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martes, 7 de julio de 2026

DISCURSO DE LEÓN XIII A LOS ESLAVOS CATÓLICOS


El 30 de septiembre de 1880, León XIII publicó la encíclica “Grande munus” sobre los santos Cirilo y Metodio, apóstoles de los eslavos, una de las muchas manifestaciones de su celo en la causa de la unión de los cristianos de Oriente con la Iglesia romana. Al año siguiente, 1.300 representantes de esos pueblos llegaron como peregrinos a Roma para “ver a Pedro” (como dice San Pablo), viviendo y reinando en León XIII. Así, el 5 de julio, encabezados por sus obispos, polacos de Austria y Rusia, rutenos de Galicia, bosnios, hercegovinos, bohemios, moravos, nativos de Dalmacia y Carniola, búlgaros, checos, eslovenos, macedonios, búlgaros y nativos de Rumelia, fueron recibidos en el Vaticano. El papa Pecci, después de escuchar las palabras de Mons. José Jorge Štrosmajer Erdeljac, obispo de Đakovo o Bosnia y Sirmia, se dirigió a ellos y luego admitió a todos (los 1.300 que eran) al besapiés:
Amados hijos,
  
Roma, capital del mundo católico, tras haberos esperado con ansias, hoy os abraza, y Nuestro corazón paternal se exalta y se regocija por esta gran reunión vuestra, hasta el punto de que sentimos que podemos repetir con verdad lo que el apóstol San Pablo dijo de su discípulo Tito: «Dios nos ha consolado con tu venida». Desde el comienzo mismo de Nuestro Pontificado, viendo a la Iglesia de Jesucristo cruelmente afligida por múltiples razones entre los pueblos más cercanos a Nos, y viendo ese panorama regresar a Nos como sumamente doloroso, nos ha complacido dirigir Nuestra mirada hacia Oriente, deseosos de encontrar allí, en los recuerdos del pasado, algún motivo de consuelo y gozosa esperanza para el futuro. Ahora, por la benigna disposición de Dios, precisamente hoy viene a ofrecernos una parte, ciertamente no la menor, de esos consuelos que entonces comenzamos a buscar entre vosotros. Ya que vuestras intenciones nos son bien conocidas, amados hijos, observamos y reflexionamos sobre cuán dignas son esa piedad y esa fe que, desde regiones tan remotas y dispares, os trajo aquí unidos para rendir homenaje a nuestra humildad y a la soberana altura de la Sede Apostólica. En este hecho no solo se revelan los loables sentimientos de cada uno de vosotros, sino que también se percibe una prueba de esa maravillosa y divina unidad de la Iglesia, de la que tú, Venerable Hermano, acabas de razonar con veracidad y elocuencia. Pues fue Jesucristo quien consolidó y selló con su Sangre la fraternidad universal del género humano, y a todos los que creyeron en Él los reunió como en una sola familia, que es la Iglesia, coordinando las inteligencias y voluntades de todos hasta tal perfección de concordia, que se convirtieran en uno entre sí, como Él y el Padre son uno. Para salvaguardar esta unión, confirió el primado papal a San Pedro, Príncipe de los Apóstoles; y ordenó que se transmitiera a los Romanos Pontífices, sus sucesores, para que, mientras los miembros de la Iglesia permanezcan debidamente unidos a la Cabeza visible, la vida se extienda por todo el cuerpo de la gran familia cristiana: vida, cuyo beneficio debéis reconocer, amados Hijos, después de Dios, en los santos Cirilo y Metodio, vuestros apóstoles comunes. De hecho, en el siglo IX, cuando el nombre eslavo comenzaba a ganar mayor fama, habiéndose consagrado con increíble caridad por completo a la cultura espiritual de vuestros antepasados, no tardó en regenerarlos en Jesucristo mediante el Evangelio. De esta manera, aquellos pueblos alcanzaron la buena fortuna de verse  unidos a esta Sede Apostólica, es decir, a esa roca que Jesucristo quiso que fuera el fundamento de su Iglesia, la defensa inquebrantable contra todos los asaltos de los hombres y de satanás.
  
Entre los eslavos y esta Sede de San Pedro se estableció entonces esa íntima conexión y esa reciprocidad de oficios, cuyo recuerdo vuelve grato a la mente, especialmente en este día y en vuestra presencia. De hecho, los dos santos hermanos aquí en Roma dieron cuenta de su ministerio apostólico; aquí, ante la tumba de los Príncipes de los Apóstoles, afirmaron con juramento la integridad de su fe, y aquí obtuvieron la dignidad y la consagración episcopal. Metodio, con cartas altamente honoríficas, fue recomendado por el Pontífice de Roma; y por la autoridad y con los auspicios del mismo Pontífice, regresó a Moravia junto con sacerdotes y obispos destinados a ayudarlo en la administración espiritual de sus países. Cirilo inauguró su carrera apostólica con la revelación de los restos sagrados de San Clemente I, nuestro predecesor, desconocidos hasta entonces para los de Quersón: los cuales guardó entonces con celosa veneración y quiso que fueran sus compañeros en todas partes, incluso en Roma. Y como tú también, Venerable Hermano, has querido recordar antes, no fue casualidad que muriera en esta Santa Ciudad, y que Roma tuviera así el honor de poseer juntos los restos sagrados de Cirilo y Clemente, como si se estrecharan en un mismo abrazo. Ambos grandes Apóstoles de la fe cristiana, descansando durante siglos uno junto al otro en la paz de Cristo, parecen querer hacer comprender a sus difuntos descendientes que la unión de los eslavos con la Santa Iglesia de Roma debe ser estrecha y perpetua. Hermosos frutos de esta íntima unión pronto brotaron, no solo para gran utilidad pública, sino también para beneficio personal de sus propios Apóstoles. Pues, cuando, como suele ocurrir a quienes emprenden grandes empresas, se encontraron con oposición y diversas acusaciones, fueron oportunamente apoyados por la Santa Sede, y particularmente hallaron favor y defensa en los Papas Nicolás I, Adriano II y Juan VIII. Nuestros sucesivos predecesores, los Pontífices, siempre mostraron la más amorosa solicitud a favor de los eslavos; y vuestra historia ha registrado hasta qué punto la acción del Pontificado Romano sirvió para proteger entre vosotros no sólo la religión, sino también la prosperidad pública.
  
Y esto, que siempre suele suceder debido a la necesaria influencia que la religión ejerce en las costumbres y la vida de los pueblos, es más claro y evidente que nunca en el caso de vuestros padres. Quienes, gracias a las labores apostólicas de Cirilo y Metodio, adquirieron no solo la fe cristiana, que sin embargo es el mayor de los bienes, sino también el refinamiento de las costumbres y la vida civil. No son vuestros Apóstoles pequeños títulos de gratitud por haber inventado el alfabeto eslavo, traducido gran parte de la Santa Biblia al idioma vulgar y organizado la liturgia según la naturaleza particular de la nación. Por estas cosas, el nombre de Cirilo y Metodio siempre sonará querido y venerado en Moravia, en Bohemia, en Croacia, entre los búlgaros, los polacos, los rutenos y todos los eslavos desde el Adriático hasta los lejanos campos de Nóvgorod. Si, pues, la comunión con la Iglesia Romana ofrece tantas garantías de salud y tanta esperanza de inestimables beneficios, esforcémonos, amados hijos, para que esta unión perdure entre vosotros y se fortalezca cada día. Con una sola oración imploramos a los santos Cirilo y Metodio que protejan bondadosamente a los pueblos eslavos desde el Cielo, implorando de Dios perseverancia para unos, luz para otros, y, habiendo encendido la caridad mutua en sus corazones, que mantengan alejadas de la herencia del Señor las enemistades, rivalidades y rencores. Sobre todo, que encomienden a Dios a esa nación poderosísima que los honra como sus apóstoles, pero que disolvió los lazos que, por obra de los mismos apóstoles, la mantenían unida a San Pedro y a la Iglesia Romana. Una vez restablecida la armonía en la profesión de la misma fe y salvaguardados los derechos de cada nacionalidad, entonces podremos depositar una gran confianza en su valiente labor por la propagación del reino de Dios en la tierra; ya que la raza eslava parece, por designio divino, reservada para destinos particulares. Además, amados hijos, regresad felices a vuestras patrias: compartid con vuestros hermanos lo que visteis y oísteis en Roma. Sean sus testigos de que nuestra paternal benevolencia abarca a toda la gran y generosa familia de los pueblos eslavos; respecto a quienes el más ferviente deseo de nuestro corazón es que permanezcan firme e invenciblemente fieles a la Iglesia Católica, y que nadie se aparte de esta sagrada Arca, en la que quien no sea acogido, según el dicho de vuestro San Jerónimo, perecerá durante el diluvio. Llevadles la Bendición Apostólica, prenda de favores celestiales, que a todos los aquí presentes, y a ellos, os impartimos con afecto en el Señor.

Discursos del Sumo Pontífice León XIII, Vol. I, Roma, 1882, págs. 442-446

martes, 30 de septiembre de 2025

ENCICLICA “Grande munus Christiáni nóminis”

Acta Sanctæ Sedis 13 (1879-1880) págs. 145-153.
   
ENCÍCLICA “Grande munus Christiáni nóminis”, SOBRE EXTENDER A TODA LA IGLESIA EL CULTO DE LOS SANTOS CIRILO Y METODIO
  
LEÓN PP. XIII
  
Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica
   
1. La misión otorgada por los Pontífices.
El augusto ministerio de propagar el nombre cristiano, confiado de una manera especial al bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y a sus sucesores, ha estimulado a los Pontífices Romanos a enviar en diferentes épocas a las diversas naciones de la tierra mensajeros del Santo Evangelio, a medida que lo demandaban las circunstancias y las inspiracions del Dios de misericordia.
   
Por esto, así como delegaron para la dirección de las almas un Agustín a los Bretones, un Patricio a los Irlandeses, un Bonifacio a los Germanos, un Vilbrodio a los Frisones, Batavos, Belgas y a otros muchos pueblos, así confirieron a los santos Cirilo y Metodio el poder de llenar el ministerio apostólico cerca de los pueblos eslavos, los cuales, gracias a su celo y a sus grandes trabajos, vieron la luz del Evangelio y pasaron de la vida de la barbarie a la vida de la civilización.

Honrados en Roma y la Iglesia Universal.
Si la fama, fiel al recuerdo de sus beneficios, nunca ha dejado de celebrar en todo el país eslavo a Cirilo y Metodio, ilustre pareja de apóstoles, la Iglesia Romana con no menos afecto los ha venerado, y ya en vida honró a ambos de muchas maneras, y no quiso privarse de las cenizas del otro una vez fallecido. Así desde el año 1858 los Bohemios, los Moravos y los Croatas de raza eslava que acostumbraban celebrar todos los años el 9 de marzo una solemne función en honor de Cirilo y Metodio, obtuvieron del favor de Pío IX, Nuestro predecesor de inmortal memoria, el celebrar la fiesta del 5 de julio, recitando el oficio de la Misa en memoria de Cirilo y Metodio. Poco después, en la época en que se celebraba el gran Concilio Vaticano, muchos Obispos pidieron con instancia a la Sede Apostólica que su culto y su fiesta de día determinado se extendiera a toda la Iglesia. Pero como el asunto no ha llegado a término hasta hoy, y como por las vicisitudes de los tiempos ha sobrevenido un cambio en el estado político de aquellas comarcas, parécenos la ocasión favorable para ser útil a los pueblos eslavos en cuya conservación y salvación Nos estamos profundamente interesados.
  
2. Una nueva honra.
Por esto, a la vez que Nos queremos que Nuestro afecto paternal en nada les falte, queremos también que se extienda y acreciente el culto de esos hombres santos que, así como en otro tiempo sacaron a los pueblos eslavos de la muerte a la salvación, propagando la fe católica entre ellos, así hoy los defenderán eficazmente por su celestial patrocinio.
   
3. Su biografía: Primeros años.
Cirilo y Metodio, hermanos nacidos en la célebre ciudad de Tesalónica, fueron en edad temprana a Constantinopla para estudiar las ciencias humanas en la capital de Oriente. No se tardó en notar la chispa de genio que brillaba en aquellos jóvenes: uno y otro hicieron grandes progresos en poco tiempo; pero sobre todo Cirilo, que se distinguió hasta tal punto en las ciencias, que mereció, por honor particular, que se le llamara el filósofo.
  
4. Cirilo y los jázaros.
Poco tiempo después, Metodio abrazó el estado monástico; por su parte, Cirilo fue juzgado digno de que la emperatriz Teodora, por petición del Patriarca Ignacio, le encargara de instruir en la fe cristiana a los jázaros, pueblos situados más allá del Quersoneso, que pedían a Constantinopla Sacerdotes instruidos. Aceptó de buen grado este ministerio, y habiendo ido desde luego al Quersoneso, dedicó algún tiempo, según lo cuentan varios autores, al estudio de la lengua del país, consiguiendo en  aquella época, por un muy dichoso presagio, el descubrir los restos sagrados del papa San Clemente I, que reconoció fácilmente, gracias a la antigua tradición, así como por el ancla con que se sabía que el magnánimo mártir fue precipitado al m ar por orden del emperador Trajano y enterrado en seguida con ella.
  
Dueño de tan preciado tesoro, penetró en las ciudades y residencias de los jázaros, y muy luego, después de haber abolido diversos géneros de superstición, ganó para Jesucristo aquellos pueblos por sus enseñanzas y movidos por el espíritu de Dios. Constituida felizmente la nueva Comunidad cristiana, dio un memorable ejemplo de desprendimiento y caridad a la vez, rehusando todos los presentes que le ofrecían los habitante, excepto la manumisión de los esclavos que profesasen el Cristianismo. Pronto volvió a Constantinopla, retirándose al Monasterio de Policrono, a donde también se había retirado Metodio.
  
5. Cirilo y Metodio en Moravia.
Durante este tiempo la fama llevó a Ratislao, príncipe de Moravia, el rumor de los felices acontecimientos sucedidos en Jazaria; el Príncipe, excitado por su ejemplo, negoció con el emperador Miguel III el envío desde Constantinopla de algunos obreros evangélicos, obteniendo sin dificultad lo que deseaba; y los méritos insignes de Cirilo y Metodio, y su amor bien conocido hacia el prójimo, hicieron que fueran designados para la misión de Moravia.
   
Habiéndose puesto en camino a través de Bulgaria, que había ya recibido la iniciación en la fe cristiana, no descuidaron en lugar alguno la ocasión de extender los sentimientos religiosos. En Moravia la multitud salió a su encuentro hasta los límites del Principado, siendo recibidos con gran ansia e intenso júbilo. Sin demora se consagraron a inculcar en los ánimos las enseñanzas cristianas, elevándolos hacia la esperanza de los bienes celestiales, y esto, con tanto ardor y con tan laborioso celo, que en poco tiempo la nación morava se había dado espontáneamente a Jesucristo.
  
El conocimiento que Cirilo había anteriormente adquirido del idioma eslavo contribuyó no poco a estos resultados, y la influencia de la literatura sagrada de los dos Testamentos que había traducido en lengua popular, fue muy considerable. Así toda la nación eslava debe mucho a aquel de quien ella ha recibido, no solamente la fe cristiana, sino también los beneficios de la civilización, porque Cirilo y Metodio fueron los inventores del alfabeto que ha dado a la lengua eslava sus signos y medios de expresión y por esta causa aparecen, con justicia, como fundadores de la misma lengua.

6. Vuelta a Roma.
La fama había llevado también de esas provincias tan lejanas y aisladas, hasta Roma, la gloria de tales actos. Así el Soberano Pontífice Nicolás I, habiendo ordenado a los Santos hermanos que fueran a Roma, éstos se apresuraron a ejecutar las órdenes, llevando consigo las reliquias de San Clemente. Al saber esto Adriano II, que había sucedido al Papa Nicolás, avanzó en medio del concurso del Clero y del pueblo, con las ceremonias de una recepción solemne, al encuentro de los ilustres huéspedes; y el cuerpo de San Clemente, honrado allí mismo por estupendos milagros, fue llevado con gran pompa a la Basílica levantada en tiempo de Constantino sobre las mismas ruinas de la casa paterna del mártir invicto.
  
En seguida Cirilo y Metodio dan cuenta, en presencia del Clero, del Soberano Pontífice, de la misión apostólica que tan laboriosa y santamente habían cumplido. Y como se les acusara de haber obrado contra las antiguas costumbres y contra los ritos más santos, empleando la lengua eslava para la celebración de los santos Misterios, abogaron por su causa razones tan justas y concluyentes, que el Pontífice y todo el Clero los alabaron y aprobaron. Después, habiendo los dos prestado juramento, según la fórmula de la profesión católica, afirmando que permanecerían en la fe del bienaventurado Pedro y de los Pontífices Romanos, fueron creados y consagrados Obispos por el mismo Adriano, siendo promovidos también a las diferentes Ordenes sagradas muchos de sus discípulos.
   
7. Muerte de San Cirilo.
El designiode la Providencia era que Cirilo term inara el curso de su vida en Roma el 14 de febrero del año 869, más maduro en virtud que en años. Tuvo funerales públicos y solemnes, celebrados con la misma pompa que para los Pontífices Romanos, colocándole con gran honor en la tumba que Adriano había hecho construir para sí mismo. El santo cuerpo del difunto, que el pueblo romano no quiso que se transportara a Constantinopla, a pesar de los deseos de una madre desolada, fue conducido a la Basílica de San Clemente, y depositado cerca de las cenizas de aquel a quien el mismo Cirilo había conservado con veneración durante muchos años. Y mientras era llevado a través de la ciudad, en medio del alegre cántico de los salmos, se hubiera dicho que el pueblo romano, al rendirle honores celestiales, le dedicaba honores de triunfo más bien que honras fúnebres.
   
8. Metodio vuelve a Moravia.
Después de esto Metodio volvió como Obispo, por orden y bajo los auspicios del Soberano Pontífice, a seguir sus funciones apostólicas en Moravia, y hecho modelo de su rebaño, se aplicó en aquella provincia a servir más y más a la causa católica. Se le vio combatirenérgicamente a los novadores para impedirles que concluyeran con el nombre católico por la locura de las opiniones; instruir en la Religión al príncipe Sventopluk, que había reemplazado a Ratislao; reprenderle cuando faltaba a su deber; afearle su conducta, y hasta amenazarle con la excomunión. Atrájose por estas razones el odio del cruel e impúdico tirano, que le desterró; pero llamado del destierro poco tiempo después, obtuvo, por medio de hábiles exhortaciones, que el Príncipe diera pruebas de mejor disposición de ánimo y que comprendiera la necesidad de rescatar sus antiguos hábitos con un nuevo género de vida.
  
9. Entre otros pueblos.
Lo que hay de más admirable es que la vigilante caridad de Metodio, habiendo traspasado los límites de la Moravia, alcanzando en vida de Cirilo a los Luburnienses y a los Serbios, llegó después a los Panonios, a cuyo príncipe convirtió a la Religión católica; a los Búlgaros, a quienes confirmó en la fe cristiana, juntam ente con su príncipe Boris; a los Dálmatas a quienes distribuyó y dispensó las gracias especiales: a los Carintios, con quienes trabajó ardientemente por atraerlos al conocimiento y al culto del único Dios verdadero.
   
10. Nueva acusación. Justificación en Roma.
Pero esto debía convertirse para él en una fuente de pruebas, porque algunos miembros de la Sociedad Cristiana, envidiosos de los actos de valor y virtud de Metodio, le acusaron, a pesar de su inocencia, ante el Papa Juan III, sucesor de Adriano, de tener una fe sospechosa y de violar las tradiciones de los antepasados, los cuales en la celebración de los santos misterios se servían de la lengua griega y de la latina, con exclusión de todas las demás. En vista de lo cual, el Pontífice, en su celo por el mantenimiento de la integridad de la fe y de las antiguas tradiciones, llamó a Metodio a Roma, invitándole a que deshiciera la acusación y se justificase.
  
Metodio, siempre dispuesto a obedecer, fuerte con el testimonio de su conciencia, compareció en el año 880 ante el Papa Juan, muchos Obispos y el Clero romano, consiguiendo una fácil victoria y probando que siempre había guardado y enseñado fielmente la fe, que en presencia y con la aprobación de Adriano, había profesado y prometido guardar por juramento sagrado en la tumba de los Apóstoles; y que si se había servido para los santos misterios de la lengua eslava, era por justos motivos, por licencia especial del Pontífice, y sin que violara el texto sagrado. Por esta defensa se justificó tan bien de todos los cargos, que en el acto el Papa le abrazó y le quiso confirmar en su poder archiepiscopal y en su misión entre los eslavos. Además, el Pontífice, habiendo delegado a muchos Obispos para que, presididos por Metodio le ayudasen en la gestión de los asuntos cristianos, le volvió a enviar a Moravia con cartas muy halagüeñas y plenos poderes. Y más tarde, cuando de nuevo la envidia de los malos atacó otra vez a Metodio, el Soberano Pontífice, por nuevas letras, confirmó sus anteriores favores.
   
11. Celo de las almas.
Así que, plenamente tranquiliazdo y unido al Soberano Pontífice y a toda la Iglesia romana por el lazo apretadísimo de la fe y la caridad, Metodio perseveró con más vigilancia en el cumplimiento del cargo que le había sido confiado, sin que se hicieran esperar mucho los frutos notabilísimos de su celo. Porque, después de haber él mismo, con ayuda de un sacerdote, convertido a la fe católica al príncipe de los Bohemios, Borivoj, y poco más tarde a la esposa de este Príncipe supo en poco tiempo obrar de modo que el Cristianismo se difundiera en toda la nación. Al mismo tiempo puso especial cuidado en hacer que llegara la luz del Evangelio a Polonia, y habiendo penetrado él mismo en Galicia, fundó una sede episcopal en Leópolis.
   
12. Muerte de Metodio.
Habiendo vuelto desde allí, como algunos lo refieren, a la Moscovia propiamente dicha, estableció la Sede Episcopal de Kiev, y habiéndose cubierto de este modo de laureles inmortales, volvió a Moravia entre los suyos. Conociendo que se acercaba su fin, designó a su propio sucesor, y después de haber exhortado a la virtud con sus últimos consejos a su Clero y pueblo, abandonó en paz esta vida, que para él había sido camino al Cielo. Así como Roma lloró a Cirilo, Moravia dio muestras de su dolor por la muerte de Metodio, y de su pena por tal pérdida distinguiendo de todas maneras sus funerales.
   
13. Roma y los países eslavos.
Gran alegría, Venerables Hermanos, Nos causó el recuerdo de estos sucesos, y experimentamos no pequeña emoción al contemplar en tiempos tan lejanos la unión tan magnífica en sus hermosos orígenes de las naciones eslavas con la Iglesia Romana. Pues si estos dos apóstoles del nombre cristiano salieron de Constantinopla para penetrar entre los infieles, recibieron la investidura de su misión de esta Sede Apostólica, o la santa necesaria aprobación de esa misión. En efecto, aquí en esta ciudad de Roma dieron cuenta de su misión y respondieron a sus acusadores; aquí en el sepulcro de San Pedro y Pablo juraron guardar la fe católica, recibieron la consagración episcopal a la vez que la facultad de constituir la jerarquía sagrada, observando la distinción de las Ordenes. Aquí, en fin, se solicitó yobtuvo licencia para emplear la lengua eslava en los ritos sagrados; y hace este año diez siglos que el Sumo Pontífice Juan VIII escribió a Sventopluk, príncipe de Moravia:
«Con razón alabamos las letras eslavas… que resuenan en las alabanzas debidas a Dios y ordenamos que en esta misma lengua sean celebradas las alabanzas y las obras de Nuestro Señor Jesucristo. Nada en la fe ortodoxa y en la doctrina impide que se cante la misa en lengua eslava, o que se lea en esta lengua el Santo Evangelio o las lecciones divinas del Nuevo y el Antiguo Testamento, bien traducidas e interpretadas, o que se canten todos los oficios de las Horas».
Esta costumbre, después de muchas vicisitudes, fue sancionada por Benedicto XIV por Letras Apostólicas de 25 de agosto de 1754.
 
Pero los Pontífices Romanos, siempre que se solicitó su ayuda por los príncipes que gobiernan los pueblos que el celo de Cirilo y Metodio había guiado al Cristianismo, obraron de tal suerte, que nunca se les pudo acusar de falta de ternura al socorrer, de dulzura al enseñar, de benevolencia en sus consejos, ni de la mejor buena voluntad para todas las cosas que estaban en su poder. Ratislao sobre todo, y Sventopluk y Kocel, y Santa Ludmila, y Bogoris, conocieron la insigne caridad de Nuestros Predecesores en circunstancias y épocas diversas.

14. La solicitud de los Pontífices.
La solicitud paternal de los Pontífices Romanos hacia los pueblos eslavos no se ha detenido ni disminuido con la muerte de Cirilo y Metodio. Afirmóse siempre, protegiendo entre ellos la santidad de la Religión y conservación de la pública prosperidad. En efecto, Nicolás I envió de Roma a los Búlgaros sacerdotes encargados de instruir al pueblo, y los Obispos de Populonia y Porto, encargados de organizar la nueva sociedad cristiana. El mismo Papa respondió con mucho amor a las numerosas controversias de los Búlgaros acerca del derecho sagrado; de tal suerte, que hasta aquéllos más prevenidos en contra de la Iglesia Romana reconocen y alaban la prudencia de esas respuestas.
   
Después de la dolorosa calamidad del cisma, es gloria de Inocencio III el haber reconciliado a los Búlgaros con la Iglesia católica, así como a Gregorio IX, Inocencio IV, Nicolás IV y Eugenio IV corresponde la de haber mantenido esa reconciliación. Lo mismo respecto a los Bosníacos y Herzegovinos, engañados por el contagio de opiniones perversas, se vio brillar resplandeciente la caridad de Nuestros predecesores, Inocencio III e Inocencio IV, Gregorio IX, Clemente VI y Pío II, que se esforzaron los dos primeros en arrancar el error de los espíritus, los tres últimos en afirm ar sólidamente en estos países los grados de la jerarquía sagrada. Debe pensarse que Inocencio III, Nicolás IV, Benedicto XI y Clemente V no consagraron pequeña o escasa parte de sus cuidados a los Serbios, pues con gran previsión reprimieron los fraudes astutamente combinados en este país para destruir la Religión. Asimismo los Dálmatas y los Liorneses recibieron de Juan X, Gregorio VII, Gregorio IX, y Urbano IV, testimonios de favor p articular y grandes loores por su constancia en la fe, en recompensa de sus buenos servicios.
  
Finalmente, existen números documentos de benevolencia de Gregorio IX y Clemente XIV hacia la Iglesia de Eslavonia (Yugoslavia y Croacia); destruida en el siglo VI por las incursiones de los bárbaros, y restaurada más tarde por el celo piadoso de San Esteban I, rey de Hungría.
  
Por esto comprendemos que debemos dar gracias a Dios por tener ocasión favorable de conceder un favor a la nación eslava y proveer a su bien general, y ciertamente no con menor celo que el demostrado por Nuestros predecesores.
  
15. Preocupación pontificia por su bienestar espiritual.
Por eso creemos que Nos debemos dar gracias a Dios por habernos proporcionado la oportunidad de ensalzar a los pueblos eslavos y procurar su bien común con no menor celo que el que com probadamente em pleaban en todo tiempo Nuestros Predecesores.
   
El fin que Nos propusimos y lo único que deseamos es no escatimar esfuerzo alguno para que las naciones eslavas sean instruidas por el mayor número posible de Obispos y sacerdotes, para que se afirm en en el culto de la verdadera fe, en la obediencia a la verdadera Iglesia de Jesucristo, para que reconozcan cada vez más, por experiencia diaria, la fuerza para el bien que emana de los preceptos de la Iglesia Católica sobre el hogar doméstico y todas las clases del país.
   
A esas Iglesias se dedican en gran parte Nuestros cuidados, y nada deseamos más vivamente que estar en disposición de proveer a su bienestar y prosperidad, y unirlas a Nos con el lazo perpetuo de la concordia, que es el mayor y m ejor vínculo de salvación. Fáltanos conseguir que Dios, rico en misericordia (Eph. 2, 4) favorezca Nuestros proyectos y secunde Nuestra empresa. Entre tanto invoquemos como intercesores cerca de Él a Cirilo y Metodio, Doctores del país de los eslavos, pues como deseamos extender su culto, confiamos en que no Nos ha de faltar su protección.
   
16. Nuevas disposiciones. Fiesta de los Santos Cirilo y Metodio.
Por eso ordenamos, que en el quinto día del mes de julio, fijado por Pío IX, de feliz memoria, se inserte en el Calendario de la Iglesia Romana y universal, y anualmente se celebre la fiesta de los santos Cirilo y Metodio, con oficio del rito doble menor y Misa propia que la Sagrada Congregación ha aprobado.
  
Y a vosotros, Venerables Hermanos, os ordenamos que veléis por la publicación de esta Encíclica, y prescribáis la observancia de lo que en ella fue dispuesto a todos los Presbíteros que celebran los oficios de la Iglesia Romana en sus iglesias, provincias, ciudades, diócesis y conventos de seglares. Queremos, en fin, que, con ayuda de vuestros consejos y exhortaciones, Cirilo y Metodio sean invocados en el mundo entero, a fin de que con todo el favor de que gozan cerca de Dios, protejan la Religión cristiana en todo el Oriente, y obtengan la constancia de los católicos e inspiren a los disidentes del deseo de reconciliarse con la Iglesia verdadera.
   
Mandamos que lo arriba escrito sea rato y firme sin que obsten las constituciones publicadas por Pío V, Nuestro predecesor, y las demás constituciones apostólicas acerca de la reforma del Breviario y del Misal Romano; ni los usos y costumbres, aun los más antiguos, ni cosa alguna otra en contrario.
   
17. Conclusión.
Como prenda de los favores celestiales y de Nuestra particular benevolencia os concedemos con todo amor a vosotros todos, Venerables Hermanos, a todo el Clero y pueblo confiados a vuestro cuidado la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, cerca de San Pedro, el día 30 de setiembre del año 1880, tercero de Nuestro Pontificado. LEÓN PAPA XIII.

lunes, 7 de julio de 2025

SAN CIRILO Y SAN METODIO, APÓSTOLES DE LOS ESLAVOS

   
Las vidas paralelas de estos dos santos hermanos del siglo IX adquieren relieve de trascendente actualidad en el siglo XX. Son ellos, no sólo apóstoles de los países eslavos, sino también portaestandartes de la fidelidad a Roma en los tiempos borrascosos que preludiaron el cisma oriental. Focio, que había de ser patriarca de Constantinopla y primer promotor de la ruptura bizantina con Roma, fue profesor y jefe eclesiástico de ambos. Supieron ellos a tiempo desligarse del cismático patriarca, para seguir en unión con Roma, centro de la catolicidad. Su táctica marca un hito perenne en los actuales problemas de la unión de los cristianos.  
   
Los hermanos Cirilo y Metodio nacieron en Salónica, hermosa y antigua ciudad de la Macedonia griega, a principios del siglo IX. La ciudad se distinguía por su carácter cosmopolita, y los tesalonicenses aprendían con gusto los mas extraños idiomas, gloriándose de poder entender hasta los bárbaros del Norte y mantener activo comercio con las regiones más recónditas de la Panonia, de la Misia y de la Dacia. El valle del río Vardar, en cuya desembocadura se encuentra la ciudad, forma como un corredor de entrada a la península Balcánica y a la región danubiana. Salónica era por eso plaza fuerte tan celosamente atendida por los emperadores bizantinos, ya que, perdida ella, podía darse por terminada la dominación griega en los Balcanes. Eslavos y búlgaros intentaron varías veces apoderarse de Salónica, pero en su fracaso llegaron a establecerse pacíficamente en los suburbios de la ciudad. Entre estas gentes sencillas aprendieron los dos hermanos el difícil e inculto idioma eslavo.
   
Su padre se llamaba León y ocupaba el alto cargo de lugarteniente general de la zona militar; hombre versado no sólo en asuntos militares, sino filosóficos y religiosos, en su biblioteca abundaban las obras de los Santos Padres, particularmente las de San Gregorio Nacianceno. Tanto él como su señora eran de noble abolengo y muy piadosos. Tuvieron siete hijos, de los que Metodio era el primero y Cirilo el último. Aquél nació en 815, éste en 826. Lo mismo el nombre de Metodio que el de Cirilo son monásticos; Cirilo se llamaba Constantino, debiendo el nombre de Metodio de empezar igualmente por M, según la costumbre monacal de permutar el nombre propio por otro que empezase por la misma letra.
   
Muy joven aún, Metodio fue nombrado gobernador de la provincia de la Macedonia interior, en las fronteras de la actual Albania, donde ya se establecían los eslavos. Allí conoció el espíritu y las necesidades de este pueblo.
   
Cirilo inició sus estudios en Salónica. En ese tiempo leía y releía las obras de San Gregorio Nacianceno, aprendiendo de memoria sus maravillosas composiciones poéticas y aspirando a la sabiduría divina que brillaba en los escritos del maestro. Muerto prematuramente León, cuando Cirilo tenía sólo catorce años, fue éste acogido bajo la protección de Teoctisto, canciller imperial y primer ministro de la emperatriz Teodora, quien le llamó a Constantinopla para completar allí su formación.
   
Constantinopla estaba en el siglo IX en el apogeo de su esplendor: era, efectivamente, la capital del mundo civilizado y centro importantísimo de cultura cristiana. El patriarcado gozaba de muchísimos privilegios, lo que, unido a la intromisión de los poderes civiles en el terreno eclesiástico, ofrecía terreno propicio a las intrigas y a la venalidad de los altos dignatarios de la Iglesia. Los monjes eran los que preferentemente salvaguardaban la ortodoxia y defendían la Iglesia de las injerencias civiles. El pueblo era profundamente piadoso, datando de entonces el incremento del culto a las sagradas imágenes, con la derrota de la herejía iconoclasta el 19 de febrero de 842. Gobernaba el patriarcado el santo monje Ignacio.
   
Teoctisto cedió a Cirilo un cuarto en su propio palacio y le inscribió en la universidad Imperial, que funcionaba en la misma corte, no lejos de Santa Sofía. Sus maestros fueron León, el sabio más ilustre de la ciudad, por sobrenombre el Filósofo o el Matemático, y Focio. Este, a despecho de haber alumbrado el cisma oriental, poseía, con todo, una ciencia prodigiosa y grandes méritos en el campo filosófico, histórico y aun teológico. Focio era entonces seglar. Cirilo hizo notables progresos en el conocimiento de la antigüedad clásica y en las obras de los Santos Padres. No pudo, en cambio, mantener relaciones cordiales con el arrogante Focio, que odiaba al canciller, a la emperatriz, al santo patriarca Ignacio y a los monjes en general. A Cirilo le asqueaba la vida oficial y decidió retirarse a un monasterio. Ante las súplicas de Teoctisto y la influencia de la emperatriz demoró Cirilo su retiro. El año 847 recibió la ordenación sacerdotal y fue nombrado bibliotecario patriarcal, archivero curial y secretario del Consejo Eclesiástico. Ante las injusticias de que a diario era testigo en el desempeño de su cargo, Cirilo desapareció misteriosamente. Obligado a regresar a Constantinopla, en el momento en que su maestro Focio era elevado a la dignidad de patriarca, aceptó sustituirle en la cátedra de filosofía; tanto se distinguió en ella que a los veinticinco años era ya universalmente conocido con el sobrenombre de “filósofo”.
   
Durante los reinados de Teodora y Miguel venían del Norte y del Oriente legaciones de pueblos extranjeros a Constantinopla, buscando en Bizancio protección y luz. Los emperadores enviaban embajadores mitad religiosos mitad políticos, para poner trabas a las empresas mahometanas y germanas.
   
Cirilo fue escogido el año 851 para acompañar, en calidad de intérprete y consejero, una delegación imperial a la corte del califa de Bagdad.
   
Coincidiendo con su retorno a Constantinopla se acentúan sus ansias de soledad y sus preocupaciones por la vida monástica. Debió estar en correspondencia con su hermano Metodio, quien, tras los desengaños experimentados en su gobierno, abandonó la carrera administrativa y abrazó la vida monástica, entrando el año 853 en un monasterio del monte Olimpo. Este monte Olimpo no tiene relación alguna con el Olimpo griego, morada de los dioses mitológicos; estaba situado en el Asia Menor, no lejos del mar de Mármara, cerca de la actual ciudad de Brus; era conocido como el Olimpo asiático o bitinio, centro monacal de contemplación y de estudio. Cirilo siguió a su hermano Metodio en las soledades del monasterio.
   
Fue ésta una época de paz para ambos hermanos, en la que harían grandes acopios de santidad y de ciencia sagrada. Constantinopla, en cambio, era un volcán de pasiones. Bardas, hermano de Teodora, hombre ambicioso e inmoral y tutor de Miguel, legítimo heredero del trono, acabó por encarcelar y asesinar a Teoctisto, expulsar del trono a Teodora, desterrar al patriarca Ignacio y entronizar al arribista Focio. Este no olvidó a los dos hermanos y para captárselos a su bando les ofreció dignidades, que ellos rehusaron valientemente. Focio buscaba desde entonces un pretexto para alejarlos diplomáticamente del Imperio; en esto coincidía con los deseos de ambos hermanos, que no podían reconocer la autoridad de Focio. Pronto se presentó una ocasión oportuna para ello.

El jan de los jázaros envió, hacia el año 861, una embajada a Constantinopla, solicitando misioneros que confutasen los errores islámicos y judíos. Cirilo y Metodio parecieron los sujetos más aptos para esta empresa; Cirilo como director, Metodio como consejero. A través del Quersoneso, al sur de la península de Crimea, se dirigen el año 861 al país de los jázaros en la costa del mar Negro, entre el Don y el Cáucaso, donde fueron recibidos con todos los honores. Dios bendijo en forma extraordinaria esta misión, en la que los hermanos demostraron dotes excepcionales, además de la santidad de sus vidas, para adaptarse a mentalidades extrañas para aprender lenguas extranjeras y sobre todo para no mezclar en su apostolado la religión con el nacionalismo o la Política. Su labor fue sencillamente cristianizar, a base del respeto a los usos y costumbres de los pueblos. Cirilo escribió entonces una obrita para confutar los errores judaizantes de que estaban contagiados los jázaros. Metodio la tradujo al eslavo, pero de ella no quedan sino pocos fragmentos. Más de 200 dignatarios abrazaron el cristianismo y la amistad entre Bizancio y el kan quedó firmemente cimentada.
   
Un suceso llenó de alegría el corazón de los hermanos a su paso por Jersón: el hallazgo del cuerpo de San Clemente Romano en unas ruinas de la islita que está frente a la ciudad, en la tarde del 23 de enero. Los sagrados despojos fueron llevados primeramente a la catedral, donde quedó una parte de ellos; la otra la conservó Cirilo, llevándola consigo a Constantinopla y más tarde a Roma.
   
De vuelta a Constantinopla, el emperador y el patriarca los recibieron con el honor que correspondía al éxito de su misión. Los dos hermanos volvieron a retirarse al monasterio del monte Olimpo, pero su retiro debió de durar poco tiempo.
   
Entran ahora en escena los pueblos eslavos. Ratislao, príncipe de Moravia, enviará una embajada a Bizancio solicitando también misioneros. Hacia el siglo IX se habían extendido ya los eslavos desde las llanuras de la Rusia meridional, por el norte, hasta el mar Blanco; por el sur, hacia el Adriático y el Egeo; por el occidente habían penetrado hondamente en Alemania y por el este llegaban al Volga. Se habían formado incluso varios Estados eslavos, tanto al norte como al centro y sur de Europa. Entre ellos se distinguía por su creciente poderío la nación morava.
   
Moravia había sido ya precedentemente cristianizada, al menos en parte, por misioneros alemanes, pero con escaso éxito, debido, sin duda, a la falta general de adaptación al medio ambiente. Es natural que a un pacto entre príncipes se unieran el motivo religioso y el político; el rey moravo soñaba con poner trabas a la expansión germánica, el emperador bizantino acariciaba la idea de extender su influencia entre los pueblos de Centroeuropa. Cirilo y Metodio, ajenos a las miras políticas de ambos reyes, pensaron solamente en cristianizar. Estudiaron mejor las costumbres del país, se hicieron rápidamente cargo del sistema conducente a la evangelización de los eslavos y sacaron la conclusión de que se imponía una liturgia oriental en lengua del país, en consonancia con la doctrina de la adaptación.
   
La empresa debió ser ardua por muchos conceptos. Primero, por lo que parecía una innovación en metodología misional; segundo, por la oposición de los alemanes.
   
No debía ser, efectivamente, fácil introducir una liturgia en lengua nativa, dado que no existía alfabeto eslavo. Cirilo, que ya en un principio se había esforzado por transcribir algunas palabras eslavas con la ayuda del alfabeto griego, renueva ahora ahincadamente sus esfuerzos, logrando definitivamente adaptar los caracteres cursivos griegos a la lengua eslava, supliendo con media docena de signos originales los sonidos eslavos inexistentes en la fonética griega. Surge así el alfabeto llamado “glagolita” (de глаголъ/glagol = palabra), con el que tradujeron progresivamente los libros indispensables para el culto y el conocimiento de la Sagrada Escritura. Este milagro lingüístico produjo enorme impresión en la corte bizantina.
   
El alfabeto “glagolita” no debe confundirse con el “cirílico”, basado en la aplicación a la fonética eslava de los signos unciales griegos. Aunque este último lleva el nombre de "cirílico" por San Cirilo, con todo, su autor parece que fue Clemente, uno de sus discípulos. Cirilo es únicamente autor del “glagolita”. Digamos de paso que las traducciones de la Sagrada Escritura a la lengua eslava llevan el sello de los mejores códices antiguos conservados por los monjes del monte Olimpo, siendo, aunque tardías, de gran importancia para la crítica textual y para la restauración del texto bíblico original.
   
El éxito de los dos hermanos entre los moravos fue enorme, pero chocaron con la resistencia tenaz de los misioneros germanos, que veían en ellos dos vagabundos filósofos, perturbadores de la paz religiosa en los terrenos feudos de Germania. Pero el príncipe los protegía con su apoyo, el pueblo los quería, admirando en ellos unos griegos finos, cultos y enérgicos, que hablaban la lengua de su país y les presentaban la palabra de Dios adaptada a su mentalidad. La mies fue tan copiosa que faltaban sacerdotes para tanto fruto de conversiones. Ninguno de los dos era obispo, y Metodio ni siquiera sacerdote.
   
Con la intención de interesar algún prelado en la empresa de convertir a los eslavos se ponen en camino, acompañados de algunos de sus discípulos; atraviesan la parte inferior de la Panonia, donde entran en relaciones con el príncipe Kocel, que la gobernaba como vasallo del Imperio germánico. Estuvieron allí unos seis meses; Kocel aprendió la escritura eslava y puso bajo el magisterio de Cirilo 50 jóvenes de su séquito, para que les enseñase los libros eslavos y los rudimentos de la fe; él mismo acompañó a los peregrinos hasta las fronteras de su reino y más tarde se había de interesar ante Roma en que Metodio fuese nombrado obispo de Panonia. Al llegar a Venecia encontraron, por el contrario, fría acogida por parte del patriarca y del clero, prevenido ya por los rumores adversos que sobre ellos corrían; estos rumores, en forma concreta de acusación de apostasía y de herejía, habían llegado hasta Roma, promovidos por el clero germano. De no mediar el elemento político, que encendía las pasiones nacionalistas y ofuscaba la inteligencia de la verdad católica, no se explicaría esta hostilidad contra los apóstoles hermanos. Ellos practicaban sencillamente la adaptación, cual lo había hecho Jesucristo, los apóstoles, toda la Iglesia primitiva al evangelizar el mundo; pero, aun dado caso de que en el siglo IX o en los pueblos eslavos no conviniera ya continuar el mismo sistema, una cosa meramente metodológica no es para provocar acusaciones tan graves.
   
Los dos hermanos continúan viaje a Roma. El recibimiento fue apoteósico y, por ende, inesperado. Había corrido la voz de que eran portadores de las reliquias de San Clemente; el Papa Adriano II, numerosos cardenales y obispos, una muchedumbre inmensa de ciudadanos les salieron al encuentro y llevaron procesionalmente el santo cuerpo del papa romano. El Papa tuvo ocasión de conversar largamente con Cirilo, y prendado de su profunda piedad, de su intachable ortodoxia, de su celo apostólico, bendijo largamente a los hermanos y aprobó sus proyectos misioneros. Metodio y otros tres eslavos recibieron la ordenación sacerdotal y celebraron su misa en rito eslavo, los días 5 y 6 de enero, respectivamente, del año 868. Los libros eslavos, bendecidos por el Papa, recibieron su consagración al ser colocados oficialmente sobre el altar de Santa María ad præsépe (Santa María Mayor). Ante una reunión de cardenales, obispos y teólogos, presidida por el Papa, Cirilo expuso sus proyectos apostólicos; fue aplaudido unánimemente, excepción hecha de los que simpatizaban con el emperador de Alemania, que veían en la nueva liturgia eslava una barrera al poder expansionista de los príncipes germanos.
   
Se quiso nombrar obispo a Cirilo; pero, enfermo desde la misión a los kázaros, se agravó rápidamente y tras despedirse de su hermano Metodio y de todos los presentes, se durmió en la paz del Señor el 14 de febrero de 869. Antes de morir, y después de recibir los últimos sacramentos hizo la profesión monacal y cambió el nombre de Constantino por el de Cirilo. Los funerales fueron presididos por el mismo Papa, quien mandó que su cuerpo recibiera sepultura en la basílica de San Clemente, junto a las reliquias que él mismo había traído.
   
Metodio, que, a pesar de ser mayor que su hermano, había sido siempre su fiel ayudante, toma ahora el timón de la desolada misión morava. Si no tenía la preparación teológica y científica de su hermano Cirilo, poseía, en cambio, en alto grado el don de mando y de gobierno. Regresa al Oriente en calidad de “misionero apostólico de los eslavos” y de “legado pontificio”, y portando cartas para los príncipes Ratislao, Kocel y Sviatopolk. Llamado nuevamente a Roma, volvió a la Ciudad Eterna acompañado de nobles varones y de veinte candidatos al sacerdocio. Metodio fue consagrado obispo a fines de 869 y nombrado primer arzobispo de Sirmio (Srem), diócesis que se extendía a Moravia, Panonia, Serbia y por el norte hasta la Sarmacia (desde la frontera griega hasta más allá de los Cárpatos). Esta archidiócesis debía separar el Oriente bizantino y el Occidente romano-germánico, germen de seculares luchas.
   
Cuando, en 870, Metodio torna a la misión para tomar posesión de su archidiócesis, encontró las cosas cambiadas. Sviatopolk, tío de Ratislao, había hecho causa común con los príncipes y obispos alemanes; Ratislao, protector fiel de Metodio, fue hecho prisionero y desapareció, sin vestigio, de la escena. Metodio fue encerrado en una torre, donde le hicieron sufrir ultrajes y humillaciones durante dos años y medio, queriéndole obligar a renunciar a sus cargos y dignidades. El año 872 tuvo noticias del secuestro el papa Juan VIII, quien mandó bajo excomunión que fuese puesto en libertad; el obispo de Ancona, “legado pontificio ad hoc”, le liberó de la cárcel y Metodio prosiguió incansable su obra evangelizadora. Por todas partes era recibido como “enviado del cielo”. Sus discípulos se extendieron por el norte entre los ucranianos y polacos, y por el sur entre los panonios, croatas y serbios.
   
Los alemanes arreciaban en sus acusaciones de herejía contra Metodio, y el Papa le impone el sacrificio de abandonar la liturgia eslava. Importaba menos a Metodio el triunfo momentáneo de sus enemigos que el fracaso de una misión tan fecunda; por eso emprendió un nuevo viaje a Roma en 879, para responder de las acusaciones de herejía y de innovación en la liturgia. Juan VIII aprobó enteramente su ortodoxia y su liturgia. Metodio pudo volver justificado a su misión. Hacia el 882 lo encontramos en Constantinopla y poco tiempo después muere entre sus fieles el 6 de abril de 884. Se le hicieron grandiosos funerales con oficios en latín, griego y eslavo:
«Reunido el pueblo en masa con cirios y lágrimas, acompañó a su buen pastor. Allí estaban todos, hombres, mujeres, niños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, viudas y huérfanos, extranjeros e indígenas, enfermos y sanos, porque Metodio se había hecho todo para todos, para salvarlos a todos».
   
Su cuerpo fue llevado posteriormente a Roma y colocado en San Clemente, junto al de su hermano Cirilo. Un cuadro sintetiza su santidad: el alma de Cirilo es presentada al supremo juez por sus dos santos protectores, Miguel y Gabriel, príncipes de las milicias celestiales; San Andrés y San Clemente asisten al trono divino y el hermano Metodio levanta suplicante el cáliz eucarístico en sufragio del difunto. Ambos juntos suelen ser pintados por los iconógrafos bizantinos leyendo y bautizando en Moravia, con un hombre arrodillado a sus pies, que les ofrece pan y sal, según el rito de los eslavos, en signo de amistad.
   
Cirilo y Metodio esperan en Roma la hermosa hora del encuentro y del abrazo. Son como el Oriente hincado en el corazón de Roma. Son como los testigos de una caridad unitiva que traspasa pueblos y coliga siglos.
   
Además de las fiestas en el día de su muerte (14 de febrero y 6 de abril), se les honra con una fiesta común, lo mismo en la Iglesia oriental que en la latina. León XIII puso sus nombres en el Misal Romano el 25 de octubre de 1880, fijando su fiesta para el 5 de julio, que luego, en diciembre de 1887, fue trasladada al 7 del mismo mes; en el rito oriental se celebra el 11 de mayo, tanto por los católicos como por los disidentes.
   
SANTIAGO MORILLO TRIVIÑO SJAño Cristiano, Tomo III. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966.
   
ORACIÓN
Oh Dios omnipotente y eterno, que por medio de tus santos confesores y obispos Cirilo y Metodio has traído al conocimiento de tu nombre a los pueblos eslavos; haz que consigamos la compañía de aquéllos en cuya festividad nos gloriamos. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 11 de julio de 2024

CUANDO SAN CIRILO Y SAN METODIO SE ENFRENTARON A LA EXCOMUNIÓN POR LA LITURGIA EN ESLAVO ECLESIÁSTICO

Traducción del Comentario de los Padres de TRADITIO.
   
Los apóstoles de los eslavos, San Cirilo y San Metodio, fueron amenazados con la excomunión por dos papas por atreverse a celebrar la Santa Misa en una lengua vernácula en lugar de latín.
Tan inquebrantable es la mentalidad de la Iglesia cuando se trata de seguir la Sagrada Tradición.
   
«Queridos Padres de TRADITIO: ¿Es cierto que los santos Cirilo y Metodio fueron amenazados por dos papas por atreverse a celebrar la Misa en una lengua vulgar en lugar del latín? Tradicionalmente, sólo las Lenguas Sagradas pueden usarse en los ritos de la Iglesia: el latín universalmente, y normalmente el griego bíblico en los ritos orientales» (Matthew).
     
RESPUESTA DE LOS PADRES DE TRADITIO: Sí, es verdad. Este pronunciamiento papal muestra el sentir de la Iglesia, confirmado a perpetuidad por el dogmático Concilio de Trento y el Papa San Pío V, del cual la Iglesia Novusordita, rechazando la Sagrada Tradición, se ha cismatizado heréticamente.
   
En lugar de la santidad, Cirilo y Metodio casi fueron excomulgados. Cuando comenzaron a celebrar la Misa para los eslavos en antiguo eslavo eclesiástico, predecesor del ruso, el Papa Esteban III (reinó entre el 752 y el 757) condenó su uso de la lengua vulgar y exigió que se usara únicamente el latín, so pena de excomunión. El Papa Juan VIII (reinó entre el  872 y el 882) confirmó más tarde este decreto de su predecesor, escribiendo a Metodio (Cirilo había muerto diez años antes):
«Áudimus étiam, quod missas cantes in Bárbara, hoc est in Sclavína língua, unde jam lítteris nostris per Páulum epíscopum Anconitánum tibi diréctis prohibúimus, ne in ea língua sacra missárum sollémnia celebráres, sed vel in Latína vel in Græca língua, sicut Ecclésia Dei toto terrárum orbe diffúsa et in ómnibus géntibus dilatáta cantat [Oímos también que cantas las misas en lengua bárbara, esto es, eslava, cuando ya habíamos prohibido con cartas a ti dirigidas por Pablo, obispo de Ancona, que celebraras la solemnidad de la sagrada misa en esa lengua, sino en lengua latina o griega, como la canta la Iglesia de Dios propagada por todo el orbe de la tierra y dilatada entre todas las naciones]» (Epístola “Prædicatiónis tuæ doctrínis”, a San Metodio, obispo de Hungría, 18 de las calendas de Julio -14 de Junio- de 879. En Migne, Patrología Latína 126, col. 850).
Los grandes evangelizadores de los alemanes y de los ingleses, San Bonifacio y San Agustín de Canterbury, nunca pensaron en apartarse del latín sagrado de la Iglesia Católica en la Misa y vieron florecer su obra. Sin embargo, la mayoría de los eslavos se unieron al cisma y ahora forman parte de la Iglesia ortodoxa rusa.