«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis el reposo para vuestras almas». (San Mateo 11, 29).
San Francisco de Sales, celebérrimo
por su piedad y por su celo, apóstol de estos últimos tiempos, uno de
los más bellos ornamentos de la dignidad episcopal, nació en el castillo
y casa solariega de Sales, del ducado de Saboya y diócesis de Ginebra,
el 21 de Agosto de 1567. Fueron sus padres Francisco, señor de Sales, de
una de las casas más antiguas y nobles de Saboya, y Francisca de
Sionas, de la ilustre casa de Charansonay.
Su virtuosa madre
le consagró a Dios antes de que naciera, y nació a los siete meses de
ser concebido, por lo que se crió de niño con gran cuidado. Apenas
pronunció palabras, dijo éstas: «
Dios y mi madre me quieren mucho».
Las buenas disposiciones de su espíritu hicieron eficaces la piadosa
educación que recibió de sus padres. Y así, desde sus más tiernos años
dio muestra de gran piedad y modestia, y de caridad excelente con los
pobres, hasta el punto de que, según el P. Luis de la Riviére, uno de
sus panegiristas, se asemejaba a un ángel.
Sus padres le
encomendaron al cuidado de un sacerdote ilustrado y virtuoso, llamado
Juan Déage; e hizo Francisco los primeros estudios en el colegio de la
Boche, pasando después a continuarlos en el de Annecy; y tal impresión
causaban las virtudes del joven Francisco entre sus condiscípulos que,
al verle llegar adonde ellos estaban, suspendían sus juegos y decían con
respeto: «
Seamos juiciosos, que viene el Santo». Si alguno, en
momento de cólera, decía alguna palabra fea, Francisco le rogaba con
dulzura que se moderara en el lenguaje, y conseguía con esto la
enmienda. Su caridad era tan grande, que un primo suyo cometió un día
una falta por la que debía ser azotado, y Francisco se ofreció en su
lugar para sufrir el castigo.
A los diez años, después de
haber hecho la primera Comunión en la iglesia de los dominicos de
Annecy, fue enviado a París para proseguir sus estudios. La ciencia, o
mejor, la sabiduría de Francisco de Sales, fue el resultado del asiduo
estudio de buenos libros en que casi toda su vida se ejercitó su talento
fecundo, claro y feliz. En París estudió las humanidades y la filosofía
con los padres jesuitas; y la teología, parte con estos Padres y parte
en la Universidad de la Sorbona, entonces muy floreciente, teniendo
por maestros al sabio P. Juan de Maldonado en teología, y al célebre Gilberto Genebrardo
en griego y hebreo, a cuyo estudio se dedicó principalmente para poder
comprender bien las Sagradas Escrituras, que eran su lectura
ordinaria y su mejor delicia humana. Para librarse de los peligros de
malas compañías, no salía de casa como no fuese para la iglesia o para
la universidad.
Aunque adelantaba mucho en las letras
sagradas y humanas, eran mayores los progresos que hacía en todas las
virtudes, siendo de notar su ardiente devoción a la Santísima Virgen,
ante cuya imagen pasaba horas enteras en oración. Comulgaba cada ocho
días; tres en la semana traía cilicio, y, queriendo consagrarse a más
perfectamente, hizo voto de perpetua castidad delante de una imagen de
la Santísima Virgen en la iglesia de San Esteban de los griegos, que se
halla hoy en la capilla de las Hermanas de Santo Tomás de Villanueva, en
la calle de Sèvres, con la advocación de Nuestra Señora de la Buena Liberación.
Imagen de Nuestra Señora de la Buena Liberación (Notre Dame de la Bonne Déliverance), ante la que San Francisco de Sales oró e hizo voto de castidad
No podía sufrir el enemigo común tanta inocencia y
tanto fervor en un joven de tan tierna edad, y le acometió con una
tentación, que era la más capaz de trastornarle. Entre diciembre de 1586
y enero de 1587, sugirióle con la mayor viveza que en vano se fatigaba,
puesto que era del número de los réprobos; y que así, por mucho que
hiciese, infaliblemente se condenaría. El horror del Infierno, el
considerarse en el infeliz estado de los réprobos, el espanto y la
turbación que esto le causó le llenó de melancolía tan profunda, que
poco a poco le iba consumiendo; hasta que, fijando un día los ojos en
una imagen de la Santísima Virgen, le dijo con extraordinario fervor y
ternura: «
Señora y Madre mía, si es tanta mi desdicha que he de ser
condenado, y he de estar en la desgracia de mi Dios después de mi
muerte, a lo menos quiero tener el consuelo de amarle con todo mi
corazón por todos los días de mi vida». Esta oración tan devota y
tan ajena de los sentimientos que suele tener un alma réproba, disipó
las nubes, confundió al demonio y restituyó la tranquilidad a su
corazón.
Habiendo acabado sus estudios en París, pasó de orden
de sus padres a la ciudad de Padua a estudiar en aquella célebre
Universidad la jurisprudencia, bajo el magisterio del famoso Guido
Pancirolo. Escogió luego por director de su conciencia al P. Antonio
Possevino; y conociendo este insigne jesuita en aquel joven un corazón
según el de Dios, se aplicó con el mayor empeño a disponerle y
habilitarle para las grandes empresas a que concibió tenía Dios
destinada aquella alma verdaderamente grande.
Este virtuoso padre, además de guiarle por el camino de la perfección cristiana le explicó la
Summa de Santo Tomás y las
Controversias
del cardenal Belarmino. Buscaba Francisco siempre lo mejor, lo más puro
y perfecto, así en amigos como en libros y maestros, y, aun
peregrinando y de viaje, nunca abandonaba la Biblia, la
Moral de Valerio Reginaldo y la
Suma de Santo Tomás.
Envidiosos
los demás condiscípulos suyos de la universal estimación que se había
adquirido Francisco por su singular virtud, armaron a su pureza un
terrible lazo. Con pretexto que fingieron de visitar a una pobre
indigente, le llevaron a presencia de una mujer impúdica, que a los
principios se fingió muy virtuosa y muy devota, y le dejaron solo con
ella. Lidió algún tiempo contra sus artificios y contra su desenvoltura,
y fue tan violento el combate, que al fin no tuvo otro medio para salir
del peligro que tirarle a la cara un tizón que encontró a mano y tomar
la escalera con precipitada fuga. Hízole más circunspecto esta victoria;
y renunciando desde luego las malas compañías de la gente joven,
redobló sus penitencias.
Tomó precauciones contra semejantes
peligros, y, reflexionando que la rebelión de la carne es el medio de
que se valen los enemigos exteriores, redujo su cuerpo a tal grado de
debilidad, y fueron tantas sus austeridades, que, junto con el estudio
incesante, le acarrearon poco después una grave enfermedad que puso en
grave riesgo su vida, llegando a disponer que su cuerpo, en siendo
cadáver, se entregase a los alumnos de la clase de Anatomía con el fin
de que, ya que durante su vida de nada útil había servido, sirviera de
algo, después de muerto, a sus semejantes. Dios no permitió que se
cumplieran los pronósticos de los médicos, y, restablecido de aquella
enfermedad, prosiguió sus estudios, tomando la borla de doctor en
aquella Universidad. Al salir de Padua para volverse a su casa, le
aconsejó su director espiritual el P. Possevino que no se afanase tanto
en aprender el derecho romano como en hacerse buen teólogo para gobernar
una diócesis, pues tenía el presentimiento que había de ser obispo de
Ginebra. Pasó por Roma, donde visitó el sepulcro de los Santos
Apóstoles. De Roma fue a Loreto, donde veneró la Santa Casa de la
Virgen; allí renovó el voto de castidad que había hecho en París, y
sintió deseo de abrazar el estado eclesiástico. En Ancona quiso tomar
pasaje en un barco para su patria; pero la Divina Providencia hizo que
no se le admitiese para que no pereciera, porque, casi sin salir del
puerto, aquel barco se fue a fondo con todos los pasajeros y
tripulantes.
Después de descansar Francisco en su casa de
Sales, adonde llegó con felicidad, su padre, al ver en su hijo un joven
tan completo, formó dos proyectos para colocarle con brillo en el siglo.
Le envió a Chambéry para que se inscribiese como abogado en el Senado
de aquella ciudad. Obedeció Francisco, y, en el camino, el caballo que
montaba, y que iba al paso, resbaló y cayó tres veces, haciendo en cada
una que la espada de Francisco saliera de su vaina, formando con ésta
una cruz. Tomó éste aquel prodigio como manifestación de Dios, que le
quería para Sí, y resolvió cumplir el deseo que le venía el Señor
inspirando de ser sacerdote. Pero aun había que vencer otra dificultad.
Su padre acariciaba el proyecto de casarle con Francisca, la hija de Juan de Suchet, señor de
Végy, rica y virtuosa.
De todos los obstáculos supo triunfar
Francisco, confiado en Dios y en la Santísima Virgen. Manifestó a su
padre el voto de castidad que había hecho y su evidente vocación al
sacerdocio. Se conformó su padre, y en seguida se preparó Francisco a
recibir con fervor las sagradas Ordenes, redoblando sus mortificaciones y
penitencias; y el acto de su ordenación sacerdotal, que fue conmovedor,
se verificó en Annecy el 18 de Diciembre de 1593.
Era obispo
de aquella iglesia Claudio Granier, que amaba tiernamente a Francisco, y
le miraba ya como a su sucesor. Mandóle que predicase; y lo hizo con
tanta eficacia, que logró por fruto de su primer sermón trescientas
conversiones grandes y ruidosas. No es ponderable el gusto con que le
oían, ni el fervor y la eficacia con que predicaba. No había obstinación
tan empedernida que pudiese resistir a su devoción en el altar, ni a su
elocuencia en el pulpito. Andaba sin cesar de aldea en aldea y de choza
en choza, instruyendo a innumerables pobres rústicos que vivían en el
Cristianismo casi sin conocerle; y sus primeras excursiones apostólicas
ganaron tantas almas para Jesucristo, que así el obispo de Ginebra como
el duque de Saboya le hicieron misionero del Chablais, dominada por el
protestantismo, no dudando que había de ser su apóstol.
Luego
que Francisco recibió su misión, marchó a buscar al enemigo, sin más
compañero que su pariente Luis de Sales, canónigo de Ginebra, y, sin
acobardarle trabajos ni peligros, fue a atacar a la herejía calvinista
en sus mismas trincheras. A vista de las iglesias arruinadas, de los
monasterios asolados y de las cruces echadas por tierra, se llenó de
dolor y se dobló el aliento de su celo. Lleno de aquella santa
intrepidez y de aquella confianza, que hacen el carácter de los héroes
cristianos, entró por Thonon, capital de la provincia, despreciando
generosamente las befas, las irrisiones y los insultos de los
protestantes. La paciencia, la modestia y la dulzura fueron las únicas
armas de que se valió para resistir a los escarnios y a la malignidad de
aquel furioso pueblo. Con esta moderación, y con los ejemplos de su
vivísima virtud, se fueron domesticando aquellos ánimos feroces y
aquellos corazones apostatas: habla, convence, mueve; óyenle, y se
convierten. Se agita toda la secta protestante, y resuelven los
ministros deshacerse de él. Avisado Francisco de sus intentos, no por
eso se acobardó; antes bien se mostró mucho más celoso, y con sola su
presencia desarmó a los asesinos que iban a matarle. Cerráronle las
posadas, y se fue a dormir al campo. A las violencias sucedieron las
calumnias: divulgaron de él que era mago, hechicero y brujo; adelantando
que le habían visto en las juntas nocturnas que se dice celebran éstos
en el sábado, danzando alrededor del demonio; pero nuestro Santo desarmó
a todo el Infierno con su confianza en Dios y con su paciencia.
Teniendo
noticia el barón de Hermance de las conspiraciones que se fraguaban
contra su vida, quiso darle una escolta para su defensa; pero Francisco
no la admitió, diciendo que había entrado en el Chablais como misionero,
y como tal se había de mantener en él. A sus elocuentes predicaciones
unía una caridad sin límites. Atravesó por un estrecho pontón todo
cubierto de hielo, por ir a socorrer a unos pobres paisanos recién
convertidos, que estaban de la otra parte de un arroyo bastante
profundo, con grande admiración de todos, que se vieron obligados a
confesar que sólo pudo atravesar Francisco sin sucumbir por especial
milagro de Dios. Ningún peligro le detiene, ningún riesgo le acobarda;
todos los arrostra por la salvación de aquel obstinado pueblo: de esta
manera fueron excesivos sus trabajos, pero también fueron inmensas sus
conquistas. Volvieron a entrar en el seno de la Iglesia los bailiajes de
Ger, de Ternier y de Gaillard; todo el Chablais se convirtió, porque no
había resistencia ni a la fuerza de sus discursos, ni a la virtud de
sus ejemplos; y, por un milagro evidente, aquel cordero rodeado de
lobos, en manifiesto peligro de ser despedazado por ellos, con su
prudencia, con su mansedumbre y con su piedad convirtió á los mismos
lobos en corderos. Siete católicos había en Thonon cuando llegó
Francisco de Sales, y a los tres años de predicación pasaban de seis mil
los convertidos en dicha ciudad, y de sesenta y dos mil en el resto de
la comarca.
Tuvo varias controversias; ocho o diez veces ofreció
disputar o conferenciar con los ministros protestantes sobre los puntos
contestados; pero estuvieron tan lejos de aceptar la conferencia, que
buscaron nuevos asesinos para quitarle la vida.
Extendióse por
todas las cortes la fama de estas maravillas. El papa Clemente VIII le
escribió un Breve laudatorio, en el que, después de haberse congratulado
con él por los felices sucesos que lograba, le daba orden que pasase a
Ginebra a disputar con Teodoro Beza, que recibió al apóstol Francisco
con grandes muestras de atención; le oyó, con gusto al parecer, se
confesó convencido, hasta derramar lágrimas; pero no se convirtió,
porque dilató demasiado el convertirse, y, después de haber dado a
nuestro Santo las más bellas palabras, al cabo murió apóstata en
Ginebra.
Ciertamente, apenas se puede comprender cómo un
hombre solo, y en tan poco tiempo, pudo hacer tantas maravillas y no
rendirse al peso de tantos trabajos. Predicaba muchas veces al día, daba
instrucciones particulares, tenía conferencias públicas, visitaba a los
enfermos; buscaba a la gente más pobre y más desamparada en sus cabañas
y en sus chozas; oía confesiones hasta muy entrada la noche;
administraba los Sacramentos a los moribundos; asistía a los entierros.
En fin, a ningún oficio perdonaba su cuidado, a todo se extendía su
celo, y medía su caridad con las necesidades y no con la calidad de las
personas, haciéndose todo a todos para ganarlos a todos.
Para
asegurar el triunfo obtenido en el Chablais, fundó en Thonon una especie
de universidad, con el título de la Santa Casa, destinada a la
enseñanza de diferentes oficios manuales, y aun de las ciencias,
juntamente con una sólida instrucción moral y religiosa.
La
conversión de este país calvinista fue acompañada de milagros, uno de
los cuales fue el siguiente: Una mujer calvinista, convencida, por los
sermones de Francisco, del error en que estaba, difería su conversión y
dejó que muriera sin el bautismo un hijo suyo. Al llevarle al
cementerio, vio a nuestro Santo: se arrojó a sus pies la infeliz mujer,
con el cadáver de su hijo en brazos, y exclamó entre sollozos: «
¡Devolvedme mi hijo, Padre mío, siquiera el tiempo suficiente para ser bautizado!».
Enternecido Francisco, se puso también de rodillas y pidió al Señor que
despachase favorablemente la súplica de aquella madre. Oraba todavía el
Santo, y el niño abrió los ojos y dio suspiros. Volvió a la vida, fue
bautizado y vivió aún dos días más, con gran admiración de todos, sobre
todo del médico que certificó de la muerte del niño.
La santa
empresa que en tres años llevó Francisco de Sales a feliz término,
habiéndose tenido durante medio siglo por punto menos que imposible,
extendió la fama de este santo apóstol por todas partes. Entre los que
más le admiraban era el cardenal Santiago de Perron, que, hablando de Francisco,
decía que, si no le pidiesen más que convencer a los hugonotes, no
tendría inconveniente en hacerlo; mas, para convertirlos, sería
necesario enviar a Francisco de Sales.
No es, pues, de
extrañar que el obispo de Ginebra le eligiera para su coadjutor, no sin
tener que vencer la resistencia de la humildad de Francisco. Para ser
preconizado y dar cuenta al Papa de los resultados de su misión en el
Chablais, fue a Roma, donde fue recibido con grande cariño por Clemente
VIII, ante quien sufrió un examen teológico tan brillante, que el Papa
declaró que ninguno de los examinados hasta entonces le había satisfecho
por completo como Francisco de Sales. Le abrazó y le dijo después estas
palabras de los Proverbios (cap. V, versículos 15 y 16):
Bebe, hijo
mío, de las aguas de tu cisterna y de la fuente de tu pozo. Haz que la
abundancia de tus aguas se derrame por todas las plazas públicas, para
que todos puedan beber y saciar su sed. Fue preconizado en 1599 obispo de Nicópolis
in pártibus infidélium, y auxiliar o coadjutor del de Ginebra.
Armas episcopales de San Francisco de Sales: En campo de azur, dos barras gemelas de oro, cargadas cada una de una divisa de gulés, acompañadas de una luna creciente de oro en jefe y de dos estrellas de seis rayos de oro en el abismo y en la punta (armas de la Casa de Sales). Su lema era NON EXCÍDET (No decaerá).
Apenas
volvió Francisco a Saboya, cuando los negocios de la religión le
precisaron a pasar a París. Allí fue recibido de Enrique IV y de toda la
corte con respeto y veneración. La estimación y la confianza con que el
rey le trató, y los públicos testimonios que dio de ella, fueron
ocasión de que le levantasen una calumnia. Pretendieron hacerle
sospechoso con el rey; pero presto se justificó plenamente, y la
malignidad de los envidiosos sólo sirvió para que creciese el amor y el
concepto que ya tenía aquel monarca de Francisco de Sales. Ofrecióle el
rey beneficios y pensiones; llegó a brindarle con el obispado de París,
pero todo lo agradeció cortesanamente y todo lo renunció con noble
desinterés. Esta generosa prenda, su piedad, su dulzura y sus gratísimos
modales encantaron a toda la corte. Predicó delante de ella; pero ¡con
qué felicidad, con qué éxito! Las maravillosas conversiones que logró
fueron fruto de los asombrosos ejemplos que dio en todo. Consiguió
decreto del rey para que se volviese a establecer la religión católica
en el bailiaje de Ger, cuya solicitud había sido el principal motivo de
su viaje a la corte.

San Francisco de Sales confesando a un noble (Valentín Metzinger)
Durante su viaje de regreso a Ginebra
recibió la noticia de la defunción de Claudio Granier, obispo de aquella
diócesis. Como estaba ya designado Francisco para sucederle desde que
fue preconizado obispo auxiliar, se preparó luego para tomar sobre sus
hombros tan grave carga con oración y retiro. Consagrado obispo de
Ginebra el 8 de Diciembre de 1603, visitó en seguida toda la diócesis a
pie y sin ostentación alguna, consiguiendo numerosas conversiones y
reforma en las costumbres.
Como ángel de paz, ajustó las
disensiones que había entre el archiduque y el clero del Franco Condado;
como legado de la Santa Sede, reformó las abadías de Talloires, de Abondance, de Puitdorbe, de Santa Catalina y de Six; como buen pastor,
apacentó sus ovejas con el pan de la divina palabra, y expuso cien y
cien veces su vida por su salvación, mereciendo mil bendiciones del
Cielo para toda su diócesis.
Crecía por instantes su fama. Los
príncipes se competían unos a otros en darle los más ilustres
testimonios de su alta estimación. No quiso admitir muchas ricas abadías
con que le brindó Enrique IV, y renunció el capelo de cardenal que le
ofreció el papa León XI. Sus relaciones con San Pedro Canisio, el Venerable
cardenal César Baronio, el de Perron, San Roberto Belarmino, Lessio y
otros hombres célebres hicieron que el papa Paulo V le consultase sobre
la cuestión famosa
De auxíliis, y que la decisión que tomó el
Papa lo fuese por consejo de San Francisco de Sales. No es extraño,
pues, que se le compare con los antiguos doctores de la Iglesia. De
todas partes le consultaban como a oráculo de su siglo; y lo que parecía
increíble, si la experiencia no hubiera mostrado lo contrario, esta
multitud de tantas y tan graves ocupaciones no le estorbaron predicar
muchas Cuaresmas en Annecy, en Grenoble, en Chambéry, ni retirarse todos
los años a ejercicios espirituales al Colegio de la Compañía.
Al
mismo tiempo que el Santo obispo comunicaba a todas partes los ardores
de su celo, supo que le habían acusado ante Su Santidad de poco
vigilante en desterrar de su obispado los libros heréticos o de doctrina
sospechosa. Y el Santo, que siempre había manejado las armas de la
invicta paciencia para rebatir los golpes de la calumnia, mostró en esta
ocasión, por la vivacidad vigorosa con que se justificó, el horror con
que miraba tan perniciosa negligencia.
No se contentó
Francisco con que su celo fuese inmenso; quiso en cierta manera hacerle
perpetuo componiendo aquel excelente libro de la
Introducción a la vida devota,
que él solo vale por cuantos libros espirituales se han escrito. Apenas
salió a luz esta admirable obra, cuando cierto predicador indiscreto
comenzó a declamar furiosamente contra ella, calificándola de perniciosa
y de relajada, y llegó a quemar un ejemplar públicamente en el púlpito.
Contaron al Santo este suceso, y todo su resentimiento se redujo a
decir: que deseaba tan abrasado en el fuego del amor de Dios el corazón
de aquel Padre, como su libro lo había sido de las llamas.
Pero
ninguna empresa fue más digna de aquella grande alma, ninguna pudo ser
más útil a toda la Iglesia, que la fundación de la Orden de la
Visitación, uno de los más bellos ornamentos de la Iglesia.
El
día 6 de Junio del año 1610, en que se celebraba la fiesta de la
Santísima Trinidad, la célebre Santa Juana Francisca Frémiot, baronesa
viuda de Chantal; Jacqueline, la hija de Francisco Fabre, presidente del Senado de
Saboya; y Juana Carlota, la noble doncella de la casa de Bréchard de Nivernois, dieron
principio a este nuevo instituto bajo la dirección de San Francisco de
Sales, que había ido a predicar a Dijon la santa cuaresma. Después que
el santo fundador confesó y dio la comunión a aquéllas sus nuevas hijas,
les dio también unas reglas llenas de dulzura, de discreción y de
prudencia, en las cuales viene a comprenderse como reducida a arte toda
la perfección cristiana, siendo fruto de una vida dulce, tranquila y
nada austera. Esta Orden religiosa es aquella grande obra de nuestro
Santo, que con tanto esplendor está difundida por todo el Universo, y
después de casi tres siglos conserva todo el fervor de su primitivo
espíritu, contándose más de seis mil seiscientas esposas de Jesucristo
que edifican a la Iglesia con sus ejemplos, y son digno objeto de la
admiración de los pueblos con sus religiosas virtudes.

San Francisco de Sales entrega las Constituciones de la Orden de la Visitación a Santa Juana de Chantal (Valentín Metzinger).
De esta Orden de la Visitación solía decir más tarde su santo fundador con santo gracejo: «
Me llaman fundador de una Orden, y, sin embargo, hice lo que no he querido, y no he hecho lo que quería».
Esto se explica sabiendo que el proyecto de Francisco era fundar una
congregación de señoras, cuya vida, menos austera que la de los demás
conventos, permitiera recibir en ella a viudas y señoras de edad e
impedidas, sin clausura, para que salieran a visitar a los enfermos. De
aquí su nombre de Visitadoras, y Visitación el de la Orden. Pero hubo
obstáculos a este proyecto; y las consideraciones del cardenal arzobispo
de Lyon le obligaron a desistir de él y a adoptar la forma que hoy
tiene con aprobación del papa Paulo V.
Poco tiempo después compuso el admirable libro de la
Práctica del amor de Dios,
que el papa Alejandro VII llamaba libro de oro; del cual han hecho
elevadísimos elogios los más ilustres prelados. En la
Introducción a la
Vida Devota (dice el célebre obispo de Vence, el señor Godeau),
Francisco es un ángel que guía a los Tobías pequeñuelos por el camino y
por la peregrinación de esta vida; en el tratado del Amor de Dios es un
abrasado serafín que pega el fuego del amor celestial al corazón de los
perfectos. Este enseña a volar; aquél, a caminar por las sendas del
Evangelio con modo sencillo, pero sólido y seguro: el uno da el pan de
los fuertes a las almas fuertes; el otro nutre con suavísima leche a los
que no son capaces de alimento más robusto.
Otras muchas
obras devotas dio a luz San Francisco de Sales, llenas todas de igual
solidez, y de aquella divina unción que sólo el Espíritu Santo es capaz
de derramar. Por eso el papa Alejandro VII, en la bula de su
canonización, declara que los saludables escritos de este Santo son
hachas brillantes y encendidas que introducen la luz y pegan fuego a
todos los miembros del cuerpo místico de la Iglesia.
El año de
1622 recibió Francisco orden de su soberano, el duque de Saboya, para
pasar a Aviñón a recibir al príncipe y a la princesa del Piamonte. Desde
Aviñón pasó a Lyon, de Francia, donde a la sazón se hallaba el rey
cristianísimo Luis XIII con toda la corte, de quien recibió singulares
honras y especiales demostraciones de aprecio y de veneración. Por su
parte correspondió también con nuevas pruebas de celo y de respeto.
Aunque se hallaba con la salud bastante quebrantada, predicó en la
iglesia del colegio de la Compañía, y se dedicó a todo género de
ministerios, hallándole pronto cuantos le buscaban para su consuelo y
para su alivio en las necesidades espirituales.
El día de
Navidad dio el hábito de la Visitación a dos doncellas, predicó sobre el
misterio del día, y le pasó todo en tiernas y piadosísimas conferencias
con toda la comunidad. Al amanecer del día de San Juan sintió que se le
debilitaba la vista y se le iban disminuyendo las fuerzas, mas no por
eso dejó de celebrar aquel día. Luego que dio gracias fue a visitar al
duque de Nemours para interceder por aquellos mismos ministros del
ducado de Ginebra que tanto le habían dado en qué merecer, y no se
retiró hasta que les consiguió el perdón. Por la noche cayó en una
especie de delirio, que pronto se declaró en apoplejía.
Apenas
se divulgó en la ciudad su peligro, cuando todos concurrieron a
visitarle. Los primeros que llegaron fueron los jesuitas del Colegio de
San José; y luego que los vio el Santo les dijo con el mayor agrado:
Padres
míos, ya ven que, en él estado en que me hallo, sólo tengo necesidad de
la misericordia de mi Dios; implórenla por mí y para mi, que yo todo lo
espero de su bondad. Mucho tiempo ha que tengo hecho al Señor
sacrificio de mi vida. En fin, el día 28 de Diciembre del año 1622,
este insigne prelado, reverenciado de los pueblos, honrado de los
príncipes, amado de los vicarios de Jesucristo, y, lo que es más
admirable, respetado hasta de los mismos herejes, de quienes era el
mayor azote, rindió a Dios su espíritu inocente y puro con aquella misma
tranquilidad con que había vivido. Murió a las ocho de la noche, en el
cuarto del hortelano del convento de la Visitación, a los cincuenta y
seis años de su edad, y a los veinte de su pontificado.
Abrieron
el santo cuerpo para embalsamarle, y con esta ocasión se reconoció que
aquella grande dulzura, que tanto admiraron todos, no era natural a su
genio, pues que se le encontró la vesícula biliar endurecida y
petrificada, dividida en muchos y muy consistentes pedacillos, por la
continua violencia que se había hecho para reprimir la cólera a que
naturalmente estaba sujeto.
Luego que se extendió la noticia
de su muerte, fue extraordinaria la conmoción y el concurso de todo el
pueblo. Condújose el santo cadáver a Annecy, con pompa digna de su
mérito y correspondiente a la celosa veneración con que todos le
miraban. Diósele sepultura en la iglesia del primer convento de la
Visitación; y su corazón, que hoy día se venera entero, engastado entre
dos corazones de oro, se quedó en Lyon de Francia, en el convento de la
Visitación que está en Bellecour, y fue fundación del mismo Santo y de
la ilustre Santa Madre Chantal el año de 1615, poco tiempo después que
se fundó el de Annecy, disponiendo la Divina Providencia que después de
muerto se quedase su corazón con aquellas hijas a quienes había tenido
más dentro de él cuando vivo.
Hallándose en Lyon el rey Luis
XIII el año 1630, habiendo caído malo, deseó Su Majestad ver el corazón
de San Francisco de Sales. Trájosele su confesor; y, habiendo recobrado
al punto la salud, contribuyó mucho para que creciese la devoción que ya
se tenía al Santo. Agradecido el piadoso monarca, mandó hacer, en
testimonio de su reconocimiento, una urna de oro donde se reservase
aquella preciosa reliquia. Algunos años antes de su canonización recibió
por medio de ella semejante favor el duque de Mercurio; y su madre, la
duquesa de Vandome, mandó fabricar otra grande caja de oro, donde
estuviese cerrado todo el relicario.
Fue canonizado por Alejandro VII en 1666. El papa Beato Pío IX, por su breve Dives in misericórdia,
de 16 de Noviembre de 1877, le declaró doctor de la Iglesia, y, por
último, León XIII le ha declarado recientemente patrono de la prensa
católica.
La edición completa de las obras de San Francisco de
Sales se publicó en 1892 por las religiosas del primer monasterio de la
Visitación de Annecy, en ocho grupos, a saber: 1º Las controversias. 2º Defensa del estandarte de la Santa Cruz. 3º Introducción a la vida devota. 4º Tratado del amor de Dios. 5º Coloquios. 6º Sermones. 7º Cartas; y 8º Opúsculos.