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domingo, 2 de abril de 2023

MÉTODO PARA OÍR CON FRUTO LA SANTA MISA

Rescatado de STAT VERITAS.
  

§ 1. Disposiciones generales con que se debe asistir al santo sacrificio de la Misa
   
1. Como indicamos ya en la instrucción precedente, fue opinión aprobada y confirmada por SAN GREGORIO en su cuarto Diálogo, que cuando un sacerdote celebra la Santa Misa bajan del cielo innumerables legiones de Ángeles para asistir al Santo Sacrificio. SAN NILO, abad y discípulo de San Juan Crisóstomo, enseña que mientras el Santo Doctor celebraba los divinos misterios veía una multitud de esos espíritus celestiales rodeando el altar y asistiendo a los sagrados ministros en el desempeño de su tremendo ministerio. Siendo esto así, he ahí las disposiciones más esenciales para asistir con fruto a la Santa Misa. Ve a la iglesia como si fueses al Calvario, y permanece en presencia de los altares como si estuvieses delante del trono de Dios y acompañado de los santos Ángeles. Considera ahora cuáles deben ser tu modestia, tu atención y respeto, si quieres recoger de los misterios divinos los frutos y beneficios que Dios se digna conceder a los que asisten a ellos con un exterior devoto y sentimientos religiosos.

2. Leemos en el Antiguo Testamento, que cuando los israelitas ofrecían sus sacrificios, en los que sólo se inmolaban toros, corderos y otros animales, admiraba el ver la atención, el silencio y veneración con que asistían a aquellas solemnidades. Aunque el número de asistentes fuese inmenso y los ministros y sacrificadores llegasen a setecientos, parecía, sin embargo, que el templo estaba vacío; tanto era el cuidado con que cada uno procuraba no hacer el más pequeño ruido. Pues bien; si tanta era la veneración con que se celebraban estos sacrificios que, al fin, no eran más que una sombra y simple figura del nuestro, ¿con qué respeto, con qué devoción y religioso silencio no debemos asistir a la celebración de la Santa Misa, en que el Cordero sin mancha, el Verbo Divino se inmola por nosotros? Muy bien lo comprendía SAN AMBROSIO. Cuando celebraba el Santo Sacrificio, según refiere Cesáreo, y concluido el Evangelio, se volvía al pueblo, y después de haber exhortado a los fieles a un recogimiento profundo, les ordenaba que guardasen el más riguroso silencio, y así consiguió que no solamente pusiesen un freno a su lengua, no pronunciando la menor palabra, sino, lo que aún es más admirable, que se abstuviesen de toser y de moverse con ruido. Estas prescripciones se cumplían con exactitud, y por eso todos los que asistían a la Santa Misa sentíanse como embargados de un santo temor y profundamente conmovidos, de manera que conseguían muchos frutos y aumento de gracia.

§ 2. Métodos diferentes para oír la Santa Misa. Primero y segundo

3. El objeto de este opúsculo es instruir, al que quiera leerlo bien, sobre el mérito del santo sacrificio de la Misa, e inclinarlo a abrazar con fervor la práctica de asistir a ella frecuentemente, siguiendo el método que me propongo trazar más adelante. Sin embargo, como hay libros piadosos, difundidos con gran utilidad entre los fieles, que contienen diversos métodos, muy buenos y provechosos, para oír la Santa Misa, de ninguna manera trato de violentar el gusto de nadie; por el contrario, a todos dejo en completa libertad para escoger aquél que juzgue más agradable y el más conforme a su capacidad y a sus piadosas inclinaciones únicamente me propongo, querido lector, desempeñar contigo el oficio de Ángel Custodio, sugiriéndote el que pueda serte más provechoso, es decir, según mi pobre juicio, el que te sea más útil y menos molesto. A este fin pienso reducirlos todos a tres clases o tres métodos en general.

4. El primero consiste en seguir con la mayor atención y con el libro en las manos, todas las acciones del sacerdote, rezando a cada una de ellas la oración vocal correspondiente contenida en el libro, de suerte que se pase leyendo todo, el tiempo de la Misa. Si a la lectura se une la meditación de los santos misterios que se celebran sobre el altar, es indudable que se asiste al adorable Sacrificio de un modo excelente y además muy provechoso. Pero como esto pide una sujeción excesiva, puesto que es preciso atender a las ceremonias que se hacen en el altar y dirigir alternativamente la mirada al sacerdote y al libro, para leer en él la oración que corresponde a la parte de la Misa, resulta de aquí que es muy trabajoso en la práctica; y aun me inclino a creer que habrá pocos fieles que perseveren mucho tiempo empleando este método, por útil que sea. Es tal la debilidad de nuestro entendimiento, que se distrae fácilmente cuando tiene que atender a la multitud de acciones que el sacerdote ejecuta en el altar. A pesar de esto, el que se encuentra bien con este método, y consiga por él su provecho espiritual, puede continuar usándolo con la esperanza de que un trabajo tan penoso le granjeará una magnífica recompensa de parte de Dios.

5. El segundo método para asistir con fruto a la Santa Misa se practica no por medio de la lectura, ni aun durante el tiempo del Sacrificio, sino contemplando con los ojos de la fe a Jesucristo clavado en la cruz, a fin de recoger en una dulcísima contemplación los frutos preciosos que caen de ese árbol de vida. Se emplea, pues, todo el tiempo de la Santa Misa en un profundo recogimiento interior, ocupándose en considerar espiritualmente los divinos misterios de la Pasión y muerte del Salvador, que no solamente se representan, sino que también se reproducen místicamente sobre el altar. Los que siguen este método es indudable que, si tienen cuidado de conservar unidas a Dios las potencias de su alma, lograrán ejercitarse en actos de fe, esperanza, caridad y de todas las virtudes. Esta manera de oír Misa es más perfecta que la primera, y al mismo tiempo más dulce y más suave, según lo experimentó un santo religioso lego, el cual acostumbraba decir que oyendo Misa no leía más que tres letras. La primera era negra, a saber, sus pecados, cuya consideración le inspiraba afectos de dolor y arrepentimiento, y éste era el punto de su meditación desde el principio de la Misa hasta el Ofertorio. La segunda era encarnada, a saber, la Pasión del Salvador, meditándola desde el Ofertorio hasta la Comunión, sobre la preciosísima Sangre que Jesús derramó por nosotros y la muerte cruel que sufrió en el Calvario. La tercera letra era blanca, a saber, la Comunión espiritual, que jamás omitía en el momento que comulgaba el sacerdote, uniéndose de todo corazón a Jesús, oculto bajo las especies sacramentales; después de lo cual permanecía abismado en su Dios y en la consideración de la gloria, que esperaba como fruto de este Divino Sacrificio. Este pobre religioso, a pesar de no tener instrucción, oía la Misa de una manera muy perfecta, y yo quisiera que todos aprendiesen en su escuela una ciencia tan profunda.

§ 3. Tercer método de oír la Santa Misa

6. El tercer método para asistir con fruto al santo sacrificio de la Misa tiene la preferencia sobre los anteriores. No exige lectura de un gran número de oraciones vocales como el primero, ni requiere un espíritu contemplativo como se necesita para seguir el segundo. Sin embargo, si bien se considera, es el más conforme al espíritu de la Iglesia, cuyos deseos son que los fieles estén unidos a los sentimientos del sacerdote. Éste debe ofrecer el Sacrificio por los cuatro fines indicados en la instrucción precedente (n.º 8), por cuanto éste es el medio más eficaz de cumplir con las cuatro obligaciones que tenemos contraídas con Dios. Por consiguiente, y puesto que cuando asistes a la Misa desempeñas en cierta manera las funciones de sacerdote, debes dedicarte del mejor modo posible a la consideración de los cuatro fines indicados, lo cual te será muy fácil por medio de los cuatro ofrecimientos que voy a presentarte.
He aquí el método reducido a la práctica. Toma este pequeño libro hasta aprender de memoria estos ofrecimientos, o a lo menos hasta penetrarte bien de su sentido, pues no se necesita sujetarse a las palabras. Luego que comience la Misa y cuando el sacerdote, humillándose en las gradas del altar, rece el Confiteor, haz un breve examen de tus pecados, excítate a un acto de verdadera contrición, pidiendo humildemente al Señor que te perdone, e implora los auxilios del Espíritu Santo y la protección de la Virgen Santísima para oír la Misa con todo el respeto y devoción posible. En seguida, y para cumplir sucesivamente con las cuatro importantísimas obligaciones de que te he hablado, divide la Misa en cuatro partes, lo que podrás hacer del modo siguiente:

7. En la primera parte, desde el principio hasta el Evangelio, satisfarás la primera deuda, que consiste en adorar y alabar la majestad de Dios, que es infinitamente digna de honores y alabanzas. Para esto humíllate profundamente con Jesucristo, abísmate en la consideración de tu nada, confiesa sinceramente que nada eres delante de aquella inmensa Majestad, y humillado con alma y cuerpo (pues en la Misa debe guardarse la postura más respetuosa y modesta), dile:
«¡Oh Dios mío!, yo os adoro y reconozco por mi Señor y dueño de mi alma y vida: yo protesto que todo lo que soy y cuanto tengo lo debo a vuestra infinita bondad. Bien sé que vuestra soberana Majestad merece un honor y homenajes infinitos; pero yo soy un pobrecillo impotente para pagar esta inmensa deuda, por tanto os presento las humillaciones y homenajes que el mismo Jesús os ofrece sobre este altar.
   
Yo quiero hacer lo mismo que hace Jesús: yo me abato con Jesús, y con Jesús me humillo delante de vuestra suprema Majestad. Yo os adoro con las mismas humillaciones de mi Salvador. Yo me regocijo y me felicito de que mi Divino Jesús os tribute por mí honores y homenajes infinitos».
Aquí cierra el libro, y continúa excitándote interiormente a iguales actos. Regocíjate de que Dios sea honrado infinitamente, y en algún intermedio repite una y muchas veces estas palabras:
«Sí, Dios mío, inefable es mi gozo por el honor infinito que vuestra Divina Majestad recibe de este augusto Sacrificio. Me complazco y alegro cuanto sé y cuanto puedo».
No te empeñes con afán en repetir a la letra estas mismas palabras: emplea libremente las que tu piedad te sugiera. Sobre todo procura conservarte en un profundo recogimiento y muy unido a Dios. ¡Ah!, ¡qué bien satisfarás a Dios de esta manera tu primera deuda!

8. Satisfarás la segunda desde el Evangelio hasta la elevación de la Sagrada Hostia, y dirigiendo una mirada a tus pecados, y considerando la inmensa deuda que has contraído con la divina Justicia, dile con un corazón profundamente humillado:
«He ahí, Dios mío, a este traidor que tantas veces se ha rebelado contra Vos. ¡Ah! Penetrado de dolor, yo abomino y detesto con todo mi corazón todos los gravísimos pecados que he cometido. Yo os presento en su expiación la satisfacción infinita que Jesucristo os da sobre el altar. Os ofrezco todos los méritos de Jesús, la sangre de Jesús y al mismo Jesús, Dios y hombre verdadero, quien en calidad de víctima, se digna todavía renovar su sacrificio en mi favor. Y puesto que mi Jesús se constituye sobre ese altar mi abogado y mediador, y que por su preciosísima Sangre os pide gracia para mí, yo uno mi voz a la de esta Sangre adorable, e imploro el perdón de todos mis pecados. La sangre de Jesús está gritando misericordia, y misericordia os pide mi corazón arrepentido. ¡Oh Dios de mi corazón! Si no os enternecen mis lágrimas, dejaos ablandar por los tiernos gemidos de mi Jesús. Él alcanzó en la cruz gracia para todo el humano linaje, ¿y no la obtendrá para mí desde ese altar? Sí, sí; yo espero que por los méritos de su Sangre preciosa me perdonaréis todas mis iniquidades, y me concederéis vuestra gracia para llorarlas hasta el último suspiro de mi vida».
Enseguida, y habiendo cerrado el libro, repite estos actos con una viva y profunda contrición. Da rienda suelta a los afectos de tu alma, y sin articular palabra, dirás a Jesús de lo íntimo de tu corazón:
«¡Mi muy amado Jesús! Dadme las lágrimas de San Pedro, la contrición de la Magdalena y el dolor de todos los Santos, que de pecadores se convirtieron en fervorosos penitentes, a fin de que, por los méritos del Santo Sacrificio, alcance el completo perdón de todos mis pecados».
Reitera estos mismos actos en un perfecto recogimiento, y vive seguro de que así satisfarás completamente todas las deudas que por tus pecados hubieres contraído con Dios.

9. En la tercera parte, es decir, desde la elevación del cáliz hasta la Comunión, considera los innumerables beneficios de que has sido colmado. En cambio, ofrece al Señor una víctima de precio infinito, a saber: el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Convida también a los Ángeles y Santos a dar gracias a Dios por ti, diciendo estas o parecidas palabras:
«Vedme aquí, Dios de mi corazón, cargado con el enorme peso de una inmensa deuda de gratitud y reconocimiento a todos los beneficios generales y particulares de que me habéis colmado, y de los que estáis dispuesto a concederme en el tiempo y en la eternidad. Confieso que vuestras misericordias para conmigo han sido y son infinitas; sin embargo, estoy pronto a pagaros hasta el último óbolo. En satisfacción de todo lo que os debo, os presento por las manos del sacerdote la Sangre divina, el cuerpo adorable y la víctima inocente que está colocada sobre este altar. Esta ofrenda basta (seguro estoy de ello) para recompensar todos los dones que me habéis concedido; siendo como es de un precio infinito, vale ella sola por todos los que he recibido y puedo recibir de Vos.
    
Ángeles del Señor, y vosotros, dichosos moradores del cielo, ayudadme a dar gracias a mi Dios, y ofrecedle en agradecimiento por tantos beneficios, no solamente esta Misa a que tengo la dicha de asistir, sino también todas las que en este momento se celebran en todo el mundo, a fin de que por este medio satisfaga yo a su ardiente caridad por todas las mercedes que me ha hecho, así como por las que está dispuesto a concederme ahora y por los siglos de los siglos. Amén».
¡Con qué dulce complacencia recibirá este Dios de bondad el testimonio de un agradecimiento tan afectuoso! ¡Cuán satisfecho quedará de esta ofrenda que, siendo de un precio infinito, vale más que todo el mundo! A fin, pues, de excitar más y más en tu corazón estos piadosos sentimientos, convida a toda la corte celestial a dar gracias a Dios en tu nombre. Invoca a todos los Santos a quienes tienes particular devoción, y con toda la efusión de tu alma dirígeles la siguiente plegaria:
«¡Oh gloriosos bienaventurados e intercesores míos cerca del trono de Dios! Dad gracias por mí a su infinita bondad, para que no tenga la desventura de vivir y morir siendo ingrato. Suplicadle se digne aceptar mi buena voluntad, y tener en consideración las acciones de gracias, llenas de amor, que mi adorable Jesús le tributa por mí en ese augusto Sacrificio».
No te contentes con manifestar una sola vez estos sentimientos: repítelos a intervalos, en la firme seguridad de que por este medio satisfarán plenamente tan inmensa deuda. A este fin harás muy bien en rezar todos los días algún Acto de ofrecimiento, para ofrecer a Dios en acción de gracias, no solamente todas tus acciones, sino también las Misas que se celebran en todo el mundo.

10. En la cuarta parte, desde la Comunión hasta el fin, mientras que el sacerdote comulga sacramentalmente, harás la Comunión espiritual de la manera que te explicaré al terminar este capítulo. Dirige en seguida tus miradas a Dios Nuestro Señor que está dentro de ti, y anímate a pedir muchas gracias. Desde el momento en que Jesús se une a ti, Él es quien ruega y suplica por ti. Ensancha, pues, el corazón, y no te limites a pedir solamente algunos favores: pide muchas, muchísimas gracias, porque el ofrecimiento de su Divino Hijo, que acabas de hacerle, es de un precio infinito. Por consiguiente, dile con la más profunda humildad:
«¡Oh Dios de mi alma! Me reconozco indigno de vuestros favores: lo confieso sinceramente, así como también que no merezco el que me escuchéis, atendida la multitud y enormidad de mis faltas. Pero, ¿podréis rechazar la súplica que vuestro adorable Hijo os dirige por mí sobre ese altar, en que os ofrece por mí su Sangre y su vida? ¡Oh Dios de infinito amor! Aceptad los ruegos del que aboga en favor mío cerca de vuestra Divina Majestad!; y en atención a sus méritos concededme todas las gracias que sabéis necesito para llevar a feliz término el negocio importantísimo de mi eterna salvación. Ahora más que nunca me atrevo a implorar de vuestra infinita misericordia el perdón de todos mis pecados y la gracia de la perseverancia final. Además, y apoyándome siempre en las súplicas que os dirige mi amado Jesús, os pido por mí mismo, ¡oh Dios de bondad infinita! todas las virtudes en grado heroico, y los auxilios más eficaces para llegar a ser verdaderamente santo. Os pido también la conversión de los infieles, de los pecadores, y en particular de aquéllos a quienes estoy unido por los lazos de la sangre, o de relación espiritual. Imploro además la libertad, no de una sola alma, sino la de todas las que en este momento están detenidas en la cárcel del purgatorio. Dignaos, Señor, concedérsela a todas, y haced quede vacío ese lugar de dolorosa expiación. En fin, ojalá que la eficacia de este Divino Sacrificio convirtiera este mundo miserable en un paraíso de delicias para vuestro Corazón, donde fueseis amado, honrado y glorificado por todos los hombres en el tiempo, para que todos fuésemos admitidos a bendeciros y alabaros en la eternidad. Así sea».
Pide sin temor, pide para ti, para tus amigos, parientes y demás personas queridas. Implora la asistencia de Dios en todas tus necesidades espirituales y temporales. Ruega también por las de la Santa Iglesia, y pide al Señor que se digne librarla de los males que la afligen y concederle la plenitud de todos los bienes. Sobre todo no ores con tibieza, sino con la mayor confianza; y está seguro de que tus súplicas, unidas a las de Jesús, serán escuchadas.
Concluida la Misa practica el siguiente acto de acción de gracias, diciendo: «Os damos gracias por todos vuestros beneficios, oh Dios todopoderoso, que vivís y reináis por los siglos de los siglos. Así sea».
Saldrás de la iglesia con el corazón tan enternecido como si bajases del Calvario. Dime ahora: si hubieras asistido de esta manera a todas las Misas que has oído hasta hoy, ¡con qué tesoros de gracias habrías enriquecido tu alma! ¡Ah! ¡Cuánto has perdido asistiendo a este augusto Sacrificio con tan poca religiosidad, dirigiendo tus miradas acá y allá, ocupado en ver quiénes entraban y salían, murmurando algunas veces, quedándote dormido, o cuando más, balbuceando algunas oraciones sin atención ni recogimiento! Si quieres, pues, oír con fruto la Santa Misa, toma desde este momento la firme resolución de servirte de este método, que es muy agradable, y que está todo él reducido a satisfacer las cuatro enormes deudas que tenemos contraídas con Dios. Persuádete firmemente de que en poco tiempo adquirirás inmensos tesoros de gracias y méritos, y de que jamás te asaltará la tentación de decir: «Una Misa más o menos, ¿qué importa?».
  
SAN LEONARDO DE PORTO MAURIZIO.

viernes, 25 de noviembre de 2022

SAN LEONARDO DE PUERTO MAURICIO, MISIONERO FRANCISCANO


El 17 de marzo de 1923 Pío XI nombraba celestial patrono de los sacerdotes que se dedican a las misiones populares a San Leonardo de Porto Mauricio, «solícito y valiente pregonero de la divina palabra, escogidísimo obrero en la viña del Señor». Émulo de San Vicente Ferrer, protector de sus misiones, fue puesto por la divina Providencia en aquel siglo XVIII racionalista, frívolo y decadente, «el más bajo de los siglos», para predicar a Jesús crucificado y renovar la piedad, atenazada por el jansenismo hipócrita y frío.
   
Nació en Porto Mauricio (hoy Imperia), en la azul Riviera italiana, el 20 de diciembre de 1676 en un hogar de honrados marinos. Niño serio y piadoso, fue enviado a los trece años a Roma, cursando los estudios de humanidades, retórica y filosofía en el célebre Colegio Romano, al mismo tiempo que, como congregante de los oratorios filipino y del padre Caravita, adquiría una sólida formación espiritual. A los veintiún años, sin titubeo alguno, siguió la voz del Señor, que le llamaba al estado religioso, vistiendo el hábito franciscano el 2 de octubre de 1697 en la provincia reformada romana. Ordenado de sacerdote el 23 de septiembre de 1702 y destinado a la enseñanza de la filosofía, cayó enfermo de una grave afección pulmonar, cuya curación, cinco años más tarde en su país natal, atribuyó a la Santísima Virgen, dedicándose inmediatamente de lleno al ministerio de la predicación. Trasladado en 1709 al convento de San Francisco al Monte de Florencia, trabajó incansable en el establecimiento y organización de los conventos-retiros de la Orden, donde una selección de religiosos, observantísimos entre los observantes, vivía la pureza de la regla franciscana en un intransigente aislamiento del mundo. Nombrado guardián del retiro de San Francisco al Monte, que gobernó nueve años, logró fundar en 1717 un «super-retiro» en la cercana colina del Incontro, dotándole de unos estatutos calcados en el austerísimo espíritu de San Pedro de Alcántara y del Beato Buenaventura de Barcelona.
   
En este eremitorio, que llevaba el sugestivo nombre de «la Soledad del Encuentro», San Leonardo redactó aquel mismo año sus Propósitos, férreo programa detallado y razonado de su lucha por la perfección, que define «trato íntimo y comercio interior con Dios Uno y Trino». Poniendo como fundamento la desconfianza en sí mismo, se crea una inaccesible zona de seguridad, «una soledad mental llamada por mí País de la Fe, donde en olvido de todas las criaturas hablaré y conversaré con Dios». Armazón del edificio espiritual son las tres obras principales del día: la santa misa, precedida de la confesión y celebrada siempre con cilicio; el oficio divino, meditando la pasión del Señor; la oración mental, «mi pan cotidiano», que extendía a todas las horas libres de la jornada. Con el «cuchillo de la mortificación» a la mano, San Leonardo fija el método ascético de adquisición y ejercicio de las virtudes teologales, votos monásticos y virtudes de religión, humildad, caridad con el prójimo y modestia; detalla las prácticas piadosas del día y las especiales de cada semana y mes, y reglamenta sus devociones predilectas: la pasión del Señor, que «meditaré día y noche»; el ejercicio del vía crucis, «que introduciré sin perdonar fatiga y aun lo impondré frecuentemente por penitencia»; la devoción a la Santísima Virgen, «cuyo sermón predicaré con especial fervor», llevando además por toda la vida, en memoria de sus siete dolores, una cruz con siete puntas sobre el pecho. Cada obra ha de llevar la etiqueta de la pureza de intención, la «nata del amor de Dios»; cada transgresión será castigada con el rezo del «Miserére» o una cruz en tierra con la lengua. Para la renovación de la pureza de intención y petición de la ayuda divina se propone la jaculatoria «Jesús mío, misericordia», que repetía millares de veces al día y recomendaba insistentemente a sus dirigidos y misionados. «El sello de todos estos mis propósitos –termina– será la presencia continua de Dios», para lo cual se ayudará de la mencionada jaculatoria y de un ingenioso recurso nemotécnico: a los dedos de la mano.
   
No se trata del cuaderno de un novicio fervoroso; estos 66 propósitos eran la experiencia y ejercicio de veinte años de religioso perfecto. Cinco veces los revisó y copió, poniéndolos a la firma del confesor para tener el mérito de la obediencia. La última ratificación y copia en 1745, a los sesenta y nueve años de edad, testifican la plena validez y eficacia de este manualito privado de ascética y mística, cuya observancia, minuto a minuto, llevó a nuestro Santo a las más altas cumbres de la santidad.
   
La fórmula de la espiritualidad de San Leonardo consistió en la equilibrada combinación de contemplación y acción. O como decía él mismo al definir su vocación: «Misión, estando siempre ocupado por Dios; soledad, estando siempre ocupado en Dios». Eterno ermitaño en su corazón, abandonaba la paz conventual para «la campaña contra el infierno», como llamaba a las misiones populares, el género predilecto de su apostolado, comenzando ya en 1708. Compuestos al principio su Cuaresma y los Sermones de misión, no se cuidó de renovarlos, y repitiéndolos apenas retocados en los mismos lugares –en Roma cerca de veinte veces–, los efectos fueron siempre maravillosos. Con un lenguaje sencillo y directo –una perla rara en aquella época del ridículo y huero barroquismo oratorio–, exponía los novísimos, la gravedad del pecado, los males del escándalo, atacando con especial vehemencia e ironía al chichisbeo, el típico y pecaminoso galanteo de aquel siglo sensual y morboso. Personalmente con los pecadores era sereno, jovial y benigno, poniendo en una buena confesión el fin principal de las misiones.
   
Práctico y organizador, como auténtico genovés, compuso en 1712 el reglamento de misiones, que substancialmente, y aun en muchos detalles, coincide con el método corriente de las actuales misiones populares. Cada misión solía durar de quince a dieciocho días, comenzándose con la entrega del gran crucifijo, que plantaba en el palco o púlpito y señalaba patéticamente al pueblo: «He aquí el compendio de cuanto os vamos a predicar en estos santos días: Jesús crucificado». No se desdeñaba de hacer un moderado uso de piadosos recursos externos para crear y mantener el clima de misión, como tomar la disciplina interrumpiendo el sermón, la procesión de penitencia con el impresionante cuadro del «condenado», las procesiones del entierro de Jesús y de Nuestra Señora del Bello Amor, el lúgubre toque de la «campana del pecador» a las nueve de la noche. La misión terminaba con la solemne erección del vía crucis, «gran batería contra el infierno», de los que erigió 576. En días sucesivos daba pláticas al clero y ejercicios espirituales a las religiosas, forma de apostolado que, como igualmente la dirección espiritual, cultivó con abnegación y esmero. Sigilosamente se retiraba después al retiro más cercano «a predicar la misión a fray Leonardo», es decir, a intensificar su vida de penitencia y de unión con Dios.
   
Es imposible seguir el itinerario de sus cuarenta y cuatro años de misionero, en los que recorrió con los pies descalzos, sin sandalias, todos los caminos de la Italia del Norte y central, dando 339 misiones, reseñadas en el diario de su inseparable compañero fray Diego de Florencia con la anotación de los prodigios obrados en ellas. Particularmente intensas y fructuosas fueron las misiones predicadas en Roma en el jubileo extraordinario de 1740, y, más tarde, en la preparación del Año Santo de 1750, terminado con la solemne inauguración de las estaciones del vía crucis en el Coliseo el 27 de diciembre. Muy curiosas y accidentadas, pero plenamente logradas, las misiones de Córcega en 1744 ante auditorios frecuentemente armados de punta en blanco.
   
«Deseo morir en misión con la espada en la mano contra el infierno» –dice uno de sus propósitos–. Y así fue literalmente. Acabó su última misión el 24 de octubre de 1751 en las montañas de Bolonia; el 26 de noviembre, próximo a cumplir setenta y cinco años, moría en su amado retiro de San Buenaventura de Roma este «gran cazador del paraíso», como le llamaba su amigo Benedicto XIV. Anticipándose en más de un siglo a la «lluvia de rosas» de Santa Teresita, había escrito con fuerte estilo misional: «Cuando muera revolucionaré el paraíso y obligaré a los ángeles, a los apóstoles, a todos los santos, a que hagan una santa violencia a la Santísima Trinidad para que mande hombres apostólicos y llueva un diluvio de gracias eficacísimas que conviertan la tierra en cielo». Fue beatificado el 19 de junio de 1796 y canonizado el 29 de junio de 1867. La iconografía le muestra con el crucifijo misionero en el pecho o en el acto de mostrarlo al auditorio, emblema merecidísimo de este gran propagador del vía crucis y predicador incansable de Jesús crucificado, «principio y fin de toda nuestra obra».
   
ISIDORO DE VILLAPADIERNA (Daniel Agudo González) OFM. Cap. Año Cristiano, Tomo IV, Madrid, Ed. Católica (BAC 186), 1960, pp. 471-475.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que hiciste poderoso en obras y palabras a tu confesor San Leonardo para plegar a penitencia los corazones de los pecadores obstinados, concédenos te suplicamos, que por sus méritos e intercesión, consigamos que nuestros corazones viertan lágrimas de contrición. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 2 de enero de 2021

HACEDLO TODO EN EL NOMBRE DE JESÚS

   
La cosa que pido de vosotros es una ternísima devoción hacia el Santísimo y suavísimo Nombre de Jesús. Este es aquel gran Nombre, conforme oísteis, sobre todo nombre, in cui nos opórtet salvos fíeri, y sin el cual no hay salvación. Oh Nombre Sacratísimo, Nombre de paz, Bálsamo de vida, que fue el centro de todos los suspiros de los más fervientes amantes de Jesús. La señal de quien ama verdaderamente a Jesús es llevar a Jesús impreso en el corazón y nombrar frecuentemente y con devoción el Santísimo Nombre de Jesús. San Pablo Apóstol lo tenía tan impreso en el alma, que a todas horas lo tenía en la lengua y en la pluma, y casi quinientas veces menciona en sus Epístolas el Santísimo Nombre de Jesús. ¡Oh, qué bello lenguaje! San Ignacio Mártir lo llevaba impreso en letras de oro en medio del corazón. ¡Oh, qué bello recamo! El Beato Enrique Susón se lo imprimió en el pecho con una navaja en caracteres de sangre. ¡Oh, qué bella talla! Mi [San] Bernardino de Siena fue el primero que le expusiese en cifra a pública veneración, y con el Santísimo Nombre de Jesús en mano suavizó los corazones más duros, convirtió a los pecadores más obstinados, y reformó casi toda la Italia, y sobre todo quería ver esculpida aquella cifra amorosa del Santísimo Nombre de Jesús en las puertas de las casas, en la cabecera del lecho, en el frontispicio de las iglesias, y sobre todo quería ver esculpido y pintado el Santísimo Nombre de Jesús. Esto precisamente es lo que pido de vosotros, mis dilectísimos oyentes, que todos hagáis esculpir o pinar en las puertas de vuestras casas el Nombre Santísimo de Jesús. He aquí que os muestro el modelo… Ah, no me neguéis esta gracia, que redundará por entero en vuestro bien. Predicando nuestro glorioso San Bernardino en la ciudad de Ferrara asaltada por una fiera pestilencia, exhortó a todos a la devoción y veneración del Santísimo Nombre de Jesús, y todos aquellos ciudadanos se encendieron talmente de tan bella Devoción que pusieron el Santísimo Nombre de Jesús sobre las puertas de sus casas, y con esto quedaron libres del mal contagioso. La misma gracia obtuvieron los de Padua, que a persuasión del Santo abrazaron tan santa Devoción; y en Camaiore, tierra de la República de Lucca, prometió el Santo que si tuviesen esculpido y pintado el Santísimo Nombre de Jesús en las puertas de sus casas nunca serían asaltados por la peste y, conforme prometió, así sucedió, aunque en varios tiempos todos los lugares circunvecinos fueron desolados por símil flagelo. ¿Qué decís, dilectísimos? ¿Tenéis repugnancia a este poco de incomodidad? Pero de gracia ponderad el gran bien que provendrá a todas vuestras casas, estad seguros, que en aquellas casas, sobre cuyas puertas se vea pintado o esculpido el Santísimo Nombre de Jesús, no habrá nada qué temer, ni de luchas, ni de males, ni de infortunios de ninguna clase. ¡Oh, de cuántos rayos, de cuántos desastres serán libres vuestras casas! Ciento, pues, ciento y mil veces benditas aquellas casas que llevarán en frente el Santísimo Nombre de Jesús, y ¡ay de aquellas casas donde no se vea a Jesús!, serán un nido del demonio, y serán sujetas a mil desgracias. Apresuraos a quién lo hace pintar más bello, no perdáis tiempo, casi desde mañana desplegad tan bella Librea del Santísimo Nombre de Jesús. ¡Oh, qué lugar bendito será este; ver todas las casas embellecidas y santificadas por este Santísimo y Suavísimo Nombre! Y porque me parece veros a todos dispuestos, todos inflamados de amor y devoción hacia el Santísimo Nombre de Jesús, tomo ánimo para concluir la Prédica con aquel bello sentimiento del Apóstol: Omne quodcúmque fácitis in verbo, aut in ópere, ómnia in nómine Dómini Nostri Jesu Christi fácite. Sí, sí, todo lo que hagáis, hacedlo todo a honor y gloria de Jesús, y en el Nombre Santísimo de Jesús. Si salís de casa, salid con Jesús vuestro doméstico; si camináis por las calles, caminad con Jesús vuestro compañero; si entráis en la iglesia, entrad con Jesús vuestro Abogado. Jesús sea con vosotros en vuestras labores, Jesús esté entre vosotros en vuestros discursos, Jesús sea para vosotros en vuestros descansos. Nunca salga el sol sin que os encuentre con Jesús, ni el sol se ponga sin que os deje con Jesús. Sea el Nombre de Jesús el que abra vuestra boca en la mañana, y sea el Nombre de Jesús lo último que la selle en la noche; a fin que Jesús sea aquel que recoja en sus brazos vuestra alma cuando deis el último respiro, muriendo con Jesús en los ojos, con Jesús en la boca, con Jesús en el corazón; y espero que os recogerá si sois Hermanos de la Congregación de los verdaderos amantes de Jesús y si hacéis pintar o esculpir sobre la puerta de vuestras casas el Santísimo Nombre de Jesús. Ahora, en señal que queréis obedecer, quiero hacer que todos digáis tres veces en alta voz: ¡VIVA JESÚS, VIVA JESÚS, VIVA JESÚS!
  
SAN LEONARDO DE PORTO MAURIZIO OFM, Prédicas Cuaresmales (Can. Giuseppe Pellegrini, Protonotario Apostólico, compilador), Vol. III. Asís, imprenta de Ottavio Sgariglia, 1806, págs. 325-328. Prédica “De la Persona de Nuestro Señor Jesucristo”, del Domingo de Pasión, parte 2ª, XIII. Traducción propia.

miércoles, 29 de mayo de 2013

DEL MODO DE HACER LA COMUNIÓN ESPIRITUAL

Desde STAT VERITAS.
   

Dejamos dicho que el que asiste a la Santa Misa no debe omitir la Comunión espiritual cuando el sacerdote comulga. Réstanos ahora explicar el modo de hacerlo. Según la doctrina del Santo CONCILIO DE TRENTO, hay tres clases de Comunión: la primera meramente sacramental; la segunda puramente espiritual, y la tercera sacramental y espiritual a la vez (Sesión XIII, cap. VIII).

No se trata aquí de la primera, que consiste en comulgar en realidad, pero en pecado mortal, a imitación del traidor Judas; tampoco hablamos de la tercera, que es la que practican todos los fieles cuando reciben a Jesucristo en estado de gracia. Trátase únicamente de la segunda, que se reduce –según las palabras del mismo Concilio–, a un ardiente deseo de alimentarse con este Pan celestial, unido a una fe viva que obra por la caridad, y que nos hace participantes de los frutos y gracias del Sacramento. En otros términos: los que no pueden recibir sacramentalmente el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, lo reciben espiritualmente haciendo actos de fe viva y de caridad fervorosa, con un ardiente deseo de unirse al soberano Bien, y por este medio se disponen a participar de los frutos de este Divino Sacramento.

Considera bien lo que voy a decir para facilitarte una práctica que tantas utilidades proporciona. Cuando el sacerdote va ya a comulgar, estando con gran recogimiento interior y exterior, modestia y compostura, excita en tu corazón un verdadero dolor de los pecados, y date golpes de pecho para significar que te reconoces indigno de la gracia de unirte a Jesucristo. Después ejercítate en actos de amor, de ofrecimiento, de humildad y demás que acostumbras hacer al acercarte a la Sagrada Mesa, añadiendo a esto el más ardiente y fervoroso deseo de recibir a Jesucristo, que, por tu amor, está real y verdaderamente presente en el augusto Sacramento. Para avivar más y más tu devoción, figúrate que la Santísima Virgen, o tu Santo Patrón, te presenta la Sagrada Hostia, y que tú la recibes en realidad y como si abrazaras estrechamente a Jesús en tu corazón, y repite una y muchas veces en tu interior estas palabras dictadas por el amor:
«Venid, ¡Jesús mío!, mi vida y mi amor, venid a mi pobre corazón; venid y colmad mis deseos; venid y santificad mi alma; venid a mí, ¡dulcísimo Jesús! Venid».
Permanece después en silencio, contempla a tu Dios dentro de ti mismo; y como si hubieses comulgado realmente, adórale, dale gracias y haz todos los actos que se acostumbran después de la Sagrada Comunión.

Ten por cierto, amado lector, que esta Comunión espiritual, tan descuidada por los cristianos de nuestros días, es, sin embargo, un verdadero y riquísimo tesoro que llena el alma de bienes infinitos; y, según opinión de muchos y muy respetados autores, –entre otros el P. RODRÍGUEZ, en su obra De la perfección cristiana–, la Comunión espiritual es tan útil, que puede causar las mismas gracias y aun mayores que la Comunión sacramental. En efecto, aunque la recepción real de la Sagrada Eucaristía produzca por su naturaleza más fruto, puesto que, siendo sacramento, obra por su propia virtud; puede no obstante suceder que un alma deseosa de su perfección haga la Comunión espiritual tan humildemente, con tanto amor y devoción, que merezca más a los ojos de Dios que otro comulgando sacramentalmente, pero con menor preparación y fervor.

Se conoce cuánto agrada a Jesucristo esta Comunión espiritual, en que muy frecuentemente se ha dignado escuchar –por medio de patentes milagros–, los piadosos suspiros de sus servidores, unas veces dándoles por sus propias manos la Comunión sacramental, como a Santa Clara de Montefalco, a Santa Catalina de Sena y a Santa Ludovina; otras por manos de los Ángeles, como a mi Seráfico Doctor San Buenaventura, y a los obispos Honorato y Fermín, y alguna vez también por el ministerio de la augusta Madre de Dios, que por su misma mano dio la Sagrada Comunión al Beato Silvestre. Rasgos tan tiernos por parte de Dios no deben asombrarte, si consideras que la Comunión espiritual inflama las almas en el fuego de un santo amor, las une a Dios y las dispone a recibir las más señaladas gracias. ¿Y será posible que tantas utilidades no te causen alguna impresión y continúes siempre en tu indiferencia e insensibilidad? ¿Qué excusa podrás alegar desde ahora para descuidar todavía una práctica tan útil y tan santa? Resuélvete, pues, de una vez a servirte de ella frecuentemente, advirtiendo que la Comunión espiritual tiene sobre la sacramental la ventaja de que ésta no puede recibirse más que una vez al día, mientras que aquélla se puede renovar, no solamente en todas las Misas a que asistas, sino también en todas las horas del día; de mañana y tarde, por el día y por la noche, en la iglesia y en tu aposento, sin que para esto necesites el permiso de tu confesor; en una palabra, cuantas veces practiques lo que acabo de prescribirte, otras tantas harás la Comunión espiritual, y enriquecerás tu alma de gracias, de méritos y de toda clase de bienes.

Tal es el objeto de este opúsculo: inspirar a cuantos lo lean un santo deseo de introducir en el mundo católico la piadosa costumbre de oír todos los días la Santa Misa con una sólida piedad y verdadera devoción, haciendo en ella siempre la Comunión espiritual.

¡Ah, qué dicha si pudiera conseguirse! Entonces se vería reflorecer en todo el mundo aquel fervor tan admirable de los felices siglos de la primitiva Iglesia en que los cristianos recibían diariamente la Divina Eucaristía asistiendo al Santo Sacrificio. Si no eres digno de recibir a Dios tan a menudo, procura a lo menos oír todos los días la Santa Misa y hacer en ella la Comunión espiritual. Si yo lograse persuadirte de esta piadosa práctica, creería haber ganado todo el mundo, y tendría la dulce satisfacción de haber empleado bien el tiempo y mis trabajos.

Y a fin de echar por tierra todas las excusas que acostumbran alegar los que pretenden dispensarse de asistir a la Misa, pondré en el capítulo siguiente varios ejemplos adaptados a toda clase de personas, para que todos comprendan que si se privan de un tan gran tesoro, esto nace, o bien de su negligencia, o bien de su tibieza y repugnancia a todas las obras de piedad, por cuyas causas les esperan amargos remordimientos para la hora de la muerte.

SAN LEONARDO DE PORTO MAURIZIO