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jueves, 30 de julio de 2020

BEATO MANÉS DE GUZMÁN, HERMANO DE SANTO DOMINGO

Beato Manés de Guzmán
 
Caleruega, en el corazón de la provincia burgalesa, se nos ofrece todavía como un ejemplar de aquellas aldeas, con su caserío agrupado junto a la silueta recia y protectora de un viejo torreón medieval, maltratado por los siglos, pero aún erguido con noble apariencia retadora. Caleruega es, en la actualidad, un pueblecito de unos mil habitantes que mira por el Mediodía hacia una vasta llanura, árida y monótona, y distingue hacia el Norte una agreste región que a lo lejos se empina en sierras fieramente dentadas de riscos y precipicios. Adosado a su torreón, de trazo rectangular, que conserva cierta inflexible esbeltez, se levantó en un tiempo el castillo de los Guzmanes, finalmente destinado, en 1270, por Alfonso el Sabio, para monasterio de dominicas.
   
Muchos años antes, a mediados del siglo XII, habitaba el castillo una familia que dio a la Iglesia dos santos y un beato en sólo el curso de dos generaciones.
   
Suena bien el apellido de Guzmán en oídos españoles. Las páginas de nuestra historia le recuerdan con frecuencia y aparece entre las estrofas del Romancero por mor de la hazaña de Guzmán el Bueno en la defensa de Tarifa. Pero en los tiempos a que nos referimos ya no se luchaba por los campos de Burgos, y don Félix de Guzmán, a quien el monarca había confiado la defensa de aquella plaza, pudo cultivar en paz las sólidas virtudes de religiosidad y dulzura hogareña que anidaban en su corazón, profundamente fervoroso y cristiano.
   
Noble apellido el de don Félix. Pero nada tenía que envidiarle el de su esposa, doña Juana de Aza, dama acaudalada, cuyos padres residían y mandaban en la villa de este nombre, entre Aranda y Roa, y de dotes tan elevadas y escogidas que la llevaron, tras una vida ejemplar, a los altares, donde hoy la ofrece la Iglesia a la devoción de los fieles entre la corte admirable de sus santos.
   
Unidos por el amor, don Félix de Guzmán y doña Juana de Aza, en un tiempo en que los valores del espíritu resplandecían sobre toda clase de apreciaciones materialistas, y compitiendo sus almas en celo religioso y nobleza de sentimientos, era lógico que formaran un hogar donde Dios recogiera frutos de evangélica belleza y la Iglesia encontrara paladines para sus empresas y moradores para sus cenáculos.
   
Así fue, en efecto. Félix de Guzmán murió en olor de santidad y su cuerpo duerme el sueño de los justos en el monasterio de San Pedro, de Gumiel de Izán. Doña Juana, elevada, como hemos dicho, a los altares, fue sepultada primero al lado de su esposo, y descansa ahora en San Pablo de Peñafiel. De tres hijos suyos nos habla la historia. El mayor, Antonio, se consagró a Dios en el sacerdocio, y, desdeñando altos beneficios y dignidades eclesiásticas, muy posibles dada la posición de su noble familia, se enterró en vida en un hospital, para cuidar de los pobres y los peregrinos que acudían por entonces en gran número al sepulcro de Santo Domingo de Silos. El menor fue aquella gran figura de la hagiografía hispana que el mundo conoce por Santo Domingo de Guzmán. Entre ambos Manés, a quien están dedicadas las presentes líneas.
   
A menudo resulta difícil discriminar lo histórico de lo legendario cuando se pretende presentar la biografía de los santos de la Edad Media. Ello ocurre aun con figuras del más destacado relieve, de aquellos que brillaron con acusado fulgor en el firmamento de las glorias cristianas. Bien conocido parece ser Santo Domingo de Guzmán y harto evidentes resultan la mayoría de sus hechos, andanzas y milagros. Y, sin embargo, sus propios biógrafos suelen hacer constar esta premisa de carácter general y los más escrupulosos se afanan en presentar por separado lo que en sus investigaciones han hallado como historia cierta de aquello otro que no se atreven a desarraigar totalmente del campo de la leyenda, tan fecundo en profundos barroquismos de maravillas, éxtasis y revelaciones.
   
Si tal sucede con el propio fundador de la Orden de Predicadores y creador del rezo del rosario, imagínense las dificultades que se encontrarán para sacar a luz la existencia de su hermano Manés que, sencillo y humilde como florecilla perdida en ubérrimo valle, pasó por el mundo sin apenas dejar otro recuerdo que el olor de una bondad fragante y una abnegación silenciosa.
   
Su propio nombre resulta dudoso, pues hay quienes le llaman Mamés y otros Mamerto, y hasta la fecha de su nacimiento se ignora, aunque hubo de ser antes, probablemente no mucho, del año 1170, en que, según todas las probabilidades (tampoco esto es seguro), vino al mundo su hermano Santo Domingo.
   
Ocupa, pues, Manés, en la cronología familiar, el puesto intermedio entre sus dos hermanos Antonio y Domingo, y este lugar parece encerrar cierto simbolismo que refleja algunas de las particularidades de su carácter. De lo que no cabe duda es de que fue callado y de pocas iniciativas: hombre de ideas sencillas y dulce carácter: firme en su profunda devoción y amor a Dios y a sus semejantes: aficionado a la oración y meditativo. Se le conoce como Manés el contemplativo: su alma era transparente como el cristal y nunca perdió la pura inocencia, que es una de las características de muchos de los elegidos del Señor.
    
Manés se sintió atraído y como subyugado por la férrea voluntad y el trepidante dinamismo de Domingo: se unió a éste, y a su lado permaneció largos años, siempre dispuesto a secundarle en sus empresas y a obedecer sus indicaciones, tan calladamente que apenas se le nombra de tarde en tarde por los historiadores del fundador de los dominicos, pero con una efectividad operante que surge como con destellos propios cada vez que esto ocurre.
   
Gran parte de su juventud la pasó Manés al lado de su santa madre, entregado a la práctica de la piedad y de las virtudes cristianas y a la lectura de los libros santos hasta que marchó a unirse a su hermano Domingo en tierras francesas del Lanquedoc, donde aquél trabajaba en la conversión de los herejes, a lo que también se entregó Manés, prodigando sus sermones y sus exhortaciones, que alternaba con la oración fervorosa y las más severas penitencias.
   
Tarea había, ciertamente, para todos en la gran empresa en que Santo Domingo se encontraba enfrascado. Sus luchas contra los errores y las malicias de los albigenses requerían el mayor número posible de auxiliares, y, al fundar aquél la Orden dominicana, a la que dio como especiales características las del estudio y la contemplación, Manés fue uno de los primeros miembros de la misma que en manos de su propio hermano hizo profesión de seguirle y cooperar al acrecentamiento de la obra de Dios.
   
Sabido es que Domingo, una vez confirmada la Orden por el Papa Honorio III, decidió dispersar sus frailes por el mundo, haciéndoles salir del monasterio de Prulla, verdadera cuna de la Orden, para que establecieran en diversos países nuevas casas que sirvieran de centros irradiadores de la verdad evangélica.
   
La dispersión tuvo lugar el día de la Asunción de Nuestra Señora, de 1217, fecha que ha pasado a las crónicas de la Orden con el calificativo de Pentecostés dominicano. La despedida del fundador fue tierna y patética. Se apartaban de él quienes primero se le habían unido y a su lado habían rezado y predicado, y entre ellos se encontraba el hermano, Manés, que formaba parte del grupo que salió con dirección a París, para, como atestigua Juan de Navarra, "estudiar, predicar y fundar un convento" en la capital de Francia.
   
Es curioso que, a la par que estos religiosos, salieran otros para España y que Manés figurase, no obstante, entre los primeros. No parece arriesgado presumir que Santo Domingo lo decidiera así por parecerle más difícil la lucha evangélica en Francia que en España, dando con ello una prueba de la confianza que tenía en su hermano. No era, por otra parte, Manés el único español que figuraba en el grupo, sino que había otros dos más entre los siete que lo componían. La labor que todos ellos llevaron a cabo fue magnífica. A su llegada a París se acomodaron en una vivienda modesta, frente al palacio del obispo; pero poco más tarde les concedieron una casa de mayor amplitud, donde fundaron el convento de Santiago, que no tardó en convertirse en uno de los de más nombradía de la Orden, tanto por aquel tiempo como en los posteriores.
   
Pero aún había de conferir Domingo a su hermano otra misión, si no de tanta trascendencia, quizá más delicada y difícil, y a la que el santo fundador concedía importancia singular.
     
Iniciadas las Comunidades de dominicas, Santo Domingo tuvo decidido interés en destinar a cada una de ellas algún vicario de la propia Orden que las gobernase, dirigiese y santificase. "Proveyólas principalmente –dice a este respecto el grave historiador Hernando del Castillo– de maestros y padres espirituales que las enseñasen, guardasen, amparasen, alumbrasen, consolasen y desengañasen en los muchos y varios casos y cosas a que en la prosecución de tan santa y nueva vida se les habían de ofrecer. Y, después de pintar cuáles son las virtudes que deben hacer de las comunidades religiosas, "congregaciones de ángeles", añade: "Para tales las criaba Santo Domingo, y por eso fue su primer cuidado dejar en su guarda y compañía a quien pudiese ser maestro y padre de la perfección que buscaron dejando el mundo y de la que prometieron buscando a Dios".
   
Si éstos eran el pensamiento y los deseos de Santo Domingo, puede suponerse con cuánto cuidado elegiría a aquellos de sus monjes que habían de encargarse de la función de vicarios en las Comunidades religiosas dominicas. Para esto también resultaban insuperables las dotes de Manés, virtuoso, prudente, reflexivo y fiel cumplidor de las reglas de la Orden y de las advertencias de su fundador.
   
Por eso, sin duda, cuando en Madrid se estableció la primera Comunidad de dominicas en el monasterio que más adelante se conoció con el nombre de Santo Domingo que gozó de la protección del rey San Fernando, designo para vicario de la misma a su hermano Manés, que con este motivo se reintegró a la madre patria para continuar en ella su vida religiosa.
   
Manés cumplió su misión a plena satisfacción de Santo Domingo, que, desde Roma, dirigió a la superiora de la Comunidad de Madrid una carta, en la que desborda el cariño que experimentaba por su hermano y la alta estima que las dotes y virtudes de éste le merecían. Dice así aquella tierna misiva:
"Fray Domingo, maestro de los frailes Predicadores, a nuestra muy amada priora y hermanas del monasterio de Madrid, salud y acrecentamiento de virtudes.
 
Mucho nos alegramos y damos gracias a Dios por haberos favorecido en esa santa vocación y haberos librado de la corrupción del mundo. Combatid, hijas, el antiguo enemigo del género humano, dedicándoos al ayuno, pues nadie será coronado si no pelease. Guardad silencio en los lugares claustrales, esto es, en el refectorio, dormitorio y oratorio, y en todo observad la regla. Ninguna salga del convento, y nadie entre, no siendo el obispo y los superiores que viniesen a predicar y hacer visita canónica. Aficionaos a vigilias y disciplinas; obedeced a la priora; no perdáis tiempo en inútiles pláticas. Como no podemos procuraros socorros temporales, tampoco os obligamos a hospedar religiosos ni otras personas, reservando esta facultad a la priora con su consejo. Nuestro carísimo hermano fray Manés, que no ha omitido sacrificio alguno para conduciros a tan santo estado, adoptará cuantas disposiciones le parezcan convenientes para que llevéis santa y religiosa vida. Le autorizamos para visitar y corregir a la Comunidad y, si fuese preciso, para sustituir a la priora, con el parecer de la mayoría de vosotras, y para dispensar en algunas cosas, según su discreción. Os saludo en Cristo".
   
Después de la muerte de Santo Domingo, ocurrida en el convento de San Nicolás, en Bolonia, el 6 de agosto de 1221, apenas se vuelven a tener noticias del Beato Manés. Consta, sin embargo, que siguió su vida religiosa en España y que guardó siempre un inextinguible cariño y una profunda veneración por aquel hermano que había sido su estrella y su guía y a cuyo amparo, y, por así decirlo, a sus inmediatas órdenes, estaba acostumbrado a actuar. Muchos de sus esfuerzos debieron dirigirse a procurar que los fieles le tributaran culto y a que su memoria perdurara en el discurrir de los tiempos.
   
A este respecto refiere Rodrigo de Cerrato, contemporáneo del Santo, que, "cuando en España se supo que era canonizado el bienaventurado Domingo, su hermano fray Manés vino a Caleruega, y, predicando al pueblo, los excitó a que en el lugar donde el Santo había nacido edificaran una iglesia, y añadió: "Haced ahora una iglesia pequeñita, que será ensanchada cuando a mi hermano le placiere".
   
Efectivamente, se construyó la iglesia y, según el mismo historiador, "lo que el varón venerable predijo con espíritu de profecía de que aquella pequeñita iglesia sería agrandada lo vemos en nuestros días cumplido, pues Don Alfonso, rey ilustrísimo de Castilla y de León, hizo que allí se edificase un monasterio con toda magnificencia, donde sirven al Señor Dios religiosas de nuestra Orden".
   
Manés continuó su vida humilde de oración, predicación y estudio, hasta el año 1234, en que, hallándose de nuevo en Caleruega, Dios le llamó a compartir en el cielo la gloria del hermano a quien tanto había amado y ayudado en la tierra, y fue enterrado en el panteón de su familia, en el monasterio de San Pedro, del cercano pueblo de Gumiel de Izán.
   
El dominico Bernardo Guidón lo confirma así: "Descansa en un monasterio de los monjes blancos en España, donde es esclarecido con milagros. Es reputado santo y conservado en una sepultura cerca del altar. Así lo refirió un religioso español, socio del prior provincial de España, que asistió al Capítulo general celebrado en Tolosa el año 1304, y había visitado dicho sepulcro".
   
Cuando principiaron a darle culto trasladaron sus reliquias del panteón de su familia al altar mayor, y allí estaban expuestas a la veneración pública, juntamente con otras muchas de otros santos, traídas de Colonia. El padre fray Baltasar Quintana, prior del convento de Aranda de Duero, enviado por el padre provincial a Gumiel para examinar lo referente al sepulcro de los Guzmanes, dice en carta escrita el año de 1694, al padre maestro fray Serafín Tomás Miguel, autor de una vida de nuestro padre Santo Domingo, que "la venerable cabeza de San Manés y otras reliquias suyas se hallaban en el altar mayor y tenían esta inscripción: Sancti Mamérti Órdinis Prædicatórum, Fratris Sancti Domínici de Caleruéga in Hispánia".
   
Después las benditas reliquias pasaron por varias vicisitudes y, a excepción de un pedazo del cráneo que conservaron las dominicas de Caleruega, se desconoce lo ocurrido con el resto, si bien es muy probable que desapareciera cuando los desórdenes y quemas de conventos de los años 1834 y 35 en Barcelona, adonde, según todas las apariencias, las había llevado el por entonces procurador general de la Orden, padre fray Vicente Sopeña.
   
Como quiera que fuese, el culto a San Manés se difundió mucho después de su muerte. Canonizada su madre por el Papa León XII, a ruegos del rey de España Don Fernando VII y de los magnates de la nación, estos mismos grandes señores elevaron a Roma sus solicitudes para que el segundo hijo de Santa Juana de Aza recibiera también los honores del culto y, efectivamente, Manés fue proclamado Beato por el Papa Gregorio XVI, sucesor de León XII.
 
ALFREDO LÓPEZ. Año Cristiano, Tomo III, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
    
ORACIÓN (del Misal Dominico)
Oh Dios, que por caminos admirables conduciste a tu confesor el bienaventurado Manés en el camino de la perfección, por esta misma graciosa misericordia dirige nuestras acciones, para que podamos ser capaces de buscar lo que ordenas y obtener lo que prometes. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 29 de julio de 2020

NOVENA EN HONOR A LA BEATA JUANA DE AZA, MADRE DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN

Novena dispuesta por el Padre Fray Mariano Rais OP, y publicada en Madrid por la imprenta de Eusebio Aguado en 1832.
  
DEVOTA NOVENA A LA SANTA Y NOBLE SEÑORA BEATA JUANA DE AZA, CONDESA DE CALERUEGA Y MADRE DE LOS GLORIOSOS PATRIARCA SANTO DOMINGO DE GUZMÁN Y DEL BEATO MANÉS DE GUZMÁN, DE LA ORDEN DE PREDICADORES
     
    
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
 
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor santo, Dios grande y omnipotente, uno en la esencia y trino en las Personas, en quien creo, en quien espero, y a quien amo sobre todas las cosas; que por solo vuestro querer me criasteis de la nada, sin que yo lo mereciera, y formasteis a vuestra imagen y semejanza, y redimisteis con vuestra Sangre preciosa derramada con afrenta y con dolor por mí, vuestra indigna criatura: ¡oh Señor, en cuya presencia tiemblan y se estremecen los Ángeles, a quien yo vil gusanillo de la tierra he ofendido con atrevimiento insufrible, quebrantando vuestros santos preceptos, y despreciando vuestros amorosos auxilios! Ruégoos escuchéis piadoso mi oración: pésame Señor, de mi horrible ingratitud, pésame de haber pecado, pésame de haberos ofendido. Y pues sois infinitamente bueno, y me esperáis con los brazos abiertos para tornarme a vuestra amistad y concederme el perdón, dadme vuestros auxilios para que llore mis culpas hasta borrarlas enteramente con la mudanza de vida y lágrimas de contrición verdadera. Amén.
   
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Señor mío Jesucristo, misericordiosísimo Redentor mío, que en la bienaventurada Juana de Aza y sus gloriosos hijos Domingo y Manes disteis a la Iglesia la idea de todas las virtudes, para que al contemplarlas se alentara nuestra flaqueza, y conociéramos el poder maravilloso de vuestra divina y soberana gracia, y la virtud de la santa oración, que fue escuela donde esta Madre admirable y virtuosa enseñó a sus hijos a hacer buen uso de vuestras misericordias: Ruégoos, Señor, que por sus méritos y gran valimiento me concedáis la gracia de imitar sus virtudes, y hacerme digno de su protección poderosa; pues para mayor gloria vuestra y honor de vuestros amados siervos, utilidad de la santa Iglesia, provecho de mi alma, remisión de mis culpas y conversión de todos los pecadores, os ofrezco esta Novena. Y por cuanto no soy digno de ser oído de Vos, suplícoos, Señor, os dignéis unir esta humilde oración a la que Vos hicisteis a vuestro Padre desde la Cruz, y a los méritos de vuestra Madre Santísima y de vuestra sierva la bienaventurada Juana y sus santos hijos, para que en su compañía con todos los Ángeles y bienaventurados os bendiga y alabe por los siglos de los siglos. Amén.
  
DÍA PRIMERO – 30 DE JULIO
ORACIÓN
Gloriosísima Madre mía, bienaventurada Juana de Aza, digna madre de unos hijos tan dóciles a vuestras sabias y prudentes exhortaciones, cuya ejemplar vida fue documento y norma de oración, en cuya pura fuente les enseñasteis a beber las aguas saludables de una dulce contemplación y devoción fervorosa, que les condujo al alto y encumbrado monte de la perfección evangélica: alcanzadme, Madre mía, que yo aprenda de ellos a levantarme sobre todas las cosas de la tierra, y desee y suspire únicamente los bienes eternos para cuya posesión he sido criado. Y como ellos por la santa y fervorosa oración llegaron a poseer todas las virtudes con que tanto agradaron a Dios y se hicieron dignos de sus grandes misericordias, logre yo también guardar viva fe, y solamente esperar en la divina bondad, y amar a mi Dios con todo mi corazón para que siendo prudente en las adversidades y desgracias, constante en padecer, justo en mis obras, sobrio en mis deseos y moderado en mis palabras, consiga la perseverancia final necesaria para alcanzar la gloria. Amén.
  
Ahora pida cada uno a la Santa Familia en silencio el consuelo que más necesite, y después se rezarán tres Ave Marías.

ORACIÓN A LOS SANTOS HERMANOS DOMINGO Y MANÉS, PARA TODOS LOS DÍAS

Amantísimos padres y hermanos míos Domingo y Manés: por aquella leche que mamasteis a los pechos de vuestra dichosa madre, y por el celo y religiosa piedad con que la virtuosa y bienaventurada Señora procuraba infundir en vuestras almas las cristianas y sublimes virtudes que heredó de sus nobles y gloriosos progenitores, rogad a mi Señor Jesucristo acepte mi oración, y me conceda la gracia que le pido en esta devota y santa Novena. Amén.
  
ORACIÓN PARA CONCLUIR LA NOVENA TODOS LOS DÍAS
¡Oh Rey de la gloria y Señor de las virtudes, que subisteis a los Cielos triunfante de la muerte y del pecado, para reinar con el Padre y el Espíritu Santo en los siglos de los siglos! ¡Oh Señor, principio y fin de todas las cosas, que por Ti fueron hechas en el Cielo y en la tierra, y publican la grandeza de tu poder, bondad y sabiduría! Os suplico que por los méritos de vuestra sierva la bienaventurada Juana y sus gloriosos hijos, des paz a la Iglesia, victoria y felicidad a los Príncipes cristianos, espíritu de obediencia y sumisión a sus pueblos, gracia y bendición a los justos, contrición a los pecadores, y alivio en sus penas a las almas que padecen en el Purgatorio, para que todo ceda en honor de vuestro Nombre santo, a quien es debida la gloria, la bendición y la alabanza, el honor, el poder y el imperio. Y pues sois maravilloso en vuestros Santos y os complacéis en sus ruegos, salvad mi alma por los de esta santa Familia para que eternamente os bendiga en la gloria. Amén.
  
GOZOS
  
Pues tres hijos venturosa
Diste a luz esclarecidos,
Escucha nuestros gemidos 
¡Oh Juana!, madre dichosa.

De sangre augusta y real
Hermosa al mundo naciste,
Y de gracia recibiste
Precioso y rico caudal;
Dones que en tu alma dichosa
El Cielo vio agradecidos.
Escucha nuestros gemidos 
¡Oh Juana!, madre dichosa.
 
Tu humildad vida seguía
Santa, honesta y retirada,
Y a ser perfecta casada
El Cielo te disponía:
Guzmán en tan digna esposa
Logró sus votos cumplidos.
Escucha nuestros gemidos 
¡Oh Juana!, madre dichosa.

Antonio, fruto primero
De este enlace venturoso,
Anuncio fue luminoso
Del segundo y del tercero,
Que a su virtud asombrosa
Dieron aumentos crecidos.
Escucha nuestros gemidos 
¡Oh Juana!, madre dichosa.
  
Domingo y Manés, dechados
De cristiana perfección,
De tu devota oración
También son frutos colmados:
Que a madre tan virtuosa
Tales hijos son debidos.
Escucha nuestros gemidos 
¡Oh Juana!, madre dichosa.
 
Tu amor con leche les daba
El celo puro y ferviente,
De Hermenegildo valiente
Que en tu sangre circulaba,
Y recibiste gloriosa
De Pelayos y Ramiros.
Escucha nuestros gemidos 
¡Oh Juana!, madre dichosa.
    
Ministros del Dios Eterno
Tus hijos su voz sonaba,
El Cielo se alborozaba
Y bramaba el hondo averno;
Y a penitencia preciosa
Muchos lloraban movidos.
Escucha nuestros gemidos 
¡Oh Juana!, madre dichosa. 
   
A los que de profusión
Tus limosnas acusaron,
Los milagros asombraron
De tu devota oración:
Clamaste a Dios fervorosa
Y ellos quedaron corridos.
Escucha nuestros gemidos 
¡Oh Juana!, madre dichosa.
    
A reinar subiste al Cielo,
Que os recibió con gran fiesta,
Y tal gloria manifiesta
Vuestro cuerpo acá en el suelo;
A quien la patria obsequiosa
Tributa cultos rendidos.
Escucha nuestros gemidos 
¡Oh Juana!, madre dichosa.
   
Abismada en dulce gozo
Con solo Dios te gozaste,
Y corona preparaste
De inmortal laurel frondoso.
Con que su frente gloriosa
Ciñen tus hijos queridos.
Escucha nuestros gemidos 
¡Oh Juana!, madre dichosa. 
   
Dais agua en la sequedad
Y la langosta ahuyentáis,
A las estériles dais
Frutos de fecundidad:
La embarazada medrosa
Sus deseos ve cumplidos.
Escucha nuestros gemidos 
¡Oh Juana!, madre dichosa.
  
Pues tres hijos venturosa
Diste a luz esclarecidos:
Escucha nuestros gemidos 
¡Oh Juana!, madre dichosa. 
     
℣. Rogad por nosotros, Bienaventurada madre Juana.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que mostraste admirablemente a tu sierva la Bienaventurada Juana la gracia de la suprema vocación de su hijo Santo Domingo, te suplicamos, por ella, que imitando admirablemente a tu Hijo, consigamos por su piadosa intervención conseguir los premios eternos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
DÍA SEGUNDO – 31 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.

ORACIÓN
¡Oh amantísima madre mía Beata Juana, que apercibida con el escudo de la fe vivíais por ella en santa y religiosa vida, y persuadida de que sin fe es imposible agradar a Dios, regalábais vuestra alma con la contemplación de sus divinas e inefables verdades! ¡Oh dichosa, que alumbrada con esta luz que viva y sin mengua ardía en vuestra alma, penetrábais la altura de los Cielos llegando hasta la presencia de Dios, en donde henchíais vuestro espíritu en el torrente impetuoso de delicias que brotan de su seno, y alegran y regocijan la ciudad santa! Alcanzadme, Madre mía, del Señor que yo guarde viva mi fe, para que meditando día y noche las obras maravillosas de su divina justicia y misericordia inefable, encuentre como vos en la contemplación de las verdades eternas aquella unción de espíritu y constancia en padecer por su amor, y me haga digno de ver por mis ojos a mi Dios en vuestra compañía y la de vuestros santos hijos, para que colocados todos alrededor de tan dulce y amada Madre cantemos eternamente las divinas misericordias. Amén.
   
Pedir la gracia que se desea recibir, y rezar tres Ave Marías. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.
 
DÍA TERCERO – 1 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.

ORACIÓN
¡Oh dichosísima Madre mía Beata Juana, que esperasteis firmemente en el Señor, sin que jamás quedara confundida vuestra esperanza, y escuchasteis su voz que dice: «tocad a mi puerta y os abriré, pedid y recibiréis»! ¡Oh feliz, que hallándoos vigilante en la casa del Señor visteis colmado vuestro gozo por su misericordia inefable; y en torno de los bienes y riquezas de la tierra que mirabais como vanidad y viento, recibisteis de su mano las verdaderas riquezas, y la opulencia y la gloria que son la gracia y las virtudes santas, mejores que el oro y las piedras preciosas y la plata escogida! Alcanzadme del Señor por los méritos de mis santos Padres y dignos hijos vuestros Domingo y Manés, que yo no espere sino en Él, y en la virtud de su santo nombre que fue para ellos torre inexpugnable de la que penden mil escudos, armadura de los fuertes, con que vencieron al mundo y hollaron altamente las esperanzas del siglo. Siga yo, Madre mía, tan santos ejemplos, para que, consumado el curso de mi peregrinación en la tierra, podamos decir todos juntos en la gloria: «En el Señor esperé y fue mi ayudador». Amén.
   
Pedir la gracia que se desea recibir, y rezar tres Ave Marías. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.
 
DÍA CUARTO – 2 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.

ORACIÓN
Amorosísima abogada mía Beata Juana, con cuánta razón pudisteis decir que con vuestra santa mediación se enardecía el fuego del amor divino que ardía siempre en el altar de vuestro corazón: ¡Oh, y cómo quedábais dulcemente enajenada con la contemplación de las perfecciones de Dios, y vuestra alma con deseo vehementísimo de unirse al Sumo bien con unión perfecta y regalada! ¡Oh intercesora mía! Alcanzadme del Señor que la caridad penetre mi corazón de manera que este fuego soberano y divino acabe el de la concupiscencia que me atormenta y aflige; como hizo en vos y en vuestros muy santos y dignos hijos, que inflamados con este ardor vivieron en la tierra como los Ángeles en el Cielo. Mire yo con fastidio los placeres y alegrías del mundo, y solo suspire y desee los bienes eternos, hasta tanto que consiga ver a mi Dios y gozarle en vuestra compañía en la gloria. Amén.
   
Pedir la gracia que se desea recibir, y rezar tres Ave Marías. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.
 
DÍA QUINTO – 3 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.

ORACIÓN
Poderosísima protectora mía Beata Juana, prudente y virtuosa Abigaíl, que con bebida alcanzada milagrosamente del Cielo evitasteis vuestra confusión y templasteis la desazón de vuestro buen esposo, quedando llenos de asombro y vergonzoso rubor los que con siniestras acusaciones tachaban de profusión vuestras limosnas. ¡Oh mujer prudente y discreta, que acudiendo a Dios en la premura de vuestro corazón, lograsteis que por los méritos de vuestro hijo Domingo se llenara milagrosamente el vacío que dejó el vino que repartió vuestra caridad entre los pobres! Alcanzadme, oh Madre mía, por sus méritos y los de vuestro segundo hijo, esta admirable prudencia que suaviza las amarguras de la vida y modera las pasiones, selle mis labios cuando me visitare la adversidad, y levante mi corazón al Señor para que desciendan a mi alma su misericordia y su gracia. Amén.
   
Pedir la gracia que se desea recibir, y rezar tres Ave Marías. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.
 
DÍA SEXTO – 4 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.

ORACIÓN
Amada patrona mía Beata Juana, que, adornada con la posesión perfecta de las virtudes y guarda de los mandamientos divinos, llevábais en vuestra alma la hermosa imagen de la justicia que procurasteis grabar en la de vuestros santos hijos, que fueron modelo de bien vivir para todos los estados y condición de personas. ¡cuánto me confunde la idea de la santidad que en ellos y en vos resplandece, tan opuesta a mi tibieza y relajación! Enlazados con los Reyes y Príncipes de la tierra, regalados con las divinas misericordias, y amados de Dios trabajaron en destruir el orgullo de las pasiones: yo aprecio lo que ellos no amaban, suspiro por los bienes que aborrecían, y no tomo parte en las desgracias de mis hermanos. Alcanzadme, Madre mía, que yo ame la justicia y aborrezca la iniquidad, para que pueda decir algún día: «corrí, Señor, el camino de sus mandamientos divinos cuando ensanchaste mi corazón». Amén.
   
Pedir la gracia que se desea recibir, y rezar tres Ave Marías. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.
 
DÍA SÉPTIMO – 5 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.

ORACIÓN
¡Oh bienaventurada Juana, dichosa protectora mía! Vos sois aquella mujer fuerte que buscaba con ansia Salomón, y cuyo precio no podía hallarse sino en los más remotos confines de la tierra. A vos felizmente encontró Aquel que dice de sí mismo: «he aquí al que es más que Salomón». A vos encontró llena de fortaleza y de gracia, y en vos puso su confianza, y os constituyó madre de muchos hijos, que son su pueblo de adquisición destinado a publicar las inmensas riquezas de su misericordia y bondad. Vos le consagrasteis llena de fortaleza los tres hijos que os dio naturaleza, Antonio, Manés y Domingo, y el Cielo premió vuestra virtud, y quiso que con solo el menor de ellos se multiplicara a millares vuestra descendencia, para que en toda la redondez de la tierra se cumpliera gloriosamente lo que anunció Salomón, y se levantaran vuestros hijos y os colmaran de alabanzas. Bendita seáis entre miles, porque no degenerasteis de la nobleza y virtud heredada de vuestros padres; bendita porque confortada con el poder del Altísimo obrasteis con fortaleza, vencisteis al mundo, y entrasteis triunfante en el Cielo. Alcanzadme, Madre mía, que yo imite vuestra fortaleza y la de mis santísimos Padres Domingo y Manés, para que siendo digno Hijo vuestro logre la dicha de oír algún día de vuestra boca en la gloria: «Hijo mío, gozo mío y corona mía, yo te engendré en el Señor». Amén.
   
Pedir la gracia que se desea recibir, y rezar tres Ave Marías. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.
 
DÍA OCTAVO – 6 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.

ORACIÓN
¡Oh piadosísima y esclarecida Beata Juana! ¡Cuán lejos estuvisteis vos y vuestros santos hijos de ser del número de aquellos que siendo enemigos de la cruz de Jesucristo tienen por dios su propio vientre, y se glorían de aquello mismo que es su confusión e ignominia! No permitáis, abogada mía, pertenezca jamás al número de estos que obligaron al santo Apóstol a derramar amargas lágrimas al recordar los excesos de su gula e intemperancia. Libradme de este vicio que hace a los hombres idólatras de sí mismos: y pues el Señor no solo os dio espíritu de fortaleza y amor, sino también de templanza, alcanzadme que yo imite vuestra sobriedad y abstinencia, y la de vuestros santos hijos, partiendo mi pan con el pobre, contentándome con moderado alimento, vestido honesto, y viviendo como vos sobria y justamente en el siglo; para que así merezca llegar a la vida eterna. Amén.
   
Pedir la gracia que se desea recibir, y rezar tres Ave Marías. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.
 
DÍA NOVENO – 7 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición y Oración para todos los días.

ORACIÓN
Santa y perfecta casada, virtuosísima Beata Juana, que jamás comisteis el pan ociosa en la casa de vuestro marido, y que como aquella que tanto celebraba Salomón porque interrumpía su sueño para dar el pan a sus domésticos, os desvelábais también en la educación de vuestros hijos, y en alimentar vuestra alma y la suya con la divina palabra y con la santa y piadosa conversación: alcanzadme la perseverancia final necesaria para conseguir la gloria; y como vos teníais siempre preparada la lámpara de la caridad, esperando la venida del Esposo ataviada con los vestidos y galas de las virtudes santas que os hicieron digna de ser admitida a sus bodas, vele yo a imitación vuestra y de vuestros santos hijos en la guarda de los sentidos y ejercicio y práctica de las buenas obras, para que ayudado con vuestros méritos logre la perseverancia final, y ser admitido al gozo de mi Señor. Amén.
   
Pedir la gracia que se desea recibir, y rezar tres Ave Marías. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.

sábado, 8 de agosto de 2015

BEATA JUANA DE AZA, MADRE DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN

Beata Juana de Aza

Según se cuenta, la madre de Santo Domingo nació en el castillo de Aza, cerca de Aranda, en Castilla la Vieja. No sabemos nada acerca de sus primeros años, pero seguramente que se casó muy joven, según la costumbre del país en aquella época. Su esposo, Félix de Guzmán, era gobernador de Caleruega, villa de la provincia de Burgos. A propósito de santo Domingo, Dante escribió: «¡Feliz Caleruega! En ella se escuchaba el suave murmullo de la brisa entre las flores nuevas del jardín de Europa. A lo lejos, las olas rompían sobre la playa y, más allá, el sol naufragaba cada atardecer» (Paraíso, Canto XII). Ahí vivían Juana y su marido y ahí nacieron sus cuatro hijos: Antonio, el que fue canónigo de Santiago y vendió cuanto tenía para consagrarse al servicio de los pobres y enfermos en un hospital; Manés, quien siguió los pasos de Santo Domingo; y la única hija del matrimonio, quien tuvo a su vez dos hijos que ingresaron también en la orden fundada por su tío. Cuando Antonio y Manes eran ya clérigos y hombres maduros, la beata Juana, que deseaba tener más hijos, fue a orar en la iglesia abacial de Silos. Según se cuenta, Santo Domingo de Silos se le apareció en sueños y le anunció que pronto tendría un hijo y que sería una lumbrera de la Iglesia. En prueba de agradecimiento, Juana determinó imponer a su hijo el nombre de Domingo.
   
Antes del nacimiento de éste, la madre soñó «que llevaba un perro en el vientre y que el perro saltaba fuera con una antorcha en el hocico y ponía fuego al mundo entero». El perro se convirtió en el símbolo de la orden de Santo Domingo y dio origen al juego de palabras «Dómini canes» (los perros guardianes del rebaño del Señor). La madrina del bautismo de Domingo (dicen otros que fue la propia beata Juana) tuvo otro sueño en el que vio al niño con una estrella tan brillante sobre la frente, que todo el mundo estaba iluminado con la luz que proyectaba. Por eso se pinta algunas veces a Santo Domingo con una estrella. Juana se encargó del cuidado de su hijo hasta que éste cumplió los siete años; entonces, le envió a estudiar bajo la dirección de su tío, que era párroco de Gumiel d'Izán. Los biógrafos posteriores cuentan varias leyendas más acerca de la infancia de Domingo.
  
Pocas madres de santos han alcanzado el honor de la beatificación: Juana es una de ellas y debió tal honor a sus propias virtudes y no a las de sus hijos. Los hagiógrafos suelen alabar a los padres de sus héroes, pero la madre de Santo Domingo merecía realmente esas alabanzas, ya que su belleza espiritual era tan grande como su belleza corporal, y supo comunicar ambas al más notable de sus hijos. El pueblo empezó a venerar a la beata desde el momento de su muerte. La ermita de Uclés, que Juana frecuentaba para ver a los Caballeros de Santiago, recibió su nombre, así como una de las capillas del cementerio de Caleruega. A petición del rey Fernando VII, el culto de la beata Juana fue confirmado en 1828.
  
ORACIÓN
Ilustra, oh Dios misericordioso, los corazones de tus fieles, y por las oraciones de la bienaventurada Juana, haznos despreciar las riquezas del mundo y gozar siempre de los consuelos celestiales. Por J. C. N. S. Amén.