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viernes, 9 de agosto de 2019

NOVENA EN HONOR A SANTA ELENA EMPERATRIZ

Novena compuesta a mediados del siglo XIX, y aprobada por Mons. José Ignacio Montoya Palacio, Obispo de Medellín, el 17 de Enero de 1877.
  
ADVERTENCIA
El objeto principal de esta Novena es pedir a Dios, por la intercesión de Santa Elena, el triunfo de las armas católicas sobre los enemigos y perseguidores de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, de su Iglesia y de su moral divina, y el remedio de todas las calamidades públicas. Será lo más conveniente que los fieles se preparen, por medio de la confesión y de la comunión, para merecer, en estado de gracia, ser escuchados en sus oraciones. La Novena puede hacerse en cualquier tiempo; pero los principales son:
  • nueve días antes del 18 de Agosto, en que se celebra la fiesta de la Santa;
  • o del 3 de Mayo, día de la Invención de la Santa Cruz;
  • o del 16 de Julio, o del 14 de Septiembre, en que se celebran el Triunfo y la Exaltación de la misma Santísima Cruz.
  
NOVENA EN HONOR A LA GLORIOSA EMPERATRIZ SANTA ELENA

  
Puesto en la presencia de Dios el que hiciere la novena, persígnese devotamente y haga el siguiente Acto de Contrición:
 
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
 
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que estáis realmente presente en el Cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar: ante vuestra soberana presencia se presenta este vil gusanillo de la tierra, esta miserable nada que, degenerada de su grandioso y elevado ser por el pecado original, esclava del demonio y sujeto a la muerte eterna, moraría en compañía de los réprobos si Vos, Dios mío, en vuestros inescrutables designios, no os hubierais compadecido del hombre pecador, dándole la vida de la gracia a costa de vuestra misma vida, rendida voluntariamente en un afrentoso patíbulo, del cual se había dicho mil quinientos años antes: «Maldito es de Dios el hombre que muere colgado en un leño». Por este mismo leño que santificasteis con vuestro contacto divino, y que ha venido a ser la insignia que nos sella, distingue y da el título de hijos de Dios y herederos del Cielo; os pedimos, ¡oh Salvador nuéstro!, el perdón de los pecados actuales con que hemos manchado y dado muerte a nuestras almas. Dadnos, Señor, que podamos hacer un acto de verdadera contrición, don precioso que sólo Vos podéis conceder, que no podemos alcanzar por nosotros mismos, siendo, como somos, incapaces hasta de un buen pensamiento. Por vuestra misericordia infinita, por los méritos de vuestra Sangre, Pasión y muerte santísimas, y por aquella caridad inmensa con que bajasteis del Cielo a la tierra y Os quedasteis Sacramentado con nosotros, os pedimos, con todo el fervor de nuestros espíritus, que nos libréis de la repentina e impenitente muerte y que, deshecho nuestro corazón en amargo llanto, podamos decir como verdaderos penitentes: «pecamos, Dios mío; pecamos, Señor y Padre nuestro; pecamos y nos pesa; tened misericordia de nosotros». Amén.

DÍA PRIMERO - 9 DE AGOSTO
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Gloriosa Santa Elena, que destinada por el Altísimo para desempeñar la importantísima misión que había de engrandecer al Cristianismo con los más elevados timbres de gloria y poderío, te concedió un hijo cuya educación, por estar separado de su padre, quedó a tu solo cuidado, y a quien supiste preparar su tierno corazón como un fértil terreno en que había de germinar la semilla fecunda, cuyos renuevos lozanos exterminasen la vil cizaña de la idolatría que por más de trescientos años afligiera a la Iglesia de Jesucristo; supiste formar aquel gran Príncipe que, por virtud de la Cruz del Salvador y a favor de tus ruegos, había de alcanzar la más completa victoria sobre el tirano Majencio. Te suplicamos, Santa gloriosa, por el gozo que experimentasteis al oír de la boca de Constantino que aquella victoria la debía a la virtud de la Santa Cruz, y por los singulares favores que te dispensó el Altísimo, nos alcances de su Soberana Majestad la gracia de una verdadera contrición, y el favor especial de ver en nuestros tiempos triunfantes a la Iglesia Católica de los ataques de sus perseguidores; a estos infelices, libres de la espesa venda que les impide conocer su error, y a cada uno de los que te hacemos esta Novena, el logro de la gracia particular que te pedimos. Amén.
  
Se pide interiormente lo que se desea.

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Omnipotente y Soberano Jesús, que compadecido de nuestra miseria os ofrecisteis a vuestro Eterno Padre como víctima superabundante para rescatarnos, devolviéndonos la cédula de condenación y esclavitud eterna que nuestros padres firmaron por su desobediencia en el Paraíso, condenándonos a no ver la hermosura de vuestro rostro y a ser desventurados por toda la eternidad. Para esto, Señor, quisisteis encarnar en el seno purísimo de una Virgen Inmaculada a quien, en vuestra justicia, misericordia y poder, preservasteis de toda culpa, no obstante que era hija de aquellos mismos padres delincuentes; quisisteis haceros por este medio descendiente, como hombre, del primer padre pecador, y cargar, siendo justísimo e impecable, con la inmensa deuda de todo el linaje humano; y no siendo bastante la humanidad entera para desagraviar a un Dios ofendido, os ofrecisteis, como Dios y como hombre, para rescatarnos; y tomando la forma de un criminal de lesa Majestad Divina, sufristeis la más afrentosa muerte, elevado en una Cruz, patíbulo infame, que vino a ser por vuestra mediación el signo de alianza entre Dios y el hombre, la señal de paz entre el Cielo y la Tierra. Os suplicamos, Señor, por la predilección con que escogisteis a la bienaventurada Santa Elena, entre todos los Santos, para que como antorcha lucidísima descubriese aquel tesoro oculto por vuestros enemigos, y lo legase a la Iglesia que os confiesa Creador, Redentor y Glorificador. y que por los méritos de la misma gloriosa Santa, nos concedáis todas las virtudes con que habéis favorecido a vuestros fieles confesores, y el triunfo contra todos los que niegan la obediencia a vuestro Vicario sobre la tierra y desconocen vuestro poder en el Cielo, en donde todos alabemos vuestro nombre por toda la eternidad. Amén.
   
Tres Padrenuestros y Avemarías, con Gloria Patri, en memoria de los tres clavos que traspasaron las Santísimas manos y pies de Nuestro Señor Jesucristo.

GOZOS
  
Santa Emperatriz Elena,
Fiel amante del Señor:
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
   
Nacida en país pagano,
Su corrupción no imitaste,
Las virtudes practicaste
Cual las practica el cristiano,
Siguiendo el impulso humano
Que te infundiera el Criador.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
  
De Constancio casta esposa,
Fuiste de esposas modelo,
Ejercitando tu celo
En agradarle amorosa,
Y en no disgustarle en cosa
Que alterase el mutuo amor.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
  
Sin justicia repudiada,
E inocente en tu conciencia,
Soportaste con paciencia
Ofensa tan señalada,
Que fue por ti perdonada
Sin que abrigaras rencor.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
  
Llamado al trono tu hijo,
Tu situación mejoró,
Y la amargura calmó
De tu padecer prolijo;
Y te dio dominio fijo,
Y riquezas y esplendor.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
  
En caridad encendida
Cristiana fuiste a tu vez,
Discípula de quien es
Camino, Verdad y Vida:
Y te viste distinguida
Con gran humildad y fervor.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
  
Cuando el grande Constantino,
Ardiendo en santos anhelos,
Vio aparecer en los cielos
Aquel Lábaro divino:
Viste ensancharse el camino
De la gloria del Señor.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
  
«Vencerás con este signo»,
Dijo la voz celestial,
Y el ejército imperial
El triunfo alcanzó condigno;
Y tu hijo se mostró digno
De la fe del Salvador.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
   
Por devoción a la Cruz
A Jerusalén marchaste,
Y los sitios visitaste
Que santificó Jesús:
Él te llenó de su luz,
De fe, esperanza y amor.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
   
Y hallaste el madero santo
En fuerza de excavaciones,
De limosnas y oraciones,
Y de ayunos y de llanto:
Tembló el Infierno de espanto;
Tú de ternura y amor.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
   
De tres cruces que se hallaron
Se ignoraba cuál sería
La en que al Hijo de María
Los judíos enclavaron,
Y a un cadáver las tocaron
Para evitar el error.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
   
Al tacto de la tercera
El muerto resucitó,
Y el milagro declaró
Que era la Cruz verdadera:
Así tu piedad sincera
Recibe el premio mayor.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
   
Y eriges templos suntuosos
Y piadosas fundaciones:
Y heroicas son tus acciones,
Y tus méritos gloriosos:
Das a los menesterosos
Pan, y consuelo, y valor.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
   
Llena de merecimiento
Llegas al fin de tu vida,
Y eres de Dios asistida
En tan terrible momento;
Vuelas a su llamamiento
En éxtasis arrobador.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
  
Ve la patria colombiana
Ardiendo en impía guerra,
Bañada en sangre la tierra
Por una secta tirana.
¡Haz que la discordia insana
Se disipe, y su furor!
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
  
Enemigos implacables
De la virtud y el hogar,
La Iglesia quieren volcar
Y destruir con sus sables.
¡Tú sus armas formidables
Embotarás, y su ardor!
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
  
Protege desde tu gloria
A los soldados cristianos
Que, alzando al Cielo las manos,
Piden alcanzar victoria:
Y te aclamará la historia
Su caudillo vencedor.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
  
Haz que humillado el impío
Reconozca su impotencia,
Y haga digna penitencia
De su loco desvarío;
Que venza como al judío
La Cruz al perseguidor.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
  
Y el pueblo reconocido
A tu augusta protección,
Crecerá en su devoción,
De tus favores vencido:
Y tu nombre bendecido
Será con santo fervor.
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
   
Santa Emperatriz Elena,
Fiel amante del Señor:
Alcanza victoria plena
A la Cruz del Redentor.
            
℣. Ruega por nosotros, bienaventurada Santa Elena.
℟. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Cristo.
   
ORACIÓN
¡Oh Señor mío Jesucristo!, que os dignasteis revelar a la Emperatriz Santa Elena el lugar en donde estaba sepultada vuestra Cruz Sacrosanta para que, hallado tan preciado tesoro, se viese enriquecida vuestra Iglesia: concedednos por intercesión de tan dichosa Santa, que por el mérito del divino Madero consiguamos los premios de la vida eterna. Y por los favores que dispensasteis a aquella gloriosa heroína del cristianismo, aun después de su muerte, obrando prodigiosamente milagros por su intercesión y por medio de sus reliquias, que guarda su sepulcro: os pedimos afectuosamente el triunfo y esplendor de vuestra santa Religión en nuestra República y en todo el mundo. Os lo pedimos también, y especialmente por la virtud y méritos de la santísima Cruz, por los de los Clavos que hirieron vuestros santísimos pies y manos, y por los de la Lanza que traspasó vuestro sacratísimo costado, y nos abrió la puerta de vuestro amabilísimo Corazón. Amén.
   
Un credo, acompañando a Jesús en su última agonía, por intención de los agonizantes.

En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.

DÍA SEGUNDO - 10 DE AGOSTO
Por la señal...
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh dichosa Santa Elena!, a quien Dios concedió excelsas virtudes, especialmente la de la humildad, pues habiéndote condecorado tu hijo Constantino con el título de Emperatriz, no hiciste alarde de tu grandeza sino para procurar la pronta erección de templos magníficos al Cristianismo, templos que el Emperador mandó edificar sobre las ruinas a que hizo reducir los de los paganos, después de haber conseguido espléndidos triunfos sobre Máximo y Licinio, sus concolegas en el Imperio, reconociendo deber esas victorias a la asistencia del Cielo. Por el gozo inexplicable que tuviste, Santa gloriosa, cuando oíste el decreto del Emperador, que anulaba los edictos de sus antecesores, hostiles y opresores de los Cristianos, y cuando supiste la expedición de edictos nuevos que los favorecían y mandaban abolir las supersticiones gentílicas, ordenando al mismo tiempo que se ejercieran libremente los divinos oficios del culto católico; te suplicamos nos alcances del Señor que veamos pronto el fin de la guerra fratricida y cruel que nos aflige, el triunfo completo de la causa de la justicia y de la Religión sobre la fuerza opresora y la impiedad audaz, y que con espíritu de humildad reconozcamos que tales beneficios sólo podemos alcanzarlos por los méritos infinitos y bondad inmensa de Nuestro Señor Jesucristo; y en fin, alcánzanos gracia para que, llenos de gratitud, demos las debidas alabanzas a su Divina Majestad, y penetrados del amor del prójimo, pidamos la conversión de los enemigos de Dios, y alcancemos el favor especial que te pedimos. Amén.
 
Se pide interiormente lo que se desea. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA TERCERO - 11 DE AGOSTO
Por la señal...
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh bienaventurada Santa Elena!, que habiendo abrazado antes que tu hijo la Religión santa de Jesucristo (Así lo escriben San Paulino y otros autores), lograste disponer el corazón de Constantino, inspirándole nobilíismos pensamientos y persuadiéndole que en sus acciones heroicas estaba vinculada la protección divina, experimentada tan visiblemente en los prodigiosos triunfos que conseguían sus armas sobre todos sus enemigos. Por la alegría que irradiaba en tu corazón, dichosísima Santa, y por la dulce satisfacción de tu alma cuando comprendiste que el Emperador reconocía a Jesucristo como único y verdadero Dios, y que estaba íntimamente persuadido de que todas sus victorias las debía a la Cruz, insignia y señal de los profesores de la verdadera Religión; te suplicamos nos alcances de Nuestro Señor la fe con que lo conociste y lo enseñaste a conocer, la esperanza de salvarnos en Él y por Él, la caridad para amarle eternamente, la gracia de ver a nuestra Patria libre de los errores que la aquejan y amenazan, el valor suficiente para resistir, combatir y vencer a la impiedad, y el favor particular que cada uno te pedimos. Amén.
 
Se pide interiormente lo que se desea. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.
     
DÍA CUARTO - 12 DE AGOSTO
Por la señal...
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Gloriosa Santa Elena, que favorecida por el Altísimo con la más viva inspiración, te encendiste en deseos irresistibles de buscar aquel Estandarte regio por el cual se obró nuestra Redención y se obtuvieron los triunfos tan señalados de Constantino, el cual mandó que se demoliese el templo profano que los gentiles habían levantado sobre el Santo Sepulcro, y que allí se edificase otro suntuosísimo Templo de Jesucristo; y tú, encargada por tu hijo, tomaste a tu cargo esa grande obra, considerando ser aquella la ocasión más oportuna para el descubrimiento del precioso tesoro que deseaban ver tus ojos. Por el ardiente deseo en que te abrasabas, Santa dichosa, de ver estrechar en tus brazos y adorar rendidamente aquella santísima reliquia, y por la liberalidad con que hiciste uso de la dignidad augusta de Emperatriz, disponiendo del tesoro imperial para construir y enriquecer los templos con magníficos dones, y dar esplendor al culto divino; te pedimos nos alcances el triunfo de nuestra sacrosanta Religión, la humillación de sus enemigos, la libertad del Soberano Pontífice, la paz de nuestra República y el favor que te pedimos en esta Novena. Amén.
 
Se pide interiormente lo que se desea. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.
   
DÍA QUINTO - 13 DE AGOSTO
Por la señal...
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh fortísima y valerosa Santa Elena!, que provista de amplísimas facultades emprendiste el viaje a Jerusalén, sin que los trabajos e incomodidades de la peregrinación, ni tu avanzada edad de casi ochenta años, ni los obstáculos que a las grandes empresas opone el enemigo, fueron bastantes para hacerte renunciar a la apetecida gloria de visitar los Santos Lugares que nuestro Divino Salvador santificó con su preciosa Sangre. Dando allí expansión a tu ardiente espíritu, recorriste todos los monumentos, siendo tu principal deseo hallar la Santa Cruz, oculta maliciosamente por los gentiles. Te suplicamos, gloriosa Santa, por el ardiente anhelo con que buscabas tan divino tesoro, y por las últimas revelaciones con que Dios quiso recompesar tu fe, nos alcances de su poder infinito la gracia de hallar la paz en la Iglesia, conturbada por la malicia de sus enemigos, de ver libre al Vicario de Nuestro Señor Jesucristo de la opresión de sus perseguidores, convertidos a éstos de su mal camino al de la Verdad, y la gracia particular que te pedimos en esta Novena. Amén.
 
Se pide interiormente lo que se desea. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.
    
DÍA SEXTO - 14 DE AGOSTO
Por la señal...
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh dichosísima Santa Elena!, que siendo el objeto especial de tu peregrinación a Jerusalén el de buscar la Cruz del Salvador te dirigiste al lugar de su Sepulcro, discurriendo que, como era de costumbre enterrar a los ajusticiados con los mismos instrumentos de su suplicio, podrías hallar allí el Tesoro porque anhelaba tu alma; y viste con dolor que por el odio que los gentiles profesaban al Crucificado, habían hecho todo lo posible para borrar hasta la memoria del Santo Sepulcro, pues, además de haber terraplenado la gruta y levantado considerablemente la superficie antigua, habían edificado allí un sacrílego templo a la diosa Venus, en cual se ofrecían los más abominables sacrificios. Te suplicamos, Santa nuestra, por la constancia con que esperabas de la Divina Providencia el vencimiento de todos los obstáculos que oponían a tu empresa, nos alcance de Dios el remedio de tanto mal con que la impiedad aflige a aquella misma Iglesia, a quien tu hijo Constantino dio entera libertad, obteniendo milagrosos triunfos contra los paganos; y ruegues por nosotros para que consigamos, si nos conviene, el favor que te pedimos, cada uno en particular. Amén.
 
Se pide interiormente lo que se desea. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.
    
DÍA SÉPTIMO - 15 DE AGOSTO
Por la señal...
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
Gloriosísima Santa Elena, que ejercitando el poderío que, como a Emperatriz, te confirió Constantino, hiciste demoler el infame monumento de la impiedad y, guiada por la tradición, mandaste cavar tan profundamente bajo sus ruinas, que al fin se descubrió el Santo Sepulcro, y con él tres cruces, pues impíamente habían reunido los gentiles la del Salvador con las de los ladrones, y el título de la primera, que le había puesto Pilatos, estaba separado de ella. Movida de tu fe hiciste poner las tres cruces en contacto con una señora que estaba agonizando, y al acercarle la tercera, quedó sana repentinamente. Hecha la misma experiencia con un cadáver, resucitó al instante, y de esta manera milagrosa se reconoció el precioso Madero en que murió nuestro Redentor. Por el incomprensible gozo que sentiste cuando, abrazada de aquel codiciado Tesoro, lo bañaste con lágrimas de la más dulce ternura, lo dividiste después, dejando una parte en el magnífico Templo que construiste en el lugar del Santo Sepulcro, y la otra mitad, engastada en piedras preciosas, la condujiste a Roma, dedicada a Constantino; y por el gozo que tuviste al ver burladas las maquinaicones con que los gentiles intentaban extinguir hasta el nombre de Cristiano; te pedimos, Santa dichosísima, nos alcances del Divino Crucificado, por los méritos de su Pasión santísima, por las agonías que padeció enclavado en la Cruz, y por la virtud que a esta le comunicó, que nos socorra en las necesidades actuales, dando término feliz a la guerra encarnizada que nos hacen nuestros enemigos, injustos e impíos, con el sacrificio de muchos de nuestros hermanos; que reciba la sangre de estas víctimas como la de tantos millones de mártires que rindieron su vida en defensa de la Fe Católica, y que nos conceda, por gracia, el favor particular que le pedimos por su intercesión. Amén.
 
Se pide interiormente lo que se desea. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.
  
DÍA OCTAVO - 16 DE AGOSTO
Por la señal...
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh bienaventurada Santa Elena!, que no satisfecha tu piedad con el magnífico monumento que hiciste construir sobre el Santo Sepulcro, erigiste otro templo en el Monte de los Olivos, desde donde ascendió Nuestro Señor Jesucristo a los Cielos, y otro en la Cueva de Belén, en que nació para la salud del mundo, los cuales enriqueciste con alhajas preciosas y riquísimos dones; y partiendo de Jerusalén a visitar los demás Santos Lugares de la Palestina, edificabas a los habitadores de aquellos desiertos con tu admirable conducta, no permitiendo que los siervos de Dios que santificaban esas soledades, le tributasen los honores debidos a la Emperatriz del mundo, antes bien, los llenabas de edificación con tu humildad, con tu modestia y con la sumisión con que los venerabas y tratabas, dejándoles para eterna memoria varios oratorios y aun basílicas, a fin de que en ellos se diesen a Dios los más reverentes cultos. Te suplicamos, piadosísima Santa, por la constancia y los especiales favores con que el Divino Jesús te asistió en aquellas santas peregrinaciones, y por el copioso fruto que ellas reportaron a la Iglesia, nos alcances del Señor el espíritu de devoción que a ti te concedió, y con que mereciste tantos beneficios, para que nuestras peticiones, acciones y sufrimientos sean aceptados a los divinos ojos, y podamos conseguir el favor particular que solicitamos en esta Novena. Amén.
 
Se pide interiormente lo que se desea. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días. 
  
DÍA NOVENO - 17 DE AGOSTO
Por la señal...
Acto de Contrición.
  
ORACIÓN PARA ESTE DÍA
¡Oh atleta sagrada Santa Elena!, que despedida de la Tierra Santa con tiernas lágrimas, hiciste tránsito por diferentes ciudades del Oriente, en las que dejas inmortales monumentos de piedad, y socorriste con liberalísima mano a los pobres necesitados, viéndose los caminos por donde pasabas poblado de innumerable concurso de gentes, que de todas partes venían a pedirte gracias, y a quienes recibías con la mayor dulzura y suavidad, dispensándoles todos los favores y beneficios que necesitaban y que estaba en tu mano concederles. Por la profunda humildad con que recibiste, entre vítores y aplausos, la más honrosa sumisión de los habitantes de los pueblos en aquellas dilatadas jornadas, a imitación del Divino Nazareno, y haciendo de esa heroica virtud la base fundamental de tu conducta; por tus demás excelentes virtudes, y por la gloria que con su brillo ha recibido la religión de Jesucristo; te pedimos, dichosa Santa, alcances de la Majestad divina la conversión de los enemigos de la Iglesia, especialmente de aquellos que por una culpable ignorancia no conocen que la persiguen, aplicándoles aquella súplica de Jesús moribundo a su Eterno Padre: «Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen»; y, finalmente, la gracia que por tu intercesión hemos pedido en esta Novena, si conviniere para nuestra salvación. Amén.
 
Se pide interiormente lo que se desea. Las Oraciones y Gozos se rezarán todos los días.

martes, 18 de agosto de 2015

SANTA ELENA, EMPERATRIZ

Santa Elena
  
No, no durmió sus sueños de recién nacida entre los encajes de una cuna imperial. Fue en un pobre cortijo de Deprano, en Nicomedia, donde vio la luz, en el 248 ó 249, aquélla niña, escasa de bienes de fortuna, sobre la que Dios tenía planes estupendos. Así nos lo dijo San Ambrosio, que vivió en una época inmediata a la de nuestra Santa.
      
Nos figuramos a Elena en su adolescencia y juventud trabajando en el mesón de su padre. Atendiendo a todo, trajinando para tener las dependencias limpias y la comida sabrosa y a punto, obsequiosa con sus huéspedes... Siempre sencilla, humilde, recatada, sonriente. Era pagana, sí, porque de familia pagana había nacido, pero sentía en su corazón el vacío de aquellas falsas divinidades.
         
Hacía unos años que había unas persecuciones horribles contra los cristianos, desencadenadas por los propios emperadores de Roma, que los mandaban apresar y les sometían a tormentos terribilísimos y terminaban por llevarlos al anfiteatro para echárselos a las fieras. También a muchos los quemaban vivos.
        
Elena no terminaba de comprender por qué sus emperadores hacían aquello. ¡Si los cristianos eran buena gente! Ella trataba con algunas muchachas de su edad que pertenecían a aquella “secta” y no podía sino decir que eran excelentes. Tanto que, a veces, comparándolas con sus amigas paganas, había de reconocer que las superaban en todos los aspectos.
     
Naturaleza la suya rica en dones de Dios, poseía físicamente una singular hermosura que realzaba la espontánea nobleza de su espíritu y esa que llaman “aristocracia del alma”: una inteligencia privilegiada y un gran corazón.
       
Tenía ya Elena alrededor de veintitrés años. Todos sus encantos estaban en auge, como en capullo recién abierto. Cuando la Providencia, “río caudaloso lleno de posibilidades y de sorpresas”, cambió por completo el curso de su obscura vida.
      
Ignoramos dónde y cómo se conocieron Elena y Constancio. Él, general valeroso, de noble familia, prefecto del Pretorio durante el gobierno de Maximiano, era de carácter suave, de espíritu exquisito y culto y de salud delicada. La palidez de su rostro había dado origen a su sobrenombre: Cloro.
       
La espléndida y pudorosa hermosura de aquella muchacha se le entró por los ojos robándole el corazón. Aunque ¿quién dudará que su asombro no tuvo límite cuando, al tratarla, pudo percibir la nobleza de sus sentimientos?... Y la hizo su esposa.
     
No han faltado autores malintencionados que han hablado de concubinato. Nada de eso. Tillemont se ha encargado de demostrar plenamente la legitimidad de su matrimonio. Fruto de él fue su hijo Constantino, futuro emperador de Roma, que vino al mundo en Naïssus (Dardania) el 27 de febrero del 274.
         
1 de marzo de 293. El Imperio romano se había extendido prodigiosamente. Diocleciano y Maximiano, que, unidos hacía tiempo, lo compartían con el título de Augustos, decidieron tener cada uno de ellos un César que colaborara en el gobierno y administración de sus Estados. Diocleciano eligió a Galerio, y Maximiano a Constancio Cloro.
       
Una condición se le impuso al marido de Elena: había de repudiar a su mujer y casarse con la hijastra de Maximiano, único medio de que existiera el imprescindible “parentesco” entre los Augustos y sus Césares. Se separó, pues, de Elena y se unió en matrimonio con Teodora. Prevaleció en él la ambición de la gloria sobre la gloria del amor.
       
Y nuestra Santa ¿qué hizo? Al verse postergada no dejó que se le quebrasen las alas del alma. Las plegó hacia dentro, y serena, tranquila y solitaria se refugió en el reino de su corazón. Allí le dolía menos su abandono. Es que, sin ella sospecharlo, la acompañaba Dios.
      
Más le costaba la ausencia de su hijo. Intuyendo Diocleciano en el muchacho excepcionales dotes de guerrero y organizador, quiso prepararlo por sí mismo con vistas al futuro, y hacía tiempo que lo tenía en su palacio. Años fecundos éstos que pasó junto al emperador. Dejaron en el adolescente una impresión indeleble, ya que, al estallar furiosa y demoledora “la gran persecución” contra los cristianos, pudo personalmente comprobar de qué era capaz una fe religiosa profundamente sentida.
       
25 de julio del 306. En este día muere Constancio Cloro. Su hijo, que le acompañó en sus últimos momentos, ya no sueña más que con llevarse a su madre a vivir con él. Está orgulloso de ella y quiere compartir su misma vida para sentir siempre el beneficio de su influencia.
      
¿Era Elena cristiana ya entonces? ¿Desde cuándo? No se sabe exactamente. La mayoría de los autores coinciden en afirmar que no lo fue hasta después de la aparición de la cruz en el Cielo, durante la batalla de Saxa Rubra. Recordemos brevemente el suceso copiando a Eusebio de Cesarea, que dice haberlo oído de labios del emperador:
“Era en las horas posmeridianas, cuando el sol declina ya; Constantino vio en el cielo, con sus propios ojos, un trofeo de cruz compuesto de luz, superpuesto al sol, y adherida al mismo una escritura que decía: Con este signo vencerás. Él, juntamente con todo el ejército que le sigue, se sienten presa de estupor. Constantino no comprende el significado de la aparición y pensándolo largamente llega la noche. Pero, mientras duerme, le aparece el Cristo de Dios, juntamente con el signo visto en el cielo, y le manda que haga una imitación del signo y se sirva de él como de salvaguarda en las refriegas con los enemigos”.
       
Efectivamente, fabricado el “lábaro” según el signo aparecido, se lanza a la batalla y termina con aquella aplastante victoria, “que decidió los destinos del mundo y de la cristiandad".
      
A los pocos días era Constantino dueño de Roma y entraba en la Ciudad Eterna como único emperador. Era el 28 de octubre del 312. Desde entonces, en sus ideas y en su corazón, puede decirse que es cristiano. No obstante, plenamente, no llegó a realizarlo hasta los últimos momentos de su vida en que recibió el bautismo.
         
No obró así su madre. El sol de la cruz que alumbró el cielo de Roma iluminó y caldeó el corazón de Elena haciéndole sentir la sublimidad de la religión cristiana y se abrazó con ella. El bautismo abrió en su alma una fuente de piedad viva, consciente, activa.
        
Ya está restablecida la unidad imperial. Reconocido Constantino soberano del orbe, considera a su madre la soberana. Le da el título de Augusta, manda acuñar monedas con su efigie y, mostrándole una ilimitada confianza, deja a su plena disposición el tesoro del Estado. Mas, elevada a la cúspide de las grandezas humanas, Elena no se envanece. Vive sin fausto ni lujosas ostentaciones, y, según afirma San Gregorio, “su encantadora modestia enardece de entusiasmo a los romanos”.
         
Al ser enriquecidas por la gracia sus espléndidas cualidades personales despliega todo su poder en favor de su hijo. Y es entonces cuando se percibe el valor de su influencia al transmitirle, con su cariño, todos los tesoros de bondad y prudencia que su alma acumula. El Dante decía de Beatriz: “Ella miraba hacia arriba y yo miraba en ella”. Algo así podemos creer de Elena y Constantino. Léase, si no, el famoso Edicto de Milán y todos los que le siguieron, hasta su prohibición del culto de los dioses lares, en el 321, y “toda la lluvia de beneficios morales y materiales que el gobierno de Constantino hizo caer sobre la Iglesia y que no son del todo legendarios”.
        
Entramos en el año 326. Elena siente el declinar de su vida. Desde que el emperador ha trasladado su sede a la antigua Bizancio, la “nueva Roma”, allí vive ahora su madre, en aquella ágora que él, en su honor, ha adornado prodigiosamente de pórticos y estatuas. Cerca tiene la iglesia de Santa Irene, también restaurada y embellecida por su hijo. En la placidez de los atardeceres, acompañada de alguna de aquellas esclavas a las que la emperatriz trata como a hijas de su corazón, entra en la iglesia y en ella permanece largo rato dando expansión a su piedad. Considerando la magnificencia de aquella ciudad que ha hecho resurgir Constantino a orillas del Bósforo, se le enardecen los deseos de hacer algo semejante en los lugares que, en Palestina, santificó Jesucristo con su presencia.
          
Contaba a la sazón setenta y siete años, y los viajes en el siglo IV no se hacían con la rapidísima comodidad que los hacemos en la vigésima centuria. Eran, por el contrario, de una lentitud y solemnidad abrumadoras. Pero nada hay difícil para un grande amor.
      
Partió, pues. Su viaje, realizado con ese despliegue de lujo que pedía su rango en aquella época, dejó tras de sí imborrable estela de maravillas. Llamaba sobremanera la atención la persona de la emperatriz. Anciana, conservando aún los rasgos de su extraordinaria belleza, parecía no darse cuenta de la admiración que despertaba a su paso. En cambio, con una humildad que sobrecogía el ánimo de todos, se colocaba en las asambleas de los fieles en cualquier punto designado para las mujeres, mezclándose con las de más baja condición. Se hospedaba en conventos de monjas y hacía vida común con ellas, ocupando su tiempo en remediar toda clase de necesidades y estudiando las Sagradas Escrituras. Cuanto más se adentraba en la religión cristiana, mayor era el entusiasmo y la admiración que por ella sentía. Pero nada le produjo una impresión tan reverente como el ver a aquellas doncellas cristianas que, renunciando a los halagos del mundo, consagraban a Cristo su virginidad.
       
Leyenda o historia, no hay nadie que, al escribir la semblanza de esta ilustre mujer, silencie el caso maravilloso de la invención de la Santa Cruz.
      
Parece que la mayor disconformidad existente en este punto entre los historiadores es debida al silencio que del viaje de Elena hace Eusebio de Cesarea en su Vida de Constantino el Grande, a quien -acaso por adulación- atribuye todas las construcciones y reconstrucciones que se hicieron en Palestina aquellos años.
     
Así lo juzga Tillemont al comprobar que los Santos Crisóstomo, Ambrosio, Paulino de Nola y Sulpicio Severo, aunque difieren en alguna pequeña circunstancia, todos atribuyen a Santa Elena el descubrimiento de la Vera Cruz. Por otra parte, el misal que a diario usamos, al comentar esta fiesta el 3 de mayo, se lo asigna también a nuestra Santa. ¿Por que habríamos de silenciarlo aquí?
       
Mientras la piadosa emperatriz proyectó su viaje a Palestina un deseo vehemente enardecía su corazón: ver, tocar, venerar el sagrado leño del que estuvo colgado el Salvador del mundo. A su llegada a Jerusalén ahí se enderezan todas sus investigaciones. Mas sin éxito alguno entre los cristianos. Entonces se dirige a los judíos. Y es uno, llamado Judas, quien -señalándole el sitio exacto donde se encuentra-, le pone en antecedentes de una tradición conservada entre ellos:
“Hacía muchos años que, por despojar los judíos a la devoción cristiana del precioso símbolo de la cruz, la habían echado, con las de los dos ladrones, a un pozo que después colmaron de tierra y piedras para que se pudriera la madera”.
        
Comienzan las excavaciones. Y, después de dos días de ansiosa expectación, aparecen las tres cruces. Pero ¿cuál de las tres sería la de nuestro divino Salvador? El santo obispo Macario acompaña a la emperatriz, y, por una inspiración súbita, recurre a una prueba decisiva: Había en aquel lugar una enferma en estado agónico. Se dirigen procesionalmente a su casa llevando las tres cruces y, cantando durante el trayecto todos los asistentes himnos sagrados, imploran la ayuda del cielo.
       
Sacan a la enferma fuera en una parihuela. Y, en medio del silencio más impresionante, se acerca el obispo, ayudado por la emperatriz, y toca suavemente la cabeza de la moribunda con una de las cruces. Ni al contacto de la primera ni al de la segunda muestra aquella pobre mujer ninguna reacción. Sus ojos cerrados y su rostro exánime dan la impresión de que ya es cadáver. Mas, al posar sobre ella la tercera cruz, se incorpora, abre los ojos llenos de luz y de vida, y, cruzando las manos en el aire, exclama con exultación: “¡Dios mío, estoy curada!”.
       
La alegría que rezuma el alma de Elena en aquellos momentos hay que intuirla; no se puede describir.
    
Después de dar satisfacción cumplida a su piedad dispone que la Santa Cruz se divida en tres trozos. Uno lo entrega al obispo Macario para la veneración de los fieles en la iglesia de Jerusalén. El segundo lo envía a la iglesia de Constantinopla, y el tercero a Roma, a la basílica mandada levantar por ella unos años antes y que más tarde se llamó de “Santa Cruz de Jerusalén”.
      
Llegamos al 329. Santa Elena, cumplidos ya los deseos más ardientes de su corazón, siente en su cuerpo el peso de los años y en su alma ansias de eternidad. Y al bendecir al Señor, llena de reconocimiento, sus labios repiten con el anciano Simeón: Nunc dimittis ancillam tuam Domine.
     
Regresa junto a su hijo, y al poco tiempo muere en sus brazos. Se desconocen la fecha y el lugar de su partida de este mundo. Consta, sin embargo, que no fue en Roma, ya que Constantino hizo trasladar allí sus restos con la máxima solemnidad. Hoy, en la iglesia de Ara Caeli, de la Ciudad Eterna, existe una capilla dedicada a Santa Elena. En ella se venera la cabeza y algunos huesos de la santa emperatriz.
     
No hizo Santa Elena, que sepamos, milagros en vida, y aun ignoramos si después de su muerte. Pero supo hacer el “milagro” de esgrimir con la misma gentileza una escoba en la hostería de su padre que el cetro del mundo en la corte de su hijo, y de dar un brinco gigante desde las tinieblas del paganismo hasta los esplendores de la santidad.
     
MARÍA ENGRACIA IBÁÑEZ, O.D.N.
   
ORACIÓN
Oh Señor Jesucristo, que revelaste a la bienaventurada Elena el lugar donde se encontraba tu Cruz, enriqueciendo a tu Iglesia con tan precioso tesoro, concédenos te suplicamos, a cuantos veneramos este leño santo, que obtengamos el premio de la vida eterna. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

jueves, 3 de mayo de 2012

INVENCIÓN (HALLAZGO) DE LA SANTA CRUZ

Quien no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí. (Mateo 10, 38)

Hallazgo y Ostensión de la Santa Cruz

El emperador Constantino había visto una cruz en el cielo, en la cual estaban escritas estas palabras: CON ESTE SIGNO VENCERÁS; en efecto, derrotó totalmente al tirano Majencio. Santa Elena, su madre, en agradecimiento de este favor, dispuso se hiciesen búsquedas en Jerusalén para dar con la verdadera cruz. Descubriéronse tres. Un milagro dio a conocer con certeza cuál era aquélla de la que pendiera el precio de nuestra redención. La santa hízole construir un templo magnífico. Hoy celebra la Iglesia el hallazgo o invención de este adorable tesoro.

MEDITACIÓN SOBRE TRES CLASES DE PERSONAS QUE ENCUENTRAN LA CRUZ

I. Algunas personas se empeñan en evitar las cruces, pero sin poder lograrlo: son los pecadores y los voluptuosos. Siempre en busca de placeres, no encuentran en su camino sino tristeza y aflicción de espíritu. ¿Por qué esto? Porque el hombre que no busca a Dios jamás está contento; sus deseos y sus pasiones lo atormentan, y Dios mismo se complace en enviarle sufrimientos para desasirlo de las creaturas y volverlo a Él. El pecador no puede ser dichoso, porque donde no hay virtud no hay verdadera dicha (Salviano).

II. Otros hay que buscan las cruces y las mortificaciones y que, en efecto, las encuentran. Es lo que sucede a los que comienzan a servir a Dios; no tienen todavía bastante valor ni suficiente amor de Dios que les haga encontrar dulces y agradables las aflicciones: sienten aún las asperezas y la amargura. ¡Dichosos si continúan en este arduo ejercicio de la mortificación sin desanimarse!

III. Las almas santas buscan las cruces con diligencia, pero no las encuentran. San Francisco Javier las deseó en aumento progresivo; pidió Santa Teresa padecer o morir; y, como San Pablo, superabundaron de gozo en medio de sus aflicciones. Es que el prolongado sufrimiento, su amor a Dios y el consuelo que el Señor difunde en sus almas, los hace felices en este mundo mientras ellos buscan la felicidad del cielo. Persiguen la dicha y ya son dichosos; la buscan y ya la encontraron (San Euquerio).

El amor a la cruz. Orad por los infieles.

ORACIÓN
Oh Dios, que en el hallazgo maravilloso de vuestra cruz salutífera, habéis renovado los milagros de vuestra Pasión, haced que adquiramos, por el valor de este árbol de vida, la recompensa de la vida eterna. Por J. C. N. S. Amén.