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domingo, 25 de octubre de 2020

HIMNO “¡VIVA CRISTO REY!”

   
Hacia 1928, en plena Cristiada, el obispo de León, Emeterio Valverde y Téllez, encarga a Alfonso Junco la letra del Himno a Cristo Rey, musicado por Amado G. Pardavé y Agustín González.
    
Himno “¡VIVA CRISTO REY!”
    
Coro: Reina, Jesús, de tu Montaña Santa,
Reina, Jesús, sobre tu ardiente grey;
México todo sus amores canta
con este grito: ¡VIVA CRISTO REY!
      
Rey que al vasallo con amor se inclina
y sus hondas tristezas ilumina
con apacible y victoriosa luz;
no Rey que tiraniza ni que oprime
sino que abraza al pobre y lo redime
y toma en sus brazos nuestra propia cruz.
     
Coro: Reina, Jesús, de tu Montaña Santa,
Reina, Jesús, sobre tu ardiente grey;
México todo sus amores canta
con este grito: ¡VIVA CRISTO REY!
   
Rey tan inagotable en las ternuras,
que no sólo se mezcla a sus criaturas
y les abre su ardiente Corazón,
sino que quiere en alimento darse
y a sus pobres vasallos entregarse
en las delicias de la Comunión.
    
Coro: Reina, Jesús, de tu Montaña Santa,
Reina, Jesús, sobre tu ardiente grey;
México todo sus amores canta
con este grito: ¡VIVA CRISTO REY!
   
Somos vasallos, libres y gloriosos,
de un Rey que, en sus designios asombrosos
salva y liberta al imponer su ley;
vasallos somos, pero somos reyes,
pues del amor las adorables leyes
nos compenetran con Jesús, el Rey!

Coro: Reina, Jesús, de tu Montaña Santa,
Reina, Jesús, sobre tu ardiente grey;
México todo sus amores canta
con este grito: ¡VIVA CRISTO REY!

jueves, 12 de diciembre de 2019

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE, PATRONA DE MÉXICO

   
En diciembre de 1531, diez años después de tomada la ciudad de Méjico por Cortés, caminando el indito Juan Diego por el rumbo del Tepeyac -colina que queda al norte de la metrópoli-, oyó  que le llamaban dulcemente. Era una hermosísima Señora, que le habló con palabras de excepcional ternura y delicadeza y que le dijo: «Yo soy la siempre virgen Santa María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive», y le pidió que fuera al obispo (Zumárraga) para contarle cómo ella deseaba que allí se le alzara un templo. El obispo, con muy católica prudencia, le respondió que pidiera a la Señora alguna prueba de su mensaje. Obtúvola Juan Diego: unas rosas y otras flores que en pleno invierno y en la cumbre estéril cortó él por mandato de la Señora y recogió en su tilma o ayate -suerte de capa de tela burda que, atada al cuello, usaban los indios más humildes-; y, al extender ante el obispo Zumárraga la tilma, cayeron las flores y apareció en ella pintada la imagen de la Virgen.
   
Ese mismo ayate es el que se venera en nuestra basílica de Guadalupe. Sus dos piezas están unidas verticalmente al centro por una tosca costura; lo menos adecuado y elegible humanamente para pintar una efigie de tan benigna y encantadora suavidad, que  por cierto mal puede apreciarse en las múltiples copias que corren por el mundo. Lo mejor es, modernamente, la directa fotografía a colores. Técnicos en esta y otras novísimas especialidades afines han estudiado con asombro, en nuestros días, la pintura original, como antaño la estudiaron el célebre Miguel Cabrera o el cauteloso investigador Bartolache.
   
Un contemporáneo de las apariciones, don Antonio Valeriano, indio de noble ascendencia y de relevante categoría intelectual y moral, alumno fundador del colegio franciscano de Tlalateloco hacia 1533, narra el milagro según lo conocemos. Su relato, en lengua náhuatl, desígnase -como las encíclicas- por las palabras con que empieza: Nicam Mopohua. El manuscrito autógrafo perteneció a don Fernando de Alba Ixtlixóchitl, pasó luego a poder del sabio Sigüenza y Góngora -quien da memorable testimonio jurado de su autenticidad- y fue reproducido en letra de molde por Lasso de la Vega en 1649, incorporándolo en el volumen náhuatl que conocemos por sus primeras palabras: Huei Tlamahuizoltica. Este volumen fue traducido en su integridad al castellano en 1926 por don Primo Feliciano Velázquez y publicado a doble página -fotocopia de la edición azteca y versión española- por la Academia Mejicana de Santa María de Guadalupe. Hay nueva edición, de 1953, bajo el título de mi estudio Un radical problema guadalupano, donde se escudriña con rigor la autenticidad del Nican Mopohua, el más antiguo relato escrito de la «antigua, constante y universal» tradición mejicana.
   
Esta, lejos de oscurecerse o arrumbarse al paso del tiempo, se ha robustecido con los modernos y exigentes estudios críticos, que, sobre todo a partir del cuarto centenario (1931), han desvanecido objecionesy confirmado la historicidad de lo que el pueblo mejicano viene proclamando, desde los orígenes hasta hoy, con un plebiscito impresionante.
   
Porque el caso de nuestra Virgen de Guadalupe es singular. En otros países católicos hay diversas advocaciones de gran devoción -digamos las Vírgenes del Pilar, o de Covadonga, o de Montserrat en España-, pero que tienen mayor o menor ímpetu y arraigo según las zonas geográficas o las inclinaciones personales; mas ninguna de ellas concentra la totalidad de la nación en unidad indivisible, y ninguna de ellas -como tampoco la de Lourdes, en Francia, ppor ejemplo- viene a ser el símbolo indiscutido de la patria. Y en Méjico así es. A tal punto, que hasta un liberal tan notorio como don Ignacio Manuel Altamirano llegó a estampar: «El día en que no se venere a la Virgen del Tepeyac en esta tierra, es seguro que habrá desaparecido no sólo la nacionalidad mejicana, sino hasta el recuerdo de los moradores de la Méjico actual».
   
Por otra parte la Iglesia, siempre tan prudente y parsimoniosa en estas cuestiones, así como ha corregido o eliminado ciertas lecciones inspiradas en vetustos relatos píos, pero inseguros, ha obrado al contrario tratándose del caso del Tepeyac; y así, al aproximarse la esplendorosa coronación de nuestra  Virgen en 1895, y habiéndose recibido y considerado en Roma los estudios y gestiones del grupito que a la sazón ponía en tela de juicio la historicidad del milagro, fue el sapientísimo León XIII quien concedió para nuestra fiesta del 12 de diciembre nuevo oficio litúrgico, en que se narra el prodigio «tal como nárralo la antigua y constante tradición» (uti antíqua et constánti traditióne mandátur); y el 12 de Octubre de 1945, al celebrarse el cincuentenario de dicha coronación, fue el docto y santo Pío XII quien, hablando por radio, en lengua española, desde el Vaticano para Méjico, afirmó rotundamente el milagro: «en la tilma del pobrecito Juan Diego, pinceles que no eran de acá abajo dejaban pintada una imagen dulcísima», y llamó a nuestra Patrona no sólo “Reina de Méjico, sino, con anchura continental, sin restricción, “Emperatriz de América: de toda América.
   
Y ahora cabe dilucidar un problema sugeridor: el de la identidad del nombre de la Virgen de Guadalupe de Méjico y de la Virgen de Guadalupe de Extremadura. 
   
A cuenta de ello, y por manera sumamente explicable y natural, muchos españoles y aun escritores distinguidísimos han sufrido larga confusión, entendiendo que se trata, si no de la misma cosa, al menos de una especie de prolongación o trasplante a América de la Virgen extremeña. Y, al encontrar la proliferación del nombre de Guadalupe en documentos, lugares y templos del Nuevo Mundo, han supuesto que todo toma su origen en la devoción peninsular, cuando en la enorme mayoría de los casos lo toma en la devoción mejicana.
   
Y huelga decir que el esclarecer y precisar una distinción de orden rigurosamente histórico no implica, por el más remoto y furtivo de los asomos, a tontería pueblerina y anticatólica de poner como en pugna o emulación dos advocaciones de la mismísima Señora del cielo. Se trata sólo de que los hechos se conozcan y difundan como son.
   
Por lo demás, y acá de tejas abajo, tan gloriosa puede sentirse la Madre española como la Hija mejicana de aquel portento del Tepeyac, que nos dejó la única imagen en el orbe no pintada por humano pincel. Lo cual arrancó al pontífice Benedicto XIV aquella memorable aplicación de las palabras de la Escritura: Non fecit táliter omni natióni.
   
Expongamos sintéticamente el fruto de una dilatada reflexión.
   
De venerable antigüedad, la imagen extremeña, escondida para salvarla cuando la invasión sarracena, fue encontrada a fines del siglo XIII por el pastor Gil Cordero. Ello dio origen a la fundación de la iglesia y más tarde del estupendo monasterio de Guadalupe. Una intensa devoción halló centro en aquella casa espléndida, donde el arte, la ciencia y la caridad resplandecieron. Allá, en vísperas de su aventura oceánica, fue Cristóbal Colón, y por la Virgen extremeña puso nombre a la isla de Guadalupe, en las Antillas. Hernán Cortés, cuando volvió a España (antes de 1531), llevó como exvoto al monasterio un alacrán de oro. Y como el propio don Hernando y otros conquistadores traían en el alma y en las costumbres aquella devoción, lógico y fácil era que la hubiesen trasplantado a nuestras tierras de América. Y de hecho la trasplantaron.
   
Explicase así sobradamente que, desde lejos y sin particularísimo estudio del caso del Tepeyac, se haya formado y difundido en España la impresión de que la Virgen de Guadalupe mejicana es la misma Virgen de Guadalupe extremeña, o siquiera su proyección más o menos modificada.
   
Pero no es así.
   
En Méjico todos sabemos cómo en 1531 la Virgen se mostró varias veces al indito Juan Diego, cómo le hizo cortar una rosas por seña de su embajada al obispo y cómo, al extender el indio su tilma ante Zumárraga, apareció misteriosamente impresa en ella la Señora del Tepeyac.
   
Esas apariciones y esa tilma prodigiosamente pintada no tienen la más leve relación con la preexistente imagen de Extremadura. Trátase absolutamente de otra cosa, es un hecho distinto y nuevo, como nuevo y distinto era el hecho del descubrimiento y mestizaje de América.
   
Así como por su origen y su historia, también por su imagen y su culto son perfecta y radicalmente distintas la Virgen de Extremadura y la Virgen del Tepeyac.
   
La extremeña es una escultura: lleva al Niño en el brazo izquierdo y representa la maternidad de María; la tepeyacense es una pintura: sin Niño, las manos juntas, representa la Inmaculada Concepción. No hay en las efigies ni la más remota semejanza.
   
Y, en cuanto al culto, el mejicano nació y se ha engrandecido durante cuatro siglos única y precisamente al pie de la tilma del milagro, sin la más tenue conexión con la imagen de Extremadura, cuya existencia misma es evidente que ignoran millones y millones de indígenas y otros compatriotas no ilustrados que vierten su dolor y su ternura ante la Madre del Tepeyac.
   
Pero ¿por qué entonces, si se trata de casos tan absolutamente apartados y autónomos, ambas imágenes se designan con el mismísimo nombre de Guadalupe?
   
Que se llame así la de Extremadura es natural: tomó el nombre del sitio en que fue encontrada y donde se le alzó el templo: Guadalupe, vocablo arábigo que -siempre la divergencia entre etimologistas- significa río de luz, o río de lobos, o río escondido.
   
Pero ¿por qué se llama de Guadalupe la Virgen mejicana? No se nombraba así, sino Tepeyac, el sitio donde Ella se apareció y donde se levantó su ermita primera. La Virgen no tomó el nombre del lugar; más tarde el lugar tomó el nombre de la Virgen.
   
Lo que parece insoluble y a muchos despista tiene, no obstante, un motivo muy claro y muy concreto; la Virgen misma, al mostrarse a Juan Bernardino, tío de Juan Diego, le dijo: «Que bien la nombraría, así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre virgen Santa María de Guadalupe».
   
Así consta textualmente en el Nican Mopohua, la más vetusta relación del milagro, escrita no en castellano ni por un español, sino en lengua azteca y por un indio ilustre, don Antonio Valeriano. El cual, en su texto náhuetl original, incorpora en castellano las palabras “Santa María de Guadalupe.
   
La Señora del Tepeyac quiso, pues, ser designada con el nombre de Guadalupe. ¿Por qué? Esto no lo sabemos. Pero, aunque no lo sabemos, creo que razonablemente podemos avanzar una plausible conjetura.
   
Podemos nosotros conjeturar que quiso la Señora darse un nombre que fuera familiar y atrayente para los españoles, sobre todo extremeños como Cortés, que consumaron la conquista, y que, al favorecer con predilección a Juan Diego, representante de los vencidos, quiso al propio tiempo atraer con dulzura a los vencedores, y a unos y a otros hermanarlos en la misma devoción. No vino Ella a abrir abismos entre vencedores y vencidos; vino a cerrarlos. Y, al sublimar con un privilegio excepcional a los postergados, halló un medio suavísimo de que a los dominadores sonara a tradición la novedad y a cosa propia y familiar la extrañeza.
   
Y de hecho, como históricamente consta, se dio el caso extraordinario de que, desde los años primerísimos, conquistados y conquistadores fraternizaran a los pies de la Virgen del Tepeyac. Ella, que -contra lo comúnmente repetido- no muestra fisonomía ni color de india, sino de mestiza, anunció el beso de las razas que fundarían la nacionalidad que estaba amaneciendo. Y así como juntó plásticamente en el milagro al español Zumárraga y a Juan Diego el aborigen, y así como con rosas de Castilla se estampó para siempre en el ayate sublimado del indio, quiso en todo ser nuncio, ejemplo y símbolo de la fusión amorosa que forjaría a Méjico. De la fusión amorosa que forjaría a toda Hispanoamérica y traería al mundo este coro magnífico de pueblos que hoy llamamos la Hispanidad.
   
Por eso, en expansión cargada de sentidos, ha rebasado las fronteras nuestra Virgen de Guadalupe.
   
Ella, en Méjico, se identifica con la sustancia de la patria. Presidió el nacimiento de nuestra nacionalidad. Aceleró la propagación del Evangelio. Fue lábaro de nuestra independencia. Congrega en tumultuoso plebiscito a todas las almas y conquista el respeto o la ternura aun de los descreídos y renuentes. Ella ha amparado y reverdecido nuestra fe después de más de un siglo de ataques insidiosos y brutales. A ella van nuestras lágrimas, nuestras alegrías, nuestras esperanzas. Ella es emblema autóctono, negación de exotismos desintegradores, vínculo sumo de unidad nacional. En los cimientos del Tepeyac están los cimientos de la patria.
   
Pero la Madre y Patrona de Méjico es también, por viva instancia de los países indoibéricos que el santo Pío X sancionó en 1910, Madre y Patrona de toda la América hispana. Pío XI, en 1935, incluye en el patronato a las islas Filipinas, hondamente vinculadas con el mundo español. y en 1954 Pío XII la proclama a boca llena Emperatriz de América. Y -sin contar repercusiones impensadas y sorprendentes en el corazón de los Estados Unidos, y de Francia, y de otros países ilustres- en 1950 la vieja madre de la estirpe, al coronar espléndidamente en Madrid a nuestra Virgen de Guadalupe, coronó espléndidamente el ciclo de esa expansión providencial. El sentido histórico del mensaje cobró así su plenitud.
    
Porque Juan Diego no era sólo Juan Diego, sino la desvalida encarnación de todas las razas aborígenes. Zumárraga no era sólo Zumárraga, sino la ardiente personificación de todos los evangelizadores hispanos. y las rosas de Castilla exprimieron la policromía de sus jugos, símbolo de la savia toda de España, para embeberse en el ayate del indio, fundirse con él y estampar en sus fibras, transfiguradas y extasiadas para siempre, la imagen celeste de María. y por eso el milagro de Santa María de Guadalupe maravillosamente simboliza, resume y señorea este humano milagro de la Hispanidad. y ambos portentos, lejos de encerrarse en un ámbito exclusivo, se dilatan por todos los horizontes y abren los brazos en un anhelo universal -católico- de amor.
 
ALFONSO JUNCO VOIGT, miembro de la Academia Mejicana de la Lengua.
(Tomado del tomo IV del "Año Cristiano”, de la B.A.C.)
    

ORACIÓN
Oh Dios, que has querido colocarnos bajo el especial patrocinio de la Bienaventurada Virgen María, y llenarnos con perpetuos favores, concédenos te suplicamos, que así como nos regocijamos en este día con su conmemoración en la tierra, podamos gozar de su presencia en el Cielo. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 20 de noviembre de 2017

A GOLPES DE BIEN

  
Bravamente clamaba y se insurgía José Antonio contra monstruosas desigualdades, contra abusos inveterados que parecían inconmovibles, contra la vida infrahumana de muchos españoles; y quería, con radical obsesión, que disfrutasen todos, plenariamente, de “la Patria, el Pan y la Justicia”.
 
Su expresión es lema incorporado al nuevo Fuero del Trabajo, código de avanzada justicia social. Y Franco tuvo por predilecta frase: “Ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan”. Y al propio tiempo que afrontaba las arduas urgencias de la guerra, quiso y logró implantar, con eficiencia admirable, reformas e instituciones que volviesen tangible el gran propósito.
 
Con más intensidad todavía prosigue en la tarea, después de la victoria. Por sobre los apremios económicos y los graves problemas internos y exteriores, persiste Franco, tercamente, con heroico denuedo, en la implantación de la justicia social.
 
Amonesta el caudillo a los que ahora, validos de lo excepcional de las circunstancias, quieren burlar la estabilización de los precios y especular con los artículos de consumo indispensable:
“Si el sentido patriótico de nuestro pueblo le ha llevado a consumar el máximo de sacrificio por la patria —dar la vida y la de los propios hijos—, ¿es mucho pedir el que sacrifiquen unos pocos los excesos de su codicia? La nueva España no puede aceptar el tipo de comerciante o productor desaprensivo que especula con la miseria ajena... En esto, como en todo, se implantará justicia, contra las murmuraciones de los unos, contra el egoísmo de los otros, contra las vanas intrigas de los politicastros para siempre caídos. Yo os dije desde el primer día de la guerra, que luchábamos por una España mejor, y que serían estériles los sacrificios nuestros si no realizábamos la Revolución indispensable a nuestro progreso económico y estabilidad política... Nada ni nadie puede torcer nuestro camino: que el tesón que pusimos en las duras batallas de la guerra, hemos de superar en las que imponga la realización de nuestra Revolución nacional”.
  
 
Y, hombre verdaderamente identificado con su pueblo, hombre que abre su corazón y comunica democráticamente sus dificultades y propósitos con la nación que rige, prosigue el gran estadista:
“Cómo lo lograremos, es lo que hoy me interesa participaros; que lo mismo que ayer vivisteis en los partes de guerra el glorioso marchar de nuestras tropas, podáis seguir mañana los avances del resurgimiento de nuestra patria, sintiéndoos partícipes de esta obra común, que hizo posible la sangre generosa de nuestros héroes, y que será el más hermoso fruto de vuestras privaciones y de vuestro trabajo. Vosotros conocéis cómo es la España que recibimos: con los grupos en lucha, con sus burgos tristes y sus viviendas míseras, sus funcionarios hambrientos y sus obreros sin trabajo; la que entregaba a la muerte, sin defensa, millares de vidas de tuberculosos por año; la que registra la más alta mortandad infantil; la que ofrece el irritante contraste de los palacios suntuosos y las viviendas míseras”.
 
 
Hubo, en las últimas décadas españolas, un gran auge económico que multiplicó las grandes fortunas. Pero “faltó el Estado previsor y justo que aprovechase este fenómeno de multiplicación de bienes, para lograr, con una más justa y equitativa distribución de la riqueza, que se elevase el bajo nivel de vida en que la mayor parte de la nación aparecía sumida”.
 
Lo que no se hizo a tiempo y fácilmente, hoy se hará a toda costa:
“Yo sé que cuando salgan a luz nuestros futuros presupuestos... no han de faltar los eternos agoreros, intentando sorprender la buena fe de los capitalistas timoratos. Yo les digo a estos espíritus apegados a los bienes, que el mejor seguro de sus caudales es la obra de redención que realizamos. Así lo sentíamos y lo anunciábamos cuando salían nuestros voluntarios para los frentes; así lo afirmamos sobre la sangre caliente de los caídos, y así lo exige el sentido profundamente católico de nuestro Movimiento”.
 
Sentido profundamente católico. Así es. Audacia católica. Reforma católica. No el tipo anquilosado y gruñón, que marcha a remolque y deja a los otros iniciar, a punta de odio, la tarea, sino el que se anticipa con alegre osadía y, rompiendo rutinas y componendas, instaura en el terreno de los hechos el Amor y la Justicia que Cristo anunció.
 
Por eso hechiza José Antonio. Por eso Franco y el Movimiento hispánico que rige, persuaden e impresionan a todo espíritu apasionado por la justicia social.
“¿Es que puede algún español permanecer indiferente ante los grandes problemas de la miseria ajena, de la tuberculosis y de tantos males como afectan a nuestras clases humildes?... Yo os aseguro que en estas recepciones que a mi presencia han tenido lugar en las provincias, cuando desfilan con los trajes raídos, su aire cansino y sus rostros macilentos por el trabajo y la vigilia tantos honrados funcionarios, siento la gran tragedia de España y el ansia de esta Revolución de que tanto se asustan los timoratos”.
 
Y ya se ha implantado la iniciación de la mejora, “en los términos discretos que los momentos aconsejan”: un aumento que fluctúa entre el cuarenta por ciento para los sueldos más modestos, y el dieciséis por ciento para los superiores.
 
Por otro lado, atácase victoriosamente la desocupación obrera, mediante la concienzuda multiplicación de obras públicas. Y tres campañas se intensifican: contra la tuberculosis; contra la mortalidad infantil; contra la vivienda sórdida.
 
Contra la tuberculosis.
“Hemos iniciado esta labor en plena guerra, y hemos de continuarla. En el campo sanitario, creamos más de siete mil camas en sanatorios, que son una quinta parte de las necesarias para la lucha antituberculosa. ¿Que para ello se imponen sacrificios mayores a la España sana? Cierto. Pero no debe importarnos el legar a nuestros hijos una carga mayor, ni cabe medida más justa. No dudemos que el juicio que en un mañana merezcamos, será muy distinto del que dolorosamente formamos de los que nos precedieron y no quisieron resolver este problema”.
 
Y todo se hará con matemática rapidez:
“¿Cuál ha de ser el tiempo necesario para realizar esta obra? El mínimo que impongan los estudios de emplazamiento y la materialidad de las construcciones”.
  
Es la enorme mortandad infantil otra causa de pérdidas humanas: son espantosas las cifras que hasta hoy alcanzaba, por descuidos y abandonos evitables. Su remedio es mucho menos costoso, y está en la propaganda, los pequeños auxilios y el admirable y amoroso cuidado, ya iniciado, de nuestra Falange femenina. Esta tiene que ser una de las grandes obras de nuestro Movimiento: llegar a los últimos lugares a donde el Estado no llega...
 
Y véase aquí cómo Franco entiende las limitaciones del Estado; cómo no piensa que el Estado lo absorba y lo haga todo; cómo quiere estimular la actividad privada, respetándole su riqueza de flexibilidad, de intimidad, de calor humano.
 
Finalmente,
“la cuestión de la vivienda constituye otra de las grandes lacras nacionales, y está intensamente ligada a la sanitaria. Más del treinta por ciento de las viviendas españolas son insalubres, según las estadísticas formuladas por nuestra Fiscalía de la Vivienda. Su sustitución por otras en excelentes condiciones no presenta dificultades, por cuanto su construcción significa la creación de una riqueza movilizable, que compensa con creces los pequeños sacrificios estatales”.
 
Ya se ha avanzado mucho, y ahora se activa la realización del inmediato programa: construir, “en diez años, más de doscientas mil casas, allí donde las necesidades son mayores”.
 
Y concluye Franco:
“Estas tres grandes obras —instituciones antituberculosas, de puericultura y viviendas— tienen en sí tal fortaleza, que cuanto pueda decirse en su favor es corto ante las realidades. Su ejecución ha de tener el más grande poder de captación entre nuestros adversarios. A estos golpes hemos de forjar la unidad de España”.
 
¡Magnífico intento! No el odio, no el simple peso material del triunfo, sino la conquista, lenta y segura, de los espíritus, a golpes de bien.
 
ALFONSO JUNCO VOIGT. El difícil paraíso.