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miércoles, 4 de septiembre de 2019

ORACIÓN PARA LOS DÍAS QUE NO SE QUIERE ORAR

Señor: y yo que había dicho que no quería orar esta tarde…
 Tengo demasiado miedo; no quiero arriesgarme a escucharte.
 Sería necesario hacer un esfuerzo más, esforzarme siempre. Y esta tarde no quiero hacer un esfuerzo.  Esta tarde no, de veras.
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 Esta larga serie de días en que nada imprevisto sucede y que me aburren… Todos estos días que pasan sin que siquiera sepa si he progresado, si soy un poco mejor. Está oscuro, y creo que el nuevo día está próximo. Cuando me despierte, si me llego a dormir, sé que no habré cambiado. Seré el mismo. Ni mejor ni peor, teniendo delante de mi la misma jornada por hacer, y las mismas ocasiones de hacer el bien, que yo perderé como de costumbre.
 Y sin embargo, cuántas veces te he pedido la perfección: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto…”
 Yo no he llegado a ella.
 Y mientras pasan los años, me pregunto si llegaré alguna vez. Y si merece la pena el que me esfuerce en conseguirla.
 Me pregunto, Señor, si he buscado la perfección de manera suficientemente pura. ¡Ah! Yo hubiera querido adornarme con ella… Ser para los otros, y para mí, un santo…
 Es necesario que renuncie a esto. Y que admita sencillamente, de una vez, que no soy más que lo que en realidad soy.
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 En el fondo, puede que esto sea, Señor, lo que Tu llamas “hacerse como niños”. Admitirnos con la misma sencillez de corazón con que Tu nos admites, tal como somos.
 Aceptar ser buenamente uno de esos por los que Tu has venido: los pecadores, para los que tan bueno es tu Evangelio.
 Mejor aun que lo que se dice.
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Antes, te lo confieso, me fastidiaba un poco tu preferencia marcada por los pecadores. Tu manifiesta preferencia por todo el que cae, por todo lo que “no vale gran cosa”.
 Un poco más, y me hubiera puesto a defender a los fariseos. Hasta hubiera encontrado argumentos.
 Ahora es otra cosa. Ahora comprendo a los otros, a todos esos de quienes se trata el Evangelio. Los pobres, de cualquier clase, los que saben que son poca cosa. Sin duda es que empizo a comprender… que soy uno de ellos.
 Y que, precisamente, por nosotros has venido al mundo.

martes, 23 de octubre de 2018

BEATO JUAN BUONI, EREMITA

Visión del Beato Juan Buoni (Museo Colonial, Bogotá)
   
No obstante su apellido Buoni, que es una abreviación de Buonomini [Buen hombre], Juan no se distinguió por su piedad en la juventud. Cuando murió su padre, el joven partió de Mantua y empezó a ganarse la vida como actor en las cortes y palacios de Italia. No obstante las oraciones de su devota madre, Juan llevaba una vida licenciosa y alocada. En 1208, cuando tenía cerca de cuarenta años, una peligrosa enfermedad le puso a las puertas de la muerte. Interpretó aquello como una señal del cielo y cambió de vida en cuanto recobró la salud, como lo había prometido. Tales promesas son fáciles de hacer, pero menos fáciles de guardar. Juan abrió su corazón al obispo de Mantua, quien le aconsejó la vida eremítica. En un paraje de las cercanías de Cesena el beato se dedicó a domeñar su cuerpo en la soledad y a adquirir los hábitos de la devoción y la virtud. Pronto adquirió gran fama de santidad y se le reunieron algunos discípulos. Durante algún tiempo, el beato Juan los dirigió según la inspiración del momento. Más tarde, construyeron una iglesia y la comunidad tomó una forma más definida. Inocencio IV les impuso la regla de San Agustín al aprobar la congregación.
  
El beato Juan recibió numerosas ilustraciones sobrenaturales en la oración y obró muchos milagros extraordinarios. Ni siquiera en su ancianidad aflojó en la mortificación: observaba tres cuaresmas cada año, en lo más crudo del invierno se vestía con telas muy ligeras, en su celda había tres lechos, de los cuales uno era malo, otro peor y el tercero pésimo. El demonio siguió tentándole violentamente hasta el fin de su vida. Por otra parte, no faltó quien le calumniase, pero la vida que llevaba el beato desmentía todas las acusaciones. El número de penitentes y personas que acudían a visitarle aumentó de tal modo, que Juan decidió huir secretamente. Después de haber caminado toda la noche, se encontró nuevamente, al amanecer, ante la puerta de su celda, en lo cual vio una manifestación de que la voluntad de Dios era que permaneciese allí. Murió en Mantua en 1249. Dios honró su sepulcro con numerosos milagros. La congregación que había fundado no conservó mucho tiempo la independencia. Los «Boniti», como los llamaba el pueblo, llegaron a tener once conventos a los pocos años de la muerte de su fundador; pero en 1256 el papa Alejandro IV los fundió con otras congregaciones en la orden de los ermitaños de San Agustín. Los frailes agustinos y los agustinos de la Asunción celebran la fiesta del beato Juan Buoni, cuyo nombre fue incluido en el Martirologio Romano en 1672.
  
En Acta Sanctorum, oct., vol. IX, hay casi 200 páginas consagradas al beato; los principales documentos allí reunidos son una biografía relativamente extensa escrita por el agustino Ambrosio Calepino, a principios del siglo XVI y las deposiciones de los testigos en el proceso de beatificación (1251, 1252 y 1254). Entre otras cosas, se habla de la inmunidad del beato a los efectos del fuego, ya que en cierta ocasión anduvo varios minutos sobre un montón de cenizas ardientes, sin recibir el menor daño.
   
«Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston SJ. Volumen IV.
  
ORACIÓN
Atiende, oh Señor, nuestras súplicas, que te dirigimos en la veneración de tu Confesor el Beato Juan Buoni, para que nosotros, que desconfiamos de nuestros méritos, seamos socorridos por las oraciones de aquél que te fue agradable. Por J. C. N. S. Amén.