Mostrando entradas con la etiqueta Padre Cornelio Alápide. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Padre Cornelio Alápide. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de julio de 2026

LA VERDADERA LIBERTAD DE EXPRESIÓN NACE DEL CELO POR LA VERDAD

En medio de todo esto, nos gusta alzar la vista y contemplar la fortaleza interior que poseen los elegidos de Dios, a pesar de la opresión externa. Elevados interiormente, fijan sus mentes en lo alto y consideran todo lo que sufren en esta vida como algo muy inferior y ajeno a ellos; y, por así decirlo, mientras se esfuerzan por trascender lo terrenal, casi ignoran sus propios padecimientos. A sus ojos, lo que destaca en lo terrenal carece de importancia. Pues, como si estuvieran en la cima de una gran montaña, desprecian las llanuras de esta vida y, trascendiéndose a través de las alturas espirituales, ven sometidos en su interior todo aquello que exteriormente se enorgullece de la gloria carnal. Por lo tanto, no perdonan ningún poder que se alce contra la verdad, sino que aplastan con la autoridad del espíritu a aquellos que ven envanecidos por la exaltación.
  
De esto se deduce que Moisés, viniendo del desierto, confronta con autoridad al rey de Egipto, diciendo: «Así te dice el Señor, Dios de los hebreos: “¿Hasta cuándo te negarás a servirme? Deja ir a mi pueblo para que me ofrezca un sacrificio”» ( Éxodo 10:3). Y cuando el faraón, oprimido por las plagas, le dijo: «Ve y ofrece sacrificios a tu Dios en mi tierra» ( Éxodo 8:25), Moisés, con autoridad inmediatamente mayor, respondió: «Esto no se puede hacer; porque vamos a ofrecer al Señor nuestro Dios un sacrificio que es abominable para los egipcios» ( Éxodo 8:26).
  
De esto se desprende que Natán confronta al rey que ha pecado: primero le revela la imagen de la transgresión que ha cometido, y luego lo declara culpable con la voz de su propio juicio, y de inmediato agrega diciendo: "Tú eres el hombre que ha hecho esto" (2. Reg. 12,7).
  
Por eso, el hombre de Dios, enviado a Samaria para destruir la idolatría, mientras el rey Jeroboam quemaba incienso en el altar, sin temer al rey ni sentirse oprimido por el terror de la muerte, ejerció sin temor contra el altar la autoridad de su propia voz, diciendo: «Altar, altar, así dice el Señor: A la casa de David le nacerá un hijo, cuyo nombre será Josías, y él sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los lugares altos» (1 Reyes 13:2).
  
Por eso, cuando el orgulloso Acab, sometido al culto de los ídolos, se atrevió a reprender a Elías, diciendo: «¿Eres tú quien perturba a Israel?» (3 Reyes 18:17), Elías inmediatamente refutó la necedad del orgulloso rey con la autoridad de una reprimenda justa, diciendo: «No soy yo quien perturba a Israel, sino tú y la casa de tu padre, que habéis abandonado los mandamientos del Señor y habéis seguido a los Baales» (3 Reyes 18:18).
  
Por eso, cuando los sacerdotes y los gobernantes, enfurecidos incluso con azotes, le prohibieron a Pedro hablar en el nombre de Jesús, él respondió inmediatamente con gran autoridad, diciendo: «Juzgad vosotros mismos si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros antes que a Dios. Porque no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» ( Hechos 4:19-20).
  
Por eso Pablo, al ver al sumo sacerdote sentado en contra de la verdad, y siendo golpeado por uno de sus ministros, no respondió con maldiciones, sino que, lleno del Espíritu Santo, profetizó con voz clara, diciendo: «¡Dios te castigará, pared blanqueada! ¿Te sientas a juzgarme según la ley, y, quebrantando la ley, mandas que me golpeen?» ( Hechos 23:3) [1] …
  
Esta libertad de los santos surge del celo por la verdad, no del vicio del orgullo. Que los hombres santos pronuncien palabras tan elevadas por celo por la verdad, y no por orgullo, queda claramente demostrado por ellos mismos, pues demuestran con sus obras y palabras la humildad que poseen y la profunda caridad que sienten hacia aquellos a quienes reprenden. El orgullo, en efecto, engendra odio, humildad y amor. Por lo tanto, las palabras que el amor endurece ciertamente brotan de la humildad.
  
Los hombres santos, en realidad, no se liberan por el orgullo ni se dejan dominar por el miedo; sino que, cuando la rectitud los eleva a la libertad de expresión, la consideración de su propia debilidad los mantiene en la humildad. Si bien reprenden los pecados de los pecadores, castigándolos desde lo alto, al juzgarse a sí mismos con mayor sutileza, casi se colocan entre los marginados; y cuanto más persiguen el mal en los demás, más severamente se reprimen a sí mismos; y, a la inversa, cuanto menos se perdonan, aunque actúen mejor, más vigilantemente reprenden las acciones de los demás.

SAN GREGORIO MAGNO. Morália, o Exposición sobre Job VII, 35, 55. En Migne, Patrología Latína 75, cols. 795-797.
   
NOTA
[1] «Pablo dijo esto con autoridad apostólica, impulsado por el celo, amenazando y prediciendo la justa plaga de Dios al juez injusto, sobre todo para defender su propio derecho y su honor ante el tribuno [Claudio Lisias] que lo había salvado del tumulto; así lo afirman San Juan Crisóstomo y Ecumenio. En un sentido místico, San Agustín, en el libro 1 de De sermóne Dómini in monte, capítulo 19, enseña que estas palabras de Pablo no suenan tanto a insulto como a profecía, de modo que los sabios comprenderían que con la venida de Cristo el muro blanqueado, es decir, la hipocresía del sacerdocio [de la Antigua Alianza], iba a ser destruido» (Cornelio Alapide, Commentaria in Sacram Scripturam, tomo X. Nápoles, 1869, pág. 267) .

sábado, 23 de mayo de 2026

EL CONTRASTE DE LA MISERICORDIA CRISTIANA Y LOS CULTOS JUDÍOS, PAGANOS Y HERÉTICOS

«Santiago [al hablar de “la religión pura e inmaculada”] alude tanto a los judíos —de quienes él mismo fue obispo—, que basaban su religión y pureza en ceremonias y purificaciones legales, como a los gentiles, que se consideraban religiosos al venerar multitud de dioses con sacrificios y ritos nefastos. Por lo tanto, contrasta la religión pura de los cristianos con la religión vana e impura de los judíos, así como con la superstición impía de los paganos, sarracenos y herejes. Parece, de hecho, que Santiago había previsto en su espíritu, y por lo tanto condenado, las religiones y ritos impuros de los gnósticos y los carpocracianos, que en sus asambleas se contaminaban con incesto y uniones nefastas (como atestigua Eusebio, libro IV, cap. VII), y de los ofitas, que consagraban su Eucaristía mediante el contacto con una serpiente, creyendo que era Cristo (como atestigua San Agustín, herejía 6 y 17). De la misma manera, hoy la religión de Lutero y Calvino es impura, con la que condenan los ayunos, las leyes y los votos de la Iglesia, e incitan, incluso obligan, a los monjes a matrimonios sacrílegos. El significado es, por lo tanto, este: los judíos ponen la pureza de su religión en múltiples abluciones; los paganos en el sacrificio de muchas víctimas a muchos dioses; Los herejes en las impuras ficciones y depravaciones de su propio intelecto; los sarracenos adoraron una vez a Lucifer y más tarde a Mahoma, etc. Por el contrario, la religión y piedad pura e inmaculada de Cristo y de los cristianos es reconocida y consiste sobre todo en la misericordia y la caridad, es decir, en visitar a los huérfanos y a las viudas y en mantenerse inmaculado de la corrupción de este mundo». (PADRE CORNELIO ALÁPIDE SJ. Commentária in Sacram Scriptúram, Tomo X. Nápoles, 1859, pág. 364).

domingo, 18 de enero de 2026

LAS SEIS TINAJAS


«Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres metretas [cerca de 40 litros]» (San Juan 2, 6).
  
Comentario:
«“Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos”. Cristo entonces utilizó estas tinajas para que quedase más claramente evidente que no tenían vino; y así, la conversión del agua en vino en esos recipientes sería aún más notoria (Joann. 2, 9).
  
Purificación: Mediante la cual los israelitas, según sus tradiciones, acostumbraban lavar las manos en las fiestas cuando tocaban algo impuro en la mesa (Cf. Marc. 7, 3-4).
 
Tropológicamente, San Bernardo explica así este versículo: Las seis tinajas son las seis virtudes purificadoras del alma (Ps. 50, 12).

La primera tinaja, y la primera purificación, es el arrepentimiento, del cual leemos: “En el momento en que el pecador hiciere penitencia, no me acordaré ya de sus iniquidades” (Ez 18,21-22).
 
La segunda es la confesión; pues todo se lava con la confesión. “Confesé mi pecado, no oculté mi iniquidad. Dije: ‘Confesaré a Yahvé mi pecado’, y Tú perdonaste la culpa de mi pecado” (Ps. 32, 5) (1.ª Joann. 1, 9).
  
La tercera tinaja es dar limosna; pues leemos en el Evangelio: “Dad limosna, y vereis que todo quedará limpio para vosotros” (Luc. 11, 41). “La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado. Los que practican la misericordia y la justicia serán colmados de vida” (Tob. 12, 9; Jac. 1, 27).

La cuarta tinaja es el perdón de las ofensas; pues decimos al orar: “Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (Matth. 6,14-15).
   
La quinta tinaja es la mortificación; pues oramos para que, purificados por la abstinencia, podamos cantar gloria a Dios (Rom. 12, 1). “Yo corro, no como quien corre a la ventura; lucho, no como quien golpea al aire, sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, para que, habiendo sido predicador para otros, no venga yo a ser reprobado” (1.ª Cor. 9, 26-27).
  
La sexta tinaja es la obediencia a los mandamientos: así como los discípulos oyeron aquello que tal vez nosotros también merezcamos oír: “Vosotros estais limpios, por la palabra que os he hablado” (Joann. 15, 3).
   
Luego aplica lo restante de la siguiente manera: “Están llenas de agua para que se mantengan en el temor de Dios, pues el temor del Señor es la fuente de la vida” (Prov. 14, 27). Y agrega: “Mas, por la divina virtud, el agua se convierte en vino cuando la caridad perfecta expulsa el temor (1.ª Joann. 4, 18). Ahora, se dice que las tinajas son de piedra, no por su dureza, sino por su firmeza” (Ef. 2, 20-22)».
   
SAN BERNARDO DE CLARAVALSermón del domingo después de la Octava de la Epifanía. En P. CORNELIO ALÁPIDE SJComentario al Evangelio de San Juan, págs. 82-83.

viernes, 5 de abril de 2024

NO ES NECESARIO DEPONER A UN PAPA INCURSO EN HEREJÍA, PORQUE ÉL MISMO SE DEPONE DEL CARGO AL INCURRIR EN HEREJÍA

«El Papa es más grande en la Iglesia que un rey en su reino. Porque un rey recibe su poder del estado, pero el Papa recibe su poder no de la Iglesia, sino directamente de Cristo. Por ende, bajo ninguna circunstancia puede ser depuesto por la Iglesia, sino que solamente puede ser declarado que ha caído del Pontificado, si, por ejemplo, tuviera la oportunidad (no lo permita Dios) de caer en herejía pública, y por tanto, debería ipso facto dejar de ser Papa, sí, [él ipso facto debería dejar de ser] un creyente cristiano». 
    
P. CORNELIO ALÁPIDE SJ. Comentario sobre San Mateo XVIII, 17.

miércoles, 9 de agosto de 2023

NO CREER TODO CUANTO SE DICE EN LOS EXORCISMOS

«Dice San Eutimio: “Cristo nos enseñó a no creer nunca a los demonios, aun cuando lo que digan sea verdad. Porque como ellos aman la falsedad, y son hostilísimos hacia nosotros, nunca hablan la verdad sino para engañar. Ellos usan la verdad como si fuera un anzuelo”. Porque, como los mentirosos que son, ellos ocultan y disfrazan sus mentiras bajo color de verdad. Al comienzo dicen algunas cosas que son verdaderas, y después entretejen con ellas lo que es falso, para que aquellos que han creído a lo primero puedan creer también a lo último. Por esta razón San Pablo expulsó al espíritu pitónico que lo alababa (Hechos XVI, 18)» (PADRE CORNELIO ALÁPIDE SJ, Comentario sobre San Marcos I, 25).

viernes, 3 de diciembre de 2021

BERGOGLIO LLAMA “DEMONÍACO” AL EVANGELIO

Traducción de la noticia publicada en NOVUS ORDO WATCH.
    
Bergoglio causa confusión y desconcierto…
FRANCISCO BERGOGLIO LLAMA “DEMONÍACO” A UN PASAJE DEL EVANGELIO. ¿QUÉ QUISO DECIR?
   
   
Actualmente en sus audiencias generales semanales, el pseudopapa argentino Jorge Bergoglio (“Francisco”) predica una serie de catequesis sobre San José, Padre nutricio de Cristo. Ayer 1 de Diciembre, él presentó esta tercera entrega, bajo el título “San José: Hombre justo y Esposo de María”.
   
El Vaticano ha hecho disponible el texto completo de la catequesis, tanto en el original italiano como en distintas traducciones, de las cuales solo vincularemos aquí la traducción al inglés [Acá la traducción al español, N. del T.]
La mayor parte de lo que Francisco Bergoglio dice es solo una explicación y comentario sobre San Mateo 1, 18-25, especialmente la crucial revelación de que la Concepción de nuestro Santísimo Señor en el seno de la Santísima Virgen María fue realizada milagrosamente por el Espíritu Santo. Francisco Bergoglio luego empieza a hablar sobre la importancia del amor maduro y lo contrasta con el mero enamoramiento. Así entonces, ata a San José como un ejemplo de amor maduro.
   
Es contra este contexto que súbitamente hace una desconcertante consideración sobre un pasaje particular del Evangelio. A continuación lo que dice, en su contexto:
«Queridos hermanos y hermanas, muy a menudo nuestra vida no es como la habíamos imaginado. Sobre todo, en las relaciones de amor, de afecto, nos cuesta pasar de la lógica del enamoramiento a la del amor maduro. Y se debe pasar del enamoramiento al amor maduro. Vosotros recién casados, pensad bien en esto. La primera fase siempre está marcada por un cierto encanto, que nos hace vivir inmersos en un imaginario que a menudo no corresponde con la realidad de los hechos. Pero precisamente cuando el enamoramiento con sus expectativas parece terminar, ahí puede comenzar el amor verdadero. Amar de hecho no es pretender que el otro o la vida corresponda con nuestra imaginación; significa más bien elegir en plena libertad tomar la responsabilidad de la vida, así como se nos ofrece. Es por esto por lo que José nos da una lección importante, elige a María “con los ojos abiertos”. Y podemos decir con todos los riesgos. Pensad, en el Evangelio de Juan, un reproche que hacen los doctores de la ley a Jesús es este: “Nosotros no somos hijos que provienen de allí”, en referencia a la prostitución. Pero porque estos sabían cómo se había quedado [devenido] embarazada María y querían ensuciar a la madre de Jesús. Para mí es el pasaje más sucio, más demoniaco del Evangelio. Y el riesgo de José nos da esta lección: toma la vida como viene. ¿Dios ha intervenido ahí? La tomo. Y José hace como le había ordenado el Ángel del Señor: de hecho, dice el Evangelio: “Despertándose José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer.  Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús” (Mt 1,24-25). Los novios cristianos están llamados a testimoniar un amor así, que tenga la valentía de pasar de las lógicas del enamoramiento a las del amor maduro. Y esta es una elección exigente, que, en lugar de aprisionar la vida, puede fortificar el amor para que sea duradero frente a las pruebas del tiempo.  El amor de una pareja va adelante en la vida y madura cada día. El amor del noviazgo es un poco —permitidme la palabra— un poco romántico. Vosotros lo habéis vivido todo, pero después empieza el amor maduro, de todos los días, el trabajo, los niños que llegan. Y a veces el romanticismo desaparece un poco. ¿Pero no hay amor? Sí, pero amor maduro. “Pero sabe, padre, nosotros a veces nos peleamos…”. Esto sucede desde el tiempo de Adán y Eva hasta hoy: que los esposos peleen es el pan nuestro de cada día. “¿Pero no se debe pelear?” Sí, se puede. “Y, padre, pero a veces levantamos la voz” – “Sucede”. “Y también a veces vuelan los platos” – “Sucede”. ¿Pero qué hacer para que no se dañe la vida del matrimonio? Escuchad bien: no terminar nunca el día sin hacer las paces. Hemos peleado, yo te he dicho palabrotas, Dios mío, te he dicho cosas feas. Pero ahora termina la jornada: tengo que hacer las paces. ¿Sabéis por qué? Porque la guerra fría al día siguiente es muy peligrosa. No dejéis que el día siguiente empiece con una guerra. Por eso hacer las paces antes de ir a la cama. Recordadlo siempre: nunca terminar el día sin hacer las paces. Y esto os ayudará en la vida matrimonial. Este recorrido del enamoramiento al amor maduro es una elección exigente, pero tenemos que ir sobre ese camino».
Las palabras subrayadas son las siguientes en el original italiano:
«Pensate, nel Vangelo di Giovanni, un rimprovero che fanno i dottori della legge a Gesù è questo: “Noi non siamo figli che provengono di là”, in riferimento alla prostituzione. Ma perché questi sapevano come Maria è rimasta incinta e volevano sporcare la mamma di Gesù. Per me è il passaggio più sporco, più demoniaco del Vangelo».
La frase “rimasta incinta” tiene que ser convertida en “había devenido embarazada” y no, como la traducción vaticana lo haría, “quedado embarazada”.
   
Últimamente, las traducciones inglesas publicadas por el Vaticano han sido de mediocre calidad, y con frecuencia son publicadas en forma prematura. Con todo, esto no es de crucial relevancia aquí toda vez que sabemos lo que Bergoglio dijo en el original italiano, e incluso lo tenemos en vídeo (comienza en el minuto 18:12):
     
   
Ese es el vídeo para la versión italiana. Vatican Media también publicó un vídeo con un audio en traducción simultánea al inglés. Es suficientemente interesante que, justo antes de la consideración controversial el traductor súbitamente se detiene (como si fuese incapaz de continuar, tal vez porque está estupefacto) y claramente lucha por retroceder:
     
    
En todo caso, las palabras de Bergoglio son problemáticas, perturbadoras y simplemente extrañas. ¿Por qué súbitamente introduce el concepto de prostitución y lo asocia con los escribas y fariseos en el Evangelio de San Juan? El pasaje al que hace referencia es San Juan 8, 41. Demos un vistazo a este importante pasaje en contexto (el verso 41 está subrayado):
«Yo sé que sois hijos de Abraham; pero tambíen sé que tratais de matarme, porque mi palabra o doctrina no halla cabida en vosotros. Yo hablo lo que he visto en mi Padre: vosotros haceis lo que habeis visto en vuestro padre. Respondiéronle diciendo: Nuestro padre es Abrahán. Si sois hijos de Abrahán, les replicó Jesús, obrad como Abrahán. Mas ahora pretendeis quitarme la vida, siendo yo un hombre que os he dicho la verdad que oí de Dios: no hizo eso Abrahán. Vosotros haceis lo que hizo vuestro padre. Ellos le replicaron: Nosotros no somos de raza de fornicadores o idólatras: un solo padre tenemos, que es Dios. A lo cual les dijo Jesús: Si Dios fuera vuestro padre, ciertamente me amaríais a mí; pues yo nací de Dios, y he venido de parte de Dios: que no he venido de mí mismo, sino que él me ha enviado. ¿Por que pues no entendeis mi lenguaje? Es porque no podeis sufrir mi doctrina. Vosotros sois hijos del diablo, y así quereis satisfacer los deseos de vuestro padre: él fue homicida desde el principio, y criado justo, no permaneció en la verdad; y así no hay verdad en él: cuando dice mentira, habla como quien es, por ser de suyo mentiroso, y padre de la mentira» (San Juan 8, 37-44, Versión de Mons. Félix Torres Amat).
Al decir “Nosotros no somos de raza de fornicadores”, la afirmación de Bergoglio es que los judíos que discutían con Cristo Lo estaban acusando de ser hijo de fornicación. Pero no hay nada en el texto bíblico de San Juan 8 que sugiera esto. ¿Por qué Francisco Bergoglio llega a esto?
  
En este punto, uno solo puede especular. El Gran Comentario del padre Cornelio Alápide (1567-1637) califica de “lectura inflamatoria” el entendimiento bergogliano de este pasaje, aparentemente no compartido por la mayoría de los intérpretes:
«Orígenes, San Cirilo y Leoncio piensan que los judíos, enfurecidos con que Cristo dijera que ellos tenían otro padre distinto que Abrahán, para más señas un adúltero, implícita y tácitamente volvieron contra Él este reproche, como si dijeran: “Nosotros no somos hijos de un adúltero, pero Tú de hecho lo eres, porque Tu padre no es José, sino algún otro adúltero desconocido”. Por eso dice Orígenes: “Una respuesta atroz, sugiriendo oblicuamente que Cristo nació de adulterio”. Algunos fariseos, envidiando a Cristo, esparcieron el rumor entre el pueblo como una manera de minar el crédito y la autoridad de Nuestro Señor. Si esto es verdad, esta fue una atroz calumnia y blasfemia contra Cristo y la Santísima Virgen» [The Great Commentary of Cornelius à Lapide: The Holy Gospel according to Saint John (El gran comentario de Cornelio Alápide: El Santo Evangelio según San Juan), traducción por Thomas W. Mossman, revisión y complementación por Michael J. Miller (Fitzwilliam, Nueva Hampshire: Loreto Publications, 2008), págs. 345-346. Una edición alternativa con traducción diferente disponible aquí].
Sin embargo, si seguimos estrictamente lo que dice el texto, una interpretación mucho más natural sería que los judíos entendían que Nuestro Señor los acusaba a ellos de ser “raza de fornicadores” cuando dijo: «Vosotros haceis lo que hizo vuestro [verdadero] padre», esto es, no de Abrahán, y luego ellos replican diciendo que no son “raza de fornicadores”. Aunque Nuestro Señor apuntaba a ello desde el comienzo, no es sino hasta el verso 44 que se hace explícito a qué Él estaba refiriéndose como su verdadero padre: «Vosotros sois hijos del diablo…».
   
Otra manera de entender el término “fornicación” que los judíos habrían encontrado correcta es la de idolatría, que frecuentemente en el Antiguo Testamento designa como un tipo espiritual de adulterio o prostitución el ser infiel al Dios verdadero. Así se lamenta el profeta Jeremías: «Ya desde tiempo antiguo quebraste mi yugo, rompiste mis coyundas, y dijiste: No quiero servir al Señor. En efecto, en todo collado alto y debajo de todo árbol frondoso te has prostituido» (Jeremías 2, 20). Y así los judíos pudieron enterer que Nuestro Señor los acusaba de idolatría, a lo cual replicaron que no lo eran, que en lugar de eso son hijos de Abrahán, el padre de los creyentes, y que adoran al Dios verdadero: «…un solo padre tenemos, que es Dios».
   
La pregunta que ahora se presentan es: ¿Por qué Bergoglio lanza tan estrecha y específica interpretación de San Juan 8, 41 (el padre Alápide la llama “inflamatoria”; ver la pág. 346)? ¿Y por qué la menciona en el contexto de hablar sobre la castidad de San José y la virginidad de la Santísima Virgen? ¿Por qué quiere que la mente de sus oyentes incluso lleguen allí, a tan horrible blasfemia?
   
¿Tal vez Bergoglio ha leído demasiado el Talmud judío últimamente? Porque es un hecho que el judaísmo apóstata actual enseña de hecho que nuestro Santísimo Señor y Salvador Jesucristo fue concebido en circunstancias impías, por decirlo amablemente. El padre Justino Pranaitis (1861-1917) expone la enseñanza blasfema del judaísmo actual en su libro de 1892 El Talmud desenmascarado. Nos abstendremos de citar aquí esta bazofia infernal y simplemente remitiremos a las páginas 30-34 de dicho libro en el enlace anterior [páginas 31-35 en la traducción española, N. del T.]. Francisco Bergoglio es conocido por estar interesado en la literatura judía, así que la pregunta no es ilegítima.
   
Finalmente, no debe omitirse el aspecto más importante de todo el asunto: No solo Francisco Bergoglio arroja una interpretación peculiar de San Juan 8, 41 a sus oyentes no sin buena razón, él también usa la ocasión para luego decir que el pasaje evangélico es “demoníaco”. Tal manera de proceder es temeraria, por decir menos, si no por otra razón que suena impía y lleva a malos entendidos. ¿O quizá el “mal entendido” es lo que realmente intentó? Obviamente, uno nunca debería decir que un pasaje de la Escritura sea “demoníaco”. Por la lógica bergogliana, uno puede decir también que Génesis 3, 4 es “demoníaco” porque en él satanás intenta engañar a Eva diciéndola: «¡Oh! ciertamente que no moriréis». Pero eso no hace en sí mismo demoníaco al pasaje escritural. Por el contrario, el pasaje es la Palabra inspirada y santa de Dios describiendo o relatando un evento demoníaco.
   
¿Francisco Bergoglio simplemente busca desconcertar y confundir? Obviamente no sería la primera vez. Tenemos que recordar siempre que este pseudopapa es muy capaz de expresarse. Si él quiso decir que lo que es demoníaco es la (alegada) acusación judía contra Cristo de ser “nacido de fornicación”, entonces él pudo haber dicho simplemente eso. Pero no lo hizo. En cambio, él dice que el demoníaco es el pasaje del Evangelio: «Para mí es el pasaje más sucio, más demoniaco del Evangelio». Dados los antecedentes de Francisco Bergoglio, tenemos toda justificación para sospechar. Este hombre no titubea antes de insultar a Jesucristo, la Santísima Trinidad o a la Madre de Dios:
«La Iglesia y la Virgen María son madres, ambas; lo que se dice de la Iglesia se puede decir también de la Virgen, y lo que se dice de la Virgen se puede decir también de la Iglesia. […] ¿Amamos a la Iglesia como se ama a la propia mamá, sabiendo incluso comprender sus defectos? Todas las madres tienen defectos, todos tenemos defectos, pero cuando se habla de los defectos de la mamá nosotros los tapamos, los queremos así. Y la Iglesia tiene también sus defectos: ¿la queremos así como a la mamá, le ayudamos a ser más bella, más auténtica, más parecida al Señor?» (Antipapa Francisco Bergoglio, Audiencia General, 11 de Septiembre de 2013).
¡Hablando sobre un pasaje demoníaco!

viernes, 2 de abril de 2021

EL SUEÑO DE CLAUDIA PRÓCULA, MUJER DE PILATO

Traducción del artículo publicado en RADIO SPADA.
  
“El sueño de la esposa de Pilato” (grabado de Alphonse François siguiendo a Gustave Doré).
   
San Mateo en su relato de la Pasión nos refiere de una mujer premurosa que se preocupa del empeño del marido:
«Y estando él sentado en su tribunal, le envió a decir su mujer: “No te mezcles en las cosas de ese justo; porque son muchas las congojas que hoy he padecido en sueños por su causa”» (XXVII, 19)
Como todos habréis entendido, el marido es Pilato y la mujer es aquella que la tradicióm ha llamado Claudia Prócula.
   
Sobre esta mujer no sabemos mucho y a tal laguna suplieron en el curso de los siglos los evangelios apócrifos, especialmente el llamado “de Nicodemo”, que la presenta como mujer virtuosa y piadosa. Más allá de la fantasiosidad más que evidente de estos textos tardíos respecto a los Evangelios canónicos, valga la anotación de Cornelio Alápide en su Comentario en Mateo: «Quod licet apócryphum, multa tamen vera probáque cóntinet» (Aunque apócrifos, contienen muchas cosas verdaderas y virtuosas).
   
Los Padres de la Iglesia y los exégetas se concentraron prevalentemente sobre el sueño. Si bien algunos, como San Bernardo y Rabano Mauro, quisieron ver una tentativa del Diablo de impedir la Muerte salvifica del Redentor; la más antigua tradición eclesiástica –autores del calibre de Orígenes, San Hilario, San Ambrosio, San Agustín, San Juan Crisóstomo– no albergan dudas sobre el origen divino del sueño.
   
Dios quiere hacer conocer a esta mujer, prosélita judía, algo sobre aquel Justo que su marido estaba procesando a instancias de los Judíos: esto fue hecho para justificación de ella y para que su ministerio diese en alguna forma inicio a la predicación de Cristo a los Romanos, donde San Jeróniml definió aquel sueño “fídei Gentílis pópuli præságium” (presagio de la fe en los pueblos gentiles).
   
No fue precisamente un præságium feliz para Pilato. Escéptico como trasluce por el mismo Evangelio –Quid est véritas?–, el præféctus Judǽæ era seguramente muy atento a los arcanos signos, a los sueños, a las premoniciones: era una tradición romana y como dice el padre Giuseppe Ricciotti, «sabía muy bien que Julio César habría evitado las 23 puñaladas de los fatales Idus de marzo si hubiese oído a su mujer Calpurnia que le había pedido no acercarse aquel día en la Curia, porque ella en la noche precedente lo había visto en sueños atravesado por muchas heridas». Un buen incentivo para empeñarse por la absolución del Nazareno.
   
¿Pero qué fue de esta mujer después de los hechos narrados? Priva de fundamento la teoria de su presencia en el seno de la Iglesia Romana basada en la identificación de Claudia Prócula con la Claudia que San Pablo (que, para ciertos apócrifos, administró el bautismo a la mujer de Pilato) menciona al fin de la Segunda Carta a Timoteo. Ciertamente abrazó la fe cristiana y la aplicó en su vida: los Griegos y los Etíopes la veneran como Santa.
   
En tiempos recientes, su figura fue presentada al gran público por Mel Gibson en su famosa película La Pasión de Cristo. En el filme Claudia, interpretada por Claudia Gerini, no es un personaje del todo desapercibido (tal como lo presenta San Mateo del resto): al contrario hace presión sobre el marido –“sanctus est!” le dice– y tanto se compadece de los dolores de Jesús y de María que llega a donar a la Virgen paños de lino finísimo. Particulares que hacen parte de las visiones de la extática alemana Ana Catalina Emmerick, a los cuales, sin embargo, se puede dar fe meramente humana.
   
Luego, casi nada sabemos de esta piadosa múlier; casi nada aparte aquel unum necessárium: el haber atestiguado públicamente la inocencia del Redentor procesado Redentor ante la soberbia Roma y la infiel Jerusalén.

martes, 29 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMONOVENO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XXXIII. MISTERIO QUINTO: LA CORONACIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA COMO REINA DE TODO LO CREADO
Ha entrado ya a su reino la Esposa del Rey de los reyes. Ese reino es fundado desde la Eternidad para darlo a todos los escogidos y como Reina de ellos a la humilde María, para gloria del Cristo Hijo suyo, para gloria del Padre, Dios por todos los siglos con el Cristo y el Espíritu Santo.
  
La esclarecida Virgen y Madre ha sido llamada del Líbano para ser coronada. Ya se le aclama como «la gloria de Jerusalén, como la alegría de Israel, como la honra más preciosa de su pueblo». A semejanza de lo que en el día de su entrada en los cielos al Verbo humanado, le ha dicho el Padre: «ven, siéntate a mi diestra y yo pondré uno por uno a tus enemigos por escabel de tus pies». «El trono tuyo ¡oh Verbo! permanece por siglos; el cetro de tu reino, es cetro de rectitud»: así a la Inmaculada, a la humilde Madre suya dice el glorioso Nazareno, Verbo de Dios hecho hombre: «Madre mía, cúmplase hoy lo que de mi boca ha salido siglos ha en salmo de gloria, que en letra consignó y en cantar mi siervo David, que de entonces no ha cesado ni cesará nunca: “Asistirá la Reina a tu derecha, ricamente vestida de oro y de toda variedad de adornos”. ¡Oh Hija de Abrahán y de David, el Rey te ama como a ninguna, las grandes almas de tus hermanas, vírgenes escogidas entre millares, te son presentadas para tu séquito de honor; los pueblos cantarán tus alabanzas por siglos de siglos».
  
Entonces el Dios de las alturas hace pregonar las supremas prerrogativas de su excelsa Madre. Voces de ángeles, fulgores celestes vivísimos de claridad, de ciencia y de amoroso fuego, hacen entender y sentir todo lo que importa el reinado que va a darse, que está dándose, que se ha dado a María, y como todo lo que se hizo, por Ella se hizo, y todo lo que por bueno se hizo entrar al servicio de la gloria del Dios, infinito en toda bondad, por Ella fue bueno, previa la primera causa de las bondades, Jesucristo.
  
Esa incomparable Criatura, a quien se debe que la inocencia y la justicia hayan renacido en el mundo, que un Salvador se haya presentado en él, que el invierno haya pasado, que hayan vuelto a verse flores en la tierra y aves en los cielos, retirándose las aguas que todo lo cubrían, de un diluvio que todo lo ahogaba, esa incomparable criatura, que ya ha presidido y gobernado tantos sucesos convirtiendo cuantos corazones ha querido Cristo mover, una Magdalena, un Mateo, un Pedro, un Esteban, un Pablo, un Areopagita, no ha hecho sino comenzar un reinado asombroso de misericordia y de gracia, de salvación y de santidad, de triunfos de sabiduría y virtudes.
  
Por eso en tal día en que ya los ángeles y los humanos del Empíreo vislumbran y presienten prodigios tantos, la gloria de los cielos excede a la que pudieran concebir los bienaventurados, excepto sólo la gloria de la Divinidad y de la humanidad santa del Hijo de la humilde. Por eso el piadosísimo San Alfonso, reuniendo los dichos de los más notables santos panegiristas de la Incomparable Reina, nos consigna, que al subir la Madre de Dios al cielo, «aumentó el gozo de todos sus moradores», palabras de San Bernardino de Siena, por lo que San Pedro Damián y San Buenaventura dicen, que los bienaventurados no tienen mayor gloria en el cielo, después de Dios, que gozar de la vista de esta hermosísima Reina.
 
Esta coronación de María, Madre de Dios, es tan puesta en razón, como todo lo que de grandezas tiene que discurrirse tratándose de esta obra suprema, de esta creación aparte en que el poder divino pone el colmo y el coronamiento a cuanto de él es de concebirse, y en que el querer divino se excede a todo, por decirlo así.
   
Así, por tanto, como está dicho, «en el nombre de Jesús dóblese toda rodilla en cielos, tierra y abismos, y confiese toda lengua que el señor Jesús está en la gloria de su Padre»; dígase también que «en el nombre de María, y para honrar a ese su Jesús, se haga otro tanto, y que toda lengua confiese que Ella es la Reina, la dispensadora de cuantas gracias concederá su Hijo».
  
San Bernardo ofrecerá a la Iglesia, que lo consignará en eminente lugar de su admirable oficio del Breviario, ese resumen de los poderes magníficos y en extremo amables de la humilde esclava del Señor:
«Oh tú, cualquiera que seas, que cruzando por el mundo, conoces que más bien navegas por un mar tempestuoso de tormentas y borrascas, fluctuando en medio de sus embravecidas olas, que caminar por la tierra firme, en donde el que anda pueda fijar el pie y afirmarse en el camino, mira, no apartes la vista de María Sacratísima; si se levantaren contra ti los vientos de las tentaciones, si te vieres cercado de tribulaciones, no pierdas de vista la estrella del mar, invoca a María: si te hallas combatido de la murmuración y envidia, no pierdas de vista la estrella, invoca a María: si te perturba la ira, si te oprime la avaricia, si los deleites de la carne te persiguen, mira la estrella, invoca a María; si la gravedad de las culpas te hace desfallecer, si la conciencia te confunde y el juicio te causa pavor, no pierdas de vista la estrella, invoca a María; si la desesperación, la desconfianza, la pusilanimidad o la tristeza, tiran a precipitarte en los abismos, no pierdas de vista la estrella, invoca a María; no se aparte de tus labios, no falte de tu corazón María, y si quieres conseguir su intercesión, no te olvides de su vida y conversación; siguiendo a María, estás en el camino; rogando a María, no desesperas: siendo tu pensamiento y consideración en María, no yerras; teniendo a María, no caerás; gozando de su protección, no temerás; llevando por guía a María, no te fatigarás y con su patrocinio llegarás a puerto seguro».
  
Sentada la Reina en ese trono de la misericordia. Reina de la vida, de la dulzura y de la esperanza, para que los mortales obtengamos el santo temor, el dichosísimo arrepentimiento del pecado, de todo pecado, y el perdón definitivo, la perseverancia en el bien y las seguridades de no recaer, es Ella la delicia del Dios que la creó y a la vez de todo lo creado; allí está sentada en lo más alto como el mayor de todos los prodigios, en esplendores como un sol, en apacible claridad como luna en su plenitud después que se ha elevado tranquila y llena de encantos de sobre las olas tempestuosas de océano horroroso; sentada está allí muy más agraciada que Ester, quien a fuerza de modestia y de belleza ablanda el corazón del majestuoso Rey de los asirios; sentada está en el trono dando ese dichosísimo espectáculo que, vislumbrado apenas, hizo exclamar al vidente de Patmos: «Un gran prodigio ha aparecido en el cielo, una Mujer, la Mujer, vestida del sol, y la luna bajo sus plantas, en su cabeza una corona de doce estrellas»; madre del Rey eterno, madre del varón fortísimo, madre de todos los escogidos (que equivale a lo del Apocalipsis, cap. XII, v. 5: «y en esto dio a luz un hijo varón»). «Es Ella, dice Ausberto, y no hay que extrañarlo, el tipo de toda la Iglesia, porque habiendo concebido en su dichoso vientre al que es cabeza de la Iglesia, Cristo Jesús, en quien la Iglesia tiene su unidad, mereció que toda la Iglesia fuese como el parto suyo. Ella ha dado á luz un parto de virilidad, no de afeminamiento, no de torpe debilidad, sino de cuerpo esforzado, para combatir contra las potestades del abismo, cuerpo viril y robusto».
  
Oíd de nuevo a San Bernardo explicando este gloriosísimo pasaje del Apocalipsis y aplicándolo con razón a esa Reina coronada en los cielos y sentada en ese trono superior a todo lo criado: «La Virgen María ha sido hecha toda para todos; para todos está patente ese sagrado seno de misericordia, a fin de que todos reciban de su plenitud: el cautivo, la redención: el enfermo, la curación; el triste, su consuelo; su perdón, el delincuente; su gracia, el justo; su alegría, el ángel; y finalmente toda la Trinidad, la gloria, y, en la persona del Hijo, la susbtancia de la humana carne, para que no haya quien quede excluido de su calor… Con razón, por eso, María es preconizada como revestida del sol. siendo así que ha penetrado en el abismo profundísimo de la sabiduría divina, más allá de lo que se puede conceptuar. Con ese fuego suyo es con el que fueron purificados los labios de los Profetas; en ese fuego es en el que los serafines han sido inflamados. De muy diversa y superior manera ha merecido María no ya ser tocada de él en la superficie, sino cubrirse y rodearse de él por todas partes, penetrarse y como sumergirse en él».
  
Gran prodigio es ella, porque, como dice San Buenaventura, «es tan grande, que mayor no podía Dios hacerla; podría Dios hacer un mundo mayor y un cielo más grande; pero mayor Madre que la Madre de Dios no podría Dios hacer».

Esa Madre de Dios y por bondad de ambos Madre nuestra, es tan buena porque es tan grande, y no es tan grande sino porque es tan buena. Dichosa porque ha creído, dichosa porque ha confiado, dichosa porque ha amado. Si al comenzar, si en su primer instante de ser, la gracia ha sido el todo y toda para Ella, todos los otros instantes han sido de correspondencia, ha sido Ella toda para la gracia, toda para toda gloria. Este es el portento de María, el mayor de cuantos pueden idearse o discurrirse; gran verdad que por sí sola acredita de verdadera a sólo la religión Católica, porque es la mayor belleza, el esplendor más puro que surgir pudiera de la verdad, así como el esplendor del diamante acusa que es de diamante y no de falsificación de quebradiza piedra diáfana.
  
Por eso, todo triunfo para la verdad y todo triunfo para el bien, no se hace sino a las órdenes de María. Judit fue para vencer a Holofernes; Ester para vencer a Amán; nuestra Reina es necesaria en todo combate contra todo error y todo pecado, si se quiere triunfar; porque sin Ella, no quiere el Rey que se triunfe. Bien sabe la Iglesia Católica, y en esto no se engaña, como en nada se engaña, por qué a María la pregona y adjudica la palma de vencedora de todas las herejías, así como el título de Refugio de todos los pecadores y por lo mismo vencedora de todos los pecados.
  
No hay contraste más hermoso ni glorioso que el de nuestra Reina; ¡tan blanda, amable, misericordiosa, clemente, piadosa y dulce para todos los que quieren ser salvos! Tan aborrecida de los inicuos que por nada quieren dar gloria al Rey. No hay enemigos más enconados de Dios, que los enemigos de María. Creemos que el Infierno no aborrece tanto a Dios, sino por odio a María.
  
¡Qué dicha la de los que, si bien miserables, tenemos resuelto dar gloria a nuestra Reina, para ganar la voluntad y así congraciarnos con nuestro Rey! Ya sabemos, Señora, que rogarás por nosotros para que el gran Rey tu Hijo tenga piedad de nosotros.

lunes, 28 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOCTAVO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XXXII. JESUCRISTO EN LA ASUNCIÓN DE SU AMADA MADRE.
Ahora es a la inversa; nuestras consideraciones vamos a ponerlas en los pensamientos y afectos de ese Hijo divino para con la asunción de su Santa Madre; así la entenderemos y amaremos mejor, y así de consiguiente entenderemos y amaremos mejor a nuestro Dios.

Comienza el Cántico de los cánticos, con que se celebran los galardones, los triunfos de la Madre de Dios. Todo lo que puede el amor decir de alabanza a la hermosura criada por ese amor; todo lo que puede Dios hacer, intentando lo supremo de los favores que Asuero quería hacer a su fiel subdito Mardoqueo, se hace en la asunción de la humilde María; todo lo que Salomón con la Madre suya, si Salomón hubiese sido Dios; todo lo que Asuero con la escogida Ester, si Asuero hubiese podido disponer de mejores dones, eso hace Jesucristo Dios, con la Madre de Dios, madre suya.
  
Tanto amó Dios al mundo, que le dió a su Hijo Unigénito; más que a ninguno del mundo, que a ninguno de los ángeles, amó Dios a la excelsa María; pues, ese Unigénito ciado al hombre y al ángel, se da principalmente a María.

«En mi Unigénito está todo mi amor», dice Dios Padre; pues, de una manera semejante dirá también: «todo mi amor está en esa humilde María, en esa Madre de mi Unigénito». El Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, dice, pues, a Ella y por Ella a todas las almas sus escogidas: «Ven del Líbano, Esposa mía; ven, serás coronada». «Hija de Sión, toda eres hermosa y suave, como la luna hermosa, como el Sol escogida». «Como cedro en el monte Líbano te levantas, como ciprés en Sión, como mirra selecta has dado olor de suavidad, como cinamomo y bálsamo de perfume». «¡Qué hermosa eres, amiga mía y cuán bella eres; son tus ojos de inocencia y mansedumbre como de paloma!». «Miradla: ¿quién es ésta que se levanta como el sol, hermosa como Jerusalén? Las hijas de Sión la contemplan y la llaman dichosa, las reinas prorrumpen admiradas en su alabanza». «De rosas va circundada como en días de primavera, de lirios de los valles». «El Señor le ha prestado su ayuda, la ha llenado de gracia, con todo el favor de su semblante, jamás vacilará porque el Señor está con Ella». «María es llevada a los cielos; los ángeles se regocijan y todo es en alabanza del Señor».
   
¿Qué es todo esto sino la voz difusa de una gran palabra, la luz difusa de un gran luminar? «La llena de gracia», «la bendita entre todas las mujeres», «la que todas las generaciones llamarán dichosa»; esos tres encomios todo lo compendian.
  
El buen Dios, el Omnipotente, el Omniciente, amó a sus criaturas, amó al hombre; gran verdad, bendita verdad. Pero en las obras del Bueno, del Omnipotente, del Sabio, se reclaman lo sencillo y lo profundo, lo uno y lo vario. Es tan verdadero que Dios ama a los humanos, que nada menos una criatura humana puede entender dicho a sólo Ella, y a sólo Ella con singularísima aplicación, cuanto es aplicable a cualquier otro humano, a quien Dios dispense su amor y sus favores. Por eso los amorosos afectos y deliquios de Dios misericordioso, con verdad aplicables a todas las almas buenas y a cualquiera buena, lo son singularísima y únicamente en toda su plenitud a la única, a la escogida, a la predilecta María.

Con ésto, discurramos y admiremos, no sólo si en verdad ha habido asunción de María a los cielos, sino en ella el mayor triunfo que a humana criatura haya podido concederse. Ese Hijo de Dios, ese Verbo divino que tanto amor ha tenido a la Inmaculada y humilde, a la Dolorosa, a la magnánima, ¡con qué dádivas de amor y omnipotencia no la habrá colmado al resucitarla y hacerla subir en cuerpo y alma a los cielos! Cómo no la diría: «¡Madre perfectísima, Madre ameritadísima; yo todo lo puedo, yo todo os lo debo; pedid, que puedo daros, no ya como el hombre que es sólo hombre, que no puede donar, si es rey, sino la mitad de su reino y un reino en que todo cede a cuenta, peso y medida, sino mucho más; yo os doy todo mi reino, todo mi gozo; entrad a él, Madre mía. Ya no os diré sólo “mujer”, como en Caná y en el Calvario; ya no os argüiré como el día que me hallastéis en el Templo, ya de perdido; ya puedo deciros ahora: “Paloma mía, Inmaculada mía. Hermana mía, Esposa mía, y, sobre todo, Madre mía; que eso sólo si apenas lo insinué en mi Cántico de los cánticos, que hoy plenamente comienza en toda su gloria, oh humilde Madre de este verdadero Dios hombre”!».
 
Pensemos, amables lectores, si en equivalentes expresiones que en la otra vida sabremos en su exactitud deliciosa, ¿no sería este el lenguaje de los conceptos y afectos de Jesucristo glorificado para con la Santísima Virgen, el día luminosísimo de su asunción a los cielos? Y siendo esto así, ¡cuán hermoso aparece Dios en su amor al hombre y al género humano, a las almas buenas, y, por excelencia, a la Bendita entre todos los humanos, a la Reina de todos los buenos!

«Siendo la recepción de María en el cielo por su divino Hijo —dice el sabio apologista de Ella en este siglo— en razón de la que Ella le dispensó en la tierra, debía superar a la de todos los elegidos. Como María le ha recibido la primera, y de un modo inefable, en la Encarnación; también la primera, y de un modo inefable, ha debido ser recibida en su Asunción. No sólo le ha recibido Ella, sino le ha atraído, atraído por la humildad, la fe, la pureza, la caridad de su alma; y esta es la razón de por qué María debió ser atraída por un misterio especial de gracia y de gloria; y ha debido ser atraída, elevada en su cuerpo y en su alma, porque Ella le atrajo por su alma y su cuerpo. Ha debido llevar al cielo el sello sensible de su maternidad, que es el título de su belleza, el cuerpo en que concibió a Dios por el mayor de los prodigios. Ha debido llevar a la gloria el seno que ha llevado a Jesús en su humillación, que le ha alimentado en su infancia, a fin de ser honrado por los bienaventurados en su prerrogativa de Madre de Dios, como Jesús ha querido serlo en su título de Hijo del Hombre» (Juan Santiago Augsto Nicolás, La Virgen María y el plan divino, parte III).

Ese Hijo agradecido que, cuando la prueba, que cuando niño, que cuando pobre y cuando huésped, fue objeto de la más santa y meritoria recepción de su humilde Esclava, ¡cómo no será hoy el objeto de los agradecimientos del que agradece y paga toda buena obra, cuando esa buena obra de María es la más buena y excelente que darse pudiera en humana criatura y en criatura alguna! Hoy se ve lo que es Dios-hombre obligado, agradecido y dispuesto a pagar lo que debe: esta es la gloria de la Asunción.

«Ven, hácele exclamar a ese Dios un piadoso discípulo de San Bernardo, ven ¡oh, mi muy amada! Pues nadie en mi humildad ha dádome tanto como tú, a nadie como a ti quiero colmar de los bienes de mi gloria. Me comunicaste en mi Encarnación la naturaleza del hombre, y quiero comunicarte en tu Asunción la grandeza de Dios. Admitiste al Dios Niño en tu seno; recibirás al Dios inmenso en su gloria. Fuiste morada de Dios en su peregrinación; serás palacio de Dios en su reino. Fuiste la tienda de Dios mientras combatía; serás el carro de triunfo de Dios Vencedor. Fuiste lecho del Esposo encarnado: serás trono del Rey coronado».

¡Cuánto de virtudes y de dones no ha inspirado el Hijo en la Madre! Si hubiera de suprimirse el cielo como goce, y quedase y pudiese verse en sí mismo y no en sus efectos de gloria el mérito de la virtud y de sus buenas obras, ¿no fuera ya un mar inmenso, un cielo de belleza la de esos dones con que el Hijo ha enriquecido a la Madre Santísima? ¡Esa humildad, esa prudencia, esa discreción, esc callar, esa palabra oportuna, esa constancia, esa firmeza, esa dulzura, esa fortaleza, esa abnegación, esa magnanimidad, esa paz, esa paciencia, esa contrición, ese contento, esa alegría, esa fe, esa esperanza, esa caridad la más ordenada de todas, esa misericordia, de la que es constituida la Madre y la Reina!

Eso ha dado el Hijo a la Madre; a eso ha correspondido con el céntuplo la Incomparable… ¿En dónde estás, admirador de lo bello y arguyente de lo verdadero, que no proclames en la Asunción de la Reina de las virtudes a la Reina de todas las glorias?
  
Sí, Jesús Dios Nuestro, te saludamos, te felicitamos, te amamos, te glorificamos, te damos gracias por ese gozo de tu corazón con que das lleno a los deseos de tu agradecimiento a la Reina de todas las madres, en ese gran día en que asombras a los cielos por tu ternura y tu magnificencia de Hijo de la Virgen Santísima. Ahora vemos una vez más y la mejor de las veces, que no hay Dios como el Señor Dios Nuestro, el que habita en la altura y atiende a los humildes tanto como en la tierra así en el cielo.
  
Fe, esperanza, amor: eso es, oh Cristo, lo que te pedimos por la intercesión de aquella que tanta fe, esperanza y amor abrigó para ti. Danos esas tres dádivas para conocer y amar cada día más y más, por ti a tu dulce Madre y por ella otra vez a ti.

domingo, 27 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOSÉPTIMO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XXXI. MISTERIO CUARTO: LA ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA A LOS CIELOS
«Regocijémonos todos en el Señor, celebrando el festivo día en que honramos a la dichosa María Virgen, con cuya asunción se gozan los ángeles y cantan alabanzas al Hijo de Dios».
 
Esta es la voz de la Iglesia al celebrar la asunción de nuestra Reina, el gran misterio de su exaltación a las alturas después de pasar por el sepulcro, a semejanza de la ascensión de su Hijo Cristo resucitado.

Este gran misterio, principio de los triunfos definitivos de gloria de la Dolorosa, que, antes en su camino como el Mesías, ha bebido del amargo torrente, en gran manera interesa la ciencia y la piedad de los hijos fieles de esa Reina de la Iglesia, y guarda espléndida proporción de sabiduría y de amor con los otros misterios de nuestra amabilísima y dichosa Madre.
  
Sí; todo es armonía y magnificencia en esta maravillosa obra maestra del Dios de piedad: el portento de la Encarnación del Verbo reclama con el portento de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios, y el de la Inmaculada, con el de la divina Maternidad. Este reclama, a la vez, con el de la incomparable humildad de la Esclava del Señor y sus otras incomparables virtudes; pero tantas grandezas reclaman prodigiosos méritos posteriores que harán a la humilde a Inmaculada Madre Virgen, aptísima para algo superior a esas anteriores grandezas, la Corredentora de sus hermanos, la Madre incomparable del dolor. Mas, de aquí vendrá poderosísima razón para que la magnánima Reina de los mártires sea no menos la Reina, digamos así, de los resucitados, la triunfadora que en la victoria sobre la muerte tendrá el lugar primero después de su Hijo. Y estas magnificencias aún tendrán su coronamiento cuando la Escogida, la Unica, vaya a sentarse en ese “solio estrellado” en donde reinará para siempre a la diestra de su Hijo sobre todas las criaturas.
 
Pero entretanto, gocemonos en contemplar ese tránsito de la amorosísima paloma, ese tránsito de este valle de gemidos, más allá de las riberas de las aguas, exhalando virginal fragancia de sus vestiduras y rodeada de flores de rosal y lirios de los valles, como si fuesen días de primavera.
 
La muerte no ha ejercido en Ella imperio sino servicio de sierva obsequiosa; Ella ha languidecido de amor y ha enviado a decir a su Amado, que no difiriese más la hora del santo abrazo de su ternura; y aquél que amó a los suyos tanto y a su Predilecta sobre to dos, señaladamente la amó en el día en que la llamaba a su Reino y en que a ese reclamo de su Inmaculada, respondía: «levántate y date prisa, amiga mía, paloma mía, hermosa mía y ven, que ya pasó el invierno». «“En tus manos, Señor, contestó Ella, encomiendo mi espíritu”; cerró los virginales ojos y espiró», según frase acertadísima que textual copiamos de nuestra venerable escritora María de Ágreda.
  
Los apóstoles congregados de todas las partes del mundo rodean el lecho santo de la Reina, y el cielo ha descendido a la tierra en ese Cenáculo en que la sabiduría, la omnipotencia y la ternura del Padre, del Hijo y del Consolador, han obrado tantos prodigios. «Los ángeles entonan cánticos, ya próxima a espirar la Reina; los cánticos de Salomón y otros nuevos. Una fragancia divina y la música celestial se dejan percibir hasta de los extraños a la santa casa, moradores próximos a ella. Un resplandor admirable se deja ver por todos, y el Señor ordena que para testigos de esta nueva maravilla concurra mucha gente de Jerusalén que ocupaba las calles». Esto escribe nuestra venerable Maria de Ágreda; creemos a ella y no podríamos creer lo contrario; como que, aparte de lo respetable de tal testimonio de la humilde monja española, es todo ello eminentemente verosímil, por más que no conste en libro bíblico. Si de gran número de santos, cuyas vidas han concluido con esos prodigios, constan con certeza maravillas de conciertos celestiales, esplendores y fragancias, sobre todo tratándose de aquellos santos más humildes y empeñados en obscurecerse, ¿qué no habremos de tener por verosímil en grado eminente, tratándose de la Reina de la humildad y de la abnegación?
 
Esa alma incomparable, esa alma que á un santo conocedor de nuestra Reina, San Dionisio Areopagita, y a otro santo, Tomás de Aquino, por su inteligencia y sabiduría llamado “Sol de las escuelas”, esa alma de María ha parecido algo como infinito, es llevada a los cielos a tomar posesión de inmensa gloria, mientras que la ciudad de Jerusalén se conmueve toda y admirados concurren muchos confesando el poder de Dios y la grandeza de sus obras.
  
El cuerpo santísimo de la Hermosa queda en el sepulcro; llega el tercero día; Tomás, el apóstol incrédulo de la resurrección de Cristo, compurga ahora su antigua tardanza en creer; ha llegado después que la Reina fue sepultada; quiere consolarse con ver los sacratísimos restos y van a mostrársele. Esto no era más que un ardid del cielo para que la resurrección y asunción de la Inmaculada se revelasen a los ojos. El sepulcro está vacío, la Madre de Dios ha resucitado; y esto es muy reciente, porque hace pocas horas han cesado los cantos angélicos que perseveraban durante más de dos días que asistían los apóstoles velando en el sepulcro.
  
«Se ha hecho, pues, la Asunción de María Santísima a los cielos, los ángeles se alegran, y entre alabanzas bendicen al Señor», canta la Iglesia. «María Virgen ha sido transportada al tálamo celeste en que el Rey de los Reye s tiene su trono sobre las estrellas»; «al olor suavísimo que de ti exhalas, oh Señora, te seguimos apresurados con el alma; ¡cuánto amor inspiras a las doncellitas!». «Sublimada has sido, Santa Madre de Dios, sobre todos los coros de los ángeles, a los reinos celestiales». Cánticos son todos con que la Santa Iglesia Católica, en la gran fiesta de la Asunción, no cesa de hacer justicia a la Madre de Dios y al Hijo de esa Madre, y que en esa justicia jamás agotará las alabanzas debidas a tan gran Madre de tan gran Hijo, pues no sería tal Madre ni sería Dios tal Hijo, si la alabanza de ellos conociese términos o límites.
  
«Comienza hoy el cántico de los cánticos», palabras de la lección primera del Breviario, que en otras circunstancias fueran vulgares y sin importancia alguna; pero admirables y profundas en esta sublime oportunidad, porque nada menos es como si dijésemos: el gozo de aquellas palabras hechas por el Espíritu Santo para enamorar a las almas sus amadas, comienza hoy a ser ya pleno, imperecedero. «Béseme el Señor con ese beso celestial (así comienza el santo libro bíblico del Cantar de los cantares), que hace feliz al alma para siempre… Hágame entrar el Rey misericordiosísimo y santísimo a ese santuario de su caridad perpetua».
  
¡Oh Santísima Virgen, digna eres como el Cordero, de todo gozo y de gozo para siempre!
  
«Hoy, pues, vuelve a decir la Iglesia por los labios del elocuentísimo y santo Doctor San Juan Damasceno, el Arca santa y animada del Dios vivo, que concibió en sus entrañas a su Criador, descansa en el templo del Señor no construido por mano alguna; David canta a su Hija y los ángeles conciertan con él sus coros; los arcángeles la celebran, las virtudes la glorifican, los principados saltan de júbilo, conmuévense las potestades, regocíjanse las dominaciones, los tronos están de fiesta, los querubines la alaban y los serafines preconizan su gloria. En este día, el edén del nuevo Adán recibe a este Paraíso animado, en quien fue abrogada la condenación, plantado el árbol de la vida y cubierta nuestra desnudez».
  
«Hoy, la Virgen inmaculada, a quien no desfloró ningún afecto terrenal, y que vivió siempre con el pensamiento puesto en las cosas celestiales, no ha vuelto a la tierra; sino que, como era un cielo animado, la recibieron los astros celestes. En efecto, ¿cómo pudiera morir aquella de quien vino a todos la verdadera vida?  Ella debió sin duda doblegarse bajo la ley que aquél mismo a quien engendró, sobrellevara, y como hija del viejo Adán sufrió la antigua sentencia (porque tampoco la esquivó su Hijo que es la vida misma); pero como Madre del Dios vivo, se elevó justamente a Él».
  
A esa Reina, por tanto, que va a ocupar el solio mayor que pudo ver el cielo para deificarla con sus favores y por medio de Ella favorecer al humano linaje, elevemos ya desde hoy cuantas peticiones reclamen nuestras necesidades; porque, como dice suavísimamente San Bernardo: «en María no puede faltar ni la facultad, ni la voluntad de hacer dádivas a los humanos. A la piedad de María no faltó nunca la fe, la gravedad a su palabra, la eficacia a su voto. No olvides encomendar a María cuanto te propongas ofrecer a Dios. María es la honra del Paraíso, el gozo del cielo. María es la Iglesia de la virginidad. La virginidad de María es mayor que la pureza de los ángeles. Pensando en María, no errarás; rogando a María, no desesperarás. Por María, el cielo ha quedado lleno, y el infierno vacío. En María puso Dios el sol y la luna, a Cristo y a la Iglesia. En María han encontrado los ángeles la alegría, los justos la gracia, los pecadores el perdón para siempre. En María, por María, de María, la benigna mano del Omnipotente, cuanto había criado lo ha vuelto a criar; sin María nada se ha rehecho, así como sin Dios nada se hizo; por manos de María pasa lo que Dios quiere darnos».
  
Entra a los cielos, ¡oh Reina! Adelántate, ¡oh bendita entre todas las criaturas, y comienza ya tu reinado! Ya te apiadarás de nosotros, que somos tus hermanos, y te pedimos humildemente que no nos dejes perecer.

sábado, 26 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOSEXTO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XXX. LA MADRE DE DIOS EN LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE LOS APÓSTOLES
¡Reina del cielo, alégrate, hoy el prometido Espíritu del Señor llena toda la tierra.

Tu reinado, el reinado de tu Hijo por medio de ti, oh Santísima Virgen, ha comenzado ya. Lo que tu Hijo tendría de hacer, mas no podría hacerlo visiblemente al fundar su Iglesia, ya desde los días de Pentecostés, lo haces tú como una reina madre en la ausencia de su hijo, o como reina viuda, fiel a su real esposo. El Espíritu de Dios es enviado al mundo, pero no sin contar con tu cooperación; así como mediante ella fue enviado a encarnar en tu seno el Unigénito.
   
Al Evangelio basta una palabra para darnos a entender cuál era la importancia de ese ministerio, de ese reinado de la Virgen .Santa en esos momentos solemnes que siguieron a la Ascensión; elevado ya a los cielos el Nazareno, congregados los apóstoles, los demás discípulos y las santas mujeres en el Cenáculo, y próximo el Paráclito a descender sobre todos, la Inmaculada preside la dichosísima congregación; para caracterizar el valor sublime de esa gran Iglesia, al Evangelio, decimos, basta una palabra: «Todos perseveraban unánimes en la oración… con María, Madre de Jesús».

Esto quiere decir, a semejanza de lo que se afirmó del Verbo divino, «sin el cual nada se hizo», que sin María, nada se hizo. María preside a la Iglesia en el Cenáculo en su fundación, y esa presidencia todo lo explica. María en su humildad ocupa el lugar último en la narración de ese gran hecho, y ésto nada menos nos hace ver que ocupa el primero. San Bernardo lo observa desde luego con su dichosa elocuencia filial: «Humillándose María tanto más cuanto era mayor, no sólo entre todos sino en todo, con razón ha quedado colocada como primera, pues siéndolo tomaba para sí el lugar último».

Colocada así nuestra Reina, su verdadero ministerio es mayor de lo que parece, y como nota un gran sabio y piadoso cristiano de nuestro siglo: «María intervino y obró allá (en el Cenáculo) ejerciendo el mismo ministerio, la misma acción, que tendrá siempre en la Iglesia y que irá manifestándose más y más cada vez: en la obra de nuestra salvación, dice Guéranger, reconocemos tres intervenciones de María, tres circunstancias en que es llamada a unir su acción a la del mismo Dios. La primera en la encarnación del Verbo, que no viene á tomar carne en su casto seno, sino después que Ella ha dado su consentimiento con aquél solemne fiat que salva al mundo; la segunda, en el sacrificio realizado por Jesucristo en el Calvario, donde Ella asiste para participar de la ofrenda expiatoria; la tercera, en fin, el día de Pentecostés, en que recibe al Espíritu Santo, al mismo tiempo que los apóstoles, para poder emplearse eficazmente en el establecimiento de la Iglesia que se desarrolla bajo sus auspicios» (Juan Santiago Augsto Nicolás, La Virgen María y el plan divino, parte III).

Es necesario no dejarlo de ver, no desconocerlo, proclamarlo muy alto, porque es la verdad, verdad sólida, profunda, hermosísima, tan hermosa como un cielo, como un cielo único (non hujus creatiónis), grande como ninguno después del cielo de los cielos Jesucristo, y esta verdad es, que el silencio y el laconismo del Evangelio, después que se contenta con decir «con María, Madre de Jesús» tratándose de la gran inauguración, sea de los milagros de Jesucristo, sea de los milagros del Espíritu Santo, es silencio y laconismo de intención, divinamente pensado y calculado. El poco hablarse, el poquísimo hablarse de “la Madre de Jesús” en las bodas de Caná y en la Pentecostés, entraña todo un mundo de elocuencia, es todo un Evangelio, el Evangelio de María, de María Madre de Jesús, y por ende, Madre de Dios. Quien quiera deducir del número de palabras y no de su peso, a lo protestante, la importancia bíblica, evangélica, de una intención del Espíritu Santo, yerra diametralmente, yerra infinitamente. La importancia de la mención de María como Madre de Jesús, en Caná y en la Pentecostés, no es menor que la de un Evangelio, es tanta como la de ser Madre de Dios, en comparación de lo cual, después de Dios y de la humanidad de su Hijo, queda inferior todo cuanto puede haber de grande e importante.
  
Así, pues, el ministerio de María en el Cenáculo al descender el Espíritu Santo, a fundar y vivificar su Iglesia, es tan real y grande, como al descender a su vientre inmaculado el Verbo divino a encarnarse. Aquel fiat de Nazaret para la Encarnación, tiene intima correspondencia con otro fiat que ha hecho descender al Santificador: «La cooperación de Nuestra Virgen con el Espíritu Santo en la Encarnación del Hijo de Dios, dice el gran sabio que hemos citado, reclama igual cooperación en el Cenáculo de Jerusalén para la manifestación de tan elevado misterio. En Nazaret presta a Dios su casto seno, y en él obra el Espíritu Santo la Encarnación del Verbo: en Jerusalén proporciona a la Iglesia el testimonio de este misterio, y el Espíritu obra sobre la inteligencia de los apóstoles para que lo entiendan. En Nazaret el Espíritu Santo desciende sobre Ella, y por su testimonio conviértese en Madre de nuestra fe». «Tu voz, oh María, exclama un antiguo intérprete (esa misma voz que, en la Visitación, llenó a Isabel del Espíritu Santo y del conocimiento de la maternidad divina), ha sido la voz del Espíritu hablando a los apóstoles, de suerte que cuantos misterios necesitaban complemento, confirmación o testimonio, les han sido aclarados, desarrollados y confirmados por tu boca sacratísima como fiel intérprete de este Espíritu de Verdad».

Maestra nuestra, diremos a tan esclarecida Señora, ¿qué te falta para que seas la dichosísima, la más semejante a nuestro Jesús y a nuestro Paráclito? Esa tu advocación de Reina de los apóstoles, es la de nuestra Preceptora, Instructora, Maestra y Reveladora, y una vez más se ilustra que hay razón en saludarte como Destructora y Vencedora de todas las herejías.
  
Mas el Espíritu Santo, nuestro amadísimo Consolador ha traídonos no sólo la verdad sino la caridad, difundiendo esa en las mentes, ésta en los corazones, y ¿quién coopera tanto como tú en esa difusión de la Verdad y de la Caridad, oh Maestra de toda verdad y ejemplar de toda caridad?
  
Esa verdad santa, de la que se dijo (Sabid. cap. VII vers. 22) que es espíritu de inteligencia, único, múltiple, limpio, sin mancha, suave, penetrante, sutil, que todo lo ve, ¿en qué grado no la recibiría nuestra Reina para comunicarla después a sus hijos? Y esa caridad santa de la que se dijo (I Corintios, cap. XIII) que era sufrida, que era benigna, sin emulación; que no obra precipitada ni temerariamente, ni se ensoberbece; que no se irrita ni piensa mal, ni se goza en lo malo y se congratula de toda verdad; que cree todo lo bueno y todo lo espera y lo soporta, ¿en qué grado no se daría a la Inmaculada Madre del Nazareno por el celeste Esposo de Ella, dador de todos los dones, para hacer de ellos partícipes a sus apóstoles?
  
Ninguno, pues, como la Madre de la Verdad y del Amor hermoso, recibió para sí y para nosotros tantos dones en la Pentecostés; ninguno cooperó tanto como nuestra Madre; cuanto nosotros podríamos decir en aspiración de esos dones magníficos, para merecerlos y recibirlos, o en agradecimiento de ellos después de recibidos, lo elijo y de una manera que a toda criatura excede infinitamente: «Ven, Espíritu Criador, visita nuestras almas, llena con tu celeste gracia estos corazones que tu criaste. Haz brillar la luz a nuestros sentidos, infunde el amor en nuestros pechos y conforta nuestra flaqueza con la virtud de tu fortaleza. Vuélvenos la alegría de tu Salvador y confírmanos con tu Espíritu Santo».

Esas voces de alabanza y de buena nueva con que los dichosos moradores de Sión, hijos de María, se expresan en todos los idiomas y muestran y derraman en otros los dones recibidos de lo alto, son la efusión de esa plenitud, así como lo fue cuando la Santa Virgen prorrumpió en otro tiempo en su inmortal «Magníficat». Ahora ese “Magníficat” se renueva; ¡qué gozo el de nuestra Reina! ¡Qué agradecimiento! ¡Qué embeleso en semejantes triunfos del Padre Omnipotente, del dulcísimo Unigénito, del Consolador Espíritu eterno de Caridad! «Glorificad al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia», canta la Reina, arrasados en lágrimas los ojos, que vuelve con grande misericordia a todos esos convertidos, no menos que a sus conversores, a ese Pedro, a ese Juan, a esos dos Santiagos, a ese Felipe, a ese Bartolomé, a esos Persas, Medos y Elamitas, Asirios y Griegos, Egipcios, Libios y Romanos, tanto judíos como prosélitos, cretenses o árabes, primicias abundantes y variadas de la nueva grande Iglesia.
    
«Haced todo lo que os ordenare», dijo la Santa Madre de Dios en las bodas de Caná a los que no tenían vino, refiriéndose a su Hijo. «Hablad lo que os inspirare», dirá hoy la Inmaculada Reina a los apóstoles, refiriéndose al Espíritu Santo. Pedro levantará su voz, «voz del Señor sobre muchas aguas», después que el Señor ha tronado en lo alto, y el nombre de Jesús el Nazareno, el nombre de Jesucristo, es proclamado con valentía por aquel tímido apóstol que a la voz de otra mujer había negado cobardemente a su Dios y Señor; el atentado sacrilego de los matadores del Santo Hijo de la misericordiosa Madre, es reprochado por San Pedro con reconvención fraterna y tiernísima de perdón; y la salvación de tantos verdugos, se obra en esos dichosos momentos. La hora de los triunfos ha llegado, y el asombro de prodigios mayores que de muertos resucitados, de soles obscurecidos y de lunas enrojecidas como de sangre, el asombro de prodigios de arrogantes judíos, fariseos y publícanos derramando lágrimas, anuncia que al fin hay algo muy grande y del todo divino en esa Cruz desde la cual como en un trono se propuso reinar Cristo.

Pensad, hermanos nuestros, los que amáis con nosotros a la dulce Madre de Jesucristo, qué sentiría la Señora ante esas palabras del Jefe de la Iglesia. No podéis pensar sino que son dictadas al apóstol por la intercesión de esa Esposa del Espíritu divino. Así como en Caná, cuando sucede el prodigio del agua convertida en vino, la Señora a quien se debe, calla humildemente, así ahora la Reina se oculta de suerte que toda la gloria de tan insignes conversiones sea para Pedro, y sobre todo, para Dios: «non nobis Dómine, non nobis, sed nómini tuo da glóriam».
  
«Haced penitencia», responde el Príncipe de los. apóstoles a los nuevos conquistados del gran Rey, y la Reina inspirará en sus corazones ese dolor que una vez sentido cautiva de amor para siempre, arranca lágrimas de ternura y hace hoy saltar de regocijo los huesos antes quebrantados por el tedio de la incredulidad y del crimen. La Misericordiosa unirá a los recuerdos de David penitente, las emociones de actualidad, viendo una vez más en María, la pecadora María Magdalena, las lágrimas de otros días, lágrimas que fueron el encanto de la Inmaculada como lo fueron de su inmaculado Hijo.

Por fin, en ese gran día para siempre memorable de Pentecostés, se inauguraba ese registro numerosísimo, incontable de conversiones, de lágrimas, de rendimientos de corazones quebrantados, a la vez que por el dolor dichosísimo de la penitencia, por el amor ternísimo y agradecidísimo del que es perdonado.
  
La Reina de la Misericordia inauguraba allí su imperio; la Humilde, la Magnánima, la Clemente, podía recibir ya las deprecaciones de todos aquellos, como las iba a recibir sin interrupción de allí para lo sucesivo en todos los días, en todas las horas de un porvenir que aún dura y que no acabará sino con los siglos. Ea, Señora, abogada nuestra, ruega por nosotros para alcanzar el perdón de Jesús, de ese fruto bendito de tu vientre.
  
Allí en ese día y en ese Cenáculo, estábamos presentes a tus ojos, oh Santísima Virgen, todos los hijos de tu dolor. Haz que la meditación de tan dulces acontecimientos nos arranque, al fin, de todo trato con el espíritu del mal, de toda mala inclinación, de todo gusto depravado y nos afirme en el propósito de ser todos de María para Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo sean hoy y para siempre jamás, nuestro amor y nuestro gozo. Amén.

viernes, 25 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOQUINTO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XXIX. MISTERIO TERCERO: LA VENIDA DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE LOS APÓSTOLES
«¡Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo!» «El Espíritu del Señor ha llenado el mundo universo… Aleluya. Levántese Dios y sean disipados sus enemigos, y huyan de su presencia los que le aborrecen».
 
«Oh Dios, que has iluminado con la luz del Espíritu Santo los corazones de los fieles, concédenos el sentir rectamente en ese mismo Espíritu y el gozar siempre de sus consuelos. Por Jesucristo Nuestro Señor».

«¡Cuán bueno y suave es, oh Señor, tu Espíritu en nosotros!».
 
Este es canto y oración de la Santa Iglesia en la gran fiesta del Pentecostés o cuando invoca en especial misa al Espíritu Santo.
  
Este misterio, objeto de la fe y del amor para incipientes y para perfectos, es, como todos los del símbolo católico, admirable. La economía de su manifestación, de su preparación, revelación y dispensación, toda es sabiduría, bondad, misericordia y caridad eterna.
 
«Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito», dice el Evangelio. También podemos decir: «Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Espíritu Santo». «Tanto amaron al mundo el Padre y el Unigénito, que le dieron a su Espíritu Santo».

El Padre nos crió, el Hijo Verbo de Dios nos redime, el Espíritu Santo nos santifica y glorifica. Las tres altísimas personas verdaderas y distintas, son una sola y misma divinidad, una misma esencia divina. En Jesucristo, mediador de ellas, Verbo hecho hombre, la Divinidad se ha hecho en cierta manera visible por la operación teándrica de su humanidad en beneficio de los mortales, que no entramos todavía por la muerte en el gozo del cielo. Pero si en las tres divinas personas hay distinción, no hay separación; y, así mismo, si en las obras suyas hay distinción no hay tampoco separación.
   
A semejanza de esta distinción y unidad, Dios quiere la cooperación nuestra en la adquisición de la salvación y recompensa. «Quien te crió sin ti no te salvará sin ti, decía San Agustín. Cooperación no sólo de fe, sino de obras; no sólo de fe para con el Legislador y Juez, para con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, para con el bautismo, la remisión de los pecados y la vida eterna; no sólo de fe sino también de obras; porque, dice Jesucristo: “si me amáis guardad mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y él os dará otro Consolador para que permanezca con vosotros por siempre” (San Juan XIV, 16)».
   
Y a la vez que quiere Dios de nosotros esa doble cooperación, quiere de parte de su alta Majestad, no menos, la gradual manifestación y dispensación de sus inmensos favores, gradación misteriosa y soberanamente razonable, porque resplandece en ella el prototipo del Ser divino, de las Relaciones divinas. El Padre es el principio, el Hijo el medio, el Espíritu Santo la consumación; el Padre obra por el Hijo con el Espíritu Santo; Dios o Dios Padre se difunde en el Hijo por el Espíritu Santo en su Iglesia, en sus escogidos. Y todo vuelve a la unidad de donde salió y en todo hay que exclamar con efusión de fe, de amor, de esperanza, de santo temor y de agradecimiento: «Digno es el Cordero, que ha sido sacrificado, de recibir alabanzas dignas de Dios… alabanzas de gloria y de bendición» (Apoc. V).
  
«Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo; alabémosle y ensalcémosle por todos los siglos»; gracias a ti, oh Dios, gracias oh verdadera y una Trinidad, una y suma Deidad, Santa y una Unidad.
   
Estos son los esplendores, estos los afectos de ese gran día, de esa gran obra de la Pentecostés. «No os separéis de Jerusalén, ha dicho en el último convite á sus discípulos el que va a ascender en triunfo a sentarse a la diestra de su Padre; esperad ahí el cumplimiento de la promesa, el bautismo del Espíritu Santo, para no muchos días después de ahora». Y esto ha sucedido al cabo de diez días, de diez días santamente ocupados en guardar los mandamientos, los diez mandamientos del Señor, como observa algún intérprete (Hesiquio), ocupados en la oración, en la concordia y caridad de Dios y del prójimo, presididos, gobernados por el humildísimo ascendiente de la discreta y animosa Madre del Verbo y Esposa del Paráclito.

Venían los días de las primicias del nuevo trigo, se contaban ya después de la muerte de Jesús, cincuenta días para la publicación de la ley de amor y de gracia, como se contaron cincuenta después de la Pascua de Egipto hasta el día del Sinaí. Perseveraban en oración esos dichosísimos fieles, y el ya invisible Jesucristo, envía en forma visible al otro Consolador. Oímosle ya en voz como de trueno o viento impetuoso y vémosle en forma como de lenguas de fuego. Las profecías de Isaías y de Joel se cumplen con admirable originalidad. El don de hablar todas las lenguas y el aliento para confesar a Jesucristo resucitado y glorioso, transforma a la pequeña grey. Jesucristo cumple y confirma cuanto tiene anunciado y solemnemente repetido: «Amadme, guardad mis mandamientos. Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que permanezca con vosotros para siempre, el Espíritu de Verdad que el mundo no puede recibir… No os dejaré huérfanos, vendré á vosotros… El que me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y me le manifestaré».

La gran promesa del Dios de los siglos y del Hijo de Dios, hoy se cumple en los apóstoles y en los ciento veinte fieles del Cenáculo; y ya luego en los tres mil que San Pedro inflama en el mismo fuego del Espíritu Santo, y así como incendio que cunde a todas partes, en muchos fieles de la Judea y de Samaria y de todas las naciones hasta el fin de los siglos.

Con qué efusión alzaría el canto esa nueva Iglesia, alentada por la magnánima Virgen Madre: «Alabad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Alabad al Señor todas las naciones, alabadle todos los pueblos».
  
El Dios de misericordia y paciencia, fuerte y suave en la dispensación de sus obras, con ese modo sapientísimo y reclamado por la naturaleza misma del hombre, todas las maravillas de la Pentecostés pudo haberlas hecho antes, en el mismo día de la muerte del Redentor, o en el de la Resurrección. Pero no es eso lo que la humana y tarda inteligencia nuestra entendería, contemplaría ni agradecería sin un milagro innecesario y discordante, con el orden general de sucesión de tiempo en el desarrollo de la Creación, de la Redención, Santificación y Glorificación.
  
Así, pues, como nuestro Jesús podía decir y dijo: «Las obras que hago no son mías, sino de mi Padre»; así también podía decirse del Espíritu Santo: la obra de la Pentecostés es hecha por Jesucristo en el Espíritu Santo. Por eso del Padre se pudo decir (usque modo operátur) que «no cesa de obrar», y del Espíritu Santo, que permanece en la Iglesia rigiéndola y vivificándola («Manébit apud vos». «Dóminum et vivificántem»); y del Verbo humanado se dijo por el contrario: que «pasó haciendo el bien».
  
Si Jesucristo por su santa humanidad se adapta tanto a hacernos más inteligible y por ende más amable la bondad infinita del Padre, no menos predisponemos para hacer más inteligible y amable al hermosísimo, amorosísimo y dichosísimo Espíritu Santo. Amar, pues, al Espíritu Santo, es amar á Jesucristo y al Padre. Y así como es debido y hermoso alegrarse y amar el santo día de la Resurrección, lo es entregarse á tan felices afectos con el gran día del Espíritu Santo, cual si fuese de otro Jesucristo y, mejor, del mismo Jesucristo en la persona de otro que con él es un solo y mismo Dios.
  
Con razón, pues, el Crisóstomo dice con su poderosa elocuencia, de ese gran día: «Hoy la tierra se nos ha hecho cielo, no porque de los cielos bajasen las estrellas a la tierra, sino por haber ascendido los apóstoles a los cielos; porque se ha derramado copiosa gracia del Espíritu Santo y a todo el Orbe lo ha hecho cielo, no mudando su naturaleza, sino enmendando su voluntad. Ha encontrado a un publicano y lo ha hecho evangelista; ha encontrado a un perseguidor y lo ha mudado en apóstol; ha encontradoaá un ladrón y lo ha introducido en el paraíso; encontró a una meretriz y la hizo igual a las vírgenes; encuentra magos y los cambia en evangelistas; ha puesto en fuga a la malicia, ha introducido la benignidad, ha exterminado la servidumbre, ha introducido la libertad, ha perdonado la deuda, ha derramado la gracia de Dios. Por eso la tierra se ha vuelto cielo y esto no dejaré de decirlo cuantas veces pudiere» (En Cornelio Alápide).

Obra del Padre es la misión de Jesucristo, obra del Hijo la infusión del Espíritu Santo, por la salvación de los hombres; y, todo, obra de Dios. Otro Jesucristo es, pues, el Espíritu Santo; oigámoslo de San Agustín: «Cuánta, dice, cuán inefable es la piedad del Redentor. Introdujo al hombre en el cielo y envió a Dios a la tierra. Cuán grande es el cuidado del Autor por la restauración de su hechura. Pues he aquí que de nuevo se nos envía de las alturas otra Medicina; he aquí que de nuevo la Majestad se digna visitar por sí misma a sus enfermos. He aquí que de nuevo las cosas divinas se nivelan con las humanas, esto es, el Vicario Sucesor del Redentor viene entre nosotros a consumar con la virtud peculiar de su Espíritu Santo, los beneficios comenzados por el Salvador; lo que uno redimió, el otro santificará; y lo que aquél adquirió, éste cuidará y conservará» (En Cornelio Alápide).

Es tan cierta esa hermosa verdad, que, como es de notarse en ese pasaje, San Agustín al Espíritu Santo le llama “Vicario”, esto es, Sucesor de Jesucristo; pues el Espíritu Santo quiso descender al mundo para imitar la venida del Verbo, esto es, de Jesucristo, y completar su empresa y sus hechos. Por lo que, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, fué semejante al descenso de Jesucristo al mundo, esto es, a su Encarnación:
  • «Primero. En cuanto a la substancia, porque así como la susbtancia del Verbo desciende a la carnc, así el Espíritu Santo desciende substancialmente a los apóstoles;
  • Segundo. En cuanto al modo, porque así como el modo de la Encarnación fue la unión hipostática, así la hipóstasis del Espíritu Santo se unió a los apóstoles de un modo semejante; el Verbo encarnado fue como el fuego en el carbón, el Espíritu fue como fuego que se posaba en los apóstoles;
  • Tercero. En cuanto a la causa, que fue el amor inmenso y divino por el que el Espíritu Santo, lo mismo que Cristo, descendieron para beneficio de los hombres, y esto, substancial y personalmente;
  • Cuarto. En cuanto a las propiedades, porque así como por la Encarnación del Verbo, Dios se hizo hombre y en cierta manera el hombre se hizo Dios, de una manera semejante con el Espíritu Santo hay una comunicación de idiomas entre Él y los apóstoles, por la cual, así como de los apóstoles se dice que quedaron hechos espirituales, santos, divinos por el Espíritu divino y santo que recibieron, así el Espíritu Santo se dice apóstolico, profético, doctor, predicador;
  • Quinto. Y finalmente en cuanto los frutos y efectos: el Verbo encarnado nos limpió de los pecados, nos iluminó, nos dio toda gracia, nos perfeccionó, nos hizo dichosos y nos condujo a la gloria eterna; así en todo, el Espíritu Santo» (En Cornelio Alápide).
Razón tenemos, pues, para gloriarnos en el Espíritu Santo por su dichosa infusión en los apóstoles; de esta Santa Persona tenemos que decir lo mismo que del divino Verbo: ha habitado entre nosotros, hemos visto su gloria, gloria digna del Paráclito, amor del Padre y del Hijo, lleno de gracia y de Verdad.
  
Así como la gloria del Padre no deja de ser proclamada: «Señor, Señor Dios Nuestro, ¡cuán admirable es tu nombre en toda la redondez de la tierra!». La gloria del Hijo lo es también solemnísimamente: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, hossana en las alturas!». Así igualmente la gloria del Paráclito: «el Espíritu del Señor ha llenado toda la tierra; hossana, alleluya»; Gloria al Padre, gloria al Verbo, gloria al Paráclito; «os alabamos, os bendecimos, os adoramos, os glorificamos; gracias os damos, Trinidad Santísima, por la dignación con que os habéis apiadado de nosotros y mostrádonos tanta gloria; Señor Dios Rey celestial, Dios Padre Omnipotente, Señor Jesucristo Hijo Unigénito; Señor Dios, Cordero ele Dios; Tú sólo eres altísimo, oh Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria del Padre».
   
Dichosa Creación de nuestro buen Padre celestial, dichosa Redención de nuestro buen Rey Jesucristo, dichosa venida, dichosa consolación, dichosa santificación de nuestro buen Espíritu de amor y de caridad eterna.
  
¡Oh Santísima Trinidad! y Tú, obra perfectísima suya, Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Paráclito, ruega por nosotros para que entendamos y amemos el gran dón del Espíritu Santo, que con el Hijo y el Padre es el amor y bien para el que hemos sido criados, redimidos y santificados.