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lunes, 13 de noviembre de 2017

NONNE DUOCÉCIM SUNT HORÆ DÍEI? (¿No son, acaso, doce las horas del día)

Tomado de FUNDACIÓN SAN VICENTE FERRER
  
¿Puedo, por ventura, sacar alguna lección provechosa para mi adelantamiento espiritual de estas palabras?
 
Pero, ¿acaso Nuestro Señor no las dijo para mi enseñanza? Son palabras divinas, y en ellas, como en todas las palabras de Cristo, hay espíritu y vida.
 
Los Apóstoles habían visto a Jesús resuelto a ir a Betania..., y el temor les sobrecogía. Pero, Señor, ¿volverás a Judea sabiendo que te buscan para darte la muerte?
 
Y ¿qué responde el divino Maestro? «¿No son, acaso, doce las horas del día?». Quiere tranquilizar la inquietud de sus discípulos: «Antes de la hora que mi Padre ha señalado, no hay nada que temer; las horas de mi vida no podrán ser acortadas por mis enemigos».
 
¡Oh! Si esta lección entrara bien hasta el fondo de mi alma y se grabara en ella de modo que nunca se borrase, ¡qué fuente de paz y de tranquilidad para mi vida!
  
Son también doce las horas de mi día, ni una más ni una menos; las horas señaladas por Dios para mí desde la eternidad; son las horas de que puedo disponer de luz, en que para mí es de día. «Y el que anda de día —dice el Señor— no tropieza, porque ve la luz de este mundo».
  
Horas que me han sido dadas para andar, para caminar hacia mi patria, que es el cielo. Horas que me han sido dadas para negociar el único negocio, que es la salvación eterna de mi alma y mi propia santificación. Pasadas ellas, vendrá la noche... In qua nemo potest operári.
 
¡Cuántas veces me sorprendo lleno de preocupaciones inútiles, como si pudiera hacer que las horas de mi día fueran más de doce! Esa preocupación absurda hace que no aproveche el tiempo como debo: me roba energías preciosas, me quita la paz, me impide consagrarme con intensidad al trabajo del momento presente.
 
Si la persuasión íntima de que Él mismo, que señaló las horas de mi día, las va disponiendo una a una y que a mí sólo me toca aprovechar esa disposición, se hiciera la norma de mi vida, viviría confiado en esa Providencia amorosa que me rige, y me ahorraría mil preocupaciones dañosas a mi espíritu. ¡Mas olvido tan fácilmente esta verdad!
 
El divino Maestro iba tranquilo a Judea, a meterse en medio de sus enemigos. Y no era temeridad. Era, sencillamente, la confianza segura en la Providencia del Padre celestial: todavía no había llegado su hora, y todavía no había sonado en el reloj de la Providencia la hora de los enemigos... Jesús lo sabía, e iba tranquilo y sereno..., y los enemigos, que lo ignoraban, se movían inútilmente, porque no habían de lograr el intento de prenderle antes de que esa hora llegara.
 
Así es mi vida. Y yo lo sé. Pero lo olvido a cada momento. Y porque lo olvido, me dejo embargar por la intranquilidad y por la preocupación. Mis horas son doce. Están contadas. En ellas tengo que trabajar. Pasadas ellas ya no tendré que hacer sino disfrutar del fruto de mi trabajo o llorar sin esperanzas el no haber sabido aprovecharlas. Por eso el consejo del Maestro: «Caminad mientras tenéis luz».
 
Son doce mis horas de luz. Tengo que repetírmelo una y otra vez. ¿Cuántas de esas doce horas han pasado ya?... No lo sé. Mas sí sé que lo Único que verdaderamente me importa es que sean muchas o pocas las que me restan, me es necesario aprovecharlas, si no quiero tropezar en las tinieblas.
 
P. ALBERTO MORENO SJ, Entre Él y yo.

jueves, 2 de julio de 2015

ET ERAT MATER JESU IBI (Y estaba allí la Madre de Jesús)

Desde FUNDACIÓN SAN VICENTE FERRER
  
"Al tercer día se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la Madre de Jesús" (San Juan II, 1)
  
Y donde Ella está, están la tranquilidad, la alegría, la seguridad. Y allí estaba Ella con su mirada vigilante y caritativa, solícita y amorosa.
  
Los recién desposados, los invitados, disfrutaban alegres de las fiestas de aquel día de bodas. Mientras tanto, Ella se preocupaba de que no faltara nada a la alegría de aquel sencillo regocijo. ¡Y con que discreta solicitud, con que amorosa prudencia ejercita su oficio!
 
Va a faltar el vino, Ella lo prevé. Mas no se contenta con preverlo. Su corazón se conmueve, ¿cómo permitir que la alegría de aquellos sencillos esposos se perturbe y que el bochorno de la imprevisión los avergüence? ¡No! Y busca solícita el remedio a aquella necesidad.
  
Su Hijo está allí. Ella conoce muy bien su corazón. Y se acerca, discreta y amorosa: Vinum non habent: No tienen vino.
 
La respuesta de Jesús parece a primera vista negativa. Pero no. Está María tan cierta de haber sido escuchada, que, sin esperar, da la orden a los sirvientes: "Haced cuanto Él os dijere". Y el milagro se hace, a petición de María, y el agua se convierte en vino. Vino abundante, delicioso, exquisito, el mejor del convite.
 
La necesidad se ha remediado y con tanta discreción, que el maestresala mismo no se ha dado cuenta de lo que ha sucedido.
   
¡Oh María! Donde estás Tú no puede faltar nada.
Tú eres la omnipotencia suplicante.
Y tu palabra adelanta la hora de los milagros de Jesús.
Por eso mi confianza en Tí no puede tener límites.
Basta abrir mi corazón, y que aparezcan los vacíos que hay en él; me falta humildad, y me hace falta caridad para con mis hermanos, y me hace falta sinceridad conmigo mismo, y me falta amor a mi Dios, y me falta... ¿Que un abismo sin fondo, y que la lista de mis deficiencias formara la letanías de la miseria.
Mas tu ves todas esas deficiencias, todas esas miserias.
Y tú corazón se conmueve.
Y pides a tu Hijo por mí.
Tu oración todo lo alcanza. Por eso mis deficiencias no me desalientan ni ese vacío inmenso de mi corazón me causa vértigo. Tú quieres colmar ese vacío y remediar esas miserias.
Mas quieres que yo coopere en la medida de mis pobres fuerzas.
Y a mí como a los servidores de Caná, me dices también: "Haz cuanto Él te dijere".
En Caná, los servidores llenaron de agua los cántaros.
Yo pondré el agua de mis lágrimas, que es lo único que tengo.
Eso basta. Y que llene hasta el borde mi pobre corazón.
Esas lágrimas se transformarán.
Y el vino de la alegría, de la paz, de la confianza, llenará mi corazón.
 
Padre Alberto Moreno, S.J., "Entre Él y yo. Sugerencias para meditación"

lunes, 9 de marzo de 2015

LOQUÉLA TUA MANIFÉSTUM TE FACIT (Tu manera de hablar te descubre)

Desde FUNDACIÓN SAN VICENTE FERRER
 
"Pedro negó a Jesús de nuevo con juramento, diciendo: 'No conozco a ese hombre'. Poco después se acercaron los que allí estaban, y dijeron a Pedro: 'Verdaderamente, tú también eres de ellos, porque tu habla te descubre'". (San Mateo XXVI, 72-73)
  
Pedro, mezclado con los soldados en el patio de la casa de Caifas, ocultaba ser discípulo de Jesús. Pero su manera de hablar lo descubrió.
 
Así, la manera de hablar descubre a muchos. La boca habla de lo que hay en el corazón. Si el corazón está lleno de odios, de rencores..., odio, rencor respiraran las palabras. Si el corazón está podrido..., podredumbre respirara la boca.
  
Mis palabras, mis conversaciones, descubren lo que soy. Y aunque hipócritamente tratara de ocultarlo, sin quererlo yo, las palabras me harían traición. ¿Y he reflexionado alguna vez en la influencia que pueden tener mis palabras?...
  
Las palabras tienen alas. Salidas de los labios, imposibles volverlas a recoger. Y se clavan como saetas en los corazones de quienes las escuchan.
 
¡Cuantos al reflexionar sobre el origen de su perdición, lo encontraran en una palabra, en aquella primera mala conversación, escuchada primero con disgusto..., después con curiosidad..., luego con atención y con placer!... Y esas palabras y esas conversaciones siguieron resonando allá en lo interior..., y levantaron tempestades..., y vino el naufragio. El naufragio de la inocencia. El naufragio de la gracia... ¿No es esta la historia de muchos jóvenes perdidos? ¿Habré sido yo con mis palabras la causa de alguna de estas catástrofes?...
 
¡Ay de aquel por quien viniere el escándalo! Mejor fuera que le ataran una piedra al cuello y le arrojaran en lo profundo del mar.
  
Si quiero que mis palabras sean siempre puras -¿y como no he de quererlo?-, tengo que velar constantemente por la pureza de mi corazón.
 
Por los frutos se conoce el árbol. Por las palabras se conoce el corazón.
  
Padre Alberto Moreno, S.J., "Entre Él y yo. Sugerencias para meditación"