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viernes, 27 de marzo de 2026

SAN JUAN DAMASCENO, DOCTOR DE LA IGLESIA


San Juan Damasceno  (en griego: Ἰωάννης ὁ Δαμασκηνός; en latín: Johánnes Damascénus; en árabe: يُوحَنَّا الدِّمَشْقِي/Yūhannā ad-Dimašqī; en siríaco ܝܘܚܰܢܢ ܕܰܪܡܣܘܩܳܝܐ/Yohanan Darsuqaya), el último Padre de la Iglesia de Oriente, nació en Damasco (por eso se le llama "Damasceno"), hacia el 675, fue ordenado sacerdote antes del 726 en Jerusalén, predicador de la iglesia del Santo Sepulcro, murió en el 749. León XIII lo proclamó doctor de la Iglesia.
   
Su fama se debe principalmente a que él fue el primero que escribió defendiendo la veneración de las imágenes.
   
Nacido Mansur ibn Sarjun Al-Taglibi (en árabe مَنْصُور اِبْن سَرْجُون التَّغْلِبيّ), hijo de Sarjun ibn Mansur, un alto empleado del Califa de Damasco, y ejerció también un cargo en la corte de esa capital. Pero de pronto dejó todos sus bienes, los repartió entre los pobres y se fue de monje al monasterio de San Sabas, cerca de Jerusalén, y allí se dedicó por completo a leer y escribir.
   
Juan (que fue su nombre monástico) se dio cuenta de que Dios le había concedido una facilidad especial para escribir para el pueblo, y especialmente para resumir los escritos de otros autores y presentarlos de manera que la gente sencilla los pudiera entender.
   
Al principio sus compañeros del monasterio se escandalizaban de que Juan se dedicara a escurrir versos y libros, porque ese oficio no se había acostumbrado en aquella comunidad. Pero de pronto cambiaron de opinión y le dieron plena libertad de escribir (dice la tradición que este cambio se debió a que el superior del monasterio oyó en sueños que Nuestro Señor le mandaba dar plena libertad a Damasceno para que escribiera).
   
En aquel tiempo un emperador de Constantinopla, León III el Isaúrico, dispuso prohibir el culto a las imágenes, metiendose él en los asuntos de la Iglesia, cosa que no le pertenecía, y demostrando una gran ignorancia en religión, como se lo probó en carta famosa el Papa San Gregorio II. Y fue entonces cuando le salió al combate con sus escritos San Juan Damasceno. Como nuestro santo vivía en territorios que no pertenecían al emperador (Siria era de los Califas mahometanos), podía escribir libremente sin peligro de ser encarcelado. Y así fue que empezó a propagar pequeños escritos a favor de las imágenes, y estos corrían de mano en mano por todo el imperio.
   
El iconoclasta León el Isaúrico decía que los católicos adoran las imágenes, y que se las debía destruir (se llama iconoclasta al que destruye imágenes). San Juan Damasceno le respondió que nosotros no adoramos imágenes, sino que las veneramos, lo cual es totalmente distinto. Adorar es creer que una imagen en un Dios que puede hacernos milagros. Eso sí es pecado de idolatría. Pero venerar es rendirle culto a una imagen porque ella nos recuerda un personaje que amamos mucho, por ejemplo Jesucristo, la Santísima Virgen o un santo. Los católicos no adoramos imágenes (no creemos que ellas son dioses o que nos van a hacer milagros. Son sólo yeso o papel o madera, etc.), pero sí las veneramos, porque al verlas recordamos cuanto nos han amado Jesucristo o la Virgen o los santos. Lo que la S. Biblia prohíbe es hacer imágenes para adorarlas, pero no prohibe venerarlas (porque entonces en ningún país podían hacerse imágenes de sus héroes y nadie podría conservar el retrato de sus padres).
   
El icono de "La Virgen de tres manos" (en griego Παναγία Τριχερούσα/Panágia Trijerusa, y en serbio Богородица Тројеручица/Bogodorica Trojeručica) honra la memoria de este santo. Según la hagiografía, el emperador León III habría hecho llegar al califa Solimán una carta falsificada en la que el santo incitaba al emperador a conquistar Siria. Por orden del Califa al santo le fue amputada la mano derecha. Víctima del suplicio, éste corrió a rezar frente al ícono de la Virgen con el Niño.
   
Gracias a la intercesión de la Madre recuperó de forma milagrosa la mano amputada, y en señal de agradecimiento, San Juan hizo añadir una mano votiva en la parte interior del icono. Este icono sería el prototipo de todos los denominados «La Virgen de las tres manos». Basa en un recuerdo histórico, la tercera mano recibe una interpretación alegórica: la mano auxiliadora de la Madre de Dios que siempre ayuda a los fieles como se manifestó milagrosamente a este santo.
   

Subrayando el papel de los textos de las Escrituras, San Juan Damasceno revaloriza el papel de los sentidos del hombre en la vida espiritual. Decía en sus escritos: «lo que es un libro para los que saben leer, es una imagen para los que no leen. Lo que se enseña con palabras al oído, lo enseña una imagen a los ojos. Las imágenes son el catecismo de los que no leen».
   
En palabras de este santo, santificados el oído y la vista conducen hacia la gloria de la divinidad:
«los apóstoles han visto corporalmente a Cristo, Sus sufrimientos y Sus milagros y han oído Sus palabras; también nosotros queremos ver y oír para ser bienaventurados. Ellos Lo vieron cara a cara ya que estaban presentes corporalmente; también nosotros; puesto que no está presente visiblemente, escuchamos Sus palabras a través de los libros y por ellos somos santificados y beneficiados y Lo adoramos venerando los libros que nos han hecho oír Sus palabras. Lo mismo ocurre para el icono dibujado; nosotros contemplamos sus trazos y por cuanto Él está entre nosotros captamos el espíritu de la gloria de su Divinidad. Somos dobles, hechos de alma y cuerpo y nuestra alma nos es desnuda sino como envuelta por un manto; nos es difícil llegar a lo espiritual sin lo corpóreo. Habiendo palabras sensibles escuchamos con nuestros oídos corpóreos y recogemos las cosas espirituales; del mismo modo a través de la contemplación corpórea alcanzamos la contemplación espiritual».

Además de ser defensor de las imágenes, fue compilador de himnos litúrgicos al organizarlos en un sistema de ocho modos (en griego Ὀκτώηχος/Oktoíjos; en eslavo Осмогласие/Osmoglasie), y autor de tres homilías la Asunción de la Santísima Virgen. Incluso, fue el primer apologista cristiano en escribir sobre el islam (la Herejía ismaelita, como la llamó) y su fundador Mahoma (ΜΩΆΜΕϴ) calificándolo como herejía derivada del arrianismo; y al postular que la naturaleza como potencia no existe fuera de los individuos (hipóstasis) y que solo el pensamiento puede concebirla, preanunció la metafísica de la existencia (esse) de Santo Tomás de Aquino.
  
ORACIÓN
Omnipotente y sempiterno Dios, que para defender el culto a las sagradas imágenes, llenaste al bienaventurado San Juan de doctrina celestial y admirable espíritu de fortaleza: concédenos su intercesión y ejemplo, para que imitemos las virtudes y consigamos la protección de aquellos cuyas imágenes veneramos. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 27 de marzo de 2023

CERRAD EL OÍDO A LAS FALSAS DOCTRINAS


«Oídme, gentes de todas las naciones, hombres, mujeres y niños, todos los que lleváis el nombre cristiano: Si alguno os predica algo contrario a lo que la Santa Iglesia Católica ha recibido de los santos Apóstoles y Padres y Concilios, y ha conservado hasta el día presente, no le hagáis caso. No recibáis el consejo de la serpiente, como Eva lo hizo, para quien esto fue muerte. Si un ángel o un emperador os enseña algo contrario a lo que habéis recibido, cerrad vuestros oídos» (SAN JUAN DAMASCENO, Apología contra los que desprecian las sagradas imágenes).

domingo, 27 de octubre de 2019

MES DE OCTUBRE AL SANTÍSIMO ROSARIO - DÍA VIGESIMOSÉPTIMO

Tomado de El Rosario: Meditaciones para los 31 días del mes de Octubre, de la autoría del licenciado Juan Luis Tercero. Publicada en Ciudad Victoria, México, en el año 1894 por la Imprenta Oficial de Víctor Pérez Ortíz. Imprimátur concedido el 12 de Marzo de 1894 por Mons. José Ignacio Eduardo Sánchez y Camacho, Obispo de Ciudad Victoria-Tamaulipas (actual Tampico).
         
CAPÍTULO XXXI. MISTERIO CUARTO: LA ASUNCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA A LOS CIELOS
«Regocijémonos todos en el Señor, celebrando el festivo día en que honramos a la dichosa María Virgen, con cuya asunción se gozan los ángeles y cantan alabanzas al Hijo de Dios».
 
Esta es la voz de la Iglesia al celebrar la asunción de nuestra Reina, el gran misterio de su exaltación a las alturas después de pasar por el sepulcro, a semejanza de la ascensión de su Hijo Cristo resucitado.

Este gran misterio, principio de los triunfos definitivos de gloria de la Dolorosa, que, antes en su camino como el Mesías, ha bebido del amargo torrente, en gran manera interesa la ciencia y la piedad de los hijos fieles de esa Reina de la Iglesia, y guarda espléndida proporción de sabiduría y de amor con los otros misterios de nuestra amabilísima y dichosa Madre.
  
Sí; todo es armonía y magnificencia en esta maravillosa obra maestra del Dios de piedad: el portento de la Encarnación del Verbo reclama con el portento de la Concepción Inmaculada de la Madre de Dios, y el de la Inmaculada, con el de la divina Maternidad. Este reclama, a la vez, con el de la incomparable humildad de la Esclava del Señor y sus otras incomparables virtudes; pero tantas grandezas reclaman prodigiosos méritos posteriores que harán a la humilde a Inmaculada Madre Virgen, aptísima para algo superior a esas anteriores grandezas, la Corredentora de sus hermanos, la Madre incomparable del dolor. Mas, de aquí vendrá poderosísima razón para que la magnánima Reina de los mártires sea no menos la Reina, digamos así, de los resucitados, la triunfadora que en la victoria sobre la muerte tendrá el lugar primero después de su Hijo. Y estas magnificencias aún tendrán su coronamiento cuando la Escogida, la Unica, vaya a sentarse en ese “solio estrellado” en donde reinará para siempre a la diestra de su Hijo sobre todas las criaturas.
 
Pero entretanto, gocemonos en contemplar ese tránsito de la amorosísima paloma, ese tránsito de este valle de gemidos, más allá de las riberas de las aguas, exhalando virginal fragancia de sus vestiduras y rodeada de flores de rosal y lirios de los valles, como si fuesen días de primavera.
 
La muerte no ha ejercido en Ella imperio sino servicio de sierva obsequiosa; Ella ha languidecido de amor y ha enviado a decir a su Amado, que no difiriese más la hora del santo abrazo de su ternura; y aquél que amó a los suyos tanto y a su Predilecta sobre to dos, señaladamente la amó en el día en que la llamaba a su Reino y en que a ese reclamo de su Inmaculada, respondía: «levántate y date prisa, amiga mía, paloma mía, hermosa mía y ven, que ya pasó el invierno». «“En tus manos, Señor, contestó Ella, encomiendo mi espíritu”; cerró los virginales ojos y espiró», según frase acertadísima que textual copiamos de nuestra venerable escritora María de Ágreda.
  
Los apóstoles congregados de todas las partes del mundo rodean el lecho santo de la Reina, y el cielo ha descendido a la tierra en ese Cenáculo en que la sabiduría, la omnipotencia y la ternura del Padre, del Hijo y del Consolador, han obrado tantos prodigios. «Los ángeles entonan cánticos, ya próxima a espirar la Reina; los cánticos de Salomón y otros nuevos. Una fragancia divina y la música celestial se dejan percibir hasta de los extraños a la santa casa, moradores próximos a ella. Un resplandor admirable se deja ver por todos, y el Señor ordena que para testigos de esta nueva maravilla concurra mucha gente de Jerusalén que ocupaba las calles». Esto escribe nuestra venerable Maria de Ágreda; creemos a ella y no podríamos creer lo contrario; como que, aparte de lo respetable de tal testimonio de la humilde monja española, es todo ello eminentemente verosímil, por más que no conste en libro bíblico. Si de gran número de santos, cuyas vidas han concluido con esos prodigios, constan con certeza maravillas de conciertos celestiales, esplendores y fragancias, sobre todo tratándose de aquellos santos más humildes y empeñados en obscurecerse, ¿qué no habremos de tener por verosímil en grado eminente, tratándose de la Reina de la humildad y de la abnegación?
 
Esa alma incomparable, esa alma que á un santo conocedor de nuestra Reina, San Dionisio Areopagita, y a otro santo, Tomás de Aquino, por su inteligencia y sabiduría llamado “Sol de las escuelas”, esa alma de María ha parecido algo como infinito, es llevada a los cielos a tomar posesión de inmensa gloria, mientras que la ciudad de Jerusalén se conmueve toda y admirados concurren muchos confesando el poder de Dios y la grandeza de sus obras.
  
El cuerpo santísimo de la Hermosa queda en el sepulcro; llega el tercero día; Tomás, el apóstol incrédulo de la resurrección de Cristo, compurga ahora su antigua tardanza en creer; ha llegado después que la Reina fue sepultada; quiere consolarse con ver los sacratísimos restos y van a mostrársele. Esto no era más que un ardid del cielo para que la resurrección y asunción de la Inmaculada se revelasen a los ojos. El sepulcro está vacío, la Madre de Dios ha resucitado; y esto es muy reciente, porque hace pocas horas han cesado los cantos angélicos que perseveraban durante más de dos días que asistían los apóstoles velando en el sepulcro.
  
«Se ha hecho, pues, la Asunción de María Santísima a los cielos, los ángeles se alegran, y entre alabanzas bendicen al Señor», canta la Iglesia. «María Virgen ha sido transportada al tálamo celeste en que el Rey de los Reye s tiene su trono sobre las estrellas»; «al olor suavísimo que de ti exhalas, oh Señora, te seguimos apresurados con el alma; ¡cuánto amor inspiras a las doncellitas!». «Sublimada has sido, Santa Madre de Dios, sobre todos los coros de los ángeles, a los reinos celestiales». Cánticos son todos con que la Santa Iglesia Católica, en la gran fiesta de la Asunción, no cesa de hacer justicia a la Madre de Dios y al Hijo de esa Madre, y que en esa justicia jamás agotará las alabanzas debidas a tan gran Madre de tan gran Hijo, pues no sería tal Madre ni sería Dios tal Hijo, si la alabanza de ellos conociese términos o límites.
  
«Comienza hoy el cántico de los cánticos», palabras de la lección primera del Breviario, que en otras circunstancias fueran vulgares y sin importancia alguna; pero admirables y profundas en esta sublime oportunidad, porque nada menos es como si dijésemos: el gozo de aquellas palabras hechas por el Espíritu Santo para enamorar a las almas sus amadas, comienza hoy a ser ya pleno, imperecedero. «Béseme el Señor con ese beso celestial (así comienza el santo libro bíblico del Cantar de los cantares), que hace feliz al alma para siempre… Hágame entrar el Rey misericordiosísimo y santísimo a ese santuario de su caridad perpetua».
  
¡Oh Santísima Virgen, digna eres como el Cordero, de todo gozo y de gozo para siempre!
  
«Hoy, pues, vuelve a decir la Iglesia por los labios del elocuentísimo y santo Doctor San Juan Damasceno, el Arca santa y animada del Dios vivo, que concibió en sus entrañas a su Criador, descansa en el templo del Señor no construido por mano alguna; David canta a su Hija y los ángeles conciertan con él sus coros; los arcángeles la celebran, las virtudes la glorifican, los principados saltan de júbilo, conmuévense las potestades, regocíjanse las dominaciones, los tronos están de fiesta, los querubines la alaban y los serafines preconizan su gloria. En este día, el edén del nuevo Adán recibe a este Paraíso animado, en quien fue abrogada la condenación, plantado el árbol de la vida y cubierta nuestra desnudez».
  
«Hoy, la Virgen inmaculada, a quien no desfloró ningún afecto terrenal, y que vivió siempre con el pensamiento puesto en las cosas celestiales, no ha vuelto a la tierra; sino que, como era un cielo animado, la recibieron los astros celestes. En efecto, ¿cómo pudiera morir aquella de quien vino a todos la verdadera vida?  Ella debió sin duda doblegarse bajo la ley que aquél mismo a quien engendró, sobrellevara, y como hija del viejo Adán sufrió la antigua sentencia (porque tampoco la esquivó su Hijo que es la vida misma); pero como Madre del Dios vivo, se elevó justamente a Él».
  
A esa Reina, por tanto, que va a ocupar el solio mayor que pudo ver el cielo para deificarla con sus favores y por medio de Ella favorecer al humano linaje, elevemos ya desde hoy cuantas peticiones reclamen nuestras necesidades; porque, como dice suavísimamente San Bernardo: «en María no puede faltar ni la facultad, ni la voluntad de hacer dádivas a los humanos. A la piedad de María no faltó nunca la fe, la gravedad a su palabra, la eficacia a su voto. No olvides encomendar a María cuanto te propongas ofrecer a Dios. María es la honra del Paraíso, el gozo del cielo. María es la Iglesia de la virginidad. La virginidad de María es mayor que la pureza de los ángeles. Pensando en María, no errarás; rogando a María, no desesperarás. Por María, el cielo ha quedado lleno, y el infierno vacío. En María puso Dios el sol y la luna, a Cristo y a la Iglesia. En María han encontrado los ángeles la alegría, los justos la gracia, los pecadores el perdón para siempre. En María, por María, de María, la benigna mano del Omnipotente, cuanto había criado lo ha vuelto a criar; sin María nada se ha rehecho, así como sin Dios nada se hizo; por manos de María pasa lo que Dios quiere darnos».
  
Entra a los cielos, ¡oh Reina! Adelántate, ¡oh bendita entre todas las criaturas, y comienza ya tu reinado! Ya te apiadarás de nosotros, que somos tus hermanos, y te pedimos humildemente que no nos dejes perecer.

miércoles, 15 de junio de 2016

ORACIÓN DE SAN JUAN DAMASCENO A NUESTRA SEÑORA

Tomado de APOSTOLADO CABALLERO DE LA INMACULADA
  
ACTO DE DESAGRAVIO POR LA BLASFEMIA QUE HAN COMETIDO EN VALENCIA DE ESPAÑA CONTRA LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA, EN SU ADVOCACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DESAMPARADOS (PATRONA DE DICHA CIUDAD Y REINO):
 
Yo te saludo, esperanza de los cristianos. Recibe la súplica de un pecador que te ama tiernamente, que te honra con culto especial, y que en ti deposita la esperanza de su salvación. Por ti tengo la vida. Tú me restableces en la gracia de tu Hijo; tú eres la prenda segura de mi salvación. Por eso te suplico me libres del peso de mis pecados, destruyas las tinieblas de mi mente, arranques de mi corazón los afectos terrenales, reprimas las tentaciones de mis enemigos, y ordenes del todo mi vida; que yo pueda alcanzar por tu medio, y guiado por ti, la felicidad eterna del Paraíso. Amén.

domingo, 19 de octubre de 2014

SAN JUAN DAMASCENO HABLA DEL ISLAM

Musulmanes
   
Hemos hecho mención de los musulmanes en varios artículos que hemos publicado aquí, pero ¿de dónde surgió esa religión? San Juan Damasceno, quien viviera entre los árabes y era funcionario de los califas Omeyas, describe su origen y sus creencias, al tiempo que presenta las objeciones que ellos presentan contra el Cristianismo y su contestación:
  
San Juan Damasceno
     
San Juan Damasceno, "La fuente del Conocimiento", parte II "De las herejías", punto 101 (Los ismaelitas)
  
También existe la superstición de los ismaelitas* que hasta hoy prevalece y mantiene a la gente en el error, siendo un precursor del Anticristo. Ellos son descendientes de Ismael, [quien] nació a Abraham de Agar, y por esta razón se les llama tanto Agarenos como Ismaelitas. También son llamados “sarracenos” que deriva de Σάῥῤας κενούς (Sarras kenous), o desamparados de Sara, por lo que Agar dijo al ángel: “Voy huyendo de mi señora Sarai” (1). En tiempos, éstos eran idólatras y adoraban la estrella de la mañana y a Afrodita, a la que en su idioma llaman Khabar, que significa “grande” (2). Y así, hasta los tiempos de Heraclio fueron grandes idólatras. A partir de ese tiempo hasta el presente un falso profeta llamado Mahoma ha aparecido en medio de ellos. Este hombre, después de haber tropezado con el Antiguo y Nuevo Testamento, y de igual manera, al parecer después de haber conversado con un monje arriano (3), ha ideado su propia herejía. Y entonces, habiéndose congraciado con la gente mediante su aparente piedad, les hizo creer que un cierto libro le había sido enviado desde el cielo. En él estableció algunas composiciones ridículas en este libro suyo y se lo entregó a ellos como objeto de veneración.
   
Él dice que hay un solo Dios, creador de todas las cosas, que ni ha sido engendrado ni ha engendrado (4). Él dice que Cristo es la Palabra de Dios y de su Espíritu, pero una criatura y un siervo, y que fue engendrado, sin semilla, de María, la hermana de Moisés y Aarón (5). Porque, él dice, que la Palabra y Dios y el Espíritu entraron en María, y dio a luz a Jesús, que fue un profeta y siervo de Dios. Y dice que los judíos querían crucificarlo por violación de la ley, y que se apoderaron de su sombra y la crucificaron. Sin embargo, el mismo Cristo no fue crucificado, dice, ni tampoco murió, porque Dios por Su amor por Él, lo llevó consigo al Cielo (6). Y dice esto, que cuando Cristo hubo ascendido al Cielo, Dios le preguntó: “Oh Jesús, ¿No has dicho “Yo soy el Hijo de Dios y Dios”?” Y Jesús, él dice, le respondió: “Ten misericordia de mí, Señor. Tú sabes que yo no he dicho esto y que no desdeño ser tu siervo. Pero los pecadores han escrito que hice esta declaración, y han mentido sobre mí y han caído en el error”. Y Dios respondió según Mahoma: “Yo sé que tú no dijiste esas palabras” (7). 
  
Hay muchas otras cosas extraordinarias y ridículas en este libro que cuenta que fue enviado a él por Dios. Pero cuando preguntamos: “¿Y quién está ahí para dar testimonio de que Dios le dio el libro? ¿Y cuál de los profetas predijo que tal profeta se levantaría?”, ellos están perdidos. Y nosotros decimos que Moisés recibió la Ley en el Monte Sinaí, con Dios que aparece ante los ojos de toda la gente en la nube, y el fuego, y la oscuridad, y la tormenta. Y decimos que todos los profetas desde Moisés para abajo predijeron la venida de Cristo y como Cristo Dios (el Hijo de Dios encarnado) iba a venir y ser crucificado, morir y resucitar, y cómo él iba a ser el juez de vivos y muertos. Entonces, preguntamos: “¿Cómo es que este profeta de los suyos no vino de la misma manera, con los demás dando testimonio de él? ¿Y cómo es que Dios no presentó a este hombre en vuestra presencia con el libro al que os referís, aun cuando él le dio la Ley a Moisés, con la gente presenciándolo, y la montaña humeando, para que vosotros pudierais tener certeza?” ellos responden que Dios hace como le place. “Eso –respondemos nosotros- ya lo sabemos, pero nosotros os estamos preguntando cómo llegó el libro a vuestro profeta”. Entonces replican que el libro bajó a él mientras dormía. Entonces chistosamente les decimos que mientras él reciba su libro en sueños y de hecho no sienta la operación, el mismo adagio le sea aplicado (lo que quiere decir: me estás dando la vuelta al sueño) (8).
  
Cuando nos preguntamos de nuevo: “¿Cómo es que cuando nos ordenas en este libro tuyo no hacer nada ni recibir nada sin testigos, no le dicen: ‘Primero nos muestras por testigos de que eres un profeta y que has venido de Dios, y nos muestras cuáles Escrituras son las que dan testimonio de ti’?”, ellos se avergüenzan y se mantienen en silencio. Entonces nosotros proseguimos: “Aunque tú no puedas esposar una mujer sin testigos, o comprar, o adquirir una propiedad, aunque no puedas recibir un asno ni poseer una bestia de carga sin testigos, y aunque tú puedas poseer tanto mujeres como propiedad y demás cosas gracias a los testigos, aun así nada menos que tu fe y tus escrituras las aceptas sin aval de testigos. Pues el que te trajo esto no tiene el aval de ninguna fuente, ni existe nadie conocido que atestigüe sobre él antes de que viniera. Y por el contrario, lo recibe mientras está durmiendo”.
   
Más aún, ellos nos llaman herejes y asociadores (Ἑταιριστάς) porque, dicen, introdujimos un asociado con Dios declarando a Cristo Hijo de Dios y Dios. Nosotros les decimos como contestación: “Profetas y escrituras nos han traído esto, y vosotros, según mantenéis persistentemente aceptáis los profetas. Pero si nosotros erróneamente declaramos a Cristo hijo de Dios, es porque eso es lo que nos enseñaron y lo que nos trajeron”. Pero algunos de ellos dicen que eso es una malinterpretación que nos lleva a representar a los profetas diciendo tales cosas, mientras otros dicen que los hebreos nos odiaban y nos engañaron escribiendo en nombre de los profetas, para perdernos. Y entonces aún les decimos: “En tanto que vosotros afirméis que Cristo es la palabra de Dios y el espíritu, ¿por qué nos acusáis de ser herejes? Pues la palabra y el espíritu es inseparable de todo aquello que tiene existencia de un modo natural. Por lo tanto si la palabra de Dios está en Dios, entonces es obvio que Él es Dios. Si en cambio, Él está fuera de Dios, entonces según vosotros, Dios no tiene ni palabra ni espíritu. En consecuencia, para evitar un asociado a Dios, lo mutiláis. Sería mucho mejor para vosotros aceptar que tiene un asociado que mutilarlo, como si estuvierais tratando con una piedra o con un trozo de madera o cualquier objeto inanimado. Así que mientras torticeramente nos llamáis herejes, nosotros replicamos llamándoos mutiladores de Dios”.
  
Ellos nos acusan además de ser idólatras, porque veneramos la Cruz, que ellos abominan. Y nosotros les respondemos: “¿Cómo es que entonces os frotáis contra una piedra en vuestra Kaaba (9), y la besáis y la abrazáis?”. Algunos de ellos dicen que Abraham tuvo relaciones con Agar sobre ella, pero otros dicen que ató el camello a ella cuando iba a sacrificar a Isaac. Y nosotros les contestamos: “Pues la Escritura dice que había bosques en la montaña y había árboles de los cuales Abraham cortó madera para el holocausto y puso encima a Isaac (10), y entonces dejó los asnos detrás con dos jóvenes, ¿por qué decir tonterías? Pues en ese lugar ni hay árboles ni un pasillo para asnos”. Y se quedan sin palabras, pero aún afirman que la piedra es de Abraham. Entonces les decimos: “Aceptemos que es de Abraham, como decís con toda locura. Entonces, sólo porque Abraham tuvo relaciones con una mujer o porque ató el camello a ella, no os avergüenza besarla y todavía nos culpáis por venerar la Cruz de Cristo por la cual el poder de los demonios y el engaño del Diablo fueron destruidos”. Esta piedra de la que ellos hablan es la cabeza de aquella Afrodita a la cual veneraban y a la que ellos llamaban Khabar. Incluso hoy día restos de la escultura son visibles para el observador cuidadoso.
    
Este Mahoma escribió muchos libros ridículos, a cada uno de los cuales les puso un título. Por ejemplo, está el libro “Sobre la Mujer” (11), en el que claramente prevé que es legal tomar cuatro esposas y, si es posible mil concubinas, tantas como se pueda mantener, además de las cuatro esposas. También hizo legal quitar cualquier mujer que uno puede desear. Mahoma tenía un amigo llamado Zaid. Este hombre tenía una hermosa esposa de la que Mahoma se enamoró. Una vez, cuando estaban sentados juntos, Mahoma dijo: “Oh, por cierto, Dios me ha mandado tomar a tu esposa”. El otro contestó: “Tú eres un apóstol. Haz lo que Dios te ha dicho, y lleva a mi esposa”. Más bien, para contar la historia como fue desde el principio, le había dicho: “Dios me ha dado la orden de que dejes a tu esposa”. Y él la echó: Y luego, varios días más tarde. “Ahora, dijo él, Dios me ha mandado tomarla”. Entonces, una vez que la hubo tomado y cometido adulterio con ella, hizo esta ley: “Deja a quien echó a su mujer. Y si, después de haberla echado, el volviera con ella, deja a otro casarse con ella. Pues no es legal tomarla a menos que ella se haya casado con otro. Más aún, si un hermano echa a su esposa, deja a su hermano casarse con ella, si él así lo desea” (12). En el mismo libro da preceptos como: “Trabaja la tierra que Dios te ha dado y embellécela. Y haz esto y hazlo en modo tal para no repetir las cosas obscenas que él hizo” (13).
   
Luego viene el “Libro del camello de Dios” (14). Sobre éste camello dice que era un camello de Dios y que se bebía un río entero y que no podía pasar a través de dos montañas, porque no había espacio. Había gente en ese lugar, dice, y ellos bebían el agua un día, mientras la camella se la bebía al siguiente. Más aún, al beberse el agua les proporcionaba alimento, pues la camella les daba leche en vez de agua. Pero como estos hombres eran malvados, se levantaron, dice, y mataron a la camella. Sin embargo, tuvo un vástago, un camello pequeño, que, según dice, cuando la madre murió, llamó a Dios y Dios lo llevó consigo. Y nosotros les decimos: “¿De dónde venía el camello?” Y ellos dicen que de Dios. Y nosotros decimos: “¿Se emparejó la camella con alguno?”. Y ellos dicen: “No”. Y entonces, decimos nosotros, ¿cómo fue engendrado?”. Pues nosotros vemos que vuestro camello no tiene ni padre ni madre ni genealogía, y que el que lo engendró sufrió el mal. Ni siquiera está claro quién la crió. Y sin embargo, este pequeño camello fue alzado. Así que ¿por qué vuestro profeta quien, de acuerdo con lo que decís, Dios habló, no averiguó sobre el camello, dónde pastaba, y de donde obtuvo leche para criarlo? ¿O puede que ella, como su madre, se reuniera con gente malvada y fuera destruida? ¿O entró en el paraíso antes que tú, para que vosotros podáis tener el río de leche del que tan neciamente habláis? Pues vosotros decís que hay tres ríos en el paraíso, uno de agua, uno de vino y uno de leche. Si vuestro precursor la camella está fuera del paraíso, es obvio que ella se ha secado de hambre y de sed, y que otros tienen el beneficio de su leche, y así, vuestro profeta se jacta idiotamente de haber conversado con Dios, porque Dios no le reveló el misterio del camello. Pero si ella está en el paraíso, y bebiendo agua todavía, y vosotros por falta de agua, os secáis en medio del paraíso de delicia. Y si no habiendo agua porque el camello se la ha bebido toda, y tú te sacias de vino del río del vino que fluye, te intoxicarás de beber vino puro y colapsarás bajo la influencia de la fuerte bebida y caerás dormido. Entonces sufrir la resaca y después de dormir y emborracharte de vino, te perderás los placeres del paraíso. ¿Cómo entonces no entró en la mente de vuestro profeta que esto podría pasar en el paraíso de las delicias? Nunca tuvo la menor idea de lo que el camello iba a producir hasta ahora, ni siquiera le preguntó, cuando os disertaba pomposamente con sus sueños a propósito de los tres ríos. Nosotros aseguramos que esta maravillosa camella vuestra os ha precedido en las almas de los asnos, donde vosotros, también, como las bestias, estáis destinados a ir. Y ahí será la oscuridad exterior y el castigo sempiterno, el fuego, los gusanos que no duermen, y los demonios infernales”.
   
De nuevo, en el “Libro de la Mesa”, Mahoma dice que Cristo pidió a Dios una mesa y que ésta le fue dada. Pues Dios, dice, le dijo: “Te he dado a ti y los tuyos una mesa incorruptible” (15).
   
Y de nuevo, en el “Libro de la Vaquilla” (16) dice otras estúpidas y ridículas cosas, por encima de las que por su gran número, prefiero pasar. Hizo una ley por la que debían ser circuncidados y las mujeres, también, y les ordenó no guardar el sabat y no ser bautizados.
   
Y mientras les ordenaba comer algunas cosas prohibidas por la Ley, les ordenó abstenerse de otras. Y prohibió absolutamente el consumo de vino.
   
NOTAS
   
* Ismaelita era uno de los nombres (junto con Agareno, Mahometano, Moro o Sarraceno) con los cuales se conocía a los seguidores de Mahoma. Las palabras ‘islam’ o ‘musulmán’ aparecieron en las lenguas europeas en el siglo XVII.
  
1. Cf. Gen. 16, 8. Salaminio Sozomeno también dice que descendían de Agar, pero autodenominándose descendientes de Sara para ocultar su origen servil (Historia Eclesiástica 6, 38. Pág. 67.1412AB).
  
2. Kabirun en árabe significa ‘grande’, ya sea en tamaño como en dignidad. Herodoto menciona el culto arábigo a la “Afrodita celestial”, pero dice que los árabes la llamaban Alilat (Heredoto 1,131).
  
3. Éste puede ser el monje nestoriano Bahira (Jorge o Sergio), que conoció al muchacho Mahoma en Bostra de Siria y afirmó reconocer en él la señal de un profeta.
 
4. Corán, Sura 112.
  
5. Sura 19, 4-169.
  
6. Sura 4, 156.
  
7. Sura 5, 116ff.
  
8. Los manuscritos no contienen el adagio, pero Lequien sugiere éste de Platón.
  
9. La Ka’ba, llamada ‘la casa de Dios’, se supone construida por Abraham con la ayuda de Ismael. Ésta ocupa lo que los musulmanes consideran el sitio más sagrado de la mezquita de La Meca y de todo el mundo. Incorporada a su muralla está la piedra aquí referida, la famosa Piedra Negra, que obviamente es una reliquia de la idolatría de los árabes preislámicos.
  
10. Gen. 22, 6.
   
11. Corán, Sura 4.
   
12. Cf. Sura 2, 225ff.
  
13 Sura 2, 223.
  
14 No hallado en el Corán.
  
15 Sura 5, 114-115.
  
16 Sura 2. 

viernes, 29 de marzo de 2013

LA FUERZA DE LA SANTA CRUZ DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, POR SAN JUAN DAMASCENO

Jesús dijo, indicando que Él habría de morir crucificado: "Cuando Yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí". (Juan XII: 32)
Con motivo de ser Viernes Santo, nuestro pensamineto debe volverse hacia Jesús crucificado. Así, queremos compartir este bello y edificante sermón que San Juan Damasceno escribió sobre el poder de la Santa Cruz de Nuestro Señor, porque como dice San Pablo Apóstol, “El mensaje de la Cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan —para nosotros— es fuerza de Dios” (I Corintios I: 18).

Desde TRADICIÓN CATÓLICA

San Juan Damasceno, Padre y Doctor de la Iglesia
La fuerza de la Cruz (San Juan Damasceno- Exposición de la fe ortodoxa, I14 11).

Todas las obras y milagros de Cristo son sobresalientes, divinos y admirables; pero lo más digno de admiración es su venerable cruz. Porque por ninguna otra causa se ha abolido la muerte, se ha extinguido el pecado del primer padre, se ha expoliado el Infierno, se nos ha entregado la resurrección, se nos ha concedido la fuerza de despreciar el mundo presente y la muerte misma, se ha enderezado nuestro regreso a la primitiva felicidad, se han abierto las puertas del Paraíso, se ha situado nuestra naturaleza junto a la diestra de Dios, y hemos sido hechos hijos y herederos suyos, no por ninguna otra causa — repito — más que por la cruz de nuestro Señor Jesucristo. La cruz ha garantizado todas estas cosas: todos los que fuimos bautizados en Cristo, dijo el Apóstol, fuimos bautizados en su muerte (Rm 6:3). Todos los que fuimos bautizados en Cristo nos revestimos de Cristo (Gal 3:27). Cristo es la virtud y la sabiduría de Dios (2 Cor 1:24).

Por tanto, la muerte de Cristo, es decir, la cruz, nos ha revestido de la auténtica sabiduría y potencia divina. El poder de Dios es la palabra de la cruz, porque por ésta se nos ha manifestado la potencia de Dios, es decir, la victoria sobre la muerte; y del mismo modo que los cuatro extremos de la cruz se pliegan y se encierran en la parte central, así lo elevado y lo profundo, lo largo y lo ancho, esto es, toda criatura visible e invisible, es abarcada por el poder de Dios.

La cruz se nos ha dado como señal en la frente al igual que a Israel la circuncisión, pues por ella los fieles nos diferenciamos de los infieles y nos damos a conocer a los demás. Es el escudo, el arma y el trofeo contra el demonio. Es el sello para que no nos alcance el ángel exterminador, como dice la Escritura (cfr. Ex 9:12). Es el instrumento para levantar a los que yacen, el apoyo de los que se mantienen en pie, el bastón de los débiles, la vara de los que son apacentados, la guía de los que se dan la vuelta hacia atrás, el punto final de los que avanzan, la salud del alma y del cuerpo, la que ahuyenta todos los males, la que acoge todos los bienes, la muerte del pecado, la planta de la resurrección, el árbol de la vida eterna.

Así, pues, ante este leño precioso y verdaderamente digno de veneración, en el que Cristo se ofreció como hostia por nosotros, debemos arrodillarnos para adorarlo, porque fue santificado por el contacto con el cuerpo y sangre santísimos del Señor. También hemos de obrar así con los clavos, la lanza, los vestidos y los sagrados lugares donde el Señor ha estado: el pesebre, la cueva, el Gólgota que nos ha traído la salvación, el sepulcro que nos ha donado la vida, Sión, fortaleza de la Iglesia, y otros lugares semejantes, según decía David, antepasado de Dios según la carne: entraremos en sus mansiones, adoraremos en el lugar donde estuvieron sus pies (Sal 131:7).

Las palabras que se exponen a continuación demuestran que David se refiere a la cruz: levántate, Señor, a tu descanso (Ibid., 8). La resurrección sigue a la cruz. Pues si entre las cosas queridas estimamos la casa, el lecho y el vestido, ¿cuánto más queridas serán para nosotros, entre las cosas de Dios y de nuestro Salvador, las que nos han procurado la salvación?

¡Adoremos la imagen de la preciosa y vivificante cruz, de cualquier materia que esté compuesta! Porque no veneramos el objeto material — ¡no suceda esto nunca! —, sino lo que representa: el símbolo de Cristo. Él mismo, refiriéndose a la cruz, advirtió a sus discípulos: entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo (Mt 24:30). Y, por eso, el ángel que anunciaba la Resurrección dijo a las mujeres: buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado (Mc 16:6). Y el Apóstol: nosotros anunciamos a Cristo crucificado (2 Cor 2:23). Hay muchos Cristos y muchos Jesús, pero uno solo es el crucificado. No dijo atravesado por la lanza, sino crucificado. Hay que adorar, por tanto, el símbolo de Cristo; donde se halle su señal, allí también se encontrará Él. Pero la materia con que esté construida la imagen de la cruz, aunque sea de oro o de piedras preciosas, no hay que adorarla después de que se destruya la figura. Adoramos todas las cosas consagradas a Dios para rendirle culto.

El árbol de la vida, el plantado por Dios en el Paraíso, prefiguró esta venerable cruz. Puesto que por el árbol apareció la muerte (Gn 2 y 3), convenía que por el árbol se nos diera la vida y la resurrección. Jacob, que fue el primero en adorar el extremo de la vara de José, designó la cruz, porque al bendecir a sus hijos con las manos asidas al bastón, delineó clarísimamente la señal de la cruz.

También la prefiguran la vara de Moisés, después de golpear el mar trazando la figura de la cruz, de salvar a Israel y de sumergir al Faraón; sus manos extendidas en forma de cruz y que pusieron en fuga a Amalec; el agua endulzada por el leño y la roca agrietada de la que fluía un manantial; la vara de Aarón, que sancionaba la dignidad de su jerarquía sacerdotal; la serpiente hecha, según la costumbre de los trofeos, sobre madera, como si estuviera muerta (aunque esta madera fue la que dio la salvación a los que con fe veían muerto al enemigo), como Cristo fue clavado con carne incapaz de pecado. El gran Moisés exclamó: veréis vuestra vida colgada en el leño ante vuestros ojos (Dt 28:66). E Isaías: todo el día extendí mis manos ante el pueblo que no cree y que me contradice (Is 15:2). ¡Ojalá los que adoramos la cruz participemos de Cristo crucificado!