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viernes, 19 de julio de 2019

EL INFAME CONCILIO DEL DIABLO

Por Jorge Doré.

Hartos de sacrificio y obediencia, los hijos de las sombras, congregados, dijeron:
“Hagamos a Dios a imagen y semejanza nuestra”.
Y desde las trincheras de sus insidiosas sectas emprendieron una oculta lucha contra los hijos de la luz –para evitar mártires–, conscientes de que la sangre de éstos siempre fortalecía a la Iglesia Católica, entidad que ellos odiaban conjuntamente con las víctimas que habían entregado sus vidas por ella.
  
Los planes de estos grupos bastardos de la cábala hebraica, comprometidos con el establecimiento de una fraternidad universal, requerían de una paciencia secular y de una persistencia más larga que la propia vida. Los caídos en sus filas debían ceder sus antorchas a la siguiente generación, aguardando el día del gran asalto final: la usurpación del Cuerpo Místico de Cristo mediante la transfiguración de Su Iglesia bajo la misma cúpula de San Pedro. Transfiguración en la cual las gloriosas presencias de Moisés y Elías serían reemplazadas por la comparecencia de repulsivos ángeles caídos.
   
Los adversarios del Señor penetraban todos los espacios del cristianismo como humo, y sus perversas doctrinas granjeaban adeptos entre desinformados católicos que, poco a poco, se suscribían a la herejía floreciente contribuyendo, de este modo, a propagarla.
   
Tras las almenas del catolicismo –ahora fortaleza asediada–, una venenosa levadura crecía, amasada por las obstinadas manos de quienes infestaban seminarios y escalaban posiciones claves en el clero sin que su olor de lobos fuera detectado por el corto olfato de las indolentes ovejas, destinadas al futuro matadero espiritual.
   
Por más que las altas voces de algunos papas inquietos por su grey habían alertado a pastores y al rebaño del peligro, muchos creyentes sucumbían a la seducción del enemigo y abrazaban su inicua causa, consintiendo sus desmanes con una tibieza digna del vómito de Dios.
    
Finalmente, tras años de una implacable subversión propagada por elementos consolidados en la jerarquía de la Iglesia, advino la figura indicada para convocar el hecho histórico que propiciaría el asalto final contra la misma. Fue así que el antipapa Juan XXIII convocaba el Concilio Vaticano II, hito que coronaba el triunfo de la paciente obra de los zapadores del diablo.
   
Concluido el concilio, el fuerte había sido tomado sin que la sangre salpicara sus paredes. La destrucción, las heridas y la muerte, iban por dentro. La amenaza de algunos profetas del mal, como el apóstata Canon Roca, cristalizaba ante la ceguera general. La conspiración daba ahora paso a la revolución.
    
A instancias de Juan XXIII, la Iglesia había abierto sus ventanas al mundo, provocando que los martillos y los cinceles de los jurados enemigos de Cristo se cebaran sobre la Revelación divina, redefiniéndola de acuerdo a sus sacrílegos conceptos y declarando obsoleta la Iglesia fundada por El. Por lo cual, repintaban sobre antiguos retablos y reescribían sobre sagrados textos. Y a todo lo que dejaban en pie, le concedían un significado distinto al original –pero parecido–, de modo que las viejas estructuras permanecían, pero imbuidas de corrupción y perversidad, sin levantar sospechas entre los damnificados.
   
La ignorante grey, incapaz de descifrar la ambigüedad modernista, se suscribía a las promesas revolucionarias de igualdad, libertad y fraternidad, ahora aplicadas a su fe. El menosprecio a la crucial advertencia de Nuestro Señor: “Velad”, había permitido que la revolución religiosa franqueara las puertas de los centenarios templos y esparcido abundantes semillas de traición a Jesús en los fluctuantes ánimos de los fieles.
   
En un esjatológico éxodo histórico, los custodios de la tradición abandonaban los templos desacralizados y profanados por la pujante anarquía modernista y tal como un día prometieran ante sagrados altares, preservaban el sacro depósito de la fe. Quizá en los celosos corazones de este puñado de fieles se hallara la respuesta de Cristo a su pregunta: “cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:8)
   
Aquella farsa religiosa ahora establecida en Roma que se justificaba como un natural y necesario desarrollo orgánico, era tan distinta de su predecesora, que el remanente fiel a Cristo se veía obligado a abandonar los antiguos predios donde por siglos había adorado y venerado, para refugiarse en humildes catacumbas. Era el único modo de poder continuar sirviendo al Rey de Reyes.
    
En nombre de la adecuación a los tiempos presentes, la profusión de incesantes novedades por parte de la secta usurpadora agobiaba a su grey con una falta de reposo típica de la infestación diabólica, situación que había dado lugar a una cínica disculpa por parte de las altas jerarquías para apaciguar a sus atormentados seguidores que sufrían continuos bandazos con cada nuevo giro del timón del arca de la muerte.
   
La constante del cambio era el rotor de la filosofía de la revolución anticristiana y la perpetua evolución, la herramienta que arrancaba capa tras capa de metales nobles que recubrían el antiguo orden establecido. Estos se sustituían por láminas de inservibles materiales que daban apariencia de humildad a todo, pero recubriéndolo de muerte. Mas los hombres celebraban la falsa humildad sin considerar la muerte que su obra acumulaba.
   
Los nuevos amos del patrimonio arquitectónico conquistado a los católicos, también habían heredado sus fieles que, en lo sucesivo, servirían a caprichos abisales bajo la sombra de una cruz partida, cuyo simbolismo eran incapaces de relacionar con su amargo destino. Ahora, siervos del engaño –pero obedientes al mismo–, los fieles defendían la usurpación del Cuerpo Místico y a sus autores con dientes y uñas, ignorando que mordían y arañaban a Jesús.
    
La diabólica entidad a quien la propia Madre de Dios calificaba de eclipse, acogía –en nombre del catolicismo al que ya no representaba– a herejes e infieles con fraternal devoción y abogaba por la comunión de un haz de creencias disímiles en virtud de la tolerancia universal, obviando distinciones entre Cristo y Belial, mentira y verdad, la voluntad de Dios y la del hombre.
   
Los nuevos verdugos de Jesús solicitaban la cooperación global para el establecimiento de un utópico paraíso en la tierra donde pudiera cuajar la paz sin Cristo, ya que el mundo contaba con sus propias organizaciones para ese fin –ninguna de las cuales pudo jamás hacer realidad ese sueño–. No obstante, la mundana fe de tres antipapas de la falsa iglesia, confiaba a la ONU tal absurda misión. Y así lo declararon.

Negada a reconocer la naturaleza caída del hombre y su miseria ante Dios, la iglesia eclipsada magnificaba la dignidad humana hasta niveles casi divinos y le atribuía al pecador una grandeza discorde a su congénita pequeñez. La primigenia tentación del paraíso: “Seréis como dioses”, palpitaba en las sienes de seres henchidos de vana autosuficiencia que pretendían desmantelar el cielo para gobernar desde suntuosos podios. Sin embargo, eran incapaces de eludir su destino final: ser banquete de gusanos en la sombra.
   
Hostil a la Tradición, la nueva secta buscaba descartar ésta como a un vehículo obsoleto e inadecuado para realizar un viaje más. Porque la Tradición no podía llevar a los rebeldes al destino ambicionado por ellos. En los mapas de Cristo, no existen paraísos en la tierra.

Con el rechazo y el desacato a la Revelación divina, el relativismo se extendía como hiedra. De un catolicismo de sólidas prohibiciones, limitados confines y precisas definiciones, se pasaba a un sucedáneo capaz de acomodar cualquier error en los vagones de la gran fraternidad universal, donde todos los credos viajaban juntos hacia el país de un sincretismo religioso destinado, a su vez, a confluir en una tiranía global al mando del Anticristo.
   
Sin embargo, la jerarquía apóstata guardaba un utilitario respeto al pasado para no despertar a los creyentes letárgicos que se rinden frente a un símbolo sin cuestionarlo, que siguen a una autoridad malévola sin discernir, que obedecen por pereza de pensar. Creyentes incapaces de reaccionar a la gravísima estafa espiritual que se cometía contra ellos: el robo de la vida eterna. Pero se negaban a creerlo. Por eso eran miembros de aquel contrahecho cuerpo místico cuyas múltiples cabezas y cuernos permanecían invisibles a sus ojos, pues cualquier cosa puede justificarse o negarse lejos de la luz divina.
   
Los que ignoraban, involuntaria o voluntariamente, que el concilio había sido una conspiración para destruir la Iglesia católica y la civilización cristiana y la identidad de su promotor –Lucifer–, se dedicaban a debatir puntos teológicos para justificar el mal perpetrado. No importa cuánta ofensa vieran contra Cristo, cuánto repudio contra la Tradición, cuánto abandono de los templos, cuánta desacralización general, cuánto relajamiento de los católicos en el mundo, ni cuántas atrocidades dijeran sus falsos vicarios de Cristo en la tierra, persistían, sacrílegamente, justificando el mal creciente como obra del Espíritu Santo. Pero para quienes aún mantenían sus lámparas encendidas, el Concilio Vaticano II, era, definitivamente, un gigantesco cepo satánico.
   
Todas las señales ominosas eran justificadas por los heredados del diablo. Ni las contradicciones dogmáticas, ni los menosprecios a Dios y a su Madre, ni el desmantelamiento de los altares, ni las abominaciones litúrgicas, ni los cambios en la disciplina, en los sacramentos, en el catecismo, en el derecho canónico –en resumen–, ni la realidad de que servían a una nueva religión, los dejaba escapar de la más grande seducción sufrida por el mundo cristiano, súbitamente hollado por las pisadas de la apostasía.
   
Los templos seguían allí, pero el espíritu que lo llenaba era inmundo.
   
Los hasta entonces perpetuos enemigos y rivales de la Iglesia Católica, ahora tenían voz y voto en ella y continuamente elogiaban la infidelidad de ésta. Todos ellos eran, bajo su techo, invitados de honor. Y mientras más se desvirtuaba la imagen de Cristo en este satánico cuerpo místico, más encomios y aplausos del mundo recibían los jerarcas del falso catolicismo.
   
Tal como la posesión diabólica opera dentro de un cuerpo, así operaba la corrupta secta cuya fachada –intencionalmente– se mantenía incólume pero cuyo interior era un habitáculo de demonios y de sus carnales heraldos. La iglesia revolucionaria era una entidad posesa y sus seguidores, legión. Si algún católico tradicional buscaba ser aceptado por aquella farsa, debía rendirse a la usurpación de la espuria iglesia y reconocer su infame liturgia a cambio de un mortal espaldarazo que garantizaba la admisión al pozo sin fondo.
   
Con el rechazo a la Revelación divina, la capacidad de ver con claridad había desaparecido. No quedaba columna sólida. No había punto de referencia. No existía absoluto al que recurrir. En este  universo relativo, las olas y el espumaraje del mundo bañaban la falsa iglesia y de ahí retornaban a éste en un intercambio de tóxicos fluidos que esfumaba las líneas divisorias entre ambos, hasta entrelazarlos en un abrazo donde toda diferencia se desvanecía.
   
De este híbrido, La religión del hombre surgía llena de conciencia social y de preocupaciones temporales, como una fe absolutamente lineal. La trascendencia se extinguía y la vulgaridad se investía de consejera y maestra. Y el paganismo, como un virus latente y al fin liberado, florecía en el corazón de quienes creían descubrir en arcanos misterios su verdadero destino.
   
Una furia desatada por lo profano y lo carnal, incitaba al hombre a exhumar fantasmas del pasado. La construcción de una nueva torre de Babel erigida con la argamasa del ecumenismo religioso y la cooperación de manos infieles y apóstatas, progresaba entre mandiles y paletas provistos por las sectas hostiles a Dios, mientras Sodoma y Gomorra sacudían sus cenizas y se incorporaban activamente a un mundo cuyas reglas de juego las dictaba el Manifiesto Humanista y otros documentos ofensivos al Creador, abundantemente sazonados con la mordaza del lenguaje políticamente correcto. Los espiritus de la vulgaridad, de la impureza y de la irreverencia lo tiznaban todo.
   
Poco a poco, la secta de Roma fue mutando su rostro original hasta convertirse en una absoluta monstruosidad, mas sus letárgicos fieles vivían prendados de la hermosura de una bestia que no era sino el despiadado rival de Dios sobre la tierra, una impostura del Cuerpo Místico de Cristo que se decía Una, Santa, Católica y Apostólica, a pesar de no ostentar ninguna de estas marcas. Hecho que los letárgicos ni reconocían ni aceptaban.
   
El jerarca mayor de la infame iglesia, burda réplica de un genuino papa, trabajaba con ahínco para desacralizar todo lo que aún conservara un vestigio de su antigua dignidad y deferencia al Señor. Hasta su propia imagen trataba de conformarse a la más absoluta vulgaridad. Su primordial labor consistía en convencer a sus fieles de la insignificancia de su alto cargo, por lo cual, metódicamente, desdibujaba en sí mismo todo rasgo sobresaliente que pudiera delatar una dignidad extraordinaria. Su falsa humildad era un frente tras el cual se desbastaba el concepto de autoridad suprema. Mucho se había adelantado. El fin del papado quedaba a la vuelta de la esquina.
   
De acuerdo a la nueva fe, era el mundo quien debía definir su propia iglesia. Una iglesia antopocéntrica, democrática, confeccionada por el hombre y para el hombre, en la que Cristo debía perdurar sólo hasta el advenimiento de aquel que habría de autocoronarse Dios sobre la tierra. Cualquier seudo-papa de turno que la regentara, era sólo su humilde precursor.
   
Tras la ruina de los diques religiosos y morales tan devotamente erigidos por los santos, las aguas negras anegaron todo el orbe transformándolo en una marisma de vicio, pecado y apostasía. Pero sólo parecían importar la sostenibilidad humana sobre el planeta, el balance ecológico y el calentamiento global; situación comparable a la de un moribundo que, en su lecho de muerte se inquietara por el nudo de su corbata, las arrugas de su ropa y el brillo de sus zapatos.
   
A medida que el estorbo que impedía la entrada triunfal del inicuo pastor –el hombre de pecado– se resquebrajaba, el mal creciente denotaba cada vez más su origen demoníaco. Este había conquistado el corazón de grandes multitudes que lo celebraban y lo aceptaban como un nuevo y excitante estilo de vida que permitía liberarse de lo que se consideraba como el corsé del dogma y el sentimentalismo de la tradición. El concepto de antiguo valle de lágrimas se desvanecía como un frágil espejismo en el ocaso y la gloria mundana brillaba en su lugar con el falso resplandor del oropel.
   
Con la usurpación de la Iglesia Católica, el mundo –ahora amigo del alma– penetraba como sangre venosa en el corazón de los fieles. Poco quedaba ya que defendiera los antiguos valores cristianos. La vana iglesia convergía cada vez más con el mundo, confirmando la veracidad de aquella impresionante profecía de San Antonio Abad:
“Los hombres se rendirán al espíritu de los tiempos. Dirán que si hubieran vivido en nuestros días, la fe hubiera sido sencilla y fácil. Mas en su día dirán que las cosas son complejas; que la Iglesia debe actualizarse y hacerse relevante a los problemas de la época. Cuando la Iglesia y el mundo estén en unión, aquellos días habrán llegado”.
   
Ante la falta de condenación de todos los enemigos del alma y de Cristo por parte de la secta de Roma que había preferido usar la medicina de la misericordia en vez de la severidad –como había declarado hipócritamente el mascarón de proa y también primer timonel del infame arca–, apocalípticas nubes de langostas se multiplicaban sobre la faz de la Tierra en proporción geométrica, devorando con su insaciable apetito todo lo verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo de buen nombre, toda virtud, toda alabanza, dejando al descubierto sólo muerte y pecado.
   
La traidora mano de los enemigos de Cristo había drenado los frenos del mundo y la humanidad, ensimismada y prisionera de la tecnología dominante, avanzaba como una imparable locomotora llena de ilusionados pasajeros ajenos a la pestilencia que infectaba sus vagones y a la tragedia de la inminente colisión. Viajaban hacia el fin del tiempo, sin percatarse de ello.
   
Sólo contados grupos de hombres despiertos, negados a abordar el fatídico tren, permanecían en humildes refugios caseros repitiendo devociones centenarias que habían nutrido el espíritu de tantos santos y sólo ellos tenían conciencia del futuro desenlace. Estos custodios de la fe de Cristo, atentos a las hojas de la higuera, velaban conscientes de la proximidad de un fin tan largamente aguardado por la esperanza de los poquísimos cristianos que quedaban sobre la Tierra: el glorioso retorno de Nuestro Señor Jesucristo. La Parusía.

miércoles, 29 de agosto de 2018

POEMA: «ESTE ES EL TIEMPO», DE JORGE DORÉ

Tomado de RADIO CRISTIANDAD
 
  
Señor, este es el tiempo de pujar la cizaña,
de que todos te nieguen, de que triunfe el impío;
por eso, ante la ira del vulgo que se ensaña
contra tu omnipotencia, tu dolor se hace mío.
  
Yo sé que más que nunca te llueven los insultos,
que más que en otros tiempos te hiere la blasfemia
y que –promocionados por malévolos cultos–
el vicio y la injusticia se han vuelto una epidemia.
  
Hasta los que se dicen tu Iglesia son aliados
del mundo, al que despojan de tu divina fe
al tratar displicentes tus benditos legados
cual si fueran cenizas de un tiempo que se fue.
  
Esta, mi Dios amado, es una amarga hora
que nos asoma al fondo del mal. La apostasía
florece ante el misterio de tu santa demora
y no sabemos cuando volverás todavía.
  
Repugna la crecida de bajezas humanas
y nuestros enemigos –milicias y legiones–
persisten enfrascados en sus empresas vanas
buscando amedrentarte con ruinosos torreones.
  
Por eso, Cristo –en medio de este dolor profundo
cuyo único consuelo proviene de tu mano–
mientras se desmoronan los cimientos del mundo,
te ruego que bendigas mi lucha de cristiano.

viernes, 16 de febrero de 2018

JORGE DORÉ - VÍA CRUCIS EN VERSOS

Tomado de RADIO CRISTIANDAD
 
   
Preámbulo
Oh, Jesús, que por amor
a la humanidad caída
te hiciste carne y herida,
sufrimiento y estertor;
te suplico con fervor
que me lleves de tu mano
como a un devoto cristiano
por tu pasión dolorosa,
para así honrar tu gloriosa
redención del ser humano.
 
Primera estación: Jesús es sentenciado a muerte
Cristo, varón de dolores:
al espino remachado
y al flagelo encarnizado
se le oponen tus amores.
Tal cual se mustian las flores,
así tu carne majada
por la terrible andanada
de una descarga brutal,
termina como un cristal
roto por una pedrada.

Segunda estación: Jesús carga la cruz a cuestas
Sobre tus hombros, la carga
de los pecados del mundo
más otro pesar profundo:
la vejatoria descarga
de improperios de una larga
procesión de burladores
que aplaude tus estertores
sin comprender que el misterio
trascenderá el vituperio
de verdugos y traidores.
   
Tercera estación: Jesús cae con la cruz por primera vez
Triturado, vuelto un mosto
de sangre que da la vida,
te entregas en cada herida
pagando el terrible costo
de abrirle el camino angosto
al humano sin consuelo.
Por fin rasgarás el velo
que lo separa de ti.
–¡Señor, ten piedad de mí,
que quiero ganarme el cielo!–.
  
Cuarta estación: Jesús encuentra a su afligida Madre
De entre tus muchos dolores
hay uno que duele más
que el insulto de Caifás
o los desconsoladores
odios de tus detractores:
el de hallar ante tus ojos
los de tu madre, tan rojos
como rubíes carnales
que al verte entre tantos males
cayeron como cerrojos.
 
Quinta estación: Simón ayuda a Jesús con la cruz
¡Qué privilegio, Simón,
tuviste al ser obligado
a auxiliar al extenuado
Mesías en su pasión!
–¡Si mi indigno corazón
Dios, te pudiera aliviar
ayudándote a cargar
una astilla de Tu cruz…!
¡Sería cual cargar la luz
que nos quiere iluminar!–.

Sexta estación: La Verónica limpia el rostro de Jesús
¡Bendita sea la mujer
que tuvo el coraje santo
de consolarte entre tanto
abuso de ira y poder!
La que al verte padecer,
con una tela intentara
borrar de tu frente clara
y de tu rostro, el dolor.
Y como premio a su amor,
le imprimiste en él tu cara.
 
Séptima estación: Jesús cae con la cruz por segunda vez
Tanta es tu sangre vertida,
que caes desplomado al suelo
y un cenit de oscuro duelo
se encrespa tras tu caída.
Por virtud de cada herida
que tu carne manifiesta,
¡piedad para quien detesta
el mal! y aunque algo tardío,
¡yo te encomiendo, Dios mío
cuanto de vida me resta!

Octava estación: La mujeres de Jerusalén lloran por Jesús
Entre profundos gemidos
de impotencia y de piedad
marchan, llenas de ansiedad,
mujeres de ojos hundidos
al ver los brazos caídos
de Aquel en cuya virtud
buscaba la multitud
remedio para sus males
y hoy, por odios mundanales,
sólo encuentra ingratuitud.
  
Novena estación: Jesús cae con la cruz por tercera vez
Señor, has vuelto a caer
bajo tu cruz que parece
que se agiganta y que crece
más que tu propio poder.
Desfalleces, mas al ver
tu cuerpo tan maltratado,
no te perdona el soldado
que te ordena incorporarte
para volver a empujarte
al Gólgota repudiado.

Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras
Sin respeto y sin piedad
dos manos crueles –y duras–,
te arrancan las vestiduras
y dejan tu humanidad
al desnudo. Tu humildad
no se resiste al intento
del mal que, torvo y violento,
te descuera ante la muerte
para mejor ofenderte
y exacerbar tu tormento.

Decimoprimera estación: Jesús es clavado en la cruz
¡Ay Jesús crucificado,
cuánto dolor, cuánta afrenta
te causa el alma irredenta
que perfora tu costado!
¡Cuán alto precio has pagado
por cada pobre mortal!
Has abierto un celestial
paraíso a los caídos
y tus brazos extendidos
hoy nos refugian del mal.
 
Decimosegunda estación: Jesús muere en la cruz
¿Cómo es posible, Señor,
ver tu cuerpo agonizante
sobre la cruz, sin que espante,
tanto indecible dolor?
Es por tu ofrenda de amor
que sufres, que langideces,
desfigurado y pereces
sobre un infame madero.
–¡Tú sabes cuánto te quiero
aunque he pecado mil veces!–.
  
Decimotercera estación: Jesús es bajado de la cruz
Con un sublime cuidado
descuelgan tu cuerpo inerte
de la cruz. Tu madre, al verte
en tan lastimoso estado
siente un golpe: ¡ha traspasado
su alma una fría espada!
Y luego, sin decir nada,
besa Tu enconada frente
y se queda, tristemente,
como una flor deshojada.
 
Decimocuarta estación: Jesús es colocado en el sepulcro
Pusieron sobre una losa
la Verdad envuelta en lino,
también la Vida, el Camino
y la Luz. Mas tu gloriosa.
resurrección de la fosa
–tu triunfo sobre la muerte–,
hará que por fin despierte
la humanidad, redimida.
–Señor, dueño de la vida,
¡cómo no habré de quererte!–.
 
Epílogo
Con una cruz de madera
el Padre marcó el exacto
lugar del sublime acto
más alto que el mundo viera:
la hora en que el cielo abriera
sus brazos a los humanos.
Y con clavos en las manos
Cristo selló un compromiso
de amor, ¡pues tanto nos quiso
que nos quiso ver cristianos!

Jesús, tu amargo sendero
de espinas y de dolor
fue un testamento de amor
al barro, del alfarero.
Creo en ti, Señor, y espero
que al meditar tu pasión,
se inflame mi corazón
con devoción firme y santa.
¡Haz que mi fe sea tanta
que merezca tu perdón!

viernes, 9 de junio de 2017

POEMA “CLAMOR”, DE JORGE DORÉ

Tomado de RADIO CRISTIANDAD
  
  
Hay un clamor muy íntimo y profundo
que brota desde el santo de los santos
del alma y se traduce en un suspiro
que asciende como humo de incensario:
 
es la voz del humano redimido
que, sumiso a la gracia del amado,
florece en gratitudes y alabanzas
desde su humilde condición de barro.
 
Clamor de quien en Cristo halla su vida
y por gracia de Dios, resucitado,
tiene un solo pastor para el camino
y una fe que trasciende lo mundano.
 
Clamor que sobrepasa las estrellas
llevando en ristre el fuego y va dejando
semilleros de luz sobre la tierra
y fragantes virtudes a su paso.
 
Es respuesta al llamado de los cielos
del que humilla su carne y se hace esclavo
de Aquel que con piadosa omnipotencia
puede borrar con sangre sus pecados.
 
Como eslabón de milenarios ecos
es el clamor del ser iluminado
que alcanza las alturas de rodillas
y asciende en vertical y en solitario.
 
Clamor agradecido y fervoroso
que brota desde el santo de los santos
del alma que se asoma al infinito
cuando Dios la recibe entre sus manos.

sábado, 7 de diciembre de 2013

POESÍAS DE JORGE DORÉ: DIOS TE BENDIGA

Desde RADIO CRISTIANDAD
 
 
DIOS TE BENDIGA
 
Dios te bendiga en el pesar humano,
Dios te bendiga en el dolor latente,
en la caída, en la virtud naciente
y el rutinario tedio cotidiano.

Dios te bendiga en la melancolía,
Dios te bendiga en el desasosiego,
en la zozobra, el abandono, el ruego,
en la fe, la esperanza y la alegría.

Dios te bendiga en tu peregrinaje
cuando es más arduo el trecho del camino,
en la batalla contra el terco espino
y en la feliz realización del viaje.

Que bajo la crecida de Su gracia
logres santificar tu humilde vida;
que El cuide de tu entrada y tu salida
y sea tu refugio en la desgracia.

Dios te bendiga y que, a pesar del llanto,
puedas servirle como sal y luz.
Que lo ames y de haberlo amarlo tanto,
te vuelvas otra astilla de su cruz.

sábado, 26 de octubre de 2013

LA IGLESIA CATÓLICA, ¿UN MONSTRUO BICÉFALO?

Reflexión hecha por Jorge Doré para RADIO CRISTIANDAD

Estadísticas proféticas
La promesa de Nuestro Señor, garantiza la supervivencia y el triunfo de su iglesia. Sabemos que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Ahora bien, aunque no contamos con una cifra oficial que nos indique el número de católicos (tradicionalistas), éstos constituyen una pequeñísima fracción del total de seudocatólicos pertenecientes a la Iglesia conciliar.

Es alarmante pensar que si esta cifra se aproximara al 1%, significaría que: ¡el 99% del catolicismo habría desaparecido de la faz de la tierra!, reemplazado por un sucedáneo que no puede ser identificado con la iglesia fundada y establecida por Cristo, sino una contraiglesia. Esto denota la gravedad del momento en que vivimos. El catolicismo ha quedado reducido a una minúscula fracción, a un remanente fiel a Cristo y a su Iglesia. Sin duda, son tiempos proféticos los que vivimos.

La Iglesia conciliar vive en perpetuo movimiento. Su espíritu modernista la hace fluctuar incesantemente en busca de una identidad siempre cambiante cuyos colores se adaptan a los caprichos del mundo. Ya la Iglesia no enseña; aprende de otros. Ya no condena; pide perdón por sus condenas. Ya no convierte porque la conversión está en desuso. Cambios todos que desafían y rechazan la autoridad de Cristo, quien claramente expuso sus demandas en el evangelio; demandas hoy desobedecidas y criticadas. Para muestra, recuérdese la opinión del actual seudopapa: “El proselitismo es una solemne tontería”.

Por tanto, esta contraiglesia ha renunciado a su labor de faro para convertirse en cómplice de una humanidad enferma y necesitada a la que no podrá rescatar de su miseria espiritual porque ha renunciado al poder para hacerlo; Iglesia renuente al proselitismo, que sólo podrá sobrevivir sumándose a un sincretismo que la rescate.

¿Dos Iglesias católicas?
Es imposible que existan dos Iglesias católicas. El propio Jesús afirmó:
“…y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…” (Mt., 16:18).

Por lo tanto, o los católicos tradicionalistas se equivocan al adjudicarse la fidelidad a la verdadera y única Iglesia establecida por Nuestro Señor, o los fieles a la Iglesia conciliar del VII no pertenecen a la Iglesia de Cristo. Ambos no pueden tener razón.

Es obvio que antes del VII no exisitía este problema que surge, –precisamente–, a causa del concilio que aduciendo mejoras, clarificación y actualizaciones necesarias, menoscabó la tradición como si ésta hubiera sido grillete en vez de depósito de fe o rémora en vez de ancla. Técnica usada por la izquierda política que, –so pretexto de ajustes sociales–, inyecta el veneno del cambio a las masas que, a la postre, quedan peor paradas tras la implementación de aquellas novedades que prometían mejoras.

El grado de manipulación política, social o religiosa al que estamos continuamente expuestos, reclama de nosotros dos deberes: el primero, intentar informarnos y estar alertas y el segundo, oponernos al adoctrinamiento y a la desinformación en la medida de nuestras posibilidades. De ello depende la salvación de nuestras almas. No en balde señaló Cristo la necesidad de velar en todo momento:
“Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: Velad. (Marcos, 13:35-37)

Problemas de la Iglesia conciliar
Un grave problema de la Iglesia conciliar lo constituye la exaltación del hombre frente a la paulatina degradación de Dios, reducido éste a una entidad cuestionable, subestimada su autoridad, minimizada su divinidad y expoliado de sus dogmas. En la contraiglesia, Cristo queda sin voz ni voto y son los “intérpretes” de una nueva fe quienes ponen en boca de Jesús doctrinas nunca surgidas de sus divinos labios; palabras afrentosas inventadas por el hombre, dichas con la cruz de fondo para simular ortodoxia. Veneno que constituye el nuevo evangelio del hombre y que en realidad procede del alambique del diablo.

Es por eso que la Iglesia conciliar es un gigantesco becerro de oro. Sus jerarcas y pastores le rinden a Dios un culto ajeno a Su voluntad y además, tienen la osadía de echarle en cara que sus miserables ofrendas al Altísimo son fruto del trabajo de las manos del hombre; –de un trabajo mal hecho y de unas manos hostiles a la divinidad–.

Cada día surgen más lamentables pruebas y testimonios gráficos del espíritu profano que permea la contraiglesia, apoderado de los templos donde continuamente se inventan nuevas formas de expresión rebosantes de irrespeto a la divinidad. El temor de Dios se ha reemplazado por la descarada y blasfema confianza y familiaridad con El. Quizá pronto las cruces sólo sirvan para colgar sombreros.

¿Por qué ninguna autoridad pertinente condena las manifestaciones ofensivas contra el Señor? ¿Por qué no las prohíben? ¿Por qué condonan el libertinaje litúrgico alentado por insaciables corruptores de la fe? ¿Por qué fomentan el escarnio a Dios? ¿Cómo justifican la existencia de una liturgia profana? ¿Quién ha llevado el redil a la pérdida del sentido de lo sacro, a la bufonada frente al Buen Pastor? La respuesta es obvia: el Concilio Vaticano II.

La oposición entre las dos iglesias
La oposición entre los católicos y los seudocatólicos de Roma, confirma la advertencia de Cristo:
“El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama”. (Mateo, 12:30)

No puede no haber Iglesia católica. Por lo tanto, uno de los dos está recogiendo y el otro está desparramando. O los tradicionalistas son la actual Iglesia católica, o la Iglesia conciliar lo es. Sobre ese punto, no hay posible discusión.

No puede haber dos Iglesias católicas simultáneamente o no puede no haber dos Iglesias católicas, es decir, ninguna, y Cristo haberse equivocado.

La discontinuidad entre las dos Iglesias, o sea, la ruptura entre ambas, es una realidad que Roma debe negar para poder sobrevivir. De lo contrario, se derrumbaría su torcida cúpula. Pero, ¿cuál Iglesia precedió a la otra y fue siempre verdad? ¿En cuál de ellas es aún Cristo rey y en cuál de ellas tiene Cristo que dejar de serlo y por qué?

Hay un paralelo entre la actual situación política y social en los Estados Unidos de América y la Iglesia de Roma. Ambas entidades están llamadas a perder su primacía, su liderazgo. Las hegemonías globales deben cesar. El nuevo orden mundial está pasando el rasero para poder afianzarse política y religiosamente. Cristo no puede ser rey en la nueva Iglesia mundial que se proyecta. El Señor debe ceder su primacía y convertirse en un bajorrelieve más del gran obelisco judeo-masónico erigido en honor al anticristo. Debe compartir el panteón con los otros dioses.

¿Puede tildarse a los tradicionalistas de cismáticos? ¿Quién se ha separado e inventado un nuevo culto adverso a Cristo, un culto que debe rechazarse y denunciarse como afín a las obras de las tinieblas?

¿Cómo puede asociarse el cuerpo místico de Cristo al cáncer de la apostasía? ¿Debemos cerrar los ojos y dejarnos guiar mansamente al pozo sin fin por los depredadores espirituales de la contraiglesia de Roma? Cristo nos advirtió que tendríamos que enfrentar situaciones como estas, que lidiar con sepucros blanqueados cuando dijo:
“Y guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Cógense uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol lleva buenos frutos; mas el árbol malo lleva malos frutos. No puede el buen árbol llevar malos frutos, ni el árbol malo llevar frutos buenos. Todo árbol que no lleva buen fruto, córtase y échase en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis”. (Mt., 7:15-20)

Pero lo más triste es que muchos que se creen católicos, han perdido la capacidad de distinguir una fruta podrida de una sana cuando las tienen al frente. ¡Cisma es el de la contraiglesia romana!

Para un católico tradicional, la adhesión al Vaticano II equivale a declarar la muerte de su alma. La aceptación de toda la falsedad inherente al concilio, es declaración de perdición eterna. Nuestra Señora de la Salette predijo claramente que la pérdida de la fe sería atribuible a Roma. No al remanente fiel.

También San Pablo nos advirtió:
“Pero el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe, prestando atención a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios.” (1 Tim., 4:1)

¿Mas, escucha doctrinas de demonios un católico tradicional cuando vive la misma tradición que ayudó a santificar a los santos? ¿Dónde están las doctrinas de demonios en el depósito de la fe?

Más bien, los espíritus engañadores se encuentran fuera del depósito de la fe y suscitan creencias distintas a las contenidas en éste. Por lo tanto, esa advertencia no va dirigida a quienes guardan la tradición.

¿Y qué mayor doctrina de demonio que la autoglorificación del hombre; que el hombre enalteciéndose a sí mismo dentro de templos hechos a la medida de su soberbia y para su propio disfrute, donde el mundo y el falso cielo se abrazan en profanas liturgias indignas de la majestad de Dios?

Que los seudocatólicos de la secta romana vean a los tradicionalistas como reaccionarios a la fe y a la Iglesia no proviene de una luz divina. Un adoctrinamiento revolucionario de más de medio siglo, aunado a una equívoca obediencia, produce frutos. En cualquier régimen opresor, siempre hay multitudes que aplauden al tirano y que, no importa cuánto se les quiera abrir los ojos, permanecerán ciegas a la realidad y continuarán apoyando y justificando al régimen perverso. Algo similar sucede en ciertos casos de mujeres abusadas que, insólitamente, justifican el daño perpetrado contra ellas por sus agresivos esposos.

La separación entre las dos iglesias es obvia. Como es obvio que no existe posible reconciliación entre ambas sin la aniquilación de aquella que decida asimilarse a la otra. No hay continuidad alguna entre ellas, puesto que obedecen a distintos amos y tienen distintos fines. Si una salva almas, por lógica la otra tiene que perderlas. Una de ellas continúa adorando a Dios como siempre se hizo y en la otra, el hombre se adora a sí mismo. Es innegable su oposición e imposible su convergencia porque son enemigas espirituales.

Los católicos tradicionalistas mantienen una probada reverencia a Dios, preservada por veinte siglos. Los seudocatólicos de la Iglesia conciliar chapotean en las aguas de un perpetuo “aggiornamento” que cada vez los distancia más del catolicismo y los seduce y arrastra hacia la nueva religión mundial. Los habitúa a la apostasía a cuentagotas.

De las dos iglesias, una tiene que ser la Esposa de Cristo y la otra, la gran ramera. ¿Deberá llamarse ramera a la que ha conservado su pudor por veinte siglos? ¿No es una característica típica de las rameras el frecuente cambio de atuendos para poder seducir? ¿Y no es un requerimiento de la viginidad mantenerse intacta? La Iglesia tradicional sigue conservando su velo y su santidad mientras la contraiglesia seduce con su mundanalidad, sus promesas de un paraíso en la Tierra y su continuo coqueteo, sus orgías con infieles y paganos.

No nos dejemos engañar por inicuas autoridades. Hoy en día, los términos “paneles de expertos” y “estudios especializados” se usan para vender a las masas lo que nunca deberían aceptar. Es una técnica de control de multitudes. El término “hermenéutica de la continuidad” está destinado a impresionar a los impresionables. La Iglesia católica y la contraiglesia de Roma no son afines y a ésta última, bien le calzan las palabras de San Juan:
“Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros. (1 Juan, 2:19)

Por eso, es mucho más improbable que un católico tradicionalista adhiera al culto conciliarista, a que un atrapado en el culto conciliarista decida renunciar a su error y regresar o descubrir la verdadera fe católica.

Un posible paralelismo
Los tiempos en que vivimos sugieren un paralelismo con cierta situación en la que los discípulos de Cristo, escandalizados con algunas de sus declaraciones, se dijeron entre sí:
“Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? (Juan 6:60)
–(la palabra de la Tradición)
Comentario que suscitó la siguiente respuesta de Cristo: Pero hay algunos de vosotros que no creen.
–(la Iglesia conciliar con su antropocentrismo, que entrega a Jesús al mundo)
Y dijo (Jesús): Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.
–(Padre que espera del hombre la debida sumisión y respeto que hoy le es negada por la contraiglesia)
Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.
–(prefirieron continuar en la Iglesia conciliar)
Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?
–(a los tradicionalistas)
Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.
–(Simón Pedro, personificando aquí la la tradición, acepta guardar las enseñanzas de su Maestro)
Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
–(los tradicionalistas declaran su fe y reafirman su fidelidad a Cristo). (Juan 6, 64:69)

Dios nos permita también a nosotros guardar la tradición y perseverar en la verdadera y única fe, hasta la muerte: la fe católica.

¡Viva Cristo Rey!

sábado, 10 de agosto de 2013

JORGE DORÉ: POESÍA AL VATICANO II

Desde RADIO CRISTIANDAD


Una abominación desoladora
–sembrada donde menos se debiera–
desacredita a Dios, profana altares,
comete sacrilegio sobre mesas.

Con la venia papal fueron abiertas
las ventanas al mundo y por ellas
el humo de Satán ganó el estrado
seduciendo razones y conciencias.

Fueron los dueños del compás infecto,
esa luciferina y vana secta,
los que infiltraron el sagrado templo
y se adueñaron de sus áureas puertas.

Después, como parásitos voraces,
lo carcomieron todo y de su agenda
surgió la apostasía contagiosa
–fraternidad del mal sobre la tierra–.

Enajenados con el culto al hombre,
coronaron con tiaras sus miserias
dando gloria a su plomo venenoso
con el consenso de las masas ciegas.

Las herejías se multiplicaron
hasta hacerse encomiables y las letras
se hincharon, retadoras, en los libros
llenos de ambigüedades virulentas.

Se invitó al execrable ecumenismo,
impío contubernio de miserias
que pretende fundir todos los cultos
en un mismo crisol –oro con tierra–;
aspiración blasfema que equipara
la Verdad a mentiras que debieran
de doblar sus rodillas ante Cristo,
ante Su majestad, Su realeza.

Tras falsas luces hoy marchan las almas
ajenas al horror que las acecha.
Se ha devastado el sacro contenido
y una cáscara es todo lo que queda.

Un eclipse total envuelve a Roma
y cautivados por la Gran Ramera
caen fieles ante lobos disfrazados,
por causa de su equívoca obediencia.

Estamos advertidos. Es el tiempo
de mantener erguida la cabeza.
Llueven frutos podridos de las ramas.
Es la hora del poder de las tinieblas.

Jorge Antonio Doré