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lunes, 6 de julio de 2026

ENCÍCLICA “Magnæ Nobis admiratiónis”, SOBRE LAS NULIDADES Y DISPENSAS EN EL MATRIMONIO

Si en el breve “Nímiam licéntiam ac libertátem” el Papa Benedicto XIV condenaba las excesivas licencias para que los jueces matrimoniales otorgasen la anulación (cualquier parecido con nuestros días es pura coincidencia), acá vemos todo lo contrario: condena la excesiva liberalidad con que los obispos polacos otorgaban dispensas para los matrimonios mixtos (recuérdese que en la Mancomunidad Polaco-Lituana habían católicos latinos y rutenos, protestantes y ortodoxos rusos) sin atender al derecho canónico ni a las decretales pontificias (casi lo que hoy llamamos Respónsa ad dúbiam). Además, el Papa condena explícitamente la aceptación para el matrimonio de niñas menores de doce años (en ese entonces, los criterios de mayoría de edad eran distintos a los de ahora, así que ahorraros los reproches presentistas), que han sido ocasión para justificarse los obispos que otorgaban indebidamente las dispensas.

“Magnæ Nobis admiratiónis” (cuyo texto español presentamos a continuación), es una de las fuentes para los cánones 1060 a 1067, a saber:
  • Canon 1060: Severíssime Ecclésia úbique próhibet ne matrimónium ineátur inter duas persónas baptizátas, quárum áltera sit cathólica, áltera vero sectą hæréticæ seu schismáticæ adscrípta; quod si adsit perversiónis perículum cónjugis cathólici et prolis, conjúgium ipsa étiam lege divína vetátur [La Iglesia prohíbe severísimamente en todo lugar que se contraiga matrimonio entre dos personas bautizadas, de las cuales una sea católica y la otra pertenezca a una secta herética o cismática; y porque se sigue peligro de perversión para el cónyuge católico y la descendencia, tal matrimonio está vetado incluso por ley divina].
  • Canon 1061. § 1. Ecclésia super impediménto mixtæ religiónis non dispénsat, nisi [La Iglesia no dispensa sobre el impedimento de religión mixta, a menos que]:
    1.º Úrgeant justæ ac graves cáusæ [Lo apremien causas justas y graves];
    2.º Cautiónem præstiterit conjux acathólicus de amovéndo a cónjuge cathólico perversiónis perículo, et utérque conjux de univérsa prole cathólice tantum baptizánda et educánda [Se preste caución por el cónyuge acatólico de remover el peligro de perversión para el cónyuge católico, y ambos cónyuges velarán que toda su descendencia sea bautizada y educada exclusivamente en la fe católica];
    3.º Morális habeátur certitúdo de cautiónum impleménto [Se tenga certeza moral de que la caución será cumplida].
    § 2. Cautiónes reguláriter in scriptis exigántur [Las canciones se exijan regularmente por escrito].
  • Canon 1062. Conjux cathólicus obligatióne tenétur conversiónem cónjugis acathólici prudénter curándi [El cónyuge católico tiene la obligación de procurar prudentemente la conversión del cónyuge acatólico].
  • Can. 1063. § 1. Etsi ab Ecclésia obténta sit dispensátio super impediménto mixtæ religiónis, cónjuges néqueunt, vel ante vel post matrimónium coram Eccclésia ínitum, adíre quóque, sive per se sive per procuratorem, ministrum acathólicum uti sacris addíctum, ad matrimoniálem consénsum præstándum vel renovándum [Aún si se obtiene la dispensa de la Iglesia sobre el impedimento de religión mixta, los cónyuges no pueden, ni antes ni después del matrimonio contraído ante la Iglesia, ir también, por sí o mediante procurador, a los ministros de los ritos acatólicos para prestar o renovar el consentimiento matrimonial].
    § 2. Si párochus certe nóverit sponsos hanc legem violatúros esse vel jam violásse, eórum matrimónio ne assístat, nisi ex gravíssimis cáusis, remóto scándalo et consúlto prius Ordinário [Si el párroco supiera ciertamente que los esposos van a violar o hubieren ya violado esta ley, no asista a su matrimonio, a menos que haya causa gravísima, removido el escándalo y consultado previamente al Ordinario].
    § 3. Non improbátur tamen quod, lege civíli jubénte, cónjuges se sistant étiam coram minístro acathólico, officiális civílis tantum múnere fungénte, ídque ad actum civílem dumtáxat expléndum, efféctuum civílium grátia [Con todo, no se desaprueba que, si así lo exige la ley civil, los cónyuges se presenten incluso ante un ministro acatólico, siempre que solo desempeñe el oficio de un funcionario civil, y eso solo para realizar un acto civil, en aras de efectos civiles].
  • Canon 1064. Ordinárii áliique animárum pastóres [Los Ordinarios y demás pastores de almas]:
    1.º Fidéles a mixtis núptiis, quántum possunt, abstérreant [Apartarán a los fieles, en la medida de lo posible, de los matrimonios mixtos];
    2.º Si eas impedíre non váleant, omni studio curent ne contra Dei et Ecclésiæ leges contrahántur [Si no pueden impedirlos, procurarán con toda atención que no se contraigan contra las leyes de Dios y de la Iglesia]:
    3.º Mixtis núptiis celebrátis sive in próprio sive in aliéno território, sédulo invígilent ut cónjuges promissiónes factas fidéliter ímpleant [Celebrados los matrimonios mixtos sea en territorio propio o ajeno, velarán diligentemente para que los cónyuges cumplan fielmente las promesas hechas];
    4.º Assisténtes matrimónio servent præscríptum can. 1102 [Asistiendo al matrimonio, observar lo prescrito en el canon 1102 (En los matrimonios mixtos entre parte católica y acatólica, interrogar, conforme al canon 1095 § 1, n.º 3, si no hay violencia o miedo grave para prestar el consentimiento matrimonial; y si bien están prohibidos todos los ritos sagrados, para evitar males mayores, el Ordinario puede permitir el uso de alguna de las ceremonias solemnes de la Iglesia, excluyendo siempre la Santa Misa)].
  • Canon 1065. § 1. Absterreántur quóque fidéles a matrimónio contrahóndo cum iis qui notórie aut cathólicam fidem abjecérunt, etsi ad sectam acathólicam non transíerint, aut societátibus ab Ecclésia damnátis adscrípti sunt [Los fieles se abstendrán de contraer matrimonio ya sea con quien notoriamente ha abandonado la fe católica, así no se haya convertido a una secta acatólica, o con quien se inscriba a una sociedad condenada por la Iglesia].
    § 2. Párochus prædíctis núptiis ne assístat, nisi consúlto Ordinário, qui, inspéctis ómnibus rei adjúnctis, ei permíttere póterit ut matrimónio intérsit, dumódo úrgeat gravis cáusa et pro suo prudénti arbítrio Ordinárius júdicet satis cáutum esse cathólicæ educatióni univérsæ prolis et remotióni perículi perversiónis altérius cónjugis [No asista el párroco a los dichos matrimonios a menos que consulte al Ordinario, quien, habiendo examinado todas las circunstancias del caso, podrá permitirle estar presente en el matrimonio siempre que haya una causa grave apremiante y el Ordinario, en su juicio prudente, considere que se han tomado suficientes medidas para la educación católica de todos los hijos y para la eliminación del peligro de perversión por parte del otro cónyuge].
  • Canon 1066. Si públicus peccátor aut censúra notórie innodátus prius ad sacramentálem confessiónem accedére aut cum Ecclésia reconciliári recusáverit, párochus ejus matrimónio ne assístat, nisi gravis úrgeat cáusa, de qua, si fíeri possit, cónsulat Ordinárium [Si un pecador público o uno notoriamente sujeto a censura se ha negado previamente a acercarse a la confesión sacramental o a reconciliarse con la Iglesia, su párroco no debe asistir al matrimonio a menos que haya una causa grave y apremiante sobre la cual, si es posible, debe consultar al Ordinario].
  • Canon 1067. § 1. Vir ante décimum sextum ætátis annum complétum, múlier ante décimum quártum item complétum, matrimónium válidum iníre non possunt [No pueden contraer válidamente matrimonio el hombre antes de cumplir diez y seis años, y la mujer antes de cumplir los catorce].
    § 2. Licet matrimónium post prædíctam ætátem contráctum válidum sit, curent tamen animárum pastóres ab eo avertére júvenes ante ætátem, qua, secúndum regiónis recéptos mores, matrimónium iníri solet [Aunque los matrimonios contraídos después de la predicha edad son válidos, curen los pastores de almas disuadir a los jóvenes de contraer matrimonio antes de la edad acostumbrada en la región].
Esta encíclica, y los cánones citados anteriormente, son de crítica importancia en estos tiempos de Apostasía, ante el peligro de los matrimonios con fieles de la Secta Deuterovaticana (Novusordita, Conciliar, Sinodal, Sinodomita o como quiera llamarse) gobernada actualmente por León XIV Riggitano-Prévost, que debe ser tratada como se trata a los herejes protestantes.

ENCÍCLICA “Magnæ Nobis admiratiónis”, SOBRE LAS NULIDADES Y DISPENSAS EN EL MATRIMONIO
  

Benedicto, por la Divina Providencia Papa XIV, Siervo de los Siervos de Dios, para perpetua memoria, al Arzobispo primado y demás obispos del Reino de Polonia.

Venerable hermano, saludos y bendición apostólica.
  
El motivo de esta carta.
Nos causó gran asombro y no menos tristeza recibir, por el fiel informe de personas dignas y por las cartas de ciertos hombres importantes, que cierta falsa opinión y reputación había prevalecido en este reino de Polonia; a saber, que desde esta Sede Apostólica, que presidimos, aunque inmerecidamente por orden divina, se habían concedido y enviado ciertas dispensas matrimoniales, y todavía se suelen conceder y enviar, mediante las cuales se han eliminado los impedimentos canónicos para contraer matrimonio lícito o válido, incluso si uno o ambos contrayentes profesan abiertamente una secta herética.
   
Algunas falsas afirmaciones contra la Santa Sede sobre la dispensa para contraer matrimonios con los herejes, y cómo se comprueba su falsedad 
Dado que esto fue concebido y difundido únicamente por calumnia e intolerable difamación, nos consideraríamos incumplidores del deber de nuestro Ministerio Apostólico si no testificáramos y aclaráramos a ti, venerable Hermano, y a todos aquellos a quienes lleguen estas cartas, cuál es la regla perpetua y la costumbre constante de la Sede Apostólica en este tipo de asuntos; Al mismo tiempo, os exhortamos encarecidamente a todos vosotros, por este reino de Polonia, siempre encomiable por su fe y religión, y les suplicamos encarecidamente a los prelados ordinarios designados, y por la misericordia de Dios, que lean y consideren atentamente las cartas de dispensas matrimoniales que esta Sede y Curia envían a los habitantes del reino, y que ordenen que cada uno de sus vicarios y funcionarios las examine con sumo cuidado. Pues estamos seguros, y pronto lo dejaremos claro, de que si hay algún pecado en esta parte, no es culpa de la Sede Apostólica ni de sus funcionarios, sino que se debe enteramente a los ordinarios locales o a sus ministros, que no se han preocupado ni por leer ni por considerar suficientemente las cartas de dispensas que se han enviado.

La disciplina de la Santa Iglesia con respecto a los matrimonios de católicos con herejes 
Tampoco necesitamos presentar todas aquellas cosas por las cuales podría demostrarse claramente la antigüedad de esa disciplina, por la cual la Sede Apostólica siempre ha rechazado los matrimonios de católicos con herejes. Pero bastará con presentar algunas cosas por las cuales mostramos que la misma disciplina y regla, que se ha observado consistentemente hasta nuestros días, no está menos vigente y religiosamente custodiada entre nosotros y la Sede Apostólica. Esto es lo que nuestro predecesor Papa Urbano VIII de feliz memoria testificó sobre sí mismo y su tiempo en sus cartas apostólicas dadas el 30 de diciembre de 1624, que son leídas por el Cardenal Albitius en su libro titulado De la inconstancia en la Fe, cap. 37, n.º 427, donde escribe así: «Aunque sostenemos firmemente que los matrimonios de católicos con herejes deben evitarse por completo, y en la medida de lo posible pretendemos mantenerlos lejos de la Iglesia Católica». No menos abiertamente declaró su opinión nuestro predecesor de piadosa memoria, el Papa Clemente XI, en una carta fechada el 25 de junio de 1706 y publicada en la colección de sus propios breves y cartas publicada en Roma en 1726, donde en la página 324 se lee: «Consideramos de suma importancia no transgredir las normas de la Iglesia de Dios, la Sede Apostólica, nuestros predecesores y los sagrados cánones, y de los católicos que aborrecen el matrimonio con herejes, a menos que el bien de toda la república cristiana así lo exija». Y en otras cartas dadas el 23 de julio de 1707, recogidas en la misma colección, página 391: «La Iglesia, en efecto, aborrece los matrimonios de este tipo, que implican mucha deformidad y no poco peligro espiritual».

El mismo Pontífice ordenaba evitar los matrimonios mixtos 
Pero también consideramos que nuestro juicio sobre este asunto es suficientemente claro a partir del decreto emitido por nuestra autoridad el 14 de noviembre de 1744, e impreso en el volumen I de nuestro Bulario, n.º XXXIV, § 3, cuyas palabras son las siguientes: «Su Santidad, en primer lugar, profundamente apenado porque entre los católicos hay quienes, vergonzosamente dementes por un amor insensato, no aborrecen de corazón estos matrimonios detestables, que la santa Madre Iglesia ha condenado y prohibido perpetuamente, y no consideran necesario abstenerse por completo de ellos, y alabando grandemente el celo de aquellos obispos que, proponiendo castigos espirituales más severos, se esfuerzan por coaccionar a los católicos para que no se unan a herejes en este vínculo sacrílego, exhorta y amonesta con vehemencia y gravedad a todos los obispos y vicarios apostólicos, pastores, misioneros y demás fieles ministros de Dios y de la Iglesia que residen en esas partes, a saber, Holanda y Bélgica, a que disuadan a los católicos de ambos sexos, en la medida de lo posible, de contraer tales matrimonios para la destrucción de sus propias almas, y a que se esfuercen por prevenir y prevenir eficazmente estos matrimonios de todas las maneras posibles», y que son objeto un poco más adelante, donde estas cosas se dicen acerca del matrimonio ya contraído por la parte católica con el otro hereje: «Es verdaderamente su deber persuadir al cónyuge católico, sea hombre o mujer, a arrepentirse del grave crimen que ha cometido y a orar por el perdón de Dios, y tratar lo mejor que pueda de atraer al otro cónyuge que se ha desviado de la verdadera Fe al seno de la Iglesia Católica, y ganar su alma, lo cual sería muy oportuno para obtener el perdón del crimen que ha cometido: sabiendo, además, como se acaba de decir, que estará unido para siempre por el vínculo de ese matrimonio» [1].
   
No conceder dispensas sin la cláusula «Abjurar previamente la herejía».
Pero a estas reglas fundamentales de la Sede Apostólica, por así decirlo, se corresponde muy bien el mismo procedimiento, recibido por la práctica constante. Porque siempre que se solicita, ya sea para la simple facultad de contraer matrimonio entre personas una de las cuales profesa herejía, o además para la obtención simultánea de una dispensa sobre algún grado u otro impedimento canónico que pueda interponerse entre las partes contrayentes, no se concede ni licencia ni dispensa, a menos que se añada esta ley o condición expresa, a saber, la abjuración previa de herejía. Es más, nuestro predecesor, el Papa Inocencio X, de memoria recordada, fue más allá y ordenó y advirtió que las dispensas de este tipo no debían concederse en absoluto, a menos que previamente se hubiera enseñado mediante documentos auténticos que la mancha herética había sido abjurada por la parte contrayente heterodoxa: lo cual fue atestiguado por el aclamado Cardenal Albitius, asesor de la Congregación Universal de la Inquisición en aquel entonces, en el tratado antes mencionado sobre la inconstancia en la fe, cap. 18, lit. 44. El mencionado predecesor Clemente XI, en la Congregación del Santo Oficio celebrada ante él el 16 de junio de 1740, ordenó que se prohibiera por escrito al Arzobispo de Malinas conceder licencias o dispensas de cualquier tipo para la celebración de matrimonios entre un contrayente católico y otro hereje, a menos que la abjuración de la herejía hubiera sido previa: decretó que los teólogos que habían sostenido opiniones en contra de este tipo de práctica debían ser severamente amonestados; como lo narró en sus memorias el cardenal Vicente de Petra, de feliz recuerdo, en su comentario sobre la constitución duodécima de Juan XXII, en la misma obra, tomo 4, párr. 76, núm. 14 [2].

Los ejemplos en contrario son rarísimos y con grave causa, y las cautelas habidas en estos casos
Pero si se encuentran algunos ejemplos de Romanos Pontífices que  concedieron licencia para contraer matrimonio o incluso dispensa sobre algún impedimento, sin añadir la condición de abjurar primero de la herejía, decimos, en primer lugar, que tales concesiones eran muy raras, y de hecho la mayoría se hicieron para matrimonios contraídos entre príncipes supremos, y solo por la razón más grave y urgente, y que concernía al bien público: además, se añadieron las precauciones apropiadas, tanto para que el cónyuge católico no pudiera ser pervertido por el hereje, sino más bien para que este último supiera que estaba obligado a apartar al hereje del error en la medida de lo posible; y también para que la descendencia de ambos sexos que se procreara de ese matrimonio fuera educada enteramente en la santidad de la religión católica [3]. Entonces, es fácil reconocer que en este tipo de concesión no hay margen de error para los albaceas, a menos que ellos mismos, a sabiendas y con la debida diligencia, deseen omitir algo. Finalmente, de lo dicho hasta ahora, es evidente que en todos los casos en que se solicitan facultades o dispensas a la Sede Apostólica para matrimonios contraídos por un hombre o una mujer católicos con un hombre o una mujer herejes, la misma Sede Apostólica, como hemos dicho anteriormente, siempre ha desaprobado y condenado, y ahora también aborrece y detesta, tales matrimonios, a menos que estén precedidos por una abjuración de herejía.
   
Sin embargo, cuando se solicitan dispensas por alguna razón probable para matrimonios que en efecto se contraen entre herejes, pero esto no se explica abiertamente en las solicitudes (Suplicación), puesto que los ministros y funcionarios de la Sede Apostólica no pueden descubrir esto por adivinación, bastaría con indicar, para callar a quienes obstruyen y calumnian, que no se concede ninguna dispensa que no esté dirigida a un ejecutor determinado a quien se le da en los mandatos, para conocer la verdad de todo lo que se ha explicado y para hacer que la dispensa misma, observando las observancias, entre en vigor: y puesto que no es admisible que esta persona ignore que los matrimonios de católicos con herejes son desaprobados y condenados por la Sede Apostólica; pero es fácil saber que el vicio de la herejía, con el que está infectada una de las partes contrayentes, y del cual no hay mención en las cartas de dispensa, fue ocultado a la misma Sede Apostólica que es su deber suspender la ejecución de tales cartas y revelar la causa de dicha suspensión al Romano Pontífice o a sus funcionarios con la debida reverencia por escrito: como nuestro predecesor, el Papa Alejandro III, prescribió al Arzobispo de Rávena en sus cartas, que han sido registradas para perpetuidad en el Código de Decretales, capítulo Si quando, sobre rescriptos, donde se lee así:
«Considerando detenidamente la naturaleza del asunto sobre el que nos escribes, o bien cumple con nuestro mandato con reverencia, o bien, en tu carta, expón una razón razonable por la que no puedes cumplirlo; pues si no haces, sostendremos que esto se nos ha sugerido mediante una insinuación maliciosa».
Se presume que ambas partes son católicas
Pero la prudencia de la Sede Apostólica y sus funcionarios no termina aquí. Porque si la dispensa, que se solicita para eliminar un impedimento canónico al matrimonio por alguna razón razonable, se encuentra que pertenece a regiones en las que católicos y herejes viven mezclados, y no es seguro que ni el solicitante ni el otro profesen la religión católica; los funcionarios antes mencionados, conociendo bien la voluntad del Papa, siempre presumen que tanto el peticionario como el otro son católicos, y por lo tanto exponen sus solicitudes en un pequeño libro (llamado súplica) firmado por la mano del Papa con estas palabras: «Desean a los solicitantes antes mencionados, que verdaderamente existen como adoradores de la Fe ortodoxa, y viven y pretenden vivir y morir en obediencia a la Santísima Madre de Dios, etc.», a lo cual concuerdan otras palabras, que se agregan en la parte condicional para mayor precaución, a saber: «Y siempre que los solicitantes antes mencionados existan verdaderamente como adoradores de la Fe ortodoxa, y vivan y pretendan vivir y morir en obediencia a la Santa Iglesia Romana».
  
La culpa por otorgar injustamente la dispensa corresponde a quien fue negligente al investigar la solicitud 
Habiendo señalado estos puntos, ahora buscamos lo mejor de la ley: puesto que las cartas de dispensa matrimonial fueron redactadas con tales palabras y con tal tenor, si posteriormente se descubre que las partes contratantes son herejes, o que una de ellas es católica, pero la otra era hereje, y aun así se ordena ejecutar la dispensa, ¿de quién será la culpa y a quién se podrá acusar de haberla otorgado injustamente? ¿Acaso a quien, de buena fe, con las debidas precauciones y añadiendo condiciones legítimas, la concedió; o a quien, sin considerar tales condiciones y sin investigar previamente a las partes contratantes, permitió que la dispensa tuviera un efecto indebido en contra de la voluntad del otorgante?

Refutación de la objeción de la declaración en favor de menor de edad
Pero alguien dirá que no todas las cartas de dispensa se emiten siempre con cláusulas de este tipo; puesto que incluso en el propio reino de Polonia, hace algunos años, se envió una dispensa desde la Urbe que no contenía ninguna condición adicional de este tipo. La forma de este hecho, que tenemos presente, no está de más explicarla aquí. La dispensa se basaba en la edad, a favor de una joven que tenía seis meses menos de doce años, que es la edad legal para que las mujeres contraigan matrimonio. Pero en su concesión se explicaba que «la malicia aumentaba la edad de tal manera que podía contraer matrimonio legalmente». Por lo tanto, esto debería llamarse una declaración más que una dispensa: puesto que la posibilidad de contraer matrimonio antes de la edad prescrita, cuando la malicia aumenta la edad, proviene de la propia disposición de las leyes y los cánones. Los propios obispos y los ordinarios de los lugares pueden pronunciarse, según su propia ley, sobre la cuestión planteada, a saber, si la malicia (como se afirma) proporciona la mayoría de edad y, por consiguiente, es capaz de otorgar licencia para contraer matrimonio; ni es necesario emitir una declaración de la Sede Apostólica, salvo por la mayor solemnidad del acto y «para evitar cualquier duda sobre la validez de dicho contrato matrimonial debido a la edad de la menor», como es la fórmula que se acostumbra utilizar al redactar cartas declarativas sobre menores. En efecto, los canonistas enseñan que existe un derecho acumulativo entre la Sede Apostólica y los jueces ordinarios para conocer y pronunciarse sobre este asunto, a saber, si la malicia proporciona la mayoría de edad; pero el derecho privado de la Sede Apostólica es otorgar una dispensa para contraer matrimonio a un menor que aún no ha alcanzado la madurez sexual para las relaciones conyugales, pero que, sin embargo, tiene la capacidad de razonamiento suficiente para comprender la fuerza y ​​la naturaleza de contraer matrimonio. Pues, para la validez del matrimonio, así como la ley natural y divina exige el uso de la razón, el derecho canónico positivo exige la capacidad real para la unión conyugal. Sin embargo, el Romano Pontífice está por encima del derecho canónico; pero ningún obispo está por debajo de esa ley y, por lo tanto, no puede derogarla.

Cláusulas establecidas en esta declaración 
Pero, dejando de lado incluso esta cuestión, si la licencia para contraer matrimonio antes de la edad legítima, cuando la malicia proporciona la edad, tiene la fuerza de una dispensa propiamente dicha o más bien una declarativa; y por lo tanto si debe considerarse como actos de gracia o de justicia; también debe verse si en las cartas apostólicas otorgadas sobre este asunto, aunque no se lean en absoluto aquellas palabras y condiciones que usualmente se agregan en otras dispensas, hay no obstante otras palabras equivalentes presentes, por la fuerza de las cuales el ejecutor designado para tales cartas (cuando sabe que una o ambas partes contrayentes están infectadas con la mancha de la herejía, y que esto no fue dicho al otorgante en sus oraciones ni le fue descubierto de ninguna otra manera) debe abstenerse de su ejecución. Pero esto no puede dudarse si se observa que, después de que el albacea haya sido instruido en tales cartas para informarse diligentemente de las premisas y ver si está verdadera y legítimamente establecido que tal persona inmadura es propensa a la malicia, se le confía la tarea de permitir al solicitante, «siempre que no haya otro impedimento canónico que se interponga en su camino, contraer matrimonio con cualquier hombre que no le esté prohibido por ley, o permitido por una dispensa apostólica, observando la forma del Concilio de Trento». En tales palabras, de hecho, el albacea es instruido por ley para no permitir que tal persona inmadura contraiga matrimonio con cualquier hombre que no le esté prohibido por ley, o permitido por una dispensa apostólica, de acuerdo con la forma del Concilio de Trento. para disfrutar del efecto de la declaración, si hubiera descubierto que era detestable en su propia mente contraer matrimonio con un hereje.

La Santa Sede tiene mucho interés en disipar las calumnias
Nuestra solicitud ha ido más allá de lo que habíamos previsto al inicio de esta carta, algo que, sin embargo, no lamentamos. Pues es de suma importancia para nosotros, y reviste gran interés para la Religión Católica y la Sede Apostólica, que la verdad de los hechos y de las cosas no se oculte, ni que los falsos rumores difundidos contra la Santa Sede de Pedro se hagan realidad. Pero si en algún lugar se comete algo indebido contra los sagrados cánones, que su culpa no se transfiera en absoluto a quienes no la merecen.

Exhortación a los obispos para la cautela en solicitar y ejecutar la dispensa, y Bendición Apostólica
Pero para que el final de nuestra carta vuelva a aquello de lo que comenzó, te recomendamos nuevamente, venerable Hermano, y a los demás prelados ordinarios de este reino, que ordenen las cartas apostólicas de dispensa, que se les dirigen para su ejecución, y que sean consideradas cuidadosamente por sus respectivos funcionarios, y que no consideren superfluo indagar sobre su veracidad o falsedad, si parece haber en ellas un ejemplo anormal y novedoso. Porque hay mucha maldad en los hombres de la tierra; ni se nos ha dado saber hasta qué punto puede llegar la audacia de los falsificadores. Además, ha llegado a nuestros oídos que hubo un hombre que, tras eliminar el impedimento del rango, unió en matrimonio a un hombre hereje con una mujer católica; y cuando después supo que su acto había sido reprendido, no dudó en afirmar que estaba amparado en este asunto por la autoridad de la dispensa apostólica que había recibido de la Urbe; pero cuando se le exigió que presentara tales cartas de dispensa, jamás pudo hacerlo, porque en realidad nunca las había recibido. Nosotros, en cambio, teniendo en más aprecio a la ilustre nación polaca, a la que abrazamos con amor paternal, y a los sagrados obispos de este reino, a quienes honramos profundamente, creemos que semejante crimen no estaba permitido aquí. Pero a ti, venerable hermano, y al rebaño que te ha sido confiado, impartimos de todo corazón nuestra Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de Junio del año 1748 de Nuestro Señor, año 8.º de Nuestro pontificado.

NOTAS
[1] Agréguense los concilios de Laodicea, Elvira, Cartago III, Adge, Arlés, Tolosa (694), Calcedonia (can. 14), Varmia (1575), Amberes (1576), Évreux (1576), Lisieux (1580), Burdeos (1583), Tours (1583), Burgos de Francia (1584), Cambray (1586), Tolosa (159), Narbona y Constanza (1609), Varmia y Augsburgo (1610), Balduque (1612), Lieja (1618), Burdeos (1624), Amberes (1643), Grenoble (1690), Colonia (1651), Paderborn (1658), Bratislava (1745), Sion de Suiza (1626), San Audomaro (1640) y Varmia (1726). También los Pontífices: San León Magno, Bonifacio V, Esteban IV, San Nicolás (Respuesta a la Consulta de los búlgaros, n.º 22), Bonifacio VIII. (Decretal VI, 1. 5, c. 24), y Clemente X (epístola del 20 de Agosto de 1628).
[2] Agréguese a esto las cartas de Clemente XI al obispo de Agen (23 de Febrero de 1706), al duque Palatino de Dos Puentes (23 de Julio de 1707 y 22 de Septiembre de 1708), y al obispo de Wurzburgo (26 de Enero de 1706).
[3] Casos de las dispensas otorgadas por Clemente VIII a Catalina, hermana del rey Enrique IV de Francia; por Urbano VIII a Enriqueta María princesa de Francia; y la revalidación del matrimonio de Wolfgang duque de Neoburgo el 8 de Marzo de 1633.

jueves, 28 de mayo de 2026

BREVE “Nímiam licéntiam ac libertátem”, SOBRE LA VALIDEZ DE LOS MATRIMONIOS

Aun cuando el Concilio de Trento ratificó el carácter indisoluble del matrimonio proclamado en el Concilio IV de Letrán, y fijó reglas claras sobre las causas canónicas relacionadas a este, en algunos lugares se siguieron presentando abusos y prácticas contra derecho, bien por los matrimonios a conciencia (celebrados en secreto del párroco), pactos de no apelación de la sentencia de nulidad, o excesiva libertad para las licencias a otros sacerdotes distintos del párroco y dispensas de las proclamas matrimoniales, aparte de que muchos jueces eclesiásticos eran ignorantes del derecho canónico. Esta situación se veía más frecuentemente en la entonces Mancomunidad Polaco-Lituana, país cuya composición étnica y religiosa, amén de ser un estado tapón entre la Prusia protestante, la Austria católica y la Rusia ortodoxa, presentaba mayor riesgo.

Ante tales situaciones, Benedicto XIV buscó de muchas formas ponerle solución, primero con el breve Matrimónii perpétuum indissolubilémque nexum (11 de Abril de 1741), con el cual les advertía a los obispos polacos que debían proceder de una forma más cauta frente a las solicitudes de nulidad. Mas al no atender debidamente los obispos polacos estas directrices pontificias (e inclusive invocaban –fuese verdad o no– el ejemplo del entonces nuncio Fabrizio Serbelloni para justificarse), Benedicto XIV promulgó el breve “Nímiam licéntiam ac libertátem” (cuyo texto procedente de la Colección en latín y castellano de las bulas de Benedicto XIV, tomo III, Madrid, en la Oficina de D. Antonio Espinosa, año 1791, con licencia., pags. 309-336, presentamos a continuación).

BREVE “Nímiam licéntiam ac libertátem”, SOBRE LA VALIDEZ DE LOS MATRIMONIOS
  
A los Venerables Hermanos, Arzobispos y Obispos del Reino de Polonia.

Venerables hermanos, Salud y Bendición Apostólica.

Llorando Nos y detestando la demasiada licencia, libertad y abuso, introducido y recibido en los Tribunales Eclesiásticos de ese Reino de Polonia, de disolver el perpetuo e indisoluble vínculo de los matrimonios canónicamente celebrados, y estables y permanentes por espacio de muchos años por el mutuo consentimiento de los consortes, sin que interviniese para ello ninguna legítima causa, y (aun cuando la hubiese) sin ser examinada y considerada según los Cánones, y con tanta facilidad, que llegaban a escandalizarse gravemente los timoratos; hicimos saber a Vuestras Fraternidades por medio de otras letras nuestras en igual forma de Breve [Admonición Matrimónii perpétuum indissolubilémque nexum], expedidas a once del mes de Abril del año de mil setecientos cuarenta y uno, rogándoles al mismo tiempo y exhortándoles en el Señor a velar sobre las ovejas confiadas a vuestro cuidado, que nos hallábamos seriamente ocupados en meditar leyes saludables, у un conveniente método sobre este particular.

Matrimonios ocultos
1. En este intermedio habiéndonos cerciorado mas, de que en muchas regiones del orbe cristiano, estaba introducida la perversa costumbre de los matrimonios ocultos, vulgarmente llamados de conciencia, de los cuales, entre otros desórdenes y confusiones, resultaba el que dichos matrimonios clandestinos se disolvían en realidad, celebrándose públicamente otros con diferentes consortes; a fin de abolir enteramente la costumbre arriba dicha en otras letras nuestras Encíclicas [Quámvis Patérnæ vigilántiæ], escritas el día veinte y seis de Agosto del mismo año, a todos los Venerables Hermanos Patriarcas, Primados, Arzobispos y Obispos, prescribimos ciertas cosas, que siendo conformes a los sagrados Cánones y Decretos del Concilio Tridentino, disminuirían en gran parte el peso impuesto a nuestra solicitud, si cuidadosamente se observasen
   
Reglas para matrimonios válidos
2. A estas añadimos igualmente otras letras también nuestras [Dei miseratióne], expedidas con el sello de plomo a tres de Noviembre, año de la Encarnación del Señor de mil setecientos cuarenta y uno, en las cuales, publicadas y divulgadas por medio de la prensa, establecimos y mandamos observar ciertas leyes y reglas, en las causas matrimoniales, sobre la validez y nulidad de los matrimonios, oportunas y necesarias, en cuanto es dado y permitido a la prudencia humana, según las cuales los Jueces Eclesiásticos que no se dejasen arrastrar de torpes pasiones o de una ignorancia fatal pudiesen dar con seguridad su sentencia, no según su capricho, sino conforme a justicia, cuando se ofreciese ante ellos alguna causa sobre la validez o nulidad de semejantes matrimonios.

Selección de buenos jueces
3. Además de esto, habiéndosenos dicho y hecho presente que semejante mal provenía de que las comisiones que en segunda instancia se daban en las causas matrimoniales, iban dirigidas a sujetos ineptos e incapaces absolutamente de sentenciar: Nos, por medio de otras letras Encíclicas (Dei miseratióne, §. 4) escritas a todos los Prelados, no solo les ordenamos y mandamos que cada uno de ellos, con consejo del Cabildo de su Iglesia Catedral, remitiese a esta Santa Silla, una lista formal de aquellos sujetos, que atendidas exactamente todas las demás circunstancias, considerasen en el Señor aptos e idóneos para ejercer legal y sabiamente el grave ministerio de semejante Judicatura; sino que también procuramos añadir en nuestras mencionadas letras expedidas con el sello de plomo, que en lo sucesivo no se diesen las comisiones antes referidas, en las segundas instancias de las causas matrimoniales, sino a los Obispos más vecinos; y que únicamente en el caso de que esto no se pueda hacer por alguna casualidad, se dirijan dichas comisiones a alguno de los citados sujetos aptos e idóneos.

Nuevos abusos
4. Estando, pues, Nos firmemente confiados de que en virtud de las prescriptas Sanciones de nuestra providencia y autoridad Apostólica resultaría el que se aboliese enteramente el abuso antes dicho, y cualquiera otro desorden particularmente en ese Reino, como nos congratulábamos de haberse verificado ya con el auxilio del Señor en otras partes; supimos con grave dolor de nuestro corazón pontificio haberse inventado ahí nuevos fraudes, y buscado nuevos efugios a favor de los cuales se eludiesen los saludables apostólicos preceptos. Causa ciertamente horror el referir que no solamente se hacen pactos mutuos entre los consortes que litigan sobre la disolución del matrimonio, de que cualquiera de los dos que después de la sentencia dada por el Juez Eclesiástico a favor de la nulidad del matrimonio, se atreviere a apelar de ella, esté obligado a pagar al que se conforma con dicha sentencia cierta suma de dinero, sino que también es conde nado el apelante por el Juez Eclesiástico, ante quien se entabló la apelación, al pago total de dicha cantidad

Costumbres indebidas en Polonia
5. Habiéndonos informado plenamente y con el mayor cuidado de la realidad de estos hechos, somos de parecer, que el desorden y confusión arriba dichos, y actualmente reinantes en el Reino de Polonia, por la mayor parte, provienen enteramente de la costumbre y modo con que se contraen y celebran los matrimonios en la Polonia. Porque muchas veces, y aun a cada paso falta la presencia del propio Párroco, cuando se celebra matrimonio por palabras de presente, y se da comisión de asistir a él, a cualquier Sacerdote, aun sin noticia a veces del Párroco. Frecuentísimamente también se dispensan las proclamas acostumbradas, y mandadas correr con tanto encarecimiento antes de contraer el matrimonio, a la misa mayor de tres días festivos en la Iglesia Parroquial así del hombre, como de la mujer; por manera que sin intervenir causa alguna legítima y urgente, ni una sola amonestación se hace.

6. Por lo cual, quedando cerrados todos los caminos para poder averiguar si cualquier matrimonio se celebra con el debido consentimiento y libertad de ambos contrayentes, o si media entre los dos algún impedimento por el cual sea preciso disolver y anular en adelante el mismo matrimonio ya contraído; se da con esto frecuente ocasión a continuas disputas sobre la nulidad de los matrimonios contraídos aun in fácie Ecclésia, a que a veces se sostenga que el matrimonio ha sido contraído o por fuerza o miedo, y sin el libre consentimiento de uno de los consortes; a que otras se haga presente algún impedimento, el cual aunque por otra parte legítimo y canónico, hubiera podido saberse antes de contraerse el matrimonio, si de propósito y caso pensado no le hubiesen querido ocultar; ya que últimamente, se funde la nulidad del matrimonio, lo que es mas frecuente, en que se celebró en presencia de otro Sacerdote, aunque con comisión del Párroco o del Ordinario, pero sin habérsele dado dicha comisión en la forma debida y acostumbrada. No hay a la verdad quien no conozca que todas las cosas antecedentes, como perpetuo fomento de la malicia diabólica, y puerta franca para la maldad, son la verdadera causa, ya de que por medio de estos efugios y fraudes se frustre e impida el beneficio canónico de la apelación, tan recomendado por Nos en nuestras letras últimas, del cual puede gozar uno de los dos consortes, después de haber ganado el otro la instancia sobre la nulidad del matrimonio, ya también de que sean más frecuentes en Polonia las disoluciones de semejantes matrimonios con gravísima ofensa, y escándalo de las personas de probidad y timorata conciencia.

Anulación y excomunión
7. En esta atención, para satisfacer, cuanto podemos en el Señor las obligaciones del ministerio Apostólico impuestas a nuestra flaqueza, e insistir en poner oportuno remedio a este mal, motu propio, de ciencia cierta, con madura deliberación nuestra, y la plenitud del poder Apostólico, no solo anulamos por el tenor de las presentes todos y cada uno de los referidos pactos que se hayan de hacer, y de cualquier manera hechos entre los consortes, para la disolución del matrimonio; sino que también declaramos que son, y hayan de ser en lo sucesivo nulos, inválidos, írritos, de ninguna fuerza y valor aquellos que impidan directa o indirectamente la apelación de la sentencia una vez dada por el Juez sobre la nulidad del matrimonio, aunque unos y otros pactos estén aprobados y confirmados con juramento, y aunque de cualquier manera se hubiesen hecho, y formalizado antes de la publicación de nuestras referidas letras últimas, y desde ahora para entonces los anulamos, invalidamos e irritamos; de modo que por ningún acontecimiento sean obligatorios, ni se tengan por tales, así en el fuero interno, como en el externo, so pena de excomunión ipso facto incurrénda, de la cual ninguno que celebrare semejantes pactos, pueda obtener absolución, sino de Nos, y de nuestro sucesor el Romano Pontífice que en lo sucesivo existiere, fuera del artículo de la muerte. Además de esto, declaramos, que está y haya de estar sujeto a la misma pena de excomunión ipso facto, y que incurre y haya de incurrir en ella, pronunciándolo así desde ahora para entonces, cualquier Juez que se atreviere a mandar y sentenciar que los pactos arriba dichos sean cumplidos y observados; y por esta razón, segunda vez, cuanto sea necesario, innovamos, confirmamos, y publicamos nuestras mencionadas con letras, o última constitución, y todas las cosas en ella contenidas, y particularmente todo lo que se contiene, establece y manda en cuanto al orden  serie de la apelación que debe ser interpuesta por el Defensor diputado del matrimonio, siempre que el Juez sentenciase en favor de la nulidad (Dei miseratióne, §. 8 y ss.) del tal matrimonio; y mandamos a vuestras Fraternidades en virtud de santa obediencia, propongan y publiquen segunda vez, las mismas letras nuestras, como si estuviesen expresadas e insertas, palabra por palabra, en las presentes, pues es nuestra voluntad, que todo el tenor de ellas se tenga por inserto, y expresado en ellas.

Consejos para el clero
8. Y aunque juzgamos que las cosas que hasta aquí practicamos, referimos y prescribimos, son suficientes para que conociendo los Fieles, en especial de ese Reino, la santidad del matrimonio, se acerquen a celebrar este Sacramentos grande, con la piedad y reverencia de espíritu que es conveniente, y conserven perpetuamente inviolable e indisoluble esta santidad y mutua concordia de almas; sin embargo no creemos haber cumplido bastantemente con nuestra solicitud apostólica, gravísima en esta parte, si no proponemos a vuestras Fraternidades las leyes, y reglas saludables que se observan en otros Obispados bien gobernados, en los cuales casi nunca, o rara vez se suscitan pleitos sobre los matrimonios ya contraídos, ni se anulan por sentencia judicial.

9. Y primeramente está obligado el Párroco, no impidiéndoselo alguna legítima y gravísima causa, a desempeñar por sí mismo el oficio, que por derecho compete al propio Párroco, de asistir a la celebración de los matrimonios.

Proclamas nupciales
10. Es igualmente obligación impuesta al propio Párroco, que antes de hacerse en la Iglesia a la misa mayor, las públicas amonestaciones para contraer matrimonio, procure explorar, así al esposo como a la esposa con cautela y separadamente, o como se suele decir, boca a boca, sobre si mutuamente se unen en matrimonio por propia voluntad y gusto, y con verdadero consentimiento y concordia de ánimos; como también el inquirir atentamente, en cuanto sea posible, si entre los contrayentes media algún impedimento y de qué clase; si alguno de los contrayentes dio palabra y promesa a otra persona; y si los hijos e hijas de familia contraen matrimonio con consentimiento de los padres: Después de haber explorado los Párrocos con el mayor cuidado estas y otras cosas de igual momento, si hallasen que falta o perjudica para la celebración del matrimonio alguna de estas circunstancias substanciales, suspendiendo entretanto las proclamas, están obligados a participar al propio Obispo lo que resulte, y pueda ser impedimento al matrimonio, el cual, según lo pidiere el caso, proveerá de oportuno remedio en virtud de su autoridad, y de la obligación de su ministerio.

11. Y conociendo con seguridad los Párrocos que nada hay que se oponga a la publicación de las amonestaciones que se acostumbran a hacer, en tal caso las publicarán a la misa mayor de tres días festivos seguidos, según el mandato, así del Concilio Lateranense, celebrado en el Pontificado del Papa, de feliz memoria, Inocencio III nuestro Predecesor, como del Tridentino, a fin de que habiendo algún impedimento que antes no se hubiese podido averiguar, le manifiesten los oyentes que asisten a la misa.

El párroco como testigo
12. Y sin embargo de que los Obispos, que velan con la saludable atención de que antes hablamos, sobre las ovejas de su cargo, no ignoran que es válido el matrimonio contraído ante cualquier Sacerdote, aunque no sea Párroco, pero con licencia y facultad ya del propio Párroco, ya del Ordinario del lugar: y que por otra parte tienen autoridad para dispensar en las proclamas, y de permitir que habiendo grave y legítima causa haga una sola amonestación en lugar de tres, ya aun ninguna; esto no obstante, procuran con el mayor cuidado no usar a su antojo de esta su autoridad, tanto en dispensar en las amonestaciones, como en dar facultad a cualquier Sacerdote más bien que al propio Párroco, de asistir a la celebración de los matrimonios, a no ser que adviertan que una necesidad inevitable así lo exige. Antes bien, cuando conocen que es necesario dar dicha comisión, como arriba se dijo, no la conceden desde luego, sino después de constarles ciertamente por las diligencias y noticias verdaderas tomadas a este fin, no haber impedimento alguno entre los contrayentes.

Dispensas de las proclamas
13. Y en cuanto a la dispensa de las proclamas, teniendo siempre presente el Decreto del Concilio Tridentino acerca de la reforma del matrimonio, conocen clarísimamente que en esta parte no tienen una facultad absoluta é ilimitada, sino arreglada á las leyes de la prudencia, que se debe dirigir y gobernar según se presenten las ocasiones en que resulten legítimas y verdaderas causas, y de la cual deben usar con economía y cautela, de modo que sobre este particular se repiten a sí mismos continuamente las siguientes palabras del Concilio Tridentino: «Pero si en alguna ocasión hubiere sospechas fundadas de que se podrá impedir maliciosamente el matrimonio, si precedieren las amonestaciones, hágase solo una en este caso; o a la menos celébrese el matrimonio a presencia del Párroco y de dos o tres testigos. Después de esto y antes de consumarle, se han de hacer las proclamas en la Iglesia, para que más fácilmente se descubra si hay algunos impedimentos».

14. Esta solicitud, diligencia y modo de obrar, Venerables Hermanos, de los Obispos que procuran desempeñar las obligaciones gravísimas del ministerio episcopal, especialmente en la celebración de los matrimonios, evitan casi todas las disoluciones de los casamientos. Seguidla pues Vos igualmente. Dirigid vuestros pasos por este camino, no recientemente abierto, sino siempre trillado con seguridad, y tan encarecidamente recomendado y enseñado por el santo Concilio Tridentino a todos los Obispos, mandándoles bajo de precepto que entren en él y le frecuenten, para que de este modo podáis satisfacer también en esta parte al cargo de que estáis encomendados. Esmeraos con vigilancia y solicitud en que los Párrocos y Rectores de almas, llamados para ser coadjutores en una parte de vuestros trabajos, desempeñen por sí mismos el cumplimiento de las funciones de su ministerio, con aquella vigilancia, asistencia e integridad a que están obligados. No llegue jamás el caso de que movidos de humanas pasiones, y no precisados de una legítima necesidad excusando por cualquier leve motivo la presencia de derecho de los propios Párrocos necesaria para la celebración de los matrimonios concedáis a cualquier Sacerdote la licencia de asistir a ellos. Guardad vos mismos, y haced que los demás a quienes incumbe, observen y guarden en la práctica, los mandatos y leyes canónicas acerca de las proclamas que se deben hacer antes de contraerse el matrimonio, las cuales deben ser observadas y cumplidas con grande escrupulosidad y delicadeza de conciencia, y de ningún modo omitidas, con grave escándalo y ofensa de algunos.

15. Ni tampoco os atreváis, en virtud de cualquier concesión, pretexto o color de costumbre o uso de cualquier manera introducido y dominante hasta aquí en vuestros Obispados, a abusar en adelante de aquella autoridad en dispensar sin legítima causa en las proclamas, que hasta los tiempos presentes se hizo odiosa y dio fomento a tantos pleitos: porque a la verdad, la costumbre y abuso de la autoridad, tan lejos de servir de norma de las acciones, solo contribuye a la vergüenza y afrenta de lo mal obrado.

16. Y por cuanto se asegura que os ha servido de ejemplo y estímulo para dar precipitada y pródigamente semejantes comisiones y dispensas la demasiada indulgencia en concederlas, con que (sea con verdad o sin ella) el Nuncio Ordinario de esta santa Sede Apostólica, residente según los tiempos en Polonia (en virtud de la facultad que entre otras que se acostumbra concederle como Legado a látere, por lo general le compete acerca de este punto) da estas comisiones y dispensas; mandamos que al Nuncio actual de Polonia, y al que lo fuere en lo sucesivo se le inhiba de esta facultad, a fin de que no teniendo a la vista vuestras Fraternidades este ejemplo e incitamento, se abstengan en adelante de dar las comisiones y dispensas arriba dichas.

Remedios
17. En esta inteligencia pues, Venerables hermanos, no queremos dejéis de tener entendido, que siempre que advirtamos que tantos cuidados, tantas exhortaciones, no omitidas por nuestra parte, y tantas disposiciones tomadas por nuestra providencia y autoridad apostólica no surten el efecto correspondiente a nuestra intención, dirigida a la mayor gloria de Dios y salvación de las almas, y que no se acaban del todo las antiguas causas y disputas sobre la celebración y disolución de los matrimonios, procederemos oportunamente con nuestra suprema autoridad a la aplicación de remedios más duros y eficaces, propios y convenientes para curar estos males; pues en esta parte bien conocéis que Nos, por justas y razonables causas, podemos reservar (como ciertamente sucedería si acaso se hiciese lo contrario de lo que hemos ordenado) el juicio aun en primera instancia de las causas matrimoniales de Polonia; y además de esto determinar, aun dejando a los Obispos el conocimiento de ellas en primera instancia, y en segunda a los Metropolitanos, que en las causas matrimoniales de Polonia (como en efecto lo determinaremos, aunque solo cuando la necesidad nos precise a ello), no se dé cumplimiento a ninguna sentencia pronunciada, tanto en primera instancia por los Tribunales Episcopales, como en segunda por los Metropolitanos, sobre la nulidad de los matrimonios, sin que ambas con las razones en que se funden sean primero madura y exactamente examinadas y aprobadas en la Congregación de nuestros Venerables Hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, intérpretes del Concilio Tridentino; e igualmente declarar que cualquier matrimonio contraído por uno de estos capítulos, o en virtud de dichas dos sentencias dadas por vuestros Tribunales, o mientras éstas se están examinando en la enunciada Congregación de Cardenales, o sin haberse verificado recurso a ella, sea y haya de ser nulo, irrito, y de ninguna fuerza y valor, aunque en su celebración se observase todo lo demás que se debe observar.
  
Validez de las disposiciones del Breve, y derogación de cualesquiera normas y procedimientos contrarios
18. Determinando que las presentes Letras y todas las cosas en ellas contenidas, aunque para ellas no hubieren dado su consentimiento, cualesquiera que tuvieren o pretendieren tener derecho o interés en las cosas referidas, de cualquier estado, orden, preeminencia o dignidad que sean, aunque dignos de especial e individual mención y expresión, o no hubieren consentido con lo arriba expuesto, ni sido llamados u oídos sobre este particular, aunque en virtud de sus privilegios o indultos debiesen consentir, ser llamados una o muchas veces, o por otra cualquiera causa aunque jurídica o privilegiada, color, pretexto y título, aunque comprehendido en el cuerpo del derecho, no puedan ser notadas, impugnadas o llevadas a controversia en tiempo alguno por vicio de obrepción o subrección, o de defecto de forma  o intención nuestra, o de consentimiento de los que tengan interés, u otro cualquier defecto, aunque sea grande, formal y substancial, ni que puedan intentar ni impetrar contra ellas el remedio de restitución por entero, abertura de boca, ni otro cualquiera de derecho, hecho o gracia; sino que dichas presentes Letras y todas las cosas en ellas contenidas sean y hayan de ser firmes, válidas, y eficaces, y surtir y obtener su pleno e íntegro efecto, y que deban observarse inviolablemente por todos aquellos a quienes toca y de cualquier manera tocare en adelante; y que así deben juzgar y sentenciar acerca de las cosas arriba dichas cualesquiera Jueces ordinarios y delegados, aunque sean Auditores del Palacio Apostólico, y Cardenales de la S. I. R. Legados a Látere, y Nuncios de la Sede Apostólica, y otros cualesquiera que gocen y hayan de gozar de cualquier preeminencia y potestad, quitándoles a todos y a cada uno de ellos cualquier facultad y autoridad de juzgar e interpretar de otro modo; y que sea írrito y de ningún valor todo lo que contra ellas se atente por cualquiera persona de cualquier autoridad a sabiendas o con ignorancia. Sin que obsten todas las cosas que en las arriba mencionadas Letras nuestras quisimos que no obstasen, ni las demás que sean en contrario.

19. Y queremos que a las copias o ejemplares de las presentes, aunque sean impresos y firmados por mano de algún Notario público, y sellados con el sello de alguna persona constituida en dignidad eclesiástica, se dé en un todo la misma fe en juicio y fuera de él, que se daría a las presentes si fuesen exhibidas o mostradas.
  
Exhortación final y Bendición Apostólica
20. Mas llamando Nos a Vuestras Fraternidades a tomar parte en nuestra solicitud Pontificia, les rogamos y excitamos con las mayores exhortaciones apostólicas de que somos capaces, que cada uno de Vos procure siempre con la diligencia conveniente buscar y elegir en sus Tribunales los Ministros y Oficiales más sobresalientes en piedad, probidad, doctrina, prudencia y demás virtudes cristianas, y recomendables por su grande experiencia; y que a estos les encarguéis estrechamente el cuidado en cumplir cada uno su ministerio con la mayor integridad, sin dejar Vos entretanto de velar continuamente y sin omitir ninguna diligencia en esta parte; considerando que habéis de dar estrechísima cuenta a Jesucristo, Príncipe de los Pastores, del gobierno del rebaño encomendado a vuestro cuidado, y que el eterno premio propuesto en los Cielos solo será concedido a los que legítimamente peleasen. Nos entretanto, damos con el mas grande amor a Vuestras Fraternidades la bendición apostólica, como auspicio del próspero suceso, y para merecer la abundancia de los dones celestiales.

Dado en Roma, en Santa María la Mayor, sellado con el sello del Pescador, a 18 de mayo de 1743. Año de nuestro Pontificado.

viernes, 11 de octubre de 2024

HIMNO Te, Mater alma Núminis, DE LA DIVINA MATERNIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA

Himno de laudes de la Divina Maternidad de María Santísima. Traducción tomada del Breviario Romano de Dom Alfonso María de Gubianas OSB.
  


LATÍN
Te, Mater alma Núminis,
Orámus omnes súpplices,
A fráude nos ut dæmónis
Tua sub umbra prótegas.
    
Ob pérditum nostrum genus
Primi paréntis crímine,
Ad ínclitum Matris decus
Te Rex suprémus extúlit.
   
Cleménter ergo próspice
Lapsis Ádami pósteris:
A te rogátus Fílius
Depónat iram víndicem.
   
Jesu, tibi sit glória,
Qui natus es de Vírgine,
Cum Patre et almo Spíritu,
In sempitérna sǽcula. Amen.
   
TRADUCCIÓN
Excelsa Madre de Dios,
A Vos dirigimos nuestras plegarias
Para que, a la sombra de vuestra protección,
Nos hallemos al abrigo de las asechanzas del demonio.
  
Si el Rey supremo os elevó
A la altísima dignidad de Madre suya,
Hízolo en favor de nuestro linaje,
Perdido por el pecado de nuestro primer padre.
   
Dignaos, pues, fijar una mirada de compasión
En la posteridad caída de Adán,
Para que, conmovida ante vuestras súplicas,
Se aplaque la cólera vengadora de vuestro Hijo.
   
Gloria a Vos, oh Jesús,
Nacido de la Virgen,
Juntamente con el Padre y el Espíritu Santo,
Por los siglos de los siglos. Amén.

martes, 27 de agosto de 2024

BULA “Próvidas Romanórum Pontíficum”, RATIFICANDO LA CONDENA A LA MASONERÍA

Benedicto, Obispo, Siervo de los Siervos de Dios, para perpetua memoria.
  
A todos los fieles, salud y bendición apostólica.

Juzgamos necesario, mediante una nueva intervención de Nuestra autoridad, sostener y confirmar —ya que lo exigen motivos justos y graves— las prudentes leyes y sanciones de los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores: no solo aquellas leyes y sanciones cuyo vigor, por el paso del tiempo o por la negligencia de los hombres, tememos que puedan debilitarse o extinguirse, sino también aquellas que recientemente han obtenido fuerza y pleno vigor.

1. De hecho, Clemente XII, Nuestro Predecesor de feliz memoria, mediante su propia Carta apostólica del 28 de abril del año de la Encarnación del Señor 1738, en el octavo año de su Pontificado —Carta dirigida a todos los fieles y que comienza In eminénti— condenó para siempre y prohibió ciertas Sociedades, Uniones, Reuniones, Asambleas, Conventículos o Agrupaciones vulgarmente llamadas de los Francmasones o des Francs Maçons, o denominadas de otras maneras, ya entonces ampliamente difundidas en ciertos países y que ahora aumentan cada vez más. Prohibió a todos y cada uno de los cristianos (bajo pena de excomunión que se incurre ipso facto, sin necesidad de declaración, de la cual nadie podía ser absuelto por otro que no fuera el Romano Pontífice en ejercicio, salvo en peligro de muerte) intentar o atreverse a ingresar en tales Sociedades, propagarlas o prestarles apoyo o refugio, ocultarlas, inscribirse en ellas, agregarse a ellas o participar en sus reuniones, y otras acciones, tal como se expone más ampliamente en la misma Carta. Aquí está el texto:

2. “Clemente Obispo, siervo de los siervos de Dios. A todos los fieles, salud y Bendición Apostólica. Colocados por voluntad de la clemencia Divina, aunque indignos, en la eminente Sede del Apostolado, con el fin de cumplir con el deber de la providencia pastoral que se Nos ha confiado, con diligencia constante y cuidado, en la medida que Nos lo permite el Cielo, hemos dirigido nuestra atención a aquellas cosas mediante las cuales, cerrando el acceso a los errores y a los vicios, se conserve principalmente la integridad de la Religión Ortodoxa, y en estos tiempos tan difíciles se alejen del mundo católico los peligros de desórdenes.

Ya por la misma fama pública Nos consta que se extienden en todas direcciones y día a día cobran fuerza ciertas Sociedades, Uniones, Reuniones, Asambleas, Conventículos o Agrupaciones comúnmente llamadas de los Francmasones o des Francs Maçons, o denominadas de otras maneras según la variedad de las lenguas, en las cuales, con estrecha y secreta alianza, según sus Leyes y Estatutos, se unen entre sí hombres de cualquier religión y secta, satisfechos con una cierta apariencia fingida de honestidad natural. Estas Sociedades, con un juramento solemne tomado sobre las Sagradas Escrituras y con la imposición de severas penas, están obligadas a mantener un silencio inviolable respecto de lo que realizan secretamente.

Pero siendo propio de la naturaleza del delito manifestarse por sí mismo y generar el ruido que lo denuncia, se deduce que dichas Sociedades o Conventículos han generado tal sospecha en las mentes de los fieles, según la cual, para los hombres honrados y prudentes, inscribirse en esas Agrupaciones es lo mismo que mancharse con la infamia de maldad y perversión: si no actuaran injustamente, no odiarían tan decididamente la luz. Esta fama ha crecido de manera tan considerable, que dichas Sociedades ya han sido proscritas por los Príncipes seculares en muchos países como enemigas de los Reinos, y han sido prudentemente eliminadas.

Nosotros, por tanto, reflexionando sobre los gravísimos daños que estas Sociedades o Conventículos causan no solo a la tranquilidad de la República temporal, sino también a la salud espiritual de las almas, al no concordar en absoluto ni con las Leyes Civiles ni con las Canónicas; instruidos por las Divinas palabras que nos exhortan a velar día y noche, como siervo fiel y prudente encargado de la familia del Señor, para que esta clase de hombres no saqueen la Casa como ladrones, ni arruinen la Viña como zorros; para que no corrompan los corazones de los simples ni hieran ocultamente a los inocentes; con el fin de cerrar un camino que, si permaneciera abierto, permitiría impunemente la comisión de delitos; y por otros motivos justos y razonables que Nos son conocidos, con el consejo de algunos Venerables Hermanos Nuestros, Cardenales de la Santa Iglesia Romana, y además motu proprio, con ciencia segura, deliberación madura y con la plenitud de Nuestra potestad Apostólica, decretamos que se deben condenar y prohibir, como por la presente Nuestra Constitución, que debe valer en perpetuo, condenamos y prohibimos las mencionadas Sociedades, Uniones, Reuniones, Asambleas, Agrupaciones o Conventículos de los Francmasones o des Francs Maçons, o comoquiera que se denominen.

Por tanto, ordenamos severamente, y en virtud de santa obediencia, a todos y cada uno de los fieles de cualquier estado, grado, condición, orden, dignidad o preeminencia, sean Laicos o Clérigos, tanto Seculares como Regulares, incluso si son dignos de especial mención y distinción, que nadie se atreva ni presuma, bajo cualquier pretexto o apariencia, instituir, propagar o favorecer las mencionadas Sociedades de los Francmasones o des Francs Maçons, o denominadas de otro modo; alojarlas o esconderlas en sus propias casas o en otro lugar; inscribirse o agregarse a ellas; procurarles medios, facilidades o posibilidad de reunirse en algún lugar; suministrarles algo o prestarles de cualquier modo consejo, ayuda o favor, pública o secretamente, directa o indirectamente, en nombre propio o a través de otros, ni exhortar, inducir, provocar o persuadir a otros para inscribirse o participar en estas Sociedades, ni para beneficiarlas o favorecerlas de cualquier forma. Más bien, todos deben abstenerse absolutamente de dichas Sociedades, Uniones, Reuniones, Asambleas, Agrupaciones o Conventículos, bajo pena de excomunión para todos los contraventores, como se mencionó anteriormente, la cual se incurre ipso facto, y sin necesidad de declaración, de la cual nadie puede ser absuelto, salvo en peligro de muerte, por alguien que no sea el Romano Pontífice en ejercicio.

Deseamos además y ordenamos que tanto los Obispos, los Superiores Prelados y los demás Ordinarios de los lugares, como los Inquisidores de la maldad herética designados en cualquier lugar, procedan e investiguen contra los transgresores de cualquier estado, grado, condición, orden, dignidad o preeminencia, y que los repriman y castiguen con las mismas penas con las que se castiga a los sospechosos de herejía. Por tanto, concedemos y otorgamos plena facultad a ellos, y a cada uno de ellos, de proceder e investigar contra dichos transgresores, y de encarcelarlos y castigarlos con las penas debidas, invocando incluso, si fuera necesario, la ayuda del brazo secular.

Queremos también que a las copias de la presente, aunque estén impresas, firmadas de puño y letra por algún Notario público y con el sello de una persona constituida en dignidad Eclesiástica, se les dé la misma fe que se daría a la Carta si fuera presentada o mostrada en el original.

Por lo tanto, a nadie le sea permitido, bajo ninguna circunstancia, violar o contradecir con temeraria audacia esta página de Nuestra declaración, condena, mandato, prohibición e interdicción. Si alguien se atreviera a tanto, sepa que incurrirá en la ira de Dios Omnipotente y de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo”.

3. Pero puesto que, según se nos ha informado, algunos no han dudado en afirmar y difundir públicamente que la mencionada pena de excomunión impuesta por Nuestro Predecesor ya no está vigente, porque la Constitución correspondiente no ha sido confirmada por Nosotros, como si fuera necesario que las Constituciones Apostólicas mantengan su validez únicamente con la confirmación explícita del sucesor;

4. y habiéndosenos sugerido, por parte de algunas personas piadosas y temerosas de Dios, que sería muy útil eliminar todos los subterfugios de los calumniadores y declarar la uniformidad de Nuestro ánimo con la intención y voluntad del mismo Predecesor, añadiendo a su Constitución el nuevo respaldo de Nuestra confirmación;

5. Nosotros ciertamente, hasta ahora, cuando hemos concedido benignamente la absolución de la excomunión incurrida, frecuentemente en el pasado año Jubilar, a muchos fieles verdaderamente arrepentidos y dolidos por haber transgredido las leyes de la misma Constitución, quienes de corazón aseguraron apartarse completamente de tales Sociedades y Conventículos y que para el futuro nunca volverían a ellos; o cuando otorgamos a los Penitenciarios delegados por Nosotros la facultad de impartir la absolución en Nuestro nombre y con Nuestra autoridad a aquellos que recurrieran a los mismos Penitenciarios; y cuando, con diligente vigilancia, no dejamos de procurar que los Jueces y Tribunales competentes procedieran conforme a la magnitud del delito cometido contra la Constitución misma, lo cual fue efectivamente ejecutado en varias ocasiones; hemos ciertamente ofrecido argumentos no solo probables, sino del todo evidentes e indubitables, a través de los cuales se debía comprender claramente la disposición de Nuestro ánimo y la firme y deliberada voluntad concordante con la censura impuesta por el mencionado Clemente Predecesor. Si una opinión contraria se difundiera sobre Nosotros, podríamos sin duda despreciarla y confiar Nuestra causa al justo juicio de Dios Omnipotente, pronunciando aquellas palabras que en otros tiempos se recitaban durante las sagradas funciones: “Concede, oh Señor, te lo rogamos, que no nos preocupen las calumnias de los espíritus perversos, sino que, con la perversidad vencida, te suplicamos que no permitas que seamos afligidos por las injustas maledicencias ni atrapados por astutas adulaciones, sino que amemos más bien aquello que Tú mandas”. Así lo recoge un antiguo Misal atribuido a San Gelasio, Nuestro Predecesor, e incluido por el Venerable Siervo de Dios el Cardenal Giuseppe Maria Tomasi en la Misa titulada Contra los maldicientes.

6. Sin embargo, para que no se pudiera decir que Nosotros imprudentemente omitimos algo, con el fin de eliminar fácilmente los pretextos de las falsas calumnias y cerrarles la boca, tras haber escuchado previamente el consejo de algunos Venerables Hermanos Nuestros, Cardenales de la Santa Iglesia Romana, hemos decretado confirmar la misma Constitución de Nuestro Predecesor, palabra por palabra, tal como se ha expuesto anteriormente de manera específica. La confirmamos, validamos, renovamos y queremos y decretamos que tenga fuerza y eficacia perpetuas, por Nuestra ciencia segura, en la plenitud de Nuestra autoridad Apostólica, conforme al tenor de la misma Constitución, en todo y por todo, como si hubiera sido promulgada motu proprio por Nosotros y con Nuestra autoridad, y como si hubiera sido publicada por primera vez por Nosotros.

7. De hecho, entre los gravísimos motivos de las mencionadas prohibiciones y condenas expuestos en la Constitución antes citada, hay uno según el cual, en tales Sociedades y Conventículos, pueden unirse entre sí hombres de cualquier religión y secta. Es evidente el daño que esto puede causar a la pureza de la Religión Católica. El segundo motivo es la estricta e impenetrable promesa de secreto, en virtud de la cual se oculta lo que se hace en estas reuniones, a las que con justicia se puede aplicar aquella sentencia que Cecilio Natal, según Minucio Félix, mencionó en una causa muy distinta: “Las cosas honestas aman siempre la luz pública; las acciones criminales son secretas”. El tercer motivo es el juramento con el que se comprometen a observar inviolablemente dicho secreto, como si fuera lícito que alguien, interrogado por una autoridad legítima, pudiera excusarse de confesar lo que se le pregunta, alegando alguna promesa o juramento, para saber si en esos Conventículos se realiza algo contrario a la estabilidad y a las leyes de la Religión y de la República.

El cuarto motivo es que estas Sociedades se oponen tanto a las Sanciones Civiles como a las Canónicas, considerando que, según el Derecho Civil, se prohíben todos los Colegios y reuniones formados sin autoridad pública, como se lee en las Pandectas (libro 47, título 22, De Collegiis et corporibus illicitis), y en la célebre carta (n. 97 del libro 10) de Cayo Plinio Cecilio, quien relata que por su Edicto, en cumplimiento de la orden del Emperador, se prohibió que se celebraran las “Heterías”, es decir, que existieran y se reunieran Sociedades y Asambleas sin la autorización del Príncipe.

El quinto motivo es que, en muchos países, dichas Sociedades y Agrupaciones ya han sido proscritas y prohibidas por las leyes de los Príncipes Seculares. Por último, el sexto motivo es que, entre hombres prudentes y honestos, se censuran las mencionadas Sociedades y Agrupaciones, considerando que cualquiera que se inscriba en ellas incurre, a su juicio, en la tacha de depravación y perversión.

8. Finalmente, el mismo Predecesor, en la Constitución antes citada, exhorta a los Obispos, Superiores Prelados y demás Ordinarios de los lugares a no descuidar invocar la ayuda del brazo secular, si fuera necesario, para la ejecución de esta disposición.

9. Todas estas cosas, incluso cada una de ellas por separado, no solo son aprobadas y confirmadas por Nosotros, sino también recomendadas y encomendadas a los Superiores Eclesiásticos. Además, Nosotros mismos, por deber de la solicitud Apostólica, con la presente Nuestra Carta, invocamos y con vivo afecto solicitamos la ayuda y colaboración de los Príncipes Católicos y de los Poderes Seculares, siendo ellos Príncipes Supremos y Autoridades elegidas por Dios como defensores de la fe y protectores de la Iglesia. Que se preocupen de que las Constituciones Apostólicas reciban el debido respeto y la más absoluta obediencia.

Esto fue recordado por los Padres del Concilio de Trento (sesión 25, capítulo 20), y mucho antes lo declaró excelentemente el Emperador Carlomagno en sus Capitulaciones (título I, capítulo 2), donde, después de mandar a todos sus súbditos observar las Sanciones Eclesiásticas, añadió estas palabras: “De ninguna manera podemos entender cómo pueden ser fieles a nosotros aquellos que se muestran infieles a Dios y desobedientes a sus sacerdotes”. En consecuencia, ordenó a todos los Presidentes y Ministros de sus provincias que obligaran a todos y cada uno a prestar la debida obediencia a las leyes de la Iglesia. Además, impuso severísimas penas contra quienes descuidaran cumplir con esto, añadiendo entre otras cosas: “Aquellos que, en estas cosas (lo que no suceda), se encuentren negligentes o transgresores, sepan que no conservarán los honores en nuestro Imperio, aunque sean nuestros hijos; ni tendrán lugar en el Palacio, ni con nosotros ni con nuestros fieles tendrán sociedad o comunión, sino que más bien sufrirán el castigo en la angustia y la privación”.

10. Deseamos, además, que a las copias de la presente, aunque estén impresas, firmadas por la mano de algún Notario público y selladas con el sello de una persona constituida en dignidad Eclesiástica, se les conceda la misma fe que se daría a la Carta si fuera presentada o mostrada en su original.

11. Por lo tanto, a nadie le sea permitido, bajo ninguna circunstancia, violar o contradecir temerariamente esta página de Nuestra confirmación, innovación, aprobación, mandato, invocación, solicitud, decreto y voluntad. Si alguien osara tanto, sepa que incurrirá en la ira de Dios Omnipotente y de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

Dado en Roma, junto a Santa María la Mayor, el 18 de marzo del año de la Encarnación del Señor 1751, undécimo año de Nuestro Pontificado. PAPA BENEDICTO XIV.

jueves, 9 de mayo de 2024

ENCÍCLICA “Vix pervénit ad áures Nostras”, SOBRE EL PECADO DE LA USURA

Prestamistas judíos (miniatura de las Cántigas de Santa María. Biblioteca del Real Monasterio del Escorial).
   
El Papa Benedicto XIV resume la doctrina de la Iglesia Católica sobre la usura, declarando que esta consiste en exigir un lucro por encima de lo prestado en un préstamo, ya sea por la cantidad o las circunstancias del prestatario, constituyéndose así en pecado. Aprueba las opiniones de teólogos y canonistas que determinan que solo ciertos títulos o contratos distintos del préstamo pueden dar lugar a un beneficio justo, e insta a los obispos a enseñar esta doctrina y evitar las enseñanzas contrarias.
  
Si bien la encíclica estaba destinada originalmente a los obispos italianos, la encíclica cumple los tres requisitos de infalibilidad (el Papa se pronuncia en plena autoridad apostólica, sobre materia de costumbres y disciplina, y con carácter vinculante zanjando toda discusión), y la Suprema Congregación del Santo Oficio extendió su vigencia a toda la Iglesia Católica el 29 de julio de 1836. Además, el código pío-benedictino en su canon 2354 incluye la usura entre los delitos condenados con exclusión de los actos legítimos eclesiásticos y de los oficios que tuviere (y en el caso de los clérigos, las sanciones canónicas correspondientes).
  
ENCÍCLICA “Vix pervénit ad áures Nostras”, DE NUESTRO SANTÍSIMO SEÑOR BENEDICTO, POR LA DIVINA PROVIDENCIA PAPA XIV, SOBRE LA USURA
    

A los Venerables Hermanos Patriarcas, Arzobispos, Obispos y Clero Ordinario de Italia.
  
Venerables hermanos, saludos y bendición apostólica.
   
Apenas llegó a nuestro conocimiento la nueva controversia (a saber, si cierto contrato debía ser considerado válido), cuando comenzaron a difundirse en Italia varias opiniones que difícilmente parecían estar de acuerdo con la sana doctrina. Nos conducimos de inmediato a poner remedio en virtud de nuestro oficio apostólico, no sea que tal mal adquiriera nueva fuerza por el paso del tiempo y el silencio, o que llegara a extenderse más, sacudiendo ciudades de Italia hasta ahora no afectadas.
  
1. Por ese motivo, hemos recibido consejo, del que siempre hace uso la Sede Apostólica. Por cierto, hemos resuelto todo el asunto con varios hermanos cardenales de la Santa Iglesia Romana, reconocidos por su conocimiento y competencia en teología y derecho canónico. También llamamos a muchos del clero regular que se destacaban tanto en la facultad de teología como en la de derecho canónico. Elegimos a algunos monjes, a algunos de las órdenes mendicantes y, finalmente, a otros del clero regular. Designamos para presidirlos a uno con excelencia en derecho canónico y civil, y de mucha experiencia en los tribunales. Indicamos como fecha el 4 de julio recién pasado, para que todos ellos se reunieran en Nuestra presencia, a quienes explicamos la naturaleza de todo el asunto. Supimos que todos lo habían conocido y considerado ya antes.
  
2. Después de esto, les ordenamos que examinaran detenidamente todos los aspectos de la cuestión, buscando una solución, y que pusieran por escrito sus opiniones. Pero no les pedimos que se pronunciaran sobre el contrato que había dado lugar a la controversia, ya que no disponían de muchos documentos que se requerirían para eso. Más bien les pedimos que establecieran la doctrina cierta sobre la usura, a la que pareciera que se le ha inferido no poco detrimento por aquellas que recientemente han comenzado a difundirse en el vulgo. Todos cumplieron lo mandado. Así, declararon públicamente en dos reuniones sus conclusiones (sententias), la primera de las cuales tuvo lugar en Nuestra presencia el día 18 de julio, y la otra el 1 de agosto, hace pocos meses. Después entregaron al secretario de la reunión las conclusiones por escrito.
  
3. De hecho, demostraron ser de un mismo parecer en sus opiniones:
I. La naturaleza del pecado llamado usura tiene su lugar propio y su origen en un contrato de préstamo. Este contrato financiero entre partes que consienten exige, por su propia naturaleza, que uno devuelva a otro sólo lo que ha recibido. El pecado se basa en el hecho de que a veces el acreedor desea más de lo que ha dado. Por lo tanto, sostiene que se le debe alguna ganancia más allá de lo que prestó, pero cualquier ganancia que exceda la cantidad que dio es ilícita y usurera.
II. No se puede condonar el pecado de usura argumentando que la ganancia no es grande o excesiva, sino moderada o pequeña; tampoco se puede condonar argumentando que el prestatario es rico; ni siquiera argumentando que el dinero prestado no se deja ocioso, sino que se gasta útilmente, ya sea para aumentar la propia fortuna, para comprar nuevas propiedades o para realizar transacciones comerciales. La ley que rige los préstamos consiste necesariamente en la igualdad entre lo que se da y lo que se devuelve; una vez establecida la igualdad, quien exige más que eso viola los términos del préstamo. Por lo tanto, si uno recibe intereses, debe restituirlos según el vínculo conmutativo de la justicia; su función en los contratos humanos es asegurar la igualdad para cada uno. Esta ley debe ser observada de manera sagrada. Si no se observa con exactitud, hay que reparar.
III. Con estas observaciones, sin embargo, no negamos que a veces, junto con el contrato de préstamo, puedan correr otros títulos –que no son en absoluto intrínsecos al contrato–. De estos otros títulos surgen razones totalmente justas y legítimas para exigir algo más que la cantidad debida en el contrato. Tampoco se niega que muy a menudo es posible que alguien, por medio de contratos totalmente diferentes a los préstamos, gaste e invierta dinero legítimamente, ya sea para proveerse de una renta anual o para dedicarse a un comercio y negocio legítimos. De este tipo de contratos se puede obtener una ganancia honesta.
IV. Hay muchos contratos diferentes de este tipo. En estos contratos, si no se mantiene la igualdad, lo que se recibe por encima de lo justo es una verdadera injusticia. Aunque no caiga en la rúbrica precisa de la usura (ya que toda reciprocidad, tanto abierta como oculta, está ausente), la restitución es obligatoria. Así, si todo se hace correctamente y se pesa en la balanza de la justicia, estos mismos contratos legítimos bastan para proporcionar una norma y un principio para dedicarse al comercio y a los negocios fructíferos para el bien común. Las mentes cristianas no deben pensar que el comercio fructífero puede prosperar por medio de usuras u otras injusticias similares. Por el contrario, aprendemos de la Revelación divina que «la justicia levanta a las naciones; el pecado, en cambio, las hace miserables» (Prov. XIV, 34).
V. Pero debes considerar diligentemente esto, que algunos se persuadirán falsa y temerariamente –y tales personas se pueden encontrar en cualquier parte– de que junto con los contratos de préstamo hay otros títulos legítimos o, exceptuando los contratos de préstamo, podrían convencerse de que existen otros contratos justos, por los que es permisible recibir una cantidad moderada de intereses. Si alguien piensa así, se opondrá no sólo al juicio de la Iglesia Católica sobre la usura, sino también al sentido común humano y a la razón natural. Todo el mundo sabe que el hombre está obligado en muchos casos a ayudar a sus semejantes con un simple y sencillo préstamo. El mismo Cristo lo enseña: «No os neguéis a prestar al que os lo pida» (Matth. V, 42). En muchas circunstancias, no es posible otro contrato verdadero y justo que el del préstamo. Por lo tanto, quien desee seguir su conciencia debe primero indagar diligentemente si, junto con el préstamo, existe otra categoría por medio de la cual se pueda obtener legalmente la ganancia que busca.
  
4. Así expusieron sus opiniones los cardenales y teólogos y los hombres más versados en los cánones, cuyo consejo habíamos pedido en este gravísimo asunto. Además, nos dedicamos a estudiar en privado este asunto antes de que se convocaran las congregaciones, mientras estaban reunidas, y de nuevo después de que se hubieran celebrado; pues leímos con la mayor diligencia las opiniones de estos destacados hombres. Por ello, aprobamos y confirmamos todo lo que se contiene en las opiniones anteriores, ya que los profesores de Derecho Canónico y Teología, la evidencia bíblica, los decretos de los papas anteriores y la autoridad de los concilios de la Iglesia y de los Padres parecen ordenarlo. Además, conocemos ciertamente a los autores que sostienen las opiniones contrarias y también a los que apoyan y defienden a esos autores o, al menos, parecen tenerlos en cuenta. También sabemos que los teólogos de regiones vecinas a aquellas en las que se originó la controversia emprendieron la defensa de la verdad con sabiduría y seriedad.
   
5. Por lo tanto, dirigimos estas cartas encíclicas a todos los arzobispos, obispos y sacerdotes italianos, para que conozcan estas cuestiones. Siempre que se celebren sínodos o se prediquen sermones o se den instrucciones sobre la sagrada doctrina, deben cumplirse estrictamente los dictámenes anteriores. Tened mucho cuidado de que nadie en vuestras diócesis se atreva a escribir o predicar lo contrario; sin embargo, si alguno se negara a obedecer, deberá ser sometido a las penas que los sagrados cánones imponen a los que violan los mandatos apostólicos.
   
6. Sobre el contrato específico que ha causado estas nuevas controversias, no decidimos nada por el momento; tampoco decidiremos ahora sobre los otros contratos en los que los teólogos y canonistas no están de acuerdo. Reavivad vuestro celo por la piedad y vuestra conciencia para que ejecutéis lo que hemos dado.
  
7. En primer lugar, muestra a tu pueblo con palabras persuasivas que el pecado y el vicio de la usura están condenados con la mayor insistencia en las Sagradas Escrituras; que asume diversas formas y apariencias para que los fieles, devueltos a la libertad y a la gracia por la Sangre de Cristo, se vean de nuevo abocados a la ruina. Por lo tanto, si desean invertir su dinero, tengan un cuidado diligente para que no sean arrebatados por la codicia, fuente de todos los males; para ello, guíense por aquellos que sobresalen en la doctrina y en la gloria de la virtud.
  
8. En segundo lugar, algunos confían en sus propias fuerzas y conocimientos hasta tal punto que no dudan en dar respuesta a aquellas cuestiones que exigen un conocimiento considerable de la teología sagrada y de los cánones. Pero es esencial para estas personas, también, evitar los extremos, que son siempre malos. Por ejemplo, hay algunos que juzgan estos asuntos con tanta severidad que consideran ilegal y usurera cualquier ganancia derivada del dinero; en contraste con ellos, hay algunos tan indulgentes y tan remisos que consideran libre de usura cualquier ganancia. Que no se adhieran demasiado a sus opiniones privadas. Antes de dar su respuesta, que consulten a varios escritores eminentes; luego, que acepten aquellas opiniones que entiendan confirmadas por el conocimiento y la autoridad. Y si surge una disputa, cuando se discute algún contrato, no se lancen insultos contra los que sostienen la opinión contraria; ni se afirme que debe ser severamente censurada, sobre todo si no carece del apoyo de la razón y de los hombres de reputación. En efecto, los gritos y las acusaciones clamorosas rompen la cadena del amor cristiano y ofenden y escandalizan al pueblo.
   
9. En tercer lugar, aquellos que desean mantenerse libres y no ser tocados por la contaminación de la usura y dar su dinero a otro de tal manera que puedan recibir sólo una ganancia legítima, deben ser amonestados a hacer un contrato de antemano. En el contrato deben explicar las condiciones y la ganancia que esperan de su dinero. Esto no sólo ayudará en gran medida a evitar la preocupación y la ansiedad, sino que también confirmará el contrato en el ámbito de los negocios públicos. Este enfoque también cierra la puerta a las controversias –que han surgido más de una vez–, ya que aclara si el dinero, que se ha prestado sin interés aparente, puede contener en realidad usura encubierta.
  
10. En cuarto lugar os exhortamos a no escuchar a los que dicen que hoy en día la cuestión de la usura está presente sólo de nombre, ya que la ganancia se obtiene casi siempre del dinero dado a otro. ¡Qué falsa es esta opinión y qué alejada de la verdad! Podemos entenderlo fácilmente si consideramos que la naturaleza de un contrato difiere de la naturaleza de otro. Por la misma razón, las cosas que resultan de estos contratos diferirán de acuerdo con la distinta naturaleza de los mismos. En verdad, existe una diferencia evidente entre la ganancia que surge del dinero legalmente, y por lo tanto puede ser sostenida en los tribunales tanto del derecho civil como del canónico, y la ganancia que es obtenida ilícitamente, y por lo tanto debe ser devuelta de acuerdo con las sentencias de ambos tribunales. Por lo tanto, es claramente inválido sugerir, sobre la base de que normalmente se recibe alguna ganancia del dinero prestado, que la cuestión de la usura es irrelevante en nuestros tiempos.
   
11. Estas son las principales cosas que queríamos deciros. Esperamos que ordenéis a vuestros fieles que observen lo que prescriben estas cartas; y que emprendáis remedios eficaces si se suscitan disturbios entre vuestro pueblo a causa de esta nueva controversia sobre la usura o si se corrompe la sencillez y la pureza de la doctrina en Italia.
   
Finalmente, a vosotros y al rebaño confiado a vuestro cuidado, les impartimos la Bendición Apostólica.
    
Dado en Roma, en Santa María la Mayor, el 1 de noviembre de 1745, sexto año de Nuestro Pontificado. BENEDICTO PP. XIV.