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lunes, 6 de octubre de 2025

LA GEOPOLÍTICA DE SAN PÍO V DESPUÉS DE LEPANTO, EN CUATRO CARTAS

Retrato de San Pío V (Taller de Scipione Pulzone)
  
Luego de la victoria de Lepanto (7 de octubre de 1571), el alma incansable de San Pío V se desbordó a proyectos de largo aliento. Como Vicario de Cristo, en su doble calidad de Príncipe espiritual y temporal, mandó que se enviasen cartas a las principales cancillerías europeas: «las potencias católicas fueron insistentemente solicitadas para aprovechar con todas las fuerzas la más grande victoria que se haya reportado jamás sobre los infieles» [1]. Pero el pontífice no se limitó a esto: en su santo ardor dirigió también cartas a los infieles que eran enemigos acérrimos del Turco, y con tal fin escribió sendas cartas al Sha de Persia, al Jerife de Arabia (actual Yemén), al Negus de Etiopía y al rey de Portugal [2].
   
Al primero, el 16 de noviembre de 1571, escribía en estos términos:
Al ilustre sha Tahmasp, Rey de Persia, la iluminación del Espíritu de la verdad.
   
No tenemos ninguna duda que, por medio de muchas cartas, avisos y la misma fama, hayáis sido informados de la grande, gloriosa, y para los hombres nunca oída victoria naval. Esta victoria fue obtenida gracias a la gracia y al favor de Dios Óptimo Máximo, el día séptimo del pasado mes de octubre por los Príncipes Cristianos aliados. Ellos han trabado batalla en el golfo de Corinto contra la potentísima y abundantísima armada de Selim Otomano, tirano de los Turcos. El resultado fue la derrota de casi trescientas galeras enemigas, completas de generales, capitanes, infantes, marineros y remeros. Incluso se perdieron todos los pertrechos militares y la artillería. Gran parte de los enemigos fueron capturados, ahogados, muertos y derrotados, excepto unos pocos que lograron salvarse con una fuga repentina. Estad ciertos que esto ha sucedido por divina providencia, dado que supimos desde el año pasado, no sin grandísimo dolor Nuestro, Selim, animado por su desusada e insaciable avidez de robar lo que le pertenece a otros y por su innato deseo de dominar el mundo entero, ha roto el tratado de paz que su padre Solimán había firmado con Nuestro hijo, el Príncipe de Venecia, y con su gloriosa República. No obstante haber confirmado rígidamente este acuerdo después de haber subido al trono, ha violado descaradamente toda ley, tanto divina como humana. Reuniendo soldados de todas partes, asaltó el Reino de Chipre, que estaba pacíficamente bajo el control de Venecia. Con un ejército imponente, ha expugnado cruelmente las ciudades, devastándolas y saqueándolas. Por ello, hemos considerado ser Nuestro deber de buen pastor, confiados a Dios, no quedarnos a ver, sino exhortar, advertir y rogar a todos los Príncipes Cristianos. En particular, Nos volvimos a Nuestro carísimo hijo en Cristo, Felipe Rey Católico de España, el más poderoso y florido entre todos por la grandeza de sus reinos, el número de pueblos fortísimos y la riqueza desmesurada. Habíamos propuesto que, uniendo nuestras fuerzas a las de los venecianos, habríamos podido, con un único intento, actuar para reprimir a este tirano loco de rabia t alejarlo de sus malvados pensamientos. Con gran fatiga, continuas vigilias ininterrumpida solicitud y mucha paciencia, llegamos juntos, con la ayuda de Dios, a un acuerdo no solo deseable sino también necesario para alabanza y gloria de Su nombre. No tenemos placer en empuñar las armas o en hacer guerras, dado que somos amantes y promotores de la paz. Lo hacemos en cambio para abatir y despedazar la arrogancia de la soberbia. Habiendo obtenido una victoria tan extraordinaria y maravillosa, como ya se dijo, esta será de enorme beneficio no solo para los Cristianos, sino también para todos los reyes y príncipes del mundo. Y especialmente para vosotros los Persas, que estuvisteis siempre en grande conflicto y animados por un antiguo odio, difícil de borrar, recibido de vuestros padres, contra la casa otomana. Y así será si no dejáis pasar la ocasión. Por eso hemos pensado avisaros inmediatamente, y para vuestro y nuestro bien común, queremos que, aceptéis pronto esta oportunidad enviada por el cielo. Acoged con audacia y alegría esta fortuna favorable, dado que no se os presentará nunca otra mejor. Debéis reunir un buen ejército lo más pronto posible y atacar al enemigo de sorpresa por vuestros territorios orientales, a fin que, mientras aún está sacudido y debilitado por su enorme derrota, podáis finalmente vengar los daños y las ofensas que el cruel otomano ha infligido a los gloriosos Reyes de Persia, y podáis también hacer un esfuerzo para reconquistar la Mesopotamia y la Asiria, provincias que, no mucho tiempo ha, eran vuestras y que Solimán os ha sustraído injustamente y con la fuerza. No será difícil para vos obtener este resultado, puesto que estamos seguros que Selim, destruido de la calamidad de esta increíble derrota, ya no es amo de los mares. Si vos combatiereis con fuerza, y por otra parte los cristianos aliados marcharen contra él con un ejército fortísimo y valeroso, no podrá sostener al mismo tiempo tantos ataques ni responder a la par. Por esto, rogamos a Dios Todopoderoso, en cuya manos están los corazones de los reyes, que os inspire y os inflame a realizar acciones heroicas y valerosas, y que os asista con toda franqueza de alma, que pueda proteger benévolamente vuestras cosas contra el enemigo más ávido y cruel de la humanidad, y dignarse hacer prosperar vuestros felices sucesos. Cosas las cuales os serán más largamente expuestas a vos por la presente persona, que os presentará nuestras letras.
   
Dada en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, a 16 de Noviembre de 1571, año sexto de nuestro Pontificado.

Al jerife de Arabia Feliz [3] le envió otra misiva al día siguiente:
Al poderoso jerife Mutahar, Rey de la Arabia Feliz, la iluminación del Espíritu de la verdad.

No hay ninguna duda que el miedo común de los peligros y el tomar parte y compañía de las injurias tiene merecidamente gran fuerza de unir los ánimos de cualquier Príncipe y pueblo, y de hacerlos entrar en amistad, sin importar que estén separados por larguísima distancia de países, y siendo además por otros aspectos desiguales y diferentes. Los tiranos de los turcos están siempre estimulados por tanta hambre de señorear y aumentar su imperio, y de tanta sed de riquezas y de oro que no pueden dejar nunca de ser infestos y enemigos indistintamente a todos los Príncipes y a todos los pueblos, ni de desear de sujetarlos a todos igualmente y oprimirlos. Mas porque después ellos saben que ni sus fuerzas ni su potencia, por grande que sea, no son suficientes de sujetarlos todos a un mismo tiempo, siempre han usado este arte y astucia que, moviendo ellos guerra a cualquier particular, han acabado fingiendo tener entre tanto paz y amistad con los otros. por lo que con grandísima villanía y perfidia han sin embargo quitado nobilísimos reinos y provincias a los de Persia, de Arabia, de Grecia, de Alemania, de Hungría y de Italia, y agregádolas a su tiranía. Por el buen suceso de estas cosas, y por la grandeza y poderío de estos reinos se ha en ellos aumentado la audacia, la temeridad y la soberbia, que ellos se han creído que no hay ninguno que pueda oponerse a ellos con sus armas, pero sí estar todos para obedecerle a un solo ceño. Habiéndose pues servido de estos mismos consejos Selim, quien ahora es tirano de los turcos, comenzó el año próximo pasado a quitar, como enemigo, a la nobilísima Señoría de Venecia el reino de Chipre, y otros lugares de tierra y de mar sujetos a la misma Señoría, habiendo despreciado la amistad y las promesas, y los pactos que hizo con ella, y contra el juramento hecho por él mismo, y sin haber ninguna ocasión para ello. Por lo cual Nos hemos estado muy conmovidos, y por la solicitud paternal que por voluntad de Dios Nos fue confiada (aun cuando somos indignos) de sostener a todo el pueblo Cristiano, pronto comenzamos a exhortar y mover tanto por cartas como por Nuncios a todos los Príncipes cristianos a querer concurrir para abajar la grandísima ferocidad e insolencia de este crudelísimo enemigo nuestro. De aquí pues se hizo alianza entre el Rey Católico de España, y Nos, y los mismos venecianos, y puesta en común una numerosa armada en la mejor condición que pudo prestarse en tan poco espacio de tiempo, y enviándola contra los turcos se trabó batalla naval con los mismos turcos en la Grecia cerca al golfo de Corinto el día séptimo de octubre próximo pasado. Batalla por la cual los nuestros obtuvieron tan digna y gloriosa victoria que nunca antes se había visto ni oído otra semejante. Esto porque la armada de los turcos, la cual contaba con trecientas naves y más de todo tipo, y dispuestas y puestas a orden, fue en su mayor parte presa; el resto fue hundida y puesta en fuga. Fueron también muertos más de treinta mil turcos con sus capitanes, quienes eran el mayor nervio de su milicia. Y entre todas las demás cosas, fueron tomadas con nuestras fuerzas ciento noventa galeras con grandísimo número de prisioneros. Pero hallándose ahora nuestro crudelísimo enemigo despojado de toda su armada, y quedando merecidamente nervioso por la grandísima derrota recibida, y siendo todo su país de ultramar hecho libre a las correrías de nuestra armada, Nos no debemos dejar de recoger los debidos frutos de tan noble e ilustre victoria: ni mucho menos tampoco podemos dejar de mover a todos los Príncipes Cristianos y hacerles instancia de que creciendo la liga y haciéndose las preparaciones posibles para la próxima primavera, vayan rodeando por tierra y por mar rodeando al crudelísimo enemigo para darle el asalto. Pero también hemos querido hacer saber y notificar esto a vos, a fin que se os haga cierto que al presente se os ofrece una comodísima y deseadísima oportunidad, y ella de tal forma que quizá nunca se verá otra en vuestras manos, esto es, de darle asedio al enemigo común y perseguirlo, y de recuperar lo vuestro, si él ocupó algo que haya sido sujeto a vuestro reino. Os exhortamos y persuadimos, e incluso os rogamos que hagáis, y abracéis sin demora alguna, y toméis cuanto antes esta provechosísima oportunidad de cumplir vuestros hechos, y de abatir y anular a este malvado enemigo. Que así no es de dudar que este enemigo, asfixiado por todos los lados cuanto antes por el peso de grandísimos ejércitos y de armada naval no podrá en ninguna manera detener vuestro y nuestro también gallardísimo ímpetu. Dios Todopoderoso ponga en vuestro corazón cualquier cosa útil a este negocio, a fin que tengáis para hacer lo que sea para aportar la salvación a vos y al mundo universalmente, tal como os mostrará más plenamente la persona que os dará esta nuestra letra.
  
Dada en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, a 17 de Noviembre de 1571, año sexto de nuestro Pontificado.
Al emperador de Etiopía le envió esta otra, 
A nuestro carísimo hijo en Cristo Menas Rey de reyes [4], ilustre rey de Etiopía. Carísimo hijo nuestro en Cristo, salud y Bendición Apostólica.
   
Siendo que con aquella caridad, con la cual se debe por nosotros en el Señor, amamos y estimamos grandísimamente Vuestra Majestad como grande, excelso y poderoso Príncipe y amador de la Religión Cristiana, y que además de esto, deseamos que en estas tierras se aumente su reino y poder a gloria y honor de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo, hemos querido notificarle con nuestra carta la grandísima y gloriosísima victoria que el mismo Nuestro Señor y Redentor se ha dignado conceder a la Armada y al ejército de los Cristianos. Porque el año pasado Selim, tirano de los turcos, despreciada la amistad y el mantenimiento de los pactos contra el propio juramento, sin haber tenido la más mínima ocasión, y si no esforzado por su avidez natural de querer tener sujeto todo el mundo, se ha puesto enemigamente de privar a la nobilísima República de los Venecianos del reino de la Isla de Chipre, y de otros lugares de la misma Señoría de tierra y de mar: Nos, conmovidos por esta tristeza, por el cuidado que, disponiéndolo así Dios, tenemos de la Cristiandad, nos hemos prontamente dispuesto y por cartas y por Nuncios a exhortar y mover a los Príncipes Cristianos a hacer todo esfuerzo para enfrentar la maldad e insolencia de este crudelísimo tirano. Por eso, hecha alianza entre el serenísimo Rey Católico de España y Nos, y los mismos venecianos, y reunida en poco tiempo tan grande armada, y enviándola contra los turcos, se hizo el día séptimo del mes pasado en Grecia cerca al golfo de Corintio guerra naval con los mismos turcos: por la cual los nuestros reportaron una victoria tan ilustre y gloriosa que nunca en los siglos anteriores se había visto ni oído otra igual. Porque la Armada de los turcos, la cual en todo tipo de naves era de más de trescientas, y muy preparada y provista de todo, en su mayor parte fue capturada, y la que quedaba fue hundida y del todo vencida. También fueron aniquilados más de treinta mil turcos junto con sus capitanes, y particularmente fueron tomados en nuestras manos con grandísimo número de prisioneros ciento noventa galeras, que eran la mayor fortaleza que tuvo su milicia. Pero hallándose este nuestro crudelísimo enemigo privado de toda su Armada, y por haber oído esta grandísima y gloriosísima ruina, espantado y abatido por su propio mérito, y siendo toda su región marítima totalmente expuesta a nuestras correrías, Nos no nos hemos detenido, ni hemos dejado de estimular y conminar a los Príncipes Cristianos a querer gozar de los frutos de tan noble y tan clara victoria, a fin que entrando también ellos en alianza, y poniendo en conjunto cuantas más fuerzas puedan, quieran cuanto antes por tierra y por mar asediar a tan fierísimo enemigo. Por lo cual Nos exhortamos igualmente, y rogamos a Vuestra Majestad que, después de haber rendido las debidas gracias, como hemos hecho Nos a Dios Todopoderoso, Padre de las misericordias, Dios de la consolación y Señor de los ejércitos, por tan grande y honrosa victoria conseguida, quiera abrazar con pronto ánimo esta oportunísima ocasión de castigar la audacia, la temeridad y la soberbia del crudelísimo enemigo y molestísimo a todos, y enemicísimo en particular de la fe y del nombre cristiano; y esto con atacarle en todas aquellas bandas, en las cuales más podrá, hacerle la guerra, con el fin de alargar más sus confines y su Imperio, y con ella la fe de Cristo, en cuya empresa no tenemos duda en el mundo, que serán a Vuestra Majestad la virtud de la sangre, la obra y la industria latina.
  
Dada en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, a 17 de Noviembre de 1571, año sexto de nuestro Pontificado.

Y al rey de Portugal le envió esta última, encargándole enviar las anteriores a los distintos países, aprovechando las rutas comerciales y bases militares de este reino:
A nuestro carísimo hijo en Cristo Sebastián, rey de Portugal y los Algarves. Carísimo hijo nuestro en Cristo, salud y Bendición Apostólica.
   
Considerando que la grandísima y gloriosísima victoria contra los turcos que nos concediera Dios Todopoderoso, de la cual dimos aviso a Vuestra Majestad en días pasados con nuestras cartas, debe ser para tal provecho de toda la Cristiana República, que jamás se podría estimar mejor cuando no sea antes despreciada y desechada tan buena ocasión de hacer bien nuestras obras, por los Príncipes Cristianos, y por otros que confinan con los enemigos, antes bien sea aceptada y abrazada animosamente con la debida presteza y virtud, y si Nos no hemos omitido oficio algunos que por Nos pueda emplearse. Nos pues, hemos juzgado escribir sin dilación al Rey de Etiopía, y al de Persia, y a otros Príncipes de aquellas partes, del tenor que Vuestra Majestad verá escrito en las copias que mandamos junto a ésta. Por lo cual con toda mayor instancia demandamos de Vuestra Majestad que acompañe eficazmente esta Nuestra carta con las suyas dirigidas a los mismos Reyes y Príncipes, si así le parece oportuno, y tomar diligentísima atención en hacerlas presentar particularmente a cada uno de estos Reyes y Príncipes con suma fidelidad por las personas que ella mandará a correo, las cuales sean tales que puedan ayudar el tratado con su persuasión y elocuencia. De lo que tenemos confianza que Vuestra Majestad esté para hacer de buen grado y con toda prontitud, tanto en ocasión del beneficio común de la Cristiandad, como para su comodidad y la de sus Reinos.
      
Dada en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, a 17 de Noviembre de 1571, año sexto de nuestro Pontificado.
     
Como es sabido, el proyecto no se llevó a cabo (San Pío V, el sha Tahmasp I y el jerife al-Mutahhar murieron en 1572, y la Liga Santa se disolvió al año siguiente), y el Turco continuó siendo una amenaza (la armada de la Sublime Puerta se reconstruyó y a más de derrotar la Liga en Navarino y retener a Chipre luego de que Venecia pidiera la paz para mantener sus dominios en el Adriático, recuperó la ciudad de Túnez en 1574 luego de haber sido conquistada el año anterior por España). Aun así, el proyecto pío y la carta que hemos reproducido son un buen testimonio de geopolítica papal.
     
NOTAS
[1] Ludwig von Pastor, Historia de los Papas, vol. VIII, Roma, 1929, pág. 563.
[2] Los textos son tomados de la Vita del gloriosissimo papa Pio quinto escrita por Girolamo Catena, Roma, 1587, págs. 262-268 y 275.
[3] La Arabia Feliz (correspondiente al actual Yemén y al sur de Arabia Saudita) era una de las divisiones de la Península Arábiga heredadas de la historiografía romana, junto con la Arabia Pétrea (antiguo Reino Nabateo, conquistado por los romanos) y la Arabia Desierta (centro de la península). En ese tiempo, Yemén era territorio reclamado por los otomanos, pero solo controlaban las tierras altas del occidente, y el jerife zaidí al-Mutahhar, reclamando el imanato, se había alzado en guerra contra los turcos.
[4] Si bien la carta se dirigía al rey Menas (nombre de trono Admas Sagad/አድማስ ሰገድ, “Aquel ante quien se inclinan las cumbres”), quien la recibió fue su hijo Sarsa Dengel (en Ge’ez ሠርጸ ድንግል, “Retoño de la Virgen”; nombre de trono Malak Sagad መለክ ሰገድ, “Aquel ante quien se inclinan los ángeles”), que asumió el trono a la muerte de aquel en 1563.

jueves, 31 de julio de 2025

CARTA DE CONSTANTINO SOBRE LA FECHA DE LA PASCUA


Los textos latino y griego proceden de la Vida del Emperador Constantino, libro tercero, capítulos XVII-XX, incluido en la Historia Eclesiástica de Eusebio de Cesarea, libro décimo (ed. de Ernst Zimmermann, tomo II. Fráncfor del Meno, Librería Hermaniana, 1822, págs. 923-929).
   
LATÍN
Constantínus Augústus, Ecclésiis.
  
I. Cum ex próspero reipúblicæ statu compértum habérem quánta fuísset erga nos omnipoténtis Dei benígnitas, in hoc præcípue mihi elaborandum esse existimavi, ut a sanctissimis Ecclésiæ cathólicæ populis una fides, sincera charitas et consona erga omnipotentem Deum religio servaretur. Sed quoniam fieri non poterat ut ea res firme ac stabiliter constitueretur, nisi omnibus episcopis vel certe plurimis eorum in unum congregatis, singula quæ ad sacratissimam religionem pertinent disceptata prius fuissent, hanc ob causam coactis quam fieri potuit plurimis Sacerdotibus, me quoque tanquam uno ex vobis præsénte (neque enim negaverim id quo maxime exulto, conservum me vestrum esse), cuncta competenti examine eo usque discussa sunt, donec inspectori omnium Deo accepta sententia, ad unitatis concentum proferretur in lucem. Ítaque nullus dissensióni, nullus controvérsiæ de fide locus amplius relinqueretur.

II.
Ubi cum de sanctíssimo étiam Páschæ die quǽsitum fuisset, communi omnium sententia decretum est, eam festivitatem uno eodemque die ab omnibus ubique celebrari oportere. Quid enim pulchrius, quid honestius nobis esse possit, quam ut hæc festivitas, a qua spem immortalitatis accepimus, uno eodemque ordine et certa ratione ab omnibus inoffense observetur? Ac primum quidem visa est omnibus res esse prorsus indigna, ut in sanctíssimæ hujus solemnitátis celebratione consuetúdinem Judæórum sequeremur; qui cum manus suas nefario scelere contaminarint, merito impuri homines cæcitáte mentis laborant. Quippe rejecta illorum consuetudine, possumus rectiori ordine, quem a primo passionis die ad hæc usque tempora servavimus, ad futura etiam sǽcula hujus observántiæ ritum propagare. Nihil ergo nobis commune sit cum inimicissima Judæórum turba. Áliam enim viam a Servatore accepimus. Propósitus est sacratíssimæ religioni nostræ cursus legítimus et honestus. Hunc unanimi consensu retinentes, ab illa turpissima societate et conscientia nos abstrahamus, fratres carissimi. Est enim profecto absurdissimum quod illi magnifice jactant, nos absque ipsorum magisterio hæc commode observare non posse. Quidnam vero illi recte sentire possint, qui post necem Domini, post illud parricidium mente capti, non ratione, sed præcípiti ímpetu feruntur, quocumque innatus furor ipsos impulerit. Hinc est quod ne in hac quidem parte veritatem ipsam perspiciunt: adeo ut a convenienti emendatione longissime aberrantes, uno eodemque anno duo paschata celebrent. Quid ergo est cur istos sequamur, quos constat gravissimo erroris morbo laborare? Nam uno eodemque anno geminum pascha facere nunquam profecto sustinebimus. Verum étiamsi quæ dixi mínime suppeterent, vestræ tamen solértiæ est id curáre omnibus modis atque optare, ne sanctitas animarum vestrarum, in ullius rei similitudine cum nequissimorum hominum moribus sociari et commisceri videatur. Illud prætérea considerandum est, nefas esse ut in tanti momenti negotio et in hujusmodi religionis solemnitate dissensio reperiatur. Unum enim liberátis nostræ festum diem, hoc est, diem sacratíssimæ Passiónis, Servator noster nobis reliquit, unamque esse voluit catholicam Ecclesiam. Cujus membra licet variis locis dispersa sint, uno tamen Spiritu, Dei scilicet voluntate, foventur. Consideret, quǽso, vestræ Sanctitatis solertia, quam grave sit et indecorum, iisdem diebus alios quidem jejuniis intentos esse, alios vero convivia celebrare, et post dies paschae, alios quidem in festivitatibus et animorum remissione versari, alios vero definitis vacare jejuniis. Hoc itaque convenienti emendatione corrigi, et ad unam eámdemque formam redigi divina vult providentia, quemadmodum omnes meo quidem judicio intelligitis.
   
III.
Proinde cum hoc ita emendari oporteret, ut nihil nobis commune esset cum illorum Domini interfectorum et parricidarum consuetudine, cumque hic ordo decentissimus sit, quem omnes tam occidentalium quam meridianarum et septentrionalium orbis partium Ecclésiæ, ac nonnúllæ quoque orientalium servant, idcirco id ǽquum rectumque esse omnes judicaverunt, quod et vobis placiturum esse spopondi, ut scilicet quod in urbe Roma perque omnem Itáliam, Áfricam, Ægýptum; per Hispániam, Gállias, Británnias, Lýbias; per universam Acháïam, per Asiánam et Pónticam dioecesim; per Cilíciam denique concordi sententia observatur, id vestra quoque prudentia libentibus animis amplectatur. Illud nimirum attendens, non modo majorem esse numerum ecclesiarum in locis supra memoratis, verum etiam aequissimum esse ut omnes in commune id velint quod stricta ratio exigere videtur, nec ullam cum Judæórum perjurio societatem habere. Atque ut summatim ac breviter dicam, placuit communi omnium judicio, ut sanctissima paschae festivitas uno eodemque die celebraretur. Neque enim decet in tanta sanctitate aliquam esse dissonantiam, praestatque eam sequi sententiam in qua nulla est alieni erroris scelerisque societas atque communio.
   
IV.
Quæ cum ita sint, cœléstem gratiam et plane divinum mandatum libenter suscipite. Quidquid enim in sanctis episcoporum conciliis geritur, id omne ad divinam referendum est voluntatem. Quamobrem ubi ea quæ gesta sunt dilectis fratribus nostris intimaveritis, supradictam rationem et sanctissimi diei observantiam suscipere et constituere debetis, ut cum in dilectionis vestræ conspectum jampridem a me desideratum venero, uno eodemque vobiscum die sanctam festivitatem peragere possim, utque de omnibus una vobiscum gaudeam, cernens diaboli crudelitatem divina potentia nobis operam navantibus esse sublatam, florente ubique terrarum vestra fide et pace atque concordia. Deus vos servet, fratres carissimi. —Hanc epistolam Imperátor eodem exemplo scriptam, in omnes provincias direxit, ut suæ erga Deum pietatis sinceritatem tanquam in speculo quodam aspiciendam legentibus præbéret.

GRIEGO
Κωνσταντῖνος Σεβαστὸς ταῖς Ἐκκλησίαις.

I.
Πεῖραν λαβὼν ἐκ τῆς τῶν κοινῶν εὐπραξίας, ὅση της θείας δυνάμεως πέφυκε χάρις, τοῦτον πρό γε πάντων ἔκρινα εἶναί μοι προσήκειν σκοπὸν, ὅπως παρὰ τοῖς μακαριωτάτοις τῆς καθολικῆς ἐκκλησίας πλήθεσι, πίστις μία καὶ εἰλικρινὴς ἀγάπη, ὁμονώμων τε περὶ τὸν παγκρατῆ Θεὸν εὐσέβεια τηρῆται. ἀλλ' ἐπειδὴ τοῦτ' οὐχ οἷόν τ' ἦν ἀκλινῆ καὶ βεβαίαν τάξιν λαβεῖν, εἰ μὴ εἰς ταὐτὸ πάντων ὁμοῦ, ἢ τῶν γοῦν πλειόνων Ἐπισκόπων συνελθόντων, ἑκάστου τῶν προσηκόντων τῇ ἁγιωτάτῃ θρησκείᾳ διάκρισις γένοιτο, τούτου ἕνεκεν πλείστων ὅσων συναθροισθέντων, αὐτὸς δὲ καθάπερ εἷς ἐξ ὑμῶν ἐτύγχανον συμπαρὼν (οὐ γὰρ ἀρνησαίμην ἂν, ἐφ' ᾧ μάλιστα χαίρω, συνθεράπων ὑμέτερος πεφυκέναι) ἄχρι τοσούτου ἅπαντα τῆς προσηκούσης τετύχηκεν ἐξετάσεως, ἄχρις οὗ ἡ τῷ πὰντων ἐφορῳ Θεῷ ἀρέσκουσα γνὼμη, πρὸς τὴν τῆς ἑνότητος συμφωνίαν εἰς φῶς προήχθη, ὡς μηδὲν ἔτι πρὸς διχόνοιαν ἢ πίστεως ἀμφιστβήτησιν, ὑπολείπεσθαι.

II.
Ἔνθα καὶ περὶ τῆς τοῦ Πάσχα ἁγιωτάτης ἡμέρας, γενομένης ζητήσεως, ἔδοξε κοινῇ γνώμῃ καλῶς ἔχειν, ἐπὶ μιᾶς ἡμέρας πάντας τοὺς ἁπανταχοῦ ἐπιτελεῖν. τί γὰρ ἡμῖν κάλλιον, τί δὲ σεμνότερον ὑπάρξαι δυνήσεται, τοῦ τὴν ἑορτὴν ταύτην παρ' ἧς τὰς τῆς ἀθανασίας εἰλήφαμεν ἐλπίδας, μιᾷ τάξει καὶ φανερῷ λόγῳ παρὰ πᾶσιν ἀδιαπτώτως φυλάττεσθαι; καὶ πρῶτον μέν ἀνάξιον ἔδοξεν εἶναι, τὴν ἁγιωτάτην ἐκείνην ἑορτὴν τῇ τῶν Ἰουδαίων ἑπομένους συνηθείᾳ πληροῦν· οἳ τὰς ἑαυτῶν χεῖρας ἀθεμίτῳ πλημμελήματι χρᾴναντες, εἰκότως τὰς ψυχὰς οἱ μιαροὶ τυφλώττουσιν. ἔξεστι γὰρ, τοῦ ἐκείνων ἔθνους ἀποβληθέντος, ἀληθεστέρᾳ τάξει, ἥν ἐκ πρώτης τοῦ πάθους ἡμέρας ἄχρι τοῦ παρόντος ἐφυλάξαμεν, καὶ ἐπὶ τοὺς μέλλοντας αἰῶνας τὴν τῆς ἐπιτηρήσεως ταύτης συμπλήρωσιν ἐκτείνεσθαι. μηδὲν τοίνυν ἔστω ἡμῖν κοινὸν μετὰ τοῦ ἐχθίστου τῶν Ἰουδαίων ὄχλου· εἰλήφαμεν γὰρ παρὰ τοῦ Σωτῆρος ὁδὸν ἑτέραν· πρόκειται δρόμος τῇ ἱερωτάτῃ ἡμῶν θρησκείᾳ καὶ νόμιμος καὶ πρέπων. τούτου συμφώνως ἀντιλαμβανόμενοι, τῆς αἰσχρᾶς, ἐκείνης ἑαυτοὺς συνειδήσεως ἀποσπάσωμεν ἀδελφοὶ τιμιώτατοι. ἔστι γὰρ ὡς ἀληθῶς ἀτοπώτατον, ἐκείνους αὐχεῖν ὡς ἄρα παρεκτὸς τῆς αὐτῶν διδασκαλίας ταῦτα φυλάττειν οὐκ εἴημεν ἱκανοὶ. τί δὲ φρονεῖν ὀρθὸν ἐκεῖνοι δυνήσονται, οἳ μετὰ τὴν κυριοκτονίαν τε καὶ πατροκτονίαν ἐκείνην ἐκστάντες τῶν φρενῶν, ἄγονται οὐ λογισμῷ τινι, ἀλλ' ὁρμῇ ἀκατασχέτῳ, ὅποι δ' ἂν αὐτοὺς ἡ ἔμφυτος αὐτῶν ἀγάγῃ μανία. ἐκεῖθεν οὖν τοίνυν κᾂν τούτῳ τῷ μέρει τὴν ἀλήθειαν οὐχ ὁρῶσιν. ὡς δὴ κατὰ τὸ πλεῖστον αὐτοὺς πλανωμένους τῆς προσηκούσης ἐπανορθώσεως, τῷ αὐτῷ ἔτει δεύτερον τὸ Πάσχα ἐπιτελεῖν. τίνος χάριν τούτοις ἑπόμεθα, οὓς δεινὴν πλάνην νοσεῖν ὡμολόγηται· δεύτερον γὰρ τῷ ἑνὶ ἐνιαυτῷ οὐκ ἄν ποτε ποιεῖν ἀνεξόμεθα. ἀλλ' εἰ καὶ ταῦτα μὴ προὔκειτο, ἀλλὰ δὴ τὴν ἡμετέραν ἀγχίνοιαν ἐχρῆν καὶ διὰ σπουδῆς καὶ δι' εὐχῆς ἔχειν πάντοτε, ἐν μηδεμιᾷ τὸ καθαρὸν τῆς ὑμετέρας ψυχῆς κοινωνεῖν δοκεῖν ἀνθρώπων ἔθεσι παγκάκων. πρὸς τούτοις κᾀκεῖνο πάρεστι συνορᾷν, ὡς ἐν τηλικούτῳ πράγματι καὶ τοιαύτῃ θρησκείας ἑορτῇ διαφωνίαν ἄρχειν, ἐστὶν ἀθέμιτον. μίαν γὰρ ἑορτὴν τὴν τῆς ἡμετέρας ἐλευθερίας ἡμέραν, τουτέστι τὴν τοῦ ἁγιωτάτου πάθους, ὁ ἡμέτερος παρέδωκε Σωτὴρ, καὶ μίαν εἶναι τὴν καθολικὴν αὐτοῦ ἐκκλησίαν βεβούληται. ἧς εἰ καὶ τὰ μάλιστα εἰς πολλοὺς καὶ διαφόρους τόπους τά μέρη διῄρηται, ἀλλ' ὅμως ἑνὶ πνεύματι, τουτέστι τῷ θείῳ βουλήματι, θάλπεται. λογισάσθω δ' ἡ τῆς ἡμετέρας ὁσιότητος ἀγχίνοια, ὅπως ἐστὶ δεινόν τε καὶ ἀπρεπὲς, κατὰ τὰς αὐτὰς ἡμέρας ἑτέρους μέν ταῖς νηστείαις σχολάζειν, ἑτέρους δὲ συμπόσια συντελεῖν· καὶ μετὰ τὰς τοῦ Πάσχα ἡμέρας, ἄλλους μὲν ἐν ἑορταῖς καὶ ἀνέσεσιν ἐξετάζεσθαι, ἄλλους δὲ ταῖς ὡρισμέναις ἐκδεδόσθαι νηστείαις. διὰ τοῦτο γοῦν τῆς προσηκούσης ἐπανορθώσεως τυχεῖν, καὶ πρὸς μίαν διατύπωσιν ἄγεσθαι τοῦτο ἡ θεία πρόνοια βούλεται, ὡς ἔγωγ' ἅπαντας ἡγοῦμαι συνορᾷν. 
   
III.
Ὅθεν ἐπειδὴ τοῦθ' οὕτως ἐπανορθοῦσθαι προσῆκεν, ὡς μηδὲν μετὰ τοῦ τῶν πατροκτόνων τε καὶ κυριοκτόνων ἐκείνων ἔθνους εἶναι κοινὸν. ἔστι δὲ τάξις εὐπρεπὴς, ἣν πᾶσαι αἱ τῶν δυτικῶν τε καὶ μεσημβρινῶν καὶ ἀρκτώων τῆς οἰκουμένης μερῶν παραφυλάττουσιν ἐκκλησίαι, καί τινες τῶν κατὰ τὴν ἑῴαν τόπων. τούτου ἕνεκεν ἐπὶ τοῦ παρόντος καλῶς ἔχειν ἅπαντες ἡγήσαντο. καὶ αὐτὸς δὲ τῇ ὑμετέρᾳ ἀγχινοίᾳ ἀρέσειν ὑπεσχόμην. ἵν' ὅπερ δ' ἂν κατὰ τὴν τῶν Ῥωμαίων πόλιν τε καὶ Ἀφρικὴν, Ἰταλίαν τε ἅπασαν, Αἴγυπτον, Σπανίαν, Γαλλίας, Βρεττανίας, Λιβύας, ὅλην Ἑλλάδα, Ἀσιανὴν τε διοίκησιν καὶ Ποντικὴν, καὶ Κιλικίαν, μιᾷ καὶ συμφώνῳ φυλάττεται γνώμῃ, ἀσμένως τοῦτο καὶ ἡ ὑμετέρα προσδέξηται σύνεσις, λογιζομένη ὡς οὐ μόνον πλείων ἐστὶν ὁ τῶν κατὰ τοὺς προειρημένους τόπους ἐκκλησιῶν ἀριθμὸς, ἀλλὰ καὶ ὡς τοῦτο μάλιστα κοινῇ πάντας ὁσιώτατόν ἐστι βούλεσθαι, ὅπερ καὶ ὁ ἀκριβὴς λόγος ἀπαιτεῖν δοκεῖ, καὶ οὐδεμίαν μετὰ τῆς Ἰουδαίων ἐπιορκίας ἔχειν κοινωνίαν. ἵνα δὲ τὸ κεφαλαιωδέστερον συντόμως εἴπω, κοινῇ πάντων ἤρεσε κρίσει, τὴν ἁγιωτάτην τοῦ Πάσχα ἑορτὴν μιᾷ καὶ τῇ αὐτῇ ἡμέρᾳ συντελεῖσθαι. οὐδὲ γὰρ πρέπει ἐν τοσαύτῃ ἁγιότητι εἶναί τινα διαφορὰν· καὶ κάλλιον ἕπεσθαι τῇ γνωμῇ ταύτῃ.

IV.
Τούτων οὖν οὕτως ἐχόντων, ἀσμένως δέχεσθε τὴν τοῦ Θεοῦ χάριν καὶ θείαν ὡς ἀληθῶς ἐντολὴν· πᾶν γὰρ, εἴ τι δ' ἂν ἐν τοῖς ἁγίοις τῶν Ἐπισκόπων συνεδρίοις πράττεται, τοῦτο πρὸς τὴν θείαν βούλησιν ἔχει τὴν ἀναφορὰν. διὸ πᾶσι τοῖς ἀγαπητοῖς ἡμῶν ἀδελφοῖς ἐμφανίσαντες τὰ πεπραγμένα, ἤδη καὶ τὸν προειρημένον λόγον καὶ τὴν παρατήρησιν τῆς ἁγιωτάτης ἡμέρας ὑποδέχεσθαί τε καὶ διατάττειν ὀφείλετε, ἵν' ἐπειδὰν πρὸς τὴν πάλαι μοι ποθουμένην τῆς ὑμετέρας διαθέσεως ὄψιν ἀφίκωμαι, ἐν μιᾷ καὶ τῆ αὐτῇ ἡμέρᾳ τὴν ἁγίαν μεθ' ὑμῶν ἑορτὴν ἐπιτελέσαι δυνηθῶ, καὶ πάντων ἕνεκεν μεθ' ὑμῶν εὐδοκήσω, συνορῶν τὴν διαβολικὴν ὡμότητα, ὑπὸ τῆς θείας δυνάμεως διὰ τῶν ἡμετέρων πραξεων ἀνῃρημένην, ἀκμαζούσης πανταχοῦ τῆς ἡμετέρας πίστεως καὶ εἰρήνης καὶ ὁμονοίας. ὁ Θεὸς ὑμᾶς διαφυλάξοι, ἀδελφοὶ ἀγαπητοὶ. — Ταύτης βασιλεὺς ἐπίστολῆς ἰσοδυναμοῦσαν γραφὴν ἐφ' ἑκάστης ἐπαρχίας διεπέμπετο. ἐνοπτρίζεσθαι τῆς αὐτοῦ διανοίας τὸ καθαρώτατον καὶ τῆς πρὸς τὸ θεῖον ὁσίας, παρέχων τοῖς ἐντυγχάνουσι.
  
TRADUCCIÓN
Constantino Augusto, a las iglesias.

1. La gran gracia del poder de Dios ha ido en constante aumento, como lo demuestra la prosperidad general del imperio. Por lo tanto, decidí fijarme como mi objetivo primordial que una sola fe, un amor sincero y una devoción inquebrantable a Dios Todopoderoso se mantengan entre las más benditas asambleas de la Iglesia Católica. Pero percibí que esto solo podría establecerse firme y permanentemente cuando todos los obispos, o al menos la mayoría, se reunieran en un mismo lugar para un concilio donde pudieran discutir cada punto de nuestra santísima religión. Así que reunimos a tantos como fue posible, y yo mismo estuve presente como uno de ustedes; pues no negaré lo que me alegra especialmente: ser su consiervo. Todos los puntos fueron entonces investigados minuciosamente, hasta que se llegó a una decisión que fue considerada aceptable para quien es el inspector de todas las cosas, y que trajo consigo un acuerdo unificado, sin dejar nada que pudiera causar disensión o controversia en materia de fe.

3. En el concilio también consideramos la cuestión de nuestra festividad más sagrada, la Pascua, y se determinó de común acuerdo que todos, en todas partes, la celebraran en un mismo día. Pues, ¿qué puede ser más apropiado, o más solemne, que esta fiesta, de la que hemos recibido la esperanza de la inmortalidad, sea celebrada por todos sin variación, con el mismo orden y una disposición clara? Y, en primer lugar, nos parecía muy indigno celebrar esta sagrada fiesta siguiendo la costumbre de los judíos, un pueblo que se ha manchado las manos con un terrible ultraje, contaminando así sus almas y ahora está merecidamente ciego. Al haber descartado su forma de calcular la fecha de la festividad, podemos asegurar que las generaciones futuras puedan celebrar esta observancia en la fecha más precisa que hemos mantenido desde el primer día de la Pasión hasta la actualidad. Por lo tanto, no tengan nada en común con ese pueblo tan hostil, los judíos. Hemos recibido otro camino del Salvador. En nuestra santa religión, nos hemos propuesto un camino válido y preciso. Persigámoslo unánimemente. Retirémonos, honorables hermanos, de esa detestable compañía. Es verdaderamente absurdo que se jacten de que somos incapaces de observar correctamente estas cosas sin su instrucción. ¿Sobre qué tema son capaces de formarse un juicio correcto, quienes, tras el asesinato de su Señor y el parricidio, perdieron el juicio y se dejan llevar, no por un motivo racional, sino por una impulsividad incontrolable, a dondequiera que su furia innata los lleve? Por eso, incluso en este asunto, no perciben la verdad, de modo que constantemente yerran en extremo, y celebran la Pascua una segunda vez en el mismo año en lugar de corregirse adecuadamente. ¿Por qué, entonces, deberíamos seguir el ejemplo de quienes se reconocen contaminados por graves errores? ¡Ciertamente nunca deberíamos permitir que la Pascua se celebre dos veces en un mismo año! Pero incluso si estas consideraciones no se les presentaran, deberían cuidar, con diligencia y oración, de que sus almas puras no tengan nada en común, ni siquiera parezcan tenerlo, con las costumbres de hombres tan depravados. También hay que tener en cuenta lo siguiente: en un asunto tan importante y de tanta significación religiosa, el más mínimo desacuerdo es sumamente irreverente. Porque nuestro Salvador nos dejó solo un día para recordar nuestra liberación: el día de su santísima pasión. También quiso que su Iglesia católica fuera una; cuyos miembros siguen siendo cuidados por un solo Espíritu, es decir, por la voluntad de Dios, por muy dispersos que estén. Que el buen sentido, acorde con su carácter sagrado, considere cuán grave e inapropiado es que en los mismos días algunos ayunen, mientras que otros celebran festividades; y que después de la Pascua algunos celebren festividades y regocijo, mientras que otros se sometan a ayunos prescritos. Por esta razón, la Divina Providencia dispuso que implementáramos una corrección apropiada y estableciéramos una práctica uniforme, como supongo que todos saben.
  
10. Así que, en primer lugar, era deseable cambiar la situación para que no tuviéramos nada en común con esa nación de asesinos de padres que mataron a su Señor. En segundo lugar, el orden que observan todas las iglesias del oeste, sur y norte, y algunas también del este, es perfectamente adecuado. Por lo tanto, en este momento, todos consideramos apropiado que usted, inteligente como es, también aceptara con alegría lo que se observa con tan general unanimidad en la ciudad de Roma, en toda Italia, África, todo Egipto, España, Francia, Gran Bretaña, Libia, toda Grecia y las diócesis de Asia, Ponto y Cilicia. Me comprometí a que esta solución le satisfaría después de que la examinara detenidamente, sobre todo porque consideré que no solo la mayoría de las congregaciones se encuentran en los lugares recién mencionados, sino que también todos tenemos la sagrada obligación de unirnos en el deseo de todo lo que el sentido común parezca exigir, y que no tenga relación con el perjurio de los judíos. En resumen, se determinó de común acuerdo que la santísima festividad de la Pascua se solemnizara en un mismo día; pues no es del todo decente que haya diferencia alguna en un asunto tan sagrado y serio. Es muy loable adoptar esta opción, que no tiene nada que ver con errores extraños ni se aparta de lo correcto.
  
12. Puesto que estas cosas son consecuentes, reciban con alegría este mandato celestial y verdaderamente divino. Pues todo lo que se hace en las sagradas asambleas de los obispos se puede atribuir a la voluntad divina. Por lo tanto, una vez que hayan demostrado lo prescrito a todos nuestros amados hermanos, sería bueno que hicieran públicas las declaraciones escritas anteriores y aceptaran el razonamiento, que ha demostrado ser válido, y establecieran esta observancia del día santísimo. De esta manera, cuando llegue para verificar su estado, lo cual he deseado fervientemente desde hace tiempo, podré celebrar la sagrada festividad con ustedes en un mismo día, y me regocijaré con ustedes por todo, al ver que, mediante nuestros esfuerzos, el poder divino está frustrando la crueldad de Satanás, y que su fe, paz y unidad florecen por doquier. Que Dios los guarde, amados hermanos. — El emperador envió esta carta, escrita de la misma manera, a todas las provincias, para poder presentar a sus lectores, como en una especie de espejo, la sinceridad y piedad de su carácter pintado hacia Dios.

martes, 1 de abril de 2025

LA MASONERÍA CONTRA EL EMPERADOR CARLOS I DE AUSTRIA

Traducción por ADELANTE LA FE del artículo publicado por Paolo Maria Siano FI en CORRISPONDENZA ROMANA.
   

El último emperador de Austria fue Carlos I de la Casa de Habsburgo-Lorena-Este (1887-1922), quien también reinó bajo los nombres de Carlos IV, Rey de Hungría y Carlos III, Rey de Bohemia.

Ya en el siglo XIX estaba claro que el proyecto masónico de una gran República universal y europea implicaba la ruina de la monarquía católica de los Habsburgo (ver aquí). Los dos volúmenes de la Posítio super virtútibus también muestran la gran lucha de la Masonería contra el bienaventurado Carlos I de Austria (cfr. Congregátio de Cáusis Sanctórum, Vindobonénsis. Beatificatiónis et Canonizatiónis Servi Dei Caróli e Domo Áustriæ Imperatóris ac Regis (1887-1922) – Posítio super virtútibus et famæ sanctitátis, vols. I-II, Roma 1994). De la Posítio citaré volumen y página.
   
He aquí una breve reseña histórica del Siervo de Dios.
   
Convertido en Emperador en 1916, hizo de todo para alcanzar la paz, pero en junio de 1917 la masonería presiona para la caída de la Casa de Habsburgo. En noviembre de 1918, Carlos concluye el armisticio. En 1919 parte al exilio estableciéndose en Suiza. En abril y octubre de 1921 hay dos intentos de regresar a Hungría. El 24 de octubre de 1921, Carlos es arrestado. En noviembre de 1921 es entregado a los británicos y deportado a la isla portuguesa de Madeira. En febrero de 1922, debido a la pobreza en la que se encuentra, tiene que trasladarse a una malsana casa en la montaña. Después de aproximadamente un mes, comienza su enfermedad en los pulmones y definitivamente tiene que permanecer en cama. El 31 de marzo de 1922 sus condiciones empeoraron, el fin es inminente. El 1 de abril de 1922 murió el Siervo de Dios (Posítio, vol. I, págs. 225-228). La esposa del bienaventurado Carlos, Su Majestad Zita de Borbón-Parma (1892-1989) Emperatriz de Austria y Reina de Hungría, Gran Cruz de Honor de la Soberana Militar Orden de Malta, subdivide
«en tres etapas principales la actividad de la masonería con relación al Siervo de Dios:
a) Frustración de los intentos de paz, y ruina de la dinastía católica y de su jefe, a través de la revolución de noviembre del año 1918.
b) Intento en el año 1919 de ganar personalmente para sus propósitos al mismo Siervo de Dios, mediante un ofrecimiento repetido tres veces, en una época en que particularmente parecía no haber esperanza alguna para su regreso al trono.
c) Finalmente en el año 1922, un último intento de tender una mano salvadora al monarca ya destronado también en Hungría, prisionero, exiliado, renegado por todo el mundo, privado de todos los medios de vida, entregado a discreción con su esposa e hijos. Él tenía que renunciar a la corona que le había dado Dios, y esto como signo de renuncia a una tarea que Dios le había encomendado, para servirles de ahora en adelante y poner su esperanza en su ayuda» (Posítio, vol. I, págs. 596-597).
Respecto a la primera fase, Su Majestad Zita afirma:
«La decisión definitiva de la masonería de liquidar la monarquía austrohúngara fue adoptada con motivo del Congreso Eucarístico de Viena en el año 1912. El Siervo de Dios lo supo pocos días después. De una comunicación recibida sobre una resolución de la Gran Logia de Francia (las sesiones tuvieron lugar en Berna, Ginebra, París y Roma, y participaron también los masones alemanes) resulta que ya en el año 1915 el fin de la Casa de Habsburgo y el reparto detallado de la monarquía austro-húngara era una cuestión decidida y jurada» (Posítio, vol. I, pág. 541).
La Archiduquesa Isabel Carlota, hija de Carlos I, también habla de ese plan masónico del año 1915 dirigido a arruinar la monarquía austrohúngara y la Casa de los Habsburgo en cuanto católica. Ese plan detallado se implementó en los años 1918-19. Carlos I lo tuvo en sus manos recién en 1917. En ese documento masónico fechado el 28 de mayo de 1915 (adjuntado al expediente) se afirma que el gobierno inglés y el francés deben considerar que la masonería quiere la ruina de la Casa de Habsburgo al igual que la de los Borbones (cf. Posítio, vol. I, págs. 153-154).
    
Descubrí que la Revista Masónica del Gran Oriente de Italia del 1 de enero de 1914 (págs. 3-7) publicó la traducción de un artículo de la revista The American Freemason en el que un diplomático anónimo y masón preconiza la caída de las monarquías, incluida la de los Habsburgo (pág. 6).

En la segunda fase, en Suiza, el Siervo de Dios es abordado en tres ocasiones por miembros de la masonería que le ofrecen esa Corona que le han quitado. A cambio, piden libertad para las logias masónicas y concesiones laicistas con relación a las escuelas y al matrimonio. El Siervo de Dios rechaza el pedido. Su respuesta a las propuestas masónicas es: «Lo que he recibido de Dios no puedo aceptarlo de manos del demonio». Tras el rechazo a los masones, también aparecen en la prensa suiza artículos contra el Siervo de Dios (cf. Posítio, vol. I, págs. 173-174).

El Conde Nicolás Revertera da a conocer al Siervo de Dios un mensaje de un francmasón de Berna, el «Dr. Adolf Rundzieher»: que entre en la masonería y en el término de dos años le será restituido el trono. Carlos rechaza la propuesta: es mejor perder el trono que formar parte de una organización enemiga de la Iglesia. Otro francmasón, un tal De Szék (se dice que tenía buenas relaciones con el príncipe Arturo del Reino Unido, Duque de Connaught) se acerca a Carlos pero éste rechaza otra vez las propuestas masónicas (cf. Posítio, vol. I, pág. 175).
   
El cuñado del bienaventurado Carlos, el Príncipe Francisco Javier de Borbón-Parma [pretendiente carlista al trono de España como Javier I, padre de S. A. R. Don Sixto Enrique y del traidor Carlos Hugo, N. del E.] informa que «probablemente bajo presión» de los círculos judíos que con el surgimiento del movimiento alemán y de los nuevos Estados temían un nuevo antisemitismo, algunos ambientes masónicos cambian de estrategia y proponen al Siervo de Dios su regreso a Viena y, «con la ayuda de los Estados Unidos» y «con un poderoso apoyo de naturaleza financiera», la restauración política y económica de Austria-Hungría.

Sus condiciones: el Emperador debe reconocer y proteger a la masonería y aceptar la influencia laicista en la escuela y el matrimonio. Carlos rechaza la propuesta. Los masones se presentan por segunda vez pidiendo ya no más un reconocimiento oficial de la masonería, sino solo tolerancia. Carlos rechaza el pedido y luego le dirá al Príncipe Javier:
«Humanamente hablando, me darían todas las garantías para retomar el control de mis Estados y de todas partes fue ejercida sobre mí una poderosa presión para que no rechazara esta última oportunidad. Pero ante Dios no puedo justificar obtener el bien con la ayuda del mal. Para ello no habría bendición alguna».
Los masones se presentan por tercera vez y piden nuevamente tolerancia para la masonería, la escuela y matrimonio no confesional. Carlos se niega aunque esos masones le hagan «las amenazas más graves contra él, su futuro y sus hijos» (Posítio, vol. I, págs. 175-176).

La archiduquesa Isabel Carlota también se refiere a los intentos masónicos que tuvieron lugar en Suiza desde junio de 1919 y especifica que el masón del segundo intento era húngaro (cf. Posítio, vol. I, págs. 256-258) [este masón era Pablo Teleki Muráti, conde de Szék, primer ministro de Hungría entre 1920 y 1921 y luego entre 1938 y 1941, año en el que se suicidó (un pariente suyo, Samuel Teleki, fue explorador en África descubriendo los lagos Rodolfo y Estefanía –actuales Turkana y Chew Bahir respectivamente–, donde fue conocido como Bwana Tumbo, el “Señor Panza”), N. del E.].
   
Después de haber rechazado el tercer intento de los masones, el Siervo de Dios confía a su esposa: «La suerte está echada. Ahora nos irá mal en toda la línea». Ella le dice: «Ahora estos serán enemigos inexorables». «Sí», responde con mucha seriedad; y luego agrega con calma: «Nunca hubiera aceptado del diablo lo que Dios me ha dado» (Posítio, vol. I, págs. 594-595).

Su Majestad Zita informa que el Siervo de Dios debe abandonar Suiza, fue arrestado en Hungría y deportado a la isla de Madeira:
  • «[…] Según decisiones de las distintas grandes potencias adoptadas en conferencias secretas se estableció que el Siervo de Dios debía ser separado de mí y de los niños, deportado a una isla lejana y sometido allí a las más duras condiciones de vida. […] Pero antes de que esto sucediera, al Siervo de Dios, que ahora era posible que hubiera aprendido a sus costas, debía serle ofrecida por última vez la posibilidad de salvarse con vida y familia. Quizás después de todo esto sería más dócil en el futuro y sometido a los planes de la masonería. El cónsul inglés en Madeira visitó dos veces al Siervo de Dios. La primera vez, para comunicar en nombre de la conferencia de embajadores, en particular de Inglaterra, que, si el Siervo de Dios hubiera abdicado, todos los activos que le habían quitado le hubieran sido devueltos y, además, Inglaterra seguiría subvencionándolo materialmente. Si no abdicaba, estaba garantizado que nunca más se le restituiría nada, no se permitirían prerrogativas de Inglaterra y también se impediría cualquier cesión y envío de dinero a otra parte. El Siervo de Dios respondió al cónsul que su corona no era vendible. La segunda vez vino a colocar ante él como una amenaza en nombre de los mismos mandantes su mencionada separación de nosotros y el traslado a otro lugar, en el caso de que existiera tan solo alguna sospecha de que él planeaba un nuevo intento de restauración» (Posítio, vol. I, pág. 595).
  • «Inglaterra no admitiría ninguna prerrogativa y también se habría impedido cualquier asignación y envío de dinero a otros lugares. El Siervo de Dios respondió al cónsul que su corona no era vendible. La segunda vez vino a poner ante él como amenaza en nombre de los mismos ordenantes la citada separación de nosotros y el traslado a otro lugar, caso existiera tan solo la sospecha de que él estuviera planeando un nuevo intento de restauración» (Ibid.).
Su Majestad Zita prosigue: «Yo estaba terriblemente asustada, pero el Siervo de Dios me consolaba: ´Debemos confiar en Dios; el Sacratísimo Corazón de Jesús ya dirigirá todo de tal manera que se cumpla la Divina Voluntad, sea la que sea. Y con esto debemos estar tranquilos y felices”» (Posítio, vol. I, págs. 595-596).

En condiciones de extrema pobreza, obligado a vivir en una casa fría y húmeda, el Siervo de Dios se enferma de bronquitis que luego degenera en pulmonía. El 27 de marzo de 1922, el Siervo de Dios se confiesa con el P. Pablo Zsamboki. Después de la confesión, pide al sacerdote que se le acerque y le dice «en alta voz y con solemnidad»: «Perdono a todos aquellos que trabajaron contra mí, seguiré rezando y sufriendo por ellos» (Posítio, vol. I, pág. 213).

Cuando la noticia de su muerte se difunde en la isla de Madera, se oye una sola voz: «ha muerto un santo». Alguien, pensando en los sufrimientos del Siervo de Dios, añade: «Ha muerto el rey mártir» (Posítio, vol. I, pág. 221). 

domingo, 13 de octubre de 2024

SAN GERALDO DE AURILLAC, NOBLE Y MODELO DE CABALLERÍA

   
San Geraldo (850-909), noble de Aurillac (Alta Auvernia, Francia), después de varias peripecias, se confirmó en su resolución de ser “célibe por el Reino de los Cielos” y vivir en todo según el Evangelio. Se mortificaba en secreto, rezaba mucho, daba buen ejemplo y estaba constantemente en presencia de Dios. Consideraba a sus siervos como sus hermanos y procuraba ayudarlos en todo. Era muy clemente, y nada le gustaba tanto como perdonar a los que cometían algún delito. Geraldo perdió la vista siete años antes de morir. Fue sepultado en la bella abadía de Aurillac que él había fundado, y su tumba atrajo allí a numerosos peregrinos. San Odón de Cluny, quien antes fue abad de Aurillac, escribió una Vida (traducida al francés por el canónigo Compaign, cura de Savéne) presentando a San Geraldo como modelo de caballero cristiano, que pone su fuerza y riquezas al servicio de la justicia y la paz.
   
ORACIÓN
Oh Dios todopoderoso y misericordioso, que por un favor singular preservaste a tu bienaventurado Confesor San Geraldo de la transgresión de tus mandamientos en medio incluso de la corrupción de su tiempo, concédenos por tu  gracia, que imitándolo, estemos tan inviolablemente unidos a tu ley, que evitemos todo pecado y que cumplamos toda justicia. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 20 de noviembre de 2023

CARTA Fámuli vestræ pietátis SOBRE LA AUTORIDAD PAPAL

El papa San Gelasio escribió al emperador bizantino Anastasio I Dicoro sobre la relación existente entre la autoridad eclesiástica y la secular.

La autoridad eclesiástica es, en lo espiritual, superior a la secular porque vela tanto por el gobernante como por los súbditos, mientras que se somete a la autoridad secular en los asuntos temporales. En síntesis, cada una se considera independiente en su esfera, pero es de esperar que operen en armonía.
   
CARTA Fámuli vestræ pietátis SOBRE LAS RELACIONES DE LA AUTORIDAD ECLESIÁSTICA Y LA POTESTAD SEGLAR

Papa San Gelasio I al Emperador Anastasio.

§ 1 Los servidores de Vuestra Piedad, mis hijos, los señores Fausto e Ireneo, hombres ilustres, y sus compañeros que ejercen el cargo público de legado, cuando regresaron a la ciudad, dijeron que Vuestra Clemencia me preguntó por qué no os enviaba mi saludo de manera escrita. No, lo confieso, por mi designio; pero como los que habían sido enviados hacía poco desde las regiones del Este habían difundido por toda la ciudad que se les había negado el permiso de verme por orden vuestra, pensé que debía abstenerme de [escribir] cartas, para que no me juzguen más gravoso que obediente. Ya ves, por lo tanto, que no surgió de mi disimulo, sino más bien de la debida precaución, para no infligir molestia a alguien que quisiera rechazarme. Pero cuando supe que la benevolencia de Vuestra Serenidad había esperado, como antes indicado, una palabra de mi humildad, entonces comprendí verdaderamente que no sería injustamente reprochado si permaneciera en silencio. Porque, glorioso hijo, yo, como nacido en Roma, te amo, te honro y te acepto como Príncipe romano. Y como cristiano deseo tener conocimiento según la verdad con alguien que tiene celo de Dios. Y como Vicario de la Sede Apostólica (de cualquier calidad), siempre que veo que falta algo (por poco que sea) en la plenitud de la fe católica, intento suplirlo con sugerencias moderadas y oportunas. Porque me ha sido encomendada la impartición de la palabra divina: «¡Ay de mí si no anuncio el evangelio!» (1 Cor 9, 16). Porque si el vaso de la elección, el bienaventurado apóstol Pablo, tiene miedo y clama, ¿cuánto más urgentemente debo temer si en mi predicación omito algo del ministerio de la predicación que ha sido divinamente inspirado y transmitido por la piedad de los padres.

§ 2 Ruego a vuestra Piedad que no juzguéis [mi] deber hacia el designio divino como arrogancia. Lejos del príncipe romano, le ruego, que juzgue como una injuria la verdad que siente en su corazón. Porque son dos, oh emperador Augusto, los que gobiernan principalmente el mundo: la sagrada autoridad de los pontífices y el poder real. Entre las cuales, cuánto más pesada es la carga de los sacerdotes, hasta el punto de que tendrán que rendir cuentas al Señor en el momento del juicio, incluso por esos mismos reyes. Porque sabes, oh hijo misericordioso, que aunque presides con dignidad el género humano, sin embargo inclinas devotamente tu cuello ante los dirigentes de las cosas divinas, y de ellos esperas las causas de tu salvación, y reconoces que, al participar de los sacramentos celestiales y estar dispuesto a ellos (como es apropiado), debes estar sometido al orden de la religión en lugar de gobernarlo. Por lo tanto, sabes que en estos asuntos dependes de su juicio y no estás dispuesto a obligarlos a obedecer tu voluntad. Porque si, en lo que respecta al orden de la disciplina pública, también los mismos obispos obedecen vuestras leyes, sabiendo que el impérium os ha sido conferido desde lo alto, para que en las cosas mundanas parezcan oponerse a la sentencia eminente; ¿Con qué pasión os conviene, os pregunto, obedecer a quienes han sido asignados para la distribución de los venerables misterios? Así como el peligro no recae a la ligera sobre los pontífices, por haber guardado silencio en favor del culto a la Divinidad, lo cual es conveniente; por lo tanto, no existe un pequeño peligro para aquellos que (¡permítase pensarlo!) cuando deberían obedecer, miran de reojo. Y si está establecido que los fieles sometan su corazón a todos los sacerdotes en general que transmiten correctamente las cosas divinas, ¿cuánto más deben someterse al prelado de esa Sede, a quien la Divinidad suprema quiso también ser preeminente sobre todos los sacerdotes y que posteriormente celebró la piedad de la Iglesia universal?

§ 3 Es evidente que, dondequiera que se dirige vuestra piedad, nadie ha podido elevarse al privilegio o confesión de aquel a quien la voz de Cristo ha puesto sobre todos, que ha sido siempre confesado y venerado por la Iglesia, y tiene la primera devoción. Las cosas que han sido constituidas por juicio divino pueden ser atacadas por la presunción humana, pero no pueden ser conquistadas por ningún poder. Y ojalá la audacia no fuera tan perniciosa para quienes luchan, ya que las cosas que han sido fijadas por el mismo fundador de la religión sagrada no pueden ser derribadas por ninguna fuerza: el fundamento de Dios permanece firme (2 Tim 2:19). Porque, ¿puede la religión, cuando está infestada de algunas [personas], ser vencida por las novedades? ¿No es más bien permanecer invicto por aquello que supuestamente podría vencerlo? Y te pido, por tanto, que desistan los que bajo tu égida corren precipitadamente buscando la destrucción de la iglesia, lo cual no está permitido; o al menos que estos de ninguna manera logren lo que perversamente desean, y no guarden sus medida ante Dios y los hombres.

§ 4 Por esta razón, ante Dios, ruego, conjuro y exhorto a vuestra piedad pura y sinceramente para que no recibáis mi petición con desdén: repito: os pido que me oigáis suplicaros ahora en esta vida, antes que (más adelante) acusándote (¡perezca el pensamiento!) ante el tribunal divino. Tampoco se me oculta, oh emperador Augusto, cuál ha sido la devoción de vuestra piedad en la vida privada. Tú siempre elegiste ser partícipe de la promesa eterna. Por tanto, os ruego que no os enojéis conmigo si os amo tanto que quiero que tengáis ese reinado que tenéis temporalmente y para siempre, y que vosotros, que gobernáis la época, podáis gobernar con Cristo. Ciertamente, según tus leyes, Emperador, no permites que nada perezca, ni permites que se haga daño alguno al nombre romano. Seguramente no es cierto, Excelentísimo Príncipe, que deseas no sólo los beneficios presentes de Cristo sino también los futuros, que permitas que cualquiera bajo tu égida traiga pérdida a la religión, a la verdad y a la sinceridad de la Comunión Católica. ¿Y a la Fe? ¿Con qué fe (os pregunto) pediréis recompensa allí a aquel cuya pérdida no prohibís aquí?

§ 5 Te ruego que no te resulten pesadas las cosas que se dicen para tu salvación eterna. Lo habéis leído escrito: «Mejores son las heridas del amigo que los besos del enemigo» (Prov. 27,8). Pido a vuestra piedad recibir lo que digo en vuestra mente con el mismo sentimiento con el que lo digo. Que nadie engañe a Vuestra Piedad. Es cierto lo que testimonian figurativamente las Escrituras a través del profeta: «Una es mi paloma, otra es mi perfecta» (Cant. 6,8), una es la fe cristiana, que es católica. Pero es verdaderamente católica aquella fe que está dividida por una comunión sincera, pura e inmaculada de todos los pérfidos y de sus sucesores y asociados. De lo contrario no habría la distinción divinamente ordenada, sino un embrollo deplorable. Tampoco quedaría motivo alguno, si permitimos este contagio en alguien, para no abrir de par en par la puerta a todas las herejías. Porque el que en una cosa ofende, es culpable de todas (Santiago 2:10); y: quien desprecia las cosas pequeñas caerá poco a poco (Eclesiástico 19:1)

§ 6 Esto es lo que la Sede Apostólica previene vigorosamente: que siendo la raíz pura la gloriosa confesión del Apóstol, no quede manchada por ninguna fisura de perversidad ni por ningún contagio directo. Porque si sucediera algo así (que Dios no lo quiera, y que confiamos que es imposible), ¿cómo podríamos atrevernos a resistir cualquier error, o de dónde podríamos pedir la corrección a los que están en el error? Además, si Vuestra Piedad niega que los habitantes de una sola ciudad puedan reunirse en paz, ¿qué haríamos con el mundo entero, si (Dios no lo quiera) se dejara engañar por nuestra prevaricación? Si el mundo entero ha sido reparado, despreciando las tradiciones profanas de sus padres, ¿cómo no podría convertirse el pueblo de una sola ciudad si la predicación de la fe persevera? Por eso, glorioso Emperador, ¿no quiero yo la paz, que la abrazaría aunque fuera al precio de mi sangre? Pero te lo ruego, tengamos en cuenta de qué tipo debe ser la paz; no cualquier tipo, sino una paz verdaderamente cristiana. ¿Cómo puede haber verdadera paz donde falta la casta caridad? Pero cómo debe ser la caridad, evidentemente nos predica el Apóstol, quien dice: La caridad surge del corazón puro, de la buena conciencia y de la fe no fingida (1 Tim 1,5). ¿Cómo, te ruego, será de un corazón puro, si está envenenado por un contagio externo? ¿Cómo será de buena conciencia, si está mezclada con cosas depravadas y malas? ¿Cómo será de una fe no fingida si permanece unida a los pérfidos? Si bien hemos dicho muchas veces estas cosas, es necesario, sin embargo, repetirlas sin cesar y no guardar silencio mientras se siga esgrimiendo como excusa el nombre de “paz”; No nos corresponde a nosotros (como se afirma con envidia) hacer la “paz”, pero, sin embargo, enseñamos que queremos esa paz verdadera, que es la única paz, aparte de la cual no se puede mostrar ninguna otra.

§ 7 Ciertamente, si se cree que el dogma de Eutiques, contra el cual vigila atentamente la cautela de la Sede Apostólica, es coherente con la fe católica salvadora, entonces debe exponerse claramente, afirmarse y sostenerse con la mayor fuerza posible. porque entonces será posible mostrar no sólo cuán hostil es a la fe cristiana misma, sino también cuántas y cuán mortíferas son las herejías que contiene en sus heces. Pero si más bien (como estamos seguros de que lo hará) juzga que este dogma debe ser excluido de las mentes católicas, le pregunto por qué no suprime también el contagio de aquellos que han demostrado estar contaminados por él. Como dice el Apóstol: ¿Son culpables sólo los que hacen lo que no se debe hacer, y no también los que consienten a los que las hacen? (cf. Rom 1,32). En consecuencia, así como no se puede aceptar a un participante en la perversidad sin aprobarla igualmente, tampoco se puede refutar la perversidad admitiendo al mismo tiempo a un cómplice y partidario de la perversidad.

§ 8 Ciertamente, según vuestras leyes, los cómplices de crímenes y los que esconden ladrones están condenados por igual a la misma pena; ni se considera que no tenga parte en un crimen quien, aunque no lo haya cometido él mismo, acepta sin embargo la familiaridad y la alianza del autor. Por eso, cuando el Concilio de Calcedonia, celebrado por la fe católica y apostólica y por la verdadera comunión, condenó a Eutiques, el progenitor de aquellos detestables desvaríos, no se quedó ahí, sino que también hirió a su consorte Dióscoro y a los demás. De este modo, pues, como en toda herejía, no hay ambigüedad sobre lo que siempre se ha hecho o lo que se está haciendo: sus sucesores Timoteo [el Gato], Pedro [el Ronco] y el otro Pedro, el Antioquía, han sido eliminados, no individualmente por concilios convocados nuevamente para tratarlos individualmente, sino de una vez por todas como consecuencia de las actas regulares del sínodo. Por lo tanto, como no ha quedado claro que incluso aquellos que fueron sus corresponsales y cómplices estén todos vinculados con un rigor similar y estén por derecho totalmente separados de la comunión católica y apostólica, por la presente declaramos que también Acacio debe ser removido. de la comunión con Nosotros, ya que prefirió jugar su suerte con la perfidia antes que permanecer en la auténtica comunión católica y apostólica (aunque desde hace casi tres años ha sido avisado autorizadamente por cartas de la Sede Apostólica, para que no se llegue a este punto). ). Pero después de pasar a otra comunión, nada fue posible excepto que fuera inmediatamente separado de la asociación con la Sede Apostólica, no fuera que por su causa, si nos demorábamos un poco, pareciera que también Nosotros habíamos entrado en contacto con el pérfido. Pero cuando recibió tal golpe, ¿recuperó el sentido, prometió corrección, enmendó su error? ¿Se habría visto obligado a recibir un trato más indulgente, cuando ni siquiera los golpes más duros dejaban huella? Mientras se demora en su perfidia y condenación, es imposible usar su nombre en la liturgia de la iglesia y es innecesario tolerar cualquier contacto externo con él. Por lo tanto, será apartado de buena fe de la comunión herética en la que se ha mezclado, o no le quedará más remedio que expulsarlo con ellas.

§ 9 Pero si los obispos de Oriente murmuran que la Sede Apostólica no les aplicó tales juicios, como si hubieran convencido a la Sede Apostólica de que Pedro [el Ronco] debía ser aceptado como legítimo, o aún no lo habían sido totalmente cómplice de esta aceptación inaudita: así como no pueden demostrar que estaba libre de depravación herética, tampoco pueden excusarse de ninguna manera, estando en comunión con herejes. Si quizás debieran añadir que todos a una voz informaron de la recepción de Pedro [el Ronco] por Acacio a la Sede Apostólica, entonces por la misma razón saben cómo les respondió. Pero la autoridad de la Sede Apostólica, que en todas las épocas cristianas ha sido establecida sobre la Iglesia universal, está confirmada tanto por una serie de cánones de los Padres como por múltiples tradiciones. Pero aun así, si alguien logra usurpar algo para sí contra las ordenanzas del Sínodo de Nicea, esto puede ser demostrado ante el colegio de la única comunión, no ante la opinión de la sociedad externa. Si alguno tiene confianza entre ellos, que salga en medio y desacredite e instruya a la Sede Apostólica sobre cada parte. Por tanto, que sea quitado de entre nosotros su nombre [Acacio], que obra la separación de las iglesias alejadas de la comunión católica, para que se repare la paz sincera de la fe y de la comunión, y la unidad: y luego que sea competente y legítimamente investigado. ¿Quién de nosotros se ha levantado o lucha por levantarse contra la venerable antigüedad? Y entonces aparecerá quien con modesta intención guarda la forma y la tradición de los mayores, y quien, saltando irreverentemente más allá de ellas, se considera capaz de igualarse mediante el robo.

§ 10 Pero si se me propone que el carácter del pueblo de Constantinopolita hace imposible (se dice) que se elimine el nombre de escándalo, es decir, Acacio; Guardo silencio, porque habiendo sido expulsado el hereje Macedonio anteriormente y Nestorio recientemente expulsado, el pueblo de Constantinopoli ha elegido seguir siendo católico en lugar de ser retenido por el afecto hacia sus mayores prelados condenados. Callo, porque los que han sido bautizados por estos mismos prelados condenados, permaneciendo en la fe católica, no se sienten perturbados por ninguna agitación. Callo, porque para cosas ridículas la autoridad de Vuestra Piedad frena ahora los tumultos populares; y así mucho más os obedecerá la multitud de la ciudad de Constantinopolita, para la necesaria salvación de sus almas, si vosotros, príncipes, los condujerais de nuevo a la comunión católica y apostólica. Porque, emperador Augusto, si alguien intentara algo contra las leyes públicas (¡permítete pensarlo!), por ningún motivo habrías podido sufrirlo. ¿No consideras que preocupa a tu conciencia que las personas sujetas a ti sean apartadas de la devoción pura y sincera a la Divinidad? Finalmente, si la mente de la gente de una ciudad no se considera ofendida si se corrigen las cosas divinas (como exige la materia), ¿cuánto más se sostiene que, para que las cosas divinas no se ofendan, no debemos (ni podemos) nosotros) golpeamos la fe piadosa de todos los de nombre católico?
   
§ 11 Y sin embargo estos mismos exigen que sean curados por nuestra voluntad. Por lo tanto, admiten que pueden curarse con remedios competentes: de lo contrario (¡Dios no lo permita!), al cruzarnos hacia su ruina, podemos perecer con ellos, mientras que no podemos salvarlos. Ahora aquí dejo a vuestra conciencia, bajo el juicio divino, lo que más bien debe hacerse: si, como Nosotros deseamos, debemos volver de una vez a una vida cierta; o, como éstos exigen, deberíamos tender a la muerte manifiesta.

§ 12 Pero todavía se esfuerzan en calificar de orgullosa y arrogante a la Sede Apostólica por suministrarles medicinas. La cualidad de los que languidecen es a menudo ésta: más bien acusan a los médicos que los llaman a volver a la salud con observaciones apropiadas, que aceptar ellos mismos deponer o reprender sus apetitos nocivos. Si somos orgullosos porque ministramos remedios adecuados para las almas, ¿cómo se llamará a los que resisten? Si somos orgullosos los que decimos que se debe dar obediencia a los decretos paternos, ¿con qué nombre deben llamarse los que se oponen a ellos? Si nos envanecemos los que deseamos que el culto divino sea servido con tenor puro e inmaculado; que digan cómo se debe nombrar a los que piensan incluso contra la divinidad. Así también nos consideran los demás, que están en el error, porque no consentimos en su locura. Sin embargo, la verdad misma indica dónde está realmente y lucha el espíritu de orgullo.

domingo, 15 de octubre de 2023

LA MEDIACIÓN PAPAL EN UN CONFLICTO DINÁSTICO


El Papa San Gregorio VII escribió el 15 de Octubre de 1079 al rey Harald III “El asentador” de Dinamarca, mediando en un conflicto dinástico entre Harald y sus hermanos paternos (y en donde Olaf III “El pacífico”, rey de Noruega, terció apoyando a San Canuto –que al morir Harald asumió como rey, y tiempo después, sería martirizado–).

El Papa le responde diciendo a Olaf III de Noruega que se abstenga de intervenir en el conflicto danés; y a Harald que comparta el gobierno con sus hermanos (que al final, se sucederían en el trono)
 
LATÍN (Fuente: Registrum Gregórii, libro VII, epístola 5.ª. En Migne, Patrología Latina CXLVIII, col. 549):
«GREGÓRIUS Epíscopus, servus servórum Dei, ACÓNO [Haráldo] regi Danórum salútem et apostólicam benedictiónem.
 
Sincéro charitátis afféctu dilectióni tuæ congratulámur, quía, licet in últimis terrárum fínibus pósitus, ea tamen qua ad Christiánæ religiónis cultum pertínere noscúntur, vigilánter studes inquírere, et quod sanctam Románam Ecclésiam matrem tuam et universórum recognóscens, ipsíus documénta tibi exóptas et expíscis. Vólumus étiam átque monémus, ut in his stúdiis et desidériis devótio tua persístens, et quántum píetas divína præstúterit crescens, nullaténus a propósito recto deficiat, sed ad melióra quotídie, sicut prudéntem virum et régiam decet constántiam, roborétur. Animadvertére síquidem debet excelléntia tua quod quánto plúribus superéminet ac dominátur, tanto magis sibi súbditos potest exémplo suo aut ad detérius (quod absit) inflectére, aut ad sanum consílium ignávos étiam provocáre. Íntueri quóque prudéntiam tuam necésse est temporális vitæ gáudia quam sint cadúca, quam fugítiva, qua, etsi vita diu crederétur mantúra tamen sæpe multis advérsis ex improvíso surgéntibus secúra stare non possunt. Unde summópere curáre opórtet ut ad illa quæ transíre nésciunt, et habéntem deserére néqueunt, gressus tuos constánter dírigas, et afféctum mentis inténdas. Cupéremus nímium certe de vestris áliquem prudéntem déricum ad nos veníre, qui et vestre gentis mores seu continéntias sciret nobis pléniter intimáre, et Apostólicæ sedis documénta sive mandáta plénius erudítus ad vos posset perférre.
  
Data Romæ, Ídibus Octóbris».
 
TRADUCCIÓN
«GREGORIO Obispo, siervo de los siervos de Dios, a Haakon [Harald], rey de los daneses, salud y bendición apostólica.

Con sincero afecto de caridad te felicitamos porque, aunque estás en los confines de la tierra, buscas vigilantemente para descubrir las cosas que se sabe que pertenecen a la observancia de la religión cristiana, y porque reconociendo a la Santa Iglesia Romana como tu madre y la de todos los hombres, deseas para ti y pides sus instrucciones. Queremos también y advertimos, que persistas en su estudio y deseo devoto, y que emprendas crecer en cuanto a la piedad divina, no decayendo en nada del recto propósito, sino que te reafirmes cada día como varón prudente y en cuanto conviene a la constancia real. Amonestamos además a Tu Excelencia que debe tener presente que cuanto más sobresale y gobierna sobre muchos, tanto más puede, con su ejemplo, volver a sus súbditos (¡lo que Dios no lo quiera!) hacia lo peor, o provocar a los perezosos al sabio consejo. Es necesario también que tu prudencia reflexione sobre cuán perecederos y cuán fugaces son los gozos de la vida terrena, la cual, aunque la vida se crea larga, no puede, sin embargo, permanecer segura cuando a menudo muchas desgracias surgen inesperadamente. Por lo tanto, es justo sobre todo tener cuidado de que dirijas constantemente tus pasos y ponga el deseo de su mente hacia las cosas que no conocen la muerte y no pueden fallar a quienes las poseen.

Dado en Roma, a 15 de Octubre».

sábado, 15 de julio de 2023

SAN VLADIMIRO, PRÍNCIPE DE KIEV


Los primeros santos de Rusia, tanto príncipes como monjes, están relacionados con Kiev, «la madre de las ciudades de Rusia, protegida por Dios». Kiev es, actualmente, la capital de la república de Ucrania, pero en la época a la que nos referimos, era el centro de un principado eslavo-finlandés, gobernado por señores de origen escandinavo, ya que los piratas y comerciantes «varegos» habían venido del norte por las vías fluviales. Durante la última parte del siglo X, el gran príncipe de Kiev era Vladimiro, quien no sólo había sido educado en la idolatría, sino que se entregaba abiertamente a los bárbaros excesos permitidos a los hombres de su posición. Era un hombre brutal y sanguinario. Un cronista árabe de la época, Ibn-Foslán, habla de sus cinco esposas y numerosísimas esclavas, lo cual confirma la frase de la «Crónica» de Néstor, donde se dice que «la lujuria de Vladimiro era insaciable». Se ha discutido y aún se discute mucho sobre las circunstancias de la conversión de Vladimiro al cristianismo. Lo cierto es que se convirtió, probablemente hacia el año 989, cuando tenía unos treinta y dos años. Poco después, se casó con Ana, hija del emperador Basilio II de Constantinopla. La conversión y el matrimonio estuvieron muy relacionados entre sí y la conversión del pueblo ruso data de aquella época.
   
Algunos autores piadosos atribuyen a Vladimiro una perfecta pureza de intención en su conversión, pero es evidente que le movió en gran parte la consideración de las ventajas políticas y económicas de la unión con Bizancio y con la Iglesia católica. Sin embargo, esto último no debe hacernos olvidar que, una vez que aceptó la fe, Vladimiro fue un magnífico cristiano. Inmediatamente se separó de sus esposas, despidió a sus concubinas y cambió de vida. Igualmente, mandó destruir en público los ídolos y prestó un apoyo enérgico y entusiasta a los misioneros griegos; en ciertos casos su entusiasmo rayaba en la exageración, pues quienes se rehusaban a recibir el bautismo incurrían en la cólera del príncipe. Pero, aparte de esta especie de «bautismo por la fuerza», se ha exagerado mucho la rapidez de la conversión de Rusia. Durante la época de Vladimiro la nueva religión no llegó probablemente más que a los nobles y a los comerciantes ricos, y tampoco el desarrollo posterior del cristianismo fue tan rápido como se ha pretendido, ya que el paganismo fue cediendo el terreno muy poco a poco. El culto que se tributó desde el antiguo a Vladimiro se debió no sólo a que había sido un pecador arrepentido, sino a que había iniciado la reconciliación del pueblo ruso con Dios y había sido el Apóstol de Rusia, elegido por el cielo.
   
«Los locos y dementes vencieron al demonio», dice la «Crónica» de Néstor, y subraya, que San Vladimiro recibió el perdón y la gracia de Dios, en tanto que «muchos otros hombres rectos y religiosos se apartaron del camino de la verdad y perecieron». A lo que parece, el arrepentimiento y la fidelidad de Vladimiro a sus nuevos compromisos tenía ese carácter de sinceridad y entereza que existirá siempre en la Iglesia, aún en sus formas más desarrolladas y complejas. Un cronista dice a ese propósito: «Cuando se dejaba llevar de la pasión y había caído en pecado, trataba inmediatamente de compensarlo con la penitencia y la limosna». Aun hay quienes afirman que Vladimiro, después de su conversión, se preguntaba si tenía derecho a castigar con la pena de muerte a los bandoleros y a los asesinos. Tales escrúpulos sorprendieron a los misioneros griegos, quienes apelaron al testimonio del Antiguo Testamento y de la historia de Roma para probar que los príncipes cristianos tenían el  de deber de castigar a los malvados. Pero tales argumentos no convencieron del todo a Vladimiro. Por razón de las circunstancias Vladimiro, su pueblo dependió en lo religioso del patriarcado de Bizancio. Pero ciertamente que Vladimiro no tenía nada de particularista: envió embajadores a Roma, ayudó al obispo alemán San Bonifacio (Bruno) de Querfurt durante su misión entre los pechenegos y aún llegó a copiar ciertas costumbres canónicas del Occidente, como la de los diezmos, que no existía entre los bizantinos. En realidad, Rusia no interrumpió sus relaciones con la Iglesia de occidente sino hasta la época de las invasiones de los mongoles.
   
San Vladimiro murió en 1015, después de haber repartido todos sus bienes entre sus amigos y los pobres, según se cuenta. Los rusos, los ucranios y otros pueblos, celebran solemnemente su fiesta.
  
ROBERT QUARDT. Los Santos del Año. Editorial. Herder. Barcelona, España. 1958.

martes, 27 de junio de 2023

SAN LADISLAO, REY DE HUNGRÍA

«Todo árbol bueno produce buenos frutos, y todo
árbol malo da frutos malos» (San Mateo VII, 17).
   

San Ladislao, rey de Hungría, unía a sus cualidades de héroe las virtudes de un santo. Fue padre para su pueblo, sostén para la Iglesia, y protector para los desventurados. Consagraba todo su tiempo a los deberes de su cargo y a los ejercicios de piedad. Su reputación de sabiduría y de valentía hizo que se le encomendase el mando de la gran cruzada contra los sarracenos. En momentos en que se preparaba para ir a libertar la Tierra Santa, lo llamó Dios a la celestial Jerusalén, el año 1095.

MEDITACIÓN: EL CRISTIANO DEBE HACER MUCHAS BUENAS OBRAS
I. Hay árboles que producen hojas y flores, pero nunca frutos. Los hipócritas son semejantes a estos árboles: tienen una devoción de escaparate y de alarde. Todo lo que hacen, lo hacen únicamente para parecer virtuosos y atraerse las alabanzas de los hombres. «El vicio es horrible bajo cualquier color que se presente: pero es infinitamente más horrible aun cuando se oculta bajo las exterioridades de la virtud» (San Jerónimo).
    
II. Algunos árboles no dan frutos o no dan sino malos. Son los cristianos que se entregan a sus pasiones, y no se preocupan en absoluto de corresponder a las gracias y a las inspiraciones que Dios les envía. Para hacerlos volver en sí, Dios los prueba mediante la enfermedad, los reveses de fortuna, la pérdida de un pariente o de un amigo. «No te asombres si cada día eres más probado, pues cada día te haces más malo» (Salviano).
   
III. Hay árboles que dan fruto, pero en pequeña cantidad. ¿No eres tú del número de estos árboles mezquinos para con la mano que los ha plantado? ¿No es verdad, acaso, que no produces sino pocas obras buenas, que no haces sino aquello que estás obligado a hacer?, y aun en esto faltas a menudo. ¿Dónde estarías tú si Dios te tratase del mismo modo? ¿Estaba obligado acaso a crearte, a conservarte, a redimirte, a colmarte de tantas gracias de elección? ¡Oh Dios mío, cuán generoso sois conmigo y cuán mezquino soy yo con vos! ¡Cómo si no fuese trabajar para nosotros mismos el serviros!

El celo de las buenas obras. Orad por el aumento de las obras de caridad.

ORACIÓN
Oh Dios, que todos los años nos dais un nuevo motivo de alegría con la solemnidad del bienaventurado Ladislao, vuestro confesor, haced que celebrando su nacimiento al cielo, imitemos sus obras. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 26 de abril de 2023

NUESTRA SEÑORA DEL BUEN CONSEJO


El origen del título mariano de “Madre del Buen Consejo” es atribuido tradicionalmente al Papa San Marcos (reinó entre el 18 de Enero y el 7 de Octubre del 336), que hizo evangelizar la región de Genazzano, no lejos de Roma, pero la iglesia dedicada a este título fue construida por su sucesor San Sixto III (reinó entre el 432 y el 440), como agradecimiento a la ciudad por proveer los materiales y el dinero para la construcción de la basílica de Santa María la Mayor. Desde el 27 de Diciembre de 1356, el templo y la parroquia de Genazzano habían sido confiados por el príncipe Pedro Jordán Colonna a los Ermitaños de San Agustín, para atender espiritual y materialmente los peregrinos que llegaban allí.
  
Para el año 1467, la iglesia de la Virgen del Buen Consejo se encontraba necesitando recursos a fin de su restauración, ya que estaba abandonada y amenazando ruina. La beata Petrucia de Jenco, viuda de Juan de Nocera desde 1436 y terciaria agustina, había dado sus bienes para la obra, pero el dinero se agotó antes de terminar la construcción, atrayendo las burlas de la población local, que la trataba de loca. Resulta que a Petrucia se le había aparecido la Virgen diciendo que su imagen llegaría de muy lejos, de Albania, y que debía construirse una iglesia para acogerla. A las burlas, Petrucia respondía: «No os preocupéis, hijos míos, por este infortunio aparente. Os aseguro que antes que yo muera (tenía 80 años), la Santísima Virgen y San Agustín llevarán a término los trabajos de la misma iglesia que yo he comenzado». Y he aquí que, el sábado 25 de Abril, a las cuatro de la tarde, los lugareños y peregrinos que habían acudido a la fiesta de San Marcos, oyeron una melodía celestial y doblar las campanas, y vieron una nube muy brillante dirigirse hacia una capilla en la nave izquierda de la iglesia inconclusa, donde al desvanecerse dejó una imagen de 31×42,5 cm (15×18 pulgadas), pintada sobre una tenue capa de estuco, sobre la pared sin adherirse a esta. 
   
Petrucia, cual Ana profetisa, decía a los concurrentes al milagro: «¡He aquí (señalando a la imagen) la causa del sonido, he aquí la imagen bendita que yo esperaba, y que vosotros veis aparecida!». «¡Virgen Santa! ¡Milagro!», contesta la multitud. La noticia se propagó por toda Italia, las donaciones llegaron y las obras se reanudaron hasta llegar a término, erigiéndose no solo una hermosa iglesia, sino también el convento agustino. Pocos años después, Petrucia murió en fama de santidad, y los frailes agustinos la sepultaron cerca al altar de la Virgen.
   
Poco después de la llegada de la imagen de “Nuestra Señora del Paraíso” (primer nombre que tuvo la imagen, luego pasó a llamarse “Nuestra Señora del Buen Consejo”, tomando el nombre de la iglesia), se hizo saber de dónde venía la imagen: llegaron a Genazzano dos soldados procedentes de Albania, llamados Gjergji y Shkjau (italianizados Giorgio y Sclavis). Ambos contaron que una mañana, la imagen de la Virgen fue desprendida por los ángeles de la pared donde estaba dos siglos antes en la antigua iglesia de la Anunciación a Santa María, cerca al castillo de Rozafa en Scútari (¿quizá otra traslación desde Tierra Santa?), y fueron caminando tras ella por muchas millas, y sus ropas no se gastaron, caminaron sobre el Adriático como si fuese tierra firme, guiados por una columna de nube y fuego. Decían que la imagen desapareció cuando llegaron a Roma, donde oyeron hablar de la imagen venida milagrosamente a Genazzano, y después de orar y ver que la nube reapareció en la muralla de la Urbe, salieron y esta los condujo a Genazzano. Inicialmente, los habitantes no les daban crédito a sus palabras (en parte porque se regocijaban por la llegada de la imagen, en parte porque entendían que era una señal de la invasión turca), pero al ver con cuánto fervor los dos peregrinos oraban ante estas, se persuadieron que ellos hablaban verdad. Ambos se establecieron en Genazzano, formando allí las familias De Giorgio y De Schiavi (esta última extinta hacia el siglo XIX).
   
Llegada de Nuestra Señora del Buen Consejo a Genazzano (Escuela novohispana, siglo XVIII).
   
A estas alturas conviene anotar que para aquel entonces, Albania era una zona de guerra entre la cruz y la media luna. La nobleza local, reunida en la Liga de Lezhë, estaba combatiendo contra las tropas otomanas que en 1453 habían puesto fin al Imperio Romano de Comstantinopla. Los albaneses católicos habían sido dirigidos por Jorge Castriota, señor de Kruja, conocido por los turcos como Skanderbeg (del turco اسکندر بگ/İskender Bey, “Alejandro el Príncipe”) por su ascendencia noble y sus hazañas militares (por esto último, fue llamado Athléta Christi por Calixto III). Hijo de Juan Castriota, Jorge había sido enviado como rehén a la corte turca, a la cual sirvió hasta 1431, cuando apoyó al general húngaro Juan Húnyadi en la batalla de Niš. Skanderbeg atribuyó sus triunfos a la intercesión de la Santísima Virgen de Scútari (en albanés Zoja së Shkodrës), de la cual era devoto desde que se reconcilió con el catolicismo (estando en la corte turca, fue forzado a convertirse al mahometanismo, del que abjuró una vez conquistó Kruja), y ante la cual acudía con sus soldados. Después de muchas batallas contra los turcos (entre ellas la batalla de Kruja en 1450, donde venció al sultan Murad II), Skanderbeg murió de malaria el 17 de Enero de 1467. Él había recibido ya los Últimos Sacramentos cuando supo que el sultán Mehmet II “El Conquistador”, hijo de Murad, estaba asediando la fortaleza de Scútari, y se levantó para dirigir las tropas. Acabada la batalla, Skanderbeg volvió a su lecho mortuorio, y expiró.
   
Jorge Castriota “Skanderbeg” (Cristófano del Altísimo, 1520. Florencia, galería Uffizi).
   
Al llegar a conocimiento de Mehmet que Skanderbeg murió, dijo: «¡Ay de la Cristiandad, que perdió su espada y escudo!». Tuvo razón: la Liga de Lezhë se disolvió, y Scútari pasó a estar en la línea de fuego, porque Juan Castriota, hijo de Skanderbeg, lejos de combatir por la fe como su padre, propendió por las negociaciones: vendió la ciudad a Venecia, que a su vez la revendió a la Sublime Puerta, siendo finalmente conquistada por el sultán el 25 de Enero 1479 tras un cuarto asedio. Si bien las demás imágenes fueron desacradas por los turcos, mllagrosamente, los esfuerzos de convertir la iglesia en mezquita fueron infructuosos.
  
Ruinas de la antigua iglesia de la Anunciación a Santa María cerca al castillo de Rozafa (c. 1895-1900).

Vista de la iglesia (grabado del siglo XIX).

El Beato Pedro Julián Eymard decía que en tiempos de San Agustín, la Fe Católica se practicaba en todo el norte de África y había una diócesis en cada ciudad, pero cuando los musulmanes conquistaron dicha región, la fe se había perdido por las herejías y en castigo, el Señor abandonó los tabernáculos de sus templos para no volver jamás. En Scútari, pasó algo semejante: la veneración a la Virgen se entibió, el pecado era algo habitual, y la gente oscilaba entre Roma y el cisma de los griegos. Giorgi y Sclavis, enviados por Skanderbeg a custodiar la imagen de la Virgen de Scútari, le pedían a Ella les aconsejase qué hacer, porque debían partir, pero temían que la imagen quedase sujeta a profanación ex manu Infidélium, que suelen raer los ojos de las imágenes en las iglesias conquistadas a fin que estas no sean más veneradas. Una noche, la Virgen les dijo que debían alistarse para partir, porque por medio de su imagen, la Virgen se iba también de aquella nación ingrata a otro lugar donde seguiría derramando gracias, y les mandó caminar con la mirada puesta en su imagen. A la mañana siguiente, procedieron según se les ordenó, y partieron del modo en que arriba se dijo.
    
El papa Pablo II (reinó entre 1464 y 1471) envió a dos prelados, Gaucerio de Forcalquier (obispo de Gap) y Nicolás de Crucibus (obispo de Lesina/Hvar), para investigar los hechos, constatando durante más de tres meses (entre el 27 de Abril y el 14 de Agosto) más de 161 milagros y sanaciones, entre ellos la liberación de varios poseídos y la resurrección de un muerto. También viajaron a Scútari, donde se confirmó que la imagen de la Virgen se había separado de la pared, dejando un espacio vacío con las mismas dimensiones que la imagen llegada a Genazzano, y que dado su grosor de cáscara de huevo, era imposible por medios humanos que fuese separada de la pared sin sufrir daños. La comisión declaró que en verdad la imagen de la Virgen del Buen Consejo fue milagrosamente trasladada desde Scútari a Genazzano, y el papa Pablo II aprobó su culto.
   
Altar de Nuestra Señora del Buen Consejo en Genazzano (cuando la imagen no está expuesta).

Detalle del altar.
   
Detengámonos un poco a contemplar esta maravillosa pintura. Siguiendo el tipo bizantino Eleúsa (Ἐλεούσα, Ternura), el cuadro presenta a la Santísima Virgen, vestida con un vestido verde oscuro y borde dorado, amparando en sus brazos con inefable atención materna al Niño Jesús bajo un sencillo arco iris. Los colores son suaves, y finos los trazos de los admirables semblantes. El Niño Jesús, vestido de rojo con un borde dorado, refleja el candor de su corta edad y la sabiduría de quien observa toda la obra de la creación como Señor del pasado, del presente y del futuro. Con indescriptible cariño, el Divino Infante presiona ligeramente su rostro contra el de su Madre, como queriendo decirle algo. Entre ambos existe una atractiva intimidad; la unión de almas se trasluce en el intercambio de miradas. La Virgen, en altísimo acto de adoración, parece estar ocupada en adivinar lo que sucede en lo íntimo del Hijo. Al mismo tiempo, toma en consideración al fiel que se arrodilla afligido a sus pies, haciéndolo partícipe, de alguna manera, en la celestial convivencia que el cuadro nos ofrece. No hace falta decir nada; basta con que el necesitado se aproxime, y sentirá producirse en su alma una acción balsámica.
   
Entre sus grandes devotos se destacan los papas Alejandro VI (otorgó indulgencias a cada Misa en el altar de la Virgen; y amenazó con la excomunión a los ladrones que intentaban robar las donaciones y ofrendas al santuario), San Pío V (que le obsequió un corazón de oro luego de la victoria de Lepanto), Urbano VIII (peregrinó allí el 21 de Octubre de 1630), el Beato Inocencio XI (que coronó solemnemente la imagen el 25 de Noviembre de 1681), Clemente XI (él mismo de ascendencia albanesa –se apellidaba Albani, y sus antepasados procedían de Laçi–, concedió las mismas indulgencias que a cuantos van a la Santa Casa en Loreto), Clemente XII (concedió Indulgencia plenaria a cuantos visitasen la imagen en Genazzano el 25 de Abril y durante la octava), Benedicto XIV (por el breve “Injúnctæ Nobis” del 2 de Julio 1753 aprobó la Pía Unión de Nuestra Señora del Buen Consejo en Genazzano), Pío VI (quien concedió el 18 de Diciembre de 1779 a la orden de San Agustín celebrar su fiesta el 26 de Abril con Misa y Oficio propio), Pío IX (peregrinó a Genazzano el 15 de Agosto de 1864, encomendándole el Concilio Vaticano), León XIII (nacido en Carpineto Romano, no lejos de Genazzano, y miembro de la Pía Unión; aprobó el 21 de Diciembre de 1893 el escapulario blanco, y 10 años después, el 17 de Marzo de 1903 con el breve “Sacris Ǽdibus” elevó el santuario a Basílica menor y 22 de Abril, con el decreto “Ex quo Beatíssima Vírgine” introdujo la invocación «Mater Boni Consílii, ora pro nobis» en la Letanía lauretana), San Pío X (una vez elegido Papa, fue a orar ante la imagen en la capilla Paulina del Palacio Apostólico), y Pío XII (consagró su pontificado a esta advocación, y le compuso una oración); y también numerosos santos como San Luis Gonzaga (ante un cuadro de la imagen en el Colegio Imperial Madrid hizo el 15 de Agosto de 1583 su voto de castidad y decidió ingresar a la Compañía de Jesús), San Pablo de la Cruz, San Juan Bosco, San Alfonso María de Ligorio o el beato Esteban Bellesini, rector del santuario entre 1826 y 1840. Otros personajes católicos como el Dr. Plinio Correa de Oliveira, Mons. Michel Guérard des Lauriers y Mons. Daniel Lytle Dolan también le tuvieron mucha devoción.
 
Durante la II Guerra Mundial, una bomba cayó a través del techo de la iglesia, destruyendo el santuario y el altar mayor, pero la imagen de la Virgen del Buen Consejo, aunque frágil, sobrevivió sin daños aun estando a pocos pasos del sitio de la explosión. Una restauración posterior reveló que la imagen era más grande que el área visible que todos conocemos.
   

En Albania, aun con musulmanes o el comunismo (que durante la campaña atea de Enver Höxha, imitando la “Gran Revolución Cultural Proletaria” de su entonces aliado Mao Zedong, demolió hasta sus cimientos la iglesia nueva a Nuestra Señora –construida en 1917–, luego de convertirla en un salón de baile en 1946), el recuerdo que la Virgen de Scútari permaneció entre los católicos albaneses: la Virgen del Buen Consejo (Zoja e Këshillit të Mirë) fue declarada patrona de Albania en 1895, y es celebrada en Scútari el tercer domingo de Octubre, reflejando la antigua observancia el 8 del mismo mes.
  
ORACIÓN
Oh Señor, que nos habéis dado a la Madre de vuestro Hijo, para que sea también Madre nuestra, y que os habéis dignado glorificar su hermosa imagen con una milagrosa aparición. Concedednos, os suplicamos, que, siguiendo siempre sus consejos, vivamos según vuestro corazón sacratísimo y arribemos felizmente a nuestra patria celestial. Por J. C. N. S. Amén.