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miércoles, 12 de octubre de 2022

EL VERDADERO CONCEPTO DE LA TRADICIÓN, SEGÚN Mons. FRANCESCO SPADAFORA

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
  
Tradítio legis (Mosaico del baptisterio de San Juan en la fuente, Nápoles).
   
Trádidi vobis quod et accépi”, dice San Pablo escribiendo a los Corintios (1.ª Cor. I, 2). Pero, ¿qué es aquella Tradición que es significada en estas palabras? Porque actualmente su noción, por causa de los errores del Vaticano II, es tan poco conocida, tratemos de entenderla por la explicación de Mons. Francesco Spadafora (1913-1997), famoso Ordinario de Exégesis en la Lateranense, entre los miembros de aquella escuela teológica romana que buscó oponerse al neomodernismo. 
  
El depósitum fídei. «¡Oh Timoteo!, guarda el depósito de la fe que te he entregado, evitando las novedades profanas en las expresiones o voces, y las contradicciones de la ciencia que falsamente se llama tal, ciencia vana que profesándola algunos vinieron a perder la fe». 1.ª Tim. 6, 20 s.
  
El depósito es toda la doctrina y los preceptos del Divino Maestro que Timoteo y, en general, los ministros de la Iglesia deben custodiar intacta, sin alteración (Alberto Vaccari SJ).
  
Y más: «Estoy cierto de que Él (Dios) es poderoso para conservar mi depósito (el conjunto de las verdades reveladas, según todos los Padres griegos) hasta aquel día (del encuentro con Cristo – juicio particular). Como norma de sanas doctrinas ten las que has recibido de mí, con la fe y caridad en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito con la virtud del Espíritu Santo, que habita en nosotros» (2.ª Tim. 1, 12-14). (P. Alexis Médebielle, en Dictionnaire de la Bible. Supplément, tomo II, 374 ss. – Ceslas Spicq OP, Les Epîtres Pastorales, Tomo II, J. Gabalda, París 1969, 4.ª ed., pág. 719 s.; Justo Collantes SJ, Cartas Pastorales, en La Sagrada Escritura, Nuevo Testamento, II, BAC 211, Madrid 1962, pág. 1042).
  
«El buen depósito, el precioso depósito, es sin duda la totalidad de la doctrina revelada, transmitida por San Pablo. Precioso porque es en realidad un tesoro inestimable. La fuerza para conservarlo intacto se tiene por el Espíritu Santo, dada a Timoteo en su ordenación (2.ª Tim. 1, 6 s.) y que permanece perennemente en él» (Justo Collantes).
  
En este conjunto de verdades, que Jesucristo Nuestro Señor confió a sus Apóstoles, se basa el Concilio de Trento en su formulación clarísima.
«Sacrosáncta … Tridentína Sýnodus … hoc sibi perpétuo ante óculos propónens, ut, sublátis erróribus, púritas ipsa Evangélii in Ecclésia conservétur: quod promíssum ante per prophétas in Scriptúris sanctis, Dóminus noster Jesus Christus, Dei Fílius, próprio ore primum promulgávit, deínde per suos Apóstolos, tamquam fontem omnis et salutáris veritátis et morum disciplínæ, omni creatúræ prædicári jussit: perspiciénsque hanc veritátem et disciplínam continéri in libris scriptis et sine scripto traditiónibus, quæ ab ípsius Christi ore ab Apóstolis accéptæ, aut ab ipsis Apóstolis Spíritu Sancto dictánte, quasi per manus tráditæ, ad nos usque pervenérunt: orthodoxórum Patrum exémpla secúta, omnes libros tam Véteris quam Novi Testaménti nec non traditiónes ipsas, tum ad fidem, tum ad mores pertinéntes, tamquam vel ore tenus a Christo, vel a Spíritu Sancto dictátas, et contínua successióne in Ecclésia cathólica conservátas, pari pietátis afféctu ac reveréntia súscipit ac venerátur» [1] (Sesión IV, 8 de Abril de 1546; Denz. 783-784).
La tradición apostólica (sine scripto traditiónes) es pues el conjunto de las verdades reveladas que Jesús transmitió inmediatamente a sus Apóstoles, y que fue completado por las revelaciones “dictadas” a los mismos por el Espíritu Santo. Esta es la fuente junto a la Sagrada Escritura, de toda verdad revelada y de la moral.
  
Tradición: verdad conservada por sucesión continua en la Iglesia Católica.
  
Para las revelaciones “dictadas” a los Apóstoles por el Espíritu Santo, ver el estudio magistral del eximio exegeta André Feuillet: «Munus doctrinále Parácliti in Ecclésia».
  
«Adhuc multa hábeo vobis dícere (es Jesús que habla, en el discurso de despedida a sus Apóstoles), sed non potéstis portáre modo, cum áutem venérit ille Spíritus veritátis, dedúcet vos in totam veritátem …» (Joann. 16, 12-15) [2]. El Espíritu de verdad os guiará por toda la verdad entera (A. Vaccari).
  
«Apóstolis –comenta André Feuillet– Paráclitus datur ad constituéndam Traditiónem apostólicam, quæ fundaméntum fídei pro tota vita Ecclésiæ usque ad finem mundi habénda est; lumen Parácliti ulterióri Ecclésiæ concéditur … ad magis mágisque investigándas divítias traditiónis apostólicæ» [3].
   
La Tradición apostólica constituye el depósitum fídei, esto es, el conjunto de verdades reveladas comunicadas por Jesús, el revelador definitivo (Hebr. 1, 1 s.), a los Apóstoles y completadas por la acción del Espíritu Santo sobre los mismos.
  
Los Apóstoles enseñaron este conjunto de verdades a los primeros fieles, y lo transmitieron fielmente a los primeros obispos (ej. Timoteo, Tito). Es lo que resulta indiscutiblemente de todas las cartas de San Pablo (cf. 1.ª Cor. 1, 17; 9, 16; 15, 1-11, etc.) hasta en las pastorales.
  
Transmitieron pues las “traditiónes”. «Tenéte traditiónes, quas didicístis, sive per sermónem sive per epístolam nostram» (2.ª Tes. 2, 15; 3, 14) [4].
  
El conjunto de las verdades reveladas era una totalidad ya completa cuando los Apóstoles comenzaron a actuar el mandato de predicar en Palestina y hasta los confines de la tierra. Por cuarenta días, entre la Resurrección y su visible Ascención al cielo, Jesús se apareció a sus Apóstoles, con el doble objetivo (expresamente revelado por San Lucas): «confirmar su fe en la Resurrección, esta prueba suprema del Cristianismo, y completar su instrucción» (Jules Renié, Actes des Apôtres, en La Sainte Bible, Pirot-Clamer, tomo XI, 1. París 1949, pág. 37): «hablándoles del reino de Dios» (Act. 1, 13). «Es normal que los últimos coloquios de Nuestro Señor con los Apóstoles hayan concernido a la constitución del reino de Dios, la Iglesia».
   
Los escritos ocasionales de los Apóstoles y de los otros autores inspirados vendrán a continuación y no enmudecerán el mandato de Jesús, la constitución de la Iglesia.
  
La tradición apostólica no es solamente una fuente de transmisión de las mismas verdades reveladas atestiguadas por la Sagrada Escritura, y mucho menos solo una fuente de luz para la recta interpretación de las revelaciones contenidas en los Libros Sacros; sino que es fuente o canal también de distintas verdades teóricas o prácticas, derivantes también por Jesucristo o por el Espíritu Santo, por medio del ministerio apostólico. Se tiene así la Tradición constitutiva. Entre estas verdades está para poner fuera de discusión a) el Canon de los Libros Sagrados, y b) su interpretación que se extiende a todas y cada una de sus partes.
  
Es a la Sagrada Jerarquía, el Magisterio, que Jesucristo ha confiado la custodia del depósitum fídei, garantizando al mismo tiempo la fidelidad y la interpretación infalibile. Según el testimonio de San Agustín: «Ego vero Evangélio non credérem, nisi a me cathólicæ Ecclésiæ commóveret auctóritas» (Contra la Epístola de Manés, 5: Patrología Latína 42, 176).
  
Si los Protestantes admitiesen cuanto en realidad es bastante claramente revelado en la Sagrada Escritura (Joann. 14, 16), esto es, la ayuda indefectible prometida por Jesucristo a su Iglesia, a fin de volverla idónea para ilustrar e interpretar rectamente el depósito de la revelación, dejando el erróneo e infundado principio de la sola Scriptúra, acabarían con aceptar sin dificultad alguna todos los dogmas, sin exceptuar los marianos. En cambio, hasta cuando no reconocerán el Magisterio, y no retendrán la Tradición como otra fuente constitutiva de la revelación, no aceptarán nunca los recientes dogmas marianos y será ilusorio el esperar que sean inducidos a esto con nuestras denominadas demostraciones científicas.
  
Salaverri (Theología Fundamentális, pág. 756 ss.) precisa:
  1. Divína Apostolórum tradítio est primárius revelatiónis fons: 
  2. Tradítio ut revelatiónis fons, antiquitáte, plenitúdine et sufficiénza, ipsam sacram Scriptúram antecéllit. [5]
  
Se trata de doctrina implícite definitíva en los Concilios Tridentino y Vaticano I (D. 783, 1787) o al menos theológice certa, esto es, deducida con certeza por las definiciones de los mismos Concilios (D. 786, 1788).
  
[…] [En la formulación de la Dei Verbum [6]], la doctrina católica era mortificada: mortificada sin motivo … Para proponer al respecto la doctrina católica, conviene retornar al esquema dispuesto por la Comisión preparatoria e inconsultamente archivada por el Concilio Vaticano II. La formulación era clarísima y perfecta: «Sacra Scriptúra non est únicus fons Revelatiónis quæ continétur in depósito fídei. Nom præter divínam Traditiónem, qua Sacra Scriptúra interpretátur (tradición interpretativa), habétur Tradítio divína veritátum quæ in sacra Scriptúra non continéntur (Tradición constitutiva)” [7].
 
Mons. FRANCESCO SPADAFORA, La Tradizione contro il Concilio (La Tradición contra el Concilio), Volpe Editore, Roma, 1989, págs. 50-58.
  
NOTAS
[1] «El sacrosanto … Concilio de Trento, legítimamente reunido en el Espíritu Santo, bajo la presidencia de los tres mismos Legados de la Sede Apostólica, poniéndose perpetuamente ante sus ojos que, quitados los errores, se conserve en la Iglesia la pureza misma del Evangelio que, prometido antes por obra de los profetas en las Escrituras Santas, promulgó primero por su propia boca Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios y mandó luego que fuera predicado por ministerio de sus Apóstoles a toda criatura [Mt. 28, 19 s; Mc. 16, 15] como fuente de toda saludable verdad y de toda disciplina de costumbres; y viendo perfectamente que esta verdad y disciplina se contiene en los libros escritos y las tradiciones no escritas que, transmitidas como de mano en mano, han llegado hasta nosotros desde los apóstoles, quienes las recibieron o bien de labios del mismo Cristo, o bien por inspiración del Espíritu Santo … y también las tradiciones mismas que pertenecen ora a la fe ora a las costumbres, como oralmente por Cristo o por el Espíritu Santo dictadas y por continua sucesión conservadas en la Iglesia Católica».
[2] «Aun tengo otras muchas cosas que deciros; mas por ahora no podeis comprenderlas. Cuando empero venga el Espíritu de verdad, Él os enseñará todas la verdades necesarias para la salvacion»
[3] «A los Apóstoles les fue dado el Paráclito para constituir la Tradición Apostólica, que se debe tener por fundamento de la fe hasta el fin del mundo. La luz del Paráclito es concedida a la Iglesia en los siglos … para siempre más investigar las riquezas de la Tradición Apostólica».
[4] «Mantened las tradiciones o doctrinas que habéis aprendido, ora por medio de la predicación, ora por carta nuestra».
[5] «La divina Tradición apostólica es fuente primaria de la Revelación. La Tradición, como fuente de la Revelación, precede por antigüedad, plenitud y suficiencia a la misma Sagrada Escritura».
[6] La constitución conciliar Dei Verbum sustituyó el esquema De fóntibus revelatiónis, fruto de la teología romana, hecho rechazar por los Padres y peritos progresistas, o mejor, modernistas, con la complicidad de Juan XXIII porque reproponía el dogma católico fijado en Trento, comprendida la noción de Tradición como fue expuesta por Spadafora, en vista a los protestantes, con los que necesitaba sin embargo instaurar el diálogo ecuménico.
[7] «La Sagrada Escritura no es la única fuente de la Revelación que está contenida en el Depósito de la Fe. De hecho, más allá de la divina tradición por la que se interpreta la Sagrada Escritura, se tiene también la divina Tradición de verdades que no están contenidas en la Sagrada Escritura».

lunes, 29 de abril de 2019

RESPONSABILIDAD JUDÍA EN LA MUERTE DE JESÚS, POR Mons. FRANCESCO SPADAFORA

Compilación hecha por Giuliano Zoroddu para RADIO SPADA. Traducción propia.

Mons. Francesco Spadafora (1913-1997), clarísimo experto de Sagrada Escritura en varios Seminarios italianos, enseñó en Roma desde 1950, en el Marianum y en la Lateranense. Hombre de gran doctrina, colaboró en la redacción de la Enciclopedia Cattolica y publicó en prestigiosísimas revistas científicas católicas. Ya hombre de confianza del Cardenal Ottaviani para las cuestiones de exégesis bíblica, fue perito en el Concilio en la Comisión preparatoria para los Estudios y los Seminarios. Combatió enérgicamente, con escritos de altura, la exégesis modernista en la sede conciliar y durante la borrasca del post-conciliar que llega precisamente a negar la historicidad de los Evangelios y la historicidad de la resurrección corpórea de Jesucristo. Desde los años Setenta escribió también para la conocida revista Si si No no fundada por el padre Francesco Putti. El fragmento siguiente es tomado de “Cristianesimo e Giudaismo” del 1987, reimpreso por Amicizia Cristiana en 2012.
  
Pilato se lavó las manos: «Yo soy inocente de esta sangre, vosotros veréis. No soy responsable de la muerte de Jesús». La respuesta: «Que su sangre recaiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos» quita a a Pilato toda responsabilidad: la responsabilidad sea toda nuestra y de nuestros hijos.
  
Toda tentativa hecha, no digo de negar, sino de limitar la plena responsabilidad colectiva de los judíos, jefes y pueblo, en la condena a muerte y por tanto en la ejecución de Jesús Nuestro Señor, y antes en el rechazo de aceptar la predicación, de reconocer en Él al enviado del Padre, no obstante todos los milagros realizados, contrasta con toda la documentación de nuestros cuatro Evangelios.
  
Y esto vale incluso más evidentemente para todo el pueblo judaico, que –como ha revelado pertinentemente el P. Marie-Benoît (Pierre Péteul) OFM. Cap. en su crítica al libro de Jules Isaac (Revue Biblique, 1949, pág. 610 s.)– ratificó completamente la sentencia de sus Jefes, oponiendo claramente, y en la masa de sus miembros, en Palestina y en la Diáspora esta resistencia feroz a la Iglesia naciente y continuando en los discípulos de Jesús la obra de persecución y muerte.
  
En las palabras de Jesús, en el relato de los cuatro Evangelistas, resulta inconfutable la responsabilidad colectiva, por aquel principio de solidaridad, heredado de todo el Antiguo Testamento, y fundamental por el concepto de berit o alianza, que lo prevé.
 
En las palabras de Jesús en la cruz, informadas solamente por San Lucas 23, 34: «Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen», no van más allá de los textos reportados hasta ahora.

Lo confirman los comentarios al Evangelio de San Lucas.
 
En la columna Verbum Salutis, Albert Valensin – Joseph Huby SJ (trad. it. Ed. Studium, Roma, 1956, pág. 456 s.), así comentaban el Evangelio según San Lucas:
El evangelista, en su Evangelio de la Misericordia, refiere estas palabras «para hacer conocer la infinita misericordia del Salvador del mundo, Jesús nos da el ejemplo de aquel amor a los enemigos y de aquel perdón de las ofensas, lo que había hecho un deber para los hijos del reino (Mt. 5, 44). Se refiere primero al pueblo judío, luego a todos aquellos que, también en manera indirecta, son causa de su muerte. (Josef Knabenbauer en h. 1.).
   
Pide perdón para ellos en consideración de su ignorancia. Porque verdaderamente en todo pecado hay un fondo de tinieblas. El hombre que peca no sabe completamente todo lo que hace …. Los judíos no comprendían toda la enormidad de su delito. Esta ignorancia, en cuanto fruto de la resistencia a a gracia y al enceguecimiento voluntario, no les absolvía de su culpa; Jesús todavía la presenta al Padre como circunstancia atenuante, Jesús todavía la presenta al Padre como circunstancia atenuante, y así más tarde San Pedro (Act. 3, 17)».
   
Se pregunta Lagrange (s. Lc., p. 588) por la omisión de las palabras de Jesús en varios códices: «¿se ha pensado que la indulgencia de Jesús Salvador fuese excesiva, porque los judíos sabíab bien lo que hacían?». En realidad, se podía pensar en una contradicción con los textos evangélicos que, como habíamos visto, atestiguan la consciente mala fe de los Jefes y la responsabilidad del pueblo.
  
Los Jefes, continúa Lagrange, eran verdaderamente culpables y tenían grande necesidad de perdón; las pruebas del enceguecimiento voluntario, del odio y de la doblez no faltan en Lucas; todavía ellos no comprendían la enormidad de su crimen. Se cumplía en Jesús la predicción de Isaías 53, 12: «intercede por los malhechores».

Juan Leal SJ, Ev. s. Lucas, (La Sagrada Escritura), BAC 207, Madrid, 1961, pág. 764:
«Jesús tiene presentes a los Jefes del judaísmo, responsables de su muerte. Ellos sabían como ningún otro lo que hacían. Y porque lo sabían, pecaron y tenían necesidad de perdón. En todo pecado humano hay siempre alguna ignorancia y Jesús se reclama a esta excusa. La oración de Jesús por los judíos podía resultar contradictoria con Mt. 27, 25 «su sangre (de Jesús) sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos» y con los textos en los que se predice su repudio definitivo.
 
Una oración en estas circunstancias, que pide perdón por los enemigos es auténticamente cristiana: está en armonía con la doctrina del Señor en el discurso del Monte (Mt. 5, 44), con su ejemplo (Lc. 22, 48.51 ¡con el traidor Judas!)».
 
«San Esteban ha orado en el mismo espíritu de caridad, pero no con los mismos términos (Act. 7, 60). San Santiago de Jerusalén, antes del martirio, «de rodillas oraba así: – Te suplico, oh Señor, Dios y Padre, perdona a ellos (Escribas y Fariseos), porque no saben lo que hacen» (Eusebio, Historia Eclesiástica, libro II, cap. 23, s. 15).
  
San Pedro se hace eco, en el segundo discurso al pueblo, después de la curación del paralítico, en la puerta del Templo llamada la Bella: «Y ahora, hermanos, sé que habeis actuado por ignorancia como vuestros Jefes». Adriano Boudou comenta: «Pedro no quiere llevarlos (a los «hombres de Israel» reunidos en gran número en torno a Pedro y Juan, al ingreso del Templo, por la curación instantánea del paralítico) a la desesperación y encuentra para ellos excusas … se diría el eco de las palabras … caídas de lo alto de la Cruz, recogidas por todos los verdaderos discípulos de Jesús, repetidas frecuentemente … en las mismas trágicas circunstancias, en testimonio de la misma heroica caridad». San Pedro, de hecho, al inicio del discurso había revelado el enorme pecado de Israel en el repudio y en el asesinato del Salvador, su plena culpabilidad y responsabilidad colectiva.
  
«El Dios de nuestros Padres, oh Hombres de Israel, ha glorificado a su siervo, Jesús, que vosotros habéis consignado y renegado ante Pilato, mientras él había decidido liberarlo. Pero vosotros habéis renegado del Santo y el Justo, y habéis pedido que fuese gracia sobre un asesino, y habéis hecho morir al autor de la vida. Dios lo ha resucitado de los muertos y nosotros somos testigos …. La fe que viene por Él, la fe en el nombre de Él, ha dado a este enfermo la plena salud en presencia de vosotros todos. Y ahora, oh hermanos, sé que habéis actuado por ignorancia … Arrepentíos, etc.».
   
En el primer discurso que Pedro, en el día de Pentecostés, a los numerosos judíos reunidos en el atrio del Templo, golpeados por el milagro de la glosolalia de los Apóstoles (cerca de tres mil adhirieron al Evangelio), es afirmada sin más la consciencia y la responsabilidad colectiva de los judíos (Act. 2, 23.36): «Jesús de Nazaret, por Dios aprobado con obras potentes y prodigios y milagros … este hombre … vosotros lo habéis crucificado y por mano de los impíos le habéis hecho morir … Lo sepa pues con seguridad toda la casa de Israel: Dios ha hecho Señor y Cristo aquel Jesús que habéis crucificado». [1]

Para Act. 13,27 considero exacta la traducción de Boudou [2]: «Los habitantes de Jerusalén y sus jefes han desconocido a Jesús y condenándolo cumplieron las palabras de los profetas que se leen cada sábado». Es San Pablo que así habla en la Sinagoga de Antioquía. No se trata de «ignorancia» (Jesús les había dicho claramente quién era: Jn. 5, 18; Mt. 26, 65; 27, 44 y Jn. 19, 7: «se ha dicho Hijo de Dios» por eso debe morir, dicen los Sanedritas a Pilato): sino de rehusar la fe en su persona. El verbo griego aghnoé (ἀγνοέω) tiene también tal significado. Así en la carta a los Romanos 10, 3 los exégetas traducen el mismo verbo: «Desconociendo de hecho la justicia de Dios y buscando establecer la propia, no se han sometido a la justicia de Dios». Aunque conociendo, aunque habiendo aprendido el contenido del Evangelio: 10, 16-21.

«¿Se podrá decir que Israel no ha entendido de qué se trataba en la predicación del Evangeilo? No, responde San Pablo, ha entendido bien que el Evangelio se presentaba como el cumplimiento de las promesas mesiánicas, pero por mala voluntad ha rechazado acogerlo, lo ha conocido para desconocerlo. Mientras los Gentiles, que no se preocupaban mucho de encontrar a Dios, lo han reconocido cuando se le ha manifestado a ellos; Israel, preparado por una Providencia especial para el adviento del Mesías, se ha rehusado a creer» [3].

NOTAS
[1] Adriano Boudou SJ, en la colección Verbum Salútis: Hechos de los Apóstoles, tr. it. Ed. Studium, Roma, 1957, pp. 38 ss. 67-70.
[2] Ibid., págs. 287-293 ss.
[3] Es el comentario y la traducción del P. Joseph Huby, Epístola a los Romanos, (colección Verbum Salútis, Ed. Studium, Roma, 1961, págs. 310-312, 325, 327).