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viernes, 19 de diciembre de 2025

LA ÚLTIMA ENCÍCLICA ANTIMODERNISTA QUE PROYECTABA PÍO XII

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
   
Nos place reproducir de Res Novæ este interesante artícolo de don Claude Barthe Bégué. Título original en francés: La dernière encyclique antimoderne que projetait Pie XII.
  
LA ÚLTIMA ENCÍCLICA ANTIMODERNISTA QUE PROYECTABA PÍO XII
    
Cuatro años antes del Concilio Vaticano II, en 1958, un último documento antimoderno, una encíclica, estaba en fase de preparación en los palacios apostólicos. La muerte del Papa interrumpió la redacción final y la publicación. Es cuanto ha revelado la apertura en 2020 de los archivos del pontificado de Pío XII, desde entonces consultables hasta 1958, año de la muerte de este Papa.
   
Esta apertura había provocado la llegada en los archivos vaticanos de una avalancha de investigadores, que pensaban poder demostrar las culpables debilidades del pontífice hacia el régimen hitleriano y que, como era previsible, tuvieron en cambio la desilusión de encontrar todas pruebas de todo lo contrario. Por el contrario, los historiadores serios han visto abrirse varias perspectivas sobre argumentos de grandísimo interés.
   
Se sabía que Pío XII había lanzado en 1948 la preparación de un concilio ecuménico, objeto de importantes trabajos hasta 1951. Se trataba, por otra partes, en forma algo característica, no de convocar otro concilio, antes bien «continuar» el reunido por Pío IX en 1869 y que se debió interrumpir en 1870 a causa de la guerra franco-prusiana. Pero el proyecto fue abandonado [1].
  
Por otra parte, se ignoraba generalmente cuanto se informó ya en marzo de 2020 por el historiador alemán Matthias Daufratshofer. Queriendo estudiar en los archivos del ex-Santo Oficio, los trabajos que habían precedido la proclamación del dogma de la Asunción de la Santísima Virgen, él descubrió los textos preparatorios y los esquemas de una encíclica antimoderna elaborada en los últimos años del pontificado paceliano, que habría desarrollado y precisado la carta encíclica de 1950, Humáni géneris, «sobre algunas opiniones erradas, que amenazaban arruinar los fundamentos de la doctrina católica» [2].
    
Dos investigadores, sor Sabine Schratz OP, del Institútum Históricum Órdinis Prædicatórum, y Daniele Premoli (Archívum Generále Órdinis Prædicatórum), se dedicaron al estudio de este proyecto. Están trabajando en la publicación del esquema con sus versiones sucesivas, que fue realizado por una comisión, y el 3 de eneros de 2024 han publicado un artículo sobre el status labóris en el Journal of Modern and Contemporary Christianity: «L’Enciclica Pascendi dei tempi moderni. Il progetto per l’ultima enciclica di Pio XII (1956-58)» [La encíclica Pascéndi de los tiempos modernos. El proyecto para la última encíclica de Pío XII (1956-58)].
   
El proyecto inicial: publicar una encíclica en 1957 para los 50 años de la condena del modernismo por obra de Pascéndi
En el curso del pontificado de Pío XII no había dejado de crecer en Roma la preocupación por la difusión de nuevas corrientes, llamadas en el entorno del Papa con la denominación general de «Nouvelle Théologie». La expresión era del mismo Pío XII y fue utilizada en un discurso a la Congregación general de los jesuitas el 19 de septiembre de 1946 [3], luego de la cual el Padre Réginald Garrigou-Lagrange OP publicó en la revista Angelicum, en octubre de 1946, un artículo, que suscitó gran agitación: «La nouvelle théologie, où va-t-elle?» [La nueva teología, ¿a dónde va?]. La crítica se agitó sobre todo al hecho que esta Nouvelle Théologie, en nombre de un «retorno» ideologizado a la teología de los Padres, denigraba la teología escolástica (y, a través de esta, las formulaciones dogmáticas, que dependían grandemente de esta). Hablando de este nuevo modo de afrontar la doctrina, Humáni géneris dijo en 1950 que se quería remplazar «una presentación siempre más exacta de las verdades de fe» con «nociones conjeturales y expresiones fluctuantes y vagas».
     
Roma estaba particularmente preocupada por el fermento teológico que reinaba en Francia. En ocasión de la Asamblea plenaria de los obispos franceses, que se llevaría a cabo en abril de 1957, monseñor Joseph Lefebvre, arzobispo de Burgos de Francia, hecho cardenal por Juan XXIII y de la misma familia de industriales del Norte que mons. Marcel Lefebvre, se dispuso a presentar una relación doctrinal basada en las respuestas a un cuestionario enviado a todos los obispos franceses [4]. El informe destacaba cómo el relativismo, el racionalismo, el naturalismo y el humanismo ateo habían llevado a una «mutilación de nuestra naturaleza», que cortaba la referencia del hombre a Dios, puesto que el idealismo y el existencialismo lo encerraban en sí mismo, mientras el marxismo lo conducía hacia el determinismo y el materialismo. De aquí, en cierto número de católicos, una pérdida del sentido de Dios, del pecado y de la Iglesia, y una serie de desviaciones que la relación calificaba como debilidad de la fe o compresión errada de la fe, reivindicando el derecho a la libertad personal, ignorando la naturaleza de la autoridad eclesiástica, separando la Iglesia visible de la invisible, poniendo a la Iglesia al margen de las cuestiones del estado y de la sociedad, reduciendo finalmente el testimonio cristiano a la pura interioridad. La relación hablaba de «una suerte de neoprotestantismo» y del hecho que cierto número de teólogos dependiese de las ideas de la época.
  
Pero el informe Lefebvre, después de esta crítica al «progresismo», denunciaba también el «integralismo» de aquellos que se erigían como censores de los obispos franceses, juzgados demasiado débiles frente a los teólogos, los cuales defendían las nuevas posiciones. Acusaba a sacerdotes y fieles de dejarse llevar a «intervenciones inadmisibles» con las cuales impartían lecciones de ortodoxia «incluso a la jerarquía».
   
Por esto, la relación Lefebvre no dejó de recordar la carta pastoral del cardenal Suhard, arzobispo de París, titulada Essor ou déclin de l’Église [Auge o declive de la Iglesia] y publicada en la Cuaresma de 1947, en la cual el cardenal rechazaba entrambas opciones contrapuestas, que retardaban el esperado auge, esto es, el «modernismo» y el «integralismo». La relación Lefebvre había por otra parte buscado destacar cómo los errores modernos, que él enumeraba, no debiesen ser considerados en forma genérica, dado que algunos obispos aseguraban precisamente que estaban perdiendo terreno y que en todo caso se debiese atender –volviéndose subrepticiamente a los «integralistas»– por «transformar en un horizonte negro cargado de tempestades las pocas nubes que se asomaban en un cielo de otro modo luminoso». Tema, este, que se hallará en el discurso inaugural del Concilio Vaticano II de Juan XXIII, Gáudet Mater Ecclésia, del 11 de octubre de 1962, con la célebre acusación dirigida contra aquestos «profetas de desgracias que anuncian siniestros presagios como si el fin del mundo estuviese por llegar».
   
Esto llevó a notar cómo la situación del catolicismo francés bajo Pío XII preanunciase lo que esta será en la época del Concilio y del posconcilio. Por una parte, un «progresismo» con diversos rasgos: movimiento ecuménico, en parte movimiento litúrgico, cuestión de los Curas Obreros, revistas diversamente fascinadas por el marxismo como Esprit, Témoignage chrétienLa Quinzaine, publicación de obras que ponían en discusión la teología tradicional bajo distintos aspectos con los dominicos Yves Congar y Dominique Chenu (este último acuñó la denominación «escuela del Saucedal»), con el padre Henri de Lubac, con los jesuitas llamados de la «escuela de Fourvière», y con otros más. En la orilla opuesta, se constituyó una suerte de minoría «integralista», heredera del catolicismo intransigente, como don Luc Lefèvre (fundador de La Pensée catholique), don Victor Berto (que será el teólogo de Marcel Lefebvre durante el Concilio), don Alphonse Roul y Raymond Dulac, el padre Marcellin Fillère y don André Richard (fundadores de L’Homme Nouveau).
   
Con todo, estos eclesiásticos, marginados en Francia, estaban en sintonía con el personal teológico del pontificado de Pío XII, es decir, los dominicos Réginald Garrigou-Lagrange, Marie-Rosaire Gagnebet y Luigi Ciappi, los jesuitas como el moralista Franz Hürth y Sébastien Tromp, el franciscano Ermenegildo Lio, el religioso estigmatino Cornelio Fabro, el carmelita Felipe de la Trinidad [en el siglo Jean Rambaud Jullien, N. del T.] y sacerdotes diocesanos como Pietro Parente, Pietro Palazzini, Dino Staffa y Antonio Piolanti (que será rector de la Universidad de Letrán en 1957). Ellos constituían la que fue definida como Escuela romana de Teología, a la cual retomaron también los cardenales Giuseppe Pizzardo y Alfredo Ottaviani (que se sucedieron en el cargo de Secretario del Santo Oficio), Ernesto Ruffini (arzobispo de Palermo) y Giuseppe Siri (arzobispo de Génova).
   
A causa de la particular atención reservada por la Curia a cuanto estaba sucediendo en Francia, la inminencia de la reunión de la Asamblea plenaria del Episcopado, que debía finiquitar la situación moral, hizo adoptar en 1956 la decisión de retomar el tema de la crítica a la Nueva Teología en un documento pontificio. La comisión preparatoria de la Asamblea del Episcopado había pedido una relación al padre Paul Philippe, dominico, comisario del Santo Oficio y futuro cardenal. En sesenta páginas, Paul Philippe ligó al modernismo la Nueva Teología, explicando que las desviaciones de esta última no tenían el carácter racionalista de la herejía denunciada por la encíclica Pascendi en 1907, pero se presentaban en forma más «mística» y querían ser muy optimistas. El cardenal Ottaviani juzgó que el informe Philippe era adecuado para servir como base preparatoria del documento pontificio previsto para 1957.

Los trabajos preparatorios de la encíclica (1956-1958)
Pío XII aprobó formalmente el proyecto en la Navidad de 1956. Inmediatamente, en los últimos días de diciembre, se nombró una comisión ad hoc en el Santo Oficio (Santo Oficio que, después del Vaticano II, se convertiría en Congregación para la Doctrina de la Fe). De aquesta congregación romana, encargada de la doctrina, in illo témpore la más eminente de la Curia (era llamada la Suprema), el Papa se reservó la presidencia (ella no tenía un Prefecto, sino que era dirigida por un Secretario) La comisión no logró terminar sus trabajos en 1957, y aún estaba continuándolos cuando Pío XII murió, en 1958.
   
Se reunió por primera vez a comienzos de 1957. Sus miembros eran los tres más eminentes del Santo Oficio: los dominicos Paul Philippe (presidente), Gagnebet y Garrigou-Lagrange, todos tres cercanos al Maestro general de la Orden, Michael Browne, y formaban con él un cuarteto dominico extremadamente influyente; los jesuitas que habían contribuido a la redacción de la Humáni géneris, los padres Tromp y Augustin Béa (este último, confesor de Pío XII, cambió de postura después de 1958); el gran mariólogo Karlo Balić, capuchino; el carmelita francés Felipe de la Trinidad y Antonio Piolanti.

La relación de monseñor Joseph Lefebvre, enviada al Santo Oficio, se convirtió, con el informe Philippe, una fuente disponible para el examen que se proponía hacer de los errores doctrinales de su tiempo. En cambio, su crítica a los «integralistas» se juzgó como totalmente contraproducente.
   
El 20 de marzo de 1958, el padre Tromp presentó un primer proyecto, un esquema de 64 páginas, que comenzaba con las palabras Instauráre ómnia in Christo, el lema de San Pío X. También el padre Philippe presentó otro proyecto. Entrambos fueron publicados por Sor Sabine Schratz y Daniele Premoli.
   
En mayo de 1958, el Santo Oficio debía tomar una decisión: teniendo en cuenta la importancia de los materiales recogidos por la comisión, ¿era oportuno publicar un único documento o más de uno? El cardenal Ottaviani pensaba reservar la cuestión de las relaciones entre Iglesia y Estado a un documento específico, que por otra parte ya estaba en preparación desde 1950 (el padre Gagnebet era su principal artífice) y que buscaba de hecho recordar la doctrina tradicional contra las ideas anticipatrices de la doctrina sobre la libertad religiosa del padre Courtney Murray (jesuita estadounidense) y de Jacques Maritain, el filósofo francés. El documento del Santo Oficio sirvió como base, durante la preparación del Vaticano II, para el capítulo 9 del esquema De Ecclésia preparado por la comisión teológica y retomado para la ocasión por el padre Gagnebet [5]. Todo el esquema, sin embargo, será abandonado y remplazado por aquel que llevará después a la constitución Lumen Géntium. En cuanto al contenido del capítulo 9, este fue invalidado por la declaración Dignitátis humánæ. A propósito de todo el material recopilado por la comisión, Pío XII, informado paso a paso de los trabajos preparatorios, hizo saber que quería publicar un texto único y no más encíclicas.

La comisión, reducida a Philippe, Piolanti, Béa, Tromp, Balić y Gagnebet, se reunió una tercera vez el 10 de junio de 1958 y formuló las recomendaciones que el padre Tromp incorporó en su segunda versión del esquema preparatorio. Desde aquel momento en adelante, iniciaba con las palabras: Cultum Regi Regum (Culto del Rey de reyes). Este último esquema fue comunicado a los otros miembros de la comisión el 27 de septiembre de 1958. Pero Pío XII murió doce días después, el 9 de octubre. Dado que los archivos posteriores no son consultables [hasta 2038, N. del T.], no se sabe si el proyecto de encíclica fue presentado a Juan XXIII (lo que es muy probable). De todas maneras, no se continuó.
   
El contenido del esquema Cultum Regi Regum
En realidad, el proyecto había asumido la forma de una continuación y una profundización de la Humáni géneris. El texto afrontaba todos los ámbitos de la vida eclesial, moral y social, exponiendo, cincuenta años después de Pascéndi, «la herejía global de la modernidad» [6] o la aceptación de una fractura entre la sociedad y Dios. Lo integraban seis capítulos:
  1. La naturaleza de la religión.
  2. El culto litúrgico y las devociones privadas (culto cuya importancia social explicaba el título que habría recibido la encíclica).
  3. La teología moral.
  4. La profesión de fe.
  5. La relación entre autoridad y libertad en la Iglesia.
  6. Las relaciones entre el orden religioso y el orden profano.
El esquema de la encíclica recordaba que la religión es una virtud a través de la cual el hombre, reconociendo la excelencia divina, rinde culto a Dios creador y Señor de todo el orden natural que Él trasciende. No es una realidad de orden puramente afectivo y emocional, ni es el opio de los pueblos. El tratamiento de la cuestión litúrgica, en el segundo capítulo, retomaba los temas de la encíclica Mediátor Dei de 1947 y apuntaba a diversos errores, entre los cuales aquel según la cual «la celebración de una sola Misa, a la cual asisten religiosamente cien sacerdotes, es lo mismo que cien Misas celebradas separadamente por un centenar se sacerdotes [7]». El esquema insistía también sobre la gravedad y sobre el daño social derivados de la falta de respeto a la santificación del domingo por medio del culto y el descanso.
   
En la parte moral, se recordaba la doctrina tradicional sobre la ley natural y eran examinadas las cuestiones más controvertidas: los peligros del materialismo, tanto comunista como capitalista; el carácter soberano del juicio de la Iglesia, cuya autoridad fue constituida por Dios en persona lo que le permite aclarar difíciles cuestiones morales –y de resolver cuestiones hoy controvertidas–, como aquella del primado de la procreación en la jerarquía de los fines del matrimonio, quedando la virginidad por el Reino de Dios un estado más perfecto que el matrimonio.
   
En el capítulo cuarto se afrontó el tema del ecumenismo, bajo el aspecto de la colaboración con los cristianos de otras confesiones en oposición al comunismo ateo. Se resaltó el carácter problemático derivado de poner aparte lo que separa al Catolicismo de tales confesiones, particularmente por lo que las ha fundado en el odio hacia la Iglesia. Más en general, la colaboración, así sea para fines laudables entre católicos y acatólicos, si bien aceptable en línea de principio, despertaba importantes reservas: «Si un médico en buena salude colabora con un médico afecto de lepra para combatir la lepra, honrará a su colega, pero cuanto más estrecha sea la colaboración con su colega, más deberá estar atento por temor de ser él mismo contagiado por la enfermedad».
  
El capítulo quinto del proyecto trataba de la relación entre autoridad y libertad, o entre magisterio y teólogos: se puede alcanzar el Reino de Dios solamente a través de «la vía de la autoridad y de la obediencia»; aunque esta última, sobre todo después de la caída de los totalitarismos en Alemania y en Italia, entró en crisis, no solo entre los Estados, sino también en el seno de la Iglesia Católica. Cultum Regi Regum reafirmaba con fuerza que el munus docéndi, el deber de enseñar en la Iglesia, residía únicamente en la jerarquía, constituida por el Pontífice romano y por el episcopado.

El texto agregaba:
«Lejos de Nos la idea de negar que los teólogos tienen una vocación particular en el seno del Cuerpo místico de Cristo, a la cual corresponden la gracia y la luz del Espíritu Santo. Es en efecto a ellos que la Esposa de Cristo confía la formación del futuro clero; son llamados por el mismo sacro Magisterio a preparar los documentos doctrinales; les espera a ellos profundizar  y precisar las decisiones ofrecidas por el Magisterio auténtico; concierne a ellos sobre todo manifestar al mundo la maravillosa y divina armonía con el cual las verdades divinamente reveladas coinciden entre sí y con las distintas ciencias humanas. Es al mismo tiempo deber de los teólogos determinar por cual razón y en qué medida tales verdades están contenidas en el depósito de la fe o sean propuestas por el Magisterio para ser creídas y profesadas; y, por consecuencia, en qué sentido y en qué medida sea oportuno definir los errores contrarios. Si los teólogos proceden así bajo la vigilancia de los Pastores, ellos no se arrogan en modo alguno la competencia del Magisterio, sino que contribuyen grandemente a preservar la pureza de la fe».
El último capítulo del documento, titulado Ordo religiósus et ordo profánus, era en realidad una suerte de anticipación del documento preparado por el Santo Oficio ya desde 1950, del cual se habló arriba, en el cual se trataba de las relaciones entre las dos sociedades perfectas (cada una de las cuales posee todo lo que es necesario para el cumplimiento de su propio fin), sociedades distintas pero unidas, cuales son Iglesia y Estado [8].

* * *

Pío XII quería así coronar su pontificado con una suerte de gran obra testamentaria, que retomase los temas que trató en sus varias encíclicas y que buscase frenar el diluvio que sentía llegar después de él. Nuestra alusión a la frase atribuida a Luis XV, «después de mí, el diluvio», es intencional. La actividad de profundización y defensa doctrinal por medio de una serie de grandes encíclicas (Mýstici Córporis en 1943, sobre el Cuerpo místico de Cristo, Divíno afflánte, también de 1943, sobre los estudios bíblicos, Mediátor Dei de 1947 sobre los principios de la liturgia, Humáni géneris de 1950 sobre los errores de nuestro tiempo), a través de la definición contracorriente de la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma y también por la canonización de Pío X en 1954, no pueden no evocar, en igualdad de condiciones, la tentativa de consolidación, al menos en un punto, de lo que habría devenido el Ancien Régime, el de la justicia, al final del reinado de Luis XV, tentativa interrumpida por la muerte del monarca en 1774.

No habiendo proseguido el concilio Vaticano reunido por Pío IX, fue con la continuación de la Pascéndi de Pio X, que fue acompañada por un documento del Santo Oficio con que se cerraba el paso a las tesis que se convertirían después en la doctrina sobre la libertad religiosa, que Pío XII habría cerrado su pontificado. Pero Dios, en las misteriosas disposiciones de su Providencia, había decidido castigar a su pueblo.

Don Claude Barthe Bégué
   
NOTAS
[1] Patrick Descourtieux «La preparazione del mancato Concilio ecumenico del 1951 secondo l’Archivio del Sant’Uffizio» [La preparación del truncado Concilio Ecuménico de 1951 según el Archivo del Santo Oficio], en el simposio sobre La Inquisición romana. Nuevas investigaciones, nuevas perspectivas, 22 a 24 de noviembre de 2023, actas en curso de publicación.
[2] Kathpress, 10 de marzo de 2020.
[3] Discurso inspirado por un artículo de Pietro Parente en L’Osservatore Romano de 1942, «Nuove tendenze teologiche» [Nuevas perspectivas teológicas].
[4] Rapport doctrinal présenté le 30 avril 1957 à l’Assemblée plénière de l’Épiscopat Français [Informe doctrinal presentado el 30 de abril de 1957 en la Asamblea plenaria del Episcopado Francés] (ediciones Tardy, 1957).
[5] Traduccióm del texto en: Claude Barthe, Quel avenir pour Vatican II? [¿Algún futuro para el Vaticano II?], François-Xavier de Guibert, 1999, págs. 163-179. J. A. Komonchak, en Giuseppe Alberigo (editor), Histoire du Concile Vatican II (1959-1965) [Historia del Concilio Vaticano II (1962-1965)], tomo I, Cerf, 1997, pág. 336. Véase también: Philippe Chenaux, «Maritain devant le Saint-Office: le rôle du père Garrigou-Lagrange, OP» [Maritain ante el Santo Oficio: el papel del padre Garrigou-Lagrange OP], en Archívum Fratrum Prædicatórum, Nova Séries, vol. 6, 2021, págs. 401-420.
[6] Claus Arnold, Giovanni Vian, La Redazione dell’Enciclica Pascéndi. Studi e documenti sull’antimodernismo di Papa Pio X [La redacción de la encíclica Pascéndi. Estudios y documentos sobre el antimodernismo del Papa Pío X]. Anton Hiersemann, 2020.
[7] Ya desde los años 40, aparecieron efectivamente anticipaciones de la concelebración: sacerdotes en roquete y estola, dispuestos en semicírculo ante el altar donde celebraba uno de ellos, asistían en su Misa y recibían por su mano la Comunión.
[8] El documento del Santo Oficio, tal como fue presentado en el esquema preparatorio al Vaticano II De Ecclésia, rezaba: «Como la potestad civil considera que es su deber proveer a la moralidad pública, así, para preservar a los ciudadanos de la seducciones del error y a fin que el Estado sea conservado en la unidad de la Fe, lo cual es el bien supremo y la fuente de una multitud de beneficios aun de orden temporal, el poder civil puede por sí mismo reglamentar las funciones públicas de los otros cultos y defender a sus propios ciudadanos de la difusión de falsas doctrinas por las cuales, según el juicio de la Iglesia, su salvación eterna es puesta en peligro» (Claude Barthe, Quel avenir pour Vatican II?, op. cit., págs. 174-175).

domingo, 27 de abril de 2025

LA TRADICIÓN Y EL CARISMATICISMO, INCONCILIABLE

Tomado de la Revista SÌ SÌ, NO NO.
  

El movimiento carismático representa también valores aparentemente tradicionales, la práctica intensa de la oración…
   
Sí, pero también hay que tener en cuenta el activismo (americanismo o herejía de la acción), el sentimentalismo o emocionalismo (poner la sensibilidad por encima del intelecto y la voluntad) y el aparicionismo: entusiasmarse con cualquier presunta aparición privada (que un día sí y otro no surgen por todo el mundo), dejando en segundo plano la Revelación pública (la Sagrada Escritura y la Tradición apostólico-patrística) y el Magisterio de la Iglesia.
   
Esto es un error gravísimo contra la Fe, sin la cual es imposible agradar a Dios, como dijo San Pablo.
   
¿Conciliar lo inconciliable?
Querer conciliar lo inconciliable (la Tradición apostólica y el movimiento carismático) tendría unas consecuencias gravísimas. E igualmente sería gravísimo querer conciliar el judaísmo talmúdico con el cristianismo romano.
    
El principio de no contradicción prohíbe conciliar conceptos diversos, o lo que es peor, contrarios: tinieblas y luz, judaísmo y catolicismo, movimiento carismático y Tradición apostólica, sí y no.
    
En los tiempos de confusión y desorientación dogmática, moral, ascética y litúrgica que vivimos hay que ser más firmes en los principios y no mezclar lo que Dios ha separado.
   
El padre Reginaldo Garrigou-Lagrange nos recuerda: «La Iglesia permanece firme e inamovible en los principios porque posee la Fe, pero es generosa y misericordiosa en la práctica, porque ama y posee la caridad sobrenatural. En cambio, el modernismo es tolerante en los principios dogmáticos porque no cree con rectitud, y es estrecho y rigorista en la práctica, porque no tiene la caridad sobrenatural».

Conclusión
En consecuencia, es necesario prestar mucha atención para no mezclar el agua con el aceite, la Tradición con el carismatismo sentimentalista, a riesgo de que nos acusen de integristas o de excesiva intolerancia dogmática.
   
«Diréis solamente: “Sí, sí; No, no”. Todo lo que excede a esto, viene del Maligno» (Mt. 5, 37).
  
Didimus

sábado, 14 de octubre de 2023

GARRIGOU LAGRANGE SOBRE EL SANTO ROSARIO

«Cuando el Rosario se convierte en escuela de contemplación y de vida y de unión a Jesús, deviene también en una fuente de apostolado».
   
«El Rosario viene a nuestro encuentro también en medio de nuestros sufrimientos, frecuentemente irrazonables, a veces debilitantes, y casi siempre mal soportados, para recordarnos que Jesús ha sufrido mucho más que nosotros por amor nuestro».
   
«En el Rosario “está todo el dogma cristiano en su elevación y su esplendor, a fin que nosotros podamos así todos los días penetrarlo, disfrutarlo y nutrir el alma”».
   
«En el Rosario “todo el Credo pasa ante nuestros ojos, no en modo abstracto, con fórmulas dogmáticas, sino en modo concreto, mediante la vida de Cristo, que desciende a nosotros y se eleva al Padre para conducirnos a Él”».

«El Rosario, arma utilísima que hace sonreír al incrédulo, que no entienzde los misterios de Dios».

sábado, 20 de mayo de 2023

EL PADRE GARRIGOU-LAGRANGE RECHAZÓ LA TESIS MODERNISTA DE WOJTYLA

El Padre Garrigou-Lagrange rechazó la tesis modernista de Juan Pablo II


«El 14 de Junio de 1948, el futuro Juan Pablo II toma el examen de admisión para su doctorado. El Cardenal [Adam] Sapieha lo envía a Roma para continuar sus estudios en el Angelicum. Pero allí estaba, en ese momento, como Rector de la universidad, el gran teólogo y escritor Padre Réginald Garrigou-Lagrange, quien era un gigante del tomismo. Wojtyła, al no ser miembro de esta enseñanza, estaba siguiendo la filosofía que él quería, la del existencialismo, el tipo moderno de Kant. Por lo tanto, su disertación, “La fe según San Juan de la Cruz”, fue criticada y rechazada por Lagrange, porque apoyaba las ideas de los modernistas que afirmaban que la fe se basa en la experiencia personal. Por esto, Wojtyła no fue aceptado para el doctorado y tuvo que regresar a la Universidad de Cracovia, donde allí fue aceptado».


Padre Luigi Villa

lunes, 31 de octubre de 2022

EL PROBLEMA DE LAS REVELACIONES PRIVADAS

«Las revelaciones privadas son inciertas, dudosas y fluidas, y es muy difícil discernir dónde termina la revelación y dónde comienza la interpretación humana» (Cf. P. VINCENT CONTENSON OP, Theología mentis et cordis, tomo II, lib. VIII, disertación 2.ª, cap. I, especulación 2.ª, París, éd. Louis Vivès, 1875. En P. RÉGINALD GARRIGOU-LAGRANGE OP, La Divina Revelación: La enseñanza de la Fe Católica, vol. I, cap. IV “La Definición y División de la Revelación”, art. 1, § 2).

lunes, 1 de agosto de 2022

LA LIBERTAD RELIGIOSA, ARGUMENTO Ad hóminem, NO UN PRINCIPIO

«Nosotros podemos, pues, emplear la libertad de cultos como argumento ad hóminem contra aquellos que, mientras proclaman la libertad de cultos, persiguen a la Iglesia (Estados laicos y socializantes), o impiden directa o indirectamente su culto (Estados comunistas, islámicos, etc.). Este argumento ad hóminem es correcto y la Iglesia no lo desdeña, sino que lo usa para defender eficazmente su derecho a la libertad. Pero no se sigue de esto que la libertad de cultos en sí misma pueda defenderse absolutamente por los católicos, porque de suyo es absurda e impía, pues la verdad y el error no pueden tener los mismos derechos. Ni tampoco se puede decir falsedad para defender la verdad, así como no se puede hacer el mal para que venga el bien. Por eso dice San Pablo en Romanos III, 7: “Pero si la fidelidad o verdad de Dios (añadirá alguno), con ocasión de mi infidelidad o malicia se ha manifestado más gloriosa, ¿por qué razón todavía soy yo condenado como pecador? ¿Y por qué (como con una insigne calumnia esparcen algunos que nosotros decimos) no hemos de hacer nosotros un mal, a fin de que de él resulte un bien? Los que dicen esto son justamente condenados”» (Padre RÉGINALD GARRIGOU-LAGRANGE OP, De Revelatióne, tomo II, libro segundo, cap. X “Del oficio de recibir la Divina Revelación”, art. 4.º, respuesta a la objeción 8.ª. París, Pierre Lethielleux éditions, 1926, págs. 315-316. Traducción propia; texto bíblico de la versión de Mons. Félix Torres Amat).
    
«Según el Vaticano II, la persona humana tendría derecho, en nombre de su dignidad, a no ser impedida en el ejercicio de su culto religioso, sea cual fuere, en privado o en público, salvo si esto perjudicara la tranquilidad y la moralidad pública (cf. Declaración “Dignitátis Humánæ” sobre la libertad religiosa, N.º 2). Convendréis conmigo que la moralidad pública del Estado “pluralista” promovida por el Concilio, no molesta mucho esta libertad; tampoco la corrompida sociedad liberal limitaría el derecho a la libertad del “concubinato”, si, en nombre de la dignidad humana, fuera dicho indistintamente de los amancebados y de los casados. Así pues, ¡musulmanes! ¡Rezad tranquilamente en nuestras calles cristianas, construid vuestras mezquitas y minaretes junto a los campanarios de nuestras iglesias, la Iglesia del Vaticano II os asegura que no debemos impedíroslo; lo mismo para vosotros budistas, hinduistas…! Mediante esto, nosotros los católicos os pediremos la libertad religiosa en vuestros países, en nombre de la libertad que os acordamos en los nuestros… Podremos así defender nuestros derechos religiosos frente a los regímenes comunistas, en nombre de un principio declarado por una asamblea religiosa tan solemne, y ya reconocida por la ONU y la Francmasonería… Es, por otra parte, la reflexión que me hizo el Papa Juan Pablo II en la audiencia que me concedió el 18 de noviembre de 1978: “Fíjese (me dijo), la libertad religiosa nos fue muy útil contra el comunismo en Polonia”. Yo tenía ganas de contestarle: “Muy útil puede ser, como argumento ad hóminem, ya que los regímenes comunistas tienen la libertad de cultos inscripta en sus Constituciones (junto al derecho a la propaganda anti-religiosa), pero no como principio doctrinal de la Iglesia Católica”» (Arzobispo MARCEL LEFEBVRE, Le destronaron. Del liberalismo a la apostasía: El drama conciliar, cuarta parte “Una revolución en tiara y capa”, cap. XXVIII: “La libertad religiosa del Vaticano II”. Écone, 1987).

miércoles, 31 de mayo de 2017

NUESTRA SEÑORA, CORREDENTORA DE LAS ALMAS

Artículo publicado en la revista SÌ SÌ, NO NO, número 11 (15 de Junio de 2013). Traducción tomada de TRADICIÓN CATÓLICA (Febrero de 2014)
     
  
Importancia de la cuestión
Durante el Concilio Vaticano II -el 29 de octubre de 1963 para ser exactos-, el cardenal Franz König se enfrentó al cardenal Rufino Jiao Santos, de Manila, quien quería insertar el tratamiento sistemático de la mariología en un documento aparte para dar así mayor realce al papel de María Mediadora y corredentora; König, por el contrario, deseaba que la mariología fuera tan sólo un capítulo minimalista, y que se insertara en el De Ecclésia: de ese modo no se contrariaría a los protestantes. El Concilio aprobó la tesis de König por 1114 votos contra 1097, es decir, nada más que por 17 votos de diferencia.
   
Entre los teólogos que se oponían a la doctrina de la corredención en el Concilio y en el periodo postconciliar hallamos algunos que habían empezado a negar con vehemencia la doctrina de la corredención desde los años treinta a los cincuenta, como, por ejemplo, Yves Congar (Bulletin de théologie, en Revue de sciences philosophiques et théologiques, nº 27, 1938, pp. 646-648), Edward Schillebeeckx (María Madre de la Redención, Catania, 1965), Karl Rahner (El principio fundamental de la teología mariana, en Revue de sciences religieuses, nº 42, 1954, pp. 508-511) y Hans Küng (Christ sein, Munich-Zurich, 1974).
  
Jean-Yves Lacoste es claro respecto a la actitud del Concilio en punto a la mariología:
«Aunque en la Lumen Géntium 53 se habla de María en relación con la Iglesia y tocante a su maternidad espiritual, Pablo VI quiso proclamar que María era Madre de la Iglesia, pero sin dar a su proclamación ningún valor dogmático (cf. DC, nº 61, 1964, p. 1544). Además, el Concilio Vaticano habla de mediación una sola vez, de manera marginal, en la Lumen Géntium 62, para expresar la intercesión de María. El título de Corredentora lo evita adrede el Concilio Vaticano II, y por eso se impugna dicho título después del Concilio, y con razón, a causa tanto de la ambigüedad conciliar como del rechazo protestante» (Dizionario Critico di Teología, Roma, ed. Borla-Città Nuova, 2005, pp. 811-813).
  
Sin embargo, la cooperación de María a la redención [1] de Cristo (corredención y dispensación de la gracia [2]) no es una cuestión baladí en la teología dogmática católica: toca el corazón mismo del dogma, esto es, la salvación del género humano [3]. En efecto, Dios era libre de redimirnos o no después del pecado de Adán (la gracia no se le debe a la naturaleza, sino que es un don gratuito de Dios) [4], y también era libre, por lo que hace al modo de efectuar tal redendención eventual, de redimirnos mediante Cristo solo, o bien por medio de Cristo junto con María, verdadera Madre suya. Por eso es menester estudiar en las dos fuentes de la revelación (Tradición y Sagrada Escritura), interpretadas por el Magisterio eclesiástico, qué fue lo que Dios estableció.
  
Mediación de María en general
Santo Tomás enseña que se requieren dos condiciones para que una persona pueda llamarse mediadora: 
  1. Hacer de medio entre dos extremos (mediación natural, física u ontológica);
  2. Juntar ambos extremos (mediación moral) (S. Th. III, q. 26, a. 1).
En conclusión, el mediador es una persona que se interpone ontológicamente entre otras dos con su presencia física para juntarlas, o que las junta de nuevo moralmente con su acción (si estaban unidas en un primer tiempo y luego se malquistaron). Ahora bien. María posee a la perfección estas dos características: ontológicamente está en medio, entre el Creador y la criatura, al ser verdadera Madre del Verbo encarnado y auténtica criatura racional; y como verdadera Madre de Dios redentor trabajó por volver a juntar al hombre con Dios. Por eso tiene algo en común con los dos extremos, bien que sin identificarse completamente con ellos: se acerca al Creador en cuanto Madre de Dios; mientras que, por otro lado, se acerca a las criaturas por ser verdadera criatura. De aquí que convenga con los dos extremos en cierto sentido, y que en otro se distancie de ellos.
  
María, además de mediar ontológicamente entre Dios y el hombre, ejerce asimismo una mediación moral entre ambos: con su “fiat” a la encarnación del Verbo, el cual muriendo en la cruz, restituyó al hombre, herido por el pecado de Adán, lo que había perdido: Dios, o su gracia santificante, y lo restableció en la filiación sobrenatural de Dios al hacer que volviera a hallar la gracia divina; y todo ello a sabiendas y voluntariamente (cooperación remota o preparatoria a la redención de Cristo). María sabía, cuando respondió al arcángel Gabriel «ecce Ancílla Dómini, fiat mihi secundum verbum tuum» (Lc 1, 38), que el Redentor salvaría a la humanidad muriendo en la cruz (cooperación formal a la redención), como había sido predicho por los profetas del Antiguo Testamento y como le había dicho el propio Gabriel: «y concebirás en tu seno, y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, que significa salvado» (Lc 1, 31). De aquí que no fuera sólo Madre de Dios, sino Madre de Dios crucificado para la redención del género humano [5]. Podemos, pues, afirmar con San Beda: «La anunciación del ángel a María fue el inicio de nuestra redención» (Migne, Patrología Latina 94, 9).
  
Los errores de los protestantes y de los modernistas
Verdad es que Cristo constituye el único Redentor y Mediador universal de todos los hombres (Rom 5, 18; I Tim 2, 5) [6], mas Dios quiso que el Verbo se encarnara en el seno de María y nos salvara con su muerte en la cruz. Estando así las cosas, hay una mediadora secundaria y subordinada (María) cabe el mediador principal (Cristo) [7].
  
Jesús no sólo nos redimió mereciéndonos la gracia mediante su muerte en la cruz, sino que aplica a cada hombre la gracia suficiente para salvarse. Él es el Redentor y el Dispensador principal de toda gracia. La redención universal (en acto primero o en el ser) es el fundamento de la dispensación universal (en acto segundo o en el obrar). Otro tanto se debe decir, analógicamente, de la corredención y dispensación de toda gracia por parte de María [8]. En efecto, también María nos recobró la gracia como Corredentora, de manera subordinada a Cristo, y, además, distribuye la gracia a cada cual por voluntad de Dios. María no es sólo Dispensadora de la gracia, como pretendían algunos mariólogos minimalistas, sino que es asimismo, realmente y por voluntad de Dios, Corredentora subordinada a Cristo: María junta de nuevo a los hombres con Dios; no se limita a distribuir la gracia a todo el que la quiera recibir [9].
  
Hemos visto que la mediación o corredención de María no es principal o equivalente a la de Cristo (o sea, no hay dos “redentores: Cristo y María”), sino secundaria (Cristo es Dios; María, una criatura finita, aunque sea verdadera Madre de Cristo en cuanto verdadero hombre); la corredención de María no es tampoco independiente de la de Cristo, o colateral, sino subordinada a la de Cristo; no es suficiente por sí misma, sino que saca su valor de la encarnación y muerte del Verbo; no es absolutamente necesaria, sino que su necesidad es tan sólo hipotética, es decir, fue querida libremente por Dios, que habría podido elegir otro modo de redimir a la humanidad.
  
La mariología católica, pues, no le sustrae a Cristo el título de Mediador, Redentor y Dispensador de toda gracia para conferir dichas prerrogativas a María, como dicen erróneamente los protestantes y los modernistas. San Pablo reveló, por lo que es doctrina de fe, que «porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» (I Tim 2, 5). Jesús es el mediador principal, absoluto, independiente y suficiente por sí mismo. Pero eso no excluye -antes bien, admite implícitamente- la cooperación secundaria, subordinada, dependiente, ineficaz por sí misma y sólo hipotéticamente necesaria de María, que aceptó libremente y con conocimiento de causa hacerse Madre del Verbo encarnado y redentor.
  
María Corredentora
Corredentora es el título que resume en una sola palabra la mediación de María entre Dios y el hombre herido por el pecado original, es decir, su cooperación a la redención del género humano.
  
La voz Co-redémptrix [Corredentora] (no la cosa significada) se la encuentra en el siglo XIV por vez primera, en el Tractátus de præservatióne gloriosíssimæ Beátæ Vírginis Maríæ [Tratado sobre la preservación de la gloriosísima y Santísima Virgen María], obra de una fraile mínimo anónimo, y luego en el XV, en un himno latino transcrito en dos manuscritos de Salzburgo: “Ut, compássa Redemptóri, Co-redémptrix fíeres” (a fin de que, padeciendo junto con el Redentor, te hicieras Corredentora). Con todo, el título de Corredentora deriva de uno aún más antiguo (más antiguo en cuanto al vocablo, no respecto a la cosa significada), a saber, el de Redémptrix [Redentora], que se halla nada menos que 94 veces (noventa y cuatro), desde el siglo X hasta el año 1750, con el sentido de “Madre del Redentor”. Dicha voz, con todo, podía ser mal interpretada y dar a entender que María era el “redentor” o el obrero principal de la redención de la humanidad. De suerte que de “redentora” se pasó suavemente, en 1750, a “corredentora” o cooperadora de la redención, sobre todo cuando los teólogos de la Contrarreforma comenzaron a estudiar de manera específica, para refutar las objeciones protestantes y jansenistas, el asunto de la cooperación inmediata de María, bien que subordinada, a la redención de Cristo. No obstante, no sólo permaneció la voz “redentora” hasta bien entrado el siglo XVIII, sino que, además, seguía superando al término “corredentora”.
  
Fue precisamente el siglo XVIII el que hizo prevalecer el término “corredentora”. En efecto, una obra de sabor jansenista escrita por Adán Widenfeld (Mónita salutária [Advertencias saludables]) reprobaba claramente el término “corredentora”, por lo que los teólogos católicos examinaron la cuestión a fondo y, como consecuencia, el mismo título de Corredentora empezó a prevalecer sobre el de Redentora.
  
Por último, el título de Redentora comenzó a desaparecer en el siglo XIX, salvo raras excepciones, para dejarle el sitio al de Corredentora, que se usó asimismo en los documentos oficiales de la Santa Sede.
  
Redención de Cristo y Corredención mariana
Redención en general significa rescatar o recomprar una cosa que primero se poseía y luego se perdió. Por eso se rescata o se recompra pagando cierto precio.
 
En sentido teológico, la palabra “redención”, aplicada al género humano después del pecado original, significa que la cosa poseída y luego perdida por el género humano después del pecado de Adán es la gracia santificante, que hace participar al hombre de la vida de Dios y tiene un valor infinito [10]. Es por ello de un valor infinito el precio a pagar para recomprar o rescatar la cosa perdida. Ahora bien, la humanidad, al ser finita y creada, no podía pagar tal suma. De aquí que fuera menester la intervención de Dios para rescatar la gracia perdida en Adán por la humanidad. La Santísima Trinidad decretó libremente [11] que el Verbo se encarnara en el seno de la BVM por obra del Espíritu Santo, de manera que, en sustitución de la humanidad incapaz de pagar tal precio, pudiera ofrecer un sufrimiento de valor infinito cual verdadero Dios y ver dadero hombre.
  
El elemento esencial de la redención de Cristo es el pago del precio para recobrar la gracia perdida. Supuesto esto, surge la pregunta de cómo cooperó María a la redención de la humanidad obrada por Cristo.
   
Los teólogos católicos aprobados por la Iglesia admiten, aunque con matices diversos, la realidad de la corredención secundaria y subordinada de María, y especifican que la corredención es remota en el “fiat” de María a la encarnación del Verbo redentor y próxima en el holocausto de Cristo y en subordinación a Él: un holocausto que se inició con la encarnación y se consumó en el Calvario [12].
 
Otro error de los protestantes y de los modernistas
Los protestantes y los modernistas, en cambio, niegan la corredención mariana, y conceden sólo que María fue nada más que la materia a través de la cual pasó Cristo (cooperación puramente material). María, no obstante, cooperó no sólo materialmente (como seno en el que se encarnó y habitó el Verbo), sino también formalmente, o sea, consintiendo con la inteligencia y el libre albedrío en la encarnación redentora de Cristo en su seno. Además, María unió, en el curso de su vida, su querer y su padecer a los de Cristo en aras de nuestra salvación. Por eso quiso Dios que la redención del género humano se realizara, además de por los méritos de Jesucristo (redentor principal, independiente, necesario y suficiente por sí mismo), por la cooperación inmediata o próxima de María (corredención secundaria, subordinada, insuficiente por sí misma y solo hipotéticamente necesaria). De aquí que los méritos y las satisfacciones de Jesús y María constituyeran el precio que se satisfizo para recomprar la gracia perdida por Adán. La humanidad, pues, fue redimida o recomprada por Cristo y corredimida o correcomprada por María, en el sentido ya explicado más arriba.
  
En conclusión, las plegarias, los sufrimientos y todas las obras buenas de María, particularmente y sobre todo en el Calvario, unidos con los de Cristo y en subordinación a ellos, tuvieron un auténtico valor corredentor así material (canal material a través del cual pasó el Verbo encarnado) como formal (consciente y libre), esto es, fueron eficaces para la redención en sí misma (u objetiva) de la humanidad, no sólo para la aplicación de la redención a los síngulos individuos (redención subjetiva o dispensación de toda gracia) [13]. Así que la cooperación de María es un elemento esencial de la redención de Cristo, no puramente accidental, de manera que sin la corredención mariana no se habría dado la redención de Cristo tal y como la quiso la Santísima Trinidad (si bien pudo Ésta haber querido otra distinta).
 
El plan de Dios 
La corredención subordinada de María no obsta en nada a la redención principal de Cristo. La cooperación de María a la redención en sí misma (u objetiva) de Cristo es análoga a la cooperación de todo hombre a su redención subjetiva, o sea, a la recepción de la gracia en la propia alma: lejos de quitar algo a la omnipotencia de la voluntad de Dios, precisamente Éste la exige para nuestra salvación. En efecto, nuestra cooperación a la recepción de la gracia divina en nuestra alma, es decir, a nuestra redención subjetiva, es un elemento esencial de nuestra salvación, sin el cual no podremos salvarnos, mas no perjudica a la omnipotencia, la unicidad y la preeminencia de la voluntad de Dios en nuestra santificación.
 
Se puede decir lícitamente que Dios solo nos ha salvado, ya que nuestra cooperación, en la línea de la causalidad eficiente primera, viene de Dios; sin embargo, nosotros mismos obramos nuestra salvación junto con Cristo, porque cooperamos real, bien que subordinadamente, a la acción divina como causas segundas [14]. En conclusión, nuestra salvación es de Dios como causa eficiente primera, y de nosotros, criaturas, como causas eficientes segundas. Por poner un ejemplo, una pintura es toda del pintor como causa eficiente principal, y toda del pincel y de los colores como causa eficiente instrumental secundaria y subordinada. Así, la corredención o cooperación objetiva de María, aun siendo un elemento esencial de la redención (supuesto el plan actual de Dios), en nada obsta a la unicidad y omnipotencia de la redención obrada por Cristo, como que la corredención o cooperación de María deriva, en la línea de la causalidad eficiente, de Cristo. Así se puede decir que solamente Cristo obró nuestra redención, pero que María obró nuestra redención junto a Cristo y en subordinación a Él porque el mismo Dios lo quiso y estableció así. La redención de la humanidad sin la corredención de María no habría sido la querida y decretada por Dios.
 
María no fue corredentora de sí misma, sino que fue redimida por Dios, que la preservó del pecado original (redención preventiva, no liberadora); con todo, cooperó después a la redención de los demás hombres. En efecto, no se puede cooperar a la redención sin la gracia, que deriva de la redención y la presupone como ya existente. María cooperó, no a su propia redención, sino sólo a la de todos los demás hijos de Adán, siendo ella la Inmaculada Concepción, redimida por Cristo a título preventivo.
 
El Magisterio y la Corredentora
El Magisterio se pronunció explícitamente sobre la corredención mariana sólo a partir del siglo XIX, en particular con el gran Papa León XIII.
  
Pío IX se remitió a la profecía del Génesis (3, 14-15) al definir el dogma de la Inmaculada Concepción de María en la bula Ineffábilis Deus, y puso en evidencia la unión indisoluble entre María y Cristo en la lucha contra la serpiente infernal, o sea, en la redención, que es principal en Cristo y, al mismo tiempo, subordinada en María.
   
En efecto, la Vulgata de San Jerónimo refiere que la Mujer (es decir, María, como leen unánimemente los Padres eclesiásticos) aplasta la cabeza de la serpiente infernal con Cristo y bajo Cristo. Así, pues, María es corredentora remota, indirecta, secundaria y subordinada junto con Jesús, redentor principal y directo de la humanidad. Ahora bien, el Concilio de Trento definió, el 8 de abril de 1546 (sesión IV, EB 46), que la Vulgata, «aprobada por el largo uso de tantos siglos en la Iglesia misma, sea tenida por auténtica», es decir, por digna de fe o revestida de autoridad indiscutible, o en otras palabras, por exenta de cualquier error en materia de fe y costumbres, fuente genuina de la revelación, expresión fiel de la palabra de Dios escrita; y mandó que «nadie, por cualquier pretexto, sea osado o presuma rechazarla» [15]. Conque no se debe rechazar la doctrina de la corredención secundaria y subordinada de María, visto que se contiene en la Vulgata, que habla de la Mujer (Múlier), de su estirpe (Jesús) y de su calcañar (los cristianos), la cual aplastará la cabeza de la serpiente: «Ipsa cónteret caput tuum», “con Cristo, por Cristo y en Cristo”, como interpretan unánimemente los Padres de la Iglesia y el propio San Jerónimo (De perpétua Virginitáte Maríæ advérsus Helvídium [Sobre la perpetua Virginidad de María contra Elvidio], Patrología Latina 23, 1 883, 193-216).
 
León XIII enseña (encíclica Jucúnda semper, 1894) que María:
  1. Se ofreció a sí misma junto con Jesús en la presentación de su Hijo en el Templo, cuarenta días después de su nacimiento, para participar en la expiación dolorosa de Cristo en favor del género humano, esto es, para la redención.
  2. Además, en el Calvario, movida por un inmenso amor a nosotros, ofreció Ella misma a su Hijo a la justicia divina y murió espiritualmente con Él, atravesada en su espíritu por una espada de dolor, para devolvernos la vida sobrenatural de la gracia y tenernos como hijos espirituales.
  3. Tal corredención se verificó en virtud de un decreto o designio divino libre y especial (Acta Apostólicæ Sedis 27, 1894-1895, pp. 178-179).
 
León XIII también es quien, en la encíclica Adjutrícem pópuli (1895):
  1. Distingue la redención y la corredención objetivas, o en sí mimas (en acto primero o en el ser), de la redención y la corredención subjetivas, o aplicación de los méritos a cada alma (en acto segundo o en la acción).
  2. Enseña explícitamente la cooperación de María a la redención objetiva y subjetiva de Cristo.
  3. Explica que la cooperación de María a la redención en el ser o en sí misma (objetiva) es la razón de su cooperación a la redención en acción, o aplicación de las gracias a los hombres (subjetiva) (cf. Acta Apostólicæ Sedis 28, l894-1895, pp. 130-131).
 
San Pío X enseña en la encíclica Ad diem illum (1904): «Puesto que María fue asociada por Cristo a la obra de nuestra redención, mereció de congruo (por pura benevolencia divina) lo que Cristo mereció de condigno (por estricta justicia)» (Acta Apostólicæ Sedis 36, 1904, p. 453). Nótese que el Papa Sarto afirmó en este pasaje dos verdades sobre la corredención:
  1. María fue asociada por Cristo a la redención, no fue Ella la que se asoció a la dolorosa obra de Jesús de rescate de la humanidad.
  2. Gracias a tal asociación, María mereció por libre voluntad divina (de congruo) lo que Cristo mereció por derecho (de condigno). Estas dos expresiones técnicas de la teología significan con claridad que María es sólo corredentora subordinada, mientras que Cristo es el único redentor principal.
  
Roschini (Mariología, Milán, tres volúmenes, 1940-1942) especifica, con Lépicier (Tractátus de Beatíssima Vírgine María, Roma, 5ª edición, 1926), que María mereció de cóngruo ad mélius esse en la redención, no ad esse simplíciter, como corredentora subordinada por voluntad amorosamente gratuita de Dios.
  
Benedicto XV fue el primer Papa que formuló la doctrina de la corredención mariana en términos perentorios, inequívocos y definitivos (ya que, después de las encíclicas de Léon XIII y San Pío X, algunos teólogos minimalistas en mariología habían procurado rebajar el alcance de la enseñanza magisterial leonina y piana). Escribe el Papa Giacomo della Chiesa en su carta apostólica Inter sodalícia (1918) que María en el Calvario, a los pies de la cruz, «padeció tanto por designio divino que casi murió con su Hijo doliente y moribundo, y lo inmoló para aplacar la justicia divina, de manera que se puede decir, con razón, que María redimió al género humano junto con Cristo» (Acta Apostólicæ Sedis 10, 1918, pp. 181-182).
 
Benedicto XV enseña aquí tres cosas:
  1. Los actos de María de “conmuerte”, compasión e inmolación son la causa de la corredención mariana.
  2. Los efectos de tales actos de la corredentora fueron el aplacamiento de la justicia de Dios, ofendida por el pecado de Adán, y la salvación objetiva del género humano.
  3. El motivo de la corredención de María es la libre elección de Dios, no una necesidad natural de María, quien, por ser una criatura, no podía de suyo corredimir a la humanidad.
 
Pío XI fue el primer Papa que usó el término “corredentora” (aunque la cosa significada estaba ya presente así en la Sagrada Escritura como en la Tradición y el Magisterio) (cf. Mensaje radiofónico de clausura del Jubileo de la Redención Humana, del 28 de abril de 1935). El Papa Ratti dijo: «¡Oh Madre de piedad y misericordia, que como compaciente y corredentora...!» (cf. L’Osservatore Romano, 29-30 de abril de 1935, p. 1). Llama a María “Corredentora” no sólo, por haber engendrado al Redentor, sino también por su participación en la pasión (“compaciente”) del redentor principal. De aquí que los frutos de la redención de Cristo derivaran de una causa doble: de la pasión redentora primera y principal de Cristo y de la compasión corredentora segunda y subordinada de María.
  
Pío XII trató repetida y explícitamente de la corredención de María en tres encíclicas. El Papa Pacelli enseña, en la encíclica Mýstici Córporis Christi (1943), que María «ofreció a Jesús al Padre Eterno en el Gólgota por todos los hijos de Adán contaminados por la prevaricación de éste. Así, la que era Madre de nuestra cabeza en cuanto al cuerpo pudo llegar a ser en cuanto al espíritu, Madre espiritual de todos sus miembros» (Acta Apostólicæ Sedis 35, 1943, p. 247).
  
Pío XII hace comprender aún mejor, con su enseñanza, que expresan la misma cosa la corredención y la maternidad espiritual de María para con los cristianos y la Iglesia. María cooperó, en subordinación a Cristo, a la recuperación de la gracia para todos los hombres, injertándolos en el segundo Adán, su Cabeza espiritual y Cabeza de la Iglesia. Aquéllos se vuelven, por conducto de su santificación, hijos espirituales de María y Jesús. Ella es verdadera Madre física de la cabeza del Cuerpo Místico, el cual es la Iglesia, y verdadera Madre espiritual de sus miembros vivos (María Mater Christianórum) y de la misma Iglesia (María Mater Ecclésiæ). Quien no tiene a María por Madre espiritual no tiene a Dios por Padre espiritual, o sea, no se halla vivificado por la gracia, que es una participación de la vida de Dios (limitada y finita, pero real). El Papa Pacelli distingue dos fases en esta maternidad espiritual de María:
  1. La fase inicial: María verdadera Madre de Cristo, que es la cabeza de los cristianos y de la Iglesia. De aquí que la maternidad divina sea la fase inicial o la raíz de la corredención.
  2. Además, María padeciendo y cum-mórtua mýstice cum Christo [muerta místicamente con Cristo] constituye la fase final de la corredención o maternidad espiritual de María para con los que han recobrado la gracia de Dios y viven en ella.
En efecto, María concibió realmente a Cristo, no sólo como hombre verdadero, sino también como redentor del género humano; de aquí que la maternidad mariana física de Dios [por la cual engendró el cuerpo físico de Jesús) sea la base y fundamento de la maternidad espiritual de María o corredención (por la cual es Madre del cuerpo espiritual de Jesús, o sea, de los miembros vivos de Cristo y de la Iglesia). María es Madre de todos los hombres en potencia, mas llega a serlo en acto sólo respecto de los que quieren aceptar el don de la redención, que Dios ofrece a todos, pero que muchos rechazan. Así como María engendró la cabeza del Cuerpo Místico, así, y por igual manera, engendró y engendrará hasta el final de los tiempos a sus miembros vivos. Esta generación espiritual se puede subdividir en dos partes: la concepción y el parto. Pío XII presentó explícitamente a los hijos espirituales de María como miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo, nacidos en el Calvario entre los desgarros del alma de María, “commórtua” junto con su cabeza, que es Cristo. Esta es la cooperación de María a la obra de la redención o corredención objetiva remota y próxima.
  
Pío XII enseña, en su segunda encíclica sobre la corredención (Ad cœli Regínam, 1954), que María es reina no sólo por ser Madre física de Cristo, sino, además, por ser Madre espiritual de los hombres rescatados y engendrados de nuevo a la vida sobrenatural. María fue asociada a Cristo en la obra de la redención. Ella, al reparar todas las cosas con sus méritos, es Madre y Señora de todo lo que ha sido devuelto a la gracia. De esta unión con Cristo nace el poder real por el que María es dispensadora de todas las gracias (cf. AAS 46, 1954, pp. 634-635).
  
Por último, Pío XII vuelve a tratar de la corredentora en la encíclica sobre el Sagrado Corazón de Jesús (Hauriétis áquas, 1956), y establece una analogía entre el culto de latría, debido al Sagrado Corazón de Jesús, y el de dulía, que se le debe al Corazón Inmaculado de María (Acta Apostólicæ Sedis 38, 1956, p. 332). Así como Dios quiso libremente asociar a María a la redención de Cristo, por lo cual nuestra salvación es fruto de los sufrimientos de Jesús y de los de María, del mismo modo, invita el Papa al pueblo cristiano a que, después de tributar al Sagrado Corazón de Jesús los homenajes de adoración que le son debidos, le preste a María los homenajes de la hiperdulía porque recibe la vida sobrenatural de Cristo y de María por voluntad de Dios.
  
La Sagrada Escritura y la Corredención
La redención y, por ende, la corredención del género humano se anuncia en el Antiguo Testamento. Dios pronuncia en el Génesis (3, 15) las siguientes palabras contra el diablo, quien, en forma de serpiente, había hecho pecar a Adán y Eva: «Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre tu raza y la su descendencia: Ella quebrantará tu cabeza, y tú andarás acechando a su calcañar».
  
Según los padres eclesiásticos, estas palabras figuran y predicen una lucha encarnizada entre el diablo y su estirpe (es decir, los que no quieren vivir en gracia de Dios) y el redentor nacido de una mujer, que es la corredentora, junto con sus hijos recomprados y vivificados por la vida sobrenatural. La victoria es del redentor y la corredentora, que aplastarán la cabeza de la serpiente infernal.
 
Se realiza en el Nuevo Testamento, al menos en tres pasajes decisivos, lo que se había profetizado en el Viejo Testamento. Dichos pasajes son casi una explicación o un comentario de Gen 3, 15. Dos son del evangelio de San Lucas y uno del evangelio de San Juan.
  
El primero (Lc 1, 26-38) narra que el arcángel San Gabriel fue enviado por Dios a María para obtener su libre consentimiento al plan divino que la volvería Madre del redentor. María dio su consentimiento: «ecce Ancílla Dómini, fiat mihi secundum verbum tuum» (He aquí la Esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra).
  
Se advierte aquí un paralelo impresionante entre los tres protagonistas de la ruina espiritual del género humano (un hombre llamado Adán, una mujer denominada Eva y un ángel caído bajo apariencia de serpiente) y los tres protagonistas de la redención de la humanidad (el nuevo Adán: Jesús; la nueva Eva: María, y el ángel bueno: Gabriel). Así como Eva, inducida por el ángel malo, había cooperado con Adán a la caída original, así también la nueva Eva coopera con el nuevo Adán después de haber aceptado la misión divina que le ha ofrecido el ángel bueno. La muerte y la vida sobrenatural le vienen al género humano de un hombre y una mujer. Los Padres y los doctores eclesiásticos interpretaron así comúnmente el pasaje del Génesis y el del evangelio de San Lucas.
 
Los otros dos textos evangélicos nos revelan la cooperación de María a la redención por conducto de su compasión unida y subordinada a la de Cristo.
 
El evangelio de San Lucas (2, 22-39) narra la escena de la presentación de Jesús en el Templo. San Simeón anuncia a María su íntima asociación a la pasión redentora de Jesús: «[Éste niño] puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para signo de contradicción; y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos». María será asociada a la pasión de Jesús con su Compasión. Simeón, no obstante la presencia de San José, se dirige exclusivamente a María para hacernos comprender que Ella, por disposición divina, había sido asociada a la pasión y redención de Cristo; el cual sufriría contradicción como se había predicho en el Génesis: sería odiado de sus enemigos. La descendencia de Cristo y María se contrapondría diametralmente a la de la de la serpiente y el sanedrín. Por último, María moriría místicamente, o en su alma, por el dolor que experimentaría al participar en la pasión del Hijo de Dios y suyo.
  
En el evangelio de San Juan (2, 1-11) se nos presenta a María invitada a un banquete de bodas junto con Jesús. Llega a faltar el vino. María no se turba, y sus palabras expresan tanto solicitud hacia las necesidades de los hombres, como una seguridad absoluta en la eficacia de su oración dirigida a Jesús: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). San Agustín escribe el siguiente comentario: «María, Madre de Jesús, exigía un milagro (miráculum exigébat)» (In Joánnes Evangelístæ tractátus. 8; PL 35, 1455). María ruega y Jesús satisface su deseo anticipando su misión pública aunque aún no había llegado la hora de hacer milagros [16]. En este pasaje evangélico aparece en toda su dulce fortaleza la intercesión y la cooperación de María a la obra de la redención de Cristo [17].
 
El evangelio de San Juan (19, 25-27) nos muestra a María en el monte Calvario, a los pies del árbol de la cruz en el instante del sacrificio del Redentor, o sea, en el momento en que alcanzaba su apogeo la oposición y la enemistad de que era Éste objeto. También aquí impresiona el paralelismo que se da entre esta escena y la del pecado original en el Génesis: en el Antiguo Testamento, un árbol de la ciencia del bien y del mal, un hombre llamado Adán y una mujer denominada Eva, los cuales, inducidos por el diablo, arruinan a la humanidad en el jardín o monte del Edén al perder la gracia santificante; en el Nuevo Testamento, un nuevo monte (el Calvario), un nuevo árbol (la cruz), un nuevo Adán (Cristo) y una nueva Eva (María), que, con la ayuda de Dios y el aborrecimiento del diablo y su descendencia (el Sanedrín), rescatan o recompran lo que se había perdido en el Edén.
  
San Juan vuelve sobre este paralelismo en el último libro sagrado (capítulo XII del Apocalipsis) al revelar la lucha entre el dragón y la mujer. Como se ve, la Sagrada Escritura empieza (Génesis) y termina (Apocalipsis) con la revelación de la pasión y compasión, de la redención y corredención, la cual es el corazón del dogma católico, no una devoción facultativa como querrían protestantes y modernistas.
  
La Tradición Patrística
Ya en el siglo II, San Justino (Diálogus cum Tryphónis, en Migne, Patrología Græca 6, 709-712), San Ireneo (Contra hæreticórum, V, 19, 375-376) y Tertuliano (De carne Christi, cap. 17, PL 6, 282), comentando el Génesis (3, 14-15) y a San Pablo (Rom 5, 17), hablan de María como de la nueva Eva opuesta a la primera porque nos hizo renacer a la vida sobrenatural perdida por el viejo Adán y recobrada por el nuevo Adán, esto es por Jesús, junto con María, “nueva Eva”.
 
Tal doctrina, que hallamos enseñada por Padres de directa descendencia apostólica desde los años 100-220 d. C., la propusieron de nuevo los Padres griegos y latinos: véase San Atanasio (Epístola de sýnodis, 51-52, en Patrología Græca 26, 784-785); San Efrén el Sirio, que llama a María «el precio del rescate de los pecadores prisioneros» (Ópera sýriaca, II, 607); San Basilio (Sermo in Nativitáte Dómini, 5, PG 31, 1468); San Gregorio Nacianceno (Carmína 1, 10, PG 37, 467); San Epifanio (Advérsum hæréticum Panárium, LXXIX 4, 7, PG 42, 707); San Juan Crisóstomo (Homilía in Epístolam ad Románum 13, 1, PG 60, 508-509); San Cirilo de Alejandría (Epístola I, PG 77, 13); San Cirilo de Jerusalén (Catechésis Mistagógicæ 4, 7, PG 33, 461); San León Magno (Sermo II in Nativitáte Dómini, PL 54, 199), y San Gregorio Magno (In Evangélium homilíæ I, 16, PL 76, 1135).
 
La corredención fue confirmada con fuerza por el mayor de los Padres latinos, San Agustín de Hipona (De virginitáte, V, 6): «María es Madre espiritual de todos los hombres que aceptan la gracia porque es Madre física de Cristo, cuyos miembros vivos y místicos son los hombres justificados». Sin embargo, siguió sin ser explicitada hasta el siglo X, cuando Juan Geómetra afirmó con claridad explícita la verdad de la cooperación redentora de María con Cristo, si bien en subordinación a Él (Joánnis Geómetræ laus in Dormitiónem Beátæ Vírginis Maríæ).
 
En el siglo XI se hizo cada vez más clara y explícita la doctrina enseñada por los Padres y los doctores sobre la corredención.
 
San Pedro Damián habló de la Pássio Christi y de la Compássio de María, (Sermo 46 in nativítáte Beátæ Vírginis Maríæ, 1, PL 144, 148 A); Eadamer de Canterbury (+ 1124) fue el primero en hablar de los méritos corredentores de María (Liber de Excelléntia Vírginis, PL 159, 573); luego San Bernardo de Claraval (+ 1153) habló de la satisfacción por parte de María de la culpa de Eva (Homilía II super “Missus est”, PL 183, 62); San Alberto Magno (Mariále, q. 29, #3; Commentárium in Matthǽum, 1, 18) y San Buenaventura de Bagnoregio alcanzaron la plena explicitación y sistematización de la doctrina referente a la corredención subordinada de María: «María nos dio a su Hijo, al que amaba más que a sí misma, y lo ofreció por nuestra salvación» (Collátio 6 de donis Spíritus Sancti, nº 17).
  
Santo Tomás y la Corredencion
El doctor común de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino (Summa Theológica III, q. 1, a. 3, ad 3), hace derivar todas las prerrogativas de María de la Maternidad divina [18]. La corredención la presenta el Angélico cual cooperación activa de María a la redención universal de Cristo o participación de ésta (19). Cristo es nuestra cabeza y, por eso, al merecer para Sí mereció también para nosotros, que somos sus miembros, la gracia santificante, la salvación y la vida eterna (Summa Theológica III, q. 48, a. 1). Sólo Cristo es nuestro redentor principal (Summa Theológica III, q. 48, aa. 5-6; III, q. 49, aa. 1-3). Pero el Angélico, si bien no hizo de la corredención su “caballo de batalla”, con todo, reconoció en el “fiat” de María a la encarnación del Verbo una participación en la redención, la «acción de una persona en particular, pero cuyos efectos salvíficos se derramarían sobre toda la humanidad» (III Senténtiæ, III, q. 3, a. 2, sol. 2; cf. S. Th., III, q. 30, a. 1; Quódlibet, 2, a. 2). Finalmente, alrededor de un año antes de su muerte (abril del año 1273), afirmó el Aquinate, en su Exposítio super salutatiónem angélicam (título 16), que la gracia que recibió María en cuanto Madre de Dios fue tan sobreabundante, que se derrama desde la Virgen sobre todo el género humano en pago por la salvación de todos; y concluyó diciendo: «Es el caso de Cristo y de la Santísima Virgen María».
  
Por desgracia, el Angélico no ahondó en el estudio de las relaciones entre la redención de Cristo y la corredención de María, mas el concepto de “compasión” lo expresó con claridad, aunque sin darle la preeminencia en su mariología, pues tal preeminencia le corresponde a la Maternidad divina, de la que derivan todos los privilegios marianos, inclusive la corredención [20]. No cabe duda, por ello, de que el mayor de los Padres eclesiásticos (San Agustín) y el máximo doctor escolástico (Santo Tomás de Aquino) enseñan la corredención mariana.
   
Entre los grandes nombres de los años siguientes se pueden citar los siguientes: San Antonino de Florencia (Summa Theológica, IV pars, tit. 15, cap. 20, # 14) y Dionisio el Cartujano (De dignitáte et láudibus Beátæ Vírginis Maríæ, II, 23). La corredención llegó a ser la doctrina comúnmente enseñada por los teólogos a partir del siglo XVIII.
 
En conclusión, la corredención de María se halla en las dos fuentes de la revelación y fue enseñada explícitamente por los Padres de la Iglesia y por el Magisterio pontificio ordinario; en consecuencia, no es sólo una verdad teológicamente cierta, sino también de fe divino-católica, bien que aún no haya sido definida solemnemente por el Magisterio extraordinario [21]. En efecto, «basta por lo común la función del Magisterio ordinario para constituir una verdad de fe divino-católica; véase el Concilio Vaticano I, sesión III, capítulo 3, DB, 1792» (P. Parente, Dizionario di teología dommatica, Roma, ed. Studium, 4ª edición, 1957, voz “Definizione dommatica”). Así pues, también respecto a la corredención de María se hallan los modernistas, igual que los luteranos, en contradicción con la Tradición católica.
  
La razón teológica
María estaba predestinada, por su Maternidad divina, a la función de Medianera universal entre Dios y los hombres, como lo demuestran la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio. Los mejores teólogos, generalmente de la escuela tomista (22), dan la razón teológica de ello. El Padre Réginald Garrigou-Lagrange escribe que María es medianera con subordinación a Cristo:
  1. Porque cooperó al sacrificio de la cruz (con la satisfacción o la compasión y el mérito) [23].
  2. Porque intercede continuamente por nosotros en el cielo ante su Hijo, alcanzándonos y distribuyéndonos todas las gracias que precisamos con vistas a la salvación eterna. La mediación de María es ascendente (presenta a Dios las plegarias de los hombres) y descendente (da a los hombres las gracias divinas).
 
María cooperó al sacrificio de la cruz y a la redención de Cristo por modo de satisfacción, de manera subordinada a Cristo, único mediador principal de la redención del género humano; es decir: reparó la justicia divina ofendida por el pecado de Adán volviéndonos a Dios propicio y amigo. Pero, ¿cómo? Ofreció a Dios en el Gólgota, con enorme dolor y grandísimo amor, la vida de su Hijo, queridísimo para ella y a quien adoraba. Y lo hizo por nosotros los hombres, hijos de Adán, privados de la vida sobrenatural.
 
Jesús satisfizo por nosotros de condigno a la justicia divina, o sea, en rigor de justicia, por ser Dios. María, en cambio, que no dejaba de ser una criatura, aun siendo verdadera Madre de Dios, mereció de congruo, esto es, por razón de conveniencia o por benevolencia de Dios, lo que Jesús mereció de condigno, por lo que el derecho al rescate de la humanidad se funda, en María, en el amor gratuito de Dios o in jure amicábili [en los derechos de la amistad], no en la estricta justicia, como en el caso de Jesús. María es corredentora en este sentido: porque recompró con Cristo, en Cristo y por medio de Cristo al género humano, extraviado por el pecado original.
  
Tal razón teológica la corroboró el Magisterio pontificio (cf. San Pío X, encíclica Ad diem illum, de 1904, DS 3370: «María mereció de congruo, como dicen los teólogos, lo que Cristo mereció de condigno»; cf. asimismo Benedicto XV, carta apostólica Inter sodalícia, de 1918, DS 3634, nº 4: «inmoló a su Hijo, de manera que se puede decir, con razón, que ella redimió al género humano con Cristo y bajo Cristo”).
  
Fue Santo Tomás de Aquino quien explicó la doctrina del mérito y la distinción entre el mérito de congruo y el de condigno (Summa Theológica I-II, q. 114, a. 6), y los tomistas las aplicaron a la corredención de María subordinada a la redención principal de Cristo (R. Garrigou-Lagrange, La sintesi tomistica, Brescia, ed. Queriniana, 1953, pp. 258-260; Id., La Mere du Sauveur et notre vie intérieure, París, 1941; Id., De Christo Salvatóre, Turín, 1945).
  
Efrem
  
NOTAS
[1] Redimir significa en general liberar a una persona pagando un rescate por ella. Por eso redentor en sentido lato es el que libera a otro de la esclavitud pagando cierto precio por su liberación. De aquí que la redención en general exija el pago de un precio para (re)comprar a alguien. La redención del género humano en sentido estricto estriba en su liberación espiritual de la esclavitud del pecado y en su reconciliación con Dios. Jesús pagó con su muer te en la cruz el precio de nuestra liberación espiritual del pecado de Adán, reconciliándonos con Dios.
[2] El tema de “María Dispensadora de todas las gracias” es tratado en un artículo aparte.
[3] Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theológica III, q. 26; G. M. Roschini, Mariología, Milán, tres volúmenes, 1940-1942; Id., La Virgen según la fe y la teología, Roma, cuatro volúmenes, 1953-1954; P. C. Landucci, María Santísima en el Evangelio, Roma, 1945; A. Piolanti, María y el Cuerpo Místico, Roma, 1957; P. Straeter, Mariología, Turín, tres volúmenes, 1952-1958; A. M. Lépicier, Tractátus de Beatíssima Vírgine María, Roma, 5ª edición, 1926; E. Campana, María en el dogma católico, Turín, 1ª edición, 1954; B. H. Merkelbach, Mariología, París, 1939; E. Zolli, De Eva a María, Roma, 1954; R. Spiazzi, La Mediadora de la reconciliación humana, Roma, 1951; B. Gherardini, La Corredentora en el misterio de Cristo y de la Iglesia, Roma, 1998; Ch. Journet, María Corredentora, Milán, 1989; R. Garrigou-Lagrange, La Madre del Salvador y nuestra vida interior, París, 1941; A. Capellazzi, María en el dogma católico, Siena, 1902; E. Campana, María en el dogma católico, Turín, 1943; A. Lang, Madre de Cristo, Brescia, 1933; D. Bertetto, María en el dogma católico, 2ª edición, Turín, 1956; A. Piolanti, Madre de unidad. Sobre la Maternidad espiritual de la Virgen, en Mariánum, 1949, pp. 423 y ss.; J. B. Carol, De corredemptióne Beátæ Vírginis Maríæ, Ciudad del Vaticano, 1950; S. Garofalo y G. M. Roschini, voz “María Santísima”, en Enciclopedia Católica, Ciudad del Vaticano, 1952, vol. VIII, cols. 76-118; G. M. Roschini, voz “Corredentora”, en Enciclopedia Católica, Ciudad del Vaticano, 1950, vol. IV, cols. 640-644; A. Nicolás, La Virgen María y el plan divino, París, 1880.
[4] Concilio de Cartago, DB 101 y ss.; II Concilio de Orange, DB 174 y ss.; Concilio de Trento, DB 793-843.
[5] «En quien tenemos la redención por su sangre» (Ef 1, 7); «Considerando que habéis sido rescatados (...) con la preciosa Sangre de Cristo» (I Pe 1, 18-19).
[6] Verdad divinamente revelada y definida por el Concilio de Trento, sesión V, DB 790.
[7] Cf. I. Bitremieux, Sobre la mediación universal de la Santísima Virgen María en cuanto a las gracias, Brujas, 1926.
[8] J. Bover, La doctrina de San Pablo sobre la mediación de Cristo aplicada a la mediación de María, en Mariánum, nº 4, 1942, pp. 81-90.
[9] A. Lépicier escribe: «María participó en el pago del rescate de la humanidad porque consintió libremente en la encarnación formalmente redentora de Cristo. María ofreció a Jesús en el Templo como futura víctima de reconciliación y renovó y perfeccionó tal oblación en el Calvario»” (Tractátus de Beata María Virgine, cit., p. 503.
[10] La gracia santificante es un don divino permanente, esencialmente sobrenatural, infundido gratuitamente por Dios en el alma humana. Le confiere al hombre la santidad o justificación real. San Pedro revela que vuelve a los hombres “partícipes de la divina naturaleza” (II Pe 1, 4).
[11] Habría podido elegir cualquier otro modo, incluso un mero acto de voluntad de Dios, que al ser de valor infinito podía re-comprar la gracia perdida.
[12] También entre los teólogos católicos hay teólogos plenamente ortodoxos que no son enteramente favorables a la doctrina de la corredención mariana por miedo a derogar la dignidad del único mediador y redentor, como, p. ej., M. J. Scheeben (Handbuch der Katholischen Dogmatik [Manual de Teología Católica], Friburgo, 1882); L. Billot (María Madre de la gracia, París, 1921; De Verbo Incarnáto, 4ª edición, Roma, 1904); P. Parente (Dizionario di teología dommatica, Roma, 4ª edición, 1957, voz “Corredentora”, pp. 95-96; De Verbo Incarnáto 4ª edición, Turín, 1951). Mas, cuando se hacen las debidas distinciones, la corredención de María en nada obsta a la unicidad de la redención principal de Cristo.
[13] La redención objetiva es potencial, o in fíeri, o en vías de actuación o de aplicación a los hombres, mientras que la redención subjetiva es actual o aplicada a las almas en particular y, por ende, ya completa en acto.
[14] Causa primera es solo Dios, causa segunda es toda criatura. Esta última puede dividirse en causa principal (v. gr., el pintor) y causa secundaria (el pincel).
[15] Vulgáta, que significa en latín “común, oficial, usual”, es la versión latina de la Biblia que la Iglesia usa y prescribe oficial, usual o comúnmente en la enseñanza, la predicación y la liturgia. Se debe a San Jerónimo (+ 420), el “Doctor máximo” en la interpretación de la Sagrada Escritura. La empezó en Roma, en el año 383, y la acabó en Belén, en el 406. Cf. S. Garofalo, voz “Vulgata”, en Dizionario di teologia dommatica, Roma 4ª edición, 1957, p. 440; J. M. Vosté,  Sobre la versión latina denominada “Vulgata”, Roma, 1928; Id., La Vulgata en el Concilio de Trento, en Bíblica, 1946, pp. 615-618.
[16] Cf. C. Spicq, El primer milagro de Jesús debido a su Madre, en Sacra Doctrina, nº 18, 1973, pp. 125-144; F. Spadafora, María en las bodas de Caná, en Rivista Bibbica, nº 2, 1954, pp. 220-247.
[17] S. Garofalo, Las palabras de María, Roma, 1943; Id., La Virgen en la Biblia, Milán, 1958; R. Spiazzi, La mediadora de la reconciliación humana, Roma, 1951; F. Spadafora, Diccionario bíblico, Roma, 3ª edición, 1963, voz “María Santísima”, pp. 394-398; Id., María Santísima en la Sagrada Escritura, Roma, 1936.
[18] Cf. sobre este tema el comentario a la Suma Teológica redactado por el cardenal Tomás de Vio, alias Cayetano (Commentárius in Illam partem Summæ theologíæ, q. 28, a. 2).
[19] Cf. B. H. Merkelbach, ¿Qué pensó Santo Tomás sobre la mediación de la Santísima Virgen María?, en Xenia Thomística, 1925, pp. 505-530.
[20] Cf. G. Roschini, La Mediadora universal, Roma, 1963.
[21] El “dogma” es una verdad revelada por Dios que se contiene en el Depositum Fidei: la Tradición y la Sagrada Escritura (dogma material), y que luego la propone el ministerio eclesiástico para ser creída por los fieles en cuanto tal (es decir, como verdad divinamente revelada o de fe) siendo necesaria pare la salvación (dogma formal) (Vaticano I, DB 1800). Por tanto, quien rechaza una verdad de fe definida por el Magisterio, o se niega a prestarle su asentimiento, es hereje e incurre ipso facto en la excomunión o el anatema. La “definición dogmática” es la declaración obligativa de la Iglesia sobre una verdad revelada y propuesta a los fieles como de creencia obligada. Tal definición puede hacerse ya por el Magisterio ordinario (el Papa enseñando a creer una verdad -de manera ordinaria o no solemne en “cuanto al modo”, pero obligativa en “cuanto a la sustancia”- como revelada por Dios y definida por la Iglesia), ya por el Magisterio extraordinario o solemne relativo al modo (una declaración solemne o “extraordinaria” del Papa o del Concilio). Tal definición dogmática se llama asimismo dogma formal o verdad de fe divino-católica o divino-definida. Sin embargo, no reina la unanimidad entre los teólogos: por ejemplo, Monseñor Brunero Gherardini escribe que la corredención de María es una verdad “próxima a la fe” (La Corredentora en el misterio de Cristo y de la Iglesia, Roma, 1998, p. 15). Con todo (si parva licet componére magnis [si es posible comparar las cosas pequeñas con las grandes]), como la corredención de María se halla en la Tradición y en la Sagrada Escritura y fue enseñada constantemente por el Magisterio pontificio ordinario a partir de León XIII, me parece que se puede hablar de una verdad divinamente revelada y definida por la Iglesia, aunque no de modo extraordinario, sino puramente ordinario, o sea, la corredención de María es una verdad de fe divina y católica.
[22] Cf. Summa Theológica III, qq. 27-30; los comentarios de Cayetano y de G. M. Vosté a la Suma Teológica (III, qq. 27-30); E. Hugon, Tratado teológico, vol. II, París, 5ª edición, 1927; G. Friethoff, Sobre el alma asociada a Cristo Mediador, Roma, 1936.
[23] Satisfacción en sentido teológico es un término establecido de manera exacta por San Anselmo de Aosta (Cur Deus homo? [¿Por qué el Dios hombre?]) Y luego por Sto. Tomás de Aquino (Summa Theológica III, q. 48, a. 2), y significa aplacar a Dios ofendido por la culpa con un sacrificio o una obra penosa. Cristo pagó a Dios Padre, con su muerte en la cruz, la deuda del pecado de los hombres. Enmendó así la culpa de Adán con objeto de liberar a aquéllos de la esclavitud del pecado, que los privaba de la gracia santificante.