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viernes, 5 de junio de 2026

EL MARTIRIO DE SAN JUAN FISHER Y SANTO TOMÁS MORO


Divisó Enrique VIII que la usurpación del primado papal fuese detestada por todos los católicos, e incluso por Lutero y Calvino, y por tanto ordenó que se escribiera un libro en defensa de su autoridad, y se hallaron muchos, unos espontáneamente, y otros por fuerza. Quería incluso que su pariente el cardenal Reinaldo Pole escribirse en su favor, pero él valientemente se negó, y en cambio escribió cuatro libros titulados Por la defensa de la unidad eclesiástica, con los que se granjeó tanto odio del rey que lo declaró traidor a la patria y reo de lesa majestad, y buscó muchas veces hacerlo asesinar; y al no conseguirlo, hizo matar a su madre Margarita Plantagenet, a su hermano Enrique Pole, 1.º barón de Montagu, y a su tío, y por esa causa su familia fue afligida y casi extinta. 
  
Persiguió tiránicamente a los religiosos por la misma razón, y precisamente a los cartujos, los franciscanos y los brigidinos, quienes en esa persecución fueron convertidos en mártires [1] junto con Juan Fisher, obispo de Rochester, y Tomás Moro, a quienes mandó decapitar en el año 1534 [2]. Fisher, estando en prisión, había sido nombrado cardenal por Pablo III; Enrique, al enterarse de esto, rápidamente lo mandó condenar a muerte.

Está escrito que Fisher, cuando tuvo que salir de prisión para ir a la ejecución, se visitó con sus mejores ropas, diciendo que así iba a su boda, y como era viejo y estaba demacrado por los sufrimientos de la prisión, necesitaba un bastón en el que apoyarse, pero cuando vio el cadalso, dijo estas palabras arrojando el bastón: «Eja, pedes, offícium fácite, parum itíneris jam restat» (Ea, pies, haced vuestro oficio, que ya queda poco camino). Y luego, de pie en el cadalso, antes de ser decapitado, alzó los ojos al cielo y entonó el Te Deum laudámus, en acción de gracias a Dios que le permitía morir por la santa fe; y habiendo terminado, generosamente sometió su cabeza al hacha, que luego fue colocada en un poste y expuesta en el Puente de Londres; y se dice que cuanto más tiempo permanecía allí, más floreciente y viva parecía, por lo que se ordenó que la retiraran de allí lo antes posible [3].

Similar a esta gloriosa muerte fue la de Tomás Moro. Cuando le informaron del día en que el obispo de Rochester fue condenado a muerte, dijo: «Señor, no soy digno de tanta gloria, pero espero que me hagas digno de ella». Su esposa Alicia Middeton fue a tentarlo a prisión para complacer al rey; pero él la rechazaba constantemente. Después de catorce meses en prisión fue llevado a juicio; respondió allí con fortaleza y fue condenado a perder la cabeza. Entonces, encontrándose ya cerca del cadalso, dijo amablemente a un hombre que estaba cerca: «Amigo, ayúdame a subir, pues para bajar no necesitaré ayuda». Subió al cadalso y allí protestó ante la audiencia que moría por la fe católica; y después de haber recitado el Miserére, tal hombre fue decapitado en medio de los lamentos de toda Inglaterra [4].

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO. Historia de las herejías, cap. XI “Herejías del siglo XVI”, art. 4.º “Del cisma de Inglaterra”, § 1, n. 112.
 
NOTAS
[1] Card. VICENTE LUDOVICO GOTTI OP, La verdadera Iglesia de Jesucristo demostrada por signos y dogmas, tomo I, cap. CXIII, §. 2, n. 22. NATALE ALEXANDRE OP, Historia eclesiástica, tomo XIX (edición revisada y corregida por Costantino Roncaglia, Lucca, 1739), cap. XIII, art. 3.º, n. 5.
[2] Mons. SANTIAGO BENIGNO BOSSUET, Historia de las variaciones de las iglesias protestantes, lib. VII, n. 11. GOTTI, loc. cit.
[3] NICOLÁS SANDERS, Del origen y progreso del cisma anglicano, lib. I, pag. 135. GOTTI, ibid.
[4] SANDERS y GOTTI, loc. cit., n. 23.

miércoles, 27 de mayo de 2026

EL CONCILIO DE RÍMINI, O CÓMO EL ERROR SE CAMUFLA CON MEDIAS VERDADES

El Concilio de Rímini, desarrollado entre el 27 de Mayo y el 21 de Julio de 359 por convocatoria del emperador arriano Constancio II, contó con más de 400 obispos, de los cuales ochenta eran semiarrianos como Ursacio de Singiduno (actual Belgrado, Serbia), Germinio de Sirmio, Auxentio de Durostoro (actual Silistra, Bulgaria), Cayo de Ilírico y Demófilo, el más eminente de los cuales era Restituto de Cartago; mientras que el Papa San Liberio, San Eusebio de Vercelli, y San Dionisio de Milán entre otros estaban exiliados.

El concilio lo tenía todo en contra: las amenazas del prefecto Flavio Tauro, los razonamientos de los semiarrianos disuadiéndolos de impedir la paz entre Oriente y Occidente por una palabra no contenida en la Escritura, y las privaciones por estar tan lejos de sus diócesis. Además, Ursacio añadió a la fórmula de Nicea la declaración de que el Hijo no era una criatura como las demás propuestas por el obispo Valente de Mursa, atrayendo a los últimos veinte obispos ortodoxos que no querían firmar. San Liberio, al recobrar su libertad, rechazó la fórmula homoeana del concilio el 10 de Octubre, y con él muchos de los que antes la habían firmado (por eso el Concilio de Rímini nunca fue contado en los concilios generales, ni tuvo autoridad).

«No puede negarse que los obispos católicos de Rímini cometieron un grave error, pero no fueron culpables tanto por la mala fe sino por la poca prontitud en no advertirse de los fraudes de los arrianos [1]. El engaño que los hizo caer fue este: estaban dudando si debían suscribir o no aquella fórmula. Ahora, mientras estaban todos unidos en la iglesia y se leían los errores que se atribuían a Valente, el cual había compuesto la fórmula, él protestó que no era arriano, y por eso empezó a decir:: “Sea excomulgado el que diga que Jesucristo no es Hijo de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, sea excomulgado el que diga que no es semejante al Padre, según las escrituras, el que diga que es creatura como todas las demás (ocultando el veneno, porque Valente creía que Cristo era criatura, pero más perfecta que las demás), quien diga que Él venía de la nada, y no del padre; el que dijese que hubo un tiempo en el que Él no era, por modo que ponga una cosa ante él (este era otro engaño), sea excomulgado”; y todos respondieron: “Sea excomulgado”. Y con estos anatemas fraudulentos, los católicos se engañaron al persuadirse que Valente no era arriano, y así se atrajeron a suscribir la fórmula.

Luego sucedió que el concilio de Rímini, después de haber tenido un comienzo tan glorioso, tuvo un final tan funesto, luego concluyó el concilio, y los obispos tuvieron licencia para partir. Pero ellos, como escribiera San Jerónimo [2], pronto se dieron cuenta de su error y engaño: ni bien acabó el concilio, los arrianos comenzaron a cantar victoria, diciendo haber sido abolido el término substancial, y con él la fe Nicena y que, si se decía que el Hijo no era criatura, debía no entenderse como las demás criaturas, sino más noble. Y luego fue, como señalamos antes, que San Jerónimo dijo que “El mundo entero gimió de asombro al encontrarse arriano de católico que era”. Del resto, Natale Alessandro demuestra con San Jerónimo, San Ambrosio y otros, y con sólidos argumentos, que los obispos de Rímini fueron inmunes de toda mancha contra la fe mientras suscribieron aquella fórmula, que en su sentido aparente nada contenía de herético [3]» [SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Historia de las herejías].

NOTAS
[1] Giuseppe Agostino Orsi OP, Historia eclesiástica, tomo VI, libro 14, n.º 94, pág. 486.
[2] Diálogo contra los luciferianos, n.º 17. En Orsi, tomo VI, libro 14, n.º 93, pág. 271.
[3] Alessandro Natale OP, Historia eclesiástica, tomo IX (edición revisada y corregida por Costantino Roncaglia, Lucca, 1739), disertación 33.ª.

lunes, 16 de febrero de 2026

LA LECCIÓN ANTILUTERANA DE SAN PABLO SOBRE LA CARIDAD

Pasemos ahora al otro punto: si la fe sola es suficiente para salvarnos, como afirmaron Lutero y Calvino… Pero si la fe sola es suficiente para salvarnos sin obras, ¿cómo nos indica la Escritura misma que la fe sola no sirve de nada sin obras? Quid próderit, fratres mei, si fidem quis dicat se habére, ópera áutem non hábeat? Númquid póterit fides salváre eum?, «¿De qué sirve, hermanos míos, si se dice que se tiene fe, pero no se hacen obras? ¿Acaso la fe lo puede salvar?» (Jac. II, 14). Y luego, en el versículo 17, el Apóstol da la razón: Sic et fides, si non hábeat ópera, mórtua est in semetípsa, «En cuanto a la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma». Lutero afirma que esta epístola de Santiago no es canónica; pero debemos creer, no a Lutero, sino a la autoridad de la Iglesia, que ya la ha incluido en el catálogo de libros canónicos. Sin embargo, existen miles de otros escritos que enseñan que la fe sola no basta para salvarnos, sino que es necesario el cumplimiento de los preceptos. Dice San Pablo (1.ª Cor. XIII, 2): Et si habúero omnem fidem…, caritátem áutem non habúero, nihil sum, «Y si tengo toda la fe, pero no tengo caridad, nada soy». Jesucristo ordena a sus discípulos: Eúntes ergo docéte omnes gentes…, profesóres eos serváre ómnia quæcúmque mandávi vobis «Por tanto, id y enseñad a todas las naciones, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Matth. XXVIII, 19-20). Y en otra ocasión dijo a aquel joven: Si vis ad vitam íngredi, serva mandáta «Si quieres entrar a la vida eterna, guarda los mandamientos» (Matth. XIX, 17). Y hay muchos otros textos similares. Por lo tanto, los pasajes citados por los sectarios deben entenderse como la fe, tal como la enseñó San Pablo, que obra por medio de la caridad: Nam in Christo Jesu néque circumcísio áliquid valet, néque præpútium, sed fides, quæ per caritátem operátur «» (Gál. V, 6). De ahí que San Agustín escriba: Fides sine caritáte potest quídem esse, sed non prodésse «La fe sin caridad puede existir, pero no aprovechar» (De la Trinidad, libro 15, cap. XVIII). Por consiguiente, donde se encuentra en las Escrituras que la fe salva, se entiende que se trata de una fe viva, es decir, una que salva mediante las buenas obras, que son las operaciones vitales de la fe; de ​​lo contrario, si estas faltan, es señal de que la fe está muerta; y si está muerta, no puede dar vida.
  
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Historia de las herejías con sus refutaciones, tomo II – v. IV, Turín, Marietti, 1828, pág. 29-31.

EL VALOR DEL TIEMPO

PUNTO I
«Hijo mío —nos dice el Espíritu Santo—, procura emplear bien el tiempo, que es la cosa más preciosa y el don más grande que que puede Dios otorgar a un hombre en esta vida». Hasta los gentiles conocieron cuánto valía el tiempo, pues Séneca dijo que no había precio que igualase al valor del tiempo: «Nullum témporis prétium». Pero mejor que los gentiles han estimado y conocido los santos su mucho valer. Decía San Bernardino de Siena que «un momento de tiempo vale tanto como Dios, porque a cada instante puede el hombre, con un acto de contrición o de amor, adquirir la divina gracia y la gloria eterna: Módico témpore potest homo lucrári grátiam, et glóriam. Tempus tantum valet, quántum Deus, quíppe in témpore bene consúmpto comparátur Deus». 

El tiempo es un tesoro que solamente se halla en esta vida, pues en la otra no existe, ni en el infierno ni en el Cielo. «¡Oh, si tuviésemos una hora! O, si darétur hora!». Tal es el grito de los condenados en el infierno. ¡Qué no darían por una hora de tiempo, en la cual pudieran reparar su ruina! Mas esta hora no la tendrán jamás. En el Cielo no hay lamentos; mas si los bienaventurados pudieran llorar, llorarían, a buen seguro, por haber perdido durante la vida el tiempo en el cual podían haber adquirido mayor grado de gloria; pero tampoco ellos podrán alcanzar este tiempo. Después de muerta se apareció una religiosa benedictina, radiante de gloria, a cierta persona y le dijo que nadaba en delicias, pero que, si le fuese dado desear alguna cosa, solamente desearía tornar a la vida y padecer mucho para merecer más gloria, y añadió que se daría por dichosa el poder sufrir hasta el día del Juicio todos los dolores que había experimentado en su última enfermedad para lograr la gloria que corresponde al mérito de una sola Ave María [1]. 

Y tú, hermano mío, ¿en qué malgastas el tiempo? ¿Por qué lo que puedes hacer hoy lo dejas para mañana? No te olvides de que el tiempo pasado desapareció ya y no es tuyo; el que está por venir tampoco está en tu poder; sólo tienes el tiempo presente para obrar el bien. «¡Oh insensato! —dice San Bernardo—, ¿por qué presumes de lo futuro, como si Dios hubiera puesto en tus manos la presidencia de los tiempos? Quid de futuro miser præsúmis, tánquam Pater témpora in tua posúerit potestáte?». A lo cual añade San Agustín: «¿Cómo puedes prometerte un día tú, que no tienes una hora? Diem tenes, qui horam non tenes?». ¿Cómo puedes prometerte el día de mañana, si no sabes si te queda todavía una hora de vida? Por lo cual concluye Santa Teresa diciendo: «Si hoy no estás preparado para morir, teme una muerte desgraciada».

PUNTO II
No hay nada más precioso que el tiempo, ni tampoco hay cosa más menospreciada y menos estimada de los mundanos. Esto es lo que deplora San Bernardo cuando dice: «Nada hay más precioso que el tiempo y nada más vilmente estimado: Nihil pretiósius témpore, sed nihil vílius æstimátur»; y luego añade: «Uno tras otro se deslizan los días de salud para nunca más volver: Tránseunt dies salútis, et nemo recógitat sibi períre diem, et núnquam reditúrum». Ved a ese jugador que gasta días y noches en el juego. Preguntadle qué hace, y os responderá: «Matar el tiempo». Ved a ese otro vago que pasa las horas muertas en la calle, atisbando a ver quién pasa, si no es que se entretiene en hablar de cosas obscenas o a lo menos inútiles. Si le preguntáis qué hace, os responderá que está pasando el tiempo. ¡Desgraciados! De esta suerte pierden tantos días, días que no volverán jamás.

¡Tiempo menospreciado, en el trance de la muerte serás buscado y apetecido por los mundanos! Suspirarán entonces por otro año, por otro mes, por otro día, mas no lo tendrán; y oirán, por toda respuesta, aquella voz terrible: «Ya no habrá más tiempo: Tempus non erit ámplius». ¡Cuánto pagarían estos desventurados porque se les concediese todavía una semana más, otro día de tiempo, para mejor ajustar las cuentas de su alma! «Entonces, para lograr una hora de tiempo, darían —dice San Lorenzo Justiniano— todos sus bienes, riquezas, honores, placeres: Erogáret opes, honóres, delícias pro una hórula». Mas ni esta hora tendrán de tregua. «Apresúrate —le dirá el sacerdote que le asista—, apresúrate, sal presto de esta tierra, que ya no queda tiempo: Proficíscere, ánima christiána, de hoc mundo».

Por esto nos exhorta el Sabio a que nos acordemos de Dios y procuremos su gracia y amistad antes que desaparezca la luz. «Acuérdate de tu Creador antes que se oscurezca el sol y desaparezca la luz: Meménto creatóris tui, ántequam tenebréscat sol, et lumen» (Eccl. 12, 1). ¡Qué dolor no siente el viajero, al saber que ha perdido el camino, cuando le vienen encima las tinieblas de la noche y no tiene tiempo de remediar el yerro! Este género de angustia acometerá en la hora de la muerte al que ha vivido muchos años en el mundo sin emplearlos en el servicio de Dios. «Vendrá la noche —dice el Señor—, en la cual nadie puede obrar: Venit nox, in qua nemo potest operári». (Joann. 9, 4). Esta noche fatal será para él la hora de la muerte, en la cual no podrá ya hacer nada «Y contra mí llamó al tiempo: Vocávit advérsum me tempus», dice el Profeta (Thren. 1, 15). Pasará entonces por delante de su conciencia el tiempo que ha tenido y que lo ha empleado en daño de su alma. Le vendrán a la memoria tantas luces, tantas gracias que ha recibido de Dios para hacerse santo, y no ha querido aprovecharse de ellas; y en aquel momento se verá imposibilitado de hacer el bien. Entonces, gimiendo, dirá: «¡Loco de mí! ¿Qué es lo que he hecho? ¡Oh tiempo perdido! ¡Toda tu vida está perdida! ¡Perdí los años en que podía haberme santificado! No lo hice, y ahora ya se acabó el tiempo». Pero ¿de qué le servirán entonces estos suspiros y lamentos, cuando está acabándose para él la escena de este mundo, y la lámpara de su vida despide los últimos fulgores, y el moribundo está para entrar en el momento del cual depende toda la eternidad?

PUNTO III 
«Caminad —nos dice Jesucristo— mientras tengáis luz: Ambuláte dum lucem habétis» (Joann. 12, 35). Es menester que caminemos por las vías del Señor mientras tengamos luz, esto es, durante la vida, porque la luz se apaga en la hora de la muerte. Entonces no es tiempo de prepararse, sino de estar ya preparado. «Estad preparados: Estóte paráti», nos dice el Señor. En la hora de la muerte no se puede hacer cosa de provecho: lo hecho, hecho está. ¡Oh Dios!, si a uno trajesen la triste nueva de que dentro de poco se iba a ventilar un proceso del cual depende su vida y toda su fortuna, ¿qué prisa no so daría para buscar un buen abogado que hiciese valer su razón ante los ministros de justicia y ver el medio de que la sentencia le fuera favorable? Estarnos seguros que muy en breve, tal vez ahora mismo, se ha de tratar la causa que más nos importa: del negocio de nuestra salvación. ¿Y perdemos el tiempo?

Pero dirás: «Yo soy joven todavía; más tarde me daré a Dios». Pero ¿ignoras por ventura —te diré yo— que el Señor maldijo a la higuera porque no llevaba fruto, aun cuando, como lo advierte el Evangelio, «no era el tiempo de los higos: Non enim erat tempus ficírum»? (Marc. 11, 13). Con lo cual quiso el Señor declararnos que el hombre, aun en los años de su juventud, debe dar frutos de buenas obras; de otra suerte será maldito y en lo por venir no dará frutos, como no los dio la higuera. «Nunca jamás coma ya nadie fruto de ti: Jam non ámplius in ætérnum ex te fructum quíspiam mandúcet". Así dijo el Redentor al árbol, y de esta suerte maldice al que, llamado por Él, le resiste. ¡Cosa digna de admiración! El demonio tiene por breve el tiempo de nuestra vida, y por eso no pierde ni un instante para tentarnos. «El diablo bajó a vosotros y está lleno de furor sabiendo que le queda poco tiempo: Descéndit diábolus ad vos habens iram magnam, sciens quod módicum tempus habet» (Apoc. 12, 12). Y mientras el enemigo no malogra un momento para perdernos, ¿malograremos nosotros el tiempo que Dios nos ha dado para salvarnos?

«¿Y qué mal hago yo?», preguntará otro. Pues qué, ¿no es un mal perder el tiempo en juegos, en conversaciones inútiles, que nada aprovechan al alma? ¿Por ventura te da Dios el tiempo para que lo malgastes? «No —dice el Espíritu Santo—; del buen don no pierdas ni la más mínima parte: Non te prætéreat partícula boni diéi» (Eccli. 4). Los obreros de que nos habla San Mateo no hacían cosa mala: solamente perdían el tiempo, y, sin embargo, fueron reprendidos por el dueño de la viña, que les dijo: «¿Por qué estáis aquí ociosos todo el día? Quid hic statis tota die otiósi?» (Matth. 20). En el día del juicio Jesucristo nos pedirá cuenta de toda palabra ociosa. Todo el tiempo que no se emplea en el servicio de Dios es tiempo perdido. «Mira como perdido—dice San Bernardo—todo el tiempo en que no has pensado en Dios: Omne tempus, quo de Deo non cogitásti, cógita te perdídisse». Por eso nos exhorta el Señor y nos dice: Cuanto pueda hacer tu mano, hazlo sin demora, porque ni para obra ni pensamiento habrá lugar en el sepulcro, hacia el cual corres apresuradamente: «Quodcúnque fácere potest manus tua, instánter operáre, quia nec opus, nec rátio erunt apud ínferos, quo tu próperas» (Eccl. 9, 10). Decía la venerable Madre Sor Juana de la Santísima Trinidad, carmelita descalza [2], que en la vida de los santos no hay el día de mañana, que sólo se halla en la vida de los pecadores, los cuales siempre están diciendo: «Mañana, mañana», y así les asalta la muerte. «Ahora es el tiempo favorable —dice el Apóstol—: Ecce nunc tempus acceptábile» (2.ª Cor. 6, 2). «Si oyereis hoy la voz del Señor —dice el Salmista—, no queráis endurecer vuestros corazones: Hódie si vocem ejus audiéritis, nolíte obduráre corda vestra» (Ps. 94, 8). Dios te exhorta hoy a obrar el bien; hazlo hoy, porque bien puede ser que mañana no sea ya tiempo, o que Dios no te llame más. 
  
Si en lo pasado, por tu desgracia, has gastado el tiempo en ofender a Dios, procura llorarlo todo lo que te queda de vida, como se propuso hacerlo el rey Ezequías: «Repasaré, ¡oh Dios mío!, delante de Ti con amargura de mi alma, todos los año; de mi vida: Recogitábo tibi omnes annos meos in amaritúdine ánimæ meæ» (Is. 38, 15). Dios te alarga la vida a fin de que repares el tiempo perdido. «Recobrad el tiempo perdido —dice San Pablo a los Efesios—, porque los días de vuestra vida son malos: Rediméntes tempus, quóniam dies mali sunt» (Ephes. 5, 16). Comentando San Anselmo este texto, dice: «Recobrarás el tiempo si haces lo que has descuidado hacer: Tempus rédimes, si quæ fácere neglexísti, fácias». «Si bien San Pablo —dice San Jerónimo— fue en orden el último de los Apóstoles, los aventajó a todos en mérito, porque después de su vocación trabajó más que todos: Páulus novíssimus in órdine, prior in méritis, quía plus in ómnibus laborávit».
   
Consideremos, a lo menos, ya que otra cosa no hagamos, que a cada momento podemos alcanzar nuevos méritos para la vida eterna. Si te fuera dado en propiedad tantas tierras como pudieras recorrer en una jornada o tanto dinero como pudieras contar en un día, ¡con qué afán te pondrías a la obra! Pues bien, a cada momento puedes adquirir tesoros eternos, ¿y pierdes el tiempo? Lo que puedes hacer hoy no lo dejes para el día de mañana, porque el día de hoy será para ti perdido y no tornará más. Cuando hablaban delante de San Francisco de Borja de cosas mundanas, elevaba su corazón hacia Dios y se entretenía con Él en santos afectos; de suerte que si al fin le preguntaban su parecer no sabía qué responder. Un día que por ello le amonestaron dijo: «Antes prefiero pasar por corto de ingenio que perder una partecita de tiempo: Malo rudis vocári, quam témporis jactúram pati».

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIOPreparación para la muerte, 2.ª parte, consideración XI. Traducción de Tomás Ramos C.Ss.R., 4.ª Ed. española. Madrid, El Perpetuo Socorro, 1943.

NOTAS [De la traducción española]
[1] La visión que narra Tobías Löhner SJ se refiere a un varón muy piadoso que había sufrido tres años de gota.
[2] Esta Sor Juana pertenecía por su nacimiento a las casas de los duques de Béjar y del Infantado. Murió en Medina del Campo el 10 de mayo de 1628.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

CUANDO EL LAICO EUSEBIO SE ENFRENTÓ AL OBISPO HEREJE NESTORIO

La formación de los laicos es fundamental para afrontar los tiempos que vivimos. Sin duda, es necesario distinguir roles, pero los fieles no deben ser reducidos —ni siquiera en el llamado "mundo tradicional"— a marionetas y autómatas, a loros ignorantes, solo aptos para repetir fórmulas a veces malinterpretadas, a veces reducidas a eslóganes. Quienes no están capacitados son débiles, y quienes son débiles terminan incumpliendo plenamente sus deberes. Por supuesto, esto no significa excederse en los propios deberes, faltar a la caridad, reivindicar derechos inexistentes, caer en gibelinos de cómic o caer en anticlericalismos de diversa índole. Más bien, significa asumir —con esfuerzo, valentía y determinación— las propias responsabilidades. No a todos se les exige el mismo compromiso, pero se espera que todos cumplan un mínimo.

Un ejemplo de lo escrito (que, precisamente por su incomodidad, está pasado de moda) lo ofrece un Doctor de la Iglesia, San Alfonso María de Ligorio. En su Historia de las Herejías, nos habla del laico Eusebio (que luego se convirtió en obispo de Dorileo –actual Eskişehir, Turquía–). que luchó contra el hereje Nestorio, «un pastor convertido en lobo»:
Teodosio el Joven esperaba que este patriarca [Nestorio] siguiera en todos los aspectos los pasos de su predecesor Crisóstomo, pero sus esperanzas se vieron frustradas. La virtud de este obispo era la de un fariseo, mientras que bajo una máscara externa de mortificación ocultaba un gran orgullo. Es cierto que al principio mostró celo, persiguiendo con vehemencia a los arrianos, los novacianos y los cuartodecimanos; pero con esto su principal objetivo era preparar el camino para la enseñanza de sus errores, como escribió Vicente de Lérins: Ómnibus hærésibus bellum indíxit, ut uni suæ hǽresi áditum patefáceret (en Noel Alexandre OP, Selécta históriæ ecclesiásticæ, tomo X, cap. III, art. 12). Y de hecho, cuando trajo consigo a un sacerdote de Antioquía llamado Anastasio, y este, un día, ante su insinuación, blasfemó en un sermón que nadie había llamado a María madre de Dios, porque era una criatura, y que era imposible que Dios naciera de una criatura humana, Nestorio (a quien el pueblo había recurrido para castigar la temeridad del predicador) no dudó en aprobar lo que había dicho; y luego tuvo el descaro de subir él mismo al púlpito y defender la proposición predicada por Anastasio. En ese sermón, pues, llamado por San Cirilo de Alejandría, el epítome de toda blasfemia, trató (Card. José Antonio Orsi OP, Historia Eclesiástica, tomo XII, lib. 28, n. 8, sermón 1. a Mario Mercátor) de ciegos e ignorantes a los católicos, quienes se escandalizaron por el discurso de Anastasio, en el que había dicho que la Santa Virgen no podía ser llamada madre de Dios. El pueblo escuchaba lo que decía el obispo cuando subió al púlpito, y entonces alzó la voz y dijo: «¿Qué? ¿Tiene Dios una madre? Entonces los gentiles merecen excusa, pues presentan a las madres de sus dioses; ¿y es mentiroso el Apóstol que, hablando de la divinidad de Cristo, dice que ella no tiene padre, ni madre, ni genealogía? No, María no dio a luz a un Dios. Lo que nace de la carne es solo carne, y lo que nace del espíritu es espíritu. La criatura no da a luz al Creador, sino a un hombre, instrumento de la divinidad».
   
Siempre ha sido costumbre y arte de los herejes, para sustentar sus errores, acusar a los católicos de herejía dogmática: Arrio los llamó sabelianos porque confesaban que el Hijo de Dios era Dios como el Padre; Pelagio los llamó maniqueos porque confesaban la necesidad de la gracia; Eutiques los llamó nestorianos porque confesaban que en Cristo había dos naturalezas distintas, la divina y la humana; y así, Nestorio los llamó arrianos y apolinaristas porque confesaban en Cristo una sola persona que era verdadero Dios y verdadero hombre. Pero cuando Nestorio profirió estas y otras blasfemias en ese y otros discursos posteriores, cuyo principal propósito siempre fue destrozar la antigua doctrina de la Iglesia, confundiéndola con los errores de Arrio y Apolinar, se desató tal conmoción en la ciudad de Constantinopla que el pueblo, al ver a su pastor transformado en lobo, llegó al extremo de amenazar con despedazarlo y arrojarlo al mar. Pero como a Nestorio no le faltaban partidarios, estos, aunque pocos, contaban con el apoyo de la corte y los magistrados; y por lo tanto, a menudo existía el peligro de que la Iglesia se llenara de sangre por las contiendas (Orsi, op. cit., lib. 28, n. 9). Sin embargo, hubo uno que un día en público, mientras Nestorio predicaba en la iglesia (Orsi, ibid., n. 10. Claudio Fleury O. Cist., Historia eclesiástica, tomo IV, lib. 25, n. 6) y negaba las dos generaciones del Verbo, una eterna y otra temporal, tuvo el valor de decirle cara a cara: «Así es: el mismo Verbo que antes de los siglos nació del Padre, nació de nuevo de una virgen según la carne». Nestorio, enfurecido por estas palabras, lo injurió, llamándolo miserable y sinvergüenza; y como no podía maltratarlo con hechos, pues el que había hablado así, aunque un simple laico, era sin embargo un hombre de letras, un abogado y un agente en los asuntos del príncipe (más tarde fue nombrado obispo de Dorileo, y fue, como veremos en el siguiente artículo, el acérrimo oponente de Eutiques), descargó su ira contra algunos buenos monjes archimandritas, que vinieron a preguntarle si las cosas que se decían de él eran ciertas, a saber, que había dicho que María dio a luz solo a un hombre, porque de la carne no podía nacer nada más que carne, y luego agregó que tales cosas no estaban de acuerdo con la fe. Nestorio, sin darles respuesta, los hizo encerrar en la cárcel de la iglesia, donde sus ministros, después de haberlos despojado de sus ropas y golpeado a patadas y puñetazos, los ataron a una estaca, y luego, lanceándolos cruelmente por los hombros, y teniéndolos tendidos en el suelo, los golpearon en el estómago. (SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, El triunfo de la Iglesia, o Historia de las herejías, y su refutación, 1.ª parte, cap. V, art. 3.º, nros. 21-22, págs. 82-83. Roma, Imprenta de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, 1865).
El momento del enfrentamiento se identifica generalmente como la Navidad de 428 (Enciclopedia Católica*) ó el 429 (véase el propio Ligorio en la misma obra más adelante: «siendo aún laico, en el año 429 tuvo el coraje de reprenderlo públicamente por sus errores»), dos años antes de la deposición de Nestorio (aquí también Rohrbacher). La Enciclopedia Británica confirma: Siendo laico, Eusebio fue el primero en desafiar públicamente (429) las enseñanzas del patriarca Nestorio de Constantinopla, difundiendo por toda Constantinopla su famosa Contestatio, convocando a los fieles a alzarse contra Nestorio. Su acción provocó la condena de Nestorio por parte del Concilio de Éfeso (431).

En cuanto al mérito de resistir el error, incluso de aquellos inferiores a los superiores, recordemos el comentario de Santo Tomás de Aquino sobre el incidente de Antioquía: «Cuando existía un peligro para la fe, los súbditos debían reprender a sus superiores incluso públicamente. Por ello, San Pablo, quien también era súbdito de Pedro, lo reprendió públicamente debido al peligro de escándalo en la fe. San Agustín comenta: «El propio Pedro dio ejemplo a los superiores de no desdeñar la corrección de sus súbditos cuando se desvían del buen camino » (Suma Teológica, II-IIæ, 33, 4 ad 2).

CUESTIÓN ÚNICA
* Entrada: EUSEBIO DE DORILEO: Un laico celoso y erudito, muy respetado en Constantinopla, posteriormente obispo de Dorileo. Atacó públicamente a Nestorio durante su discurso de Navidad en 428 y publicó una acusación pública contra él, acusándolo de la misma herejía que Pablo de Samósata. Tras la condena de Nestorio, EUSEBIO, ya obispo de Dorileo y amigo de Eutiques, no dudó en presentar una acusación formal contra Eutiques por su herejía ante Flaviano, obispo de Constantinopla, el 8 de noviembre de 448. Durante el «latrocinio de Éfeso», Dióscoro logró que se le prohibiera comparecer a Eutiques, a pesar de las protestas de Flaviano y los legados papales. Eutiques fue rehabilitado, y Flaviano y EUSEBIO fueron condenados, depuestos y encarcelados. E., tras conseguir que dos de sus clérigos presentaran una apelación al Papa, logró escapar y se refugió en Roma, donde aún se encontraba en abril de 451 (carta de San León Magno a Pulqueria, Epist., LXXIX, 3: PL 54, 912). Al iniciarse el Concilio de Calcedonia, envió una declaración al emperador Marciano y al Concilio, en la que exigía justicia para él y Flaviano, y acusaba a Dióscoro de herejía. La rehabilitación de E. y la condena de Dióscoro fueron inevitables. E., sin embargo, participó en la aprobación del canon 28, que establecía la supremacía de honor, después de Roma, de la Iglesia de Constantinopla, a pesar de la negativa de los legados papales. Se desconoce la fecha de su fallecimiento.

lunes, 15 de septiembre de 2025

LA PASIÓN DEL CORAZÓN DE MARÍA, MUCHO MAYOR QUE TODOS LOS TORMENTOS DE LOS MÁRTIRES

Cristo, Varón de Dolores, en brazos de la Madre Dolorosa (Hans Memling, óleo y pan de oro sobre tabla, c. 1475-1479. Galería Nacional de Victoria, Australia).

«Mas consideremos las razones porque el martirio de María fue más cruel que el de todos los mártires. En primer lugar, reflexiónese que los mártires han padecido su martirio en los cuerpos por medio del fuego o del hierro: María padeció su martirio en el alma, como se lo profetizó Simeón: “Lo que será para ti misma una espada que traspasará tu alma” (“Et tuam ipsíus ánimam dolóris gládius pertransíbit”. Luc. II, 33). Como si le hubiera dicho el santo viejo: “¡Oh Virgen sacrosanta! Los demás mártires verán despedazados sus cuerpos con el hierro, pero Vos sereis traspasada y martirizada en el alma con la Pasión de vuestro mismo Hijo”. Ahora, así como el alma es mas noble que el cuerpo, así superó el dolor de Maria al de todos los mártires, como dijo Jesucristo a Santa Catalina de Siena: “No tiene comparacion el dolor del alma con el dolor del cuerpo” (“Inter dolórem ánimæ et córporis nulla est comparátio”). Por lo cual dijo el santo abad Arnoldo de Chartres que el que se hubiese hallado en el Calvario a ver el gran sacrificio del Cordero inmaculado cuando murió en la cruz, hubiera visto allí dos grandes altares, uno en el Cuerpo de Jesús, otro en el Corazón de María, donde al mismo tiempo que el Hijo sacrificaba su Cuerpo con la muerte, Maria sacrificaba el alma con la compasión (“Nímirum in tabernáculo illo duo víderes altária, áliud in péctore Matris, áliud in córpore Christi: Christus carnem, María immolábat ánimam”. Tract. de septem Verbis Dómini in Cruce, 3).
   
Además de esto, dice San Antonino, que “los demás mártires padecieron por el sacrificio de su vida propia; pero la Virgen santísima padeció sacrificando la vida del Hijo, a la cual amaba mucho más que a la suya propia” (Parte 1, título XIII, cap. XXIV). De manera que no solo padeció en el espíritu cuanto padeció el Hijo en el cuerpo, sino que a más de esto le causó más dolor a su Corazón la vista de las penas del Hijo, que si ella hubiera padecido todas aquellas penas en sí misma. Que María padeciese en su Corazóm todos los ultrajes con que vio atormentado a su amado Jesús, no puede dudarse. Todos saben que las penas de los hijos son también penas para las madres, cuando presencian sus sufrimientos. Considerando San Agustín el tormento que padecía la madre de los Macabeos en los suplicios que veía padecer a sus hijos, dice: “Padecía en todos viéndolos padecer; porque amándolos a todos sufría en los ojos lo que ellos padecian en su carne” (“Illa vidéndo in ómnibus passa est; qui amábat omnes, ferébat in óculis quod in carne omnes”. Sermón de los Santos Macabeos, cap. VI). Así también sucedió en María, todos aquellos tormentos, los azotes, las espinas, los clavos, la cruz que lastimaron las carnes inocentes de Jesús, escribió San Amadeo, entraron al mismo tiempo en el corazon de María para consumar su martirio (“Ille carne, illa corde passa est”. Homilía V). De modo, dice San Lorenzo Justiniano, que el Corazón de María fue como un espejo de los dolores del Hijo, en el cual se reflejaban las salivas, los golpes, las heridas y todo lo que padecía Jesús (“Claríssimum Passiónis Christi spéculum efféctum erat cor Vírginis; necnon et perfécta mortis ímago. In illo agnoscebántur sputa, convítia, vérbera, et Redemptóris vúlnera”. De triumphále Agonía Christi, сар. 11). Y reflexiona San Buenaventura que aquellas llagas que estaban esparcidas por todo el cuerpo de Jesús, estaban todas después reunidas en el Corazón de María (“Síngula vúlnera per ejus Corpus dispérsa in uno Corde sunt uníta”. De planctu Vírginis, en Stímulum Amóris, parte 1, cap. III).
  
De suerte que la Virgen por compasión del Hijo fue en su amante Corazón azotada, coronada de espinas, despreciada y clavada en la cruz. Y así contemplando el mismo Santo a María en el monte Calvario, cuando asistía al Hijo moribundo, empieza a preguntarle: “Señora, decidme, ¿dónde estábais vos entonces? ¿Estábais solamente cerca de la cruz? No, mejor diré que vos estábais en la misma cruz crucificada juntamente con vuestro Hijo” (“¡Dómina mea! ¿Ubi stabas? ¿Númquid tantum juxta crucem? Immo in cruce cum Fílio crucifíxa eras”. Ibid.). Y Ricardo de San Lorenzo, sobre las palabras que el Redentor dijo por Isaías: “El lagar pisé yo solo, de las naciones no hay hombre alguno conmigo” (“Tórcular calcávi solus, et de géntibus non est vir mecum”. Isa. LXIII, 5). “Señor”, añade, “tenéis razón de decir que en la obra de la humana redención sois solo para padecer, y no tenéis hombre alguno que se compadezca bastantemente de Vos; pero tenéis una mujer que es vuestra Madre, la cual padece en su Corazón cuanto Vos padecéis en el Cuerpo” (“Verum est, Dómine, quod non est vir tecum, sed mulier una est tecum, quæ omnia vulnera, quæ tu suscepisti in corpore, suscepit in corde”. De láudibus beátæ Maríæ Vírginis libri XII, lib. 1., cap. V)».
   
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIOLas Glorias de María, segunda parte, Discurso IX “Los dolores de María”, punto 2.º.

viernes, 12 de septiembre de 2025

FLORILEGIO DEL DULCÍSIMO NOMBRE DE MARÍA

El dulcísimo Nombre de María (Cristóbal de Villalpando, óleo sobre lienzo, c. 1690-1700. Ciudad de Méjico, Museo de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe).

Citas tomadas de Las glorias de María, de San Alfonso María de Ligorio, 1.ª parte, cap. X.
  • San Ambrosio: «Vuestro dulcísimo nombre, ¡oh María!, es un ungüento odorífico, que exhala el perfume de la divina gracia. Derramad en lo interior de nuestras almas este ungüento de salud» (De institutióne vírginum, cap. XIII).
  • San Bernardo: «¡Oh grande, oh pía, oh digna de toda alabanza santísima Vírgen María! Vuestro nombre es tan dulce y amable, que no puede pronunciarse sin que el que lo profiere quede inflamado de amor hacia Vos y hacia Dios, de modo que basta que se ofrezca al pensamiento de vuestros amantes, para acrecentar mucho mas en ellos su amor hacia Vos y consolarles» (En San Buenaventura, Spéculum Beátæ Maríæ Vírginis, cap. VIII).
  • San Antonio de Padua: «Dulce nombre que consuela al pecador y trae bendita esperanza. Señora, vuestro nombre está en el anhelo del alma. “Y el nombre”, dice, “de la Virgen es María”. Vuestro nombre es aceite derramado. El nombre de María es júbilo en el corazón, miel en la boca, melodía en el oído» (Sermón 2.º del Domingo III de Cuaresma).
  • San Buenaventura: «Vuestro nombre, ¡oh Madre de Dios!, está lleno de gracias y de bendiciones divinas, como dice San Metodio; de tal manera que no puede ser pronunciado sin que atraiga alguna gracia sobre el que devotamente le profiere» (Spéculum Beátæ Maríæ Vírginis, cap. VIII).
  • Ricardo de San Lorenzo: «Del tesoro de la Divinidad salió, ¡oh María!, vuestro excelso y admirable nombre, pues toda la santísima Trinidad os dio un nombre tan grande, que es superior a todo otro después del de vuestro Hijo, y le enriqueció de tanta majestad y poder, que al proferirle quiere que postrados le veneren el cielo, la tierra y el infierno» (De láudibus beátæ Maríæ Vírginis libri XII, lib. 1, cap. II, pág. 14).
  • Alano de Lila, abad del Císter: «La gloria de su nombre se compara al aceite derramado. Así como el aceite sana á los enfermos, difunde el olor y enciende la llama, así el nombre de María sana á los pecadores, recrea los corazones y los inflama en el divino amor» (Comentario sobre Cánticos II).
  • Raimundo Jordano “El Idiota”, abad de Selles: «Por más empedernido y desconfiado que sea un corazón, si este os invocare, ¡oh benignísima Virgen!, es tal la virtud de vuestro nombre que él ablandará admirablemente su dureza, porque Vos sois la que alentais a los pecadores a esperar el perdón y la gracia» (Contemplatióne de Virgo María, cap. V, 4).
  • Tomás de Kempis: «Si deseais, pues, ¡oh hermanos!, hallar consuelo en todos los trabajos, acudid a María, invocad a María, obsequiad a María, encomendaos a María. Con María regocijaos, con María llorad, con María rogad, con María caminad, con María buscad a Jesús. Con Jesús y María, en fin, desead vivir y morir. Haciéndolo así, dice, siempre iréis adelantando en el camino del Señor, pues María rogará gustosa por vosotros, y el Hijo ciertamente oirá a la Madre» (Sermones a los Novicios, 4).
  • Ludolfo de Sajonia O. Cart.: «El acordarse de vuestro nombre, ¡oh María!, consuela a los afligidos, vuelve al camino de la salud a los que se apartaron de él, y conforta a los pecadores, para que no se abandonen a la desesperación» (Vita Christi, 2.ª parte, cap. XXXVI).

sábado, 19 de abril de 2025

EL CONSUELO DE MARÍA EN LA PASIÓN DE SU HIJO ERA VER LA REDENCIÓN DEL MUNDO


«“¡Oh Señora!”, dice San Buenaventura dirigiéndose a esta Virgen bendita, “¿por qué quisísteis ir Vos también a sacrificaros en el Calvario? ¿Acaso no bastaba para nuestra redención un Dios crucificado, sin que su Madre fuese crucificada con él!” ¡O Dómina! ¿cur ivísti immolári pro nobis? ¿Númquid non sufficíebat Fílii Pássio nobis, nisi crucifigerétur et Mater?(Stímulus Divíni Amóris, parte 1, cap. 3) ¡Oh! la muerte de Jesús bastaba ciertamente para salvar al mundo, y aun a infinitos mundos; pero esta buena Madre, llena de amor por nosotros, quiso con los méritos de sus dolores que ofreció por nosotros en el Calvario, concurrir a la obra de nuestra salvación. Por esta razón, dice San Alberto Magno, que “así como estamos obligados a Jesucristo por la Pasión que sufrió por nuestro amor, así también estamos obligados a María por el martirio que en la muerte del Hijo quiso padecer voluntariamente por nuestra salvación”  Sicut totus mundus obligátur Deo propter passiónem, sic obligátur Dóminæ propter compassiónem (Sobre Missus Est, cap. 20, cuestión 150, respuesta a la objeción 148). He añadido voluntariamente, porque según el Ángel reveló a Santa Brígida, “esta buena y tierna Madre nuestra prefirió sufrir toda especie de tormentos, antes que ver las almas sin redimir y sumidas en su antigua perdición” Sic pia, et miséricors est, et fuit, quod máluit omnes tribulatiónes súfferre, quam quod Ánimæ non redimeréntur (Revelaciones, lib. 3, cap. 30). “El único consuelo de María”, dice Simeón de Casia, “en medio del gran dolor que le causaba la Pasión de su Hijo, era el ver al mundo perdido redimido con su muerte, y reconciliados con Dios los hombres sus enemigos”  Lætábatur dolens, quod offerebátur sacrifícium in redemptiónem ómnium, quo placabátur irátus (De las gestas del Señor, lib. 2, cap. 27)».
   
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIOLas Glorias de María, segunda parte, Discurso IX “Los dolores de María”, punto 2.

miércoles, 26 de marzo de 2025

AFECTO DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO A JESÚS CORONADO DE ESPINAS


Oh Jesús, Vos quisisteis ser coronado de espinas para obtenernos una corona de gloria en el Cielo. ¡Olvidad las amarguras que Os hemos dado! Vos solo merecéis todo nuestro amor, y por tanto, queremos amaros solamente a Vos. Amén.

miércoles, 24 de julio de 2024

NOVENA EN HONOR A SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Traducción de la Novena publicada en Roma por la imprenta de Vincenzo Poggioli en 1818, con Imprimátur por el Ilmo. Sr. D. Cándido María Frattini, arzobispo titular de Filipos y vicegerente de la Diócesis de Roma, y por el P. Fray Filippo Anfossi OP, Maestro del Sagrado Palacio Apostólico.

NOVENA EN HONOR A SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO
    

Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
  
℣. Oh Dios, venid en mi auxilio.
. Señor, apresuraos a socorrerme.
℣. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
. Como era en el principio, ahora y siempre, y por todos los siglos de los siglos. Amén.
   
ORACIÓN
Os suplicamos, Señor, que por la virtud del Espíritu Santo purifiquéis clemente nuestros corazones y nos protejáis de toda adversidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 
       
DÍA PRIMERO – 24 DE JULIO
Nos alegramos con vos, ¡oh San Alfonso María!, y bendecimos a Jesucristo por tanto amor que ardió en vuestro corazón hacia nuestra Santa Fe Católica y Apostólica Romana, que es la fuente y raíz de todos los bienes de las almas, el principio de nuestra eterna salud y el primer nudo que une el corazón de los Cristianos con Dios, sin el cual es imposible agradarle, darle gusto y salvarnos. Esta Fe fue en vos verdaderamente heroica y admirable en tal modo que no solo cautivasteis vuestro intelecto en obsequio de todas las verdades reveladas, deseando eficazmente sellarlas todas y cada una con la propia sangre, sino que ardisteis siempre en un verdadero deseo de imprimirlas en todos los corazones de los hombres escribiendo tantas obras para defenderla de las calumnias de los Sectarios, y afirmarla en los corazones vacilantes, y nunca cesasteis por toda vuestra larga vida de escribir tantas bellas obras de piedad que son como sus más fuertes reparos y sustento. ¡Oh Santo protector nuestro!, por vuestros méritos y por el amor que tuvisteis y tenéis a Jesús y María, y por el compromiso que tuvisteis y tenéis de ver dilatada y aumentada esta misma Fe, obtenednos a todos nosotros este gran don de creer firmemente todas las verdades reveladas, y que como tales nos enseña nuestra Santa Madre Iglesia; de hacerlas la norma y regla de nuestros pensamientos, deseos, afectos y operaciones, prontos más a perderlo todo, e incluso la vida misma, antes que faltar a cualquiera de estas verdades, a fin que como vos, y a vuestra imitación podamos devenir grandes en la Santa Fe y para siempre salvarnos.
  
Padre nuestro, Ave María y Gloria.
   
Aquella llama dulce y pura que a todas horas en ti ardía, en nuestro corazón, ¡oh Alfonso María!, obtenédnosla de Jesús.
   
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
¡Oh glorioso San Alfonso María, nuevo pero poderoso abogado nuestro que con tanto celo y caridad procurasteis aquí en la tierra la santificación de todo el mundo y la conversión de los pecadores y de los errantes! Ahora que gozáis en el Cielo el premio de vuestras apostólicas fatigas donde vuestra caridad es perfecta y consumada, acoged piadoso las súplicas y ruegos que nosotros vuestros devotos, aunque indignos, os presentamos, y obtenednos de Dios por los méritos de nuestro Señor Jesucristo, y por intercesión de la Santísima Virgen Inmaculada María un general arrepentimiento y perdón de todos nuestros pecados cometidos, un firme propósito de nunca más cometerlos, la reforma de nuestras costumbres, un desapego de todos los bienes de este falaz mundo, y un vivo deseo de los bienes eternos. Obtenednos un amor tierno y filial hacia Dios y la caridad fraterna hacia nuestro prójimo. Obtenednos una especial devoción hacia el Augustísimo Sacramento del Altar, y la gracia de recibirlo por Viático antes de morir. Obtenednos un gran amor a Jesucristo, a su dolorosísima Pasión y desoladísima muerte; e impetradnos una filial confianza en su gran Madre María Virgen, siempre pura e inmaculada. Y finalmente obtenednos el gran don de la santa Perseverancia, a fin que viviendo como vos enamorados de Jesús y María, tengamos la suerte de morir como vos asistidos por María y por Jesús, y repitiendo siempre sus Santísimos nombres, y diciendo: «Jesús y María, ayudadnos; María y Jesús defendednos; Jesús y María, salvadnos», para así llegar después de la muerte a la posesión de aquella felicidad que vos ahora gozáis y gozaréis en el Cielo por toda la eternidad, y con vos alabar, bendecir, agradecer y amar a Dios, Jesús y María por todos los siglos de los siglos. Amén.
   
GOZOS
     
Ejemplar de perfección, 
De toda virtud modelo: 
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
    
De Ligorio en noble cuna 
Fue Nápoles vuestro oriente, 
Que en vos nobleza eminente 
Con la santidad se aduna:
De la gracia en posesión 
Entráis luego que del suelo.
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
    
Jesús, María dijeron 
A no tardar vuestros labios, 
Que nunca en ellos resabios 
De otro lenguaje cupieron:
A Dios diste el corazón
Desde niño sin recelo.
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
    
Aunque como ángel voláis 
De la virtud a la altura, 
Cilicios a la cintura 
Con rigor os aplicáis: 
Alas vuestro corazón 
Tiene para tanto vuelo.
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
      
De Gonzaga imitador
Fuisteis, ¡oh gran penitente!,
Y no menos inocente, 
¡Oh fiel víctima de amor! 
A María con fervor 
Amasteis y con desvelo.
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
      
El don precioso obtuvisteis 
De la santa castidad, 
Y de cualquier liviandad 
A la menor sombra huisteis:
Con todo en la confesión. 
¡Oh qué amargura y duelo! 
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
      
De Ángeles por el sustento 
Anhelabais fervoroso; 
Lo recibíais gozoso 
Con indecible contento: 
Ardía vuestro corazón
Hecho un Etna o Mongibelo.
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
      
En las ciencias Querubín 
Os mostrasteis estudiando, 
Y al Dios de amor contemplando, 
Erais como un Serafín:
Toma el cielo por blasón 
Que moráis mucho en el suelo.
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
    
De sacerdotes espejo 
Para que fueseis un día, 
Renunciáis la abogacía 
Con muy prudente consejo:
Deseabais la religión
Con ansia, afán y anhelo.
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
      
Con angélico recato 
En el siglo retirado, 
Con vuestro Señor amado 
Era siempre vuestro trato:
Erais de santa oración 
A los jóvenes modelo, 
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
    
De una nueva religión
Dios os quiso fundador,
Que del pobre con fervor 
Cuidase la salvación: 
Desempeñáis la misión 
Con el más ferviente celo.
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
      
Entre sabios eminentes 
Justo lugar ocupasteis; 
Huir a todos enseñasteis 
De las ciencias pestilentes:
Practicabais con tesón 
Lo que enseñabais con celo.
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
    
Al sagrado tribunal 
Asistíais con frecuencia; 
Librabais con vuestra ciencia 
Al pecador de su mal:
Al puerto de salvación 
Lo llevabais con desvelo.
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
      
Las esposas del Señor 
Llamaron vuestra atención; 
La senda de perfección 
Las trazasteis con fervor: 
¡Qué señal de salvación 
Caminarla con anhelo! 
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
    
De obispos por fiel dechado 
El Señor os escogió, 
Y de gracias os lleno 
Para ser muy buen prelado: 
Muchos llevó a salvación 
Vuestro pastoral desvelo.
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
    
Un tránsito glorioso
Terminó en fin vuestra vida;
La corona a vos debida
Os dio el Señor bondadoso:
Con eterna consolación
De ella gozáis en el cielo.
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
    
Ejemplar de perfección,
De toda virtud modelo:
Sed en todo desconsuelo,
Alfonso, nuestro patrón.
    
℣. Rogad por nosotros, San Alfonso María.
. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

ORACIÓN
Oh Dios, que por vuestro Confesor y Pontífice San Alfonso María, encendido en celo por las almas, concediste fecundidad a tu Iglesia con una nueva familia, os suplicamos, que enseñados por sus saludables advertencias y confirmados por sus ejemplos, merezcamos llegar felizmente a Vos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
   
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
DÍA SEGUNDO – 25 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
   
Nos alegramos con vos, ¡oh San Alfonso María!, y bendecimos a Jesucristo por tanto amor que ardió en vuestro corazón hacia el misterio de su divina Encarnación. Sabiendo voz que la vida eterna es la de conocer a Dios y a su mismo Verbo encarnado, esto es, Jesucristo, os ocupasteis enteramente en la meditación y contemplación de este Verbo hecho hombre por nosotros, y en crecer siempre en este conocimiento. Para llegar a tanto, ora meditabais su dignación en quererse encarnar en el seno purísimo de la Virgen María, repitiendo con estupor y afecto «Verbum caro factum est», el Verbo del Señor se hizo hombre por nosotros; ora meditando en su nacimiento en un establo de viles animales, su manifestación a los Santos Pastores y a los Magos; ora su sagrada infancia: ora su penosísima vida y su dolorosísima muerte, y con la prensa de hacer meditar a los fieles este inexplicable e incomprehensible misterio, que por nosotros los hombres un Dios bajó del Cielo y por nuestra salvación se hizo hombre: «propter nos hómines, et propter nostram salútem descéndit de Cœlis, et homo factus est», para hacer que todo el mundo lo considerase para conocerlo y correspondiese con afectuosa gratitud al gran beneficio de un Dios hecho hombre para salvar a los hombres. ¡Oh Santo protector nuestro!, por vuestros méritos y por el amor que tuvisteis al mismo Jesús y a su amantísima Madre María, y obtenednos también el conocimiento de tan grande Misterio de la Encarnación, Vida, Pasión y Muerte del Divino Redentor, para que podamos con el Apóstol decir sinceramente que Jesús es nuestra vida, y morir por Jesús es nuestra ganancia.
     
Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Jaculatoria, la Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA TERCERO – 26 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
   
Nos alegramos con vos, ¡oh San Alfonso María!, y bendecimos a Jesucristo por tanto amor que ardió en vuestro corazón hacia el gran Misterio de la Eucaristía, llamado por excelencia Mystérium Fídei, misterio de Fe, porque en él el humano intelecto, apoyado en la sola palabra de Jesucristo, como infaliblemente entiende y propone la Santa Iglesia, cree al Hombre-Dios velado y escondido bajo materiales accidentes, y desprecia cualquier operación de los sentidos. En la Fe de este divino Misterio vos os destacasteis desde los primeros años de vuestra vida, y creció con los años, no contento del fuego de caridad que experimentabais en vuestro corazón por Jesús Sacramentado buscasteis expandir las llamas de vuestro amor en los corazones de todos, dictando a los fieles la norma de cómo visitarlo devotamente cada día, y recibirlo devotamente y con fruto. Por vos fue mantenida, aumentada y defendida la Comunión frecuente contra los ladrones que buscaban arrancarla. ¡Oh Santo protector nuestro!, por vuestros méritos y por el amor que tuvisteis a Jesús Sacramentado y a su dulce Madre María, obtenednos también de hoy en adelante, por lo menos, un amor tierno, filial y constante al Santísimo Sacramento del Altar, para que siempre deseemos siempre que estemos presentes en alguna iglesia, lo visitemos frecuentemente expuesto en los altares o encerrado en las Custodias; lo recibamos con frecuencia con devoción y fruto, y tengamos después la suerte de recibirlo como viático antes de morir; y nos conduzca al Reino de la felicidad eterna.
   
Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Jaculatoria, la Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA CUARTO – 27 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
Nos alegramos con vos, ¡oh San Alfonso María!, y bendecimos a Jesucristo por tanto amor que ardió en vuestro corazón hacia su gran Madre María Santísima. Jesús y María, Hijo y Madre, están tan unidos e inseparables, que necesariamente quien ama a Jesús debe amar a María, y quien ama al Hijo debe amar a la Madre. Os señalasteis por esto en esta bella, dulce y segura devoción. Teníais el Santísimo nombre de María esculpido en el corazón, en la muerte y la lengua. Todas las prácticas de piedad usadas por los fieles para honrarla, fueron las vuestras. Vuestros discursos familiares, vuestras prédicas, y cualquier otra exhortación privada o pública, todas comenzaban y terminaban con María. Nunca visitasteis al Hijo sin visitar a la Madre. No sabías hablar ni escribir si no comenzabais con los nombres santísimos de Jesús y de María. Hijo aficionadísimo de esta divina Madre, no tan fácilmente se vio en la Iglesia de Dios, y constantemente la amasteis desde vuestros más tiernos años hasta la muerte. ¡Oh Santo protector nuestro!, por vuestros méritos y por el amor que tuvisteis a tan amable Madre, y por el compromiso que con la voz y los escritos siempre tuvisteis de hacerla conocer, venerar y amar por todos, obtenednos un grandísimo amor a María, un santo empeño en honrarla e imitar sus virtudes, un celo ardiente de hacerla conocer, honrar y amar de todos, a fin de que viviendo como vos enamorados de María, podamos como vos tener la suerte de ser visitados de María en nuestra agonía, y de estar a sus pies y bajo su patrocinio junto con vos por toda la eternidad en el Cielo..
      
Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Jaculatoria, la Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA QUINTO – 28 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
Nos alegramos con vos, ¡oh San Alfonso María!, y bendecimos a Jesucristo por por aquella viva Esperanza que en Él concibió vuestro corazón. La Esperanza cristiana es el segundo nudo que estrecha el alma con Dios. Lleno vos de esta segunda Virtud teologal, veíais a Dios como el único objeto de vuestro corazón, y confiado en sus infalibles promesas, y en la fuerza y virtud de la Gracia, lo considerabais como vuestro. Esto os alentó a renunciar al mundo y a cuanto podía prometeros de grande y de bello; esto os hizo resolver a abandonar a vuestro tierno padre y vuestra amorosa madre para buscar solo a Jesucristo crucificado en el estado Eclesiástico; esto os hizo resistir a todos los atractivos del sentido y todas las contradicciones de la carne y de la sangre; esto os hizo fuerte en tantas contradicciones y contrariedades que se opusieron a la resolución tomada de consagraros todo a Dios. Fijos continuamente vuestros ojos al Cielo, no anhelasteis otra cosa que Dios y el Paraíso. El arduo y nuevo voto de no perder nuca tiempo fue para ocuparlo todo para Jesucristo y para su gloria, para acrecentar la cual fundasteis vuestra Congregación bajo el título del Santísimo Redentor toda compuesta de operarios que cultivasen la Viña del Señor instruyendo a los más ignorantes de las campiñas, castillos, villas, cabañas y campos rurales más privados de socorros espirituales, y con Misiones y con Catecismos, y con otros ejercicios espirituales para conocer a Dios, Jesucristo y María Santísima, a fin que los amasen de corazón. Esta esperanza os sirvió siempre de fuerte escudo para vencer y superar todas las contrariedades y oposiciones del siglo y del Infierno que se desataron y armaron contra la Congregación y de su Fundador, entre las cuales nunca os desanimasteis, sino que repetíais siempre: In Te, Dómine, sperávi, non confúndar in ætérnum, en Vos, Señor, he esperado, nunca seré confundido. ¡Oh Santo protector nuestro!, por vuestros méritos y por la gloria del Señor obtenednos de Dios por los méritos de Jesús y de María esta bella virtud de esperar y confiar siempre en la Sangre de Jesucristo, y en la intercesión de María su Madre, a fin que uniformando nuestra vida a vuestra virtuosísima vida, vivamos continuamente en el costado de Jesús y bajo la protección de la Virgen Santa para así expirar en el punto de la muerte y llegar un día con vos a gozarlo, amarlo, alabarlo y bendecirle por todos los siglos de los siglos en el Cielo.
   
Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Jaculatoria, la Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA SEXTO – 29 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
Nos alegramos con vos, ¡oh San Alfonso María!, y bendecimos a Jesucristo por tanto amor que ardió en vuestro corazón hacia el hacia el Sumo Bien. Sabiendo vos muy bien que la Reina de todas las virtudes es la Caridad, que ella hace el alma querida por Dios y bella a sus ojos; que ella hace el hombre santo y perfecto, por lo que el Apóstol de las gentes la llamó Vínculum perfectiónis (vínculo de perfección), no tuvisteis otro pensamiento, o fue el primero entre todos vuestros santos pensamientos, de conservaros siempre puro y casto ante Dios, de amarlo y crecer siempre en su divino amor. Exactísimo observador de la Ley, nunca manchasteis gravemente el vestido cándido recibido en el Santo Bautismo, mucho menos en las culpas ligeras, que empalidecíais a la sombra o nombre del pecado. Comprometido en conservar fiel a vuestro corazón a Dios, vigilasteis siempre sobre vos mismo, custodiando los sentidos de vuestro cuerpo, mortificando y flagelando ásperamente vuestra carne, y haciendo continua guerra y resistencia a sus pasiones, quedando en nosotros hasta la muerte por nuestra ventaja espiritual. Dios estuvo siempre en vuestro corazón, en vuestra mente y en vuestra lengua esforzándoos continuamente en amarlo según toda la extensión del divino mandato con todo el corazón, con todas las fuerzas, con toda el alma. De este encendido amor nació en vos aquel celo ardiente de buscar sin límite la gloria del Señor por el cual nunca disteis reposo a vuestro cuerpo, pero noche y día todo inmerso en los asuntos de Dios compusisteis tantos libros devotos fáciles y adaptados a todos y para todos. ¡Cuánto nos sonrojamos de estar aquí ante vos! ¡Cuán disímil es nuestra vida! Vos todo de Dios por toda vuestra larga vida, vos inocente, pero mortificado y penitente. Y nosotros, ¿y nosotros? ¡Oh Santo protector nuestro!, por vuestros méritos y por el amor que tuvisteis a vuestro Dios y nuestro Dios, obtenednos por la Sangre de Jesús, y con la intercesión de María la gracia de un verdadero cambio de vida, una verdadera contrición de todas nuestras culpas cometidas, que de todo corazón detestamos, resueltos a morir antes que nuevamente cometerlas; y obtenednos el espíritu de penitencia y mortificación continua, y sobre todo obtenednos un verdadero, grande, fuerte y confiado amor a Dios, a fin de que amándolo aquí en la tierra en los años que nos queden de vida, podamos con vos amarlo eternamente en el Cielo.
   
Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Jaculatoria, la Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA SÉPTIMO – 30 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
Nos alegramos con vos, ¡oh San Alfonso María!, y bendecimos a Jesucristo por tanto amor que ardió en vuestro corazón en favor de vuestros prójimos tanto respecto al alma como al cuerpo. Persuadido vos que el amor a Dios no puede separarse del mandato de amar al prójimo por Dios, y que el uno no puede amarse sin el otro, siendo una y la misma la raíz de la caridad que produce estos amores: Dios por Dios, y el prójimo por Dios, y como desde vuestros primeros años ardió vuestro corazón por Dios, así también ardió por vuestro prójimo, y como de día en día crecía aquel fuego por Dios, así diariamente aumentábanse las llamas por el prójimo. Este fuego y esta llama produjeron en vos la sed ardiente de la salvación de las almas que asiduo os hizo bien para enseñar a los niños los primeros rudimentos de nuestra Santa Fe y embeberlos de las máximas de la Cristiana piedad, bien para recorrer ciudades, aldeas, caseríos, bosques y campos para instruir con las Santas Misiones a la gente más abandonada y ruda con prédicas, instrucciones y otros ejercicios espirituales. Hecho todo a todos y por todos, buscasteis dar la vida por todos, no excusasteis medio intentado, ni omitisteis industria para alejar los vicios de las gentes, e introducir en ellos la verdadera y sólida piedad. Todos, todos, grandes y pequeños, hombres y mujeres, pobres y ricos, nobles y plebeyos, de buenas o malas costumbres, libres o encarcelados, seglares y eclesiásticos, religiosos y monjas, seminaristas, ordenandos y sacerdotes, confesores y párrocos, obispos y soberanos, enfermos y moribundos, y hasta los condenados a muerte, herejes, cismáticos, gentiles, protestantes, turcos y judíos, todos, todos fueron el objeto de vuestro amor, todos encontraron en vuestro corazón no solo cuanto al espíritu, sino en todas sus necesidades temporales. Para esto instituisteis vuestra Congregación, a fin que así también después de vuestra muerte prosiguiese en vuestros discípulos vuestro espíritu de caridad ante los prójimos. ¡Oh Santo protector nuestro, verdadero Pastor de las almas, verdadero Padre de los pobres, Consolador de los afligidos, Alivio de los necesitados, Abogado de los huérfanos, Defensor de los pupilos y de las pobres viudas!, por vuestros méritos y por vuestra gran caridad que tuvisteis en la tierra y que ahora poseéis más perfecta y consumada en el Cielo, mirad a nosotros vuestros ojos piadosos, mirad nuestra pobreza de espíritu y enriquecednos con vuestra intercesión de gracias, mirad nuestras aflicciones y consoladnos, ved nuestras necesidades y aliviadnos. Sed nuestro abogado, y defended nuestras causas ante Dios que somos huérfanos y pupilos lejanos, o privados de padre por los pecados cometidos. Reconciliadnos con Jesús nuestro Padre, obteniéndonos un verdadero arrepentimiento y cambio de vida desde este punto hasta la muerte.
   
Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Jaculatoria, la Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA OCTAVO – 31 DE JULIO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
Nos alegramos con vos, ¡oh San Alfonso María!, y bendecimos a Jesucristo por tanto amor que ardió en vuestro corazón por la santa pureza. El amor ardiente por Jesús que es el Lirio de los valles y por María Virgen y Madre siempre purísima, y el empeño que alimentasteis siempre de querer imitar, produciendo en vuestro corazón aquel inexplicable afecto a la santa pureza de mente, de espíritu, de corazón y cuerpo, que por todos os hizo estimar ángel encarnado, y os hizo conservar inmaculada la bautismal inocencia. Oír solo una palabra sucia de un joven caballero cercano a vos, bastó para haceros sonrojar fuertemente vuestro rostro y llenaros de santo celo contra quien la había proferido; bastó para dejar interrumpida la lícita diversión infantil, abandonar la comitiva de los jóvenes compañeros con los cuales os criasteis en la villa, y a haceros retirar lejos de la vista de todos a desahogar vuestros dolores ante la imagen de la virgen que desde vuestros primeros años portabais siempre con vos y ante la cual fuisteis encontrado sin daros cuenta estático y fuera de sentido por quien os buscabais y con alta voz os llamaba. Pronto se sorprendieron aquellos jóvenes, y enmudecieron a tal espectáculo; así nos sonrojamos y avergonzamos de hallarnos en esta iglesia delante de vos, lirio purísimo. ¡Oh Dios!, ¡y cuánto nuestra vida pasada fue disímil de la vuestra! Mas el mal ya está hecho, y por eso recurrimos a vos por el oportuno remedio. Por vuestros méritos, ¡oh Santo protector nuestro!, y por el amor que tuvisteis y tenéis a Jesús y María y la santa pureza, obtenednos, de hoy adelante, un espíritu recto y un corazón puro ante Dios y los hombres, un amor grande a la santa pureza de mente, de corazón y de cuerpo, mientras nosotros, de todo corazón y con lágrimas en los ojos detestamos todas nuestras impurezas cometidas porque ofendimos a un Dios sumo e infinito bien, y os prometemos en la vida que Dios se digne concedernos, breve o larga, vivir puros y limpios de toda falta grave, a fin que viviendo así pura y limpiamente, podamos exhalar en vuestras manos nuestra alma, para poderla así presentar ante el Cordero sin mancha, e introducirla en el Reino, donde nada inmundo entra.
   
Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Jaculatoria, la Oración y los Gozos se dirán todos los días.
  
DÍA NOVENO – 1 DE AGOSTO
Por la señal…
Acto de contrición.
    
Nos alegramos finalmente con vos, ¡oh San Alfonso María!, y bendecimos a Jesucristo y la Virgen Santa, por todas las gracias que hicisteis, y obtuvisteis en todo el tiempo de vuestra larga vida por más de noventa años, y especialmente de la gracia de la perseverancia final. A una vida tan perfecta y santa correspondió la muerte preciosa en la divina presencia, y la última enfermedad fue un ejercicio ininterrumpido de todas las virtudes. Cesaron entonces en vos las angustias de espíritu, se desvanecieron los escrúpulos con cualquier otra agitación de mente que por tantos años hos habían tenido afligido y angustiado. Buscasteis diariamente la Sagrada Comunión, y quisisteis el Santísimo Viático repitiendo con ansia: «Venid a mí, Jesucristo: venid a mí, Jesucristo», y viendo que el sacerdote demoraba, replicasteis lleno de santa impaciencia: «¿Cuándo vendrá Jesucristo? ¿Cuándo vendrá Jesucristo?». Al ver entrar al sagrado ministro con el Divino Sacramento a vuestra cámara, exclamasteis con gran alegría; «Venid, venid, Jesús mío», y lo recibisteis con afecto, religión y devoción. El crucificado Señor y la imagen de la Santísima Virgen formaron vuestras delicias y toda vuestra consolación en la hora de vuestra bienaventurada agonía, y prorrumpisteis en celestial agonía antes de expirar al solo mirarlo ¡Oh Santo protector nuestro!, obtenednos de Dios por vuestros méritos y de Jesús y de María, la gracia de uniformar, de hoy adelante, nuestra vida a la vuestra, y todas las gracias necesarias para vivir como vivisteis vos. Obtenednos la santa perseverancia final, la gracia de recibir frecuentemente en vida los Santos Sacramentos, y de recibir antes de morir el Santísimo Viático, para que sea semejante nuestra muerte a la vuestra, para ser después parte de la felicidad que gozáis y gozaréis eternamente para así alabar, agradecer, bendecir y amar a Dios, Jesucristo y María Santísima con todos los Ángeles y Santos en el Cielo por todos los siglos de los siglos. Amén. Así esperamos y así sea.
   
Padre nuestro, Ave María y Gloria. La Jaculatoria, la Oración y los Gozos se dirán todos los días.

miércoles, 22 de mayo de 2024

LOS METODISTAS, ANTECESORES DEL MOVIMIENTO CARISMÁTICO


«Sus doctrinas abren una gran puerta para el entusiasmo más peligroso, porque los pobres imaginan, por el ardor de sus sentimientos, que están justificados (aunque todo cristiano debería estar consciente que no sabe si es digno de amor u odio), y esto ha producido las consecuencias más graves. Si solo una milésima parte de todo lo que oímos de las escenas que tienen lugar en un “avivamiento” en Estados Unidos fuese verdad, ello nos llenaría de compasión ver a seres racionales cometiendo tales extravagancias en el santo nombre de la religión. Yo no mancharé la página con la descripción del “corral de los penitentes”*, los gemidos en el espíritu, los suspiros, contorsiones, clamores y desmayos que acompañan el “nuevo nacimiento” en estas reuniones. Se ha atentado parcialmente en estos países montar una demostración similar, pero esperamos que el sentido de propiedad y decoro esté tan fuertemente arraigado en las mentes de nuestras gentes para nunca permitirse ser engañados de esa forma».
   
SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO, Historia de las herejías y su refutación, o El triunfo de la Iglesia, 2.ª edición inglesa (Mons. John Thomas Mullock, obispo de San Juan de Terranova, traductor), capítulo suplementario (Herejías de los siglos XVIII y XIX), § 6.º (Doctrinas y prácticas de los metodistas). Dublín, James Duffy, 1857, págs. 384-385.
   
CUESTIÓN ÚNICA (Por el traductor español).
* En las tenidas metodistas durante el “Segundo Gran Despertar” (1795-1835), el “corral de los penitentes” era un espacio entre la tarima del predicador y las bancas de los fieles, donde los que se convertían a su movimiento se acercaban para “arrepentirse” de sus pecados. La práctica se mantuvo en su esencia en el movimiento carismático posterior.

viernes, 30 de septiembre de 2022

LA PREDICACIÓN, ARMA CONTRA LA CHARLATANERÍA MEDIÁTICA

“El derecho de hablar y de enseñar a las gentes, que la Iglesia recibió del mismo Dios en las personas de los apóstoles, ha sido usurpado por una turba de periodistas obscuros y de ignorantísimos charlatanes.
   
El ministerio de la palabra, que es, al mismo tiempo, el más augusto y el más invencible de todos, como que por él fue conquistada la tierra, ha venido a convertirse en todas partes, de ministerio de salvación, en ministerio abominable de ruina. Y así como nada ni nadie pudo contener sus triunfos en los tiempos apostólicos, nada ni nadie podrá contener hoy sus estragos si no se procura hacer frente por medio de la predicación de los Sacerdotes y de grande abundancia de libros buenos y otros escritos santos y saludables.”

SAN ANTONIO MARÍA CLARET, Autobiografía.

miércoles, 1 de junio de 2022

VISITAS AL SANTÍSIMO SACRAMENTO Y A MARÍA INMACULADA

Publicado por San Alfonso María de Ligorio, y traducido por un sacerdote del Oratorio de San Felipe Neri de la ciudad de Barcelona, donde fue publicado en la imprenta de Antonio Brusi en 1843.
   

PRÓLOGO DEL TRADUCTOR.
Devoto lector, no pretendo en este librito persuadirte que creas la existencia de Jesucristo en el Santísimo Sacramento, porque esto sería hacer una injuria a tu fe: tampoco juzgó ser preciso decirte que este Señor está sobre nuestros Altares, como en un Trono de amor y misericordia, para distribuirnos infinitas gracias; porque muchos son los libros piadosos que esto te enseñan. Solamente te ruego que hagas una seria reflexión, y que veas si tu gratitud y correspondencia hacia este admirable Misterio son proporcionadas a tu fe; y si hallares que es tibio tu amor, y floja tu devoción a tan divino Sacramento, te ruego te resuelvas a emplear todos los días uno, o a lo menos medio cuarto de hora en la presencia del Señor Sacramentado, y cuando no pudieres ir a visitarle en las Iglesias donde está, bastará que en tu propia casa, puesto de rodillas, vuelto hacia el Templo que esté mas cerca, desde allí le adores y visites. Debes hacer siempre estas visitas por tres fines: el primero para adorarle con toda reverencia y amor, dándole gracias por el inexplicable beneficio de haber instituido aquel divino Sacramento, y haberse quedado en este mundo por el excesivo amor que tiene a sus criaturas: el segundo para desagraviarle de los ultrajes y sacrílegos desacatos con que ha sido y es tratado en aquel divino Sacramento de los mismos hombres: y el tercero para pedirle humildemente perdón de tus pecados, la gracia de tu conversión, la perseverancia en su amor, y la salvación eterna.

Verdad es que Dios oye en todas partes las oraciones de los Fieles; mas también es cierto que Jesucristo en el Santísimo Sacramento distribuye con unas abundancia sus gracias a quien le visita. ¡Qué reforma de costumbres habría, y cuántas almas se librarían de la eterna condenación, si fuese mayor el número de los Católicos que empleasen todos los días un poquito de tiempo en la presencia del Santísimo Sacramento para los fines que arriba dije! Ciertamente, que entre todas las devociones esta de adorar a Jesús Sacramentado es la más agradable a Dios, y la más útil para nosotros. ¡Qué maravillosos favores alcanzaron muchos Santos en el ejercicio de esta devoción! ¡Cuántos pecadores  se han convertido por medio de estas Visitas! ¿Y quién sabe si también tú, puesto en la presencia de Jesús Sacramentado, tomarás algún día la firme resolución de entregarte todo a Él? Ruégote, pues, que principies esta utilísima devoción, y si la continuas, verás los preciosos frutos que de ella cogerás. 
   
Para que te sea mas fácil este ejercicio, te propongo en este librito las siguientes Visitas para todos los días del mes. No soy yo el autor de esta obra; porque aunque deseo templar mis débiles fuerzas en el culto del Santísimo Sacramento, con todo mi flojo espíritu no podía producir pensamientos tan devotos, ni expresiones tan penetrantes y fervorosas. Un Obispo de mucha autoridad por su conocida virtud, y por la particular devoción que tenia al Santísimo Sacramento, fue quien la compuso en italiano: yo no he tenido más que el trabajo de traducirla. Dios sabe que los únicos motivos que me obligaron a esto fueron su gloria y tu utilidad. Quiera su bondad que esta devoción produzca en nuestro país los efectos que produjo en la ciudad de Nápoles donde tuvo tanta aceptación esta obrita, que aun viviendo el Autor que la escribió, se reimprimió catorce veces.

Al fin de cada una de las Visitas del Santísimo Sacramento, hallarás una oración para visitar también a María Santísima, devoción que agrada mucho a esta Señora, y que ella ha remunerado, concediendo admirables favores a los que la han practicado. Te ruego que en las Visitas al Santísimo Sacramento pidas al Señor me perdone mis pecados, y tenga misericordia de mi pobre alma; que yo prometo rogar en el Santo Sacrificio de la Misa, por todos aquellos que me hicieren esta caridad.
   
DE LA COMUNIÓN ESPIRITUAL.
Como al fin de cada una de las siguientes Visitas al Santísimo Sacramento, se persuade la Comunión espiritual, es justo explicar aquí en qué consiste, y el grande fruto que alcanza quien practica tan loable ejercicio. La Comunión espiritual, según enseña Santo Tomás, consiste en un deseo ardiente de recibir a Jesús Sacramentado, y en un abrazo amoroso, como si ya lo hubiésemos recibido.

Cuán agradables sean a Dios estas Comuniones espirituales, y cuántas gracias por este medio comunique a las almas fervorosas, el mismo Salvador lo dio a entender a aquella Sierva suya Sor Paula Maresca, fundadora del Monasterio de Santa Catalina de Siena en Nápoles, cuando la hizo ver, como se refiere en su vida, dos vasos preciosos, uno de oro, y otro de plata, y la dijo que en el de oro conservaba sus Comuniones Sacramentales, y en el de plata sus Comuniones espirituales. Este ejercicio se halla acreditado no solo por la autoridad de los Doctores Místicos que lo alaban e inculcan encarecidamente a los Fieles; sino también por el uso de las almas devotas que lo practican; siendo esta devoción tan útil, es al mismo tiempo la más fácil. Por eso decía la Beata Juana de la Cruz, que la Comunión espiritual se puede hacer sin que ninguno nos vea, sin ser preciso estar en ayunas, y que se puede hacer en cualquier hora; porque no consiste más que en un acto de amor: basta decir de todo corazón: «Jesús mío, creo que Vos estáis en el Santísimo Sacramento: os amo sobre todas las cosas, y deseo recibiros ahora dentro de mi alma, y ya que no os puedo recibir sacramentalmente, venid a lo menos espiritualmente a mi corazón; y como si ya os hubiese recibido, os abrazo y me uno todo a Vos. ¡Ah Señor!, no permitáis que jamás me aparte de Vos»; o más breve: «Creo, mi Jesús, que estáis en el Santísimo Sacramento: os amo, y deseo mucho recibiros: venid a mi corazón: yo os abrazo: no os ausentéis de mí».
   
ACTO QUE SE DEBE HACER AL PRINCIPIO DE TODAS LAS VISITAS AL SANTÍSIMO SACRAMENTO.
Señor mío Jesucristo, que por el amor que tenéis a los hombres, estáis de noche у de día en ese Sacramento, todo lleno de piedad y de amor, esperando, llamando, y recibiendo a todos los que vienen a visitaros: yo creo que estáis presente en el Sacramento del Altar: os adoro desde el abismo de mi nada, y os doy gracias por todas las mercedes que me habeis hecho, y especialmente por haberme dado en este Sacramento vuestro Cuerpo, vuestra Sangre, vuestra Alma, y vuestra divinidad, por haberme concedido por mi Abogada a vuestra Santísima Madre la Virgen María, y por haberme ahora llamado a visitaros en este lugar santo: yo adoro a vuestro amantisimo Corazón, y deseo ahora adorarlo por tres fines: el primero en agradecimiento de esta tan grande dádiva: el segundo para desagraviaros de todas las injurias que habéis recibido de vuestros enemigos en ese Sacramento: y el tercero porque deseo en esta visita adoraros en todos los lugares de la tierra donde estáis sacramentado con menos culto y más desprecio. ¡Jesús mío! Os amo con todo mi corazón: pésame de haber tantas veces ofendido en el pasado a vuestra infinita bondad: propongo ayudado de vuestra gracia, enmendarme en lo venidero, y ahora, así miserable como soy, me consagro todo a Vos, y os entrego y resigno en vuestras manos mi voluntad, mis afectos, mis deseos, y todo cuanto soy y puedo. De hoy en adelante, haced Señor, de mí todo lo que os agrade: lo que yo quiero y lo que os pido es vuestro santo amor, la perfecta obediencia a vuestra santísima voluntad, y la perseverancia final: os recomiendo las almas del Purgatorio, especialmente las más devotas del Santísimo Sacramento y de María Santísima, y os ruego también por todos los pecadores. En fin, mi amado Salvador, deseo unir todos mis afectos у deseos con los de vuestro amorosísimo Corazón, y así unidos, los ofrezco a vuestro eterno Padre, y le pido por vuestro nombre, que por vuestro amor los acepte y despache.
   
VISITA PRIMERA
He aquí, alma devota, la fuente de todo el bien, Jesús en el Sacramento, el cual dice: quien tiene sed venga a mí. ¡Oh!, cuán abundantes gracias han sacado los santos de esta fuente del Santisimo Sacramento, donde el amoroso Jesus liberalmente concede todos los merecimientos de su Pasión, como predijo el Profeta: Iréis con gusto a buscar agua con las fuentes del Salvador (Isaías, cap. 12.) La Condesa de Feria, aquella grande discípula del V. M. Ávila, que siendo religiosa de Santa Clara, se llamó Esposa del Sacramento, por el mucho tiempo que pasaba en su presencia, preguntándola, qué hacía en tantas horas como allí se detenía, respondió: De buena gana estaría yo allí por toda la eternidad. ¿Acaso no está allí la Esencia de Dios, que será por toda la eternidad el alimento, y la gloria de los Bienaventurados? ¡Ah!, ¿y qué haremos, preguntais algunas veces, en la presencia de Dios Sacramentado? Amarle, alabarle, agradecerle, y pedirle. ¿Qué hace un pobre en la presencia de un rico? ¿Qué hace un enfermo delante del médico? ¿Qué hace un sediento en vista de una fuente cristalina?
   
¡Oh Jesús mío amabilísimo, vida, esperanza, tesoro, y único amor de mi alma! Oh, ¡cuánto os costó el quedaros con nosotros en ese divino Sacramento! Cuando Vos le instituisteis, conocíais ya las ingratitudes, las injurias, los desacatos con que os habían de tratar los hombres; pero vuestra ardiente caridad para con nosotros fue todavía mayor que nuestra maldad y miseria: sí, todo lo venció aquel grande amor que nos tenéis, y el excesivo deseo de ser amado de nosotros.
   
Venid pues, Señor, venid, entrad dentro de mi corazón, y cerrad la puerta para siempre, para que no entre en él criatura alguna a tomar parte en el amor que todo quiero emplear solo en Vos. ¡Ah, mi amado Redentor! hablad a mi corazón, que ya vuestro siervo escucha: mandad Señor, que quiero fielmente obedeceros : y si alguna vez no os obedezco perfectamente, castigadme, a fin de que quede advertido y resuelto a agradaros como Vos queréis: haced que yo no desee otra cosa, ni busque otro contento que el de serviros, de visitaros muchas veces sobre los sagrados Altares, y de recibiros en la sagrada Comunión. Quien quisiere, procure en hora buena otros bienes, que yo no amo ni deseo otra cosa que el tesoro de vuestro amor: esto es lo que siempre he de pedir delante de los santos Altares. Haced que me olvide de mí, para que no me acuerde sino de vuestra infinita bondad. Serafines bienaventurados, yo no os tengo envidia por el sublime ser de que gozáis; pero sí por el amor que tenéis a mi Dios. Enseñadme lo que he de hacer para servirle y amarle.
   
Luego de hecha la Comunión Espiritual, se hará la visita a María Santísima, delante de alguna imagen suya.
   
VISITA PRIMERA A MARÍA SANTÍSIMA.
¡Oh Inmaculada, oh enteramente pura Virgen María, Madre de Dios! Vos sois superior a todos los Santos; sois la esperanza de los pecadores, después de vuestro Hijo Jesucristo; y la alegría de los justos. Por vuestra mediación somos reconciliados con Dios. ¡Oh gran Princesa!, cubridnos con las alas de vuestra misericordia, tened piedad de nosotros; y pues nos hemos entregado a vuestro servicio y consagrado a vuestro obsequio, admitidnos en el número de vuestros siervos; y no permitais que Lucifer nos arrastre al infierno. ¡Oh Virgen inmaculada!, nosotros nos acogemos a la sombra de vuestra protección; y por eso con una filial confianza os rogamos, detengáis con vuestras súplicas la ira de vuestro Hijo provocado de nuestros pecados, para que no nos desampare y abandone al poder del demonio nuestro enemigo.
   
SÚPLICA QUE SE DEBE HACER TODOS LOS DÍAS A MARÍA SANTÍSIMA AL FIN DE LA VISITA.
Inmaculada Virgen y Madre mía, María Santísima: a Vos que sois la Madre de mi Salvador, la Reina del mundo, la Abogada, la esperanza y el refugio de los pecadores, recurro en este dia yo, que soy el más miserable de todos. ¡Os venero, oh gran Reina!, y humildemente os agradezco todas las gracias y mercedes que hasta ahora me habéis hecho, especialmente la de haberme librado del infierno, tantas veces merecido por mis pecados: os amo, Señora amabilísima, y por el amor que os tengo, propongo siempre serviros, y hacer todo lo posible, para que de todos seais servida. En Vos, ¡oh Madre de misericordia!, después de mi Señor Jesucristo, pongo todas mis esperanzas; admitidme por vuestro siervo, y defendedme con vuestra protección; y ya que sois tan poderosa para con Dios, libradme de todas las tentaciones y alcanzadme gracia para vencerlas hasta la muerte. Os pido un verdadero amor para con mi Señor Jesucristo: y por Vos espero alcanzar una buena muerte. Oh Señora y Madre mía, por el grande amor que tenéis a Dios os ruego que siempre me ayudeis; pero mucho más en el último momento de mi vida: no me desamparéis hasta verme salvo en el Cielo, alabándoos y cantando vuestras misericordias por toda la eternidad. Amén.