«Creo que nuestro Dulce Cristo en la tierra [el Papa] debería desarraigar dos cosas por las que se echa a perder la esposa de Cristo [la Santa Iglesia]. Una es la excesiva ternura y cuidado de los parientes en lo que es preciso que él en todo y por todo se mortifique. La segunda es la excesiva lenidad en la superabundancia de misericordia. ¡Ay!, ¡ay! Esta es la causa de que los miembros [de la Iglesia] se pudran, o sea, por no corregir. Cristo lleva muy a mal en especial tres perversos vicios: la inmundicia, la avaricia y la engreída soberbia que reinan en la esposa de Cristo, es decir, en los prelados que no se preocupan mas que de deleites, cargos y grandísimas riquezas. Ven que los demonios infernales se llevan las almas de sus súbditos y no les da cuidado porque se han convertido en lobos y revendedores de la sangre de Cristo. Se necesita justicia para corregirlos porque la demasía en piedad es grandísima crueldad»
SANTA CATALINA DE SIENA, Carta a Gerardo de Puy (Cardenal sobrino de Gregorio XI y nuncio en Toscana).
La tibieza produce estos malos frutos entre el pueblo cristiano, en no pocas ocasiones relacionada con la veteranía de sus prelados, quienes necesitan del auxilio de sangre joven que renueve su celo apostólico. De lo contrario, corren el riesgo de desfallecer en su camino al Calvario y renunciar a la Cruz que un día prometieron llevar y defender.
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