebas […]. Entonces habría una presunción de sinceridad; hoy no la veo».
  
Confrontemos ahora estas palabras, tan duras e inflexibles, con aquellas que usaba en cambio ante los desobedientes holandeses que se oponían públicamente a la encíclica Humánæ vitæ [7]: «[…] Tal vez tenga la ocasión de ir pronto a Holanda. Diga entonces a los fieles, aun si ellos no obedecen al papa y non me aman, no es verdad lo contrario: el papa los ama» (pág. 89). ¿Dos pesos, dos medidas? Según Guitton no es un caso, sino un elemento parte de su carácter: «Pablo VI […] era a un tiempo (cosa paradójica) indeciso u autoritario» (pág. 13).
   
PADRE ANGELO CITATI FSSPX. “Paolo VI segreto. Le tribolazioni di un Papa” (Pablo VI Secreto. Las tribulaciones de un Papa), fragmento. Revista LA TRADIZIONE CATTOLICA (Fraternidad Sacerdotal San Pío X - Distrito de Italia), año XXI, n.º 75, segundo semestre de 2010, págs.  34 - 43. Traducción propia.
 
NOTAS DEL TRADUCTOR ESPAÑOL
* Las páginas son tomadas de JEAN GUITTON, “Paolo VI segreto”, San Pablo, Milán 1985, 4.ª Edición (2002).
[1] La conversación de Jean Guitton con Montini tuvo lugar el 9 de Septiembre de 1976 en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo, dos días antes de la audiencia a Mons. Marcel Lefebvre en ese mismo lugar.
[2] Guitton alude al rechazo que hacia la encíclica “Humánæ Vitæ” mostraron las Conferencias Episcopales de Alemania, Austria Bélgica, Escandinavia (Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia e Islandia), Francia, Holanda, Indonesia, Inglaterra y Gales, Rodhesia (Zimbabue), Suiza, Canadá (esta emitió la “Declaración de Winnipeg” el 28 de Septiembre de 1968, redactada por Remi Joseph De Roo Depape, entonces obispo de Victoria, CB) y Estados Unidos (que en su ambivalente carta pastoral “La vida humana en nuestros días” del 15 de Noviembre de 1968 dedicó un capítulo para las “Normas para el legítimo disenso”, señalando que este era legítimo «sólo si las razones son serias y fundadas, si la forma del disenso no cuestiona o impugna la autoridad docente de la Iglesia y es tal que no dé escándalo»), los cardenales Leo Jozef Suenens Janssens de Malinas (que consideró la encíclica como anticolegial y calificó la condena montiniana a los anticonceptivos como “un segundo caso Galileo”, y en Marzo de 1969 escuchó a Montini decir: «Sí, orad por mí; debido a mis debilidades, la Iglesia está mal gobernada»), Josef Richard Frings Sels de Colonia, Carlo María Martini Maggia SJ de Milán, Franz König Fink de Viena (que en un debate con Ratzinger, dijo: «Aquí [sobre el control de la natalidad] hemos acabado en un cuello de botella sobre todo por la distinción (puesta en duda incluso por la medicina) entre lo artificial y lo natural, como si incluso desde el punto de vista moral lo que es importante es la treta de engañar a la naturaleza»), el obispo auxiliar de Westminster –convertido del anglicanismo– Basil Edward (en religión Christopher) Butler Bowman OSB (que le negó el obséquium, la sumisión) y al patriarca de Venecia Albino Luciani Tancón (futuro Juan Pablo I. Le sugirió a Montini en Abril de 1968 que considerara el uso de la píldora del profesor Gregory Goodwin Pincus un método anticonceptivo “natural”, y como papa, nunca hizo alusión a la encíclica de marras). ¡Hasta el mismo Joseph Ratzinger confesó a su biógrafo Peter Seewald en “Últimas conversaciones” que estuvo conflictuado con el “razonamiento insatisfactorio” de “Humánæ Vitæ”!
[3] Entre el 9 de Julio de 1975 y el 23 de Marzo de 1976, Montini mantuvo correspondencia con el “arzobispo” cantuariense Frederick Donald Coggan Chubb, sucesor de Arthur Michael Ramsey Wilson (con el que Montini se había reunido diez años antes). Montini expresaba que la “ordenación” de mujeres «no puede dejar de introducir en este diálogo entre las iglesias un elemento de grave dificultad».
[4] Parece referirse al apócrifo “Canon de San Hipólito”, en que está basada la Plegaria Eucarística II del Novus Ordo. Nótese el arqueologismo condenado por Pío XII en la encíclica “Mediátor Dei”, tomado como bandera por los “reformadores” conciliares.
[5] En el Novus Ordo, el Ofertorio (considerado por Martín Lutero como una “abominación” en la cual se “percibe y se siente donde quiera la oblación”) fue removido del todo. Años después, el mismo Guitton reconoció: «La intención de Pablo VI  en lo que concierne a la liturgia, lo que se llama la vulgarización de la misa, era de reformar la liturgia católica de forma tal que coincida en algunas cosas con la protestante, con la Cena protestante. […] había en Pablo VI una intención ecuménica de borrar –o al menos de corregir, atenuar– lo que en ella hay de demasiado “católico”, en el sentido tradicional, en la misa, y de acercar la misa católica, lo repito, con la misa calvinista» (Debate en el programa dominical “Lumiere 101” de Radio Courtoise, 19 de Diciembre de 1993). Y en el mismo libro, «Al esfuerzo pedido a los hermanos separados para que se reúnan, debe corresponder el esfuerzo, otro tanto mortificante para nosotros, de purificar la Iglesia romana en sus ritos, para que devenga desiderable y habitable». (JEAN GUITTON, “Paolo VI segreto”, San Pablo, Milán 1985, 4.ª Edición 2002, pág. 59).
[6] Este fenómeno (también llamado “barroco litúrgico”) confunde la Tradítio (transmisión) de lo recibido desde antiguo (ἀρχαῖος) con el aferrarse subjetivamente a algo que ya no se utiliza por ἀρχαϊκός (arcaico). Dicho en pocas palabras, no les interesa la Doctrina, sino la Estética de las celebraciones litúrgicas. A ello se circunscriben las congregaciones ex-“Ecclésia Dei” y los presbíteros novusordianos que simulan la Misa Romana Tradicional o, cuando menos, usan ornamentos tradicionales y/o importan elementos tradicionales al servicio del Novus Ordo.
[7] El llamado “Nuevo Catecismo para Adultos” (más conocido como “Catecismo Holandés”), producido en 1996 por el jesuita Instituto Superior de Catequesis en Nimega bajo la dirección de Petrus Johannes Albertus Maria “Piet” Schoonenberg SJ (†1999) y Edward Heinricus Cornelis Florentius Alfonsus Schillebeeckx Calis OP (†2009) y que refleja la interpretación de los obispos neerlandeses de la doctrina deuterovaticana (con imprimátur por el cardenal Bernardus Johannes Alfrink Ossenvoort –el que le apagó el micrófono al cardenal Ottaviani durante su discurso–, arzobispo de Utrecht– dice:
«Se debe actuar con libertad en esta materia. Como es bien sabido, hay varios métodos de regulación o limitación de los nacimientos. Característica común de todos ellos es que permiten la unión sexual sin que se siga la concepción. El Concilio Vaticano II no se pronunció en concreto de ninguno de estos métodos en el capítulo correspondiente de su constitución sobre “La Iglesia y el mundo”. Esta es una posición distinta de la que adoptó hace treinta años el papa Pío XI y que fue continuada por su sucesor. Podemos reconocer en esto una evolución evidente en el seno de la Iglesia, evolución que, por lo demás, se ha cumplido también fuera de la comunidad eclesial» (Traducción española, Herder 1969, pág. 385).
Ante las denuncias por parte de 25 fieles y sacerdotes sobre el carácter neomodernista del “Catecismo Holandés” (repetía los mismos errores condenados por San Pío X, pero con argumentos más sofisticados), Montini reunió a varios cardenales para analizarlo, encontrando muchos más errores de los señalados por los denunciantes, y redactaron una serie de correcciones que debían incluirse como apéndice, pero el Instituto Superior de Catequesis en Nimega se negó a aceptarlas, y Montini nunca más intervino sobre el asunto (tampoco en cuanto al “Concilio pastoral de la Provincia Eclesiástica Holanda” entre 1967 y 1969, dirigido por Johannes Jacobus Oscar –en religión Walter– Goddijn OFM y que promulgó errores peores que el herético Sínodo de Pistoya de 1786). Ambas situaciones fueron síntoma del ultramodernismo de la hoy moribunda Iglesia conciliar neerlandesa.

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