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viernes, 2 de abril de 2021

EL SUEÑO DE CLAUDIA PRÓCULA, MUJER DE PILATO

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
  
“El sueño de la esposa de Pilato” (grabado de Alphonse François siguiendo a Gustave Doré).
   
San Mateo en su relato de la Pasión nos refiere de una mujer premurosa que se preocupa del empeño del marido:
«Y estando él sentado en su tribunal, le envió a decir su mujer: “No te mezcles en las cosas de ese justo; porque son muchas las congojas que hoy he padecido en sueños por su causa”» (XXVII, 19)
Como todos habréis entendido, el marido es Pilato y la mujer es aquella que la tradicióm ha llamado Claudia Prócula.
   
Sobre esta mujer no sabemos mucho y a tal laguna suplieron en el curso de los siglos los evangelios apócrifos, especialmente el llamado “de Nicodemo”, que la presenta como mujer virtuosa y piadosa. Más allá de la fantasiosidad más que evidente de estos textos tardíos respecto a los Evangelios canónicos, valga la anotación de Cornelio Alápide en su Comentario en Mateo: «Quod licet apócryphum, multa tamen vera probáque cóntinet» (Aunque apócrifos, contienen muchas cosas verdaderas y virtuosas).
   
Los Padres de la Iglesia y los exégetas se concentraron prevalentemente sobre el sueño. Si bien algunos, como San Bernardo y Rabano Mauro, quisieron ver una tentativa del Diablo de impedir la Muerte salvifica del Redentor; la más antigua tradición eclesiástica –autores del calibre de Orígenes, San Hilario, San Ambrosio, San Agustín, San Juan Crisóstomo– no albergan dudas sobre el origen divino del sueño.
   
Dios quiere hacer conocer a esta mujer, prosélita judía, algo sobre aquel Justo que su marido estaba procesando a instancias de los Judíos: esto fue hecho para justificación de ella y para que su ministerio diese en alguna forma inicio a la predicación de Cristo a los Romanos, donde San Jeróniml definió aquel sueño “fídei Gentílis pópuli præságium” (presagio de la fe en los pueblos gentiles).
   
No fue precisamente un præságium feliz para Pilato. Escéptico como trasluce por el mismo Evangelio –Quid est véritas?–, el præféctus Judǽæ era seguramente muy atento a los arcanos signos, a los sueños, a las premoniciones: era una tradición romana y como dice el padre Giuseppe Ricciotti, «sabía muy bien que Julio César habría evitado las 23 puñaladas de los fatales Idus de marzo si hubiese oído a su mujer Calpurnia que le había pedido no acercarse aquel día en la Curia, porque ella en la noche precedente lo había visto en sueños atravesado por muchas heridas». Un buen incentivo para empeñarse por la absolución del Nazareno.
   
¿Pero qué fue de esta mujer después de los hechos narrados? Priva de fundamento la teoria de su presencia en el seno de la Iglesia Romana basada en la identificación de Claudia Prócula con la Claudia que San Pablo (que, para ciertos apócrifos, administró el bautismo a la mujer de Pilato) menciona al fin de la Segunda Carta a Timoteo. Ciertamente abrazó la fe cristiana y la aplicó en su vida: los Griegos y los Etíopes la veneran como Santa.
   
En tiempos recientes, su figura fue presentada al gran público por Mel Gibson en su famosa película La Pasión de Cristo. En el filme Claudia, interpretada por Claudia Gerini, no es un personaje del todo desapercibido (tal como lo presenta San Mateo del resto): al contrario hace presión sobre el marido –“sanctus est!” le dice– y tanto se compadece de los dolores de Jesús y de María que llega a donar a la Virgen paños de lino finísimo. Particulares que hacen parte de las visiones de la extática alemana Ana Catalina Emmerick, a los cuales, sin embargo, se puede dar fe meramente humana.
   
Luego, casi nada sabemos de esta piadosa múlier; casi nada aparte aquel unum necessárium: el haber atestiguado públicamente la inocencia del Redentor procesado Redentor ante la soberbia Roma y la infiel Jerusalén.

lunes, 20 de julio de 2020

EL PADRE GIUSEPPE RICCIOTTI CONTRA LA EUTANASIA


«La vida es un depósito que hemos recibido y que no hemos creado nosotros. La vida es un puesto en el campo de batalla que nos asigna un Alto capitán, y bajo ningún concepto podemos abandonar ese puesto, aunque sea doloroso y cansado». (PADRE GIUSEPPE RICCIOTTI CRL, 12 de Enero de 1950).

sábado, 11 de abril de 2020

BERGOGLIO RESCATANDO AL COMPAÑERO JUDAS (Nihil novi sub sole)

Casi como es habitual en torno a los días santos, Bergoglio sigue entreteniendo a su (por las circunstancias de público conocimiento) reducida audiencia en la capilla Espíritu Santo de la Domus Sanctæ Marthæ y sus adoradores alrededor del orbe con su plática sobre Judas Iscariote:
«Una cosa que me llama la atención es que Jesús nunca le dice “traidor”; dice que será traicionado, pero no le dice a él “traidor”. Nunca dice: “Vete, traidor”. ¡Nunca! Es más, le dice: “Amigo”, y lo besa. El misterio de Judas… ¿Cómo es el misterio de Judas? No sé… Don Primo Mazzolari lo explicó mejor que yo… Sí, me consuela contemplar aquel capitel de Vézelay: ¿cómo terminó Judas? No lo sé. Jesús amenaza fuertemente, aquí; amenaza fuertemente: “¡Ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es traicionado: sería mejor para ese hombre si nunca hubiera nacido!”. ¿Pero eso significa que Judas está en el infierno? No lo sé. Yo miro el capitel. Y escucho la palabra de Jesús: “Amigo”». (ANTIPAPA FRANCISCO, Homilía para el 8 de Abril de 2020; traducida y provista por Zenit).
Más allá del hecho de la relación significante-significado entre “traidor” y “aquel que traiciona” (evidente en cualquier diccionario de cualesquiera de las lenguas conocidas)… señalamos:
  1. Que Bergoglio no hace sino sostener posiciones ya expresadas por sus predecesores inmediatos Wojtyła y Ratzinger;
  2. Que no existe ningún misterio sobre el destino eterno de Judas Iscariote: Jesús mismo lo revela condenado.
Al primero.
De Juan Pablo II podemos citar este pasaje: «cuando Jesús dice de Judas, el traidor, que “sería mejor para ese hombre no haber nacido” (Mateo 26, 24), la afirmación no puede ser entendida con seguridad en el sentido de una eterna condenación» (Cruzando el umbral de la esperanza, 1994, pág. 187 de la edición española). También Benedicto XVI expresa duda sobre la condenación del traidor, que desesperando de la misericordia de Dios se ahorcó, al decir: «Aunque luego se alejó para ahorcarse (cf. Mt 27, 5), a nosotros no nos corresponde juzgar su gesto, poniéndonos en el lugar de Dios, infinitamente misericordioso y justo» (Audiencia general, 18 octubre de 2006). Luego esta duda es “doctrina común” post-conciliar: no puede ser vista sino como agnosticismo, una de las bases del modernismo; y Francisco, como elogiador de la duda (que le convenga, porque de resto, la callada por respuesta) y modernista, la hace suya y la “enseña”, casi tan “dogmáticamente” que el infame Mons. Paglia Cinelli no tuvo empacho alguno en afirmar que «para la Iglesia Católica, si uno afirma que Judas está en el infierno, es un hereje». Dan ganas de responderles: Médice cura teípsum!

Al segundo.
La condenación de Judas no es un misterio desconocido para nosotros: ella es mostrada claramente por las Escrituras.
  
Cristo llama a Judas “hijo de perdición” (Joann. XVII, 12) [fílius perditiónis / υιος της απωλειας / ܒ݁ܪܶܗ ܕ݁ܰܐܒ݂ܕ݁ܳܢܳܐ / בֶּן-הָאֲבַדּוֹן]. Esta expresión «es un hebraísmo que significa “el que se ha perdido”. Con este nombre se alude a Judas traidor. No es por incuria de Jesús que Judas se perdió, sino por su voluntad perversa. Dios, que lo había perdido, lo hizo preanunciar en la Escritura (Salm. XL, 10; CVIII, 8)» (Padre MARCO M. SALES OP, La Sacra Bibbia – Il Nuovo Testamento, Turín, 1925, Vol. I, pág. 429, n. 12. Traducción propia).
    
San Pedro, en su discurso a los hermanos para escoger al remplazo de Judas entre los Apóstoles, dice que él se fue «a ocupar su lugar» (Act. I, 25), «un eufemismo para indicar el infierno. Judas abandonó el lugar que ocupaba entre los Apóstoles para adquirir un lugar en el infierno, como convenía a la enormidad de su delito» (Ibid. pág. 463, n. 25. Traducción propia). He aquí por qué el Señor usó aquella frase tremenda: «Mejor le sería no haber nacido», refiriéndose al traidor.
  
Lapidario es el Catecismo del Concilio de Trento, eco del unánime (y por ende, infalible) consenso de los Padres: 
«Frecuentemente sucede precisamente que los hombres no se arrepienten de los pecados como deberían; que también hay unos, al decir de Salomón, que se alegran del mal cometido (Prov. 2,14); mientras que hay otros que se afligen tan amargamente, que desesperan de salvarse. Tal parece ser el caso de Caín que exclamó: “Mi pecado es más grande que el perdón de Dios” (Gén. 4, 13); y tal fue ciertamente el de Judas, el cual arrepentido, colgándose en el lazo, perdió al mismo tiempo la vida y el alma (Matth. 27, 3; Act. 1, 18)» (Catecismo del Concilio de Trento, n. 241 – La penitencia en cuanto virtud).
Como la oración sigue a la creencia, la liturgia romana tradicional, en la Misa del Jueves Santo y en la Misa de Presantificados del Viernes Santo, presenta la siguiente Oración:
«Deus, a quo et Judas reátus sui pœnam, et confessiónis suæ latro prǽmium sumpsit, concéde nobis tuæ propitiatiónis efféctum: ut, sicut in passióne sua Jesus Christus, Dóminus noster, divérsa utrísque íntulit stipéndia meritórum; ita nobis, abláto vetustátis erróre, resurrectiónis suæ grátiam largiátur: Qui tecum vivit et regnat in unitáte Spíritus Sancti, Deus, per ómnia sǽcula sæculórum» [Oh Dios, de quien Judas recibió el debido castigo de su pecado y el buen ladrón el premio de su confesión; haznos sentir el efecto de tu misericordia, para que, así como Jesucristo Nuestro Señor dio en su Pasión a entrambos su merecido, así también, destruido en nosostros el error del hombre viejo, nos conceda la gracia de resucitar gloriosamente con él. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos]. Amén.
De ella se concluye a partir de la confrontación entre San Dimas, el Buen Ladrón (a quien Jesús “canonizó” justo antes de morir), y Judas Iscariote, el Apóstol traidor, que mientras el primero recibió “el premio de su confesión” (evidentemente la salvación), el segundo obtuvo “el debido castigo de su pecado” (evidentemente el castigo en el Infierno) por toda la eternidad.

Por tanto, si hay algo de oscuro en Judas Iscariote, no lo es precisamente su suerte eterna con los demonios y los réprobos en las llamas del Infierno, que debemos evitar. Para evitar tal destino, invitar a ciertos pastores calaveras que en cambio se ocupan de exonerar al Traidor, casi rehabilitarlo (tal vez queriendo absolverse a sí mismos y su traición contra Cristo y su Esposa, la Iglesia Católica).

Sobre la traición de Judas recomendamos leer los textos del padre Giuseppe Ricciotti:
«Llegó por tanto el penúltimo día antes de la Pascua, o sea el miércoles. El tiempo, para los sumos sacerdotes y los fariseos, apremiaba y era necesario actuar. No obstante las repetidas deliberaciones tomadas en los días previos, aún no habían hecho nada, porque Jesús estaba protegido por el favor popular y por tanto se permitía rodar impunemente por Jerusalén e incluso predicar en el Templo. ¿Pero no había método para hacerlo desaparecer ocultamemte, si  que el pueblo se agitase? Por eso no convenía perder más tiempo, y la cuestión debía resolverse en forma definitiva antes de la Pascua, para evitar consecuencias que podían ser gravísimas. Las fiestas en general, y sobre todo la Pascua, a causa de las enormes afluencias de multitudes excitadas, eran consideradas por el procurador romano como períodos de convulsión sísmica, y entonces más que nunca mantenía los ojos abiertos y redoblaba la vigilancia por temor que un don nadie hiciese saltar todo por los aires: por eso en tales ocasiones –como refería ocasionalmente Flavio Josefo (Guerra de los judíos, II, 224)– la cohorte romana acantonada en Jerusalén se desplegaba a lo largo del pórtico del Templo, ya que en las fiestas siempre hacían la guardia armados a fin de que la multitud reunida no hiciera sediciones. ¿Qué cosa por tanto no podía suceder con aquel Rabino galileo en torno por la ciudad y en el Templo, rodeado de grupos de entusiastas que lo creían Mesías?
 
A la primera agitación que hubiese sucedido, el caballero Poncio Pilato habría soltado sus soldados sobre las multitudes de peregrinos, comenzando ciertamente a destruir el lugar santo y la nación, como se temía.  No, no, absolutamente necesitaba desconjurar este peligro y hacerse que para la Pascua todo estuviese en su lugar. ¿Pero cómo? En aquel miércules se tiene un nuevo consejo para discutir tal cuestión. Entonces se reunieron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del sumo sacerdote llamado Caifás, y deliberaron capturar a Jesús con engaño y matar(lo). Todavía decían: “No en la fiesta, a fin que no haya tumulto en el pueblo” (Mateo, 26, 3-5). Era pues pacífico para todos los partícipes de la reunión que Jesús debía ser suprimido; todavía algunos más cautos acían notar el peligro que el arresto fuese ejecutado durante la fiesta pascual cuando muchos peregrinos, o galileos favorables a Jesús, podían levantarse para protegerlo; por otra parte tampoco sería oportuno realizar el arresto después de la fiesta, porque en el entretanto Jesús podía alejarse con los peregrinos que volvían a sus casas y así escapar de la capturan como había ya hecho después después de la resurrección de Lázaro: por eso necesitaban actuar enseguida, antes de la Pascua. Y en secreto. A esta solicitud y secreto miraba la observación de los cautos consejeros. Pero precisamente aquí estaba la dificultad. Para la Pascua faltaban sólo dos días, y Jesús pasaba toda su jornada en medio del pueblo; ¿cómo era posibleactuar en tan poco tiempo y en manera que el arresto se supiese solo por las cosas hechas? La ayuda viene de donde menos se esperaba. Entonces uno de los doce, aquel llamado Judas Iscariote, fue por los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré?”. Y aquellos establecieron treinta (monedas) argénteas. Y desde entonces (Judas) buscaba una oportunidad para prenderlo. Esta es la información de Mateo (26, l4-l6), con la cual concuerdan los otros dos Sinópticos, los cuales no precisan la suma pactada pero agregan la muy comprensible noticia que los sumos sacerdotes se alegraron por la propuesta de Judas. Y ahora, con tal cooperador, arrestar solícita y secretamente a Jesús se tornaba empresa fácil.
 
¿Pero qué razón empujó a Judas a la traición? La primitiva catequesis no nos ha transmitido otra razón que el amo­r al lucro. Cando los evangelistas presentan a Judas como ladrón y administrador fraudulento de la caja común, preparaban en realidad la escena de Judas en que se acerca a los sumos sacerdotes para preguntar: ¿Qué me queréis dar…? Pero, también fuera de los evangelios, cuando Pedro habla del ladrón ahora suicida, no señala otro provecho de la traición sino la adquisición de un campo con la merced de la iniquidad (Hechos, 1, 16-19). La razón del lucro es por tanto segura; aunque junto a ella no se excluye que hayan otras de la cual la primitiva catequesis no se ocupó, y aquí el campo está abierto a razonables conjeturas. También abstrayendo por los vuelos fantásticos sobre este campo sumamente trágico por dramaturgos o por historiadores de inspiración novelista, queda siempre el inesperado comportamiento tenido por Judas solamente dos días después: visto que Jesús fue condenado, el traidor improvisamente se arrepiente de haber vendido la sangre de aquel justo, y devolviendo el precio a los sumos sacerdotes va a colgarse. Bueno, este no es el comportamiento de un simple avaro: un avaro típico, un hombre que no hubiese tenido otro amor que al dinero, habría quedado satisfecho por el lucro obtenido, cualquiera fuese la suerte sucesiva de Jesús, y nunca hubiese pensado ni en restituir el dinero ni en ahorcarse. Judas ciertamente era avaro y codicioso, pero más allá de eso hay otra cosa. Existen en él al menos dos amores: uno es el del oro, que lo empuja a traicionar a Jesús; pero al lado de este existe otro amor que tal vez también pudo también ser más fuerte, porque a la traición realizada prevalece sobre el mismo amor del oro y empuja al traidor a restituir el lucro, a renegar toda su traición, a llorar la víctima y finalmente a matarse por desesperación. ¿Cuál era el objeto de este amor contrastante con el del oro? Por cuanto podemos pensar, no se encuentra otro objeto posible si no Jesús. Si Judas no hubiese sentido por Jesús un amor tan grande que tal vez prevalecía sobre el del oro, no hubiera ni restituido el dinero ni renegado de su traición. Pero si él amaba a Jesús, ¿por qué lo traicionó?
 
Ciertamente porque su amor era grande pero no incontrastado, no era el amor generoso, confiado, luminoso de un Pedro y de un Juan, y contenía en su llama algo fumoso y tenebroso: en qué consistiese sin embargo este elemento oscuro no sabemos, y para nosotros permaneserá el misterio de la iniquidad suma. ¿Tal vez pensaba Judas haber sido denunciado por Jesús como defraudador de la bolsa común, y no toleró haber decaído de la estima de él? Pero también Pedro como negador de Jesús juzgó haber decaído de la estima de él, pero no desesperó. ¿Tal vez, más prudentemente que los otros Apóstoles, Judas comprende por las rectificaciones mesiánicas de Jesús que su reino no habría traído ni potencia mundanas a los futuros cortesanos, y en aquel previsto fracaso provisto de avaro como era a los propios intereses? Hipótesis posibilísima; la cual sin embargo no explica por sí sola por qué nunca Judas, después de haberse separado de Jesús mediante la traición, se sienta todavía ligado a él para arrepentirse y matarse. ¿Tal vez, aparejando el amor del lucro con el ansia de ver pronto a Jesús a la cabeza del reino mesiánico político, Judas lo traicionó con la seguridad de verlo realizar portentos sobre portentos frente a sus adversarios, y así obligarlo a inaugurar enseguida aquel reino que se hacía esperar demasiado? En tal caso, sin embargo, el traidor no hubiese debido matarse antes de la muerte de Jesús, sino mucho más tarde, porque él no sabía cuándo el Mesías habría recurrido a sus máximos portentos, tanto más que precisamente al inicio de su industria de traidor Judas había asistido en Getsemaní al portento de los guardias aterrados. Y las hipótesis se podrían fácilmente multiplicar, sin que por ello se hubiese aclarado con seguridad el misterio de la iniquidad suma. Además, tal iniquidad no consistió solamente en vender a Jesús, sino más y sobre todo en desesperar de su perdón. Judas había visto a Jesús perdonar a usureros y prostitutas, había oído de su boca las parábolas de la misericordia incluida la del hijo pródigo, lo había oído mandar a Pedro el perdonar setenta veces siete: pero después de todo esto él desespera de su perdón y se cuelga, mientras que Pedro después de su negación no desesperará sino que estallará en llanto.
   
También esta desesperación del perdón demuestra que Judas tenía por el justo traicionado por él una altísima estima, la cual le hacía medir la abisal nefandez del delito cometido: pero era también una estima incompleta y por tanto injuriosa, porque ante la responsabilidad de la traición se detenía a mitad de camino e injuriosamente consideraba a Jesús incapaz de perdonar al traidor. Mucho más que por la traición de Judas, Jesús fue injuriado por su desesperación del perdón: aquí fue el ultraje sumo recibido por Jesús y la iniquidad suma cometida por Judas. La merced establecida por los sumos sacerdotes para la traición fue de treinta (monedas) argénteas. Solo Mateo comunica esta cifra porque, solícito como es de señalar que en Jesús se han cumplido las antiguas profecías mesiánicas, divisa que se cumple una profecía de Zacarías; todavía Mateo, ni en este punto ni en el siguiente (27, 3-10), dirá el nombre individual de las monedas y hablará siempre de treinta argénteos. No hay dudas que la innominada moneda fuese el siclo o sea el estátero, el cual valía cuatro dracmas o sea cuatro denarios; no era pues el denario romano (§ 514); sino una moneda de valor cuatro veces mayor: por eso, hablando técnicamente, la expresión usual de “treinta denarios de Judas” es falsa porque la suma entera de 30 siclos era constituida de 120 “denarios”. En el valor hodierno esta correspondería a casi 128 liras en oro. Era norma de la ley hebrea (Éxodo, 21, 32) que cuando un buey hubiese matado a cornadas a un esclavo, el dueño del buey debía pagar al dueño del esclavo en resacimiento del daño sufrido 30 siclos de plata: por tanto en la práctica el valor medio de un esclavo debía computarse en cerca de 30 siclos. Puede darse que los sumos sacerdotes se inspirasen en esta norma de la Ley para establecer la paga a Judas, porque así obtenían el doble fin objetivo de mostrarse observadores de la ley también en aquel caso y además el de tratar a Jesús como un esclavo cualquiera.
 
Lucas, el cual ha terminado el relato de las tentaciones de Jesús diciendo que el diablo se alejó de Él hasta un tiempo (oportuno) (IV, 13), inicia aquí el relato de la traición diciendo que entró satanás en Judas, el llamado Iscariote, el cual fue a acordarse para su delito con los sumos sacerdotes (Lucas, 22, 3 ss.). Así que para el evangelista discípulo de Pablo la pasión de Jesús es el tiempo (oportuno) antedicho, y representa en alguna forma una continuación de las tentaciones a las cuales Jesús fue sometido por satanás al inicio de su vida pública: terminando ahora Jesús su vida entera, satanás le mueve el último y más potente asalto y lo sumete a la suprema prueba, después de la cual él entrará en su gloria. ¡Oh necios y lentos de corazón…! ¿No debía padecer estas cosas el Cristo (Mesías) y (así) entrar en su gloria? (Lucas, 24, 25-26).
 
[…] Cuando la sesión matinal del Sanedrín fue terminada, se sabe pronto y fácilmente afuera que Jesús fue condenado: quizá antes que cualquier otro extraño lo supo un hombre que tenía sumo interés en esta sentencia, Judas Iscariote. El último resultado de su traición produjo en su espíritu el efecto trastornador que ya habíamos señalado. El maestro, al que él amaba a su manera, fue condenado a muerte. Y ahora, ¿habría podido él liberarse? ¿Habría él recurrido a su potencia taumatúrgica para rom­per aquella red dentro de la cual lo habían metido sus enemigos? El traidor dudó. Tal vez entonces por primera vez se dio cuenta que las últimas consecuencias de su traición diferían de las previstas por él: ciertamente entonces por primera vez entrevé la abismal injusticia por él cometida. En aquel hombre entonces el amor por Jesús habría prevalecido sobre cualquier otro amor suyo, incluso sobre aquel potentísimo sobre el oro: pero de aquel amor turbio e impuro como era no puede subir a la esperanza de perdón. Los 30 siclos, que él entre tanto había recibido y en los cuales su codicia había esperado una plena alegría de espíritu, le devineron en cambio en fuente de insorportable amargura. Parecía que fuesen candentes: él no podía más tenerlas consigo, pareciéndole confirmar y ratificar todavía su traición. Corrió pues a los sumos sacerdotes y ante ellos gritó: ¡He pecado, entregando sangre inocente! Y además arrojó ante ellos la bolsa de los siclos en acto de entrega. Los miembros del Sanedrín, fríos, seguros de sí, ligeramente irónico, respondieron a su grito: ¿A nosotros qué (importa)? ¡Tú (te la) verás! La respuesta de los pagadores resonó en el alma del pagado como befa sarcástica, la cual mostraba que él más que otra cosa era considerado engañado en la traición y él solo era la verdadera víctima. Para los sanedritas la traición debía permanecer y subsistir para siempre, no podía en manera alguna negarse; todo el peso de la traición recayó sobre el traidor, y pensó él en librarse del apuro: en cuanto a ellos, habiendo pagado regularmente los 30 siclos pactados, estaban fuera del asunto y no querían saber más de él. Un furor rabioso se apoderó enseguida del traidor. Viendo precluidas todas las salidas, sintiéndose presionado bajo el peso de los siclos, él corre al Templo cercano, se dirigió cuanto era posible hasta el edificio del “santuario”, y allá comenzó frenéticamente comenzó a arrojar manotadas de siclos hacia el lugar santo como para liberarse de una maraña de víboras que le mordía el corazón.
 
Las monedas sonaron sobre el piso con un tintinar que parecía una risotada, se esparcieron un poco por todas partes ante el “santuario” yacieron allá como en espera. Pero también cuando aquella risotada se calló, el traidor no se sintió aliviado; si su codicia era disipada y desaparecida, en trágica compensación su amor a Jesús creía vislumbrar ante sí una roca infranqueable para llegar a la persona siempre amada. Por todas partes el traidor veía en torno a sí el vacío. Una negrísima tiniebl envolvía entonces su mente, y él huyendo del Templo fue sin más a ahorcarse.
  
Del fin de Judas tenemos una doble relación con interesantes divergencias, las cuales son de particular valor al confirmar la identidad sustancial del hecho. Mateo habla solamente del ahorcamiento. Lucas en cambio, reportando un discurso de Pedro en los Hechos (1, 16-19), ha conservado la tradición según la cual Judas cabeza abajo cayó en medio derramando sus vísceras. Las dos relaciones parecen referirse a dos momentos diferentes del mismo hecho: primero Judas se ahorcó, luego la rama del árbol o la cuerda a la cual se había colgado se reventó, quizá por los movimientos convulsivos, y entonces el suicida se precipitó abajo; es legítimo imaginar que el árbol estuviese sobre el borde de algún barranco, así que la caída produjo en el cuerpo del suicida las consecuencias de las que habla la relación de Lucas. Una tradición identificaría el lugar del colgamiento de Judas con el campo Acéldama comprado con los siclos de él y situado en la Gehena, el valle al mediodía de Jerusalén designada casi desde tiempos antiguos como lugar maldito. La leyenda a su vez casi de tiempos más antiguos se apoderó del hecho, recamándolo alrededor o transformándolo en mil maneras: ya en el siglo IV se afirmaba que el árbol en el cual Judas se ahorcó era un higo (el árbol de cuyas hojas se revistieron los protoparentes pecadores; Génesis, 3, 7), y este higo, después de haber migrado en varios puntos a lo largo de los siglos, se mostraba todavía supérstite pocos años atrás en Jerusalén.
  
Quedaban entre tanto los siclos tirados por el traidor en el Templo. Los puntualísimos sanedritas se consultaron sobre la suerte destinada al dinero en forma que la Ley no fuese violada. De hecho la Ley (Deuteronomio, 23, 19 ebr.) no permitía que fuese aceptado como ofrenda sagrada dinero proveniente de ganancias indecorosas, como el meretricio, homicidio y similares; por eso los sanedritas, recogidos los siclos, observaron: No es lícito ponerlas en el “qorban” (tesoro sagrado), ya que es precio de sangre. Por otra parte 30 siclos eran una suma considerable, a la cual no sería sabio renunciar; y entonces aquellos apropiados casuistas una vía media para conciliar los dos opuestos. En ocasión de grandes fiestas judías afluían a Jerusalén muchísimos peregrinos de las distintas regiones de la Diáspora, y sucediendo que algunos de ellos muriesen durante su permanencia en la ciudad santa las autoridades locales debían proveer a su sepultura. Pero hasta aquel tiempo no había un cementerio reservado a tal fin: los sanedritas pues deliberaron que con los 30 siclos se comprase un lugar llamado comúnmente “Campo del alfarer”, tal vez porque era arcilloso y sede de un taller de alfarería, y se destinase a cementerio de los peregrinos». (GIUSEPPE RICCIOTTI, Vida de Jesucristo, nros. 532-534, 574-575).

viernes, 27 de marzo de 2020

«SÁNGUIS EJUS SUPER NOS ET SUPER FÍLIOS NOSTROS» (Que su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos)

  
«Este augurio, o voto que fuese, invita a una breve y elemental reflexión, que del resto no es extraña al proceso de Jesús. El augurio fue expresado concordemente tanto por los guías espirituales del judaísmo como por una larga representación del pueblo de Jerusalén: era por tanto verdaderamente una representativa vox pópuli, un voto estrictamente oficial que resumía los deseos tanto de la cabeza como de los miembros, tanto del Sanedrín como del pueblo. El augurio o voto fue dirigido ciertamente no al procurador romano sino a un juez mucho más alto, o sea, a aquel Juez tantas veces invocado en las Sagradas Escrituras de Israel, solo el cual podía hacer que aquella sangre discutida recayese también sobre las cabezas de los hijos lejanos. Solo aquel Juez supereminente podía mutar la vox pópuli en una vox Dei, acogiendo aquel voto y mostrándolo verdadero en la historia. Ahora, si todo esto ha realmente sucedido, el historiador hodierno encontrará por cuenta suya dirigiéndose precisamente a la historia, y no solamente a la antigua, sino también a la actual». (PADRE GIUSEPPE RICCIOTTI, Vida de Cristo, § 589).

jueves, 27 de febrero de 2020

VIDA Y OBRA DEL PADRE GIUSEPPE RICCIOTTI

Traducción por Marianus el eremita para ADELANTE LA FE del artículo publicado por Natanael en la revista SÌ SÌ NO NO.
   
  
Familia e infancia 
Giuseppe Ricciotti nació en Roma, en la via Merulana, cerca de la Basílica de San Juan de Letrán, el 27 de febrero de 1890, de Giovanni Ricciotti y Margherita Gasparri. Fue bautizado en la parroquia de San Martino ai Monti, el 9 de marzo de 1890 y confirmado el 27 de junio de 1897 en San Juan de Letrán.
  
La familia de Ricciotti era espiritualmente muy cercana a la Comunidad de los Canónigos Regulares Lateranenses[1] de San Pietro in Vincoli, que estaba situada en el Colle Opio en el barrio Monti.
   
Giuseppe tenía un hermano, Giacomo, que desgraciadamente era psicológicamente inestable y murió suicidado (ahogado en el Tíber) el 29 de mayo de 1943. Él en cambio creció sano y sereno, con un carácter abierto, bromista y emprendedor.
  
La vocación religiosa 
Giuseppe comenzó el noviciado el 1 de noviembre de 1904, en los Canónigos Regulares Lateranenses, en los que emitió los votos temporales el 4 de marzo de 1906 y en el mes de octubre del mismo año fue transferido a Roma a San Pedro in Vincoli, donde estaba el Colegio de los jóvenes Profesos, que estudiaban filosofía y después teología, preparándose al Sacerdocio. Siempre en Roma, frecuentó los cursos de filosofía y teología en la Universidad Gregoriana, en la que se graduó en las dos disciplinas. Contemporáneamente frecuentó las lecciones de estudios orientales en la Universidad “La Sapienza” bajo la dirección del celebérrimo profesor Ignazio Guidi y llegó a ser Oyente en el Pontificio Instituto Bíblico. Además, consiguió la Licencia en Ciencias bíblicas en la Pontificia Comisión Bíblica[2].
  
El servicio militar y el Doctorado en la Gregoriana 
El 14 de octubre de 1911 partió al servicio militar en el Hospital Militar del Celio en Roma y permaneció allí hasta enero de 1913, momento en que volvió al Convento de Gubbio, en el cual hizo su profesión solemne el 27 de agosto de 1913. Allí escribió su primera obra: un librito apologético sobre la vida del Canónigo Regular Lateranense el Beato Arcangelo Canetoli, que había vivido en Gubbio y había muerto en 1513 en Castiglione Aretino. El mismo año consiguió el doble doctorado en filosofía y teología en la Universidad Gregoriana. El 30 de noviembre de 1913 fue ordenado Sacerdote en Roma en el Apollinare por el cardenal Panfili y cantó la Misa solemne el día siguiente en San Pietro in Vincoli.
  
Capellán militar de los Arditi 
El 22 de septiembre de 1914, murió su padre. El joven don Giuseppe se dolió y, al mismo tiempo, se preocupó por la suerte económica de su madre, que podía contar solamente con la inconsistente ayuda de su frágil hijo Giacomo. Por ello don Giuseppe pidió y obtuvo el permiso para poder ayudarla económicamente. Para hacerlo solicitó ser asignado como Capellán militar de los Arditi[3] de modo que la discreta paga obtenida le habría permitido enviar algo a su madre.
  
El 8 de agosto de 1915 tuvo su primera “prueba de fuego” durante la Gran Guerra: estaba comiendo junto a otros soldados, cuando hacia las 13 horas comenzaron a llover las granadas austriacas a una cierta distancia de los militares italianos. Parecía la habitual pequeña escaramuza destinada a terminar pronto, pero no fue así. Los golpes aumentaban cada vez más y golpearon el puesto italiano, que se salvó gracias a una gran roca situada junto a ella y que la salvaguardó. Sin embargo, hubo heridos y don Giuseppe junto a otros 5 voluntarios salió con las camillas, como improvisado enfermero, para socorrer a los desafortunados. Un caso era particularmente grave. Ricciotti dejó escrito: “en un cierto momento vi sangre por el suelo detrás de una roca. Rodé la roca y ¡Dios, qué vista! En el suelo había un soldadito de la sanidad; de las cejas hasta la nuca tenía el cerebro destapado. Con prisa y furia lo tomamos para colocarlo en la camilla y al hacerlo toda la masa del cerebro, compacta, le cayó al suelo y por encima vi toda la base del cráneo hasta el paladar. Lo tomé de un brazo y el brazo me quedó casi en la mano, de lo destrozado que estaba. Me hizo más impresión este pobrecito en aquella jornada que todas las granadas que nos explotaron encima”[4].
  
En Libia 
Después del final de la guerra (4 de noviembre de 1918), don Ricciotti fue enviado a Libia y permaneció allí hasta mayo de 1919, pero no fue tiempo perdido ya que consiguió – pudiendo estudiar en su tiempo libre – sacar algún provecho para su formación de estudioso de las lenguas orientales. Finalmente, el 6 de agosto de 1919, volvió a su amadísima San Pietro in Vincoli. Allí le fue confiada la enseñanza en la escuela secundaria. Además, rico por la experiencia libia, don Giuseppe se presentó el 9 de diciembre de 1919 ante la Comisión Bíbilica en el Vaticano para hacer los exámenes de Licenciatura en Sagrada Escritura, superándolos cum laude.
  
En Bolonia 
El 13 de noviembre de 1920, tuvo que partir a Bolonia para enseñar lengua hebrea y griego bíblico en el Seminario inter-diocesano. Permaneció allí hasta junio de 1923, enseñando también allí Sagrada Escritura.
  
El periodo boloñés fue muy prolífico. En efecto, realizó sus obras (traducción y comentario) sobre “El Libro de Jeremías” (Turín, Bocca, 1923), sobre “El Libro de Job” (Turín, Marietti, 1924) y sobre “El Cantar de los cantares”, que no será publicado hasta 1928 (por la SEI de Turín) y que causó muchos malestares a Ricciotti, pues algunos prelados envidiosos de la fama que iba conquistando lo calumniaron, acusando a su trabajo de favorecer una interpretación erótica del “Cantar de los cantares”, ya que en la Introducción había aportado algunas poesías antiguas que fueron mal interpretadas. En Bolonia, por tanto, se encontró bien, pero le faltaban todos los libros que habría podido consultar en las numerosas bibliotecas de Roma. Por ello, el Abad general lo volvió a llamar a Roma el 5 de septiembre de 1923.
  
A Andora para el Seminario 
El 29 de octubre de 1925 fue enviado a Andora (cerca de Savona) para abrir allí un Seminario menor. Esta fue una prueba para don Giuseppe. En efecto, la casa que debía transformar en Seminario era pequeña y pobre. Los colaboradores de don Giuseppe eran dos, pero jóvenes y poco preparados y hubo de remplazarlos por otros dos elementos más válidos. El vicario de la parroquia del pueblo, para nada preparado, se entrometió en los asuntos del Seminario e intentó hacer él de Rector. Además, fue confiado a don Giuseppe un encargo de libre docencia de “Literatura hebrea del Antiguo Testamento” en la Universidad de Génova. El viaje de Andora a Génova era largo y no ayudaba a Ricciotti a ocuparse como debía del Seminario. En aquel tiempo, llamado allí por su amigo y válido exegeta el padre Alberto Vaccari, comenzó también a colaborar en la “Enciclopedia Italiana” de la Editorial Treccani, dirigida por Giovanni Gentile, escribiendo para ella numerosas voces muy bien redactadas; una de las primeras es “Apocalíptica literatura” (que se remonta a 1929), que todavía hoy no ha perdido su frescura y es una verdadera obra maestra.
  
De nuevo en Roma
En ese momento, el nombre de Ricciotti comenzaba a ser conocido en los ambientes académicos y el Abad general comprendió que Andora no era el lugar apto para él, por lo que fue trasferido a Roma a San Pietro in Vincoli en 1929. Don Giuseppe retomó sus estudios ayudándose del vasto material disponible en las numerosas bibliotecas romanas y pidió poder continuar su carrera de docente universitario en la Pontificia Universidad Lateranense, pero le fue impuesto el veto por las acusaciones que en el Vaticano pesaban todavía sobre él a causa de su libro sobre el “Cantar de los cantares”. Sin embargo, con el permiso del papa Pío XI, fue admitido para trabajar como “Ayudante subordinado” en la Biblioteca Vaticana (aun sin hacer parte oficialmente del personal de la Biblioteca), donde pudo consultar los numerosos y preciosos documentos semíticos y especialmente siríacos allí presentes.
  
Desde 1929 a 1949 permaneció siempre en Roma, donde cambió tres veces de resicencia: 1º) San Pietro in Vincoli (1929-1932); 2º) Sant’Agnese en la via Nomentana (1932-1935); 3º) otra vez San Pietro in Vincoli (1935-1949). Este último periodo es el de su madurez, después del ’49 fue trasladado al Colegio San Vittore adyacente a San Pietro in Vincoli.
  
Después de 1929, continuó e intensificó su colaboración en la “Enciclopedia Italiana”, de la cual llegó a ser Redactor de las “Materias Eclesiásticas”. Contemporáneamente comenzó a escribir la “Historia de Israel” (Turín, SEI, 1932, en dos volúmenes; reimpresa por la SEI de Turín en 1997). Don Pietro Guglielmi escribe: “Por la posibilidad que tuvo de una aplicación intensa y no distraída, el libro le salió especialmente bien, documentado, legible” (L’Abate Ricciotti. Una via con la Bibbia e per la Bibbia, cit., p. 89). El trabajo fue acogido con notable interés tanto en Italia como en el extranjero y Ricciotti se apresuró a ultimar el segundo y último volumen. Esta obra, junto a la “Vida de Cristo” (Milán, Rizzoli, 1941)[5] y a “Pablo Apóstol. Biografía”, editada en 1946 por la Políglota Vaticana de Roma (una ilustración de la vida y de la doctrina de San Pablo), representa la trilogía más alta de las obras de Ricciotti.
  
La Historia de Israel 
La “Historia de Israel” fue compuesta por él sobre todo en la Canónica de Sant’Agnese en la via Nomentana, en la que Ricciotti vivió de 1932 a 1935. En este periodo comenzó también a pensar en la redacción de una “Enciclopedia Católica” italiana, que no comenzó a imprimirse hasta 1948, pero –según lo que escribe don Guglielmi– si “la iniciativa de la Enciclopedia Católica, en el fondo se debe a él, después pasó a otras manos, de manera belicosa. Él la había comenzado con toda la habilidad y la pasión que solía poner en las cosas que amaba y se expresaba con sufrimiento cuando la iniciativa le fue sustraída. Se vociferaba que en el asunto hubiera altos prelados” (L’Abate Ricciotti. Una vita con la Bibbia e per la Bibbia, cit., p. 100). El Padre Celestino Testore, en la voz “Enciclopedia Cattolica” de la homónima Enciclopedia (Ciudad del Vaticano, 1950, vol. V, col. 334) escribe que “en Italia faltaba una Enciclopedia Católica, que pudiese estar al mismo nivel de las que hubo en distintas naciones. A esta laguna quisieron proveer el padre Abad Giuseppe Ricciotti, de los Canónigos Regulares Lateranenses y Monseñor Pietro Barbieri de la Sagrada Congregación de los Sacramentos, que empezaron a actuar su propósito en 1939…”.
  
En 1933, obtuvo la Docencia Libre en la Universidad “La Sapienza” de Roma con el encargo de “Historia religiosa del Oriente cristiano”. Desgraciadamente, su figura, muy a menudo, fue más aceptada en los ambientes laicos (no laicistas) que en los curiales, a causa de las incomprensiones que se remontaban a 1928 con respecto a su obra sobre el “Cantar de los cantares”. Entre tanto, Ricciotti, se convertía cada vez más en un personaje conocido por el público y era llamado a menudo para dar conferencias en varias ciudades de Italia e incluso a hacer experiencias como arqueólogo en Tierra Santa.
   
Un incidente doloroso 
En 1933, la Pontificia Comisión Bíblica condenó, sin dar ningún nombre, dos interpretaciones de los textos de la Sagrada Escritura (Salmo XV, 10 ss.[6]; Mt., XVI, 26[7]) aportadas por Ricciotti en su libro “Biblia y no Biblia” (Brescia, Morcelliana, 1932). En realidad, no se trató propiamente de una condena suya, pero todos la refirieron a Ricciottti, que enmendó las páginas de su “Biblia y no Biblia” puestas en causa, aportando en un folio adjunto a la nueva edición del libro los juicios de la Comisión Bíblica. En 1958, hubo también una prohibición oficiosa y no oficial de publicar la segunda edición de su trabajo sobre “El Cantar de los Cantares” de 1928. Don Pietro Guglielmi escribe: “No hay duda de que una cierta aura de desconfianza y de censura sobre Ricciotti, por cierta parte del ambiente vaticano, permaneció durante toda su vida” (L’Abate Ricciotti. Una vita con la Bibbia e per la Bibbia, cit., p. 103). En 1935, su nombramiento como Consultor de la Pontificia Comisión Bíblica fue rechazado (siempre a causa de la edición del “Cantar de los Cantares” de 1928). En resumen, se puede decir que la figura de Ricciotti, por parte oficial, recibió muchos honores y muchos reconocimientos, pero también mucha oposición y desconfianza.
  
Su obra maestra: La Vida de Cristo 
La “Vida de Cristo” fue publicada por la Editorial Rizzoli de Milán en 1941, que imprimió sólo cinco mil copias y deshizo la matriz para una eventual segunda edición, pensando que no habría vendido muchas, pero apenas dos semanas después de la primera edición, ya se había agotado y se tuvo que recomponer la matriz para reimprimir el libro, que conoció siete ediciones hasta cuando Ricciotti, en 1954, tuvo un desencuentro con Rizzoli y pasó a la Editorial Mondadori, que, en 1974, imprimió la decimoctava edición: en los años noventa salió la última edición con Prefacio de Vittorio Messori.
El trabajo que más lo absorbió fue la “Vida de Cristo”, que es también su “obra maestra”; comenzó a trabajar en ella en 1939. Lo dio a conocer en todo el mundo y le dio la máxima notoriedad. El tono del libro es científico, pero al mismo tiempo lleno de pathos y de contemplación sapiencial y escrito en un italiano muy elegante y fluido. Como escribía Ricciotti en su Prefacio: “He osado incluso imitar la impasibilidad de los Evangelistas, que no tienen ni una exclamación de alegría cuando Jesús nace ni un acento de lamento cuando muere”.
  
La sola idea de componer una Vida de Jesús le espantaba, pero cuando vio que las nubes de una Segunda Guerra Mundial se hacían cada vez más densas sobre Europa, tomó la iniciativa. Durante el servicio militar como Capellán de los Arditi en la Gran Guerra, había hecho voto de escribir una Vida de Cristo, si volvía a casa sano y salvo. Europa estaba nuevamente a punto de ser inundada por la sangre de sus hijos y comprendió que “la humanidad se encontraba como echada en un catre semejante al de los soldados en la Gran Guerra con un Evangelio manchado de sangre”. Por tanto, se puso alegremente a la obra. Su hermoso libro sobre Jesús lo escribió parcialmente en Roma, pero en gran parte en Gubbio, en la Canónica de San Secondo, de la que era Abad titular. “Se retiraba allí en una habitacioncita interna, lejos de la calle y de los ruidos, pequeña y casi llena por una larga mesa donde podía abrir y tener en desorden libros y folios de papel; escribía durante horas, con una manta sobre los hombros, confortado de tanto en tanto por una tacita de café caliente” (P. Guglielmi, L’Abate Ricciotti. Una vita con la Bibbia e per la Bibbia, cit., p. 124).
  
En noviembre de 1940, se desplazó a Milán para entregar personalmente al Comendador Rizzoli su “Vida de Cristo”. Fue imprimida en abril de 1941.
  
En 1935, don Giuseppe fue nombrado Procurador General de los Canónigos Regulares Lateranenses y tuvo que trasladarse a la Curia Generalicia en San Pietro in Vincoli. Este encargo era prestigioso, pero le obligaba a cuidar las relaciones con la Curia vaticana, que en gran parte le era hostil. Don Guglielmi escribe: “Debía frecuentar ese mundo particular de las Congregaciones vaticanas, del cual espiraba para él el gélido viento de la desconfianza y de la frialdad. En realidad, no iba a gusto ni a menudo a esos ambientes, hasta perder la razón. Y algunas veces los hermanos, sobre todo los de fuera de Italia, murmuraron por las inesperadas e injustificadas lentitudes o falta de respuestas a sus instancias” (L’Abate Ricciotti. Una vita con la Bibbia e per la Bibbia, cit., p. 111).
  
En todo caso, siguió siendo disciplinado y observante de la vida religiosa en común. Don Giuseppe era un cultor de la vida en común y era también un habitual hombre de oración.
  
Flavio Josefo 
En 1938, estuvo al cargo de una obra poderosa por mole y erudición: “Flavio Josefo traducido y comentado”. “La Guerra de los Judíos” fue publicada por la editorial SEI de Turín en 1937, pero precisamente ese año, cuando tenía apenas cuarenta y ocho años y había tenido siempre una óptima salud, fue aquejado de un ataque de gota aguda en la pierna izquierda, hizo también curas termales en Cave, pero “se habían anunciado los síntomas precedentes del oscuro mal en las piernas que lo atormentará a partir de entonces, obligándolo a infinitas curas médicas y finalmente le hará terminar en silla de ruedas” (P. Guglielmi, L’Abate Ricciotti. Una vita con la Bibbia e per la Bibbia, cit., p. 116).
  
La Vida de San Pablo 
Durante la Segunda Guerra vivió en Roma “imitando al cardenal Cayetano, que, durante el Saco de Roma de 1527, seguía imperturbable en su Convento, escribiendo tratados teológicos” (P. Guglielmi, L’Abate Ricciotti. Una vita con la Bibbia e per la Bibbia, cit., p. 121). Ricciotti trabajó entonces en torno a la vida y al pensamiento de San Pablo.
  
Al comienzo de 1939 preparó y revisó para la publicación con la Editorial Salani de Florencia “La Sagrada Biblia”, que había sido publicada ya en 1929 por la Librería Edictrice Fiorentina, obra que fue republicada más veces (la última reimpresión fue hecha por la Editorial Effedieffe de Proceno di Viterbo en 2016).
  
Dos tristes lutos 
El 29 de mayo de 1943 desapareció su hermano Giacomo, no volvió a casa, estaba mal psicológicamente y, después de muchas trepidaciones y búsquedas, el cadáver fue repescado en el Tíber hacia mediados de junio. En el mismo periodo, la hija del difunto Giacomo, Fausta, se enfermó de tisis. Don Giuseppe la hizo ingresar en el Sanatorio de Gubbio, que estaba cerca de la Canónica de San Secondo, de la que era Abad titular y adonde se desplazaba a menudo, pero la jovencita no se curó y se apagó en Gubbio el 7 de enero de 1946. Estos dos lutos le apenaron mucho y le hicieron derramar muchas lágrimas. Don Giuseppe dedicó su obra “Pablo Apóstol” a sus dos queridos familiares difuntos.
  
En 1949 estuvo al cargo de la traducción y las notas de “Las Cartas de San Pablo Apóstol” (Roma, Coletti), en 1951 “Los Hechos de los Apóstoles traducidos y comentados” (Roma, Coletti) y en 1956 un libro muy interesante y todavía actual “Juliano el Apóstata” (Milán, Mondadori), su último libro.
En abril de 1949 se embarcó en Nápoles hacia América Latina (Brasil, Argentina, Chile, Colombia y Perú). En Chile fue huésped del Cardenal José María Caro (el autor del libro “El misterio de la Masonería”, Buenos Aires, Editorial Difusión, 1954), Arzobispo de Santiago de Chile, que había leído casi todos los libros de Ricciotti y quiso tenerlo como huésped en el Obispado.
  
En 1950 comenzó a enseñar en la Universidad de Bari. En 1954 se desplazó a España para una serie de conferencias.
   
En 1949, después de haber sido liberado de los deberes de dirección de la Orden en 1946, se había trasladado al Colegio San Vittore en via delle Sette Sale número 24, que fue su última residencia terrena y donde se apagó en 1964 a los 74 años. El Colegio San Vittore fue instituido en 1946 como Colegio Internacional para la formación espiritual e intelectual de los jóvenes estudiantes provenientes de las distintas Provincias de la Orden. La obra fue realizada después de haber despejado una hermosa propiedad cerca de San Pietro in Vincoli. Desde el 30 de noviembre de 1949 al día de su muerte (22 de enero de 1964), el Abad Ricciotti vivió allí.
  
La parte final de su vida 
Con 1949 comenzó también la fase final de su vida, que declinó mucho a partir de 1956. En el ’49 don Giuseppe tenía sólo 59 años, pero su físico robusto había sido ya parcialmente minado en 1938, 11 años antes, por una fuerte gota que, en 1956, lo llevó a la parálisis y a vivir en silla de ruedas. “A menudo estos dolorosos procesos de decadencia vienen acompañados de sorprendentes caminos espirituales. Esto se ve especialmente en la vida de los buenos sacerdotes, cuando son personas habitadas por Dios y que habitan en Dios. En el Reino de Dios no nos jubilamos; realizada su propia parte, el buen sacerdote se abandona a los diseños misteriosos de Dios y, si no se puede hablar de Dios a la gente, se hablará de la gente a Dios” (P. Guglielmi, L’Abate Ricciotti. Una vita con la Bibbia e per la Bibbia, cit., p. 137).
  
“Su vida religiosa fue para él, como lo es para todos, un recorrido. Desde el periodo juvenil, caracterizado por un cierto espíritu arrogante y por el deseo de emerger, a la inmovilidad de la vejez, con el cortejo de silencios, dolores y de soledad, caracterizada por largas oraciones y por tanto desprendimiento, tuvo que hacer camino. Ya no escribía, no sólo y no tanto por el deterioro físico y psíquico, sino también porque no estaba convencido de la utilidad de hacerlo; repetía, de vez en cuando, el aforismo (que alguno atribuye al padre Réginald Garrigou-Lagrange): ‘Cuando era joven yo enseñaba de todo. De adulto sólo lo que sabía. Ahora que soy viejo enseño poco y menos de lo que sé’. Ahora ya se preparaba a morir”.
   
El declive y el final 
Hacia 1956, sufrió un desplome de salud en el que se manifestaron de manera muy fuerte graves males físicos: citas médicas, ingresos, intervenciones quirúrgicas. En 1959 un mal más grave alarmó a quienes vivían a su lado. Fue por ello que tuvo que comenzar a celebrar la Misa sentado, se levantaba sólo en el momento de la consagración, pero muy pronto tuvo que celebrar en la habitación, sentado siempre y sólo la Misa votiva de la Virgen. Después no pudo ya dejar la silla de ruedas, pero no perdió su habitual buen humor. “Aun viviendo en la silla de ruedas, no perdió el tiempo de sus jornadas, ni lo hacía perder a quien estaba a su lado con excesivas solicitudes de asistencia. Se hacía poner delante de una mesa con atril y se hacía preparar algunos volúmenes de la Enciclopedia Italiana o de la Católica, o también algunos clásicos (la Divina Comedia, los Novios, la Imitación de Cristo – que conocía casi de memoria – y Pinocho…). Y pasaba las páginas despacio… cuando los ojos se cansaban tomaba el Rosario y oraba. Esperaba pacientemente que fueran a recogerlo para ser conducido al refectorio de la Comunidad, donde el encuentro fraterno le rompía la pensativa soledad. En 1962 fue ingresado de nuevo, primero en la Clínica “Valeria” (en Monte Sacro) y después en el Policlínico Umberto I (Clínica neurológica del Prof. Rizzo); finalmente en el Hospital San Camillo. El 30 de noviembre de 1963 se celebraba el 50º aniversario de su Ordenación sacerdotal. Muy agotado, se prestó a la fiesta que se le quiso hacer. Sin embargo, la disfrutó y se conmovió visiblemente. El último ingreso fue el 11 de enero de 1964. Murió el 22 de enero. Al hermano que le asistía, le dijo, como últimas palabras (estaban recitando tranquilas jaculatorias): ‘Continúa tú, no puedo más’ y entregó el alma a Dios” (P. Guglielmi, L’Abate Ricciotti. Una vita con la Bibbia e per la Bibbia, cit., p. 147).
   
Juliano el Apóstata y la Fe de Ricciotti 
El último libro de Ricciotti se titula “Juliano el Apóstata” y se imprimió en 1956, precisamente cuando comenzaron los males serios para su salud y el inicio de su declive. ¿Por qué Ricciotti se interesó por la figura de Juliano, que se embarcó en la aventura –carente de grandes esperanzas– de hacer volver a Roma al Paganismo? Según don Guglielmi fue el problema de la Fe el que movió a Ricciotti a sondear el motivo por el que el Emperador Juliano –inteligente, sensible y no desprovisto de una cierta rectitud moral– odió al Cristianismo y se volvió hacia el Paganismo antiguo. En resumen, la llave para abrir la puerta de la personalidad de Ricciotti debe ser buscada en la Fe y no en la cultura. Ricciotti no fue sólo o principalmente un gran escritor, un gran biblista, sino sobre todo un gran buscador de Dios, un verdadero religioso y sacerdote, que profundizó con el estudio su vocación religiosa, dirigida totalmente a la gloria de Dios también mediante la investigación erudita y los estudios escriturísticos.
  
En el libro sobre Juliano, Ricciotti sondeó el alma del Emperador para intentar comprender qué pudo mover a un hombre culto y refinado como él a una empresa tan absurda. Encontró un motivo, que explicaba el modo de actuar de Juliano en el hecho de que su tío, el Emperador Constancio, de Fe cristiana pero muy mezquino espiritualmente hizo exterminar a toda su familia. Este motivo encendió en el alma de Juliano (que no supo distinguir la religión de Cristo de sus falsos fieles) un odio hacia el Cristianismo y un deseo de venganza que le llevó a abrazar la causa, ya perdida, del Paganismo. La lectura del libro resulta agradable e interesante, tanto desde el punto de vista histórico, como desde el psicológico-espiritual.
   
Ricciotti vio él también (pero de modo distinto que el Emperador Juliano) no sólo las bellezas, sino también las miserias de los hombres de Iglesia, que a menudo lo persiguieron por envidia y celos y eso le hizo comprender (no justificar) la actitud y la reacción de Juliano, que él evitó aceptando los límites del elemento humano de la Iglesia, la cual, sin embargo, es divina en sí misma.
  
Desgraciadamente, Juliano no consiguió hacerlo. Este es el grave límite y la tragedia de la vivencia interior de Juliano, definido el “Apóstata” en el título mismo del libro de Ricciotti, precisamente para hacer comprender explícitamente que, aun habiendo sondeado las profundidades de su alma, no compartió su decisión, que, sin embargo, había comprendido bien. Don Guglielmi escribe: “Ricciotti vio esplendores y miserias en el edificio de la Iglesia, pero se albergó en él sin vacilaciones ni lamentos; no sólo, obedeció también. No expresó jamás una duda o escepticismo en sus libros; ciertamente luchó y se esforzó por custodiar su Depositum Fidei; en el curso de la vida fue herido, pero supo mantener la serenidad de la Fe” (L’Abate Ricciotti. Una vita con la Bibbia e per la Bibbia, cit., p. 165).
  
Conclusión 
Como nos enseña don Guglielmi, que conoció personalmente a Ricciotti, son tres los eventos que lo maduraron interiormente: 1º) el sufrimiento en la trinchera como Capellán de los Arditi; 2º) la observancia fiel de la Regla de los Canónigos Regulares Lateranenses; 3º) la oración personal acompañada del estudio riguroso. La vida de Ricciotti fue un largo acto de inteligencia que contempla y de voluntad que ama. El conocimiento de Dios nos lleva a amarlo, pero el amor de Dios está también en la base de su conocimiento. En efecto, se busca y se conoce sólo lo que ya se desea y se ama.
  
Que el ejemplo de su vida y de su doctrina pueda ayudarnos a conocer, amar y servir a Dios y, por medio de esto, salvar nuestra alma.
 
Natanael
   
NOTAS
[1] Son una rama de la Orden de los Canónigos Regulares de San Agustín, que comúnmente son considerados la Orden más antigua de la Iglesia.
[2] Cfr. P. Guglielmi, L’Abate Ricciotti. Una vita con la Bibbia e per la Bibbia (1890-1964), Roma, Coletti, 2004. Para este artículo me baso en este libro de don Pietro Guglielmi, ex-Abad General de los Canónigos Regulares Lateranenses y alumno de Ricciotti.
[3] Arditi fue el nombre adoptado por los soldados de asalto de élite del Regio Esercito italiano en la Primera Guerra Mundial (ndt).
[4] Citado en P. Guglielmi, L’Abate Ricciotti. Una vita con la Bibbia e per la Bibbia (1890-1964), Roma, Coletti, 2004, p. 34.
[5] De la cual se han hecho 16 traducciones.
[6] “Porque tú, oh Señor, no abandonarás mi alma en los infiernos, ni dejarás que tu pío vea la corrupción”. Ricciotti no había referido este versículo directamente a la Resurrección de Jesús.
[7] “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si después pierde su vida?”. Ricciotti había escrito que el sentido literal del versículo no se refería a la vida eterna y a la salvación del alma.

martes, 11 de febrero de 2020

DEL SUDOR DE SANGRE EN LA ORACIÓN DE NUESTRO SEÑOR

La oración en el huerto con el donante Luis I de Orleans (Colart de Laon. Madrid, Museo del Prado).
«Solo Lucas […] psicólogo y médico, ha recogido algunos particulares de lo que luego sucedía: Y entrando en agonía, oraba con más intensidad. Y le vino el sudor como gotas (θρόμβοι) de sangre cayendo sobre la tierra (Luc. XXII, 44). […] La oración, a la cual él siempre había recurrido particularmente en las circunstancias más solemnes de su vida, se convirtió en su único refugio en esta hora suprema. Y la agonía se prolonga, y el agonizante o luchador manifiesta en su cuerpo los efectos de la lucha: trasuda, y su sudor se convierte como glóbulos de sangre cayendo sobre la tierra. A la distancia de un tiro de piedra, bajo la claridad plenilunar este fenómeno podía ser observado bastante bien: aun más distíntamente podía ser percibido por tres testigos poco después, cuando Jesús volvió junto a ellos teniendo todavía sobre el rostro las venas enrojecidas, los grumos y las otras trazas de los glóbulos de sangre. Un fenómeno fisiológico, designado como hematidrosis, esto es, sudor sanguíneo, es conocido por los médicos: la observación fue hecha ya por Aristóteles […]. El fenómeno ocurrido en Jesús podrá ser objeto de investigaciones científicas de los fisiólogos […]: el fisiólogo Lucas, trasmitiendo él solo esta noticia, parece tácitamente invitar a tales investigaciones» PADRE GIUSEPPE RICCIOTTI, Vida de Cristo, 556.

lunes, 27 de enero de 2020

UN BIBLISTA CONTRA LA “Biblia para todos”

Por Giuliano Zoroddu para RADIO SPADA. Dedicado a Bergoglio y sus seguidores, con motivo del “Domingo de la Palabra de Dios” celebrado por ellos el día de ayer.
  
Los modernistas se llenan la boca con la Biblia, con la Palabra de Dios. Se llenan la boca como los Protestantes. Y como los Protestantes, tienen como característica la de masacrar las Sagradas Escrituras hasta privarla de cualquier inspiración divina, y enseñar cosas que Ellas condenan. Contra este malsano biblismo publicamos las páginas iniciales del áureo folleto “BIBLIA Y NO BIBLIA” (1935) del padre Giuseppe Ricciotti (1890-1964), biblista de primer orden. Solamente agregamos que ahora ha aumentado el número de aquellos que se ocupan de la Biblia y, también dentro de la tolda eclesial, en manera siempre menos católica.
  
Padre Giuseppe Ricciotti
«Escribe San Jerónimo (y es bueno comenzar por él, para ab Jove inítium -empezar por lo importante-): “Los labradores, albañiles, herreros, carpinteros, hasta los cardadores y bataneros y demás artesanos adquieren con maestro los conocimientos necesarios… Solo la ciencia de las Escrituras es la que todos se atribuyen comunmente: Scribímus indócti doctíque passim!*. La viejezuela charlatana, el viejo caduco, o el locuaz sofista, todos se imaginan tener esta ciencia, y destrozan la Escritura, y la enseñan antes de haberla estudiado. Los unos con grande altanería y frases campanudas disertan entre sabiondas sobre las sagradas Letras. Otros ¡qué vergüenza! aprenden de las mujeres lo que deben enseñar a los hombres; y no contentos con esto, usando un liviano lenguaje, o más bien con procacidad, enseñan a otros lo que no entienden ellos mismos…” (A San Paulino de Nola, epist. 53)**. Y sigue todavía por un artículo; pero me parece que basta.
   
Era lo menos que pudiese escribir un Jerónimo. Pensad: pasar la vida entera estudiando la Biblia; desgastarse en viajes, vigilias, fatigas, visitar lugares, consultar códices, escuchar maestros, siempre con el intento de profundizar el sentido y aumentar el conocimiento del gran libro: después encontrar en toda esquina de calle a la viejezuela charlatana, al viejo caduco y demás compañía, que en materias bíblicas manotean sentencias y resuelven cuestiones enseguida. Seamos justos: era humillante; y verdaderamente no había necesidad de aquel su característico espíritu grosero para escribir así y peor. Jerónimo era un santo.
    
Esto sucedía hace dieciséis siglos. Hoy las cosas han cambiado. En las esquinas de las calles no se habla más de la Biblia: se discute en cambio de política, o al menos de fútbol, de boxeo, de caballos (y dado el carácter de aquella exégesis pizzera, la sustitución no es un gran mal). La Biblia ha quedado a los teólogos, a los escritores, a los predicadores, a cualquier alma piadosa: fuera de estos se ocupan algunos estudiosos especialistas, pocos en número y por lo más, entre los católicos, eclesiásticos.
   
Pero también después de dieciséis siglos, los principios han permanecido. El desdén de Jerónimo, suscitado por su expeiencia personal de las dificultades de la Biblia, se ha concretado en una serie de disposiciones prácticas emanadas por la Iglesia, la cual tiene una experiencia más amplia y más diuturna qu el hombre Jerónimo: aquél desdén y estas disposiciones exigen sustancialmente, que ninguno presuma de tratar la Biblia sin una adecuada preparación, y exhortan (especialmente las disposiciones, con datos fácticos) a hacer sí que sean muchos los provistos de tal preparación.
   
Son libres los protestantes ortodoxos [sic] de estimar la Biblia indispensable y accesible a todos, como única fuente de la Revelación, y por tanto de ponerla en manos de todos en sola traducción, sin presentaciones o comentario alguno. “Heilige Schrift!”. El estribillo resonó con la misma fanática entonación del otro, “¡Templo de Yahveh!”, que expresaba la fetichista seguridad de los Judíos en tiempos de Jeremías (Jeremías 7, 4); pero, como el antiguo estribillo judaico no había servido para preservar el templo y la ciudad de Yahveh de la destrucción realizada años después por los Caldeos, así también el protestante no impidió que el santuario de la Biblia fuese abandonado y después derrocado –¡oh ironía divina!– precisamente por los mismos protestantes. Véase, en algún comentario protestante moderno, cómo es tratada hoy la Biblia, y se comprobará cuánto de la antigua Heiligkeit (sacralidad) luterana le ha quedado. Ha habido quien, más lógico que todos, le ha cambiado el nombre, y la ha llamado en un título de libro Die große Täuschung (El gran engaño)***. ¡Esto se llama hablar con franqueza y disipar toda “ilusión”!
  
La Iglesia siempre ha pensado en la forma diametralmente opuesta a este canon fundamental del protestantismo. Casi desde los primerísimos tiempos (II Pedro 3, 15-16) ella ha insistido sobre la dificultad de entender rectamente la Biblia: ha sostenido que la lectura de este libro divino, confiado a la comunidad entera, no era indispensable a todos sus miembros individualmente considerados: ha multiplicado siempre más con el progreso del tiempo las salvaguardas a fin que, quien se asume el grato y proficuo honor de leerlo para sí mismo y especialmente a otros, esté bien preparado contra las distintas dificultades que aquella lectura presenta».
  
NOTAS DEL TRADUCTOR
* San Jerónimo adapta al efecto el verso «Scribímus indócti doctíque poëmáta passim» (Mas en llegando a hablar de poesía, lo mismo charla el tonto que el discreto) [QUINTO HORACIO FLACO, Epístolas, libro segundo, epístola I a Augusto César, 117. Traducción por D. Francisco Javier de Burgos y del Olmo, Madrid, Librería de José de Cuesta, año 1844, págs. 212-213].
** Traducción tomada de Mons. JEAN-BAPTISTE MALOU (Obispo de Brujas) La lectura de la Biblia en lengua vulgar, juzgada según la Escritura, la Tradición y la sana razón, tomo I, Barcelona, Librería Religiosa, 1866, págs. 281 a 282. Imprimátur por el Padre Juan de Palau y Soler, Vicario General y Gobernador del Obispado de Barcelona, 4 de Octubre de 1865.
*** Friedrich Delitzsch (Erlangen, 3 de septiembre de 1850 – Langenschwalbach, actual Bad Schwalbach, 19 de diciembre de 1922), hijo de Franz (teólogo y hebraísta luterano que realizó y publicó en 1877 Berit Hadasha -בְּרִית חֲדָשָׁה-, la primera traducción del Nuevo Testamento al hebreo) y Clara Delitzsch (nacida Silber). A diferencia de su padre Franz, quien a decir de su contemporáneo el profesor John Duncan «se mantuvo firme en sostener la autoridad e inspiración divinas de todo el Antiguo Testamento, cuando todos parecían rendirse», Friedrich era asiriólogo, y sostenía que el Antiguo Testamento era un producto cultural de la civilizaciòn babilónica –posteriormente se demostró que se basaba en argumentos inexactos– e invitaba a eliminarlo del canon bíblico cristiano, ideas que décadas después influirían en Hitler y otros líderes nazis.