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miércoles, 12 de agosto de 2026

TRIDUO EN HONOR DE LA ASUNCIÓN DE SANTA MARÍA

Dispuesto por D. José Sales y Vidal, Diácono y alumno interno del Seminario Conciliar de Tortosa, y publicado en Madrid por la Imprenta de la Esperanza a cargo de D. Antonio Pérez Dubrull en 1863, con licencia de la Autoridad Eclesiástica.

TRIDUO EN PREPARACIÓN A LA SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN
   

Se dará principio con la Señal de la Cruz y el Acto de Contrición, y después se dirá la siguiente:
  
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, porque sois mi Criador, mi Redentor y mi benigno Salvador, y porque sois mi amoroso Padre, me pesa en lo íntimo de mi corazón, con el más vivo dolor, de haber ofendido a vuestra infinita bondad, con los atrevidos ultrajes de mi delincuente malicia. Propongo, Señor, aprovecharme para mi enmienda de los poderosos auxilios de vuestra soberana misericordia, cuya dulce confianza me alienta, para ofreceros el sacrificio de mi fervorosa voluntad, con la que deseo padecer todas las afrentas, dolores y trabajos en satisfacción de mis repetidas culpas y pecados, y para cuyo perdón apelo, Padre amantísimo, inmenso tesoro de los méritos de vuestra preciosa y divina Sangre, esperando que vuestra gracia haga eficaces los firmes propósitos de mi debida perseverancia en vuestro santo servicio. Amén.
   
ORACIÓN PREPARATORIA
¡Oh Reina de los Ángeles y dulce encanto de los Serafines! ¡Oh Madre amabilísima de mi alma y tierno objeto de mi amor! Aquí me tenéis ante vuestras soberanas plantas. atraído dulcemente de los más vivos deseos de honraros y glorificaros con todo mi corazón en la próxima solemnidad de vuestra preciosa muerte y gloriosísima Asunción a los cielos; para que entrando de este modo en el espíritu que anima a la Santa Iglesia al tributaros en estos días tan solemnes cultos, merezca ser participante de aquellas gracias que tan copiosamente derramáis sobre vuestros devotos en el día de vuestro triunfo. Ea, pues, Madre mía; alumbrad mi entendimiento y encended mi voluntad para que, contemplando devotamente la inefable alegría que sintió vuestro Corazón y los dulces sentimientos que enajenaron vuestra benditísima alma al anunciaros un ángel de parte de vuestro Hijo el fin de vuestro destierro, me prepare y disponga para celebrar dignamente vuestra festividad. Y pues también ha de llegar un día para mí en el que he de abandonar este miserable mundo, desde ahora os pido me amparéis en aquella hora decisiva de mi eterna suerte. Esta es la gracia, Madre mía, que espero alcanzar de vuestra misericordiosa liberalidad en el día de vuestro más glorioso triunfo, y a este fin dirijo y ordeno todos los ejercicios y actos de piedad con que en estos días os honrare. Y ya que la mejor disposición para una buena muerte es una vida santa y virtuosa, dignaos, Madre de mi alma, adornar mi corazón con las virtudes de que Vos conocéis tengo mayor necesidad. Alcanzadme sobre todo una fe viva, una esperanza firme y una caridad ardiente, el desapego de los bienes terrenos, el espíritu de oración, un grande amor a Vos y tierna confianza en vuestra protección y perseverancia final. No desechéis, ¡oh Madre de Dios!, mis humildes súplicas; antes bien, atendedlas favorablemente. Amén.
  
DÍA PRIMERO – 12 DE AGOSTO
MEDITACIÓN DE LA ALEGRÍA QUE TUVO LA SANTÍSIMA VIRGEN AL SABER DEL CERCANO FINAL DE SU VIDA
Considera, alma mía, los ardientes deseos que tendría la Santísima Virgen de salir de este mundo y de gozar para siempre de la dulce compañía de su amantísimo Hijo. Estaría exclamando continuamente con David: «¡Oh cómo se alarga mi destierro! ¡Cómo se prolonga mi habitación en este mundo!» (Salmo CXIX, 5). ¡Qué suspiros, pues, exhalaría esta inocente paloma desde su retiro para ver y gozar de su Amado! Y, en verdad, ¿qué cosa podía entretener y divertir en este valle de lágrimas el purísimo Corazón de esta Señora, estando destinada para ser Reina de los cielos? ¿Qué consuelo podía tener en este destierro viéndose privada de la dulce compañía de su amado Hijo? El amor que tenía a la Iglesia recién nacida podía en alguna manera detenerla en este mundo; pero como la veía establecida y extendida por todo el universo, deseaba ya partirse de este destierro, y mucho más sabiendo que desde el Cielo podía socorrerla aún mejor. ¡Qué largos, pues, le parecerían sus días y cuán prolongada su habitación en este mundo!
   
Llegábase entre tanto el momento dichoso y feliz en que el Señor había determinado premiar a su bienaventurada Madre; y así tres días antes la envió un ángel que la anunciara su cercana muerte, trayéndola una palma en señal de la victoria. ¿Y quién podrá explicar la alegría que entonces inundó su Corazón? ¿Qué gozo tan grande no se apoderaría de su benditísima alma? Trasportada en un éxtasis amoroso, y arrebatada en vivísimos deseos de poseer a su Dios, exclamaría mejor que David: «Mi corazón se ha alegrado con esta nueva celestial; iré a la casa de mi amado Hijo, y gozaré de su presencia por toda una eternidad» (Salmo CXXI, 1). Anegada quedó la Santísima Virgen en un mar de dulzuras al recibir esta noticia, y su Corazón purísimo abrasado en amor divino se encendía más y más al considerarse tan cercano de ser morador de la Jerusalén celestial. Dios era el único objeto de su amor, y este amor era proporcionado al altísimo conocimiento que de Él tenía. Si pues el amor tiende a unir al amante con el objeto amado, haciendo que en esta unión encuentre el que verdaderamente ama su dicha y felicidad, ¿quién podrá ponderar y comprender la alegría que sintió la Santísima Virgen en este paso? ¡Ah!, considéralo, alma mía, y confúndete al mismo tiempo de ver que tus deseos sean tan diferentes de los de la Santísima Virgen. Mira bien lo que te enseña con su ejemplo, y aprende de esta divina Maestra a no amar los bienes vanos y perecederos de la tierra, y a suspirar únicamente por los eternos del Cielo.
    
Se meditará, y cada uno puede entretenerse en los afectos que sobre esta materia su devoción le sugiera; después se dirá la siguiente
   
ORACIÓN
¡Oh Madre de Dios y Reina de los Ángeles! Si tan grandes eran los deseos que teníais de trocar este destierro por la patria celestial, ¿quién será capaz de comprender el torrente de dulzura que inundó vuestro Santísimo Corazón cuando os fue revelada la hora de vuestra cercana muerte? ¡Oh, cuán gozosa y alegre estaríais viendo que se acordaba el fin de vuestro destierro, y que se llegaba el momento de uniros para siempre con vuestro dulcísimo Hijo! Y en verdad, ¿qué cosa os podía tener atada en este mundo? ¡Ah! Vos conocíais la vanidad y mezquindad de los bienes terrenos, y no podíais, por consiguiente, encontrar en ellos consuelo alguno, y así todas vuestras ansias se dirigían a gozar cuanto antes de la compañía de vuestro dulcísimo Hijo. ¡Ah Madre de mi alma! Confúndome y me avergüenzo al verme tan apegado a las cosas de la tierra y tan descuidado de los bienes del Cielo. Pero si hasta ahora me he dejado llevar del falaz atractivo de los placeres y riquezas que este mundo me ofrece, propongo firmemente de hoy en adelante mudar de vida, y dirigir todos mis pensamientos, afectos y deseos a la consecución de la eterna gloria. ¡Sí, Madre de mi alma! De hoy en adelante quiero tener mi corazón más en el Cielo que en la tierra. Alcanzadme, pues, esta gracia de vuestro Santísimo Hijo, y haced que use de tal modo de los bienes terrenos, que no poniendo en ellos el afecto, solo suspiro por el gozo eterno del Señor. Amén.
  
RESOLUCIÓN PRÁCTICA PARA ESTOS TRES DÍAS
Muy vana e infructuosa será la oración, si de ella no procuramos sacar ciertas resoluciones o propósitos eficaces que, puestos por obra siempre que se presente la ocasión con valor y perseverancia, sean un fecundo semillero de obras meritorias y agradables al Señor, y nos habitúen poco a poco a la práctica de la virtud. Lo mismo, pues, debemos practicar en todas las meditaciones de estos ejercicios, si queremos sacar de ellos frutos de santidad sólidos y duraderos: podrán por consiguiente de las meditaciones de este Triduo sacarse las siguientes resoluciones, u otras semejantes:
  1. Pensar brevemente por la mañana, al medio día, si se puede, y por la noche, que no hemos sido criados para gozar de los bienes de este mundo, y que ha de venir un día en que necesariamente los hemos de dejar. Proponer no usar de ellos en ofensa de Dios. Dirigir todas las acciones, trabajos, cuidados de casa y demás negocios a la mayor gloria del Señor y cumplimiento de su santísima voluntad. Rezar un Ave María a la Santísima Virgen, para que nos alcance del Señor el verdadero desprendimiento de los bienes temporales, y la gracia para poner por obra estos propósitos.
  2. Renovarlos algunas veces entre día, si buenamente se puede, y especialmente al principio de las acciones más principales.
Jaculatoria: ¡Oh María!, desapegad mi corazón de la tierra, y atraedlo hacia Vos.
  
LETANÍA.

Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten misericordia de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.

Dios Padre, Criador de los cielos, ten misericordia de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten misericordia de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros.
Trinidad santa, que eres un solo Dios, ten misericordia de nosotros.

Santa María, ruega por nosotros.
Santa Madre de Dios, ruega por nosotros.
Santa Virgen de las Vírgenes, ruega por nosotros.
Madre de Cristo, ruega por nosotros.
Madre de la divina gracia, ruega por nosotros.
Madre purísima, ruega por nosotros.
Madre castísima, ruega por nosotros.
Madre intacta, ruega por nosotros. 
Madre incorrupta, ruega por nosotros.
Madre sin mancha, ruega por nosotros. 
Madre amable, ruega por nosotros.
Madre admirable, ruega por nosotros.
Madre del Buen consejo, ruega por nosotros.
Madre del Creador, ruega por nosotros.
Madre del Salvador, ruega por nosotros.
Virgen prudentísima, ruega por nosotros.
Virgen digna de reverencia, ruega por nosotros.
Virgen digna de alabanza, ruega por nosotros.
Virgen poderosa, ruega por nosotros.
Virgen clemente, ruega por nosotros.
Virgen fiel, ruega por nosotros.
Espejo de justicia, ruega por nosotros.
Trono de la sabiduría eterna, ruega por nosotros.
Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.
Vaso espiritual de elección, ruega por nosotros. 
Vaso digno de honor, ruega por nosotros. 
Vaso insigne de devoción, ruega por nosotros. 
Rosa mística, ruega por nosotros.
Torre de David, ruega por nosotros.
Torre de marfil, ruega por nosotros.
Casa de oro, ruega por nosotros. 
Arca de alianza, ruega por nosotros.
Puerta del cielo, ruega por nosotros. 
Estrella de la mañana, ruega por nosotros. 
Salud de los enfermos, ruega por nosotros.
Refugio de los pecadores, ruega por nosotros.
Consoladora de los afligidos, ruega por nosotros.
Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros.
Reina de los Ángeles, ruega por nosotros.
Reina de los Patriarcas, ruega por nosotros.
Reina de los Profetas, ruega por nosotros.
Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros.
Reina de los Mártires, ruega por nosotros.
Reina de los Confesores, ruega por nosotros.
Reina de las Vírgenes, ruega por nosotros.
Reina de todos los Santos, ruega por nosotros.
Reina concebida sin pecado original, ruega por nosotros.
Reina asunta al Cielo, ruega por nosotros.
Reina del Santo Rosario, ruega por nosotros.
Reina de la paz, ruega por nosotros.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, óyenos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
  
℣. Rogad por nosotros, Santa Madre de Dios.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
   
ORACIÓN
Oh Dios, que os dignasteis elegir por morada el seno virginal de la bienaventurada Virgen María, haced, os rogamos, que al amparo de su protección podamos asistir gozosos a su festividad. Vos que vivís y reináis por los siglos de los siglos. Amén.
  
Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar, y la Virgen concebida sin pecado original.
  
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
DÍA SEGUNDO – 13 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración preparatoria.
    
MEDITACIÓN DE CÓMO SE PREPARÓ LA SANTÍSIMA VIRGEN PARA SU MUERTE
Considera, alma mía, cómo se prepararía la Santísima Virgen para su cercano fin. En aquellos tres días que mediaron desde la revelación de su próximo tránsito hasta que este se efectuó, no pensaría ya en otra cosa sino en el Cielo. ¡Oh, cuán olvidada estaría de todo del mundo, arrebatada en un continuo éxtasis de amor! ¡Cuán bien empleados pasaría los últimos momentos de su vida, y con cuánto fervor se dispondría para morir, sabiendo cuán cercana estaba la hora dichosa en que había de trocar este destierro por la Patria celestial! Porque, aunque es verdad que su purísimo Corazón nunca estuvo apegado a las cosas de la tierra, y que jamás estuvo distraída del objeto de todas sus atenciones y deseos, que era Dios; pero a la manera que el movimiento de un grave hacia su centro es más rápido cuanto más se acerca a él, así también crecerían por momentos los deseos en que se abrazaba de ver a Dios; y como su santidad fue siempre creciendo, multiplicándose al infinito, por decirlo así, todo el tiempo que vivió sobre la tierra crecería también su devoción y fervor según la misma medida. Y si fue perfectísima en todas sus obras, ¿cómo lo podía dejar de ser en los últimos instantes de su vida? ¡Mira, pues, alma mía, cómo se prepararía y dispondría para salir de este mundo y entrar triunfante en la Jerusalén celestial! ¡Ah!, ¿y te preparas tú también para la hora de la muerte? Tus gustos, inclinaciones y modo de vivir dicen que no. ¿Cómo, pues, vives tan descuidada en un negocio de tanta importancia, y más cuando sabes que a cualquier hora puede asaltarte la muerte y encontrarte desprevenida? Prepárate, pues, para morir bien, a imitación de la Santísima Virgen; y ya que la mejor disposición para la muerte es una vida santa y virtuosa, trabaja ahora para adquirir las virtudes, de que tanto necesitas, y desprende tu corazón de los bienes y demás objetos que en aquella hora necesariamente has de dejar.
    
Se meditará, y cada uno puede entretenerse en los afectos que sobre esta materia su devoción le sugiera; después se dirá la siguiente
   
ORACIÓN
¡Oh dulcísima Madre de nuestras almas, y Maestra soberana de la más alta perfección! ¡Qué lección tan admirable me dais de lo que debo hacer durante mi vida con lo que Vos practicasteis en los últimos momentos de la vuestra! Porque si Vos, que siempre estuvisteis tan íntimamente unida con Dios, os preparasteis para salir de este mundo con nuevos fervores, ¿qué debo hacer yo, miserable criatura, tan lleno de defectos como me encuentro y tan apasionado por los bienes de la tierra? ¡Ah Madre mía! Confúndome de haber sido tan negligente en cosa que tanto me importa, y ya que me precio de ser hijo y devoto vuestro, quiero imitaros, y hacer que toda mi vida sea una preparación continua para mi muerte. Sí, Madre mía; tal es la resolución que formo en este día ante vuestras plantas soberanas; y pues Vos os preparasteis para morir, no porque antes hubieseis vivido distraída en lo más mínimo y ocupada en las cosas terrenas, sino porque, deseando siempre amar más y más a vuestro Dios y Señor, este amor iba aumentándose continuamente, y tomó mayor incremento con la noticia de vuestro cercano fin; encended en mi corazón este divino fuego, que abrasaba vuestro santísimo pecho, y haced que, consumiendo en mi todo afecto y amor desmedido a las criaturas, me levante su fuerza a lo alto de la perfección, para que, no buscando ni deseando sino gozar cuanto antes de Dios y de Vos en el Cielo, esté siempre dispuesto para la muerte que me hade llevar allá. Amén.
  
Se renuevan los propósitos que se hicieron ayer, y se concluye con la Jaculatoria, la Letanía y la Oración.
      
DÍA TERCERO – 14 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración preparatoria.
   
MEDITACIÓN DEL ARDIENTE DESEO QUE TENÍA LA SANTÍSIMA VIRGEN DE QUE LLEGARA LA HORA DE SU TRÁNSITO
Acercábase ya la hora feliz en que María Santísima había de salir de este valle de lágrimas para ir a gozar de la compañía de su amantísimo Hijo en el Cielo. ¡Con qué ansias deseaba esta Señora tan dichoso momento, y cuán alegre estaba esperando la venida de su dulce Jesús, en cuyos brazos, como en ligeras y suaves alas, debía subir a la gloria! ¡Cuán preparada, pues, estaría para salir de este mundo! Y así, toda unida y ocupada con Dios, todas sus ansias y deseos serian verle cara a cara y poseerle para siempre. Cada momento, cada respiración se encendía más y más en amor de su divino Esposo, y cuanto más crecía la llama de su amor, tanto más vehementes eran los impulsos que sentía de verse libre de los lazos de la carne y volar al seno de su Creador.
    
Considera también, alma mía, el sentimiento de todos los fieles y Apóstoles cuando supieron la cercana muerte de su Señora y Maestra. Cuán grande sería su desconsuelo viendo que perdían de vista a la que amaban como a su tierna y cariñosa Madre, a la que recorrían en sus dudas y con la que se consolaban en los trabajos de su predicación. Considera bien todo esto, alma mía, y arrancando de tu corazón todo afecto y afición a las cosas vanas y perecederas de la tierra, entra en espíritu en la humilde habitación de María Santísima, y mezclando tus sentimientos y afectos con los de los Santos Apóstoles, suplícale humilde te dé su santa bendición, y que te dispensa su favor y amparo desde el Cielo. ¡Ahí Mañana recordamos el glorioso triunfo de María, y celebramos aquel momento feliz en que se le dio la debida recompensa que merecían sus altísimas virtudes! Feliz, pues, el alma que sepa pedir en este día a las puertas de su misericordiosa liberalidad: alcanzará sin duda el remedio de sus necesidades y encontrará el camino de la salvación; porque escrito esta que quien la hallare, hallará la vida y alcanzará salud del Señor (Proverbios VIII, 35).
    
Se meditará, y cada uno puede entretenerse en los afectos que sobre esta materia su devoción le sugiera; después se dirá la siguiente
   
ORACIÓN
¡Oh María, templo sagrado del divino amor! ¿Quién podrá comprender la alegría de vuestro Corazón al ver tan cercana la hora de uniros perpetuamente con vuestro divino Hijo, y los ardentísimos deseos en que os abrasabais de que llegase la hora de que esta unión se consumase? ¡Ah! Madre de mi alma, no es esto para entendimiento humano; porque si, según doctrina de vuestro tierno amante San Bernardo, era necesario un milagro continuo para que no murierais a la fuerza del divino amor en que estuvisteis abrasada desde el primer instante de vuestra Inmaculada Concepción, mucho más necesario fue este milagro en los últimos momentos de vuestra vida. Y naciendo, pues, los deseos que teníais de gozar de Dios de este amor, ¿qué habremos de decir, Madre mía, sino que era necesario un milagro para que la vehemencia de estos deseos no rompiera los lazos que unían vuestra alma con el cuerpo? Adoro, pues, este milagro de la divina Omnipotencia, y entre tanto, Madre mía, permitid que una mis sentimientos con los que tenían los Apóstoles y demás fieles cuando postrados a vuestras plantas soberanas derramaban tiernas lágrimas porque os ausentabais de ellos, y que os diga con todo mi corazón: No me dejéis, Madre mía, solo en este mundo a la merced de mis enemigos. Dadme vuestra santa bendición, y con ella vendrá la paz del Señor a mi alma, y la caridad y gozo del Espíritu Santo. Y de esta manera, desapegado mi corazón de los bienes terrenos, volará en alas de amor a lo alto de la perfección, hasta posarse algún día a vuestras plantas soberanas. Amén.
  
Se renuevan los propósitos que se hicieron ayer, y se concluye con la Jaculatoria, la Letanía y la Oración.

sábado, 1 de agosto de 2026

DÍA DE RETIRO ESPIRITUAL

Tomado del Misal diario del padre Luis Ribera CMF.
   
Las personas verdaderamente piadosas hacen todos los meses un día de Retiro Espiritual, que consiste en prepararse a fin de tenor una buena y santa muerte. No te olvides de hacerlo. Quizá durante el mes no has pensado más que en tus negocios materiales; pero vale la pena de que emplees por lo menos media horita cada mes en el gran negocio, en el negocio de la salvación de tu alma. No es esto pedirte mucho. ¿No encontrarás treinta minutos en los 43.200 que tiene el mes?

Si el día de Retiro se practica en tu parroquia, no dejes de asistir al mismo. Sí no se hace públicamente, puedes hacerlo en particular tú mismo, o en la iglesia o en tu misma casa. Y te aconsejo que todo aquel día procures guardar un poco más de silencio, practicar alguna pequeña mortificación, hacer alguna obra de caridad y, sobre todo, retirarte por espacio de media hora para practicar el ejercicio que aquí encontrarás,

Puesto en tu habitación, con las ventanas un poco entornadas, te pondrás de rodillas y con todo el afecto de tu corazón harás la siguiente

MEDITACIÓN DE LA MUERTE

COMPOSICIÓN DE LUGAR. — Represéntate a ti mismo en el trance de la muerte con el semblante pálido y cadavérico, y la respiración difícil y casi apagada.
PETICIÓN. — Pide a Dios luz para conocer y sentir lo que te sucederá en aquel lance triste, y gracia para prepararte debidamente.

PUNTO 1.º — El morir es un decreto divino, irrevocable y universal, confirmado por la historia de todos los siglos. Considera que el morir es una ley sin excepción ni dispensa; es un decreto irrevocable de Dios, que irremisiblemente nos comprende; es una necesidad de la cual no puede prescindirse. No depende de nuestro querer o no querer, ni dejamos de correr a ella por el olvido. La historia de todos los tiempos, pueblos y familias es una prueba auténtica de esta verdad que nadie podrá impugnar. Mira, para tu desengaño, en qué han parado tantas y tan bellas figuras de hombres y mujeres como han existido desde Adán hay hoy. Pregúntate a ti mismo: ¿Qué ha sido de ellos? ¿dónde están? ¡Ay! Abre sin miedo aquellos nichos, aquellos sepulcros, y no verás en ellos otra cosa que podre, ceniza, gusanos. He aquí en qué paran todos, ricos y pobres, sabios e ignorantes, superiores y súbditos, y en eso pararás tú, quizá dentro de poco. Oye, si no, las palabras que en boca de ellos pone el Espíritu Santo: Acuérdate de nuestra suerte; pues así será también la tuya: ayer para mi, hoy para ti. (Eccli. 38, 23.) — REFLEXIONA SERIAMENTE ESTO UNOS INSTANTES.

No hay remedio; llegará el día en que deberás despedirte del mundo, para presentarte a juicio y pasar a la eternidad; llegará el día en que cerrarás los ojos a la luz, en que dejarás el mundo y cuanto hay en él; en que tu alma, entre desmayos y agonías, se separará violentamente del cuerpo, dejándole objeto de horror y espanto, y pasando ella al Cielo, Purgatorio o Infierno, según la sentencia irrevocable del terrible Juez. En esto infaliblemente te has de ver; a eso corres como el agua, como el sentenciado que va al suplicio; y de esto no te. puedes evadir. ¿Crees tú esa verdad? Pues si de ella no puedes dudar, di: ¿Por qué amas tanto el mundo? ¿Por qué regalas tanto este cuerpo, enemigo de tu alma, que tantas faltas te hace cometer? ¿Por qué buscas con tanto afán las comodidades, los gustos, las honras? En una palabra: ¿por qué no te preparas y dispones mejor para morir? ¿De qué te servirán en aquel momento los gustos, los pasatiempos, las vanidades, las diversiones mundanas? ¿Cómo cometes pecados que en aquel momento tanta tortura te han de dar? ¿Por qué no multiplicas y no haces mejor las obras buenas, que es lo único que en aquella hora te podrá valer? Oh alma, abre los ojos con tiempo; medita con atención esta verdad y no quieras exponerte a que te sorprenda la muerte sin haberte preparado como debías. Si ahora mismo hubieses de morir, ¿estás preparado? — MEDITA Y REFLEXIONA.

PUNTO 2.º — La ignorancia de la hora y modo con que hemos de morir, exige de nosotros atenta y constante preparación. Considera la necesidad de prepararte por razón de la ignorancia de la hora y modo con que has de morir. Aunque pudieses vivir un número considerable de años, siempre pasarían pronto como los que has vivido. ¿Qué te queda de tus años pasados? Por eso Dios te dice: Acuérdate que la muerte no tarda. El mismo Jesucristo te exhorta a que vigiles, porque no sabes el día ni la hora en que te llamará. No hay día, ni hora, ni lugar en el mundo que pueda ofrecer seguridad; antes de todas partes y en cualquier momento te pueden asaltar. ¡Oh incertidumbre terrible! ¡Oh peligro espantoso, que no respeta edad, complexión ni robustez! ¡Hoy formarás planes y quizá mañana te lleven al sepulcro! Comiendo o bebiendo, descansando o trabajando, y hasta pecando puedes morir. ¡Cuántos lo han experimentado! Escucha, por tanto, la voz de Jesucristo que a todos nos dice: «Estad preparados, porque a la hora en que estéis más descuidados, el Hijo del Hombre ha de venir», o sea, te ha de asaltar la muerte. No te dice precisamente que te prepares, sino que estés preparado. Dos cosas muy serias te dice Dios: Que la muerte vendrá a la hora menos pensada, y que el pecado la acelera. Mas, que sea un poco más tarde o más temprano, siempre será presto, como se verifica con el sentenciado, el cual, aunque pase por una calle o camino más o menos largo, siempre llega pronto al lugar del suplicio. — PIÉNSALO CON ATENCIÓN.

Mas, ¿de qué manera morirás? ¡Ah!, lo ignoras igualmente: puede ser repentinamente, o con muerte violenta, a manos de un ladrón o asesino, o de un accidente o caso fortuito, de un ataque cerebral, de un colapso del corazón, de manera que no tengas lugar ni tiempo para prepararte. Quizás, como tantos otros, morirás de una enfermedad que te perturbe las potencias o te quite el sentido; quizá sean tan agudos los dolores de la enfermedad, o tan grande la flaqueza o turbación de cabeza, que no estés apto para nada, ni aciertes a tener un buen pensamiento. ¿Y quién sabe si te faltará la asistencia o copia de confesor? Y si algo de esto te sucede, cosa fácil y frecuente, y te encuentras desprevenido, ¿qué será de ti? ¡Oh, cuán necesario es prepararse de antemano! Esta preparación es tanto mas urgente, cuanto la muerte es una sola y de ella depende la eternidad. ¡Ay, pues, de ti, si no aciertas un paso de tanta importancia! Jamás lo podrás remediar. ¿Que horror! Mira, por tanto, si estás bien prevenido y piensa que quizá tienes la muerte mucho más cerca de lo que puedes imaginarte. — MEDITA, RESUELVE, ORA…
  
PUNTO 3.º — Sin el testimonio de la buena conciencia y adorno de las virtudes, será funesto el trance de la muerte. Considera ahora las angustias, congojas y agonías que en la muerte te cercarán, si no tienes el testimonio de la buena conciencia y el adorno de las virtudes y buenas obras. En este caso, ¡ay de ti!, te verás reducido a exclamar: «Los dolores de la muerte me han alcanzado y circuyen por todas partes, y los torrentes de la iniquidad de mis maldades me conturban sobremanera». Represéntate aquí mismo aquel paso tan doloroso. ¡Qué penas tan multiplicadas! El cuerpo con vivos dolores, desmayos y agonías; el alma con la viva aprehensión de tener que dejarlo todo; con los remordimientos por el mal que hizo por el bien que dejó de hacer y por lo mal que se portó en el poco bien que hizo. ¡Qué sentimiento! ¡Tantos pecados sin saber si están perdonados! ¡Tan mal empleo de potencias y sentidos! ¡Tan grande amor al cuerpo y tanto descuido para las cosas de la salvación, que era lo verdaderamente importantes! ¡Qué congoja para el alma al representársele que está próximo el momento en que se ha de separar del cuerpo y comparecer en aquellas regiones tan nuevas de la eternidad! ¡Qué agonía al considerar que dentro de pocos instantes se ha de presentar delante del Divino Juez, a quien tantas veces ha ofendido Y disgustado, para darle cuenta de toda su vida! ¡Qué aflicción al pensar que dentro de poco se decidirá si ha de salvarse o condenarse! ¡Oh momento aterrador, al cual han temido hasta los mayores Santos! Efectivamente, San Hilarión temblaba en aquella hora, a pesar de haber hecho rigurosa penitencia por espacio de setenta años. Santa Juana Chantal, no obstante su santidad y fervor, puesta en aquel trance, exclamaba: «Son espantosos los juicios de Dios». Si, pues, ellos temían, ¿cómo no temes que te hallas tan vacío de virtudes y buenas obras? — MEDITA SERIAMENTE Y ORA CON FERVOR.
  
Piénsalo detenidamente en este día de retiro. Morirás, sí, irremisiblemente morirás, y con la muerte lo perderás todo. De nada te servirán en aquella hora decisiva las riquezas, los honores, los placeres. No te llevarás sino las obras, buenas o malas, que hayas hecho en este mundo. ¿Qué haces, pues? ¿Cómo vives? ¿Puede Dios estar contento de ti? Y tú mismo, ¿tienes la conciencia tranquila? Desearías morir tal como te encuentras ahora? Si ahora murieses, ¿irías al Cielo o al infierno? Alma cristiana, no te desanimes, confía en Jesús; arrójate a sus pies y pídele que por su santa muerte en cruz, te conceda una muerte buena y santa. Confía en la bondad del Corazón de María, a la cual tantas veces pedimos que ruegue por nosotros pecadores, ahora, durante el tiempo de nuestra vida, y después en la hora de nuestra muerte. — PIÉNSALO BIEN.
  
DEPRECACIONES
Oh Jesús, Señor Dios de bondad y Padre de las misericordias; me presento delante de Vos con el corazón contrito, humillado y confuso, y os encomiendo mi última hora y lo que después de ella me espera.
  1. Cuando mis pies empiecen a perler el movimiento, y me adviertan así que mi carrera en este mundo está próxima a su fin… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  2. Cuando mis manos empiecen a perder el tacto y, temblorosas, no puedan sostener ya el Crucifijo, dejándole caer a pesar mío en el lecho de mi dolor… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  3. Cuando, velados ya mis ojos y haciendo contorsiones por el horror de la muerte cercana, fijen en Vos sus miradas lánguidas y moribundas… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  4. Cuando mis labios fríos y convulsos pronuncien por última vez vuestro nombre adorable… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  5. Cuando mi cara pálida y lívida cause lástima y terror a los circunstantes, y bañados mis cabellos con el sudor de la muerte se pongan rígidos en mi cabeza, y anuncien que mi fin está cercano… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  6. Cuando mis oídos, próximos a cerrarse para siemPre a las conversaciones de los hombres, se abran para oír la sentencia irrevocable que fijará mi suerte para toda la eternidad… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  7. Cuando mi imaginación, agitada de horrendos y espantosos fantasmas, quede sumergida en mortales congojas y cuando, turbado mi espíritu con el temor de vuestra justicia al recuerdo de mis iniquidades, esté pugnando contra el enemigo infernal, que tendrá empeño en quitarme la esperanza en vuestras misericordias y en precipitarme en los horrores de la desesperación… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  8. Cuando mi corazón, débil y oprimido con los dolores de la enfermedad, esté sobrecogido por el temor de la muerte, fatigado y rendido por los esfuerzos que haya hecho contra los enemigos de mi salvación… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  9. Cuando derrame las últimas lágrimas, síntomas de mi próxima destrucción, recibidlas, ¡oh Señor!, en sacrificio expiatorio, para que yo muera como una víctima de penitencia; y en aquel momento terrible… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  10. Cuando mis parientes y amigos, reunidos en torno de mi cama, se horroricen al ver mi situación y os invoquen por mí… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  11. Cuando, perdido ya el uso de mis sentidos, desaparezca de mi vista el mundo, y yo gima entre las angustias de la última agonía y las congojas de la muerte… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  12. Cuando los últimos suspiros de mi corazón den impulso a mi alma para que salga del cuerpo, aceptadlos, Señor, como hijos de una santa impaciencia de unirme a Vos; y entonces… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  13. Cuando mi alma, al extremo de mis labios, salga para siempre de este mundo, y deje a mi cuerpo pálido, frío y sin vida, aceptad la destrucción de éste como un homenaje que rindo a vuestra divina Majestad; y en aquella hora… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  14. Finalmente, cuando mi alma se presente delante de Vos, y vea por vez primera el resplandor de vuestra Majestad, no la arrojéis de vuestra presencia; dignaos más bien recibirla en el seno de vuestra misericordia, para que eternamente cante vuestras alabanzas, y entonces, ahora y siempre… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.
  15. Por los méritos e intercesión de María Santísima, Madre y abogada de los pecadores, que espero rogará por mí en la hora de la muerte… Jesús misericordioso, tened piedad de mí.

Jesús, José y María, os entrego mi corazón y el alma mía.
Jesús, José y María, amparad mi alma en la última agonía.
Jesús, José y María, haced que descanse en paz el alma mía.

En este día te abstendrás de diversiones y de salir en público, en cuanto te sea posible, y procurarás confesar y comulgar.

lunes, 16 de febrero de 2026

EL VALOR DEL TIEMPO

PUNTO I
«Hijo mío —nos dice el Espíritu Santo—, procura emplear bien el tiempo, que es la cosa más preciosa y el don más grande que que puede Dios otorgar a un hombre en esta vida». Hasta los gentiles conocieron cuánto valía el tiempo, pues Séneca dijo que no había precio que igualase al valor del tiempo: «Nullum témporis prétium». Pero mejor que los gentiles han estimado y conocido los santos su mucho valer. Decía San Bernardino de Siena que «un momento de tiempo vale tanto como Dios, porque a cada instante puede el hombre, con un acto de contrición o de amor, adquirir la divina gracia y la gloria eterna: Módico témpore potest homo lucrári grátiam, et glóriam. Tempus tantum valet, quántum Deus, quíppe in témpore bene consúmpto comparátur Deus». 

El tiempo es un tesoro que solamente se halla en esta vida, pues en la otra no existe, ni en el infierno ni en el Cielo. «¡Oh, si tuviésemos una hora! O, si darétur hora!». Tal es el grito de los condenados en el infierno. ¡Qué no darían por una hora de tiempo, en la cual pudieran reparar su ruina! Mas esta hora no la tendrán jamás. En el Cielo no hay lamentos; mas si los bienaventurados pudieran llorar, llorarían, a buen seguro, por haber perdido durante la vida el tiempo en el cual podían haber adquirido mayor grado de gloria; pero tampoco ellos podrán alcanzar este tiempo. Después de muerta se apareció una religiosa benedictina, radiante de gloria, a cierta persona y le dijo que nadaba en delicias, pero que, si le fuese dado desear alguna cosa, solamente desearía tornar a la vida y padecer mucho para merecer más gloria, y añadió que se daría por dichosa el poder sufrir hasta el día del Juicio todos los dolores que había experimentado en su última enfermedad para lograr la gloria que corresponde al mérito de una sola Ave María [1]. 

Y tú, hermano mío, ¿en qué malgastas el tiempo? ¿Por qué lo que puedes hacer hoy lo dejas para mañana? No te olvides de que el tiempo pasado desapareció ya y no es tuyo; el que está por venir tampoco está en tu poder; sólo tienes el tiempo presente para obrar el bien. «¡Oh insensato! —dice San Bernardo—, ¿por qué presumes de lo futuro, como si Dios hubiera puesto en tus manos la presidencia de los tiempos? Quid de futuro miser præsúmis, tánquam Pater témpora in tua posúerit potestáte?». A lo cual añade San Agustín: «¿Cómo puedes prometerte un día tú, que no tienes una hora? Diem tenes, qui horam non tenes?». ¿Cómo puedes prometerte el día de mañana, si no sabes si te queda todavía una hora de vida? Por lo cual concluye Santa Teresa diciendo: «Si hoy no estás preparado para morir, teme una muerte desgraciada».

PUNTO II
No hay nada más precioso que el tiempo, ni tampoco hay cosa más menospreciada y menos estimada de los mundanos. Esto es lo que deplora San Bernardo cuando dice: «Nada hay más precioso que el tiempo y nada más vilmente estimado: Nihil pretiósius témpore, sed nihil vílius æstimátur»; y luego añade: «Uno tras otro se deslizan los días de salud para nunca más volver: Tránseunt dies salútis, et nemo recógitat sibi períre diem, et núnquam reditúrum». Ved a ese jugador que gasta días y noches en el juego. Preguntadle qué hace, y os responderá: «Matar el tiempo». Ved a ese otro vago que pasa las horas muertas en la calle, atisbando a ver quién pasa, si no es que se entretiene en hablar de cosas obscenas o a lo menos inútiles. Si le preguntáis qué hace, os responderá que está pasando el tiempo. ¡Desgraciados! De esta suerte pierden tantos días, días que no volverán jamás.

¡Tiempo menospreciado, en el trance de la muerte serás buscado y apetecido por los mundanos! Suspirarán entonces por otro año, por otro mes, por otro día, mas no lo tendrán; y oirán, por toda respuesta, aquella voz terrible: «Ya no habrá más tiempo: Tempus non erit ámplius». ¡Cuánto pagarían estos desventurados porque se les concediese todavía una semana más, otro día de tiempo, para mejor ajustar las cuentas de su alma! «Entonces, para lograr una hora de tiempo, darían —dice San Lorenzo Justiniano— todos sus bienes, riquezas, honores, placeres: Erogáret opes, honóres, delícias pro una hórula». Mas ni esta hora tendrán de tregua. «Apresúrate —le dirá el sacerdote que le asista—, apresúrate, sal presto de esta tierra, que ya no queda tiempo: Proficíscere, ánima christiána, de hoc mundo».

Por esto nos exhorta el Sabio a que nos acordemos de Dios y procuremos su gracia y amistad antes que desaparezca la luz. «Acuérdate de tu Creador antes que se oscurezca el sol y desaparezca la luz: Meménto creatóris tui, ántequam tenebréscat sol, et lumen» (Eccl. 12, 1). ¡Qué dolor no siente el viajero, al saber que ha perdido el camino, cuando le vienen encima las tinieblas de la noche y no tiene tiempo de remediar el yerro! Este género de angustia acometerá en la hora de la muerte al que ha vivido muchos años en el mundo sin emplearlos en el servicio de Dios. «Vendrá la noche —dice el Señor—, en la cual nadie puede obrar: Venit nox, in qua nemo potest operári». (Joann. 9, 4). Esta noche fatal será para él la hora de la muerte, en la cual no podrá ya hacer nada «Y contra mí llamó al tiempo: Vocávit advérsum me tempus», dice el Profeta (Thren. 1, 15). Pasará entonces por delante de su conciencia el tiempo que ha tenido y que lo ha empleado en daño de su alma. Le vendrán a la memoria tantas luces, tantas gracias que ha recibido de Dios para hacerse santo, y no ha querido aprovecharse de ellas; y en aquel momento se verá imposibilitado de hacer el bien. Entonces, gimiendo, dirá: «¡Loco de mí! ¿Qué es lo que he hecho? ¡Oh tiempo perdido! ¡Toda tu vida está perdida! ¡Perdí los años en que podía haberme santificado! No lo hice, y ahora ya se acabó el tiempo». Pero ¿de qué le servirán entonces estos suspiros y lamentos, cuando está acabándose para él la escena de este mundo, y la lámpara de su vida despide los últimos fulgores, y el moribundo está para entrar en el momento del cual depende toda la eternidad?

PUNTO III 
«Caminad —nos dice Jesucristo— mientras tengáis luz: Ambuláte dum lucem habétis» (Joann. 12, 35). Es menester que caminemos por las vías del Señor mientras tengamos luz, esto es, durante la vida, porque la luz se apaga en la hora de la muerte. Entonces no es tiempo de prepararse, sino de estar ya preparado. «Estad preparados: Estóte paráti», nos dice el Señor. En la hora de la muerte no se puede hacer cosa de provecho: lo hecho, hecho está. ¡Oh Dios!, si a uno trajesen la triste nueva de que dentro de poco se iba a ventilar un proceso del cual depende su vida y toda su fortuna, ¿qué prisa no so daría para buscar un buen abogado que hiciese valer su razón ante los ministros de justicia y ver el medio de que la sentencia le fuera favorable? Estarnos seguros que muy en breve, tal vez ahora mismo, se ha de tratar la causa que más nos importa: del negocio de nuestra salvación. ¿Y perdemos el tiempo?

Pero dirás: «Yo soy joven todavía; más tarde me daré a Dios». Pero ¿ignoras por ventura —te diré yo— que el Señor maldijo a la higuera porque no llevaba fruto, aun cuando, como lo advierte el Evangelio, «no era el tiempo de los higos: Non enim erat tempus ficírum»? (Marc. 11, 13). Con lo cual quiso el Señor declararnos que el hombre, aun en los años de su juventud, debe dar frutos de buenas obras; de otra suerte será maldito y en lo por venir no dará frutos, como no los dio la higuera. «Nunca jamás coma ya nadie fruto de ti: Jam non ámplius in ætérnum ex te fructum quíspiam mandúcet". Así dijo el Redentor al árbol, y de esta suerte maldice al que, llamado por Él, le resiste. ¡Cosa digna de admiración! El demonio tiene por breve el tiempo de nuestra vida, y por eso no pierde ni un instante para tentarnos. «El diablo bajó a vosotros y está lleno de furor sabiendo que le queda poco tiempo: Descéndit diábolus ad vos habens iram magnam, sciens quod módicum tempus habet» (Apoc. 12, 12). Y mientras el enemigo no malogra un momento para perdernos, ¿malograremos nosotros el tiempo que Dios nos ha dado para salvarnos?

«¿Y qué mal hago yo?», preguntará otro. Pues qué, ¿no es un mal perder el tiempo en juegos, en conversaciones inútiles, que nada aprovechan al alma? ¿Por ventura te da Dios el tiempo para que lo malgastes? «No —dice el Espíritu Santo—; del buen don no pierdas ni la más mínima parte: Non te prætéreat partícula boni diéi» (Eccli. 4). Los obreros de que nos habla San Mateo no hacían cosa mala: solamente perdían el tiempo, y, sin embargo, fueron reprendidos por el dueño de la viña, que les dijo: «¿Por qué estáis aquí ociosos todo el día? Quid hic statis tota die otiósi?» (Matth. 20). En el día del juicio Jesucristo nos pedirá cuenta de toda palabra ociosa. Todo el tiempo que no se emplea en el servicio de Dios es tiempo perdido. «Mira como perdido—dice San Bernardo—todo el tiempo en que no has pensado en Dios: Omne tempus, quo de Deo non cogitásti, cógita te perdídisse». Por eso nos exhorta el Señor y nos dice: Cuanto pueda hacer tu mano, hazlo sin demora, porque ni para obra ni pensamiento habrá lugar en el sepulcro, hacia el cual corres apresuradamente: «Quodcúnque fácere potest manus tua, instánter operáre, quia nec opus, nec rátio erunt apud ínferos, quo tu próperas» (Eccl. 9, 10). Decía la venerable Madre Sor Juana de la Santísima Trinidad, carmelita descalza [2], que en la vida de los santos no hay el día de mañana, que sólo se halla en la vida de los pecadores, los cuales siempre están diciendo: «Mañana, mañana», y así les asalta la muerte. «Ahora es el tiempo favorable —dice el Apóstol—: Ecce nunc tempus acceptábile» (2.ª Cor. 6, 2). «Si oyereis hoy la voz del Señor —dice el Salmista—, no queráis endurecer vuestros corazones: Hódie si vocem ejus audiéritis, nolíte obduráre corda vestra» (Ps. 94, 8). Dios te exhorta hoy a obrar el bien; hazlo hoy, porque bien puede ser que mañana no sea ya tiempo, o que Dios no te llame más. 
  
Si en lo pasado, por tu desgracia, has gastado el tiempo en ofender a Dios, procura llorarlo todo lo que te queda de vida, como se propuso hacerlo el rey Ezequías: «Repasaré, ¡oh Dios mío!, delante de Ti con amargura de mi alma, todos los año; de mi vida: Recogitábo tibi omnes annos meos in amaritúdine ánimæ meæ» (Is. 38, 15). Dios te alarga la vida a fin de que repares el tiempo perdido. «Recobrad el tiempo perdido —dice San Pablo a los Efesios—, porque los días de vuestra vida son malos: Rediméntes tempus, quóniam dies mali sunt» (Ephes. 5, 16). Comentando San Anselmo este texto, dice: «Recobrarás el tiempo si haces lo que has descuidado hacer: Tempus rédimes, si quæ fácere neglexísti, fácias». «Si bien San Pablo —dice San Jerónimo— fue en orden el último de los Apóstoles, los aventajó a todos en mérito, porque después de su vocación trabajó más que todos: Páulus novíssimus in órdine, prior in méritis, quía plus in ómnibus laborávit».
   
Consideremos, a lo menos, ya que otra cosa no hagamos, que a cada momento podemos alcanzar nuevos méritos para la vida eterna. Si te fuera dado en propiedad tantas tierras como pudieras recorrer en una jornada o tanto dinero como pudieras contar en un día, ¡con qué afán te pondrías a la obra! Pues bien, a cada momento puedes adquirir tesoros eternos, ¿y pierdes el tiempo? Lo que puedes hacer hoy no lo dejes para el día de mañana, porque el día de hoy será para ti perdido y no tornará más. Cuando hablaban delante de San Francisco de Borja de cosas mundanas, elevaba su corazón hacia Dios y se entretenía con Él en santos afectos; de suerte que si al fin le preguntaban su parecer no sabía qué responder. Un día que por ello le amonestaron dijo: «Antes prefiero pasar por corto de ingenio que perder una partecita de tiempo: Malo rudis vocári, quam témporis jactúram pati».

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIOPreparación para la muerte, 2.ª parte, consideración XI. Traducción de Tomás Ramos C.Ss.R., 4.ª Ed. española. Madrid, El Perpetuo Socorro, 1943.

NOTAS [De la traducción española]
[1] La visión que narra Tobías Löhner SJ se refiere a un varón muy piadoso que había sufrido tres años de gota.
[2] Esta Sor Juana pertenecía por su nacimiento a las casas de los duques de Béjar y del Infantado. Murió en Medina del Campo el 10 de mayo de 1628.

viernes, 28 de noviembre de 2025

LA DEPENDENCIA DE DIOS, NUESTRA ESPERANZA AUN EN LA MUERTE

«Morir es el signo inequívoco de nuestra dependencia. Nuestra dependencia es el fundamento inequívoco de nuestra esperanza» (NICOLÁS GÓMEZ DÁVILA, Nuevos Escolios a un texto implícito, pág. 47d).

domingo, 2 de noviembre de 2025

PARA REFLEXIONAR DE ALGUNOS FUNERALES

Un asceta, caminando por el desierto, se topó con una tribu nómada que estaba celebrando un magnífico funeral. 
En medio del campamento, sobre una gran hoguera, yacía el cuerpo del líder de la tribu con ricas joyas y lujosas ropas.
«¿De qué fe era su líder?», preguntó el anciano.
«¡Ay!», le respondieron, «él era un incrédulo»,
«Verdaderamente una gran desgracia», dijo el ermitaño, «estar tan lujosamente vestido y no tener adónde ir».

jueves, 2 de octubre de 2025

NOVENA DEL TRÁNSITO DE SAN JOSÉ

Novena compilada en El devoto josefino editado por D. Francisco Abadiano Valdés, y publicado en París y Méjico por la editorial de Charles Bouret en 1881. Las consideraciones fueron tomadas de la Mística Ciudad de Dios, de Sor María de Jesús de Ágreda.
   
NOVENA DEL TRÁNSITO DEL SANTÍSIMO PATRIARCA SEÑOR SAN JOSÉ, PARA IMPLORAR UNA BUENA MUERTE
  

Puesto delante de una imagen del Señor San José, dirás el siguiente 

ACTO DE CONTRICIÓN.
Dulcísimo Redentor mío: amabilísimo Padre de las misericordias, Dios de todo consuelo, que no queréis se pierdan las almas que a costa de vuestra preciosísima Sangre redimisteis del cautiverio infame del demonio, sino que deseáis ardientemente su vida, su conversión, su penitencia: aquí tenéis, Dios mío, postrado a vuestras plantas al mayor pecador que, despreciando vuestra ley, ha abandonado vuestros preceptos: aquí me tenéis avergonzado y traspasado de dolor de haberos ofendido. ¡Oh, quién, Dueño amorosísimo, hubiera muerto antes que cometido la más leve ofensa, la más ligera culpa contra vuestra bondad! ¡Oh, quién, ya que os ha ofendido, tuviera tan gran dolor que se le hiciera pedazos el corazón! ¡Ay Dios mío! ¡Ay Dios mío!, ¡cómo me pesa de haberos agraviado! ¡Ay, y cómo me arrepiento y prometo ya nunca más ofenderos! Dadme vuestra gracia y concededme, por los esclarecidos méritos de vuestro gran José, el que conservándola hasta la muerte, me abra las puertas de la gloria. Amén.

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Oh José dulcísimo, nutricio del Hijo de Dios y fidelísimo custodio de la Virgen Madre, que en la hora de tu muerte tuviste por enfermeros y asistentes divinos al mejor Hijo, Jesús, y a la mejor Esposa, María: asístenos, ampáranos, favorécenos en aquel trance terrible, que para entonces, pues eres refugio de agonizantes, te requerimos; para entonces, cuando no tenemos ni ojos con qué verte, ni boca con qué llamarte, te llamemos e imploremos tu patrocinio. No nos dejes en aquella hora, cuando procurará combatirnos terriblemente el demonio, a fin de que perdamos a Dios eternamente. Muéstranos entonces tu oficio de padre y patron del linaje humano: ejercita el cargo que tienes, José Santísimo, de eficaz auxilio de los afligidos, de agradable consuelo de desamparados. No se pierda, ¡oh Santo gloriosísimo!, no se pierda entónces quien pone en ti sus esperanzas, y quien desde ahora para aquella te llama, te invoca y te solicita. Seas tú nuestro auxilio, nuestra ayuda, nuestro socorro; para que invocando entonces los dulcísimos nombres de Jesús, María, y tuyo, vayamos a gozarte por todos los siglos en la gloria. Amén.

DÍA PRIMERO
Consideracion: núm. 866, cap. xiv Agred.
Considera cómo Cristo Nuestro Señor, maestro ciertamente grande de los trabajos, lleva por el camino real de éstos al esposo de su Madre, Señor San José, a quien amaba su Majestad sobre todos los hijos de los hombres: y para acrecentar los merecimientos y corona, antes que se le acabase el término de merecerla, le dio en los últimos años de su vida algunas enfermedades de calentura y dolores vehementes de cabeza y coyunturas del cuerpo, muy sensibles, y que le afligieron y extenuaron mucho.

ORACIÓN
Oh pacientísimo José, que en los últimos años de vuestra vida acrecentais vuestros merecimientos y corona con aquel gran sufrimiento, paciencia y tolerancia con que sufrísteis aquellas enfermedades, dolores y calenturas que extenuaron vuestro castísimo cuerpo: haced, Santo mío poderosísimo, por esta gran paciencia y mansedumbre, que en mis trabajos, aflicciones y dolores imite vuestra tolerancia, considerando que son regalos de la mano de Dios e instrumentos para merecer mayores coronas y laureles: ruégoos tambien, esposo de mi Reina, me concedais una dichosa y santa muerte, la cual sea tránsito para gozaros en la gloria. Amén.

Siete veces el Padre nuestro y Ave María, y despues de cada uno esta:

JACULATORIA.
En la postrera agonía, 
Cuando mi muerte llegare, 
Tu patrocinio me ampare 
Y el de tu esposa María. 

Despues, para todos los dias, esta
  
ORACIÓN
Poderosísimo patron del linaje humano, amparo de los pecadores, seguro refugio de afligidos, eficaz auxilio de los agonizantes, Padre putativo de Jesus y Esposo verdadero de María. ¡Oh Santo mio dulcísimo! no me desampareis en el terrible trance que me aguarda: mirad cuán pocas son mis fuerzas para rebatir las asechanzas con que en aquella hora procurará el demonio derribarme, sugiriéndome malos pensamientos contra la fe, contra la esperanza y contra la caridad. Mirad que si vos no me socorreis, pereceré eternamente y no tendré en lo humano quien me ayude. Si vos no me ayudais, ¿qué será de mí? ¡Oh Santo mio, oh Santo mio! escuchad mis ruegos y asistidme en aquel trance, para el cual os invoco desde esta hora. Para esto os interpongo estas, aunque tibias oraciones, y el amor tan grande con que os asistieron en el vuestro, Jesus y María. Alcanzad asimismo, de vuestro Hijo y Esposa, concordia entre los gobiernos cristianos; victoria contra los infieles y herejes; exaltacion de la santa Iglesia y del nombre del verdadero Dios; descanso de las almas del purgatorio; consuelo y alivio á los necesitados, esfuerzo á los varones apostólicos; amor hacia nuestros enemigos; para todos colmada gracia y mucha gloria. Amen.

Se finaliza con una Salve á la Santísima Vírgen y esta

ORACIÓN
Bellísima María, Esposa del Patriarca santo José, fuente de piedades y misericordia: que toda os difundís para remedio de los mortales, principalmente en las postreras agonías, cuando necesitan mas de tu socorro: para entónces, para entónces os llamo, Señora mia, confiado en que no habeis de despreciar mis ruegos, pues siempre os habeis mostrado favorable y propicia hácia á los que se refugian bajo vuestro patrocinio, y con especialidad hácia á aquellos que tierna, devota y fervorosamente se ejercitan en los cultos de vuestro querido Esposo José. Por la intercesion de este Patriarca santo, os ruego tenga yo, y todos los católicos, en la hora de nuestra muerte, la asistencia de vuestra alteza soberana y la de vuestro dulcísimo Hijo Jesus, Rey eterno de la gloria. Amen.
  
Con afecto fervoroso
Y con humilde atención, 
Celebra la devoción 
Vuestro tránsito glorioso.
    
Grave pena sentiría, 
José, vuestra alma inocente, 
Al ver amante y prudente, 
Sentir su pena María; 
¡ Mas cuánto gozo tendría, 
Al ver con celeste luz, 
Que en compañía de Jesus 
En la cama os asistía! 
Por este gozo y dolor 
Os pedimos feliz suerte, 
Y que una dichosa muerte 
Nos alcancéis del Señor. 
    
Fué vuestra pena doblada 
Con no poder trabajar; 
Y ésta se llegó á aumentar 
Mirando á María atareada ; 
Pero salió consolada 
Vuestra alma, porque en verdad 
Se cumplia la voluntad 
De vuestro Hijo, prenda amada.
Por este gozo y dolor 
Os pedimos feliz suerte, 
Y que una dichosa muerte 
Nos alcancéis del Señor. 
    
Vuestro cuerpo padecia
Muy insufribles dolores, 
Y éstos se os hacian mayores 
Porque María los sentia; 
Mas os llenó de alegría 
El manjar que os ministraba, 
Porque María lo guisaba, 
Y en la boca os lo ponia. 
Por este gozo y dolor 
Os pedimos feliz suerte, 
Y que una dichosa muerte 
Nos alcancéis del Señor. 
    
Fue vuestra pena crecida
Cuando se os apareció 
El ángel, y os avisó 
De estar cerca la partida:
Mas fue en gozo convertida,
Considerando que en vos
Se cumplia el gusto de Dios, 
Sacrificando la vida.
Por este gozo y dolor 
Os pedimos feliz suerte, 
Y que una dichosa muerte 
Nos alcancéis del Señor. 
      
Fué la angustia mas penosa 
Que sintió vuestra alma pura, 
Despediros con ternura
De vuestro Hijo y vuestra Esposa;
Pero en esta ansia amorosa
Con demostraciones finas, 
Y con promesas divinas, 
Quedó vuestra alma gozosa. 
Por este gozo y dolor 
Os pedimos feliz suerte, 
Y que una dichosa muerte 
Nos alcancéis del Señor. 
    
Qué pena recibiriais,
Qué tolerar y sufrir, 
Al padecer y sentir 
Las últimas agonías;
Mas en tan duras porfías
Con aquel rapto divino 
En que vísteis a Dios trino, 
Os llenásteis de alegría. 
Por este gozo y dolor 
Os pedimos feliz suerte, 
Y que una dichosa muerte 
Nos alcancéis del Señor. 
    
Fué la pena sin igual 
Cuando a rigurosa calma, 
Se apartó vuestra pura alma 
De la vida temporal;
Mas con gozo celestial, 
¡Oh Santo José! quedásteis, 
Porque á Jesus entregásteis 
Ese tan rico caudal. 
Por este gozo y dolor 
Os pedimos feliz suerte, 
Y que una dichosa muerte 
Nos alcancéis del Señor. 
    
Antífona: Recibió José la bendición del Señor Dios que Jesús, Señor y Dios de Cielos y tierra, le fuese súbdito.
Anunciad entre las gentes su gloria.
Y entre los pueblos sus maravillas.
    
ORACIÓN
Oh Dios, que diste al bienaventurado San José el incomparable tesoro de tu madre y lo adornaste con el nombre de su Esposo, concédenos misericordiosamente que, así como fue providente en tu crianza, sea así ante Ti solícito intercesor nuestro. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. 
  
SEGUNDO DIA.

Consideracion núm. 866, cap. xiv. Agred. Considera como sobre estas enfermedades que afligieron al santo Patriarca, tuvo otro modo de padecer mas dulce, pero muy doloroso, que le resultaba de la fuerza del amor ardientísimo que tenia, porque era tan vehemente que muchas veces tenia unos vuelos y éxtasis tan impetuosos y fuertes, que su espíritu purísimo rompiera las cadenas del cuerpo, si el mismo Señor que se los daba no le asistiera dándole virtud y fuerzas para no desfallecer con el dolor. Mas en esta dulce violencia le dejaba su Majestad padecer hasta su tiempo; y por la flaqueza natural de un cuerpo tan extenuado y debilitado, venia á hacer este ejercicio de incomparables merecimientos para el dichoso santo, no solo en los efectos de dolor que padecia, sino tambien en la causa del amor de donde le nacian.

ORACIÓN
Amorosísimo José, en quien se verificó aquella dulce enfermedad de amor de que adolecia la esposa de los Cantares, y con tanta vehemencia que rompiera vuestro espíritu las cadenas de la cárcel del cuerpo, á causa de aquellos impetuosos éxtasis ocasionados del amor, si el Señor que os lo concedia no os asistiera con su virtud divina. Por este amor tan grande, os suplico que todo me encienda y arda como ascua en las llamas del amor divino; y por aquellos dolores que os ocasionaba esta, aunque dulce, dolorosa enfermedad, os pido me asistais ahora y en aquella hora de que depende, ó una insufrible eternidad de penas, ó una deliciosa eternidad de gloria. Amen.

TERCER DIA.

Consideracion núm. 873, cap. xv. Agred.

Considera como corrian ya ocho años que las enfermedades y dolencias del mas que dichoso Santo José le ejercitaban, purificando cada dia su mas generoso espíritu en el crisol de la paciencia y del amor divino, y creciendo tambien los años con los accidentes, se iban debilitando sus flacas fuerzas, desfalleciendo el cuerpo y acercándose al término inexcusable de la vida, en que se paga el comun estipendio de la muerte que debemos todos los hijos de Adan: crecia tambien el cuidado y solicitud de su divina Esposa y nuestra Reina, en asistirle y servirle con inviolable puntualidad: y conociendo la amantísima Señora, con su rara sabiduría, que ya estaba muy cerca la hora ó el dia último de su castísimo Esposo, para salir de este pesado destierro, se fué á la presencia de su Hijo Santísimo, y hablando con su Majestad le pidió lo asistiese en la hora de su muerte, acordándole el amor y humildad, el colmo de virtudes y méritos á que habia subido el Santo Patriarca, y poniéndole delante la fidelidad y solicitud con que habia servido al Hijo y á la Madre, la cual peticion aceptó nuestro Salvador.

ORACIÓN
Oh dichosísimo Patriarca José, que acrisolado ya con ocho años de prolijas y dolorosas enfermedades, y acercándose el plazo de vuestra muerte, tuviste la incomparable dicha de que te asistiese con mayor puntualidad y cuidado tu dulcísima Esposa, quien interpuso sus súplicas para con tu Hijo estimativo, para que te asistiese con el brazo poderoso de su diestra: yo te pido, Santo mio, por estas sumas felicidades, interpongas las tuyas, para que me asistan en mi trance estos Santísimos Señores. Bien conozco, padre mio, que por mis muchas culpas me he hecho indigno de estos favores; pero al mismo tiempo conozco que vale mucho tu patrocinio para con tu Hijo y Esposa; y no me dejarán de conceder lo que te pido cuando te pongo por mi abogado é intercesor, para gozar una preciosa muerte, tránsito á una interminable gloria. Amen.

CUARTO DIA.

Consideracion núm. 874, cap. xv. Agred. Considera como nueve dias antes del tránsito de Señor San José, por mandato de Jesucristo, tres veces cada dia los santos ángeles daban música celestial al dichoso enfermo, con cánticos de loores del Altísimo y bendiciones del mismo Santo. A mas de esto, se sintió en toda aquella humilde pero inestimable casa, una suavísima fragancia de olores tan admirables, que confortaban no solo al varon Santo José, sino á todos los que llegaron á sentirla, que fueron muchos de fuera, adonde redundaba.

ORACIÓN
Oh felicísimo José, Patriarca santo, que en vuestra preciosa muerte, ahuyentando Jesus y María los bramidos del infernal dragon, que en aquella hora procura combatir a los mortales, merecísteis escuchar la apacible música de los ángeles, y que vuestra santa casa, santuario ciertamente en que habitaban la mejor arca, el mejor propiciatorio, y el mejor altar de timiama Jesus y María, se llenase de suavísima fragancia, que confortaba vuestro cuerpo: yo os pido humildemente se conforte mi alma con las fragancias de las virtudes, las que conservando hasta el fin de mi vida, merezca ir á gozar aquella melodía, con que los ángeles cantan: Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos, llenos están los cielos y la tierra de tu gloria. Amen.

QUINTO DIA.

Consideracion núm. 876, cap. xv. Agred.
Considera como un dia antes que muriese el santísimo Patriarca, sucedió que, inflamado todo del divino amor con estos beneficios, tuvo un éxtasis altísimo, que le duró veinticuatro horas, conservándole el Señor las fuerzas y la vida por milagroso concurso, y en este grandioso rapto vió claramente la divina Esencia, y en ella se le manifestó sin velo ni rebozo lo que por la fe habia creido, así de la Divinidad incomprensible, como del misterio de la Encarnacion y redencion humana y la Iglesia militante, con todos los sacramentos que á ella pertenecen.

ORACIÓN
Oh Patriarca bienaventurado, que merecísteis tener un éxtasis de tanta duracion y tan sublime en que vísteis claramente y sin rebozo la divina Esencia, efecto verdaderamente de aquella fe tan grande con que creísteis el arcano misterio de la Divinidad, como tambien el de la Encarnacion y redencion humana, y todos los demas sacramentos de nuestra Iglesia. Yo os pido, Santo mio, una fe tan viva, tan ciega, que en defensa de estos misterios dé, si fuere necesario, hasta la última gota de mi sangre; y que viva y muera para ir á ver claramente estas verdades incontestables por eternidades en la gloria. Amen.

SEXTO DIA.

Consideracion núm. 876, cap. xv. Agred.
Volvió Señor San José del rapto, que dijimos ayer, lleno su rostro de admirable resplandor y hermosura, y su mente toda deificada de la vista del Sér de Dios; y hablando con su Esposa santísima, le pidió la bendicion, y ella á su Hijo benditísimo que se la diese, y su Divina Majestad lo hizo. Luego la gran Reina, maestra de la humildad, puesta de rodillas, pidió á San José tambien la bendijese como esposo y cabeza, y no sin divino impulso, el varon de Dios, por consolar á la prudentísima Esposa, le dió su bendicion á la despedida, y ella le besó la mano con que la bendijo, y le pidió que de su parte saludase á los santos padres del Limbo.

ORACIÓN
Oh José santísimo, Esposo de la Madre de Dios, y cabeza de la mejor y mas noble familia de la tierra, que estando cercano á vuestra muerte, pedísteis la bendicion á vuestra Esposa, y le dísteis la vuestra para consuelo suyo, la que recibió la muestra grande de la humildad postrada de rodillas: yo os suplico me bendigais en todas mis acciones, para que todas vayan dirigidas á Dios, como á fin último, y me alcanceis me bendigan tambien Jesus y María en esta vida, y en aquel terribilísimo trance de que con tantas bendiciones espero salir en paz, para bendeciros á vos y á Jesus y María, eternamente en la gloria. Amen.

SÉPTIMO DIA.

Consideracion núm. 876, cap. xv. Agred.

Considera como para que el humildísimo José cerrase el testamento de su vida, con el sello de esta virtud, pidió perdon á su divina Esposa, de lo que en su servicio y estimacion habia faltado, como hombre flaco, terreno, y que en aquella hora no le faltase su asistencia con la intercesion de sus ruegos. A su Hijo santísimo agradecióle tambien el santo Esposo los beneficios que de su mano liberalísima habia recibido toda la vida, y en especial en aquella enfermedad.

ORACIÓN
Oh humildísimo José, varon verdaderamente justo y agradecido, que nos dejásteis ejemplo grande de humildad, cuando lleno de lágrimas, como piadosamente creemos, pedísteis perdon á vuestra Esposa de aquello en que hubiérais faltado á su servicio, siendo así, que fuísteis su fidelísimo custodio, que puntualmente la guardásteis y servisteis: yo os suplico por esta humildad tan esclarecida, me concedais la imite, pidiendo perdon á los que hubiere injuriado, y perdonando asimismo á los que me hubieren hecho algun agravio. Os pido tambien, por aquellas gracias que dísteis á vuestro Hijo santísimo de los beneficios recibidos de su mano, que me concedais no olvide jamas de dárselas tambien por las innumerables que me ha hecho, para que muriendo en gracia, vaya á cantárselas en la gloria. Amen.

OCTAVO DIA.

Consideracion núm. 877, cap. xv. Agred.

Considera como despues de haber hablado con su castísima Esposa, se convirtió el varon de Dios á Cristo Nuestro Señor, y para hablar a su Majestad, con profunda reverencia en aquella hora, intentó ponerse de rodillas en el suelo; pero el dulcísimo Jesus llegó a él, y le recibió en sus brazos; y estando reclinada la cabeza dijo: «Señor mio y Dios altísimo, Hijo del Eterno Padre, Criador y Redentor del mundo: dad vuestra bendicion eterna a vuestro esclavo y hechura de vuestras manos: perdonad, Rey piadosísimo, las culpas, que como indigno he cometido en vuestro servicio y compañía. Yo os confieso, engrandezco, y con rendido corazón os doy eternamente gracias, porque entre los hombres me eligió vuestra inefable dignación para Esposo de vuestra Madre; vuestra grandeza y gloria misma sean mi agradecimiento, por todas las eternidades». El Redentor del mundo le dió la bendicion y le dijo: «Padre mio, descansad en paz y en la gracia de mi Padre celestial y mía: a mis profetas y santos, que os esperan en el Limbo, daréis alegres nuevas de que se llega ya su redención».

ORACIÓN
Oh Patriarca justísimo, que con la mas profunda reverencia y humildad os despedísteis de vuestro soberano Hijo, pidiéndole perdon de vuestras culpas (aunque no las habíais cometido) confesándoos indigno en su presencia, engrandeciendo su Majestad y conociendo su divinidad verdadera, á cuyas verdaderas palabras correspondió el Señor dándoos la paz y constituyéndoos precursor hácia los padres del Limbo. Yo os pido humildemente, maestro excelente de la humillad, me alcanceis de Dios un verdadero dolor le mis culpas, un conocimiento grande de mi pequeñez, de mi miseria, de mi nada; un conocimiento de su grandeza, de su poder, de su Majestad, y un temor grande de ofenderle; una preciosa muerte, una perenne gracia y una perpetua gloria. Amen.

ÚLTIMO DIA.

Consideracion núm. 875, cap. xv. Agred. Considera como en aquellas palabras de Jesus á José : «Padre mio, descansad en paz etc.,» espiró el varon justo en los brazos de su santísimo Hijo, y su Majestad le cerró los ojos. Al mismo instante la multitud de angeles que asistian con su Rey supremo y Reina, hicieron dulces cánticos de alabanza, con voces celestiales y sonoras. Luego por mandado de su Alteza, llevaron la santísima alma al Limbo de los padres y profetas, donde todos la conocieron llena de resplandores de incomparable gracia, como Padre putativo del Redentor del mundo y su gran privado, digno de singular veneracion, y conforme á la voluntad y mandato del Señor que llevaba, causó nueva alegría en aquella innumerable congregacion de santos con las nuevas que les evangelizó de que se llegaba ya su rescate.

ORACIÓN
Oh fidelísimo José, que merecísteis en vuestra muerte os cerrase los ojos el mismo Hijo del Eterno Padre, y que en manos de ángeles, al son de alegres instrumentos y sonoros cánticos de alabanza, fuese vuestra candidísima alma, mas blanca que la nieve, llevada al seno de sus padres, que esperaban la redencion, la que vos evangelizásteis, causando en ellos grandísima alegría: yo os pido por estas felicidades, me concedais, que cerrando los ojos á todas las vanidades y pompas mundanas, solo los abra para ver las cosas del agrado de Dios. Os suplico tambien, por aquella veneracion y culto que os dieron los santos padres en el Limbo, nos empleemos todos los católicos en vuestra importante devocion, y que perseverando en ella hasta la muerte, merezcamos sean llevadas nuestras almas en manos de los ángeles á la gloria. Amen.

martes, 5 de agosto de 2025

A MITAD DEL CAMINO (DECESOS DEL JUBILEO BERGOGLIO-PREVOSTIANO)


De los miles que fueron a Roma para el Woodstock que es el “Jubileo de la Juventud” del 29 de Julio al 3 de Agosto, hubo dos que murieron antes de llegar a la clausura del mismo: la egipcia Pascale Rafic (derecha) de 18 años, y la española María Cobo Vergara de 20.
  
Pascale Rafic acudió desde la parroquia de San Cirilo en el suburbio cairota de Heliópolis con una delegación encabezada por Jean-Marie Chami Inst. de Prado, obispón titular de Tarso y vicario patriarcal para la Eparquía de Alejandría de los Grecocatólicos melquitas. Estando en el pueblo italiano de Artena, a 30 km al sur de Roma, sufrió un infarto fulminante mientras viajaba en el autobús la noche del 29 de Julio.
   
Por su parte, María Cobo Vergara había partido con una delegación de la parroquia Nuestra Señora de la Paz en Madrid (atendida por el Instituto Cristo Rey y Sumo Sacerdote), pero al poco de llegar a los Alpes se regresó a Madrid, donde murió el pasado 30 de Julio de enfermedad de Cushing producida por cáncer suprarrenal con metástasis al pulmón.
  
Las dos chicas nunca conocieron la Fe Católica (aunque tenían posibilidad de haberla conocido –y en el caso de Cobo Vergara, haber superado el veterorritualismo representado por el ICRSS y llegar a sacar conclusiones al analizar la doctrina; dicho de otra forma, LLEGAR AL SEDEVACANTISMO–, por lo que no cabe en ellas la posibilidad de ignorancia invencible –que no es medio de salvación, sino castigo del pecado original, como definió Santo Tomás de Aquino–). Vivieron y murieron en el error. Mas no se ha de colegir por las circunstancias de sus decesos que sean más pecadoras que todos los demás neoiglesianos, sino más bien recordar la advertencia de Nuestro Señor Jesucristo: «Si vosotros no hiciéreis penitencia, todos pereceréis igualmente» (San Lucas XIII, 3).

miércoles, 29 de enero de 2025

OCTAVA “¿Yo para qué nací?”, Y GLOSA

Poema atribuido por Lope de Vega y Carpio a Fray Pedro de los Reyes OFM Alc. († 1649), predicador del antiguo Convento de San Luis de Paracuellos de Jarama.
  
OCTAVA
¿Yo para qué nací? Para salvarme.
Que tengo de morir es infalible.
Dejar de ver a Dios y condenarme,
Triste cosa será, pero posible.
¿Posible? ¿Y río, y duermo, y quiero holgarme?
¿Posible? ¿Y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago?, ¿en qué me ocupo?, ¿en qué me encanto?
Loco debo de ser, pues no soy santo.
  
GLOSA
Yo ¿cómo vine al mundo? Condenado;
Dios ¿cómo me libró? Dando su vida;
Yo ¿cómo la perdí? Por un bocado,
Que fue del mundo todo el homicida.
Dios ¿qué me pide a mí? Lo que me ha dado;
Yo ¿qué le pido a él? La eterna vida;
Dios ¿para qué murió? Para librarme:
¿Yo para qué nací? Para salvarme.

De tierra soy, en tierra he de volverme;
Y a siete pies de tierra reducido,
Y una pobre mortaja en que envolverme,
Tendré del mundo el pago merecido;
No puedo deste paso defenderme,
Ni el César puede, ni el jayán temido;
¡Miseria general!, ¡caso terrible!
Que tengo de morir es infalible.

Allí de los amigos más amados,
Del alma tiernamente más queridos,
Los últimos abrazos regalados
Recibiré con llantos y gemidos
Allí seré el mayor de mis cuidados,
Los deleites y vicios cometidos,
Pues que puedo por ellos no salvarme
Dejar de ver a Dios y condenarme.

Pues ¿cómo de la enmienda y penitencia
Tan descuidado vivo en esta vida?
¿Cómo no limpio y curo la conciencia
Antes que llegue el fin desta partida?
Porque si llega, y falta diligencia,
El dar en el infierno una caída,
Hasta el centro profundo más horrible,
Triste cosa será, pero posible.
   
Dispuesto con cuidado y prevenido
Conviene estar al tránsito forzoso;
Que si me coge desapercibido,
Tendré el castigo como perezoso;
¡Oh loco, torpe, necio, endurecido,
Falso, liviano, desleal, vicioso!
¿Qué puede ser venir a condenarme?
¿Posible? ¿Y río, y duermo y quiero holgarme?

En este paso mil exclamaciones,
Con lágrimas, sollozos y alaridos,
Harán, sin dar alivio a mis pasiones,
Padres, hermanos, deudos, conocidos.
¡Qué ansias, qué congojas, qué aflicciones
Turbarán mis potencias y sentidos!
¿Esto tengo de ver?, ¿esto es posible?
¿Posible? ¿Y tengo amor a lo visible?
  
Agonizando para dar la vida,
El cuerno flaco con la amarga muerte,
El alma triste teme la partida,
El divorcio preciso y dura suerte;
Amargo cáliz, de mortal bebida,
Que en pena eterna o gloria se convierte,
¿Cómo de la virtud me olvido tanto?
¿Qué hago?, ¿en qué me ocupo?, ¿en qué me encanto?

Allí me asombrará la cuenta larga,
Las visiones horrendas infernales,
La memoria terrible, tan amarga,
Del fallo que condena, y otros males.
Pues ¿cómo ¡oh ciego! con tan grande carga
De angustias y tormentos desiguales,
No tiemblo, no me enmiendo, no me espanto?
Loco debo de ser, pues no soy santo.

jueves, 16 de enero de 2025

EL DEBER DE REZAR POR LOS DIFUNTOS

Sermón predicado por el Ilmo. Sr. ObisponDon Fernando Altamira, Superior de la Sociedad de Santa María, el día 14 de Enero de 2025 (Fiesta de San Hilario de Poitiers, Obispo y Doctor de la Iglesia), en ocasión de la misa de aniversario en sufragio del Sr. Gabriel Mendoza Gutiérrez.
  

EL TIEMPO VUELA: LA MUERTE

Sermón predicado por el Rvdo. P. Pío Vázquez SSM el sábado 10 de Enero de 2025, durante la misa de nueve días en sufragio del Sr. Luis Guillermo Cassís Garay.
   

miércoles, 30 de octubre de 2024

MES DE LOS SANTOS ÁNGELES – DÍA TRIGÉSIMO

Dispuesto por el padre Alejo Romero, y publicado en Morelia por la Imprenta Católica en 1893, con licencia eclesiástica.
  
MES DE OCTUBRE, CONSAGRADO A LOS SANTOS ÁNGELES, EN QUE SE EXPONEN SUS EXCELENCIAS, PRERROGATIVAS Y OFICIOS, SEGÚN LAS ENSEÑANZAS DE LA SAGRADA ESCRITURA, LOS SANTOS PADRES Y DOCTORES DE LA IGLESIA.
 
ORACIÓN PREPARATORIA PARA TODOS LOS DÍAS
Soberano Señor del mundo, ante quien doblan reverentes la rodilla todas las criaturas del cielo, de la tierra y del infierno; miradnos aquí postrados en vuestra divina presencia para rendiros los homenajes de amor, adoración y respeto que son debidos a vuestra excelsa majestad y elevada grandeza. Venimos a contemplar durante este mes las excelencias, prerrogativas y oficios con que habéis enriquecido en beneficio nuestro a esos espíritus sublimes que, como lámparas ardientes, están eternamente alrededor de vuestro trono, haciendo brillar vuestras divinas perfecciones. Oh Sol hermoso de las inteligencias, que llenáis de inmensos resplandores todo el empíreo, arrojad sobre nuestras almas un destello de esos fulgores, a fin de que, conociendo la malicia profunda del pecado, lo aborrezcamos con todas nuestras fuerzas, y se encienda en nuestros corazones la viva llama del amor divino, para que podamos camina por los senderos de la virtud, hasta llegar a la celestial Jerusalén, donde unamos nuestras alabanzas a las de los angélicos espíritus y bienaventurados, para glorificarlos por toda la eternidad. Amén.
   
DÍA TRIGÉSIMO – SAN MIGUEL ARCÁNGEL, PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL
   
MEDITACIÓN
PUNTO 1º. Considera, alma mía, que reconociendo la Iglesia el poder, la excelencia y superioridad de San Miguel sobre todos los demás Ángeles, no ha vacilado en declararlo su Patrón y custodio, encomendando a su vigilancia y cuidado a todos los fieles que constituyen la misma Iglesia. Las funciones que este esclarecido Arcángel ejerce no pueden ser más importantes, pues según muchos santos Padres y autores piadosos, él vela incesantemente por la conservación del Sumo Pontífice; combate contra los enemigos invisibles de la Iglesia; designa los Ángeles custodios que han de cuidar de las almas; defiende a la Religión de los lazos que la tienden los herejes, protestantes, infieles e impíos; él está encargado de presentar nuestras almas ante el terrible tribunal de la divina justicia en la hora de nuestra muerte; él es, finalmente, el que hará resonar la trompeta en el Juicio universal, mandando legiones de Ángeles por las cuatro partes del mundo a recoger las cenizas de los muertos para darles animación y vida. ¡Qué funciones tan augustas y elevadas, dignas sólo del primer ministro de la Omnipotencia soberana, del Príncipe de la Iglesia Católica!
    
PUNTO 2º. Considera que no en vano la Santa Iglesia ha elegido a San Miguel para su patrono, pues que este poderosísimo Arcángel en todos tiempos y en todas partes ha dado muestras inequívocas del celo que le anima por el bien de la Iglesia. Entre innumerables rasgos de protección que pudieran citarse, bastará mencionar uno que por su trascendental importancia vale por muchos y da ha conocer claramente cuánto se interesa nuestro amado Príncipe por el buen nombre y prosperidad de la Iglesia que tiene bajo su custodia. Cuando padecía la Iglesia grandes trabajos en el pontificado de Pelagio, clamaban los celosos Prelados a Dios por que se apiadase de su querida esposa la Iglesia y remediase los daños que padecía. Se apareció entonces Sr. San Miguel a los afligidos Prelados, consolándolos y prometiéndoles que, en breve, después de la muerte de Pelagio, tendrían un sucesor que remediara las necesidades comunes que padecía, lo que a la letra se realizó. Nuestro Arcángel no sólo es custodio fidelísimo de la Iglesia en general y de todas las almas, en cuanto que las cuida a todas y procura libertarlas de las garras infernales, sino que también es protector especialísimo de aquellas que le aman y le sirven de veras siendo sus más fervientes devotas, a quienes en premio de su amor y fervor les ha revelado muchas veces el día de su muerte, gracia singular con que han sabido prepararse para la salida de este mundo. Al Abad Capracio se apareció y le dijo que dentro de dos días había de morirse, que se dispusiese. A San Wilfrido estando muriéndose le vino a visitar este Príncipe vestido de una estola blanquísima y le concedió salud milagrosa, advirtiéndole que después de cuatro años había de morir, que para entonces volvería a visitarle El emperador Otón segundo, supo de la boca de nuestro Ángel, cuando fue a visitarle a Gárgano, cuándo había de morir. En fin, son innumerables los prodigios que se refiere ha obrado este Santo Arcángel en favor de sus devotos: seámoslo, pues, todos muy de veras, para que nos asista durante la presente vida y sobre todo en el más terrible de los trances, en el de la muerte.
    
JACULATORIA
Ángel de Dios, que sois custodio de la Santa Iglesia, defendedla y protegedla siempre.
    
PRÁCTICA
Cada vez que oigáis la santa Misa, rezad juntamente con el sacerdote la oración a San Miguel que se acostumbra a rezar después de las Ave Marías, concluida la Misa. Se rezan tres Padre Nuestros y tres Ave Marías con Gloria Patri, y se ofrecen con la siguiente:
   
ORACIÓN
Soberano Príncipe de la Milicia angélica, protector poderoso de la Iglesia Católica, Patrón universal de todos los fieles, glorioso San Miguel, dirigid una mirada compasiva hacia esta porción del rebaño de Jesucristo, alejando de ella a todos sus formidables enemigos, así como alejasteis del Cielo a los ángeles rebeldes; confirmad en la fe de sus mayores a todo el pueblo cristiano, y haced que brille para la Religión y la Patria el día feliz del triunfo y de la gloria. Amén.
 
EJEMPLO
Refiere Fr. Joaquín de San Miguel Zapata en la novena que escribió dedicada a San Miguel Arcángel el siguiente caso: «Caminaba el Arzobispo Dn. Lope Fernández de Luna a visitar la imagen milagrosa de la Sierra, en compañía de un capellán suyo, cuando a deshora, antes de llegar a un pinar, camino de Villarroya, oyó una voz triste que lastimosamente se quejaba, y creyendo era ilusión, no puso atención: repitió la voz, y preguntando a su capellán si había oídola, respondió que una voz lamentable era la que había percibido. Asegurado el buen Prelado, le dijo que le siguiese. Caminaron e internando el bosque, vieron, no sin admiración grande y asombro, una cabeza separada de un cadáver que distaba algunos pasos de ella, la cual daba saltos; pero más se admiró, cuando en voz alta habló de esta suerte: “Arzobispo Lope, confesión”: y acercándose el vigilantísimo pastor a la cabeza, atendió a su confesión: y después de haberle referido sus culpas y ser absuelto de ellas dijo “que la causa de haberle favorecido el Cielo con el confesor que pedía, había sido por la devoción que en vida tuvo al Arcángel San Miguel, al cual se había encomendado fervorosamente cuando una cuadrilla de enemigos suyos le habían herido de la manera que le hallaban, conservándole milagrosamente en la cabeza su vida; y que el santo Arcángel le ofreció su asistencia hasta que se confesase”; y dicho esto, le faltó el aliento vital y murió».
     
ORACIÓN A LA REINA DE LOS ÁNGELES PARA TODOS LOS DÍAS
Oh, María, la más pura de las vírgenes, que por vuestra grande humildad y heroicas virtudes, merecisteis ser la Madre del Redentor del mundo, y por esto mismo ser constituida Reina del universo y colocada en un majestuoso trono, desde donde tierna y compasiva miráis las desgracias de la humanidad, para remediarlas con solicitud maternal; compadeceos, augusta Madre, de nuestras grandes desventuras. El mundo no ha dejado en nosotros más que tristes decepciones y amargos desengaños; en vano hemos corrido en pos de la felicidad mentida que promete a sus adoradores, pues no hemos probado otra cosa que la hiel amarga del remordimiento, y nuestros ojos han derramado abundantes lágrimas que no han podido enjugar nuestros hermanos. Por todas partes nos persiguen legiones infernales incitándonos al mal, y no tenemos otro abrigo que refugiarnos bajo los pliegues de vuestro manto virginal, como los polluelos perseguidos por el milano no tienen otro asilo que agruparse bajo las alas del ave que les dio el ser. Por esto, desde el fondo de nuestras amarguras clamamos a Vos para que enviéis hasta nosotros y para nuestra defensa a los espíritus angélicos, de quienes sois la Reina y Soberana, a fin de que nos libren de sus astutas asechanzas y nos guíen por el recto camino de la felicidad. Amén.