Mostrando entradas con la etiqueta Mons. Giuseppe Ballerini. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mons. Giuseppe Ballerini. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de diciembre de 2022

LA LEY MORAL COMO CONFIRMACIÓN DE LA EXISTENCIA DE DIOS

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
  
[…] Otro hecho que se puede aducir en confirmación de la existencia de Dios es el de la ley moral. Desde que el mundo es mundo, los hombres siempre han hecho distinción entre el bien y el mal, la virtud y el vicio; se han sentido internamente obligados a hacer el bien y a huir el mal; siempre han probado en su conciencia la alegría por el bien cumplido y el remordimiento por el mal cometido. ¿Por qué esto? ¿Cuál es la razón última de estos hechos?
    
Los incrédulos hacen esfuerzos inauditos para sustraerlos de toda relación con el más allá. Ellos buscan explicar los dictados morales de la conciencia recurriendo a la educación, a los fenomenos hereditarios, etc. Y todos conocen el intricado laberinto de hipótesis y de sistemas excogitados, especialmente desde Kant en adelante, para explicar la obligación moral sin derivarla de Dios. Es el esfuerzo continuo para sustraerse al gobierno divino.
    
Pero en vano. Como en el mundo físico no se puede explicar el movimiento sin dirigirse a un primer moviente, así en el mundo moral no se puede explicar la fuerza obligatoria de la ley moral sin dirigirse a un supremo Legislador. Lo habíamos demostrado al confutar la moral independiente [1].
   
Aquí notaremos solo que la intrínseca diferencia entre el bien y el mal, y la consiguiente obligación moral que de ello deriva –la cual se impone a todos como imperativo absoluto– no se puede ni siquiera concebir sin la idea de Dios. Es verdad que la razón próxima de la bondad o malicia de nuestras acciones está en los dictados de nuestra conciencia, o, mejor, en los juicios de nuestra razón sobre la conveniencia o inconveniencia de nuestras acciones con aquellos dictados. Mas la razón última está toda en la referencia de aquellos dictados a la Suprema Razón y Voluntad Divina, de lancual nuestra razón no hace sino interpretar los entendimientos a través del orden objetivo de las cosas. No tanto que esto se advierta explícitamente –convendría en tal caso analizar el contenido– pero implícitamente sí, porque aquellos dictados morales se nos imponen como mandatos independientes de cualquier autoridad humana y de cualquier provecho o daño temporal, y por ende tales que nos hacen sentir la autoridad del Supremo Legislador Divino.
   
He aquí por qué los mismos paganos reconocían la ley moral como un mandato o prohibición proveniente de la misma Divinidad [2]: he aquí por qué el mismi Apóstol San Pablo reconocía en los Gentiles una ley escrita en sus corazones según la cual serán juzgados por Dios [3]: y he aquí por qué Manzoni ha podido escribir en Los Novios el célebre diálogo entre el Cardenal Federigo y El Innombrado.
   
Breve: el hombre siente estar ordenado a Dios como a su último fin, y la ley moral no es sino la dirección de sus acciones hacia este fin.

Cuanto hemos dicho hasta ahora recibe mayor luz por otro hecho: la aspiración del hombre a una felicidad perfecta que no se puede tener aquí en este mundo. Es un hecho que todos los bienes presentes, aun tomados en su conjunto, no pueden aquietar las ansias del hombre y hacerlo plenamente feliz. Esta ilimitación de las ansias por parte de la voluntad, procede de la ilimitación del conocimiento por parte de nuestra mente. Sentimos por íntima experiencia que el intelecto no está hecho para esta o aquella verdad, sino para la verdad ilimitadamente tomado, o sea para la Verdad: como igualmente sentimos por íntima experiencia que la voluntad no está hecha para este o aquel bien, sino para el bien ilimitadamente tomado, o sea para el Bien como tal. En otros términos, solamente la suma verdad y el sumo bien pueden apagar la ilimitación de nuestras ansias. Pero la suma verdad y el sumo bien no es sino Dios. De ahí que la aspiración del hombre a la felicidad, cuando se analiza en todos sus elementos, no es sino la misma aspiración del hombre a Dios. Decía San Agustín: «Fecísti nos, Dómine, ad Te, et inquiétum est cor nostrum donec requiéscat in te» [Nos hiciste, Señor, para Ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descansemos en ti].

Si bien la ley moral y la aspiración del hombre a la felicidad no son pruebas directas de la existencia de Dios, pero la presuponen sin duda […].

Mons. GIUSEPPE BALLERINI, La existencia de Dios.
   
NOTAS
[1] En el primer volumen de la Breve Apología (6a ed.), cap. XLVIII.
[2] Ver Cicerón, De Légibus, cap. II, c. 4.
[3] Epístola a los Romanos, cap. II, 14-15.

viernes, 18 de junio de 2021

CUANDO EL CORRIERE DELLA SERA ENTENDIÓ QUÉ SERÍA UNA IGLESIA EN MANOS DE LOS MODERNISTAS

Traducción del artículo publicado por RADIO SPADA.
   
«La Encíclica contra los modernistas no debería maravillar a ninguno. La maravilla en cambio sería grande si la Iglesia no hubiese condenado doctrinas que son, en el fondo, la negación de la esencia del catolicismo, mientras pretenden ser, lo que es más grave y peligroso para la Iglesia, un catolicismo más verdadero y razonable que el catolicismo histórico… De hecho el modernismo, tomado en su fundamento y en su proceso lógico, no es una renovación del catolicismo, sino, al contrario, una transformación religiosa, que llega a la negación del catolicismo. En realidad, si sus doctrinas fuesen admitidas por la Iglesia, no quedaría del catolicismo más que el nombre. Juzgad pues: si los dogmas deben ser reducidos en su contenido a una suma de términos subjetivamente racionales, y si deben ser explicados en su vida mediante razones empíricamente históricas, ¿qué queda de su verdad absoluta, derivante de la revelación? ¿Y qué deviene la misma revelación, si no un mero fenómeno de psicología individual? ¿Y qué queda de la verdad y la autoridad del catolicismo como síntesis religiosa y objetiva, y de la Iglesia como órgano viviente de esta síntesis? Nada».
    
Profesor ANDREA TORRE, columna “Catolicismo y modernismo”. Diario CORRIERE DELLA SERA, 17 de Septiembre de 1907. En Mons. GIUSEPPE BALLERINI GARLASCHELLI, Obispo de Pavía. La crisis del pensamiento moderno y las bases de la Fe. Roma, Pustet, 1910.

jueves, 10 de junio de 2021

PSEUDOMISTICISMO Y AFINES. LA FE NO ES REDUCIBLE AL SENTIMENTO EMOCIONAL DEL BIEN O LO DIVINO

Traducción del artículo publicado por RADIO SPADA.
   
«[…] Para ellos [los modernistas] la fe no puede ser precedida por ningún conocimiento racional de Dios, que es el gran inconoscible, ni por la revelación divina, que es igualmente inconoscible en cuanto sobrenatural; a menos que se haga consistir, como quieren los racionalistas y los modernistas, en la conciencia moral de la humanidad. El acto de fe sobrenatural se reduce todo a aquel confuso e indeterminado movimiento del ánimo que en nosotros surge ante lo inconoscible que nos envuelve por todas partes, aquel sentimiento emocional del bien (o de lo divino), que más o menos todos experimentamos en nosotros mismos. Una fe, como cada uno ve, destituida de toda base objetiva, y en la cual todos pueden darse la mano, también los incrédulos.
   
[…] A decir verdad, sin embargo, los filósofos de la inmanencia no se cuidan mucho en especificar cuál sea este “sentido” y esta “experiencia de lo divino”; y quien quiera ir al fondo de su pensamiento, no encuentra sino el prohibido error de pseudo-misticismo, el cual al al conocimiento de la razón sustituye el sentimiento, el instinto de la fe, la necesidad del corazón, el secreto intuido, aquel todo junto, en síntesis, que “alcanza el hombre la realidad de Dios, y tal persuasión de la existencia de Dios y de su acción, dentro y fuera del ser humano, que supera con mucho a toda persuasión científica. Lo cual es una verdadera experiencia, y superior a cualquiera otra racional; y si alguno, como acaece con los racionalistas, la niega, es simplemente, dicen, porque rehúsa colocarse en las condiciones morales requeridas para que aquélla se produzca”. Así dice la encíclica Pascéndi».
    
Mons. GIUSEPPE BALLERINI GARLASCHELLI, Obispo de Pavía. La crisis del pensamiento moderno y las bases de la Fe. Roma, Pustet, 1910.

sábado, 27 de marzo de 2021

MODERNISMO, PROTESTANTISMO, BUDISMO Y AMERICANISMO: MEZCLA ANTIGUA, PERENNE (Y CÓMODO DISPARATE)

Traducción del artículo publicado por RADIO SPADA.
   
«[…]
   
¡Ingenuos e hipócritas! A las crisis provenientes por la duda no se remedia sino con el conocimiento de la verdad, o al menos de los motivos que nos aseguran de la verdad. Y hasta que no retornéis al aborrecido intelectualismo, vuestra crisis será verdaderamente insanable porque os faltará siempre el ubi consístam. Es inútil: la mente esta hecha por la verdad y no se descansa sino en la verdad. Y por cuanto los nuevos Pilatos finjan no saber aún qué cosa sea la verdad y busquen desfigurar el antiguo concepto, no llegarán sino a hacerse compadecer una vez más. El buen sentido gritará alto a todos: “No te preocupes de ellos, sino mira y pasa”. Como parmente se reirá de todos sus esfuerzos por reducir la revelación divina a la evolución de la conciencia moral a través de los siglos, donde puede concluir que la fe es el sentido moral de lo divino, y que las pruebas de la fe se deben pues buscar dentro y no fuera de nosotros. Son ilusiones y locuras por mentecatos. No, la revelación sobrenatural no nos viene de dentro sino de fuera; y los criterios que nos aseguran de la verdad de esta revelación no consisten ya en aquellos hechos subjetivos o sentimentales que varían según los hombres y los caprichos de los individuos, sino en aquellos hechos objetivos, reales e históricos que todos conocen y que ninguna crítica podrá nunca negar.
    
Es conocido a qué tiende todo este movimiento anticristiano. Se querría llevar a la Iglesia a un cristianismo menos rígido e inflexible, a un cristianismo aligerado por ciertos dogmas, y más aún de ciertas leyes morales, a un cristianismo en resumen que sepa rendirse y conciliarse con las ideas y exigencias del mundo y del tiempo en que se vive [1]. Estamos en tiempos de libertad, y el pensamiento y la conciencia deben ser libres en sus movimientos y no afrontar imposiciones de fuera. “Nada, dicen, puede penetrar en el hombre si no brota y no corresponde en modo alguno a una necesidad de expansión: no hay para él verdad fija y precepto admisible que no sea en modo alguno autónomo y autóctono” [2].
    
Y he aquí por qué en nuestros días muchos, si no muchísimos, prodigan sus entusiasmos al budismo y llegan incluso a preferirlo al Cristianismo, como hace el prof. Luigi Luzzatti en su reciente libro [3]. El budismo, se sabe, está vacío de contenido dogmático y deja por ello la máxima libertad de pensamiento y de conciencia a sus seguidores. ¡Por tanto es preferible al Cristianismo! Otros, por la misma razón, prefieren el protestantismo al Catolicismo. El protestantismo se apoya sobre el libre examen, y deja plena libertad a sus adeptos de creer lo que quiera, mientras que la Iglesia Católica, con sus dogmas y sus leyes, atasca y tiraniza la conciencia. La prohibida calumnia repetida no es mucho por Giovanni Sforzini, por Giorgio Bartoli y por todos aquellos sacerdotes y frailes que fueron a engrosar las filas de los protestantes. En fin, otros, aunque sin ir al protestantismo, aunque sin salir de la Iglesia Católica, se disponen a preparar en el seno de esta aquella novedad de corriente de pensamiento y de ideas que permita a aquellos que están fuera entrar sin someterse bajo las horcas caudinas del bagaje dogmático y moral, y conceda a los que están dentro de quedarse sin renunciar a las nuevas aspiraciones y exigencias de los tiempos modernos [4].
   
Y, va sin decir, para todos estos los dogmas no son sino elaboraciones del pensamiento humano, sin otro contenido que el sentimiento religioso, que es el germen del cual por sucesivas evoluciones habrían venido todos los dogmas de los cuales se ha cargado la Iglesia Católica en su camino.
   
Ahora todo esto es simplemente ridículo. O vosotros creéis en la divinidad de Cristo y de su religión, y luego no os queda sino acoger las enseñanzas y los preceptos, pero no está más en vuestra facultad reducirlos, mutilarlos o adaptarlos a vuestros caprichos: o no creáis, y entonces no tendréis más necesidad de ningún cristianismo ancho: podéis refutarlo en bloque sin tantas hipocresías. Luego no es sino hipocresía poner al cristianismo primitivo contra el catolicismo actual, como si el cristianismo de entonces consistiese todo en el sentido moral y religioso de los neocríticos. El recurso al cristianismo primitivo, del resto, es uno de los lugares comunes demasiado abusados. También los protestantes querían hacer creer que su reforma consistiese en un retorno al puro y genuino cristianismo de los primeros tiempos. Pero todos saben cómo iban y cómo van las cosas. Y también sin evocarnos a las conocidas confutaciones de los apologistas católicos, la misma crítica histórica de nuestros días, aunque surtida con entendimientos del todo negativos, ¿no está constreñida a reconocer que muy distinta es la verdad de los hechos? [5]. Y es precisamente el estudio sobre los orígenes históricos del Cristianismo el que determinó entre los mismos protestantes aquel movimiento de retorno a la Iglesia Católica, que va engrosándose siempre más. ¿Quizá un Edward Manning, un John Henry Newman, un Oswald Hunter y tantos y tantos otros que representaban lo más granado de la ciencia y de la crítica histórica en las Iglesias disidentes, no han examinado antes de su conversión todos los argumentos a los que hoy apelan nuestros críticos? Pero, no obstante el tirón que sentían en su corazón al abandonar la religión de sus padres, ellos han venido a la Iglesia Católica porque han visto que solamente aquí está la única verdadera religión de Cristo. ¿Y cómo no, si la misma Iglesia de las catacumbas se nos presenta con el mismo credo, con los mismos sacramentos, con la misma jerarquía? Leed a Giovanni Battista De Rossi, a Mariano Armellini, a Orazio Marucchi y a cuantos estudiaron las catacumbas romanas, y veréis si no es así [6].
   
[…]»
    
Mons. GIUSEPPE BALLERINI GARLASCHELLI, Obispo de Pavía. La crisis del pensamiento moderno y las bases de la Fe. Roma, Pustet, 1910.

NOTAS
[1] El Cristianismo convirtió el mundo a sí: ahora se querría convertir el Cristianismo al mundo.
[2] Il Programma dei Modernisti. Risposta all’enciclica di Pio X “Pascéndi Domínici Gregis” (El Programa de los modernistas: Respuesta a la encíclica de Pío X “Pascéndi Domínici Gregis”). Ernesto Buonaiuti, Umberto Fracassini. Roma, Sociedad Internacional Científico-Religiosa, 1908, pag. 91.
[3] La libertà di coscienza e di scienza (La libertad de conciencia y de ciencia), Milán, Fratelli Treves, 1909.
[4] En su carta sobre el americanismo, León XIII escribía: «El fundamento sobre el que se fundan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer más fácilmente a la sabiduría católica a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe acercarse un poco más a la humanidad de este siglo ya maduro, aflojar su antigua severidad y hacer algunas concesiones a los gustos y opiniones recientemente introducidas entre los pueblos. Muchos piensan que estas concesiones deben ser hechas no sólo en asuntos de disciplina, sino también en las doctrinas que conforman el “depósito de la fe”. Ellos sostienen que sería oportuno, para ganar las voluntades de aquellos que disienten de nosotros, omitir ciertos puntos de la doctrina como si fueran de menor importancia, o moderarlos de tal manera que no conservarían el mismo sentido que la Iglesia constantemente les ha dado».
[5] Ver: L’Église naissante et le Catholicisme (La Iglesia naciente y el Catolicismo) de Pierre Batiffol, tercera edición, 1909, París, Lecoffre.
[6] Ver: Le Catacombe romane e il Protestantesimo (Las Catacumbas romanas y el Protestantismo), del comendador Orazio Marucchi.