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jueves, 19 de noviembre de 2020

SANTA MATILDE DE HACKEBORN, ABADESA

 
La primera Abadesa de Helfta fue Cunigunda de Halberstadt, la cual murió en 1251 A ella la siguió en el cargo Matilde, que tenía recién 19 años: se desempeñó como Abadesa desde 1260 hasta su muerte en 1299.
    
Matilde nació en Turingia. Ella provenía de la estirpe de los barones de Hackeborn, quienes poseían tierras en el norte de Turingia y en la zona de Harz y estaban emparentados con los Hohenstaufern. A los siete años fue Matilde a la escuela del convento, entró más tarde en la Orden y se convirtió en directora de la escuela del convento.
    
Son conocidas sus grandes dotes musicales. Se convirtió en primera cantante en el coro litúrgico, sacristana, bibliotecaria, a ella le fueron confiados los valiosos escritos, copias y pinturas de libros.
   
Su principal obra se llama "Libro de la gracia especial", en el cual Matilde de Hackeborn escribe: «Yo soy más fácil de alcanzar que cualquier otra cosa. Ni un hilo ni una astilla, nada es tan pequeño y tan inferior que uno pudiera atraerlo a sí con un simple acto de la voluntad. A mí en cambio, puede el ser humano llevarme a sí con su simple voluntad».

domingo, 24 de noviembre de 2019

DEL ANTICRISTO, SEGÚN SANTA MATILDE

«El anticristo, a través de una estratagema baja y falsa, y con regalos de oro y gemas, ganará influencia sobre los príncipes mundanos. Ellos le verán como su Señor y Dios.
   
Durante el tiempo del anticristo, una Orden de Predicadores develará sus actividades; antes de esto sus miembros estarán activos por 30 años en paz. No tendrán casa propia, sino que serán huéspedes donde vayan. Llevarán un bastón con ellos donde estén representados los sufrimientos de Cristo y su Ascensión. Muchos paganos y judíos recibirán el Bautismo de estos hermanos. El Anticristo traspasará a estos hombres y capturará a todos sus seguidores.

Después de que los dos profetas (Enoc y Elías) son asesinados, el mayor poder sobre la tierra le será dado al Anticristo. Entonces van a poner calderos en las calles con contenido hirviendo, y conducirán a los hombres que se conocen como cristianos y sus esposas e hijos allí, para escoger o profesar la deidad del Anticristo y de esta manera conservar a su familia y ser recompensados con riquezas y un hogar, o profesar la fe cristiana, y por lo tanto, la muerte en el caldero hirviendo. Entonces las mujeres y sus hijos, que elegirán morir por el amor de Jesús, serán arrojados dentro de un pozo de fuego cubiertos con madera y paja, y serán quemados.

Ambos hombres están en el Paraíso viviendo dichosamente y comiendo los mismos alimentos que Adán comió una vez. Ellos, también, deberán evitar, en obediencia a Dios, el mismo árbol del cual Adán y Eva no debieron comer. Este árbol no es grande; su fruto parece muy hermoso y amable como una rosa, sin embargo en su interior es acre por naturaleza, indicando el amargo mal del pecado. Dios ha prohibido este fruto porque es muy dañoso a los hombres e incluso ahora es considerado como veneno. Un ángel acompañará a Enoc y Elías desde el Paraíso. La claridad y la gloria que rodea sus cuerpos desaparecerán entonces y recibirán de nuevo la apariencia terrestre y se convertirán en seres mortales. Tan pronto vean la tierra, ellos se asustarán como las personas que ven el océano y no saben cómo poder cruzarlo. Comerán miel e higos, y beberán agua mezclada con vino, mientras su espíritu será alimentado por Dios. Ellos aparecerán como predicadores en el último tiempo de miseria, cuando muchos de los buenos hayan ya muerto como mártires, y consolarán al pueblo por mucho tiempo aún. Enoc y Elías verán muy de cerca al Anticristo; y le dirán a la gente quién es él, bajo qué poder hace prodigios, en qué día vino al mundo y cuál será su final. Entonces muchos hombres y mujeres se convertirán.

Enoc y Elías expondrán el engaño diabólico del Anticristo a la gente. Como consecuencia de esto, él los matará. Por tres días y medio, sus cuerpos estarán expuestos a insultos, y los seguidores del Anticristo presumirán que todo el peligro se habrá acabado, pero de repente los cuerpos de los dos profetas se moverán, se levantarán, y la multitud contemplará y empezará a alabar a Dios. Un gran terremoto similar al de la resurrección de Cristo, tendrá lugar: Jerusalén será parcialmente destruida y miles morirán. Luego un voz del cielo dirá: “¡Ascended!”, con lo cual los profetas ascenderán al cielo, resultando en la conversión de muchos.

El Anticristo reinará por treinta días después de la ascensión de Enoc y Elías.

El Todopoderoso ha preparado a San Miguel con poder y justicia, y encargado de oponerse al Anticristo en los cielos. Cuando el Anticristo con su grupo de demonios llegue en medio de ellos, San Miguel, descenderá del cielo con gran velocidad sobre ellos, estando lleno con santa indignación. Con su aparición, surgirá un gran temor a través del ejército orgulloso. Una terrible voz suena de la boca de San Miguel mientras la tierra se abre: “Desapareced, malditos, bajo lo más profundo del abismo del infierno”. Un rayo de la nube echará al Anticristo y sus secuaces dentro del abismo temeroso de fuego y llamas con tal fuerza que los cimientos más profundos temblarán y resonará todo el infierno. Con la caída del Anticristo vendrán numerosos terremotos, una densa tiniebla cubrirá la tierra, el suelo se abrirá en miles de lugares debajo de los pies de los habitantes y ciudades, pueblos, castillos y una gran cantidad de personas serán tragadas. La mitad de esa multitud inmensa sobre el Monte Olivete será echada en el abismo con el Anticristo. El océano se moverá espantosamente y las olas desbordarán la costa e inundarán la tierra. Todas estas calamidades son sólo para asustar a los restantes a aceptar la gracia y la misericordia de Dios».

Rev. R GERALD CULLETON, The reign of Antichrist (El reinado del Anticristo). TAN Books, 1974 (ed. original, 1951), págs. 133-135.

martes, 5 de marzo de 2019

DE LAS LÁGRIMAS DE NUESTRO SEÑOR

Cristo coronado de espinas (Albrecht Bouts, “Maestro de la Asunción de la Virgen”)

Nunca se nos dijo en los Evangelios que Jesús riera, pero a menudo oímos que Él lloraba. Él lloró en la tumba de Lázaro, una imagen de un alma muerta en pecado; y lloró sobre Jerusalén, la ciudad ingrata y endurecida; y en otras ocasiones lágrimas cayeron de los ojos de nuestro divino Maestro. ¿Por qué estas lágrimas fluyeron, y qué fue de ellas? Escuchemos a Jesús:

En la tierra, cuando pensaba en Mi inefable unión con el Padre Eterno por el cual soy Uno con Él, Mi humanidad no pudo refrenarse de llorar. También cada vez que pensaba en el inmenso amor que Me había movido desde el seno del Padre para unirme con la naturaleza humana, Mi humanidad desmayaba al llanto”. Entonces Matilde preguntó: “¿Y dónde están esas lágrimas que el amor te hizo derramar?”. Él respondió: “Están un lugar especial en Mi Corazón, ellas son un amado tesoro, guardadas en un lugar escogido y secreto”. Ella replicó: “Tú me has dicho una vez que estas lágrimas de amor desaparecieron en Tu Corazón como en un horno”. Nuestro Señor repuso: “Eso es verdad, porque en el horno de Mi Corazón ellas desaparecieron como gotas de agua lanzadas al fuego. pero ellas no están consumidas, ellas permanecen en lo profundo de Mi Corazón”.

El Sagrado Corazón de Jesús es por tanto la fuente de las lágrimas que Él derramó mientras estuvo aquí en la tierra, y el misterioso reservorio donde las recibe y las guarda incluso ahora en el Cielo.
  
Mons. Baudry exclama: “Jesús, oh Jesús amantísimo, ¡cuánto he suplicado de Tu Corazón el secreto de esas lágrimas que derramaste en la tierra! ¿No he llorado lo suficiente para merecer que se diga el valor de estas lágrimas? Dulces como el rocío del Cielo y amargas como las aguas del océano, las lágrimas son igualmente un signo de alegría o de tristeza, y porque ambos son sentimientos que vienen del corazón, se sigue que las lágrimas son las palabras del corazón, la manifestación exterior de lo que siente interiormente” (Mons. Charles Théodore Baudry. Le Cœur de Jésus, pensées chrétiennes, pág. 434)

El amor de Jesús por Su Padre, el amor de Jesús por los hombres, fue entonces la causa de Sus lágrimas, lágrimas de alegría por la gloria que Él estaba por procurar para Su Padre y la salvación que traería al mundo por Su sacrificio, lágrimas de tristeza por cuenta de los insultos continuamente ofrecidos a este Padre bienamado y por la ingratitud de la cual la humanidad era culpable. Las lágrimas de Jesús fueron reunidas y están guardadas en Su Corazón. No obstante las ardientes llamas de las cuales ese Corazón es el asiento, ellas no están consumidas. Acerquémonos al precioso tesoro que las contiene. En algún lugar encontraremos una lágrima derramada por nosotros mismos, pero llevemos la nuestra propia para que ellas puedan ser santificadas, incluso aquellas que derramamos por razones frívolas. “Debes decirle a la persona por la cual oraste, dijo un día Nuestro Señor a Santa Matilde, que no debería llorar mucho, pero si no puede, que ayude haciendo que una sus lágrimas a las mías, lamentando que ella no las derramara por los pecadores o por amor. Entonces las ofreceré al Padre, unido a Mí, cuando ella me pida que lo haga”. Nuestro Señor continuó: “Dile de Mi parte, que ella debería suplicarme en Mi bondad que cambie la naturaleza de sus lágrimas, como si ellas hubieran sido derramadas por amor o devoción, o de contrición por sus pecados”.

Ante esas palabras, Santa Matilde se maravilló mucho de que las lágrimas derramadas tan inútilmente podían ser cambiadas en lágrimas santas. Y Nuestro Señor la dijo: “Le pido solamente que crea en Mi bondad, y según su Fe Mi amor en ella se convertirá en perfecto”.

Llevemos por tanto nuestras lágrimas al Corazón de Jesús. Unidas con las Suyas, ellas se harán meritorias. ¿No es una consolación para aquellos que lloran ser capaces de hacer algo en el corazón de un amigo sincero y simpatizante? ¿Dónde, pues, encontraremos un amigo cuyo corazón sea más devoto a nosotros que el Sagrado Corazón de Jesús?
 
The Love of the Sacred Heart (El Amor del Sagrado Corazón), tomo III (Santa Matilde), cap. VI: Las lágrimas de Nuestro Señor. Londres, Burns Oates & Washbourne Ltd. 1922, págs. 20-22.