Traducción del artículo publicado por M.V. en MANCIPIUM VIRGINIS (
Parte 1 y
Parte 2).
«Aquel
primado apostólico que el Romano Pontífice posee sobre toda la Iglesia
como sucesor de Pedro, príncipe de los apóstoles, incluye también la
suprema potestad de magisterio. Esta Santa Sede siempre lo ha mantenido,
la práctica constante de la Iglesia lo demuestra, y los concilios
ecuménicos, particularmente aquellos en los que Oriente y Occidente se
reunieron en la unión de la fe y la caridad, lo han declarado».
(Concilio Vaticano I, Constitución Pastor Ætérnus, cap. IV).
Habiendo
pues visto el dogma de la infalibilidad del Papa, y admitiendo que
aunque los santos pueden errar, ellos no se separan de la enseñanza de
la Santa Sede, exploremos algunos testimonios sobre la cuestión por
largo tiempo debatida de la muerte de San Juan Evangelista.
En
su sexto volumen de su “Histoire générale de l’Église”, página 512, el
padre Joseph-Epiphane Darras acepta la muerte de San Juan:
«Él
se durmió en el Señor, el último de los doce apóstoles, casi a los cien
años (99) de edad. Puede ser que los Efesios se halagaran de que “Juan
no moriría”. Pero, como el santo evangelista lo había observado él
mismo, Nuestro Señor no había hablado de tal suerte. El cuerpo de San
Juan recibió la sepultura sobre una montaña vecina de Éfeso».
En su
Historia de San Juan,
en la página 352, donde se lee también las opiniones contradictorias de
los autores graves sobre la muerte de San Juan Evangelista, el padre
Étienne Maistre da una narración auténtica de los discípulos de San Juan
que le han visto morir con sus propios ojos:
«Después
descendió y se acostó en la tumba, donde había extendido sus
vestiduras, y nos dijo: -¡Hermanos, la paz esté con vosotros!
Habiendo
enseguida bendecido a todos los asistentes, y les había dicho adiós, él
se depositó vivo en su sepulcro, y ordenando que le cubrieran y
glorificaran al Señor, entregó el espíritu en el mismo instante».
En la
Vida de los santos,
Los Pequeños Bolandistas, volumen 14, página 492, Mons. Paul Guérin,
camarero del Papa Pío IX, se expresa también sobre la muerte de San Juan
Evangelista:
«Habíamos dicho ya que
algunos autores habían creído que él no moriría, sino que Nuestro Señor
le había reservado con Enoc y Elías, para combatir al Anticristo al fin
del mundo. Esta es la opinión de San Hipólito, obispo de Porto, en su
Tratado de la consumación del mundo, pero ello no es sostenible; pues,
por un lado, San Juan lo rechaza él mismo en su Evangelio, por estas
palabras: Et non dixit Jesus: non móritur: “Y Jesús no dijo que
este discípulo no debía morir”; por el otro, en su Apocalipsis, hablando
de los combates contra el Anticristo no hace mención sino de dos
testigos, que predicarán por mil doscientos sesenta días, revestido de
sacos, y que serán finalmente masacrados por la bestia, toda la
antigüedad no duda de su muerte, no más que de las de los otros
Apóstoles... El papa San Celestino I, en su Epístola a los Padres del
Concilio de Éfeso, habla así de sus reliquias, que eran honradas en
esta ciudad... La Iglesia cree que su muerte fue natural y que, después
de haber bebido el cáliz del Señor al pie de la cruz y luego que fue
arrojado en Roma en un caldero de aceite hirviendo, expiró apaciblemente
en Éfeso el 27 de diciembre».
En su Año litúrgico,
tiempo de Navidad, tomo 1, Dom Guéranger, habiendo citado los cánticos
que la Iglesia griega consagra a San Juan (página 353), se expresa
también sobre su muerte, en la página 342:
«Este
pasaje del Evangelio [sobre la muerte de San Juan] ha frecuentemente
ocupado a los Padres y los comentadores. Se ha creído ver la
confirmación del sentimiento de aquellos que han pretendido que San Juan
fue eximido de la muerte corporal, y que incluso esperará, en su sede, a
la venida del Juez de vivos y muertos. Debe verse, por tanto, con la
mayor parte de los santos doctores, la diferencia de las dos vocaciones
de San Pedro y de San Juan. El primero seguirá a su Maestro, muriendo,
como Él, sobre la cruz; el segundo será reservado; asistirá a una feliz
vejez; y verá venir a su Maestro que le llevará de este mundo por una
muerte tranquila».
Según
los comentarios de la Biblia de Fillion, tomo 7, página 462, está
escrito que San Juan murió en Éfeso, hacia el año 100, bajo el imperio
de Trajano.
La
Biblia Martini es otra fuente muy importante donde se encuentran notas
preciosas sobre la muerte de San Juan Evangelista. Esta es la Vulgata
traducida al italiano con notas y citas de los Padres de la Iglesia por
Mons. Antonio Martini. Ella fue la gran Biblia católica oficial italiana
casi por 200 años. La Biblia Martini fue aprobada en su totalidad por
el Papa Pío VI con un Breve del 16 de abril de 1778. Ella no es
solamente la traducción en italiano de la Vulgata, sino también una
comparación y una verificación escrupulosa, palabra por palabra, con los
manuscritos hebreos, griegos y arameos. En cada uno de sus 26 volúmenes
se encuentran también las variaciones entre estos manuscritos y la
Vulgata. Está dicho también que en las ediciones después de 1870, todas
las notas originales fueron remplazadas.
En
el prefacio del Evangelio de San Juan, volumen 22 de la Biblia Martini,
página 327, y también según los comentarioss del verso 21:21, está
escrito que San Juan murió alrededor de 30 años después de la
destrucción de Jerusalén. En cuanto a la creencia de que San Juan no
moriría, que no resucitaría, sino que vivirá hasta el último día del
mundo para pasar después de la vida temporal a la vida eterna con
Jesucristo, el Evangelista dice que esta interpretación no se ajusta a
las palabras de Cristo, que jamás había dicho que Juan no moriría o que
debía esperar en el mundo Su última venida.
Terminemos con la Biblia de Vence, muy conocida como para hacer su elogio.
En
el volumen 19, páginas 628-643, se halla una disertación detallada
sobre la muerte de San Juan Evangelista. Los autores sagrados (Padres de
la Iglesia, doctores, etc.) de la Iglesia griega y latina dan opiniones
contrarias sobre la muerte del Evangelista. Se puede consultar por sí
mismo estas opiniones, porque actualmente la Biblia de Vence está casi
totalmente disponible en línea. Le falta solamente el volumen 3, que no
ha sido numerizado todavía. Los otros 24 volúmenes de la cuarta edición
de esta Bibia pueden consultarse aquí:
http://books.google.fr/books?id=3Nw7AAAAcAAJ&printsec=frontcover&dq=%22augustin+calmet%22&lr=&as_brr=1&cd=17#v=onepage&q=&f=false
Léase
la conclusión magistral de esta disertación, volumen 19, página 643,
conclusión que responde también a los cánticos que la iglesia griega
consagra a San Juan:
«Se
hace pues concluir que la opinion que tienen que San Juan no está
muerto, o que está resucitado, no está apoyada sobre ningún fundamento
sólido, y que ni los antiguos ni los modernos, a excepción de un muy
pequeño número de autores, jamás la consideró sino una opinión popular,
que no merecía ninguna creencia. Es en vano que se vea poner en este
partido a la Iglesia latina; ella jamás adoptó este sentimiento. Para
los griegos, nosotros los abandonamos sin pena. Después de su cisma,
están sepultados en una ignorancia, en los errores y las supersticiones
bien lejanas de la antigua capacidad y de la piedad de sus antepasados».
La Santa Iglesia Católica Romana cree y enseña la muerte de San Juan y su pertenencia a la Iglesia triunfante en el Cielo.
Pruebas extraídas de la interpretación de la Santa Escritura
En la página 48 del libro del padre Joachim Joseph Berthier, Abrégé de théologie dogmatique et morale,
(1928), el precioso manual que ha recibido el elogio de Roma, de muchos
Obispos y Superiores de diversas Congregaciones, está escrito:
«[...]
es evidente que la Iglesia es infalible en la disciplina general, de
tal suerte que ella no puede ordenar nada contra las buenas costumbres;
ella es infalible en la interpretación de la Sagrada Escritura, en los
juicios que ella hace sobre las traducciones de los Libros Santos, en
las cosas que en la tradición de las verdades reveladas...».
En la página 62, se lee:
«Toda la Escritura ha sido divinamente inspirada. (II. Tim., III, 16)...
León
XIII dice: “El Espíritu Santo de tal manera excitó y movió con su
influjo sobrenatural a los Escritores inspirados para que escribieran,
de tal manera los asistió mientras escribían, que ellos concibieran
rectamente todo y sólo lo que Él quería, y lo quisieran fielmente
escribir, y lo expresaran aptamente con verdad infalible; de otra
manera, Él no sería el autor de toda la Sagrada Escritura” (Encíclica Providentíssimus Deus, sobre los estudios de la Sagrada Escritura).
[...]
Es cierto, es incluso de fe, después del Concilio de Trento, que la
inspiración se extiende a cada uno de los Libros Santos, y a sus
diversas partes, y por consiguiente a las historias, aunque ellas no
sean todas dogmas de fe, puesto que no tocan aquí en nada la fe ni las
costumbres, pero, negándolas, se niega implícitamente la inspiración,
que es de fe. No se puede tolerar, dijo el Papa León XIII, la opinion de
los que piensan falsamente que la Inspiración divina no se aplica sino a
los objetos que interesan a la fe o las costumbres».
En la página 66, se lee:
«León
XIII estableció en Roma una Comisión Bíblica para responder a las
preguntas que se presenten al respecto sobre la Escritura Santa. Pío X
declaró que uno debe someterse a las respuestas dadas por esta
comisión y aprobadas por el Santo Padre, como a las de las
congregaciones romanas, y que no se las puede combatir de palabra o por
escrito sin falta grave».
Esta
declaración del Papa San Pío X sobre la autoridad y las decisiones de
la Comisión Bíblica Pontificia se puede encontrar en su Motu Próprio Præstántia Scriptúræ, del 18 de noviembre de 1907 (Denzinger: 2113).
En la página 48 del libro del padre Berthier se lee:
«[...] en la encíclica Quanta cura
del 8 de diciembre de 1864, Pío IX condenó, como soberanamente
contraria al dogma, la opinión que pretende: “a aquellos juicios y
decretos de la Silla Apostólica, cuyo objeto se declara pertenecer al
bien general de la Iglesia y a sus derechos y disciplina, con tal empero
que no toque a los dogmas de la Fe y de la moral, puede negárseles el
asenso y obediencia sin cometer pecado, y sin detrimento alguno de la
profesión católica”».
Después que todas las obras de Mons. Louis Gaston de Ségur fueron honradas por los Breves del Papa Pío IX. En el libro Le Dogme de l’infaillibilité, Mons. de Ségur escribió:
«[...]
Hay bastantes puntos de doctrina que, sin ser definidos formalmente,
son por tanto enseñados de tal forma por la Iglesia, que exigen la
sumisión entera del espíritu; estos son los que “son admitidos por el
consentimiento común y constante de los católicos como verdades
teológicas, y aun como conclusiones tan ciertas, que las opiniones
opuestas a ellas, aunque no puedan ser apeladas heréticas, no merecen
menos otra censura teológica”. Así habló el Papa Pío IX, en su Breve
Apostólico Tuas libénter del 23 de diciembre de 1863, al obispo de
Maguncia» (Œuvres de Mgr. de Ségur, tomo VI, página 264).
En el mismo libro, en las páginas 225-226, está escrito:
«[...]
Y después, se confunde aquí dos cosas totalmente distintas: la
autoridad de la Iglesia y la infalibilidad de la Iglesia: La
infalibilidad no trata y no puede tratar sino sobre las cuestiones de
doctrina, en tanto que sean o no conformes a la revelación; la autoridad
trata sobre las cuestiones de conducta, de gobierno, de administración.
La infalibilidad nos obliga a creer las verdades que ella define; la
autoridad, a obedecer a las leyes, a las prescripciones impuestas.
[...]
Si se comprenden mejor las cosas de la fe, se encontrará sencillo que
el Jefe de la Iglesia sea infalible. Puesto que el Papa es el Jefe de la
Iglesia, de ahí que su infabilidad no es, después de todo, sino la
infalibilidad de la Iglesia, determinada con más precisión».
«[...]
El espíritu católico romano es la antípoda de la revuelta; el orgullo y
la insumisión no le son menos opuestos que la ignorancia y la mentira.
Él detesta los subterfugios por los cuales se atenta sustraerse al yugo
de la obediencia; entre otras estas máximas, estos usos, que se han
puesto desde mucho tiempo atrás, como una muralla china que aísla
nuestras Iglesias y las defiende contra las influencias de la Santa
Sede. “En Francia, se dice, esto no obliga...”» (Œuvres
de Mgr. de Ségur, tomo III, página 301).
Y el gran Papa Pío IX, en su encíclica Qui Plúribus del 9 de noviembre de 1848 escribió esto:
«[...]
“De aquí aparece claramente cuán errados están los que, abusando de la
razón y tomando como obra humana lo que Dios ha comunicado, se atreven a
explicarlo según su arbitrio y a interpretarlo temerariamente, siendo
así que Dios mismo ha constituido una autoridad viva para enseñar el
verdadero y legítimo sentido de su celestial revelación, para
establecerlo sólidamente, y para dirimir toda controversia en cosas de
fe y costumbres con juicio infalible...
[...] Donde está Pedro allí está la Iglesia [San Ambrosio, in Ps. 40, 30 (Migne, Patrología Latina 14, Mansi, Colléctio Conciliórum 6, col. 971-A 1134-B)], y Pedro habla por el Romano Pontífice [Concilio de Calcedonia, Actio 2 (Mansi, Colléctio Conciliórum 6, col. 971-A)], y vive siempre en sus sucesores, y ejerce su jurisdicción [Concilio de Éfeso, Actio 3 (Mansi, Colléctio Conciliórum 4, col. 1295-C)] y da, a los que la buscan, la verdad de la fe [San Pedro Crisólogo Epístola a Eutiques (Migne, Patrología Latina
52, col. 71D)]. Por esto, las palabras divinas han de ser recibidas en
aquel sentido en que las tuvo y tiene esta Cátedra de San Pedro, la
cual, siendo Madre y Maestra de las Iglesias [Concilio de Trento, sesión
7ª, De baptísmo. Canon III (Mansi, Colléctio Conciliórum
33, col. 53)], siempre ha conservado la fe de Cristo Nuestro Señor,
íntegra, intacta. La misma se la enseñó a los fieles mostrándoles a
todos la senda de la salvación y la doctrina de la verdad incorruptible.
Y puesto que ésta es la principal Iglesia de la que nace la unidad sacerdotal [San Cipriano, Epístola 55 al Pontíce Cornelio (Migne, Patrología Latina
3, Epist. 12 Corn., col. 844-845)], ésta la metrópoli de la piedad en la
cual radica la solidez íntegra y perfecta, de la Religión cristiana
[Cartas sinodales de Juan de Constantinopla al Pontífice Hormisdas; y
Sozomeno, Historia Eclesiástica, lib. 3, cap. 8], en la que siempre floreció el principado de la Cátedra apostólica [San Agustín, Epístola 162 (Migne, Patrología Latina
[Epist. 43, 7] 33, col. 163)], a la cual es necesario que por su
eminente primacía acuda toda la Iglesia, es decir, los fieles que están
diseminados por todo el mundo [San Ireneo, Contra Hæréses, lib. 3, cap. 3 (Migne, Patrología Græca 7-A, col. 849-A)], con la cual el que no recoge, desparrama [San Jerónimo, Epístola 15, 2, al Papa Dámaso (Migne, Patrología Latina 22, col. 356)]...”.
[...] Así han hablado todos los Papas... » (Idem, tomo III, páginas 190-192).
«[...]
No sería demasiado decir y repetir: Roma, la ciudad de la tradición
papal, es la única fuente que hace pura la ciencia religiosa; y ahora,
como a comienzo del siglo décimo, cada uno de nosotros puede repetir con
toda verdad las bellas palabras de un sabio Obispo de Verona: “¿Dónde
puedo aprender más fácil y más segura las cosas que ignoro, sino
en la escuela de la Iglesia Romana? En materia de doctrinas, ¿saber en
cualquier parte lo que se ignora en Roma? Es allá donde brilla la
plenitud de los más grandes doctores, los príncipes más distinguidos de
la Iglesia universal, Roma es la ciudad que hace las leyes; ella es el
encuentro de todos los Pontífices; allá se discuten los cánones
sagrados, y se aprueba o se rechaza lo que debe ser observado y lo que
no merece serlo. Lo que Roma anula, no lo puede sostener nadie, y lo que
ella sostiene, nadie lo puede anular. ¿Dónde, pues, mi insuficiencia
encontrará un remedio más eficaz que en esta ciudad santa donde se ve
brotar la fuente de la luz?” [Raterio, Itinerárium romanórum]» (Idem, tomo III, página 300).
«[...]
La autoridad e infalibilidad del Papa son una de las más grandes
pruebas de amor, de misericordia, de bondad, que la Providencia haya
podido dar a cada uno de nosotros» (Idem, tomo VI, página 194-195).
«[...]
Es del Papa, es de Pedro que todo viene, porque es de Pedro quiense
recibe todo. La Iglesia toda entera, basada en la infalibilidad de
Pedro, es infalible; como el edificio todo entero, levantado sobre la
inmovilidad del cimiento, es inmovible con él. Y no lo olvidemos: la
inmovilidad, común a todo el edificio, el cimiento no la recibe, él la
da... » (Idem, tomo VI, páginas 229-230).
«[...]
La infalibilidad de la Iglesia y de los Concilios reposa pues sobre la
infalibilidad de la Iglesia Romana; la infalibilidad de la Iglesia
Romana viene de Pedro, que es su Doctor, su Pastor infalible; y es el
Hijo de Dios mismo quien ha investido a San Pedro de este pastorado y de
esta divina infalibilidad» (Idem, tomo VI, página 241).
«[...] En la enseñanza de la Iglesia, hay dos cosas muy distintas:
- La exposición y la definición de las verdades reveladas o
inspiradas; y esta parte de la enseñanza católica nos obliga a creer, so
pena no solamente de desobediencia, sino so pena de herejía. El
conjunto de estas verdades reveladas y definidas son el objeto de la fe
propiamente dicha;
- Todo el resto de la enseñanza de la Iglesia, que exige de parte de
todos los cristianos sin excepción no la fe, sino la sumisión sincera,
cordial, interior y exterior: esta obediencia, no menos que la fe,
obliga bajo pena de pecado grave. Ella trata, sin distinción alguna,
sobre todo lo que la Iglesia enseña, decreta, decide, ordena y defiende.
La fe reposa sobre la infalibilidad doctrina propiamente dicha: la
obediencia sobre la autoridad sobrerana de la Iglesia y de la Santa Sede
Apostólica.
Todo esto que la Iglesia decide y decreta, Nuestro Señor lo
decide y lo decreta por ella. Ella es la gran voz de Jesucristo en medio
del mundo...
[...] No, la Iglesia no puede errar en
nada. Ella no puede engañarse ni sobre el dogma ni sobre la moral, ni
sobre la santidad de los reglamentos y de las reformas disciplinarias;
ella no puede engañarse sobre la extensión ni sobre la aplicación de su
propio poder; lo que ella enseña, en y por esto solo que ella enseña, el
el derecho de enseñar; lo que ella rdena, ella tiene el derecho de
ordenar; lo que ella condena, ella tiene el derecho de condenar. Incluso
ella no puede actuar imprudentemente, no puede volver sobre los
derechos legítimos de lo que es. Ella no puede incluso quererlo. Nuestro
Señor y el Espíritu Santo, el Espíritu de verdad y de justicia, son los
que pueden impedirlo, pero ella no tiene la menor envidia, ni la menor
necesidad...
[...] Por tanto, la infalibilidad de
Jesucristo es la infalibilidad del Papa; y la infalibilidad de
Jesucristo y la del Papa es la infalibilidad del Concilio y de la
Iglesia...» (Idem, tomo VI, páginas 138-153).
Luego
que el Papa o la Iglesia Católica unida a él aprueba una interpretación
de la Sagrada Escritura, esta interpretación es infalible y ella debe
ser aceptada por los fieles al menos bajo pena de pecado grave. Los
fieles no pueden mantener opiniones contrarias a esta interpretación
porque ella es precisamente una enseñanza infalible de la Iglesia
Católica.
Es
un hecho histórico que la Biblia de Mons. Antonio Martini, la
traducción de la Vulgata con las notas, fue aprobada por el Papa Pío VI
con un Breve del 16 de abril de 1778. Y en esta Biblia, tomo 22, página
327, la muerte de San Juan es aceptada.
La traducción alemana de la Vulgata con comentarios del Dr. Joseph-Franz d’Allioli
fue también aprobada por el Santo Padre, el Papa Pío VIII, el 23 de
junio de 1817. En el comentario del verso 23 del capítulo XXI del
Evangelio de San Juan, tomo 7, en la traducción francesa aprobada, está
escrito:
«Los
contemporáneos de San Juan creían también que él no moriría. Según la
tradición de los Santos Padres, Juan murió a una edad muy avanzada hacia
finales del primer siglo, en Éfeso, de una muerte tranquila y dulce».
En
relación al Padre Fillion, miembro de la Pontificia Comisión Bíblica,
escribes que su opinión no es la enseñanza del magisterio.
Ahora,
en las primeras páginas del volumen 7 de la Biblia de Fillion, encontré
una carta del cardenal François Richard, Arzobispo de París, dirigida
al padre Louis-Claude Fillion el 25 de marzo de 1899. La eminencia
escribió cuanto sigue:
«[...]
Tu comentario del Antiguo Testamento está ahora concluido. Tengo que
felicitarte públicamente y decirte además que estoy gozoso de bendecir
tu obra.
Quiero resaltar primeramente que este
trabajo de uno de nuestros profesores del Instituto Católico de París no
se distingue menos por la pureza de la doctrina que por la solidez. Tú
estás firmemente adherido a las enseñanzas de la Iglesia, no te has
dejado deslumbrar por el brillo engañoso de una falsa ciencia, y has
tomado por guías, no a estos hombres temerarios que, privados de las
luces de la fe, se dejan llevar, en la explicación de las Santas
Escrituras, por todos loségarements de su imaginación, sino a los Padres
y los doctores que Jesucristo ha suscitado después de los Apóstoles
para interpretar su palabra.
Tú has sabido, al
mismo tiempo, no omitir nada de lo que hay de bueno y de útil en los
trabajos exegéticos de nuestro siglo. En todo te has aprovechado, en un
comentario sobrio, conciso y no por eso menos completo en lo que
permitían los límites de tu plan.
Por demás, has
sabido abreviar el comentario propiamente dicho y apartado una serie de
explicaciones inútiles, haciendo del texto sacro un análisis sabio, que
es la parte más destacada de tu trabajo. Por la indicación de las
divisiones y subdivisiones de cada libro sagrado y por la exposición
clara y precisa del concatenamiento lógico de las ideas, muchos de los
desarrollos que se encuentran en los antiguos comentarios y que a veces
los encubren no tienen más su razón de ser; y gracias a este hilo
conductor que pones en nuestras manos, podemos, para servirme de tu
expresión, “descansemos a la sombra en el bello jardín de las Escrituras”.
El sentido literal se muestra de tal manera, con nitidez, brilla más,
cuando lo hay, que las notas históricas, geográficas y arqueológicas.
Me
queda exprezar el voto que puedas llegar igualmente a un buen fin, con
la ayuda de Nuestro Señor, del comentario al Nuevo Testamento. Tú has
trabajado eficazmente como verdadero hijo de D. Jean-Jacques Olier
[fundador de Compañía Sacerdotal de San Sulpicio], por la santificación y
a la instrucción de los seminaristas y del clero de Francia...».
Según
los comentarios de la Biblia de Fillion, tomo 7, página 462, San Juan
murió en Éfeso, hacia el año 100, bajo el imperio de Trajano.
Termínese
esta sección apoyándose sobre la autoridad de un miembro honorable de
la Pontificia Comisión Bíblica que se expresa sobre la muerte de San
Juan. Mons. Pierre-Édouard Puyol, presidente de la Comisión de examen de
libros, informa también sobre su libro Saint Jean et la fin de l’âge apostolique:
«[...]
En ninguna parte aparece mejor la vasta erudición del autor que en este
estudio sobre la vida, las obras y el siglo del Apóstol San Juan. Todas
las fuentes históricas y exegéticas, antiguas y modernas, de Alemania,
de Inglaterra, de Francia, de Italia, están puestas en contribución. En
medio de esta documentación considerable, el sabio autor se mueve
audazmente sin duda, pero con una impecable prudencia, rechazando lo que
es frelaté, desligándose de lo que es paradójico, desviándose del culto
al ídolo del sentido propio, evitando toda curiosidad temeraria, como
también de toda inepta credulidad.
[...] Pero, critica él
mismo, y critica de primer orden, no este espíritu crítico que, según
Bossuet, “hace a los hombres determinativos y les hace preferir su gusto
y sus
conjeturas, que creen dictadas por el buen sentido, a toda tradición y a
toda autoridad” (Disertación sobre Hugo Grocio).
Según
el aviso de San Pablo (I Thess., V. 21), no hace falta examinar, sino
que retiene lo que es bueno. Penetrado de respeto por la doctrina de la
Iglesia y la tradición de los Santos Padres, no se aparta de las
venerables direcciones del pasado, sobre ligeras apariencias o de
atrevidas conjeturas. Parece no haber olvidado jamás la bella máxima de
Jean Mabillon: “No hay camino más corto para poder perder la fe que el
querer criticar demasiado la Fe misma” (Études monastiques, parte
II, cap. XIII). No sorprende en su discusión exceso o abuso alguno. La
obra puede ser propuesta como modelo a los escritores católicos».
Hablo del padre Constant Fouard. En su libro Saint Jean et la fin de l’âge apostolique, páginas 303-306, escribe así sobre la muerte cierta de San Juan Evangelista:
«[...]
San Jerónimo relata que en los últimos días de su vida, el venerable
apóstol, no pudiendo caminar más, fue llevado a la iglesia por sus
discípulos. Allá, incapaz de largos discursos, se contentó en dirigir a
los fieles esta palabras: “Hijitos, amaos los unos a los otros”.
Fatigados de escucharlo sin cesar, los que lo rodeaban lloraron:
“Maestro, ¿por qué repites lo mismo?”. Les dio esta respuesta digna de
San Juan: “Este es el precepto del Señor: observarlo es suficiente” (San
Jerónimo, In Galat., VI, 10).
La obra, por la
cual el hijo de Zebedeo había sobrevivido a sus hermanos de apostolado,
estaba terminada. Quedaba al Salvador cumplir su promesa (Joan., XXI,
22), de volver a su bienamado, y teniéndolo sobre su corazón como en la
Cena, cerrarle los ojos. Sobre este punto, la tradición es unánime: la
muerte de Juan fue dulce como un sueño. Uno quisiera conocer los
detalles; pero, sobre este hecho, como sobre los precedentes, todo lo
que sabemos ha pasado por los gnósticos. En verdad, su narración de los
últimos días del Apóstol es un de los raros episodios de las Actas
apócrifas que nos ha llegado intacto: no habían transcurrido más de
treinta años entre la muerte del santo anciano y la redacción de los
recuerdos que se aportan; pero este lapso de tiempo es suficiente a los
falsarios para su trabajo de invención. El único trazo de verdad que
creemos y reconocemos es que, prevenido por Jesús de su muerte cercana,
Juan hizo cavar una fosa, y puesto su manto, se tendió: “Tú estás
conmigo, Señor”, murmurábale; luego, dirigiéndose a los discípulos que
con lágrimas le rodeaban: “Paz a vosotros todos, hermanos míos”, y se
durmió en el descanso que deseaba (Estos detalles se encuentran
igualmente en los dos manuscritos de París y de Vienne que nos conservan
este fragmento de las Actas primitivas, como también las traducciones
siríacas y armenias, Theodor Zahn, Acta Joannis, pág. 250).
[...]
En tiempo del concilio de Éfeso, el Papa Celestino, dirigiendo a los
Padres una palabra de San Juan, les recuerda que tienen ante sus ojos
las reliquias del Apóstol y le deben sus homenajes (Mansi, Colléctio Conciliórum, tomo IV, pág. 1286).
[...]
Pero si la tradición se ha mostrado tan firme como unánime sobre este
punto, que Juan murió en Éfeso y tuvo su tumba, no sucede lo mismo con
las leyendas que nacieron alrededor del monumento sagrado. Una vez más,
las fantasías gnósticas pronto habían hecho carrera; encontramos la
primera traza en las Actas de Juan compuestas poco tiempo después de su
muerte: “Los discípulos, leemos en esta obra apócrifa, habiendo vuelto
al día
siguiente a la tumba, no encontraron más al Apóstol; no hallando más que
sus sandalias y la tierra moviéndose” en el lugar que había preparado
para morir.
Este relato, ya sospechoso a todas vistas,
fue distintamente amplificado, en el curso de los tiempos, por la
devoción popular. San Agustín informa que, entre las Iglesias de África,
el dicho común era que el Apóstol, esperando la venida del Señor,
reposaba dormido en su tumba, y que su respiración agitaba dulcemente la
tierra (San Agustín, tr. CXXIV in Joan., 2). En Siria, se oía de
un perfume que fluía en ese lugar y que lo recogían (San Efraín de
Antioquía, citado por Focio, Cod. 229); en la Galia, de un manna que
brotaba de su se pulcro, y que transportado a lo lejos, obraba milagros.
Esto no es más que místicas imaginaciones, símbolos de lo que había
dado y dejado al mundo el ministerio del “bienamado de Jesús”... ».
Pruebas tomadas de la Santa Liturga Católica Romana
En su encíclica sobre la Sagrada Liturgia, Mediátor Dei, del 20 de noviembre de 1947, el Papa Pío XII escribió:
«[...] si
queremos distinguir y determinar de manera general y absoluta las
relaciones que existen entre fe y liturgia, se puede con razón afirmar
que: Lex credéndi legem statúat supplicándi, “la ley de la fe
debe establecer la ley de la oración”. Lo mismo hay que decir también
cuando se trata de las otras virtudes teologales: In… fide, spe, caritáte continuáto desidério semper orámus, “En la... fe, en la esperanza y en la caridad oramos siempre con deseo continuo” (San Agustín, Epist. 130, a Proba, 18).
[...]
Ahora bien: si, por una parte, vemos con dolor que en algunas regiones
el sentido, el conocimiento y el estudio de la liturgia son a veces
escasos o casi nulos, por otra observamos con gran preocupación que en
otras hay algunos, demasiado ávidos de novedades, que se alejan del
camino de la sana doctrina y de la prudencia; pues con la intención y el
deseo de una renovación litúrgica mezclan frecuentemente principios que
en la teoría o en la práctica comprometen esta causa santísima y la
contaminan también muchas veces con errores que afectan a la fe católica
y a la doctrina ascética.
La pureza de la fe y de
la moral debe ser la norma característica de esta sagrada disciplina,
que tiene que conformarse absolutamente con las sapientísimas enseñanzas
de la Iglesia.
[...] Este inconcuso derecho de la
jerarquía eclesiástica se prueba también por el hecho de que la sagrada
liturgia está íntimamente unida con aquellos principios doctrinales que
la Iglesia propone como parte integrante de verdades ciertísimas, y, por
consiguiente, tiene que conformarse a los dictámenes de la fe católica,
proclamados por la autoridad del Magisterio supremo, para tutelar la
integridad de la religión por Dios revelada.
[...] El
culto que ella tributa a Dios Santísimo es, como breve y claramente dice
San Agustín, una continua profesión de fe católica y un ejercicio de la
esperanza y de la caridad: Fide, spe, caritáte coléndum Deum, Dios debe ser honrado con la fe, la esperanza y la caridad, afirma. (Enquiridión,
cap. 3.) En la sagrada liturgia hacemos explícita y manifiesta
profesión de fe católica, no sólo con la celebración de los misterios
divinos, con la consumación del sacrificio y la administración de los
sacramentos, sino también rezando y cantando el símbolo de la fe, que es
como insignia y distintivo de los cristianos; con la lectura de otros
documentos y de las Escrituras Sagradas, escritas por inspiración del
Espíritu Santo. Toda la liturgia tiene, por consiguiente, un contenido
de fe católica, en cuanto que testimonia públicamente la fe de la
Iglesia.
La liturgia, por consiguiente, no determina ni
constituye en sentido absoluto y por virtud propia la fe católica, sino
más bien, siendo como es una profesión de las verdades divinas,
profesión sujeta al supremo Magisterio de la Iglesia, puede proporcionar
argumentos y testimonios de no escaso valor para aclarar un punto
determinado de la doctrina cristiana.
[...] Por eso el
Sumo Pontífice es el único que tiene derecho a reconocer y establecer
cualquier costumbre cuando se trata del culto, a introducir y aprobar
nuevos ritos y a cambiar los que estime deben ser cambiados (cf. C. J.
C., can. 1257); los obispos, por su parte, tienen el derecho y el deber
de vigilar con diligencia, a fin de que las prescripciones de los
sagrados cánones referentes al culto divino sean observadas con
exactitud (cf. C. J. C. can. 1261)».
Como
lo explica el Papa Pío XII, la Santa Iglesia Católica Romana ora lo que
cree y enseña. Y ella cree y enseña infaliblemente en su Santa Liturgia
Romana que San Juan está muerto y que hace parte de la Iglesia
triunfante del Cielo. Considérense dos pruebas que atestiguan este
hecho:
Entre
los siete libros litúrgicos del Rito Romano, tomo como ejemplo el
primero y el último: el Misal Romano y el Martirologio Romano.
En
el Misal Romano, en la oración del Santo Canon, el sacerdote, después
de haber orado, con los brazos extendidos, por la Iglesia militante,
invoca también el recuerdo de la Iglesia triunfante:
«[...] Unidos por la comunión de los Santos, veneramos primeramente la memoria
de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de nuestro Dios y Señor Jesucristo,
y también la de tus
Santos Apóstoles y Mártires Pedro y Pablo, Andrés, Santiago, Juan, Tomás,
Santiago, Felipe, Bartolomé, Mateo, Simón y Tadeo; Lino, Cleto, Clemente,
Sixto, Cornelio, Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Juan y Pablo, Cosme y
Damián, y de todos tus Santos; por cuyos méritos y ruegos concédenos que en
todo seamos fortalecidos con el auxilio de tu protección. Por el mismo Cristo
Nuestro Señor. Amén».
La
prueba de la muerte de San Juan Evangelista se encuentra también en el
Martirologio Romano. Tomo como ejemplo una edición publicada por orden
del Papa Gregorio XIII, revisado por autoridad del Papa Urbano VII y del
Papa Clemente X, aumentado y corregido en 1749 por el Papa Benedicto
XIV. La edición que he verificado es la publicada en Malinas en 1859,
una «traducción nueva según el ejemplar impreso en Roma en MDCCCXLV
[1845], bajo el auspicio y el patronato del Soberano Pontífice Gregorio
XVI, en la cual se encuentran los martirologios de las órdenes
religiosas y los elogios de los Santos y Beatos aprobados hasta nuestros
días por la Sagrada Congregación de Ritos».
En este Martirologio, en la página 295, está escrito:
«[...] EL DÍA VEINTISIETE DE DICIEMBRE,
[...]
En Éfeso, el nacimiento al cielo de San Juan, Apóstol y Evangelista,
quien, después de haber escrito el Evangelio, sufrió el exilio, y
compuso el libro divino del Apocalipsis. vivió hasta los tiempos de
Trajano. Fundó y gobernó todas las iglesias del Asia; finamente, cassé
de vejez, murió en el año sesenta y ocho después de la Pasión de Nuestro
Señor, y fue sepultado cerca de esta ciudad...».
De
la liturgia de la Iglesia griega, de la superioridad de la Santa
Iglesia Romana sobre todas las otras Iglesias, y de la autoridad suprema
del Papa infalible
Querido Sr. Padre,
Concerniente a este himno griego:
«La
plenitud de los Apóstoles, la trompeta de la teología, la guía
espiritual que sometido a Dios el universo, venid, fieles, celebrad su
bondad: este es el ilustrísimo Juan, transportado de la tierra y no tomado de la tierra; sino viviente y esperando la segunda y terrible venida del Señor,
ante el cual, para que nosotros que celebramos tu memoria podamos
asistir sin reproche, dígnate recomendarnos, oh amigo místico de Cristo,
tú que amorosamente reposaste sobre tu pecho» (citado por Dom Guéranger en el Año Litúrgico al 27 de diciembre).
En el foro
escribes que la liturgia de la Iglesia griega es tan infalible como la
liturgia latina, y que es evidente que dom Guéranger cita la liturgia
griega unida a Roma. Supongamos por un momento que en su libro dom
Guéranger cita un cántico de la Iglesia Católica griega unida a Roma (y
no un himno griego de la Iglesia cismática).
El libro de dom Guéranger se puede descargar y consultar aquí: http://books.google.fr/books?id=blguAAAAYAAJ&printsec=frontcover&dq=editions:09yJHIDfazbdOb1e1YEht&lr=&ie=ISO-8859-1#v=onepage&q=&f=false
En este libro, El Año litúrgico, tiempo de Navidad, 1871, 3ª edición, tomo 1, páginas 348-353, Dom Guéranger escribió:
«[...] Escuchemos ahora a las distintas Iglesias proclamar la gloria de
San Juan, en sus elogios litúrgicos. Comenzaremos por la Santa Iglesia
Romana, de quien tomaremos este bello Prefacio del Sacramentario
Leonino...
[...] Daremos ahora algunas estrofas de los
Cánticos que la Iglesia griega, en su lenguaje pomposo, consagra a honor
de San Juan, cuya fiesta es celebrada por ella el 26 de septiembre....»
Además,
dom Guéranger mismo acepta la muerte de San Juan en su pequeño
comentario respecto del Santo Evangelio de la Misa de San Juan, en la
página 342:
«[...] Este pasaje del Evangelio ha
frecuentemente ocupado a los Padres y los comentadores. Se ha creído ver
la confirmación del sentimiento de aquellos que han pretendido que San
Juan fue eximido de la muerte corporal, y que incluso esperará, en su
sede, a la venida del Juez de vivos y muertos. No se hace ver, por
tanto, con la mayor parte de los santos doctores, sino la diferencia de
las dos vocaciones de San Pedro y de San Juan. El primero seguirá a su
Maestro, muriendo, como Él, sobre la cruz; el segundo será reservado;
asistirá a una feliz vejez; y verá venir a su Maestro que le llevará de
este mundo por una muerte tranquila»
Los cánticos de
la Santa Iglesia Romana y de la Iglesia griega (páginas
348-353) difieren entre ellos en la manera de tratar la muerte de San
Juan. En el cántico de la Santa Iglesia Romana, la muerte de San Juan no
es tratada. ¿Se puede concluir entonces que la Santa Iglesia Romana no
enseña la muerte de San Juan? Por el contrario, ella enseña
infaliblemente la muerte de San Juan Evangelista tanto por la
interpretación de la Sagrada Escritura como por su Santa Liturgia. Pues, como escribió también el Papa Pío XII en su encíclica Mediátor
Dei, la liturgia, por consiguiente, no determina ni constituye en sentido
absoluto y por virtud propia la fe católica. Por eso el Sumo Pontífice es el único que tiene derecho a reconocer y
establecer cualquier costumbre cuando se trata del culto, a introducir y
aprobar nuevos ritos y a cambiar los que estime deben ser cambiados
(enc. Mediátor Dei).
Si
uno se apoya sobre el cántico de la Iglesia griega, se pensaría por un
momento que la Iglesia griega enseña que San Juan está vivo, pero eso no
puede ser porque suponemos siempre que este canto pertenece a la
Iglesia Católica griega unida a la Santa Iglesia Romana. Según esta
suposición, la Iglesia Católica griega cree y enseña infaliblemente, en
su santa liturgia también, todo lo que cree y enseña infaliblemente el
Soberano Pontífice o la Santa Iglesia Romana unida a él, Maestra de
todas las otras Iglesias. Y la Santa Iglesia Romana enseña infaliblemente la muerte de San Juan.
«[...]
Por ello enseñamos y declaramos que la Iglesia Romana, por disposición
del Señor, posee el principado de potestad ordinaria sobre todas las
otras, y que esta potestad de jurisdicción del Romano Pontífice, que es
verdaderamente episcopal, es inmediata. A ella están obligados, los
pastores y los fieles, de cualquier rito y dignidad, tanto singular como
colectivamente, por deber de subordinación jerárquica y verdadera
obediencia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también
en lo que concierne a la disciplina y régimen de la Iglesia difundida
por todo el orbe; de modo que, guardada la unidad con el Romano
Pontífice, tanto de comunión como de profesión de la misma fe, la
Iglesia de Cristo sea un sólo rebaño bajo un único Supremo Pastor [Cf.
Juan 10, 16]. Esta es la doctrina de la verdad católica, de la cual
nadie puede apartarse de ella sin menoscabo de su fe y su salvación.
[...]
Ya que el Romano Pontífice, por el derecho divino del primado
apostólico, presida toda la Iglesia, de la misma manera enseñamos y
declaramos que él es el juez supremo de los fieles [Pío VI, Carta Super soliditáte
(28 de noviembre de 1786)], y que en todos las causas que caen bajo la
jurisdicción eclesiástica se puede recurrir a su juicio [De la profesión
de fe del Emperador Miguel Paleólogo, leída en el segundo Concilio de
Lyon, sesión IV, 6 de julio de 1274]. El juicio de la Sede Apostólica
(de la cual no hay autoridad más elevada) no está sujeto a revisión de
nadie, ni a nadie le es lícito juzgar acerca de su juicio [San Nicolás
I, Carta al Emperador Miguel, 28 de septiembre de 865 (Migne, Patrología Latina 119, col. 954)].
[...] Y con la aprobación del segundo Concilio de Lyon, los griegos hicieron la siguiente profesión: “La
Santa Iglesia Romana posee el supremo y pleno primado y principado
sobre toda la Iglesia Católica. Ella verdadera y humildemente reconoce
que ha recibido éste, junto con la plenitud de potestad, del mismo Señor
en el bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, cuyo
sucesor es el Romano Pontífice...” [De la profesión de fe del Emperador
Miguel Paleólogo, leída en el segundo Concilio de Lyon, sesión IV, 6 de
julio de 1274].
Finalmente se encuentra la definición del
Concilio de Florencia: “El Romano Pontífice es el verdadero vicario de
Cristo, la cabeza de toda la Iglesia y el padre y maestro de todos los
cristianos; y a él fue transmitida en el bienaventurado Pedro, por
nuestro Señor Jesucristo, la plena potestad de cuidar, regir y gobernar a
la Iglesia universal” [Concilio de Florencia, sesión VI]». (Mons. Guérin, Concilio ecuménico del
Vaticano, Constitución dogmática Pastor Ætérnus, sobre la Iglesia de Cristo, 1877, caps.
III-IV, páginas 181-184).
En la alocución consistorial
Ubi primum nullis del Papa Pío IX del 17 de diciembre de 1847, está escrito:
«Mas
ahora, Venerables hermanos, os queremos comunicar la grande sorpresa
que hemos tenido al recibir un escrito compuesto y publicado por cierto
hombre revestido de Dignidad eclesiástica [Alusión a la carta pastoral
de Charles-Thomas Thibault, Obispo galicano de Montpellier, fechada a 14
de agosto de 1847]. Pues, este personaje, hablando en su escrito de
ciertas tradiciones de las Iglesias de su país, y que tienden a
restringir los derechos de esta Silla Apostólica, no se ha avergonzado
de afirmar que estas tradiciones eran tenidas en estima por Nos. Lejos
de Nos, Venerables Hermanos, la sospecha de que jamás hayamos pensado ni
tenido la menor idea de apartarnos en cosa alguna de lo instituido por
nuestros mayores, o despreciado el conservar y defender la autoridad de
esta Santa Sede en toda su integridad. Ciertamente que Nos tenemos en
estima las tradiciones particulares, pero sólo aquellas que no se
apartan del sentido de la Iglesia Católica; y principalmente respetamos y
defendemos con toda firmeza aquellas que se hallan de acuerdo con la
tradición de otras Iglesias, y en primer lugar con esta Santa Iglesia
Romana, a la que, para servirnos de las palabras de San Ireneo, “es
necesario a causa de su primacía se adhiera toda Iglesia, esto es, los
fieles que se hallan por todas partes, y en la que se ha conservado por
los que se hallan en todo lugar esta tradición que viene de los
Apóstoles” [Contra Hæréses, lib. III, cap. 3 (Migne, Patrología Græca 7-A, col. 849-A)]» (Don Charles-Alphonse Ozanam, Méditations sur L’Église et sur la Papauté, 1870, página 168).
«[...]
En 1579, el clero de Francia, reunido en Melun, propuso, sin
restricción, a todos los fieles, “por regla de su creencia, lo que cree y
profesa la Santa Iglesia de Roma, la cual es la Maestra, Columna y
Apoyo de la Verdad; porque todas las otras Iglesias deben estar de
acuerdo con ella, a causa de su principado”» (Œuvres
de Mgr. de Ségur, tomo III, páginas 116-117).
En
consecuencia, es imposible que el cántico del Año Litúrgico de
dom Guéranger en la página 355 sea de la Iglesia Católica griega unida a
Roma. Este cántico pertenece a la Iglesia cismática griega.
«[...]
Para los griegos, nosotros los abandonamos sin pena. Después de su
cisma, están sepultados en una ignorancia, en los errores y las
supersticiones bien lejanas de la antigua capacidad y de la piedad de
sus antepasados» (Biblia de Vence, tomo XIX, página 643).
Al
contrario, existen pruebas de que la Iglesia Católica griega, siguiendo
a la Santa Iglesia Romana, cree y enseña la muerte de San Juan.
El
Eucologio es uno de los libros litúrgicos más importantes de la Iglesia
bizantina; corresponde a nuestro Misal y Ritual Romano.
El célebre helenista dominico P. Jaqcues Goar tradujo todo el Eucologio
o las Liturgias bizantinas para las Iglesias Orientales del griego al
latín, y les agregó notas abundantes, de una riqueza incomparable tanto
por la erudición como por la piedad. La obra del célebre Dominico
francés es todavía al día de hoy la base indispensable de todo estudio
de las liturgias bizantinas (P. Sévérien Salaville).
La
prueba de la muerte de San Juan y su pertenencia a la Iglesia Triunfante
del Cielo se encuentra en el Eucologio, en el Oficio de los Santos
(Offícium Sancti), página 336:
«[...] Tonus Secúndus
Magnitúdinem tuam quis enarráre suffíciat, o virgo Joánnes!
miráculis enim scatúris et curatiónibus abúndas,
et pro animábus nostris intercédis, ut Theólogus et amícus Christi».