Sermón predicado por el Ilmo. Sr. Obispo D. Fernando Altamira, Superior de la Sociedad de Santa María, en la fiesta de San Josafat, Obispo y Mártir (jueves 14 de Noviembre de 2024).
COMBATIENDO SIN TREGUA EN TODOS LOS FRENTES PARA QUE CRISTO REINE. «VIVAT JESU, AMOR NOSTER, ET MARÍA, SPES NOSTRA!»
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sábado, 16 de noviembre de 2024
martes, 14 de noviembre de 2023
LA CONVERSIÓN DEL MAYOR PERSEGUIDOR DE SAN JOSAFAT
Del fuerte Sansón fue escrito que con su muerte mató muchos más filisteos que cuantos había matado en vida (Jueces XVI, 30): tal siendo el sistema ordinario de la Providencia, que para confundir los vanos y soberbios designios de los hijos de los hombres, vuelve frecuentemente en confusión y ruina de sus enemigos aquellos mismos medios que estos quieren emplear para su propia exaltación; y luego hace derivar gloria y triunfo para su Iglesia y para los buenos donde los tristes se argumentaban obtener la destrucción. Tanto sucede en la muerte de Josafat, muerte con tanta persistencia buscada y procurada por los enemigos de la Iglesia, con la esperanza de poder en tal manera, quitado aquel campeón del Catolicismo, incluso borrarlo para siempre de aquellas regiones; y con todo aquella muerte sirvió admirablemente para extender y reafirmar la santa Unión, y para llamar al seno de la Iglesia a muchísimos extraviados. Sin embargo, este nuevo Jeremías, verdadero amante de los hermanos y del pueblo, también después de la muerte, como el antiguo Profeta, oraba mucho por su pueblo (2 Macabeos XV, 14) que lo había matado, y por la santa Ciudad; y desde el cielo continuaba su obra piadosa de reconciliación y de paz…
Pero la Divina piedad concedió un triunfo más glorioso todavía al Santo Mártir: triunfo, que dando paz al menos por algún tiempo a la desolada Iglesia de Polotsk, pudo en gran parte aliviar el dolor por la muerte de su Pastor. Esta fue la conversión del mismo Melecio Smotritski, el más valido y grande campeón del Cisma en aquellos tiempos, el adversario personal de Josafat, aquel que había levantado las últimas tempestades y las fieras persecuciones que terminaron con el asesinato del santo arzobispo. Pero precisamente Smotitski porque Josafat oraba mayormente por él, y ofreciéndose al Señor en sacrificio por su pueblo, por sus hijos y por la salvación de sus enemigos, él no podía olvidar a aquel que, más que todos lo vejaba y le proporcionaba angustias y dolores. Y Dios piadoso aceptó el sacrificio y escuchó las oraciones de su Siervo; y sin embargo mientras según el humano pensar la muerte de Josafat debía acrecentar la audacia del injusto competidor, fortificándolo en sus inicuas pretensiones, aquella muerte fue en cambio el principio del arrepentimiento de aquel desdichado.
Sin embargo, como el falso pastor tuvo noticia del delito cometido, y del severo decreto del Rey Segismundo III contra los asesinos, llegó a gran temor por sí. No tanto porque hubiese tenido una parte inmediata y directa en aquella iniquidad; aunque de esto no se halló nunca ninguna prueba. Pero él sin duda incitaba a sus satélites a fomentar y a encender las pasiones del pueblo contra el Santo Arzobispo, y si no el grito de muerte, sí el de la rebelión partió de él. Temiendo pues también él caer en las manos de la justicia como muchos otros de sus cómplices, huyó del reino; y fuese curiosidad o devoción, quiso visitar las Sedes Patriarcales del Oriente. Fue a Constantinopla, a Jerusalén y a otros lugares celebérrimos en las historias eclesiásticas, mas la vista de aquellos santuarios escuálidos y además caídos en manos de los musulmanes; la condición de aquellas iglesias otrora tan floridas, y entonces tan desoladas; de aquellos soberbios Patriarcas que pretendían oponerse al Vicario de Jesucristo mientras como esclavos de los infieles apenas podían en las inmensas extensiones de su jurisdicción reunir tantos seguidores y súbditos cuantos suele tener un mediocre párroco en Europa; después la incertidumbre de la doctrina y la variedad de las enseñanzas: todo humillaba grandemente el espíritu de Smotritski. Él conoció y vio con sus propios ojos a qué deplorable estado conducía la desunión y el Cisma; y vio que verdaderamente no tiene a Dios como Padre a quien no reconoce como madre la Iglesia, y que la Iglesia no está donde no está Pedro.
Después de algún tiempo, calmados ya los ánimos y depuesto el temor, Melecio regresó a su Lituania, pero muy diferente y diverso de aquel que había partido: qué caída la venda de los ojos, él no miraba más las cosas en la hosca luz de las pasiones y de los prejuicios; y el sucesor de Josafat (Antonio Anastasio Sielava) no tuvo que soportar ninguna molestia por este pretendiente Arzobispo de Polotsk. En cambio, este se retiró a una abadía suya, entregándose en la soledad a pensar y proveer por su salvación, confortado también por el metropólita José Velamín Rutski y por otros amigos sinceros suyos, el día 23 de Febrero de 1627, abjuró del cisma y se sometió al Romano Pontífice, al cual escribió conmovedorísimas, implorando perdón y paz. Urbano VIII acogió con benignidad este acto de sumisión, absolvió a Smotritski, y quiso que él conservase la dignidad arzobispal, asignándole la Sede in pártibus de Hierápolis.
Después de esto Melecio no vio más que por su alma y por Dios; y más que nunca se abandonó a su espíritu de austeridad y de rigor, devino objeto de edificante admiración para todos. Llegando a morir en el 1633, rogó a sus cofrades que para su consolación le diesen a tener en la mano como prenda de salvación y arra del perdón divino, el Breve con el que el Sumo Pontífice lo había reconciliado con la Santa Iglesia. Pero aquellos religiosos no se lo pusieron sino cinco horas después de su muerte; y aun así el cadáver tomó el Breve, y se lo estrechó, que nadie logró después quitárselo. Cuando sin embargo, aquel precioso documento le fue requerido por obediencia por el metropólita José Velamín-Rutski, el cadáver súbitamente lo cedió, y recibídolo de las manos del mismo metropólita, lo retomó y lo retuvo, y nunca más fue quitado por nadie [1]. Así quiso el Señor mostrar cuán fuertemente adherido a la Santa Unión estuvo aquel que tanto la había perseguido; y cuán perfecto fue el arrepentimiento que el Santo Mártir le impetró a este su fierísimo enemigo, que tantos trabajos y tantas penas le había ocasionado.
NICOLA CONTERI OSBM. Vida de San Josafat, arzobispo y mártir ruteno de la Orden de San Basilio Magno. Roma, Imprenta de la Propaganda Fide, 1867, págs. 360; 370-372. Traducción propia.
NOTA (en el original)
[1] El ilustre obispo de Chełm Santiago Juan Susza OSBM, antiguo autor de la vida de nuestro Santo Arzobispo, escribió también la de Smotritski con el título Sáulus et Páulus Ruthénæ uniónis, sánguine B. Jósaphat transformátus, sive Melétius Smotríscius Archiepíscopus Hierapolitánus (Saulo transformado en Pablo de la Unión rutena por la sangre del beato Josafat, o Melecio Smotritski, arzobispo de Hierápolis).
SAN JOSAFAT KUNTSEVICH, PROTOMÁRTIR GRECOCATÓLICO
La unión sellada en el Concilio de Florencia (1439) entre las Iglesias de Roma y Constantinopla careció de continuidad. Con todo, se mantuvieron en la región de Kiev algunos fermentos de unión. En Octubre de 1595, el metropolitano de los ortodoxos disidentes de Kiev y otros cinco obispos, que representaban a millones de ucranianos, hallándose reunidos en Brest-Litovsk, ciudad de Lituania, decidieron someterse al Papa y estar en comunión con la Iglesia Católica. Se trata de la histórica Unión de Brest. Esta unificación dio lugar a grandes controversias llegándose hasta la violencia. San Josafat por aquel tiempo era muy jovencito, pero aquellos eventos tendrían un profundo impacto en su vida ya que el mismo daría su vida por la unidad de la Iglesia.
Su nombre de bautismo era Juan Kuntsevich. Su padre Gabriel, que era un católico de buena familia, puso a su hijo en la escuela de su pueblo natal. Después Juan entró a trabajar como aprendiz de Jacinto Papovič en una tienda de Vilna, pero en vista de que el comercio no estaba en su corazón, empleaba sus tiempos libres aprendiendo el eslavo eclesiástico para comprender mejor los divinos oficios y poder recitar diariamente el oficio bizantino. Juan conoció por entones a Pedro Arcudio, rector del Colegio oriental de Vilna, así como a los jesuitas Valentín Fabricio y Gregorio Gruzevski, quienes se interesaron por él y le alentaron a seguir adelante. Al principio, el amo de Juan no veía con muy buenos ojos sus inquietudes religiosas, pero el joven supo cumplir tan bien con sus obligaciones, que el comerciante acabó por ofrecerle que se asociase con él y tomase por esposa a una de sus hijas. Juan rehusó ambas proposiciones, pues estaba decidido a hacerse monje.
En 1601 ingresó en el monasterio de la Santísima Trinidad de Vilna. El santo indujo también a seguir su ejemplo a José Benjamín Rutski, un hombre muy culto, convertido del calvinismo. Los dos jóvenes monjes empezaron juntos a trazar planes para promover la unión y reformar la observancia en los monasterios ucranianos. Desde entonces se llamó Josafat, recibió el diaconado, después el sacerdocio y pronto adquirió fama por sus sermones sobre la unión con Roma.
Su vida personal era muy austera, ya que añadía a las penitencias acostumbradas en las reglas monásticas del oriente, otras mortificaciones tan severas, que en más de una ocasión le criticaron los mismos monjes. En el proceso de beatificación el burgomaestre de Vilna declaró que "no había en el pueblo ningún religioso más bueno que el P. Josafat."
Josafat, al notar que su superior, Samuel, el abad del monasterio de la Santísima Trinidad, manifestaba tendencia a separarse de Roma, se lo advirtió a sus superiores. El arzobispo de Kiev sustituyó a Samuel por Josafat. Bajo su gobierno, el monasterio se repobló. Ello movió a sus superiores a retirarle del estudio de los Padres orientales para que fundase otros monasterios en Polonia.
En 1614, Rutski fue elegido metropolitano de Kiev y Josafat le sucedió en el cargo de abad de Vilna. Cuando el nuevo metropolitano fue a tomar posesión de su catedral, Juan le acompañó en el viaje y aprovechó la ocasión para visitar el famoso monasterio de las Cuevas de Kiev. Pero la comunidad de dicho monasterio, que se componía de más de 200 monjes, estaba relajada y el reformador católico estuvo a punto de ser arrojado al río Dnieper. Aunque sus esfuerzos por hacer volver a la unidad a la comunidad fracasaron, su ejemplo y sus exhortaciones consiguieron hacer cambiar un tanto la actitud de los monjes.
En 1617, el P. Josafat fue consagrado obispo de Vitebsk con derecho de sucesión a la sede de Polotsk. Pocos meses después murió el anciano arzobispo de esa sede Gedeón Brolnicki y Josafat se halló al frente de una eparquía extensa pero poco fervorosa. Muchos se inclinaban al cisma porque temían que Roma interfiriese en sus ritos y costumbres. Las iglesias estaban en ruinas y se hallaban en manos de los laicos. Muchos miembros del clero secular habían contraído matrimonio, algunos varias veces. La vida monástica estaba en decadencia. Los protestantes habían hallado terreno en la ciudad, pues hacía 200 años, Jerónimo de Praga, socio de Juan Hus, había predicado en la región. Josafat pidió ayuda a algunos de sus hermanos de Vilna y emprendió la tarea: reunió sínodos en las ciudades principales, publicó e impuso un texto de catecismo, redactó una serie de ordenaciones sobre la conducta del clero y combatió la interferencia de los “señores” en los asuntos de las iglesias locales. A todo ello añadió el ejemplo de su vida, su celo en la instrucción, la predicación, la administración de sacramentos y la visita a los pobres, a los enfermos, a los prisioneros y a las aldeas más remotas. Decía él: «Los sacerdotes tienen el ejemplo de su vida de piedad para enseñar a la gente, porque la vida de un sacerdote piadoso es poderosa predicación al hombre sencillo».
Hacia 1620, prácticamente toda la eparquía era ya sólidamente católica, el orden estaba restaurado y el ejemplo de aquel puñado de hombres buenos había producido un renacimiento de la vida cristiana. Pero en ese mismo año, disidentes en la región que se había unido a Roma, establecieron obispos paralelos, contrarios a Roma. Así, un tal Melecio Smotritsky fue nombrado arzobispo de Polotsk, sede de San Josafat, y se dedicó enérgicamente a destruir la obra del arzobispo católico, diciendo que Josafat se había «convertido al latinismo», que iba a obligar a sus fieles a seguir su ejemplo y que el catolicismo no era la forma tradicional del cristianismo ucraniano. La nobleza y la mayoría del pueblo estaban por la unión, pero habían zonas disidentes. Un monje llamado Silvestre Kosov recorrió las poblaciones de Vitebsk, Mogilev y Orcha sublevando a la gente contra el catolicismo. Cuando el rey Segismundo III de Polonia proclamó un decreto afirmando que Josafat era el único arzobispo legítimo de Polotsk, se produjeron desórdenes no sólo en Vitebsk, sino en la misma Vilna. El decreto fue leído públicamente en presencia del santo y éste estuvo a punto de perder la vida.
Melecio Smotritsky
El canciller de Lituania, León Sapieha, que era católico, temeroso de los resultados políticos de la inquietud general, prestó oídos a los rumores esparcidos por los disidentes que, fuera de Polonia, acusaban a San Josafat de haber sido el causante de los desórdenes con su política. Así pues, en 1622, Sapieha escribió al santo acusándole de emplear la violencia para mantener la unión, de exponer el reino al peligro de una invasión de los cosacos, de sembrar la discordia entre el pueblo, de haber clausurado por la fuerza ciertas iglesias no católicas y de otras cosas por el estilo. Tan solo era cierto que Josafat había pedido el auxilio del gobierno para recobrar la iglesia de Mogilev, de la que se habían apoderado los disidentes. El arzobispo tuvo que hacer frente también a la oposición, las críticas y la falta de comprensión de algunos católicos. Una de las razones por la que que una parte del pueblo fácilmente se dejó llevar por las falsas acusaciones era para evitar la disciplina y las exigencias morales del renacimiento católico.
En octubre de 1623, sabedor de que Vitebsk era todavía el centro de la oposición, decidió ir allá personalmente. Sus amigos no lograron disuadirle ni convencerle de que llevase una escolta militar. «Si Dios me juzga digno de merecer el martirio, no temo morir», respondió San Josafat. Así pues, durante dos semanas predicó en las iglesias de Vitebsk y visitó a los fieles sin distinción alguna. Sus enemigos le amenazaban continuamente y provocaban a sus acompañantes para poder asesinarle aprovechando el desorden. El día de la fiesta de San Demetrio, una turba enfurecida rodeó al mártir, el cual les dijo:
«Sé que queréis matarme y que me acecháis en todas partes: en las calles, en los puentes, en los caminos, en la plaza central. Pero yo estoy entre vosotros como vuestro pastor y quiero que sepáis que me consideraría muy feliz de dar la vida por vosotros. Estoy pronto a morir por la sagrada unión, por la supremacía de San Pedro y del Romano Pontífice».
Smotritsky, fomentador de la agitación, probablemente solo pretendía obligar al santo a salir de la ciudad. Pero sus partidarios empezaron a tramar una conspiración para asesinar a Josafat el 12 de noviembre, a no ser que se excusase ante ellos por haber empleado la violencia. Un sacerdote llamado Elías Davídovich de la Iglesia de la Resurrección de Zaruchav fue el encargado de penetrar en el patio de la casa del arzobispo e insultar a sus criados por su religión y al amo a quien servían. Como la escena se repitiese varias veces, San Josafat dio permiso a sus criados de arrestar al sacerdote, si volvía a presentarse. En la mañana del 12 de noviembre, cuando el arzobispo se dirigía a la iglesia para el rezo del oficio de la aurora, Elías le salió al encuentro y comenzó a insultarle. El santo dio entonces permiso a su diácono para que mandase encerrar al agresor en un aposento de la casa. Eso era precisamente lo que deseaban sus enemigos que buscaban pretexto para atacarle. Al punto, echaron a vuelo las campanas, y la multitud empezó a clamar que se pusiese en libertad a Elías y se castigase al arzobispo. Después del oficio, San Josafat volvió a su casa y devolvió la libertad a Elías, no sin antes haberle amonestado. A pesar de ello, el pueblo penetró en la casa, exigiendo la muerte de Josafat y golpeando a sus criados. El santo salió al encuentro de la turba y preguntó: «¿Por qué golpeáis a mis criados, hijos míos? Si tenéis algo contra mí, aquí estoy; dejadlos a ellos en paz» (palabras muy parecidas a las de Santo Tomás Becket en ocasión semejante). La turba comenzó entonces a gritar: «¡Muera el Papista!», y San Josafat cayó atravesado por una alabarda y herido por una bala. Su cuerpo fue arrastrado por las calles y arrojado al río Divna.
El martirio del santo produjo como resultado inmediato un movimiento en favor de la unidad católica. Desgraciadamente, la controversia se prolongó con violencia y los disidentes tuvieron también un mártir, el abad Atanasio Filípovich de Brest, quien fue ejecutado en 1648. Por otra parte, el arzobispo Melecio Smotritski se reconcilió más tarde con la Santa Sede.
La gran reunión ucraniana existió, con altos y bajos, hasta que, después de la repartición de Polonia, los soberanos rusos obligaron por la fuerza a los católicos a unirse con la Iglesia Ortodoxa de Rusia. El comunismo favoreció la opresión de la fe católica. Hoy como ayer es necesaria la intercesión y el ejemplo de San Josafat a favor de la restauración del Catolicismo.
San Josafat Kunsevich fue canonizado en 1867 por el Papa Pío IX. Fue el primer santo de la Iglesia de oriente canonizado con proceso formal de la Sagrada Congregación de Ritos. Quince años más tarde, León XIII fijó el 14 de noviembre como fecha de la celebración de su fiesta en toda la Iglesia de occidente.
El Papa Pío XI declaró a San Josafat Patrón de la Reunión entre Ortodoxos y Católicos el 12 de noviembre de 1923, III centenario de su martirio.
ORACIÓN
Suplicámoste, Señor, que excites en tu Iglesia el Espíritu que llenó a San Josafat para dar su vida por las ovejas, para que por su intercesión también nosotros, fortalecidos por ese mismo Espíritu, no temamos dar la vida por nuestros hermanos. Por Nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del mismo Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
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