miércoles, 25 de noviembre de 2020

MES DE MARÍA: DÍA DECIMONOVENO

*MES DE MARÍA - Día diecinueve*
*CONSAGRADO A HONRAR EL GOZO DE MARÍA POR LA RESURRECCION DE JESUS*

*Oración para todos los días del Mes*

¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.

*CONSIDERACIÓN*

Después de la tempestad el día brilla mas sereno y el sol se levanta en un cielo sin nubes. Pasada la tempestad que sumergió el corazón de María en las olas de la más amarga tribulación, brilló el día feliz en que le fue permitido contemplar a Jesús vivo y triunfante de la muerte y del infierno. Al clarear el alba del tercer día, Jesús rompe la losa de su sepulcro, derriba en tierra a los guardias que custodiaban el sepulcro y un ángel con radiante frente y blancas vestiduras se sienta allí para anunciar a las santas mujeres la fausta nueva de la Resurrección.
Entre tanto, María retirada en la soledad, suspiraba por el momento dichoso de ver a su Hijo resucitado como lo había predicho. «Mientras que oraba y derramaba dulces lagrimas, dice San Buenaventura, el Señor Jesús se le presenta repentinamente vestido de blanco, con la frente serena, hermoso, radiante de gozo y de gloria y le dice: «Dios te salve, madre mía.» -Ella, volviendo apresuradamente la vista y mirando a Jesús a su lado exclama en los transportes de su alegría: «¿Sois Vos Hijo mío? ¡Ah! ¡Cuánto tiempo que te aguardaba desolada, contando una a una las horas que re­tardaban este momento dichoso! -Yo soy, replicó Jesús, heme aquí resucitado y otra vez en tu compañía.-Después de adorarlo como a su Dios, María se levanta y anegada en la grimas de gozo, lo estrecha amorosamente y reposa sobre su corazón. Imaginándose tal vez que podía ser víctima de alguna ilusión, mira una y otra vez sus llagas para convencerse de que ya todo dolor y todo padecimiento se había alejado de él.»
La lengua humana es impotente para explicar el gozo de María al ver a su Hijo resucitado. Ese gozo sólo puede medirse por la intensidad de su dolor al verlo padecer. Imaginad, si podéis, cual seria el júbilo de una madre al encontrar al hijo que había perdido, al ver volver a la vida a aquel que había llorado muerto, al mirar sano al que había visto herido y despedazado. Es, sin duda, el mayor de los gozos que puede caber en el corazón de mujer, como el dolor de perder a un hijo único es el mayor dolor que puede soportar el corazón de madre.
El gozo que experimentó María en la Resurrección de Jesús nos manifiesta que en el mundo moral hay días de tribulación y días de gozo, horas sombrías y horas serenas. La tempestad, por ruda que sea, pasa al fin y la más dulce calma la sucede, y el gozo y el contento son tanto más intensos, cuanto fueron más acerbos el dolor y el sufrimiento. Esos dos licores de la copa de la vida, la tribulación y el contento, se suceden sin cesar.
Esta verdad, que nos enseña la experiencia, debe alentarnos para sufrir, porque sabemos que después del dolor soportado con resignación, Dios nos dará a probar una gota de esos celestiales consuelos en cuya comparación son humo y paja los goces de la vida. Pero, aunque no nos fuere permitido aquí en la tierra disfrutar de momentos de calma y de horas de alegría, podemos estar seguros de que en el cielo sobrenadaremos en gozo y anegados en dulcísima paz descansaremos para siempre a la sombra del árbol de la vida.

*EJEMPLO*

María, Puerta del cielo.

Cuéntase en la Vida de Sor Catalina de San Agustín que en la misma población en que residía esta sierva de Dios, vivía una mujer, llamada María, que desde su juventud habla sido por sus desórdenes el escándalo de la ciudad. La edad no habla hecho más que envejecería en el vicio; por lo mismo, su corrección se hacia cada día más difícil. Al fin, abandonada de Dios y de los hombres, murió la infeliz de una enfermedad espantosa, privada de Sacramentos y de todo socorro humano; de tal manera que se la juzgó indigna de ser sepultada en tierra bendita.
Tenía sor Catalina la piadosa costumbre de encomendar particularmente a Dios las personas conocidas que morían; pero con respecto ala pecadora de nuestra referencia, ni siquiera pensó en hacerlo, pues, participando de la opinión general, la suponía condenada. Hacia ya cuatro anos que aquella mujer había muerto cuando hallándose un día en oración la sierva de Dios, se le apareció un alma del purgatorio, y le dijo estas palabras:-Sor Catalina ¡qué desgracia es la mía! ¡ruegas por todos los que mueren, y sólo de mi pobre alma no has tenido compasión!.. ¿Y quién eres tú? le preguntó la santa religiosa.-Yo soy aquella pobre mujer, llamada María, que murió, hace cuatro años, abandonada en una gruta. - ¡Pues qué! ¿te has salvado? preguntó admirada sor Catalina.
-Sí; me he salvado, contestó el alma, por la inagotable misericordia de la Santísima Virgen.
En mis últimos momentos, viéndome abandonada de todos y culpable de tantos y tan enormes crímenes, me dirigí a la Madre de Dios, y la dije desde el fondo de mi corazón arrepentido: ¡Oh Vos, que sois el refugio de pecadores, tened compasión de mi; en el extremo de mi aflicción y desamparo, acudid a mi socorro!...
-No fue vana mi súplica, pues por la intercesión de María, que me alcanzó la gracia de un verdadero arrepentimiento, pude librarme del infierno. La clementísima Madre de Dios me ha alcanzado además la gracia de que mi pena sea abreviada, disponiendo la Divina Justicia sufra en intensidad lo que debía sufrir en duración. No me faltan más que algu­nas misas para verme libertada del Purgatorio: cuida tú de que me las apliquen, y te prometo que una vez en el cielo, no dejaré de rogar por ti a Dios y a su Santísima Madre.
Sor Catalina hizo aplicar las misas, y algún tiempo después aquella alma se le apareció de nuevo, brillante como el sol, y le dijo: -El cielo se me ha abierto ya, donde voy a celebrar eternamente las misericordias del Señor; pagaré con oraciones la merced que me has hecho.
Invoquemos nosotros a María durante nuestra vida para que Ella, que es la Puerta del cielo, nos asista en la hora de la muerte y nos introduzca en la mansión del gozo eterno.

*JACULATORIA*
Por tu Hijo resucitado
alejanos, dulce Madre,
de la muerte y del pecado.

*ORACIÓN*
¡Oh dulcísima Virgen María! después de haber contemplado tus dolores y de haberte acompañado en tus horas de desolación, permíteme que te acompañe también en tus horas de alegría. Nada hay mas grato al corazón de un hijo amante que asociarse A los dolores y gozos de su tierna madre, porque jamás puede ser un hijo indiferente A la suerte de la que lo engendró a la vida. Por eso, yo me gozo ¡oh María! de la gloria de Jesús y de la alegría que inundó su alma al verlo resucitado; yo me gozo del triunfo que alcanzó sobre la muerte y el pecado, porque el triunfo de tu Hijo es mi propio triunfo, la causa de mi alegría y la prenda de mi dulce esperanza. Alcánzame, Señora mía, la gracia de abrigar siempre en mi alma un odio intensísimo al pecado que fue la causa de los padecimientos de Jesús, y un santo horror por todo lo que puede acibarar tu corazón de madre. No más infidelidad y olvido de mis deberes: no más desprecio de las santas inspiraciones con que Dios me ha favorecido; no más ingratitud por sus beneficios y deslealtad en el servicio de mi Redentor. Llore yo siempre las manchas que afean la triste historia de mi vida y la negligencia con que he correspondido a los divinos llamamientos, para que alejando todo motivo de sufrimiento para Jesús y para tu corazón maternal, no sea en adelante, sino causa de tu alegría y de tus gozos. Amén.

*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*

1. Hacer una visita a la Santísima Virgen felicitándola por el gozo que tuvo al ver a su Santísimo Hijo resucitado.
2. Abstenerse cuidadosamente de toda falta venial deliberada.
3. Rezar siete Avemarías en honra de los gozos del Corazón de María.
*Oración final para todos los días*

  ¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.

martes, 24 de noviembre de 2020

MES DE NOVIEMBRE EN SUFRAGIO DE LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO - DÍA VIGESIMOQUINTO

Dispuesto por el canónigo Francesco Vitali, Arcipestre de Fermo, y publicado en Sevilla por la Imprenta y librería de D. Antonio Izquierdo en 1858. Reimpreso en Madrid en 1863.
   
  
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
Postrados en la presencia de Dios con el mayor fervor de espíritu, supliquémosle que nos asista en el ejercicio de esta sagrada devoción, diciendo:
Disponed, Señor, y confortad nuestras almas con la abundancia de vuestra gracia, para que penetrando en la penosa cárcel del Purgatorio, con afectos de fe, caridad y compasión podamos procurar a los fieles difuntos la mayor abundancia de sufragios que redunde en favor suyo, gloria vuestra y provecho de nuestras almas. Amén.
    
DÍA 25 DE NOVIEMBRE
MEDITACIÓN: OTRAS RAZONES PARTICULARES QUE NOS OBLIGAN A SOCORRER A LAS ALMAS DEL PURGATORIO.
     
PUNTO PRIMERO
El parentesco, la amistad y la gratitud, son titulos tan sagrados, que no se puede ni se deben olvidar nunca. La voz de la sangre habla siempre al corazón, y se hace oír en este mundo no menos que en el otro. Todos tenemos parientes aquí y allá: aquí están los vivos, allá los muertos; y a unos y a otros somos deudores de cierta caridad especial que la sangre reclama. «Quien no cuida de los suyos, decía San Pablo, es un bárbaro, un irracional ingrato, peor que los salvajes moradores de las selvas». Ahora bien; ¿qué almas pueblan el Purgatorio? Escudriñémoslo con los ojos del entendimiento. ¿No son las de nuestros antepasados, que tanto se afanaron por dejarnos riquezas; las de nuestros padres, que tan solícitos vivieron de nuestro bienestar y felicidad; las de nuestras madres, que emplearon en nosotros toda su ternura; las de nuestros hermanos y las de nuestras amorosas Esposas? ¿No son aquellas mismas con las cuales estábamos unidos con los vínculos más estrechos, y que con nosotros formaban una misma familia? ¿Y será posible que cerremos los ojos para no ver su desdicha, y que no nos mueva a compasión su doloroso estado?
   
PUNTO SEGUNDO
No es raro que se anteponga la amistad al parentesco, porque aquella suele adaptarse más a nuestra índole, y es hija de nuestra propia elección. El parentesco dice relación al cuerpo, y la amistad estrecha las almas y las conglutina de tal modo, que se hacen indivisibles. La muerte no puede ni debe apartarlas; cambia las relaciones de la amistad, pero no las destruye, pues si los amigos se hablaban en vida y se comunicaban de una manera material favoreciéndose mutuamente, separados por la tumba deben continuar los recíprocos oficios de su sincero cariño por medio de una memoria indeleble y fecunda en emplear los arbitrios de la Religión para conseguir la eterna bienaventuranza. Quien abandona a sus amigos en la miseria es un desnaturalizado, es un impío. «Amaba yo en vida con verdadera ternura a Teodosio, decía San Ambrosio, y él me correspondia con igual afecto, si la muerte me lo ha arrebatado, no por eso dejará mi amor de seguirle al otro mundo, ni le abandonará nunca mi activa piedad hasta que con mi llanto y oraciones le alcance la vida eterna». He aquí, ¡oh amigos!, un ejemplo que habeis de imitar.
     
PUNTO TERCERO
No solo por nuestros parientes y amigos, también por nuestros bienhechores debemos hacer especiales sufragios. Los beneficios deberían imprimir en nuestro ánimo un sentimiento de eterna gratitud, pues merecer el renombre de ingrato es un ominoso oprobio cuando hasta las bestias se muestran agradecidas a sus bienhechores, y el ingrato se hace de peor condición que ellas degradándose sobremanera. Y ¿quién hay que pueda vanagloriarse de no haber recibido beneficio alguno de los difuntos? La conservación de nuestra vida, el alimento que nos sostuvo, la educación que cultivó nuestro entendimiento y corazon, los honores que ostentamos y las riquezas con que contamos para lo venidero, ¿no son otros tantos beneficios de los que nos han precedido en el camino de la eternidad? Y ¿quién sabe si por haber hecho demasiado por nosotros están expiando en el fuego el desordenado amor que nos tuvieron? Sería, pues, una ingratitud muy negra y muy cruel olvidar a los que nos amaron hasta el punto de merecer las penas del Purgatorio por el desarreglado bien que nos hicieron.
   
ORACIÓN
Dulcísimo Señor nuestro, ¡oh, cuántos títulos nos mueven y obligan a compadecernos de los difuntos! Oblíganos la sangre con sus vínculos, la amistad con sus afectos, los beneficios con su correspondiente gratitud; y no hay en nuestro corazón sentimiento que no respire piedad y amor para con ellos. Por tanto, con todo el anhelo de nuestros corazones os suplicamos que tengáis piedad de nuestros difuntos, y los saquéis de la cárcel de sus tormentos por aquella ternura con que en vida nos amaron, y los llameis a vuestra bienaventuranza a recibir el premio de su benéfico amor.
  
EJEMPLO: Habiendo perdido a su padre la venerable Catalina Paluzzi, por espacio de ocho días se ocupó únicamente en hacer sufragios por su alma. Innumerables fueron sus penitencias; su oración continua de día y de noche; su mayor empeño el ganar todas las indulgencias que le fue posible; dando fin a tantas obras de piedad con multitud de misas a que ella misma asistía con suma devoción. Lisonjeábase con la halagüeña idea de haber puesto a su padre en posesión de la felicidad eterna. Mas ¡cuál no fue su sorpresa cuando, arrebatada en espíritu al Purgatorio por el Salvador y su especial abogada Santa Catalina de Siena, vio el abismo de dolores en que yacía el alma de su padre! No acababa de dar crédito a sus propios ojos, pero penetró sus oídos y llegó a su corazón con un dardo de dolor la voz de su padre, que llamándola por su propio nombre con profundos gemidos, la suplicaba que le socorriese. Quería responderle la piadosa hija, pero impaciente por auxiliarle, bañado su rostro en lágrimas, postróse a los pies de su celestial esposo Jesús, rogándole por su divina Sangre que sacase a su padre de tan infeliz estado. Se volvió luego a Santa Catalina pidiéndole que interpusiese todo su valimiento. «Y, en fin, para satisfacer a la divina justicia, yo, añadió, ¡oh gran Dios!, yo tomo sobre mí las culpas de mi padre, yo las expiaré con los padecimientos que fueren de vuestro agrado, mas ¡sálvese mi padre, sálvese mi padre!». Con tan heroica resolución consiguió sacarle del Purgatorio y hacerle eternamente dichoso. Nunca será demasiado lo que hagamos por nuestros padres. Si ellos nos dieron la vida, debemos nosotros procurar anticiparles la gloria, no perdonando por nuestra parte medio alguno, e interponiendo para lograrlo la mediación de los Santos, que a ello nos obliga el amor filial, la naturaleza y la misma sangre que corre por nuestras venas. (P. Domingo María Marchese OP, en Sacro Diario Dominicano, 19 de Octubre, en la vida de la Venerable Catalina Paluzzi).
   
Rezaremos cinco Padre nuestros, Ave Marías y Réquiem en memoria de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo en sufragio de los fieles difuntos (y particularmente de N.), suplicando al Eterno Padre que se apiade de sus almas por la Sangre que derramó su divino Hijo, diciendo cinco veces:
   
JACULATORIA: Eterno Padre, por la preciosísima Sangre de Jesús, misericordia. Padre nuestro, Ave María y Réquiem....
   
SUFRAGIO: Panem tuum super sepultúram justi constítue. (Tobíæ, 4, 18). Demos a los muertos alguna porción de nuestro alimento, dando de comer al pobre.
    
Entre los antiguos hebreos y los primitivos cristianos era costumbre celebrar banquetes de caridad sobre las tumbas de los difuntos, convidando a los sacerdotes, a los parientes y a los pobres, para que antes y después de la comida rogasen por las almas de aquellos a quienes se consagraban los Ágapes mortuorios. Aunque estos se abolieron en lo sucesivo por los abusos que en ellos se iban introduciendo, sin embargo aconsejaban los Prelados que en vez de aquellos se hiciesen gastos particulares en beneficio de los pobres, para que con más fervor rogaran a Dios por los muertos, teniendo presente que en consideración a ellos se les alimentaba y consolaba con caritativas limosnas. Tomemos nosotros este consejo, y para corresponder a los lastimeros gritos de nuestros parientes, amigos y bienhechores, démosles algo de nuestra mesa por medio de los pobres, a quienes el Soberano Juez oye como a hijos queridos cuando le piden misericordia para con aquellas almas cuyos parientes o allegados han saciado su hambre. (Estius, sobre Tobías 4, 18).
  
Añadiremos un Padre nuestro y Ave María por los propagadores de esta devoción.
De profúndis clamávi ad te, Dómine: * Dómine, exáudi vocem meam:
Fiant aures tuæ intendéntes, * in vocem deprecatiónis meæ.
Si iniquitátes observáveris, Dómine: * Dómine, quis sustinébit?
Quia apud te propitiátio est: * et propter legem tuam sustínui te, Dómine.
Sustínuit ánima mea in verbo ejus: * sperávit anima mea in Dómino.
A custódia matutína usque ad noctem: * speret Ísraël in Dómino.
Quia apud Dóminum misericórdia: * et copiósa apud eum redémptio.
Et ipse rédimet Ísraël, * ex ómnibus iniquitátibus ejus.
   
(Desde lo más profundo clamé a ti, oh Señor.
Oye, Señor, benignamente mi voz. Estén atentos tus oídos a la voz de mis plegarias.
Si te pones a examinar, Señor, nuestras maldades, ¿quién podrá subsistir, oh Señor, en tu presencia?
Mas en ti se halla como de asiento la clemencia: y en vista de tu Ley he confiado en ti, oh Señor.
En la promesa del Señor se ha apoyado mi alma: En el Señor ha puesto su esperanza.
Desde el amanecer hasta la noche espere Israel en el Señor.
Porque en el Señor está la misericordia, y en su mano tiene una redención abundantísima.
Y él es el que redimirá a Israel de todas sus iniquidades.)
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. A porta ínferi. (De la puerta del Infierno)
℞. Érue, Dómine, ánimas eórum. (Librad, Señor, sus almas)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz).
℞. Amén.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam. (Escuchad, Señor, mi oración).
℞. Et clamor meus ad te véniat. (Y mi clamor llegue hacia Vos).
   
ORACIÓN
Fidélium, Deus, ómnium Cónditor et Redémptor: animábus famulórum famularúmque tuárum remissiónem cunctórum tríbue peccatórum; ut indulgéntiam, quam semper optavérunt, piis supplicatiónibus consequántur: Qui vivis et regnas in sǽcula sæculórum (Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras la remisión de todos sus pecados, al fin de que obtengan, por nuestras devotas oraciones, el perdón que siempre han deseado. Vos que vivís y reináis por todos los siglos de los siglos). Amén.
   
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz)
℞. Amén.
   
***
  
Cuando se quieran hacer sufragios particulares por el alma de algún difunto se dirá algunas de las siguientes oraciones antes de la susodicha Fidélium Deus, con la cual se concluirá siempre:
Oración por un Sacerdote u Obispo: Deus, qui inter apostólicos Sacerdótes fámulos tuos pontificáli seu sacerdotáli fecísti dignitáte vigére: præsta, quǽsumus; ut eórum quoque perpétuo aggregéntur consórtio. Per Christum Dóminum nostrum (Oh Dios, que quisisteis elevar vuestros siervos a la dignidad Episcopal o Sacerdotal, escogiéndolos y poniéndolos en el número de los Sacerdotes Apostólicos, os suplicamos el que hagáis gocen también de su compañía en vuestra gloria. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.
   
Por el Padre o por la Madre: Deus, qui nos patrem et matrem honoráre præcepísti: miserére cleménter animábus patris et matris meæ, eorúmque peccáta dimítte; meque eos in ætérnæ claritátis gáudio fac vidére (Oh Dios, que nos mandásteis honrar a padre y madre, compadecéos clemente de las almas de mi padre y de mi madre, perdonando sus pecados, y haced que pueda verlos en el gozo de la luz eterna). Amén.
N. B. Si son muchos los que hacen este ejercicio, donde se dice Patris et Matris meæ; se sustituirá Paréntum nostrórum, y donde meque se dirá nosque: si se pide solamente por el Padre se dirá ánimæ Patris mei o nostri; si por la sola Madre, ánimæ Matris meæ o nostræ.
    
Por los hermanos, y por otros parientes o bienhechores: Deus, véniæ largítor et humánæ salútis amátor: quǽsumus cleméntiam tuam; ut nostræ congregatiónis fratres, propínquos et benefactóres, qui ex hoc sǽculo transiérunt, beáta María semper Vírgine intercedénte cum ómnibus Sanctis tuis, ad perpétuæ beatitúdinis consórtium perveníre concédas (Oh Dios, que concedéis el perdón y sois amáis la salvación de los hombres, os suplicamos vuestra clemencia; para que le concedáis a nuestros hermanos de congregación, parientes y bienhechores, que partieron de este siglo, por la intercesión de la Bienaventurada siempre Virgen Santa María y con todos vuestros santos, llegar a ser consortes de la bienaventuranza perpetua).
    
Por un solo difunto: Inclína, Dómine, aurem tuam ad preces nostras, quibus misericórdiam tuam súpplices deprecámur: ut ánimam fámuli tui N., quam de hoc sǽculo migráre jussísti; in pacis ac lucis regióne constítuas, et Sanctórum tuórum júbeas esse consórtem. (Inclinad, Señor, vuestros oídos a nuestras súplicas, con que humildemente imploramos vuestra misericordia para que establezcáis en la región de la paz el alma de vuestro siervo N., que hicisteis salir de este mundo, y ordenéis sea compañera de vuestros Santos).
   
Por una sola difunta: Quǽsumus, Dómine, pro tua pietáte miserére ánimæ fámulæ tuæ N.: et a contágiis mortalitátis exútam, in ætérnæ salvatiónis partem restítue. (Os rogamos, Señor, tengáis piedad por vuestra misericordia del alma de vuestra sierva N., y que desnuda del contagio de la mortalidad, le restituyáis su parte en la salvación eterna).
   
Por dos o más difuntos: Deus, cui próprium est miseréri semper et parcére, propitiáre animábus  famulárum famularúmque tuárum, et ómnia, eórum peccáta dimítte: ut mortalitátis vínculis absolúta, transíre mereántur ad vitam (Dios, de quien es propio tener misericordia y perdonar siempre, os suplicamos por las almas de vuestros siervos y siervas, y perdonadles todos sus pecados, para que siendo liberados de las cadenas de la muerte, merezcan llegar a la vida).
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

MES DE MARÍA: DÍA DECIMOCTAVO

*MES DE MARÍA - Día dieciocho*
*CONSAGRADO A HONRAR EL SEPTIMO DOLOR DE MARIA*

Oración para todos los días del Mes
¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.

*CONSIDERACIÓN*

Temerosos los discípulos de que el sagrado cuerpo del Salvador sufriera nuevos ultrajes, si permanecía por más tiempo en la cruz, solicitaron de Pilatos autorización para bajarlo del suplicio y darle honrosa sepultura. Pilatos consintió sin dificultad en ello; Jesús fue desenclavado de la cruz por manos de sus discípulos.
En este instante redóblanse las penas de María. El mundo iba a devolver a sus brazos maternales los fríos despojos de su adorado Hijo; pero ¡ay! ¡en qué estado le devuelven los hombres a aquel que con tanto gozo concibiera en sus entrañas! afeado, denegrido, ensangrentado. Era el más hermoso entre los hijos de los hombres; mas ahora apenas con­serva la figura de hombre. ¡Recibe, ¡oh Madre! el triste presente que te da el mundo en pago de los beneficios que ha recibido de tu mano. .!
María alza ansiosamente sus brazos para recibir al Hijo que hacia tanto tiempo que anhelaba estrechar contra su pecho. Toma en sus manos los clavos ensangrentados, los mira, los besa y los deja silenciosamente al pie de la cruz. Coloca sobre sus rodillas el cuerpo despedazado de Jesús; lo estrecha amorosa mente en sus brazos; le quita las espinas de su cabeza, como si quisiera de este modo aliviar los pasados dolores de su hijo ya difunto; contempla, llena de espanto, las profundas heridas que las espinas, los clavos y la lanza habían abierto en su frente, manos y costado. Mézclanse sus rubios cabellos con los ensangrentados de Jesús; empapa con sus lagrimas el exánime cadáver e imprime en él ósculos llenos de amor y de ternura. “Hijo mío, ex clama, ¿qué ola ha sido ésta que te ha arrebatado violentamente del seno de tu madre? ¿Qué mal has hecho a los hombres que te han puesto en tan lamentable estado? -Responde, Hijo mío, responde por piedad.” -Pero ¡ay! muda esta esa lengua que habló tantas maravillas; cárdenos esos labios que pronunciaron tantas palabras de vida, de amor y consuelo; oscurecidos los ojos que con una sola mirada calmaban las tempestades; heridas las manos que dieron vista a los ciegos, oído a los sordos y vida a los muertos- ¿Qué haré yo sin ti? ¿Quién tendrá piedad de una madre desamparada? ¡Oh Belén! ¡Oh Nazaret! apartaos de mi memoria, los goces que en días lejanos disfruté en vuestro seno se han convertido en espinas punzadoras...”
De esta suerte se lamentaría la dolorida Madre teniendo en sus brazos el cuerpo de Jesús. ¡Pobre madre! aun le quedaba que apurar otro no menos amargo trago. Los discípulos arrancan de los brazos de María el cuerpo de su Hijo para conducirlo al sepulcro; y ella tiene el dolor de seguir hasta la tumba esos res-tos queridos, y después de acariciarlos por última vez ve colocar sobre ellos una pesada losa. No hay nada más cruel para el corazón de una Madre que ver entregar a la tierra el fruto de sus entrañas. ¡Oh, cuanto hubiera dado María por tener el consuelo de ser sepulta da con Jesús en el sepulcro! - -
En el corazón atribulado de María se levan taba un pensamiento que hacia aún más penoso su martirio. Ella veía, a través de los siglos venideros, que los padecimientos y la muerte de Jesús habían de ser ineficaces para un gran número, y que a pesar de los azotes, las espinas y la cruz, multitud de pecadores se habían de condenar. Veía que la pasión de su Hijo no estaba aún terminada y que en la serie de los siglos sus heridas hablan de ser mil y mil veces nuevamente abiertas -No contristemos con nuestra ingratitud y con nuestros pecados el lacerado corazón de María, que bastante ha padecido ya por nosotros. Ella nos dice amorosamente desde el cielo: Pecadores, volved al corazón herido de mi Jesús. Venid; contemplad las llagas que en él han abierto vuestros pecados; no renovéis esas llagas, mirad que renováis también mis dolores y que así demostráis sentimientos mas crueles que los de los verdugos. Ellos no lo conocían; pero Vosotros sabéis que es vuestro Dios, vuestro Redentor. Ellos obedecían a las órdenes de jueces inicuos, vosotros obedecéis a vuestras pasiones y a vuestros desordenados deseos. Ellos, en fin, no habían recibido ningún beneficio de Jesús, pero vosotros habéis sido res catados con su sangre.

*EJEMPLO*
María, Salud de los enfermos.

*BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE L´EPINE.*

En 1872 había en una comunidad de Nuestra Señora de los Dolores de la ciudad de Cholón una religiosa que padecía, desde siete años, una parálisis que la colocó al borde del sepulcro. Rebelde a todos los recursos de la ciencia, los médicos hablan declarado que no les quedaba nada que hacer. La enferma era muy devota de María, y a Ella clamó en el extremo de su aflicción. Una noche se le apareció en sueño la superiora del Convento, que habla muerto hacía algunos meses, y le dijo que quedaría curada de su enfermedad si hacía una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de l'Epine, situado a una jornada del Convento.
La enferma pidió con vivas instancias que se la condujera a este santuario animada de la más segura esperanza de que allí obtuviera su curación. Pero el mal, que cada día tomaba mayores creces, hacía poco menos que imposible la traslación a un lugar tan distante, pues tenía todo un lado del cuerpo sin acción ni movimiento. Pero fue preciso acceder a los reiterados ruegos de la paciente y transportarla con indecible trabajo en un vehículo, acompañada y sostenida de varias personas. Durante el trayecto su estado se agravé considerablemente y se redoblaron sus padecimientos hasta el punto de inspirar muy serios temores por su vida. Pero, al fin, venciendo innumerables dificultades, llegó al santuario y fue acomodada como mejor se pudo en la capilla de la Santísima Virgen.
El capellán de la comunidad subió al altar para celebrar el santo sacrificio de la misa, después de haber rezado con los circunstantes una parte del Rosario y cantado el Salve Regina. Poco antes de terminar la misa, sintió la enferma una conmoción violenta en toda la parte enferma de su cuerpo, y poniéndose de rodillas por si sola, exhaló un grito de júbilo, diciendo. ¡Estoy sana! En seguida se levantó sin ningún auxilio extraño y fue a arrodillarse a la tarima del altar para dar gracias a su soberana bienhechora. Al verla, todos los circunstantes quedaron estupefactos, y derramando lágrimas de ternura y admiración, exclamaban: ¡Milagro, milagro! - El cura, testigo presencial de aquel prodigio, entonó el Te Deum y levantó un acta que firmaron todos los que lo habían presenciado.
La que acababa de tener la dicha de ser objeto de un favor tan especial de la Santísima Virgen fue sacada en triunfo de la Iglesia. Nadie se cansaba de mirarla, como si no pudiesen dar crédito a sus propios ojos. No fue menos patética la escena al llegar al monasterio. Todos prorrumpieron en entusiastas aclamaciones, cuando vieron bajar del carruaje con la firmeza y precipitación de la que nunca ha estado enferma, a la que pocas horas antes habían visto partir arrastrándose trabajosamente, como un cuerpo a quien la vida abandona de prisa.
Se dirige en seguida a casa del médico, que pocos días antes la había abandonado, desesperando de su curación. Jamás hombre alguno se hallé más perplejo; y rindiéndose a la evidencia declaró que aquella curación instantánea y completa no era obra natural.
¿Con cuánta razón la Iglesia saluda a María con el titulo de Salud de los enfermos? Ella, que tiene siempre remedios divinos para curar las dolencias del alma, los tiene también para poner término a los males del cuerpo que aquejan a sus devotos cuando la invocan con confianza filial.

*JACULATORIA*
Haz que en mi alma estén de fijo
para que siempre llore,
las llagas del Crucifijo.

*ORACIÓN*
¡Oh María! permíteme que yo pueda acompañarte siempre en tu amarga soledad; yo no quiero dejarte sola, quiero unir mis lágrimas a las tuyas para llorar la muerte de mi Redentor. ¡Ah! madre atribulada, tú no lloras sólo por la muerte de tu Hijo, que lloras también por mí; porque yo he muerto muchas veces por el pecado y muchas veces he contristado tu corazón de madre con mis ofensas; mil veces he renovado los tormentos de la pasión con mis ingratitudes y he pisoteado la sangre vertida por mí en la cruz. Pero tú que eres misericordiosa y compasiva, tú que perdonaste a los verdugos que crucificaron a Jesús, tú que amas a los pecadores con entrañas de madre, alcánzame la gracia de ser en adelante el compañero de tus dolores y de tu soledad, por mi fidelidad y amor a Jesús y por la compasión de sus padecimientos. Haz nacer en mi corazón un horror sincero al pecado que fue la causa de tus dolores y de los de Jesús; que viva siempre arrepentido de todas las culpas con que he manchado mi vida pasada, para que, llorándolas amargamente en la tierra, merezca gozar un día de la eterna bienaventuranza. Amén.

*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*

1. Ingresar en alguna Cofradía o Congregación que tenga por objeto honrar al Sagrado Corazón de Jesús, o si esto se hubiese hecho, renovar su consagración a este su divino Corazón.
2. Hacer una comunión espiritual en agradecimiento del amor que nos profesa el Sagrado Corazón de Jesús y de sus inmensos beneficios.
3. Hacer un acto de reparación y desagravio por las injurias de que es objeto en el Sacramento del Altar.
Oración final para todos los días
  ¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.

MES DE NOVIEMBRE EN SUFRAGIO DE LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO ‐ DÍA VIGESIMOCUARTO

Dispuesto por el canónigo Francesco Vitali, Arcipestre de Fermo, y publicado en Sevilla por la Imprenta y librería de D. Antonio Izquierdo en 1858. Reimpreso en Madrid en 1863.
   
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
Postrados en la presencia de Dios con el mayor fervor de espíritu, supliquémosle que nos asista en el ejercicio de esta sagrada devoción, diciendo:
Disponed, Señor, y confortad nuestras almas con la abundancia de vuestra gracia, para que penetrando en la penosa cárcel del Purgatorio, con afectos de fe, caridad y compasión podamos procurar a los fieles difuntos la mayor abundancia de sufragios que redunde en favor suyo, gloria vuestra y provecho de nuestras almas. Amén.
    
DÍA 24 DE NOVIEMBRE
MEDITACIÓN: RAZONES GENERALES QUE NOS OBLIGAN A SOCORRER A LAS ALMAS DEL PURGATORIO.
     
PUNTO PRIMERO
El amor es la vida de todo corazón; y la naturaleza ha impreso de tal modo este sentimiento en todos los vivientes, que no solo le experimentan las criaturas racionales hacia sus semejantes, sino también las bestias hacia la propia especie; y este sentimiento no se extingue en los hombres con la muerte, sino que dura más allá del sepulcro. No hay sobre la tierra nación tan bárbara que no se tome cuidado de sus difuntos, que no sienta piedad de sus almas, y que no procure en algún modo sufragarlos. La naturaleza, pues, nos lleva por sí misma a tener compasión del infelicísimo estado de las almas que penan en el Purgatorio, a las cuales estamos unidos por la humanidad; y sería una barbarie el resistir a un sentimiento tan vivo del corazón humano.
   
PUNTO SEGUNDO
La Religión no rompe los vínculos de la naturaleza, antes bien los estrecha, los refuerza, los perfecciona. El vínculo de la hermandad universal que reina entre todos los hombres por razón de la descendencia del primer padre Adán, es mucho más íntimo y perfecto entre nosotros los cristianos por motivo de la Religión, que a todos nos une en Jesucristo. Él es la cabeza de los fieles, y cada uno de estos, miembros de su cuerpo mistico la Iglesia. Debemos, pues, mirar en general a las almas del Purgatorio como a una parte del todo, como a una porción de nosotros mismos; porque no están ellas separadas de la Iglesia, sino que antes bien forman la porción más escogida, que presto será glorificada en el Cielo. Țrasladémonos, pues, en espíritu con los sentimientos de una religión llena de caridad a visitar el Purgatorio, y consolemos a aquellas almas desoladas, en sus angustias.
     
PUNTO TERCERO
La razón de patria nos hace más cercanos e inmediatos a quienes cupo en suerte el mismo país natal que a nosotros. El conocimiento especial de cada uno de ellos, las diversas relaciones que con ellos nos unen, la uniformidad de hábitos que se adquiere cohabitando con ellos, son otros tantos títulos que nos obligan a tener especial consideración con nuestros conciudadanos, no menos en esta que en la otra vida. En esta tienen principio las relaciones de patria, que se completan después en aquella gran patria que es el Cielo, donde todos estaremos reunidos en caridad perfecta. Hasta tanto, pues, que lleguemos a aquel dichoso término, siempre nos obligan los deberes de patria, los cuales deben animarnos a ser tanto más generosos con el Purgatorio, cuanto que se encuentran ya en el último grado de necesidad aquellas benditas almas. Recordemos por tanto con frecuencia los tres referidos títulos de naturaleza, de religión, de patria, y nos moveremos eficazmente a generosa piedad para con los difuntos.
      
ORACIÓN
¡Gran Dios! Tú inspiraste e imprimiste en los corazones de los hombres las leyes de la naturaleza, Tú las máximas de la Religión, Tú el amor de la patria, con el objeto de que ellos se ayudasen en vida mutuamente, y no se olvidasen los unos de los otros después de la muerte. ¡Ah! Tú que eres el autor de todo generoso sentimiento, renueva entre nosotros la observancia de tan santas leyes, la emulación de tan venerables máximas, la práctica de amor tan saludable, para que, inflamado nuestro corazón en este triplicado espíritu de beneficencia, derrame sobre el Purgatorio sufragios con generosa abundancia.
   
EJEMPLO: Graciano Punzoni, cura párroco de Arona, era tan aficionado a las obras de piedad, que solía socorrer a los difuntos en el cuerpo y en el alma; en el cuerpo dándoles sepultura, en el alma sufragándoles de continuo. Se le ofreció un vasto campo para ejercer su caridad un año en particular, en que una enfermedad contagiosa hizo por aquella comarca terrible estrago. Feneció un gran número de ciudadanos y de soldados napolitanos de la guarnición; y el buen párroco se empleaba con solicitud en asistirles durante la enfermedad, en darles sepultura despues de muertos, y en hacer sufragios por sus almas. Terminado el contagio, mientras que un día se paseaba junto al cementerio con el piadosísimo gobernador de aquella ciudad, Don Alfonso Sánchez, vieron entrambos salir de una puerta de aquel sagrado recinto y entrar por otra una larga fila de personas cobijadas bajo un lúgubre manto. Cuanto más fijaban la vista, tanto les parecía la cosa menos natural, por lo que juzgaron ser aquella una misteriosa visión, y empezaron a concebir un ardiente deseo de adivinar lo que querían dar a entender, y lo que pretendían aquellos que salían y entraban en procesión. «Aquellas, decía el gobernador, son las almas de los pobres soldados de la guarnición muertos poco hace, los cuales, no teniendo quién les socorra, imploran nuestra piedad de este modo». «Yo soy de opinión, replicaba el párroco, que deben ser las almas de los soldados extranjeros más bien que las de nuestros conciudadanos; como quiera que sea, todos fueron hombres como nosotros, todos son hermanos nuestros en Jesucristo, y nos pertenecen por naturaleza, por religión y por patria». «Socorramos, pues, a todos», añadieron de acuerdo entrambos; y unidos en santa caridad ordenaron que aquella misma noche se diese la señal con la campana para un sufragio general de misas, que deberían celebrarse la mañana siguiente, como en efecto se hizo. Los motivos de naturaleza, de religión, de patria que impelieron al generoso socorro a estos dos personajes, nos muevan también al frecuente recuerdo y al sufragio de liberal piedad para con las almas que gimen en el Purgatorio. (P. Marco Antonio Bona SJ, en la Vida del Venerable Graciano Punzoni, cap. 7º).
   
Rezaremos cinco Padre nuestros, Ave Marías y Réquiem en memoria de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo en sufragio de los fieles difuntos (y particularmente de N.), suplicando al Eterno Padre que se apiade de sus almas por la Sangre que derramó su divino Hijo, diciendo cinco veces:
   
JACULATORIA: Eterno Padre, por la preciosísima Sangre de Jesús, misericordia. Padre nuestro, Ave María y Réquiem....
   
SUFRAGIO: Omnis pópulus... commúni lamentatióne et fletu unánimes preces suas Dómino effudérunt... finíto... fletu et oratióne compléta, consoláti sunt. (Judith. 6, 14.) Los sufragios comunes y las preces públicas por los difuntos hacen una violencia tan dulce al corazon de Dios, que suelen de ordinario producir un felicísimo efecto
    
Cuando en las familias religiosas, en las cofradías o reuniones piadosas pasa a la otra vida algún miembro que les pertenece, todos sus hermanos hacen sufragios por él según el propio instituto, y en particular se celebran honras y se hacen aniversarios, a los cuales debe contribuir quien quiera que desee ser exacto en el cumplimiento de sus deberes. Todos los hombres, todos los fieles, todos los ciudadanos forman una sola familia, y por esto debe cada uno, según sus diversas relaciones, concurrir a los sufragios que celebran por los difuntos la Iglesia, la patria y la devoción de los fieles; y este sea cabalmente el propósito que hagamos hoy de no faltar jamás en lo sucesivo a los públicos y generales sufragios que han de hacerse en este lugar por los difuntos.
   
Añadiremos un Padre nuestro y Ave María por los propagadores de esta devoción.
De profúndis clamávi ad te, Dómine: * Dómine, exáudi vocem meam:
Fiant aures tuæ intendéntes, * in vocem deprecatiónis meæ.
Si iniquitátes observáveris, Dómine: * Dómine, quis sustinébit?
Quia apud te propitiátio est: * et propter legem tuam sustínui te, Dómine.
Sustínuit ánima mea in verbo ejus: * sperávit anima mea in Dómino.
A custódia matutína usque ad noctem: * speret Ísraël in Dómino.
Quia apud Dóminum misericórdia: * et copiósa apud eum redémptio.
Et ipse rédimet Ísraël, * ex ómnibus iniquitátibus ejus.
   
(Desde lo más profundo clamé a ti, oh Señor.
Oye, Señor, benignamente mi voz. Estén atentos tus oídos a la voz de mis plegarias.
Si te pones a examinar, Señor, nuestras maldades, ¿quién podrá subsistir, oh Señor, en tu presencia?
Mas en ti se halla como de asiento la clemencia: y en vista de tu Ley he confiado en ti, oh Señor.
En la promesa del Señor se ha apoyado mi alma: En el Señor ha puesto su esperanza.
Desde el amanecer hasta la noche espere Israel en el Señor.
Porque en el Señor está la misericordia, y en su mano tiene una redención abundantísima.
Y él es el que redimirá a Israel de todas sus iniquidades.)
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. A porta ínferi. (De la puerta del Infierno)
℞. Érue, Dómine, ánimas eórum. (Librad, Señor, sus almas)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz).
℞. Amén.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam. (Escuchad, Señor, mi oración).
℞. Et clamor meus ad te véniat. (Y mi clamor llegue hacia Vos).
   
ORACIÓN
Fidélium, Deus, ómnium Cónditor et Redémptor: animábus famulórum famularúmque tuárum remissiónem cunctórum tríbue peccatórum; ut indulgéntiam, quam semper optavérunt, piis supplicatiónibus consequántur: Qui vivis et regnas in sǽcula sæculórum (Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras la remisión de todos sus pecados, al fin de que obtengan, por nuestras devotas oraciones, el perdón que siempre han deseado. Vos que vivís y reináis por todos los siglos de los siglos). Amén.
   
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz)
℞. Amén.
   
***
  
Cuando se quieran hacer sufragios particulares por el alma de algún difunto se dirá algunas de las siguientes oraciones antes de la susodicha Fidélium Deus, con la cual se concluirá siempre:
Oración por un Sacerdote u Obispo: Deus, qui inter apostólicos Sacerdótes fámulos tuos pontificáli seu sacerdotáli fecísti dignitáte vigére: præsta, quǽsumus; ut eórum quoque perpétuo aggregéntur consórtio. Per Christum Dóminum nostrum (Oh Dios, que quisisteis elevar vuestros siervos a la dignidad Episcopal o Sacerdotal, escogiéndolos y poniéndolos en el número de los Sacerdotes Apostólicos, os suplicamos el que hagáis gocen también de su compañía en vuestra gloria. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.
   
Por el Padre o por la Madre: Deus, qui nos patrem et matrem honoráre præcepísti: miserére cleménter animábus patris et matris meæ, eorúmque peccáta dimítte; meque eos in ætérnæ claritátis gáudio fac vidére (Oh Dios, que nos mandásteis honrar a padre y madre, compadecéos clemente de las almas de mi padre y de mi madre, perdonando sus pecados, y haced que pueda verlos en el gozo de la luz eterna). Amén.
N. B. Si son muchos los que hacen este ejercicio, donde se dice Patris et Matris meæ; se sustituirá Paréntum nostrórum, y donde meque se dirá nosque: si se pide solamente por el Padre se dirá ánimæ Patris mei o nostri; si por la sola Madre, ánimæ Matris meæ o nostræ.
    
Por los hermanos, y por otros parientes o bienhechores: Deus, véniæ largítor et humánæ salútis amátor: quǽsumus cleméntiam tuam; ut nostræ congregatiónis fratres, propínquos et benefactóres, qui ex hoc sǽculo transiérunt, beáta María semper Vírgine intercedénte cum ómnibus Sanctis tuis, ad perpétuæ beatitúdinis consórtium perveníre concédas (Oh Dios, que concedéis el perdón y sois amáis la salvación de los hombres, os suplicamos vuestra clemencia; para que le concedáis a nuestros hermanos de congregación, parientes y bienhechores, que partieron de este siglo, por la intercesión de la Bienaventurada siempre Virgen Santa María y con todos vuestros santos, llegar a ser consortes de la bienaventuranza perpetua).
    
Por un solo difunto: Inclína, Dómine, aurem tuam ad preces nostras, quibus misericórdiam tuam súpplices deprecámur: ut ánimam fámuli tui N., quam de hoc sǽculo migráre jussísti; in pacis ac lucis regióne constítuas, et Sanctórum tuórum júbeas esse consórtem. (Inclinad, Señor, vuestros oídos a nuestras súplicas, con que humildemente imploramos vuestra misericordia para que establezcáis en la región de la paz el alma de vuestro siervo N., que hicisteis salir de este mundo, y ordenéis sea compañera de vuestros Santos).
   
Por una sola difunta: Quǽsumus, Dómine, pro tua pietáte miserére ánimæ fámulæ tuæ N.: et a contágiis mortalitátis exútam, in ætérnæ salvatiónis partem restítue. (Os rogamos, Señor, tengáis piedad por vuestra misericordia del alma de vuestra sierva N., y que desnuda del contagio de la mortalidad, le restituyáis su parte en la salvación eterna).
   
Por dos o más difuntos: Deus, cui próprium est miseréri semper et parcére, propitiáre animábus  famulárum famularúmque tuárum, et ómnia, eórum peccáta dimítte: ut mortalitátis vínculis absolúta, transíre mereántur ad vitam (Dios, de quien es propio tener misericordia y perdonar siempre, os suplicamos por las almas de vuestros siervos y siervas, y perdonadles todos sus pecados, para que siendo liberados de las cadenas de la muerte, merezcan llegar a la vida).
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

lunes, 23 de noviembre de 2020

NOVENA EN HONOR A SANTA BIBIANA, VIRGEN Y MÁRTIR

Novena compuesta por un devoto agradecido de la Santa, y publicada en Madrid por la imprenta de Antonio Espinosa de los Monteros y Abadía en 1807, con las debidas licencias.
   
ADVERTENCIA
Deben los que se dedican a hacer esta santa Novena ejercitarse en los nueve días en oraciones, piadosos ejercicios y buenas obras, a gloria de Dios y honra de su Sierva Santa Bibiana, procurando avivar una gran confianza en los méritos de esta milagrosa Santa, esperando alcanzar de Dios por su intercesión lo que se la pide (si conviene) para la salvación de sus almas; y si no, que la Santa nos alcance de Dios el favor que les convenga para su eterna felicidad.
   
Será bien confesar y comulgar el día primero de la Novena, para que purificada el alma de las culpas, sean las obras hechas en gracia, meritorias de la vida eterna, y más eficaces para conseguir el beneficio particular que se pide en la Novena.
   
Para obligar a la Santa, se la podrán consagrar los obsequios que a cada uno le dictare su devoción, o los que le aconseje su Padre espiritual.

NOVENA A LA GLORIOSÍSIMA VIRGEN Y MÁRTIR SANTA BIBIANA
  
    
Puestos de rodillas delante de algún Altar o Imagen de Santa Bibiana, levantando el corazón a Dios, que está presente, y ofreciendo a su Majestad todas sus obras, palabras y pensamientos a su mayor gloria, honra de la Reina de los Ángeles la Virgen María, y obsequio de Santa Bibiana, hará la señal de la Cruz, y dirá de todo corazón:

Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
    
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta. Ofrézcoos, Señor, mi vida, obras y trabajos, en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita, que los perdonaréis, por los méritos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, y me daréis gracia para enmendarme, y perseverar en vuestro santo amor y servicio hasta la muerte. Amén.
    
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Gloriosa Santa Bibiana, Virgen castísima y esclarecida mártir, abogada mía, amadísima, si es para gloria de Dios, honra vuestra, y bien de mi alma, que yo consiga lo que deseo y pido en esta novena, alcanzadme esta gracia del Señor y si no, pedid para mí de Dios lo que más me convenga para gloria suya y salvación de mi alma. Amen

DÍA PRIMERO – 23 DE NOVIEMBRE
Dios y Señor mío Jesucristo, que viniste al mundo a plantar la fe de los divinos misterios, para que con esta divina luz caminásemos a la vida eterna; yo os ofrezco los merecimientos, y en especial la excelente fe de mi especial protectora y dulcísima abogada Santa Bibiana y os pido, por aquella viva fe que le comunicasteis con un altísimo conocimiento de los misterios y verdades católicas, hasta llegar a ofrecer y dar la vida en obsequio de la misma fe, que encendáis en mi corazón una fe viva de todos los misterios y verdades divinas, que cree y confiesa la Santa Iglesia Católica y gracia para vivir de modo que se conforme mi vida con la fe que profeso y el favor que pido en esta novena a mayor gloria vuestra, honra de Santa Bibiana, y bien de mi alma. Amén.
   
Ahora se rezan tres Padre nuestros con tres Ave Marías y tres Gloria Patri a la Santísima Trinidad, en memoria de la especial devoción que la Santa Virgen Bibiana tuvo a este divinísimo misterio, siendo las postreras voces que articuló en su doloroso martirio la invocacion del Poder del Padre, la Sabiduría del Hijo, y el Amor del Espíritu Santo.

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Gloriosísima Patrona Mía, invicta mártir y castísima Virgen Santa Bibiana que desde tus tiernos años te consagraste al servicio de tu divino Esposo, despreciando por su amor, no solo tus grandes riquezas, sino también todas las esperanzas con que te brindaba el mundo por la nobleza de tu linaje, no haciendo caso de las amenazas, ni de los halagos con que intentó el Tirano Aproniano despojarte de la fe y de la virginidad, ni temiendo las iras del Apostata Juliano, apreciando más la humilde servidumbre de Cristiana, que toda las grandezas del mundo, ofreciéndote a padecer los más rigurosos martirios, hasta dar la vida por Cristo en el tormento de los azotes, yo el más tibio devoto vuestro, os pido me alcancéis de Dios gracia para imitar tan heroicas y excelentes virtudes, y para vivir de modo que tenga la dicha de acompañaros en la gloria. Amen

Ahora, alentando la confianza, se pedirá a Santa Bibiana el favor particular que se desea. Después se dirá la siguiente Oración a María Santísima Señora nuestra de la Buena Dicha, para que nos alcance de su amantísimo Hijo Jesús conformidad con su volun tad en todas nuestras tribulaciones:
Reina soberana de cielos y tierra, Madre verdadera de Dios Verdadero, y amparo de pecadores, consuelo de afligidos, refugio de atribulados, y Madre de todos los hombres: yo indigno esclavo vuestro, postrado a vuestros sacros pies, os pido humildemente que me asistáis con vuestra intercesión, para que acierte a llevar con paciencia y conformidad con la voluntad de Dios, todos los trabajos y tribulaciones interiores y exteriores que se me ofrezcan en esta miserable vida, y que alcancéis a mi alma una feliz paz interior, como fruto de una buena conciencia, cuyo favor espero alcanzar de vuestra dignación, por las grandes tribulaciones que tuvisteis en este mundo, y por la inalterable paz interior que lograsteis en el instante primero de vuestra concepción purísima y conservasteis hasta el último de vuestra vida, esperando por vuestra intercesión conseguir una buena muerte y después de ella acompañaros en el cielo por todos los siglos de los siglos. Amen.

Antífona: Ven, esposa de Cristo, recibe la corona, que el Señor te tiene preparada para siempre.
℣. Ruega por nosotros, gloriosa Santa Bibiana
℟. Para que seamos dignos de la gloria y gracia que pedimos.
    
ORACIÓN
Señor Dios, dispensador de todos los bienes, que en tu sierva Bibiana juntaste la palma de martirio con la flor de su virginidad, te pedimos por su intercesión unas contigo, por medio de la caridad, nuestro entendimiento, para que libres de todo peligro, consigamos premios eternos, por los méritos de Jesucristo, que contigo y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amen.
    
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO – 24 DE NOVIEMBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
  
Dios y Señor mío Jesucristo, que para alentar nuestra esperanza nos prometéis la vida eterna, y nos aseguráis los medios para conseguirla, yo os ofrezco los merecimientos de vuestra Sierva y mi Protectora Santa Bibiana y especialmente la generosidad con que supo despreciar todas las vanas esperanzas de la tierra, poniendo solo en vos toda su confianza. Yo os suplico que infundáis en mi corazón, un verdadero desprecio de todas las cosas del mundo y una firme esperanza de conseguir la salvación de mi alma y el favor que pido en esta novena, si ha de ser para vuestra mayor gloria, honra de Santa Bibiana, y bien de mi alma. Amén.
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA TERCERO – 25 DE NOVIEMBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
  
Dios y Señor mío Jesucristo, que como tan amante de los hombres los encargasteis la correspondencia a las finezas de vuestro amor, yo ofrezco los merecimientos de vuestra Sierva y mi Protectora Santa Bibiana, y en especial el abrasado amor con que ardía su corazón, con el que no dudó dar la vida por su amado y os suplico encendáis mi alma con el sagrado fuego de vuestro divino amor, para que nada estime, ni ame sino a vos, único Dios y Señor mío y me concedáis el favor que pido en esta novena, a mayor gloria vuestra, honra de Santa Bibiana y bien de mi alma. Amén.
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA CUARTO – 26 DE NOVIEMBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
  
Dios y Señor mío Jesucristo, que como tan amante de los hombres nos encargaseis el amor de nuestros próximos, yo os ofrezco los merecimientos de vuestra Sierva y mi Protectora Santa Bibiana y en especial el amor grande que tuvo a sus próximos, deseando y solicitando el mayor bien a sus mismos perseguidores y enemigos y os suplico avivéis en mi corazón la verdadera caridad con mis próximos, para que a todos los ame en vos y únicamente por vos y que me concedáis el favor que pido en esta novena, a mayor gloria vuestra honra de Santa Bibiana y bien de mi alma. Amén.
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA QUINTO – 27 DE NOVIEMBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
  
Dios y Señor mío Jesucristo, que con la palabra y con el ejemplo nos enseñasteis la paciencia y sufrimiento en los trabajos y tribulaciones de esta vida, yo os ofrezco los merecimientos de vuestra Sierva y mi Protectora Santa Bibiana, y en especial aquella paciencia heroica con que sufrió por vuestro amor injurias, cárceles, cadena y la misma muerte, permaneciendo siempre constante, y aceptando con alegría todos sus dolores, aflicciones y penas como beneficios de vuestra misericordiosa mano, yo os suplico, amoroso Padre mío, que fortalezcáis mi corazón con semejante firmeza, para que de los trabajos y tribulaciones de esta vida acierte a fabricarme las felicidades del cielo y me concedáis el favor que pido en esta novena, a mayor gloria vuestra, honra de Santa Bibiana y bien de mi alma. Amén.
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA SEXTO – 28 DE NOVIEMBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
  
Dios y Señor mío Jesucristo, que para manifestar el amor que tenéis a la virtud de la pureza, quisisteis nacer de Madre Virgen, y la dejasteis encomendada a San Juan Evangelista, el Virgen entre los apóstoles, yo os ofrezco los merecimientos de vuestra Sierva y mi Protectora Santa Bibiana y especialmente su castidad angélica y pureza extremada, la que conservó en medio de los combates de los hombres lascivos y de las persuasiones, que para que la perdiese le hizo la perversa Rifina, enemiga tanto de la fe, como de la castidad, yo os suplico me deis gracia para aguardar una castidad perfectísima en obras, palabras y pensamientos y que me concedáis el favor que pido en esta novena, a mayor gloria vuestra y honra de Santa Bibiana y bien de mi alma. Amén.
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA SÉPTIMO – 29 DE NOVIEMBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
  
Dios y Señor mío Jesucristo, que para enseñarnos la conformidad de nuestra voluntad con la de nuestro Eterno Padre explicasteis vuestro afecto a esta virtud, conformándoos con la voluntad del Dios en el acto más heroico de perder la vida, porque esta era la voluntad de vuestro Padre, yo os ofrezco los merecimientos de vuestra Sierva y mi Protectora Santa Bibiana y especialmente aquella gran conformidad que tuvo con la voluntad de Dios en sus persecuciones, tormentos y martirio, y en haber perdido a sus santos padres Flaviano y Dafrosa y a su santa hermana Demetria, yo os suplico que me deis gracia para que yo conforme mi voluntad en todo y por todo con la vuestra, y que me concedáis el favor que pido en esta novena a mayor gloria vuestra, honra de Santa Bibiana y bien de mi alma. Amén.
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA OCTAVO – 30 DE NOVIEMBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
  
Dios y Señor mío Jesucristo, que viviendo y muriendo en desnudez y pobreza nos quisisteis enseñar el desprecio de todas las cosas del mundo, yo os ofrezco los merecimientos de vuestra Sierva y mi Protectora Santa Bibiana, y en especial el ánimo generoso con que abandonó todas las cosas del mundo por imitar desnuda y pobre al desnudo Jesús, yo os suplico, Padre amoroso de las misericordias, que desarraiguéis de mi corazón el afecto desordenado a las cosas temporales y me deis gracia para que solo estime y busque las espirituales y eternas y el favor que pido en esta novena, a mayor gloria vuestra, honra de Santa Bibiana y bien de mi alma. Amén.
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA NOVENO – 1 DE DICIEMBRE
Por la Señal…
Acto de Contrición y Oración Inicial.
  
Dios y Señor mío Jesucristo, que habiendo enmendado desde la cruz a María Santísima vuestra madre al discípulo amado San Juan Evangelista, quisisteis que todos los hombres la tuviésemos por nuestra madre, os ofrezco los merecimientos de vuestra Sierva y mi Protectora Santa Bibiana y especialmente el amor dulcísimo con que veneró siempre a esta reina, teniéndola por maestra en sus acciones, por guía en sus caminos por protectora en sus tribulaciones y en su glorioso martirio, yo os suplico que me deis gracia para que mi corazón se deshaga en ternísimo afecto para con María Santísima, con el cual la ame como Madre, la respete como Señora y la reverencie como Reina y también os pido me concedáis, por intercesión de esta divina Señora y de la gloriosa Santa Bibiana, el favor que pido en esta novena, a mayor gloria vuestra, honra de Santa Bibiana y bien de mi alma. Amén.
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.

MES DE MARÍA: DÍA DECIMOSÉPTIMO

*MES DE MARÍA - Día diecisiete*
*CONSAGRADO A HONRAR EL SEXTO DOLOR DE MARIA*

*Oración para todos los días del Mes*

¡Oh María! durante el bello Mes que os está consagrado, todo resuena con vuestro nombre y alabanzas. Vuestro santuario resplandece con nuevo brillo y nuestras manos os han elevado un trono de gracia y de amor, desde donde presidís nuestras fiestas y escucháis nuestras oraciones y votos. Para honraros, hemos esparcido frescas flores a vuestros pies y adornado vuestra frente con guirnaldas y coronas. Mas ¡oh María! no os dais por satisfecha con estos homenajes: hay flores cuya frescura y lozanía jamás pasan y coronas que no se marchitan. Estas son las que Vos esperáis de vuestros hijos; porque el más hermoso adorno de una madre es la piedad de sus hijos, y la más bella corona que pueden deponer a sus pies es la de sus virtudes. Sí; los lirios que Vos nos pedís son la inocencia de nuestros corazones; nos esforzaremos pues, durante el curso de este Mes consagrado a vuestra gloria ¡oh Virgen santa! en conservar nuestras almas puras y sin mancha y en separar de nuestros pensamientos, deseos y miradas aún la sombra misma del mal. La rosa cuyo brillo agrada a vuestros ojos es la caridad, el amor a Dios y a nuestros hermanos: nos amaremos, pues, los unos a los otros como hijos de una misma familia, cuya madre sois, viviendo todos en la dulzura de una concordia fraternal. En este Mes bendito procuraremos cultivar en nuestros corazones la humildad, modesta flor que os es tan querida; y con vuestro auxilio llegaremos a ser puros, humildes, caritativos, pacientes y resignados. ¡Oh María! haced producir en el fondo de nuestros corazones todas estas amables virtudes; que ellas broten, florezcan y den al fin frutos de gracia para poder ser algún día dignos hijos de la más santa y de la mejor de las madres. Amén.

*CONSIDERACIÓN*

La muerte habla puesto término a los dolores de Jesús, pero no así a los de María. Los judíos querían que el sagrado cuerpo del Salvador fuese bajado de la cruz para que el sangriento espectáculo del Calvario no turbase la solemnidad del siguiente día, que era el de Pascua. Con este fin, poco después de haber espirado, presentase allí un grupo de soldados que empuñaban aceradas lanzas. A la vista de aquella soldadesca indisciplinada, María que tenía aún fijos sus ojos en el ensangrentado cadáver de Jesús se siente estremecer, sospechando la ejecución de alguna nueva barbarie. ¿Qué vais a hacer, desapiadados verdugos? Ese hombre ha muerto ya; respetad al menos sus mortales despojos, dejad siquiera ese mezquino consuelo a su pobre madre.-Esto les diría la desconsolada Señora, cuando un soldado levantando en alto su lanza, la enristra contra el desnudo costado del Salvador. Con la violencia de tan rudo golpe, estremécele la cruz, tiembla el exánime cadáver y gruesas gotas de sangre y agua desprendidas del corazón de Jesús caen a la tierra. Eran las postreras gotas que quedaban en el sagrado cuerpo, era su corazón la única parte que había conservado sana.
María lanza un grito de angustia; pero la punta de la lanza había penetrado ya en el corazón divino y lo había dividido en dos partes. Esta fue, dice San Bernardo, la espada que le profetizó Simeón, no de acero, sino de dolor. Porque en los demás dolores tenía al menos a su Hijo, que se compadecía de sus penas, y que templaba su amargura con el amor que la demostraba. Pero ahora no ve ya en su presencia sino un cadáver yerto, ya no escucha su voz ni mira fijarse en ella sus divinos ojos. Sola y desamparada, no ve en torno suyo sino orne-les verdugos que se ensañan todavía, no ya en un enemigo indefenso, sino en un cadáver despedazado. Sus ojos buscan en vano una mano compasiva que pueda impedir aquellas indignas profanaciones. ¡Nadie responde a sus clamores, nadie se compadece de su dolor!
Un doctor escritor afirma que, según los principios de la ciencia, era imposible que pudiese existir sangre y agua en el corazón de Jesús. Por manera que el haber derramado esas dos sustancias es un claro prodigio de la omnipotencia divina, que ha querido indicar con tan apropiados símbolos los efectos de la pasión. Con la sangre aplacó la divina indignación y con el agua purificó la tierra de los crímenes que la afeaban, haciéndola digna de ser presentada a Dios como una ofrenda. Quiso Jesús que la última herida que lacerase su cuerpo fuese la de su corazón, para poder así saborear todas las amarguras de una agonía lenta y trabajosa; pues si su corazón hubiera sido herido antes de esta manera, eso habría bastado para hacerlo espirar instantáneamente. Ese corazón amante rebosaba de amor por los hombres, aun después de haber dejado de latir. No le había bastado morir de amor, quiso todavía ser alanceado después de muerto para hacernos comprender que su amor sobrevive a la misma muerte. ¡Ah! ¿Y quién no amará a ese corazón que tanto sufrió por amar a los hombres? ¿Cómo ser insensible a tan espléndidas manifestaciones de caridad? Para nos otros fueron todos los latidos de ese corazón llagado mientras vivió; para nosotros fue también la honda herida abierta en él después de muerto. Quiso dejarnos en esa llaga un refugio en las adversidades de la vida, un puerto en medio de las tempestades y un blando ni do en que pudiéramos reposar nosotros, aves fugitivas del tiempo, fatigadas de volar en busca de los bienes instables y de los falsos goces del mundo.

*EJEMPLO*

María es inagotable en sus misericordias

*CAPILLA DE LA MEDALLA MILAGROSA, PARÍS.*

No hace muchos anos que un caballero residente en Paris, después de haber manifestado en su infancia disposiciones para la virtud, abandonó a los dieciocho años las practicas religiosas y se dejó arrebatar por los tempes­tuosos halagos de las pasiones, en cuya triste vida se agitó, como una barca sin timón, durante veinte años. En el largo transcurso de este tiempo, no entró jamás en un templo ni levantó hacia Dios un latido de su corazón. Esto no obstante, llevaba siempre consigo una medalla milagrosa, que conservaba, mas como recuerdo de su madre, que como objeto de pie dad. Algunas veces tomándola en sus manos, habla repetido la jaculatoria que lleva al pie: ¡Oh María! concebida sin pecado, ¡rogad por nosotros!.. A menudo la conversión de grandes pecadores es debida a algún resto de devoción a María.
Este caballero tenía una hermana religiosa carmelita que no cesaba de rogar a la Santísima Virgen por su conversión. Esta Madre de misericordia, que tiene la llave del arca santa de las gracias divinas, oyó propicia las ora­ciones de la buena religiosa y resolvió llamar a la puerta del corazón del pecador. Una no che que salía de la casa de tino de sus amigos de impiedad, oyó una voz clara y distinta, que le decía: -«Augusto, Augusto, la misericordia de Dios te espera.» El caballero miró a su alrededor para ver quien le hablaba, y no vio a nadie... la calle estaba solitaria y el silencio era absoluto. - «Esta voz, decía él narrando después lo que le habla acontecido, esta voz era positivamente la de mi hermana religiosa. En ese instante vino a mi mente el recuerdo de Dios y el horror de mi vida. Parecióme que mis pecados llenaban el platillo de la balanza divina y que no faltaba mas que un grano de arena para colmar la medida y atraer sobre mí las venganzas del cielo...»
Este nuevo Azulo, sorprendido por la voz de la gracia en el camino de la perdición, llegó a su casa profundamente preocupado de lo que acababa de sucederle. «Esto no es natural, decíase para sí; aquí se oculta necesariamente un misterio.» Por espacio de ocho días la gracia luchó con este corazón obstinado.
El domingo siguiente por la tarde salió de su casa, mas que nunca agitado por los contrarios pensamientos que batallaban en su alma; Dios y el mundo le solicitaban en opuestas direcciones. Así caminaba, abismado en estas ideas, cuando acertó a pasar por un templo en que se rezaba el Santo Rosario, ofreciendo cada decena por distintas clases de pecadores. El que llevaba el coro dijo al comenzar una decena. «Recemos esta decena por el pecador más próximo a su conversión.»
El caballero, al oír esto, exclamó: -«Este pecador soy yo... » cayendo de rodillas y derramando lagrimas de arrepentimiento, prometió a Dios volver al seno de su amistad.
Al día siguiente se dirigía a un convento de trapenses para hacer allí, al amparo del silencio y del retiro, una prolija y fervorosa confesión.
Después de ocho días, dejó con pesar aquellos claustros silenciosos, asilo de la penitencia y santa morada de la paz. Volvió al mundo: pero el recuerdo de la Trapa y de aquellos días venturosos no lo abandonaban un momento. -Dios me llama a la soledad, decía para si... Este pensamiento, lejos de amedrentarle, calmaba las agitaciones de su espíritu y derramaba bálsamo dulce y suave en las heridas de su corazón. Un mes después tomaba nuevamente el camino de la Trapa; pero esta vez no iba ya a buscar la purificación en las aguas de la penitencia, sino la santificación en las austeridades de la vida cenobítica. Allí vivió con la vida de los ángeles y murió con la muerte de los predestinados.
Si anhelamos la conversión de algún pecador cuyos extravíos nos sean particularmente dolorosos, pongamos su causa en manos de la que es fuente inagotable de misericordias y seguro refugio de pecadores.

*JACULATORIA*

¡Oh corazón sin mancilla!
sé nuestro amparo en la muerte
y nuestro asilo en la vida.

*ORACIÓN*

¡Oh María! ¡Oh madre dolorida! recoge en tu seno amoroso esas gotas de purísima sangre que destilan del corazón de tu Hijo al golpe de la lanza, para que no caigan sobre la tierra. Pero no, Señora mía, deja que empapen esta tierra maldita, regada con las lágrimas de tantas generaciones desgraciadas y manchada por los crímenes de tantas generaciones culpables. Esa sangre clamara al cielo como la del inocente Abel; pero no para pedir venganza contra los delincuentes, sino para alcanzar paz y bendiciones sobre el mundo. Deja ¡oh María! que el hierro aleve abra honda herida en el corazón de Jesús, porque esa haga preciosa será el refugio del desvalido y el puerto contra las tempestades de la vida; allí ira el pobre en busca de la riqueza que jamás se agota; allí iremos todos a beber el agua que purifica y conforta. Concédenos, por el dolor que sufriste al ver lanceado a tu Hijo, un amor ardiente y generoso al corazón de Jesús, que tanto sufrió por nosotros; que jamás olvidemos sus beneficios y paguemos con la ingratitud o la indiferencia sus admirables finezas; que nuestro corazón, herido de amor por él, se desprenda de los lazos que lo atan al mundo y lo hacen esclavo de las criaturas. Dadnos alas, como de paloma, para volar hacia él y construir en esa cavidad amo rosa nuestro nido, donde descansaremos de las persecuciones de nuestros enemigos y disfrutaremos de esa unión dulcísimo que comienza en la tierra por el amor y se consuma en el ciclo por el eterno desposorio del alma con su Dios. Amén.

*PRÁCTICAS ESPIRITUALES*

1. Ingresar en alguna Cofradía o Congregación que tenga por objeto honrar al Sagrado Corazón de Jesús, o si esto se hubiese hecho, renovar su consagración a este su divino Corazón.
2. Hacer una comunión espiritual en agradecimiento del amor que nos profesa el Sagrado Corazón de Jesús y de sus inmensos beneficios.
3. Hacer un acto de reparación y desagravio por las injurias de que es objeto en el Sacramento del Altar.

*Oración final para todos los días*

  ¡Oh María!, Madre de Jesús, nuestro Salvador, y nuestra buena Madre nosotros venirnos a ofreceros con estos obsequios que traemos a vuestros pies, nuestros corazones, deseosos de seros agradables, y a solicitar de vuestra bondad un nuevo ardor en vuestro santo servicio. Dignaos presentarnos a vuestro divino Hijo; que en vista de sus méritos y a nombre de su santa Madre dirija nuestros pasos por el sendero de la virtud; que haga lucir, con nuevo esplendor, la luz de la fe sobre los infortunados pueblos que gimen por tanto tiempo en las tinieblas del error; que vuelvan hacia él y cambie tantos corazones rebeldes, cuya penitencia regocijará su corazón y el vuestro; que confunda a los enemigos de su Iglesia, y que, en fin, encienda por todas partes el fuego de su ardiente caridad, que nos colme de alegría en medio de las tribulaciones de esta vida y de esperanza para el porvenir. Amén.

MES DE NOVIEMBRE EN SUFRAGIO DE LAS BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO ‐ DÍA VIGESIMOTERCERO

Dispuesto por el canónigo Francesco Vitali, Arcipestre de Fermo, y publicado en Sevilla por la Imprenta y librería de D. Antonio Izquierdo en 1858. Reimpreso en Madrid en 1863.
   
  
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
Postrados en la presencia de Dios con el mayor fervor de espíritu, supliquémosle que nos asista en el ejercicio de esta sagrada devoción, diciendo:
Disponed, Señor, y confortad nuestras almas con la abundancia de vuestra gracia, para que penetrando en la penosa cárcel del Purgatorio, con afectos de fe, caridad y compasión podamos procurar a los fieles difuntos la mayor abundancia de sufragios que redunde en favor suyo, gloria vuestra y provecho de nuestras almas. Amén.
    
DÍA 23 DE NOVIEMBRE
MEDITACIÓN: EL SUFRAGIO A LAS ALMAS DEL PURGATORIO ES EL ACTO MÁS HEROICO DE CARIDAD.
     
PUNTO PRIMERO
La mayor entre todas las virtudes del cristianisino es la caridad, dice San Pablo, y nosotros ejercitamos la caridad en el grado más perfecto cuando procuramos socorrer a las almas del Purgatorio en sus miserias. Grande acto de caridad es alimentar al hambriento que desfallece, vestir al desnudo que se hiela de frío, visitar al enfermo a quien aquejan los más vivos dolores; mas el objeto de tal caridad es el cuerpo, mientras que el de los piadosos sufragios es el alma; y así cuanto el alma sobrepuja en dignidad al cuerpo, tanto excede la caridad con los muertos a la que se practica con los vivos. No se pretende excluir la una con el ejercicio de la otra; antes bien la mira de todo buen cristiano debe consistir en hermanar a entrambas, socorriendo con una mano al pobre y sufragando con la otra al Purgatorio, puesto que con la doble caridad se ayuda a unos y a otros más copiosamente, y más nos asemejamos a Jesucristo, Autor divino de nuestra Religión sacrosanta. Esforcérnonos, pues, por llenar tan noble empresa, y alcanzaremos copiosas bendiciones de la tierra y del cielo.
   
PUNTO SEGUNDO
Cuando nos decidimos a socorrer las necesidades de nuestro prójimo, nos mueve por lo común un espíritu de suyo piadoso y sensible. La vista de una necesidad presente hiere grandemente los sentidos у asalta nuestro corazón; por manera que no queda, por decirlo así, en nuestra mano el rehusar socorrerla, y brotan de nuestros ojos las lágrimas casi sin quererlo nosotros: la mano se nos mueve como espontáneamente a hacer el bien; y cuanto un corazon esté mejor formado, tanto mayormente se afecta por compasión sensible y por ternura. Pero cuando dirigimos nuestros afectos bienhechores al Purgatorio, ningún objeto se nos presenta bajo el dominio de los sentidos: nuestro ánimo está purificado de toda emoción terrena; nuestra caridades del todo espiritual. Por lo mismo se acrecienta siempre su mérito, lo que debería aficionarnos a practicarla con todo esmero.
     
PUNTO TERCERO
La caridad, finalmente, reconoce un orden y exige que se provea ante todas cosas a quien yace sumido en las más graves miserias, a quien menos puede ayudarse por sí mismo, a quien está unido a nosotros con más estrecho lazo y más sólida y constantemente arraigado en la amistad de su Dios. Pero, ¿y cuáles miserias, por grandes que sean en esta tierra, pueden compararse con la pena tan grave del Purgatorio? ¿Quién es más incapaz de ayudarse por sus propias fuerzas que las almas aherrojadas en aquella lóbrega prisión, pues que nada pueden merecer por sí mismas? ¿Dónde se hallan más íntimas relaciones con nosotros que las suyas, si cuanto hay en la sociedad, en la Iglesia, en el orden de la naturaleza y de la gracia, nos une a ellas con dobles vínculos? ¿Y quién, finalmente, puede sobrepujarlas en el carácter de la santidad y en la amistad con su Dios, cuando ya están confirmadas en los dones y en la gracia de su Señor? Todo, pues, conspira a hacernos que empleemos en ellas los afectos de nuestra caridad; ¿y será posible que a pesar del vehemente impulso que recibimos por tantos lados, permanezcamos lánguidos e indolentes? ¡Ahl Reanímese en nuestro pecho la encendida caridad propia del cristianismo, y hagamos experimentar a aquellas almas sus más copiosos efectos.
   
ORACIÓN
¡Oh caridad eterna de Dios, de la cual se propaga toda caridad en el mundo! Descienda una sola chispa de tu divino fuego sobre nuestros corazones que haga nuestra caridad de todo punto perfecta. Entonces apreciaremos más las miserias de las almas que las de los cuerpos; entonces nuestra caridad quedará purificada de todo afecto terreno y sensible; entonces conservará sus grados y la perfección de aquel orden que de Ti procede, y se convertirá en un incendio inextinguible de amor en beneficio y alivio de los difuntos. ¡Oh caridad, caridad de Dios! Inflama tú nuestros corazones, y nuestro ardor sabrá entonces superar al del Purgatorio, y hará felices para siempre las almas sumergidas en aquel voracísimo incendio.
   
EJEMPLO: Suscitóse en cierta ocasión una gran contienda entre dos insignes religiosos de la orden de Predicadores, Bertran y Benito, a saber, cuál de estos dos fuese acto más sublime de caridad, emplearse en sufragar a los muertos o en convertir a los pecadores. Sostenóa Bertran la causa de estos con decir que el Verbo divino vino del Cielo a la tierra expresamente a buscarlos, que están en continuo peligro de perderse para siempre, y que cooperar a su salvación es lo mismo que cooperar a la grande obra de la redención del género humano; mientras que las almas del Purgatorio están ya en estado de seguridad, y si sufren tormentos no es más que por un cierto tiempo, pasado el cual irán a gozar para siempre de la vista de Dios en el cielo. A todo esto replicaba Benito en favor de las almas del Purgatorio, que después de su muerte descendió el Redentor en persona a aquella prisión para librarlas de sus cadenas, y que si los pecadores están maniatados por sus culpas, sus lazos son voluntarios y pueden con la divina gracia romperlos cuando quisieren, al paso que las Benditas Almas están allí amarradas en un mar de tormentos, sin poder en modo alguno ayudarse; por lo cual, así como es más acreedor a que le socorran un enfermo acosado de dolores y que no puede hacer uso de sus miembros, que no un mendigo sano y robusto, el cual por mera poltronería yace en la más asquerosa miseria, así debe preferirse siempre el socorro de las almas desoladas del Purgatorio al de los pecadores, aunque lo más perfecto sería extender la misma caridad a aquellas y a estos. Pero Bertran no cedía al peso de razones tan convincentes, por lo cual permitió Dios que un alma del Purgatorio le viniese al encuentro una noche con un enorme peso material que se le cargase sobre las espaldas, y que así agobiándole le hiciese sufrir un gravísimo tormento, para que por la propia experiencia reconociese y confesase la verdad que negaba raciocinando. Después de este suceso se dio a socorrer muy de veras a las almas de los difuntos con todo género de sufragios, y fue siempre tan devoto del Purgatorio cuanto en lo pasado se había dejado ver poco solícito y cuidadoso del mismo. (Fray Teodorico de Apulia OP, Vida de Santo Domingo, lib. 3º, cap. 7º).
   
Rezaremos cinco Padre nuestros, Ave Marías y Réquiem en memoria de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo en sufragio de los fieles difuntos (y particularmente de N.), suplicando al Eterno Padre que se apiade de sus almas por la Sangre que derramó su divino Hijo, diciendo cinco veces:
   
JACULATORIA: Eterno Padre, por la preciosísima Sangre de Jesús, misericordia. Padre nuestro, Ave María y Réquiem....
   
SUFRAGIO: Unusquísque vestrum apud se sepónat, recóndens quod ei bene plácuerit. (I Cor. 16). Procure cada uno de nosotros ahorrar alguna cosa para emplearlo en beneficio de los menesterosos de este y del otro mundo.
    
El Padre Juan Bautista Magnanti, del Oratorio, llevaba siempre una bolsa en que iba echando todos los ahorros que podia hacer en el tratamiento de su persona y todas las limosnas que lograba recoger de la beneficencia de los demás, y la llamaba cruména animárum, la bolsa de las almas, porque era un fondo destinado no menos al socorro de los pobres que al sufragio de las almas de los difuntos. Si queremos nosotros satisfacer a todas las pretensiones del mundo, jamás nos alcanzará el patrimonio, por opulento que sea, para todos los gastos de necesidad y de lujo. Conviene ahorrar alguna cosa en nosotros mismos, y entonces tendremos siempre un fondo pronto e inagotable para satisfacer a los deberes de caridad para con nuestros prójimos, tanto en este mundo cuanto en el otro. Tengamos, pues, también nosotros cruména animárum, la bolsa de ahorros en favor de los vivos y de los difuntos, y establezcamos desde hoy mismo las partidas de que hemos de cercenar alguna cosa para el caritativo socorro de nuestros hermanos. (Juan Marciano, Congregación del Oratorio, tomo 1, lib. 7º, cap. 28).
   
Añadiremos un Padre nuestro y Ave María por los propagadores de esta devoción.
De profúndis clamávi ad te, Dómine: * Dómine, exáudi vocem meam:
Fiant aures tuæ intendéntes, * in vocem deprecatiónis meæ.
Si iniquitátes observáveris, Dómine: * Dómine, quis sustinébit?
Quia apud te propitiátio est: * et propter legem tuam sustínui te, Dómine.
Sustínuit ánima mea in verbo ejus: * sperávit anima mea in Dómino.
A custódia matutína usque ad noctem: * speret Ísraël in Dómino.
Quia apud Dóminum misericórdia: * et copiósa apud eum redémptio.
Et ipse rédimet Ísraël, * ex ómnibus iniquitátibus ejus.
   
(Desde lo más profundo clamé a ti, oh Señor.
Oye, Señor, benignamente mi voz. Estén atentos tus oídos a la voz de mis plegarias.
Si te pones a examinar, Señor, nuestras maldades, ¿quién podrá subsistir, oh Señor, en tu presencia?
Mas en ti se halla como de asiento la clemencia: y en vista de tu Ley he confiado en ti, oh Señor.
En la promesa del Señor se ha apoyado mi alma: En el Señor ha puesto su esperanza.
Desde el amanecer hasta la noche espere Israel en el Señor.
Porque en el Señor está la misericordia, y en su mano tiene una redención abundantísima.
Y él es el que redimirá a Israel de todas sus iniquidades.)
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. A porta ínferi. (De la puerta del Infierno)
℞. Érue, Dómine, ánimas eórum. (Librad, Señor, sus almas)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz).
℞. Amén.
℣. Dómine, exáudi oratiónem meam. (Escuchad, Señor, mi oración).
℞. Et clamor meus ad te véniat. (Y mi clamor llegue hacia Vos).
   
ORACIÓN
Fidélium, Deus, ómnium Cónditor et Redémptor: animábus famulórum famularúmque tuárum remissiónem cunctórum tríbue peccatórum; ut indulgéntiam, quam semper optavérunt, piis supplicatiónibus consequántur: Qui vivis et regnas in sǽcula sæculórum (Oh Dios, Creador y Redentor de todos los fieles, conceded a las almas de vuestros servidores y servidoras la remisión de todos sus pecados, al fin de que obtengan, por nuestras devotas oraciones, el perdón que siempre han deseado. Vos que vivís y reináis por todos los siglos de los siglos). Amén.
   
℣. Réquiem ætérnam dona eis, Dómine. (Dadles, Señor, el descanso eterno)
℞. Et lux perpétua lúceat eis. (Y brille para ellos la luz perpetua)
℣. Requiéscant in pace. (Descansen en paz)
℞. Amén.
   
***
  
Cuando se quieran hacer sufragios particulares por el alma de algún difunto se dirá algunas de las siguientes oraciones antes de la susodicha Fidélium Deus, con la cual se concluirá siempre:
Oración por un Sacerdote u Obispo: Deus, qui inter apostólicos Sacerdótes fámulos tuos pontificáli seu sacerdotáli fecísti dignitáte vigére: præsta, quǽsumus; ut eórum quoque perpétuo aggregéntur consórtio. Per Christum Dóminum nostrum (Oh Dios, que quisisteis elevar vuestros siervos a la dignidad Episcopal o Sacerdotal, escogiéndolos y poniéndolos en el número de los Sacerdotes Apostólicos, os suplicamos el que hagáis gocen también de su compañía en vuestra gloria. Por Jesucristo nuestro Señor). Amén.
   
Por el Padre o por la Madre: Deus, qui nos patrem et matrem honoráre præcepísti: miserére cleménter animábus patris et matris meæ, eorúmque peccáta dimítte; meque eos in ætérnæ claritátis gáudio fac vidére (Oh Dios, que nos mandásteis honrar a padre y madre, compadecéos clemente de las almas de mi padre y de mi madre, perdonando sus pecados, y haced que pueda verlos en el gozo de la luz eterna). Amén.
N. B. Si son muchos los que hacen este ejercicio, donde se dice Patris et Matris meæ; se sustituirá Paréntum nostrórum, y donde meque se dirá nosque: si se pide solamente por el Padre se dirá ánimæ Patris mei o nostri; si por la sola Madre, ánimæ Matris meæ o nostræ.
    
Por los hermanos, y por otros parientes o bienhechores: Deus, véniæ largítor et humánæ salútis amátor: quǽsumus cleméntiam tuam; ut nostræ congregatiónis fratres, propínquos et benefactóres, qui ex hoc sǽculo transiérunt, beáta María semper Vírgine intercedénte cum ómnibus Sanctis tuis, ad perpétuæ beatitúdinis consórtium perveníre concédas (Oh Dios, que concedéis el perdón y sois amáis la salvación de los hombres, os suplicamos vuestra clemencia; para que le concedáis a nuestros hermanos de congregación, parientes y bienhechores, que partieron de este siglo, por la intercesión de la Bienaventurada siempre Virgen Santa María y con todos vuestros santos, llegar a ser consortes de la bienaventuranza perpetua).
    
Por un solo difunto: Inclína, Dómine, aurem tuam ad preces nostras, quibus misericórdiam tuam súpplices deprecámur: ut ánimam fámuli tui N., quam de hoc sǽculo migráre jussísti; in pacis ac lucis regióne constítuas, et Sanctórum tuórum júbeas esse consórtem. (Inclinad, Señor, vuestros oídos a nuestras súplicas, con que humildemente imploramos vuestra misericordia para que establezcáis en la región de la paz el alma de vuestro siervo N., que hicisteis salir de este mundo, y ordenéis sea compañera de vuestros Santos).
   
Por una sola difunta: Quǽsumus, Dómine, pro tua pietáte miserére ánimæ fámulæ tuæ N.: et a contágiis mortalitátis exútam, in ætérnæ salvatiónis partem restítue. (Os rogamos, Señor, tengáis piedad por vuestra misericordia del alma de vuestra sierva N., y que desnuda del contagio de la mortalidad, le restituyáis su parte en la salvación eterna).
   
Por dos o más difuntos: Deus, cui próprium est miseréri semper et parcére, propitiáre animábus  famulárum famularúmque tuárum, et ómnia, eórum peccáta dimítte: ut mortalitátis vínculis absolúta, transíre mereántur ad vitam (Dios, de quien es propio tener misericordia y perdonar siempre, os suplicamos por las almas de vuestros siervos y siervas, y perdonadles todos sus pecados, para que siendo liberados de las cadenas de la muerte, merezcan llegar a la vida).
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.