En
su hermosa homilía Urbi et Orbi, nos recordó que la pandemia del
coronavirus ha unido nuestra común humanidad. “Nos dimos cuenta de que
estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al
mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos”,
dijo.
Ningún
rincón del mundo está intacto por esta pandemia, ninguna vida está a
salvo. Según la Organización Mundial de la Salud, casi un millón de
personas han sido infectadas y más de 46.000 han muerto. Con el pasar
del tiempo, la cifra global de muertes se espera que llegue a millones.
Un
modelo epidemiológico de la Universidad de Southampton en el Reino
Unido encontró que si China hubiese obrado en un modo responsable una,
dos o tres semanas antes, el número de los contagiados por el virus
hubiese sido menos respectivamente del 66%, del 86% y del 95%. Su fallo
ha desarado un contagio global que mata a miles de personas.
En
mi propio país, Birmania, somos extremadamente vulnerables. Bordeando a
China, donde comenzó el Covid-19, somos una nación pobre sin los
recursos de salud y asistencia social que tienen muchas naciones
desarrolladas. Cientos de miles de personas en Birmania son desplazadas
por el conflicto, viviendo en campamentos en el país o en nuestras
fronteras sin la sanidad, medicamentos o atención adecuados. En tales
campos sobrepoblados las medidas de aislamiento social implementadas por
muchos países son imposibles de aplicar. Los sistemas de salud en los
países más avanzados están desbordados, así que imaginad los peligros en
un país pobre y golpeado por el conflicto como Birmania.
Mientras
manejamos el daño hecho a las vidas alrededor del mundo, ¿debemos
preguntarnos quién es el responsable? Por supuesto, en todas partes se
pueden hacer críticas de las autoridades. Muchos gobiernos son acusados
de no prepararse cuando vieron emerger por primera vez al coronavirus en
Wuhan.
Pero
hay un país que tiene la responsabilidad primaria por lo que ha hecho y
ha dejado de hacer, y es el régimen del PCCh en Beijing. Permitidme ser
claro: el que ha sido responsable es el PCCh, no el pueblo de China, y
nadie debería responder a esta crisis con odio racial hacia los chinos.
De hecho, el pueblo chino ha sido la primera víctima de este virus, y
por largo tiempo han sido las víctimas de su régimen represivo. Ellos
merecen nuestra simpatía, nuestra solidaridad y nuestro apoyo. Pero el
PCCh es el responsable de la represión, las mentiras y la corrupción.
Cuando
el virus apareció primero, las autoridades en China suprimieron las
noticias. En vez de proteger al público y apoyar a los médicos, el PCCh
silenció a los informantes. Peor que eso, la policía le ordenó a los
médicos que trataron de levantar la alarma –como el Dr. Li Wenliang en
el Hospital Central de Wuhan que publicó una advertencia a sus colegas
médicos el 30 de Diciembre– a “dejar de hacer comentarios falsos”. Del
Dr. Li, un oftalmólogo de 34 años, se dijo que sería investigado por
“propagar rumores” y fue forzado por la policía a firmar una confesión.
Luego murió después de contraer el coronavirus.
Jóvenes
periodistas ciudadanos que intentaron informar sobre el virus
desaparecieron entonces. Li Zehua, Chen Qiushi y Fang Bin están entre
aquellos que se cree han sido arrestados por decir la verdad. El erudito
legal Xu Zhiyong ha sido también detenido después de publicar una carta
abierta criticando la respuesta del régimen chino.
Una
vez se conoció la verdad, el PCCh rechazó las ofertas iniciales de
ayuda. El Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades
estadounidense fue ignorado por Beijing durante más de un mes, e incluso
la Organización Mundial de la Salud, aunque colabora estrechamente con
el régimen chino, inicialmente fue hecho a un lado.
Además,
hay una profunda preocupación que las estadísticas oficiales del
régimen chino minimizan significativamente el nivel de infección dentro
de China. Al mismo tiempo, el PCCh ahora ha acusado al Ejército de los
Estados Unidos de causar la pandemia. Las mentiras y la propaganda han
puesto en peligro a millones de vidas alrededor del mundo.
La
conducta del PCCh es sintomática de su naturaleza crecientemente
represiva. En años recientes, hemos visto un intenso descenso de la
libertad de expresión en China. Abogados, blogueros, disidentes y
activistas de la sociedad civil han sido acorralados y han desaparecido.
En
particular, el régimen ha lanzado una campaña contra la religión,
resultando en la destrucción de miles de iglesias y cruces, y el
encarcelamiento de al menos un millón de musulmanes uigures en campos de
concentración. Un tribunal independiente en Londres, presidido por Sir
Geoffrey Nice QC, que acusó a Slobodan Milošević, acusa al PCCh de
cosecha forzada de órganos de prisioneros de conciencia. Y Hong Kong,
una vez una de las ciudades más abiertas de Asia, ha visto
dramáticamente erosionadas sus libertades, derechos humanos y el imperio
de la ley.
Por
su manejo inhumano e irresponsable del coronavirus, el PCCh ha probado
lo que previamente se pensaba: que es una amenaza para el mundo entero.
China como país es una gran y antigua civilización que a lo largo de la
historia ha contribuido mucho al mundo, pero hoy este régimen es
responsable, por su criminal negligencia y represión, por el azote de la
pandemia por nuestras calles.
El
régimen chino dirigido por el todopoderoso Xi Jinping y el PCCh –no su
pueblo– nos debe a todos una disculpa y compensación por la destrucción
que ha causado. Como mínimo, debería cancelar las deudas de otros países
para cubrir el coste del Covid-19. En nombre de nuestra común
humanidad, no debemos tener miedo de hacer responsable a este régimen.
Los cristianos creemos, con las palabras de San Pablo Apóstol, que
debemos “gozarnos con la verdad”, porque como dice Jesús, “la verdad os
hará libres”. Verdad y libertad son los dos pilares sobre los cuales
nuestras naciones deben construir fundamentos más seguros y más
fuertes”.