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martes, 1 de octubre de 2019

MES DE LOS DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA - DÍA TRIGESIMOPRIMERO

Tomado del libro El Servita instruido en el obsequio y amor de su madre María Santísima, o sea, Un mes dedicado y ofrecido a la meditacion de los dolores de María, del padre Víctor Perote, y publicado en Madrid por la Imprenta de Eusebio Aguado en 1839.
 
      
PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.
  
No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas. Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.
  
DÍA TRIGESIMOPRIMERO
REFLEXIÓN: SUSPIROS Y PENAS DE MARÍA SANTÍSIMA CUANDO SEPULTARON A SU AMANTÍSIMO HIJO, Y SU AMARGA SOLEDAD
Consumida por el amor y anegada en suspiros, clamores y llantos estaba María Santísima con el cadaver de su adorado dueño en sus brazos, quejándose inconsolablemente de la ingratitud y fiereza de sus enemigos. No cesaba de mirarle con suma ternura… no se hartaba de besarle y abrazarle, levantando sus ojos al Cielo y diciendo a su Eterno Padre… «¡Dios mío y Señor mío, he aquí la víctima, que aún está reciente!… ¡Este es vuestro Hijo y mi amado Jesús!… ¿Es posible que vuestra justicia le haya hecho apurar un tan amargo caliz?…». Así se desahogaba su amante pecho, y en semejantes exclamaciones se expresaba, cuando el hijo adoptivo de María, José y Nicodemo se acercaron a la Señora y la pidieron el cuerpo difunto para enterrarle y embalsamarle… «¡Tan pronto, ah, les responde abrazándose de nuevo con él, tan pronto me queréis separar de mi preciosa alhaja!… ¡Poco me habéis concedido para consolarme con él! ¡Oh, no, por Dios… no me arranqueis tan sin piedad á mi adorado Corazón, vida y alma… no me lo quitéis sin compasión!…». Hicieron a la angustiadísima Señora muchas reflexiones, diciéndola que a ellos era igualmente doloroso el sepultarle tan pronto, y apartar de su vista tan delicioso objeto; pero que como la noche estaba ya para llegar y tenían que embalsamarle y darle sepultura, en esto se había de tardar, y portanto era preciso comenzarlo… Convencida quedó la tristísima Reina, y aunque con mucha violencia cedió a sus instancias. Solícita y devota acompañó en cuanto pudo a aromatizarle y a envolverle en una sábana limpia y nueva, que había traído el famosísimo José; finalizado lo cual cogieron con la mayor reverencia el cadaver para sepultarle… Pero… ¿qué vais a hacer, santos varones?… ¡Aguardad… deteneos un poco… dad lugar a esa afligida y triste Madre para que por última vez se despida de su dilectísimo Hijo!… Se arrodilla… le abraza, y exclama con los suspiros más inexplicables… «¡A Dios, Hijo de mi vida… a Dios, bien único de mi alma… a Dios, adorado dueño de mis potencias… a Dios, esperanza alhagüeña de mis sentidos… a Dios, luz de mis ojos… a Dios, sangre de mis venas… a Dios… a Dios… que sin ti ya no deseo la vida, que más me será muerte y tormento!…». En estos lastimosos ayes quedó María mientras daban sepultura a su querido Jesús… Mas después que ya no le tenía presente ni veía, aunque cárdeno y desfigurado; después que ya no disfrutaba de su presencia, lloraba amargamente su soledad y desamparo… «Hijo mío dulcísimo, exclamaba, ¿dónde estás? ¿Cómo no te veo, o cómo vivo sin verte? ¡Oh Juan, muéstrame a tu Maestro!… ¡Oh Magdalena, dime donde está aquel amante a quien tanto querías!… ¡Donde está!… ¡Ah… mi Dios sepultado y yo estoy sobre la tierra!… No lo creyera de mí… Parientes míos, ¿qué se ha hecho de vuestro pariente y mi Hijo? ¡Murió nuestro gozo y nuestra dulzura, y murió cercado de penas!… ¡Ay, este es el punto grave de mi dolor!… ¡Pena fuera superior a mi vida verlo muerto… pero con tal muerte!… ¡Oh Hijo mío, anoche te prendieron, poco después te entregaron a los jueces, esta mañana te sentenciaron, a medio día te crucificaron, esta tarde te vi muerto. y ahora te adoro sepultado y lejos de mí!… ¡Qué distancia tan amarga… qué separacion tan funesta, qué memoria tan triste!…» (San Buenaventura, Meditaciones de la vida de Cristo, cap. LXXXIII). Reflexiona, alma mia, con detencion la soledad y tristeza de María, y para que mejor lo adviertas escucha las palabras de San Anselmo, quien no sabiendo cómo explicarse dice así… «¿Qué diré a esto?… ¿Qué más?… No lo sé, ni tengo voces, ni sé quien me las dé, para manifestar a la consideración de los hombres el estado de tus dolores cuando no veías ya a tu santísimo Hijo… (De las excelencias de la Bienaventurada Virgen María, IV)»…
  
SENTIMIENTOS Y PROPÓSITOS PARA ESTE DÍA  
¡Como es esto, Señora mía!… «Apartaos de mí, lloraré eternamente; no queráis cansaros en consolarme» (Divino Oficio, Dolores de María Santísima, Laudes) nos decís… ¿Hablaréis acaso, Reina de mi vida, con vuestros siervos inútiles y vanos, que entregándose sin rienda al pecado se quieren llamar vuestros esclavos y gozar de este honroso título?… ¿Se dirigirán vuestras palabras a los corazones que, pegados a lo terreno y pecaminoso, arrastran alegres las vergonzosas cadenas de las pasiones, y los pesados grillos de sus apetitos?… Pero a mí, Madre de mi alma… a mí, gloria de mi corazon… a mí, esperanza y refugio de mis intenciones y deseos… a mí, finalmente, que estoy resuelto y determinado a ser vuestro verdadero, legítimo y fiel siervo… ¿cómo es posible, celestial Princesa, cómo es posible que mis deseos firmísimos y mis constantes propósitos tan pronta e ignominiosamente se hayan resfriado, y más en unas circunstancias tan críticas?… ¡Vos gimiendo y llorando, y yo sin verter siquiera una lágrima de compasión! ¡Vos tristísima y yo sin consolaros! ¡Vos luchando entre las mayores angustias y desfalleciendo de dolor, y yo sin acelerarme a confortaros y alentaros! ¡Vos sola y desamparada, y yo sin acompañaros!… No será así, porque todo cuanto he ofrecido y a cuanto me he obligado lo cumpliré fielmente. Es verdad que aquellos pésimos siervos a quienes dirigiréis acaso vuestras palabras, con sus desvaríos, yerros y descomedimientos aumentarán vuestras penas, duplicarán vuestras angustias, y harán más insufrible vuestra soledad… Cierto es que os causarán sentimientos indecibles por su cobardía y bajo proceder, afrentándose con sus obras y envileciéndose con sus bajezas… Pero yo de mi parte, herido mi corazón de sumo dolor, y penetrada mi alma de amarguras sin número por haber recorrido con la reflexión la tragedia asombrosa de vuestros dolores… me determino… ¡oidme, cielos!… me resuelvo… ¡testigos sedme, criaturas todas!… a portarme como Servita fiel… ¡Qué vergüenza, haber recibido de María dolorosa tantas gracias, favores y prerogativas, y no agradecerlas como es debido!… No haré tal, Virgen Santísima de los Dolores… Asistiré puntual a los ejercicios de piedad y devoción… rezaré devoto la Corona dolorosa y las devociones propias de un Servita… imitaré vuestros ejemplos… seguiré la virtud con valor, y con el mismo detestaré la culpa; y todo cuanto bueno sea y pueda lo ejecutaré fervorosamente, puesto siempre bajo vuestra soberana protección… Sea así, Reina de mi alma… Estos son mis sentimientos; estos mis propósitos. Bendícelos, Madre mía, para que siendo tu verdadero siervo en esta vida, sea después tu venerador eterno en la gloria.…
 
CONCLUSIÓN PARA TODOS LOS DÍAS.
¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento? Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos. Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.

lunes, 30 de septiembre de 2019

MES DE LOS DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA - DÍA TRIGÉSIMO

Tomado del libro El Servita instruido en el obsequio y amor de su madre María Santísima, o sea, Un mes dedicado y ofrecido a la meditacion de los dolores de María, del padre Víctor Perote, y publicado en Madrid por la Imprenta de Eusebio Aguado en 1839.
 
      
PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.
  
No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas. Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.
  
DÍA TRIGÉSIMO
REFLEXIÓN: DESCONSUELO Y LÁGRIMAS DE MARÍA SANTÍSIMA AL RECIBIR EN SUS BRAZOS EL CUERPO DIFUNTO DE SU SANTÍSIMO HIJO
En los procelosos mares de la aflicción y de la angustia fluctuaba el Corazón de la inocente Virgen, cuando vio la felonía y el atentado de clavar con tan ferina rabia la afilada lanza en el costado de su querido Jesús; y por tanto continuaba desahogando sus sentimientos en tiernos suspiros. Pero a tan inmensas penas se juntó otra no menor, por aproximarse ya la noche, y no hallar proporción para bajarle de la Cruz antes que ésta lo cubriese todo con sus tinieblas. Estando en estos pensamientos tan compasivos, divisaron otra vez, por la senda misma por donde se había bajado la turba inhumana que había abierto el costado de Jesús, que venía una cuadrilla de gente. Eran estas varias personas, que acompañaban a José de Arimatea, noble y distinguido varón de Jerusalén, y discípulo del Redentor, el cual, obtenido el permiso de Pilatos para dar sepultura a su Maestro, se acercaba para cumplir sus intenciones. No los había apenas visto la Santísima Virgen y sus compañeros, cuando se sobrecogen de otra nueva aflicción (San Buenaventura, Meditaciones de la vida de Cristo, cap. LXXXI). Sus temores no se aquietan hasta que, viéndolos más de cerca, conocieron a José. Llegaron por fin, y recibidos por la Señora con el placer que es fácil entender, descolgaron el cadáver santísimo de Jesus, según lo refiere Santa Brígida y se puede allí notar (Revelaciones de Santa Brígida, libro II, cap. XXI). Cuando estaba ya para llegar cerca del suelo en los brazos de los que le bajaban, ¿quién explicará, quién dirá el ansia y vivos deseos que por estrecharle en los suyos tenía María Santísima?… No recibió la mujer a quien Elías resucitó su difunto hijo a este en sus manos ya vivo con tanta alegría (III Reyes XVII, 24), como María de los brazos de José a su querido y único, aunque ya muerto, Hijo Jesús. Lo primero que hace es darle en su ensangrentado rostro unos besos tan estrechos, que además de llenarse de Sangre, se lastimó con las espinas de la horrible corona. ¡Ah, qué ósculos tan tiernos y afectuosos!… María no acierta a separar su rostro del de su desfigurado Jesús… pero lo hace por fin, y sentándose, con él en su regazo, comienza suavísimamente a limpiarle… Alma mía, considera cuál sería la sensibilidad y el dolor de esta pobre Madre, al repasar y examinar tantas heridas y de tanta deformidad… Las mira atentamente, y no puede prorumpir en exclamaciones por quedarse suspensa y atónita; no quita por un gran rato la vista de su compasiva imagen, llevando sus manos unidas al pecho en accion de admirada… ¡Oh querida Madre mía, Reina tristísima… y cómo el Altísimo os conserva la vida milagrosamente, debiendo morir sin remedio a vista de tal espectáculo!… «¿Por ventura es ese vuestro Hijo dulcísimo? ¿Es ese el que concebísteis con tanta gloria y dísteis a luz con suma alegría? ¿Pues qué se hicieron vuestros pasados gozos? ¿Dónde están vuestras antiguas alegrías? ¿Dónde aquel espejo de hermosura en que os mirábais? ¡Ya no os aprovecha mirarle a la cara, porque sus ojos han perdido la luz! ¡Ya no os sirve hablarle, porque sus oídos se han cerrado… y ya no mueve aquella lengua que hablaba las maravillas del Cielo! ¡Ya están cerrados sus ojos, que con su vista alegraban al mundo! ¿Cómo no le habláis ahora, Reina del Cielo? ¿Cómo los dolores han anudado vuestra lengua? ¡Oh Madre afligidísima, a cuánta tribulación habeis venido y a qué olas de tristeza!… (I Macabeos VI, 11)» (Ven. Fray Luis de Granada, Tratado de la Oración, folio 43). Considéralo despacio, alma mía; repasa con atención este cuadro y todas sus circunstancias, para que así mejor que de ningún otro modo puedas llegar a comprender las lágrimas que derramarían sus ojos, y el dolor sumo que la ocuparía…
  
SENTIMIENTOS Y PROPÓSITOS PARA ESTE DÍA  
Mi corazón, Señora, se deshace en lágrimas y sollozos cuando con la reflexión posible me recojo a pensar y recordar vuestros sentimientos y penas cuando teníais en vuestro regazo a vuestro amabilísimo Hijo difunto, y tan lastimado… ¡Qué dolor tan penetrante atravesaría vuestro pecho tiernísimo! ¡Qué afectos tan compasivos os vendrían al pensamiento y expresaríais con vuestros labios! ¡Qué ósculos tan estrechos, qué abrazos tan apretados le daríais! ¡Aquí es donde se renuevan las amarguras y los pesares! ¡Aquí donde se recopilan todos los afectos y angustias que en toda su Pasión y en toda su vida os atormentaron! ¡Aqui donde se nos presenta el mar, innavegable piélago y mar de penalidades, de donde han salido y adonde han vuelto tantos ríos de dolor como hasta aquí hemos notado y visto en vuestro amoroso pecho! ¡Aquí, en fin, reconozco la suma de tantos sinsabores y aflicciones!… Pero… ¡oh felices dolores, oh bienaventuradas penas… oh dichosos pesares, cuántos frutos y utilidades nos han resultado! ¡cuánto honor y gloria a la misma Señora y Madre nuestra amabilísima!… Por los dolores de esta Reina recibió tanto júbilo y alegría la corte celestial, como le fue revelado a Santa Brígida, la cual vio una procesión de cortesanos y bienaventurados que guiaba la dolorosa Señora, delante de los cuales iba un Ángel que llevaba una grande espada, que significaba los dolores que padeció en la vida y muerte de su santísimo Hijo; después de lo cual le fue dicho a la Santa: «Mira cuánto honor y gloria resulta de esta festividad a María Santísima, por la espada de angustia que sufrió en la Pasion de su amado…» (Revelaciones de Santa Brígida, libro VII, cap. II). Por los dolores de nuestra Madre hemos hallado delante del Señor nuestra redención y la reconciliación de nuestra perdida amistad, porque si Dios envió al mundo su querido Hijo para que con su Pasion y muerte le rescatase de la culpa, claro está que en su modo la Madre de donde había de nacer, y que por el vínculo natural había de sentir tantas penas, angustias y tormentos, cooperaba y concurría en este sentido a nuestra reparación, aunque esta fuese solo obra reservada a Jesucristo… En los dolores de María podemos fundar nuestro tesoro, siendo para con Dios de tanto valimiento que inclinan tan piadosamente al Eterno, que parece como que no puede negar cosa alguna que por ellos le pidamos. Los dolores de María son la salud para nuestras dolencias, tranquilidad y refugio de los acosados, conformidad en nuestras adversidades, y socorro para nuestras aflicciones. Los dolores de María son el remedio de nuestros males, escudo para los justos, camino para los extraviados, y esperanza para todos los pecadores. Los dolores de María son la alegría del triste, la guía del peregrino, el amparo de las doncellas, la estrella que ilumina en la obscuridad, el tino en las dudas, acierto en las resoluciones, y puerto deseado de los que navegan en este valle de lágrimas. Los dolores de María, en dos palabras, son nuestro patrocinio en la tierra y nuestra corona en el Cielo… ¡Bendita sea María Santísima, y alabados eternamente sus santísimos dolores!… ¡Ah, qué felicidad, alma mía, qué dicha la nuestra si nos sabemos aprovechar de tan infinito tesoro! ¡Sí, desde ahora os lo prometo!… ¡Ojalá que os agraden estas mis palabras, y que la meditacion de mi corazón sea recibida en tu presencia! (Salmo XVIII, 15). Pues de este modo quiero manifestar que soy vuestro reconocido siervo, y que en vuestros dolores tengo colocada mi eterna confianza…
 
CONCLUSIÓN PARA TODOS LOS DÍAS.
¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento? Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos. Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.

domingo, 29 de septiembre de 2019

MES DE LOS DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA - DÍA VIGESIMONOVENO

Tomado del libro El Servita instruido en el obsequio y amor de su madre María Santísima, o sea, Un mes dedicado y ofrecido a la meditacion de los dolores de María, del padre Víctor Perote, y publicado en Madrid por la Imprenta de Eusebio Aguado en 1839.
 
      
PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.
  
No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas. Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.
  
DÍA VIGESIMONOVENO
REFLEXIÓN: ANGUSTIA Y DOLOR DE MARÍA SANTÍSIMA CUANDO VIO RASGAR CON LA LANZA EL COSTADO DE SU HIJO JESÚS
Tenía Dios mandado con expresa ley, que el mismo día que se crucificase a algún malhechor se le quitase del patíbulo y sepultase (Deuteronomio XXI), para abolir la antigua costumbre de no descolgarlos hasta que el tiempo, las aves o la corrupción los consumían (Tito Libio, libro I, De la crucifixión). Pero los Fariseos, como tan presumidos en la observancia legal, acudieron a pedir a Pilatos que los hiciese acabar la vida para ejecutar aquel mismo día el precepto, y enterrarlos antes de ponerse el sol, quebrándoles con gruesos martillos los pies, para que muriesen con esta pena si aún respiraban. En cumplimiento de la súplica mandó Pilatos efectuarlo, y para esto envió al Monte Calvario una tropa de soldados para acompañar a los verdugos, que con los instrumentos caminaban para él. Como María Santísima y su compañía permanecían sentados, según dijimos, mirando de hito en hito a manera de águilas finas al sol de justicia muerto tan cruelmente en aquella Cruz, llenos sus corazones de una amargura y sentimiento extremado, vieron subir la tropa por las sendas del Calvario... Aquí las dudas, aquí los sobresaltos y aquí los nuevos temores. Cree el amor tierno de María angustiadísima que iban a renovarse los escarnios y malos tratamientos en el delicado y difunto cuerpo de su Hijo santísimo… «¡A qué vuelven aquí, exclama al pie de la Cruz, adonde afectuosamente se acogió… a qué vienen, Hijo mío dilectísimo, estos hombres a este lugar!… ¿Qué más quieren hacer en ti, si ya te han quitado la vida?… ¡Yo tenía entendido que se habría ya satisfecho su furor!… ¡Ah… no sé qué hacer! ¡Librarte de la muerte no he podido! Pues, ¿qué haré ahora?… ¡A tus pies me pondré junto a la Cruz!… ¡Pide a tu Eterno Padre que se compadezcan de ti, que yo cuidaré de suplicárselo a ellos mismos!» (San Buenaventura, Meditaciones de la Vida de Cristo, cap. LXXX). Acabadas estas exclamaciones, y colocados junto a la Cruz todos los que la acompañaban, llegaron los soldados a aquel sitio, y no haciendo caso de los que allí veían, porque su presencia humilde no les daba sospecha, comenzaron a romper las piernas o rodillas de los dos ladrones, que aún vivían. Fácilmente se puede venir en conocimiento de los temores que en el Corazón de nuestra Reina crecían de todo punto. Concluyen con ellos, y se acercan a la cruz de Jesucristo para informarse mejor de si vivía aún, y juzgando la Señora que lo iban a ejecutar también con su adorada prenda, se arroja a sus pies, cruza sus brazos, levanta su voz lastimosa, y acompañándola con sus gemidos les dice: «Hermanos míos, por el Altísimo os pido no queráis atormentar más mi Corazón, siendo inhumanos con el cuerpo de mi difunto Hijo! Si le teníais por enemigo, ya le habéis quitado la vida…» (San Buenaventura, Meditaciones de la vida de Cristo, cap. LXXX) Pero ¿qué haceis, Madre mía? ¡Apartaos de unos hombres tan bárbaros que no os han de oir! ¡Cerrad vuestros ojos para no presenciar tal crueldad como van a ejecutar!… Así fue que, no haciéndola caso, y viendo que ya estaba muerto, uno de los soldados, para mostrar su odio implacable, enristró su lanza, y de un fuerte golpe rasgó el costado del Señor, brotando sangre y agua… (San Juan XIX). ¡Cuánta sería la aflicción, cuánto el dolor de María!… La lanzada cruel que abrió su costado no causó pena a su alma, que ya no estaba allí, sino a la de su Madre Santísima, que estremeció y tembló todo su cuerpo (San Bernardo, Sermón de las 12 estrellas de la Bienaventurada Virgen María). Oigámoslo a la misma Señora, porque nosotros jamás lo podremos comprender. «Luego que ví, dice, ejercer tal crueldad en el que ya estaba muerto, quedé como extática de pena: este fue sin duda el caso que me profetizó Simeón diciendo, “una espada traspasará tu corazón”. Entonces empecé como de nuevo a clamar, llorar y gemir; pero como había llorado tanto la noche antecedente y todo aquel día, faltábanme las lágrimas para llorar conforme mi angustia, y como pedía una lástima tan lamentable…» (San Anselmo, Diálogo de la Pasión del Señor). Conoce, alma mia, por estas espresiones de María Santísima su afliccion y desconsuelo tan singular…
  
SENTIMIENTOS Y PROPÓSITOS PARA ESTE DÍA  
¿Cómo será posible, dolorosa Madre mía; cómo será posible que sabiendo yo vuestra fineza y amoroso cariño hacia vuestro único y estimado Hijo, no llegue a imaginar lo sumo y excesivo de esta amargura? Vos, que aunque le mirábais muerto vivíais con todo consolada en algun modo por verle ya abandonado de sus enemigos y desamparado de ellos, aliviando vuestras angustias con los amorosos sollozos y quejas que le dábais cuando estábais al pie de la Cruz solo con vuestra noble compañía; pero se duplican vuestras penas nuevamente, y la tribulación cada vez se os aumenta… ¡Dolor grande para Vos, Señora mía!… ¡Sentimiento extremado!… No puedo, Reina mía, menos de sentirlo y compadecerme, como que bien os amo y os quiero. Sin embargo, sé y conozco que vuestro Corazón, igualmente que el mío y el de todos los cristianos, se dilataría algún tanto en medio de su aflicción al mirar aquel costado abierto, convertido en puerta franca para cuantos gusten entrar por ella, y en fuente tan copiosa y saludable para purificar y lavar muestras manchas. Bien lo considero, y advierto que así pasaba por Vos una alegría tan superior, aunque comprimida en algún tanto por vuestro dolor. Mas como en estos pasos tan funestos estábais tan solícita de nuestra redención, os llenábais de júbilo en lo posible siempre que veíais alguna señal más particular de esta obra maravillosa, porque todas se dirigían a ella en general… ¡Y qué… ¿No me será lícito sacar de esta reflexión, después de compadecerme de Vos, unos deseos eficaces de manifestar a los mortales el costado abierto de tan dulce Padre, para exhortarles y hacerles patentes los motivos tan grandes que tenemos para confiar en su divina misericordia? ¿Quién será el que pueda desconfiar de ella? Ni la multitud de las culpas, ni su enormidad y grandeza nos podrá jamás apartar de la dulce confianza de que el Señor nos perdone. Pues qué ¿no podremos usar las palabras de David, y decir como él al Señor: «Sed, Dios mío, mi protector… mirad al rostro de vuestro Hijo (Salmo LXXXIII, 10)… pues toda mi gloria espero recibirla por Él… (Romanos XV, 15)»? ¡Qué insensato sería yo, Dios mío, si sabiendo que con solo apoyar mis súplicas en los méritos de mi Abogado había de obtener el perdon de mis pecados no lo hiciese, por dejadez o por temor!... Vuestra misericordia se nos patentiza en los brazos abiertos del que Vos enviásteis para la satisfacción de mi culpa: vuestra misericordia está brillando en su Sangre preciosísima; vuestra misericordia, en fin, se mos ostenta y descubre en la hermosísima llaga del costado de mi amante Jesús (V. Fray Luis de Granada, Tratado de la Oración, parte I, folio 42). ¡Oh llaga del costado precioso, abierta más por el amor de los hombres que con el hierro de la lanza cruel!… ¡Oh puerta del cielo, ventana del paraiso, lugar del refugio, torre de fortaleza, santuario de los justos… por ti entran los animales a guarecerse del diluvio en el arca del verdadero Noé… a ti se acojen los tentados… en ti se consuelan los tristes… contigo se curan los enfermos… por ti entran en el Cielo los pecadores… en ti reposan los desterrados y peregrinos. Ábreme, Señor, esta puerta… recibe mi corazon en esta tan deleitable morada… Ved aqui, pecadores, si por las llagas solamente y por la Pasión de Jesucristo podemos confiar en la misericordia de nuestro Dios… ¡Desventurado de aquel que teniendo unos motivos tan manifiestos para acogerse a ella, y unas señales tan evidentes de que por ella le ha de perdonar nuestro Dios, no lo hace y se aprovecha de tan eficaz remedio. ¡Ah… sí… sí… desde ahora, alma mía, has de colocar toda tu confianza en esta sacrosanta llaga del costado de mi buen Jesús! ¡Madre mía, así te lo prometo, esperando que ella ha de ser la puerta para entrar a la celestial Jerusalén… confiando también que acogido en ella seré durante mi vida fortalecido contra todos mis enemigos. Corroborad, Señora mía, estos mis sentimientos, para que así experimente la misericordia de mi Dios, y con ella consiga mi perfecta felicidad…
 
CONCLUSIÓN PARA TODOS LOS DÍAS.
¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento? Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos. Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.

sábado, 28 de septiembre de 2019

MES DE LOS DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA - DÍA VIGESIMOCTAVO

Tomado del libro El Servita instruido en el obsequio y amor de su madre María Santísima, o sea, Un mes dedicado y ofrecido a la meditacion de los dolores de María, del padre Víctor Perote, y publicado en Madrid por la Imprenta de Eusebio Aguado en 1839.
 
      
PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.
  
No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas. Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.
  
DÍA VIGESIMOCTAVO
REFLEXIÓN: SENTIMIENTO Y DESCONSUELO DE MARÍA SANTÍSIMA AL MIRAR MUERTO A SU AMANTÍSIMO HIJO JESÚS
Ejecutada esta justicia, según ellos, pero según nuestras luces, fe y creencia la más desapiadada y alevosa injusticia, «sentóse María Santísima en una piedra que allí habia, rogando a su dulce compañía que lo hicieran también: por dar gusto a esta Señora lo hicieron y permanecieron a sus lados, mirando sin intermisión la una a su santísimo Hijo, y los otros a su maestro y amigo, así como estaba desnudo, tan desfigurado y en medio de los dos ladrones» (San Buenaventura, Meditaciones sobre la vida de Cristo, cap. LXXX). Como se había despejado ya el concurso y había quedado tan descubierto el campo, se dejaban ver y advertían mucho más las circunstancias de aquella terrible tragedia… Jesús, el humildísimo Jesús se presentaba tan desfigurado y lastimoso, que causaba una ternura y compasión muy singular. Su rostro denegrido y bañado en Sangre, su cabeza taladrada por las espinas e inclinada, sus manos y pies con lo restante del cuerpo amoratado y acardenalado… El Corazón de María parece como que se quería salir por los ojos deshaciéndose en lágrimas… «¡Hijo mío, le decía con el cariño más afectuoso, esperanza de mi vida y único consuelo de mis aflicciones!… ¿A dónde he de recurrir para aliviar mi pesar?… ¡Vos muerto y yo con vida… Vos atormentado exhalásteis vuestro espíritu, y yo en medio de mis angustias he quedado con aliento para prolongar mi martirio!… ¿Por qué no te compadeciste de mí… y no que me dejas y te ausentas, quedando solo este espectáculo tan melancólico para alivio de mis penas? ¿Qué he de hacer todo el restante de mis dias sin Vos?… ¡Ay!… ¿Cómo es posible que yo coma, beba ni descanse echando de menos tu compañía amable? ¡Oh culpa… oh pecado, que me has quitado a mi Hijo!… ¿No me hablas ya, Hijo mío… mo me miras ni respondes, consolándome con tus dulces acentos?… ¡Mas qué intento… desgraciada de mí… no me acordaba que te estoy mirando difunto!»… A estas ezclamaciones añadía María Santísima muchos suspiros de angustia, a los que seguían los de aquella santa comitiva… «¡Maestro mío, decía San Juan! ¿quién me enseñará tan divinas lecciones como Vos me dábais?… ¿Qué amigo encontraré tan cariñoso como Vos? ¡Oh, si me fuera dado recostarme otra vez sobre tu pecho!… ¡Oh, si durasen aún aquellos momentos! ¡Os he perdido, Jesus mío, y como guia que érais, me veré compelido a andar errante, sin encontrar otro tan fiel conductor!… Pero al fin me honrásteis en vuestra última encomienda con el distintivo de hijo de vuestra Madre, y con ella se suavizará mi pesar…». «Y yo, dueño mío, proseguía la Magdalena, ¿qué haré, careciendo de mi alma y vida, que érais Vos?… ¡Ay, amor mío, que yo no he encontrado amante mas fino que Vos!… ¡Miserable amor el que recibí de las criaturas… ¡falso amor el que me prometian mis torpezas!… pero el tuyo ¡ah! divino… ¡qué puro y satisfactorio!… ¿Quién, oh desgraciada de mí, me levantará de mis caídas? ¿Quién me dará eficaz medicina para mis llagas? ¿Quién limpiará mis manchas? ¡Vos, enamorado mío, fuísteis quien puso remedio a mi mal… Vos quien me defendió de los fariseos… Y ahora… ¡ay de mí! Ahora, ¿quién ejecutará tan interesantes oficios?»… Acompaña, alma mía, con tu sentimiento a esta piadosa gente… conoce los motivos tan poderosos que los afligen, y compadécete de María Santísima, que muy grande es su pesar…
  
SENTIMIENTOS Y PROPÓSITOS PARA ESTE DÍA  
Con que es verdad, Madre mía, que la culpa ha sido la causa de vuestras penas?… ¿Con que la culpa ha ocasionado tantas desgracias?… No hay duda de que ella, quitando la vida tan cruelmente a vuestro querido Hijo, os llenó de amarguras y aflicciones tan excesivas… ¿Y sabiendo yo esto he de cometerla aún? ¿Conociendo yo que ella angustió vuestra alma, quitó la vida a vuestro predilecto Jesús, os privó de su compañía dulcísima y produjo desgracias sin semejantes me arrojo a su ejecución?… ¡Loco soy sin la menor duda!… ¡Perdido he el juicio y la razón!… Pero aunque motivos tan eficaces y poderosos como los que en el día de ayer me hizo mi Dios y Señor no me moviesen y convenciesen… aunque unos efectos tan sensibles como ha producido en mí Jesús y su Madre no me compeliesen a odiarla y aborrecerla de todo corazón… ¿no serán suficientes los estragos que en mí causa y ha causado?… Duro y obstinado no he de llorar los males tan lastimosos que originó a mi adorable Redentor, y a su Madre amabilísima y mi generosa fiadora: pero con todo ¿no me rendiré y resolveré a detestarla por lo que en mí experimento? Recurriré sino a examinar el tiempo pasado, presente y futuro, y encontraré claros motivos para mi desengaño… En el tiempo pasado ¡infeliz de mí!, antes de nacer al mundo era ya por la culpa enemigo de mi Dios, y no vería más su divino rostro, ni gozaría en la gloria de su presencia, si primero no purificase mi inmundicia en las aguas del Bautismo. Nací y disfruté la luz, pero gimiendo y llorando el penoso destierro á que venia, y las miserias y desdichas que tenia que padecer por la herencia adquirida por ella… En el tiempo presente, experimentando sus funestos efectos; ganando el sustento con el sudor de mi rostro; padeciendo mil incomodidades y enfermedades; sufriendo malísimos ratos de amargura y escrúpulos de conciencia por haberla cometido, y aumentado cada vez más la satisfacción por ella debida; peleando continuamente con las tentaciones y pasiones, y logrando la victoria con una suma dificultad por mi desventura, sujeto siempre y humillado a pedir al Señor los auxilios de su gracia… En el tiempo futuro, ¡oh calamidad e infortunio!, me veré obligado a pagar su estipendio y pasar el duro trance de la muerte, teniendo después que sufrir el juicio de Dios, y recibir la pena que por ella haya merecido, purgándola hasta limpiarme, para entrar en la gloria… ¡Cuántos infortunios, alma mía, resultan de la miserable culpa!… ¿Y no obstante la he de cometer?… ¿No he de escarmentar de una vez?… Ya es tiempo, Virgen tristísima, de que yo abra los ojos… ya es ocasión de reflexionar los perjuicios que causó a vuestro inocente Jesús y a Vos, Señora mía... solo por esto me resuelvo a detestarla… por esto solo la detestaré eficazmente… Ayudadme Vos a cumplir mis propósitos, porque no deseo más que complaceros en todas las cosas y compadecer vuestras penas, porque así estoy seguro de participar vuestras glorias en la eterna Sion…
 
CONCLUSIÓN PARA TODOS LOS DÍAS.
¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento? Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos. Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.

viernes, 27 de septiembre de 2019

MES DE LOS DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA - DÍA VIGESIMOSÉPTIMO

Tomado del libro El Servita instruido en el obsequio y amor de su madre María Santísima, o sea, Un mes dedicado y ofrecido a la meditacion de los dolores de María, del padre Víctor Perote, y publicado en Madrid por la Imprenta de Eusebio Aguado en 1839.
 
      
PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.
  
No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas. Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.
  
DÍA VIGESIMOSÉPTIMO
REFLEXIÓN: PENA Y AFLICCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA CUANDO JESÚS DIJO LA ÚLTIMA PALABRA: «EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU»
Llegada ya la hora de sexta, comenzaron a extenderse sobre la tierra unas densas tinieblas, hasta que a la de nona se rasgó el velo del templo, se obscureció el sol y de consiguiente la luna, y chocaron las piedras unas con otras, &c. (San Lucas XXIII). ¡Qué efectos tan pasmosos y admirables! Mas la causa de todos ellos no es otra que la muerte del Salvador, quien inclinando la cabeza dió una gran voz y dijo: «En tus manos, Padre mio, encomiendo mi espíritu», después de la cual se separó aquella santísima alma de su cuerpo… Reflexiona, alma mía, la sensación fatal que producirían en el Corazón de la bendita y tan afligida Madre estas expresiones tan terribles… ¡Cielo santo!… ¡debía de morir a manos del dolor!… Cae poseida de su pesar en los brazos de aquella piadosa comitiva, que a lágrima viva lloraba la muerte de su Redentor. En este parasismo permanece María mucho rato, del que no hubiera vuelto a no ser reanimada del celestial impulso; y sin hallar consuelo, suspirando tristemente decía… «¡Con que ya ha muerto… con que ya está exánime mi adorado e inocente Hijo!… ¡Oh vida muerta! ¡Oh mansísimo Cordero sacrificado!… ¡Oh prenda de mi Corazón y de mis entrañas! ¡Oh Hijo mío, si es que así te puedo llamar sin morir; oh hijo mío Jesús… oh Jesús hijo mío (II Reyes XVIII, 32)… y quién me diera el haber muerto por ti, hijo mío Jesús, y mil veces Jesús de mi Corazón! ¡Estoy llena de amargura! ¡No me juzgo llena de gracia hoy, cuando me veo vacía de ella, porque he doblado mis rodillas al Eterno Padre para que se compadeciese de su Hijo, y no me ha oído… He suplicado a Éste me consolase con sus últimas palabras, y la única que me ha dicho “ahí tienes a vuestro hijo”, lo que me ha traspasado el corazon. Supliqué a los judíos que se compadeciesen de mi dulce prenda, y ellos han duplicado sus malos tratamientos y burlas… He llamado a la muerte para que no me deje a mí con vida si se la quitaba a mi Jesús, y ha huído de mí llevándose a Él! ¡No me llaméis ya, hijas de Jerusalén, como a Noemí “hermosa y bienaventurada”, sino llena de amargura y de dolor» (San Antonino de Florencia, 4 parte, título 15, cap. XI). San Juan y las piadosas mujeres procuraban consolarla, pero no le permitía consuelo alguno su pecho agitado, pues sabía que acababa de expirar su Hijo. Miraba ofendido a su Dios, despreciado a su Padre, sin vista a su guía, sin habla a su maestro, sin movimiento a su móvil, sin luz a su lámpara, feo a su esposo, cadáver a su dueño; y de considerarle muerto de amor, reprendía su angustia a su fineza en no reciprocarse, ya que no en su pujanza, en el término de su carrera. «Mucho contribuyó también a aumentar las penas de María Santísima en este paso el ver a muchas personas derramar lágrimas de sentimiento, oír sus suspiros, y mirarlas que se volvían a sus casas dándose golpes de pecho, por haber conocido ser aquel inocente el verdadero Hijo de Dios; y el atrevimiento y osadía de las otras que, no satisfechas con ver ya difunto a Jesus, llegándose a la Madre con atrevimiento y sin piedad, según la misma Señora lo refiere, la decían: “Oh María, ya está muerto tu Hijo”; y otros, en fin, más razonables, prosigue la Virgen dolorosísima, me decían más compadecidos: “Las penas de tu Hijo tuvieron ya fin, pero no lo tendrá la gloria que ha merecido por ellas” todos, por último, contribuían a hacer más dilatadas sus penas» (Revelaciones de Santa Brígida, libro IV, cap. LXX). Considera, alma mía, cuál estaria su Corazón en tantos pesares, careciendo ya del alivio de saber que su Hijo vivía…
  
SENTIMIENTOS Y PROPÓSITOS PARA ESTE DÍA  
Oh Madre mia amabilísima, ya espiró vuestro querido Hijo!… ¿Qué cosa habrá en el mundo que os pueda consolar, si os falta el que es gozo y admiracion de los Ángeles? ¿Qué lágrimas serán suficientes para desahogar vuestra pena? ¿Qué dolor tan penetrante atravesará vuestra alma, si las cosas insensibles dan muestras del más funesto quebranto? Yo, Señora mía, con la reflexión os he estado acompañando en todos los pasos de esta trágica escena, pero en ninguno siento tanta conmoción… Subid… venid, pecadores, a este santo monte… daos prisa a recopilar los tormentos de vuestro Redentor y los dolores de su Madre… miradlos todos compendiados en ese funesto cuadro… ved la Sangre que, esparcida por todas partes, todavía está humeando… advertid cuidadosamente la transformacion ocurrida, el sol retirando sus luces no la quiere presenciar, la luna se oculta, las estrellas se retiran, la tierra tiembla, se parten las piedras, y… Pero ¿qué os parece que pretendo cuando aquí os llamo para ser testigos de tanto horror? ¡Ah!… Ya me habreis comprendido, pues me parece os hallo enternecidos al ver a un tan inocente Cordero sacrificado con tanta barbarie. Mas ¡ay!… esperad por Dios un momento… oidle, que su voz muda os habla con amor y os dice… «Convertíos a mí de todo corazón, pecadores… ¿He podido hacer más por vosotros que no haya hecho?… Pues ¿dónde está la retribución y el agradecimiento? ¿Por qué no os resolveis a dejar las culpas y os convertís de veras a mí?… ¿Desconfiais acaso de mi bondad y clemencia?… ¿Cuándo, decidme, cuándo me buscó el que me ofendió y no me ha encontrado?… ¡Dígalo la Magdalena… que lo publique Pedro… testifíquelo el buen ladron que conmigo está aqui crucificado… háganlo patente tantos semejantes a éstos que disfrutaron de mi amistad y perdón… Si no, ¿para qué hubiera yo sido puesto en esta Cruz y padecido tanto en mi vida?… ¿Para qué hubiera yo abierto mis brazos y derramado mi Sangre, sino para lavar tu pecado y recibirte en ellos?… ¿Conoces, infeliz, todas estas poderosas razones?… ¡Bien veo me dirás que no!… Porque entonces, desgraciado, ¿es este el pago que me das y la correspondencia que me demuestras?… ¿Por qué me dejas y abandonas… por un vil deleite?… Compárale con lo mucho que me costaste y verás cuán inferior es… ¿Es posible que siendo yo la fuente de la vida eterna no quieras beber sin interés alguno mis aguas vivas, escavando corrompidas y disipadas cisternas de vicios para satisfacerte?… ¿Me oyes, pecador? ¿Has escuchado mis amorosas quejas?… Pues si me oíste que te llamaba y no me quisiste responder; si te dí mi consejo y extendí mi mano sobre ti y no le quisiste recibir… llegará la hora de tu muerte, y me reiré de ti y te desecharé de mi presencia (Proverbios I, 24 y ss)»… ¡Qué fuerza, alma mía, tienen las razones que desde la Cruz nos hace el Salvador! ¿Cómo ha de caber disculpa alguna? ¡Oh Madre mía! Por lo tanto, convencido de esta verdad y depuesta la ingratitud de mi corazón, determino y os propongo volverme a mi Dios de todo corazón, porque es Padre de misericordia, y con el mayor placer recibirá a otro pródigo reconocido y contrito, borrando mi iniquidad y restituyéndome a su gracia. Nada habrá que me aparte de esta resolución. Así, Madre afligida, espero consolaros, y que al mismo tiempo os convenceréis de mis deseos de serviros con la mayor fidelidad…
 
CONCLUSIÓN PARA TODOS LOS DÍAS.
¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento? Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos. Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.

jueves, 26 de septiembre de 2019

MES DE LOS DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA - DÍA VIGESIMOSEXTO

Tomado del libro El Servita instruido en el obsequio y amor de su madre María Santísima, o sea, Un mes dedicado y ofrecido a la meditacion de los dolores de María, del padre Víctor Perote, y publicado en Madrid por la Imprenta de Eusebio Aguado en 1839.
 
      
PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.
  
No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas. Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.
  
DÍA VIGESIMOSEXTO
REFLEXIÓN: DOLOR Y ANGUSTIA DE MARÍA SANTÍSIMA EN LA PALABRA «SED TENGO»
Permaanecía el Salvador Jesús en aquel duro leño, angustiado y lleno de infinitas penalidades; pero aunque en semejante conflicto su Alma santísima se hallaba afligida, no por eso dejó de ejecutar actos heroicos de amor, obediencia y humildad. Ya hacía largo rato que se encontraba en tan lastimosa situación; y como había derramado tanta Sangre, hasta quedar casi exhaustas sus venas, y su Cuerpo se hallaba por tantas partes mortificado, sentía una sed que le molestaba incomparablemente:y así dando una lastimera voz dijo: «Sed tengo». Reflexiona, alma mía, la pena y ansiedad de su Santísima Madre… De muy buena voluntad subiera Ella misma a la Cruz y le presentaría sus lágrimas, y aun sus mismos virginales pechos, para que el Señor por su divina voluntad y virtud, conociendo los vivos deseos de su Madre, tomara con ellos, si se dignase, el refrigerio necesario. Pero viendo que un desapiadado soldado, mientras que los otros burlándose esperaban por ver si venía Elías, tomó una esponja, y mojándola en hiel y vinagre la colocó en una caña, y alargándosela a los labios para que bebiese manifestaba tal crueldad, no pudo menos de dar lugar a su sentimiento, y así exclamando decía… «¡Qué ingratitud! ¡Qué inhumanidad!… ¡Tan corto alivio no se concede a quien se encuentra en tan prolija agonía! ¡Oh rabia y furia sin semejante, que no te apiadas de un Cordero tan manso, de un Pastor tan bueno, de un protector tan generoso, que pocos momentos hace pidió para vosotros el perdón… ¿Cómo, Hijo de mi vida y de mis entrañas; cómo, Dios omnipotente, pedís agua Vos que sois la fuente perenne, y el que dijísteis a la Samaritana que la daríais una agua que apagaba totalmente la sed?… ¿Cómo estáis Vos sediento, cuando con solo el contacto de la vara de Moisés en una dura peña saciásteis la sed de un gentío innumerable? ¿Es posible, dueño mío?… Consolásteis a Agar, que afligida se retiraba por no ver morir de sed a su hijo Ismael… Refrigerásteis a Elías cuando pedía acosado la muerte, y al despertar encontró junto a sí la comida y una vasija de agua, que tanto necesitaba; ¿y a Vos mismo no queréis dispensar estos cortos consuelos? ¡Oh Hijo mío, poderoso Señor, que anegásteis el mundo en agua en los días de Noé, haciendo que lloviera cuarenta días con cuarenta noches, y cuya virtud infinita tuvo poder para convertir este elemento en vino en las bodas de Caná! ¿Cómo ahora os dejais afligir de la sed y falta de agua? Pero ¡ah!, Jesús mío… la sed que con más propiedad os abrasa es la sed de que todos los hombres alcancen su salvación!… ¡Conoced, miserables mortales, lo mucho que le costásteis al Hijo de Dios!». ¡Madre mia!... ¿Qué es lo que padeceríais cuando vísteis el refrigerio que sus enemigos le prepararon para aliviar su sed? ¿Cuál sería vuestro dolor y angustia?… Las madres que se hallan a la cabecera de sus moribundos hijos, no les niegan cualquier consuelo o alivio que piden, y muchas veces aunque nada les sirva, porque no se mueran con aquel disgusto. Y Vos, que sois la Madre más amante de todas las madres, no las podéis en esto imitar, dando aquel pequeño consuelo a vuestro único Hijo… Por aquí, alma mía, puedes conocer el sumo dolor de María en esta palabra de su Hijo Jesús…
  
SENTIMIENTOS Y PROPÓSITOS PARA ESTE DÍA  
Justos son, Virgen afligidísima, vuestros suspiros por ver que se aplaca la sed de vuestro amado dueño con tan amarga y desabrida bebida. La redención del mundo le es muy costosa, y por nuestra salud padece el Señor tan duros tormentos. ¡Oh precioso rescate! ¡Oh afectuosísima benignidad del Salvador! Pero… ¡oh pérfida correspondencia la de los redimidos! ¡Cuánto podéis llorar, Señora mía, nuestra ingratitud! Oís quejar a vuestro Hijo de estar sediento por nuestra eterna salud, y veis al mismo tiempo el licor amargo con que se la mitigan: queriendo este Señor desde esa divina cátedra darnos las lecciones más importantes para nuestro aprovechamiento en esta ocasión… Mas ¿cómo las recibimos nosotros? ¿Las apreciamos como de tan divino Maestro? ¡Ah Reina de mi corazón, que la vida que tenemos tan entregada a los deleites y a la satisfacción de los sentidos, está clamando que no es asi! ¡Cuántas almas de las redimidas con la Sangre de Jesucristo se dan a banquetes supérfluos y bebidas delicadas, con menosprecio de la Pasión del Redentor, porque de ellos no nacen sino las riñas, los escándalos y la desolación! (Proverbios XXIII, 29). Entremos a examinar sus mesas, y las vemos rodeadas de toda clase de vicios: reparemos la singularidad de los manjares, la delicadeza de sus vinos, y los ricos vasos y salvillas con que se sirven; y arrancando un triste suspiro nos veremos obligados a clamar… ¡Oh dulce Jesús, que os estáis lamentando en la dura Cruz por falta de agua, y en su lugar os administran hiel y vinagre en una esponja; mirad desde ella a vuestros redimidos, que abundantes triunfan en sus banquetes y ebriedad! Pero no son, buen Salvador de mi alma, solamente los ricos y voluptuosos los que tan poco caso hacen de vuestros contínuos padecimientos, porque aun en los de mediana esfera y condición se encuentran semejantes discípulos. Todos podíamos aprovecharnos de ellos, pues cuando la comida o bebida está mal sazonada, o es de mal gusto, y cuando por nuestra suerte no la tenemos tal cual apetecíamos, o teniéndola nos abstenemos de ella en obsequio y recuerdo de la sed de nuestro Redentor, todo esto sufrido en paciencia sería prueba de nuestros sentimientos… Pero ¿se hace así?… No, siervos de María…, que nos gusta comer bien y beber mejor, sin que nos falte nada y esté todo en su punto... Así vamos formando en nosotros los odiosos hábitos de la gula… Así cobramos un horror y tedio capital al ayuno, buscando pretextos que a nosotros nos parecen suficientes para excusarnos de él, y en el tribunal de Dios de nada nos servirán… Así abrimos la puerta a las demás pasiones, pues de no mortificar los deleites sensuales en cuanto a la comida y bebida entra después el sueño, del sueño el deseo de cama blanda y mullida, de aquí el hastío a la penitencia y a la oración, de la penitencia aborrecida se sigue la disipación de la vida, deseando con ansia el regalo, los placeres y la comodidad; y de todo esto resulta la caída y recaída en el pecado, haciéndose acredores de su ete na condenación… ¡Cuántos males resultan de un deleite no refrenado por reverencia y memoria de lo que padeció nuestro adorable Redentor!… ¡Alma mía! ¿Por qué no me he de mortificar, aun en aquellas cosas que me sean lícitas, por no llegar a caer en un abismo de males, y por manifestar el sentimiento que me causa la sed y angustia de mi inocente Salvador, y las tiernas lágrimas de su Santísima Madre y mi Señora? Sea así… Desde luego os lo prometo, Reina de mi alma, porque estoy resuelto a cumplir en todo con el cargo de fiel hijo vuestro…
 
CONCLUSIÓN PARA TODOS LOS DÍAS.
¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento? Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos. Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

MES DE LOS DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA - DÍA VIGESIMOQUINTO

Tomado del libro El Servita instruido en el obsequio y amor de su madre María Santísima, o sea, Un mes dedicado y ofrecido a la meditacion de los dolores de María, del padre Víctor Perote, y publicado en Madrid por la Imprenta de Eusebio Aguado en 1839.
 
      
PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.
  
No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas. Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.
  
DÍA VIGESIMOQUINTO
REFLEXIÓN: DESCONSUELO Y PENA DE MARÍA SANTÍSIMA CUANDO SU HIJO LA ENCOMIENDA A SAN JUAN PARA QUE LA RECONOZCA POR MADRE, Y A ÉSTA PARA QUE LE RECIBA A AQUÉL POR HIJO
Colocado el divino Redentor en aquel sagrado arbol de la Cruz, y habiendo pedido a su Eterno Padre el perdón para sus enemigos, su Santísima Madre se deshacía en lágrimas y se oprimía con inmensos dolores al presenciar la mansedumbre y amor de su querido Hijo, estando al pie de ella. En semejante situación dirigió Jesus sus fatigados ojos hacia Ella y la dijo: «Mujer, he ahí a tu hijo», por el Apóstol San Juan, y a éste le dijo: «He ahí a tu Madre», por María. Reflexiona, alma mía, qué gravísima sensación causarían estas palabras a nuestra Reina. Ya no la llama “Madre” por no causarla mayor sentimiento, sino “mujer”… «¡Oh Virgen Santísima, exclama San Bernardo: cómo no habían de penetrar estas palabras vuestro Corazón, si los nuestros, aunque fueran de piedra, se parten de angustia sólo al recordarlas. Y en efecto, que el cambio que se hacia era tan desigual, que por el Hijo del Eterno Padre se la daba el hijo de un pescador, por un Dios verdadero a un hombre puro, por el Maestro al discípulo, por el Señor a su siervo…»  (Sermón de las 12 Estrellas de la Bienaventurada Virgen María). «¡Oh Santísima Vírgen, exclama también aquí el Ven. Padre Luis de Granada: si deseábais oír alguna palabra, esta es la más conveniente que os podía decir: “Mujer, he ahí a tu Hijo”, pues en ella se os provee de compañía para vuestra soledad, y se os da otro hijo por el que perdeis. Consolaos pues con ella: pero ¿cómo os habéis de consolar, si antes bien se renueva vuestro dolor, porque con la comparación del que os dan conocéis más claramente la estimación del que os quitan? Tal sería el desconsuelo de María en estas palabras de su amado Hijo Jesús. Veía en ellas el tierno cariño que la profesaba, como también al mundo todo; veía igualmente que su sentimiento y pesar se prolongaba más, porque cada vez que mirase, conversase y hablase con el discípulo Juan, había de acordarse de la encomienda de su predilecto Hijo, y por lo tanto llorar inconsolablemente su pérdida. “Quiero contemplar, dice San Agustín, obedientísima Madre, hija y ama de este Señor, qué tal ha sido este dolor. Ves a tu único Hijo crucificado, mudas el Maestro en el discípulo, el Señor en el criado, el que todo lo puede en el que desfallece en todo. Verdaderamente atraviesa tu alma un cuchillo de dolor, y penetra tu Corazón la lanza, y rompen tus entrañas los clavos, y despedaza tu espíritu entristecido la vista de tu Hijo crucificado. Desfallecido han tus fuerzas, enmudecido ha tu lengua, agotádose han las fuentes de tus ojos, las heridas son tambien tuyas, su Cruz es tuya, y su próxima muerte es tambien muerte tuya. Dime, Madre, ¿dónde dejas a tu Hijo? Hija, ¿dónde dejas a tu Padre? Ama, ¿cómo desamparas al que criaste? ¡Cuán de mejor gana perdieras la vida que tan dulce compañía!…” (Meditaciones, cap. XLI)» (Meditación de las 7 Palabras). En estas palabras da a entender el Santo lo extremada que sería su aflicción, desde aquellas palabras en que la indica que ya como que va a dejar de ser su Hijo. Su dolor sería infinito… la muerte de Jesús se acercaba… y eran ya muy cortos los momentos que iba a gozar de tan dulce Hijo…
  
SENTIMIENTOS Y PROPÓSITOS PARA ESTE DÍA  
Ahora, dolorosísima Virgen, os podemos llamar con verdad Madre nuestra. Vuestro mismo Hijo único nos cedió este derecho en sus últimas palabras, y nos puso bajo vuestra protección. Desde tan feliz instante quedamos en la obligación de reconoceros por tal. ¡Ojalá desempeñásemos todos las obligaciones que nos impone tal acepción! De mi parte, Madre mía, estoy resuelto a cumplirlas con toda fidelidad. Enjugad, pues, Señora, vuestras lágrimas. Cierto es que os quedáis destituida de un tan singular y divino Hijo, y que recuerdo tan amargo acibara todos los momentos de vuestra vida; mas en lo posible haré por dulcificarlos con mi recto proceder. Por lo mismo me parece que la más fuerte prueba será el amor que delante de los Cielos y a la faz del universo he de profesar a mi Dios. Yo mismo, en cuanto sea adaptable a mi capacidad, exhortaré a las criaturas todas a tan soberano amor… Sí, almas piadosas, excitad en vuestro corazón esta divina llama, Pues con su vivífico calor os hallaréis robustecidas en el camino de vuestra peregrinación; si os broqueláis con este fortísimo escudo, no tenéis que temer cosa alguna; si os dejáis dirigir por este celestial norte, os encontraréis poseídas de una heroicidad cual la de un Abrahán, y a su imitación sacrificaréis las cosas más estimadas (Génesis XXII), aunque sea vuestra misma vida, y lograréis los jeroglíficos y las alabanzas que de David forma el Espíritu Santo, entre las cuales dice «que el Señor le hizo invencible a sus enemigos…» (Eclesiástico XLVII) No hay duda ninguna, porque a los que aman a Dios «todas las cosas les salen bien…» (Romanos VIII, 28) Así lo experimentaréis, padres de familias, porque este amor de Dios os ilustrará para enseñar bien a vuestros hijos, y os aliviará las incomodidades que os ocasiona su educación. Así lo experimentareis vosotros los que estais unidos por el santo matrimonio, porque con el amor de Dios tendréis paciencia para soportar las molestias y pesadumbres que os cause el genio, la condición o la temeridad de vuestro consorte, si es de áspera condición, y viviréis en una perfecta paz… ¡Qué alegres os encontraréis asímismo vosotros, oh infelices a quienes la suerte constituyó en una fortuna común y acaso necesitada, ganando el sustento con el sudor de vuestro rostro, y soportando otros mil trabajos, si tenéis en vuestro corazón la posesión feliz y venturosa del amor de Dios! Todos, en fin, cuantos os miráis oprimidos de las aflicciones de esta vida, efectos indudables de nuestras culpas y pecados, ¡cuán consolados os hallaréis, si desde luego os determináis a amar a vuestro Dios y a conservaros en tan divino amor! Tiernos niños, amad desde vuestra infancia a Dios, para que seáis felices. Juventud hermosa y delicada, dadle vuestro corazón a Dios, para que en él infunda su santo amor y vuestra felicidad! Ricos, pobres, sabios, ignorantes, hombres y mujeres todas, amad a un Dios que tanto os ha amado… No permitais jamás que la llama de su amor se extinga en vosotros, y desfallezcáis para siempre. Amad a Dios, porque ni el ojo vió, ni el oído oyó, ni cabe en la comprensión humana lo que el Señor tiene preparado para los que le aman… (I Corintios II, 9). Alma mía, tú no te descuides tampoco en tanta felicidad… Sin temor ofréceselo a tu Madre dolorosa en este instante… prométeselo así con toda resolución… porque así, recibiendo cada vez más aumentos de la gracia, te emplees en el servicio y obligación de tan buena Madre, y seas digno de que te llame su hijo en el Cielo…
 
CONCLUSIÓN PARA TODOS LOS DÍAS.
¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento? Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos. Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 24 de septiembre de 2019

MES DE LOS DOLORES DE MARÍA SANTÍSIMA - DÍA VIGESIMOCUARTO

Tomado del libro El Servita instruido en el obsequio y amor de su madre María Santísima, o sea, Un mes dedicado y ofrecido a la meditacion de los dolores de María, del padre Víctor Perote, y publicado en Madrid por la Imprenta de Eusebio Aguado en 1839.
 
      
PREPARACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Dios y Señor mío, que por el hombre ingrato os hicisteis también hombre, sin dejar por eso la divinidad, y os sujetasteis a las miserias que consigo lleva tal condición; a vuestros pies se postran la más inferior de todas vuestras criaturas y la más ingrata a vuestras misericordias, trayendo sujetas las potencias del alma con las cadenas fuertes del amor, y los sentidos del cuerpo con las prisiones estrechísimas de la más pronta voluntad, para rendirlos y consagrarlos desde hoy a vuestro santo servicio. Bien conozco, dueño mío, que merezco sin duda alguna ser arrojado de vuestra soberana presencia por mis repetidas culpas y continuos pecados, sepultándome vuestra justicia en lo profundo del abismo en castigo de ellos; mas la rectitud de mi intención, y el noble objeto que me coloca ante Vos en este afortunado momento, estoy seguro, mi buen Dios, Dios de mi alma, suavizará el rigor de vuestra indignación, y me hará digno de llamaros sin rubor… Padre de misericordia.
  
No es esta otra más que el implorar los auxilios de vuestra gracia y los dones de vuestra bondad para que, derramados sobre el corazón del más indigno siervo de vuestra Madre, que atraído por su amor y dulcemente enajenado por su fineza viene a pedir esta merced, reflexione y contemple debidamente sus amargos dolores, y causarla de esta manera algún alivio en cuanto sea susceptible con esta ocupación y la seria meditación de mis culpas. Concededme, Señor, lo que os pido por la intercesión de vuestra Madre, a quien tanto amáis. Y vos, purísima Virgen y afligidísima Reina mía, interponed vuestra mediación para que vuestro siervo consiga lo que pide. Yo, amantísima Madre de mi corazón, lo tengo por seguro de vuestra clemencia; porque sé que todo el que os venera alcanzará lo que suplica, y aunque esté en la tribulación se librará de ella, pues no tenéis corazón para deleitaros en nuestras desgracias, y disfrutáis de tanto poder en el Cielo que tenéis el primado en toda nación y pueblo ¡Feliz mil veces acierto a conseguir vuestras gracias para emplearme en tan laudable ejercicio! Derramad, Señora, sobre mí vuestras soberanas bendiciones; muévase mi alma a sentimiento en la consideración de vuestros santísimos dolores; inflámese mi voluntad para amaros cada vez más. Entonces sí que os podré decir: «Oh Señora, yo soy tu siervo…» (Salmo CXV, 16). Consiga yo, en fin, cuanto os pido, siendo para mayor honra de Dios y gloria vuestra, como lo espero, consiguiendo seguro la salvación de mi alma. Amén.
  
DÍA VIGESIMOCUARTO
REFLEXIÓN: AFLICCIÓN Y PENA DE MARÍA SANTÍSIMA EN LAS ÚLTIMAS PALABRAS QUE JESUCRISTO HABLÓ EN LA CRUZ
Cerca de la hora de sexta, segun refieren los Evangelistas, comenzaron las luces del día a debilitarse, y por lo tanto a extenderse las tinieblas. Los judíos hasta entonces se habían estado mofando del Señor y haciendo burla de su poder; pero ahora ya no lo harían con tanta libertad, viendo y palpando un efecto tan sensible de la naturaleza. María Santísima permanecía al pie de la Cruz, y las piadosas mujeres con el discípulo Juan. Ya daba el Redentor señales de agonía, y una contínua desazón ocupaba su santísimo Cuerpo. ¡Ah, qué aflicciones tan crueles padecería! Si quisiera limpiar los copiosos hilos de Sangre que le caían en la cara, se halla impedido por tener las manos clavadas; si descansaba la cabeza sobre la Cruz, las espinas se le introduciín y causaban un nuevo tormento: si trataba de buscar algún alivio descansando el cuerpo sobre sus pies, el peso rasgaba más las llagas que en ellos tenía… ¡Oh desconsuelo sin semejante! Mas en medio de tantos pesares abrió su celestial boca para obtener el perdón de los mismos que se los causaban, y dijo: «Padre mío, perdónalos, que no saben lo que se hacen». ¡Qué tierna sensación causarían en el Corazón de su dolorida Madre estas palabras! «¡Llegad, diría, pobres criaturas, apresuraos a venir a la cama de vuestro Padre querido que está a punto de morir! ¡Corred, para que oigáis su última voluntad, y disfrutéis de su magnífico testamento! ¡Acercaos sin temor, que no pide descienda fuego del cielo y se abra la tierra para castigar vuestros delitos, sino, como el más amante de vuestros amigos, quiere que su Eterno Padre os perdone, y por lo tanto halla su fino amor una disculpa. No tenéis ya por que temblar, pues su Padre amantísimo, al mirarle en tan lastimoso estado, otorga placentero su petición, ¡Qué emoción tan afectuosa excitaría la conducta tan pacífica de su Hijo adorado, pues la mira tan patente en la remisión y promesa que le hizo al buen ladron de llevarle aquel día al paraiso!… ¡Cuándo podrían esperar, proseguiría llena de lágrimas María, una mansedumbre y porte semejante los ingratos hijos de Adán!…». Considera, alma mía, que la solicitud de Marta (San Lucas X, 41) se ve descifrada en María Santísima al pie de la Cruz; porque aunque sentía dolores tan gravísimos, no se los causaba menos el cuidado que de nosotros tenía. «¡Oh y quién pudiera expresar, dice San Vicente Ferrer), la solicitud y turbación que tuvo en la Pasión de su Hijo!… Fue primeramente solícita de la salvación del género humano; pero como esto no se podía lograr sin padecer su amabilísimo los tormentos y la muerte, he aquí la turbación. También fue solícita porque los hombres consiguieran la corona de la gloria; mas como no se podía conseguir esto sin ser aquél coronado de espinas, he aquí la turbación… Últimamente, fue solícita para que ninguno fuese suspendido en la horca del Infierno y estuviese en la compañía de los diablos; pero para esto era preciso que a quien tanto amaba viese crucificado en medio de dos ladrones: he aquí la turbación…» (Sermón de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María). ¡Oh Madre mía, cuántas penas os causa nuestra redención! ¡Cómo es posible que os las sepamos agradecer cual es debido…
  
SENTIMIENTOS Y PROPÓSITOS PARA ESTE DÍA  
Gravísimos deben ser, compasiva Virgen, los tormentos que en el Infierno padezcan las almas de los condenados, cuando sois tan cuidadosa y deseáis con tantas ánsias librar de ellos a los mortales. Los motivos principales que les hacen tan crueles entre otros descubro solo tres. Uno de ellos es la del Redentor, que solo se dirigió a librarlos de ellos, y que con tanta osadía menospreciaron; otro es el furor de los demonios, ministros destinados para la justa venganza de Dios; y el último es la enormidad de la culpa, y la misma gravedad del pecado que clama por el castigo. ¡Oh miserables, que vísteis padecer al mismo Hijo de Dios y rey absoluto de cielos y tierra por vosotros sin necesidad, y le volveis las espaldas con torpe ignominia! Sufrió por vuestro bien tormentos inauditos, y por lo mismo es razón que vosotros los sufráis tambien eternamente. ¡Ah Madre de mi corazón! ¿Es posible que seamos tan estúpidos que tan poco cuidado pongamos por mo vernos afligidos con tan terribles tormentos? Si hubiérais tenido presente tanta necedad, ¿cuánto mas lo sentiríais? Y a la verdad que es digno de llorarse con lágrimas de sangre el que, por unos gustos terrenos y momentáneos, permitamos hacernos dignos de una eterna condenación… ¡Cuántos de los que yacen sepultados en aquellos oscuros calabozos darían por muy feliz su suerte si les permitieran volver a este mundo al estado de viadores, para merecer en su muerte la eterna gloria! No es exageración… Escuchad los clamores del rico avariento, el cual, viendo que no se le concedía el corto alivio de que Lázaro le socorriese con una gota de agua, exclamaba diciendo… «Padre Abrahán, te ruego que a lo menos le envíes a la casa de mi padre para avisar a cinco hermanos que tengo procuren no venir a este lugar de tormentos…» (San Lucas XVI, 17). Oíd sino los clamores rabiosos de aquel padre o madre, que revolcándose en las voraces llamas y mordiéndose las carnes, se lamenta diciendo: «¡Malditos hijos, que por no haberos castigado a su tiempo y criado bien, apartándoos de las malas compañías y de las modas corrompidas, estamos penando en este fuego sin esperanza de alivio!». «¡Malditos padres, contestarán los hijos sumidos tambien en aquel funesto lugar, que por el mal ejemplo y doctrina que nos dísteis con vuestra desarreglada vida, y por el poco cuidado que de nosotros tuvísteis, somos atormentados con estas penas indecibles!». «¡Desgraciados de nosotros, gemirán los demas condenados, que por haber vivido sin temor de Dios y al antojo de nuestras pasiones, ya en usuras, ya en murmuraciones, ya en deshonestidades, ya en bromas y diversiones perjudiciales, y ya en fin en todo género de vicios, nos cogió la muerte en pecado, y por juicios justos del Señor nos condenamos!… ¡Antes no podíamos ver el ayuno, teníamos horror a la penitencia, huíamos de toda mortificación, y ahora sufrimos mucho mas que todo aquello, hasta rechinar y crujir los dientes!». ¡Dios mío, qué penas tan gravísimas serán estas, cuando Isaías admirado prorumpe: «Quién de vosotros podrá habitar en aquellos sempiternos ardores…»! (Isaías XXXIII, 14). Siendo Vos, Madre mía de los Dolores, tan solícita por librar a vuestros siervos de las horribles penas del infierno, que por ello padecéis resignada los tormentos y penas de la muerte de vuestro santísimo Hijo, ¿qué insensato sería yo en no corresponder a vuestros amorosos designios, costándome tan poco? Solo con aborrecer y no dar entrada en mí a la culpa, evito arder en los abismos para siempre… Pues desde ahora, Señora mia, os lo prometo por daros muestras de gratitud, por aliviar en algun modo vuestras penas, y por llegar algun dia ágozar con vos de la eterna felicidad de la gloria…
 
CONCLUSIÓN PARA TODOS LOS DÍAS.
¿Por qué, oh Dios mío, no he de daros las más humildes gracias, cuando en esta breve consideración os habéis dignado comunicar a mi alma los importantísimos conocimientos de unas verdades que tan olvidadas y menospreciadas tenía por mi abandono y necedad? ¿Por qué no he de concluir este saludable ejercicio rindiéndoos las más profundas alabanzas, cuando en él siento haberse encendido en mi corazón la llama del amor divino, que tan amortiguada estaba por un necio desvarío y por una fatal corrupción de mi entendimiento? Y pues que Vos, que sois la verdad infalible y el verdadero camino que conduce a la patria celestial, habéis tenido a bien de comunicar a mi alma los efectos propios de vuestro amor, con los que puedo distinguir lo cierto e indudable que me sea útil a la salvación, y lo falso y mentiroso que me precipitará a mi perdición, por tanto, Señor, quiero aprovecharme desde este momento de tan divinas instrucciones, para caminar con libertad y seguridad entre tantos estorbos y peligros como me presenta este mundo miserable, y de este modo llegar más pronto a unirme con Vos. Consígalo así, Virgen Santísima, para vivir compadeciéndome de vuestros dolores y aflicciones, y cumpliendo la promesa que os hice de ser siervo vuestro. Esta sea mi ocupación, estos mis desvelos y cuidados en este valle de lágrimas, porque así después disfrute en la celestial Jerusalén de vuestra compañía, en unión de tantos fieles Servitas que recibieron ya el premio de vuestros servicios, reinando a vuestro lado por los siglos de los siglos. Amén.