lunes, 5 de diciembre de 2022

WOJTYLA SABÍA DE CASOS DE PEDERASTIA EN CRACOVIA ANTES DE SER JUAN PABLO II

Traducción de la noticia publicada en NL TIMES (Países Bajos). Imágenes tomadas de internet.
   
EVIDENCIA SUGIERE QUE EL PAPA JUAN PABLO II SABÍA SOBRE LOS ABUSOS DE MENORES DÉCADAS ANTES DE CONVERTIRSE EN PAPA
   

Un periodista neerlandés con sede en Polonia reveló evidencia el viernes de que el Papa Juan Pablo II estuvo involucrado en encubrir el abuso de menores mientras era arzobispo de la archidiócesis de Cracovia. El periodista, Ekke Overbeek, pasó los últimos dos años revisando archivos en Polonia, donde reside, y encontró varios casos en los que la figura prominente de la Iglesia Católica sabía sobre sacerdotes que abusaron de niños y los ayudó a evadir el castigo, incluso transfiriéndolos a otras parroquias.
   
«Encontré casos concretos de sacerdotes que abusaron de niños en la Archidiócesis de Cracovia, donde el futuro Papa era arzobispo. El futuro Papa lo sabía y, sin embargo, transfirió a esos hombres. Eso condujo a nuevas víctimas», dijo Overbeek a Nieuwsuur. El periodista estudió documentos disponibles públicamente de los servicios secretos sobre el futuro Papa durante su tiempo viviendo y trabajando en Polonia. Escribió un libro sobre sus hallazgos, Maxima Culpa, que será publicado el próximo año en polaco.
   
«Casi todos los documentos que se han recopilado directamente sobre Wojtyła han sido destruidos, pero se lo menciona muy a menudo en otros documentos que han sobrevivido. Y si los pones todos juntos, son piezas de rompecabezas que forman la imagen de cómo manejó el abuso infantil por parte de los sacerdotes y cómo se ha enfrentado».
    
Nacido Karol Józef Wojtyła en Wadowice, Polonia en 1920, el Papa Juan Pablo II fue canonizado como santo después de su muerte en 2005. Comenzó a estudiar para convertirse en sacerdote en un seminario oculto durante la Segunda Guerra Mundial y fue ordenado sacerdote en 1946. En ocho años, mientras trabajaba en Cracovia y sus alrededores, obtuvo su doctorado como estudiante y profesor de ética.
   
Ascendió en las filas de la Iglesia Católica para convertirse en obispo auxiliar en Cracovia en 1958. Fue nombrado arzobispo en 1964 y se convirtió en cardenal unos años después. Cuando se convirtió en Papa en 1984, la población católica de la Archidiócesis de Cracovia había crecido de más de 1,2 millones a más de 2,1 millones.
   
Se creía que solo se enteró de los casos de abuso sexual dentro de la Iglesia Católica después de recibir un informe de un sacerdote estadounidense en 1985. Pero Overbeek encontró documentos de décadas antes sobre un sacerdote llamado Eugeniusz Surgent, acusado de abusar de niños.
  
Eugeniusz Surgent († 2008)
   
«Por ejemplo, un informe escrito sobre la base de un compañero de celda de este sacerdote, que ya había sido detenido por abuso en ese momento. El compañero de celda describe que el sacerdote le pidió perdón en una carta al obispo Wojtyła, luego de que le prometiera que nunca más volvería a suceder. Pero luego lo hizo de nuevo», dijo Overbeek. Otro sacerdote que abusó de niños habló al ser interrogado sobre el cardenal Wojtyła y dijo que discutió sus actos con él.
    
Los expertos que mostraron los documentos, incluido el profesor de la Universidad de Varsovia, Stanisław Obirek, creen que los documentos son auténticos. También Tom Doyle, el sacerdote estadounidense que escribió el informe de 1985. Se dice que el Papa Francisco fue advertido sobre la posibilidad de que el Papa Juan Pablo II supiera sobre el abuso y ayudara a encubrirlo, pero Francisco canonizó al hombre como santo de todos modos.
   
«Ahora sabemos que Wojtyła encubrió activamente los delitos de pedofilia cometidos por sacerdotes bajo su jurisdicción», dijo el profesor Obirek a Nieuwsuur. «Ese es un nuevo capítulo, un primer paso. Veremos cómo reaccionará la iglesia».
   
«El razonamiento de la iglesia, de los defensores del Papa, se reduce al hecho de que él no podía saberlo. Que se enteró de la gravedad de la situación muy tarde y que primero pensó que era un problema de Estados Unidos. Todos esos argumentos ahora pueden ser desestimados», dijo Overbeek. «Tenían mucha prisa por canonizar a Juan Pablo II. Y ahora ves hechos que emergen de esos archivos polacos que son muy incriminatorios y, por lo tanto, en realidad pueden poner en duda su santidad».
   
Nieuwsuur dijo que la Iglesia Católica se negó a responder a sus preguntas sobre los informes de Overbeek. Por separado, los medios polacos informaron esta semana que el Vaticano tiene la intención de investigar el período en que el Papa Juan Pablo II trabajó en Cracovia.

domingo, 4 de diciembre de 2022

LA SAGRADA COMUNIÓN, ALIMENTO ESPIRITUAL EN LA ESPERA DE NUESTRO SEÑOR


Ánimæ nostræ, quǽsumus, omnípotens Deus, hoc potiántir desidério, ut a tuo spíritu inflamméntur: et divíno múnere satiáti, ante conspéctum veniéntis Christi Fílii tui, velut clara luminária fulgeámus. Per eúndem Christum Dóminum nostrum [Suplicámoste, Dios omnipotente, que nuestras almas estén llenas del deseo de ser inflamadas por tu espíritu; y que, saciados por este don divino, resplandezcamos como luminosas antirchas en presencia de Cristo tu Hijo, que vendrá. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor]. Amén. (MISAL AMBROSIANO, Oración post-comunión del IV Domingo de Adviento).

EN POLONIA, LA JUVENTUD EVITA LA IGLESIA CONCILIAR

Traducción del Comentario de los Padres de TRADITIO.
   
Cristo y sus ángeles separando a las ovejas (salvados) de las cabras (condenados) en San Mateo XXV 18-23.
Mientras la Iglesia Novusordita muere ante los ojos del mundo, ¿las oraciones de los verdaderos Católicos tradicionales, que no tienen nada que ver con ella desde 1964 finalmente están siendo respondidas?
 
Polonia solía ser una de las naciones más católicas en la tierra. Aun cuando la Iglesia Conciliar apareció en 1964 durante el Anticoncilio Vaticano II, Polonia se plegó a esta, mayormente cuando en 1978 fue elegido un antipapa polaco, Juan Pablo II Wojtyła. Pero Polonia fue herida profundamente cuando fue publicado el filme de 2019 “No se le digas a nadie” (en polaco „Tylko nie mów nikomu”), exponiendo la complicidad de la Iglesia Conciliar y encubrimiento de los crímenes sexuales pedófilos por el “clero” conciliar, incluso incluyendo la Conferencia Episcopal Polaca y el antipapa polaco Wojtyła (para no hablar de las doctrinas y liturgia heréticas que obligaban a aceptar a los fieles conciliares).
  
Ahora los jóvenes polacos están desertando en cantidades de la Iglesia Conciliar. Apenas hace tres décadas, su asistencia era más del doble de lo que es hoy. Ahora solo el 23% de los jóvenes polacos tienen algo que ver con ella. Los lugares vacíos señalan los bancos de las iglesias otrora llenas. Los seminarios están cerrando a lo largo de toda Polonia. «Toda la [pseudo]iglesia ha sido envenenada», dijo un joven polaco pidiendo reservar su identidad.
  
En general, solo el 20% de los conciliares van a la “Nueva Misa” protestante-masónico-pagana. Un informe reciente abarcando solo los años 2019-2020 indicó que 368 niños y niñas fueron violados, sodomizados, y asaltados sexualmente de otras formas. Una desertora conciliar afirmó: «La autoridad de la [pseudo]iglesia ha colapsado… Dios no quiere tener nada que ver con la [Iglesia Conciliar]."
  
En forma semejante, otro país otrora católico, Bélgica, informó el 30 de Noviembre de 2022 que la asistencia dominical a la inválida (falsa) “Nueva Misa” ha caído a su punto más bajo, 2,5%. En el año 1967 (dos años después del Anticoncilio Vaticano II), la asistencia era de 43%. En 2021, 5.237 conciliares solicitaron que sus nombres fueran removidos de los registros bautismales [Parte de la información para este Comentario proviene de Catholic World News].
  
Es irónico que Bélgica fue la cuna del fundador del Movimiento Católico Tradicionalista, el Padre Gommar DePauw, que había emigrado a los Estados Unidos en 1949. En 1964, seis años antes que el Arzobispo Marcel Lefebvre fundara la Fraternidad San Pío X (FSSPX), el P. DePauw llevó la Misa Latina Tradicional a los Estados Unidos y Canadá, por medio de publicaciones, grabaciones, y especialmente sus Misas por radio.
   
Católicos tradicionales, a pesar de la incesante propaganda del billonario emporio mediático conciliar que es “Vatican News Service”, financiado por donaciones siempre menguantes de los fieles conciliares, la Iglesia Conciliar está muriendo más rápido de lo que cualquiera pudo haber predicho. ¿Las oraciones de los verdaderos Católicos tradicionales, que no tienen nada que ver con ella desde 1964 finalmente están siendo respondidas? ¿Dios Omnipotente está usando su vara de aventar para separar el trigo de la cizaña (San Mateo XIII, 24-30), y las ovejas de las cabras (San Mateo XXV, 31-34)? Solo el tiempo lo dirá, pero la imagen ha devenido más y más clara en años recientes.

«CON EL BELÉN HEMOS TOPADO» (ALCALDESA “VERDE” DE DUBLÍN)

Noticia tomada de GLORIA NEWS.
   
El gobernante Partido Verde en Irlanda ha fallado en vetar un belén en vivo en Dublín que la Asociación de Granjeros Irlandeses ha estado proporcionando animales vivos y bien cuidados desde 1995.

La alcaldesa “verde” de Dublín Caroline Conroy anunció el mes pasado que ella vetaría el belén en vivo fuera de su residencia en Mansion House, citando como excusa un “grupo de derechos de animales”.

Organizaciones reconocidas reviraron que el establo era una rara oportunidad para que los niños citadinos para “ver animales de corral”, un extraño argumento para un belén.

El Ministerio de Obras Públicas en cabeza de Patrick O’Donovan salvó la tradición advirtiendo que «lo siguiente que será abandonado en este país, probablemente será la palabra Navidad». Ellos pondrán el nacimiento viviente de 2022 en una locación diferente, en el parque Saint Stephen’s Green.

En el ayuntamiento, habrá solamente una [insípida] atracción de temática secular para la Navidad. Los “verdes” son campeones en matar niños no nacidos y personas enfermas, la mutilación de órganos sexuales, del sexo infértil, y más cosas.

LA LEY MORAL COMO CONFIRMACIÓN DE LA EXISTENCIA DE DIOS

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
  
[…] Otro hecho que se puede aducir en confirmación de la existencia de Dios es el de la ley moral. Desde que el mundo es mundo, los hombres siempre han hecho distinción entre el bien y el mal, la virtud y el vicio; se han sentido internamente obligados a hacer el bien y a huir el mal; siempre han probado en su conciencia la alegría por el bien cumplido y el remordimiento por el mal cometido. ¿Por qué esto? ¿Cuál es la razón última de estos hechos?
    
Los incrédulos hacen esfuerzos inauditos para sustraerlos de toda relación con el más allá. Ellos buscan explicar los dictados morales de la conciencia recurriendo a la educación, a los fenomenos hereditarios, etc. Y todos conocen el intricado laberinto de hipótesis y de sistemas excogitados, especialmente desde Kant en adelante, para explicar la obligación moral sin derivarla de Dios. Es el esfuerzo continuo para sustraerse al gobierno divino.
    
Pero en vano. Como en el mundo físico no se puede explicar el movimiento sin dirigirse a un primer moviente, así en el mundo moral no se puede explicar la fuerza obligatoria de la ley moral sin dirigirse a un supremo Legislador. Lo habíamos demostrado al confutar la moral independiente [1].
   
Aquí notaremos solo que la intrínseca diferencia entre el bien y el mal, y la consiguiente obligación moral que de ello deriva –la cual se impone a todos como imperativo absoluto– no se puede ni siquiera concebir sin la idea de Dios. Es verdad que la razón próxima de la bondad o malicia de nuestras acciones está en los dictados de nuestra conciencia, o, mejor, en los juicios de nuestra razón sobre la conveniencia o inconveniencia de nuestras acciones con aquellos dictados. Mas la razón última está toda en la referencia de aquellos dictados a la Suprema Razón y Voluntad Divina, de lancual nuestra razón no hace sino interpretar los entendimientos a través del orden objetivo de las cosas. No tanto que esto se advierta explícitamente –convendría en tal caso analizar el contenido– pero implícitamente sí, porque aquellos dictados morales se nos imponen como mandatos independientes de cualquier autoridad humana y de cualquier provecho o daño temporal, y por ende tales que nos hacen sentir la autoridad del Supremo Legislador Divino.
   
He aquí por qué los mismos paganos reconocían la ley moral como un mandato o prohibición proveniente de la misma Divinidad [2]: he aquí por qué el mismi Apóstol San Pablo reconocía en los Gentiles una ley escrita en sus corazones según la cual serán juzgados por Dios [3]: y he aquí por qué Manzoni ha podido escribir en Los Novios el célebre diálogo entre el Cardenal Federigo y El Innombrado.
   
Breve: el hombre siente estar ordenado a Dios como a su último fin, y la ley moral no es sino la dirección de sus acciones hacia este fin.

Cuanto hemos dicho hasta ahora recibe mayor luz por otro hecho: la aspiración del hombre a una felicidad perfecta que no se puede tener aquí en este mundo. Es un hecho que todos los bienes presentes, aun tomados en su conjunto, no pueden aquietar las ansias del hombre y hacerlo plenamente feliz. Esta ilimitación de las ansias por parte de la voluntad, procede de la ilimitación del conocimiento por parte de nuestra mente. Sentimos por íntima experiencia que el intelecto no está hecho para esta o aquella verdad, sino para la verdad ilimitadamente tomado, o sea para la Verdad: como igualmente sentimos por íntima experiencia que la voluntad no está hecha para este o aquel bien, sino para el bien ilimitadamente tomado, o sea para el Bien como tal. En otros términos, solamente la suma verdad y el sumo bien pueden apagar la ilimitación de nuestras ansias. Pero la suma verdad y el sumo bien no es sino Dios. De ahí que la aspiración del hombre a la felicidad, cuando se analiza en todos sus elementos, no es sino la misma aspiración del hombre a Dios. Decía San Agustín: «Fecísti nos, Dómine, ad Te, et inquiétum est cor nostrum donec requiéscat in te» [Nos hiciste, Señor, para Ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descansemos en ti].

Si bien la ley moral y la aspiración del hombre a la felicidad no son pruebas directas de la existencia de Dios, pero la presuponen sin duda […].

Mons. GIUSEPPE BALLERINI, La existencia de Dios.
   
NOTAS
[1] En el primer volumen de la Breve Apología (6a ed.), cap. XLVIII.
[2] Ver Cicerón, De Légibus, cap. II, c. 4.
[3] Epístola a los Romanos, cap. II, 14-15.

ACUSACIONES CONTRA “ARTISTA” JESUITA POR ABUSO


El mundialmente reconocido y altamente condecorado presbítero jesuita y “artista” esloveno Marko Ivan Rupnik, de 68 años, establecido en Roma desde 1991, ha sido acusado por una mujer consagrada de violencia psicológica y sexual, escribió SilereNonPossum.it el 1 de Diciembre y el 3 de Diciembre:
  • Rupnik creó los mosaicos en la capilla Redemptóris Mater (antigua Capilla de Matilde en el Palacio Apostólico), en las basílicas de Fátima y San Giovanni Rotondo, en la fachada del santuario de Lourdes, en la catedral de Santa María la Real de la Almudena de Madrid, en el santuario de Juan Pablo II en Cracovia, el santuario Juan Pablo II en Washington, y muchas otras iglesias importantes del mundo.
  • Actualmente, trabaja en la fachada del santuario nacional de Nuestra Señora de Aparecida en San Pablo (Brasil).
  • Rupnik es el director de Centro de Estudios e Investigación “Ezio Aletti”, que inauguró personalmente Juan Pablo II Wojtyła en 1993, y para el cual Francisco Bergoglio presidió una Eucaristía en el Vaticano en 2016 para el centro, dirigido por un grupo de jesuitas y la Comunidad de Loyola, un instituto secular femenino. Ofrece una vida común, estudios teológicos y artísticos, y publica libros.
  • Ya en 1995, una mujer consagrada reportó que sufrió «abuso psicológico, físico y espiritual» de Rupnik, quien dijo: «me forzó con presión y chantaje, a hacer cosas que informé en el foro apropiado. Después de mi primera queja, nadie me ayudó, ni la Comunidad, ni el entonces arzobispo de Liubliana, ni el director espiritual del P. Rupnik [probablemente el cardenal Tomáš Špidlík SJ, † 2010], con quien hablé y traté de explicar lo que había sucedido».
  • La mujer fue llamada a testificar, pero no se tomaron medidas.
  • Rupnik fue el confesor y director espiritual en la comunidad de su víctima, la cual fue secretamente puesta bajo un comisario en 2021, quien presentó el informe en Enero de 2022.
  • El 3 de Enero de 2022, Bergoglio recibió a Rupnik en audiencia privada, sabiendo que este se halla en una investigación canónica en curso.
  • En Mayo de 2022, Rupnik predicó un retiro al clero en Larino (Campobasso, Italia).
  • Los testimonios contra Rupnik son tantos que el obispo auxiliar para la zona centro de Roma, Daniele Libanori, abrió una investigación, y recogió testimonios incluso en Eslovenia. Llegó a la conclusión que «Las víctimas escuchadas son creíbles y su historia es consistente», que envió con el expediente al Dicasterio para la Doctrina de la Fe.
  • En el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, se comenta que «alguien detuvo el proceso, lo puso en pausa. Es alguien en la cima». Quizá el cardenal Ángelo de Donatis, vicario general para la Diócesis de Roma (que le encargó la pintura y mosaicos para la capilla del Pontificio Seminario Romano -no obstante ser un desierto-), o el arzobispo Giacomo Morandi (que había sido cercano al centro Aletti, y dio clases en algunas ocasiones).
  • El 30 de Noviembre de 2022, Rupnik fue recompensado con el Doctorado Honóris Causa por la Pontificia Universidad Católica de Paraná (Brasil), no obstante estar bajo investigación canónica. 
  • Todo el caso hace evocar la historia del sacerdote-presbítero pederasta mejicano Marcial Maciel Degollado († 2008), que gozó de la protección y honores dispensados por Wojtyła por tantos años. La única diferencia es que Bergoglio se presenta y es llamado «el único que lucha por la transparencia y contra el abuso».

sábado, 3 de diciembre de 2022

DECLARACIÓN DEL SÍMBOLO DE LA FE, POR SAN FRANCISCO JAVIER

LATÍN (Tomado de las Advertencias y Ejemplos de San Francisco Javier. Hong Kong, Imprenta de la Sociedad Misiones Extranjeras, 1898, págs. 196-222).
   
Delectat Christianos audire et nosse qua ratione, quoque ordine Deus e nihilo condiderit res omnes, in usum obsequiumque hominum. Principio creavit cœlos et terram, Angelos, solem, lunam, stellas, diem item ac noctem, herbas, fruges, poma omnis generis fructusque arborum, aves, animantes quæ in terra vivunt, mare, flumina et lacus, animantia aquatica. Et hisce universis conditis, novissimum omnium fecit hominem ad imaginem et similitudinem suam.
     
Primus homo a Deo creatus, fuit Adam, et prima mulier, Eva. Hos ambos cum formasset et animasset, statuissetque in paradiso terrestri, iis benedixit, eosque invicem despondit, matrimonii fœ́dere conjungens, mandavitque sic junctis, ut generarent filios, et terram incolis frequentarent. Ex his Adamo et Eva nati omnes sumus; hinc propagatum quantum est uspiam gentium. Informatur isto prototypo exemplo singularitas humani conjugii. Cum enim sapientissimus naturæ Auctor non dederit Adamo plus una conjuge, manifestum est contrariam divinæ auctoritati esse licentiam hujus generis, quam Mauri passim et idololatræ, quodque est flagitiosius et dolendum magis, mali etiam usurpant Christiani, multarum simul habendarum in contubernio mulierum. Nec si qui singularibus etiam concubinis assuescunt, hujus exempli censuram vitant; non enim prius auctore Deo, Adam et Eva dederunt operam liberis, quam ab ipso Creatore, legitimo fuissent connubii nexu copulati.
    
Quare fornicatores, utpote divino, a quo sunt conditi, rebelles Numini, congruas suæ nequitiæ pœnas exspectent. Agnoscant hinc quoque qui Pagodes adorant, quanto se scelere contaminent, dum, Deo uno vero cunctorum Conditore relicto ac spreto, muta simulacra et larvas stygias, fanatico errore venerantur; ac cum recta ratio clare monstret, indidem petendam vitæ gubernationem unde vivendi principium ducimus, isti, per sacrilegum furorem, præstigiis et sortibus, vánæque ariolorum divinationi spes rationesque committunt suas: salutis ipsorum hosti implacabili, diabolo eam fidem reverentiamque deferentes, quam Deo debebant auctori bonorum omnium, a quo animam, corpus, quidquid sunt, possunt, possidentve, acceperunt; impietate non magis in se fœda ac detestabili, quam miseris eam consciscentibus exitiali: quippe quos ea vesana superstitio cœlis excludat, ubi paratum animabus Dei cultricibus diversorium æternæ commorationis est, omni gaudio affluens; beata sedes illius felicitatis, ad quam Creator summe beneficus homines condidit.
    
Quanto sapientius veri Christiani Deo Domino suo fideles, ei credunt, eumdem in spiritu adorant, tota mente, cunctis devoti cordis affectibus, unum solum verum, supremum, æternum Spiritum cœli et terræ molitorem amplectuntur; intimamque istam animi religionem externis obsequiis exprimunt, dum frequentant sacra templa, ubi circum aras Deo vivo positas, vident imagines Christi ejus Filii, Deiparæ Virginis, Sanctorumque Dei servorum, qui, vita in ipsius servitio rite transacta, cum eo regnant in gloria paradisi!
    
Inter quæ augusta monumenta, salutari memoria instincti repræsentatarum illic et rerum et personarum, genibus humi positis, manibus sursum sublatis, in cœlum oculos et cor dirigunt, Deum ibi habitantem, in quo suum omne bonum ac consolationem collocant, confitentes, his sancto Petro tributis verbis: Credo in Deum Patrem Omnipotentem, Creatorem cœli et terræ.
    
Prius creavit Deus angelos in cœlis quam homines in terra. Porro major angelorum pars Deum suum statim adoravit, gratias ei et laudes referens, ob beneficium creationis. Lucifer e contrario, et cum eo multi angeli, debitam adorationem suo Creatori reddere noluerunt; sed cum superbia dixerunt: Ascendamus et evadamus similes Deo qui cœlorum tenet altissima. In pœnam hujus superbæ rebellionis, præcipitavit Deus Luciferum et huic adhærentes angelos, e cœlis in infernum.
    
Lucifer sic detrusus, videns Adamum et Evam primos homines, invidit ipsis gratiam in qua fuerant a Deo creati; et ut eos inde dejiceret, superbiam ejus similem qua ipse de cœlo deciderat, eis suggessit; objiciens conventis in paradiso terrestri, falsam spem assequendi honorem divino parem, si pomum a Creatore vetitum comederent. Arrexerunt animos Adam et Eva ad mendacem speciem promissæ similitudinis Dei, et tentationi consentientes comederunt de fructu interdictæ arboris, excideruntque statim gratia, in qua fuerant creati; moxque in pœnam suorum peccatorum, ejecit eos Deus terrestri paradiso. Vixerunt inde extra beatam sedem in laboribus per nongentos annos, pœnitentiam agentes peccati, quod admiserant; cujus tam inexpiabilis labes fuit, ut quantumcumque Adamus et ejus filii luerent atrocium suppliciorum, insufficiens esset ad ejus delendam maculam, ipsosque restituendos in spem priorem assequendæ felicitatis æternæ, ereptam justa ultione insanæ superbiæ, qua fieri concupierant Dei similes: ita ut illo portæ cœlorum impenetrabilibus obstructæ repagulis permanerent, et ipsum Adamum et ejus posteros inexorabiliter arcentes aditu gloriæ, cujus suo et illorum periculo peccans, jacturam fecerat irreparabilem.
    
O Christiani, quid nobis infelicibus fiet? Si tot angeli propter unum superbiæ peccatum cœlo præcipites exturbati sunt, et in imum tartarum detrusi; Adam vero et Eva ob simile superbiæ crimen, paradisi terrestris beatam possessionem amiserunt, quæ spes ostenditur aut ratio nobis, scelerum omnis generis colluvione depravatis, emergendi unquam e fæce tam tenaci, et elutis maculis, enitendi ad cœlorum summa, ubi sedes sempiternæ immortalium animarum felicitatis est a Deo constituta? Conclamata profecto res erat, et humani generis plane certa, nec ulla evitabilis ope damnatio ac pernicies extrema; quando sanctus Michaël, amicus noster verus, et qui cum eo angeli in subjectionis officio perseverantes, prǽmium constantiæ jam tulerant beatissimam fruitionem sempiternæ in cœlis gloriæ, miserati simili omnes humanæ naturæ calamitatem, coram Deo supplices procidentes, aliquod ab eo remedium ingentium malorum, quæ ex peccato Adami et Evæ in utriusque sobolem late inundabant, impetrare, hujus fere formæ precibus, conati sunt:
    
Bone Deus, clementissime Domine, ac Pater gentium cunctarum, venit jam tandem tempus, et ab origine sæculorum exspectatissima dies illuxit, quam misericordiæ in deploratissimos mortales expromendæ tuæ, æterna destinatione preparasti. Ejus diei quæ restitutis in divinæ gratiam adoptionis Adami filiis patefactura claustra cœlorum est, auroram en exortam nunc videmus, quandoquidem ex sanctis Anna et Joachimo nata est illa Virgo sine peccato Adami super omnes mulieres sanctissima, nomine Maria; cujus virtus et sanctitas supra omnia Deo minora excellens incomparabiliter eminet. Hæc cum adeo pura et illustris Virgo sit, videtur, non indignum opus fore tua sapientissima omnipotentia, si ex ejus sanguine virgineo digneris, quod facile potes, Domine, formare corpus humanum, sicut olim, Domine, formasti corpus Adami, quando id sanctæ voluntati tuæ placuit. In tale porro corpus e purissima Virginis substantia formatura, potes, idem Omnipotens Domine, simul creare, simul infundere atque intime unire animam unam aliquam eximiam, omnium quas unquam aut condidisti, aut es conditurus sanctissimam (interim eodem tempore decrevit Deus in arcano consilio Trinitatis sanctæ, personam divinam in ventre Virginis Mariæ humanæ naturæ sociare), ut ex ista cunctarum præstantissima Virgine, nascatur Jesus Christus, tuus Filius, mundi Salvator universi. Sic, Domine, implebuntur Scripturæ, ac fides constabit promissionum, per quas te obstrinxisti Prophetis et Patriarchis amicis tuis, qui nunc iis freti, exspectant in limbo Filium tuum Jesum Christum, Dominum et Redemptorem suum.
     
Ita orantibus Angelis sanctis, excelsus, supremus, Omnipotens Deus, motus intima misericordia nostræ ingentis, ipsi perspectissimæ miseriæ, legavit e cœlis sanctum Archangelum Gabrielem in civitatem Nazareth, ubi degebat Virgo Maria, cui, prout erat jussus a mittente, dixit: Ave, Maria, gratia plena, Dominus tecum, benedicta tu in mulieribus, Spiritus Sanctus superveniet in te, et virtus Altissimi obumbrabit tibi; et quod nascetur ex te, vocabitur Jesus Christus Filius Dei. Quibus ab Archangelo auditis, sanctissima Virgo Maria respondit: Ecce ancilla Domini; fiat mihi secundum verbum tuum. Eodem puncto temporis quo Virgo sanctissima propositis a Deo per sanctum Archangelum assensum prǽbuit, formavit Deus in ventre Virginis ejusdem, ex purissimo ipsius sanguine, corpus humanum, cui simul creatam intime conjunxit animam: et tunc secunda Trinitatis persona, Deus Filius, in ventre Virginis Mariæ incarnatus est, uniendo suæ hypostasi divinæ tam animum illum, quam corpus, utrumque sanctissimum.
    
Sub hæc, a die quo Dei Filius incarnatus est, ad diem ejus natalem novem omnino mensibus evolutis, Jesus Christus, Salvator totius mundi, Deus et homo verus, ex Maria Virgine natus est; id quod profitens sanctus Andreas dixit: Credo in Jesum Christum Filium Dei unicum, Dominum nostrum, cui statim subjunxit sanctus Joannes: Qui conceptus est de Spiritu Sancto, natus ex Maria Virgine. Bethlemi prope Jerusalem natus est Christus Dominus et Redemptor noster. Ibi eum Angeli, et Virgo ejus Mater cum suo sponso sancto Josepho, reges præterea tres, et alii multi, adoraverunt ut Dominum supremum.
     
Interim Herodes, qui regnabat Jerosolymis, timens ne regno, cui cupide incubabat, per hunc puerum pelleretur, voluit eum occidere: sed elusa ejus crudelitas est, Jesu in tempore subtracto. Nam ab Angelo Josephus admonitus in somnis, Bethlemo fugit in Ægyptum, tollens secum Jesum Christum et ejus Matrem Virginem; mansitque illic, quoad Herodes pessima morte vitam absolvit, tyrannus omni malo dignissimus; quippe cujus tanta fuit immanitas, ut in Bethleem, et in omnibus finibus ejus, omnes parvulos a bimatu et infra trucidaverit, Jesum Christum eadem cæde comprehendendum existimans. Falso id quidem, quippe servatus, ut dictum est, Jesus cum Virgine sua Matre ac sancto Josepho, reversi sunt in terram suam et civitatem Nazareth, præmonito de hoc ipso, in Ægypto per Angelum, Josepho.
   
Factus inde Jesus duodecim annorum, ascendit Nazaretho Hierosolymam, in Templum, ubi erant Doctores Legis, quibus Scripturas Prophetarum et Patriarcharum, adventum Filii Dei prædicentes, declaravit, tam illustri miræ sapientiæ specimine, ut passim omnes stuperent. Hinc reversus Nazareth, ibi mansit usque ad ætatem quasi annorum triginta, quando inde proficiscens ivit ad fluvium Jordanem, ubi erat S. Joannes Baptista, multos ad se accedentes baptizans; inter quos et Jesum quoque Christum baptizavit in Jordane. Ex eo se loco Jesus Christus contulit in desertum montem, ubi quadraginta diebus et totidem noctibus omni cibo potuque abstinuit. In eo monte, diabolus nesciens Christum esse Dei Filium, impellere ipsum tentavit in peccata tria, gulæ, cupiditatis, et vanæ gloriæ.
    
Sed cunctis rejectis, Christus a diabolo et a monte, victor descendit in Galilǽam, ubi multos homines convertit; et multa dæmonia ex energumenorum corporibus expulit, mandans ut inde facesserent; cui mandato statim illi, rebelles licet et contumaces spiritus, parebant, mirante, non sine causa, populo, et doctrinam ejus divinam sapientissimis concionibus probatam, tum præterea virtutem mirificam in curandis omnis generis morbis, fama late fusa celebrante. Hinc multi scilicet ad fidem adhibendam iis quæ a tantæ auctoritatis magistro prædicabantur, persuasi, ægros qualicumque languore laborantes, undique certatim ad ipsum trahebant; qui eos omnes, sanctarum suarum contactu manuum, abstersa lue quavis, statim dimittebat in domos suas, sanos et gratulantes.
    
Post hæc vocavit Jesus Christus Apostolos duodecim et Discipulos septuaginta duos, quos secum circumducebat, urbes et pagos obiens, docendis mysteriis regni Dei, concionando ad concurrentes turbas, et fidem iis quæ tradebat conciliando, frequentissima editione miraculorum ingentium. Nam coram omni populo, Apostolis et Discipulis præsentibus, reddebat visum cæcis, loquendi facilitatem mutis, auditum surdis, vitam mortuis, gressum claudis, motum paralyticis, quibus quotidie cernendis, Apostoli et Discipuli magis scilicet magisque confirmabantur in fide Jesu Christi: qui tantam illis sapientiam et virtutem communicavit, ut rudes licet ac piscatores illiterati, conciones ad populum haberent, supplente studii atque institutionis humanæ defectum divino magisterio Filii Dei Jesu Christi; cujus etiam invocato nomine, mira ipsi quoque Apostoli operabantur: a morbis variis et ab insessionibus malorum dǽmonum corpora hominum liberantes; iisque humanam facultatem excedentibus factis, velut obsignantes quæ docebant de adventu Filii Dei; ea quantumvis nova, abunde credibilia evincentes testimoniis tot signorum, minime dubium divinæ suffragationis characterem præferentium.
    
Illustris hinc Christo Discipulisque ejus late per Judǽam parta claritas, perstrinxit oculos primatum gentis prætumidorum opinione sui, quorum ii præsertim qui Pharisǽi dicebantur, superciliosissimi despectores omnis excellentiæ, cum etiam solerent indignari, si cuivis non suæ hæresis ac sectæ, laus vel mediocris doctrinæ contingeret, facile æstimatu est quanto superbissimarum cruciatu mentium cernerent, audiri miro plausu multitudinis Christum reprehensorem dogmatum suorum, adeoque jam efferri studiis vulgi, ut nihil propius abesset, quam ut ipsis ex arce quam dudum insederant, auctoritatis et existimationis summæ, deturbatis, eo novus Magister, cum grege piscatorum illum sequentium, promoveretur. Hac rabie instincti stygii livoris, universas decreverunt calumniæ artes intendere ad famam Christo una cum ipsa extorquendam vita.
    
Ad hoc cum alios tunc potentes rerum artificiosis sunt sermonibus adorti, tum Pilati, per id tempus Judǽæ præsidis, animum precibus, suspicionibus, criminationibus varie versatum, perpulerunt denique ad annuendam ipsis, quam ut quieti publicæ necessariam vehementer flagitarant, comprehensionem Jesu. Obrepi eatenus sibi externus ille rector passus est insidiosis machinationibus istorum: non ille quidem ignorans invidiæ ipsos propriæ, communis utilitatis fucosam speciem obtendere; sed aut pertǽsus instantiæ importune urgentium, aut demereri potentes in plebe studens, tanti duxit vel propriam quietem, vel alienam gratiam periculo redimere, clari quidem viri, et Eliæ ac Jeremiæ veterum, vel recentioris Joannis Baptistæ facile similis; non tamen, ut putabat, humano fastigio majoris. Si enim perspicue novisset Jesum esse Dei Filium, haud ullo videtur perpelli potuisse ambitu ad eum invidentium furori condonandum.
    
Capto porro auctoritate publica Jesu, illud privata malignitate scelerati ejus osores addiderunt, ut quam contumeliosissime crudelissimeque tractari eum per sibi obnoxios curarent. Hinc ille concursu ac convicio per vias ac plateas tractus, e domo in domum ad varia tribunalia raptatus, spretus, objurgatus, consputus, cæsus colaphis, ad extremum deductus ad Pilatum est, cum falsis testibus, et infestis vocibus concitati populi necem ei crucemque deposcentis. Hærebat præses tamen, innocentiæ delati conscius; quoad intentato metu excidendi gratia Cǽsaris, si designatum et mox rebellaturum Judæorum regem dimisisset incolumem, inflexus ille ad votum accusantium, Jesum, crudelissime prius toto corpore a capite ad calcem flagellis conscissum, Judǽis, idipsum immani vociferatione flagitantibus, crucifigendum concessit.
    
Ante tamen quam in crucem tolleretur, subornato in speciem jocularis regis, corona in capite spinea, sceptroque arundineo in manu, illuserunt Pharisæorum emissarii, positis coram, ironica veneratione, genibus, Regem Judæorum salutantes; moxque conspuentes in ejus faciem, et crebris genas alapis tundentes; tum cannam extortam dexteræ, in verticem spinis obseptum impingentes. Tandem in monte Calvariæ, vicino urbi Hierosolymæ, ipsum cruci affixerunt. Sicque mortuus est in cruce Jesus Christus ad salvandos peccatores, ita ut sanctissima ejus anima vere a pretiosissimo ipsius corpore separata fuerit, quando is in cruce exspiravit, adhuc tamen tam anima quam corpore, licet invicem disjunctis, unitis divinæ Personæ permanentibus: quare sicut spiritus a divinitate indivulsus avolavit, ita exsangue cadaver, sive adhuc in cruce pendens, sive depositum et sepulcro conditum, comitem secum individuam intime conjunctam divinitatem eamdem ubicumque habuit, nusquam ab illa destitutum.
    
Cǽterum in morte Jesu Christi sol obscuratus est, proprio lumine amisso, terra tota contremuit, scissæ petræ sunt mutuo illisu, monumenta sponte mortuorum patuere, multis emissis corporibus sanctorum hominum, qui vitæ redditi, plurimis in civitate Jerosolyma se videndos præbuerunt. Quibus signis visis, qui præsentes adfuere morienti Christo, convicti exclamarunt: vere utique illum Dei Filium fuisse. Hactenus narrata sanctus Jacobus Apostolus profitens, adjunxit hæc jam dictis per alios Apostolos: Credo in Jesum Christum, qui passus est sub Pontio Pilato, crucifixus, mortuus, et sepultus.
    
Jesus Christus erat Deus, quandoquidem erat secunda persona sanctissimæ Trinitatis: simul idem erat verus homo: utpote Filius Virginis Mariæ, constans anima rationali et corpore humano. Quatenus homo erat, vere mortuus est in cruce, quando est et confixus. Mors siquidem aliud nihil est nisi separatio animæ a corpore, in quo et cum quo vivebat. Sanctissima porro anima Jesu Christi sejuncta est a corpore, quando is in cruce exspiravit.
    
Tunc autem vinculo corporis soluta anima illa sacratissima, permanens unita divinitati Dei Filii, ut semper antea fuerat ex quo Dominus Deus eam creavit, descendit ad limbum. Est hic locus subterraneus in quo detinebantur animæ sanctorum Patrum, Prophetarum, Patriarcharum, aliorumque multorum, illic congregatæ, exspectantes omnes adventum Filii Dei, a quo se liberandas et ex illo carcere transferendas in paradisum sciebant. Semper usque a primo rerum conditu vixerunt in mundo boni homines, qui cum essent amici Dei, et liberi professores veritatis quam cognoscebant, minime dissimulare consueverant in occursu malorum quid sentirent. Reprehendebant enim peccatores, increpando haud molliter scelera rebellantium inverecunde et impie in Deum ac Creatorem omnium communem. Id pravi ac flagitiosi homines moleste scilicet ferebant. Ergo instincti adjutique a conjurato cum ipsis, cujus auspiciis militabant, malo dǽmone, omnis generis maleficiis infestabant bonos Dei amicos, captivantes, exterminantes, nulla non eos injuria et contumelia vexantes.
     
Huic tanto vitarum discrimini consentanea proportione respondebat diversissima conditio animarum e corporibus per mortem emissarum. Earum siquidem quæcumque bonæ, dum in vita degerent, fuerant, eæ corporum deinde vinculis per mortem expeditæ, in eum se, quem vocari limbum dixi, conferebant locum, qui quoniam longe infra terræ superficiem profundo depressus hiatu est, inferni quoque et inferorum appellatione designabatur, non quod illic, sicut de inferno simpliciter dicto passim intelligitur, tortor ignis ardeat, aut vigeat alia vis noxia crucians animas: quæ mala sontibus reservantur. Istæ autem, prout decebat puras scelerum Deoque gratas mentes, beata compostæ pace quiescebant.
    
Sed subest huic tranquillæ sedi regio inferior, vocata purgatorium, quoniam fullonica hic velut quǽdam est purgandis et perpoliendis animabus, quæ mortalem quidem vitam, capitalis insontes criminis, in Dei gratia clauserunt: cǽterum aut levioribus inspersæ nævis venialium culparum; aut nondum penitus explicitæ sequacibus debitis noxarum lethalium, revocatarum quidem salutari pœnitentia, non hac tamen adeo plena et perfecta, ut supplicii persolvendo piaculo requisiti omne in solidum nomen expunxerint, hærentes adhuc labes ex concreta olim tabe, mordaci velut lima tormentorum acrium pergunt eradere, quoad exæquatis ad libellam culpæ ac pœnæ ratiunculis residuis, cunctisque harum reliquiis patiendo exhaustis, liber spiritibus in tersissimum denique nitorem defæcatis aditus panditur cernendæ hæreditati, cujus interceptam pœnali dilatione possessionem per legitimum spatium tulerunt.
    
Ultimus subterraneorum locus est infernus infimus, sive tartarus, sedes miserrima tam horribilium incendiorum inextinguibiliter urentium, aliarumque omnis generis adeo intolerabilium ærumnarum, ut si mortales serio quotidie, per horulæ spatium, meditando incumberent ad informandam, quamcumque assequi per hanc vitæ caliginem possunt, istiusmodi tormentorum imaginem, næ illi magis abhorrerent a tot tantisque flagitiis sceleribusque consciscendis, per quæ ludibunde ac facile sese obligare luendis per totam æternitatem dirissimis hisce suppliciis, non dubitant. Ibi est Lucifer princeps rebellium Deo spirituum; ibi omnes ejus sectam secuti dǽmones, illuc e cœlo detrusi; ibi cuncti quotquot ab orbe condito ultimum spiritum extra Dei gratiam efflarunt homines, culpæ lethalis rei. In hanc stygiam fornacem qui semel sunt conjecti, æternum sine spe gemunt, sensu semper puncti vivo ingentium et innumerabilium malorum, quorum nec remedium, nec laxamentum, nec solatium vel minimum, posse ipsis undelibet contingere per infinitam sæculorum omnium perennitatem, persuasissimum habent.
    
O fratres mei, quæ isthæc (malum) dementia nostra est! ita nos securos ab omni tartari metu vivere, cum criminum in dies atrociorum congerendis in conscientias nostras struibus, flammis illis sempiternis materiam sedulo paremus. An non hoc indicium est evidens nostræ, non dicam modicæ, sed plane nullius fidei? Quippe quam etsi lingua profiteatur, manus tamen et vita certiori argumento refellit, ut recusare nequeat, qui se Christianum ferens, licentiam usurpat, in peccando, Mahumetanorum et idololatrarum, quin si quando sese dicat credere ignes infernos, et pœnas nullo terminandas fine, Dei legem migrantibus servatas, fallere ac mentiri judicetur. Ecclesia, vel Fidelium in terris militans, vel Sanctorum cum Deo regnantium triumphans in cœlis, nunquam orat pro mortuis in infimum infernum legatis; quippe quorum in omnem æternitatem paradiso exclusorum spem plane conclamatam irreparabilemque ruinam norunt. Verum ambæ animabus in purgatorio gementibus benigna suffragatione opem ferunt: uti et pro salute adhuc in vita degentium sollicitæ, gratias illis conantur impetrare, quarum auxilio exitiosissimum in æterna incendia tartari lapsum effugiant.
     
Christi Jesu, sexta feria mortui, anima sanctissima divinitati semper juncta, descendit in limbum: et quotquot illic animas reperit adventum suum exspectantes, eduxit inde: tum die tertia, quæ fuit Dominica, surrexit a mortuis, suam iterum sanctissimam animam rejungens eidem corpori quod in cruce exspirans reliquerat. Mox redivivus et dotibus beatæ immortalitatis vigens, apparuit Matri primum suæ, Mariæ Virgini sanctissimæ, deinde Apostolis et Discipulis, aliisque sibi caris, eo ipsorum gaudio, quo et abstergeretur, et abunde compensaretur mœror ex ejus morte ipsis gravissimus obortus. Suis etiam inimicis et crucifixoribus per Discipulos obtulit veniam, reque ipsa prǽbuit, quotquot admittere voluerunt. Hi non pauci fuere, nam miro eventu contigit, plurimos qui Christo credere viventi, prædicanti, ac prædicationem signis ingentibus confirmanti, pertinacissime recusaverant, ei non amplius viso vel audito, sed testimonio Discipulorum ipsius resurrexisse a mortuis credito, fidem plenam adhibere; in ipso spem ponere; ejusdemque, ut Dei ac Salvatoris hominum, cultum religionemque profiteri. Hactenus exposita sic se habere sanctus Thomas affirmavit his verbis: Credo in Jesum Christum qui descendit ad inferos, et tertia die resurrexit a mortuis.
    
Mansit Christus in terris, postquam resurrexit a mortuis, per dies quadraginta; duplici, quantum intelligitur, de causa. Primum, ut plane persuaderet Discipulis se resurrexisse: deinde ut eos doceret quid agere deberent. Adeo ii turbati fuerant inexpectatissimo eventu mortis ejus, tantumque absorpti tristitia ex eo acerbissimo casu nata, ut ægerrime adducerentur ad credendam ipsius resurrectionem, nec una ad id alterave satis foret apparitio, mora opus erat, et multiplicatis per iteratos congressus vitæ vere resumptæ indiciis manifestissimis. Hoc ut suaviter, et modo infirmitati humanæ accommodato benignissimus Dominus ageret, triumphalem in cœlos ingressum suum quadraginta dierum spatio distulit, crebris interim Discipulos sermonibus erudiens, quid credere ipsi, quidve facere, quid gentes deinde omnes docere, quidque persuasis de dogmate, operandum præscribere oporteret; ut tam ipsi quam cǽteri homines ipsorum prædicatione credituri, pervenire ad regnum cœlorum possent, et eo se præcessurum suo tempore.
    
Consecutus utrumque quod optaverat, et cum ejecta omni penitus ex cunctorum Discipulorum mentibus dubitatone de morte ac resurrectione ipsius verissimi Dei Filii ac Salvatoris hominum, tum satis omnibus edoctis de regno Dei, hoc est de Ecclesia fundanda, deque ipsis dogmatibus tradendis, tum de sacramentis et cǽtera christiana ubique terrarum per Apostolos instituenda disciplina, causam in terris morandi nullam amplius Christus habens, profectus cum Maria Virgine sua Matre, cum Apostolis et multis aliis in montem Oliveti, cunctis iis spectantibus, cœlorum inde summa conscendit, liberatos e limbo Patres secum ducens. Tunc patuerunt altæ cœlorum fores, offusique obviam omnes Angeli triumphanti Domino pompam fecerunt procedenti, usque ad thronum ipsi paratum ad dexteram Dei Patris. Eodem reversus, unde prius descenderat, carnem humanam in sacra Genitricis Virginis alvo sumpturus, illic sedet Advocatus peccantium, causas agens nostras apud Patrem, et iram ejus justam exarmans, auxiliaque submittens, quibus adjuti damnationis æternæ fugere periculum possimus. Hæc est sententia articuli symboli sancto Jacobo Minori tributi: Credo in Jesum Christum, qui ascendit in cœlum et sedet ad dexteram Dei Patris Omnipotentis.
    
Quia vero hic mundus sicut habuit initium, ita suo terminandus fine est; ut sua ei clausula rite, ac quemadmodum est consentaneum divinæ Conditoris providentiæ, contingat, non prius hoc commercium humanæ societatis, hæc generationum late sese propagantium successiva varietas desinet, quam de cunctis omnium hominum cogitatis, dictis et operibus ǽquum judicium feratur, debita cuique mercede constituenda. Judex supremus, Jesus Christus, est ad istam causarum omnium exercendam cognitionem e cœlis descensurus, prout eum certissime facturum, jam tum in ejus e terris ascensu denuntiatum per Angelos est. Is forum aperiet, in quo universi, qui unquam et uspiam fuerunt, homines vadimonium sistent, coram inexorabili arbitri cuncta scientis, Omnipotentis, tribunali, ad quǽsita responsuri num propositis ab Ecclesia dogmatibus crediderint? num præcepta servaverint? Qui sic fecerint, in gloriam paradisi admittentur: qui vero credere recusaverint, quales sunt Mauri, Judǽi, Gentiles, eos ignis excipiet æternus, ubi nulla redemptio: qui autem fidem quidem professi fuerint, mandatis vero Decalogi obedire neglexerint, ut mali Christiani, ii pariter Christi Jesu irrevocabili sententia flammis æternum usturis addicentur.
      
Antequam hæc fiant, instante mundi exitu, omnes qui tunc vivent homines, morientur. Est enim hoc naturæ debitum nulli non solvendum utique: cum ea conditione quivis homo nascatur, ut aliquando vivere desinat; cujus legis cum ne Christo quidem Dei Filio gratia facta sit, manifestum est, quam temeraria et irrita spes foret cujusvis alterius id sibi privilegium spondentis. Cǽterum non sua causa Jesus est mortuus, sed pro peccatis nostris; mox tamen resurrexit propria virtute, ut et resurgendi nobis fiduciam resurrectione sanciret sua, et acerbitatem necessitatis moriendi piis bonisque amicis suis, exempli proprii communione temperaret. Ergo vel si qui sancti et omni virtute perfecti in mundo forte reperirentur, quando ejus statutus imminebit finis, haud est putandum eos citra mortem transferendos in speratam et promeritam ipsis felicitatem: verum ii quoque mortem prius gustabunt, ac sic cum cǽteris vitæ redditi, suis quisque, iisdem quæ prius habuerant, corporibus resumptis, sed per beatas dotes in statum reformatis meliorem, transibunt in sortem promissæ felicitatis.
   
In hunc modum Christo Jesu ad supremum exercendum judicium e cœlis descendente, omnes a primo ad ultimum homines, prius mortui, resurgent, omnes ab eo judicabuntur, boni pariter et mali: verum ingenti et in omne deinceps ævum immutabili discrimine, illis ad gaudium, his ad exitium gemitumque perpetuum transituris. Hanc sanctus Philippus profitens veritatem, dixit: Credo in Jesum Christum e cœlo venturum, ad judicandos vivos et mortuos.
    
Quando Christiani crucis forma nos signamus, sanctissimæ Trinitatis fidem certam profitemur. Id mysterium hujusmodi est: Deum unum solum singularem credimus et colimus, sed trinum eumdem in personis. Prima persona, Deus Pater, non est factus nec genitus. Secunda persona, Deus Filius, est genitus a Deo Patre, non factus nec creatus. Tertia persona, Spiritus Sanctus, procedit a Patre et Filio, non creatus nec genitus. Id indicamus quoties nos signamus, expressa per manus motum crucis figura. Ponendo enim dextram in fronte, simulque pronuntiando: In nomine Patris, demonstramus Deum Patrem nec factum nec genitum esse. Postea demittendo manum eamdem ad infimum pectus, pariterque dicendo: et Filii, significamus Deum Filium a Deo Patre genitum, non factum nec creatum. Porrigimus deinde manum in humerum sinistrum, dicentes interim: et Spiritus; tum eamdem retrahendo ad humerum dextrum dicendo: Sancti, declaramus Sanctum Spiritum a Patre et Filio procedere.
    
Hanc bonus omnis Christianus sine ulla dubitatione tenere ac confiteri fidem debet, consubstantialem Patri ac Filio, ex utroque procedentem, Spiritum Sanctum credens, adorans, magnificans; qui suis sanctis inspirationibus a peccatis revocat, et movet corda nostra ad observanda decem mandata legis Dei Domini nostri et præcepta sanctæ matris Ecclesiæ catholicæ; inclinat etiam ad exercenda opera misericordiæ corporalia et spiritualia. Hoc de Sancti Spiritus divinitate dogma complexus est sanctus Bartholomǽus his verbis: Credo in Spiritum Sanctum.
    
Quicumque christianam amplexi religionem, ejus officium tenere ac fidem præstare decrevimus, non modo credere, tanquam ad salutem necessarium, sine ulla dubitatione debemus, quidquid de Christo ipso Domino, Deo simul et homine, Apostoli, Discipuli, Martyres et Sancti omnes crediderunt: sed etiam pari necessitate adstringimur universi ad persuadendum certissime nobis, institutam ab eo in terris fuisse catholicam Ecclesiam, cui qui præsunt a Sancto Spiritu diriguntur; ita ut dubitare nullo pacto liceat quin, quæ illi præscribunt observanda et tradunt tenenda, recta et vera sint. In iis enim quæ universali consensu cunctis pariter agenda vel vitanda decernunt: uti et in illis quæ circa vetera dogmata, vel subnascentes de iis controversias, maturo consilio definiunt, habent sibi promissam divini Spiritus assistentiam, qua errare non sinantur. Sanctos igitur canones Patrum, decreta Conciliorum, edictaque universalia Pontificum Summorum a cardinalibus, patriarchis, archiepiscopis, episcopis, caeterisque prælatis Ecclesiæ proposita, prona veneratione, certa fide, prompto debemus obsequio excipere; plane persuasi, juberi ea docerique auctoritate ac sapientia Christi Domini, per quos sibi substituit ministros suam Ecclesiam gubernare, et ad finem ipsi præfixum æternæ salutis dirigere pergentis. Hoc nobis commendare voluit sanctus Apostolus et Evangelista Matthǽus, quando dixit: Credo sanctam Ecclesiam catholicam.
   
Illud etiam pro certissimo tenemus quotquot non falso christianum nomen gerimus: merita operum heroicorum, quæ Christus in vita mortali agens patiensque, Patri obediendo, in salutem hominum ingentia congessit, communicari, et influxu quodam intimo proficere veris omnibus Christianis in Dei gratia perstantibus. Ita ut quemadmodum in corpore naturali, membra invicem communicant quod cuique inest bonum, vigore se in cunctos artus, ex capite præsertim, propagante: ita in corpore mystico (quale est Ecclesia, cujus caput Christus est), membra singula, hoc est, fideles cuncti, hauriunt succum arcanum, quo vegetante et augentur ex unigenito Dei Filio Christo Jesu, cui ut vertici adhǽrent: nutrimentum enim inde illis intimum affluit alimoniæ cœlestis, per canales maxime septem Sacramentorum derivatum. Ea sunt: Baptismus, Confirmatio, Chrisma vulgo dicta, Eucharistia, Pœnitentia, Extrema Unctio, Ordo, Matrimonium, quibus sacris mysteriis quicumque cum debita dispositione initiantur, illi gratiam habitualem accipiunt vel augent; qualitatem animæ vivificam a Deo concessam indignis per se mortalibus, intuitu sanctorum operum a Christo, dum viveret in terris, patratorum. Quia enim ille, ut Patri obsequeretur, tot mala toleravit, tot ac tantas injurias et contumelias volens pertulit, dolores denique acerbissimos crucemque ac mortem ultro subiit, mercedem quantamvis illis factis est lucratus. Porro idem ex se felix, tali lucro non indigens, jus ad illud suum in nos transfert, sibique imputat quod ex illa mercede nobis proficit. Hinc quæ confertur nobis gratia, fructus meritorum Christi est, et influxus quasi capitis in membra.
     
Quemadmodum vero non solum caput influit in artus, sed membra etiam se occultis afflatibus mutuo fovent, alunt et vegetant, ita, præcipue quidem, non tamen omnino unice, ditamur participatione thesaurorum, quos Christus e recte a se factorum, et patienter in vita mortali toleratorum, pretiis congessit. Voluit quippe idem etiam, e cumulo gratiæ apud eum partæ servorum suorum fratrum nostrorum laudabilibus actis et laboriosis perpessionibus, in nos aspergi ac promanare quidpiam. Sic, illis orantibus, nobis impetratur; illis vice nostra patientibus, aut præteritas suas perpessiones offerentibus, nos pœnæ debito solvimur. Bona denique omnis generis opera eorum, nobis in Dei gratia et in Ecclesiæ corporis compage perstantibus, varie prosunt, salubri effluvio commeabilis in connexa redundantiæ.
    
Agnoscimus præterea profitemurque, Deo Domino nostro vim ac potestatem inesse remittendi peccata, hoc est, abolendi maculas ac condonandi pœnas facinorum pravorum, per quæ, abutentes arbitrio nostro, nos homines a Deo secedimus, et contra eum rebellamus; ideo merito excidentes ipsius gratia, in quam nos antea benigne admiserat. Confitemur etiam et credimus istam potestatem a Christo Domino datam et communicatam fuisse sacerdotibus Ecclesiæ catholicæ: vi cujus communicationis, auctoritas nunc illis competit absolvendi a peccatis, quoscumque satis paratos invenerint, ut coram Deo rite solvi culparum vinculis possint.
     
Quare conscios Dei offensi id sedulo agere oportet, ut digna exhibenda scelerum suorum pœnitentia, se ad promerendam peccatorum veniam, et sic assequendam salutem animæ, disponant. Ea enim controversia vertitur in sacro, cui se sistunt, tribunali, sacerdote judice digni necne ii sint, qui beneficio absolutionis impertiantur. Accusator idem qui reus, in isto foro est. Arbiter sacerdos causam cognoscit, diligenter cuncta, pro tantæ dignitatis officio, considerans. Confessio peccatorum mortalium omnium integre a pœnitente debet fieri, nisi tempus, ut in subitis periculis, ad id plane peragendum desit. Universis satis cognitis, pronuntiante sacerdote absolutionis formulam, Dei gratia rursus infunditur pœnitentibus, per quam delentur peccata quibus prius eorum animæ deformabantur, et æternæ pœnæ, cujus pro iis debitores tenebantur, certa ipsis remissio conceditur. Utrumque istud doctrinæ catholicæ caput amplexus sanctus Simon his verbis est: Credo communionem Sanctorum, et remissionem peccatorum.
     
Quia vero fieret injuria divinæ infinitæ bonitati atque justitiæ, nisi certo crederetur, haudquaquam omissurum Deum large remunerari eos qui illi fideliter inserviunt, observanda exacte sanctissima ipsius lege, aut e contrario dignis pœnis afficere nefarios contemptores sui numinis, et mandatorum ejus pervicaces transgressores, credimus omnino futuram resurrectionem carnis, hoc est, omnes plane quotquot vixerunt antehac, vivimus hodie, vivent post nos, homines, resumpturos in fine mundi, reviviscendo, corpus idem quod eum morerentur habuerunt, et in eo deinde perpetuo victuros in tormentis aut in gloria. Ita enim necessarium plane est, ut Deus noster pro sua rectissima et incorruptissima justitia, hinc quidem æternis gaudiis refoveat corpora Sanctorum, qui suos sensus et membra laboribus in vita mortali continuis subjecerunt, tolerantes etiam, ne a Dei amore divellerentur, insultus et plagas persecutorum, eos ad Dei offensam pertrahere vi omni ac dira crudelitate contendentium. In quo, etsi virilis pars, animæ in officio perstantis, fuit; tamen cum corpora quoque fraudata sibi convenientibus bonis, vexata, torta, immaniter non raro ista occasione lacerata fuerint, digna ea quoque sunt quibus pars quietis, lætitiæ ac gloriæ consentanea contingat.
    
Inde ex adverso non minus erat conveniens, corpora flagitiosorum hominum, qui dum viverent, nullo legis divinæ respectu, omnis generis nequitia se licentissime inquinaverant, gulæ et obscœ́nis cupiditatibus, spretis Dei mandatis, obsequentes, castigari sua vice; ac illicita libidine appetitas voluptates, imposita invitissimis ignium nunquam extinguendorum æterna tolerantia, luere, sicque vel sero intelligere, quantum malum sit, Dei summe venerabilis supremum numen contemnere atque irritare, fuisse ausam vilissimam creaturam. His de causis resurgent, ut dixi, omnes homines boni pariter et mali, magno illo die judicii supremi; animǽque illorum eadem quæ nascendo acceperunt, et usque ad mortem animarunt, iterum induent corpora; iis nexu deinceps in ævum omne indissolubili devinctæ, cum iis ituræ, prout vitæ cujusque merita erunt, aut in cœlum ad regnandum cum Christo in gloria paradisi, aut in tartarum ad gemendum cum diabolo. Hoc voluit promulgare sanctus Thaddǽus quando dixit: Credo resurrectionem carnis.
    
Quoniam autem noster animus ad imaginem et similitudinem Dei omnipotentis factus, in quantum naturæ spiritualis, est præditus potentiis divinas perfectiones referentibus, scilicet, voluntate, intellectu, memoria, atque, ut talis, instinctus ab ortu est innato quodam et a Conditore afflato desiderio, suo se prototypo jungendi, frustra istum fuisse tam excellenti creaturæ a Creatore ipso inditum semper vigentem appetitum, credendum utique non est. Sed pro indubitatissimo potius tenendum, prout omnes Christiani persuasissimum habemus, futurum, Deo adjuvante, humanum animum, nisi per ipsum stet, tanti voti compotem, et perventurum ad fruitionem summi boni, quam vitam æternam dicimus. Et hujus quidem, jam ante resurrectionem corporum in Dei gratia defunctæ, ac plene purgatæ peccatorum reliquiis animæ, possessionem ineunt, ad Deum jam tum videndum ac fruendum admissæ.
    
Cǽterum istam felicitatem sine interpellatione ulla, resumptis suo tempore rursusque copulatis suis sibi, sed longe meliori conditione, corporibus, in perennitatem finis expertem propagabunt; toto illo immensæ sempiternitatis spatio gavisuræ cum Deo in cœlis, inter Angelorum beatorum innumerabilium, et sanctorum hominum, status ac conditionis omnis, festo plausu triumphantes exercitus: Dei Domini Creatoris et Domini communis benevola et beatifica præsentia cunctis simul omnes bonis cœlestibus cumulante: quorum bonorum tam excellens est sublimitas, ut quantumvis cogitando aut ratiocinando conemur in hac vita mortali, nullam unquam possimus ideam earum aut imaginem informare mentibus, quæ ad rei veritatem, vel longo intervallo, sese admoveat: adeo insuspicabilis illa divinæ largitatis, se totam in sibi charos beatos effundentis, magnificentia est! Tamen hoc exiguum, quod de illa ineffabili felicitate, quasi balbutiendo, dicere possumus, abunde illam nobis expetibilem ostendit.
    
Ibi nimirum læti ac tranquilli florentissima pace vivunt Sancti, nulla cujusquam querela, nihil ipsi quo quemquam incusent habentes; chari cultique omnibus, universos vicissim amore ac veneratione suavissime complexi: cunctis abundantes, non dicam quibus egent, sed quæ desiderare ad consummatam gloriam gaudiumque possunt, sine ullo ullius sensu, appulsu, aut metu mali; beatissima contra bonorum omnis generis omnium copia et tam profuse abundante, ut vota excedens, etiam in sæculorum interminabilium usum sufficiat; et tam certa tamque tuto custodita, ut timeri periculum nullum unquam possit ejus vel intervertendæ vel minuendæ. Hoc intellexit sanctus Matthias quando dixit: Credo vitam æternam.
   
TRADUCCIÓN (Por Félix Zubillaga SJ a partir de una copia portuguesa de 1553, en Cartas y Escritos de San Francisco Javier. Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, págs. 203-214).
   
Holgad, cristianos, de oír y saber cómo Dios criando hizo todas las cosas para servicio de los hombres.
   
1. Primeramente crió los cielos y la tierra, a los ángeles, el sol, la luna, las estrellas, el día con la noche, las hierbas, frutos, aves y alimañas que viven en la tierra, el mar y los ríos, los peces que viven en las aguas; y acabadas de criar todas las cosas, por último crió al hombre a su imagen y semejanza. Y el primer hombre que Dios crió fue Adán, y la primera mujer Eva. Y después que Dios crió a Adán y Eva en el paraíso terrenal, y los bendijo y casó, les mandó que hiciesen hijos y poblasen la tierra de gente. Y de Adán y Eva venimos todas las gentes del mundo.
    
Y pues Dios no dio a Adán más de una mujer, claro está que contra Dios los moros y gentiles y los malos cristianos tienen muchas mujeres; y también es verdad que los que están amancebados, viven contra Dios, pues Dios casó a Adán y Eva primero que les mandase que creciesen y multiplicasen haciendo hijos de bendición.
    
Y así los que adoran en pagodas, como hacen los infieles, y los que creen en fetiches y suertes y adivinadores, pecan grandemente contra Dios, porque adoran y creen en el diablo, y lo toman por su señor, dejando a Dios que los crió y les dio alma y vida y cuerpo y cuanto tienen, perdiendo esos tristes por sus idolatrías los cielos, que es lugar de las almas, y la gloria del paraíso para la cual fueron criados. Mas los cristianos verdaderos y leales a su Dios y Señor, creen y adoran de voluntad y corazón a un solo Dios verdadero, criador de los cielos y de la tierra; y bien lo muestran cuando van a las iglesias y ven las imágenes, que son recuerdos de los santos que están con Dios en la gloria del paraíso; ponen entonces los cristianos las rodillas en el suelo, cuando están en las iglesias, y levantan las manos hacia los cielos, donde está el Señor Dios, que es todo su bien y consuelo, confesando lo que dice San Pedro: Creo en Dios Padre, todopoderoso, criador del cielo y de la tierra.
  
2. Crió Dios a los ángeles en los cielos primero que a los hombres en la tierra. San Miguel, el principal de todos, y la mayor parte de los ángeles, adoraron luego a su Dios, dándole gracias y loores que los crió. Lucifer, por el contrario, y con él muchos ángeles, no quisieron adorar a su Criador, mas con soberbia dijeron: "Subamos y seamos semejantes a Dios que está en los altos cielos". Y por el pecado de la soberbia, Dios lanzó a Lucifer y a los ángeles, que estaban con él, de los cielos al infierno.
    
Lucifer, con envidia de Adán y Eva, primeros hombres que crió Dios en gracia, los tentó de pecado de soberbia, en el paraíso terrenal, aconsejándolos que serían como Dios, si comían el fruto que su Criador les prohibió. Adán y Eva, con deseos de ser como Dios, consintieron en la tentación; comieron luego del fruto prohibido, perdiendo la gracia en la cual fueron criados. Y por sus pecados, el Señor Dios los lanzó del paraíso terrenal, y vivieron fuera de él, en trabajos, novecientos años, haciendo penitencia del pecado que hicieron. Y fue tan grande su pecado, que ni Adán ni los hijos de él lo podían satisfacer, ni tornar a ganar la gloria del paraíso, la cual perdieron por su soberbia de querer ser como Dios; de manera que las puertas de los cielos se cerraron, sin poder allá entrar ni Adán ni sus hijos, por el pecado que hicieron.
    
¡Oh cristianos!, ¿qué será de nosotros, cuitados, si los demonios por un pecado de soberbia fueron lanzados de los cielos al infierno y Adán y Eva, por otro pecado de soberbia, del paraíso terrenal? ¿Cómo nosotros, tristes pecadores, subiremos a los cielos con tantos pecados, siendo clara nuestra perdición?
    
3. San Miguel, nuestro amigo verdadero, y los ángeles, que quedaron en los cielos, habiendo piedad y compasión de nosotros pecadores, los ángeles, todos juntos, pidieron al Señor Dios misericordia del mal que nos vendría por el pecado de Adán y Eva. Decían los ángeles en los cielos: " ¡ Oh buen Dios y Señor piadoso, y padre de todas las gentes! Ya, Señor, es llegado el tiempo de la salvación de las gentes. Abre, Señor, las puertas de los cielos a vuestros hijos, pues nació de Santa Ana y Joaquín aquella Virgen sin pecado de Adán, santísima sobre todas las mujeres, por nombre María. La virtud y santidad de la cual es sin par. De manera que en Virgen tan excelente, vos, Señor, podéis formar de su sangre virginal un cuerpo humano; así como, Señor, formasteis el cuerpo de Adán por vuestra santa voluntad. En tal cuerpo, pues sois poderoso, podéis, Señor, juntamente criar un alma más santísima que todas cuantas criasteis. Entonces, en el mismo instante, la segunda persona, Dios Hijo, desciende de los cielos, donde está, a encarnar en el vientre de la Virgen María. Y de esta Virgen tan excelente nacerá Jesucristo, vuestro Hijo, salvador de todo el mundo. Así, Señor, se cumplirán las escrituras y promesas que hicisteis a los profetas y patriarcas, amigos vuestros que están en el limbo esperando a vuestro Hijo Jesucristo, su señor y redentor".
   
El alto Dios, soberano y poderoso, movido de piedad y compasión viendo nuestra grande miseria, mandó al ángel San Gabriel de los cielos a la ciudad de Nazaret, donde estaba la Virgen María, con una embajada que decía: "Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre las mujeres. El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Dios altísimo te alumbrará; y el que de ti naciere, se llamará Jesucristo, Hijo de Dios". La Virgen Santa María respondió al ángel San Gabriel: "He aquí la sierva del Señor, hágase en mí su santa voluntad". En el mismo instante que la Virgen Santa María obedeció a la embajada que de parte de Dios Padre le trajo San Gabriel, Dios formó en su vientre de esta Virgen un cuerpo humano de su sangre virginal, y juntamente crió un alma en el mismo cuerpo. La segunda persona, Dios Hijo, en aquel instante encarnó en el vientre de la Virgen María, uniendo el alma y el cuerpo tan santísimos; y desde el día que el Hijo de Dios encarnó, hasta el día que nació, se pasaron nueve meses. Acabado este tiempo, Jesucristo, salvador de todo el mundo, siendo Dios y hombre verdadero, nació de la Virgen Santa María.
   
San Andrés confesó esto diciendo así: Creo en Jesucristo, Hijo de Dios, un solo Señor nuestro. Y después de él dijo San Juan: Creo que Jesucristo fue concebido del Espíritu Santo y nació de la Virgen María.
   
4. En Belén, cerca de Jerusalén, nació Cristo nuestro Señor y Redentor. Entonces los ángeles y la Virgen, su madre, con su esposo San José, y los tres reyes, y otros muchos, lo adoraron por Señor. Mas Herodes, como malo, siendo rey en Jerusalén, con codicia de reinar, deseó matarlo. Fue José avisado por el ángel que huyese de Belén para Egipto, y llevase a Jesucristo y a la Virgen, su madre, porque Herodes deseaba matar a Jesucristo. Fue a Egipto San José con Jesucristo y su madre, donde estuvo hasta que Herodes murió de mala muerte; porque fue tan cruel, que en Belén y por los lugares circunvecinos mató a todos los niños que halló de dos años para abajo, pensando matar a Jesucristo entre ellos. Y después que Herodes falleció, Jesucristo y la Virgen su madre y San José se tornaron a su tierra, la ciudad de Nazaret, por mandato del ángel.
    
Siendo Cristo de doce años, subió de Nazaret al templo de Jerusalén, adonde estaban los doctores de la ley, y les declaró las escrituras de los profetas y patriarcas que de la venida del Hijo de Dios hablaban, de que todos se espantaban, viendo su sabiduría. Y tornando a Nazaret, estuvo ahí hasta edad casi cerca de treinta años; y de ahí se partió al río Jordán, donde estaba San Juan Bautista bautizando a muchas gentes. En este río bautizó San Juan Bautista a Jesucristo. Y de ahí se fue Jesucristo al monte, en el cual cuarenta días y cuarenta noches no comió. El demonio en el monte, sin saber que Jesucristo era Hijo de Dios, lo tentó de tres pecados: de gula y de codicia y de vanagloria; y en todas las tentaciones venció Cristo al demonio. Y del monte, con victoria, descendió a Galilea y convertía muchas gentes, y a los demonios les mandaba que de los cuerpos de las gentes se saliesen. Los demonios obedecían al mandato de Jesucristo, saliendo de los cuerpos de los hombres donde estaban, y las gentes que esto veían, se espantaban y decían: "¿Quién es este a quien los demonios obedecen?" Era de manera, que la fama de Jesucristo entre las gentes crecía mucho, porque veían que los demonios le obedecían. Los hombres que oían las santas predicaciones de Jesucristo, y veían el gran poder que tenía sobre los demonios, comenzaron luego a creer en Jesucristo, y le traían los enfermos de cualquier enfermedad que estuviesen; sanaban todos luego que Jesucristo los tocaba con sus santas manos.
    
Y después llamó Jesucristo a los doce apóstoles y a los setenta y dos discípulos, y los llevaba en su compañía por las tierras donde andaba, enseñando los misterios del reino de los cielos; predicando Cristo a las gentes, haciendo milagros que probaban ser verdad lo que él predicaba, estando presentes los apóstoles y los discípulos: daba Cristo vista a los ciegos, habla a los mudos, oído a los sordos, vida a los muertos, sanaba a los cojos y a los mancos. Los apóstoles y discípulos que esto veían, creían cada vez más y más en Jesucristo. Dióles Cristo tanta sabiduría y virtud, que predicaban a las gentes siendo ellos pescadores, y no sabían letras más de las que el Hijo de Dios les enseñó. En nombre y virtud de Jesucristo, hacían milagros los apóstoles, sanaban muchas enfermedades, y lanzando los demonios de los cuerpos de los hombres, en señal de ser verdad lo que predicaban de la venida del Hijo de Dios. Era la fama de Jesucristo y sus discípulos entre las gentes tanta, que los judíos principales determinaron matarlo, con envidia que de él y de sus obras tenían, porque veían que todos seguían y alababan la doctrina de Jesucristo. Conociendo los fariseos que perdían la honra y crédito que primero tenían con los judíos, antes que Jesucristo se manifestase al mundo, movidos los fariseos de envidia, fueron a Pilato, que entonces era juez, y con ruegos y con miedos y dádivas que todo acaban, dijeron los fariseos a Pilato que no era amigo de César si dejaba más predicar ni hacer milagros a Jesucristo, porque se haría rey de los judíos contra César, pues el pueblo lo amaba. Conociendo Pilato que los fariseos, con envidia que de Jesucristo tenían por las obras y milagros que hacía, y el amor que el pueblo le tenía, lo acusaban y le levantaban los judíos falsos testimonios, y consintió Pilato que los judíos prendiesen a Jesucristo, sin nunca saber que era Hijo de Dios, pensando que era hombre, así como Isaías, Elias y Jeremías, o San Juan Bautista, o algunos santos hombres de los pasados.
    
Después que los fariseos prendieron a Jesucristo, le hacían muchas deshonras, llevándolo de una casa para la otra, y despreciándolo y haciendo escarnio de él. Y con odio grande que los fariseos tenían a Cristo, lo llevaron a casa de Pilato, donde lo acusaron de falsos testimonios. Y por hacer Pilato la voluntad de los judíos, mandó azotar a Jesucristo cruelmente, que, de los pies hasta la cabeza, todo su santo cuerpo fue herido; y así cruelmente azotado, Pilato entregó a Jesucristo a los judíos para que lo crucificasen. Y antes que lo crucificasen, pusieron a Cristo en la cabeza una corona de espinas, y una caña en la mano derecha; y los fariseos, por hacer escarnio de Jesucristo, se ponían de rodillas delante de él, diciendo: "Dios te salve, Rey de los judíos". Y escupíanle en el rostro, dándole muchas bofetadas, y con una caña que él llevaba, lo herían en la cabeza. Y por último en el monte Calvario, junto a Jerusalén, los judíos crucificaron a Jesucristo. Y así murió Jesucristo en la cruz, por salvar a los pecadores. De manera que la santísima alma de Jesucristo se apartó verdaderamente de su cuerpo precioso, cuando en la cruz expiró, unida siempre la divinidad con el alma santísima de Jesucristo, quedando la misma divinidad con el cuerpo preciosísimo de Jesucristo en la cruz y en el sepulcro. En la muerte de Jesucristo el sol se oscureció, dejando de dar su lumbre; la tierra toda tembló, las piedras se partieron dándose unas con las otras, y los monumentos de los muertos se abrieron, y muchos cuerpos de los hombres santos resucitaron y fueron a la ciudad de Jerusalén, donde aparecieron a muchos. Y los que vieron estas señales en la muerte de Jesucristo, dijeron que verdaderamente Jesucristo era Hijo de Dios. Y por ser esto así, el apóstol Santiago dijo: Creo que Jesucristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado.
   
5. Y Jesucristo era Dios, pues era la segunda persona de la Santísima Trinidad, Hijo eterno; y también era hombre verdadero, pues era Hijo de la Virgen María; y tiene alma racional y cuerpo humano. En cuanto era hombre, verdaderamente murió en la cruz, cuando fue crucificado; porque muerte no es otra cosa, sino un apartamiento del alma, dejando el cuerpo en que vive. La santísima alma de Jesucristo fue apartada del cuerpo, cuando expiró en la cruz. Entonces, acabando de expirar, la santísima alma de Jesucristo, siendo unida con la divinidad de Dios Hijo, así como siempre fue desde el instante que el Señor Dios la crió, descendió al limbo, que es un lugar que está debajo de la tierra, donde estaban los santos padres, profetas, patriarcas, y otros muchos justos esperando al Hijo de Dios que los había de sacar del limbo, y llevarlos al paraíso. En todo tiempo, comenzando desde Adán y Eva, hubo hombres buenos, y siendo amigos de Dios, y por hablar verdad, reprendían a los malos por sus vicios y pecados, porque ofendían a su Dios y Criador; y los malos, siendo siervos y cautivos del demonio, perseguían a los buenos y amigos de Dios, prendiéndolos y desterrándolos y haciéndoles muchos males; de manera que cuando los buenos morían, sus almas iban al limbo. Y el limbo, por estar debajo de la tierra, se llamaba infierno, y no porque en él haya pena de fuegos ni tormentos; y más abajo del limbo hay un lugar que se llama purgatorio. A este purgatorio van las almas de aquellas personas que, cuando mueren, están en gracia, sin pecado mortal; y por los pecados pasados que hicieron en su vida, de los cuales, antes de su muerte, no hicieron entera penitencia o dieron satisfacción, van a este purgatorio, donde hay tormentos grandes, para pagar los males y pecados que hicieron en su vida; y acabando de pagar la penitencia de sus pecados, saliendo del purgatorio van luego al paraíso.
   
El último lugar que está debajo de la tierra, se llama infierno infernal, donde hay tan grandes tormentos de fuego y miserias, que si los hombres pensasen en él, cada día una hora, no harían tantos pecados como hacen; y no holgarían de hacer la voluntad del diablo, como la hacen, si supiesen los trabajos del infierno. Allá está Lucifer y todos los demonios que fueron lanzados del cielo, y todas las gentes que han muerto en pecado mortal. Y los que van a este infierno, no tienen ningún remedio de salvación; para siempre para siempre, sin fin de fines han de estar en él. ¡Oh hermanos!, ¿qué es esto que tan poco miedo tenemos de ir al infierno? Pues cada día hacemos mayores pecados, señal es que tenemos poca fe, pues vivimos como hombres que no creen que hay infierno infernal. La Iglesia y los santos que están en el cielo con Dios, nunca ruegan por los muertos que están en el infierno, porque éstos no tienen ningún remedio para ir al paraíso; mas la Iglesia y los santos ruegan por los muertos que están en el purgatorio, y por los vivos que no vayan al infierno.
    
Jesucristo murió en viernes, y su santísima alma, unida siempre con la divinidad, descendió al limbo, y sacó todas cuantas almas allá estaban, esperando por el Hijo de Dios, Jesucristo. Después, al tercer día, que es domingo, resucitó de entre los muertos, tornando su alma santísima a tomar el mismo cuerpo que dejara, cuando murió en la cruz. Después que Jesucristo resucitó en cuerpo glorioso, apareció a la Virgen Santa María, su madre, y a los apóstoles y discípulos, y a sus amigos, los cuales estaban tristes por su muerte. Con su resurrección gloriosa consoló a los tristes desconsolados, perdonando a los pecadores sus pecados; y muchos creyeron en Jesucristo, después que lo vieron resucitar de entre los muertos, los cuales, primero que muriese y resucitase, no quisieron creer. Y ser esto así verdad, Santo Tomás lo afirmó, diciendo: Creo que Jesucristo descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de los muertos.
   
6. Y después que Jesucristo resucitó, estuvo cuarenta días en este mundo predicando a las gentes lo que habían de creer y hacer, para ir al paraíso. Y en este tiempo mostró su santa resurrección ser verdadera, y a los que dudaban en su muerte que no había de resucitar. Y en estos cuarenta días apareció a los apóstoles y discípulos y a otros amigos suyos que dudaran que resucitase, cuando lo vieron morir en el monte Calvario en la cruz. Y en estos cuarenta días, los que no creyeron en la muerte y pasión de Jesucristo, que al tercer día había de resucitar, acabaron de creer, sin dudar más, que Jesucristo era Hijo de Dios verdadero, salvador de todo el mundo, pues resucitó de la muerte a vida. Al fin de los cuarenta días fue Jesucristo al monte Olívete, donde a los altos cielos había de subir, y con él iba la Virgen Santa María, su madre, y sus apóstoles y otros muchos. Y desde este monte Olívete subió Jesucristo a los altos cielos en cuerpo y en alma, y llevó en su compañía a la gloria del paraíso todas las almas de los santos padres que sacó del limbo. Las puertas de los cielos se abrieron, cuando Jesucristo subió a los altos cielos, y los ángeles del paraíso vinieron a acompañar a Jesucristo, para con grande alegría llevarlo donde estaba Dios Padre, de donde, para salvar a los pecadores, descendiera al vientre de la gloriosa Virgen, tomando carne humana, para en ella pagar nuestras deudas. De manera que Jesucristo, Hijo de Dios, por los pecadores se hizo hombre y nació, murió, resucitó y subió a los cielos, donde a la parte derecha de Dios Padre se sentó. Siendo esto así verdad, Santiago el Menor es el que dijo: Creo que Jesucristo subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso.
   
7. Y pues este mundo tuvo principio, ha de tener fin, de manera que ha de acabar; y así como Jesucristo subió a los cielos, así, cuando el mundo se ha de acabar, descenderá de los cielos y dará a cada uno lo que merece. Y cierto, es verdad que todos los que creyeron en Jesucristo y guardaron sus santos mandamientos, serán juzgados, para ir a la gloria del paraíso; y los que en Jesucristo no quisieron creer, como son los moros, judíos, gentiles, irán al infierno sin ninguna redención; y los malos cristianos que no quisieron guardar los diez mandamientos, serán juzgados por Jesucristo, para ir al infierno. Y al fin del mundo, todos los que fueren vivos, morirán; porque todo hombre nace con esta condición, que ha de morir. Pues Jesucristo nuestro redentor murió por los pecadores y resucitó, todos hemos de morir y resucitar ; y también, porque los cuerpos de los hombres buenos que en el fin del mundo fueren vivos, no son santos ni gloriosos, para que con ellos puedan subir a los cielos, por eso es necesario que mueran. Y en su resurrección tomarán los mismos cuerpos, no sujetos a pasión, como eran antes. De manera que, cuando Jesucristo descendiere del cielo en el día del juicio a juzgar a los buenos y a los malos, todos resucitarán, comenzando del primero hasta el último que murió. Y por ser así verdad, San Felipe dijo: Creo que Jesucristo del cielo ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
    
8. Cuando los cristianos nos santiguamos, confesamos la verdad acerca de la Santísima Trinidad, cómo es tres Personas, un solo Dios: trino y uno. Dios Padre ni es hecho, ni criado ni engendrado; el Hijo es engendrado de Dios Padre; no es hecho ni criado; el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no criado ni engendrado.
    
Cuando nosotros hacemos la señal de la cruz, mostramos este orden de proceder, poniendo la mano derecha en la cabeza, diciendo: "En el nombre del Padre", en señal que Dios Padre no es hecho ni engendrado; después poniendo la mano en los pechos, diciendo: "y del Hijo" , en señal que del Padre es engendrado el Hijo, y no hecho ni criado; y después poniendo la mano en el hombro izquierdo, diciendo: "y del Espíritu"; y pasando después la mano al hombro derecho, diciendo: "Santo" , en señal que el Espíritu Santo procede del Hijo y del Padre. Obligado está todo buen cristiano a creer firmemente, sin dudar, en el Espíritu Santo, y en sus santas inspiraciones que nos prohiben hacer mal, y nos mueve los corazones a guardar los diez mandamientos del Señor Dios y los de la santa madre Iglesia universal, y cumplir las obras de misericordia corporales y espirituales. Y por ser esto verdad, el apóstol San Bartolomé es el que dijo: Creo en el Espíritu Santo.
   
9. Todos los fieles cristianos estamos obligados a creer, sin dudar, lo que creyeron de Jesucristo los apóstoles y discípulos y mártires y todos los santos, creyendo de Jesucristo todo lo que es necesario creer, para nuestra salvación, acerca de su divinidad y humanidad, después que Jesucristo fue Dios y hombre verdadero. Y también en general todos estamos obligados a creer firmemente, sin dudar, en todo lo que creen los que rigen y gobiernan la Iglesia universal de Jesucristo, pues por el Espíritu Santo son inspirados y regidos de lo que han de hacer acerca de la gobernación de la Iglesia universal y de las cosas de nuestra santa fe, y en las cuales no pueden errar, porque son regidos por el Espíritu Santo; de manera que de las escrituras de nuestra ley y de Jesucristo, por lo demás que somos obligados a creer, como son santos cánones y concilios, que son ordenados por la Iglesia, hechos por el papa y cardenales, patriarcas, arzobispos, obispos y prelados de la Iglesia. Cuando en todas estas cosas creemos sin dudar, creemos todo lo que creen los que rigen y gobiernan la Iglesia universal de Jesucristo, y lo que nos encomendó el apóstol y evangelista San Mateo, cuando dijo: Creo en la santa Iglesia católica.
   
10. Y así creemos los verdaderos cristianos que las buenas obras y merecimientos de Jesucristo se comunican y aprovechan a todos los otros cristianos que están en estado de gracia; y de la manera que en el cuerpo natural las obras de un miembro aprovechan a todo el cuerpo, así es en el cuerpo espiritual (que es la Iglesia). Y como de la cabeza desciende a los miembros y se les comunica su sustentación principalmente, así de Cristo nuestro Señor, Unigénito Hijo de Dios, que es la cabeza de todos los fieles verdaderos, se les comunica la sustentación espiritual, por medio de los siete sacramentos de la Iglesia, conviene a saber: por el bautismo, por la confirmación (a que llamamos crisma), por el Santísimo Sacramento del altar, por el sacramento de la penitencia, por la extremaunción, por el sacramento del orden, por el matrimonio. Porque a cualquiera que recibe debidamente cada uno de estos sacramentos, se concede gracia, por la cual su alma vive vida espiritual, la cual le mereció Cristo nuestro Señor, Unigénito Hijo de Dios, por las santísimas obras que en este mundo hizo, trabajando y sufriendo injurias y muerte de cruz, por librar a los pecadores del cautiverio del demonio, y volverlos al verdadero conocimiento de su Dios, comunicándoles sus propios merecimientos. Y no solamente los merecimientos del Hijo de Dios se comunican cómo de la cabeza a los otros miembros, mas también los de los otros santos son comunicados a todos los fieles que están en gracia, como los bienes de un miembro del cuerpo se comunican a los otros miembros del mismo cuerpo.
    
Más confiesan y creen los cristianos: que Dios nuestro Señor tiene poder para perdonar los pecados, por los cuales los pecadores se apartan de él y pierden la gracia que les tenía de antes comunicada; y que este poder dio y comunicó a los sacerdotes de la Iglesia católica, por la cual comunicación ellos ahora tienen poder de absolver de los pecados a los que hallan dignos de ser absueltos delante de Dios. Y por tanto, les es necesario disponerse, haciendo aquello a que están obligados para salud de su alma, de manera que el sacerdote los juzgue (conforme a lo que Dios manda) por dignos de ser absueltos; y hecha esta diligencia, y confesándose en los tiempos que son obligados, y siendo absueltos por eí sacerdote, tornan a la gracia de Dios y les son perdonados sus pecados. Y esto es lo que dijo San Matías: Creo la comunión de los santos y la remisión de los pecados.
   
11. Y porque es cosa justa creer de la bondad de nuestro Señor y de su infinita misericordia, que no dejará sin galardón a los que lo sirven en esta vida, ni sin castigo a los que lo ofenden y quebrantan sus preceptos, creemos la resurrección de la carne, que quiere decir: que todos hemos de resucitar en el cuerpo, los mismos que ahora somos, después de pasar por la muerte temporal, a que todos somos obligados, para que nuestro Señor, conforme a su justicia, dé entonces para siempre el galardón a los cuerpos que en este mundo, por su amor, padecieron trabajos y persecuciones, y fueron afligidos por no consentir en pecados; y pues ellos fueron participantes en los trabajos con las almas, que también lo sean en la gloria y en el reposo. Y, por el contrario, para que los cuerpos de los malos que en esta vida quisieron más hacer su voluntad y satisfacer sus apetitos que guardar la ley de Dios nuestro Señor, sean eternalmente castigados en los infiernos, pues ofendieron al Señor Dios eterno. La cual resurrección se ha de hacer en el día del juicio final, cuando todos los que nacieron en esta vida se han de levantar en cuerpo y alma; los malos para ser lanzados en el infierno por sus pecados, y los buenos para la gloria del paraíso con Dios nuestro Señor. Y esto es lo que dijo San Tadeo: Creo en la resurrección de la carne.
    
12. Y como nuestra alma sea semejante a Dios todopoderoso y eterno, en cuanto es espiritual, y en las potencias que el mismo Dios le dio, conviene a saber: voluntad, entendimiento, memoria; y el deseo de los hombres sea durar siempre; es conveniente que a una criatura tan excelente como es el hombre se cumpla este apetito. Y así creemos todos los cristianos que se ha de cumplir; y, por tanto, creemos en la vida eterna, la cual confesamos que nunca ha de tener fin, antes ni después de la resurrección de la carne; de donde el alma, que nunca muere, ha de tornar a tomar su cuerpo. Vivirá juntamente con él, como ahora están unidos, y de manera mucho mejor, eternalmente con Dios; y gozará en los cielos, juntamente con los ángeles, de la presencia de su Criador y Señor, y de todos los bienes celestiales; los cuales son tan grandes, que por mucho que en esta vida se piense e imagine, no se puede ni alcanzar ni entender su grandeza. Allí están los santos descansados, sin contradicción alguna; allí no les falta cosa de las que se pueden desear; allí no se halla ni se puede hallar ni desear mal alguno; ni faltó ni faltará nunca todo bien, del cual gozarán los bienaventurados eternalmente. Y esto es lo que dijo San Matías: Creo en la vida eterna.