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martes, 7 de julio de 2026

DISCURSO DE LEÓN XIII A LOS ESLAVOS CATÓLICOS


El 30 de septiembre de 1880, León XIII publicó la encíclica “Grande munus” sobre los santos Cirilo y Metodio, apóstoles de los eslavos, una de las muchas manifestaciones de su celo en la causa de la unión de los cristianos de Oriente con la Iglesia romana. Al año siguiente, 1.300 representantes de esos pueblos llegaron como peregrinos a Roma para “ver a Pedro” (como dice San Pablo), viviendo y reinando en León XIII. Así, el 5 de julio, encabezados por sus obispos, polacos de Austria y Rusia, rutenos de Galicia, bosnios, hercegovinos, bohemios, moravos, nativos de Dalmacia y Carniola, búlgaros, checos, eslovenos, macedonios, búlgaros y nativos de Rumelia, fueron recibidos en el Vaticano. El papa Pecci, después de escuchar las palabras de Mons. José Jorge Štrosmajer Erdeljac, obispo de Đakovo o Bosnia y Sirmia, se dirigió a ellos y luego admitió a todos (los 1.300 que eran) al besapiés:
Amados hijos,
  
Roma, capital del mundo católico, tras haberos esperado con ansias, hoy os abraza, y Nuestro corazón paternal se exalta y se regocija por esta gran reunión vuestra, hasta el punto de que sentimos que podemos repetir con verdad lo que el apóstol San Pablo dijo de su discípulo Tito: «Dios nos ha consolado con tu venida». Desde el comienzo mismo de Nuestro Pontificado, viendo a la Iglesia de Jesucristo cruelmente afligida por múltiples razones entre los pueblos más cercanos a Nos, y viendo ese panorama regresar a Nos como sumamente doloroso, nos ha complacido dirigir Nuestra mirada hacia Oriente, deseosos de encontrar allí, en los recuerdos del pasado, algún motivo de consuelo y gozosa esperanza para el futuro. Ahora, por la benigna disposición de Dios, precisamente hoy viene a ofrecernos una parte, ciertamente no la menor, de esos consuelos que entonces comenzamos a buscar entre vosotros. Ya que vuestras intenciones nos son bien conocidas, amados hijos, observamos y reflexionamos sobre cuán dignas son esa piedad y esa fe que, desde regiones tan remotas y dispares, os trajo aquí unidos para rendir homenaje a nuestra humildad y a la soberana altura de la Sede Apostólica. En este hecho no solo se revelan los loables sentimientos de cada uno de vosotros, sino que también se percibe una prueba de esa maravillosa y divina unidad de la Iglesia, de la que tú, Venerable Hermano, acabas de razonar con veracidad y elocuencia. Pues fue Jesucristo quien consolidó y selló con su Sangre la fraternidad universal del género humano, y a todos los que creyeron en Él los reunió como en una sola familia, que es la Iglesia, coordinando las inteligencias y voluntades de todos hasta tal perfección de concordia, que se convirtieran en uno entre sí, como Él y el Padre son uno. Para salvaguardar esta unión, confirió el primado papal a San Pedro, Príncipe de los Apóstoles; y ordenó que se transmitiera a los Romanos Pontífices, sus sucesores, para que, mientras los miembros de la Iglesia permanezcan debidamente unidos a la Cabeza visible, la vida se extienda por todo el cuerpo de la gran familia cristiana: vida, cuyo beneficio debéis reconocer, amados Hijos, después de Dios, en los santos Cirilo y Metodio, vuestros apóstoles comunes. De hecho, en el siglo IX, cuando el nombre eslavo comenzaba a ganar mayor fama, habiéndose consagrado con increíble caridad por completo a la cultura espiritual de vuestros antepasados, no tardó en regenerarlos en Jesucristo mediante el Evangelio. De esta manera, aquellos pueblos alcanzaron la buena fortuna de verse  unidos a esta Sede Apostólica, es decir, a esa roca que Jesucristo quiso que fuera el fundamento de su Iglesia, la defensa inquebrantable contra todos los asaltos de los hombres y de satanás.
  
Entre los eslavos y esta Sede de San Pedro se estableció entonces esa íntima conexión y esa reciprocidad de oficios, cuyo recuerdo vuelve grato a la mente, especialmente en este día y en vuestra presencia. De hecho, los dos santos hermanos aquí en Roma dieron cuenta de su ministerio apostólico; aquí, ante la tumba de los Príncipes de los Apóstoles, afirmaron con juramento la integridad de su fe, y aquí obtuvieron la dignidad y la consagración episcopal. Metodio, con cartas altamente honoríficas, fue recomendado por el Pontífice de Roma; y por la autoridad y con los auspicios del mismo Pontífice, regresó a Moravia junto con sacerdotes y obispos destinados a ayudarlo en la administración espiritual de sus países. Cirilo inauguró su carrera apostólica con la revelación de los restos sagrados de San Clemente I, nuestro predecesor, desconocidos hasta entonces para los de Quersón: los cuales guardó entonces con celosa veneración y quiso que fueran sus compañeros en todas partes, incluso en Roma. Y como tú también, Venerable Hermano, has querido recordar antes, no fue casualidad que muriera en esta Santa Ciudad, y que Roma tuviera así el honor de poseer juntos los restos sagrados de Cirilo y Clemente, como si se estrecharan en un mismo abrazo. Ambos grandes Apóstoles de la fe cristiana, descansando durante siglos uno junto al otro en la paz de Cristo, parecen querer hacer comprender a sus difuntos descendientes que la unión de los eslavos con la Santa Iglesia de Roma debe ser estrecha y perpetua. Hermosos frutos de esta íntima unión pronto brotaron, no solo para gran utilidad pública, sino también para beneficio personal de sus propios Apóstoles. Pues, cuando, como suele ocurrir a quienes emprenden grandes empresas, se encontraron con oposición y diversas acusaciones, fueron oportunamente apoyados por la Santa Sede, y particularmente hallaron favor y defensa en los Papas Nicolás I, Adriano II y Juan VIII. Nuestros sucesivos predecesores, los Pontífices, siempre mostraron la más amorosa solicitud a favor de los eslavos; y vuestra historia ha registrado hasta qué punto la acción del Pontificado Romano sirvió para proteger entre vosotros no sólo la religión, sino también la prosperidad pública.
  
Y esto, que siempre suele suceder debido a la necesaria influencia que la religión ejerce en las costumbres y la vida de los pueblos, es más claro y evidente que nunca en el caso de vuestros padres. Quienes, gracias a las labores apostólicas de Cirilo y Metodio, adquirieron no solo la fe cristiana, que sin embargo es el mayor de los bienes, sino también el refinamiento de las costumbres y la vida civil. No son vuestros Apóstoles pequeños títulos de gratitud por haber inventado el alfabeto eslavo, traducido gran parte de la Santa Biblia al idioma vulgar y organizado la liturgia según la naturaleza particular de la nación. Por estas cosas, el nombre de Cirilo y Metodio siempre sonará querido y venerado en Moravia, en Bohemia, en Croacia, entre los búlgaros, los polacos, los rutenos y todos los eslavos desde el Adriático hasta los lejanos campos de Nóvgorod. Si, pues, la comunión con la Iglesia Romana ofrece tantas garantías de salud y tanta esperanza de inestimables beneficios, esforcémonos, amados hijos, para que esta unión perdure entre vosotros y se fortalezca cada día. Con una sola oración imploramos a los santos Cirilo y Metodio que protejan bondadosamente a los pueblos eslavos desde el Cielo, implorando de Dios perseverancia para unos, luz para otros, y, habiendo encendido la caridad mutua en sus corazones, que mantengan alejadas de la herencia del Señor las enemistades, rivalidades y rencores. Sobre todo, que encomienden a Dios a esa nación poderosísima que los honra como sus apóstoles, pero que disolvió los lazos que, por obra de los mismos apóstoles, la mantenían unida a San Pedro y a la Iglesia Romana. Una vez restablecida la armonía en la profesión de la misma fe y salvaguardados los derechos de cada nacionalidad, entonces podremos depositar una gran confianza en su valiente labor por la propagación del reino de Dios en la tierra; ya que la raza eslava parece, por designio divino, reservada para destinos particulares. Además, amados hijos, regresad felices a vuestras patrias: compartid con vuestros hermanos lo que visteis y oísteis en Roma. Sean sus testigos de que nuestra paternal benevolencia abarca a toda la gran y generosa familia de los pueblos eslavos; respecto a quienes el más ferviente deseo de nuestro corazón es que permanezcan firme e invenciblemente fieles a la Iglesia Católica, y que nadie se aparte de esta sagrada Arca, en la que quien no sea acogido, según el dicho de vuestro San Jerónimo, perecerá durante el diluvio. Llevadles la Bendición Apostólica, prenda de favores celestiales, que a todos los aquí presentes, y a ellos, os impartimos con afecto en el Señor.

Discursos del Sumo Pontífice León XIII, Vol. I, Roma, 1882, págs. 442-446

domingo, 5 de abril de 2026

LEÓN XIII CONDENÓ EL “CUMPLEAÑOS” DE LA “GOSPA” MESOROPOLITANA

Según lo relatado por los videntes de Međugorje en 1984, la Virgen les reveló que el 5 de agosto de ese año se cumplirían dos mil años de su nacimiento [1]. Por lo tanto, entre quienes defienden la autenticidad del fenómeno de Međugorje y su culto, se ha extendido la costumbre de conmemorar la Natividad de María en este día, considerándose "verdadera" en comparación con la del 8 de septiembre, típica del culto eclesiástico más antiguo.
   
Ahora bien, sin querer entrar en los méritos de las apariciones bosníacas [2], resulta curioso que, respecto a la fecha de nacimiento de la Santísima Virgen, concretamente el año, se haya pronunciado uno de los pontífices romanos más eruditos que la Providencia ha dado a la Iglesia: León XIII (1878-1903).
  
Corría el año 1882: un sacerdote romano promovió la idea de que el 8 de septiembre de 1885 se conmemoraría el XIX centenario del nacimiento de la Madre de Dios. La idea fue acogida con entusiasmo por prestigiosas publicaciones católicas, hasta el punto de que en 1883 se presentó a la Sede Apostólica la solicitud de que dicho centenario se celebrara con todas las solemnidades necesarias. Esta piadosa petición se basaba en fuentes de la antigüedad cristiana y contaba con el apoyo de numerosos cardenales, obispos, teólogos y otras ilustres personalidades del mundo católico de la época. León XIII encomendó el asunto a la Sagrada Congregación de Ritos, que el 1 de junio de 1884 se manifestó en contra (Acta Sanctæ Sedis 16 (1883-1884), págs. 525-527). Recopilamos la carta con el decreto enviada a todos los obispos del mundo por el cardenal prefecto, Domenico Bartolini [3]:
  
LATÍN
Vir Eminentíssimus Metropolitánæ Ecclésiæ Colocéncis et Bacsiénsis in Hungáriæ Regno Antístes Ludovícus Cardinális Háynald, humíllimis oblátis précibus, Sanctíssimum Dóminum Nostrum LEÓNEM PAPAM XIII rogávit, ut probáta aliquórum Theologórum ecclesiásticæ históriæ peritórum senténtia, quæ suádet próximo anno 1885 complétum iri décimum nonum sǽculum ab ortu gloriósæ Vírginis, Dei genitrícis Maríæ, de eo lætísssimo evéntu speciále festum solémni ritu celebrándum decernéret in cathólico Orbe univérso, die octáva Septémbris ejúsdem anni. Postulatióni quamplúrimi álii subscripsérunt ecclesiárum Præsúles, inter quos áliquot Eminentíssimi Cardináles; permúlti quóque accessére ecclesiástici Viri dignitáte dari, et láici religióne præstántes: omnes fervénti permóti desidério novum cultus honórem opponéndi probris ac blasphémiis, quíbus excélsa Dómina a tenebrárum potestáte hódie lacéssitur, ab eáque, tam propítia obláta occasióne, eníxius implorándi, ut optátæ pacis nostræ seqüéstra fiat apud Deum, et cœléstium adminístra gratiárum.
   
Sanctíssimus Dóminus rei perspécta gravitáte, eam vidéndam demandávit peculiári Congregatióni Eminentissimórum Cardinálium sacris tuéndis rítibus præpositórum. Quæ die 31 mox prætérits mensis Maji ad Vaticánum coadunáta, in primis in hoc thémate pervídit óbicem, hacténus insolúbilem, ex deféctu notítiæ certæ, quæ prorsus necessária esset, veri anni Virgínei natalítii; cum erudíti omnes tam véteres quam recentióres, ac ipsi centenárii propugnatóres cénseant tempus nativitátis Deíparæ beatíssimæ histórica certitúdine definíri non posse. Quæ enim máxime afferúntur documénta, vidélicet fragméntum epístolæ Evódii, post Sanctum Petrum primi Antiochéni Epíscopi, juxta quod beáta Virgo décimum quíntum annum agens peperísset hujus mundi lucem; et Chrónicon Paschále, unde dedúcere darétur Maríæ ortum undécimo anno, ad summum, ante Christum natum contigísse: hæc prætérquamquod secum non cohǽrent, ab ómnibus melióris notæ críticis, válidis addúctis ratiónum moméntis, fácile refellúntur uti apócrypha, aut prorsus dúbiæ auctoritátis. Hi proptérea incunctánter negant fidem esse adjungéndam rei, de qua sacræ lítteræ, véteres Patres ecclesiásticæ históriæ et sacræ antiquitátis exploráta monuménta nihil omníno tradíderint. Ac sapiénter, pro suo more, de hoc ipso scribit Summus Póntifex Benedíctus XIV: «Fórtasse nonnémo mirábitur nos de nativitáte beátæ Vírginis nihil afférre; sed cum de ea sacer textus omníno síleat, óptimum putávimus et nos de re prorsus incérta tacére, de qua, cum plures scríbere volúerint ex túrbidis fóntibus, quæ tradidérunt, hausísse vidéntur, puta ex Proto-Evangélio, quod Sancto Jacóbo falso tribúitur, ex libro de Ortu Vírginis qui pérperam Sancto Jacóbo fratri Dómini Nostri Jesu Christi, et a quíbusdam Cyríllo Alexandríno adscríbitur,… ex commentítia sancti Evódii epístola, etc.» (De festis Beátæ Maríæ Vírginis, lib II, cap. IX).
  
Consuetúdinem áutem, quæ inváluit, celebrándi sacras centenárias commemoratiónes, rei præsénti minus cóngruere deprehénsum fuit. Quandóquidem, uti iídem centenárii fautóres testántur, expetítum festum prima vice hoc decimonóno sǽculo foret inducéndum, velíti quid novum in Dei Ecclďsia, et cunctis retroáctis sǽculis ne cogitátum quídem ab exímia majórum erga ínclytam Dei Genitrícem pietáte et devotióne, aut certe illis inusitátum. Profécto satis cóngrua theológica átque litúrgica ratióne inolévisse censéndum est, ut sæculária solémnia, quæ áliis sanctis cum Christo regnántibus non denegántur, ea de præcípuis sacratíssimis Beátæ Vírginis vitæ actis et mystériis, scílicet de Nativitáte, de Annuntiatióne, de Assumptióne, ac porro de cœ́teris, non celebréntur. Nam eminentióri veneratióne supra cœ́teros Sanctos colit Ecclésia Cœli Regínam et Dóminam Angelórum, cui, in quántum ipsa est mater Dei… debétur… non qualiscúmque dulía, sed hyperdulía (S. Thom. 3 part., quæst. 25, art, 1). Ídeoque plúsquam centenária solémni commemoratióne, eádem semper cultus præstántia, eódemque honóris tribúto Ecclésia celébrat recurréntes ejus misteriórum solemnitátes; cum de cœ́tero cultus Deíparæ in Ecclésia sit plane quotidiánus, ac prope nulla twmporis mensúra limitátus.
   
Hæc páuca, vel léviter tantum adumbráta, satis ostwnuunt prudéntiam Sacræ Congregatiónis, quæ propósito dubio: «¿An recóli expédiat anno próximo 1885 in toto Orbe centenária commemorátio Nativitátis Beátæ Maríæ Vírginis?», matúre expénsis ómnibus, unánimi suffrágio respóndit: non expedíre. Valde tamen laudávit, ac Sanctíssimo Dómino deferéndum vóluit, pium tot præclarissimórum Postulántium desidérium exhibéndi Genitríci Dei gloriósæ novum áliquod obséquii ac filiális amóris públicum arguméntum pro novis injúriis a perdítis blasphémisque homínibus ei inlátis; qui, occasióne arrépta, etiam in Almæ ejus Domus Lauretánum Sanctuárium toto orbe celebérrimum acúerunt línguas suas.
   
Facta vero de his per me infrascríptum Cardinálem fidéli relatióne, Sánctitas Sua Sacræ Congregatiónis senténtiam in ómnibus ratam hábuit et confirmávit. Mandávitque ad supramemorátum efféctum a Emminentíssimi locórum Ordináriis celebrári in suis Diœcésibus triduána devóta solémnia diébus sexta, séptima et octáva Septémbris hujus verténtis anni 1884 in honórem Beatíssimæ Vírginis, ad instar eórum quæ Romæ in templo Sanctæ Maríæ supra Minérvam jussu ejúsdem Sanctíssimi Dómini, propédiem erunt celebránda. Concéssitque fidélibus, pro quálibet vice septem annórum ac septem quadragenárum Indulgéntiam; quotídie vero interéssenes, et intra tríduum confwssis ac sacra synáxi reféctis, et ad mentem Sanctitátis Suæ Deum orántibus, plenáriam Indulgéntiam semel lucrándam, étiam animábus in Purgatório deténtis applicábilem. Vóluit áutem hujúsmodi triduána festa in Lauretána Basílica omníno perági: quocírca magnópere probávit, ut a die prima próxime futúri mensis Septémbris ad décimam Decémbris inclusíve piæ peregrinatiónes in eúmdem finem ad præfátum Sanctuárium Lauretánum instituántur; concéssa, in ómnibus ut supra, de thesáuro Ecclésiæ plenária Indulgéntia semel lucránda.
  
Hæc dum pro mei múneris ratióne Amplitúdini Tuæ communíco, Eídem fáusta ómnia precor a Dómino. 
    
Romæ, in Solemnitáte Pentecóstes die 1 Júnii 1884.
  
DOMÉNICUS Card. BARTOLÍNIUS, S. R. C. PRÆFÉCTUS.
   
LAURÉNTIUS SALVÁTI, S. R. C. Secretárius.
  
TRADUCCIÓN
El cardenal Luis Haynald, eminentísimo Obispo de la Iglesia metropolitana de Kalocsa y Bács en el Reino de Hungría, con humildes súplicas, basándose en el consejo de algunos teólogos expertos en historia eclesiástica, quienes recomiendan celebrar el siglo XIX desde el nacimiento de la gloriosa Virgen y Madre de Dios María en el año 1885, ha pedido a Nuestro Santísimo Señor LEÓN, PAPA XIII, que establezca una fiesta especial para ser celebrada con rito solemne en todo el mundo católico, el ocho de septiembre del mismo año, con ocasión de este gozoso acontecimiento. Muchos otros prelados, incluyendo varios Eminentísimos Cardenales, se han unido a esta petición. Numerosos eclesiásticos de ilustre dignidad y laicos distinguidos por su religiosidad se unieron también: todos movidos por el ferviente deseo de oponer un nuevo honor de culto a las ofensas y blasfemias con las que la excelsa Señora es hoy atacada por los poderes de las tinieblas, y de implorarle con mayor insistencia, en tan propicia ocasión, que nos conceda la paz que deseamos con Dios y nos conceda las gracias celestiales.
   
El Santísimo Señor, tras considerar la gravedad del asunto, lo confió a una Congregación especial de Eminentísimos Cardenales, responsables de la protección de los Sagrados Ritos. Reunidos en el Vaticano el 31 de mayo, la Congregación ha encontrado en primer lugar en esta cuestión un obstáculo hasta ahora insoluble, por la falta de un conocimiento cierto, absolutamente necesario, del año exacto del nacimiento de la Virgen; dado que todos los estudiosos, tanto antiguos como recientes, y los mismos partidarios de las celebraciones del centenario, consideran que el momento del nacimiento de la santísima Madre de Dios no puede definirse con certeza histórica. De hecho, los documentos que se citan con más frecuencia, a saber, el fragmento de una carta de Evodio, el primer obispo de Antioquía después de San Pedro, según el cual la Santísima Virgen dio a luz a la luz de este mundo a la edad de quince años; y el Chrónicon Paschále, del cual se deduciría que el nacimiento de María ocurrió como máximo once años antes del nacimiento de Cristo, además de ser incoherentes entre sí, son fácilmente refutados como apócrifos o de autoridad totalmente dudosa por todos los críticos de la mejor reputación, que aducen razones válidas. Por esta razón, niegan rotundamente que se deba dar crédito a un asunto sobre el cual las Sagradas Escrituras, los Padres antiguos y los monumentos seguros de la historia eclesiástica y la antigüedad sagrada no han transmitido absolutamente nada. Con su habitual sabiduría, el propio Sumo Pontífice Benedicto XIV escribe al respecto: «Quizás a alguien le sorprenda que no tratemos del nacimiento de la Santísima Virgen; pero dado que el texto sagrado guarda completo silencio al respecto, hemos creído oportuno silenciar una cuestión completamente incierta, sobre la que muchos, al querer escribir, parecen haber sacado conclusiones turbias, como el Protoevangelio, falsamente atribuido a Santiago Apóstol; el libro del Nacimiento de la Virgen, erróneamente atribuido a Santiago Apóstol, hermano de nuestro Señor Jesucristo; y algunos a Cirilo de Alejandría; la carta fantasiosa de San Evodio, etc.» (De las fiestas de la Bienaventurada Virgen María, lib. II, cap. IX).
   
También se ha establecido que la costumbre establecida de celebrar conmemoraciones centenarias sagradas no es del todo adecuada al presente caso. Pues, como atestiguan los propios partidarios de las celebraciones centenarias, la fiesta solicitada se introduciría por primera vez en este siglo XIX, como algo nuevo en la Iglesia de Dios, y que ni siquiera se había pensado en todos los siglos pasados por la destacada piedad y devoción de nuestros antepasados hacia la ilustre Madre de Dios, o ciertamente les era desconocido. De hecho, debe sostenerse que ha crecido con una razón teológica y litúrgica suficientemente congruente que las solemnidades seculares, que no se niegan a los demás santos que reinan con Cristo, no se celebran con respecto a los actos y misterios más importantes de la vida de la Santísima Virgen, es decir, para la Natividad, la Anunciación, la Asunción, etc. para los demás. Dado que la Iglesia honra a la Reina del Cielo y Señora de los Ángeles con una veneración más eminente que a los demás santos, a quien, como Madre de Dios, se le debe no una dulía genérica, sino una hiperdulía (Santo Tomás, 3.ª parte, quest. 25, art. 5). Por lo tanto, con una conmemoración solemne más que profana, la Iglesia celebra las solemnidades recurrentes de sus misterios con la misma excelencia de culto y el mismo tributo de honor; mientras que el resto del culto a la Madre de Dios en la Iglesia es claramente diario y prácticamente ilimitado.
  
Estos pocos puntos, aunque sólo sean brevemente mencionados, demuestran suficientemente la prudencia de la Sagrada Congregación, la cual, después de haber examinado atentamente todo lo relativo a la duda propuesta: «¿Es oportuno celebrar el próximo año 1885 en todo el mundo la conmemoración del centenario de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María?», respondió unánimemente: no es oportuno. Sin embargo, elogió profundamente y quiso transmitir al Santísimo Señor el piadoso deseo de tantos ilustres Postulantes de ofrecer a la gloriosa Madre de Dios un nuevo argumento público de obediencia y amor filial por las nuevas injurias que le infligieron hombres perdidos y blasfemos; quienes, aprovechando la oportunidad, incluso afilaron sus lenguas en su Sagrada Casa, el Santuario de Loreto, el más famoso en todo el mundo.
    
Tras haberme informado fielmente de ello, el abajo firmante Cardenal, Su Santidad ratificó y confirmó la opinión de la Sagrada Congregación en todos los aspectos. Y ordenó, a tal efecto, que los Eminentísimos Ordinarios Locales celebraran en sus diócesis un solemne triduo devoto los días 6, 7 y 8 de septiembre de este año 1884, en honor de la Santísima Virgen, a imitación de las que pronto se celebrarán en Roma en el templo de Santa María supra Minerva por orden del mismo Santísimo Señor. Y concedió a los fieles, por cada ocasión, una indulgencia de siete años y siete cuarentenas; pero a quienes asistan diariamente, y dentro de tres días se hayan confesado y recibido la Sagrada Comunión, y oren a Dios por las intenciones de Su Santidad, una indulgencia plenaria, que se ganará una sola vez, aplicable incluso a las almas del Purgatorio. También quiso que dichas fiestas de tres días se celebraran íntegramente en la Basílica de Loreto; por lo cual aprobó ampliamente que, desde el primer día del mes de septiembre siguiente hasta el diez de diciembre inclusive, se instituyeran piadosas peregrinaciones con el mismo propósito al mencionado Santuario de Loreto; y concedió, en todos los casos mencionados, una indulgencia plenaria, que se ganará una sola vez del tesoro de la Iglesia.
  
Mientras comunico estas cosas a Vuestra Eminencia a la luz de mi deber, ruego al Señor que os conceda todo bien. 

Roma, en la solemnidad de Pentecostés, 1 de Junio de 1884.

DOMINGO Card. BARTOLINI, PREFECTO DE LA SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS

LORENZO SALVATI, Secretario de la Sagrada Congregación de Ritos
   
Esta respuesta romana nos dice que si León XIII y la Santa Iglesia no consideraron oportuno aprobar como cierta e histórica la fecha del 8 de septiembre del año 15 a. de C. como natalicio de María Santísima, es aún menos prudente considerar y desterrar como cierta la fecha del 5 de agosto del mismo año a que se refiere una revelación privada a la que, según el constante magisterio pontificio, «no debemos ni podemos dar asentimiento de fe católica, sino sólo de fe humana según las reglas de la prudencia… [de modo que], salvada la integridad de la fe católica, no dar el propio asentimiento a las revelaciones privadas y no tomarlas en consideración» [4].

Finalmente, cabe señalar que la reciente nota "La Reina de la Paz", del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, calificó algunos de los mensajes que la "Gospa" supuestamente transmitió a los videntes como «improbablemente de origen sobrenatural», explicables «únicamente por los deseos personales de los supuestos videntes» y "engañosos". Ofrece el siguiente ejemplo:
«El 5 de agosto se celebrará el segundo milenio de mi nacimiento […]. Les pido que se preparen intensamente durante tres días […]. No trabajéis durante estos días» (1 de Agosto de 1984).
Es razonable que los fieles, con prudencia y sentido común, no tomen en serio estos detalles ni les presten atención. [ 5 ]

Toda la historia está relatada con detalle por el Padre Livio Fanzaga en su blog, al que nos remitimos.
Por favor, consulte la sección de Medjugorje de nuestro blog.
Revista Scienza e Fede, vol. XXXIV, serie IV, Nápoles, 1884, págs. 135-137.
Preciosas advertencias de Benedicto XIV sobre las revelaciones privadas.
"La Reina de la Paz." Nota sobre la experiencia espiritual de Međugorje , n.º 30

miércoles, 26 de noviembre de 2025

EVITAR A LOS QUE SO CAPA DE TOLERANCIA UNIVERSAL Y EL RESPETO A LAS RELIGIONES, PROMUEVEN LA MASONERÍA

«Todos deberían evitar la familiaridad o amistad con cualquier sospechoso de pertenecer a la Masonería o a los grupos afiliados a esta. Conocerlos por sus frutos y evitarlos. Debe evitarse toda familiaridad, no solo con aquellos impíos libertinos que promueven abiertamente el carácter de la secta, sino también con aquellos que se esconden bajo la máscara de la tolerancia universal, el respeto a todas las religiones, y el anhelo de reconciliar las máximas del Evangelio con las de la revolución. Esos hombres buscan reconciliar a Cristo y a Belial, la Iglesia de Dios y el estado sin Dios» (PAPA LEÓN XIII, Encíclica “Custodi di quella Fede”, n. 15. 8 de Diciembre de 1892).

martes, 30 de septiembre de 2025

ENCICLICA “Grande munus Christiáni nóminis”

Acta Sanctæ Sedis 13 (1879-1880) págs. 145-153.
   
ENCÍCLICA “Grande munus Christiáni nóminis”, SOBRE EXTENDER A TODA LA IGLESIA EL CULTO DE LOS SANTOS CIRILO Y METODIO
  
LEÓN PP. XIII
  
Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica
   
1. La misión otorgada por los Pontífices.
El augusto ministerio de propagar el nombre cristiano, confiado de una manera especial al bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y a sus sucesores, ha estimulado a los Pontífices Romanos a enviar en diferentes épocas a las diversas naciones de la tierra mensajeros del Santo Evangelio, a medida que lo demandaban las circunstancias y las inspiracions del Dios de misericordia.
   
Por esto, así como delegaron para la dirección de las almas un Agustín a los Bretones, un Patricio a los Irlandeses, un Bonifacio a los Germanos, un Vilbrodio a los Frisones, Batavos, Belgas y a otros muchos pueblos, así confirieron a los santos Cirilo y Metodio el poder de llenar el ministerio apostólico cerca de los pueblos eslavos, los cuales, gracias a su celo y a sus grandes trabajos, vieron la luz del Evangelio y pasaron de la vida de la barbarie a la vida de la civilización.

Honrados en Roma y la Iglesia Universal.
Si la fama, fiel al recuerdo de sus beneficios, nunca ha dejado de celebrar en todo el país eslavo a Cirilo y Metodio, ilustre pareja de apóstoles, la Iglesia Romana con no menos afecto los ha venerado, y ya en vida honró a ambos de muchas maneras, y no quiso privarse de las cenizas del otro una vez fallecido. Así desde el año 1858 los Bohemios, los Moravos y los Croatas de raza eslava que acostumbraban celebrar todos los años el 9 de marzo una solemne función en honor de Cirilo y Metodio, obtuvieron del favor de Pío IX, Nuestro predecesor de inmortal memoria, el celebrar la fiesta del 5 de julio, recitando el oficio de la Misa en memoria de Cirilo y Metodio. Poco después, en la época en que se celebraba el gran Concilio Vaticano, muchos Obispos pidieron con instancia a la Sede Apostólica que su culto y su fiesta de día determinado se extendiera a toda la Iglesia. Pero como el asunto no ha llegado a término hasta hoy, y como por las vicisitudes de los tiempos ha sobrevenido un cambio en el estado político de aquellas comarcas, parécenos la ocasión favorable para ser útil a los pueblos eslavos en cuya conservación y salvación Nos estamos profundamente interesados.
  
2. Una nueva honra.
Por esto, a la vez que Nos queremos que Nuestro afecto paternal en nada les falte, queremos también que se extienda y acreciente el culto de esos hombres santos que, así como en otro tiempo sacaron a los pueblos eslavos de la muerte a la salvación, propagando la fe católica entre ellos, así hoy los defenderán eficazmente por su celestial patrocinio.
   
3. Su biografía: Primeros años.
Cirilo y Metodio, hermanos nacidos en la célebre ciudad de Tesalónica, fueron en edad temprana a Constantinopla para estudiar las ciencias humanas en la capital de Oriente. No se tardó en notar la chispa de genio que brillaba en aquellos jóvenes: uno y otro hicieron grandes progresos en poco tiempo; pero sobre todo Cirilo, que se distinguió hasta tal punto en las ciencias, que mereció, por honor particular, que se le llamara el filósofo.
  
4. Cirilo y los jázaros.
Poco tiempo después, Metodio abrazó el estado monástico; por su parte, Cirilo fue juzgado digno de que la emperatriz Teodora, por petición del Patriarca Ignacio, le encargara de instruir en la fe cristiana a los jázaros, pueblos situados más allá del Quersoneso, que pedían a Constantinopla Sacerdotes instruidos. Aceptó de buen grado este ministerio, y habiendo ido desde luego al Quersoneso, dedicó algún tiempo, según lo cuentan varios autores, al estudio de la lengua del país, consiguiendo en  aquella época, por un muy dichoso presagio, el descubrir los restos sagrados del papa San Clemente I, que reconoció fácilmente, gracias a la antigua tradición, así como por el ancla con que se sabía que el magnánimo mártir fue precipitado al m ar por orden del emperador Trajano y enterrado en seguida con ella.
  
Dueño de tan preciado tesoro, penetró en las ciudades y residencias de los jázaros, y muy luego, después de haber abolido diversos géneros de superstición, ganó para Jesucristo aquellos pueblos por sus enseñanzas y movidos por el espíritu de Dios. Constituida felizmente la nueva Comunidad cristiana, dio un memorable ejemplo de desprendimiento y caridad a la vez, rehusando todos los presentes que le ofrecían los habitante, excepto la manumisión de los esclavos que profesasen el Cristianismo. Pronto volvió a Constantinopla, retirándose al Monasterio de Policrono, a donde también se había retirado Metodio.
  
5. Cirilo y Metodio en Moravia.
Durante este tiempo la fama llevó a Ratislao, príncipe de Moravia, el rumor de los felices acontecimientos sucedidos en Jazaria; el Príncipe, excitado por su ejemplo, negoció con el emperador Miguel III el envío desde Constantinopla de algunos obreros evangélicos, obteniendo sin dificultad lo que deseaba; y los méritos insignes de Cirilo y Metodio, y su amor bien conocido hacia el prójimo, hicieron que fueran designados para la misión de Moravia.
   
Habiéndose puesto en camino a través de Bulgaria, que había ya recibido la iniciación en la fe cristiana, no descuidaron en lugar alguno la ocasión de extender los sentimientos religiosos. En Moravia la multitud salió a su encuentro hasta los límites del Principado, siendo recibidos con gran ansia e intenso júbilo. Sin demora se consagraron a inculcar en los ánimos las enseñanzas cristianas, elevándolos hacia la esperanza de los bienes celestiales, y esto, con tanto ardor y con tan laborioso celo, que en poco tiempo la nación morava se había dado espontáneamente a Jesucristo.
  
El conocimiento que Cirilo había anteriormente adquirido del idioma eslavo contribuyó no poco a estos resultados, y la influencia de la literatura sagrada de los dos Testamentos que había traducido en lengua popular, fue muy considerable. Así toda la nación eslava debe mucho a aquel de quien ella ha recibido, no solamente la fe cristiana, sino también los beneficios de la civilización, porque Cirilo y Metodio fueron los inventores del alfabeto que ha dado a la lengua eslava sus signos y medios de expresión y por esta causa aparecen, con justicia, como fundadores de la misma lengua.

6. Vuelta a Roma.
La fama había llevado también de esas provincias tan lejanas y aisladas, hasta Roma, la gloria de tales actos. Así el Soberano Pontífice Nicolás I, habiendo ordenado a los Santos hermanos que fueran a Roma, éstos se apresuraron a ejecutar las órdenes, llevando consigo las reliquias de San Clemente. Al saber esto Adriano II, que había sucedido al Papa Nicolás, avanzó en medio del concurso del Clero y del pueblo, con las ceremonias de una recepción solemne, al encuentro de los ilustres huéspedes; y el cuerpo de San Clemente, honrado allí mismo por estupendos milagros, fue llevado con gran pompa a la Basílica levantada en tiempo de Constantino sobre las mismas ruinas de la casa paterna del mártir invicto.
  
En seguida Cirilo y Metodio dan cuenta, en presencia del Clero, del Soberano Pontífice, de la misión apostólica que tan laboriosa y santamente habían cumplido. Y como se les acusara de haber obrado contra las antiguas costumbres y contra los ritos más santos, empleando la lengua eslava para la celebración de los santos Misterios, abogaron por su causa razones tan justas y concluyentes, que el Pontífice y todo el Clero los alabaron y aprobaron. Después, habiendo los dos prestado juramento, según la fórmula de la profesión católica, afirmando que permanecerían en la fe del bienaventurado Pedro y de los Pontífices Romanos, fueron creados y consagrados Obispos por el mismo Adriano, siendo promovidos también a las diferentes Ordenes sagradas muchos de sus discípulos.
   
7. Muerte de San Cirilo.
El designiode la Providencia era que Cirilo term inara el curso de su vida en Roma el 14 de febrero del año 869, más maduro en virtud que en años. Tuvo funerales públicos y solemnes, celebrados con la misma pompa que para los Pontífices Romanos, colocándole con gran honor en la tumba que Adriano había hecho construir para sí mismo. El santo cuerpo del difunto, que el pueblo romano no quiso que se transportara a Constantinopla, a pesar de los deseos de una madre desolada, fue conducido a la Basílica de San Clemente, y depositado cerca de las cenizas de aquel a quien el mismo Cirilo había conservado con veneración durante muchos años. Y mientras era llevado a través de la ciudad, en medio del alegre cántico de los salmos, se hubiera dicho que el pueblo romano, al rendirle honores celestiales, le dedicaba honores de triunfo más bien que honras fúnebres.
   
8. Metodio vuelve a Moravia.
Después de esto Metodio volvió como Obispo, por orden y bajo los auspicios del Soberano Pontífice, a seguir sus funciones apostólicas en Moravia, y hecho modelo de su rebaño, se aplicó en aquella provincia a servir más y más a la causa católica. Se le vio combatirenérgicamente a los novadores para impedirles que concluyeran con el nombre católico por la locura de las opiniones; instruir en la Religión al príncipe Sventopluk, que había reemplazado a Ratislao; reprenderle cuando faltaba a su deber; afearle su conducta, y hasta amenazarle con la excomunión. Atrájose por estas razones el odio del cruel e impúdico tirano, que le desterró; pero llamado del destierro poco tiempo después, obtuvo, por medio de hábiles exhortaciones, que el Príncipe diera pruebas de mejor disposición de ánimo y que comprendiera la necesidad de rescatar sus antiguos hábitos con un nuevo género de vida.
  
9. Entre otros pueblos.
Lo que hay de más admirable es que la vigilante caridad de Metodio, habiendo traspasado los límites de la Moravia, alcanzando en vida de Cirilo a los Luburnienses y a los Serbios, llegó después a los Panonios, a cuyo príncipe convirtió a la Religión católica; a los Búlgaros, a quienes confirmó en la fe cristiana, juntam ente con su príncipe Boris; a los Dálmatas a quienes distribuyó y dispensó las gracias especiales: a los Carintios, con quienes trabajó ardientemente por atraerlos al conocimiento y al culto del único Dios verdadero.
   
10. Nueva acusación. Justificación en Roma.
Pero esto debía convertirse para él en una fuente de pruebas, porque algunos miembros de la Sociedad Cristiana, envidiosos de los actos de valor y virtud de Metodio, le acusaron, a pesar de su inocencia, ante el Papa Juan III, sucesor de Adriano, de tener una fe sospechosa y de violar las tradiciones de los antepasados, los cuales en la celebración de los santos misterios se servían de la lengua griega y de la latina, con exclusión de todas las demás. En vista de lo cual, el Pontífice, en su celo por el mantenimiento de la integridad de la fe y de las antiguas tradiciones, llamó a Metodio a Roma, invitándole a que deshiciera la acusación y se justificase.
  
Metodio, siempre dispuesto a obedecer, fuerte con el testimonio de su conciencia, compareció en el año 880 ante el Papa Juan, muchos Obispos y el Clero romano, consiguiendo una fácil victoria y probando que siempre había guardado y enseñado fielmente la fe, que en presencia y con la aprobación de Adriano, había profesado y prometido guardar por juramento sagrado en la tumba de los Apóstoles; y que si se había servido para los santos misterios de la lengua eslava, era por justos motivos, por licencia especial del Pontífice, y sin que violara el texto sagrado. Por esta defensa se justificó tan bien de todos los cargos, que en el acto el Papa le abrazó y le quiso confirmar en su poder archiepiscopal y en su misión entre los eslavos. Además, el Pontífice, habiendo delegado a muchos Obispos para que, presididos por Metodio le ayudasen en la gestión de los asuntos cristianos, le volvió a enviar a Moravia con cartas muy halagüeñas y plenos poderes. Y más tarde, cuando de nuevo la envidia de los malos atacó otra vez a Metodio, el Soberano Pontífice, por nuevas letras, confirmó sus anteriores favores.
   
11. Celo de las almas.
Así que, plenamente tranquiliazdo y unido al Soberano Pontífice y a toda la Iglesia romana por el lazo apretadísimo de la fe y la caridad, Metodio perseveró con más vigilancia en el cumplimiento del cargo que le había sido confiado, sin que se hicieran esperar mucho los frutos notabilísimos de su celo. Porque, después de haber él mismo, con ayuda de un sacerdote, convertido a la fe católica al príncipe de los Bohemios, Borivoj, y poco más tarde a la esposa de este Príncipe supo en poco tiempo obrar de modo que el Cristianismo se difundiera en toda la nación. Al mismo tiempo puso especial cuidado en hacer que llegara la luz del Evangelio a Polonia, y habiendo penetrado él mismo en Galicia, fundó una sede episcopal en Leópolis.
   
12. Muerte de Metodio.
Habiendo vuelto desde allí, como algunos lo refieren, a la Moscovia propiamente dicha, estableció la Sede Episcopal de Kiev, y habiéndose cubierto de este modo de laureles inmortales, volvió a Moravia entre los suyos. Conociendo que se acercaba su fin, designó a su propio sucesor, y después de haber exhortado a la virtud con sus últimos consejos a su Clero y pueblo, abandonó en paz esta vida, que para él había sido camino al Cielo. Así como Roma lloró a Cirilo, Moravia dio muestras de su dolor por la muerte de Metodio, y de su pena por tal pérdida distinguiendo de todas maneras sus funerales.
   
13. Roma y los países eslavos.
Gran alegría, Venerables Hermanos, Nos causó el recuerdo de estos sucesos, y experimentamos no pequeña emoción al contemplar en tiempos tan lejanos la unión tan magnífica en sus hermosos orígenes de las naciones eslavas con la Iglesia Romana. Pues si estos dos apóstoles del nombre cristiano salieron de Constantinopla para penetrar entre los infieles, recibieron la investidura de su misión de esta Sede Apostólica, o la santa necesaria aprobación de esa misión. En efecto, aquí en esta ciudad de Roma dieron cuenta de su misión y respondieron a sus acusadores; aquí en el sepulcro de San Pedro y Pablo juraron guardar la fe católica, recibieron la consagración episcopal a la vez que la facultad de constituir la jerarquía sagrada, observando la distinción de las Ordenes. Aquí, en fin, se solicitó yobtuvo licencia para emplear la lengua eslava en los ritos sagrados; y hace este año diez siglos que el Sumo Pontífice Juan VIII escribió a Sventopluk, príncipe de Moravia:
«Con razón alabamos las letras eslavas… que resuenan en las alabanzas debidas a Dios y ordenamos que en esta misma lengua sean celebradas las alabanzas y las obras de Nuestro Señor Jesucristo. Nada en la fe ortodoxa y en la doctrina impide que se cante la misa en lengua eslava, o que se lea en esta lengua el Santo Evangelio o las lecciones divinas del Nuevo y el Antiguo Testamento, bien traducidas e interpretadas, o que se canten todos los oficios de las Horas».
Esta costumbre, después de muchas vicisitudes, fue sancionada por Benedicto XIV por Letras Apostólicas de 25 de agosto de 1754.
 
Pero los Pontífices Romanos, siempre que se solicitó su ayuda por los príncipes que gobiernan los pueblos que el celo de Cirilo y Metodio había guiado al Cristianismo, obraron de tal suerte, que nunca se les pudo acusar de falta de ternura al socorrer, de dulzura al enseñar, de benevolencia en sus consejos, ni de la mejor buena voluntad para todas las cosas que estaban en su poder. Ratislao sobre todo, y Sventopluk y Kocel, y Santa Ludmila, y Bogoris, conocieron la insigne caridad de Nuestros Predecesores en circunstancias y épocas diversas.

14. La solicitud de los Pontífices.
La solicitud paternal de los Pontífices Romanos hacia los pueblos eslavos no se ha detenido ni disminuido con la muerte de Cirilo y Metodio. Afirmóse siempre, protegiendo entre ellos la santidad de la Religión y conservación de la pública prosperidad. En efecto, Nicolás I envió de Roma a los Búlgaros sacerdotes encargados de instruir al pueblo, y los Obispos de Populonia y Porto, encargados de organizar la nueva sociedad cristiana. El mismo Papa respondió con mucho amor a las numerosas controversias de los Búlgaros acerca del derecho sagrado; de tal suerte, que hasta aquéllos más prevenidos en contra de la Iglesia Romana reconocen y alaban la prudencia de esas respuestas.
   
Después de la dolorosa calamidad del cisma, es gloria de Inocencio III el haber reconciliado a los Búlgaros con la Iglesia católica, así como a Gregorio IX, Inocencio IV, Nicolás IV y Eugenio IV corresponde la de haber mantenido esa reconciliación. Lo mismo respecto a los Bosníacos y Herzegovinos, engañados por el contagio de opiniones perversas, se vio brillar resplandeciente la caridad de Nuestros predecesores, Inocencio III e Inocencio IV, Gregorio IX, Clemente VI y Pío II, que se esforzaron los dos primeros en arrancar el error de los espíritus, los tres últimos en afirm ar sólidamente en estos países los grados de la jerarquía sagrada. Debe pensarse que Inocencio III, Nicolás IV, Benedicto XI y Clemente V no consagraron pequeña o escasa parte de sus cuidados a los Serbios, pues con gran previsión reprimieron los fraudes astutamente combinados en este país para destruir la Religión. Asimismo los Dálmatas y los Liorneses recibieron de Juan X, Gregorio VII, Gregorio IX, y Urbano IV, testimonios de favor p articular y grandes loores por su constancia en la fe, en recompensa de sus buenos servicios.
  
Finalmente, existen números documentos de benevolencia de Gregorio IX y Clemente XIV hacia la Iglesia de Eslavonia (Yugoslavia y Croacia); destruida en el siglo VI por las incursiones de los bárbaros, y restaurada más tarde por el celo piadoso de San Esteban I, rey de Hungría.
  
Por esto comprendemos que debemos dar gracias a Dios por tener ocasión favorable de conceder un favor a la nación eslava y proveer a su bien general, y ciertamente no con menor celo que el demostrado por Nuestros predecesores.
  
15. Preocupación pontificia por su bienestar espiritual.
Por eso creemos que Nos debemos dar gracias a Dios por habernos proporcionado la oportunidad de ensalzar a los pueblos eslavos y procurar su bien común con no menor celo que el que com probadamente em pleaban en todo tiempo Nuestros Predecesores.
   
El fin que Nos propusimos y lo único que deseamos es no escatimar esfuerzo alguno para que las naciones eslavas sean instruidas por el mayor número posible de Obispos y sacerdotes, para que se afirm en en el culto de la verdadera fe, en la obediencia a la verdadera Iglesia de Jesucristo, para que reconozcan cada vez más, por experiencia diaria, la fuerza para el bien que emana de los preceptos de la Iglesia Católica sobre el hogar doméstico y todas las clases del país.
   
A esas Iglesias se dedican en gran parte Nuestros cuidados, y nada deseamos más vivamente que estar en disposición de proveer a su bienestar y prosperidad, y unirlas a Nos con el lazo perpetuo de la concordia, que es el mayor y m ejor vínculo de salvación. Fáltanos conseguir que Dios, rico en misericordia (Eph. 2, 4) favorezca Nuestros proyectos y secunde Nuestra empresa. Entre tanto invoquemos como intercesores cerca de Él a Cirilo y Metodio, Doctores del país de los eslavos, pues como deseamos extender su culto, confiamos en que no Nos ha de faltar su protección.
   
16. Nuevas disposiciones. Fiesta de los Santos Cirilo y Metodio.
Por eso ordenamos, que en el quinto día del mes de julio, fijado por Pío IX, de feliz memoria, se inserte en el Calendario de la Iglesia Romana y universal, y anualmente se celebre la fiesta de los santos Cirilo y Metodio, con oficio del rito doble menor y Misa propia que la Sagrada Congregación ha aprobado.
  
Y a vosotros, Venerables Hermanos, os ordenamos que veléis por la publicación de esta Encíclica, y prescribáis la observancia de lo que en ella fue dispuesto a todos los Presbíteros que celebran los oficios de la Iglesia Romana en sus iglesias, provincias, ciudades, diócesis y conventos de seglares. Queremos, en fin, que, con ayuda de vuestros consejos y exhortaciones, Cirilo y Metodio sean invocados en el mundo entero, a fin de que con todo el favor de que gozan cerca de Dios, protejan la Religión cristiana en todo el Oriente, y obtengan la constancia de los católicos e inspiren a los disidentes del deseo de reconciliarse con la Iglesia verdadera.
   
Mandamos que lo arriba escrito sea rato y firme sin que obsten las constituciones publicadas por Pío V, Nuestro predecesor, y las demás constituciones apostólicas acerca de la reforma del Breviario y del Misal Romano; ni los usos y costumbres, aun los más antiguos, ni cosa alguna otra en contrario.
   
17. Conclusión.
Como prenda de los favores celestiales y de Nuestra particular benevolencia os concedemos con todo amor a vosotros todos, Venerables Hermanos, a todo el Clero y pueblo confiados a vuestro cuidado la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, cerca de San Pedro, el día 30 de setiembre del año 1880, tercero de Nuestro Pontificado. LEÓN PAPA XIII.

viernes, 12 de septiembre de 2025

EL CATÓLICO Y LAS ELECCIONES POLÍTICAS

Reflexión por Pedro J. Barreto II. Traducción propia.
  
BIEN, ¿QUÉ PASA CON ALGUNOS CATÓLICOS QUE ACTUALMENTE NO VOTAN? ¿QUÉ DICE EL PAPA PÍO XII?
  
Del libro “The Pope Speaks  - The Teachings of Pope Pius XII” (El Papa habla: Enseñanzas del Papa Pío XII), Michael Chinigo, editor (Nueva York: Pantheon Books, 1957), pág. 301, imprimátur por el cardenal Francis Spelmann, arzobispo de Nueva York.
  

En este fragmento de “The Pope Speaks” (discurso a los delegados del Congreso Internacional sobre Migración en Nápoles, 17 de Octubre de 1951), el Santo Padre fue muy claro:
   

TRADUCCIÓN
«Es un derecho y un deber llamar la atención de los fieles sobre la importancia de las elecciones y la responsabilidad moral que recae sobre todos los que tienen el derecho al voto. Indudablemente, la Iglesia intenta mantenerse fuera y por encima de todos los partidos políticos, ¿pero cómo puede permaenecer indiferente a la composición de un Parlamento, cuando la Constitución le da la potestad de aprobar leyes que afectan directamente los más altos intereses religiosos o incluso las condiciones de vida de la misma Iglesia? Luego hay también otras cuestiones difíciles, por encima de todos los problemas y luchas económicas que tocan muy de cerca el bienestar del pueblo. En tanto que son de un orden temporal (aunque en realidad también afectan el orden moral), los eclesiásticos dejan a otros la tarea de ponderar y tratar técnicamente con ellos por el bienestar común de la nación. De todo esto se desprende que:
   
Es un deber ineludible para todos los que tengan el derecho, hombres o mujeres, tomar parte en las elecciones. Quien se abstiene, especialmente por cobardía, comete un pecado grave, una falta mortal.
   
Cada uno debe votar según le sea dictado por su propia conciencia. Ahora, es evidente que la voz de esta conciencia impone a todo católico sincero el deber de darle su voto a aquellos candidatos, o aquellas listas de candidatos, que realmente ofrezcan garantías suficientes para salvaguardar los derechos de Dios y las almas de los hombres, por el verdadero bien de los individuos, las familias, y la sociedad, de conformidad con la ley de Dios y la doctrina cristiana».

En resumen:
  1. Es un deber votar, porque los católicos no pueden ser indiferentes ante el bien común.
  2. Es pecado mortal abstenerse por cobardía o negligencia.
  3. Pero, y esto es crucial, el deber de votar no es ciego: los católicos deben votar solamente por candidatos o partidos que salvaguarden los derechos de Dios y las almas de los hombres.
Ahora bien, en cuanto a la pregunta: ¿En cuáles de los sistemas democráticos liberales de hoy —Canadá, Estados Unidos, Europa, India, Australia— se salvaguardan los derechos de Dios y las almas de los hombres?
   
La realidad actual
Las constituciones seglares de casi todos estos países excluyen a Dios de la vida pública. Ellos o consagran la “neutralidad religiosa” (que en la práctica significa ateísmo seglar) o elevan “derechos” que directamente contradicen la ley de Dios (v. g., aborto, anticoncepción, divorcio, “matrimonio” homosexual, ideología de género).
   
El derecho civil está separado de la Ley Divina. La doctrina social católica sostiene que el Estado debe reconocer la realexa de Cristo (Pío XI, Quas Primas). Los estados actuales rechazan explícitamente esto.
   
Los candidatos están atados por el sistema de partidos donde, aun si uno habla de “valores cristianos”, deben legislar dentro de constituciones seculares que rechazan la verdad católica.
   
Así, ningún partido mayoritario o sistema actual ofrece «garantías suficientes para salvaguardar los derechos de Dios y las almas de los hombres».
   
CONCLUSIÓN A LA LUZ DEL PAPA PÍO XII
Las palabras del Papa presuponen una situación donde existen candidatos o partidos que al menos respeten la ley de Dios y la ley natural. Si no existe ninguno, entonces la obligación cambia:
  • Un católico no puede emitir un voto que apoye directamente al mal.
  • Si todos los candidatos viables se comprometen con leyes gravemente injustas, entonces votar por ellos sería pecaminoso en sí mismo.
En tales casos, la abstención no es “cobardía” sino prudencia, porque no hay ninguna opción moral que apoyar.
  
Es por eso que muchos teólogos católicos (antes de 1960) aclararon que el deber de votar solo aplica si hay opciones moralmente aceptables. Donde no las haya, el católico puede o:
  1. Abstenerse de votar (sin pecado, porque no existen las condiciones del deber), o
  2. Emitir un voto de protesta (v. g., voto en blanco, voto nulo, o por un candidato menor que no promueva el mal intrínseco).
Así, estrictamente hablando, en los sistemas liberales modernos de Canadá, Estados Unidos, Europa, India o Australia no hay ninguna salvaguarda real para «los derechos de Dios y las almas de los hombres» en la vida política. Los sistemas están construidos sobre un esquema que rechaza la Realeza de Cristo, de lo cual el Papa Pío XI (Quas Primas, 1925) advirtió que llevará al mundo al caos que vemos hoy.
   
👉 En otras palabras: el principio de Pío XII condena en sí misma la democracia moderna como se practica actualmente, porque deja a los católicos sin ninguna salida justa.
  
LO QUE LOS ANTERIORES PAPAS ENSEÑARON SOBRE ESTO – LA CADENA DE ENSEÑANZAS PAPALES
  1. Papa León XIII (1878–1903):
    • Encíclica “Immortale Dei” (1885), sobre el deber de las naciones de reconocer a Cristo como Rey:
      «Es un público delito actuar como si se pensara que no hubiera Dios… Así, también, es un pecado grave en un Estado la negligencia a los deberes de la religión o adoptar una política como si Dios no existiese».
      👉 Ya desde aquí, se establece el principio: un Estado que excluye a Dios de la política no puede ser justo. Por ende, los católicos no pueden tratar a tal sistema como neutral.
    • Encíclica “Libértas præstantíssimum” (1888), sobre el liberalismo:
      «La irrestricta libertad de pensamiento y de abiertamente hacer conocido el propio pensamiento no es inherente a los derechos de los ciudadanos, y no debe ser tenida como digna de favor y apoyo».
      👉 Los “derechos liberales” modernos (libertad de religión, libertad de prensa, libertad de opinión en el sentido absoluto) fueron denunciados porque minan la verdad.
       
  2. Papa San Pío X (1903–1914):
    • Encíclica “Notre Charge Apostolique” (1910), contra el movimiento “Le Sillon (un grupo “democrático” católico en Francia):
      «El sueño de remoldear la sociedad traerá el socialismo, no el Catolicismo. Vosotros estáis trabajando para realizar la quimera de reestablecer sobre la tierra, por encima de la Iglesia Católica, “el reino de la justicia y del amor”… Mas solo el catolicismo restaurará la verdadera civilización. La denominada ‘democracia cristiana’ será un desastre».
      👉 Aquí, San Pío X es explícito: la democracia separada de Cristo Rey no conduce al bien de las almas. Conduce a la apostasía.
      
  3. Papa Pío XI (1922–1939):
    • Encíclica “Quas Primas” (1925), sobre la Realeza social de Cristo:
      «Si los hombres en privado y en público reconocen la soberana potestad de Cristo, necesariamente vendrán al entero consorcio humano señalados beneficios de justa libertad, de tranquila disciplina y apacible concordia. Porque solo a través de Jesucristo se pueden procurar estas bendiciones».
      👉 Esta es la clave. Ninguna democracia “neutral” asegurará la paz y el orden, solo los Estados que reconozcan la Realeza de Cristo.
    • Encíclica “Quadragésimo Anno” (1931):
      «El ordenamiento de la vida económica y política no se puede dejar solo a la libre concurrencia. La autoridad debe ejercerse de acuerdo a la ley de Dios».
       
  4. Papa Pío XII (1939–1958):
    • El texto compartido ut supra (The Pope Speaks, 1951):
      • Votar es un deber si existen candidatos que salvaguarden la ley de Dios.
      • Pero si no existen tales candidatos, la obligación no se puede cumplir, porque ningún católico puede votar por un candidatelo que viole la Ley Divina o la Ley Natural.
      👉 Aquí es donde el sistema actual falla. Frecuentemente los católicos son forzados a elegir entre partidos que todos consagran males intrínsecos (aborto, “matrimonio” homosexual, anticonceptivos, blasfema libertad religiosa, educación secular).
     
La tradición papal enseña:
  • El deber de votar existe solamente cuando los candidatos respetan los derechos de Dios.
  • En las democracias modernas, ningún partido o constitución hace esto.
  • Por tanto, los católicos no pueden en conciencia afirmar que votar por partidos en Canadá, Estados Unidos, Europa, India, o Australia cumple con este deber de Pío XII.
  • En cambio, estos sistemas demuestran la verdad de las advertencias tempranas de León XIII, San Pío X, y Pío XI: la “democracia liberal” destrona a Cristo y esclaviza al hombre.

domingo, 17 de agosto de 2025

LA PROHIBICIÓN DEL TALMUD DEBE OBSERVARSE SIEMPRE, AUN SI ES EXPURGADO

Si bien en el Índice publicado por el Papa Pío IV, el Talmud judío con todos sus glosarios, anotaciones, interpretaciones y exposiciones estaban prohibidos, pero se podían tolerar si eran publicados sin el nombre Talmud y sin sus viles calumnias contra la religión cristiana; con todo, Nuestro Santísimo Señor el Papa Clemente VIII en su constitución contra los escritos impíos y libros judíos, publicada en Roma en el año de Nuestro Señor 1592, los proscribió y condenó: no era su intención por tanto permitirlos o tolerarlos aun bajo las condiciones anteriores, porque él declaró y quiso expresa y específicamente que el impío Talmud cabalístico y otros libros nefandos de los judíos sean enteramente condenados y que deban permanecer siempre condenados y prohibidos, y que su Constitución contra esos libros debe ser perpetua e inviolablemente observada.

Índice de Libros Prohibidos (edición de 1887).

jueves, 31 de julio de 2025

ENCÍCLICA “Vicéssimo quínto anno”, TESTAMENTO ESPIRITUAL DE LEÓN XIII

Aunque esta Encíclica no sea literalmente la última de León XIII (lo fue “Dum multa tristítia”, del 24 de Diciembre de 1902, la cual dirigió a los obispos del Ecuador en ocasión de la ley de divorcio promulgada bajo el masón Eloy Alfaro), “Vicéssmo quínto anno” (publicada en Acta Sanctæ Sedis 34 (1901-1902), págs. 413-432) constituye una especie de Testamento espiritual y resumen de la acción del Papa que abarca muy variados puntos de doctrina desde la unión de todos en ia Iglesia y las persecuciones que sufre hasta los principios modernos disolventes de la vida social, civil, moral y religiosa, las relaciones entre la Iglesia y el Estado, la libertad y ciencia; habla sobre la masonería como también la organización social y política, sobre la vida internacional de los pueblos, guerra y paz, la victoria final del cristianismo y los deberes de los católicos. La Iglesia, “blanco de contradicción’’ en el mundo de hoy podría ser su tema.
   
ENCÍCLICA “Vicéssimo quínto anno”
   

LEÓN, POR LA PROVIDENCIA DE DIOS PAPA XIII, A TODOS LOS PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS, OBISPOS Y DEMÁS ORDINARIOS EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA

Venerables Hermanos: Salud y bendición apostólica
  
I. ACCIÓN DE GRACIAS POR EL LARGO PONTIFICADO Y ALEGRÍA DE LA UNIDAD
    
1. Agradecimiento a Dios por el Ponficado.
Llegados al vigésimo quinto aniversario de Nuestro ministerio apostólico y maravillados realmente por el camino que hemos podido recorrer a través de arduas e incesantes preocupaciones, Nos sentimos, naturalmente, impulsados a elevar Nuestro pensamiento a Dios tres veces bendito quien, entre otras mercedes, quiso concedernos también la de una duración del Pontificado que casi no tiene parangón en la Historia; al Padre de todos que tiene en sus manos el secreto de la vida suba, por tanto, desde el fondo de Nuestro corazón el himno de alabanza. Verdad es que ningún ojo m ortal puede penetrar completamente los designios divinos que son la causa de una existencia inesperadamente larga; no podemos sino adorarlos en silencio; una cosa, empero, sabemos: si el Padre eterno se complació y aun se complace en conservarnos la vida, pesa sobre Nos el altísimo deber de vivir para bien y provecho de su inmaculada esposa, la Iglesia, y de consagrarle, sin temer desvelos y sudores, el último resto de Nuestras fuerzas.
  
2. Unión de los Obispos con el Papa en medio de los ataques enemigos.
Después de haber depositado a los pies de nuestro Padre celestial, a quien sea la gloria y el honor por los siglos de los siglos (1.ª Tim. 1, 17), Nuestro deber de gratitud, Nos complacemos en dirigir Nuestro pensamiento y Nuestra palabra también a vosotros a quienes llam ara el Espíritu Santo a guiar porciones selectas de la grey de Jesucristo, y que participáis con Nos en todas las luchas y cuidados, todas las pesadumbres y gozos del ministerio pastoral. Jamás olvidaremos las múltiples y gloriosas pruebas de vues- tra fidelísima obediencia que nos habéis brindado en todo el transcurso de Nuestro Pontificado y que en santa emulación habéis reiterado en la presente ocasión. Si Nos ya estamos estrecha- mente unidos a vosotros por Nuestro deber ministerial y por Nuestro paternal amor, nos conmueven aun más íntimamente las demostraciones de vuestra veneración manifestada no sólo hacia Nuestra persona sino especialmente ofrendada, como expresión de vuestra filial adhesión, a la Santa Sede, centro y eje de todas las sedes del mundo católico. Si alguna vez hubo necesidad de que todas las clases y rangos de la Iglesia se estrecharan en apasionado abrazo de am or mutuo, teniendo los mismos sentimientos y anhelos para form ar un solo corazón y una sola alma, es precisamente en los días que corren. ¿Habrá quien se llame a engaño respecto de la gran conjuración de las fuerzas del mal que amenazan derribar  y despedazar la obra de Cristo; que con  terrible tenacidad tratan de aventar en  el campo espiritual el tesoro de las divinas enseñanzas y procuran destruir en el campo social las más sagradas y saludables instituciones del cristianismo.
   
Pero vosotros os encontráis diariamente con estos problemas; más de una  vez, nos habéis comunicado vuestras preocupaciones y angustias al respecto, vuestras quejas por la marejada de prejuicios, falsas doctrinas y herejías que  impunemente se apoderan de las muchedumbres. ¡Cuántos lazos falaces se  tienden por doquiera a las almas fieles! ¡Con cuántos obstáculos se trata diariamente de impedir y dilacerar la obra beneficiosa de la Iglesia! Y para añadir la burla al daño se recrimina a la Iglesia misma que sea incapaz de  recuperar su antiguo vigor ni pueda dominar las desenfrenadas y turbulentas pasiones que amenazan desembocar en un horrendo cataclismo.
  
II. LA LUCHA PERPETUA CONTRA LA IGLESIA
   
3. La lucha religiosa es, por su gravedad, un tema obligado.
Nos os hablaríamos gustosos, Venerables Hermanos, sobre un tema más grato, más apropiado al fausto acontecimiento que  nos invita dirigiros la palabra; mas no podemos, tanto por la grave opresión que sufre la Iglesia y que reclama un pronto remedio cuanto por la situación de la sociedad actual que ha abandonado la grandeza de las tradiciones cristianas y que, por ello, ya está sumiéndose en la miseria moral y material y encaminándose hacia un porvenir aun más lóbrego; pues, es una ley de la Providencia, que la Historia confirma, que no se pueden transgredir los principios de la fe sin conmover los cimientos del progreso social beneficioso. Para robustecer, alentar y llenar de confianza los ánimos en esta situación,  conviene enfocar la lucha que arde en el mundo para mal de la Iglesia, señalando el origen de esa contienda, sus causas, sus variadas formas y sus funestas consecuencias, para indicar luego los remedios. Nos, por tanto, repetiremos lo que ya hemos dicho en anteriores oportunidades. ¡Ojalá resuene Nuestra voz en todos los ámbitos no sólo entre los hijos adictos a la unidad  católica sino también entre los que están de nosotros separados y aun entre aquellos infelices que no creen, por  cuanto todos son hijos del mismo Padre, todos, llamados a poseer finalmen- te el sumo bien! ¡Ojalá resuene como última voluntad Nuestra que Nos, colocados en el um bral de la eternidad, queremos manifestar a los pueblos, estimulando en todos la esperanza de que alcancen la salvación!
  
4. La Iglesia siempre ha sufrido persecuciones conforme a la profecía de Cristo.
La Iglesia Santa de Cristo, en  todos los tiempos, tuvo que sostener combates, sufrir persecuciones por la verdad y la justicia. Instituida por Él mismo para propagar el reino de Dios en el mundo y para conducir a la humanidad, mediante la luminosa ley del mensaje salvífico, a su destino sobrenatural y a la consecución de bienes inmortales que Dios nos ha prometido, pero que sobrepasan nuestras fuerzas, tuvo necesariamente que chocar con las bajas pasiones que se arrastraban por los fondos de una antigüedad decadente y perversa: con el orgullo, la concupiscencia, el desenfrenado afecto a los bienes terrenales, los vicios y perversidades, que de ellos nacen y que encontraban en la Iglesia siempre su más fuerte obstáculo.
    
La realidad de esas persecuciones no debe sorprendernos, por cuanto nuestro divino Maestro mismo nos las ha anunciado, y sabemos que ellas no se extinguirán hasta el fin de los siglos, pues, ¿qué dijo a sus discípulos al encomendarles la misión de llevar el tesoro de su doctrina a todas las naciones? Nadie ignora que dijo: «Os perseguirán de ciudad en ciudad; seréis odiados y aborrecidos por mi nombre; os llevarán a los tribunales y os condenarán a las penas más infames» (Cf. Matth. 23, 31; 10, 23; 22, 17; Marc. 13, 13; Luc. 21, 17) y para alentarlos para el tiempo de visitación, Él se señaló a Sí mismo como ejemplo: «Si mundus vos odit, scitóte quía me priórem vobis ódio hábuit», si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a Mí primero que a vosotros» (Joann. 15, 18). Estas son las alegrías, éste el premio que nos está prometido acá abajo.
  
5. Incomprensible la persecución de que se ha hecho objeto a Jesús.
Al reflexionar recta y razonablemente sobre estas cosas nos resulta imposible explicar el motivo de ese odio. ¿A quién habría ofendido jamás el divino Redentor? ¿A qué leyes faltó? Impulsado por su inmenso amor descendió del cielo a los hombres, nos entregó una doctrina pura y consoladora, muy apropiada, por su mensaje de paz y amor, a convertir en hermanos a todos los hombres; no buscó grandeza terrenal ni honores; a nadie arrebató su derecho; en cambio, se mostró lleno del mayor amor para con los débiles, enfermos, pobres, pecadores y oprimidos; toda su vida no era sino un caminar entre los hombres para sembrar con manos generosas los beneficios en sus corazones. Debemos, pues, conceder que no era sino el exceso de iniquidad humana el que las causó, tanto más lamentable e injusto cuanto el Señor, pese a toda su  bondad, llegó realmente a ser, según el vaticinio de Simeón, la piedra de escándalo, el blanco de contradicción: «signum cui contradicétur» (Luc. 2, 31).
  
6. La victoria sobre las persecuciones de antaño y hogaño.
¿Será de extrañar que la Iglesia Católica, la continuadora de la misión divina y la cuidadora indefectible de sus verdades sufra la misma suerte? El mundo permanece siempre igual. Al lado de los hijos de Dios se hallan siempre los secuaces de aquel gran enemigo del género humano que, rebelde desde el principio, es designado príncipe de este mundo por la Sagrada Escritura (Joann. 12, 31; 14, 30: 16, 11). Y por eso, el mundo, lleno de ilegítima independencia, se infla de desmedido orgullo frente a la Ley y a Aquel que la anunció en el nombre de Dios. ¡Ay! ¡Cuántas veces se congregaron, con saña inaudita y con impertinente injusticia, los enemigos en aun más tormentosas épocas del pasado, a fin de realizar la empresa insensata de aniquilar la obra de Dios, para mal abierto de toda la organización social de los hombres, pasando, en caso de fracaso, de un género de persecución a otro para lograr su fin.
   
El Imperio Romano empleaba por tres largos siglos todos los medios de su poderío material, sembrando todas sus provincias de mártires y regando con su sangre cada pulgada de este sagrado suelo de Roma; y en unión con el estado, ora solapada, ora descaradamente, trataba la herejía con sus argucias e insidias, por lo menos, de desbrozar la concordia y la unidad de ella.
   
Apenas librada de esas calamidades, se abalanzaron sobre ella, como un torrente devastador del Norte, las hordas de los bárbaros y luego del Sur el Islam, dejando tras sí ruinas y páramos.
   
Así se agitaba siglo tras siglo la triste herencia de odio contra la esposa de Cristo, siguiendo luego la exageración del poder civil, el cesarismo, que lleno de suspicacia y afán de un mayor poder, henchido de envidia por la grandeza de la Iglesia la cual pese a todo, se incrementaba continuamente, lanzó sus ataques contra ella para conculcar su libertad y arrebatarle sus derechos. Nos sangra el corazón al verla retorcerse en su angustia e indecibles dolores.
   
A pesar de ello, venció todos los obstáculos, todas las fuerzas contrarias, todas las opresiones; a pesar de todo, extendió siempre más sus pacíficos tabernáculos, y salvó el legado precioso de las artes, de la Historia, de las ciencias y de la Literatura; pese a todo, introdujo en el corazón de la vida societaria de los hombres el espíritu del Evangelio, formando, precisamente con ello, aquellas costumbres y aquella civilización que se llaman cristianas; comunicó a los pueblos que aceptaban su benéfico influjo, la justicia de las leyes, la mansedumbre de la conducta, la protección de los débiles, la caridad para con los pobres y desgraciados, el respeto universal del derecho y del honor; y como consecuencia de ello, en cuanto, en medio del torbellino humano fuese posible, aquella vida social pací-fica que nace de la mejor armonía entre la libertad y la justicia.
   
7. La “Reforma” del siglo XVI y sus consecuencias.
A pesar de estas pruebas tan claras, continuas y nobles de  su valor interno, vemos a la Iglesia, no menos en los tiempos modernos que en la Edad Media y en la Antigüedad envuelta en luchas, en cierto sentido aun más implacables y penosas que antaño. A propósito de una serie de bien conocidas causas históricas, la llamada “Reforma” del siglo XVI levantó la bandera de la rebelión, tratando de herir a la  Iglesia en pleno corazón, al combatir rabiosamente el Papado. Destrozó el vínculo de la anterior unidad de jurisdicción y de fe que había congregado bajo sus alas maternales a los pueblos, constituidos en una sola grey la que no pocas veces había duplicado sus fuerzas, su aprecio y su honor por la armonía de sus esfuerzos y fines. La “Reforma” inyectó en las filas de los fieles una discordia lamentable y perniciosa. No queremos afirmar con ello que ese movimiento intentaba eliminar, desde el principio, el imperio de las verdades sobrenaturales; pero al rechazar, por un lado, la preeminencia de la Sede Romana que es la causa efectiva y conservadora de la unidad, y al introducir, por otro, el principio de la libre interpretación, sacudió a fondo la construcción del divino edificio, abriendo el camino de innumerables cambios, dudas y negaciones, aun en cuestiones de suma transcendencia, en una medida que superó en mucho la previsión de los novadores.
   
8. Los ataques de las herejías del siglo XVIII.
De este modo, quedó abierta la brecha, sobre todo al añadírsele la falsa ciencia del siglo XVIII, tan pagada de sí misma como burlona, que sobrepujó la “Reforma”, convirtiendo en el  blanco de su escarnio los libros de la  Sagrada Escritura y rechazando de plano todas las verdades reveladas, con el fin de extinguir en la conciencia de los  pueblos todo vestigio de la fe y toda huella de espíritu cristiano.
  
De estas fuentes brotaron las doctrinas del racionalismo y panteísmo, del naturalismo y materialismo que con apariencias de novedad resucitaron antiguas herejías las que habían sido refutadas victoriosamente por los Padres y apologistas de los tiempos del cristianismo primitivo. Así se engaña el orgullo del tiempo moderno que no quiere tener en cuenta sino a sí mismo, negando, igual que el paganismo, las cualidades del alma y su destino inmortal que la distingue.
  
9. Ataques modernos más universales y decisivos.
La guerra que se mueve a la Iglesia se vuelve hoy día más decisiva que en el pasado no sólo en cuanto a su violencia, sino especialmente por la amplitud del ataque, pues, la incredulidad moderna no se limita a la  duda o la negación de estas o aquellas verdades de fe, sino que combate más bien la totalidad de los principios consagrados por la Revelación e insinuados  por la recta razón, como son por ejemplo aquellas doctrinas santas y fundamentales que ilustran al hombre sobre el último fin de su existencia, que lo obligan a cumplir sus obligaciones, que le inspiran valor y seguridad, le prometen justicia invariable y felicidad perfecta más allá de la tumba, y, de consiguiente, le impulsan a subordinar el tiempo a la eternidad y la tierra al Cielo. Y, ¿qué le dan en cambio por estas enseñanzas que le quitan y por el incomparable fortalecimiento que le proporciona la fe? Una terrible inclinación a la duda que hiela los corazones y ahoga toda aspiración elevada del espíritu.
   
10. Los principios disolventes en la vida social y práctica.
Estas doctrinas perniciosas, desgraciadamente, saliendo del campo de las ideas, se abrieron paso, como sabéis, Venerables Hermanos, a la vida diaria y a las organizaciones de la sociedad. Grandes y poderosos Estados los llevan continuamente a la práctica y creen propulsar, de este modo, el progreso de la cultura general; ellos se sienten desligados del deber de honrar públicamente a Dios, como si los poderes públicos no debían reconocer y fomentar los mejores principios de la vida moral; y no pocas veces sucede que se glorían de su completa indiferencia con respecto a todas las religiones, combatiendo, sin embargo, la única verdadera.
    
III. LAS CONSECUENCIAS DE ESTOS PRINCIPIOS PARA LA FAMILIA Y EL ESTADO
    
11. El ateísmo y la impiedad socavarán todo orden moral y social.
Este impío orden de vida debió traer y trajo consigo, necesariamente, una profunda destrucción del orden social, a la fe es la base principal de la justicia y de la honorabilidad, como ya supieron los sabios más célebres de la antigüedad.  Cuando se rompen los vínculos que  atan al hombre a Dios que es el legis- lador y juez supremo y universal, no  queda sino la apariencia de una moral meramente profana, o como ellos dicen, de una moral independiente que  hace caso omiso de la Razón eterna y de los preceptos divinos y que, por eso, lleva inexorablemente a la última y más desastrosa consecuencia, que consiste en la conversión del hombre en norma para si mismo. Incapaz ya de elevarse a los bienes sobrenaturales en alas de la esperanza cristiana, sólo buscará pastos terrenales en que pueda hartar el hambre de todos los goces y comodidades de la vida, y se aumentará la sed de placeres, el afán de riquezas, el  deseo de rápido y excesivo lucro sin atender las reclamaciones de la justicia, se consumirá en ambición y en fiebre de satisfacerla aunque sea mediante el atropello del derecho, y finalmente, llegará al desprecio de las leyes y de la autoridad pública para desembocar en una licencia general de costumbres que traerá consigo un verdadero descalabro de la civilización.
 
12. Fatales consecuencias para la familia.
¿Exageramos, por ventura, las funestas consecuencias? No, pues, los hechos que se presentan a Nuestros ojos comprueban demasiado elocuentemente Nuestras deducciones, poniéndose de  manifiesto que los cimientos de la sociedad humana cederán si no se pone pronto remedio a la situación, por cuanto se están desquiciando los supremos principios del derecho y de la moralidad imperecedera.
   
En todos los miembros del organismo social se harán sentir las torturantes consecuencias, comenzando por la familia, pues, el Estado laico, sin atender a los límites de sus derechos y al fin esencial que tiene cada cosa, intervino con su acción para profanar el vínculo matrimonial, despojándolo de su carácter religioso, irrumpió con suma violencia en su derecho primario a la educación de los hijos, destruyó a menudo la indisolubilidad del matrimonio permitiendo legalmente el nefasto divorcio. No hay quien no vea qué frutos produce esta manera de proceder: con rapidez increíble aumentaron los casos de  matrimonios que no se basaban sino en perversas pasiones y que, por ello, ya se separaban después de breve tiempo o degeneraban en penosos litigios o terminaban en vergonzosos adulterios. No  queremos hablar aquí de los niños inocentes que sufren por la despreocupación de los padres o que se pervierten por el mal ejemplo de ellos o por el veneno que el Estado oficialmente laico les proporciona.
   
13. Daño para la sociedad y el Estado.
La familia y el orden social y estatal van de la mano; los perjuicios que padece la famila originan daños en la sociedad y el Estado, especialmente hoy día, a causa de las nuevas doctrinas aue trastornan el concepto jurídico del poder civil de tal modo que aun falsifican su origen. En efecto, si se supone que la soberanía del poder nace del acuerdo de las masas y no de Dios,  príncipe supremo y eterno, origen de todo poder, pierde junto con la apreciación de los súbditos su carácter más sublime, y degenera del todo, llegando a ser una soberanía artificial que descansa sobre bases tan endebles y variables como la voluntad del hombre. Y, ¿no se ven las consecuencias de ello también en las leyes de los Estados? Demasiadas veces no son el producto de la “razón escrita” sino de la arbitrariedad del número y de la prepotencia de un partido político. Por eso mismo, se halaga a las concupiscencias desenfrenadas de las masas, se sueltan las riendas a las pasiones populares aunque perturben la laboriosa tranquilidad de los ciudadanos, a no ser que después, en casos extremos, se las suprima a mano armada y sangrienta.
  
14. Trastornos en las relaciones internacionales y la paz.
El desprecio de la influencia cristiana, la cual dispone de fuerzas para hermanar a los pueblos y unirlos en una como familia, llevó en el orden internacional, poco a poco, a un estado de egoísmo y de celos en que los pueblos sólo se miran con sentimientos de odio, si no con la desconfianza de rivales. De allí que en sus empresas recurran a las tentativas secretas de hacer olvidar los altos conceptos de moral y justicia y el amparo de los débiles y oprimidos, con el solo propósito de aumentar hasta límites inconcebibles la riqueza de su nación, no preocupándose sino del éxito y provecho y de la fortuna de los hechos consumados, sintiéndose completamente seguros de que nadie los obligará a respetar el derecho. Tristes pruebas son éstas de que la fuerza bruta se ha convertido en suprema ley del mundo; por  eso, los preparativos guerreros, el armamentismo progresivo y desenfrenado, o aquella paz armada que ha de equipararse en muchos aspectos a las más funestas consecuencias de una guerra.
   
15. Fomento de desorden y perturbación en el pueblo.
Esta aberración  moral lamentable constituyó un germen de intranquilidad en el organismo po-pular, germen de aflicción y de amargura enconada; de allí nacieron las  continuas intrigas y perturbaciones del orden, preludio de tormentas aun más recias. La situación de miseria de tantas capas populares debe mejorarse y  elevarse; pero, actualmente, sirve a maravilla los obscuros propósitos de astutos agentes, especialmente del partido socialista que hacen al pueblo locas  promesas para acercarse, de este modo, a la ejecución de sus criminales planes.
    
16. El anarquismo.
El que se coloca en una pendiente, se deslizará, finalmente, por ella al abismo; de la misma manera, sus principios ya los han arrastrado a una verdadera conjuración de inauditos crímenes, cuyos primeros intentos han llenado a todos de horror. Bien organizados, ligados entre sí internacionalmente, ya se sienten capaces de levantar su mano criminal por doquiera, sin tener obstáculo alguno ni arredrarse ante ningún delito. Sus secuaces han roto todos los puentes con  la ética, las leyes, la fe, y la moral; llamándose a sí mismos ácratas y anarquistas los cuales se proponen, con todos los medios que les aconseja su ciega pasión, desquiciar el orden social.
    
Y por cuanto este orden recibe su unidad y vigor del soberano que gobierna, dirigen todos sus ataques principalmente contra él. ¿A quién no sobrecoge el horror, la pena y la indignación al ver cómo en el lapso de pocos años se atacaron y asesinaron a emperadores y emperatrices, reyes y presidentes de poderosas repúblicas, y sólo porque estaban investidos del soberano poder?
    
IV. REMEDIOS INSUFICIENTES: LIBERTAD, HUMANISMO Y CIENCIA
    
17. Males que nacen de una libertad ilimitada.
En vista de un cúmulo tan grande de males que nos agobian y de peligros que nos amenazan, es Nuestro  deber exhortar y conjurar nuevamente a todos los hombres de buena voluntad, y en especial a los que aspiran a cosas más elevadas, a reflexionar sobre los remedios más apropiados y a aplicarlos con rapidez y previsión. Ante todo es menester conocer el género de ellos y examinar su valor. Oímos ensalzar hasta las nubes los grandes beneficios de la libertad, elogiarlos como remedios eficacísimos, instrumentos incomparables de una paz industriosa y de gran bienestar. Los hechos, empero, demostraron que eran inservibles para este efecto. La competencia económica y la lucha de clases estallan por todas partes, y de la vida ciudadana tranquila no se ve ni el principio. Aun más. Cualquier hombre es testigo de que con la libertad como ahora se la entiende, y que se concede tanto a la verdad como a la mentira, no se logrará sino la decadencia de lo noble, de lo sagrado y generoso, y no servirá sino para dejar paso libre al crimen, el suicidio, y el  desorden de las pasiones de las grandes masas.
 
18. La Ilustración sola fracasó.
Se dijo también que el perfeccionamiento de la instrucción elevaba e ilustraba a las masas y las defendía contra las inclinaciones malsanas, reteniéndolas dentro del marco de honor y rectitud. Pero la cruda realidad nos enseña diariamente lo que vale una enseñanza cuando carece de la firme educación en la fe y la moral. Los corazones de la juventud, en su inexperiencia y en su ardor pasional, se inflaman por la atracción de los falsos principios, especialmente por aquellos que un periodismo desenfrenado siembra a manos llenas y sin escrúpulos por todas partes, principios que corrompen la mente y la voluntad, nutren el espíritu de soberbia y rebeldía, el cual tan a menudo pone en peligro la paz de las familias y de los Estados.
 
19. El progreso de la ciencia no trajo la perfección apetecida.
Mucho se ha esperado del progreso de la ciencia, y,  realmente, cosas inauditas y maravillosas ha experimentado el siglo pasado. Pero ¿es seguro que, efectivamente, ha producido aquellos frutos abundantes, aquella plenitud de renovación que tantos anhelaban y esperaban de ella? El raudo vuelo de las ciencias abrió, ciertamente, nuevos campos a la inteligencia, ensanchó el dominio del hombre sobre la creación material, y nuestra vida terrenal sacó de allí innumerables ventajas. Sin embargo, todos sienten y confiesan que los éxitos no han correspondido a nuestros deseos. Al mismo resultado se llega, si se considera el estado espiritual y moral: las estadísticas de crímenes, el sordo odio que sube de las capas inferiores de la humanidad, el predominio de la fuerza sobre el derecho. Para no volver sobre la miseria del pueblo modesto, basta una sola mirada superficial para llegar a entender que una tristeza sin nombre aplasta las almas, y ansias insatisfechas arden en sus corazones.
    
El hombre se ha enseñoreado de la materia, pero la materia no le pudo dar lo que no posee; y los grandes problemas que se refieren a sus más altos intereses no han podido ser solucionados por la ciencia humana; la sed de verdad, de la perfección, de lo infinito ha quedado insatisfecha; el enriquecimiento del mundo con tesoros y alegrías, el aumento de las comodidades de la vida no han disminuido la inquietud moral.
    
20. La vuelta al cristianismo traerá bienestar y tranquilidad.
¿Han de despreciarse y descuidarse, por eso, los  progresos de la educación, de la ciencia, del pregreso y de una libertad moderada y razonable? Decididamente que no. Debemos más bien cuidarlos solícitamente, fomentarlos y estimarlos como un acervo de preciosos bienes, por cuanto constituyen, de todos modos, medios que son de suyo buenos, destinados por Dios para bien de la huanidad. Para su uso debemos, empero, atender primero la intención del Creador y procurar que no se aparten de la  base de la fe, en la cual reside su fuerza y su valor, y que los convierte en frutos dignos. En esto está el secreto del problema. Cuando un organismo se marchita y se atrofia, el hecho se debe a que cesa el influjo de las causas que le dieron figura y vigor. Y no cabe duda que cuando le queremos devolver salud y florecimiento, debemos sujetarlo de nuevo a las vivificantes influencias de esas mismas causas. Ahora bien; por el insensato conato de emanciparse de Dios, rechazó la comunidad civil lo sobrenatural y la revelación divina, sustrayéndose así al influjo vivificador del cristianismo, o sea, a la garantía más segura del orden, del vínculo más firme de la fraternidad, del manantial inexhausto de todas las fuerzas personales y sociales. Esta apostasía insensata causó el trastorno de la vida activa. La sociedad extraviada debe volver, pues, al seno del cristianismo si desea disfrutar de bienestar, tranquilidad y prosperidad.
  
V. LAS FUERZAS CURATIVAS DE LA IGLESIA
  
21. La Iglesia ha probado su poder de transformación moral.
Como el cristianismo no penetra en ningún corazón humano sin mejorarlo, no se hace presente tampoco en la vida pública de un Estado sin consolidar el orden; con la idea de un Dios providente, sabio, infinitamente bueno e infinitamente justo, introduce en la conciencia el sentido del deber, endulza los sufrimientos, suaviza el odio, capacita para el heroísmo. Si el cristianismo ha transformado a pueblos paganos, y si esa transformación constituyó una verdadera resurrección de la muerte a la vida, de modo que la barbarie desaparecía en la misma medida en que se extendía el cristianismo, podrán también conducir al recto camino y poner en orden a los estados y pueblos de hoy, después de estos terribles sacudimientos de la incredulidad que presenciamos.
    
22. Sólo la Iglesia Católica tiene la misión y el poder de restaurar el orden público.
Pero expuesto esto, no lo hemos dicho todo aún. La vuelta al cristianismo sólo se convierte en remedio seguro y eficaz cuando significa al mismo tiempo el retorno a la Iglesia que es la única verdadera, santa, católica y apostólica; pues, el cristianismo tomó figura y cuerpo en la Iglesia Católica, aquella sociedad suprema, espi-ritual y perfecta que representa al místico cuerpo de Jesucristo y cuya cabeza visible es el Pontífice Romano, sucesor del príncipe de los apóstoles. Ella sola continúa la misión del Redentor; ella sola es la bija y heredera de la redención; ella difundió el Evangelio por todo el mundo y lo defendió con el precio de la sangre de sus hijos; ella posee la promesa del auxilio divino y de la existencia permanente; nunca se asocia al error y cumple el encargo de conservar la doctrina de Cristo hasta la consumación de los siglos.
   
Genuina maestra de las leyes morales del Evangelio no sólo se convierte en consuelo y salvación de las almas sino también en fuente inagotable de su justicia y amor, e igualmente en mensajera y protectora de la verdadera li-bertad y de la única igualdad que es posible entre los hombres. Ella aplica la doctrina de su divino Fundador y mantiene en justo equilibrio los límites auténticos de todos los derechos y de todas las capas del organismo social.
    
La igualdad que predica conserva intacta la diferencia de los varios estratos de la sociedad, como lo pide claramente la creación; la libertad, que ella comunica para impedir la licencia de la razón que huyó de la fe y que está abandonada a sí misma, no hiere las prerrogativas de la verdad las que sobrepujan a las de la libertad, ni quebranta las leyes de la justicia que valen más que las del número y de la fuerza, ni cercena los derechos de Dios que son superiores a los de los hombres.
   
23. Su benéfico influjo en el orden doméstico, social y estatal.
Frutos no menos saludables produce la Iglesia en el orden doméstico, pues no sólo se opone a las influencias malsanas que la licencia de la incredulidad ejerce sobre la familia sino que la conduce a la unidad y firmeza del vínculo matrimonial y lo conserva, protege e incrementa su estimación, felicidad y santidad.
   
Del mismo modo sostiene y consolida el orden social y estatal, apoyando eficazmente, por un lado, el poder civil y, por el otro, ayudando amigablemente a los súbditos en sus justas aspiraciones con sus sabias reformas, exigiendo respeto y obediencia para los gobernantes y defendiendo a toda costa los inalienables derechos de la conciencia individual. Con esto, los pueblos que siguen sus enseñanzas se hallan, con su auxilio, libres tanto de la esclavitud como de la tiranía.
  
24. Hacer resaltar esa misión de la Iglesia ha sido la obra de su Pontificado.
Nos, plenamente conscientes de esa fuerza divina, desde el principio de Nuestro Pontificado Nos hemos propuesto asiduamente a destacar muy claramente las intenciones benévolas de la Iglesia y de difundir, en cuanto nos fuese posible, la acción saludable que ejerce mediante los tesoros de sus doctrinas. A esa finalidad obedecían las principales manifestaciones de Nuestro Pontificado, conviene a saber, las Encíclicas sobre la Filosofía cristiana, sobre la libertad humana, el matrimonio cristiano, la herejía de los francmasones, sobre los poderes públicos, el estado cristiano, el socialismo, la cuestión obrera, los principales deberes del ciudadano cristiano y otros temas semejantes.
   
El deseo ardiente de Nuestro corazón fue no sólo el de ilustrar las mentes sino también el de mover y purificar los corazones, concentrando Nuestros esfuerzos en hacer florecer nuevamente entre los pueblos las virtudes cristianas. Sin cesar hemos dado Nuestros consejos y admoniciones para elevar los espíritus hacia los bienes imperecederos, procurando subordinar el cuerpo al alma, el hombre a Dios y la peregrinación terrenal a la vida eterna. Con la bendición del Señor pudimos contribuir con Nuestra voz a robustecer la convicción de no pocos, a iluminarlos m ejor respecto de muchos problemas difíciles de nuestros tiempos, a encender su fervor, fomentar las más diversas obras que surgían en todos los países y aun nacen a diario, en especial en favor de las masas desheredadas, resucitando aquella caridad cristiana que halla su campo predilecto de acción entre las masas.
   
Si la mies no ha sido más abundante, Venerables Hermanos, adoramos a Dios en las misteriosas disposiciones de su justicia y lo imploramos al mismo tiempo a fin de que se compadezca de la ceguera de tantos pueblos a quienes se podrá aplicar aquella queja terrible del Apóstol que dice: «Deus hujus sǽculi excœcávit mentes infidélium, ut non fúlgeat illis illuminátio evangélii glóriæ Christi», El dios de este mundo cegó la inteligencia de los infieles para que no brille en ellos la luz del Evangelio, la gloria de Cristo (2.ª Cor. 4, 4).
   
VI. INCRIMINACIONES IRRAZONABLES
  
25. Las torpes calumnias de combatir el progreso y de entrometerse en política.
Por más que la Iglesia Católica despliegue su celo en bien de la moral y del progreso material de los pueblos, esos hijos de las tinieblas, sin embargo, la atacan astutamente, no perdonando medios para obscurecer su hermosura divina e impedir su acción vivificante y redentora, empleando una infinidad de sofismas y calumnias.
  
Uno de sus artificios más infames consiste en presentar a la Iglesia a los ojos del pueblo poco avisado y de los gobiernos celosos como adversaria del progreso científico y enemiga de la libertad a la par que potencia que se arroga los derechos del Estado e irrumpe en el campo político. Acusaciones torpes son éstas que fueron mil veces repetidas, pero también mil veces refutadas por la razón, la Historia y la unánime convicción de todos los amigos sinceros de la verdad.
   
26. La Iglesia y la ciencia y la educación.
¿La Iglesia sería enemiga de la ciencia y de la educación? No cabe duda de que la Iglesia, en primer término, custodia vigilante el tesoro de las verdades reveladas; pero precisamente, esa vigilancia la convierte en favorecedora benemérita de la ciencia y cultivadora de toda ilustración de buena ley. Al penetrar en el espíritu de las revelaciones de la palabra divina, la verdad suma y fundamento sólido de todas las verdades, nunca y de ningún modo, dañará el conocimiento de la razón; por el contrario, la luz del orden divino llevará siempre vigor y claridad a la inteligencia humana y la preservará en los problemas más transcendentales de una torturante inquietud y del error.
    
Por lo demás, 19 siglos de gloria, conquistada por el Catolicismo en todos los campos de la ciencia bastan y sobran para refutar a aquellas mentiras.  En efecto, a la Iglesia debe atribuirse el mérito de haber difundido y defendido la sabiduría cristiana, sin la cual el mundo aun hoy día se encontraría en medio de las tinieblas de la superstición pagana y en la abyección de la barbarie. Ella puede blasonarse de haber conservado y transmitido a nuestras generaciones los tesoros preciosos de las bellas artes, y de las ciencias antiguas, de haber abierto las primeras escuelas, fundado las universidades que aun hoy día existen y gozan de fama universal; bajo su amparo se refugiaron los más afamados artistas y se inspiraron las más profundas, más puras y más célebres poesías.
   
27. La Iglesia y la libertad.
¿La Iglesia enemiga de la libertad? ¡Ay! ¡Hasta qué punto falsifican un concepto que bajo esta palabra alberga uno de los dones más exquisitos de Dios, empleándola para justificar los abusos y el desenfreno! Si por libertad se entiende que, al margen de toda ley y libre de toda restricción, puedan hacer lo que  se les antoje, entonces la Iglesia rechazará siempre esa libertad, y todo hombre de sana moral hará otro tanto; pero si por libertad se entiende la posibilidad de hacer el bien conforme a la razón, sin impedimento, en el campo más vasto de acción, siempre según las normas de la ley eterna, en lo cual consiste, realmente, la libertad digna del hombre y beneficiosa para la sociedad, entonces nadie la favorecerá más que la Iglesia; pues, por su doctrina y su obra libró a la humanidad del yugo de la esclavitud, anunciando el gran mandamiento de la igualdad y fraternidad humanas. En todo tiempo  amparó a los débiles y explotados contra la prepotencia de los poderosos;  conquistó al precio de la sangre de sus  mártires la libertad de la conciencia  humana; recuperó para la mujer y el niño la dignidad de su noble carácter y el goce de la igualdad de derecho, de la estima y del trato justo, de todo lo cual mana una influencia enorme sobre la posesión y conservación de la libertad  social y estatal de los pueblos.
   
28. La Iglesia no se entromete en los derechos estatales y la política.
La Iglesia no se arroga los derechos del Estado ni irrumpe en el campo político, sino que sabe y enseña que su divino Fundador mandó «dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Matth. 22, 21) y que estableció, de este modo,  la diferencia invariable y eterna de  estos dos poderes, ambos en perfecta  soberanía en su orden respectivo, distinción fecunda que influyó poderosamente en el desarrollo de la vida cristiana.
    
En su espíritu lleno de amor, la Iglesia no conoce intenciones malévolas, no quiere sino colocarse al lado de los poderes estatales para actuar, sí, sobre el mismo súbdito, el hombre y sobre la misma sociedad, pero con aquellos medios y con aquellas elevadas finalidades que resultan de su misión divina.
   
Donde, sin suspicacia, se aceptó su colaboración, ayudó a incrementar todas aquellas ventajas que arriba enumeramos. La acusación de tendencias ambiciosas de la Iglesia no es sino una antigua calumnia de que sus potentes enemigos se valían como pretexto para justificar sus ataques. Al reflexionar, sin prejuicios, sobre la Historia, encontramos abundantes testimonios de que la Iglesia, lejos de oprimir a los demás, ha sido a menudo, al ejemplo de su divino Fundador, la víctima de las violencias e injusticias, y eso, porque su  fuerza reside en la virtud del pensamiento y de la verdad, y no en el poder  de las armas. 
    
VII. LA LUCHA DE LA MASONERÍA
   
29. Los manejos secretos de la masonería.
Estas y parecidas incriminaciones nacen, pues, de mera mala voluntad. En esa conducta criminal y desleal se destaca una secta tenebrosa a la que la sociedad durante largos años ha venido incubando en su seno, cual enfermedad maligna, que mina su salud, su fecundidad y su vida. Encarnación perpetua de rebelión, constituye  una especie de sociedad al revés que obra con el fin de dominar por medios  ocultos la sociedad reconocida y de combatir a Dios y a la Iglesia.
    
No es menester aquí decir su nombre, pues, por estas características todos saben que se trata de la francmasonería, de la cual hemos hablado extensamente en Nuestra Encíclica Humánum Genus, del 20 de Abril de 1884, donde señalamos sus fines esenciales, sus falsas doctrinas y sus acciones criminales. Esa herejía que tendió su enorme red sobre casi todo el mundo y se asocia a otras sectas que dirige mediante hilos secretos, atrayendo a sus miembros con el cebo de ventajas que les proporciona, reduciendo a la obediencia a sus dirigentes, ora por medio de promesas, ora por amenazas.
    
Esa secta se ha introducido en el seno de la sociedad y representa, por así  decirlo, un estado invisible e irresponsable dentro del Estado genuino. Dominada por el espíritu de satanás quien, según las palabras del Apóstol, sabe «disfrazarse de ángel de luz» (2.ª Cor. 11, 14) esta secta se gloría de fines humanitarios, pero lo explota todo para sus fines erróneos, y mientras declara no perseguir fines políticos, trabaja con gran ardor en la legislación y administración del Estado; mientras habla del respeto por el gobierno y aun por la fe, su última finalidad consiste —sus estatutos lo confirman— en destruir los principados y el sacerdocio, pues, considera a ambos, enemigos de la libertad.
   
30. Planes masónicos universales para destruir la Religión.
Se pone siempre más claramente de manifiesto que a las instigaciones y maniobras de estasecta se deben, en gran parte, las continuas mortificaciones a que la Iglesia se halla expuesta y también el estallido de los recientes ataques. En realidad, lo simultáneo de la persecución que sin causa que corresponda a los efectos estalló como rayo caído de un cielo sereno; la igualdad de los argumentos con que en la prensa diaria, en las asambleas públicas y en representaciones teatrales la preparaban; el empleo universal de las mismas armas de la calumnia y demagogia revelan la unidad de los planes y prueban que el santo y seña debe haber partido de un solo centro director. Esta lucha incorporada a aquellos planes preconcebidos, se desencadena por doquiera para multiplicar los perjuicios que Nos ya hemos enumerado, y principalmente para disminuir la enseñanza religiosa hasta llegar a su total abolición, lo cual les permite formar generaciones enteras de indiferentes incrédulos, para combatir por la prensa la moral de la Iglesia y para escarnecer, finalmente, sus costumbres y profanar sus fiestas.
    
31. Ataques especiales al sacerdocio y la Iglesia.
Se entiende por sí mismo que con especial furia tomen como blanco de sus ataques al sacerdocio católico, llamado a difundir vivamente la fe y administrar los misterios, para rebajar su dignidad y debilitar su influencia en el pueblo. Esa campaña insidiosa crece de día en día, se critica con envidia su acción, se les hace sospechosos y se los enloda con las más infames calumnias; y la campaña crece a medida de la im punidad con que cuenta.
    
Así se suman nuevos perjuicios a los que sufre el clero desde hace bastante tiempo: por el servicio militar que le arranca de su preparación al apostolado, y por el despojo de los bienes eclesiásticos con que la piadosa gene-rosidad de los fieles lo había dotado libremente.
    
32. Ataques a las órdenes religiosas.
Las Ordenes y Congregaciones religiosas, que por el ejercicio de los consejos evangélicos constituyen un ornato tanto para la Iglesia como para la sociedad, son escarnecidas y calumniadas, como si a los ojos de los enemigos de la Iglesia tuviesen una culpa especial. Nos duele recordar cómo también, en tiempos recientes, fueron vejadas con medidas odiosas e inmerecidas que todo corazón honrado debe condenar enérgicamente.
  
De nada les valió la integridad de su vida, a la cual aun sus enemigos no encontraron qué recriminarles seria y razonablemente; de nada, el derecho natural que permite que los hombres se reúnan en sociedad para fines hnestos; de nada, las disposiciones de las constituciones nacionales que confirman el derecho natural; de nada, la simpatía y respeto del pueblo que agradecido reconocía sus servicios que en las ciencias, artes, agricultura y en su acción caritativa había prestado a la innumerable muchedumbre de los pobres. Hombres y mujeres, hijos del pueblo que voluntariamente habían renunciado a las alegrías de la familia para consagrar, en sociedad pacífica con otros, su juventud, sus talentos, su actividad, su vida entera al bien del prójimo, fueron condenados al destierro como bandas de malhechores, y eso, bajo el reinado de la tan cacareada libertad.
   
33. Despojo de dominios y ataque al Romano Pontífice.
A nadie sorprenderá el que se persiga de este modo a los carísimos hijos cuando al Padre, es decir, a la cabeza misma de los católicos, al Romano Pontífice, no han tratado mejor. Los hechos son bien conocidos. Mediante el despojo de sus dominios temporales, le quitaron aquella independencia que necesita para cumplir su misión divina universal, obligándolo, bajo la presión de la potencia enemiga, a recluirse en su propia habitación de Roma, llegando a parar, pese a las aseveraciones burlonas de respeto y de vanas promesas de libertad, a una situación del todo injusta y contraria a toda ley, indigna de su alta investidura. Demasiado bien hemos conocido los obstáculos que se levantaron alrededor de él, mofándose a menudo de sus intenciones y despreciando su dignidad. Siempre más claramente se pone de manifiesto que el despojo del dominio político no se llevó a cabo sino para destruir poco a poco el poder espiritual de la cabeza de la Iglesia; lo que, sin ambages, conceden los que fueron los verdaderos instigadores de la medida.  Juzgando por los efectos, ese acto no era sólo contrario a la alta política del Estado sino también perjudicial para la sociedad, pues, las heridas que se infligían a la fe eran otras tantas llagas que se abrieron en el corazón de la comunidad. Dios, que ha creado al hombre  con inclinaciones netamente sociales, fundó en su sabiduría también a la Iglesia y la colocó, según las palabras de la Biblia, sobre el Monte Sión para que sirviese de lumbrera (Cfr. Hebr. 12, 22; 1.ª Petr. 2, 6; Matth. 5, 15) y con sus rayos fecundos iluminase el fundamento de la vida, y desenmadejase, así, los múltiples enredos de la sociedad humana, dando a conocer sabias y celestiales reglas con qué lograr su mejor constitución. Pues cuando la sociedad se sustrae de la Iglesia, que representa una parte notable de sus fuerzas, decae y se derrumba porque separó lo que Dios quiso ver unido.
  
34. Deseo de comprensión.
No Nos hemos cansado en recalcar en toda oportunidad esas verdades, y, en esta ocasión extraordinaria, lo quisimos volver a hacer extensamente. Plega a Dios que los fieles saquen de allí fuerzas y normas para realizar sus obras con mayor éxito, para provecho del bien común; y que logren también los adversarios la comprensión de que proceden con mucha injusticia al perseguir a la más amante de las madres y la más segura bienhechora de la humanidad.
   
VIII. CONFIANZA EN LA VICTORIA FINAL
    
35. Causas y fines de las persecuciones.
Nos no quisiéramos que la pintura de la tristísima situación del momento sacudiera, en los corazones de los fieles, la plena confianza en el auxilio divino, que traerá a su tiempo y a su modo la victoria final. Nos sentimos apenados en lo más hondo de Nuestra alma por las actuales circunstancias, pero no experimentamos ningún temor por el destino imperecedero de la Iglesia. La persecución es,  como decíamos al principio, su herencia, porque Dios crea mediante ella bienes aun más sublimes y valiosos, al  probar y purificar a sus hijos. Pero al permitir las torturas y adversidades da también su auxilio divino que proporciona nuevos e inesperados medios para conservar y desarrollar su obra sin que para daño de Él los poderes conjurados puedan prevalecer. Diecinueve siglos de vaivenes humanos prueban que las  tormentas pasan sin turbar jamás el fondo.

36. Signos de esperanza: mayor armonía y unión de la Iglesia.
Podemos, realmente, alentar esperanzas;  pues, la situación actual del mundo muestra señales que vuelven inquebrantable nuestra confianza. Las dificultades son terribles y extraordinarias, pero cierto es también que otros hechos que se desarrollan ante Nuestros ojos testimonian que Dios, en su bondad y admirable sabiduría, cumple sus promesas; porque mientras innumerables fuerzas se conjuran contra la Iglesia, mientras ella se halla despojada de todo sostén y auxilio humano, ella se levanta, sin embargo majestuosa entre los pueblos y extiende su acción hasta las más diversas naciones de todas las zonas. No, el antiguo príncipe de este mundo ya no puede ejercer su imperio como antaño, desde que Jesús lo desterró de él. Los intentos de satanás causarán, ciertamente, mucho mal, mas no tendrán éxito definitivo. Aun hoy día reina, no sólo en los corazones de los buenos sino también en el conjunto del mundo católico, una tranquilidad sobrenatural que, producida por el Espíritu Santo, vive y palpita en la Iglesia; tranquilidad que por la unión de los obispos con esta Santa Sede, ligados a ella más fuertemente que nunca, se extiende pacíficamente, en oposición sorprendente a las maquinaciones, ataques e incesante agitación de las sectas que perturban la paz social. Esta unión, fecunda en las más variadas obras de celo y amor, se despliega en perfecta armonía de los obispos con el clero, y de éste con los laicos católicos quienes con fe más sólida y libres de respeto humano, se acostumbran a la disciplina y el orden en su acción, levantándose, con noble emulación, para defender la causa sagrada de la Religión. Sí, ésta es la unión que hemos inculcado y volvemos a recomendar y bendecir ahora, a fin de que crezca y se oponga cual muro imbatible al ataque de los enemigos de Dios.
   
37. Aumento de piedad y de caridad.
No hay nada más útil que la fundación, consolidación y unión de innumerables asociaciones que cual renuevos al pie del árbol, brotan y se desarrollan en el seno de la Iglesia de Nuestros días. No descuidan ningún género de piedad, sea referente a Jesús y sus adorables misterios, sea referente a su poderosa Madre o de los Santos que por sus eximias virtudes brillaron con vivísima luz, mientras, al mismo tiempo, vemos que no olvidan ninguna clase de beneficencia y caridad, preocupándose, de mil modos y por doquiera, de la educación de la juventud en la fe, del cuidado delos enfermos, de la moral pública y de la ayuda de los desheredados. ¡Con cuánta mayor rapidez se difundiría este movimiento, y cuántos frutos más opimos arrojaría, si no tropezara tan a menudo con corrientes injustas y adversas!
   
38. Labor misional.
Y el Señor, que mantiene a la Iglesia con tanto vigor en los países que desde hace mucho tiempo viven en su seno y disfrutan de la civilización que ella les trajo, nos consuelan también nuevas esperanzas, gracias al celo de sus misioneros que, pese a los albures que corren y a las penurias y sacrificios de todo género que los agobian, no pierden el ánimo y, aumentando de número, y conservando una admirable constancia, conquistan países enteros para el Evangelio y la civilización, a pesar de que se les retribuya frecuentemente, como a su divino Maestro, con murmuraciones y calumnias.
  
39. Signos de recuperación, motivos de esperanza. 
Las amarguras van siendo suavizadas, pues, por consolaciones, y en medio de las dificultades del combate tenemos suficiente motivo para la esperanza y la fortaleza, lo cual debía hacer reflexionar al sensato observador que no está cegado por la pasión, y hacerle comprender que Dios que no ha dejado en duda al hombre respecto del verdadero fin último de su vida y, por eso, le ha hablado, y habla aun hoy día en su Iglesia, la cual, visible y sostenida por el brazo divino, manifiesta dónde se halla la verdad y la salvación. De todos modos, este auxilio incesante debía alentar en nuestros corazones la esperanza indefectible de que, en el tiempo fijado por Dios, la verdad rasgue las tinieblas con que se la quiere envolver, que en un futuro no lejano brille con todo esplendor y que el espíritu del Evangelio vuelva a vivificar a los miembros fatigados y corrompidos de esta sociedad que se está desmoronando.
    
IX. LOS DEBERES DE LOS CATÓLICOS
   
40. La labor del clero y la colaboración de los laicos. 
De Nuestra parte, Venerables Hermanos, no escatimaremos esfuerzos para apresurar el día de la misericordia de Dios, trabajando con celo gozoso, como es Nuestro deber, para defender y extender el reino de Dios sobre la tierra.
  
Huelga exhortaros a vosotros; pues, conocemos vuestro celo apostólico. Ojalá el fuego que arde en vuestros corazones inflame a todos los ministros del Señor que colaboran en vuestra empresa con vosotros, pues, ellos están en contacto inmediato con el pueblo, conocen sus deseos, necesidades y sufrimientos, saben también a qué asechanzas y seducciones se hallan expuestos.
  
Cuando ellos, llenos del espíritu de Jesucristo, sobreponiéndose con serena dignidad a las pasiones políticas, unan su labor a la vuestra, harán milagros, con la bendición de Dios, iluminando con su palabra a las masas, atrayendo sus corazones con la bondad de su conducta y ayudándolas con amor al mejoramiento de su situación.
   
El clero, a su vez, encontrará un firme respaldo en la inteligente e incansable labor de todos los fieles de buena voluntad; y así, los hijos de la Iglesia que han experimentado la tierna solicitud de su Madre, se la retribuirán dignamente, acudiendo a la defensa de su honor y de sus glorias. Todos pueden colaborar a esa obra obligatoria y extremadamente meritoria: los sabios e ilustrados, por su exposición apologética y la prensa diaria, instrumento poderoso del cual abusan tanto Nuestros adversarios; los padres de familia y maestros mediante la educación cristiana de los niños; las autoridades y representantes del pueblo por la solidez de sus principios morales y la integridad de sus costumbres; todos, empero, por la confesión de su convicción religiosa que no conoce el respeto humano.
  
Nuestro tiempo exige altura de miras, generosidad de propósitos y observancia de disciplina; disciplina que debe manifestarse, ante todo, mediante la sujeción confiada y perfecta a las disposiciones de la Santa Sede, el medio principal para evitar o disminuir los daños de opiniones partidistas y para subordinar todas las fuerzas al servicio del fin supremo: la victoria de Cristo en su Iglesia.
  
EPÍLOGO
   
41. Plegaria del Papa a Dios por el éxito.
El éxito será de Aquel que con su amor y sabiduría vela por su Esposa sin mancilla, según está escrito: «Jesus Christus heri, et hódie: ipse et in sǽcula», Jesucristo ayer, y hoy, y por los siglos de los siglos (Hebr. 13, 8).
  
Dirigimos también en estos instantes Nuestra fervorosa y humilde plegaria a Aquel que con un amor infinitamente grande a la humanidad extraviada se entregó a una muerte de sublime m artirio como víctima propiciatoria; a Aquel que aunque invisible, empuña efectivamente el timón de la misteriosa nave, la Iglesia, mandando al mar y a los vientos y calmando las tormentas.
   
42. Exhortación a los obispos y Bendición Apostólica.
Y vosotros, Venerables Hermanos, sin duda oraréis con Nos para que desaparezcan las calamidades que apremian a la sociedad, a fin de que bajo los rayos de la luz divina alcancen la cordura y comprensión aquellos que odian y persiguen la fe de Cristo, tal vez más por ignorancia que por malicia; para que los hombres de buena voluntad se robustezcan en santas obras, se apresure, así, la victoria de la verdad y de la justicia y amanezcan para la familia humana mejores días de paz y tranquilidad.
   
Entre tanto, descienda sobre vosotros y todos los fieles que están confiados a vuestra solicitud pastoral, como augurio de las gracias anheladas, la Bendición Apostólica que os impartimos de todo corazón.
   
Dado en Roma junto a San Pedro, a 19 de Marzo de 1902, el año vigésimo quinto de Nuestro Pontificado. LEÓN PAPA XIII.