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lunes, 11 de julio de 2022

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS (Para los niños)

Esta Hora Santa es especial para la Primera Comunión.
   
XXI Para los niños

¡Ha descendido Jesús...! Vedle: el mismo que en los campos de Galilea predicaba la inocencia, rodeado de los niños, sus amigos preferidos, es el que está en esa Hostia Sacrosanta... Jesús, mi Redentor en el Calvario... Jesús, mi Juez en la hora de la muerte... Jesús, mi Dios, en lo alto de los cielos, está aquí... a dos pasos... Su Corazón, herido de amor por mí, está triste porque son muchos los pecadores que le ofenden, muchos los tibios que lo olvidan, ¡ay! muchos los buenos que no lo aman como Él lo pide y como Él los ama. Por eso, en este altar gime bajo el peso de la ingratitud de tantos de sus hijos... Está ahí aguardando un consuelo que le haga olvidar las blasfemias, la soberbia, la persecución con que le crucifican todavía los desgraciados pecadores... “Estoy triste hasta la muerte, hijitos míos”, nos repite desde esta Hostia... “¡velad conmigo, siquiera esta hora... velad y orad... por tantos infelices que no creen, que no adoran; por tantos desgraciados pecadores, que no me aman a  mí, que los amé hasta morir por ellos...!”.

Como los ángeles de Getsemaní, acompañémoslo, pues, nosotros en esta Hora Santa, con grande recogimiento y con fervor de un íntimo cariño... Escuchemos la súplica que nos dirige su Corazón tan afligido... Pidámosle que acepte este homenaje de reparación y de piedad de todos los de esta casa... Roguémosle que se acerque... que venga a reinar entre nosotros... que tome nuestras alegrías y tristezas..., nuestros trabajos y dolores, todo. ¡Oh sí!... que, al desfallecer de amor en la soledad de este Sagrario, Jesús encuentre ternura que suavice sus heridas, amorosa compañía que endulce sus lágrimas... y, en nuestros corazones, un nido blando en que pueda apoyar su cabeza ensangrentada...
  
¡Ven, Jesús Sacramentado, en esta Hora Santa, ven a descansar entre nuestros brazos: te amamos, y deseamos consolarte, porque sufres dolores infinitos por tus hijos... ven, Maestro, te amamos en acción de gracias porque tu Divino Corazón nos ama!
 
Háblanos, Jesús, amigo divino, cuéntanos tus amarguras... reclama, pide desde ese altar la adoración, el desagravio, la piedad que te debemos... háblanos, amante Prisionero del Sagrario...
  
(Que nada turbe el silencio... el recogimiento del alma, para oír claramente al Señor que va a hablarnos por la herida de su Corazón).
   
(Pausa)
   
JESÚS: ¡Qué bien estoy, hijitos míos, en medio de vosotros, que sois el jardín de mis delicias, el huerto de mi paz...! ¡Qué bien me encuentro, rodeado de los que eligió mi Corazón para quererlos con predilección...! ¡Porque, oídme, a vosotros os preferí a mis ángeles! Ya veis: en esta mesa del altar en este banquete de mi amor, ellos sólo me contemplan... me ven en la Hostia... Pero vosotros me abrazáis sobre vuestros corazones... vosotros me recibís al comulgar...! Y Yo, que hice el cielo, encuentro un cielo más hermoso, cuando, abriéndose el Sagrario, me llamáis a descansar en vuestros pechos, al calor de vuestras almas cariñosas...

Si supierais cuánto sufro con el desdén, con el olvido con que me ofenden tantos cristianos, indiferentes conmigo en la Santa Eucaristía... ¡Ah! entonces se renuevan todas las angustias de la agonía, cuando los veo pasar, por millares, grandes y pequeños, ricos y pobres, delante de mi altar, sin tener para mí una palabra de consuelo... Me dejan solo, solo... a Mí que bajé del cielo para acompañar en la tierra a tantos tristes, huérfanos, enfermos y desgraciados... Y esos mismos que Yo quise tanto ¿dónde están? ¿dónde...? ¡Ay! Se han ido... y me han dejado en manos de mis enemigos... en poder de mis verdugos... Es éste, hijos míos, el pago de negra ingratitud que recibo de parte de una inmensa multitud de almas que rescaté, llorando lágrimas de sangre. Vosotros me habéis ofrecido un consuelo... lo espero ansioso porque sé cuánto me amáis... Vuestra palabra sencilla de cariño no puede mentirme; sí, vosotros me queréis de veras... que si alguna vez me habéis ofendido, un momento después me habéis pedido perdón y habéis sido perdonados, porque sois las avecitas de mi templo... Cantadme, pues, un himno de amor... rezad una plegaria fervorosa... pedid misericordia para tantos que la necesitan, y que, sin embargo, no la imploran..., pedid piedad a mi amante Corazón...
   
LAS ALMAS: Jesús amabilísimo, nada nos confunde tanto, como ver que olvidas nuestras culpas, para pedirnos el consuelo que te dan los santos y tus ángeles..., ¡no somos dignos de recoger tu llanto, no merecemos aplicar a tus heridas el bálsamo, con las mismas manos que te crucificaron, al quebrantar, también nosotros, tus mandamientos... Pero, ya que confías tan tiernamente en estas almas pobrecitas, te daremos, ¡oh sí! el desagravio que buscas en nuestras plegarias, y esta Hora Santa ha de regocijar tu Corazón agonizante, pidiéndote piedad para tantos que la necesitan, Jesús, con suma urgencia... ¡Jesús amado, piedad para nosotros, los colmados de tus gracias!
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh divino Corazón!
  
¡Jesús amado, piedad para nuestros hogares, para nuestros padres, deudos y amigos!
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh divino Corazón!
  
¡Jesús amado, piedad para los sacerdotes, ministros de tu altar y apóstoles de tu Evangelio!
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh divino Corazón!
  
¡Jesús amado, piedad para las almas que te están consagradas, y que te han prometido vivir en santidad!
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh divino Corazón!
  
¡Jesús amado, piedad para tu Vicario y para la Iglesia, azotada siempre por la tempestad!
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh divino Corazón!
  
¡Jesús amado, piedad para los débiles que se sienten vacilantes en las seducciones del mundo y sus placeres!
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh divino Corazón!
  
¡Jesús amado, piedad para los caídos en los lazos del pecado y que sienten un remordimiento saludable!
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh divino Corazón!
  
¡Jesús amado, piedad para los empedernidos, que resisten al remordimiento y que permanecen sordos al llamado de tu gracia!
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh divino Corazón!
  
¡Jesús amado, piedad para los escandalosos y pervertidos, que condenan a tantas almas, y que así te hieren con lanzada cruel!
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh divino Corazón!
  
¡Jesús amado, piedad para los que te aborrecen y persiguen, para tantos que te maldicen y te niegan!
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh divino Corazón!
  
¡Jesús amado, piedad para los centenares de moribundos, que en esta misma hora deben decidir, en su agonía, de su suerte eterna!
(Todos, en voz alta) ¡Piedad, oh divino Corazón!
   
(Pausa)
   
Sí, Jesús amado, te pedimos piedad, confiados en la ternura inagotable de tu Corazón Divino, te lo exigimos por las promesas de misericordia, hechas a tu confidente Margarita María... te lo reclamamos por la palabra de tu Iglesia que nos muestra, Señor, la herida preciosa de tu pecho, como el asilo seguro, como el arca redentora en todas las necesidades y flaquezas de nuestra miserable vida. Perdón, pues, y olvida... Jesús, ten piedad de todos, buenos y culpables, sanos, tristes y enfermos, ricos y pobres... de todos ten piedad, ¡oh Divino Corazón!
   
JESÚS:  Cuando el ángel bajó, en el huerto de Getsemaní, a consolarme, me acordé de vosotros, en mi agonía... Os vi a todos los que estáis aquí en esta morada, que es el hogar de mis cariños... Pensé en vosotros, que me ofreceríais de beber en mis horas de sed... que vendríais a hacerme compañía en mis horas de soledad y de abandono... Sí, pensé en vosotros... en esta casa, donde tantos me amáis con fervor y estáis consagrados a mi Divino Corazón.

¡Os amo tanto... y por esto os pido con derecho que me améis más, mucho más que tantos otros! Sí, tengo sed ardiente de reinar en esta casa, de ser su Soberano, su solo Dueño... Quiero que todos, en esta mansión de mis dominios, sean enteramente míos, siendo santos...

Os he dado tantas gracias... os he colmado de favores especiales... os he elegido entre millares de almas..., sois mis preferidos... Dadme, pues, en pago de la misericordia con que os he tratado, dadme vuestros corazones, dádmelos por entero y para siempre... ¡No quiero cariño a medias, ni corazones divididos, no...! Este es mi hogar y vosotros todos sois mis hijos, a quienes he entregado el gran tesoro de mi Corazón entristecido. Consoladlo con vida de piedad... y con ansias y fervor al comulgar... Consolad mi Corazón con gran pureza de alma... Consoladme con humildad, con mansedumbre y obediencia... He venido a este hogar religioso para incendiarlo con mi caridad y ¿qué he de querer sino que todas las almas que viven aquí, a la sombra del Sagrario, ardan en el amor a mi Corazón Sacramentado...? Siendo millares los que afuera, en el mundo, me ultrajan y maldicen, ¿no encontraré un abrigo entre vosotros, un asilo de amor ardiente en vuestras almas...?
   
LAS ALMAS: Sí, ese refugio lo encontrarás aquí, Maestro muy amado... encontrarás en esta casa el alivio y los consuelos que encontró tu Corazón en Nazaret, y entre los amigos fieles de Betania... ¡oh sí! toda esta casa es realmente tuya... Pero, en pago del don de tu Corazón amabilísimo, queremos todos pertenecerte más perfectamente todavía... deseamos amarte con más fervor, anhelamos servirte con más abnegación y cumplir nuestros deberes con más fidelidad... ¡Ah, sobre todo, queremos conocer más íntimamente tu dulce Corazón, para glorificarte, amándote nosotros y haciéndote reinar por el amor!

¡Acércate más, oh Amigo fidelísimo...! acércate y consume nuestros corazones con las llamas que brotan de tu pecho herido: 
(Todos, en voz alta) Ven y reina en esta casa, ¡oh Divino Corazón!
   
Por el fervor en recibirte diariamente en la Sagrada Comunión...
(Todos, en voz alta) Ven y reina en esta casa, ¡oh Divino Corazón!
   
Por el cariño y la solicitud en visitarte con frecuencia, en la soledad de tu Sagrario...
(Todos, en voz alta) Ven y reina en esta casa, ¡oh Divino Corazón!
   
Por la devoción a María Inmaculada, Madre tuya, y Madre de todos los mortales...
(Todos, en voz alta) Ven y reina en esta casa, ¡oh Divino Corazón!
   
Por el afecto de ternura incomparable con que amaste siempre a los niños, tus amigos...
(Todos, en voz alta) Ven y reina en esta casa, ¡oh Divino Corazón!
   
Por la suave compasión con que miraste a los huérfanos, a los tristes y a todos los que sufren...
(Todos, en voz alta) Ven y reina en esta casa, ¡oh Divino Corazón!
   
Por la confianza encantadora con que te quedabas entre tus amigos y consoladores de Betania...
(Todos, en voz alta) Ven y reina en esta casa, ¡oh Divino Corazón!
   
Por el asilo que pediste tantas veces al caer la noche, en la vivienda sencilla de los pobres...
(Todos, en voz alta) Ven y reina en esta casa, ¡oh Divino Corazón!
   
Por el divino agrado con que llegas siempre a las casas que han sido especialmente consagradas a tu amable Corazón...
(Todos, en voz alta) Ven y reina en esta casa, ¡oh Divino Corazón!
   
Por las delicias celestiales de tu Nazaret inolvidable... por la santidad de esa mansión de paz divina...
(Todos, en voz alta) Ven y reina en esta casa, ¡oh Divino Corazón!
       
(Lento)
   
JESÚS: Quiero contaros, hijitos muy amados, una pena muy amarga... Oídme con cariño: no sólo son los grandes, los poderosos, los ricos de la tierra, los que me hieren sin piedad, quebrantando mis mandamientos... ¡Ay no...! Me lastiman también, me ofenden cruelmente muchos niños... Sí, pecan mortalmente tantos de ellos, que Yo llamo mis amigos... tienen muerta la conciencia por la culpa grave... se condenarían, si la muerte viniera a sorprender a tantos... tantos niños que fueron mis delicias y el descanso de mi Corazón entristecido... Me besaron con amor, me estrecharon en sus brazos, me juraron ser eternamente míos, el día feliz de la primera Comunión... ¿Por qué me habrán abandonado, también ellos, los pequeños, en quienes yo confiaba...? ¿Por qué se marchitaron esas flores de mi jardín...? ¿Por qué se convirtieron en espinas y pagaron con lodo mis caricias?... ¡No queráis vosotros ser así...! Amadme con un corazón sin mancha, consoladme con una conciencia que nunca me traicione... Mi amistad y mi ternura habéis de preferirla a los amigos, a veces perversos, que os tientan... que quieren apartaros de mi lado... ¡Oh, sed siempre míos, por pureza y por piedad! No abandonéis en la agonía a Jesús, vuestro Dios y vuestro amigo... ¡Ved mi sangre, contad mis llagas... no hagáis llorar jamás a mi amante Corazón...!
    
LAS ALMAS: Tu queja, buen Jesús, nos ha herido, porque en esta casa tuya te amamos muy de veras... Tus penas, bien sabes, son nuestras penas... ¡Ay! pero es posible que también entre nosotros... aquí mismo, entre los que estamos a tus pies... es posible que haya algún ingrato que haya lastimado tu dulce Corazón.
   
¡Cómo debe dolerte que, en este hogar que has elegido para tu descanso, haya flores que se conviertan en espinas que se clavan en tu pecho ensangrentado!
  
En recuerdo de Belén y de tu divina Madre...
(Todos) Perdona a los niños culpables, ¡oh Divino Corazón!
       
En recuerdo de los cuidados paternales con que San José se desveló por ti en tus primeros años...
(Todos) Perdona a los niños culpables, ¡oh Divino Corazón!
      
En recuerdo de las privaciones que a esa edad sufriste por la pobreza del hogar de Nazaret...
(Todos) Perdona a los niños culpables, ¡oh Divino Corazón!
      
En recuerdo de los primeros pasos, con que vacilante caminaste, de los brazos de José a las rodillas de tu Madre...
(Todos) Perdona a los niños culpables, ¡oh Divino Corazón!
      
En recuerdo de tus gracias infantiles que extasiaban a los ángeles, testigos de los encantos de tu primera edad...
(Todos) Perdona a los niños culpables, ¡oh Divino Corazón!
      
En recuerdo de los juegos de niño con los nazarenos, tus amigos pequeñitos...
(Todos) Perdona a los niños culpables, ¡oh Divino Corazón!
      
En recuerdo de la admirable sumisión en que viviste obediente en todo a tus dichosos padres...
(Todos) Perdona a los niños culpables, ¡oh Divino Corazón!
      
En recuerdo de los ósculos y abrazos con que regalabas a la Virgen, al trasladarte de la cuna a su regazo maternal...
(Todos) Perdona a los niños culpables, ¡oh Divino Corazón!
      
Sí, perdónalos, Jesús Sacramentado, y no permitas que nosotros muramos a tu amor, manchando con pecado grave la conciencia...
(Todos) Perdona a los niños culpables, ¡oh Divino Corazón!
            
(Pausa)
   
JESÚS: Gracias, hijos míos, gracias por el consuelo que me habéis prestado, pidiendo perdón para mis amigos culpables, por los niños que han pecado mortalmente... No imagináis cuántas culpas graves habéis evitado en ellos y en vosotros mismos con esa oración reparadora... ¡ah! y cuántas penas habéis ahorrado también a mi Corazón, cansado de llorar los extravíos de grandes y pequeños... Y ahora pensad en vuestros padres... orad por ellos... pues deben llegar al cielo acompañados de sus hijos... Pero ¡ay! más de uno de vosotros tendrá tal vez que implorar, en esta Hora Santa, la conversión de su padre... pedid que me adore, que me ame ante este altar, aquí en esta Hostia en que yo lo espero para darle perdón y dulce paz... Rogad por vuestros padres, pedid con fe por ellos... Que la familia entera me llame Rey de amor, ya que por todos ellos llevo en mi Corazón una corona permanente de agudísimas espinas...
   
LAS ALMAS: Amantísimo Jesús, bendito seas mil veces, en la misericordia abundante que reservas para salvar a todos los míos... para redimir el hogar que Tú mismo me diste... para santificar nuestras casas, donde, Tú bien lo sabes, no faltan penas... donde hay tanta necesidad de tu visita... Acude, Señor, acude pronto a socorrer, a consolar, a encender, con el reinado de tu Divino Corazón, los corazones de nuestros padres y hermanos... Queremos que sus nombres los escribas, para siempre, en la herida de tu Costado... Sí, Jesús Sacramentado, te hemos venido a acompañar en la Hora Santa, para que esta visita de fe, de amor, de desagravio nos la devuelvas pronto, convirtiendo así nuestros hogares en templos de tu Sagrado Corazón, soberano vencedor de nuestras familias... Por María, por tu Madre Inmaculada, reina en ellas ¡oh Divino triunfador!
   
JESÚS: Sí, como lo pedís con toda fe, así se hará, pues mi Corazón lo ha prometido, ¡reinaré en vuestras casas por la omnipotencia de mi amor, reinaré! Y ahora, pensad: aquí donde no hay olvidos... ¿no falta alguno de vuestras casas?... ¿La desgracia o la muerte no os ha arrebatado a nadie?... ¿no habrá un luto, un vacío... una tumba querida en nuestras familias?... ¿No tenéis a nadie por quien rogar en el cementerio?... Los que habéis venido a consolarme en esta Hora Santa, ¿tenéis todos a vuestros padres, a vuestras madres?... ¿no faltan en la casa, no se ha ido para siempre un hermano, un pariente?... ¡Ah pedidme por esos muertos queridos... pues quiero pagaros amor con amor y consuelo con consuelo... Soy Jesús, vuestro Amigo y vuestro Hermano..., habladme de esas penas... nombradme a los ausentes!...
   
LAS ALMAS: ¡Qué dulce es tu nombre... qué suave tu recuerdo... qué dulcísimo tu Corazón, que tiene flores de cielo para todas las espinas de la tierra!... ¡Oh sí! te confiamos nuestros muertos inolvidables, tan queridos. ¡Dales, Jesús, reposo eterno, por tu gran misericordia! Que tus lágrimas preciosas, que tu sangre salvadora... caigan... como un rocío, en las llamas del Purgatorio vengador... y alivien las torturas de los míos... ¡Ah! Señor acuérdate también de las almas que fueron más amantes de tu Sagrado Corazón: para ellas y para las más abandonadas te pido en especial un pronto refrigerio...
  
(Pedid por las almas del Purgatorio).
  
Y mira, buen Jesús, puesto que Tú has pensado en los míos que murieron, para redimirlos y para consolarme... yo, a mi vez, quiero pensar en aquellas almas cuya ausencia del altar y de los templos te entristece tanto, ¡los pobrecitos pecadores!... Pongo en tus manos las almas de los fallecidos en mi hogar, y, por ellas y sobre todo por la vuelta al redil de las ovejas que has perdido..., por la conversión de tantos infelices pecadores, caídos en las garras de Satán, vamos a rogarte con plegaria de tu misma Iglesia: muéstrate benigno y escúchanos ¡oh buen Pastor!
  
Letanías al Sagrado Corazón de Jesús
      
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
       
Jesucristo, óyenos.
Jesucristo, escúchanos.
      
Dios Padre celestial, ten piedad de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Santísima Trinidad, que eres un solo Dios, ten piedad de nosotros.
    
Corazón de Jesús, Hijo del Padre Eterno, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, formado por el Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, unido substancialmente al Verbo Divino, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de majestad infinita, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, templo santo de Dios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, tabernáculo del Altísimo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, casa de Dios y puerta del Cielo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, hoguera ardiente de caridad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, Santuario de la justicia y del amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, lleno de amor y de bondad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, abismo de todas las virtudes, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, rey y centro de todos los corazones, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien habita toda la plenitud de la divinidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, en quien el Padre tiene todas sus complacencias, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, de cuya plenitud hemos participado todos nosotros, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, deseado de los collados eternos, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, paciente y de gran misericordia, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, rico para con todos aquellos que te invocan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de la vida y de la santidad, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, propiciación por nuestros pecados, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, saciado de oprobios, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, despedazado por nuestras maldades, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, que te has hecho obediente hasta la muerte, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, traspasado con la lanza, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, fuente de todo consuelo, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, nuestra vida y nuestra resurrección, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, nuestra paz y nuestra reconciliación, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, víctima de los pecadores, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, salud de los que en ti esperan, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, esperanza de los que mueren en tu amor, ten piedad de nosotros.
Corazón de Jesús, delicia de todos los santos, ten piedad de nosotros.
    
Cordero de Dios, que borras los pecados del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que borras los pecados del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que borras los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.
   
V. Jesús, manso y humilde de Corazón.
R. Haz mi corazón semejante al tuyo.
  
Oración
Omnipotente y sempiterno Dios, pon los ojos en el Corazón de tu muy amado Hijo, y en las alabanzas y satisfacciones que te ha ofrecido a nombre de los pecadores, y aplacado con ellas, perdona a los que imploran tu misericordia en nombre del mismo Jesucristo, que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Así sea.
     
(Pausa)
   
JESÚS: Antes de terminar esta Hora Santa, quiero, hijos míos, quiero que me presentéis, como regalo de amor, una gran promesa: comulgar con fervor y con suma frecuencia... Son tantos los cristianos y aun los niños, que rara vez o que jamás comulgan... Venid... ¡oh, venid! vosotros en su nombre, a reparar esa dejación, ese olvido que me aflige cruelmente... Pedid que vengan los pequeños de mi rebaño... rogad ahora que se acerquen a mi pecho atravesado... que se lleguen a él sin temor los niños, para beber, en mi sangre... la inocencia, la humildad, la fuerza, las delicias de mi cielo.
   
LAS ALMAS: Sin que Tú nos lo pidieras con amorosa exigencia, Jesús, tenemos la dichosa obligación de buscarte en la recepción frecuente de tu Cuerpo Sacrosanto, de tu divina Eucaristía... ¡Oh sí! te necesitamos, hoy más que nunca, rodeados de tantos enemigos, para vivir de fe, de esperanza y de caridad... Te necesitamos en la Hostia para encontrar un paraíso en la hora de la muerte... Alabanza a ti, Jesús Sacramentado, porque has inspirado a tu Iglesia, al Padre Santo, tu Vicario, aquel llamado que hizo a todos los niños de la tierra, para que nos acercáramos, desde más pequeños, a abrazarte el día tan dichoso de la Primera Comunión... Gracias por esa preciosa licencia que nos abre, y después nos deja abierta, la puerta del Sagrario, apenas comenzamos a vivir... ¡Gracias por el beneficio de nuestra Primera Comunión! 
(Todos, en voz alta) ¡Gracias por el beneficio de nuestra Primera Comunión!
   
En unión con el ángel de Getsemaní y con los ángeles que te cantaron en Belén y que te ensalzan en la Hostia:
(Todos, en voz alta) ¡Gracias por el beneficio de nuestra Primera Comunión!
   
En unión con los pastorcitos que lloraron de amor al besarte, recostado entre pajas miserables:
(Todos, en voz alta) ¡Gracias por el beneficio de nuestra Primera Comunión!
   
En unión con los primeros mártires, los niños inocentes sacrificados por tu nombre:
(Todos, en voz alta) ¡Gracias por el beneficio de nuestra Primera Comunión!
   
En unión con los niños venturosos, tus compañeros de juego, de trabajo y de plegaria:
(Todos, en voz alta) ¡Gracias por el beneficio de nuestra Primera Comunión!
   
En unión con las dichosas madres que besaban tus pies, mientras sus hijos dormitaban en sus brazos:
(Todos, en voz alta) ¡Gracias por el beneficio de nuestra Primera Comunión!
   
En unión con Juan tu precursor y con Juan tu predilecto, amigos fieles y confidentes de tu vida:
(Todos, en voz alta) ¡Gracias por el beneficio de nuestra Primera Comunión!
   
En unión con el joven de Naím y la hija de Jairo, resucitado por la ternura compasiva de tu Corazón:
(Todos, en voz alta) ¡Gracias por el beneficio de nuestra Primera Comunión!
   
En unión con Tarsicio, el mártir que pagó, con su sangre y vida, tu amor en la Santa Eucaristía:
(Todos, en voz alta) ¡Gracias por el beneficio de nuestra Primera Comunión!
   
En unión con la Virgen Madre que te cantó en la cuna y te arrulló sobre su Corazón Inmaculado:
(Todos, en voz alta) ¡Gracias por el beneficio de nuestra Primera Comunión!
   
Señor, al irnos, terminada esta Hora Santa tan feliz, te dejamos en el Sagrario, al lado de tu Corazón muy amado, nuestros corazones amantes... Son tuyos, Jesús, y serán entera y eternamente tuyos, en amor de inocencia, en amor de humildad ¡ah! y sobre todo en amor ardiente a tu adorable Eucaristía... Adiós, Dueño Divino; que la Virgen María, que San Juan y Margarita María sigan pidiendo en nuestro nombre por el triunfo de tu Corazón en la Iglesia, en los pecadores y en los moribundos... Acuérdate, Señor, de los que agonizan ahora mismo en el mundo entero: ¡piedad por ellos...! Adiós, Jesús Sacramentado... debemos retirarnos, pero nuestras almas, avecitas tuyas, se esconden en la llaga de tu pecho y ahí se quedan, adorando, amando y reparando... ¡Y tú, Señor, cuando la tempestad de la blasfemia, del odio, de la soberbia, de la cobardía te persiga, ya sabes, Jesús-Hermano, que en tus agonías tienes un jardín en esta casa y un huerto de paz y consuelo en cada corazón!

(Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes. Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores. Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa, y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).
   
(Cinco veces) ¡Corazón Divino de Jesús, venga a nos tu reino!
   
Consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y María
¡Oh Jesús! yo os consagro mi corazón: colocadle en el vuestro, pues sólo en él quiero vivir y sólo a él quiero amar. En vuestro Corazón quiero vivir desconocido del mundo y conocido de Vos sólo; en ese Corazón beberé los ardores del amor que consumirán el mío; en él encontraré la fuerza, la luz, el valor y el verdadero consuelo. Cuando el mío esté desfallecido, él me reanimará; cuando inquieto y turbado, él me tranquilizará.
  
¡Oh Corazón de Jesús! haced que mi corazón sea el altar de vuestro amor; que mi lengua publique vuestra bondad; que mis ojos estén siempre fijos en vuestra llaga; que mi espíritu medite vuestras adorables perfecciones; que mi memoria conserve siempre el precioso recuerdo de vuestras misericordias; que todo en mí exprese mi amor a vuestro Corazón, ¡oh Jesús! Y que mi corazón esté siempre pronto a sacrificarlo todo por Vos.
  
¡Oh Corazón de María, el más amable después del de Jesús, el más compasivo, el más misericordioso de todos los corazones! Presentad a vuestro Hijo nuestras resoluciones. Él se enternecerá a la vista de tantas miserias y nos librará de ellas; y después de haber sido nuestro refugio, nuestra protectora sobre la tierra, ¡oh Madre de Jesús! seréis nuestra reina en el cielo. Amén.

jueves, 4 de diciembre de 2014

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, POR EL PADRE MATEO CRAWLEY-BOEVEY (del mes de Diciembre)

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
   
     
XX Diciembre Las cinco peticiones del Corazón de Jesús
   
Ahí lo tenéis; miradlo con fe viva: ese es Jesús... En esa Hostia divina lo vio su sierva Margarita María...; desde ella oyó su voz arrobadora, sus lamentos, los sollozos de su Corazón, despedazado por los tormentos del amor y de la ingratitud humana... Ahí le tenéis; miradle: ese es Jesús, el Dios tierno, dulce y misericordioso de Paray-le-Monial. Transportémonos en espíritu a esa capillita humilde y misteriosa, y, en compañía de la predestinada Margarita María, con la frente en el polvo y con el alma henchida en fervores de Cielo, adoremos a Jesucristo, que nos quiere hablar, en esta Hora Santa, de los anhelos, de las tristezas, de las victorias y de las divinas promesas de su Sagrado Corazón... ¡Ahí lo tenéis, miradlo con fe viva: ese es Jesús!
   
(Pausa)
  
(En este primer Viernes, el último del año, pedidle que perdone muchas faltas, muchas infidelidades, mucha tibieza; pero agradecedle, al mismo tiempo, en unión con María, el sinnúmero de gracias y mercedes con que os ha colmado su amable Corazón).
    
(Primera petición: la Comunión reparadora)
VOZ DE JESÚS: Levantad los ojos, hijitos míos, y aunque confundidos porque sois culpables, miradme sin recelo; no temáis, pues soy Jesús, que os ama perdonando...
    
Venid, quiero sentir el calor de vuestro abrazo; comulgad, en nombre, ¡ay!, de tantos que jamás comulgan... ¡Si supierais qué desolación inmensa siente mi alma cuando recorro los caminos frecuentados por los hombres, y, con la mano extendida como un mendigo, voy reclamando un corazón que se me niega!... ¡Y vuelvo entonces solo con mi angustia a mi Sagrario..., y me oculto en él, saboreando mil rechazos!...
     
¡Ah!, pero mi Corazón de Buen Pastor, jamás se desencanta de los hombres... Salgo nuevamente y ruego y suplico que se me brinde un hospedaje... A veces, al caer el día, destrozados ya mis pies, encuentro un niño, un pobre, que acepta un asiento en el banquete eucarístico... Almas queridas, es este desamor el que me hiere mortalmente... ¡Cuántos son los que viven una larga vida sin haber jamás saboreado las delicias de una Comunión!... La Hostia es, sin embargo, la herencia, el Cielo anticipado y exclusivo de los hombres...
   
Tengo sed de amor.
Tengo sed abrasadora de ser amado en este Sacramento de amor.
Tengo sed infinita de entregarme día a día a millares de almas en mi sacrosanta Eucaristía.
   
Venid, mis preferidos, y compensad la ausencia de tantos que menosprecian este don supremo; comulgad vosotros con comunión reparadora; dadme vosotros el amor que se me niega; estrechadme en nombre de los que huyen de mis brazos; aprisionadme, hacedme todo vuestro, en desagravio de la culpable ausencia de innumerables hijos que, aturdidos por el mundo, olvidan que en este Tabernáculo está su Padre y está su Dios, bajo las apariencias del Maná sacramentado.
   
Más que vuestro aliento, más que vuestra sangre, mucho más que vuestra alma, Yo, Jesús-Eucaristía, quiero ser eternamente vuestro...
   
¡Oh!, venid sin más demora..., volad ante mi altar y prometedme siempre el gran consuelo de la Comunión reparadora, muy frecuente.
    
¿Seréis insensibles a mi amor y a mis lamentos?... Hijos míos, contestadme...
    
(Pausa)
  
(Un Dios está pendiente de nuestros labios; respondámosle con pasión del alma).
       
LAS ALMAS: Como el ciervo sediento busca la fuente de las aguas, así, apasionados de tu Corazón, nos abalanzamos a ti, ¡oh, Fuente!, ¡oh, Vida!, ¡oh, Paraíso, Jesús-Eucaristía!... No es una mera palabra, Señor, no: es una solemne promesa la que hacemos en esta Hora Santa la de vivir de Eucaristía en desagravio de la ausencia dolorosa de tantos hijos tuyos, que jamás comulgan...
     
Recoge, pues, nuestra plegaria y, desde ese altar, sonríe, consolado, ¡oh, amable Prisionero del Sagrario!
   
Ven... te adoramos, Jesús, en este Sacramento querido.
(Todos, en voz alta) Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
    
Ven... te adoramos, Jesús, en este Sacramento de amor.
(Todos, en voz alta) Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
    
Ven... te adoramos, Jesús, en este Sacramento de dulzura.
(Todos, en voz alta) Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
    
Ven... te adoramos, Jesús, en este Sacramento santificador.
(Todos, en voz alta) Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
    
Ven... te adoramos, Jesús, en este Sacramento de fortaleza.
(Todos, en voz alta) Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
    
Ven... te adoramos, Jesús, en este Sacramento de consuelo.
(Todos, en voz alta) Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
    
Ven... te adoramos, Jesús, en este Sacramento de divina esperanza.
(Todos, en voz alta) Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
    
Ven... te adoramos, Jesús, en este Sacramento de vida eterna.
(Todos, en voz alta) Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
    
Ven… te adoramos, Jesús, en este Sacramento de suavidad infinita.
(Todos, en voz alta) Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
    
Ven... te adoramos, Jesús, en este Sacramento de paz inefable.
(Todos, en voz alta) Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
    
Ven... te adoramos, Jesús, en este Sacramento de luz indeficiente.
(Todos, en voz alta) Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
    
Ven... te adoramos, Jesús, en este Sacramento de celestiales delicias.
(Todos, en voz alta) Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
    
Ven... te adoramos, Jesús, en este Sacramento, prenda de gloria inmarcesible.
(Todos, en voz alta) Inflama nuestras almas de sed de Eucaristía.
    
(Pausa)
  
(No olvidéis: lo que acabamos de decirle no es una palabra que se desvanece como el entusiasmo de un momento: es una resolución, es una gran promesa de comulgar con suma frecuencia en espíritu de desagravio).
  
(Segunda petición: la celebración de todos los Primeros Viernes). 
JESÚS: Vuestro amor ardoroso me alienta... Me siento reconfortado con vuestra promesa, y ya que ella es tan fervorosa y sincera, atended todavía, hijos de mi Corazón, un segundo pedido de vuestro Dios y Maestro... Quiero que me dediquéis un día de especial consuelo...; quiero sentiros en él más cerca de mi Corazón Divino; en beneficio vuestro, quiero colmaros en ese día privilegiado de aquellas gracias que reservo a los muy fieles, a los muy míos... Que ese día de amor y de celo, de reparación y de consuelo, sea el Primer Viernes... Dedicádmelo con especial cariño, celebradlo en alabanza mía con particular fervor... Sí, vosotros todos, que me comprendéis mejor que el mundo, venid cada Primer Viernes al comulgatorio, venid a visitarme, con el amor de los serafines, en mi Santa Eucaristía, y tomad ahí el asiento de Juan, mi predilecto, y habladme ahí el idioma de Margarita María, mi venturosa confidente... Y luego, en silencio, recogidos ante el altar, buscando el calor de mi pecho, puestos el alma y los labios en la herida de mi Costado, habladme de todo lo que os aflige e interesa, nombradme a los que amáis y que no me aman, contadme vuestras ambiciones de santidad y vuestras miserias, confiadme vuestras amarguras, decídmelo todo, todo... El Primer Viernes será día de gracia hasta la consumación de los tiempos; día de gran misericordia... Recogedla superabundante para el hogar querido, para los pecadores; ¡ah!, y en este día pedidme especialmente por mis sacerdotes y apóstoles, rogad por ellos, que sean santos y que santifiquen las almas que les he confiado... Y ahora, escuchad: voy a daros mi palabra en garantía de una infinita recompensa: “En el exceso de mi misericordia, os prometo, a todos los que comulguéis nueve Primeros Viernes consecutivos, la gracia de la penitencia final; si esto hacéis, no moriréis en mi desgracia, ni sin recibir los Sacramentos, y, en vuestra última hora, encontraréis asilo seguro en mi Divino Corazón”. ¿Qué respondéis amados míos a esta palabra que agota mi omnipotencia, entregándoos, para el tiempo y la eternidad, mi Corazón?...
  
(Pausa)
  
(Aunque ni en el Cielo podremos pagar tantas larguezas, comencemos desde aquí ante el altar, nuestra eterna acción de gracias... Hablemos a Jesús con palabras de fuego).
   
LAS ALMAS: ¡Oh, Jesús, por cumplir con el deber de amarte, Tú nos puedes ofrecer un cielo, porque eres Dios... Pero nosotros, pobrecitos, ¿qué podremos darte en pago de habernos amado gratuitamente..., y hasta el exceso de la Cruz y de la Eucaristía?.... ¿Qué diéramos, Jesús, por tener en este instante los incendios de San Juan, de Magdalena y de San Pedro; los heroísmos de holocausto de Margarita María, y la caridad incomparable de tu Madre, para saciarnos de amor, para enloquecer de amor, para morir de amor entre las llamas de tu dulce y adorable Corazón?... Nos pides, Señor, la celebración de un día... Quieres que te consagremos en especial los Primeros Viernes... Sí, Jesús, ¡oh, sí!, todo él será tuyo: de la alborada hasta el anochecer, en cada latido de nuestros corazones habrá para ti una palabra, un afecto, un suspiro de gratitud y de consuelo... En cambio, no te pedimos, Maestro muy amado, sino una gracia, y es que sigas siendo benigno y paciente en soportarnos, no obstante las muchas y constantes miserias de nuestra voluntad, tan tornadiza y frágil... ¡Tennos piedad, Señor!... No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
(Todos, en voz alta) No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
    
Cuando te llamemos, Jesús, en los desmayos del corazón, al sentir que nos enfriamos en tu amor...
(Todos, en voz alta) No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
    
Cuando te llamemos, Jesús, en las inevitables tentaciones en que desfallece y vacila nuestra fe...
(Todos, en voz alta) No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
    
Cuando te llamemos, Jesús, en las fatigas que acarrea una vida de lucha y de incesante sacrificio...
(Todos, en voz alta) No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
    
Cuando te llamemos, Jesús, en la exasperación que producen los grandes y crueles dolores de la vida.
(Todos, en voz alta) No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
    
Cuando te llamemos, Jesús, en los desalientos que provocan ciertos desengaños dolorosos y enteramente inesperados...
(Todos, en voz alta) No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
    
Cuando te llamemos, Jesús, en las horas de perplejidad, en la angustia de una penosa incertidumbre...
(Todos, en voz alta) No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
    
Cuanto te llamemos, Jesús, a nuestra casa para suavizar congojas íntimas y desgracias que nadie puede remediar...
(Todos, en voz alta) No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
    
Cuando te llamemos, Jesús, como el Buen Samaritano, al lecho de un enfermo del alma, que necesita de tu gran misericordia...
(Todos, en voz alta) No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
    
Cuando, en fin, te llamemos, Jesús, en nuestra hora postrera para darte, en la Hostia Divina, nuestro último abrazo en la tierra, ven sin demora, trayéndonos la vida eterna.
(Todos, en voz alta) No te canses de nosotros, ¡oh, Divino Corazón!
    
(Breve pausa)
  
Y como nos lo has pedido, Señor, queremos rogar por tus sacerdotes, por los ministros de tu altar y tus apóstoles... Dales, amado Salvador, la luz de una fe muy viva... Dales el don de una caridad sin límites... Dales el tesoro de una humildad a toda prueba... ¡oh!, dales, Jesús, resolución de santidad y pasión, celo ardiente por tu gloria... Y puesto que la mies es mucha, aumenta, Jesús, los segadores realmente santos del campo de tu Iglesia, y envía a tu viña obreros según tu Corazón...
   
(Pedid por la Santa Madre Iglesia y ofreced las buenas obras del Primer Viernes de mañana, en especial por la verdadera santificación de los sacerdotes... Y que siga Jesús revelándonos sus deseos; su voz, que extasía a los ángeles del Santuario, nos señala un camino hacia su Corazón... Oigámoslo).
    
(Pausa)
  
(Tercera petición: la Hora Santa). 
JESÚS: Todos los que estáis aquí, todos me sois particularmente queridos... Vuestras almas enamoradas y compasivas me supieron a miel y néctar en la hora más horrenda y angustiosa de mi Pasión: ¡en mi agonía de Getsemaní! Yo os vi entonces, entre las sombras del Huerto... Vosotros me amáis, ¡oh, sí!, me amáis, ciertamente, mucho más que tantos otros hermanos vuestros... Y por esto tenéis un derecho mayor a mi confianza: ¡sois tan míos al compartir los tedios, abandonos y las torturas de mi Corazón agonizante en la Hora Santa!... ¡Qué consuelo inmenso siento al ver que no se ha perdido en el vacío la súplica que hice a mi Esposa Margarita María, cuando le pedí esta hora de intimidad amorosa, en petición de mi reinado y por la conversión de los desdichados pecadores!... Hacedme siempre esta guardia de honor y de desagravio... Amadme, orad, velad conmigo, labrad mi triunfo en la Hora Santa... Hacedla siempre, hacedla con fervor de caridad, hacedla con amor de sacrificio... ¿Querríais abandonarme en la hora de las traiciones, en el momento de saborear lo más acerbo de mi cáliz?... No he de llamar a la legión de los ángeles, no: quiero llorar la sangre de mis venas, rodeado por mis redimidos, sostenido entre los brazos de mis amigos fidelísimos... Mi Corazón herido, mi Corazón que llora, el Corazón agonizante de vuestro Hermano Primogénito, es herencia vuestra, que no os será jamás arrebatada, ¡jamás!... Hacedme, pues, Cautivo vuestro en la Hora Santa; encadenadme a vuestras almas, y llevadme prisionero a vuestras casas... Para eso os he llamado, amados míos; con ese objeto habéis llegado ante este altar... ¡Ea, avanzad! Yo soy Jesús de Nazaret...; aquí tenéis mis manos..., mis pies...: encadenadme con grillos de amor... Aquí tenéis, tomad mi Corazón: encerradlo para siempre en los vuestros...
    
Y ahora, consoladores míos, ¿qué más queréis..., qué más pedís?...
LAS ALMAS: (En voz alta) Amarte y darte gloria, ¡oh, Divino Corazón!
    
JESÚS: ¿Olvidáis entonces vuestros intereses terrenales?... ¿Qué queréis que os dé, como suprema recompensa?
LAS ALMAS: (En voz alta) Amarte y darte gloria, ¡oh, Divino Corazón!
    
JESÚS: Pero, ¡qué!, ¿no quisierais bienes temporales de fortuna o de salud? Habladme, ¿qué pedís en pago de esta Hora Santa?
LAS ALMAS: (En voz alta) Amarte y darte gloria, ¡oh, Divino Corazón!
    
JESÚS: Hijitos míos tan amados, vuestra generosidad me conmueve hondamente... No temáis; decid, ¿qué puedo daros, qué tesoro pedís en galardón por vuestro generoso olvido?
LAS ALMAS: (En voz alta) Amarte y darte gloria, ¡oh, Divino Corazón!
    
JESÚS: Ese es, almas queridas, el lenguaje de los santos... Con él me habéis vencido... Hablad, pues; decid lo que solicitáis sin más demora...
LAS ALMAS: (En voz alta) Amarte y darte gloria, ¡oh, Divino Corazón!
    
JESÚS: Al contestarme así os abandonáis sin reserva en mis brazos... Aquí tenéis mi Corazón; disponed de él... Expresadle cuál es vuestro íntimo deseo...
LAS ALMAS: (En voz alta) Amarte y darte gloria, ¡oh, Divino Corazón!
    
JESÚS: Pero en tantas penas y sinsabores de la tierra..., en el desengaño del amor de las creaturas, ¿no tenéis alivio y consuelo qué pedirme?... ¿Qué lenitivo, qué bálsamo queréis que os dé?
LAS ALMAS: (En voz alta) Amarte y darte gloria, ¡oh, Divino Corazón!
    
JESÚS: Y por ese gran deseo de amarme, por ese afán de darme inmensa gloria, ¿qué pago anticipado de justicia me reclamáis aquí en la tierra?...
LAS ALMAS: (En voz alta) Amarte y darte gloria, ¡oh, Divino Corazón!
    
JESÚS: Consoladores busqué y los he encontrado en espíritu y en verdad... Pero en la hora de vuestra agonía, cuando estéis ya por despediros de la tierra, ¿qué me pedís por haber consolado en la Hora Santa a vuestro Dios en su agonía?
LAS ALMAS: (En voz alta) Amarte y darte gloria, ¡oh, Divino Corazón!
    
(Ofreced al Sagrado Corazón hacer durante toda vuestra vida el bellísimo ejercicio de la Hora Santa, y prometedle propagar esta práctica salvadora).
   
(Pausa)
  
(Cuarta petición: el culto a su Corazón Divino). 
JESÚS: Los enemigos os cercan..., la tempestad arrecia y os azota con furor, hijitos míos, la tempestad de aquel abismo en que se me maldice a Mí y en que se condenan, con desdicha eterna, los que quisieron luchar sin los auxilios de mi gracia... Ruge violento y crece ese huracán, hirviente en cólera satánica, que busca la muerte de las almas... Pero no temáis, pues Yo he vencido al mundo y al Infierno...; quedad en paz... He aquí que os traigo ahora un signo seguro de bonanza..., una enseña de victoria: ¡mi Corazón Divino!... Caed de rodillas y temblando de amor inmenso, aceptadle primero..., y luego adoradle, sí, adoradle como que es el Corazón de vuestro Dios y Salvador, que os ha amado hasta la locura del Calvario y de la Hostia... Sus palpitaciones de misericordia y de perdón son las palabras..., son los gemidos con que os suplica que le améis por encima de todas las cosas del cielo y de la tierra... ¡Oh!... y por sus espinas, por la Cruz que lo corona, y sobre todo, por la ancha y sangrienta herida que lo tiene lacerado, os conjura que le deis inmensa gloria..., que lo hagáis conocer y amar de tantos infortunados, que necesitan de esta fuente milagrosa de resurrección...
   
(Lento y cortado)
    
Venid, pues, los desterrados de un paraíso terrenal...; no me temáis y entrad por mi Costado, donde hallaréis la paz del alma que anheláis...
   
Venid los engañados por los espejismos de un desierto, siempre traicionero...; no me temáis y entrad por mi Costado, donde hallaréis las santas realidades de mi amor, que apaga toda sed...
    
Venid los peregrinos de un camino, bordeado de abismos de error y de desdicha..., no me temáis y entrad por mi Costado, donde hallaréis consuelos y esperanzas, que os reserva un Dios, que es todo caridad...
    
Venid los infortunados de la vida, que sois tantos, los decepcionados del dinero y del aprecio de los hombres...; no me temáis y entrad por mi Costado, donde hallaréis luz, calma y delicias ignoradas, en medio de todos los quebrantos...
    
Venid, venid pronto los que tenéis amargada el alma en los placeres envenenados de la tierra...; no tardéis; entrad en mi Costado en plena juventud; entrad en él, en el atardecer de la existencia; entrad, no fuera, sino en la postrera hora de la vida... y encontraréis ahí, recobrando para siempre, un paraíso de eterna paz y de amor eterno...
    
Venid... Longinos abrió las puertas de mi Corazón... Yo he rasgado más aún esa herida redentora... y llamo a los justos, a los pecadores, a los ingratos, a los afligidos y les ofrezco, en esa llaga, a todos, una mansión de dicha eterna... ¡QUIEN SE CONSAGRE AL AMOR DE MI CORAZÓN..., TENDRÁ LA VIDA!
    
(Pausa)
     
LAS ALMAS: ¡Piedad, Jesús!... Recuerda que ofreciste la victoria a las huestes que combatieran con el lábaro de tu Sagrado Corazón...
(Todos, en voz alta) Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
    
¡Piedad, Jesús!... Recuerda que ofreciste la paz a los hogares que entronizaran con amor la imagen de tu Sagrado Corazón...
(Todos, en voz alta) Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
    
¡Piedad, Jesús!... Recuerda que ofreciste convertir a los más empedernidos pecadores con la misteriosa fuerza de tu Sagrado Corazón...
(Todos, en voz alta) Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
    
¡Piedad, Jesús!... Recuerda que ofreciste santificar las almas de los buenos que se consagraron con fe viva a tu Sagrado Corazón...
(Todos, en voz alta) Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
    
¡Piedad, Jesús!... Recuerda que ofreciste endulzar las penas de las almas afligidas que reclamaran los consuelos de tu Sagrado Corazón...
(Todos, en voz alta) Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
    
¡Piedad, Jesús!... Recuerda que ofreciste deshacer el hielo de la indiferencia religiosa, inflamando el mundo en los ardores de tu Sagrado Corazón...
(Todos, en voz alta) Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
    
¡Piedad, Jesús!... Recuerda, sobre todo, que ofreciste hacer dormir entre tus brazos, en sueño de apacible y santa muerte, a los amigos, a los consoladores y a los apóstoles de tu Sagrado Corazón...
(Todos, en voz alta) Acuérdate de tus promesas, ¡oh Divino Corazón!
    
(Si tuvierais alguna intención particular apremiante y grave, hacédsela presente).
   
(Quinta petición: el establecimiento de una fiesta solemnísima en honor de su Sagrado Corazón). 
JESÚS: ¿Sabéis, hijos de Mi Corazón, por qué os amo tanto y por qué me inclino, con maravilloso desbordamiento de ternura hacia vosotros?... ¡Ah!, oídmelo: ¡porque a vuestra pequeñez y miseria, porque a vuestra orfandad, pobreza e infortunio debo el ser Hermano vuestro..., el ser Jesús!... El abismo de vuestra nada y de vuestra culpa atrajo el de mi misericordia, y para él y por él fue creado así, de carne, como el vuestro, este Corazón que es todo ternura e infinita piedad... Era preciso, pues, que los niños, los pobres, los tristes, los desamparados, los desechados de la tierra y este vuestro Salvador tuviéramos un día propio, un día grande y único, un día de regocijos celestiales, en que celebraríamos nuestra eterna unión por nuestro desposorio eterno. Ese día incomparable será el Viernes siguiente a la Octava del Corpus, y será llamado el día de mi Sagrado Corazón... Es mi voluntad que sea ésta la gran fiesta de la tierra, la fiesta genuina de los mortales, de los que sufren, de los que vivís conmigo bajo tienda en el desierto: ¡vuestra fiesta, hijitos míos!... Celebrad en ese Viernes la gran Pascua de mis misericordias; celebrad la conquista de una tierra ingrata con las lágrimas y el perdón de vuestro Dios... Cantadme en ese día... Regocijaos con alegría no enturbiada... Cantadme Rey amable de vuestros hogares... ¡Ah, sí: cantadme triunfador de paz y de humildad por las inagotables ternuras de mi benigno Corazón!...
   
(Pausa)
  
(Prometedle celebrar con íntimo regocijo, ante el altar y en vuestros hogares, como fiesta de familia, la gran fiesta del Sagrado Corazón).
    
LAS ALMAS: ¡Oh, sí!, Jesús, queremos cantar ahora en Sión, aquí en la tierra, un himno de acción de gracias, un cantar de Eucaristía, que los ángeles no sabrían entonarle, porque ni han pecado, ni han sufrido..., ni jamás han comulgado... Nosotros, los perdonados, anegados en llanto de amargura y de reconocimiento, queremos decirte con los discípulos de Emaús, al terminar esta Hora Santa y feliz: ¡Quédate con nosotros, Corazón de Jesús!
(Todos, en voz alta) Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
    
Gracias, Señor, en nombre de tantos pecadores rescatados... Y cuando nuestra flaqueza y las tentaciones quieran arrojarte de la conciencia de estos hijos tuyos..., ¡no te vayas, Maestro!
(Todos, en voz alta) Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
    
Gracias, Señor, en nombre de tantos tristes consolados... Y cuando el torcedor de inevitables penas venga a herirnos cruelmente, con licencia tuya..., ¡no te vayas, Maestro!
(Todos, en voz alta) Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
    
Gracias, Señor, en nombre de tantos pobres fortificados en tu esperanza... Y cuando las asperezas de la vida nos la hagan cansada y muy penosa... ¡no te vayas, Maestro!
(Todos, en voz alta) Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
    
Gracias, Señor, en nombre de tantos desvalidos, alentados por tus promesas. Y cuando la tierra nos brinde sus frutos naturales de abrojos y de espinas..., ¡no te vayas, Maestro!
(Todos, en voz alta) Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
    
Gracias, Señor, en nombre de tantos decepcionados, felizmente iluminados por tu gracia... Y cuando la ingratitud nos despedace el alma y nos desengañe de las criaturas... ¡no te vayas, Maestro!
(Todos, en voz alta) Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
    
Gracias, Señor, en nombre de tantos caídos y enfermos, regenerados por tu caridad... Y cuando nuestras fragilidades quieran arrastrarnos a la muerte..., ¡no te vayas, Maestro!
(Todos, en voz alta) Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
    
Gracias, Señor, por tantos moribundos redimidos a la hora undécima... Y cuando la agonía nos advierta que se acerca la hora de la justicia inexorable..., ¡oh, no te vayas, Redentor y Maestro!
(Todos, en voz alta) Quédate con nosotros, Corazón de Jesús.
    
Sí, quédate en ese instante de suprema congoja, cuando desaparezcan todas las ilusiones mentirosas de la tierra, al resplandor pavoroso de un Tribunal infalible e inapelable... ¡Ah, para esa hora te damos cita, Jesús..., te recordamos, desde ahora, tus promesas, y te suplicamos que leas nuestra sentencia decisiva en aquel libro de amor en que escribiste, según tu palabra, nuestros nombres; senténcianos con la benignidad y la ternura de tu dulce Corazón!...
   
(Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes. Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores. Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).
   
(Cinco veces) ¡Corazón Divino de Jesús, venga a nos tu Reino!
    
Invocación para la agonía
    
Amado y divino Agonizante de Getsemaní, Jesús Sacramentado, he aquí a los testigos fidelísimos de tu congoja mortal del Huerto, que vienen en demanda de una gracia suprema, prometida a los consoladores y apóstoles de tu entristecido Corazón...
    
Señor, no te pedimos salud, tesoros, ni una larga vida; te suplicamos que en el trance mortal de la agonía, nos tiendas los brazos, nos muestres la llaga encendida del Costado, y, al morir, nos dejes exhalar, Jesús, el último suspiro de amor, de adoración y de desagravio en la herida celestial de tu Sagrado Corazón... Cuando en esa hora de recuerdos se presente a nuestra mente la niñez, la juventud, la vida entera con todas sus flaquezas, Jesús amado, recuérdanos tus promesas, señálanos la herida abrasadora del Costado, revélanos tu Corazón para aquietar los nuestros agonizantes... Cuando en ese momento decisivo queramos asirnos de un áncora segura y deseemos abrazarnos de tu Cruz, pedirte perdón entre gemidos, llamar a María en nuestro socorro y balbucear tu nombre..., ¡ay!, si nuestros labios no pudieran pronunciarle, Tú, Jesús, que trocaste tu vida por nuestras vidas, Tú, que nos abrazaste en el comulgatorio, Tú, que nos sonreíste consolado en la Hora Santa, acércate dulcísimo, señalándonos la herida abrasadora del Costado, revélanos tu Corazón para aquietar los nuestros agonizantes...
    
Acuérdate, Jesús, de cuánto quisimos amarte y no de nuestras tibiezas...; acuérdate de cuánto oramos por redimirte almas, y no de nuestros pecados...; acuérdate de nuestros desvelos por entronizarte, como Rey de amor, y no de nuestras ingratitudes. ¡Oh!... acuérdate que nuestros nombres los escribiste ahí donde nadie jamás podrá borrarlos...
    
No te pedimos goces de la tierra, ni halagos de gloria fementida, ni amor humano... Te suplicamos que, en el trance mortal de la agonía, nos muestres la llaga encendida del Costado y nos dejes, Jesús, exhalar el último suspiro de amor, de adoración y de desagravio en la herida celestial de tu Sagrado Corazón... Ahora y en la hora de nuestra muerte: ¡VENGA A NOS TU REINO!...

miércoles, 3 de diciembre de 2014

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, POR EL PADRE MATEO CRAWLEY-BOEVEY (Reparación por la Pasión de Nuestro Señor en Jerusalén, en el altar y en las almas)

HORA SANTA AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
   
  
XIX La Pasión de Nuestro Señor en Jerusalén, en el altar y en las almas
   
(Todos en voz alta, tres veces) ¡Que tu Sangre caiga sobre nosotros y nuestros hijos, Jesús!
   
¡Oh, sí, que tu sangre caiga, Señor, como el maná milagroso, en nuestras almas, como un rocío celestial sobre nuestros corazones..., como una bendición de amor sobre nuestros hogares, como una redención suprema sobre nuestra querida Patria!...
   
(Todos en voz alta, tres veces) Por tu Sangre preciosa, ¡venga a nos tu Reino!...
   
(La Pasión del Salvador no terminó en el Gólgota...: se perpetúa en los altares y en las almas... Pero de la misma manera que la misericordia del Señor convirtió sus llagas en una fuente redentora, descubramos también nosotros un nuevo manantial de gracias misteriosas en la herida que la ingratitud humana ha vuelto a abrir y sigue abriendo... Ved..., ahí, en el altar, se reproducen las agonías de Getsemaní y el sacrificio del Calvario... Hora nefasta y de tinieblas fue en verdad, aquella en que se aherrojó al Señor en la prisión...; que ésta sea en desagravio una hora de luz esplendorosa... Hora de odio y de pecado la de la traición de Judas... ¡Que la Hora Santa sea una hora de reparación y de alabanza amorosa!...).
  
(Salgamos al encuentro de Jesús Agonizante...; oremos y velemos una hora en compañía suya... Nuestra presencia cubrirá la multitud de pecados que prolongan su agonía... Oremos con fervor de inmensa fe).
  
LAS ALMAS: Señor Jesús, al despertarse los apóstoles, cuando se acercaba ya el traidor, sus ojos pudieron contemplarte, bañado en un sudor de sangre que, destilando de tu cuerpo, empapaba el suelo... Y a la Reina Inmaculada, a San Juan y Magdalena, les fue dado también el ver, abiertos los manantiales de tus llagas, de donde manaba a torrentes nuestra vida... ¿Por qué, Señor, no abrirías esta tarde a tus amigos el cielo de tu pecho atravesado?... ¿Por qué no les mostrarías, misericordioso, aquella honda herida de tu Corazón Sagrado, ya que hemos venido para suavizarla con el bálsamo de ternuras y de amores?... ¡Oh, aumenta, Jesús, de tal modo nuestra fe que nos sea dado contemplar en esta Hora Santa todo un cielo, en el incendio de llamas y dolores que en día venturoso arrebató en éxtasis el alma de tu Confidente Margarita María!... No quieras, Maestro, cerrarnos esa herida y guardar para Ti sólo los secretos de tu angustia... Páganos así el haber correspondido esta tarde, con amor ardiente, al llamamiento que hiciste desde Paray-le-Monial...
   
Habla, pues, Jesús adorable, exponnos tus peticiones y tus quejas...; pero, sobre todo, habla para enseñarnos la ciencia de amarte, no de cualquier manera; enséñanos la gran ciencia de amarte en el sufrimiento y en la cruz, en unión con tu Corazón adorable... Háblanos, Jesús.
  
(Un instante de gran recogimiento)
   
VOZ DE JESÚS: Bienaventurados mil veces aquellos que sienten sed de conocerme de veras penetrando en las intimidades de mi Pasión..., secreto que no revelo sino a los verdaderos amigos, a los apasionados de mi Sagrado Corazón...
   
Escuchadme, hijitos: ¿Sabéis el porqué de aquel sudor de sangre que empapa mis altares diariamente?... ¡Ah!, son las lágrimas que lloro, herido, traicionado por el número de ingratos. ¡Oh dolor!... Amasé esas almas con mi luz..., las embellecí con mi hermosura...
Las alimenté con mi Sangre...
Las albergué en mi Corazón...
Las rodeé de mis ángeles...
Las enriquecí con mis tesoros...
Les revelé mis secretos...
Las senté en mi trono...
Las confié a mi Madre...
Les prometí un Cielo eterno...
   
Y todo esto a costa de un amor y de un dolor infinitos... ¡Ah! ¿Dónde están ahora tantos de esos hijos mimados?... ¿Dónde?... La cobardía comenzó a arrebatármelos... luego, su propia debilidad les hizo resbalar por la pendiente peligrosa...; la pasión ahondó el abismo de las distancias..., y, por fin, el olvido y la ingratitud consumaron la obra de tinieblas y de muerte... Llorad, ¡oh!, llorad conmigo, vosotros mis amigos fidelísimos, vosotros mis apóstoles..., sobre el pecado de tantos y tantos ingratos... Vedlos a distancia ya... Se han ido llevando en el alma, ciertamente, una saeta de fuego, un remordimiento, pero, ¡ay!, ¡cuántos de ellos ríen y cantan para aturdirse en la bacanal de un mundo corruptor!...
   
Ya no cuento Yo para ellos..., Yo, Jesús... Y no es esto sólo...; hay todavía algo mucho más triste y doloroso. ¡Cuántos de esos ingratos son hoy día verdaderos apóstatas renegados que me devuelven amor con odio!... Sí, me odian... y esto... por una criatura..., por la vil moneda..., por una situación de honor humano...; baladí... Han olvidado que apenas mañana tanta mentira y vanidad no será sino un puñado de cenizas en una tumba solitaria...
   
Parecen olvidar que más allá de esa tumba comienza la obra de una justicia fulminante y eterna... ¡Y ésos son hijos que Yo engendré en la omnipotencia de mi brazo y en la omnipotencia de mi sangre!... Sí, y esos hijos se ruborizan hoy de mi pobre cuna, de mi Cruz, de mis altares... Así me pagan el haberlos amado con ternura infinita... ¡En pago de ella me enrostran la voluntaria ignominia con que quise cubrirme para cubrirlos a ellos de gloria inmarcesible!...
   
Llorad, ¡oh!, llorad conmigo tanta desventura, amigos y apóstoles míos... Llorad, sobre todo, si en vuestro propio hogar hubiera alguno de esos ingratos... Hay tal vez... aquí un hijo o un hermano..., más allá un padre o un esposo que se encuentran hoy día a gran distancia del altar de su primera Comunión... Confiad, reparadores míos... pues la Hora Santa es una gran preparación por esos desdichados... Y sabedlo: este desagravio comienza aquí su conversión... Valor, pues, almas queridas; salvemos, vosotros y Yo, a esos seres queridos, salvémoslos tal vez a pesar de ellos mismos... Lloremos ya que ellos no lloran..., oremos ya que ellos no oran.
   
(Silencio)
   
LAS ALMAS: Después de escucharte Jesús, queremos presentarte en desagravio y en consuelo, más que lágrimas de los ojos, lágrimas y plegarias del corazón... Y para que esta ofrenda sea preciosa en su pobreza, te la ofrecemos, Corazón de Jesús, en el cáliz del Corazón Inmaculado de María, la divina Reparadora... Escúchanos, Maestro:
  
Corazón de Jesús, triturado a causa de nuestros pecados: vuelve hacia nosotros tus ojos, nublados por una mortal tristeza; y cuando tantos amigos desleales te abandonen... ven a nuestro hogar en busca de consuelo.
(Todos) Ven a nuestro hogar en busca de consuelo.
   
Corazón de Jesús; cuando so pretexto de prudencia mundana, culpable, se te posponga en tus derechos soberanos; ven a nuestra casa en busca de consuelo.
(Todos) Ven a nuestro hogar en busca de consuelo.
   
Corazón de Jesús: cuando por razones inaceptables de sabiduría no cristiana se te ofenda conculcando los deberes de conciencia, ven a nuestra casa en busca de consuelo.
(Todos) Ven a nuestro hogar en busca de consuelo.
   
Corazón de Jesús: cuando por la imposición tiránica de supuestas exigencias sociales se te ultraje atropellando las fundamentales exigencias de tu santo Evangelio..., ven a nuestra casa en busca de consuelo.
(Todos) Ven a nuestro hogar en busca de consuelo.
   
Corazón de Jesús: cuando por seducciones de vanidad mundana y pecaminosa se te hiera quebrantando desdeñosamente tus leyes sacrosantas... ven a nuestra casa en busca de consuelo.
(Todos) Ven a nuestro hogar en busca de consuelo.
   
Corazón de Jesús: cuando por imposición absurda y muy culpable de la moda indecorosa se flagele tu carne y se la despedace cruelmente, ven a nuestra casa en busca de consuelo.
(Todos) Ven a nuestro hogar en busca de consuelo.
   
Corazón de Jesús: cuando por combinaciones de una política sanedrista y sacrílega se te ultraje poniéndote en parangón con Barrabás... ven a nuestra casa en busca de consuelo.
(Todos) Ven a nuestro hogar en busca de consuelo.
   
Corazón de Jesús: cuando bajo el título irrisorio de ciencia, es decir, de refinado orgullo, se elimine tu nombre y se descarten tus derechos de Rey divino con el pretexto injurioso de que lo exigen el progreso y las libertades de la época..., ven a nuestra casa en busca de consuelo.
(Todos) Ven a nuestro hogar en busca de consuelo.
   
(Si tenemos una petición urgente en favor de alguno del hogar querido, que ansiamos ver convertido, o cualquiera otra intención de orden moral, aprovechemos estos instantes preciosos... Ahí a dos pasos, en esa Hostia Divina, aguarda vuestra plegaria el Rey divino, cuyo cetro es de misericordia).
   
(Pausa)
  
Y ahora sigamos al Salvador paso a paso en el camino de sus amarguras. Apenas le ha besado Judas, helo cautivo de sus enemigos... Poco después se le arroja en un calabozo..., y horas más tarde ya está en camino del Calvario... ¿Cómo explicaremos tanto crimen? ¡Ah, es que el mundo ha puesto en un platillo de la balanza a Barrabás y en otra a... Jesús; y Barrabás, el asesino, ha inclinado en su favor la balanza de la iniquidad! ¡Crimen de ayer, de hoy y de todos los tiempos!
  
JESÚS, PORQUE ES DIOS, CONDENA Y DESPEDAZA LOS ÍDOLOS...
JESÚS ES LA VIDA..., Y CON LA BARRERA DE SU LEY Y SU DOCTRINA, DETUVO EN SU CAMINO VICTORIOSO Y VENCIÓ A LA MUERTE...
JESÚS ES EL AMOR... PROHÍBE Y CONDENA EL ODIO Y LA PASIÓN... VED POR QUÉ LAS TINIEBLAS COMPLOTARON CONTRA ÉL, LO ASALTARON CON FUROR, LO CONDENARON SIN PIEDAD.
JESÚS ES LA BELLEZA INCREADA... Y POR ESTO DEBIÓ CONDENAR SIN APELACIÓN TODA LICENCIA Y TODO DESENFRENO...
JESÚS ES LA VERDAD SUBSTANCIAL, SUPREMA... FULMINÓ, PUES, SENTENCIA DE MUERTE CONTRA TODA LIBERTAD DE PENSAMIENTO...
JESÚS ES LA JUSTICIA SOBERANA..., Y POR ESTO REPROBÓ LA INIQUIDAD QUE SE TITULA “LIBERTAD DE CONCIENCIA”...
JESÚS ES EL VERBO DE LUZ INDEFECTIBLE; ES ÉL LA FUENTE INFINITA, ÚNICA, DE TODO AMOR HUMANO, DE TODA VIDA...; POR ESTO SOMETIÓ A SU LEY LOS SENTIDOS REBELDES Y EL ESPÍRITU ORGULLOSO...
  
Lo que el mundo, pues, achaca a este Rey de reyes, lo que sirve de pretexto para condenarle, no es sino su obra redentora... He ahí la venganza ruin de los ídolos infames, hechos pedazos por el Evangelio... Son las puertas del infierno, que pretenden en vano prevalecer en contra del Señor de señores... De ahí que, en su furor, tan inútil como insano, vociferan: “¡Quítale!... No queremos que este Rey de verdad y de amor reine sobre nosotros... ¡Quítale!”. Así gritan los liberticidas de la conciencia y de las naciones... ¡Ah! Pero en balde luchan; pues, mal que pese al infierno, Jesús es y quedará el único Juez, el único Libertador y el único Señor de sociedades y de pueblos!...
   
(Aquí puede entonarse un himno apropiado a la Realeza del Corazón de Jesús).
      
HIMNO "TÚ REINARÁS"
  
Tú reinarás, éste es el grito
Que ardiente exhala nuestra Fe.
Tú reinarás, ¡oh Rey bendito!,
Pues Tú dijiste: "Reinaré"
   
CORO: Reine Jesús por siempre,
Reine su Corazón
En nuestra patria, en nuestro suelo
Que es de María, la nación.
     
Tú reinarás, dulce esperanza
Que al alma llenas de placer,
Habrá por fin paz y bonanza,
Felicidad habrá doquier.
  
Tú reinarás, dichosa era
Dichoso pueblo con tal Rey,
Será tu Cruz nuestra bandera,
Y tu Evangelio nuestra ley.
   
Tú reinarás, en este suelo
Y entonces sí siempre jamás,
Rey inmortal, como en el Cielo,
En nuestra patria reinarás.
   
Tú reinarás, reina ya ahora,
En esta tierra y población,
Libra del mal a quien te implora,
Danos, Jesús, tu bendición.
   
Tú reinarás, toda la vida,
Trabajaremos con gran fe,
En realizar y ver cumplida
La gran promesa ¡Reinaré!
  
(Aclamaciones en voz alta, tres veces):
Sólo Tú serás nuestro Rey ¡oh, Jesús!
Reclamamos tu reinado prometido, Jesús.
Convierte a tus enemigos, Jesús.
   
Herodes, como tantos cristianos de nuestra época, no conocía al Señor sino de nombre... Representémonos un momento esta escena sublime y conmovedora: Jesús encadenado delante de Herodes el villano...
   
Éste interroga, acosa a preguntas al Rey divino, que responde con un silencio de majestad divina... ¿Por qué no habla Jesús y se defiende?... ¡Oh!... Este Señor, que presta atentos los oídos y que abre de par en par el Corazón a los débiles, a los leprosos morales de todas las categorías, no se digna contestar a la canalla soberbia y corrompida... Sus labios divinos parecen sellados... Enmudece delante del ruin, del villano, cuya impiedad, mezcla de orgullo y de fango, profana con cinismo su Cuna y su Calvario...
    
Jesús adorable, tu silencio provoca entonces la cólera y la venganza..., y Herodes te castiga vistiéndote de Loco... ¡Ah!... ¡Y en ese instante de suprema ignominia callaste todavía..., como para confirmar ante el mundo que eras el divino Insensato!...
  
Sí, ¡oh, sí, Jesús! Tu Encarnación incomprensible... tu Cruz y el santo Tabernáculo, cantan a las claras la locura de un infinito amor... Y ahí, en esa Hostia que adoramos de rodillas, conservas todavía las vestiduras blancas del Insensato, como para predicar al mundo de los sabios la victoriosa y sublime insensatez de tu infinita caridad.
    
Y así, vestido y encadenado en el Sagrario como el Insensato, reparas, Señor, los daños, los inmensos males que provoca en la tierra la sabiduría orgullosa, que te elimina y te condena a ti, pervirtiendo tantas almas...
   
Señor, mejor que nosotros Tú sabes que, después de veinte siglos, el mundo persiste en reproducir contigo el ultraje del inicuo Herodes..., y, como él, la sociedad actual sigue tratando tu Persona adorable, en tu doctrina y en tus leyes..., de Insensato...
 
Cuéntanos Tú mismo, Jesús, esta angustia mortal... Rasga nuestras tinieblas ¡oh, Verbo increado y eterno!... Háblanos Tú mismo, Jesús...
  
(Sobrecogidos de santa emoción, recojamos en lo íntimo del alma el reproche que el Señor va a hacernos; recojámoslo para nosotros, y transmitámoslo a tantos cristianos cuyo criterio, por desgracia, no es ya el criterio de la fe, y que, contagiados por el mundo, razonan como él y ceden con lamentable condescendencia a sus imposiciones, con frecuencia anticristianas).
   
VOZ DE JESÚS: Yo soy la luz bajada del Cielo para alumbraros, hijitos míos, disipando todas vuestras tinieblas...; pero esas tinieblas rehusaron aceptarme, no quisieron comprenderme... Vosotros, de tan buena voluntad, juzgad en esta Hora Santa entre la verdadera locura del mundo y la real sabiduría de mi Evangelio y de mi Cruz... Al hablaros con esta intimidad, ahogaré los sollozos dentro de mi pecho, para que todas mis palabras resuenen con claridad en vuestras almas... ¡Oídme!...
  
(Muy lento y con gran unción)
   
El mundo aprueba plenamente que, por razones de diversión y de placer, con frecuencia peligrosos y siempre pasajeros, sacrifiquéis en parte la salud... Según él os es perfectamente lícito acortar la noche, el reposo necesario, cuando así lo exigen lo que llamáis razones de sociedad... Por motivos también de negocios y dineros, el mundo no reprocha a nadie el sacrificio, la quietud de la vida normal, el descanso del cuerpo o del espíritu... Esto, si el mundo así lo pide... ¡Ah!... Pero si Yo solicitara la cuarta parte, y menos aún, de semejantes sacrificios, tributo obligado a la vanidad o al placer...; si Yo me atreviera a pedir con timidez una hora más, de día o de noche, una sola hora, en mi adoración o en mi servicio, y ésta con promesa de recompensa, de paz acá y de Cielo en la eternidad... ¡Oh!, la respuesta sería un cruel rechazo... ¿Ceder a mis deseos? ¡Qué imprudencia!... ¿Presentarme el pobre obsequio que deseaba? ¡Exageración ridícula!... Por esto, ¡cuántas y cuántas veces, después de haber tendido una mano suplicante a mis propias creaturas, debo retirarla como un mendigo! ¡Yo, el Rey de los reyes soy siempre el Insensato, y sólo Yo!
(Todos en voz alta, dos veces) Te adoramos, Jesús, en la locura de tu Cruz.
   
¿Quién os reprocharía, hijos míos, en el mundo, que empleéis a veces largas horas, tardes enteras, en ciertos deberes de sociedad... en visitas molestas tal vez, pero que consideráis necesarias para mantener vuestras relaciones sociales?... Eso pide el mundo. Pero cuando Yo me atrevo a pedir la Comunión más frecuente..., o que se me acompañe con más fidelidad en mi Cárcel eucarística de amor...; cuando dulcemente insisto para que en el hogar se me rinda el homenaje de un honor..., de una plegaria familiar..., ¡ay!, todo ello, dice el mundo, es imposible...; son absurdos que conviene evitar...; todo ello es ponerse en ridículo, ¡y eso jamás!... En silencio, pues debo retirarme y callar, pues ¡Yo, el Rey de reyes, soy siempre el Insensato, y sólo Yo!
(Todos en voz alta, dos veces) Te adoramos, Jesús, en la locura de tu Cruz.
   
Ved, amigos de mi Corazón, con qué afán todos en el mundo, aun los mejores, se acomodan a los cambios frecuentes, caprichosos, tiránicos de la moda...; con qué admirable docilidad ceden a una corriente nueva... y aceptan hoy lo que reprochaban ayer... Que esas exigencias de novedades y de modas sean costosas... o sean poco castas y anticristianas..., que traigan consigo graves peligros para la paz de la conciencia o del hogar, aquello no se toma en cuenta; cuando el mundo ha dicho una palabra, la sociedad obedece y se doblega. Eso, si el mundo ordena algo. Pero cuando Yo me atrevo a predicar una virtud un poco más austera, menos de artificio...; cuando reclamo dulcemente más amor en más abnegación y sacrificio...; si por boca de mi Iglesia impongo ciertas obras de mortificación sencilla y mitigada..., ¡ved con qué prontitud y celo pretenden eximirse aun los que se dicen mis discípulos..., ved cómo protestan muchos de ellos por razones de prudencia!... ¡Ah! Y en cambio, siguen caminando sobre las espinas envenenadas, dolorosas, que les presente el mundo..., pero a Mí me vuelven las espaldas, porque ¡Yo, el Rey de reyes, soy siempre el Insensato, y sólo Yo!
(Todos en voz alta, dos veces) Te adoramos, Jesús, en la locura de tu Cruz.
   
Más todavía: los hijos gozan en la familia de plena libertad para elegir una situación y una carrera..., siempre que ésta los retenga entre los peligros incontables de un mundo sembrado de abismos... En tal caso, los padres se afanan en prepararles un puesto de brillo, un porvenir halagador, respetando el deseo, las aspiraciones de sus hijos... Esto, si ellos se deciden por el mundo. Pero cuando Yo me aventuro a golpear a la puerta de un hogar cristiano..., cuando al abrirme llamo con ternura a una de las jóvenes, ofreciéndole el título de Esposa mía...; cuando reclamo para mis altares a uno de los hijos..., ¡ay!... ¡qué protesta, a veces indignada, se levanta en esa casa en contra mía!... Se tilda entonces mi elección de fantasía peligrosa, que es preciso contrariar y disipar a toda costa... Y, cosa extraña, aquellos mismos padres, cuyas almas sufren cruelmente de los horribles desengaños del mundo, de sus falsías, parecen defenderse de un ladrón cuando Yo, un Dios, otorgando a esa familia un honor inmerecido, reclamo se me devuelva uno de los hijos que les presté para mi gloria... Cuántos padres cristianos, ¡oh dolor!, olvidan entonces que soy el Amo que se reserva el porvenir de las almas, y, una vez más, me dicen con su rechazo que ¡Yo, el Rey de reyes, soy siempre el Insensato, y sólo Yo!
(Todos, en voz alta, dos veces) Te adoramos, Jesús, en la locura de tu Cruz.
  
(Silencio y plegaria secreta)
   
(Dolor muy grande, inmenso, es, ciertamente, el del Corazón de Jesús al verse tratado como un extraño, como el gran Desconocido por excelencia, no sólo entre enemigos, sino en plena sociedad que se tilda de cristiana. Para ésta, con sobrada frecuencia la piedad es una locura...; la mortificación y el alejamiento del mundo, una locura...; la vida profundamente piadosa del hogar y la vocación religiosa o sacerdotal de los hijos, una locura... Es decir, que el mundo pretende para sí todos, absolutamente todos, los derechos, aun atropellando los del Rey de Reyes... ¡Ello es una grave ofensa a su Soberanía social!... Reparemos, pues, este pecado tan corriente con una oración de desagravio).
   
LAS ALMAS: Señor, porque eres infinitamente bueno..., pero también porque eres Rey, levántate..., encadena la tempestad que osa amenazarte..., y restaura Tú mismo tu soberanía, conculcada y desconocida... Extiende tu brazo omnipotente, haz obrar tu Corazón, y reinarás por la sabiduría de tu Cruz.
(TodosReinarás por la sabiduría de tu Cruz.
     
Adelántate victorioso, Jesús. Sé el Rey absoluto de tantos hogares donde las conciencias dormitan con sueño letal, donde las almas desfallecen sin vida, y reinarás por la sabiduría de tu Cruz.
(TodosReinarás por la sabiduría de tu Cruz.
     
Adelántate victorioso, Jesús. Sé el Rey conquistador de tantos hogares donde en tu puesto de honor se hallan entronizados los ídolos de iniquidad, y reinarás por la sabiduría de tu Cruz.
(TodosReinarás por la sabiduría de tu Cruz.
     
Adelántate victorioso, Jesús. Sé el Rey amantísimo de tantos hogares que te sirven y adoran con mezquindad de amor, y reinarás por la sabiduría de tu Cruz.
(TodosReinarás por la sabiduría de tu Cruz.
     
Adelántate victorioso, Jesús. Sé el Rey amadísimo de tantos hogares que temen tu yugo suave y las dulcísimas exigencias de tu amor, y reinarás por la sabiduría de tu Cruz.
(TodosReinarás por la sabiduría de tu Cruz.
     
Adelántate victorioso, Jesús. Sé Rey dominador en tantos hogares piadosos donde temen con verdadero sobresalto que siembres una vocación sacerdotal o religiosa, y reinarás por la sabiduría de tu Cruz.
(TodosReinarás por la sabiduría de tu Cruz.
     
Adelántate victorioso, Jesús. Sé Rey de amor de tantos hogares que consideran exageraciones y absurdos las naturales y obligadas expansiones de una piedad sincera y generosa, y reinarás por la sabiduría de tu Cruz.
(TodosReinarás por la sabiduría de tu Cruz.
     
(Pausa)

Y ahora, Maestro muy amado, ¿no tienes una respuesta que dar al grito de fe y amor de tus amigos?... Di tan sólo una palabra, y nuestras almas no sólo sanarán, sino que, robustecidas y animadas, sabrán también luchar por el honor de tu nombre... Háblanos, Rey Divino.
  
(Escuchad la respuesta, que Jesús no hace nunca esperar; pongamos atento el oído del corazón).
   
VOZ DE JESÚS: Estaba triste hasta la muerte, hijitos míos, y vosotros me acabáis de consolar... ¡Si supierais cómo os bendice por ello mi divino Corazón!... Pero veo que en silencio aguardáis, y pedís algo más. ¿No es así?
  
Tenéis razón, amigos y consoladores; pues siendo vosotros los testigos de mi Pasión y agonía, queríais ser también los testigos y aun los actores de la victoria prometida de mi adorable Corazón. ¿Qué pediríais, pues, en esta Hora Santa para apresurar mi triunfo, cuya gloria será a la vez vuestra y mía?... llamad, ¡oh!, llamad con entera confianza a las puertas de mi Tabernáculo, y exponedme vuestros anhelos... Hablad, decid: ¿qué gracia me pedís?
(Todos) La llama ardiente de tu divino amor.
    
¡Oh, qué hermosa petición; amigos queridos!... Pero decidme: para curar o preservaros de los numerosos y grandes males que os abruman..., ¿qué remedio eficaz solicitáis de Mí esta tarde?...
(Todos) La llama ardiente de tu divino amor.
    
Bien sé que lo necesitáis; y puesto que lo pedís, sabed que lo obtendréis... Pero ya que vuestras almas sufren debilidad moral... y que con frecuencia vuestros corazones desfallecen en la lucha..., ¿qué desearíais como aliento, como fortaleza secreta e invencible?...
(Todos) La llama ardiente de tu divino amor.
    
Ya sabéis por experiencia que mi poder es la omnipotencia... Tended, pues, las manos..., pedid algo grande que os aliente en la obra capital de vuestra propia santificación... Con este fin, decid: ¿qué gracia especial, qué alas me pedís?...
(Todos) La llama ardiente de tu divino amor.
    
Pero... ¿y vuestras penas, hijitos?... ¡Cómo! ¿Las olvidáis acaso, en obsequio de amor a las mías?... Pues esto mismo me obliga a ser más benigno y dadivoso con vosotros... Reclamad, ¡oh, sí!, el bálsamo que suavice y cicatrice las heridas. ¿Qué lenitivo me pedís?...
(Todos) La llama ardiente de tu divino amor.
    
¿Y vuestros hogares?... ¿No tenéis, por ventura, la preocupación de algo grave que os apena en ellos con relación a los intereses temporales, y, sobre todo, eternos, de los vuestros? ¿Qué tesoro me pedís para el hogar querido?...
(Todos) La llama ardiente de tu divino amor.
    
Hablando así, me habéis robado el Corazón... Aprovechadlo en favor de alguno que amáis mucho, y que es tal vez la ovejita extraviada del redil de la familia y de mi altar... ¿Qué favor, qué secreto de resurrección imploráis en su favor?...
(Todos) La llama ardiente de tu divino amor.
    
Y ahora, antes que termine, consoladores míos, esta Hora Santa, poned el pensamiento en vuestra hora de agonía... ¿Qué bendición, qué gracia de misericordia reclamáis para aquella hora decisiva, cuando os encontréis en los dinteles de mi eternidad?... Hablad: ¿qué favor supremo me pedís cuando os hiera la implacable muerte?...
(Tres veces) La llama ardiente de tu divino amor.
  
(Reiteramos en silencio y fervorosamente cada uno de nosotros esta misma petición al Sagrado Corazón, pidiéndole la gracia de amarlo, si posible fuera, como Él nos ha amado).
  
(Pausa)
    
El mundo actual no ha tenido ni siquiera el mérito de invención, al flagelar como a un esclavo al divino Salvador. Al azotarle, nuestra sociedad moderna no hace sino imitar el ejemplo del cobarde Pilatos... Éste declara solemnemente que Jesús es inocente...; pero lo entrega a la soldadesca y lo hace flagelar para saciar la sed de sangre que sofoca al pueblo enardecido...
    
No de otra suerte procede el mundo con el Redentor, desde hace siglos. No se atreve siempre, por cierto, a negar quién es Jesús...; mas, cediendo cobardemente al clamor pecaminoso de la carne y de la sangre..., vencido vergonzosamente por el orgullo, por la ambición y por tantas y tantas bajezas de nuestra sociedad, que se precia de culta y refinada..., hace lo que Pilatos: entrega al Señor al furor de las pasiones desencadenadas, y ordena y aplaude la flagelación... Y en este nuevo suplicio, los modernos verdugos, tan finos y elegantes de maneras..., tan pulcros en la forma, están, por cierto, a la altura de los soldados de Pilatos..., y aun los sobrepujan en maldad...
     
Tú los conoces, Jesús, y nosotros debemos también conocerlos, para evitar más de un peligro en sociedad... Nómbralos aquí, Señor; señálanos esos verdugos, a fin de que nuestra reparación sea más sentida y amorosa siendo más consciente...
    
(Lento, con unción y entrecortado)
   
JESÚS:Miserémini mei”... Tened piedad de Mí, y también de vuestras almas en peligro, vosotros que deliráis con los placeres..., que vivís del vértigo y de la fiebre de un sensualismo mortífero y nefando... ¿Qué mal os he hecho para que así me azotéis pisoteando los preceptos de mi Ley divina...?
   
Miserémini mei”... Tened piedad de Mí, y también de vuestras almas en peligro, vosotros los vividores que pasáis, en revista obligada, calles y plazas, clubes y salones... los que os deleitáis entre las arenas candentes de aquellas playas, más que mundanas, frívolas y matadoras... ¿Qué mal os he hecho para que así me azotéis, pisoteando los preceptos de mi Ley divina...?
   
Miserémini mei”... Tened piedad de Mí, y también de vuestras almas en peligro, vosotros los idólatras de la diosa impura que fascina, que provoca con modas licenciosas, de indecorosidad atrevida y peligrosa..., ¿qué mal os he hecho para que así me azotéis, pisoteando los preceptos de mi Ley divina...?
   
Miserémini mei”... Tened piedad de Mí, y también de vuestras almas en peligro, vosotros los dilapidadores insensatos de la salud, del dinero y de la juventud..., ¿qué mal os he hecho para que así me azotéis, pisoteando los preceptos de mi Ley divina...?
    
Miserémini mei”... Tened piedad de Mí, y también de vuestras almas en peligro, vosotros los atolondrados gozadores de una hora, que se esfuma veloz como el relámpago..., vosotros que vivís aturdidos por el vértigo de una pasión desbocada y loca..., ¿qué mal os he hecho para que así me azotéis, pisoteando los preceptos de mi Ley divina...?
    
Miserémini mei”... Tened piedad de Mí, y también de vuestras almas en peligro, vosotras madres, esposas y jóvenes cristianas, engañadas frecuentemente por la sirena de aquella vanidad mundana que empaña, siempre que la obedecéis, el brillo de vuestra belleza moral..., ¿qué mal os he hecho para que así me azotéis, pisoteando los preceptos de mi Ley divina?
   
Miserémini mei”... Tened piedad de Mí, y también de vuestras almas en peligro, vosotros los entusiastas inmoderados de los espectáculos teatrales; vosotros, para quienes el sexto mandamiento es palabra vana y tal vez una irrisión... ¡Oh, deteneos, hijos míos, deteneos!
   
A la luz de este Sagrario, que no miente y de la eternidad, que avanza implacable hacia vosotros..., contemplad el oleaje de fango y de frivolidad, de impudor y de sensualismo degradante...; ¡oleaje que viene a estrellarse a mis plantas, que me insulta con coraje atrevido y que amenaza con la ruina del hogar cristiano! ¿Qué mal os he hecho para que así me azotéis, pisoteando los preceptos de mi ley divina?
   
¿Me oís, hijitos míos?... ¡Es vuestro Señor y Rey quien os suplica que no lo castiguéis como a un esclavo!... ¡Es vuestro Dios quien implora vuestra piedad y compasión!...
  
(Recítese o cántese cinco veces en honor de las cinco llagas el “Parce Dómine”..., o algo equivalente, en espíritu de reparación).
  
HIMNO “PARCE DÓMINE”
  
ANTÍFONA: Parce, Dómine, parce pópulo tuo:
Ne in ætérnum irascáris nóbis.
  
Flectámus iram víndicem,
Plorémus ante Júdicem,
Clamémus ore súpplici,
Dicámus omnes cérnui:
 
Nostris malis offéndimus
Tuam Deus cleméntiam:
Effúnde nobis désuper
Remíssor indulgéntiam.
  
Dans tempus acceptábile,
Da lacrymárum rívulis
Laváre cordis víctimam,
Quam læta adúrat cáritas.
   
Audi, benígne Cónditor,
Nostras preces cum flétibus
In hoc sacro jejúnio
Fusas quadragenário.
  
Scrutátor alme córdium,
Infírma Tu scis vírium:
Ad Te revérsis éxhibe
Remissiónis grátiam.
      
Afirma hermosamente San Francisco de Sales, que, si se hubiera hecho en el cadáver adorable de Jesús la autopsia que se hace al cadáver de un rey para averiguar la causa cierta de la muerte, se hubiera descubierto que el Corazón del Salvador había sido mortalmente herido, traspasado mucho antes que lo partiera la lanzada de Longinos... ¡Oh, sí! El dardo del amor que atravesó el Sagrado Corazón fue el principal causante de la Pasión y de la muerte de Jesús...
   
Señor, porque quisiste amar con amor de santa locura a los pequeñitos, a los pobres y a los desgraciados; porque quisiste amar, perdonando a tu pueblo, a tus enemigos y verdugos..., porque quisiste amarnos a todos hasta el extremo límite, por esto, tus jueces y tu Patria exclamaron: “¡Reo es de muerte!”.
   
¡Y ese mismo grito de blasfemia deicida atraviesa hoy todavía, como una lanzada tu Corazón divino, como si quisiéramos castigar con un inmenso desamor tu amor sin límites!
   
Señor, dinos: ¿no es ésta la razón de tu Pasión? ¡Dígnate contestarnos, Jesús, por esas bocas sangrientas de tus llagas..., por esa herida preciosa del Costado!
   
JESÚS: ¡Oh, sí; decís verdad, amigos queridos!, me entregué a la muerte por amor..., el gran culpable es, pues, mi Corazón... Pero, ¡ay!... Yo conozco además otro culpable, y es preciso que lo conozcáis también vosotros: es vuestro corazón ingrato... ¡Cómo quisiera que lo reconocierais, y que así como lloráis fácilmente sobre infortunios y enfermedades, cuánto más querría veros llorar sobre la falta de generosidad al amarme... Gemid..., llorad por Mí..., porque no soy amado...!
    
Reclamáis ante Mí en pro de vuestros derechos, en la paz y en la guerra... ¿Y qué hacéis de mi derecho sacrosanto, de ser amado?
     
Mas no imaginéis al oírme este reproche que me arrepiento de haberos amado tanto: ¡oh, no!... Y en prueba de ello, os reitero en esta Hora Santa el don total, irrevocable, de mi Sagrado Corazón.
    
Pero, en cambio, os pido que no terminéis esta plegaria sin haberme hecho antes, en testimonio de agradecimiento, el don total también de vuestros corazones, encendidos en aquella llama de caridad que consume el mío... Dadme, ¡oh!, dadme vuestros corazones...
   
LAS ALMAS: Aunque no lo pidieras Tú mismo, Jesús, este Calvario ardoroso de amigos fieles te hubiera aclamado en esta hora de solemne desagravio su Rey de amor... Escúchanos benigno y complacido, Jesús-Rey, Jesús-Amigo...
   
En nombre de todos cuantos te bendicen y te aman, y en reparación ardorosa por tantos desgraciados que te desconocen, que te olvidan y maldicen, queremos repetirte a saciedad que: TE AMAMOS, JESÚS, PORQUE ERES JESÚS.
(Todos) Te amamos, Jesús, porque eres Jesús.
   
En nombre de tus grandes amigos, los pequeñitos y los niños: ¡te amamos, Jesús, porque eres Jesús!
(Todos) Te amamos, Jesús, porque eres Jesús.
   
En nombre de tus amigos los desvalidos y los pobres: ¡te amamos, Jesús, porque eres Jesús!
(Todos) Te amamos, Jesús, porque eres Jesús.
   
En nombre de tus amigos los infortunados y dolientes: ¡te amamos, Jesús, porque eres Jesús!
(Todos) Te amamos, Jesús, porque eres Jesús.
   
En nombre de tus amigos los olvidados, los desechados y los huérfanos: ¡te amamos, Jesús, porque eres Jesús!
(Todos) Te amamos, Jesús, porque eres Jesús.
   
En nombre de tus amigos los justos y los fervorosos: ¡te amamos, Jesús, porque eres Jesús!
(Todos) Te amamos, Jesús, porque eres Jesús.
   
En nombre de tus amigos los resucitados, esto es, los arrepentidos, los perdonados: ¡te amamos, Jesús, porque eres Jesús!
(Todos) Te amamos, Jesús, porque eres Jesús.
   
En nombre de tus amigos los maltrechos, los tristes y atribulados: ¡te amamos, Jesús, porque eres Jesús!
(Todos) Te amamos, Jesús, porque eres Jesús.
   
En nombre de tus amigos los sacerdotes, los apóstoles y las almas consagradas: ¡te amamos, Jesús, porque eres Jesús!
(Todos) Te amamos, Jesús, porque eres Jesús.
   
En desagravio por la traición de Judas el ingrato: ¡VENGA A NOS TU REINO!
(Todos) Venga a nos tu Reino.
  
En desagravio por el ultraje del infame Herodes: ¡venga a nos tu Reino!
(Todos) Venga a nos tu Reino.
  
En desagravio por la sentencia inicua del cobarde Pilatos: ¡venga a nos tu Reino!
(Todos) Venga a nos tu Reino.
  
En desagravio por las afrentas de la Vía Dolorosa: ¡venga a nos tu Reino!
(Todos) Venga a nos tu Reino.
  
En desagravio por la ignominia de tu Cruz redentora: ¡venga a nos tu Reino!
(Todos) Venga a nos tu Reino.
  
En desagravio por toda aquella Pasión de dolores y de crímenes, de apostasías y de vergüenza con la que, hace siglos, te seguimos amargando: ¡venga a nos tu Reino!
(Todos) Venga a nos tu Reino.
  
(Padrenuestro y Avemaría por las intenciones particulares de los presentes. Padrenuestro y Avemaría por los agonizantes y pecadores. Padrenuestro y Avemaría pidiendo el reinado del Sagrado Corazón mediante la Comunión frecuente y diaria, la Hora Santa y la Cruzada de la Entronización del Rey Divino en hogares, sociedades y naciones).
     
(Cinco veces) ¡Corazón Divino de Jesús, venga a nos tu Reino!
 
Oración final
En presencia, ¡oh, Jesús!, de la Reina Inmaculada y de los ángeles que te adoran en esta Hostia Sacrosanta, a la faz del cielo y también de la tierra rebelde y mal agradecida te reconocemos, Señor, como el único Soberano y Maestro y como la fuente única de toda autoridad, de toda belleza, de toda virtud y de toda verdad...
 
Por esto, de rodillas, y en espíritu de reparación social, te decimos: No reconocemos un orden social sin Dios ni contra Dios: ¡la base de todo orden social es tu Evangelio, Jesús!
(Todos) ¡La base de todo orden social es tu Evangelio, Jesús!
    
No reconocemos ninguna ley de verdadero progreso sin Dios ni contra Dios: ¡la ley de todo progreso es la tuya, Jesús!
(Todos) ¡La ley de todo progreso es la tuya, Jesús!
   
No reconocemos las utopías de una civilización sin Dios ni contra Dios: ¡el principio de la civilización es tu espíritu, Jesús!
(Todos) ¡El principio de toda civilización es tu espíritu, Jesús!

No reconocemos una justicia sin Dios ni contra Dios: ¡la justicia integral eres Tú mismo, Jesús!
(Todos) ¡La justicia integral eres Tú mismo, Jesús!
    
No reconocemos noción alguna de Derecho sin Dios ni contra Dios: ¡la fuente del Derecho es tu código, Jesús!
(Todos) ¡La fuente del Derecho es tu código , Jesús!

No reconocemos una libertad sin Dios ni contra Dios: ¡el único Libertador eres Tú mismo, Jesús!
(Todos) ¡El único Libertador eres Tú mismo, Jesús!
      
No reconocemos una fraternidad sin Dios ni contra Dios: ¡la única fraternidad es la tuya, Jesús!
(Todos) ¡La única fraternidad es la tuya, Jesús!
      
No reconocemos ninguna verdad sin Dios ni contra Dios: ¡la Verdad substancial eres Tú mismo, Jesús!
(Todos) ¡La Verdad substancial eres Tú mismo, Jesús!
      
No reconocemos un amor verdadero sin Dios ni contra Dios: ¡el Amor increado eres Tú mismo, Jesús!
(Todos) ¡El Amor increado eres Tú mismo, Jesús!
     
(Cinco veces) ¡CORAZÓN DIVINO DE JESÚS, VENGA A NOS TU REINO!