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sábado, 20 de septiembre de 2025

LA GRAN SEDUCCIÓN, POR EL PADRE JULIO MEINVIELLE

LA GRAN SEDUCCIÓN
  
La  magnitud de los acontecimientos que se desarrollan a nuestra vista hoy, tanto en el minúsculo panorama nacional cuanto en el grandioso del orbe universo, nos obliga a levantar nuestra mirada a las causas universalísimas que rigen el destino de la humanidad. San Agustín describió la filosofía de la historia humana en las dos ciudades. Y a quince siglos de distancia del gran pensador de Hipona, testigos de milenio y medio de esta lucha universal entre los hijos de Satán y los hijos de Dios, que él no pudo contemplar, actores de un momento culminante de la misma, hemos de poner nuestros ojos en el ardor bélico que tanto la Iglesia como la Contra-Iglesia desarrollan en la conquista de la vida temporal humana. Porque allí y no en otra parte estriba la lucha decisiva de la humanidad, hoy más que nunca. Tiempo hubo, en que la lucha entre los hombres pareciera desarrollarse por el triunfo de ideas desencarnadas –disensiones teológicas y filosóficas– o por la conquista de simples ventajas económicas o políticas. Hoy, detrás de todas las batallas parciales que tienen lugar en lo económico, político y cultural hay una batalla –la gran batalla– que tiene lugar al mismo tiempo en todo el universo y en cada parte de él en la cual los contendientes –y ¡qué contendientes!– pugnan acérrimamente por imponer a la vida humana temporal una forma de ser determinada. Es una lucha por encarnar en la vida universal ideas totales. Y como cada uno –con razón o sin ella, no es caso de averiguarlo aquí– llama civilización al ideal por cuya victoria lucha, podemos decir, simplificando, que la lucha se desarrolla por la civilización. Así vemos, cómo desde el Renacimiento, los enemigos de la Iglesia la combaten en nombre de la civilización y cómo ella, por su parte, aunque con destino eterno, lucha frente a sus enemigos para guardar incólume los valores de la auténtica civilización.

Lo que es importante advertir aquí, es que tanto para la Iglesia como para la Contra-Iglesia la lucha se desenvuelve por la dominación totalitaria de la vida humana temporal. No existe ninguna zona de la actividad humana –técnica, artes, ciencia, economía, política, cultura– donde la Iglesia no quiera dejar sentir su influencia para salvarla y santificarla; y no existe tampoco ninguna zona donde la Contra-Iglesia no pretenda un dominio exclusivo para perderla y satanizarla. La Contra-Iglesia llama civilización y progreso a la forma de ser que quiere imponer a la vida humana temporal; y la Iglesia llama, a su vez, civilización a aquella que quiere Ella imponer. En un próximo artículo veremos que sólo la Iglesia tiene razón. Pero la necesidad de usar un lenguaje que nos haga comprensibles nos obliga a hablar de civilización cristiana que es la vida temporal humana, informada por la plenitud de la doctrina católica y de civilización moderna que es esta misma vida humana, sometida a los principios de libertad y democracia, nutridos en el filosofismo del siglo XVIII, proclamados en la nefasta Revolución Francesa, vividos en el liberalismo del siglo XIX y revivificados ahora en el materialismo comunista.

Suponer que la vida humana temporal, o parte de ella, deba substraerse a la influencia de la Iglesia, sería como observa la Unam Sanctam de Bonifacio VIII, renovar el error de los maniqueos que admitían dos principios últimos e irreductibles de las cosas creadas y si acaso los liberales disienten en algo de los maniqueos es porque afirman algo peor. «Porque al autor de las cosas temporales a quien el maniqueo consideraba como dios malo, fácilmente lo tomará como dios de la luz y del progreso, y al que los maniqueos llamaban Dios bueno, autor de las cosas espirituales, le llamará Dios de las tinieblas y del oscurantismo» [1] (Billot).

Origen de esta lucha
La lucha entre la Iglesia y la Contra-Iglesia es tan antigua como la humanidad, desde que existe «aquel gran dragón, la antigua serpiente, que se llama diablo y Satanás, que seduce a todo el orbe» (Apoc. XII, 9), verdadero autor de todas las herejías y de todas las sectas porque es «homicida desde el comienzo y no se funda en la verdad porque no hay verdad en él y cuando dice mentira, de lo propio habla, porque es mentiroso y padre de la Mentira» (Palabras de Jesucristo en S. Juan VIII, 44).

Es este espíritu de error que «obra en los hijos de la incredulidad y de la desobediencia» (Efesios II, 2) que opera en ellos, y por ellos el misterio de iniquidad, «hasta que sea manifestado el hombre de pecado, el hijo de la perdición, que se levanta contra todos y se ensalza por encima de todos hasta decirse Dios y recibir adoración y sentarse en el templo de Dios y a quien el Señor Jesús exterminará por el soplo de su boca y por la gloria de su advenimiento» (II Tes. II, 3-10).

Con estas palabras Jesucristo y sus Apóstoles nos señalan la gran seducción que ha comenzado en el paraíso terrenal y que no cesará hasta el gran día en que todo lo del cielo, y lo de la tierra y lo del infierno doble la rodilla al nombre de Jesús y confiese que el Señor Jesús está en la gloria del Padre.

Antes de la venida del Señor en la encarnación, la gran seducción dominó todo el haz de la tierra, salvo el pequeño y milagroso pueblo de Israel y algunas almas individuales de la gentilidad, y, después del Señor, vencida la seducción, la Iglesia, su divina Esposa, logró conquistar en el universo naciones enteras que, plasmadas por Ella, aún en su vida temporal, formaron la Europa cristiana, de cuyos estados podía decirse lo que el historiador Gibbon dijo de Francia: «este reino fue formado por los obispos como las abejas construyen su colmena».

La Revolución Francesa
Las herejías no dejaron de asechar contra la ciudad cristiana y con grandes éxitos parciales; pero sólo lograron una gran victoria universal en la Revolución Francesa, cuando, reunidos los impíos en terrible conjuración contra Dios y contra Cristo, dijeron: «Rompamos sus ataduras y arrojemos de nosotros su yugo» (Sal. II, 3), y resolvieron destruir la antigua ciudad cristiana y reemplazarla por otra hecha a medida del hombre.

La impiedad, entonces, transformada en ángel de luz con el pomposo nombre de filosofía, hizo «blanco de sus odios a todos los gobiernos y a todas las instituciones de Europa porque eran cristianos y en la medida que eran cristianos; un malestar de opinión y un desconcierto universal se apoderó de todas las cabezas. En Francia sobre todo toda la rabia filosófica no conoció límites y pronto una sola voz formidable formada por tantas voces reunidas gritó a Dios en medio de la culpable Europa: ¡Dejanos! ¿Será preciso entonces temblar eternamente delante de los sacerdotes y recibir de ellos la instrucción que quieran darnos? La verdad está oculta en toda Europa por el humo del incensario, es tiempo que ella salga de esta nube fatal. No hablaremos más de ti a nuestros hijos. A ellos les tocará cuando hombres, saber si tú existes, quién eres tú y qué quieres de ellos. Todo lo que existe nos disgusta porque tu nombre está escrito sobre todo lo que existe. Queremos destruirlo todo y rehacerlo sin ti. Sal de nuestros consejos, de nuestras academias, de nuestras casas. La razón no basta. ¡Déjanos!» (De Maistre, Ensayo sobre el Principio generador de las constituciones).

El pretexto para instaurar el nuevo orden social fue la libertad; el código, el contrato social; el medio la demagogia; la razón última la constitución del Estado ateo y coloso, supremo árbitro de todos los derechos, de todo lo lícito y lo ilícito, dictador omnipotente de lo permitido o prohibido bajo el cual el nombre y culto de Dios será abolido perpetuamente. A este fin todo se endereza y todos los medios se ordenan; a éste la destrucción de la familia, a éste la destrucción de las corporaciones, a éste la destrucción de las libertades tanto municipales como provinciales para que sólo quede la potestad del Estado impío sin cuyo imperio no puede mover nadie ni pie ni manos en todo el ámbito del universo. Este es el fin del intento y no la libertad civil. La libertad es un pretexto, la libertad es un ídolo para seducir al pueblo, ídolo que tiene manos y no palpa, tiene pies y no camina, númen inánime bajo el cual Satanás se prepara a reducir a las gentes a una servidumbre mucho peor que aquella en que se las tuvo en la antigüedad con los ídolos materiales del paganismo. Por lo demás de lo que se trata es de la religión. «Queremos organizar una humanidad sin Dios» (Jules Ferry). Y así «desde los días de la Revolución estamos en rebelión contra la autoridad divina y humana (que dependa de Dios) con quien hemos arreglado de golpe una terrible cuenta el 21 de enero de 1791» (Clemenceau). «La civilización moderna y el cristianismo están en contradicción: es necesario que uno ceda lugar. El progreso moderno no reconoce sino un Dios inmanente al mundo, opuesto al Dios trascendental de la revelación cristiana, ni otra moralidad sino aquella cuya fuente es la voluntad humana, determinándose por sí y constituyendo para sí la ley» (Hartman, Religión del porvenir. Billot, De Ecclésia Christi, T. II). Y poco hace respecto a este resultado final de la secularización absoluta de la vida las diferencias de medios que puedan implicar los totalitarismos llamados antidemocráticos o democráticos porque la impiedad anida igualmente en las entrañas de unos y de otros y no son sino dos caras –Gog y Magog– de un solo y único personaje, el gran Seductor.

La Revolución Francesa fue la primera gran batalla, de proyección universal, perdida por la Iglesia. Con ella, por vez primera, se implanta en el corazón de la Cristiandad y en el mundo una civilización anticristiana. La dirección civilizadora del mundo queda, desde entonces, en manos de la Contra-Iglesia; y, desde entonces, se erige como norma de vida civilizadora, un ideal anticristiano.

Antes de 1789 había muchos desvaríos de la inteligencia y gran corrupción de las costumbres pero los valores sociales erigidos como normas de vida eran católicos y también lo eran las instituciones. Por el contrario, desde entonces se erigen públicamente como ideal, normas anticristianas y si la verdad y el bien continúan perseverando por la influencia de la Iglesia, no pueden realizar sino una proyección restringida que apenas traspasa la esfera individual.

La civilización moderna y los católicos
Este radical cambio operado en la escala social de los valores civilizadores va a plantear un problema práctico a los católicos, terrible y decisivo. Porque, una de dos, o se mantienen en la verdad católica íntegra, valedera aún como norma de conducta privada y pública y entonces se exponen a ser tachados de reaccionarios, retrógrados, antiprogresistas o antimodernos; o, en cambio, reservando la verdad católica integral a un plano puramente teórico, aceptan como norma práctica de vida, una conciliación de los principios católicos con los modernos, una mixtura, una transacción, una regla de conducta, derivada de una teología alterada o disminuida.

Esto segundo hicieron los clérigos constitucionalistas los días mismos de la Revolución; esto hicieron, con gran despliegue de pensamiento los redactores de l’Avenir, y, sobre todo Lamennais; esto hicieron, en todos los países católicos, los llamados “católicos liberales”; esto cumplieron en Norteamérica los americanistas y, en todas partes, los católicos democratistas, cuya expresión más típica fue el movimiento del Sillón de Marc Sangnier.

Podría creerse que después de las condenaciones de la Mirári Vos de Gregorio XIV, del Sýllabus de Pío IX, de las magistrales encíclicas de León XIII, de la reprobación del americanismo en Testem benevoléntiæ del mismo León XIII, de la condenación del Sillón por Pío X, el liberalismo y el democratismo de los católicos habrían terminado para siempre.

Pero no es así. Muy por el contrario. Ahora con una situación similar a la planteada por la Revolución Francesa, frente al hecho, al parecer inminente del triunfo democratista y comunista, surgen con virulencia todos los católicos que se creen en la perentoria necesidad de acomodarse en la nueva situación y que, por ello, se preguntan: ¿qué haremos los católicos en un mundo nuevo que se levanta, y que erige una nueva e irresistible forma de vida? ¿Nos mantendremos en la verdad católica íntegra, adoptada aun como normas de conducta exponiéndonos a que nos llamen cavernícolas o, en cambio, nos acomodaremos, buscaremos una norma de transacción y, sin renunciar a la profesión teórica de la verdad católica, buscaremos una nueva aplicación que contemple las realidades de la vida, que tenga en cuenta el progreso del tiempo, que se adapte a la nueva mentalidad?

Este es el problema. Y a esta cuestión, caben dos respuestas. La una, al modo de los católicos liberales, que es la que dan Maritain, Ducajutillon y sus, cada vez, más numerosos seguidores. De aquí todo el esfuerzo por inventar una nueva norma integral de vida, una nueva cristiandad, una nueva civilización, una cristiandad que siga siendo tal y que sea esencialmente diversa de la medioeval; todo el esfuerzo por construir ésta con los valores modernos surgidos de la Revolución Francesa, tales como libertad, persona humana, derechos del hombre, democracia, progreso.

La filosofía social política que ha sido inventada por Maritain para satisfacer esta conciliación de la verdad católica con los principios modernos no ha sido posible sin someter la teología católica a una alteración o disminución, lo que es particularmente sensible en la doctrina de la supremacía espiritual de la Iglesia. Pero de ello nos ocuparemos en otros artículos.

Se ha buscado el “éxito”, el “triunfo” y ello no podrá ser sino a costa de la “verdad”.
Frente a esta posición, es necesario advertir que hoy, como ayer en los días en que el mundo estaba sumido en la universal idolatría del paganismo, y como mañana, cuando impere la apostasía final del anticristo, a los católicos no se nos pedirá el éxito sino el testimonio de la verdad. Cada cristiano debe tener como norma suprema e inquebrantable de su vida las palabras de Jesucristo al gobernador Pilatos: «Yo para eso nací, y para eso vine al mundo, para dar testimonio de la verdad» (Jn. XVIII, 37).

Y esta predicación de la verdad constituye la herencia dejada por los apóstoles para ser predicada sobre todo, cuando vengan los tiempos en que los hombres «no soportarán la sana doctrina, sino que sintiendo comezón en los oídos, se darán a sí mismos maestros a montones según los propios apetitos, y de la verdad apartarán el oído, mientras se convertirán a las fábulas» (II San Pablo a Timoteo, IV, 1-6).

Los católicos no podemos olvidar que en la vida presente vivimos continuamente bajo las amenazas de la gran seducción, del tentador que se transfigura en ángel de luz, y de sus redes sólo nos puede librar una adhesión total a la verdad católica, que no es sólo para ser considerada especulativamente sino para ser cumplida y realizada en la vida individual, social y política. Si las circunstancias no permiten una aplicación total y plena de la verdad católica, ya no es tarea que a nosotros incumba mientras no esté en nuestras manos modificar esas circunstancias. A nosotros toca llevar la verdad católica hasta donde las circunstancias permitan prudentemente su aplicación: pero jamás es lícito disminuir o alterar dicha verdad para asegurar una mejor eficacia de su aplicación.

Porque además de significar ello un detrimento para su integridad que sólo debemos custodiar es privarla de su eficacia. ¿Hubiera llegado la verdad católica a vencer las resistencias de un mundo hostil hasta cumplirse en la plenitud medioeval, si los Padres, San Agustín y los teólogos la hubieran disminuido y acomodado a las circunstancias del mundo pagano en que vivían? La verdad tiene todos los derechos. No es ella la que debe acomodarse sino que a ella deben acomodarse los hombres para actuarla en ellos lo más cumplidamente que puedan.

Estos eternos acomodadores que son los católicos liberales, mañana en los días del anticristo, andarán alucinados detrás de él, porque será la más brillante encarnación de la ciencia, de la libertad, de la democracia, del progreso y de la civilización moderna. Porque en la descripción que San Pablo nos ha dejado del anticristo (II Tes. II, 1-12), éste aparecerá con todo poder y con artificios y portentos engañosos; y éstos serán eficaces para perder precisamente a aquellos que no abrazaron el amor de la verdad para ser salvos (ib.). ¿Y cuál verdad? Aquella verdad que recibisteis por las tradiciones en que fuisteis enseñados (ib.), o sea la verdad católica íntegra que fue recibida de Jesucristo, transmitida por los Apóstoles, perpetuada en las enseñanzas constantes de los Pontífices Romanos: verdad católica íntegra y actuante que tiene valor, no sólo en el plano ideal de la teoría, sino también en la realidad práctica vivida, y que se resume en la definición de la Bula Unam Sanctam de Bonifacio VII: «Por lo cual declaramos, decimos, definimos y pronunciamos como doctrina enteramente necesaria para la salvación: que toda criatura humana está sometida al Romano Pontífice».

Esta profesión de la integridad de la verdad católica será la única garantía contra las ilusiones del Anticristo.

Aquellos, en cambio, que habrán sido ablandados en la profesión de la verdad, serán devorados por la gran Seducción.

PADRE JULIO MEINVIELLE CANALI. Revista Nuestro Tiempo (23 de marzo de 1945), año II, n.º 27, págs. 9-11.
  
NOTA
[1] De neta filiación maniquea es el siguiente párrafo del libro “Los Derechos del Hombre y la ley natural”, de Maritain (pág. 45): «No hay más que un bien común temporal, el de la Sociedad política, como no hay más que un bien común sobrenatural, el del Reino de Dios, que es suprapolítico. Introducir en la sociedad política un bien común particular, el cual sería el bien común temporal de los fieles de una religión, aunque fuese la verdadera religión, y que reclamarían para sí una situación privilegiada en el Estado, sería introducir un principio de división en la sociedad política y faltar, por lo tanto, al bien común temporal».

lunes, 28 de octubre de 2024

DIOS NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY

Sermón predicado por el Ilmo. Sr. Obispo D. Fernando Altamira, Superior de la Sociedad de Santa María, en la Fiesta de Nuestro Señor Jesucristo Rey (domingo 27 de Octubre de 2024).
   
   
FIESTA DE DIOS NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY (Prédica n.º 1)

TODO EN MARÍA y POR MARÍA. Y por las BENDITAS ALMAS DEL PURGATORIO
   
Queridos hijos:
   
Hoy es la Fiesta de Dios Nuestro Señor Jesucristo REY. Es la gran fiesta establecida por la Iglesia Católica para enseñar, al mundo entero, la doctrina y la Verdad de que a Dios Nuestro Señor le corresponde, y Él es el dueño y señor, no sólo de cada ser humano individualmente, sino principalmente de todos y cada uno de los países, y de toda la vida pública, social y civil de absolutamente todas las naciones de la tierra. Todas las naciones de la tierra deben (o deberían) sometérsele, someterse a Dios Nuestro Señor Jesucristo y rendirle culto público en su única Religión: El Catolicismo.
  
Esta fiesta fue establecida por el Papa Pío XI, a través de su Encíclica Quas Primas, del año 1925, y este Papa le quiso dar la máxima importancia y categoría, determinándola como “Fiesta Dúplex de 1.ª Clase”.
  
En la liturgia católica se expresan de diversa manera los conceptos nombrados. Valga a modo de ejemplo lo que dice el Himno de Vísperas:
  • “1. Te sæculórum Príncipem; Te, Christe, Regem géntium; Te méntium, te córdium, Unum fatémur árbitrum: Hacemos confesión-manifestación pública a Ti, oh Príncipe de los siglos; a Ti, oh Cristo, Rey de las naciones; a Ti, único soberano de las inteligencias y de los corazones”.
  • “2. Scelésta turba clámitat: Regnáre Christum nólumus: Una muchedumbre sacrílega grita: No queremos que Cristo reine”. –No queremos que Cristo reine–, así grita el mundo impío y mundano de hoy, el mundo libertino. Así grita –no queremos que Cristo reine, ni su Catolicismo– el Nuevo Orden Mundial y la ONU. Así grita –no queremos que Cristo reine– la falsa Iglesia Moderna del Concilio Vaticano II con Francisco a la cabeza: son auxiliares de ese Nuevo Orden Mundial y de la ONU.
  • “2 in fine. Te nos ovántes ómnium Regem suprémum dícimus: Pero nosotros dándote ovaciones de honor te proclamamos Rey Supremo de todas las cosas”, Rey Supremo de todas las cosas.
  • “5. Te natiónum Prǽsides, Honóre tollant público, Colant magístri, júdices, Leges et artes éxprimant: Que los que gobiernan las naciones te den honor públicamente; que te rindan adoración maestros y jueces, (y) que las leyes y las artes hablen de Ti (te expresen)”.
  • “6. Submíssa regum fúlgeant Tibi dicáta insígnia: Sometidas las insignias de los que gobiernan el mundo (regum) resplandezcan ofrecidas a Ti”.
  • “6 in fine: Mitíque sceptro pátriam, Domósque subde cívium: Y somete a tu suave Reino la Patria y las Familias (los hogares)”.
Veamos algunas enseñanzas.
   
(Cuerpo)

[ 1 ] Toda nación de la tierra, ¡absolutamente toda nación!, debería estar sometida, como posesión y propiedad, en su vida pública, en su vida civil y social, en sus leyes, en sus magistrados y autoridades, en sus instituciones, en sus costumbres, en la enseñanza que se imparte en dicho suelo, a Dios Nuestro Señor Jesucristo y a su Santa Religión Católica. Y el fundamento, el porqué de esto, es la realidad y el hecho de que Cristo es Dios; luego, todo debe estar sometido a Él, cada alma en privado, y toda la sociedad civil y los países.
  
[ 2 ] La primera ley de toda nación de la tierra debería ser una manifestación pública y oficial de que esa Patria es y pertenece a Dios Nuestro Señor Jesucristo, que tal nación se proclama y se entrega oficialmente a Él y a su Santa Religión Católica: Esto es la confesionalidad católica del Estado. Toda nación de la tierra debería ser así.
  
[ 3 ] Inmediatamente se debería condenar el Parlamentarismo (“cualquier cosa puede ser ley, mientras sea votada por la mayoría necesaria”), y destruirse para siempre toda ley contra Dios, toda ley que lo insulte, toda ley que sea contra Él, o contra el Catolicismo, o contra la familia.
  • Goodbye para siempre, el Estado laico, el laicismo, el secularismo, el Estado ateo, y la soberanía popular; todo país debe ser oficialmente católico, y Dios es la fuente de todo poder, todo poder viene de Dios (y no del pueblo).
  • Goodbye para siempre, el liberalismo o la falsa derecha, y el comunismo-socialismo y las izquierdas; ambos pésimos y ambos condenados innúmeras veces por el Magisterio Católico de los Papas, sobre todo en sus Encíclicas.
  • Goodbye para siempre, la Masonería y toda organización secreta (los Illumináti y lo que sea), que atente contra Dios y contra el Catolicismo.
  • Goodbye para siempre, como decíamos, las leyes contra Dios, y contra el Catolicismo: “Colombia, desde la Constitución Política de 1991, ya no es más la nación del Sagrado Corazón de Jesús, ya no está más oficialmente consagrada a Él, ni es más oficialmente católica”. En realidad, ya no hay más naciones oficialmente católicas en el mundo (“estamos terminando de crear el mundo para el Nuevo Orden Mundial, para la ONU, y para el Anticristo”; dicen ellos: “hemos de hacer –además– la Religión de la Humanidad, basándonos en la falsa Iglesia Moderna del Concilio Vaticano II y en su Ecumenismo; no olvidemos la importancia de lo dicho por nuestro colaborador Francisco en Singapur: todas las religiones son un camino que lleva a Dios”). En una Patria de Cristo Rey, debería estar la condena de la falsa libertad de prensa, de la falsa libertad de enseñanza, y de la injuria contra Dios de la libertad religiosa (las religiones falsas cuanto mucho pueden ser toleradas, pero jamás dadas o llamadas de tener “derecho”, y además se debe intentar la conversión de esas almas al Catolicismo). Y tenemos otro de los insultos y atrevimientos del mundo moderno contra Dios, cada vez más fomentado: La eutanasia o suicidio legal y médico-asistido, “yo decido matarme”.
  • Goodbye para siempre, las leyes contra la Familia Católica. Deben desaparecer para siempre: El fomento del concubinato “legal” o unión libre; el fomento de la fornicación entre jóvenes contra “el ser virgen hasta el Matrimonio”; el fomento del falso matrimonio civil para católicos, lo cual no vale absolutamente nada ante Dios; el fomento del adulterio “legal” a través del divorcio contra el Santo Sacramento del Matrimonio (suprimir el eufemismo colombiano, y con hipocresía, de decir: “cesación de los efectos civiles”, “pero te ayudaremos en todo lo necesario para que te consigas otra mujer y serás amparado por las leyes, y hasta te puedes re-casar o re-juntar civilmente con ella si lo deseas”).
  • Goodbye para siempre, el fomento de la homosexualidad, del lesbianismo entre las jovencitas (qué horror), y el darle niños en adopción a los homosexuales, pecados gravísimos, tan gravísimos que claman venganza del Cielo: Uno no sabe cómo Dios sigue soportando todo eso desde el Cielo.
  • Goodbye para siempre, el fomento del aborto, un “horrorísimo”: MATAR BEBITOS, o el fomento de las píldoras abortivas (las del día después o post-day, y los anticonceptivos comunes, pues también tienen efectos abortivos). Todo esto va contra la protección absoluta que tendrían que tener los niños por nacer, y contra el honor, protección, asistencia, amparo, y beneficio económico TOTAL, que debería toda mujer embarazada en nuestra Patria: cero gasto en la gestación y el parto, y atención ABSOLUTAMENTE preferencial y prioritaria para toda mujer embarazada, y grandes ayudas económicas después del parto a favor del niño y de la madre: eso debería hacer un país católico, fomentando asimismo al máximo la FAMILIA BIEN NUMEROSA.
  • Goodbye para siempre, el fomento de la anticoncepción y planificación, PECADO MORTAL QUE MANDA AL INFIERNO (cuyos métodos, en su mayoría, también pueden producir abortos o evitar la implantación del bebé). Como decíamos recién, son todas acciones contra la gloria católica de la FAMILIA BIEN-BIEN NUMEROSA, la cual debería estar legalmente protegida y fomentada al máximo por el gobierno.
Sobre LA FAMILIA NUMEROSA, tener muchísimos niños por y para Cristo Rey, por y para el Catolicismo, quisiera decir algo más: ¿Por qué tener niños y muchos niños, una Familia Bien Numerosa?
  • Primero que nada porque se lo debo a Dios; si alguien se casa, le debe niños a Dios, porque tener niños (o intentar tenerlos) es el fin más importante, el fin primario y principal del Matrimonio, el fin por el cual Dios creó antes que nada el Matrimonio: tener niños (al punto, ya lo saben, que si una pareja no quiere tener niños hace inválido el Matrimonio, nulidad matrimonial); el tener niños no es algo opcional, es una obligación del Matrimonio (salvo esterilidad, lo cual es inocente e inculpable).
  • Segundo, “he de tener muchos niños” porque los niños son hermosos.
  • Y en tercer lugar, POR LA LUCHA CATÓLICA, POR EL COMBATE CATÓLICO, para luchar el buen combate de San Pablo (“he luchado el buen combate, he concluido la carrera, he guardado la Fe”, II Tim 4). ¿A qué nos referimos? Hoy en día, el tener muchos niños adquiere, además de lo anterior, el carácter de la lucha católica, de la lucha del soldado de Cristo, porque en el mundo de hoy, la ONU, la OMS, el Nuevo Orden Mundial con sus campañas (anticoncepción-planificación, esterilización, aborto, etc.), campañas anti-Dios y anti-católicas, tratan constantemente que la gente no tenga muchos niños (“el control de la natalidad y el control de la población”); entonces, si yo soy llamado a la vida del Matrimonio, debo luchar el buen combate –entre otras formas– teniendo muchos niños para pegarle a la ONU, “yo combato teniendo muchos-muchísimos niños; ellos no quieren que yo tenga muchos niños: yo tendré mil niños si puedo, así lucho, y así combato”.
  
[ 4 ] Las naciones antes eran católicas, nuestras naciones antes eran de Cristo Rey y de su Catolicismo. Durante los primeros Siglos y en la Edad Media fue así: Los católicos hicimos Europa. Y mientras nosotros fuimos hijos de España fue así en nuestras Patrias.
  
El mal llamado Renacimiento (desde el Siglo XV) fue el comienzo del fin, y llevamos cinco siglos de caída contra Dios, y metidos en la llamada Edad Moderna. Pero aun así las naciones y los reinos europeos guardaban una enorme cuota de Catolicismo y de Cristo Rey en su orden social, en su orden civil; y por eso llegó la Revolución Francesa (finales del Siglo XVIII), el movimiento más anticatólico y más anti-Dios que ha existido en la modernidad, y llevado al culmen después en el malhadado Siglo XIX con Napoleón (un demonio) y sus guerras napoleónicas en Europa, y su repercusión o replicación aquí en Hispanoamérica con las Revoluciones de 1810 en adelante.
   
Había que destruir “L’Ancien Régime: el Antiguo Régimen”, porque la Corona estaba todavía –a pesar de todo– muy unida a la Iglesia Católica; y aquí en Hispanoamérica porque España estaba muy unida aún al Catolicismo; el Estado unido a la Iglesia, y todo el bien que todavía se hacía, y ello a pesar de corrupciones que también existían (y si vamos al caso, la democracia de hoy se lleva “el título mundial” en cuanto a la corrupción, pues nadie la iguala).
  
Todas las guerras napoleónicas en Europa, y todas las Revoluciones de 1810 (en adelante) en Hispanoamérica fueron inspiradas en la Revolución Francesa, que es lo mismo que decir: tuvieron inspiración en la masonería, en el liberalismo, y después –hasta hoy– también en la izquierda. Resumiendo: A pesar de algún matiz, todo ese movimiento era, en lo esencial, contra Dios Nuestro Señor Jesucristo, contra Cristo Rey y contra su Catolicismo.
   
Y hacia dónde vamos en este ya desquiciado Siglo XXI: Pues bien, sin duda que vamos hacia la explicitación final del Gobierno Mundial sin Dios y anti-Dios, vamos hacia la explicitación final del Nuevo Orden Mundial, que terminará en el Gobierno (personal) del Anticristo, ayudado por el Falso Profeta y su Religión Mundial. Atención: Debemos saber que el Falso Profeta de las profecías puede llegar a ser Francisco –auxiliar y hasta empleado del Nuevo Orden Mundial–, junto con su falsa Iglesia Moderna del Concilio Vaticano II.
   
[ 5 ] Pero debemos levantar nuestros corazones y tener alegría, porque LA VICTORIA ES NUESTRA, LA VICTORIA FINAL ES NUESTRA:
  • Este mundo desquiciado va hacia un desenlace, con los dolores finales; pero son DOLORES DE PARTO, y no dolores de muerte.
  • Son dolores de parto, porque como todos los dolores así, aunque muy duros, terminan, y terminarán, en algo bueno, en un nuevo nacimiento, en una creación, “cielos nuevos y nueva tierra”, en el triunfo de Cristo Rey –la fiesta de hoy–.
  • Este desquicio actual terminará con la alabanza, el honor y el respeto a Dios Nuestro Señor Jesucristo y a su Catolicismo, con su Parusía Gloriosa y su Reino: Cristo Rey.
  • Y será el triunfo de todos nosotros si es que logramos ser buenos católicos, si es que logramos mantenernos fieles: SOLDADOS DE CRISTO REY, y esto solamente con su gracia, ¡solamente con su gracia! Pero será nuestro triunfo, y será un triunfo total. Mientras tanto hemos de luchar, por todo lo poco o lo mucho que podamos hacer por la causa de Dios Nuestro Señor Jesucristo, esperando SU SEGUNDA VENIDA con mucha alegría, porque ella será LO ÚNICO QUE SANARÁ la enfermedad terminal que tiene este mundo, y le pondrá remedio.
   
(Conclusión)
  
Creo que deberemos continuar el próximo domingo en una segunda prédica. Mientras tanto, para terminar, será a modo de oración, y de PETICIÓN también, con todo el poder que Dios Nos da como obispo, y para que el mundo, las Patrias y las naciones, respeten a Él y a su Iglesia Católica (que no es por supuesto la Iglesia Moderna del Concilio), en estos términos leeremos esa tan-tan hermosa “Oración a Cristo Rey por la Patria”, ustedes pueden seguirla en sus papelitos (oración que se dice compuesta por el sacerdote argentino Padre Julio Meinvielle); y dice así:
   
ORACIÓN A CRISTO REY POR LA PATRIA
   
Señor nuestro Jesucristo,
Rey de las Naciones y de los corazones,
Dios que todo lo creaste, lo redimiste,
y has hecho a nuestro pueblo cristiano;
mira con ojos benévolos a ésta nuestra querida Patria,
consagrada a Tu Santísima Madre,
y escucha a tus hijos que quieren volver a Ti.
  
¡Oh Rey! Cristianos hemos nacido,
y cristianos queremos ser.
Nuestra Patria es su historia católica,
y su destino de grandeza es llevar Tu nombre como Bandera. 
  
Atiéndenos, Señor, en esta jornada aciaga,
y, si está en Tu Santísima Voluntad,
aparta de nosotros este cáliz de amargura,
dándonos la gracia de
reconquistarte Colombia,
reconquistarte la Argentina,
reconquistarte Brasil,
reconquistarte Hispanoamérica,
reconquistarte España,
reconquistarte Europa,
reconquistarte el mundo entero.
  
Que tu Madre, Reina nuestra,
Conductora y Vencedora en la Lucha Final,
aplaste la cabeza del enemigo
que avanza extendiendo su Poder Internacional. 

Que el Ángel que custodia nuestro suelo
aparte de nosotros la perfidia sionista,
el terror comunista, la siniestra masonería
y la peste del liberalismo
que combaten contra Ti.

Aniquilen Tus Arcángeles a las sectas invasoras,
y guarden a nuestras juventudes de la corrupción mental y moral.
  
Pero no se haga nuestra voluntad, sino la Tuya;
y si prefieres para nosotros la noche oscura de una pasión nacional
te pedimos, Rey de Reyes,
no permitas que tu pueblo sea traidor.
Antes prepáranos y danos el triunfar en el martirio,
para la Gloria de Tu Divina Majestad,
en reparación por tanta historia laica,
y para que, bajo el Manto de la Virgen Soberana,
te adoremos en la Patria Eterna,
con los que lucharon por Ti. Así sea.

miércoles, 20 de diciembre de 2023

EL PROGRESISMO CRISTIANO

«El misterio de iniquidad consiste precisamente en que el “Aparato publicitario de la Iglesia” que debía servir para llevar las almas a Jesucristo, sirve en cambio para perder­las y esclavizadas al demonio.
   
Aquí está el “misterio de perversidad”; Que la sal se co­rrompa y deje de salar (Mt. 5, 13). Fíjese bien el lector que no decimos que la Iglesia deje de llevar las almas a Je­sucristo. La Iglesia es indefectible y durará como tal hasta el fin. Pero la Iglesia de Jesucristo puede no identificarse con el “Aparato publicitario de la Iglesia”.
    
(…) Unos años más, y de no intervenir directamente la mano de Dios, el “Aparato publicitario de la Iglesia Católi­ca” profesará una religión completamente distinta de la que nos enseñó Jesucristo y que nos han transmitido los Pa­dres, Doctores y Santos de la Iglesia doblemente milenaria. De aquí este furor satánico que se ha desatado contra la Iglesia pre-conciliar.
   
(…) La Iglesia estaría hoy gobernada en gran parte por judíos, masones y comunistas. Gobernada contra los intere­ses de la Iglesia misma. Aquí está el Mystérium iniquitátis.
   
Pero la Iglesia y el mundo están en definitiva gobernados por Dios. La Providencia permite el mal en vista de un mayor bien y, sobre todo, del bien de los elegidos. La Historia tiene su razón de ser a causa de Jesucristo y de su Cuerpo Místico. Por esto, el momento presente de la Igle­sia y del mundo hay que mirarlo con ojos sobrenaturales. Lo esencial es nuestra adhesión inquebrantable a Jesucris­to. A Jesucristo el de siempre…».
   
PADRE JULIO MEINVIELLE. “El Progresismo Cristiano”.

viernes, 4 de agosto de 2023

BERGOGLIO HIPÓCRITA CONTRA EL PADRE MEINVIELLE


En la entrevista-nota biográfica-propaganda que Francisco Bergoglio otorgó a su amiguita Elisabetta Piqué al diario La Nación el 10 de Marzo próximo pasado, él soltó esta cuña:
«Me acuerdo de chico que no se podía visitar la casa de los divorciados, en Argentina, al menos por la parte social mía, ¿no? Y también aquello que los que no eran católicos, que eran protestantes, se van todos al infierno, porque los había fundado un hereje y todo. Me acuerdo una vez que iba con mi abuela, tenía cuatro, o cinco años, no más por la calle y allí en la vereda del frente venían dos mujeres del Ejército de Salvación con ese moños que llevaban en aquella época, el gorro y el moño. Le pregunté a mi abuela: “¿Qué estoy viendo?, ¿Abuela, esas son monjas?”. “No, querido, son protestantes PERO SON BUENAS”. Eso me abrió la puerta a reevaluar lo que se decía ya de chico, a ver a los protestantes con otros ojos, y no como hacía aquel párroco de Versalles, en Buenos Aires, que les iba a quemar las carpas a los evangélicos que iban a predicar, ¿no? Eran herejes, entonces iba con los chicos de la Acción Católica, de noche, a quemarles las parcas [sic], las carpas».
 
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Sin entrar al tema que si es posible recordar detalladamente conversaciones de infancia (eso queda en manos de neurólogos y psiquiatras), se saca en limpio de este relato que la abuela de Bergoglio no era muy católica que digamos (o al menos, él la presenta así), y que «aquel párroco de Versalles» era el padre Julio Ramón Meinvielle y Canale, quien murió un 2 de Agosto de 1973 en resultas de un “accidente” sufrido un mes antes en la avenida 9 de Julio*.
    
El padre Meinvielle llegó como párroco de Nuestra Señora de la Salud en el naciente barrio de Versalles el 19 de Marzo de 1933, y permaneció en él hasta 1950, cuando las presiones del gobierno causaron que lo apartaran de ella. Durante su curato, fundó el grupo scout N.º 1 Nuestra Señora de la Salud (al cual perteneció, entre otros, cierto Mario Aurelio Poli Zambotti, que en 2014 sucedió a Bergoglio en la sede bonaerense), de donde nacería la Unión de Scouts Católicos de Argentina (erigida en 1937 como Pía Unión por el Arzobispado de Buenos Aires; Meinvielle fue su primer secretario), el Ateneo Popular de Versalles, el Círculo Católico de Obreros, la Juventud Obrera Católica, y la Acción Católica Argentina. De su obra teológica, filosófica y política se ha hablado en muchos lugares, pero como sacerdote fue un ejemplo para sus fieles, por los cuales se desvivió y trabajó, por lo que el padre Castellani lo llamó «el párroco de la Nación argentina».
  
Ahora, de todos los que Bergoglio conoce y pudo nombrar, escogió precisamente a la espantosa secta británica “Ejército de Salvación”, ejemplo del activismo que desdeña la espiritualidad y no cuenta con sacramentos. Este grupo fue fundado por el pastor metodista William Booth y su esposa Catherine Mumford en 1865. Los “salvacionistas” llegaron a la Argentina en 1890, y se propagaron fácilmente por las simpatías que los constructores de los ferrocarriles (que vale señalar, eran ingleses) les tenían.
   
Y ya que vamos por el tren de los recuerdos, citemos a don Antonio Caponnetto:
«El 2 de agosto de 1998, a las 11 de la mañana, y con ocasión de cumplirse 25 años de la muerte del padre Julio, ofició la Santa Misa en su memoria, el entonces Arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, monseñor Jorge Mario Bergoglio. Estoy tomando la noticia de dos Boletines de AICA, uno del 22/7/98  y otro del 3/8/98.  Estuve en esa celebración Eucarística –que coronó una semana de homenaje al insigne difunto, con la presencia de varios obispos– y todos cubrieron de elogios la obra y la personalidad del antiguo párroco.
   
Al término de la Santa Misa, los presentes, en su mayoría emocionados y veteranos scoutistas católicos y admiradores, discípulos, camaradas y amigos del Padre Meinvielle, nos dirigimos ante la tumba que está en el atrio de la parroquia. Se dieron vítores a Dios, a la Patria, a Cristo Rey, al homenajeado; y se repartió un volante que decía: “El Padre Julio está presente. Mueran los herejes”. Lo tengo en mis manos. En el medio de esos briosos católicos y meinvielleanos, si se nos permite el adjetivo, exactamente ubicado en uno de los ángulos de la lápida, estaba Jorge Mario Bergoglio, como un adherente más.
  
Se fueron retirando todos, y cuando me quise acordar, ganado por el luto y los recuerdos, creí que estaba solo ante la lápida. Pero no. El que permanecía de pie, callado, orante, era Bergoglio. Se me acercó y se limitó a leerme, a modo de consuelo, el epitafio que todavía corona sus restos: “Amó la Verdad”. Nos despedimos y cada quien a lo suyo».
Mirá, Francisco, ¿aquel 2 de Agosto de 1998 no te estorbó el recuerdo de tu abuela para homenajear al padre Julio Ramón Meinvielle, «aquel párroco de Versalles» que, 25 años después, presentás como pirómano criminal? A ese tipo de personas que actúan así como vos, que elogian a los demás y después le tiran el agua sucia, se les denomina indistintamente hipócrita, fariseo, sepulcro blanqueado, tartufo, falluto, y JESUITA (nunca mejor dicho).
   
Un dato adicional: durante sus exequias, el féretro del padre Meinvielle fue cargado por el conservador Alberto Ignacio Ezcurra Uriburu (ex líder de Tacuara) y el sacerdote tercermundista Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe (que dicho sea de paso, buscó al padre Meinvielle para reconciliarse con la Iglesia y poco después, fue asesinado por su antiguo camarada Mario Eduardo Firmenich Sagreras –no por la Triple A, como se dice “oficialmente” desde Alfonsín–). Cuando muera Bergoglio, ¿quién se dignará cargar su ataúd?

CUESTIÓN ÚNICA
* Es de entrecomillar la palabra “accidente”, habida cuenta que por sus denuncias contra la infiltración comunista en la Argentina, el padre Meinvielle fue objeto de dos arrestos ilegales, amenazas telefónicas y por correo, e incluso de un intento de asesinato.

miércoles, 2 de agosto de 2023

RECORDANDO AL PADRE MEINVIELLE

Tomado de PERIÓDICO LA ESPERANZA.
   
Pensador tradicional, amante de España y de la Hispanidad Católica, no ocultó sus simpatías por el Carlismo.
   
Padre Julio Ramón Meinvielle y Canale

Este 2 de agosto de 2023 se conmemoran los cincuenta años del fallecimiento del Pbro. Dr.  Julio Meinvielle, destacado sacerdote y pensador argentino. Figura señera del pensamiento de orientación tomista, su benéfica influencia se hizo sentir en los medios católicos argentinos durante el siglo XX junto a la de la otra gran personalidad de aquellos años, el R.P. Leonardo Castellani.
    
Julio Meinvielle nació en Buenos Aires en 1905 y cursó sus estudios en el Seminario Conciliar de Buenos Aires. Fue ordenado sacerdote en diciembre de 1930. Desde 1933 fue párroco de Nuestra Señora de la Salud de la ciudad y arquidiócesis de Buenos Aires, a la que se dedicó durante años con un celo apostólico que ha trascendido en el tiempo. Fue también el fundador de la Unión de Scouts Católicos Argentinos.
    
A la par de sus tareas pastorales, el Pbro. Meinvielle fue un pensador y analista de la realidad de gran penetración y agudeza. Doctor en Filosofía y Teología, participó de los «Cursos de Cultura Católica» (de los que saldrá la Universidad Católica de Buenos Aires), de la «Sociedad Tomista Argentina» y fue animador de varias revistas (Presencia, Balcón y Nuestro Tiempo). Autor de numerosas obras, trató diversos aspectos de la vida social, política y eclesial desde la más sólida ortodoxia.
    
Su nombre tomó proyección internacional con ocasión de su polémica con Jacques Maritain, el profeta de la «Nueva Cristiandad», plasmada en los libros «De Lammenais a Maritain» y «Crítica de la concepción de Maritain sobre la persona humana», seguidos por los opúsculos «Correspondance avec le R. P. Garrigou-Lagrange à propos de Lamennais et Maritain» y «Respuesta a dos Cartas de Maritain al R. P. Garrigou-Lagrange, O.P.».
    
En los turbulentos años sesenta del siglo pasado, trató con valentía y largueza de miras la cuestión del progresismo católico, en especial en sus obras «La cosmovisión de Teilhard de Chardin», «La «Ecclesiam Suam» y el progresismo cristiano», «La Iglesia y el mundo moderno, el progresismo en Congar y otros teólogos recientes» y también en su último libro «De la Cábala al Progresismo».
    
Formó una importante cantidad de discípulos, en especial a través de los cursos sobre la Suma Teológica, que dictó a partir de los años cincuenta del siglo veinte en la Santa Casa de Ejercicios de la calle Independencia de la ciudad de Buenos Aires, donde residió hasta su muerte. Asimismo, fue el impulsor de la fundación del Instituto de Filosofía Práctica (INFIP) junto a los recordados profesores Carlos Sacheri y Guido Soaje Ramos. Colaboró con estudios y artículos, entre otras, en las revistas Ortodoxia, Sol y Luna, Sapientia, Cruzada, Ulises y Mikael.
    
Vinculado al nacionalismo católico argentino, no dejó de denunciar –muchas veces en un marco de incomprensión– algunas desviaciones de este movimiento. Pensador tradicional, amante de España y de la Hispanidad católica, no ocultó sus simpatías por el Carlismo:
«Es cierto que la vitalidad católica no desaparece sino que se concentra en la Comunión Tradicionalista del Carlismo que durante más de un siglo de bastardía política sabe mantener intacto el depósito sagrado de verdades que pueden salvar a los pueblos. Y lo mantiene con el ardor bélico del requeté que va a luchar por España, porque lucha por su Dios. Pero el liberalismo debía triunfar y el Carlismo había de quedar como fuerza de reserva para el momento fijado en los designios providenciales que rige el curso de la historia (Qué saldrá de la España que sangra, 1937)».

El Pbro. Dr. Julio Meinvielle falleció en Buenos Aires el 2 de agosto de 1973 a consecuencia de un accidente en la vía pública. Sus restos fueron sepultados en el atrio de la Parroquia Nuestra Señora de la Salud. Su epitafio, inspirado en la 2 Carta a los Tesalonicenses, reza: «Amó la Verdad». Algunos de sus discípulos, como el Prof. Gustavo D. Corbi y el Pbro. Jorge Benson, le han dedicado estudios biográficos que nos permiten acceder a su personalidad y su obra.
    
El Circulo Tradicionalista del Río de la Plata se suma a los homenajes realizados y eleva oraciones por su alma.
   
Círculo Tradicionalista del Río de la Plata

domingo, 4 de agosto de 2019

AMAR SIGNIFICA BUSCAR EL BIEN DE AQUELLOS A QUIENES AMAMOS

«Sabido es que el cristianismo se resume en el gran Mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios de todo corazón... y al prójimo como a tí mismo”.
   
Amar significa buscar el bien de aquellos a quienes amamos. El hombre debe, entonces, buscar primero el bien de Dios y después el bien del hombre. El bien de Dios es que su nombre sea bendecido y glorificado en los hechos por el cumplimiento de su ley. El bien del hombre es que le sean reconocidos todos los derechos que buscan al logro de su bienestar eterno y temporal.
 
Si es así, faltaría al mandamiento del Amor aquel padre que no reprimiera a su hijo que viola los derechos de Dios o los derechos de su Madre. No cumpliría con la caridad el padre que no castiga, si es necesario, al hijo que no respeta a su madre o que maltrata a sus hermanos. No cumple con la caridad el gobernante que no cuida los intereses de la patria o que no previene y castiga los atropellos de los malos ciudadanos.
   
Caridad no es sentimentalismo que consiente todos los errores y atropellos de los demás. Caridad es procurar eficazmente el bien real (eterno y temporal) de los demás y odiar en todo momento el mal».

PADRE JULIO MEINVIELLE Y CANALE. El judío en el misterio de la Historia, Epílogo.

domingo, 26 de julio de 2015

"EL LIBERALISMO ES UNA HEREJÍA. NUNCA LO OLVIDEMOS" (PADRE BASILIO MÉRAMO)

Jamás lo olvidemos: el Liberalismo es esencialmente una herejía, y no sólo una incoherencia o una incongruencia. ¿Quién lo dice? Lo dicen como veremos: el Padre Sardá y Salvany, el Padre Ramière, Mons. Ezequiel Moreno (Gran Obispo de Pasto, Colombia, 1895-1906), Monseñor Lefebvre, el P. Castellani y el P. Meinvielle, entre otros.
   
Aquí tenemos los textos:
  
1. El Padre Félix Sardá y Salvany:
“¿Qué es el Liberalismo? En el orden de las ideas es un conjunto de ideas falsas; en el orden de los hechos es un conjunto de hechos criminales, consecuencia práctica de aquellas ideas. En el orden de las ideas el Liberalismo es un conjunto de lo que se llaman principios liberales, con las consecuencias lógicas que de ellos se derivan. Principios liberales son: la absoluta soberanía del individuo con entera independencia de Dios y de su autoridad; soberanía de la sociedad con absoluta independencia de lo que nazca de ella misma, soberanía nacional, es decir, el derecho del pueblo para legislar y gobernar con absoluta independencia de todo criterio que no sea el de su propia voluntad, expresada por el sufragio primero y por la mayoría parlamentaria después; libertad de pensamiento sin limitación alguna en política, en moral o en Religión; libertad de imprenta, así mismo absoluta o insuficientemente limitada; libertad de asociación con iguales anchuras. Estos son los llamados principios liberales en su más crudo radicalismo”. (El Liberalismo es Pecado, ed. Ramón Casals, Barcelona, 1960, p.3).
  
“El Liberalismo es pecado, ya se le considere en el orden de las doctrinas, ya en el orden de los hechos. En el orden de las doctrinas es pecado grave contra la fe, porque el conjunto de las doctrinas suyas es herejía, aunque no lo sea tal vez en alguna que otra de sus afirmaciones o negaciones aisladas. En el orden de los hechos es pecado contra los diversos Mandamientos de la Ley de Dios y de su Iglesia, porque de todos es infracción. Más claro. En el orden de las doctrinas el Liberalismo es la herejía universal y radical, porque las comprende toda; el en orden de los hechos es la infracción radical y universal, porque todas las autoriza y sanciona”. (Ibídem p. 4-5).
  
“En el orden de las doctrinas el Liberalismo es herejía. Herejía es toda doctrina que niega con negación formal y pertinaz un dogma de la fe cristiana. El Liberalismo doctrina los niega primero todos en general y después cada uno en particular. Los niega todos en general, cuando afirma o supone la independencia absoluta de la razón individual en el individuo y de la razón social o criterio público en la sociedad. Decimos afirma o supone, porque a veces en las consecuencias secundarias no se afirma el principio liberal, pero se le da por supuesto y admitido. Niega la jurisdicción absoluta de Cristo Dios sobre los individuos y las sociedades, y en consecuencia la jurisdicción delegada que sobre todos y cada uno de los fieles, de cualquier condición y dignidad que sean, recibió de Dios la Cabeza visible de la Iglesia. Niega la necesidad de la divina revelación, y la obligación que tiene el hombre de admitirla, si quiere alcanzar su último fin. Niega el motivo formal de la fe, esto es, la autoridad de Dios que revela, admitiendo de la doctrina revelada sólo aquellas verdades que alcanza su corto entendimiento. Niega el magisterio infalible dela Iglesia y del Papa, y en consecuencia todas las doctrinas por ellos definidas y enseñadas. Y después de esta negación general y en globo, niega cada uno de los dogmas, parcialmente o en concreto, a medida que, según las circunstancias, los encuentre opuestos a su criterio racionalista”. (Ibídem, p.5).
  
“Por donde cabe decir que el Liberalismo, en el orden de las ideas, es el error absoluto, y en el orden de los hechos, es el absoluto desorden. Y por ambos conceptos es pecado, ex genere suo, gravísimo; es pecado mortal”. (Ibídem, p.6).
 
“De todas las consecuencias y antinomias que se encuentran en las gradaciones medias del Liberalismo, la más repugnante de todas y la más odiosa es la que pretende nada menos que la unión del Liberalismo con el Catolicismo, para formar lo que se conoce en la historia de los modernos desvaríos con el nombre de Liberalismo católico o Catolicismo liberal. (…) Nació este funesto error de un deseo exagerado de poner conciliación y paz entre doctrinas que forzosamente y por su propia esencia son inconciliables enemigas. El Liberalismo es el dogma de la independencia absoluta de la razón individual y social; el Catolicismo es el dogma de la sujeción absoluta de la razón individual y social a la ley de Dios”. (Ibídem, p.11).
  
“Si bien se considera, la íntima esencia del Liberalismo llamado católico, por otro nombre, llamado comúnmente Catolicismo liberal, consiste probablemente, tan solo en un falso concepto del acto de fe”. (Ibídem, p.12).
  
“Por lo demás se llaman católicos, porque creen firmemente que el Catolicismo es la única verdadera revelación del Hijo de Dios; pero se llaman católicos liberales, o católicos libres, porque juzgan que esta creencia suya no les debe ser impuesta a ellos ni a nadie por otro motivo superior que el de su libre apreciación”. (Ibídem, p.13).
   
“Síguese de ahí que juzgan su inteligencia libre de creer o de no creer, y juzgan asimismo libre la de todos los demás. En la incredulidad, pues, no ven un vicio o enfermedad, o ceguera voluntaria del entendimiento, y más aún del corazón, sino un acto lícito de la jurisdicción interna de cada uno, tan dueño en eso de creer, como en la de no admitir creencia alguna. Por lo cual es muy ajustado a este principio el horror a toda presión moral o física que venga por fuera a castigar o a prevenir la herejía, y de ahí su horror a las legislaciones civiles francamente católicas. De ahí el respeto sumo con que entienden deben ser tratadas siempre las convicciones ajenas, aún las más opuestas a la verdad revelada; pues para ellas son tan sagradas cuando son erróneas, como cuando son verdaderas, ya que todas nacen de un mismo sagrado principio de libertad intelectual. Con lo cual se erige en dogma lo que se llama tolerancia, y se dicta para la polémica católica, contra los herejes, un nuevo código de leyes que nunca conocieron en la antigüedad los grandes polemistas del Catolicismo”. (Ibídem, p. 13-14).
  
“Por eso, es Catolicismo liberal, o mejor, Catolicismo falso, gran parte del Catolicismo que se usa hoy entre ciertas personas. No es Catolicismo es mero Naturalismo, es racionalismo puro; es paganismo con lenguaje y forma católica, si se nos permite la expresión”. (Ibídem, p. 15).
   
“Hasta la piedad llega la maléfica acción de este principio naturalista, y la convierte en verdadero pietismo, es decir, en la falsificación de la piedad verdadera, Así lo vemos en tantas personas que no buscan en las prácticas devotas, más que la emoción, lo cual es puro sensualismo del alma y nada más”. (Ibídem, p. 14-15).
  
“Sí; el Liberalismo en todos sus grados y aspectos ha sido formalmente condenado. Así que, además de las razones de malicia intrínseca que le hacen malo y criminal, tiene para todo fiel católico, la suprema y definitiva declaración de la Iglesia, que como a tal le ha juzgado y anatematizado”. (Ibídem, p. 19).
  
“El Liberalismo es, como hemos dicho, herejía práctica, tanto como herejía doctrinal, y aquel principal carácter suyo explica muchísimos de los fenómenos que ofrece el maldito error en su actual desarrollo en la edad moderna”. (Ibídem, p. 124).
  
2. El Padre Enrique Ramière.
“La doctrina Liberal es, pues, en realidad la negación de la soberanía social de Jesucristo”. (La Soberanía Social de Jesucristo, ed. Subirana, Barcelona, 1884, p. 19).
   
“Mas el liberalismo no es tan sólo contrario a la religión de Jesucristo por su origen y por sus consecuencias casi inevitables; lo es también por su esencia. Además de proporcionar a los enemigos de la Iglesia armas para destruirla, la ataca por sí mismo en sus más fundamentales dogmas. Basta, en efecto, examinar esta doctrina en su principio, para comprender que niega los derechos soberanos de Jesucristo, declarando las sociedades temporales independientes de su imperio. Según este principio, la sociedad civil es puramente terrena y no tiene en manera alguna que ocuparse, ni directa ni indirectamente, en los derechos de la verdad ni de los intereses eternos, su único y supremo fin es la felicidad temporal de sus miembros, y la razón su única guía”. (Ibídem, p.17-18).
   
3. Monseñor Ezequiel Moreno Díaz.
“Que el liberalismo es pecado, no es dudoso, es cierto; que es un error contra la Fe tampoco es dudoso, sino cierto; que está condenado por la Iglesia, consta de un modo evidente por el Syllabus y por multitud de documentos pontificios. Sobre este punto, pues, no cabe ya libertad de pensar, sino que hay que pensar como piensa y enseña la Iglesia, so pena de faltar a la Fe, y hacerse reo de pecado y de condenación eterna”. (Un Capítulo de las Relaciones entre el Estado y la Iglesia en Colombia, Carlos Valderrama, ed. Caro y Cuervo, Bogotá, 1986, p. 443).
  
“El liberalismo está condenado por nuestra Santa Madre la Iglesia en todas sus formas y grados, y todo el que se precie de buen católico debe también condenarlo de la misma manera, y rechazar hasta el nombre de liberal” (Ibídem, p. 405).
   
Y por esto, el benemérito Obispo de Pasto mandó a que se pusiera durante sus exequias, sobre el catafalco, el epitafio “El Liberalismo es pecado”.
  
4. Monseñor Nicolás Casas y Conde, de la orden de Agustinos Recoletos, Obispo de Adrianápolis y Vicario de Casanare (Colombia).
“Consiste propia y verdaderamente en negar a Dios su dominio sobre el hombre, o en no querer sufrirlo, puesto que en esa mala disposición del ánimo a rechazar el dominio o soberanía de Dios, sea por negarlo, sea por no querer sufrirlo, se condensa y se completa el vicio capital del liberalismo, es decir, su mayor y más principal malicia.”(Enseñanzas de la Iglesia sobre El Liberalismo, Madrid, 1902, p. 27).
  
“Rebelión, pues, y rebelión manifiesta del hombre contra el dominio, soberanía o autoridad de Dios, es pura y simplemente en su esencia, el liberalismo, como nos lo dice el Papa”. (Ibídem, p. 28).
   
5. Monseñor Marcel Lefebvre.
“Pese al riesgo de repetir lo dicho, vuelvo sobre el tema de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo, ese dogma de fe católica, que nadie puede poner en duda sin ser hereje, si, ¡perfectamente hereje!” (Le Destronaron, ed. Fundación San Pío X, Buenos Aires, 1987, p. 101).
  
“Al respecto, el sostener, como lo hace Vaticano II, una orientación naturalmente recta de todos los hombres hacia Dios, es un irrealismo total y una pura herejía naturalista. ¡Dios nos libre de los errores naturalistas y subjetivistas! Son la marca inequívoca del liberalismo que inspira la libertad religiosa del Vaticano II, ellos no pueden llegar sino al caos social y a la Babel de las religiones”. (Ibídem, p.199).
   
6. El Padre Julio Meinvielle.
“El error ‘naturalista’ que también se llama ‘racionalismo’ o ‘filosofismo’ es la herejía peculiar y distintiva del mundo moderno. Proclama la suficiencia de la humana naturaleza para alcanzar su felicidad. En el fondo constituye la esencia misma de todas las herejías. (...) La independencia o emancipación de la razón, de ahí la terrible herejía del racionalismo o naturalismo que engendra luego los errores sociales del laicismo, liberalismo, socialismo y comunismo”. (De Lamennais a Maritain, ed. Theoria, Buenos Aires, 1967, p. 111 - 112 - 113).
   
“El célebre Cardenal Pie, que fue a mediados del siglo XIX el gran luchador de los Derechos divinos de la Iglesia contra la herejía del naturalismo y del liberalismo y que había de ser una de las mayores lumbreras del Concilio Vaticano, siendo Vicario General de Chartres en 1848, expone los principios justos sobre este punto.” (Ibídem, p. 128 - 129).
   
7. El Padre Leonardo Castellani.
“El liberalismo es una peligrosa herejía moderna que proclama la libertad y toma su nombre de ella. La libertad es un gran bien que, como todos los grandes bienes, sólo Dios puede dar; y el liberalismo lo busca fuera de Dios; y de ese modo sólo llega a falsificaciones de la libertad.” (Cristo ¿Vuelve o no Vuelve?, ed. Dictio, Buenos Aires, 1976, p. 163).
   
“El comunismo no es un partido; el comunismo es una herejía. Es una de las tres ranas expelidas por la boca del diablo en los últimos tiempos, que no son otros que los nuestros. Las otras dos ranas -herejías palabreras que repiten siempre la misma canturria y se han convertido en guías de los reyes, es decir, en poderes políticos- son el catolicismo liberal y el modernismo”. (Ibídem p. 204).
  
“El mundo moderno se ha olvidado bastante de que CRISTO ES REY, cosa que ha recibido de su Padre; por lo cual se instituyó poco ha la festividad de Cristo Rey, contra la herejía del liberalismo”. (El Apokalypsis, ed. Paulinas, Buenos Aires, 1963, p. 52).
  
“... y las tres ranas son tres herejías: nominatim, el liberalismo, el comunismo y el modernismo o naturalismo religioso”. (Ibídem. p. 97).
 
Entonces queda claro así, que el Liberalismo es una gran herejía y es, además, la gran herejía con dimensión apocalíptica.
   
P. Basilio Méramo
Bogotá, 22 de Julio de 2015

jueves, 23 de mayo de 2013

LA CARIDAD CRISTIANA ORDENA EMPUÑAR LA ESPADA

San Millán de la Cogolla (patrono de Castilla), combatiendo por la Cristiandad

La caridad cristiana, que nos manda procurar eficazmente, el bien de Dios, el bien de la Iglesia, el bien de los pueblos cristianos, nos manda por lo mismo empuñar la espada para defender eficazmente estos bienes cuando no haya otro modo de asegurarlos.

Si no ha llegado todavía, quizá no esté lejos el momento en que, si no queremos ver proscrito el nombre de Dios, incendiados los templos, vilipendiados los sacerdotes, violadas las vírgenes por la chusma desatada, sea necesario ceñirse los lomos y empuñar la espada.

Si por sentimentalismo o por cobardía nos resistimos a pelear con denuedo, tendremos que vivir esclavos de una minoría rabiosa de judíos que después de habernos vilipendiado en lo más sagrado nos sujetará a la tiranía del deshonor.

La caridad misma lo exige. Porque no pueden decir que aman verdaderamente a Dios, a la Iglesia, a su Patria, a sus hijos e hijas, aquellos que rehúsan adoptar aquel medio único que asegure el respeto inviolable de Dios, de la Iglesia, de la Patria, de los hijos e hijas.

Medio único, doloroso pero indispensable. como lo es el uso del bisturí para cortar la gangrena que inficiona.

Si el uso de la espada implica una villanía cuando se usa para exterminar al inocente, en cambio cuando se emplea para restaurar los derechos de la Verdad y de la Justicia importa los honores del heroísmo.

Padre JULIO MEINVIELLE Y CANALE, El judío en el misterio de la Historia, Página 136.