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domingo, 19 de julio de 2026

SAN VICENTE DE PAÚL, CONFESOR Y FUNDADOR

«Quien diere a uno de estos pequeñuelos un vaso de agua fresca solamente por razón de ser discípulo mío, os doy mi palabra que no perderá su recompensa» (San Mateo X, 42).
   

Aun en los períodos de mayor decadencia religiosa, cuando los hombres parecen haber olvidado totalmente el Evangelio, Dios se encarga de que surjan en la Cristiandad ministros fieles, capaces de reavivar la caridad en el corazón de los hombres. San Vicente de Paul fue uno de esos instrumentos de la Providencia. Sus padres Juan de Paúl y Beltranda de Moras, oriundos de Tamarite de Litera en Aragón, poseían una pequeña granja llamada Ranquines en Pouy, aldea vecina a Dax, en la Gascuña (que después será renombrada San Vicente de Paúl). Allí nació Vicente el 24 de Abril de 1581, tercero de seis hermanos. Ante la inteligencia y la inclinación al estudio de que Vicente daba muestras, su padre le confió a los franciscanos recoletos de Dax para que le educasen. Vicente terminó sus estudios en la Universidad de Tolosa y, el 23 de Septiembre de 1600, a los veinte años de edad, recibió la ordenación sacerdotal de manos del obispo de Périgueux Francisco de Bourdeilles. Lo poco que sabemos sobre la juventud de Vicente no hacía prever la fama de santidad que alcanzaría en el futuro. Se dice que hizo un viaje a Marsella para vender un legado, que estuvo dos años prisionero en Túnez y que logró escapar en forma muy novelesca junto con su último amo Guillaume Gautier, un franciscano devenido a musulmán. 

El propio San Vicente cuenta que, en aquella época, lo único que le preocupaba era hacer carrera. Logró obtener el puesto de capellán de la reina Margarita de Valois, al que estaban anexas las rentas de una pequeña abadía, según la reprobable costumbre de aquel tiempo. Vivía en París con un amigo, cuando ocurrió un suceso que iba a cambiar su vida. El amigo con quien compartía sus habitaciones, le acusó de haberle robado cuatrocientas coronas y como todos los indicios estaban en contra de Vicente, empezó a esparcir entre sus conocidos el rumor de que su compañero era un ladrón. Vicente se contentó con negar el hecho diciendo: «Dios sabe la verdad». Seis meses más tarde, cuando Vicente había soportado la difamación con increíble paciencia, el verdadero ladrón confesó su fechoría. San Vicente relató más tarde el suceso en una conferencia espiritual a sus sacerdotes (pero habló en tercera persona), para hacerles comprender que la paciencia, el silencio y la resignación son la mejor defensa de la inocencia y el medio más apto para santificarse gracias a la calumnia y la persecución.

Vicente conoció en París a un virtuoso sacerdote, Pedro de Bérulle, quien sería más tarde cardenal. Bérulle, que le profesaba gran estimación, consiguió que aceptase el cargo de tutor de los hijos de Felipe de Gondi, conde de Joigny. La condesa Francisca Margarita de Silly le eligió como confesor y director espiritual.

En Enero de 1617, cuando la familia se hallaba en la casa de veraneo en Folleville, Vicente acudió a confesar a un campesino gravemente enfermo. Como el mismo penitente relató más tarde a la condesa y a otras personas, todas sus confesiones anteriores habían sido sacrílegas y debía su salvación a la bondad de San Vicente. La condesa quedó horrorizada al oír hablar de tales sacrilegios. La señora de Gondi era una buena mujer que, en vez de encastillarse en la ilusión de orgullo, por la que tantos amos se desentienden del cuidado de sus criados, comprendía que estaba ligada a sus servidores por los lazos de la justicia y de la caridad, que la obligaban a velar por el bien espiritual de su servidumbre. Las buenas inclinaciones de la condesa ayudaron también a San Vicente a caer en la cuenta del abandono religioso en que vivían los campesinos de Francia, de suerte que la condesa le convenció fácilmente para que predicase en la iglesia de Santiago el Mayor y San Juan Bautista de Folleville e instruyese al pueblo sobre la confesión. Tras los primeros sermones (del cual el primero, el día de la Conversión de San Pablo, es considerado el origen de la futura Congregación de la Misión fundada ocho años después), fue tan grande la multitud de los que acudieron a hacer su confesión general, que Vicente tuvo que pedir ayuda a los jesuitas de Amiens.

Ese mismo año de 1617, por consejo del P. Bérulle, Vicente renunció al cargo de tutor para encargarse de la parroquia de Châtillon-les-Dombes. En el desempeño de ese puesto consiguió la conversión del conde de Rougemont y otros personajes que llevaban una vida escandalosa. Pero al poco tiempo retornó a París y empezó a trabajar con los galeotes de la Conserjería. Fue nombrado oficialmente capellán de los galeotes (de los que estaba encargado el general Felipe de Gondi), y su primer cuidado consistió en predicar una misión en Burdeos, en 1622. Por entonces, comenzó a circular la historia de que San Vicente sustituyó una vez a un galeote en una galera.

La condesa de Joigny le ofreció una renta para que fundase una misión permanente para el pueblo, en la forma en que lo creyese conveniente, pero Vicente no hizo nada por el momento, ya que su humildad le llevaba a creerse incapaz de semejante empresa. La condesa, que sólo encontraba la paz en la dirección espiritual del santo, le arrancó la promesa de que nunca dejaría de dirigirla y de que la asistiría en la hora de la muerte. Deseosa por otra parte de hacer cuanto estaba en su mano por el bien espiritual de sus súbditos, consiguió que su esposo la ayudase a formar una asociación de misioneros que consagrasen su celo a atender a sus vasallos y, en general, a los campesinos. El conde habló del proyecto a su hermano, el arzobispo de París, quien puso a su disposición el edificio del antiguo colegio “Bons Enfants” para alojar a la comunidad. Los misioneros estaban obligados a renunciar a las dignidades eclesiásticas, a trabajar en las aldeas y pueblecitos de menor importancia y a vivir de un fondo común. San Vicente tomó posesión de la casa el 17 de Abril de 1625.

Como lo había prometido, el santo asistió a la condesa en su última hora, pues Dios la llamó a Sí dos meses después. En 1633, el superior de los Canónigos Regulares de San Víctor regaló a los misioneros el convento de San Lázaro, que se convirtió en la sede principal de la congregación. Por ello se llama a los padres de la Misión, unas veces lazaristas y otras vicentinos. Se trata de una congregación de sacerdotes diocesanos que hacen cuatro votos simples de pobreza, castidad, obediencia y perseverancia. Se ocupan principalmente de las misiones entre los campesinos y de la dirección de seminarios diocesanos; actualmente tienen colegios y misiones en todo el mundo. Cuando murió San Vicente, la congregación tenía ya veinticinco casas, en Francia, Argelia, el Piamonte, Polonia y aun en Madagascar.

Pero el celo de “Monsieur Vincent”, como empezó a llamársele cariñosamente, no se satisfizo con esa fundación, sino que trató de remediar las necesidades corporales y espirituales del pueblo por todos los medios posibles. Con ese fin, estableció las cofradías de la caridad (la primera de ellas en Châtillon), cuyos miembros se dedicaban a asistir a los enfermos de las parroquias. Tal fue el origen de las Hermanas de la Caridad, que San Vicente fundó con Santa Luisa de Marillac el 29 de Noviembre de 1633. De las Hermanas de la Caridad se ha dicho que «tienen por convento el cuarto de los enfermos, por capilla la iglesia parroquial y por claustro las calles de la ciudad». El santo organizó también la asociación de las Damas de la Caridad entre las señoras ricas de París, para conseguir fondos y ayuda para las obras de beneficencia. No contento con eso, fundó varios hospitales y asilos para huérfanos y ancianos y empezó a construir, en Marsella, el hospital para galeotes, que no llegó a terminar. Para financiar todos esos establecimientos encontró generosos bienhechores y dejó fijadas reglas muy sabias para su administración. Igualmente redactó un plan de retiro espiritual para los candidatos al sacerdocio, un método de examen de conciencia para la confesión general y otro para deliberar sobre la vocación, e instituyó una serie de conferencias sobre las obligaciones clericales, para remediar los abusos e ignorancia que descubría a su alrededor. Parece casi increíble que un hombre de humilde origen, sin fortuna y sin las cualidades que el mundo más aprecia, haya podido realizar solo una tarea tan extraordinaria.

Al saber San Vicente la miseria que reinaba en Lorena durante la guerra en esa región, consiguió en París una suma fabulosa de dinero para socorrer a los habitantes. Además, envió a sus misioneros a predicar entre los pobres y enfermos de Polonia, Irlanda, Escocia y aun de las Hébridas. Su congregación rescató en el norte de África a 1.200 esclavos cristianos y socorrió a muchísimos otros. El rey Luis XIII mandó llamar al santo para que le asistiese en su lecho de muerte, y la regente, Ana de Austria, le consultaba acerca de los asuntos eclesiásticos y la concesión de beneficios. Sin embargo, San Vicente no consiguió persuadir a la reina, en el asunto de la Fronda, a que hiciese renunciar a su ministro Mazarino por el bien del pueblo. Gracias a la ayuda del santo, las Benedictinas inglesas de Gante pudieron fundar un convento en Bolonia de Francia en 1652.

Pero esta colosal actividad no distraía un instante a Vicente de su unión con Dios. En los fracasos, decepciones y ataques, conservaba una serenidad extraordinaria y su único deseo era que Dios fuese glorificado en todas las cosas.

Por increíble que pueda parecer, San Vicente «era un hombre de carácter belicoso y colérico», según lo confiesa él mismo; podría creerse que se trata de una exageración debida a la humildad, pero otros testigos confirman esas palabras. «Sin la gracia –dice el mismo Vicente–, me habría dejado llevar de mi temperamento duro, áspero e intratable». Pero la gracia de Dios no le faltó y supo aprovecharla hasta convertirse en un hombre dulce, afectuoso y extraordinariamente fiel a los impulsos de la caridad y el amor de Dios. El santo quería que la humildad fuese la base de su congregación y no se cansaba de repetirlo. En cierta ocasión, se negó a admitir en su congregación a dos hombres de gran saber, diciendo: «Vuestras habilidades están por encima de nuestro nivel y pueden encontrar mejor empleo en otra parte. Nuestra gran ambición es instruir a los ignorantes, mover a penitencia a los pecadores y sembrar en el corazón de los cristianos el evangelio de la caridad, la humildad, la mansedumbre y la sencillez». Según las reglas de San Vicente, los misioneros no debían hablar nunca acerca de sí mismos, porque tales conversaciones proceden generalmente de soberbia y fomentan el amor propio. Era muy grande la preocupación de San Vicente por la rapidez con que se divulgaba el jansenismo en Francia. «Durante tres meses –confesó el santo–, el único objeto de mis plegarias ha sido la doctrina de la gracia y, cada día, Dios ha confirmado mi convicción de que Nuestro Señor Jesucristo murió por todos nosotros y que desea salvar al mundo entero». Él mismo se opuso activamente a los predicadores de la falsa doctrina y no toleró que permaneciera en su congregación ningún sacerdote que profesara sus errores.

Hacia el fin de su vida, la salud del santo estaba totalmente quebrantada. Murió apaciblemente, sentado en su silla, el 27 de Septiembre de 1660, a los ochenta años de edad, poco más de seis meses después de Santa Luisa de Marillac. Clemente XI le canonizó en 1737, y León XIII proclamó a ese humilde campesino patrono de todas las asociaciones de caridad. Entre éstas se destaca la Sociedad de San Vicente de Paul, que Federico de Ozanam fundó en París en 1883, siguiendo el espíritu del santo.

Las fuentes sobre la vida de San Vicente de Paul son muy numerosas. Han sido editadas con gran cuidado por el P. Pierre Coste, Saint Vincent de Paul, correspondance, entrétiens, documents (1920-1925), en catorce volúmenes. La biografía escrita por el mismo autor, Le grand saint du siécle (3 vols.), completa dicha obra. La primera biografía de San Vicente fue la que publicó Mons. Luis de Abelly cuatro años después de su muerte. Las biografías modernas son innumerables; citemos, entre otras, las de Bougaud, de Broglie, y Lavedan. Esta última, a pesar de su maravilloso estilo, no iguala en veracidad histórica a La vraie vie de S. Vincent de Paul de Redier (1927), ni el S. Vincent de Paul de P. Renaudin (1929). En la gran pantalla, existe «Monsieur Vincent», excelente película de 1947 basada en la vida del santo. 

MEDITACIÓN SOBRE EL AMOR AL PRÓJIMO
I. Dios promete recompensar a los que dieren por amor a Él un vaso de agua al prójimo. ¡Qué recompensa no dará a los que hayan hecho grandes limosnas y aliviado a sus hermanos en sus necesidades temporales y espirituales! ¡Cuántas ocasiones dejamos escapar de ejercer la caridad! Jesucristo nos pedirá cuenta de ello en el día del juicio. Parece que nuestra salvación depende únicamente del bien o del mal que hubiéramos hecho a nuestro prójimo.
   
II. Jesucristo mira como hecho a Él mismo todo el bien o todo el mal que hacemos a nuestro prójimo. Todos los cristianos forman un cuerpo cuya cabeza es Cristo; quien hiere los miembros hiere también la cabeza. ¡Cuál no sería tu dicha, si pudieses dar de comer a Jesucristo, vestirlo y consolarlo! Todo esto haces cuando realizas tus obras de caridad para con los pobres. Aviva tu fe a fin de ver siempre a Jesucristo en la persona de tu prójimo. Fácil te será entonces amarlo, honrarlo y hacerle el bien.
   
III. Parece que Dios ha querido hacernos dueños de nuestro destino cuando dijo, en varios lugares del Evangelio, que se nos tratará como nosotros hayamos tratado a nuestro prójimo. Se nos juzgará como hayamos juzgado a los demás; se nos dará si damos; se nos perdonará como hayamos perdonado. Así, pues, sobre nosotros mismos recaerá todo el bien o el mal que hacemos a los demás. «¡Cuán extraño, dice San Agustín, es ver a los hombres maltratarse recíprocamente! ¿Las otras creaturas no proporcionan ya bastantes ocasiones de sufrir?».

La caridad para con los pobres.
Orad por las Conferencias Vicentinas.
   
ORACIÓN 
Oh Dios, que para evangelizar a los pobres y realzar el brillo del sacerdocio cristiano, habéis revestido al bienaventurado San Vicente de una caridad y una fortaleza verdaderamente apostólicas, haced, os lo suplicamos, que honrando sus méritos, seamos fortificados por el ejemplo de sus virtudes. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 25 de junio de 2026

ORACIÓN ANTES DE DAR SERMÓN

San Cutberto de Lindisfarne predicando (Miniatura de la Vida de San Cutberto. Biblioteca Británica, manuscrito Yates-Thompson 26, fol. 22 verso, último cuarto del siglo XIII).
  
LATÍN
Da mihi, Dómine, et mitíssimam et sapiéntem eloquéntiam, qua nésciam inflári, et de tuis bonis super fratres extólli. Pone, quǽso, in ore meo verbum consolatiónis, et ædificatiónis et exhortatiónis per Spíritum Sanctum tuum, ut et bonos váleam ad melióra exhortári et eos, qui advérse gradiúntur, ad tuæ rectitúdinis líneam revocáre verbo et exémplo. Sint verba, quæ dedéris servo tuo, tánquam acutíssima jácula et ardéntes sagíttæ, quæ penétrent et incéndant mentes audiéntium ad timórem et amórem tuum. Amen.

TRADUCCIÓN
Concédeme, Señor, mansísima y sabía elocuencia, que desconoce la jactancia y exalta tus bondades sobre mis hermanos. Suplícote que pongas en mi boca, por tu Espíritu Santo, palabra de consolación, edificación y exhortación, para que merezca exhortar a los buenos a ser mejores y reconducir al camino de tu justicia, con la palabra y el ejemplo, a los descarriados. Que las palabras que dieres a tu siervo sean como lanza aguzada y ardientes saetas, que penetren e inflamen las almas de quienes las oigan hacia tu santo temor y amor. Amén.

Oración tomada de las Meditaciones de San Anselmo de Aosta, Arzobispo de Canterbury, meditación 18.ª. Indulgencia de 500 días si se reza antes de predicar (decreto de la Sagrada Penitenciaría Apostólica, 13 de Julio de 1934).

miércoles, 10 de junio de 2026

BEATO JUAN DOMINICI, OBISPO Y CONFESOR

   
«¡Ignorante y tartamudo! No son éstas, padre prior, las mejores cualidades para un dominico». Y Juan fue rechazado. Aquélla noche Paula Zorzi y Domingo Dominici lamentaron su pobreza. Su hijo era un obrero y cualquier otra aspiración fracasaría por la escasez de medios económicos. Aquel muchacho tendría que continuar partiendo el pan áspero con sus duras manos. Sin embargo, en aquel hogar pobre ardía una llama inextinguible y poderosa: Dios. Y lo llenaba todo, y todo lo envolvía y transformaba. El trabajo, duro y necesario, era un paréntesis que se abría, de madrugada, en la iglesia de los dominicos de Santa María-Novella, y se cerraba allí mismo con la tarde.
   
Su carácter viril y la voz de Dios vitalmente sentida le determinan a pedir nuevamente el ingreso en la Orden de Predicadores. Los Padres comprendieron que aquel joven tenía en su vida un camino único, que nacía allí, en Santa María-Novella. Y, sin querer parar mientes en su aspecto rústico y la torpeza de su decir, Juan fue admitido.
   
El año de noviciado fue una línea ascendente: desde los primeros días en que su estilo torpe constituía motivo para la sonrisa vana, hasta el respeto y la admiración por el hombre esforzado y por el religioso entregado a Dios plenamente. El silencio, la oración, el ascetismo de su vida, la amabilidad entregada, el amor absoluto a Dios y a los suyos constituyeron la meta ganada con la gracia de Dios y el esfuerzo continuo y vigilante. Desde el principio dio con la clave que transforma lo mínimo e insignificante. El detalle delicado, la palabra cálida, el gesto y la mirada reprochando dulcemente, todo habla de amor. La observancia exacta, la rúbrica sentida, la disciplina cruel, el sueño domeñado y la entrega absoluta y sencilla, todo habla de amor. Y Dios con él, impulsando aquel brío irresistible. Fray Juan tenía una misión difícil en la Orden: vitalizar la observancia. Por eso convenía que él probase hasta dónde puede el hombre y en qué punto ha de esperar.
   
La profesión constituyó para él la autonomía de la austeridad y de la exigencia. Frecuentemente era pan y agua su única refección. Dormía escasamente sobre un saco y vestía muy pobremente, pero con limpieza.
   
El estudio, tan sagrado en la Orden de Predicadores, constituyó su pasión. Hombre inteligente y fino terminó la carrera, siendo propuesto para graduarse académicamente. Renunció, sin embargo. Se lo sugirió una humildad sencilla y cierta.
   
La fatiga del estudio busca compensaciones. Fray Juan es artista. Y llenará los libros corales con sus delicadas y sugestivas miniaturas. Así comenzó su predicación. El dibujo cariñoso y sugerente de la vida de Cristo y sus milagros orientaba la salmodia hacia la meditación. Esta preocupación por el arte al servicio de Dios le acompañará más tarde a los conventos que visite y funde.
   
Con la ordenación sacerdotal el amor a las almas culmina en un anhelo impetuoso por la predicación. Sólo una pena ensombrece el gozo de su vida. Su lengua sigue torpe y ridícula. Estando en Siena le invadió la tristeza. Se sintió inútil. Lloró. Las lágrimas dieron transparencia a su mirada y aquella noche se arrodilló ante una imagen de Santa Catalina. Y le pidió un milagro. Se lo exigió por amor de Dios y el prodigio se realizó. Su lengua se torna ágil y expedita.
   
Florencia girará en torno de este extraordinario y súbito predicador. Su ciencia, su prodigiosa memoria, su pasión avasalladora y serena se conjugan en un decir limpio y cautivador. Predicará durante muchas Cuaresmas en Florencia. Habrá días que suba al púlpito cinco y seis veces. Nunca el cansancio en él. Siempre el interés en los que le escuchan. «El hombre tiene un alma generosa y se deja convencer más difícilmente por la dulzura que por el rigor». Eso dijo y así obró. Recorre las principales ciudades y villas de Italia. Censura los vicios con un patetismo profético e invita a los pueblos a una renovación de la vida cristiana. El flagelo en su palabra suscita el rencor hasta el punto de ser amenazado con el exilio. Por amor de la paz abandona Venecia y se retira a Florencia. Allí conjuga el aislamiento monástico con la predicación cíclica en los tiempos litúrgicos, San Vicente Ferrer renuncia a predicar en Florencia: «¿A quién queréis oír teniendo al padre Juan Dominici?».
   
Una idea le obsesiona: la restauración de los conventos. La terrible peste de 1348 y los cinco años siguientes arrasó los monasterios. El de Santa María-Novella vio morir en cuatro meses a setenta de sus frailes. Los supervivientes se retraían y se sentían incapaces del rigor primitivo. Juan Dominici predicaba. Los jóvenes eran su presa. Necesitaba muchachos generosos y decididos, y los tuvo en gran número después de su predicación.
   
Acepta el priorato de varios conventos con el ánimo de imponer la reforma ansiada. La labor es dura y surge la oposición. Santo Domingo de Venecia, el convento de Cittá di Castello, el de Fabriano y otros recibieron el impulso de su espíritu emprendedor. Posteriormente es elegido vicario general de los conventos observantes en los Estados de Venecia y de la provincia romana. Ha llegado el momento. Comprende que la labor es áspera y lenta. Por eso dedica su vitalidad y esfuerzo a la creación de una Casa Noviciado. Es la clave. Que el espíritu y la vida no se improvisan. Es preciso nacer y respirarlo para que se haga sangre en cada uno. Con este fin nació el convento de Cortona, situado en un paraje delicioso, donde el clima y el cielo empujan hacia Dios.
   
«Las religiosas», pensó el padre Juan, «están íntimamente vinculadas a nuestra vida dominicana» Con este convencimiento restauró el convento del Corpus Dómini y el de San Pedro Mártir, de Florencia. En este monasterio su anciana madre terminó sus días. La labor tenía sólidas bases.
   
Una labor gigantesca exige un hombre fabuloso. El cisma de Occidente estaba enconado.
   
A la muerte de Inocencio VII es elegido Gregorio XII. Este y Benedicto XIII pudieron llegar a un acuerdo e intentaron reunirse en Saona. Tal entrevista no llegó a realizarse. Siete cardenales de Gregorio XII le abandonan. Lo mismo le sucede a Benedicto XIII. Ambos grupos convocan un concilio general en Pisa y allí eligen nuevo antipapa a Pedro Filargi, que toma el nombre de Alejandro V. A éste sucede Juan XXIII.
   
La labor diplomática del padre Juan Dominici en el cónclave de elección de Gregorio XII fue tal que el nuevo Papa a quien hizo prometer la renuncia al Papado en el momento conveniente, le mantuvo junto a aí. Fue elegido arzobispo de Ragusa y posteriormente cardenal. La critica se cebará en él. «Acepto esta dignidad como Cristo aceptó su corona de espinas».
   
Gregorio XII le envía a Alemania para tratar con el emperador Segismundo el modo de terminar con el funesto cisma. Fiel a Gregorio, le convence de la urgencia de renunciar a la dignidad papal por el bien de la Iglesia. Por fin el Papa convoca el concilio de Constanza, en el que los tres papas renunciarán a su pretendida dignidad. Juan XXIII promete su asistencia. Benedicto XIII anuncia un representante suyo y Gregorio XII delega en Juan Dominici, quien, con la renuncia escrita, envolverá hábilmente a los presuntos papas. Anuncia que Gregorio XII abdicará si los otros dos lo hacen igualmente. Juan XXIII aceptó. Fue el momento. Juan Dominici leyó con gran emoción la renuncia escrita de Gregorio.
   
La huida de Juan XXIII y la rebeldía de Benedicto XIII fueron suficiente razón para que aquellos hombres perdieran el prestigio.
   
Juan Dominici convoca nuevamente el concilio en nombre de Gregorio XII y el 11 de noviembre de 1417 es elegido verdadero papa Martín V. Pero antes un gesto generoso de Juan Dominici emocionó a los cardenales. Él, que había aceptado la púrpura cardenalicia para el bien de la Iglesia, renuncia ahora humildemente. Ahora que su labor parecía ya terminada. Despojándose de los distintivos fue a sentarse entre los obispos. Aquel gesto hizo que los cardenales volvieran a incorporarle al Sacro Colegio.
     
La unión anhelada ha sido conseguida. El prestigio de Juan Dominici no disminuye, como tampoco se apaga su dinamismo y trabajo por el bien de la Iglesia. Ahora es el encargo de extender en los reinos del Norte los decretos del concilio y vencer las herejías de Wiclef y de Hus. Acompaña a Martín V hasta su nombramiento de legado apostólico en Hungría y Bohemia.
   
Cuando trabajaba en el proyecto de una grandiosa obra apostólica y de evangelización de aquellos reinos, el Señor le llamó cariñosamente a su gozo.
   
Murió a los setenta años, el día 10 de junio de 1420. En plenitud de vida y santidad, dedicado entusiásticamente, juvenilmente, a la salvación de los hombres.
   
Él ha muerto. Ahí quedaba su obra, su testimonio, su martirio, su figura como un hito sublime. Murió un hombre perfecto, un religioso terminado, un dominico íntegro. Un santo. Que, al fin, fue su máxima obra.
  
JOSÉ LUIS GAGO DE VAL OPAño Cristiano, Tomo II. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
   
ORACIÓN (Del Misal dominico).
Oh Dios, dador de la caridad, que fortaleciste a tu bienaventurado obispo y confesor Juan para conservar la unidad de la Iglesia y para restaurar la virtud de la disciplina regular, concédenos por su intercesión que sintamos y hagamos lo mismo que Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo por todos los siglos de los siglos. Amén.

viernes, 15 de mayo de 2026

SAN JUAN BAUTISTA DE LA SALLE


El fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas nació en Reims, el 30 de abril de 1651. Sus padres Luis de La Salle y Nicolasa Moët de Brouillet descendían de familias nobles. Bajo la dirección de su piadosa madre, Juan Bautista dio desde niño muestras de una piedad anunciadora de que, un día, sería sacerdote. A los once años de edad, recibió la tonsura y, a los dieciséis, fue nombrado miembro del capítulo de la catedral de Reims ocupando el sitial número 21, que seis siglos atrás hubiera ocupado San Bruno. En 1670, ingresó en el seminario de San Sulpicio en París; ocho años después fue ordenado sacerdote. Su noble figura, su educación refinada, su cultura y las relaciones de su familia, parecían destinar al joven a una brillante carrera de dignidades eclesiásticas. Pero Dios tenía otros designios sobre él, aunque Juan Bautista no sospechaba nada hasta el momento en que uno de los canónigos de Reims, en su lecho de muerte, le confió la dirección de una escuela y un orfanatorio de niñas y el cuidado de las religiosas encargadas de ellos.

En 1679, Juan Bautista conoció a Adrián Nyel, un laico que había ido a Reims a fundar una escuela de niños pobres. El canónigo de la Salle le alentó cuanto pudo y así pronto se inauguraron dos escuelas, tal vez un poco prematuramente. El joven canónigo tomó cada vez mayor interés en la obra y empezó a ocuparse de los siete profesores que trabajaban en las escuelas. En 1681 alquiló una casa para ellos, los invitaba a comer a la suya y, poco a poco, les infundió los altos ideales educativos que empezaban a tomar forma en su mente. A pesar de que los modales un tanto groseros de los profesores le molestaban, el santo les ofreció alojamiento en su propia casa para poder vigilar de cerca su trabajo. El resultado fue desalentador, pues dos de los hermanos del santo partieron al punto para no convivir con aquellos palurdos y, cinco de los profesores le abandonaron al poco tiempo, porque no querían o no podían someterse a la severa disciplina que el santo les imponía. El reformador supo esperar y Dios premió su paciencia. Al poco tiempo, se presentaron otros candidatos para formar el primer núcleo de la nueva congregación. El santo abandonó la casa paterna y se fue a vivir con sus profesores en un edificio de la Calle Nueva. El movimiento se dio a conocer gradualmente y empezaron a llegar peticiones de diferentes ciudades para que enviase a sus profesores. En parte, por razón de sus múltiples ocupaciones, y en parte también, para no disfrutar de rentas y asemejarse a sus discípulos, San Juan renunció a su canonjía.

En seguida se le planteó el problema de cómo debía emplear su fortuna personal, que no deseaba conservar. ¿Debía consagrarla al desarrollo de la incipiente congregación, o más bien darla a los pobres? El santo fue a París a consultar al P. Barré, un hombre de Dios muy interesado en la educación, cuyos consejos le habían ayudado en otras ocasiones. El P. Barré se opuso absolutamente a la idea de que el santo emplease sus bienes en su propia fundación. Juan Bautista de la Salle, después de pedir fervorosamente a Dios que le iluminase, determinó vender sus posesiones y distribuir el producto entre los pobres. Su ayuda no pudo ser más oportuna, pues la región de Champaña atravesaba por un período de carestía. A partir de entonces, la vida de Juan Bautista fue todavía más austera. Como estaba acostumbrado a comer muy bien, tenia que ayunar hasta que el hambre le obligaba a comer cualquier platillo, por mal preparado que estuviese.

Pronto inauguró cuatro escuelas. Pero su principal problema era la formación de los profesores. Finalmente, en una junta con doce de sus hijos, se decidió a redactar una regla provisional. Según ella los profesores harían anualmente un voto de obediencia hasta que se viese claramente si tenían o no vocación. En la misma junta se adoptó para la nueva congregación el nombre de Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. La primera prueba que sufrieron fue una epidemia. El santo la atribuyó a su falta de previsión y convenció a sus hijos para que eligiesen a otro superior; pero el vicario general de la diócesis le obligó a tomar de nuevo el gobierno, en cuanto la noticia llegó a sus oídos. A decir verdad, eran muy necesarias la prudencia y la habilidad de San Juan Bautista de la Salle, pues las circunstancias iban a hacer que la nueva congregación se desarrollase mucho más de prisa de lo que se había previsto y que ampliase, al mismo tiempo, su campo de actividades. Hasta entonces, los miembros de la congregación habían sido hombres maduros; pero por aquella época empezaron a presentarse candidatos de quince a veinte años. Por una parte, hubiese sido una lástima rechazar aquellas vocaciones tan prometedoras; pero por la otra, era imposible que hombres tan jóvenes pudiesen adaptarse al rigor de una regla trazada para hombres maduros. Para resolver el problema, San Juan Bautista instituyó, en 1685, una especie de noviciado. Reservó para los jóvenes una casa especial, redactó para ellos una regla más sencilla, y los puso bajo el cuidado de un hermano con experiencia, aunque él conservaba la supervisión general. Pero al poco tiempo, se presentó otro problema semejante y a la vez diferente. Los párrocos de los alrededores enviaban al santo algunos jóvenes para que los formase como profesores y los enviase después, a enseñar en sus parroquias. San Juan Bautista fundó otra casa especial para ese tipo de candidatos y se encargó de su formación. Así quedó establecido en Reims, en 1687, el primer instituto para la formación de profesores, al que siguieron el de París (1699) y el de San Dionisio (1709).

Entre tanto, había proseguido el trabajo de la enseñanza de los niños pobres en Reims. En 1688, a instancias del párroco de San Sulpicio de París, San Juan Bautista fundó una escuela en dicha parroquia. En realidad se trataba de la última de las escuelas fundadas anteriormente por M. Olier, que se clausuraron una tras otra por falta de profesores suficientemente preparados. El éxito de los Hermanos de las Escuelas Cristianas fue tan grande, que pronto abrieron otra escuela en el mismo barrio. San Juan Bautista confió la dirección de las escuelas de París al hermano Enrique L’Heureux, hombre muy dotado y capaz, a quien el fundador había escogido por sucesor y estaba preparando para el sacerdocio. San Juan Bautista de la Salle tenía la intención de formar algunos sacerdotes para que se encargasen de la dirección de cada una de las casas, pero la inesperada muerte del hermano L’Heureux le hizo pensar que Dios no quería que pusiese en práctica ese proyecto. Después de muchas oraciones, el santo llegó a la conclusión de que la congregación debía limitarse estrictamente a la enseñanza y que era mejor excluir de ella las diferencias entre sacerdotes y hermanos. Así pues, el fundador decretó que ni los Hermanos de las Escuelas Cristianas podían ordenarse sacerdotes en ningún caso, ni la congregación podía recibir a ningún sacerdote. Tal vez sea éste el mayor sacrificio que puede exigirse de una congregación masculina. El decreto sigue en vigor en nuestros días. Durante la estancia del fundador en París, habían surgido algunas dificultades en Reims. Esto movió a San Juan Bautista a comprar una casa en Vaugirard, a donde los hermanos pudiesen retirarse de tiempo en tiempo para recuperar las fuerzas del cuerpo y del espíritu. Con el tiempo, esa casa se convirtió también en noviciado. Ahí fue donde, hacia 1695, redactó el fundador las reglas definitivas, en las que hablaba ya de votos perpetuos. También escribió ahí su tratado sobre la “Dirección de Escuelas”, en el que su sistema revolucionario de la educación en las escuelas primarias, que aun produce magníficos frutos en la actualidad, tomó su forma definitiva. El sistema de San Juan Bautista de la Salle venía a reemplazar el método de instrucción individual y el llamado “sistema simultáneo”; insistía en la necesidad de que los alumnos guardasen silencio durante las clases y daba la debida importancia al aprendizaje de las lenguas vernáculas, pues hasta entonces el latín ocupaba el primer puesto. Los Hermanos de las Escuelas Cristianas se habían dedicado exclusivamente a los niños pobres. Pero en 1698, el rey Jacobo II de Inglaterra, que estaba desterrado en Francia, pidió al santo que abriese una escuela para los hijos de sus partidarios irlandeses. San Juan Bautista inauguró entonces una escuela para cincuenta niños de la nobleza. Por la misma época fundó la primera “Academia Dominical” para los artesanos jóvenes; en ella se impartía la instrucción secundaria, la enseñanza del catecismo y se consagraba, naturalmente, algún tiempo al juego. Las Academias Dominicales llegaron a ser muy populares.

San Juan Bautista había tenido que hacer frente a muchas pruebas. A las defecciones de algunos de sus discípulos se añadía el rencor de los profesores laicos (como los Maestros Calígrafos y los Maestros de Escuelas Menores) quienes consideraban la actividad del santo como una intrusión en su propio campo. En una ocasión la conducta imprudente de dos hermanos que ocupaban puestos de importancia, puso en peligro la vida misma de la congregación. El arzobispo de París Luis Antonio de Noailles recibió quejas de que se trataba a los novicios con demasiado rigor y mandó al vicario general Pirot para que hiciese investigaciones. Los mismos novicios testimoniaron, unánimemente, en favor de su superior; pero el vicario general, que tenía ciertos prejuicios contra la congregación, presentó un informe desfavorable. El arzobispo procedió a deponer del superiorato a San Juan Bautista, quien acogió la sentencia sin una palabra de queja. Pero cuando el vicario general trató de imponer como superior a un extraño, el padre Bricot originario de Lyon, todos los hermanos declararon por unanimidad que su verdadero superior era el P. de la Salle y que estaban decididos a abandonar la congregación antes de que aceptar a otro. Posteriormente, el santo les obligó a someterse formalmente; entretanto, el arzobispo echó tierra al asunto y San Juan Bautista fue, como siempre, el superior. Poco después, al trasladarse el noviciado de Vaugirard a una casa más grande en París, así como al fundarse ahí unas escuelas relacionadas con él, los profesores laicos, los jansenistas y todos los que se oponían a la educación de los pobres, organizaron un violento ataque contra la congregación. San Juan Bautista se vio envuelto en una serie de procesos y tuvo que cerrar todas sus casas y escuelas de París. Al cabo de algún tiempo se calmó la tempestad, tan súbitamente como se había desatado y, los Hermanos de las Escuelas Cristianas volvieron a la capital, donde ampliaron todavía más sus instituciones.

En otros países, la congregación se había desarrollado constantemente. En 1700, el hermano Gabriel Drolin había fundado una escuela en Roma. En Francia se habían abierto las escuelas de Aviñón, Calais, Languedoc, Provenza, Ruán y Dijón. En 1705, se trasladó el noviciado a Saint-Yon, en Ruán, donde se inauguró también un internado y un instituto para jóvenes difíciles, que más tarde se transformó en reformatorio. Tales fueron los principios de la congregación de enseñanza más grande que existe actualmente en la Iglesia. Sus obras comprenden desde las escuelas primarias hasta las Universidades. En 1717, San Juan Bautista renunció al cargo de superior. A partir de ese momento, no volvió a dar una sola orden y vivió como el más humilde de los hermanos. Se dedicó entonces a la formación de los novicios y de los internos, para quienes escribió varios libros, entre los que se cuenta un método de oración mental. Era aquella una época particularmente importante de la espiritualidad francesa. En la obra de San Juan Bautista de la Salle se advierte la influencia de Bérulle y de Olier, de la “escuela francesa” de Raneé y de los jesuítas, pero sobre todo, ¡del canónigo Nicolás Roland y del fraile Nicolás Barré, que eran amigos personales del santo! Uno de los rasgos de San Juan Bautista que deben señalarse fue su oposición al jansenismo, manifestada, sobre todo, por la propaganda que hizo a la comunión frecuente y aun diaria. En la cuaresma de 1719, el santo sufrió varios ataques de asma y reumatismo, pero no dejó de practicar las austeridades habituales. Poco después tuvo un accidente que le dejó muy débil. El Señor le llamó a Sí el 7 de abril de 1719, que era Viernes Santo, a los sesenta y seis años de edad.

El ejemplo de San Juan Bautista nos obliga a un examen de conciencia: ¿Hacemos algo por la enseñanza católica, tan necesaria? ¿Estamos dispuestos a aceptar los sacrificios que nos imponga la educación católica de nuestros hijos, a pesar de todas las dificultades y hostilidades que suscita? La Iglesia demostró su aprecio por el carácter de ese pensador y hombre de acción tan importante en la historia de la educación, al canonizarle, en 1900. La fiesta de San Juan Bautista de la Salle se celebra en toda la Iglesia de occidente. En 1950, Pío XII le declaró celestial patrono de todos los que se dedican a la enseñanza.

Abundan las buenas biografías de San Juan Bautista de la Salle, especialmente en francés. Todas ellas se basan en la que escribió J. B. Blain, su íntimo amigo, en 1733. Entre las obras modernas la más importante es, probablemente, la de J. Guibert, Histoire de St. Jean Baptiste de la Salle (1900). Más breves son las biografías de A. Delaire (1900), en la colección Les Saints; F. Laudet (1929), y G. Bernoville (1944). El esbozo biográfico de Francis Thompson fue reeditado en 1911; pero la mejor biografía inglesa es la del historiador W. J. Battersby, De la Salle, vol. I (1945), Educador: vol. II (1950), Santo y escritor; vol. III (1952), cartas y documentos.
  
ORACIÓN 
Oh Dios, que para dar cristiana educación a los pobres, y afianzar a la juventud en el camino de la verdad, suscitasteis a San Juan Bautista de la Salle, vuestro confesor, y por él enriquecisteis con una nueva familia religiosa a vuestra Iglesia; dignaos concedernos por la eficacia de su intercesión y de sus ejemplos que, ardiendo en celo de vuestra gloria y de la salvación de las almas, lleguemos a ser partícipes de su corona en el Cielo.  Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

miércoles, 28 de enero de 2026

SECUENCIA Y PREFACIO DE SAN PEDRO NOLASCO

San Pedro Nolasco redimiendo cautivos (Alonso Vásquez. Museo de Bellas Artes de Sevilla).

La Orden Mercedaria contaba, entre sus Misas propias, con una secuencia y prefacio particular para su fundador San Pedro Nolasco. La secuencia, de autor anónimo (y de la cual Francisco Valls, maestro de capilla de la catedral de Barcelona, compuso una musicalización para tenor con acompañamiento de violines), presenta la vida del santo fundador y el ideal de la orden, que es redimir a los cristianos cautivos en tierra de infieles, aun dándose a sí mismos, a semejanza de Cristo, que por redimirnos de la esclavitud del demonio se hizo hombre y murió en la Cruz.
  
  
LATÍN
Petrum cháritas nascéntem
Cœpit ulnis et lacténtem,
Recreávit ósculis.
  
Ut ambrósias forment dapes
Ad púellum volant apes.
Onerátæ flósculi.

Virginálem is candórem.
Cœlo vovet et fervórem
Charitátis éxhibet.
   
Corde húmili, abstinéntia,
Firma fide, patiéntia
Deo sese dévovet.

Monstra hǽresis perósus,
Línquit pátriam et pannósus,
Regna petit éxtera.
   
Profert arcas áuro plenas,
Frangat duras quo caténas,
Ut lucrétur ǽthera.

At pecúniis erogátis
Pro miséllis mancipátis
Ipse vendi flágitat.
   
Cœlo accéptum fuit votum,
Quod ut esset cunctis notum,
Magna Virgo célebrat.
   
Præbet illi se vidéndam,
Et orándi audiéndam
Manifésto allóquio.
   
Sibi dicit fore gratum
Filióque si sacrátum
Sibi condat Órdinem.

Cui Captívos liberáre,
Pátriæque redonáre,
Cura præcípua.

Lætus paret Petrus cœlo
Et alúmnos albo velo,
Statim suos índuit.

Quéis manere in servitúte
Si sit opus pro salúte
Captivórum præcípit.
   
O felícem, cui fulgéntem
Præbet Virgo se frequéntem
Átque votis obsequéntem
Sæpe custos Ángelus!
   
O beátum cui pasci
Inter lília, cui renásci
Cœlo lícuit, cum nasci,
Rex dignátur cœ́litum.

Salve Pater Redemptórum,
Cui Dómina Angelórum
Dedit gregem Captivórum
Auferéndum cánibus.

Profligáta pravitáte,
Impetráta charitáte
Fac nos vera libertáte,
Petre frui in Civitáte,
Supernórum cívium.
Amen. (Ommititur in Septuagesima: Allelúja).
   
TRADUCCIÓN
Ni bien nació Pedro, la caridad
En sus brazos lo recibió, y lactante
Con besos lo alentó.
 
A fin de darle celestial ambrosía,
Hacia el niño volaron abejas
Cargadas de flores.

Resplandeciente celibato 
Al Cielo ofreció voto,
Y mostró el fervor de la caridad.
  
Con humilde corazón, modestia,
Fe firme y paciencia,
A Dios se consagró.
   
Aborreciendo los heréticos monstruos,
En harapos dejó su patria,
Partiendo a extranjeros reinos.
  
Cargando arcas con oro llenas,
Para romper férreas cadenas
Y para ganar el Cielo.
  
Mas gastado todo este dinero
Para liberar a los desdichados,
Prontamente pidió ser vendido.
  
Acepto fue su voto en el Cielo, 
Y para que de todos fuese conocido,
la Virgen grandemente celebró.
   
A su vista Ella se presentó,
Y para oírla en oración
Le hablaba abiertamente.
  
Díjole serle grato a Ella
Y a su Hijo que fundara 
Una orden a Ella consagrada
   
Para que especialmente se encargue
De libertar a los cautivos
Y retornarlos a su patria.
  
Felizmente Pedro los celestiales deseos siguió,
E inmediatamente a sus discípulos
Con albo velo revistió.

E instruyóles a permanecer en cautividad
Si ello menester fuese
Para los cautivos redimir.
   
¡Oh feliz Pedro!, a quien la Virgen
Frecuentemente se mostró refulgente
Y su ángel custodio obsecuente
Obedecía sus oraciones.
   
¡Oh dichoso varón,
Que entre lirios transitó
Y renació para el Cielo el día
En que nació el Rey de los bienaventurados.
  
Salve, Padre de los Redentores,
A quien la Reina de los Ángeles
Dio a apacentar una grey de cautivos
Para rescatar de los paganos perros.
   
Vencida la maldad,
Alcánzanos, oh Pedro
Conseguir la caridad
Que gocemos la verdadera libertad
En la Ciudad de los bienaventurados.
Amén. (Omitir en tiempo de Septuagésima: Aleluya).
   
PREFACIO DE SAN PEDRO NOLASCO: Vere dignum et justum est, ǽquum et salutáre, nos tibi semper et ubíque grátias ágere: Dómine, sancte Pater, omnípotens ætérne Deus: Et te in veneratióne Beáti Petri Nolásci fidélis tibi fámuli collaudáre, qui unigéniti Fílii tui Mundi Redemptóris exémplo, ejúsque intemeráta Matris e Cœlo delápsa admónitu, novam in Ecclésia tua Milítiam instítuit, quæ non captívos faciéndo, sed liberándo decertáres: Ut quos ille, dando redemptiónem semetípsum pro nobis, a diáboli servitúte redémerat; charitáte iste consímili, se quóque óbsidem dando, ab infidélium captivitáte liberáret. Et ídeo cum Ángelis, et Archángelis, cum Thronis, et Dominatiónibus, cúmque omni milítia Cœléstis Exércitus, hymnum glóriæ tuæ cánimus, sine fine dicéntes [Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable que siempre y en todo lugar te demos gracias, Señor Santo, Padre omnipotente y eterno Dios: Y alabarte en la veneración de tu siervo fiel San Pedro Nolasco, quien a ejemplo de tu unigénito Hijo Redentor del Mundo y al llamado de su Madre incorrupta que bajó del Cielo, instituyó en tu Iglesia una nueva Milicia, que lucha no haciendo cautivos sino liberándolos. Para que este, haciéndose semejante en la caridad a Aquel que, dándose en redención por nosotros para rescatarnos de la esclavitud del demonio, se diese también a sí mismo para liberarlos de la cautividad de los infieles. Y por ello, con los Ángeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, junto con todas las milicias celestiales, entonamos un himno a tu gloria, diciendo sin cesar]. Sanctus…

domingo, 25 de enero de 2026

NOVENA EN HONOR A SAN JUAN DE BRITO

Novena dispuesta por el sacerdote J. M. A., y reimpresa en la Vida de los Santos de la Compañía de Jesús. Los gozos, son sin autor conocido.
   
NOVENA A SAN JUAN DE BRITO, DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
  

Puesto de rodillas delante de la sagrada imagen de San Juan de Britto, y hecha la señal de la cruz, se dirá el siguiente
  
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, crucificado por mi amor, que no queréis la muerte del pecador, sino que se convierta a Vos y viva la vida verdadera de la gracia; habed misericordia del mayor de todos, y perdonadme por vuestro Sagrado Corazón, manantial de bondad y mansedumbre, las innumerables culpas que he cometido hasta el presente; que ya las detesto de corazón todas en general, y cada una de ellas en particular, y propongo, auxiliado de vuestra divina gracia, antes morir que pecar. Amén.
  
DÍA PRIMERO – 26 DE ENERO
ORACIÓN PROPIA DE ESTE DÍA
Bienaventurado San Juan de Brito, que conservaste la paz del alma y recogimiento de los sentidos aun en el bullicio del palacio del rey de Portugal, mostrándote tan insensible s las alabanzas como a las injurias de los otros cortesanos con quienes tenías que alternar, y mereciendo por esta igualdad de ánimo que desde entonces te dieran los gloriosos títulos de santo y de mártir: alcánzame de la Divina Majestad que no me pague de las alabanzas de los hombres, ni me desanime por sus vituperios, para que no deje por respetos humanos lo que entienda ser de mayor gloria suya, y provecho de mi alma. Amén.
   
Ahora se rezarán tres Padre nuestros, tres Ave Marías y tres Gloria Patris en honra de San Juan de Brito, y luego se pedirá mentalmente al Señor, por sus méritos, la gracia especial que se desea alcanzar.
   
ORACIÓN FINAL PARA TODOS LOS DÍAS
Amadísimo Jesús mío, Unigénito de Dios, esplendor de su gloria, y figura de su sustancia, que habiéndonos enseñado por Vos mismo el camino de la vida eterna, deseoso de que todos los hombres se salvasen y viniesen al conocimiento de la verdad, mandasteis luego a los Apóstoles predicasen el santo Evangelio a toda criatura, y después habéis perpetuado la misma predicación por otros varones apostólicos, a quienes habéis dado un nuevo socorro en estos últimos tiempos con la fundación de la Compañía de vuestro dulcísimo Nombre. Concededme benignamente, por los méritos y martirio de San Juan, que os dio a conocer en cinco reinos infieles, la gracia de enseñar y practicar vuestra celestial doctrina siempre y en todo lugar, para salvar mi alma y las de mis prójimos; y además otorgadme, si conviene a vuestra mayor gloria y mi provecho espiritual, la merced especial que os pido en esta Novena. Amén.
  
GOZOS EN HONOR A SAN JUAN DE BRITO, MÁRTIR DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS
  
Pues tu apostólico ardor
Logró ya palma y laurel:
Victoria contra Luzbel
Nos logre, Juan, tu favor.
    
Noble sangre lusitana,
Que en tus venas circulaba,
A altos puestos te llamaba,
Cuando a vestir la sotana
De jesuita el Señor
Te llamó y cumpliste fiel.
Victoria contra Luzbel
Nos logre, Juan, tu favor.
    
De tu espada solo el brillo
Solo al blandir de tu lanza,
Tiembla la infame pujanza
Del infierno y su caudillo.
Lucha pues, y a tu vigor
Sucumba la hueste infiel:
Victoria contra Luzbel
Nos logre, Juan, tu favor.
    
De combatir sed ardiente
Tu corazón devorando.
Gritos de guerra lanzando,
Las playas bruscas de Oriente.
Del vicio allí tu valor
El cetro rompió cruel:
Victoria contra Luzbel
Nos logre, Juan, tu favor.
    
Tú desembarcas ligero
Del Indostán en la orilla,
Y el falso Brahma se humilla,
Y cede a tu afán guerrero.
Nada resiste a tu ardor
De Persia a Coromandel:
Victoria contra Luzbel
Nos logre, Juan, tu favor.
    
En vano satán levanta
Contra ti reyes tiranos,
Y el ímpetu de sus manos
Tus carnes feroz quebranta.
De su implacable furor
Triunfa tu espíritu fiel:
Victoria contra Luzbel
Nos logre, Juan, tu favor.
    
Cebad en él vuestras sañas,
Romped su cuerpo, crueles,
Que así cortaréis laureles
Para premiar sus hazañas;
Labrará vuestro rencor
De su corona el joyel:
Victoria contra Luzbel
Nos logre, Juan, tu favor.
    
Su voz retumba valiente
Cual trueno en el arduo monte:
Y cual llena el horizonte
De luz el sol desde oriente:
Tal su celeste esplendor
Cubre el indiano vergel:
Victoria contra Luzbel
Nos logre, Juan, tu favor.
    
Volando sus ecos van
Para salud de las gentes:
Vida y calor refulgentes
Sus rayos a todos dan.
¿Por qué con tanto rigor
Os levantáis contra él?
Victoria contra Luzbel
Nos logre, Juan, tu favor.
    
Tremendo el combate fue:
Mayor es, ¡oh Juan!, tu gloria:
La tierra canta victoria
Y el Cielo triunfar te ve.
Palma de eterno verdor
Te ciñe el Dios de Israel:
Victoria contra Luzbel
Nos logre, Juan, tu favor.
    
Desde esa excelsa morada
Do te recreas glorioso,
Sobre el fiel, que piadoso
Te invoca, da una mirada.
Del mar amansa el furor,
Guía al puerto su bajel.
Victoria contra Luzbel
Nos logre, Juan, tu favor.
  
Pues tu apostólico ardor
Logró ya palma y laurel:
Victoria contra Luzbel
Nos logre, Juan, tu favor.
    
Antífona: Este Santo peleó por la ley de su Dios hasta la muerte, y no temió las amenazas de los impíos, porque estaba fundado sobre la firme piedra.
℣. De gloria y honra le coronaste, oh Señor.
℟. Y le pusiste sobre las obras de tus manos.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que para propagar la fe católica entre los indios fortaleciste con invicta constancia a Tu Mártir San Juan; concédenos por sus méritos e intercesión, que los que celebramos la memoria de su triunfo, imitemos también los ejemplos de su fe. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
  
Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar.
  
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO – 27 DE ENERO
Por la Señal…
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PROPIA DE ESTE DÍA
Gloriosísimo mártir San Juan de Brito, que oída la voz del Padre celestial, que te llamaba a la Compañía de su Santísimo Hijo Jesucristo, dejaste al punto por seguirle en verdadera desnudez de espíritu, los bienes temporales, las distinciones mundanas y honras de la corte, tu madre y hermanos, y todas las cosas; alcánzame del Padre de las luces las que necesito para concertar todas las acciones de mi vida según su divino beneplácito, y una suma docilidad a sus primeras inspiraciones, para que aprovechadas estas me dé otras nuevas, con que vaya creciendo de día en día en la perfección propia de mi estado. Amén.
  
Tres Padre nuestros, tres Ave Marías y tres Gloria Patris. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
   
DÍA TERCERO – 28 DE ENERO
Por la Señal…
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PROPIA DE ESTE DÍA
Invicto mártir de Jesucristo, San Juan de Brito, que te negaste a ti mismo desde la flor de tu edad y llevaste durante el resto de ella tu cruz siguiendo al divino Maestro e imitándole en todo, y muy principalmente en no perdonar fatiga de ninguna especie para ganarle almas que Le sirviesen fielmente y amasen de todo corazón; ruégote, amadísimo abogado y protector mío, interpongas tu eficaz valimiento con nuestro amantísimo Redentor, para que se digne darme la perfecta abnegación de mi voluntad, la constancia en llevar hasta la muerte la cruz de mi estado, y la mayor semejanza posible de todos mis afectos, palabras y acciones con las suyas. Amén.
  
Tres Padre nuestros, tres Ave Marías y tres Gloria Patris. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
   
DÍA CUARTO – 29 DE ENERO
Por la Señal…
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PROPIA DE ESTE DÍA
Bienaventurado San Juan de Brito, que abrasado del ardiente deseo de llevar la luz del sagrado Evangelio a la gentilidad, hiciste reiteradas instancias a los Superiores para que te destinasen a las Misiones más penosas y difíciles, y habida su licencia, superaste con inaudito valor y rara prudencia las gravísimas dificultades que se atravesaron para impedirte la salida de la corte de Lisboa, triunfando segunda vez del mundo, de la sangre y de ti mismo; meréceme del Señor, que te alentó en tantas luchas como hubiste de sostener con tan temibles enemigos, copiosa gracia, que me facilite tan completa victoria de los míos, que caigan a mis pies, y pase por encima de ellos en seguimiento de nuestro divino Capitán Jesús. Amén.
  
Tres Padre nuestros, tres Ave Marías y tres Gloria Patris. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
   
DÍA QUINTO – 30 DE ENERO
Por la Señal…
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PROPIA DE ESTE DÍA
Oh celosísimo misionero Sam Juan de Brito, que hiciste en la India oriental la vida más austera, privándote para siempre del vino, de la carne y del pescado por ganar aquellas almas infieles, que jamás te hubieran dado oídos ni hubieran apreciado debidamente la ley del verdadero Dios si te hubiesen visto vivir con menos aspereza que sus brahmanes; impétrame del Señor tal aprecio y estimación del alma, que no repare en sacrificar las comodidades de esta vida, ni el reposo, ni aun a mí mismo, no sólo por mi salvación eterna sino también por la del prójimo. Amén.
  
Tres Padre nuestros, tres Ave Marías y tres Gloria Patris. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
   
DÍA SEXTO – 31 DE ENERO
Por la Señal…
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PROPIA DE ESTE DÍA
Oh San Juan de Brito, que pudiste dar las mismas señales de tu divina misión que el Apóstol de las gentes, pues también padeciste por la conversión de los infieles con heroica paciencia todo género de trabajos, hambre, sed y desnudez, largas vigilias, incesantes afanes, peligros de inundaciones, temores de las fieras y animales ponzoñosos, y tres naufragios en solo uno de tus continuos viajes: suplícote humildemente me consigas del Señor aquella heroica paciencia que perfecciona las obras de los justos, para que sean perfectas y cabales todas las mías sin faltar en cosa alguna. Amén.
  
Tres Padre nuestros, tres Ave Marías y tres Gloria Patris. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
   
DÍA SÉPTIMO – 1 DE FEBRERO
Por la Señal…
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PROPIA DE ESTE DÍA
Valerosísimo atleta de Jesucristo, San Juan de Brito, que sufriste por espacio de muchos días, no solo con extraordinaria paciencia, sino con inexplicable contento, ser insultado, abofeteado, apaleado, sumergido en un estanque, y azotado bárbaramente por ocho verdugos sobre una roca hecha fuego por los rayos de un sol abrasador; impétrame de Dios nuestro Señor la doble gracia de que, a imitación tuya, lejos de desmayar en las tribulaciones con que se digne acrisolarme su adorable Providencia, me goce de que se me proporcione ocasión de padecer por el nombre de su Santísimo Hijo Jesucristo. Amén.
  
Tres Padre nuestros, tres Ave Marías y tres Gloria Patris. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
   
DÍA OCTAVO – 2 DE FEBRERO
Por la Señal…
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PROPIA DE ESTE DÍA
Humildísimo siervo de Cristo, San Juan de Brito, que vuelto a Europa adornado con las cicatrices de tu primer martirio, renunciaste repetidas veces el honroso cargo de maestro del príncipe heredero de la corona de Portugal, y activados los negocios de la santa obediencia regresaste gozoso a la India, donde poco después declaraste abiertamente al rey de Portugal, que quería elevarte a la Silla arzobispal de Cranganor, que jamás trocarías la palma del martirio por la mitra episcopal; ruégote me alcances del Señor la verdadera humildad, para que, a tu imitación, no ambicione jamás las honras ni las distinciones de la tierra, sino la Cruz de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
  
Tres Padre nuestros, tres Ave Marías y tres Gloria Patris. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.
   
DÍA NOVENO – 3 DE FEBRERO
Por la Señal…
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PROPIA DE ESTE DÍA
Infatigable apóstol del Maduré y Maravá, San Juan de Brito, que después de haber instruido y bautizado con indecible trabajo más millares de gentiles que todos tus predecesores en el ministerio apostólico, tuviste la inestimable dicha que anhelaste toda tu vida, de ser degollado y descuartizado en odio de nuestra santa fe católica; aboga en este último día de tu Novena por mí, indignísimo pecador, ante el trono de la divina misericordia, y alcánzame del Señor el don de la perseverancia final en su santo servicio, para que peleando varonilmente sus batallas hasta la muerte, merezca ser coronado contigo por el mismo Señor en la Jerusalén celestial. Amén.
  
Tres Padre nuestros, tres Ave Marías y tres Gloria Patris. La Oración y los Gozos se dirán todos los días.

martes, 13 de enero de 2026

TRIDUO EN HONOR AL BEATO FRANCISCO DE CAPILLAS

Triduo publicado en la Breve reseña de la vida, apostolado y martirio del Bienaventurado Francisco de Capillas por el P. Fray Alfonso M. Bianconi OP, traducido del italiano al español por el P. Fray Feliciano Martín y publicado en Manila por la Imprenta de Santo Tomás en 1909. 
   
TRIDUO EN HONOR DEL BIENAVENTURADO FRANCISCO CAPILLAS
   

   
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Criador y Salvador mío, en quien creo, en quien espero, a quien amo sobre todas las cosas, y en cuya fe, esperanza y caridad quiero vivir y morir. Detesto, Señor, mis pecados porque por ellos merecí el infierno y perdí la gloria eterna; por la fealdad misma del pecado en vuestra divina presencia los detesto sobre todo por ser vos la misma bondad infinita a quien ofendí. Os amo, Señor, sobre todas las cosas y de todo corazón me pesa haberos ofendido. Propongo, Dios mío, movido de vuestra santa gracia, que os pido encarecidamente por la poderosa mediación de vuestra Augusta Madre la Santísima Virgen del Rosario, confesarme, enmendarme, cumplir la penitencia que me fuere impuesta y apartarme en lo sucesivo de toda ocasión de culpa. Postrado y avergonzado ante vuestras soberanas plantas, os pido, piadosísimo Jesús, que perdonéis generosamente todos mis pecados por los méritos de vuestra Santa Encarnación y del penoso apostolado de vuestra vida inmortal, por los de vuestra Sangre, Pasión y muerte y por las entrañas de vuestra bondad y misericordia infinitas.
  
Dadme vuestro eficaz amparo para enmendarme y para perseverar ferviente y fiel en vuestro santo servicio hasta la muerte. Amén. 

DÍA PRIMERO - 12 DE ENERO
ORACIÓN PARA EL DÍA PRIMERO
Fidelísimo Confesor de la fe de Jesucristo, Bienaventurado P. Francisco. Capillas, gloria de España y del Orden Sagrado de Predicadores: Tú, que desde los momentos primeros de tu vida mortal fuiste grato al Criador, que te predestinaba para insigne Corifeo de sus glorias en dilatadísimas comarcas de la tierra; tú que enderezaste solícito tus primeros pasos al diligente servicio de nuestro Dios y Señor, aspirando ansioso los perfumes del sagrado incienso ante los altares amados del Cordero sin mancilla; tú que, para ligarte con más estrechos lazos en el obsequio de tu amadísimo Jesús y de su divina Madre María, abandonaste gustoso los halagos del mundo, y te acogiste a las austeras sombras del claustro del Orden do Santo Domingo; tú que habiendo sido, en tus tiernos años en el mundo, estrella de piedad y buen ejemplo para los fieles cristianos, fuiste en la Religión sol refulgente para los que dejaste en el mundo, y para los que te acompañaban en el Claustro, atesorando, de día en día caudal inmenso de virtudes que habían de fecundar a su tiempo el ameno vergel de la Iglesia Católica.
   
Acuérdate de estos tus fieles devotos, pobres pecadores, que aquí se congregan en celebración de tus solemnes triunfos, y desde el excelso trono de tu gloria consíguenos de la infinita bondad de Dios que nos levantemos del cieno de nuestras culpas y sigamos firmes y leales las huellas luminosas de tus buenos ejemplos, para que merezcamos un día acompañarte gozosos en la bienaventuranza eterna de la gloria. Amén.
   
Aquí pedirá cada uno la gracia que desee conseguir del Bienaventurado Mártir. Padre Nuestro, Ave María y Gloria.
   
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Oh Mártir gloriosísimo que, con los piadosos ejemplos de una vida edificante, de un apostolado infatigable y fecundo y de un suplicio generosamente sufrido por el amor de tu Dios, confortas y consuelas al mundo cristiano y colmas de honor y jubilo a la Iglesia Católica, y particularmente al Orden de Santo Domingo y a estas regiones que embalsamaste con la fragancia de tus heroicas virtudes.
   
Desde ese trono de gloria que con tantas penalidades labraste en los días de tu santa vida, dígnate volver hacia nosotros tu apacible rostro y dirigirnos una mirada de paternal compasión. Humildemente postrados en tu presencia, te suplicamos fervorosamente que nos consigas del benignísimo Jesús, por tu mediación y la de su amorosa Madre la Inmaculada Virgen del Rosario, que conceda días prósperos y felices a la Iglesia Universal y a su Soberano Pontífice y demás Prelados del orbe católico, al Orden Sagrado de Predicadores y a las comarcas por él evangelizadas, y de un modo especial la Iglesia Católica de Filipinas, que por tantos enemigos es amenazada y combatida; que se disipen los nublados del cisma, las herejías y el indiferentismo religioso; que triunfen en este Archipiélago la fe y caridad cristianas, y que se alejen de nosotros las calamidades de la peste, del hambre, de las inundaciones y de los terremotos, y que se nos conceda vivir constantemente en la paz y temor de Dios, hasta que, después de una vida tranquila y fervorosa, merezcamos ser recibidos en los palacios eternos de la gloria, para gozar con vos el premio prometido a los justos por eternidad de eternidades. Amén.
   
HIMNO
   
Coro: Mártir que al Cielo
Júbilo das,
Suba a tu trono
Salmo triunfal. 
   
Tiñe las nubes
Luz de arrebol
Cuando al Empíreo
Vas vencedor.
Canta el arcángel
Tu redención,
Fulgida alfombra
Ríndete el sol.
   
Coro: Mártir que al Cielo
Júbilo das,
Suba a tu trono
Salmo triunfal. 
   
Senda de aljófar
Hollando vas,
Y el astro buscas
Del gran Guzmán.
De alta cumbre
Viéndote está,
Cércanle golfos
De claridad.
   
Coro: Mártir que al Cielo
Júbilo das,
Suba a tu trono
Salmo triunfal. 
   
Desde su diestra
Llámate ya,
La del Rosario
Reina inmortal.
Abre sus brazos,
Ríe su faz....
¡Que dulce gloria
Te va a anegar!
   
Coro: Mártir que al Cielo
Júbilo das,
Suba a tu trono
Salmo triunfal. 
   
¡Ya por los siglos
Eres feliz! 
¡Gracias al Cielo,
Gracias por ti!
¡Manda a tus fieles
Que ves gemir,
Grato recuerdo 
De tu festín!
   
Coro: Mártir que al Cielo
Júbilo das,
Suba a tu trono
Salmo triunfal. 
   
℣. Ruega por nosotros, bienaventurado Francisco Capillas.
℞. A fin de que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.
  
ORACION
Oh Dios, que fortaleciste la fe de tu bienaventurado mártir Francisco con admirable constancia, concede propicio a tu Iglesia que, auxiliada por sus oraciones, merezca celebrar en todas partes nuevos triunfos de la fe. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO - 13 DE ENERO
Por la señal…
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PARA EL DÍA SEGUNDO
Fervientísimo Apóstol de la fe de Jesucristo, Bienaventurado Padre Francisco Capillas, antorcha de la Religión verdadera en las Islas Filipinas y en el Imperio de la China: Tú, que a imitación del insigne Patriarca Santo Domingo de Guzmán y bajo los dulces auspicios de tu amadísima Reina y Patrona la Virgen Santísima del Rosario, esparciste abundantemente por estas regiones orientales, a la par que las luces benéficas del buen ejemplo, las sublimes doctrinas de Cristo nuestro Bien, fecundas con el riego de tus sudores, lágrimas y penitencias, y extirpaste de la mies del Evangelio la cizaña y las espinas que en ella sembraba el enemigo de la salvación de las almas, arrostrando valeroso los innumerables obstáculos que a tu ministerio oponían a cada paso los espantosos elementos de la naturaleza, de la malicia humana y del infierno, envidioso de tus múltiples victorias.
   
Acuérdate de estos tus fieles devotos, pobres pecadores, que aquí se congregan en celebración de tus solemnes triunfos, y alcánzanos de la bondad infinita de Dios que sepamos arrepentirnos eficazmente de nuestros pecados y errores pasados; que arraiguemos en nuestras almas la fecunda semilla de las verdades cristianas que predicaste en el mundo, y que vivamos constantemente conforme a las sagradas máximas del Evangelio con fervor más intenso cada día, hasta que, satisfecho el Cielo de nuestros servicios, nos llame a gozar contigo las delicias eternas de la gloria. Amén.
  
Pidase la. gracia ele. Padre nuestro.
   
DÍA TERCERO - 14 DE ENERO
Por la señal…
Acto de Contrición.
   
ORACIÓN PARA EL DÍA TERCERO
Gloriosísimo Mártir de la fe de Jesucristo, Bienaventurado Padre Francisco Capillas, adalid eminente que por el amor de tu Dios derramaste generoso, en la reñida campaña hasta la última gota de tu sangre, y rubricaste con ella las enseñanzas de la santa Fe Católica: tú, que inflamado en el volcán de la caridad divina, trabajaste incansable en difundir entre los hombres extraviados la fe, la esperanza y el amor del Cordero inmaculado que se dejó inmolar por la redención del mundo: tú, que a semejanza de nuestro dulcísimo Salvador, padeciste en tu penoso apostolado tenaz persecución de los poderes de la tierra y del infierno; tú, que en tu misión sagrada cosechaste mies abundante para los trojes del Paraíso: tú que confesaste valerosamente el nombre de Dios ante los tribunales paganos, en las inmundas cárceles y en el patíbulo sangriento hasta doblar tu cuello inocente a la segur del verdugo, sacrificando tu vida en hostia agradable al divino Redentor.
  
Acuérdate de estos fieles devotos, pobre pecadores, que aquí se congregan en celebración de tus solemnes triunfos, y alcánzanos de Dios que, purificadas nuestras almas de toda mancha de pecado, sintamos de día en día avivarse en nuestro espíritu la llama de la fe, de la esperanza y del amor divino, y redoblarse nuestro valor para arriesgarnos a los más costosos sacrificios en el fervoroso cumplimiento de nuestros deberes religiosos, perseverando firmes en la carrera del bien, hasta que merezcamos seguiros a disfrutar, después de una santa muerte, las inmarcesibles coronas de la gloria. Amén.
   
Pi'dase la qracia' etc. Pad~re Niiestro. (Oraci6n. Para todos los di'as. pig. 94)
   
El Excmo. Ilmo. Sr. Arzobispo de Manila, el día 9 de Diciembre de 1909, se ha dignado conceder 100 días de indulgencia a todos los que hicieren devotamente este Triduo, rogando por las intenciones del Sumo Pontífice.

lunes, 1 de diciembre de 2025

BEATO ANTONIO BONFADINI, SACERDOTE FRANCISCANO


La familia Bonfadini era muy distinguida en Ferrara, donde nació Antonio en 1400. En la universidad local se laureó en 1439. A los 37 años entró entre los Hermanos Menores en el convento del Santo Spirito en Ferrara y se distinguió por la fidelidad a la regla franciscana, por su espíritu de oración y su provechosa predicación.
   
Ordenado sacerdote, fue atraído por la predicación de San Bernardino de Siena, que había producido un despertar maravilloso de virtudes también entre sus cohermanos. Comenzó de inmediato a recorrer los caminos de Italia como predicador de la divina palabra. Es el siglo XV, el siglo de oro de la predicación y de la santidad franciscanas. Antonio se integró en esta estela luminosa. Baste recordar la tríada espléndida: San Jaime de la Marca, San Juan de Capistrano y San Bernardino de Siena. En semejante clima no es de admirar que Antonio se sintiese atraído a la santidad. Este intenso y fructuoso apostolado desempeñado en estas regiones de Italia duró algunos decenios, y llevó muchísimas almas a una renovación de la vida cristiana.
   
Sus superiores le enviaron en misión a Tierra Santa,  para que extendiera su apostolado también a los pueblos a los cuales todavía no había llegado la luz del Evangelio. Es más fácil imaginar que describir la emociones espirituales de Antonio recorriendo los mismos caminos de Palestina que Cristo, la Santísima Virgen y los Apóstoles habían recorrido, meditando la vida, la Pasión y la muerte de Cristo Hombre-Dios.
   
No sabemos con certeza cuánto tiempo permaneció en Palestina, qué actividades desempeñó. Su edad muy avanzada lo hacía incapaz de una actividad apostólica normal, quizás por eso decidió regresar a la patria. Lleno de méritos y de años con profundo pesar, emprendió el viaje de regreso, que fue más pesado que el de ida. Su meta debía ser el convento de Ferrara, donde deseaba terminar sus días. Al llegar a Italia, olvidándose del cansancio, de las enfermedades y de los años, reemprendió con renovado ardor su apostolado de predicación en las cuidades y campos. Fue inmenso el bien realizado en este final de su vida. Agotadas sus fuerzas, entregó su alma a Dios en Cotignola, en el Hospital de los Peregrinos el 1 de diciembre de 1482. Tenía 82 años de edad.
   
Un año después, su cuerpo permanecía incorrupto. En su sepulcro se obraron muchos milagros. Algunos años más tarde, los franciscanos fundaron un convento en Cotignola y trasladaron los restos del beato a su iglesia. El Papa León XIII aprobó su culto el 13 de mayo de 1901.