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viernes, 5 de julio de 2024

SAN ANTONIO MARÍA ZACCARÍA, FUNDADOR DE LOS BARNABITAS


Nació en Cremona (Italia) el año 1502 y murió en la misma ciudad el 5 de julio de 1539. Basta la escueta indicación de estas fechas para comprender la trascendencia que, para la vida de la Iglesia, tuvieron los días que vivió Antonio María Zacarías. Inquietud y aspiración de reforma, ansias de renovación por caminos no siempre gratos a la jerarquía eclesiástica, miedo pusilánime en unos y excesos imprudentes en no pocos, definen el clima en el que debía germinar la semilla de un nuevo reformador santo, entre otros que, como San Cayetano de Thiene y San Ignacio de Loyola, produjo la Iglesia católica en el siglo XVI. Reformador, santo y, además añadimos, precursor del gran San Carlos Borromeo en la elevación espiritual de la diócesis de Milán.
   
Antonio María fue obra de la gracia, que comenzó por materializarse en el regalo de una piadosísima madre; de su seno salió a contemplar la luz de este mundo y de sus brazos tuvo la dicha indecible de volar a contemplar la claridad de Dios. La buena Antonieta Pescaroli recibió con conciencia de responsabilidad el encargo y la confianza que la Providencia en ella depositó al darle un hijo para hacer de él un buen cristiano; por fidelidad a él, y para mejor dedicarse a su formación, rehusó la joven viuda un nuevo matrimonio. Antonio María Zacarías pudo así aprender de su madre a ser pobre para poder ser caritativo, hasta tanto que, con el fin de facilitar a ésta el ejercicio de la caridad en favor de los necesitados, renunció notarialmente a los bienes que le correspondían por herencia paterna; se nos hará, pues, natural que, como un necesitado más, solicite humilde de su madre lo indispensable para su sustento, sin permitirse jamás nada que pueda parecer superfluo o lujoso; para Antonio María supondría ello privar a otros de lo necesario para vivir.
   
Quiso prepararse por el estudio de la medicina para ser un ciudadano útil a sus hermanos los hombres. Pero el Señor le quería escoger para curar dolencias de otra índole. En los años de estudiante la piedad y amor a la Santísima Virgen, a quien había consagrado su virginidad, sostuvo firme su propósito de virtud y su espíritu de caritativo servicio a los hermanos, que fue poco a poco transformándose en el deseo de ser sacerdote. Pero, a pesar de que la decadencia de las costumbres, aun en el clero, hiciera a sus contemporáneos poco respetable la dignidad sacerdotal, supo él descubrir la grandeza de la misión del sacerdote, a la vez que la profundidad de su indignidad, de manera que sólo por el prudente consejo de su director espiritual se decidiera a entrar por el camino del sacerdocio.
   
En una época en que la Reforma de la Iglesia aspiraba no solamente a la purificación de las costumbres, sino a la consolidación de la doctrina, no bastaba ser virtuoso para responder a las exigencias que su tiempo tenía, consciente o inconscientemente, respecto de los sacerdotes. Hacía falta doctrina sólida inspirada precisamente en las fuentes puras de la revelación, en la Sagrada Escritura. Visto desde la perspectiva del siglo XX, nos parece sumamente moderno y actual el esfuerzo puesto por Antonio María Zacarías, estudiante para el sacerdocio, de llegar a la comprensión de la doctrina católica, en la teoría y en el espíritu de San Pablo, a través de sus preciosas epístolas. Libertad y gracia, virginidad y cuerpo místico, locura por Cristo crucificado y desprecio de las realidades terrestres, son unos de los muchos temas en los cuales se fue empapando el futuro apóstol y reformador, cuya íntima preocupación no fue otra que la de reproducir la imagen del apóstol Pablo, gran enamorado de Cristo.
   
Once años escasamente fue Antonio María sacerdote; pero los santos saben vivir con intensidad su tiempo, y así debió vivirlo quien en tan poco tiempo mereció ser llamado por su bondad y caridad, por su prudencia y celo, el “Ángel de Cremona” y el “Padre de la Patria”. Su madre le enseñó a compadecer y a aliviar el sufrimiento ajeno, y, ordenado sacerdote, no tuvo que hacer otra cosa que seguir la misma trayectoria, poniendo al servicio de sus hermanos el gran don del sacerdocio, que fue en él luz, mortificación, amor.
   
En un siglo de exaltación de la razón y de la cultura, y de optimismo desbordado por los valores humanos, Antonio María Zacarías luchó por llevar a los creyentes la ceguera de la fe y la locura de la cruz; la Eucaristía y la Pasión fueron las devociones que con mayor ardor trató de inculcar en el pueblo cristiano, y aún perduran todavía ciertas prácticas que él introdujo, como son el recuerdo piadoso de la Pasión y de la muerte del Señor al toque de las tres de la tarde de todos los viernes, y la práctica de las Cuarenta horas de adoración al Santísimo Sacramento, solemnemente expuesto sucesivamente en diversas iglesias para salvar la continuidad del culto.
   
Los santos no suelen ser guardianes egoístas de los tesoros que en ellos deposita la gracia; buscan la comunicación abundante y fecunda, en vistas a una mayor eficacia apostólica; por esto es frecuente que en torno a ellos surjan familias religiosas vivificadas por su espíritu y penetradas de su misma inquietud apostólica. Antonio María descubrió en el mundo en que la Providencia le situó, una gran indigencia; vio en su cristianismo una radiante luz que la colmara; y su vida personal, lo mismo que la de los clérigos de la Congregación de San Pablo, no será otra cosa que la dedicación a la obra de la salvación de los hermanos, en el sacrificio total de las apetencias puramente personales. Así nació en Milán esta asociación para la reforma del clero y del pueblo, que más tarde sería conocida con el nombre de los “barnabitas”, por la sede en que se instalaron definitivamente a partir del año 1545, la iglesia de San Bernabé. Clemente VII la aprobó con el breve “Vota per quæ vos” el 18 de Febrero de 1533. Un sacerdote y un seglar, Bartolomé Ferrari y Jaime Antonio Morigia, fueron sus primeros colaboradores. Y no solamente en el espíritu y la doctrina quisieron estos hombres de Dios imitar a San Pablo; como éste en el foro, se lanzaron ellos a las calles de Milán, predicando, mucho más que por la preparación de su elocuencia, por la austeridad y la mortificación de la vida. No faltaron quienes se escandalizaron ante estas santas “excentricidades”, acusándoles de hipócritas y aun heréticos. Se les promovió una causa ante el senado y la curia episcopal de Cremona, de la que la nueva asociación salió fortalecida, pues le valió la bula Dudum felíis recordatiónis de Paulo III, quien el año 1543 con la bula Pastorális offícii cura, puso a la nueva Congregación religiosa bajo la inmediata jurisdicción de la Santa Sede.
   
Con el fin de llevar el espíritu de la Reforma a las jóvenes y a las mujeres, Antonio María transformó un instituto erigido, con esta finalidad por la condesa Luisa Torrelli de Guastalla en monasterio de religiosas que tomará por nombre el de Angélicas, que fue también aprobado por Pablo III por la bula Débitum pastorális. Siguiendo fiel a su espíritu, la base de la transformación religiosa y moral la puso el fundador en la instrucción religiosa, sin la cual no puede existir una verdadera reforma. San Carlos Borromeo se sirvió de ella aun para la reforma de los monasterios, elogiándola tanto que la llamó «la joya más preciosa de su mitra».
   
No sería completa la reseña sobre la obra de San Antonio María Zacarías si pasáramos por alto una de sus preocupaciones que plasmó en una realización que a nosotros, hombres del siglo XX, nos parece especialmente interesante y actual. Consciente por experiencia propia de lo que la vida familiar, honradamente vivida, puede colaborar en la elevación de las costumbres privadas y públicas, creó una Congregación para los unidos en matrimonio, ordenada a la reforma de las familias.
   
Al echar ahora una mirada retrospectiva sobre la vida de Antonio María, canonizado el 27 de mayo de 1890 por Su Santidad el Papa León XIII, llama poderosamente la atención no sólo la abundancia de su obra, realizada en tan breve espacio de tiempo, sino también, y en mayor grado aún, la perspicacia y claridad de la visión que tuvo de los problemas, que le hizo buscar los remedios verdaderos y permanentes de todas las situaciones difíciles de la vida de la Iglesia: el estudio de la verdad, el amor de la caridad, el sacrificio por el hermano. Por esto San Antonio María Zacarías nos parece aun hoy un santo moderno, actual, capaz de iluminarnos con el resplandor de su vida y de su espíritu.
   
P. JOSÉ MARÍA SETIÉN ALBERRO. Año Cristiano, Tomo III (Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1966).
  
ORACIÓN
Oh Señor Dios nuestro, haznos aprender el conocimiento supremo de Jesucristo según el espíritu del Apóstol San Pablo: en el cual el bienaventurado San Antonio María, habiendo sido maravillosamente educado, reunió en tu Iglesia nuevas familias de clérigos y vírgenes. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

miércoles, 26 de junio de 2024

NOVENA EN HONOR A SAN ANTONIO MARÍA ZACCARIA

Traducción y adaptación de la Novena publicada en la Vida de San Antonio María Zaccaria escrita por un padre barnabita y publicada en Milán en 1849, con licencia eclesiástica.
   
NOVENA EN HONOR A SAN ANTONIO MARÍA ZACCARIA

   
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, mi Padre, mi Criador, mi Redentor y Salvador, a mí me pesa de haberos ofendido, por ser quien sois, y tan digno de ser amado; y por tanto delante de Vos confieso y lloro mi culpa, esperando vuestra Misericordia, y con la confianza de que me ayudareis con vuestra Divina gracia a perseverar en vuestro amor, sin ofenderos, hasta el fin de mi vida. Amén.
   
DÍA PRIMERO – 26 DE JUNIO
Oh gran Siervo de Dios, vos estuvisteis siempre inflamado de viva fe, y os esforzasteis en despertarla y alimentarla en los prójimos con vuestros sermones; haced que nosotros creamos de corazón para adquirir la justicia, y nos confesemos fieles con las obras para procurarnos la salvación. Amén.
   
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria.
   
℣. Rogad por nosotros, bienaventurado San Antonio María.
℟. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.
   
ORACIÓN
Oh Señor Dios nuestro, hacednos aprender el conocimiento supremo de Jesucristo según el espíritu del Apóstol San Pablo: en el cual el bienaventurado San Antonio María, habiendo sido maravillosamente educado, reunió en vuestra Iglesia nuevas familias de clérigos y vírgenes. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
    
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén
    
DÍA SEGUNDO – 27 DE JUNIO
Por la señal…
Acto de contrición.
   
Vuestra esperanza en Dios, ¡oh San Antonio María!, cuánto reprueba nuestra desconfianza. Sabiendo bien que ninguno de los que esperó en Él fue confundido, vos casi desde vuestros más tiernos años renunciasteis a las riquezas y a las comodidades, y pobre de espíritu y alejado del mundo pusisteis vuestra confianza solamente en Dios; impetradnos que, desprendidos de los bienes de este mundo, confiemos únicamente en Dios, que puede hacernos eternamente felices. Amén.
   
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración se dirá todos los días.
    
DÍA TERCERO – 28 DE JUNIO
Por la señal…
Acto de contrición.
   
Oh Serafín de amor, que muerto a todo afecto terreno, os consagrasteis por entero en amar a Dios y promover Su gloria; obtened también para nosotros que, amando al Sumo Bien con todo el corazón, con toda la mente, y con todas las fuerzas, podamos conseguir la corona de la vida que Dios ha prometido a quienes vetdaderamente Lo aman. Amén.
   
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración se dirá todos los días.
     
DÍA CUARTO – 29 DE JUNIO
Por la señal…
Acto de contrición.
   
Mas cuanto fue grande en vos, ¡oh ternísimo San Antonio María!, la caridad hacia Dios, otro tanto lo fue la que alimentasteis por el prójimo: vuestra vida fue un ejercicio incesante de obras de misericordia: Los ignorantes, los pobres, los atribulados, los peregrinos y los enfermos fueron el objeto más querido de vuestras premuras; intetponeos ante el Señor, a fin que, movidos a compasión por las miserias ajenas, les proveamos según nuestras fuerzas, y así merezcamos el ser invitados por Jesucristo en el día del Juicio a participar de los bienes preparados a los que socorren a los indigentes. Amén.
   
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración se dirá todos los días.
     
DÍA QUINTO – 30 DE JUNIO
Por la señal…
Acto de contrición.
  
Oh purísimo San Antonio María, que siempre vivisteis tan casto en los pensamientos y en los afectos, tan modesto en las palabras y tan inmaculado en las obras que merecisteis el título de hombre angélico, os rogamos nos alcancéis el triunfo sobre el mundo, la carne y el demonio, que por todas partes tiende insidias para arrastrarnos a aquel vicio ignominioso que el Apóstol no quiere ni siquiera que sea nombrado por los cristianos. Amén.
   
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración se dirá todos los días.
    
DÍA SEXTO – 1 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
Vos, ¡oh San Antonio María!, desde pequeño aprendisteis de vuestra piadosa madre que la obediencia es más agradable a Dios que las víctimas, y por tanto pusisteis toda diligencia por someter vuestra propia voluntad a la de los otros, y procurasteis santificar con el mérito de la obediencia incluso las más mínimas acciones; obtenednos del Señor el don de una perfecta sumisión a su Ley, a los mandatos y deseos de los Superiores, y de seguir la voluntad de los otros en todo cuanto no sea pecado, y así conformarnos a Jesucristo, que fue obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Amén.
   
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración se dirá todos los días.
    
DÍA SÉPTIMO – 2 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
Como la santa humildad fue siempre, ¡oh San Antonio María!, la virtud más preciosa y amada para vos, en tanto fundamento de todo bien, fuga de todo peligro, y conocimiento de nuestra vileza y de nuestra nada; impetradnos también aquel espíritu de cristiana humildad, por el cual, hechos como niños ante Dios, seamos hallados dignos de entrar en el reino de los cielos. Amén.
   
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración se dirá todos los días.
    
DÍA OCTAVO – 3 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
Precisamente porque fuisteis humilde de corazón, ¡oh invitcto Héroe!, fuisteis paciente en los trabajos; vos os reconocíais vil, abyecto y merecedor solamente de tribulaciones y de flagelos; y sin embargo en las calumnias que se levantaron contra vos os gozasteis de padecer con Cristo; impetradnos por tanto de Dios la gracia de soportar con voluntad resignada a Él las dificultades y afanes de la vida, a fin de que con la paciencia lleguemos a poseer nuestras almas aquí y en la eternidad. Amén.
   
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración se dirá todos los días.
   
DÍA NOVENO – 4 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
Aun cuando fuesen graves, ¡oh piadosísimo Sam Antonio María!, vuestras ocupaciones, nunca abandonasteis el ejercicio de la oración, en la cual hallasteis sabiduría en las empresas, fidelidad en las tentaciones, fortaleza en las adversidades, constancia y ardor en el celo por ls salvación de las almas: por eso os pedimos que nos obtengáis que la oración sea el alimento más agradable para nuestra alma, a fin que podamos conseguir todas las gracias que nos son necesarias, especialmente la mayor de todas, cual es la perseverancia final. Amén.
   
Rezar un Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Oración se dirá todos los días.

miércoles, 18 de febrero de 2015

DEL ESCASO PROGRESO ESPIRITUAL, POR SAN ANTONIO MARÍA ZACCARIA

San Antonio María Zaccaria
 
Queridos: Considerando el motivo de nuestro escaso progreso y provecho en la vida espiritual, no me cabe pensar que esté ocasionado por Dios sino –como suele decirse– permíssive: pues (Dios) es quien de la nada produjo tantas criaturas espirituales y corporales; es quien detuvo el sol en tiempos de Josué (Jos. 10,12ss) y lo hizo retroceder en unos cuantos grados en tiempos del rey Ezequías, como señal de su liberación (2 Re. 20,10ss); Él prendió fuego en la zarza y no se consumía (Éx. 3, 2); redujo el poder del fuego, o bien lo volvió refrigerio para aquellos tres jóvenes Sidrac, Misac y Abdénago (Dn. 3,49ss); Él infinitas veces ha amansado las fieras para nuestros Santos y Él hizo que la Virgen engendrara y que Dios muriera.
  
No habrá, pues, nada imposible para el Omnipotente (Lc. 1,37). Y más fácilmente se admitirá que está en su poder el acrecentar y continuar el efecto de su acción en el ser, si pudo hacerlo de la nada. Dios no es como el hombre, quien a menudo comienza una obra y después no la lleva a término. Dios, queridos, es inmutable.
   
¿Acaso le faltan medios? No, no. Supo darle tal estabilidad a la tierra, que es un milagro el solo pensarlo. Tú ves como un terrón, arrojado al agua, va hacia abajo, y sin embargo la misma tierra a pesar del agua que recoge, no cae. Supo suspender las aguas sobre los cielos, y no caen. Supo liberar a los hijos de Israel -rodeados por los Egipcios y los cerros- secando el mar y haciéndolos pasar a pie y de improviso sumergiendo a los Egipcios (Éx. 14, 9ss). De la roca hizo botar agua (Éx. 17, 6) y con el leño amargo endulzar las fuentes amargas (Éx. 15, 25).
  
Supo ordenar a las criaturas en la forma admirable que ves. Mira cómo el hombre, libre, es guiado por la Providencia de forma tal que lo estimula e impulsa a entrar, pero NO LO OBLIGA NI FUERZA.
 
¡Oh!, ¡sabiduría sobre toda sabiduría! Oh!, ¡luz inaccesible que vuelve a los doctos ignorantes y a los videntes ciegos; y, en cambio, a los rudos los hace sabios y a los rústicos y pescadores, doctores y maestros!
   
Por eso, ¿cómo podrás creer, Queridos, que el Abismo de la Sabiduría haya fallado en esto y no haya sabido conducir su obra? No lo creas, pues “attíngit a fine úsque ad finem [fórtiter] et dispónit ómnia suáviter” se extiende de un confín a otro con fuerza y todo lo gobierna con bondad (Sap. 8, 1). Tampoco podrás imaginarte (si tienes una pizca de sentido común) que la Bondad infinita se haya movido por sí misma para hacer los cielos, los elementos, los animales, las plantas, minas y rocas para el hombre; y más, haber hecho el hombre a su imagen y semejanza, depositario de su gracia, receptáculo de su beatitud; más, haberle suministrado tantas ayudas, como su Ley, los santos Patriarcas y Profetas, las continuas inspiraciones y ministerios de los Ángeles e infinitos beneficios más; y, regalo mayor entre todos el más maravilloso, haberle dado a su propio Hijo en servicio, precio y muerte; haber hecho para él todo lo que podía hacer (como personalmente decía: “Quid tibi pótui fácere et non feci?” ¿Qué otra cosa pude hacer y no hice? – Is. 5,4), haberle hecho, repito, todo lo que podía hacer, ¿y después quisiera abandonarlo? Estoy cierto que algo así no puedes siquiera imaginarlo.
   
De aquí concluyes, Queridos, que -pudiendo Dios adelantar su obra en tí, y sabiendo usar todos los modos, todos los caminos, todos los medios, y al haberte dado el buen querer, NO DEPENDE DE ÉL SI TÚ NO PROGRESAS.
   
Hermanos, ¿darían ustedes su vida para la salvación del prójimo para quitarle después vuestros bienes? ¿Gastarían su vida y sus bienes para sus hijos y, después, los dejarían morir por no darles un vaso de agua? No, no; quien da lo más, suele también dar lo menos.
  
Tengan por cierto que la Bondad infinita nos congregó principalmente para nuestra salvación y para progreso espiritual de nuestras almas; y no hay que valorar poco esta nuestra Fe: es un gran beneficio y una gracia particular de la Bondad divina; esto lo constatarán después, aunque ahora aun no lo vean.
 
En fin: DIOS NO ES CULPABLE SI NO PROGRESAMOS EN LA VIDA ESPIRITUAL.
   
Tampoco puedes acusarlo -si miras con el ojo perspicaz y sano de tu mente- de que te haya ordenado algo difícil o desproporcionado a tus fuerzas, pues el fiel y justo dispensador de todas las cosas y a cada uno da según su propia capacidad y sus propias fuerzas (Mt. 25,15).
  
Y sobre todo a nosotros, los cristianos, digo, nos dio una ley de amor y no de temor; de libertad de espíritu y no de esclavitud; y una ley inscrita en nuestros corazones (Rm. 2,15) y que todo hombre puede conocer por sí mismo. No hace falta ya que tú interrogues a tu prójimo: consulta tu corazón y él te responderá.
  
Y si además quieres ahondar en el tema, fíjate en los elementos, fíjate en todas las criaturas sensibles y no sensibles, y ellas te instruirán acerca de tu ley: tu ley es ley de amor; tu ley es suave yugo; tu ley es refrigerio de tu corazón, tu reposo y tu vida, pues Nuestro Señor Jesucristo vino a la tierra para que “vitam habéres, et abundántius habéres” tú tuvieras vida y la tuvieras en abundancia (Jn. 10,10).
   
¡Oh, Queridos! ¿Quién será el culpable si tú avanzas poco? Ya ves que no es la impotencia de Dios, pues “non est impossíbile ei omne verbum” para Dios no hay nada imposible (Lc. 1,37), “et non est qui póssuit resistére voluntáti suæ” y nadie puede oponerse a su voluntad" (Est. 13,9).
   
No es su ignorancia, pues “ómnia vídet, et ómnia scit, et ómnia nuda sunt et apérta óculis ejus” ve todo y sabe todo, y todo está desnudo y descubierto a sus ojos (Heb. 4,13).
   
No es su bondad pues, habiéndote dado a su mismo Hijo, ¿cómo es posible que con Él no te haya dado y te dará todo? (Rm. 8,32).
  
No es porque su ley pueda ser imposible y desproporcionada para tí, porque para tí es natural el amar (Dt. 30,11).
   
Di la verdad: ES POR TU CAUSA.
   
¿Por qué el pueblo de Dios es llevado en esclavitud? Por no tener ciencia (Is. 5,13). ¿Por qué el hombre, tan elevado en honor, decayó y se hizo similar a las bestias? Por no entender (Sal. 48,13). ¿Por qué los Sodomitas no entraron en la casa de Lot? Porque no dieron con la puerta (Gen. 19,11). ¿Por qué no subes a la buhardilla? Porque no te sirves de la escalera.
  
Es necesario que el hombre que quiere llegar a Dios vaya por gradas, y ascienda de la primera a la segunda, de ésta a la tercera, y así sucesivamente; no puede comenzar de la segunda grada saltándose la primera, pues sus piernas son demasiado cortas, sus pasos demasiado chicos. Así que, por no haber puesto los cimientos, no puedes edificar.
    
Queridos, si quieren cumplir con la ley de Cristo, es necesario que guarden, en primer lugar, la ley antigua. No se turben: hay que entenderlo rectamente. En la ley antigua hay tres clases de mandamientos: morales, jurídicos y rituales. De éstos LOS RITUALES HAN CADUCADO, pues eran figura: al venir la luz, ya no hay tinieblas; al venir la realidad, no es necesario guardar la figura. TAMBIÉN LOS JURÍDICOS HAN CADUCADO, pues las leyes se hacen según la cualidad de las personas: por esta razón los esclavos tienen otras leyes que los libres, y las leyes de una ciudad no valen para otra. Tanto más nosotros debemos diversificarnos de los Judíos, en cuanto ellos eran guiados por el temor, nosotros por el amor. PERMANECEN SÍ LOS PRECEPTOS MORALES, por ser preceptos naturales: por ende los preceptos del Decálogo son obligatorios también para nosotros. Como prueba de lo dicho, acuérdate que Moisés recibió los diez mandamientos de Dios en el Monte; al bajar y encontrar que el pueblo había prevaricado contra Dios, los arrojó al suelo y los quebró (Éx. 32,15ss). Volvió por segunda vez al Monte y recibió nuevamente de Dios esos mismos diez Mandamientos. Esto significaba que su observancia debía ser continua y obligatoria no solo para los Hebreos, sino también para los Cristianos.
  
Que el guardar los Mandamientos debe preceder el seguimiento de Cristo, Él mismo te lo demostró, cuando aquel adolescente lo interrogó y le dijo: “Señor, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”. Le contestó nuestro Salvador: “Guarda los Mandamientos”. Y él contestó: “Los he guardado desde mi juventud”. Entonces Cristo le dijo: “Si vis perféctus esse: vade vende quæ habes, et da paupéribus, et habébis thesáurum in Cœlo: et veni, séquere me”: si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el Cielo; después ven y sígueme (Mt. 19,16-21).
  
Por tanto con esto entiendes que -antes de dar el paso y caminar por la vía de la perfección, como se propone esta nuestra .N.- es necesario que guardes antes los diez Mandamientos, que pienso no guardas. Vuelva, pues, cada uno en sí mismo y vea qué hace. Y para no dilatar mucho, tratamos el primer (Mandamiento), que es sobre el honor de Dios. Además de lo que les diré, sírvanse investigar con esmero, y por sí mismos, su conciencia, porque si no se esfuerzan en guardar los Mandamientos, tengan por cierto que jamás progresarán.
   
El primer Mandamiento, pues, es éste: “Yo soy Dios tu Señor, que te he sacado de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre. No tendrás otros dioses delante de mí; no harás escultura, figura o imagen de ninguna cosa que esté en el cielo, en la tierra o en las aguas. Yo soy el Señor tu Dios: fuerte, celoso, que cobro las iniquidades de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación, y tengo misericordia en miles de generaciones por los siglos de los siglos por aquellos que me aman” (Éx. 20,2-6).
   
En el principio de estas palabras, Queridos, Dios trata del beneficio de la creación, del gobierno y de la reparación humana: cuando dice “Yo soy” –“Qui est misit me ad vos” El que es me ha enviado a ustedes (Éx. 3,14)– y cuando dice “Yo soy tu Dios”, trata de la creación; pues ¿quién puede sacar algo de la nada, sino Él que es? Y crear no significa más que de la nada sacar y producir algo en el ser.
   
Cuando dice “Señor”, concierne al gobierno, pues no hay patrón sin servidumbre.
  
Y cuando dice “Que te ha sacado de Egipto y de la esclavitud”, trata del beneficio de la liberación de los pecados y del reino del demonio, y de la reparación.
   
Después te entrega el Mandamiento: “No tendrás otros dioses delante de mí”; es decir, no adores a los demonios en ninguna forma, eso es no trabes amistad con ellos, y no tan solo con encantamientos, artes mágicas -que, pienso, no harás-, sino también con ser curiosos investigadores de cosas futuras e interpretar sueños, escoger los días para cabalgar, hacer ternos y mil otras fruslerías.
   
También dice: “No te harás escultura ni imagen alguna”: que se interpreta como no querer seguir pareceres e inventos humanos, como herejías, opiniones nuevas de los hombres, y, en fin, no querer conducirse según el común sentir de la Iglesia.
  
Continúa diciendo Dios: “No harás figura de criatura alguna que esté en el cielo, o en la tierra o en las aguas”; especialmente no pondrás en ellas tu fin
   
Por eso concluye: “No las adorarás”. Y para amedentrar a los malos, añade: “Yo soy tu Dios, fuerte, vengador de las ofensas; cobro estricta cuenta y uso severa justicia, porque castigo los pecados de los padres incluso en los hijos, y ésto hasta la cuarta generación; pero a los que me aman -lo que se demuestra guardando mis Mandamientos (Jn. 14,15)- otorgo beneficios en todas sus generaciones”.
   
Tú entiendes, Queridos, qué quiere Dios de ti. Pero eleva un poco tu inteligencia y te hallarás infringir este Mandamiento: en primer lugar tienes otros dioses delante de Dios.
  
¿Quién es el primer enemigo de Dios? Es la soberbia. Y fue el demonio quien primero apostató de Dios (1Jn. 3,8), y el comienzo de la separación de Dios no es más que la soberbia, como dice (la Escritura): “El inicio del alejamiento de Dios es la soberbia” (Eclo. 10,14). Y el demonio es un espíritu inmundo (Mc. 5,8), “et inmúndus est omnis spíritus qui exsáltat cor suum” Dios abomina al de corazón altivo (Pro. 16,5). Y Dios resiste a los demonios como a sus enemigos, y de los soberbios se dice que Dios les resiste (Sant. 4,6).
  
Cada vez que haces algo relacionado con la soberbia, tienes otros dioses delante de Dios. Fíjate si tienes soberbia en el vestir, en el aderezar una buena, exquisita y soberbia mesa según tu categoría, en el decorar la casa, en tu hablar –como: gritonear, alabarte, reprochar a los demás, y en mil otros modos–, en tu pensar y en el juzgar los hechos ajenos.
  
No hay mayor soberbia que el juzgar ni cosa por la que más Dios abandone al hombre. En todas partes de la Escritura Dios pregona que no juzguemos a los demás, sino a nosotros mismos; y tantos ejemplos refieren los Santos para condenar este juzgar, que ocuparía el día con sólo contar una parte de ellos. Saca esta conclusión: el principio de la ruina espiritual es el juicio.
   
Otras cosas más muestran al hombre soberbio, pero, querido, investígalas tú mismo y las hallarás; al encontrarlas reconocerás que tienes otros dioses delante de Dios. Dicha soberbia no es de temer solamente en las obras malas, sino aún más en las buenas.
   
Los Fariseos eran condenados por Cristo porque en sus limosnas iban presumiendo (Mt. 6,2); desfiguraban su rostro, para que se notaran sus ayunos (Mt. 6, 16); hacían largas oraciones en las esquinas de las plazas para que se les viera (Mt. 6, 5), y, peor, en sus oraciones ante Dios se alababan a sí mismos, como aquel fariseo que decía: “Dómine, grátias tibi ago etc. Jejúno bis in sábbato, décimas do, etc. Non sum sicut cœ́teri, etc.” Señor te agradezco, etc. Ayuno dos veces la semana, pago el diezmo, etc. No soy como los demás, etc. (Lc. 18, 11-12). ¿No te parece que éste tuviese otros dioses delante de Dios?
   
Por lo tanto, no presumas por tus oraciones, tus ayunos, tus Confesiones o Comuniones, sino que llévate humildemente como pecador y pobre, y más a menudo que los demás, como más pecador que ellos.
   
Te hiciste, Querido, figuras e imágenes. Pusiste tu corazón más de lo debido en tu mujer: no condeno el matrimonio, más bien te digo: debes respetarlo y proceder con temor, como sacramento que es, no perderte en él como hacen los incultos. Recuerda que la castidad y santidad es la voluntad de Dios: “Hæc es volúntas (Dei): sanctificátio vestra etc.” (1Ts. 4, 3).
  
Da un paso más: tienes tu corazón puesto en los bienes. Piensa que todo medio ilícito de conseguir bienes es causa de perdición eterna, sea adquiriéndolos en forma indebida como reteniéndolos, o de otra forma. Y no sólo esto, no; además es causa de infinitos males, que tú mismo podrás señalar. Y no te olvides que el Señor las compara a las espinas que, al nacer, ahogan el trigo (Mt. 13, 7).
  
San Pablo dice que la codicia es causa y raíz de todo mal (1Tm. 6, 10) y la avaricia “quod est ídolorum servitus” es idolatría (Ef. 5, 5). Nuestro Salvador afirma que en la avaricia se extingue la caridad: “Crecerá la iniquidad de muchos, por eso se extinguirá la caridad” (Mt. 24, 12). Y Pablo dice que en estos últimos tiempos reinarán hombres soberbios, audaces, fanfarrones, disolutos, avaros y seguidores de sus propios pareceres (2Tm. 3, 1-3).
  
Al concluir decimos que no somos observantes del culto de Dios, sino descarados prevaricadores. La causa, pues, de nuestro escaso provecho no es Dios ni la ley, o que nosotros no podamos; es que no respetamos la jerarquía de valores, y queremos dárnoslas de maestros antes de ser discípulos.
  
Por tanto procuremos primero guardar los Mandamientos de Dios, después alcanzaremos la libertad de espíritu. Dios quiera dárnosla por su bondad. Amén.