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viernes, 25 de julio de 2025

NOVENA EN HONOR AL BIENAVENTURADO PEDRO JULIÁN EYMARD

Novena publicada en 1928, con Nihil Obstat del P. Eugéne Couet SSS, superior general de la Sociedad del Santísimo Sacramento, e Imprimátur del Ilmo. Sr. Obispo Daniel Mannix, arzobispo de Melbourne.

DECLARACIÓN: De conformidad con los decretos del Papa Urbano VIII., declaramos que no pretendemos atribuir más que la fe humana a los hechos extraordinarios que se relatan a continuación, mientras sometemos todo cuanto se diga aquí al juicio de la Santa Iglesia, de la que deseamos permanecer siempre como hijos obedientes.
  
NOVENA AL BEATO PEDRO JULIÁN EYMARD
   
   
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
Oh Dios mío, de todo corazón lamento haberte ofendido, y detesto todos mis pecados, porque temo la pérdida del Cielo y las penas del Infierno, pero más que todo, porque ellos Te ofendieron, mi Dios, que eres el Sumo Bien y merecedor de todo mi amor. Firmemente resuelvo, con el auxilio de Tu gracia, confesar mis pecados, hacer penitencia, y enmendar mi vida. Amén.
   
DÍA PRIMERO – 25 DE JULIO
El beato Pedro Julián Eymard nació de padres piadosos en las montañas del Delfinado, en La Mure de Isère (Francia), el 4 de Febrero de 1811, y bautizado al día siguiente. Tan pronto como fue capaz de caminar, corrió hacia la Iglesia y pasaba horas allí. En una ocasión, su hermana Mariana lo encontró de rodilla en una escala justo detrás del altar mayor, sus manitas juntas, y sus ojos fijos en la parte posterior del tabernáculo. Respondiendo a su pregunta: «¿Qué estás haciendo aquí?», dijo: «Diciendo mis oraciones. ¡Estoy más cerca de Jesús y escuchándolo a Él!». El pequeño Pedro Julián tenía alrededor de cuatro o cinco años en ese momento. El Amador de los pequeños estaba ya escuchando al futuro apóstol del Santísimo Sacramento. 
   
A lo largo de toda su vida (murió en La Mure el 1 de Agosto de 1868), la fe del beato Pedro Julián en la Presencia Real de Nuestro Señor en la Sagrada Eucaristía parecía traspasar los velos sacramentales y ser más una visión de la Realidad que una mirada a través del cristal oscuro de la fe. Cuando fue director del Colegio Marista en La Seyne-sur-Mer, él tenía un agujero cortado en la pared de su habitación y lo cerró con una pequeña puerta. Por medio de este podía mirar directamente al tabernáculo en la capilla detrás de su habitación. Pasaba horas allí en amorosa conversación con Nuestro Señor, muchas veces también en la noche. A veces, cuando pensaba que estaba solo, hablaría en voz alta con el Señor. Para impedirse pasar mucho tiempo en esta ventana, ¡se apresuraba a cerrar la puerta con candado! ¡Tal era su fe sencilla y como niño!
   
JACULATORIAS:
  • Оh Santísimo Sacramento, oh Sacramento divino, sea a Vos toda alabanza y acción de gracias en todo momento (100 días de Indulgencia).
  • Bendita sea la Santa e Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, Madre de Dios (300 días de Indulgencia).
  • Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, rogad por nosotros (300 días de Indulgencia).
   
ORACIÓN ESPECIAL PARA EL DÍA PRIMERO
¡Оh Beato Pedro Julián! Por vuestra fe sencilla y como niño que encantó al Corazón de Jesús en el Santísimo Sacramento, rogad por mí. Vos estás muy cerca a Jesús ahora en el Cielo y escuchándolo a Él. Rogadle por mí y pedidle me conceda el favor particular que quisiera recibir. Pedidle me de especialmente una fe sencilla y como un niño como la vuestra, para que pueda servirle mejor ahora en el Santísimo Sacramento y después de mi muerte, alabarlo con vos en el Cielo por toda la eternidad. Amén.
    
ORACIÓN AL BEATO PEDRO JULIÁN EYMARD PARA OBTENER LA LLEGADA DEL REINO DE JESÚS EN EL SANTÍSIMO SACRAMENTO.
Oh Beato Pedro Julián, cuya seráfica mirada traspasó tan profundamente tras el Velo Eucarístico, vos que habéis dado al mundo este sublime llamado a las armas: «Jesús está allí, venid todos a Él», obtenednos por la intercesión de la Santísima Virgen, a la que honrasteis por el dulcísimo nombre de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, que este grito de nuestro corazón pueda hallar un eco en cada corazón.
   
Obtened para nosotros que podamos ser el punto de partida de una amplia e intensa renovación de la vida, culto y acción eucarística. Obtenednos que todas puedan ser llevadas irresistiblemente hacia Jesús en el Santísimo Sacramento, a fin de adorarlo en Su inefable abajamiento, a fin de asociarlos por medio de la Santa Misa a Su perenne sacrificio, y a fin de recibirlo como su Pan de Vida.
  
Que vuestro clamor venga con mayor poder y fecundidad desde el Cielo, donde vuestra humildad ya es triunfante y resplandece con santificado esplendor que nunca decaerá. Que surja entre almas nobilísimas, y particularmente entre los sacerdotes, quienes fueron el constante objeto de vuestro especial afecto, nuevas tropas de adoradores y apóstoles de la Sagrada Eucaristía que, siguiendo vuestro ejemplo y según vuestra enseñanza, se consagrarán a glorificar al Santísimo Sacramento entre los individuos y entre las naciones, y así apresurarán más eficazmente la llegada de la Paz de Cristo en el Reino de su amor. Amén.
  
℣. Rogad por nosotros, bienaventurado Pedro Julián.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
   
ORACIÓN
Oh Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, que admirablemente suscitasteis al Bienaventurado Pedro Julián para promover en todos el culto solemne del Santísimo Sacramento de la Eucaristía, y por cuyo medio le disteis una nueva familia a vuestra Iglesia, concedednos propicio que por su intercesión y ejemplo, podamos convertirnos en adoradores en espíritu y verdad de tan grande Misterio y propagadores de la gloria del mismo. Vos que vivís y reináis por los siglos de los siglos. Amén.
  
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
DÍA SEGUNDO – 26 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
   
Cuando el Beato Eymard tenía alrededor de ocho años, su padre Julián cayó muy enfermo. Su madre María Magdalena Pellorce le permitió al pequeño acompañar a sus dos hermanas, a pie, al santuario de San Juan de Vertus, alrededor de diez o quince millas de La Mure. No habiendo hecho su primera Comunión entonces, se puso muy cercana Mariana y le pidió a Jesús, a quien ella recibió, no dejar morir a su padre. «¡Oh Mariana!», dijo, «¡pude sentir al Buen Dios en ti!». El Buen Dios no pudo resistir la oración del niño. Su padre fue curado. Desde ese momento, Pedro Julián sintió un gran ansia por la Sagrada Comunión, que no le fue permitido recibir por primera vez hasta su duodécimo cumpleaños, el Domingo de Pasión 16 de Marzo de 1823. Treinta años después, el recuerdo de ese día aún conducía lágrimas en sus ojos: «¡Oh, cuán bueno fue conmigo Nuestro Señor en mi Primera Comunión!». La única gran ansia de la vida de Pedro Julián fue por la Sagrada Comunión. Como niño o después como sacerdote, ningún sacrificio de naturaleza física, como el ayuno, o la fatiga, o la mala salud, fue capaz de impedirle satisfacer su hambre de recibir el Pan de Vida. 
  
Se rezan las jaculatorias.

ORACIÓN ESPECIAL PARA EL DÍA SEGUNDO
¡Оh Beato Pedro Julián! Por vuestro duradero y ferviente deseo por la Sagrada Comunión, rogad por mí. Vos «sentís al Buen Dios» en vos mismo en el Cielo. Él no pudo resistir vuestra infantil oración por vuestro padre que estaba muriendo. Él no resistirá vuestra oración por mí hoy. Pedidle al Jesús que tan frecuentemente recibisteis, que me conceda el favor particular que quisiera recibir. Pedidle especialmente me dé un ferviente deseo como el vuestro de recibirle frecuentemente en la Sagrada Comunión aquí en la tierra y, después de mi muerte, gozarle con vos en el Cielo por toda la eternidad. Amén.

Las demás oraciones se rezarán todos los días.
  
DÍA TERCERO – 27 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
   
Con el consentimiento de su padre, el Beato Pedro Julián entró al noviciado de los Oblatos de María Inmaculada en Marsella en Junio de 1829. Seis meses después, fue enviado a casa para morir. Al lado de su cama se dijeron las oraciones para los agonizantes. Parecía inconsciente, pero estaba orando: «¡Señor, concededme la dicha de decir al menos una Misa y consiento morir!». Dios oyó su oración. «Seré sacerdote un día», murmuró lo suficientemente alto para ser oído, «¡diré Misa un día». Dijo su primera Misa el 22 de Julio de 1834, y prácticamente cada día después de este, cuando le fue posible físicamente, hasta el 21 de Julio de 1868 inclusive. Dijo su primera Misa con tal fervor que los testigos declararon que estaba transfigurado y parecía estar en el Cielo. Se dice que por sus oraciones en la Misa, se habían obtenido favores considerables, algunos de naturaleza milagrosa. El mayor fue el que le fuera concedido después de su Misa el 18 de Abril de 1853, cuando Nuestro Señor le reveló muy claramente la Sociedad que iba a fundar. La primera piedra de la Sociedad del Santísimo Sacramento fue puesta ese día. Otro favor sucedió el 8 de Septiembre de 1848. Margarita Guillot, quien más tarde se convirtió en la fundadora de las Hermanas Siervas del Santísimo Sacramento, estaba muy enferma y muriendo. El padre Eymard estaba diciendo Misa por su recuperación a las siete de esa mañana en una capilla vecina. A las 7:15, para el momento de la Elevación de la Misa, ella súbitamente se mejoró. Se levantó, se vistió, ¡y fue declarada completamente curada! 
  
Se rezan las jaculatorias.
   
ORACIÓN ESPECIAL PARA EL DÍA TERCERO
¡Оh Beato Pedro Julián! Por vuestro extraordinario aprecio del augustísimo Sacrificio del Altar, rogad por mí. Vos estáis disfrutando ahora la recompensa por la piedad con la cual dijisteis cada una de vuestras Misas mientras estuvisteis en la tierra. El Dios que oyó entonces vuestras oraciones, ciertamente las escuchará ahora. Rogadle por mí y pedidle me conceda el favor particular que quisiera recibir. Pedidle especialmente un aprecio de la Santa Misa y una piedad como la vuestra, para que pueda agradarle aquí en la tierra, y después de mi muerte, compartir con vos la felicidad del Cielo por toda la eternidad. Amén.

Las demás oraciones se rezarán todos los días.
  
DÍA CUARTO – 28 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
   
Cuando tenía alrededor de nueve años, el Beato Pedro Julián comenzó a guardar un diario espiritual. Destruyó la mayoría de este más tarde en su vida, pero una página escapó a su ojo. En ella, entre otras resoluciones escritas con la mano y lenguaje de un niño, está esta: «Resuelvo tener una tierna devoción a la Santísima Virgen». Más o menos un año después, él obtuvo permiso para ir a una peregrinación, solo, a pie, al santuario de Nuestra Señora de Laus, alrededor de 37 millas de La Mure. «¡Fue allí donde conocí y amé a María por primera vez!». Se puede conjeturar seguramente que tuvo su primera visión de Nuestra Señora entonces. Ella se le apareció varias veces durante su vida (particularmente en su santuario de Fourviere de Lyon, el 2 de Febrero de 1851), y también la noche antes de su muerte, el 1 de Agosto de 1868. Su amor por Nuestra Señora fue el segundo solo a su amor a Santísimo Sacramento. Muy frecuentemente obtuvo favores espirituales y temporales para otros por su poderosa intercesión. La señorita Adela Julien, paralizada, fue golpeada con fiebre tifoidea en París, ella se aburrió de consultar especialistas. Fue ungida se hicieron los preparativos para su funeral. El padre Eymard la mandó hacer una novena a Nuestra Señora de La Salette. Ella recibió el Viático el último día de su novena, el 25 de Octubre. El padre Eymard oró mientras tanto al lado de su cama, y luego salió de su habitación. Una hora después ella se levantó y caminó, completamente curada. Al año siguiente ella pasó por Ars en su camino a La Salette. El santo cura, Juan María Vianney, quien nunca la había conocido antes, la llamó aparte y dijo: «Querida hija, Nuestra Señora de La Salette te ha salvado. El padre Eymard te hizo hacer esa Novena y obtuvo un milagro para ti. Él es un santo». 
  
Se rezan las jaculatorias.

ORACIÓN ESPECIAL PARA EL DÍA CUARTO
¡Оh Beato Pedro Julián! Por vuestra tierna devoción a la Inmaculada Virgen María, rogad por mí. Vos la veis y amáis ahora en el Cielo, no por primera o última vez, sino para siempre. Rogadle por mí y pedidle que me obtenga de su Divino Hijo Jesús el favor particular que quiero recibir. Y pedidle especialmente me conceda una tierna devoción a su amantísima Madre como la vuestra, para que pueda ser su hijo aquí en la tierra y, después de mi muerte, alabadla y amadla con vos en el Cielo por toda la eternidad. Amén.

Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA QUINTO – 29 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
   
El dedo de Dios se mostró muy frecuentemente en la vida del Beato Pedro Julián. Él señaló inequívocamente al sacerdocio cuando no era sino un niño de seis o siete. Su párroco se alineó con su padre en oponerse a sus estudios para el sacerdocio. Su madre, y luego su padre, murieron, y su propia salud era muy pobre. Sin embargo, en la forma y tiempo propios de Dios, él se convirtió en sacerdote. Dios dispuso que Pedro Julián fundase una orden religiosa de sacerdotes para el Santísimo Sacramento. La Providencia lo entrenó en el clero secular como teniente de cura y como párroco. Luego lo llevó a la recién fundada Sociedad de María, formándolo y disponiéndolo como religioso y superior perfecto. El dedo de Dios señaló nuevamente a la fundación de una nueva Orden Eucarísticas. Surgieron por todos lados obstáculos aparentemente insuperables. Desde un punto de vista humano, la idea estaba condenada al mayor fracaso. Por un momento, el padre Eymard pensó que todo estaba perdido. Una reunión inesperada con el arzobispo de París, un momento de conversación, y el arzobispo reversó su decisión, aprobó la idea y la congregación fue fundada (13 de Mayo de 1856). En sus notas privadas, escritas durante un largo retiro que hizo en Roma el año 1865, el Beato Pedro Julián escribió: «La mano suave y firme de la Divina Providencia me ha guiado en una forma admirable en todo momento. Una y otra vez parecía que no sería hallado digno, pero el Divino Piloto sostuvo el timón, guiando mi nave hacia el puerto del sacerdocio y la vida religiosa». Y, podemos añadir, a la fundación de la Congregación del Santísimo Sacramento. 
  
Se rezan las jaculatorias.

ORACIÓN ESPECIAL PARA EL DÍA QUINTO
¡Оh Beato Pedro Julián! Por la suave y firme mano de la Divina Providencia que os guió en todo momento, rogad por mí. Vos estáis a salvo ahora en el puerto del cielo y no tenéis nada que temer. Rogad al Divino Piloto por mí y pedidle me conceda el particular favor que deseo recibir. Pedidle especialmente que tome el timón de mi barco y me guíe, como Él os guió seguramente por las aguas tormentosas de esta vida al puerto donde, después de mi muerte, seré feliz con vos amando y alabándolo por toda la eternidad. Amén.

Las demás oraciones se rezarán todos los días.
  
DÍA SEXTO – 30 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
   
Una noche, mientras estuvo en Saint-Romans, el Beato Pedro Julián pasó una hora en una contemplación de la bondad y amabilidad de Dios que recordó toda su vida. Esta contemplación lo hizo semejante a un bardo de la amorosa bondad de Dios. Sus escritos están tan llenos de este tema que tienen una dulzura y encanto fronterizo a lo divino. Parece que nunca había experimentado la menor duda sobre la bondad de Dios. Tenía la confianza de un niño en Dios. Frecuentemente citaría las palabras de San Pablo: «¿No nos ha dado con Él todas las cosas?», y argumentó que puesto que Dios se nos dio en la Sagrada Eucaristía, Él nos dará cualquier otra cosa. Fue esta sencillez y confianza como niño que hizo tan poderosas sus oraciones. Un día le dijo a la señorita Guillot: «Vos sabéis que el Buen Dios no me niega nada. Él me concede más de lo que me atrevo siquiera a desear». 
  
Se rezan las jaculatorias.
 
ORACIÓN ESPECIAL PARA EL DÍA SEXTO
¡Оh Beato Pedro Julián! Por vuestra incansable confianza en la bondad y amabilidad de Dios, rogad por mí. El Buen Dios que nunca os negó nada en la tierra ciertamente escuchará vuestras oraciones ahora en el Cielo. Rogadle, pues, por mí, y pedidle me conceda el favor particular que quiero recibir. Pedidle especialmente una confianza como niño en su amorosa bondad basada en el Don de la Eucaristía, para que pueda servirle fielmente en la tierra y, después de mi muerte, alabarlo y amarlo con vos eternamente en el Cielo. Amén.

Las demás oraciones se rezarán todos los días.
  
DÍA SÉPTIMO – 31 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
   
La única ambición del Beato Pedro Julián era extender el reino de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento sobre la tierra. Para este propósito, quiso que Nuestro Señor manifestara Su presencia y poder realizando milagros, espirituales y corporales. Muchísimas personas habían recurrido al Beato Pedro Julián, pidiéndole obtener favores e incluso curaciones para ellos. Siempre los refería a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento. Cuando se deseaba la curación de una enfermedad corporal, él recomendaba usar el aceite tomado de la lámpara del santuario ardiendo ante el Santísimo Sacramento. En una ocasión dijo: «¡Esa lamparita que arde ante Nuestro Señor nunca ha dejado de curar a los que, cunado enfermos, han sido ungidos con su aceite, que es la fe y la caridad!». Cuando las personas, que habían obtenido el favor deseado, iban a agradecerle al Beato Eymard, él les respondía: «Ve y agradécele al Señor. Yo no tuve nada que ver con eso». 
  
Se rezan las jaculatorias.
     
ORACIÓN ESPECIAL PARA EL DÍA SÉPTIMO
¡Оh Beato Pedro Julián! Por vuestra gran fe en el poder del Santísimo Sacramento, rogad por mí. Vos podéis ahora agradecerle al Señor en el Cielo por los muchos favores que las personas obtenían siguiendo vuestro consejo y habiendo recurrido al Santísimo Sacramento. Rogadle ahora a Nuestro Señor por mí, y pedidle me conceda el favor particular que quiero recibir. Pedidle especialmente me dé una fe más grande en el poder de Su Santísimo Sacramento, para que pueda obtener todo lo que necesito de Él aquí en la tierra y, después de mi muerte, agradecerle con vos en el Cielo por toda la eternidad. Amén.

Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA OCTAVO – 1 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición.
   
El Beato Pedro Julián era amable. Todos lo amaban. Él tenía la sencillez y la alegría de un niño pequeño, la modesta humildad de un gran santo, y la caridad y bondad de una madre. Nadie podía dejar de sentirse atraído por él. Los jóvenes decían: «Podía ir a confesarme con él cada día». Los pecadores moribundos no podían resistir su sincera amabilidad, y hacían las paces con Dios por su medio. Cada vez que se detenía en algún lugar por algunos días, la noticia se expandía como fuego y los visitantes venían en tanto número que quedaban siempre esperando en Ars para ir a confesar con su párroco, San Juan María Vianney, amigo cercano del Beato Eymard. Uno de sus religiosos le dijo: «Padre, vos habéis fijado horarios para recibir a los visitantes. Las personas os quitan tiempo por nada». El buen sacerdote le respondió: «Nuestro Señor no tiene horarios. Él está presto a recibir visitantes siempre, y yo, Su siervo, debo estar listo para recibirlos cuando vienen». La gente venía a verlo por cualquier cosa, tal como habrían ido al mismísimo Señor. A veces, el Beato Eymard diría «Soy como una madre cuyos pequeños corren a ella para mostrarle dónde se lastimaron». Un testigo en el proceso de beatificación declaró bajo juramento: «Nadie recurría nunca a él en vano». Esto fue especialmente cierto de los pobres y los que habían hecho algo por el Santísimo Sacramento. 
  
Se rezan las jaculatorias.

ORACIÓN ESPECIAL PARA EL DÍA OCTAVO
¡Оh Beato Pedro Julián! Por vuestra gran amabilidad y caridad por todos los hombres, rogad por mí. Nunca pudisteis negar nada a nadie en la tierra. Ahora que estáis en el Cielo, Dios ciertamente no os negará nada. Rogadle, pues, a Dios por mí, y pedidle me conceda el favor particular que quiero recibir. Pedidle especialmente he haga semejante a vos para que pueda llevar almas a Su Santísimo Sacramento aquí en la tierra y, después de mi muerte, ser dichoso con vos en el Cielo por toda la eternidad. Amén.

Las demás oraciones se rezarán todos los días.
     
DÍA NOVENO – 2 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición.
   
El Beato Pedro Julián era uno de los sacerdotes más conocidos y amados del París de su tiempo: «Debe ser mi culpa», dijo, «¡las personas siempre van tras de mí!». Su encantadora bondad tenía mucho que ver con ello, y también los muchos favores que obtuvo para la gente. Él trató, en su sincera humildad, de evitar toda responsabilidad y refería todos los favores a la confianza que las personas tenían en el Santísimo Sacramento o en Nuestra Señora. A veces Dios hacía manifestar claramente quién era el responsable. Valga señalar el siguiente caso: Una madre llevó a su hijo de trece años, quien había quedado ciego por un accidente cinco o seis años antes, al padre Eymard. «Me dijeron que fuera con Vd., padre, para que mi hijo sea curado». «Buena señora, no soy médico», respondió, «pero le daré la tarjeta de un buen oculista que conozco aquí en París». «Padre, Vd. debe curarlo. No quiero ver a un médico». «Bueno, entonces, vaya al Señor expuesto en la capilla y Él os escuchará». La madre respondió: «Vaya Vd., padre. Él no escuchará mis oraciones». Entonces el padre Eymard sumergió dos dedos en agua bendita y los puso en los ojos del niño, diciéndole que vaya a orar a Nuestro Señor. El chico gritó: «¡Mamá, puedo ver!». La curación fue completa. 
  
Se rezan las jaculatorias.

ORACIÓN ESPECIAL PARA EL DÍA NOVENO
¡Оh Beato Pedro Julián! Por vuestro gran poder para obtener favores de Dios, rogad por mí. Ahora que estáis en el Cielo, vuestro poder debe ser mucho más grande y vuestra humildad no tiene nada que temer. Rogad al Buen Señor, pues, por mí y pedidle me conceda el favor particular que quiero recibir. Pedidle especialmente me de gracias como a vos, para que pueda servirle mejor en el Santísimo Sacramento aquí en la tierra y, después de mi muerte, tener la felicidad de servirle con vos en el Cielo por toda la eternidad. Amén.

Las demás oraciones se rezarán todos los días.

viernes, 29 de diciembre de 2023

JESUCRISTO QUISO NACER DE ESTIRPE REAL


Cuando Dios Padre decidió dar su Hijo al mundo quiso hacerlo con honra, pues Él es digno de todo honor y alabanza. Le preparó, por tanto, una corte y un servicio real dignos de Él: Dios quería que su hijo encontrase, aun sobre la tierra, una recepción digna y gloriosa, si no a los ojos del mundo, al menos a los suyos propios. Este misterio de gracia de la Encarnación del Verbo no fue improvisado por Dios: aquellos que habían sido elegidos para participar en él habían sido preparados por Él desde hacía mucho tiempo. La corte del Hijo de Dios humanado la componían María y José; el propio Dios no podía haber encontrado más dignos servidores para estar junto a Él.

Consideremos sobre todo a san José. Encargado de la educación del Príncipe Real del Cielo y de la tierra, encargado de gobernarlo y servirlo, ha de honrar con su servicio a su Divino Pupilo: Dios no podía tener con qué ruborizarse de su Padre adoptivo. Y como Él es Rey, de la sangre de David, hizo nacer a José de este mismo tronco real; quiso que fuese noble, aun de la nobleza terrenal. Por las venas de José corría la sangre de David, de Salomón y de todos los nobles reyes de Judá: si la dinastía aún ocupase el trono, él sería el heredero y debería ocuparlo en su momento. No os detengáis a considerar su pobreza actual: la injusticia ha expulsado a su familia del trono a que tenía derecho; pero no deja por eso de ser rey, el hijo de esos reyes de Judá, los más grandes, nobles y ricos del universo. En los registros del empadronamiento, en Belén, José será inscrito y reconocido por el gobernador romano como el heredero de David: ahí está su pergamino real, es fácilmente reconocible y lleva su real firma.

¿Qué importa la nobleza de José?, diréis tal vez. Jesús no vino sino para humillarse. Yo os respondo que el Hijo de Dios, que quiso humillarse durante algún tiempo, quiso asimismo reunir en su Persona todo género de grandezas: Es también rey por derecho de herencia; es de sangre real. Jesús es noble, y cuando eligió a sus apóstoles entre la plebe los ennobleció; este hijo de Abraham y heredero del trono de David tiene todo el derecho a hacerlo. Él ama este honor de familia; la Iglesia no pasa por encima de la nobleza el rodillo de la democracia; respetemos, pues, todo lo que a ella respecta; la nobleza es de Dios.

Pero, ¿es preciso entonces ser noble para servir a Nuestro Señor? Si lo sois, le tributaréis gloria mayor, pero no es necesario. Él se contenta con la buena voluntad y la nobleza de corazón. Sin embargo, los anales de la Iglesia nos muestran que un gran número de santos, y de los más ilustres, gozaban de blasón, tenían un nombre, pertenecían a una familia ilustre; muchos eran incluso de familia real. Nuestro Señor se complace en recibir los homenajes de todo lo que es honorable. San José recibió una educación perfecta en el templo, y Dios lo preparó así para ser el noble servidor de su Hijo, el edecán del más noble de los Príncipes, el protector de la más augusta Reina del Universo. 

Mois de Saint Joseph, Le premier et le plus parfaite des adorateurs, Extrait des écrits du P. Eymard, Bureau des Œuvres eucharistiques et Société Saint-Augustin, Desclée, De Brouwer et Cie., Brujas-Bruselas-Lille-París, 7.ª ed., p. 59-62.

sábado, 1 de julio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA ÚLTIMO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA TRIGÉSIMOPRIMERO – EFICACIA DE LA PROTECCIÓN DE SAN JOSÉ

Elevemos al cielo nuestro pensamiento para descubrir allí la gloria de San José; y al terminar estos ejercicios consagrados en honor suyo, asegurémonos para toda nuestra vida y sobre todo para el momento de nuestra muerte, su poderosa protección. 

Si grande fue San José en la tierra por su dignidad y sus virtudes, más grande es aún en el cielo por la gloria y por el sitio eminente que ocupa cerca del trono de Dios. 

Puédese decir de él, que es todopoderoso. Lo es con la omnipotencia de Dios Padre, cuya dignidad, misión y autoridad compartió, al ejercer aquí abajo el cargo de padre nutricio del Verbo encarnado. 

¿Podría el Padre Eterno rehusar algo, a aquel a quien hiciera el don de su propio Hijo?…

San José es todopoderoso en el cielo, con la omnipotencia de Jesucristo, sobre quien tuvo pleno poder en la tierra, y que le prestó siempre obediencia de hijo. Ahora bien, ¿creéis que Jesús glorificado pueda resistir al menor deseo de quien le prodigara tantos cuidados, tan buenos oficios y tan fielmente lo sirviera en la tierra? ¡Oh!, ¡no, eso es imposible! Jesús cifra su gloria en someter a San José su omnipotencia en el cielo, del mismo modo que en la tierra le sometió su voluntad. 

San José goza, además, de la omnipotencia de María, su santa Esposa; María como Esposa fiel le hace partícipe de su gloria y de su poder soberano. Nada podría rehusar la Reina del cielo a aquel a quien sirvió ella y honró como a digno esposo; a quien amó como a su custodio, tutor y padre. 

¡Hemos de concluir pues, en que San José es todopoderoso! 

Pues bien, honrémosle siempre, seámosle devotos, consagrémonos a su culto y así agradaremos infinitamente a Jesús y a María que consideran como hecho a sí mismos todo cuanto se hace en honor de San José. 

En él tenemos todos un ejemplar y protector. Adoradores de Jesús Sacramentado, continuamos en torno de la Eucaristía su servicio, sus adoraciones, su amor; Él velará por nosotros, nos comunicará su espíritu y sus virtudes; y, mostrándonos a Jesucristo, le dirá: Yo no puedo estar ya sobre la tierra para cuidarte, servirte y sustentarte; bendice pues ahora a éstos adoradores que me reemplazan cerca de Ti y concédeles todas las gracias con que me colmaste, a fin de que pueda su servicio recordarte el mío y reemplazarlo dignamente. ¡Oh!, ¡cuán feliz se siente San José al vernos presurosos cerca de la adorable persona de Jesús Sacramentado, tan débil, tan abandonado, tan perseguido, que tiene más necesidad aún de siervos y defensores en su Sacramento, que en los días de su infancia! 

Esta devoción a San José será particu- 
larmente benéfica y preciosa á las madres 
cristianas. San José es patrón de las 
familias cristianas: que lo sea de cada familia en particular y experimentaréis bien pronto las bendiciones de su protección y los beneficios de su patrocinio. San José es patrón de las vocaciones cristianas. ¡Ah!, cuánta necesidad tenéis de su auxilio para cumplir bien vuestros deberes, ¡oh madres!, para encaminar la vocación de vuestros hijos; inspiradles la devoción a San José; será fuente segura de felicidad para ellos. 

San José es patrón de las personas afligidas, pues fue mucho lo que sufrió; en vuestras penas dirigios a él. 

Santa Teresa nos dice que jamás pidió algo a San José que no lo obtuviera al punto: tened confianza como ella y todo lo alcanzaréis. 

San José es, finalmente, patrón de la buena muerte, pues murió en brazos y en el amor de Jesús y de María. 

¡Dichosa el alma que practica la devoción a San José!, pues posee una segura prenda de santa muerte y de la salvación y dicha eterna.

Aspiración. — Sé siempre, oh San José, mi protector, mi perfecto modelo y mi tierno padre en el servicio de Jesús Sacramentado. 

viernes, 30 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA TRIGÉSIMO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA TRIGÉSIMO – DICHOSA MUERTE DE SAN JOSÉ

San José es patrón y abogado de la buena muerte. Pueden estar seguros de morir bien aquellas que se encomiendan a él. Es modelo perfecto de los que quieren morir en el Señor. 

San José no ejerció el ministerio de la predicación; pero se consumió en el servicio de Jesús y mereció morir entre sus brazos. Pasó largos años en el servicio de Jesús, siendo el complemento de la Sagrada Familia. 

Cuando llegó su hora postrera, Jesús mismo quiso anunciar a su padre esta noticia. San José no solamente se sometió, sino que bendijo la voluntad de Dios. Jesús y María estaban a su lado y le asistían. 

¡Qué hermoso sería poder conocer lo que se dijeron en esos momentos! ¡Cuántas virtudes se hallaron reunidas! ¡Jesús! ¡María! ¡El santo Patriarca! ¡Ah!, ¡todas las expresiones edificantes que han pronunciado los santos moribundos, brotaron primero sin duda de los labios de San José! 

¡Grande era, sin embargo, la tristeza de Jesús y de María en tal trance! Y ¿cómo no había de ser así?… ¡Amaban a San José con tanta ternura! Jesús lloró sobre la tumba de Lázaro, ¿y ellos no habían de llorar sobre la de San José?…

La muerte representa siempre un sacrificio; y también la muerte de los santos, aunque preciosa en el concepto del Señor, es dolorosa sobre la tierra. Al disponer Jesús para la muerte a su padre adoptivo, le consolaba o inspirábale confianza, pues nadie hay que no tema a la muerte, aún los santos en su profunda humildad. Y María, ¿con qué palabras tan suaves le consolaría?… ¡Ah!, oremos siempre para ser asistidos como San José en nuestra muerte, por Jesús y por María. 

San José consiente en su muerte, la acepta; y esta aceptación corona su vida oculta y sus sublimes virtudes. El Hijo a quien había cuidado con tanto amor, se convierte súbitamente en su juez. ¡Oh!, ¡cuán indulgente debió mostrarse Jesús para con su padre adoptivo! 

Ven, oh siervo bueno y fiel. Ve a anunciarme en el limbo, refiere allí cuanto has visto. Pronto iré a libertarte. ¡Oh!, ¡qué fallo de amor! 

Cuando sonó la hora de la redención, ¿qué fruto tan escogido debió aplicarle Jesús? ¡Cuán alto cerca del de su Hijo se eleva el trono de San José! Suplicadle que sea vuestro intercesor. El santo a quien invocamos especialmente durante nuestra vida, será sin duda alguna nuestro particular protector en la hora de la muerte. ¿Quién podrá serlo mejor que San José?…

Aspiración. — Alcánzanos, ¡oh San José!, la gracia de morir como tú, unido con Jesús Eucaristía por medio del sagrado Viático. 

jueves, 29 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA VIGESIMONOVENO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA VIGESIMONOVENO – VIDA DE SAN JOSÉ EN MEDIO DE LA SAGRADA FAMILIA

Jesús era el centro del amor de María y de José. Allí donde está el cuerpo se reúnen las águilas; donde está tu tesoro allí está tu corazón. De suerte que poseer a Jesús formaba toda la dicha de la Sagrada Familia. No se apegaban a Belén, a Nazaret, ni a Egipto, su corazón no podía desear nada más, cuando poseía a Jesús. 

¡Cuán presuroso y con qué santo gozo volvía San José a la casa donde habitaba el divino Niño! ¡Cómo evitaba perder el tiempo lejos de Él! ¡Bien sabía que Jesús era el amor divino encarnado! Así también mi hogar, mi familia, mi centro ha de ser Jesús Sacramentado, a cuyo lado tengo la dicha de morar. A semejanza de José, sólo ahí debo hallar el lugar de mi reposo. 

Jesús era el fin de la vida de María y de José. Sólo para Él vivían y trabajaban. 

¡Con qué placer trabajaba San José para ganar el pan para el tierno Niño y su divina Madre! ¡Qué dicha le proporcionaba recibir el pobre salario de su trabajo!, y cuando encontraba alguna dificultad, ¡cuán dulce le era vencerla con la mira de Jesús! 

Del mismo modo, Jesús ha de ser el fin de mi vida, puesto que soy un verdadero José de su estado sacramental. Jesús ha de ser la ley, el gozo y toda la felicidad de mi vida; ¿puede darse en efecto, vida más hermosa que la del Santísimo Sacramento?…

Jesús era el constante alimento de la vida de unión de María y José. Ellos se sentían felices al contemplarle, escucharle, verle trabajar, obedecer, orar. ¡Todo lo hacía con tal perfección! Su felicidad era inefable, sobre todo cuando admiraban su interior, sus intenciones, sus sentimientos, el móvil de sus acciones; cuando le veían escoger las ocasiones de practicar la pobreza, la obediencia, la mortificación; cuando contemplaban sus humillaciones voluntarias, su anonadamiento y al verle referir toda la gloria a su Padre celestial, sin reservarse nada como hombre. 

Jesús, María y José no tenían más que una vida; una sola cosa deseaban: glorificar al Padre celestial. 

He ahí lo que también debo yo hacer. Para ello me es preciso entrar en la unión de María y José; compartir su vida, la vida de familia, la vida íntima e interior, cuyo único secreto se encuentra en Dios. 

¡Qué felicidad ser llamado a esa vida! Mi dicha será vivir con María y José, del amor de Jesús Eucaristía.

Aspiración. — Alcánzanos, ¡oh San José!, el vivir contigo unidos a Jesús Eucaristía. 

miércoles, 28 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA VIGESIMOCTAVO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA VIGESIMOCTAVO – SAN JOSÉ, CABEZA DE LA SAGRADA FAMILIA

San José es Padre de Jesús, su padre legal, su padre adoptivo, su padre nutricio. 

Como padre, San José cuida de Jesús, trabaja para sustentarlo, lo defiende aún con riesgo de su vida; él sustenta asimismo a la Madre divina, la alivia y la protege. 

¡Con qué humildad impone sus órdenes a Aquél a quien reconoce por su Creador y Salvador! Esto lo cumple porque sabe que entra en los designios del Padre celestial; lo mismo que debía hacer más tarde San Juan Bautista. 

¡Con qué humildad hablaba a la Santísima Virgen, que era soberana suya en su calidad de Madre de Dios! 

He ahí los sentimientos que deben caracterizar mi vida: debo mirar a los sacerdotes como miraba San José a Nuestro Señor; en mi prójimo debo también ver a Jesucristo; y en las mujeres a la Santísima Virgen. 

Debo con Jesús, honrar a San José como mi Padre. Nuestro Señor le daba tan hermoso título, cumpliendo cerca de él todos los deberes de hijo, lo honró, lo sirvió y amó como tal. También yo he de hacer lo mismo. 

San José es mi acabado modelo. Debo vivir de su vida, de sus virtudes, de su espíritu, porque mi vocación tiene gran semejanza con la de este gran santo. 

Ahora bien, ¿con qué espíritu sirvió San José a Jesús y a María?  — Con amor, porque conocía la divinidad de Jesús y las excelencias de María. Su alma inundada de gracias y de luces, no alcanzaba a agradecer suficientemente al Padre celestial, por haberse dignado asociarlo a tan sublimes y santos misterios. 

San José se humillaba profundamente a la vista de su indignidad. Se ofrecía con gozo y sin reserva a cumplir en todo la santa voluntad de Dios. 

Se consagró con alegría y heroica abnegación al servicio de Jesús y de María, sin tener en cuenta los sacrificios que esto pudiese reclamar. 

Pues bien, alma mía, he ahí tu senda. Tú participas de los honores del Patriarca: comparte asimismo su humildad; tanto más que no eres justa, ni perfecta como él. Sirve a Jesús y por Jesús sirve a tus hermanos con la misma abnegación que San José. 

San José ha de ser mi protector. Yo soy un hijo suyo bien pobre, débil y enfermizo. Sin embargo, ya que continúo su misión cerca de Jesús en la tierra, me ha de ayudar a cumplirla con él y como él. 

San José ha de ser el padre de la Congregación del Santísimo Sacramento; la cabeza de su familia eucarística y el modelo de todo adorador, que desea ser grato a Jesús y servirle según su Corazón. 

Aspiración. — No permitas, ¡oh San José!, que jamás seamos privados del Pan de vida. 

martes, 27 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA VIGESIMOSÉPTIMO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA VIGESIMOSÉPTIMO – EL AMOR, CAUSA DEL MARTIRIO DE SAN JOSÉ

Bien se puede llamar a San José, el mártir de la vida oculta. Nadie sufrió como él. Mas, ¿cuál fue la causa de tales sufrimientos? Es que cuanto más se santifica un alma, más debe sufrir por amor y para gloria de Dios. 

El sufrimiento es el cultivo de la gracia de Dios en un alma y el triunfo de nuestro amor hacia Dios. 

Por eso San José, el más grande de los santos después de la Santísima Virgen, sufrió más que todos los mártires. 

El principio de sus sufrimientos era su amor tan tierno, tan extraordinario, tan ilustrado hacia Nuestro Señor y su veneración por la Santísima Virgen. Todos los escogidos deben pasar por el Calvario; no es posible llegar hasta el Corazón de Jesús, sin pasar antes por las llagas de sus pies y manos: no tanto se trata aquí de penitencia, como de amor; la penitencia no haría más que satisfacer las deudas, el amor va más lejos: se hace crucificar con Jesucristo y por Él; es justo que cuanto más se ame, más se sufra. 

De ahí que el Calvario de San José durase treinta años, sin interrupción; la cruz fue plantada en su corazón y desde el momento en que fue llamado a la dignidad de padre de Nuestro Señor, la sobrellevó hasta el último instante de su vida. 

Tuvo, sin duda, algunos gozos; mas no se detuvo en ellos y no fueron duraderos, pues su corazón lo impulsaba a buscar de nuevo el sufrimiento; en el se complacía, sabiendo que el verdadero amor es el amor crucificado. Sólo en el Paraíso nos serán revelados todos los sufrimientos de San José; pero lo que de ellos nos deja descubrir la meditación, nos permite calcular la medida de sus merecimientos y la grandeza de su amor. Pesad sus sufrimientos y tendréis el peso de su caridad; pesad los sacrificios de los santos, conoceréis el grado de su amor; la alegría y los consuelos no constituyen el amor, sino que son su recompensa. 

Aspiración. — San José, haznos participar contigo del espíritu de víctima y de sacrificio de Jesús Sacramentado. 

lunes, 26 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA VIGESIMOSEXTO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA VIGÉSIMOSEXTO – SAN JOSÉ SUFRE SIN CONSOLACIONES

Compadezcamos los dolores de San José. Séanos grata su meditación: glorifiquémosle en su martirio, ya que casi nadie piensa en ello. Y, sin embargo, ¡cuántos dolores padeció! Toda su vida fue un continuado martirio. Sin duda, nada sabemos de cuanto padeció San José en su vida oculta; pues en la misma medida en que lo ha exaltado en su gloria, quiso Dios empequeñecerlo y anonadarlo en su vida oscura. 

San José sufría sin gloria, sin amigos; y este carácter le es peculiar. Cuando se le ofrecía una oportunidad de hallarlos, como sucedió con los pastores, que forzosamente debieron simpatizar con él, Dios los alejó de su lado: ellos regresaron cerca de sus rebaños, y, aunque hubieran vuelto al pesebre, ya José tuvo que dejar a Belen para huir a Egipto donde no tema ningún amigo. ¡Ah!, bien lo sabe hacer el Señor para hacer sufrir á sus amigos, a los santos.

San José debía sufrir pues sin gloria, sin amigos, sin consolaciones: nadie conoció el secreto de sus sufrimientos; a nadie podía revelarlo. Dios mismo le había impuesto este sigilo. Por otra parte, él no tenía, no podía tener amigos, fuera de la Sagrada Familia. Era preciso que guardase bien encerrado en su interior, el secreto del Padre celestial. 

Pero, ¿acaso la Santísima Virgen y Nuestro Señor no le consolarían? — ¡Ah!,  las conversaciones de María y de Jesús, sus íntimos coloquios con San José, versaban siempre sobre la Pasión futura. Nuestro Señor no quería procurarle consuelos, por lo mucho que le amaba precisamente; porque quería imprimir más y más en el su imagen crucificada: Él era el objeto e instrumento de sus dolores. En cuanto a María, ella sufría tanto o más que su santo Esposo.

Los que le veían en el mundo ignoraban sus sufrimientos íntimos: no daba lugar a que lo compadeciesen siquiera; sólo dejaba vislumbrar lo que padecía como consecuencia necesaria de su condición. Así en Belén se decía de él: “Es un mendigo, un hombre de baja condición”. — Si hubiera podido responderles ese mendigo: “¡Ah!, vosotros no sabéis quién es esta mujer, y el fruto que lleva en su seno”. Mas, no podía expresarse así. Era preciso que devorase su pena en su corazón, en el más impenetrable secreto. 

Es un consuelo muy grande cuando en nuestros sufrimientos podemos desbordar su exceso en un corazón amigo; pero, sufrir con Dios solo, sólo a Él comunicar su pena y no querer otro consuelo que el de cumplir en todo su santa voluntad: he ahí el heroísmo de la santidad, una virtud sublime, que sólo el más acendrado amor de Dios pudo formar y elevar hasta tan alto grado, en el alma de San José.

Aspiración. — San José, haznos participar contigo, del espíritu de víctima y de sacrificio de Jesús Sacramentado. 

domingo, 25 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA VIGESIMOQUINTO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA VIGÉSIMOQUINTO –  COMPASIÓN DE SAN JOSÉ

Desde el momento en que al anciano Simeón hubo revelado la pasión futura de Jesucristo, no cesó San José por un instante de tenerla ante sus ojos, durante todo el tiempo que vivió. 

La veía figurada en las Escrituras; y por otra parte Jesús, que amaba demasiado a su padre nutricio para no hacerle padecer y participar anticipadamente con Él los méritos de su Pasión, le hablaba de ella incesantemente. 

El Calvario fue erigido desde luego en el corazón de San José y en él fue plantada la cruz. 

Mas, ¿no hubiera podido Dios esperar un poco, dejar que San José gozase la dicha de llevar en sus brazos y estrechar sobre su corazón al Niño, que era la alegría del Paraíso? — No. ¡Apenas cuarenta días de gozo; y en seguida el Calvario, la Pasión! Ansiaba Nuestro Señor conceder a su padre nutricio esta gracia de la cruz.

Durante treinta años, tuvo San José continuamente ante sus ojos a Nuestro Señor clavado sobre la cruz; Jesús se lo recordaba siempre y la Santísima Virgen también: ¡cuántos lágrimas debió derramar durante estas conversaciones! Mejor ilustrado por la luz divina que los Apóstoles, comprendía San José perfectamente los beneficios de la cruz y la necesidad que Jesús tenía de sufrir; los Apóstoles no querían oír hablar de su cruz a Nuestro Señor, San José por el contrario lo escuchaba con un amor compasivo. 

A fin de unirle íntimamente a sí y de hacerle partícipe de todos los merecimientos de su Pasión, Nuestro Señor debió revelarle todas las circunstancias y dolores de la misma. 

Él le reveló, sin duda, que iba a ser traicionado por uno de sus apóstoles, uno de sus amigos. Y como todos los Apostóles eran de Galilea, Jesús pudo hacer ver a San José a Judas el traidor; a Pedro, que debía negarle tres veces. 

Cuando Nuestro Señor se dirigía a Jerusalén para las fiestas de Pascua y de Pentecostés: “Venid, padre mío, venid a ver el lugar donde seré crucificado”, así debió hablarle conduciéndole hacia el Calvario y al huerto de los Olivos: “aquí derramaré durante tres amargas horas un copioso sudor de sangre y agua”. 

San José lloraba seguramente y cayendo de rodillas a los pies de Jesús le decía: “Hijo mío amadísimo, déjame en este mundo para sufrir y morir en lugar tuyo”. Él compadecía cada uno de los dolores futuros de Jesús. Nuestro Señor le hizo ver, sin duda, en el pretorio de Pilatos el balcón desde donde sería maldecido por el pueblo; el palacio donde Herodes le haría comparecer para insultarle. 

Jesús se postraba de rodillas y adoraba a su Padre en todos esos lugares que le eran tan queridos, donde bien pronto debía derramar su Sangre, por lo cual suspiraba con toda la vehemencia de su amor; San José y María se unían a Él y sufrían en su alma anticipadamente la Pasión. 

San José vio asimismo de antemano las lágrimas y dolores de María. Él se consumía en deseos y debió suplicar a Nuestro Señor que le concediese vivir hasta entonces para poder seguirle al Calvario y ser el consolador de María. ¡Oh amargura de San José! le fue preciso aceptar la muerte, dejando aún en la tierra a Jesús y María: Jesús, que debía ser crucificado y renegado por todo su pueblo; María, que permanecería sin apoyo y sin consolador. 

¡Qué martirio debió ocasionarle su amor a Jesús y María! 

Todo esto es muy cierto. No hubiera sido justo que San José quedase privado de la gracia de sufrimientos, que fue concedida a todos los santos; él debía recibirla con mayor abundancia que todos los demás escogidos, puesto que Nuestro Señor a ninguno, después de María, amó tanto como a San José; a su amor le debía pues la gracia de los sufrimientos. 

Compadeced los dolores de San José. Recordad aquel famoso Calvario: duró treinta años. Jesús no podía hacer más en favor de San José que concederle su amor y su amor crucificado.

Aspiración. — Alcánzanos, ¡oh San José!, ser hostias inmoladas con Jesús Sacramentado. 

sábado, 24 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA VIGESIMOCUARTO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA VIGÉSIMOCUARTO –  LOS SIETE DOLORES DE SAN JOSÉ

Asociado a María en sus gloriosos privilegios, San José tuvo, como ella, su corazón traspasado por siete espadas. 

Siete dolores principales son como las estaciones de la vía dolorosa, que San José tuvo que recorrer en compañía de Jesús. Él sufrió sin interrupción en su corazón; mas en ciertas circunstancias su martirio redobló de intensidad; parecía tomar entonces nuevas proporciones, por la renovación del motivo de sus sufrimientos. 

1.º Su primero y acerbo dolor fue la pena inmensa que experimentó al observar los primeros indicios de la maternidad de María; cuando estuvo a punto de dejarla en secreto. — ¿Qué va a ser de esta joven, de esta niña casi? —¿Quién cuidara de Ella? — El respeto de la ley que ordena la separación, me obliga por otra parte a abandonarla. ¡Qué terrible angustia para un corazón tan bondadoso, tan amante y abnegado, como era el de San José, que amaba a María de un modo indecible! 

2.º Cuando en Belén es rechazado y se ve reducido a refugiarse en un establo, su corazón se desgarra: no sufre por él, sino por esa joven Madre, la Reina de los Ángeles y por ese tierno Niño que está por nacer y es su verdadero Dios. Lo que sobre todo le hace sufrir, es la injuria que se infiere a estos caros objetos de su amor; son las privaciones que tendrán que soportar en el establo. Él no sabía siquiera cuántos días y noches tendría que pasar en tan miserable albergue: el Señor lo conducía como a ciegas, manteniéndolo siempre bajo su dependencia; y esta incertidumbre agravaba sus sufrimientos. 

3.º La circuncisión de Jesús. — ¡Qué dolor le ocasiona el pensamiento de que va a hacer sufrir al Niño Dios; que va a derramar él mismo las primeras gotas de su preciosa Sangre! Y la vista de aquella herida, de esa Sangre que corre, de las lágrimas y del dolor de la divina Madre, ¡oh! ¡Cómo desgarran su corazón! 

4.º La profecía del anciano Simeón. Se le revela que su santa y divina Esposa será traspasada por una espada; entonces se le manifiesta todo el sentido de la profecía de Isaías, sobre los padecimientos y humillaciones del Mesías; desde aquel momento sufrió el dolor de María y el de Jesús; y el pensamiento de su doble martirio no lo abandonó más, martirizándole a su vez. 

5.º La huida a Egipto. ¿Quién podrá imaginarse sus temores y alarmas? Dios no quiso librar su corazón del temor, para hacerle producir actos de abandono a su Providencia. En aquel país desconocido, en medio do esos caminos desiertos, San José experimenta las más crueles ansiedades. ¡Teme todas las desgracias con su corazón de padre y de padre el más amante…! ¡Él, pobre anciano, encargado de defender sólo el tesoro de Dios Padre, contra los enemigos que podían atacarlo a todo momento…! 

6.º Cuando regresó de Egipto, nuevo tormento. Temía a Arquelao y le era preciso ocultar aún al Niño Jesús: no había descanso para él, no había paz, escapaba de un peligro para encontrar otro luego. 

7.º La pérdida de Jesús en el Templo. Su dolor fue tan grande, tan amargas sus lágrimas, que el Espíritu Santo quiso revelárnoslo por boca de María: sufría tanto más, cuanto que en su humildad se acusaba de haber cumplido con negligencia los cuidados que debía prodigar a Aquel que confiara a su custodia el Padre Eterno. 

Tales son los siete grandes dolores de San José: él los sobrellevó en silencio, con humildad y amor. No gustó ni quiso disfrutar tampoco ningún consuelo humano; no sufría por sí mismo, sino por Jesús, por María, por el mundo entero, por nosotros: dichosos sufrimientos que lo unían al Salvador y lo hacían participar en la redención del mundo.

Aspiración. — San José, haz que tratemos a Nuestro Señor con tanto respeto y amor como le tributaste siempre.

viernes, 23 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA VIGESIMOTERCIO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA VIGÉSIMOTERCIO –  SAN JOSÉ, SUPERIOR PERFECTÍSIMO

Como jefe de la Sagrada Familia, recibió San José todas las órdenes de lo alto y fue encargado de su ejecución. No a Jesús ni a María iban dirigidos los mensajes celestiales, sino a San José y él era quien debía transmitir las órdenes a su divina familia, haciéndose obedecer de Jesús y de María. 

Ante tan extraordinario poder, ¿no se deslizará acaso cierto sentimiento do orgullo en el alma de José? ¿No fijará cierta complacencia en sí mismo? ¡Oh!, no. Cuando Dios otorga a un alma grandes y numerosas gracias, la anonada bajo el peso de su gloria y el alma no encuentra en ellas, sino una razón de humillarse más. En la elevación de San José so nos presenta una hermosa lección. Él fue jefe, superior de la primera comunidad; Belén, Nazaret, fueron los primeros conventos; Jesús, María y José eran el prototipo de la primera orden religiosa, consagrada a la gloria de Dios. Admirad ahora una circunstancia sorprendente, el superior de esa santa casa es el menor de todos, en gracias, en santidad y en méritos. Comparado con Jesús, el esplendor del Padre, San José desaparece en medio de su nada: puesto al lado de María, no es sino una débil estrella que se eclipsa ante este sol de gracias y santidad. Y, sin embargo, él, el menor bajo todo respecto, es quien reviste la autoridad y quien gobierna. 

¡Qué íntimo sufrimiento, qué violencia debía imponer a su humildad, cuando se veía precisado a transmitir sus órdenes a Jesús o a María, a su Rey, a su Reina! ¡Yo, diría él, pobre desgraciado, ordenar a mis soberanos dueños! Lo hacía, sin embargo, de buen grado, porque era la voluntad expresa de Dios. 

¿Tendremos nosotros la simpleza de envanecernos por estar investidos de autoridad? 

Necios precisamos ser para envalentonarnos porque somos quizá superiores: los primeros serán los últimos. Y Dios en su Escritura, anunciando la edad de oro del cristianismo, dijo: “Un niño pequeño los gobernará y conducirá”. Es una gran lección, que deben tener bien grabada todos aquellos que se hallan exaltados por encima de los demás, para mantenerse en la humildad que les conviene: Dios manifiesta así su poder y su misericordia. 

Y los súbditos han de mirar en su superior, menos las cualidades personales que su misión; no se trata ya de lo que es en sí mismo, sino de Nuestro Señor que habla por su boca; no os detengáis a examinar su santidad personal, sino acostumbraos a ver en él a nuestro Señor Jesucristo.

Aspiración. — San José, enseñadnos a tratar a nuestros subalternos, como vos tratabais al Niño Jesús.

jueves, 22 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA VIGESIMOSEGUNDO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA VIGÉSIMOSEGUNDO –  SAN JOSÉ, PERFECTO MODELO DE POBREZA

El Verbo de Dios, queriendo desposarse con nuestra pobre humanidad, se hizo pobre por amor a nosotros. “Vosotros sabéis, dice San Pablo, que Jesucristo en su gran misericordia se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos por su indigencia”. Y Él quiso que esta pobreza afectiva y efectiva, fuese el estado y la virtud predilecta de los suyos. 

San José, que debía revestir el glorioso título y la potestad de padre de Jesús, hubo pues de agregar a todas sus glorias regias y a todas sus cualidades la pobreza evangélica. En Nazaret, en efecto, en ese primer convento, fueron enseñadas y practicadas las virtudes que constituyen el estado religioso: los votos de pobreza, obediencia y castidad provienen de Nazaret. San José practicó allí todas las virtudes de consejo; al mismo tiempo que padre de Jesús, era su rendido discípulo. 

San José fue pobre de los bienes de este mundo. No poseía nada, en un país donde habían reinado sus antepasados: en Belén. Habitó la ciudad más pobre y menospreciada: Nazaret, y la pobre vivienda donde fue concebido el Verbo encarnado, ¿a quién pertenecía? ¿A María o a José?… no se sabe; mas, a juzgar por lo que se ve en Loreto, ¡cuán pobre y reducida era! 

San José no tenía recursos personales, viéndose obligado a vivir de su oficio, de un oscuro oficio, cual es el de carpintero. 

Vestía pobre y toscamente, como lo prueba el manto que se conserva aún, como su más santa reliquia. Pobres y toscas vestiduras, semejantes a las que usaban las gentes de su condición. 

Su alimentación era pobre también: el pan de cebada era su pan cotidiano. 

Verdaderamente casi causa escándalo ver que el Padre Eterno envía su Hijo en medio de tan absoluta pobreza. Él lo dispuso así, sin embargo, lo previó y con esta mira redujo a San José a tan extremada pobreza; quería que su Hijo reparase, desde el primer momento, nuestro apego a los bienes materiales y abuso de las riquezas. He ahí por qué San José, que por su nacimiento hubiera podido escalar las gradas de un trono, se vio reducido al pobre oficio de carpintero, con un exterior de tan triste apariencia, que en Belén todo el mundo lo rechazó y se vio reducido al último refugio del indigente, a un pesebre. 

Pero San José tenía el espíritu y la gracia de la pobreza de Jesús: la compartía con felicidad y la prefería a todos los bienes y glorias del mundo. 

La pobreza afectiva o efectiva ha de ser amada también por el alma eucarística: es el lazo de amor que la liga al divino Tabernáculo, a la adorable Hostia, a Jesús despojado de todo, por amor al hombre. 

La pobreza es la gracia y la gloria del apostolado eucarístico; puesto que, según el Evangelio, los pobres, lisiados, enfermos y mendigos, son aquellos a quienes se ha de invitar con mayores instancias al banquete del padre de familia. 

Como San José, el alma eucarística debe estimar pues, anuir y practicar la santa pobreza, contentarse con lo necesario y encontrar aún el medio de honrar con algún sacrificio la real pobreza del Dios de la Eucaristía.

Aspiración. — San José, encargado de aliviar la pobreza del Niño Jesús, remedia la pobreza aún más grande de Jesús Eucaristía.

miércoles, 21 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA VIGESIMOPRIMERO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA VIGÉSIMOPRIMERO –  SAN JOSÉ, PERFECTO MODELO DE OBEDIENCIA

A pesar de que no hiciera San José voto de obediencia como lo hizo de castidad, es asimismo modelo acabado de aquella virtud. Su cargo en medio de la Sagrada Familia lo obligaba a ordenar; mas, al mismo tiempo que cumplía cerca de Jesús su misión de padre, era su discípulo fiel; y al ver al divino Hijo obedecer con tanta sencillez y prontitud hasta la edad de treinta años, se prendó de tal virtud y la practicó en el grado más eminente. 

Él no se detenía a examinar de dónde procedían las órdenes, ni quién era el que mandaba, ni las razones que las motivaban: obedeció siempre a Dios, a las autoridades y a la voz del deber. 

Cuando Dios le ordena por intermedio de un Ángel, que no se aleje de María a pesar del misterio de su maternidad que hiere a su delicadeza, él obedece al punto; cuando se le intima la orden de partir para Egipto, en medio de circunstancias las más penosas, que hubieran sido propias para sumirlo en la angustia y la ansiedad, obedece, sin replicar ni una palabra, sin argüir la más mínima razón. Al regreso no sabe a dónde dirigirse; su instinto natural era volver a Belén, puesto que allí había nacido el Niño y que él ignoraba los designios actuales de Dios sobre él: el Señor lo deja llegar hasta las puertas de la Judea y sólo entonces, por una inspiración interior, le ordena dirigirse a Nazaret. Sin duda, hubiera podido ser advertido con más anticipación, pero San José se complacía en los sacrificios de la obediencia. En todas estas circunstancias, la obediencia de San José fué sencilla como su fe, humilde como su corazón, pronta como su amor, ella se extendió a todo, no descuidó nada: fue universal. 

San José fué fiel a todos sus deberes: el deber ante todo; tal fue su regla de conducta; él hubiera sacrificado la dicha de vivir en compañía de María, como sacrificó su reposo de Nazaret en aras del deber. 

Obedeció á los príncipes y a todos los que tenían alguna autoridad sobre él: consideraba sus órdenes como viniendo del mismo Dios, pues sabía que de Él deriva la autoridad que tienen para gobernar la sociedad. San José se sometió pues a todas las leyes, no haciendo valer ningún privilegio, ni excepción alguna: quiso cumplir toda justicia. 

Tal ha de ser nuestra obediencia, si queremos participar del mérito de la obediencia eucarística de Nuestro Señor. Ésta ha de ser la virtud de nuestro servicio; observar toda la ley ha de ser nuestra gloria; obedecer como nuestro divino Maestro Jesús sin privilegios, como San José nuestro modelo, ése ha de ser nuestro mayor deseo y nuestra soberana felicidad.

Aspiración. — San José, alcánzanos la gracia de participar contigo, en la obediencia tan perfecta de Jesús Sacramentado.

martes, 20 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA VIGÉSIMO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA VIGÉSIMO –  SAN JOSÉ, PERFECTO MODELO DE PUREZA

San José fue casto y virgen. Él conquistó y conservó siempre ese tesoro, cuyo valor no alcanza a pagar todo el oro del mundo; y que constituye la realeza del amor de Dios en un alma. 

Está escrito: “Aquel que ame la pureza tendrá al Rey por amigo”. De ahí que San José, a quien la gracia de Dios previno, pues había sido santificado desde el materno seno, se consagrase a Él por el voto de virginidad. A él no le amedrentó lo que entre los judíos era considerado como un oprobio; y sólo consintió en desposarse con la Santísima Virgen, porque era la condición de esta alianza que ellos guardarían mutuamente su tesoro para Dios. La virginidad era la condición esencial para que San José pudiese llegar a ser digno servidor de Jesús y de la Reina de las vírgenes. Él amaba esta virtud y la custodiaba con el mismo esmero con que cuida un buen siervo de conservar intacta la limpieza y conveniencia de las vestiduras con que ha de comparecer en presencia de su Señor. De manera que en ese primer convento de Nazaret había tres lirios, Jesús, María y José: ¡esto nos revela cuánto agrada a Dios la flor de la virginidad!

Tal ha de ser la pureza del alma dedicada al servicio de la Eucaristía. Como a San José, el Padre celestial le confía el amor, la gracia y la gloria de su Hijo divino; Jesús es todo su tesoro, su Rey y su Dios. 

Sólo por la pureza podrá servirle dignamente.
   
Pureza de espíritu: por la rectitud de intención, no proponiéndose en todas sus acciones sino el mejor servicio de Jesús Sacramentado. 

Pureza de corazón: no amando en último término y soberanamente sino a Jesús y a Jesús solo. 

Pureza de voluntad: no queriendo sino lo que Él quiere y siempre con la mira de su mayor gloria.
  
Pureza de cuerpo: por la mortificación cristiana. 

¡Oh San José!, que a causa de tu pureza mereciste ser elegido para esposo de la más pura de las vírgenes y ser llamado padre de Jesús, alcánzanos una pureza semejante a la tuya, a fin de que podamos servir dignamente a Jesús en su trono de amor, en unión con María, contigo y con los Ángeles.

Aspiración. — San José, lirio de pureza, alcánzanos la túnica nupcial, requerida para tomar parte en el banquete del Cordero eucarístico

lunes, 19 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA DECIMONOVENO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA DECIMONOVENO –  SAN JOSÉ

Todo el mes de Marzo es una continuada fiesta de San José. Sin embargo, el 19 es el gran día, el día de su triunfo; los otros los llamaremos días de sus virtudes y de sus gracias; hoy es su victoria, su paraíso. Vamos a celebrarlo, pues, consagrándonos a este gran santo, deponiendo á sus pies todo cuanto somos y poseemos, a fin de que haga de nosotros fieles siervos y dignos adoradores de su Hijo adoptivo, a quien servimos y adoramos en el Santísimo Sacramento. 

Acto de consagración a San José 
Me consagro a vos, oh buen San José, elegiéndoos como mi padre espiritual; como maestro de mi interior, a fin de que me hagáis vivir, en unión con vos, de la vida interior, de esa vida oculta con Jesús, con María, con vos mismo. 

Yo quiero imitaros, sobre todo en el silencio, que respecto de Jesús, de María, y aún respecto de vuestra felicidad, guardasteis con tanta humildad; todo está allí para mí, en la total abnegación de mí mismo por la vida oculta de Nuestro Señor, haciéndome olvidar de los demás por el silencio y llevando una vida común. 

Me consagro a vos, como a mi guía y modelo en todos mis deberes, a fin de llenarlos todos como vos, en medio de la dulzura y humildad: dulce con mis hermanos, con el prójimo, con todos los que me rodean; humilde en mí mismo, sencillo delante de Dios. 

Yo os elijo, oh buen San José, por mi consejero, confidente y protector en todas mis dificultades y penas No os pido aue me libréis de mis cruces y tristezas, sino del amor propio que las vicia, queriendo sacar vanidad de ellas. 

Os suplico que seáis el protector de la Congregación del Santísimo Sacramento, que es la humilde familia de Jesús Eucaristía, su guardiana y servidora. ¡Oh buen San José!, servidle de padre, como lo fuisteis para la familia divina en Nazaret; ed su guía, pues ella posee también a Jesús, tan débil en su Sacramento como lo era en su infancia; sed su protector, pues dlla no debe tener ninguna protección humana, ni terrenal; aceptad hoy sus homenajes y su amor. Yo no os pido bienes temporales para la Congregación del Santísimo Sacramento, ni siquiera el verla grande y potente por su desarrollo exterior, lo que anhelo es verla sirviendo siempre a su divino Rey con fidelidad y abnegación. 

Por mi parte, os honraré, os amaré y serviré en unión con María mi madre; no separándoos jamás de ella en mi amor. 

¡Oh!, cuánto deseo ser como vos, buen Santo mío, el humilde artesano, el ignorado José, el abono del árbol, el jardinero del Señor, que, permaneciendo siempre en su verjel, no conoce más que sus plantas, sólo ama sus flores, no vive sino de sus frutos y muere en el modesto rincón de su cabaña, mas entre los brazos de Jesús y de María; cuya sepultura se ignora, no pudiéndose honrar sus despojos, por no haber dejado en pos de sí sino el manto de su pobreza y humildad. 

¡Oh Jesús!, dadme a San José por padre, como me habéis dado a María por Madre. Inspiradme una devoción, una confianza y amor de hijo y siervo suyo. 

Espero ser escuchado .... sí, lo seré, no hay duda, pues ya siento que crece mi devoción y mi confianza hacia el gran San José, padre nutricio vuestro y padre mío de adopción.

Aspiración. — ¡San José, el primero y más perfecto de los adoradores, obtenedme la gracia de amar, adorar y servir como vos, a Jesús Sacramentado!

domingo, 18 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA DECIMOCTAVO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA DECIMOCTAVO – HUMILDAD DE SAN JOSÉ

Siendo la humildad el fundamento de la santidad, la medida de las gracias y de la gloria, ¡cuál no debió ser la humildad de San José en sus relaciones con Jesús, a quien reconocía por su Creador y Salvador, y cerca de María, la divina Madre de Jesús! Y a pesar de esto, ¡él debía mandar y ser fielmente obedecido por ellos; en una palabra, debía ser jefe de la Sagrada Familia! 

¡Cuáles no serían los sentimientos de humildad del corazón de San José, al contemplar las profundas humillaciones del Verbo hecho carne, anonadándose hasta la forma de esclavo; cuáles al oír a la Inmaculada Virgen declarándose su humilde sierva! 

La humildad debe ser asimismo la virtud dominante del adorador de la Eucaristía. Él adora a Jesús, mucho más humillado en el Santísimo Sacramento, que jamás lo fuera en Belén y durante su vida mortal. Él está al servicio del Rey de cielos y tierra, anonadado, bajo las sagradas especies. 

A ejemplo de San José, el adorador ha de considerarse indigno del servicio de Jesús. 

Él debe honrar sus profundos anonadamientos eucarísticos, por el voluntario sacrificio de toda gloria personal, de toda estima y de cualquier homenaje que pudiera exaltarlo en la tierra. 

Por regla de su humildad debe tener la misma de que se sirvió San José, que no apareció jamás cuando del servicio de Jesús podía redundarle alguna gloria; o bien la de San Juan Bautista, que respondió a los que pretendieron glorificarle: “Opórtet illum crescére, me áutem mínui”. Es menester que Jesús sea exaltado y que yo me oculte y desaparezca. 

Sólo a Jesús alabanza y gloria, a mí menosprecio y olvido.

Aspiración. — San José, humilde en la presencia de Dios hecho hombre, obtenednos la gracia de anonadarnos en el servicio del Dios que se anonada bajo las especies del Sacramento.

viernes, 16 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA DECIMOSEXTO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA DECIMOSEXTO – FE DE LA ADORACION DE SAN JOSÉ

Hacían ya tres meses que la Santísima Virgen llevaba en su seno su tesoro; saboreando en secreto la dicha de saber que aquel que vivía en ella era su Dios. El Ángel reveló a San José el misterio y él lo creyó en el instante; nada veía y, sin embargo, durante seis meses creyó y adoró. ¡Oh!, ¡qué adoración tan ferviente debió ofrecer a su Dios, cuando lo supo habitando ese tabernáciúo viviente! Es imposible explicar la perfección de su adoración. 

San Juan se estremeció de gozo al aproximársele María: ¡qué impresiones debió experimentar San José durante los seis meses que vivió teniendo a su lado y bajo sus ojos al Dios escondido! El padre de Orígenes besaba a la noche el pecho de su tierno hijo, adorando en él al Espíritu Santo como en su templo. ¿Dudáis acaso que San José no hubiese de adorar con frecuencia a Jesús, al Verbo oculto en el purísimo Tabernáculo de María? ¡Oh!, ¡cuán piadosa debió ser esta adoración: mi Señor y mi Dios, he aquí a tu siervo! Nadie podrá describir la adoración de esa alma grande. San José no veía, él creía; su fe debía ver al través del velo virginal de María. Pues bien, bajo los velos de las sagradas especies, nuestra fe debe ver también a Nuestro Señor; pidamos a San José su fe viva, la perfección de su fe. 

Más tarde, cuando San José tiene la dicha de estrechar entre sus brazos y sobre su corazón al Niño Jesús; ¡qué homenajes de fe le tributa! Estos homenajes eran más gratos a Nuestro Señor, que los que recibe en el cielo. Imaginaos ver a San José adorando a su Dios en el débil Niño que descansa en sus brazos; repitiéndole que quisiera morir por Él y diciéndole todo cuanto su corazón desearía hacer por su gloria y por su amor. Las creaciones del genio y del amor están siempre en razón de la santidad: cuanto más pura y sencilla es un alma, más magníficas son las expresiones de su amor y de su adoración. Adorad también sobre el altar al Verbo hecho Niño por nosotros; por más que hagáis, vuestra adoración no tendrá jamás el valor de la de San José: uníos a sus méritos; un alma que ama a Dios, en todo le sacrifica su amor: y Dios escucha a esa alma, que vale ella sola tanto como otras mil juntas. 

San José tributó a Nuestro Señor el homenaje de la adoración de compasión; es decir, que su fe le hizo ver a Nuestro Señor inmolado sobre el Calvario y sobre los altares, y lo adoró uniéndose a su sacrificio. Jesús le reveló sus padecimientos futuros: al amor de San José le faltaba esta consagración; pues el amor que no padece es un amor de niño. ¡Oh!, jamás podréis abrigar el amor de compasión en el mismo grado que San José. Unios a él, adorando la augusta víctima de los altares; que vuestra adoración, como la suya, sea sostenida y alumbrada por la fe. Creed y veréis, pues la fe es la visión del alma pura.

Aspiración. — San José, que penetraste el interior de Jesús, ruega por nosotros.

martes, 13 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA DÉCIMOTERCIO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA DÉCIMOTERCIO – VIDA OCULTA DE SAN JOSÉ

Una de las mayores gracias que Dios puede conceder a un alma, es la de inspirarle la devoción a San José, es lo mismo que descubrirle el tesoro de gracias de Nuestro Señor; y cuando Dios quiere elevar un alma a un alto grado de santidad, le da un gran amor a este buen santo. 

Sólo Nuestro Señor puede hacernos conocer a San José, revelarnos sus virtudes; pues el llevó una vida enteramente oculta. Parece que Dios quiso rodearlo de silencio, soledad y recogimiento a fin de ocultarlo a las miradas del mundo. Durante treinta años San José mantuvo oculto el tesoro que custodiaba: no dejó vislumbrar, ni siquiera por una manifestación de respeto extraordinario, quién era Nuestro Señor; para ello fue precisa una virtud, prudencia y sabiduría muy admirables. Él practicó el silencio interior y exterior, haciendo consistir para sí mismo la virtud, en el silencio y en un silencio de muerte. 

Vivió en Nazaret en la soledad más absoluta; y del mismo modo solitario en Belén y en Egipto. El amor busca la soledad, y para la vida interior ella es necesaria. Solo con Nuestro Señor, San José no hacía caso del mundo: el mundo estaba muerto para él y él para el mundo. Un alma que no está contenta y a quien falta algo poseyendo a Nuestro Señor, se puedo considerar como muy desdichada. Si se nos hubiere invitado a pasar una hora en Nazaret, con Jesús, María y José, estoy cierto que hubiéramos dejado todo, para no perder ni un minuto de esta bendita hora; de igual manera San José consideraba como la mayor pena, cuando se veía obligado por su trabajo a dejar por algunos instantes, la casita habitada por el Niño Jesús. 

San José silencioso y solitario se mantenía siempre recogido en Jesús y en María; no saliendo nunca de ese centro divino. Somos aún demasiado terrestres para comprender el recogimiento de San José; él vivía de amor; contemplaba a Nuestro Señor y veía en Él todo lo que tenía que hacer, del mismo modo que Jesucristo contempla sin cesar a su Padre celestial y en Él encuentra la forma de sus pensamientos, de sus juicios, de sus acciones, en una palabra, de toda su vida. 

Nosotros, no menos felices que José en Nazaret, tenemos a nuestro lado a nuestro Señor Jesucristo, en el Santísimo Sacramento; sólo que nuestros pobres ojos no lo ven; mas hagámonos interiores y podremos contemplarle. San José es la mejor puerta para penetrar en el corazón de Nuestro Señor; Jesús y María quieren satisfacer sus deudas para con San José, que se abnegó por ellos; y su mayor felicidad consiste en cumplir el menor de sus deseos. Entrad por él, que él os introducirá por la mano en el santuario interior de Jesús Sacramentado.

Aspiración. — San José, que marchabais siempre en la presencia de Dios, ruega por nosotros.

lunes, 12 de junio de 2023

MES EUCARÍSTICO DE SAN JOSÉ – DÍA DUODÉCIMO

Tomado del Mes de San José, el primero y más perfecto de los Adoradores, Santiago de Chile, Pequeña biblioteca eucarística, 1911. Imprimátur por Mons. Manuel Antonio Román Madariaga, Vicario general del Arzobispado de Santiago de Chile.

DÍA DUODÉCIMO – LUCES DE LA ADORACIÓN DE SAN JOSÉ

Nueestro Señor Jesucristo es la perfección misma, perfección sin límites. Infinita como la misma divinidad, no se le puede asignar ningún término, pues en sí misma es infinita. Tan luego como descubrimos un rayo de estas perfecciones, nos sentimos impulsados a seguir descubriendo siempre más; y jamás uno puede saciarse, porque jamás habremos agotado nuestro objeto. 

A medida que Nuestro Señor se manifestaba a San José con más amor, el hambre y sed místicas de mejor conocerle aumentaban en su alma. Cuanto más viva era la luz que recibía, más grande era su amor y sus virtudes más puras: San José se inspiraba en las virtudes más puras, y en el amor más perfecto para servir a Nuestro Señor; y cuanto más penetraba en el conocimiento de sus perfecciones, crecía su amor aún más: ésta es una consecuencia necesaria. “Si alguno me ama, dice Jesucristo, mi Padre lo amará, y Yo me manifestaré á él”. 

San José experimentaba la inmensa, la imperiosa necesidad de amar siempre y cada día más a Nuestro Señor. Variaba los actos de sus virtudes siguiendo la luz que recibía de la contemplación del amor: no vivía en sí mismo, sino en Nuestro Señor, que le hacía penetrar cada día más en los secretos de su Corazón. 

San José mantenía una unión íntima con la Santísima Virgen; pero no vivía en ella, y del mismo modo María, aunque respetaba y honraba profundamente a su casto esposo, tampoco vivía en él. Nuestro Señor era el centro de la vida de entram- bos, su fin soberano e inmediato. 

San José es el modelo perfecto de la pureza en nuestro servicio eucarístico. Nuestro Señor debe ser el fin de todas las gracias que recibimos; toda nuestra vida debe tender hacia Él como hacia su fin; debe desarrollarse toda en Él como en su centro. No perdáis jamás de vista el servicio de su adorable persona, todas vuestras gracias, todas vuestras virtudes no tienen otro objeto que el de comunicar a vuestras facultades la habilidad que reclama semejante servicio; a vuestra alma, la belleza que en ella quiere ver Jesús. 

Honrad pues, a Nuestro Señor, pero que este servicio sea interior, debéis cumplirlo en Nuestro Señor, ocultaros y vivir en Él. Él es luz y calor; el amor parte de su Corazón cual llama devoradora. ¡Muy desgraciado es aquel que, viviendo junto á Él, no lo ve, ni lo siente! 

Aspiración. — San José, que llevasteis en vuestros brazos al que recibimos en nuestros corazones bajo la forma de la Hostia, ruega por nosotros.